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No se puede tener todo

No he pasado por ninguna de las dos experiencias, pero siempre he pensado que si la gracia de esos restaurantes no es la comida, ésta, que no es la protagonista, no tiene porqué ser buena ni tener un precio adecuado. De hecho me dicen que ese es, precisamente, el caso.

Lo mismo ocurre en otros ámbitos de la vida, como por ejemplo la economía. Nuestro entusiasta y optimista presidente, el que confunde la economía con el estado de ánimo y éste con la propaganda, va de un plan para fomentar la economía a otro, todos con igual resultado. Uno de ellos pasa por el fomento de las energías renovables. Si la gracia de este sector es que resultan menos contaminantes, no tiene porqué darse la casualidad de que ofrezcan, además, una relación entre el valor del producto y el coste que lo haga especialmente atractivo para la inversión. Pero como se desea fomentar por sus consecuencias ecológicas, se inunda su producción de dinero público.

Zapatero pretende haber dado aquí con esos nichos panglossianos en los que se siente feliz, realizado. Creamos empleo. Respetamos el medio ambiente. Y él en el centro de todo ello. Dos caras de la moneda, las dos buenas. Y aunque esas monedas las pagamos los españoles, él es quien las saca de la bolsa, el que hace el discurso, y quien se lleva la gloria.

Solo que la economía es territorio desierto para Pangloss. Y es que destinar esa cantidad de dinero a un sector que, sin él, no tendría las mismas dimensiones no es una forma de crear empleo, sino de destruirlo. Un reciente estudio elaborado por la Universidad Rey Juan Carlos calculaba que el Estado ha vertido unos 30.000 millones de euros en esta industria. De haberse empleado en otros usos productivos, habrían creado 3,2 empleos por cada uno creado por las energías renovables. Quiere ello decir que por cada nuevo empleo de este sector hay una destrucción neta de 2,2. Si la gracia de dedicar dinero público es que las energías son renovables, no tiene porqué darse la circunstancia de que sean económicamente beneficiosas. Y parece, además, que no es el caso.

Infiernos fiscales

El Príncipe Rainiero solía replicar cuando le preguntaban al respecto que no existen paraísos, sino infiernos fiscales, definición que me parece muy ajustada a la realidad dada la voracidad estatal de los países socialdemócratas.

Salvo que el dinero provenga de la comisión de un delito, no hay ninguna razón para perseguir a los que quieran poner su patrimonio a salvo del Fisco de su país de origen. Pero es que la cumbre del G-20 no quiere acabar con los paraísos para evitar el lavado de dinero del tráfico de drogas o de armas, sino para que los políticos puedan controlar exhaustivamente todos los flujos financieros que se generan en sus territorios. Denunciar a los países que respetan la privacidad de los depositantes extranjeros por la posibilidad de que sean delincuentes, es tanto como prohibir las comunicaciones telefónicas privadas para acabar con las estafas de algunas líneas de pago: un despropósito y un ataque injustificable a la libertad individual, que sin embargo la masa adocenada aplaude, espoleada por la envidia igualitaria que la socialdemocracia estimula con todos los medios a su alcance.

Personalmente lamento no disponer de una paletada de millones con los que crear una sociedad opaca en cualquier paraíso fiscal de los que salpican el mapamundi. Algunas de estas reservas libertarias tienen unos nombres tan sugestivos (Vírgenes Británicas, Monserrat, Aruba, Dominica, Seychelles, Maldivas o Marianas del Norte) que intentar acabar con ellos resulta hasta un acto de mal gusto.

Los líderes mundiales quieren que todo el planeta sea un infierno fiscal, como lo definió Rainiero, motivo suficiente para que la gente decente sospeche de sus verdaderas motivaciones. No les basta con acelerar la máquina de producir dinero y multiplicar exponencialmente el gasto público –la mejor receta para que las crisis se reproduzcan cíclicamente– sino que quieren acabar con los únicos reductos de privacidad que todavía escapan a sus manejos. Son el rostro siniestro de la nueva Inquisición, aunque se oculten tras la tersura de ébano y el encanto cosmopolita de la espléndida Michelle.

Videojuegos, parásitos y nacionalismo paleto

Hace ahora siete meses dijimos que si en España se imitaba el pésimo ejemplo de Alemania y se consideraba de forma oficial a este tipo de entretenimiento como "cultura", se abriría la puerta a las subvenciones a mansalva. Y así ha ocurrido.

El Congreso de los Diputados ha aprobado una Proposición no de Ley presentada por el socialista Rafael Simancas (el mismo que quería que se limitara la libertad en internet para proteger a la SGAE y compañía) por la que decide crear una nueva casta de privilegiados. El texto dice que la Cámara Baja "establece [de manera que se apropia de una función que sólo corresponde a la sociedad y nunca a los políticos] que el videojuego constituye un ámbito fundamental de la creación y la industria cultural de España" e insta al Gobierno "a facilitar su acceso a todas las ayudas factibles para la promoción de su actividad, la financiación como industria cultural y la internacionalización de sus iniciativas".

Estamos ante el nacimiento de un nuevo grupo de privilegiados creadores de productos en su mayor parte de mala calidad (algo que ocurre en todos los sectores subvencionados) pero mimados desde el poder político con el dinero de los ciudadanos. Una nueva casta parasitaria que vendrá a sumarse a la existente en el cine o el teatro, entre otros ámbitos "culturales". Esto es grave, pero la proposición da para más. La exposición de motivos se resume en "pero qué maravillosos son los desarrolladores de videojuegos y sus empresas, que tenemos –en realidad, los ciudadanos con sus impuestos– que ayudarles". Pero dentro de estos lugares comunes se cuela un nacionalismo paleto y antiglobalización digno del mismísimo Hugo Chávez.

Se alude a la debilidad, supuesta o real, del sector para añadir, con un lenguaje que parece sacado de algún manual falangista, que las "grandes corporaciones extranjeras aprovechan el talento extraordinario de los creativos españoles comercializando exitosamente sus productos, sin un reconocimiento justo". Se sigue arremetiendo contra la supuesta maldad de esas multinacionales que "aprovechan las dificultades de los creativos españoles" (esto lo podrían firmar tanto "La Pasionaria" como José Antonio Primo de Rivera) para después alertar que "la financiación de la obra creativa suele ser sufragada por estas grandes empresas, que en contrapartida imponen cláusulas restrictivas en relación a la propiedad y la explotación del producto". ¿Acaso sería diferente si quien pone el dinero o consigue la subvención estuviera en Madrid, Cuenca o Barcelona? Seguro que no.

Lo único que consuela ante todo esto, aunque muy poco, es pensar que entre los ciudadanos a los que se les va a robar para pagar esas subvenciones se encuentran los directivos españoles de Amnistía Internacional, esos tipos obsesionados con aplicar la censura sobre los videojuegos.

La medicina para la crisis

En El médico a palos (Le médécin malgré lui, 1666), Molière pone en boca del matasanos las siguientes palabras

Encuentro que éste es el mejor oficio del mundo; puesto que se haga bien o se haga mal, siempre pagan de la misma forma: la cruel necesidad nunca cae sobre nuestras espaldas; y cortamos el patrón que nos place en la tela que trabajamos. (…)

 Finalmente, lo bueno de esta profesión es que entre los muertos existe la honestidad y la discreción más grande del mundo: jamás se quejan del médico que les ha matado. (III,1).

Una reflexión acerca de estas palabras me llevan a una sorprendente conclusión: estamos muertos. Nuestros gobernantes, pretendidamente conocedores de la receta para la crisis, la medicina que aliviará nuestros males, la solución a la injusticia, la mejor formación para nuestros hijos, los valores que debemos defender para que haya paz y concordia, las medidas que evitarán la extinción de la especie y el deterioro de la Madre-Gea… son, como el médico de Molière, gobernantes a palos.

Y nosotros, me temo, igual que los pacientes del leñador Sganarelle, aceptamos cualquier diagnóstico y prescripción que explique, por más excéntrico que sea el argumento, el mal que padecemos. Y ahí tenemos al presidente del Gobierno y sus ayudantes, reunidos como en las series de médicos de televisión para llegar a un diagnóstico, afirmar que a las cajas de ahorro no les pasa nada, que en este mes que empieza el empleo iba a empezar a remontar y que nos relajemos y disfrutemos que si no, duele más.

Lo que me parece terrible es que no solamente los abstencionistas (que somos la tercera fuerza política a pesar de que nos ignoren), o quienes no votaron al partido en el Gobierno no salgamos a la calle, sino que los once millones de votantes que confiaron en las palabras del siempre sonriente Zapatero, sigan creyendo a pies juntillas los camelos del PSOE sin protestar. Entendería este apoyo si el paro discriminara y azotara solamente a todos los demás, si la recesión conociera la intención de voto de sus víctimas. Pero no es así: la crisis es para todos. ¿Cómo no están quienes votaron a Zapatero a las puertas de la Moncloa reclamando? En parte porque Zapatero se nutrió de los lobbies a quienes sigue jurando que les pagará lo que se debe en esta legislatura. ¿Y la otra parte?

La otra parte, junto con el resto de la población, pagamos al falso médico que nos pregunta cuál es la solución, en vez de tomar las riendas y hacerse cargo de la situación. Seguimos agradeciendo con nuestro voto al matasanos que cuando todas las voces de asesores de su partido, de otros, de organismos nacionales e internacionales, de economistas de a pie y de prestigio llegan a la conclusión de que probablemente el fallo de España es la falta de reformas estructurales, en especial del mercado de trabajo, se dedica a solucionar los problemas más inmediatos y visibles a golpe de gasto.

Las reformas estructurales sirven para reforzar la solidez de las bases, de los cimientos de nuestra economía: mercado de trabajo, sistema financiero, instituciones básicas. Y lo ideal es flexibilizar el mercado de trabajo para que si vienen las vacas flacas haya rotación, los inevitables parados encuentren cuanto antes trabajo, las empresas puedan volver a crear empleos, etc. Lo deseable es que se mejore la transparencia de las instituciones, limpiando de corrupción y despilfarro sus alfombras. Eso es lo que se hace en época de bonanza para evitar problemas cuando vienen mal dadas.

Sin embargo, lo que ha hecho el Gobierno es todo lo contrario. Ha dejado que nos coma la "osteoporosis" económica, que nuestros huesos (la estructura de la economía) se debilite y ha callado voces prometiendo gastar y gastar, es decir, nos atiborra de medicamentos (muchas veces caducados y contraproducentes) para que no sintamos el dolor. "Estas son las drogas que se utilizan en las necesidades urgentes", decía el médico de Molière, engañando al padre de Lucinda.

¿Y ahora? Le queda el recurso a la cumbre del G-20 –como si fueran a hacerle los deberes–, la esperanza de que los demás tiren de nosotros y apuntarse el tanto, y que nos curemos solitos para convocar una rueda de prensa y afirmar: "Ya lo decía yo".

Tal vez sea la hora de que los "enfermos" empecemos a exigir un cambio en el cuadro médico. O la demolición del hospital.

Menos libertad contra la crisis

Dado que todos dentro del G-20 piensan volverse aún más manirrotos y depredadores con sus ciudadanos, nadie quiere sobresalir por el ala siniestra. El pacto y el diálogo les permite que los claroscuros se vuelvan monocolor: la austeridad parece haber sido la palabra proscrita en estas timbas periódicas en las que se decide la profundidad del hundimiento de las finanzas mundiales. O peor o mucho peor; nuestros políticos sólo tienen dos envites posibles.

Al margen de las desmesuras cada vez más desmesuradas de los programas de gasto público –ya vamos por cinco billones de dólares, cinco veces el PIB español–, la cumbre sí ha sido propicia para triturar los últimos resquicios de libertad que quedaban en los mercados internacionales. Aprovechando que el Támesis pasa por Londres, no sólo se ha acordado poner fin a los paraísos fiscales –traducción deliberadamente incorrecta del inglés "tax haven", es decir, "refugio fiscal"– sino también incrementar la regulación de las finanzas mundiales.

La idea es tan sencilla como errónea: la crisis económica actual se ha producido porque la pasividad pública permitió que los altos ejecutivos, movidos por su irrefrenable codicia, invirtieran en productos extremadamente arriesgados y complejos que, de manera inevitable, terminaron colapsando. Por eso, en las conclusiones de la Cumbre se ha acordado incrementar las regulaciones sobre las instituciones financieras, sobre las agencias de rating y, por primera vez, sobre los hedge funds, esos fondos de inversión privados tan demonizados durante la última década precisamente por ser de "inversión" y, sobre todo, por ser "privados".

Pero la hiperregulación no es la respuesta; de hecho, en muchos casos como en el de las agencias de rating, la auténtica desregulación debería ser el camino a seguir. Recordemos que Caja Castilla-La Mancha (y todas las que vendrán detrás) ni quebró por falta de superversión y regulación ni sus créditos impagados se debían a la codicia capitalista (salvo que ensanchemos tanto el término capitalismo como para incluir al latrocinio político).

Es cierto que las instituciones financieras sí necesitan de una mejor regulación que defienda realmente los derechos de propiedad, pero esto dista mucho de que los políticos deban y puedan meter las narices en todos los patrimonios privados. El punto de llegada debería ser una progresiva abolición de los bancos centrales y de los privilegios con los que vienen operando los bancos privados especialmente desde hace un siglo. Sin embargo, el documento de la Cumbre ni siquiera mienta a los bancos centrales –culpables últimos de la crisis– y en cambio se deshace en invectivas contra la inexistente desregulación.

En definitiva, la Cumbre ha sido un fiasco destinado a bendecir la expansión descontrolada del gasto público por parte de cada Gobierno y para avanzar hacia un sistema financiero prostrado, aún más, a los intereses del Estado. Pero precisamente por conservar la malformación básica del negocio bancario (la insostenible estrategia de endeudarse a corto plazo e invertir a largo con la asistencia inflacionaria de los bancos centrales), estas medidas sólo servirán para asfixiar nuestra libertad y bienestar y no para poner fin a las recurrentes crisis económicas.

Sólo una nota saludable parece derivarse de las conclusiones del G-20: una crítica abierta e indubitada contra el proteccionismo comercial que convertiría esta crisis en una severa depresión. Sin embargo, tantos aspavientos en la buena dirección sólo parecen ir destinados a reimplantar las barreras arancelarias al grito de "¡Libre Comercio!". ¿Cómo van estos estadistas –Zapatero, Lula, Kirchner, Brown, Obama, Sarkozy o Berlusconi– a renunciar al librecambismo después de comprometerse como se han comprometido a defenderlo con uñas y dientes? Pues haciéndolo. Obras son amores y no buenas razones; las consignas, que ya se repitieron hasta la saciedad en la Cumbre de Washington, no se han compadecido con los hechos. Y es que de Londres no ha salido una defensa real del libre comercio, sino de los intercambios controlados, subsidiados y teledirigidos por los Gobiernos a través de la burocracia internacional.

Si acaso, por consiguiente, podemos celebrar que nuestros políticos no hayan optado de manera explícita por la vía socialista revolucionaria. Pero poco a poco, crisis tras crisis, Leviatán sigue engordando.

No deberíamos depositar nuestras esperanzas en estas meriendas de contribuyentes, sino más bien en que los individuos –usted también– seamos lo suficientemente perspicaces como para salir de la crisis antes de que el G-20 nos hunda definitivamente en ella. Si esperaba algo de esta reunión, espero que sólo fueran calamidades, ya que en caso contrario habrá quedado decepcionado.

La competencia real a Google

No es un dato que se conozca mucho, pero cerca del 30% de las búsquedas que se realizan actualmente se refieren a personas, tanto por motivos de ocio como profesionales. ¿Quién no está "googleando" a personas que conoce o no se "googlea" a sí mismo para saber qué dice el buscador de uno mismo? Es por ello que están floreciendo lo que se denominan como "buscadores de personas", entre ellos: 123people , Peek You , Pipl , Spock , Yasni , Whozat o Wink. Los buscadores de personas se sitúan dentro de lo que se ha venido a llamar "buscadores verticales". En el sector de viajes, por ejemplo, hemos visto el salto de Kayak y Mobissimo al mercado español, o algunos de tipo inmobiliario como Nestoria. No son sólo simples agregadores sino que la mayoría de ellos cuentan con su propio algoritmo, por lo que sus resultados son muy relevantes.

La búsqueda vertical que ofrecen buscadores como 123people, Kayak o Nestoria ofrece respuestas relevantes para los usuarios con consultas específicas. En muchos casos éstas son mejores (o más rápidas) que las universales de Google. Mobissimo, por ejemplo, ofrece, además de búsquedas segmentadas al contexto, una comunidad para que se conecten entre sí los amantes de los viajes y el turismo. Por su parte, 123people utiliza una función de búsqueda propia, encontrando detalles actuales de contactos, imágenes, vídeos, enlaces, biografías, noticias, blogs, documentos y perfiles de redes sociales: todo gracias a su propio algoritmo y sin almacenamiento de datos personales. El contenido se extrae de una lista de medios internacionales como Google, Yahoo, Facebook, LinkedIn, Xing, YouTube, Wikipedia y otras locales según el mercado.

Cierto es que muchos de estos buscadores verticales se financian por las visitas que hacen los usuarios a los resultados que muestran y eso puede hacer que pierdan credibilidad, pero si saben asentar sus modelos de negocio y consiguen separar de una manera correcta la información de la publicidad, seguro que su uso seguirá avanzando. Es muy relevante para el mercado de buscadores que la competencia venga por los de tipo vertical, ya que en los de tipo "general" parece díficil que Google pueda tener un auténtico rival. Ahora queda por ver si estos buscadores específicos son capaces de superar su principal problema: su anonimato. Si los usuarios no conocen su existencia, difícilmente podrán aprovechar sus funcionalidades.

La voracidad confiscatoria del G-20

En concreto, desde 1929 a la fecha, cuando la economía no podía reinflarse mediante reducciones de los tipos de interés (por ejemplo en la Gran Depresión, en los 70 o en Japón a principios de los 90), los Gobiernos siempre tenían margen presupuestario para justificar una brutal expansión del gasto público.

El paradigma era precisamente el New Deal de Roosevelt: un magno programa de obras públicas y de políticas sociales que diera un vuelco a la relación entre la ciudadanía y el Estado. Al fin y al cabo, gracias al vademécum keynesiano, el incremento del gasto público destinado a estabilizar las expectativas de los agentes económicos siempre encontraba justificación. El Estado sólo tenía que gastar y gastar hasta la saciedad, tomando prestado lo que los inversores privados supuestamente guardaban bajo el colchón por una coyuntura enormemente incierta; luego, cuando la economía retomara el vuelo, sólo habría que amortizar ese endeudamiento previo incrementando la recaudación.

Ahora, sin embargo, todo este recetario keynesiano, si bien siguen blandiéndose a pies juntillas por políticos y economistas institucionalizados, se ve constreñido por una toduza realidad: en casi todos los países occidentales la presión fiscal ya representa entre un 40% y un 50% del PIB. Dicho de otra manera, es difícil, si no imposible, que los Estados incrementen mucho los impuestos en el futuro para devolver los elefantiásicos pasivos que están contrayendo hoy. Esencialmente porque, gracias a la globalización, los capitales privados escapan con celeridad de las regiones con una fiscalidad más confiscatoria y se refugian en los países con una actitud más respetuosa hacia la propiedad privada. Así pues, si en el remoto día en que salgamos de la crisis el Estado quiere generar los superávits presupuestarios necesarios para amortizar su deuda actual, los políticos tendrán que reducir su preciado gasto público.

Sin embargo, dado que éste resulta cada vez más rígido e "irrenunciable" para un Occidente en proceso de socialización, parece que los políticos, sin reconocerlo ni proclamarlo, han decidido ampliar su capacidad para esquilmarnos. Es decir, han decidido volar los diques de contención que el mercado había ido erigiendo para proteger a los individuos y su riqueza.

Es en éste contexto en el que debe entenderse la propuesta de eliminar los paraísos fiscales e, incluso, la disparatada idea de seguir avanzando hacia el proteccionismo. En la medida de lo posible, los Estados buscan coordinarse para que no queden lagunas y recovecos internacionales donde puedan guarecerse los patrimonios privados. Se trata de impedir que, por fin, ese "dinero caliente" que tanto molesta a los gobiernos depredadores no tenga otra salida que rendirse maniatado ante nuestros hambrientos publicanos.

Cerrar los paraísos fiscales en nada contribuirá a impedir que se reproduzcan crisis económicas en el futuro. Pero sí abrirá la puerta a brutales subidas de impuestos en Occidente. Quizá ésa sea la panacea que nos ofrecen: una economía socialista que no sufra periodos recurrentes de crisis, pero porque viva instalada en ella.

El embrión sin especie

El contramanifiesto firmado por 17 científicos, la "élite científica" según El País, sostiene que la ciencia no puede establecer la condición humana del embrión, pues "entra en el ámbito de las creencias personales, ideológicas o religiosas". Pero en su afán por distanciarse de la posición anti-abortista y dar una imagen de científicos objetivos sin agenda política caen en un razonamiento absurdo y anti-científico.

Dice el contramanifiesto: "El momento en que puede considerarse humano un ser no puede establecerse mediante criterios científicos." En esta frase los autores están asumiendo que el embrión es un "ser". Esta asunción es correcta, pues en efecto se trata de un ser vivo.

Un ser vivo, sinónimo de organismo, puede estar formado por una célula o muchas, mantiene un equilibrio interno, tiene irritabilidad y metabolismo, se desarrolla conforme procesa nutrientes, se reproduce y se adapta al ambiente sin perder su nivel estructural hasta su muerte. Un ser vivo es lo contrario a una materia inerte. Las plantas, los hongos o las bacterias son seres vivos. Los humanos estamos en la categoría de "animales", donde se contabilizan 1.300.000 especies.

El contramanifiesto, después de señalar que el embrión es un "ser", subraya que no puede establecerse científicamente el momento en que puede considerarse humano. Más adelante insiste en que la ciencia puede clarificar características funcionales del embrión, pero no puede afirmar o negar si esas características lo convierten en humano.

Dentengámonos un instante en este punto. ¿Qué significa "humano"? Que algo es perteneciente o relativo a la especie humana. Luego los 17 científicos no tienen claro si el embrión resultado de la fecundación de un óvulo humano por un espermatozoide humano es un ser perteneciente a la especie humana. Como no pueden establecer el momento en el que ese embrión es humano, significa que hay un período durante el cual el embrión podría ser de otra especie. Podría ser el embrión de una vaca o de un perro, según la "elite científica". La ciencia no tiene nada que decir sobre la especie a la que pertenece el embrión, pues determinar la especie de un ser entraría en el ámbito ideológico o religioso.

Obviamente clasificar la especie un organismo no tiene nada de ideológico o religioso. El cigoto unicelular fruto de la fecundación es ya un organismo único de la especie homo sapiens, con los 46 cromosomas que definen su identidad genética. El ser humano inicia en ese momento su ciclo vital y no lo termina hasta que muere. El embrión empieza a producir enzimas y proteínas y a dirigir su propio crecimiento y desarrollo, que se desenvuelve de una manera continua y gradual. Esto son hechos científicos.

Lo que probablemente querían decir los 17 científicos en su contramanifiesto es que la ciencia no puede establecer el momento en el que un ser humano tiene derecho a la vida, lo cual es cierto –para eso está la ética– pero es algo distinto a lo que dicen en realidad. Sus malabarismos retóricos ilustran que los hechos científicos son incómodos para la posición pro-abortista, pues obligan a sus partidarios a admitir que están defendiendo el derecho a matar a un ser humano. El derecho al aborto es más fácil de racionalizar y de reivindicar si el embrión puede ser descrito como una "masa de células". Pero si desde el punto de vista científico se considera un "ser humano", la causa queda maltrecha no sólo de cara a la opinión pública, también de cara a los pro-abortistas que buscan tranquilizar su conciencia. No es lo mismo "interrumpir un embarazo" que "interrumpir una vida humana".

Socialmemocracia

Esto es, los más ineptos e inmorales en lo más alto del poder parasitando a los productivos y escurriendo el bulto descaradamente ante todos los problemas generados por ellos mismos, nuestros ilustrísimos gobernantes, y culpando al chivo expiatorio del mercado libre, es decir al proceso y los resultados de decisiones voluntarias descentralizadas de millones de personas (que en realidad no existe más que como una sombra distorsionada por el intervencionismo).

Asegura que la actual crisis "es por la actuación egoísta de unos empresarios desaprensivos aupados por una ideología desrreguladora (sic), antiestatal y a favor del mercado libre. Hemos tenido que sufrir los efectos salvajes de un sistema capitalista que mantiene una fatal atracción sistémica por las crisis recurrentes".

Les cuesta tanto desregular que ni siquiera saben escribirlo bien. Y no suelen ofrecer muchos ejemplos concretos de esas presuntas desregulaciones, tal vez porque no existen pero conviene repetir la memez para que el populacho votante progre crea que haberlas haylas y además son temibles: los empresarios son egoístas (¿los políticos, funcionarios y sindicalistas no?), el capitalismo es salvaje y la atracción es fatal, como en las películas de terror, y con el mismo nivel de estupidez adolescente.

Sigue lanzado la lumbrera de la economía zapateril: "Cuando ha fallado la lógica del máximo beneficio privado a corto plazo, sin responsabilidad social, sin perspectivas de sostenibilidad, sin nada que pusiera freno al pelotazo individual, la solución hay que buscarla en actualizar el clásico principio socialdemócrata de tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario". Se le olvida, o no le llega para entender, que el liberalismo consiste en derechos de propiedad y cumplimiento de los contratos. El beneficio se intenta máximo y cuanto antes a base de servir como productores especializados a los demás que son consumidores generalistas (y nunca a costa de otros como en la redistribución de riqueza típica de la socialdemocracia): ¿es acaso mejor no maximizar esos beneficios o retrasarlos? La responsabilidad en sociedad significa hacerse cargo de los daños que uno pueda causar a los demás (algo que jamás se verá hacer a un político socialista, y perdón por la reiteración), y no en convertirse en mulo de carga de hordas de parásitos dependientes. La insostenibilidad a la que se refiere, ¿es la provocada por la manipulación de los tipos de interés por los bancos centrales? ¿O la del fraude piramidal que es la seguridad social? Va a ser que no a ambas preguntas. ¿Y quién decide cuánto mercado nos van a permitir? ¿Nuestros bien amados dirigentes? ¿Esos que no saben vivir fuera de las ubres estatales que a ellos sí que les son tan necesarias?

Y sigue recordando "el fracaso que ha supuesto tres décadas en las que ha sido el mercado quien ha estado al mando con el resultado demostrado de ineficiencia, crisis, e inmoralidad". ¿Ha estado al mando el mercado? ¿De verdad? Algo tan bonito y no nos hemos enterado… Pero… ¿en el mercado se dan órdenes? ¿Hay coacción como la de la legislación estatal? Si los políticos no mandaban nada en todo este tiempo, ¿por qué tanto ardor electoral por alcanzar el poder?

Como no puede parar en su ataque de verborrea insiste en "la constatación del fracaso de la autorregulación privada y la necesaria intervención pública en actividades sensibles con graves repercusiones sobre el conjunto del sistema". ¿Autorregulación privada? ¿Se refiere a las cajas de ahorro supervisadas por el Banco de España? Seguro que sí.

Sevilla es una máquina de producción de bobadas: "Si algo es demasiado grande para caer, la responsabilidad social exige no dejar sus decisiones en manos exclusivas de sus gestores y accionistas, que juegan la ventaja de que ante dificultades serias reciben la ayuda pública". Si algo es demasiado grande para caer, no debería existir, y en una sociedad libre no existiría; pero los políticos prefieren mantenerlo precisamente para intervenirlo con la excusa de que no se lo puede dejar solo. Además de aprender a analizar alternativas, a Sevilla le convendría leer lo que él mismo escribe (¿o sólo lo firma?) para no comerse palabras.

Con genios como éste al mando difícilmente se va a conseguir "devolver la confianza a los ciudadanos en su sistema económico". Pero tienen el morro de pretender que es cosa suya.

La Hora de los Logros Humanos

Así, autoridades poco dedicadas al bien común y demasiado a la propaganda se pusieron a apagar los focos que iluminan diversos monumentos, mientras un número indeterminado de personas –pero que por supuesto los ecologistas cifraron en 1.000 millones en todo el mundo– decidieron apagar la luz. El efecto real fue, claro, insignificante: la hora prevista fue la de mayor consumo eléctrico del día y el consumo fue poco más de un 1% menor que el sábado anterior.

Hay dos cosas sobre esa hora de apagar las luces que me irritan profundamente. La primera ya la identificó el propio Lomborg: estas mamarrachadas son un modo de que la gente se piense que hay soluciones sencillas a los problemas y que todo depende de tomarse la molestia de apagar la luz una hora. Pero por supuesto, como diría Ramón Calderón, eso no es así, eso no es verdad. El proyecto ecologista contra el calentamiento global exige sacrificios reales y mucho mayores, como el de enviar al paro a millones de personas en todo el mundo y rebajar significativamente nuestra calidad de vida. Desgraciadamente, a nuestro alrededor hay demasiados adolescentes en términos morales para los que lo único que cuentan son las emociones, no la realidad, y especialmente el sentimiento más importante en términos políticos: la autosatisfacción.

Pero aún más indignante y, si me permiten, más adecuado a esta sección de internet y tecnología a la que debería dedicar mis artículos (sí, señor director, a los pies de su señora, señor director), es la ceguera voluntaria que impide a los ecologistas ver ninguna solución que no pase por una restricción al uso de la tecnología, en lugar de abogar por lo que siempre ha hecho la humanidad para solucionar los problemas causados por su progreso: progresar aún más. No, los apocalípticos del calentamiento global quieren que produzcamos menos y optemos por tecnologías ineficientes y ruinosas, que reducen nuestro nivel de vida al obligarnos a enterrar nuestros recursos en ellas en lugar de utilizar una parte en alternativas realmente eficientes y la otra parte en cubrir otras necesidades.

Escondidos bajo la excusa científica, el ecologismo no es más que ideología pura. Son los herederos intelectuales de esos reaccionarios del XIX llamados luditas, que querían frenar el desarrollo industrial y tecnológico bajo la falacia, mil veces refutada, de que destruía empleos. Dentro de esa pila de años en la que nos auguran que la Tierra será más cálida, habremos desarrollado tecnologías energéticas que ahora somos incapaces de concebir siquiera. Pero para ellos ese progreso no es más que otro paso atrás en el camino que quieren recorrer, pasito a pasito hacia ese Edén virginal en el que convivíamos en armonía con la naturaleza, la esperanza de vida era de 30 años y nuestro desarrollo económico y tecnológica impedía que sobrevivieran más que unos pocos millones de personas en todo el mundo.

"Enviaré una señal desde el portátil hasta nuestro servidor local, desde donde viajará por cable de fibra óptica a la velocidad de la luz hasta San Francisco, rebotará en un satélite de órbita geosíncrona a Lisboa, Portugal, desde donde los datos se desviarán a un cable transatlántico sumergido que termina en Halifax, Nueva Escocia, y atravesarán todo el continente vía repetidores de microondas hasta nuestro servidor y de él al receptor adherido a esta… lámpara", decía un personaje de la serie The Big Bang Theory describiendo el proceso seguido para encender una bombilla que tenía a un metro de distancia tras haberla conectado a internet. En esta ocasión, claro, el objetivo era bastante ridículo, como corresponde a una comedia. ¿Pero alguien podía imaginarse a comienzos del siglo XX algo como internet? No, claro que no. Pero al contrario que ahora los políticos no hacían planes a cien años vista que requirieran unos brutales sacrificios ahora. Bueno, quizá en la URSS.

Así, mientras unos (pocos) celebran su "Hora de la Tierra", yo prefiero unirme al CEI y celebrar la Hora de los Logros Humanos, entre los que se incluye internet en un lugar destacado. Y seguiré luchando contra cualquier intento de destruirlos como los que encabezan, de forma destacada hoy en día, ecologistas e islamistas.