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La Hora de los Logros Humanos

Así, autoridades poco dedicadas al bien común y demasiado a la propaganda se pusieron a apagar los focos que iluminan diversos monumentos, mientras un número indeterminado de personas –pero que por supuesto los ecologistas cifraron en 1.000 millones en todo el mundo– decidieron apagar la luz. El efecto real fue, claro, insignificante: la hora prevista fue la de mayor consumo eléctrico del día y el consumo fue poco más de un 1% menor que el sábado anterior.

Hay dos cosas sobre esa hora de apagar las luces que me irritan profundamente. La primera ya la identificó el propio Lomborg: estas mamarrachadas son un modo de que la gente se piense que hay soluciones sencillas a los problemas y que todo depende de tomarse la molestia de apagar la luz una hora. Pero por supuesto, como diría Ramón Calderón, eso no es así, eso no es verdad. El proyecto ecologista contra el calentamiento global exige sacrificios reales y mucho mayores, como el de enviar al paro a millones de personas en todo el mundo y rebajar significativamente nuestra calidad de vida. Desgraciadamente, a nuestro alrededor hay demasiados adolescentes en términos morales para los que lo único que cuentan son las emociones, no la realidad, y especialmente el sentimiento más importante en términos políticos: la autosatisfacción.

Pero aún más indignante y, si me permiten, más adecuado a esta sección de internet y tecnología a la que debería dedicar mis artículos (sí, señor director, a los pies de su señora, señor director), es la ceguera voluntaria que impide a los ecologistas ver ninguna solución que no pase por una restricción al uso de la tecnología, en lugar de abogar por lo que siempre ha hecho la humanidad para solucionar los problemas causados por su progreso: progresar aún más. No, los apocalípticos del calentamiento global quieren que produzcamos menos y optemos por tecnologías ineficientes y ruinosas, que reducen nuestro nivel de vida al obligarnos a enterrar nuestros recursos en ellas en lugar de utilizar una parte en alternativas realmente eficientes y la otra parte en cubrir otras necesidades.

Escondidos bajo la excusa científica, el ecologismo no es más que ideología pura. Son los herederos intelectuales de esos reaccionarios del XIX llamados luditas, que querían frenar el desarrollo industrial y tecnológico bajo la falacia, mil veces refutada, de que destruía empleos. Dentro de esa pila de años en la que nos auguran que la Tierra será más cálida, habremos desarrollado tecnologías energéticas que ahora somos incapaces de concebir siquiera. Pero para ellos ese progreso no es más que otro paso atrás en el camino que quieren recorrer, pasito a pasito hacia ese Edén virginal en el que convivíamos en armonía con la naturaleza, la esperanza de vida era de 30 años y nuestro desarrollo económico y tecnológica impedía que sobrevivieran más que unos pocos millones de personas en todo el mundo.

"Enviaré una señal desde el portátil hasta nuestro servidor local, desde donde viajará por cable de fibra óptica a la velocidad de la luz hasta San Francisco, rebotará en un satélite de órbita geosíncrona a Lisboa, Portugal, desde donde los datos se desviarán a un cable transatlántico sumergido que termina en Halifax, Nueva Escocia, y atravesarán todo el continente vía repetidores de microondas hasta nuestro servidor y de él al receptor adherido a esta… lámpara", decía un personaje de la serie The Big Bang Theory describiendo el proceso seguido para encender una bombilla que tenía a un metro de distancia tras haberla conectado a internet. En esta ocasión, claro, el objetivo era bastante ridículo, como corresponde a una comedia. ¿Pero alguien podía imaginarse a comienzos del siglo XX algo como internet? No, claro que no. Pero al contrario que ahora los políticos no hacían planes a cien años vista que requirieran unos brutales sacrificios ahora. Bueno, quizá en la URSS.

Así, mientras unos (pocos) celebran su "Hora de la Tierra", yo prefiero unirme al CEI y celebrar la Hora de los Logros Humanos, entre los que se incluye internet en un lugar destacado. Y seguiré luchando contra cualquier intento de destruirlos como los que encabezan, de forma destacada hoy en día, ecologistas e islamistas.

No fue el shadow banking

Por este motivo, unos gestores codiciosos pudieron apalancarse numerosas veces sobre su capital para adquirir productos estructurados que ni ellos mismos comprendían.

La sencillez de este argumento nos ofrece la solución a la regulares crisis económicas en bandeja: basta con regular al shadow banking; o, por expresarlo a la lacónica forma de la Cumbre del G-20 en Washington, que “ningún agente, ningún producto y ningún mercado” queden fuera de la regulación.

Las suspicacias de que esta teoría tenga algo de sentido y no suponga una mera excusa para ampliar hasta límites insospechados el poder del Estado deberían comenzar cuando nos damos cuenta de que el secretario del Tesoro estadounidense, Timothy Geithner, es su principal defensor. ¿Por qué resulta sospechoso que Geithner se sume a la teoría del shadow banking? Básicamente porque su anterior cargo fue el de presidente de la Reserva Federal de Nueva York, es decir, uno de los encargados de supervisar la labor de los bancos.

La siguiente suspicacia debería provenir de la constatación de que bancos comerciales como Citigroup o Bank of America han tenido casi idénticos problemas a la banca de inversión.

Pero, sin duda, si algo debería hacernos caer del guindo debe ría ser la reciente quiebra de Caja Castilla-La Mancha –y lo que te rondaré morena– en España. En nuestro país no hemos tenido shadow banking: toda la banca estaba regulada y supervisada por el Banco de España, se la obligaba a dotar provisiones anuales para robustecerse ante las fluctuaciones cíclicas y no se ha invertido en productos estructurados (“en España no tenemos subprime”, decía). De hecho, Caja Castilla-La Mancha ha caído por préstamos a promotores impagados.

Pero si aquí no hemos tenido shadow banking y nuestro sistema financiero era el más sólido del mundo, ¿cómo hemos podido tener burbuja inmobiliaria y quiebra de entidades? Tal vez  porque la teoría del shadow banking sólo pretende explotar la ignorancia.

No, el shadow banking no es el responsable y la hiperregulación financiera no es la solución. Los culpables, repetido desde el Instituto Juan de Mariana, son los bancos centrales y su permanente inflación crediticia que sirve para sostener a unos bancos privados que llevan décadas en permanente suspensión de pagos (su deuda a corto plazo es inmensamente superior a sus activos circulantes). Mientras no solucionemos esto, seguirá habiendo crisis económica, con o sin regulación.

Un poco de caridad, por favor

Puede que la actual crisis económica haya hecho recordar a los amantes del cine clásico algunas escenas de películas de Frank Capra o de John Ford que retrataban las consecuencias de una Gran Depresión, películas que mostraban el panorama americano de los años 30 lleno de miríadas de pobres que buscaban entre la basura, se arremolinaban ante las instituciones de caridad o recorrían Estados Unidos a la búsqueda de un trabajo que les permitiera comer todos los días. Sin ánimo de comparativas innecesarias entre esos tiempos y los actuales, deberíamos analizar y defender, por su actualidad, el mecanismo de la caridad frente al de su gran enemigo, el Estado de Bienestar.

Nunca se ha conocido un número tan grande de organizaciones que prestan auxilio a pobres, desamparados, menesterosos, adictos, parados y otros grupos necesitados y pese a ello, la idea de caridad como un acto voluntario de ayuda a los que lo necesitan se ha perdido en favor de la acción del Estado, que despoja a los ciudadanos de parte de sus recursos y los dirige hacia grupos afines, protegidos, minorías privilegiadas o políticamente correctas, en detrimento de otros que pueden necesitar tanto o más estos recursos, todo ello con el suficiente despliegue mediático y de propaganda que permite magnificar logros o simplemente inventárselos.

Pero la caridad voluntaria tiene una serie de ventajas evidentes de eficiencia que no tiene ni puede tener la labor del Estado. Desde una perspectiva simplemente moral y ética, el carácter voluntario de la caridad privada frente a la coacción del Estado, despojador de recursos, ya sería suficiente para decantarse por la primera. Cada uno optará por ayudar a la organización que considere más adecuada o simplemente no hacerlo si piensa que la caridad no es el camino adecuado. Puede que a aquellos que les interese sólo los teóricos objetivos no aprecien esta diferencia entre lo público y lo privado, pero incluso en este caso, deberían reflexionar sobre ello.

Las organizaciones privadas de caridad tienen más capacidad para entrar en contacto con los problemas que la burocracia estatal. Sus voluntarios suelen tener una implicación personal o incluso emocional con los afectados que dista mucho de la que pueda tener cualquier funcionario. La gestión directa de los recursos les permite una mayor eficiencia, pues no necesitan mantener una burocracia innecesaria como la de las Administraciones Públicas, y en caso de fraude, éste puede detectarse mucho antes pues no habrá una organización política que lo tape o lo manipule durante demasiado tiempo, así que los donantes podrán decantarse por otras organizaciones que realicen una labor más acorde con sus pretensiones.

Es difícil hacer frente a los muchos problemas que pueden afectar a una sociedad enferma, así que la competencia entre organizaciones de caridad permite que ante un problema concreto se puedan probar diferentes soluciones o que distintas organizaciones se centren en distintos problemas, desde mendigos a parados, pasando por adictos que quieran desengancharse o marginados que quieran salir de la delincuencia. La propia inercia del sistema estatal y su continua politización impide precisamente la proliferación de ideas, limita el número de afectados a los que puede ayudar y minimiza esta asistencia en algunos casos hasta el punto del ridículo, como aquel ciego de Barcelona con un trastorno bipolar que recibió, en virtud de la Ley de Dependencia, un céntimo en concepto de ayuda económica.

Pero el mayor daño que puede hacer el Estado a la caridad privada es precisamente la competencia desleal y la politización de la ayuda que lleva a las organizaciones privadas a terminar pidiendo recursos públicos en vez de buscarlos entre sus simpatizantes y voluntarios, que desincentiva la creación de nuevas organizaciones si no es en un entorno político, y que da la idea equivocada y letal de que el Estado es el único que puede hacer frente de manera eficiente a los problemas sociales, promoviendo incluso entre los propios ciudadanos una desidia y una despreocupación sobre sus responsabilidades que lo único que genera es una mayor desintegración social.

Medidas verdes para una economía podrida

Preguntado por los periodistas sobre si una política como esa ayudaría a reducir nuestra tasa de desempleo, ZP contestó que su propuesta representa una "gran reforma estructural" que ayudaría a crear numerosas ocupaciones. Así, la retórica del presidente ha cambiado significativamente. Ya no se trata de cumplir con Kioto y con la implantación de las renovables "cueste lo que cueste", sino de vender la moto de que el apoyo público a las renovables generará empleo.

Con este giro el líder socialista se une al club de Barroso y Obama, dos políticos que sin ningún tipo de argumentos se dedican a prometer creación de empleo gracias a sus grandiosos planes para subvencionar a las renovables. Barroso prometía hace un año que Europa generaría millones de puestos de trabajo verdes con su proyecto para elevar la contribución de las renovables a la producción energética total; y Obama lleva un par de meses tratando de engatusar a sus parados y a toda la ciudadanía con la misma cantinela.

Sin embargo, el discurso según el cual estos planes estatales producirán empleo neto es un cuento chino. No sólo porque será en el país asiático donde se generen en su mayor parte sino, sobre todo, porque es totalmente falso.

Para aumentar la producción de enegía mediante fuentes renovables hace falta subvencionar a estas últimas detrayendo ingentes recursos de otros sectores. Entre 2000 y 2008 el Gobierno ha comprometido 28.000 millones de euros en esta labor. Puesto que el número de empleos que han generado está en torno a los 50.000, cada trabajador verde le cuesta al ciudadano español la escandalosa cantidad de medio millón de euros.

Quien crea en serio que ese despilfarro puede ser una forma de salir de la crisis es que no está en sus cabales y Zapatero, obviamente, parece creerlo. Mentira o locura, la explicación de esta patada a la lógica más elemental es la fijación en los empleos que se crean y el olvido de los que se dejan de crear como consecuencia de ese gasto público. Un nuevo estudio de la Universidad Rey Juan Carlos en el que he tenido el placer de trabajar durante los últimos meses, prueba que por cada empleo que el Estado intenta favorecer mediante subvenciones a las renovables, se destruyen o dejan de crear 2,2 en el resto de la economía.

Así que lejos de generar empleo, la idea de Zapatero está siendo una forma muy efectiva de destruirlo y, en caso de adoptarse a nivel internacional, tendería a producir similares resultados, empeorando así la crisis global. Las medidas verdes del Sr. Zapatero podrán sacar con dinero público a unos cuantos amiguetes de la difícil situación financiera en la que se han metido, pero ni generarán empleo ni (aún menos) podrán arreglar la podredumbre del sistema financiero.

Crisis peluda, ¡solución definitiva!

Voy a comer. Pongo la tele. La Primera para más señas, pues ya que por edad no estudié Educación para la Ciudadanía, por lo menos que me adoctrinen en la medida de mis posibilidades.

– ¡Los bancos son culpables! – truena el televisor.

En la pantalla, pequeños propietarios de pymes acusan:

– ¡No nos dan créditos, así vamos a tener que cerrar!

A Miguel Sebastián, expresando el sentir de millones de españoles, se le ilumina la bombilla (de bajo consumo) y amenaza: "Al Gobierno se le está acabando la paciencia con la banca". Pero lo más dramático, la mayor muestra de crueldad de los bancos, de su falta de compromiso y solidaridad con la ciudadanía estaba aún por llegar.

Aparece en la pantalla una empresaria, desesperada ante la falta de apoyo crediticio. Su negocio está a punto de hundirse, y los bancos le niegan auxilio. ¡Menuda injusticia! ¡Qué nacionalicen ya la banca! Además la indignada empresaria nos avisa. Si cierra su empresa, sus trabajadores irán al paro. Está claro, esta ciudadana ha de ser ayudada, ha de recibir líneas de crédito que le permitan seguir en el negocio.

Pero, un momento, ¿cuál es el negocio del que estamos hablando? ¿Cómo? ¿Un salón de depilación? Efectivamente, un salón de depilación. Con la crisis, con el paro, resulta que los consumidores responden de forma bajista a las ofertas depilatorias que ofrece dicho salón y parece ser que, aunque el depilado púbico se mantiene pese a sufrir ciertos retrocesos, el resto de los tratamientos van claramente a la baja, con un desplome del 95% en el completo de axilas y caídas superiores al 75% en el depilado intercejil por láser.

Efectivamente, la situación es peliaguda… Ahora, más que nunca, es cuando los bancos deben mostrar su lado humano y solidario.

Pero el problema es que los bancos no se fían un pelo de la viabilidad del negocio. Puede que no sea el momento de poner dinero en una actividad, que, si bien tiene evidentes ventajas estéticas, quizá no responda a la actual coyuntura. Realmente pretender que sea viable dicho negocio es un pelín arriesgado, y los bancos no tienen un pelo de tontos.

¿Qué queda entonces?

Pues nada, para eso están las ayudas públicas. Soluciones keynesianas para el sector depilatorio, las cuales, sin duda, fomentarán el empleo en dicho sector. Quizá mediante ayudas directas o con la entrega a través del INEM de bonos depilatorios a los parados, un sector de la población que esta el alza y que dispone del tiempo necesario para someterse a la actividad de dicha industria. Además, aunque dichos bonos no ayudarán al Gobierno a suavizar las cifras del paro, por lo menos sí "suavizaran" a los propios parados. Algo es algo. Hasta los sindicatos de clase podrían contribuir. Si Cándido Méndez, en vez de ofrecer propuestas tan imaginativas como la semana de cuatro días, ofreciese su cuerpo socialista al sector depilatorio, garantizaría la carga de trabajo durante una larga temporada.

Claro está que mucha gente pondrá el grito en el cielo ante esta inyección de dinero de los contribuyentes en la eliminación de vello. ¡La depilación no es un sector estratégico! (Aunque se suela hacer en sitios estratégicos.)

Aquí me pillan. Realmente, yo, al revés que los editorialistas de El País, no sé qué es un sector estratégico y qué no lo es. No entiendo por qué el cine español, un cine por el que la gente no está dispuesta a pagar una entrada, recibe ayudas de 75 millones de euros, por qué los gobiernos europeos deciden subvencionar con 5.000 millones de eurazos a Airbus, un avión que las aerolíneas no compran, o por qué se da dinero a sindicatos deficitarios a los cuales no se afilian ni los propios trabajadores (quizá si les regalasen un bono depilatorio…) y así un largo etcétera.

En fin, pelillos a la mar…

Aunque puede que el Gobierno en el fondo actué consecuentemente respecto al sector depilatorio, abandonándolo a su suerte. Si la batería de medidas aprobadas por ZP y su cuadrilla son puestas en marcha… se nos va a caer el pelo. ¡Y sin necesidad de láser!

Tolerancia y cambio climático

El siglo XVI fue una centuria en que el sentimiento religioso se avivó por toda Europa. A fin de evitar influencias perniciosas en las conciencias de los súbditos de cada gobierno surgieron diversas Inquisiciones que aumentaron su poder y sus atribuciones. Los eclesiásticos (tanto si eran teólogos, juristas o docentes) constituían la aristocracia intelectual de entonces encargada de dirigir las almas convenientemente.

Los herejes eran castigados por considerárseles no sólo como disidentes religiosos, sino como enemigos de la seguridad del Estado. Las penas más usuales eran la prisión temporal o perpetua y los castigos corporales; todas llevaban aparejada la confiscación de bienes que pasaban al erario real para, entre otras cosas, pagar a los funcionarios de la Inquisición respectiva. La pena más atroz era la muerte en la hoguera.

A pesar de ello, se formaron siempre y en todo lugar núcleos de disidentes. Fue precisamente en el siglo XVI cuando diversos humanistas –Nicolás de Cusa, Erasmo de Rótterdam, etc.– empezaron a reclamar por primera vez tolerancia hacia las minorías en cuestiones de fe. Años después, el judío racionalista Baruch de Spinozaafirmaría en su Tractatus theologico-politicus de 1670 algo verdaderamente revolucionario (entonces y hoy): que la libertad era indispensable para el progreso de la ciencia y el arte. Con la Ilustración el concepto de tolerancia se ampliaría del ámbito teológico al ámbito civil.

En su obra Sobre la Libertad (1859) J. S. Mill, columbraba el peligro de un poder gubernamental represivo y la amenaza de una tiranía de la mayoría, comola opinión pública, que tendía a ser muyintolerante sobre todo cuando se ponían en tela de juicio "opiniones y pasiones dominantes". Con estos mimbres, el Estado liberal fue asentando finalmente las bases jurídicas de un orden menos opresivo para el disidente.

La idea actual del cambio climático antropogénico (por la mera acción humana) pese a ser una opinión dominante, no es en absoluto una evidencia científica en contra de lo que quieren hacernos creer sus defensores. Es una mera hipótesis sometida a diferentes críticas. La más reciente se ha mostrado en las numerosas ponencias de la conferencia internacional de Nueva York organizada por el Instituto Heartland sin dinero público de ningún tipo y en la que ha participado, entre otros, el Instituto Juan de Mariana.

La intolerancia mostrada actualmente por los nuevos eclesiásticos (políticos profesionales, docentes o periodistas) hacia los escépticos o descreídos (herejes) que no comulgan con los catastrofismos del cambio climático y sus respuestas políticas me recuerda demasiado peligrosamente a la ejercida por las numerosas órdenes de predicación (hoy algorianos, ecologistas, neo-malthusianos o intelectuales anti-mercado) que propagaban sus inflexibles dogmas siguiendo los dictados del Concilio de Trento (IPCC de las Naciones Unidas).

El cambio climático, por lo demás, es una tautología pues éste no hace otra cosa que cambiar permanentemente. Se trata, pues, de una redundancia superflua pero muy útil al constituir una proposición que necesariamente es verdadera, con independencia de que la interpretación de sus causas represente o no un hecho real.

Con la ayuda del brazo secular del poder civil (gobiernos varios) ahora no hay castigos físicos, pero sí imposiciones coactivas a todo el planeta mediante restricciones, derechos de emisión e impuestos (confiscaciones) a favor del Estado (erario real) y sus adláteres (empresarios políticos). Todo vale para defender la nueva religión (antes llamada calentamiento global en el antiguo testamento ecologista) sustentada por adoradores de subvenciones mil millonarias destinadas a financiar fuentes energéticas antieconómicas.

Una muestra de intolerancia de las muchas que pueblan los mass media: comprobemos a dónde quiere enviar el presidente onusino del IPCC a los escépticos del cambio climático (a otro planeta). Todo un ejemplo de debate científico y convivencia con los que no acatan su credo.

Los irreverentes incrédulos de luchas colectivas para crear un orden construido tienen, por descontado, su merecido sambenito: son los negacionistas. (1,2). Faltaría más.

La ética de la libertad y el cambio climático (2): Efectos, mitigación o adaptación

La ética concierne solamente a los seres humanos: no hay ningún deber natural de preservar el medio ambiente, el cual no tiene valor intrínseco porque las valoraciones son producto de la actividad mental de agentes cognitivos emocionales.

La contaminación por encima de ciertos niveles es considerada normalmente una agresión ilegítima porque los contaminantes dañan directamente a los seres humanos y no tienen efectos beneficiosos. El cambio climático está relacionado con el medio ambiente pero es muy diferente de la contaminación.

El cambio climático antropogénico puede ocurrir debido a cambios de uso del terreno y a la emisión de gases de efecto invernadero. Los cambios de uso del terreno pueden alterar la reflectividad o albedo de la superficie del planeta, y parece difícil considerarlos una acción ilegítima. El dióxido de carbono es un gas de efecto invernadero que procede de la respiración y de la quema de combustibles fósiles; etiquetarlo como contaminante es un abuso del lenguaje, ya que es necesario para la fotosíntesis y no es tóxico. Algunas actividades humanas, como plantar árboles, retiran dióxido de carbono de la atmósfera. Es extremadamente difícil probar relaciones específicas entre emisiones humanas de dióxido de carbono, cambios climáticos locales y sus efectos particulares.

El cambio climático, sea calentamiento o enfriamiento global, tiene múltiples posibles causas y efectos, y la valoración de los efectos puede ser diferente en diferentes partes del planeta. Las regiones frías pueden beneficiarse del calentamiento y lamentar más enfriamiento, mientras que las regiones cálidas pueden beneficiarse del enfriamiento y lamentar más calentamiento. Los alarmistas del cambio climático parecen ser reaccionarios climáticos que no aceptan ningún cambio. No hay ningún clima óptimo, y puede haber conflictos sobre su determinación si los seres humanos consiguen controlarlo. Aunque los seres humanos estén adaptados a sus climas actuales, esto no implica que sería difícil adaptarse a diferentes climas si los cambios no son excesivos.

El cambio climático podría suceder rápidamente a escala geológica, pero es lento para la escala temporal humana, permitiendo una adaptación informada con planificación para el futuro. Las políticas públicas de mitigación del cambio climático tienen costes seguros inmensos en el presente y proporcionarían escasos e inciertos beneficios en el futuro. Los relativamente pobres de hoy se sacrificarían para presuntamente ayudar a los relativamente ricos del mañana.

La temperatura no es el único fenómeno asociado con el cambio climático y seguramente no es el más relevante para el bienestar humano, ya que los seres humanos viven en amplios rangos térmicos. El nivel del mar, las precipitaciones y los fenómenos meteorológicos extremos pueden ser mucho más importantes.

El nivel del mar puede elevarse lentamente debido al calentamiento global, pero el proceso es muy lento, de modo que es posible preparar protecciones y amortizar capital si es necesario; la libertad de migración puede ayudar a la relocalización de personas cuyas tierras se vuelvan inhabitables. Las precipitaciones deberían en general incrementarse con el calentamiento global, aunque su distribución podría variar. Y la dependencia de los eventos meteorológicos extremos de la temperatura es compleja y poco conocida.

Para casi todos los problemas humanos asociados al calentamiento global, la influencia en ellos del clima es normalmente pequeña en comparación con otros factores más importantes que pueden tratados de forma más fácil y eficiente. Los alarmistas del cambio climático parecen ignorar soluciones relativamente simples para los problemas que mencionan. Los seres humanos son proactivos, no se someten de forma pasiva a las influencias naturales, y la evitación del cambio climático no es necesariamente la mejor opción.

El agua potable es un problema donde no hay derechos de propiedad, mercados y precios del agua. Las enfermedades tropicales dependen fuertemente de condiciones socioeconómicas. Las naciones subdesarrolladas son pobres principalmente por sus instituciones sociales inadecuadas. Es posible protegerse de las olas de calor mediante el acondicionamiento térmico adecuado (y el calentamiento global reduciría las olas de frío y sus muertes asociadas). La extinción de especies se debe mayoritariamente a destrucción de hábitats naturales o invasión humana (o a matanzas directas, como con la caza y la pesca).

Los catastrofistas del calentamiento global parecen olvidar otras realidades más importantes y urgentes que compiten por la asignación de los recursos escasos exigidos para la mitigación del cambio climático. Es demencial declarar al cambio climático el peor problema de la humanidad cuando hay guerras, hambre, enfermedades, pobreza.

Para algunos ecologistas radicales y muchos políticos, el cambio climático es el problema más importante para la civilización humana, y pretenden hablar en nombre de toda la humanidad. Pero para ellos todos los problemas parecen ser extremos, carecen de la noción de costes de oportunidad relativos. Su lenguaje moral impone deberes a los ciudadanos que parecen estar recibiendo órdenes acerca de lo que deben hacer y lo que deben evitar sin importar el coste.

Los gobiernos se suponen necesarios para proteger a sus ciudadanos contra agresiones, pero son muy incompetentes en esta tarea y a menudo son responsables de sus propias agresiones institucionales al prohibir actividades perfectamente pacíficas y voluntarias; ahora con el cambio climático parecen considerar el calentamiento global antropogénico una acción indeseable ilegítima. Algunos radicales incluso intentan censurar y criminalizar el disenso de los escépticos, negacionistas o minimizadores. Pero el pensamiento y la palabra, aunque estén equivocados o sean falsos, no son nunca auténticos crímenes. Puede haber grupos de intereses especiales a ambos lados del debate luchando por sus políticas públicas favoritas: no solamente compañías del carbón, el petróleo o la energía nuclear, sino también las fuertemente subsidiadas energías renovables.

Aunque la ciencia del clima más oficial y mayoritaria pueda estar en lo correcto, la ignorancia respecto a la economía, la filosofía política y la ética es abismal. Las entidades más importantes para un ser humano son otros seres humanos (para lo bueno y para lo malo), no el medio ambiente. Los humanos pueden ser especialmente nocivos cuando están organizados políticamente e inspirados por el colectivismo. Los posibles daños del cambio climático deberían ser comparados con los posibles daños de la intervención burocrática gubernamental y la opresión política. Tal vez toda la histeria respecto al cambio climático sea una excusa para incrementar la extensión del poder político o una distracción de otros problemas más graves. Las instituciones sociales son lo más importante, y actualmente son profundamente defectuosas: es posible una mejora inmensa, y la libertad es la solución.

Y aquí, ¿qué ha fallado?

No tenemos que irnos ni a Wall Street ni a Washington para buscar a los responsables de su caída. Basta con que nos quedemos en el escenario típicamente cervantino. Y, por desgracia, tampoco tendremos que esperar mucho tiempo a que estos desafortunados créditos a promotores sigan cobrándose la cabeza de otras cajas.

El progresivo desmoronamiento del sistema bancario español, en línea con lo ocurrido en otras partes del globo, debería servirnos como alerta y vacuna contra las interpretaciones más pueriles y sesgadas de la crisis económica. Los políticos, los de allí y los de acá, se están montando una película alternativa sobre sus causas para eximirse de responsabilidades.

No hay que ir demasiado lejos. Si usted le pregunta hoy mismo a cualquier persona de la calle por qué ha empezado esta crisis, le dirá que los malvados especuladores financieros de Wall Street (la versión sajona de los especuladores inmobiliarios españoles) invirtieron en productos muy arriesgados que han terminado siendo impagados. Y dado que esos especuladores no estaban sometidos a supervisión, es necesario que ahora nuestros políticos los regulen masivamente para impedir que vuelvan a hacerlo.

En esta línea, el secretario del Tesoro de Estados Unidos lleva meses repitiendo que la culpa de la crisis radica en el llamado "shadow banking", esto es, instituciones financieras que actúan como bancos (por ejemplo, las aseguradoras tipo AIG) pero que no están sometidos a las estrictas regulaciones de los bancos. El remedio parece sencillo: que ningún agente, que ningún producto y que ningún mercado queden fuera del atento control del Estado, como ya se propuso en noviembre durante la pasada cumbre de Washington.

Pero hete aquí que en nuestro país empiezan a quebrar entidades financieras como las cajas que sí estaban supervisadas por el Banco de España (de hecho, según todos decían, "muy bien supervisadas") y que no habían prestado dinero a productos complejos que no entendían sino a actividades tan tradicionales como comprar un terreno y construir varios bloques de pisos.

No, la crisis financiera no es una crisis del "shadow banking" frente al modelo mucho más prudente y noble de la banca comercial de toda la vida. Ambos tipos de banca han quebrado conforme los Gobiernos de los distintos países han dejado de sostener artificialmente los mercados. No ayudará, por tanto, que el sistema financiero internacional adopte las pautas de un modelo español que de poco ha servido para evitar la crisis.

Valdría la pena que por una vez nuestros mandatarios practicaran un ejercicio de honradez y reconocieran su responsabilidad en esta situación: los bancos centrales expandieron el crédito de manera insostenible desde 2003, generando todo tipo de burbujas (como la inmobiliaria) y malas inversiones por la economía que ahora se están revelando y rebelando. Este lucrativo chiringuito –las entidades financieras se endeudaban a corto plazo prestando a largo y el banco central de turno les cubría el riesgo de iliquidez a costa de generar inflación– que los políticos luchan por defender –entre otras cosas, porque les permite financiar el enorme gasto público actual– y ocultar con todo tipo de diagnósticos demagógicos es el que se ha venido abajo en los campos castellanos.

¿Quién rapta a nuestros hijos?

Como si la idea no hubiese sido disuelta por la ciencia (Pinker), Vilaseca parte de que llegamos al mundo con una tabla rasa, libres del pecado original de nuestra civilización. Un pecado, sin embargo, impuesto por medio de sus padres: la admisión de estos valores "civilizados", occidentales, que cercenan su libertad, la de convertirse en un hombre nuevo, para una sociedad completamente nueva. Ya ven por dónde vamos.

"Cuando nacen, los niños son como una hoja en blanco: limpios, puros y sin limitaciones ni prejuicios". Nacen por un mandato de la biología, pero los padres buenos, los que aman verdaderamente a sus hijos, saben que "no les pertenecen". Sólo desean "contribuir con nuestro granito de arena en la evolución consciente de la humanidad". Los padres los plantan en este mundo, como instrumentos de esa "evolución consciente", pero no les pertenecen.

Pero se interpone nuestro egoísmo, que nos lleva a cometer el crimen de educar a nuestros hijos en los valores que nosotros elegimos para ellos, "inculcándoles creencias, normas y valores". Es un "condicionamiento" que "nos esclaviza". Nos transmite el malestar de la cultura. Este egoísmo impide la verdadera educación, que no es la transmisión de los valores de nuestra civilización, sino "liberarnos" de ella, formar "una nueva generación" con unos nuevos valores. Raptamos a nuestros propios hijos para inyectarles nuestra enferma visión del mundo.

Lo que no dice el autor es qué sustituirá a los valores de los padres, y quién se encargará de transmitirlos. Pero es claro que consistirá en inculcar la cosmovisión progresista del mundo, y por medio del Estado. Nuestra misión es "ayudarles para que ellos mismos descubran su propia forma de mirar" el mundo. Pero, abstenidos los padres, ¿quién hará de guía en esa educación? El progresismo instalado en el aparato educativo estatal. Es el viejo ropaje pretendidamente liberador del totalitarismo de siempre, desde Esparta a nuestros días. ¿Quién rapta a nuestros hijos?

Parar las máquinas en tiempos de crisis

En plena destrucción acelerada de empleo, al sindicalista no se le ocurre nada mejor que proponer reducir la jornada laboral a 35 horas semanales organizadas en cuatro días. Así, se nos dice, las empresas tendrán que demandar más trabajadores para mantener su nivel de producción y el paro se reducirá.

Algunas personas parecen empeñadas en hundirnos en la miseria. A las disparatadas recetas de endeudarnos para incrementar nuestro consumo, ahora añaden la de reducir el número de horas que trabajamos. Siempre pongo el mismo ejemplo, pero no por ello su validez se desgasta: si una familia está endeudada hasta las cejas, ¿qué le recomendaríamos? Primero, que deje de acumular nuevas deudas. Segundo, que se apriete el cinturón recortando gastos superfluos. Tercero, que el dinero que ahorre lo destine en todo o en parte a amortizar la deuda. Y cuarto, si resulta necesario, que se busque otro empleo para poder ahorrar más cada mes.

El torpe razonamiento económico de muchas izquierdas y derechas apunta hacia lo contrario. Primero, si no quiere caldo de deuda, tome dos tazas. Segundo, con la nueva deuda, páguese unas ostentosas vacaciones al Caribe. Tercero, no se preocupe nunca por minorar su nivel de deuda, que suba es una buena señal. Y cuarto, a ser posible quédese en el paro o búsquese un empleo donde trabaje y gane la mitad. No sé por qué nuestros gobernantes no están sufragando una campaña institucional con estos cuatro consejos para las familias españolas al borde del embargo hipotecario. ¿Tal vez porque se tomarían como un insulto a su inteligencia lo que nuestros prohombres públicos pretenden que el Estado nos imponga a todos por ley?

No creo que sea necesario desarrollar demasiado por qué nadie en su sano juicio debería leer la entrevista al cándido Cándido buscando un atisbo de sensatez. A quien no le chirríe que la recuperación de una crisis en la que se destruye riqueza de forma masiva deba pasar por dejar de producir aun más riqueza, probablemente sea porque esté más preocupado por validar sus prejuicios ideológicos que por intentar comprender esta sencilla realidad. Y ante eso, razonar sirve de poco. Pero por si hay algún confundido de buena fe, intentaré exponer el argumento económico que se esconde detrás del sentido común.

Las compañías son organizaciones complejas que utilizan multitud de factores productivos: máquinas, edificios, materias primas, electricidad, información técnica y, también, trabajadores. El empresario contrata a los trabajadores y al resto de factores en función de los beneficios que espera obtener con su negocio. Si un factor se encarece, tratará de utilizarlo menos para evitar al máximo la erosión de sus beneficios: si la luz sube de precio, intentará ahorrar electricidad y quizá incluso se cierre alguna sección del negocio que consuma mucha.

Muchos parecen creer –siguiendo todavía a estas alturas a Marx– que el trabajador es la parte esencial de un proceso productivo y que si su precio aumenta, lo hará siempre a costa de los beneficios del capitalista: en su mente, se trata de una simple redistribución de la renta. No entienden que si el coste de los trabajadores aumenta, los empresarios tenderán a utilizarlos menos y si hace falta cerrarán ciertas líneas de negocio, como sucedía cuando subía la luz.

Pues bien, reducir la jornada laboral y mantener los salarios equivale a un incremento enorme de la retribución de los trabajadores (trabajan un 12,5% menos y cobran lo mismo). Y si el trabajo se encarece, se utiliza menos. ¿Resultado? Más paro. Que nadie sueñe con que los empresarios redoblarán las contrataciones para cubrir los huecos; puede que sea así en algunos casos (a costa, claro, de que suban los precios de su mercancía), pero en general es imposible: todos los empresarios no pueden subir todos los salarios a la vez de manera sostenida en el tiempo. En caso de implantarse una medida similar, quienes la sufrirían serían aquellos a los que supuestamente se quiere beneficiar. Pero no creo que este riesgo haga reflexionar lo más mínimo a UGT y similares, pues su objetivo nunca ha sido defender al trabajador, sino vivir del cuento con esa excusa.

Por supuesto, nada tengo que objetar contra quienes crean que el futuro pasa por reducir la jornada laboral y ampliar nuestro tiempo libre. Yo también lo creo e históricamente así ha sido. Pero todos quienes pensemos esto deberíamos ser también conscientes de que esa ampliación de nuestro ocio vendrá de la mano de unos salarios menores a los que podríamos haber percibido sin ese ajuste de jornada. El tiempo libre es un bien económico como cualquier otro y tiene sus costes, es decir, en cierto sentido pagamos por él a través de menores salarios.

Por eso mismo, a diferencia de Méndez, no creo que esa reducción de jornada deba imponerse por parte de los poderes públicos: muchos trabajadores pueden seguir prefiriendo una jornada de 40 horas a cambio de mayores sueldos y de llegar a fin de mes. Que cada cual pacte las condiciones laborales que considere más convenientes.

Ahora bien, que semejante reducción coactiva de nuestras rentas se esté proponiendo en tiempos de crisis no sólo me parece una desfachatez sino una salvajada antisocial difícilmente superable. Aunque supongo que a nuestros sindicatos ya se les ocurrirá algo.