Ir al contenido principal

¿Cómo será el nuevo iPhone?

La principal razón que ha desatado estos rumores es que el nuevo software para desarrolladores distribuido por Apple incluye identificadores para varios iPhone, estando etiquetados los actuales como 1,1 y 1,2 y el siguiente como 2,1.

Es decir, que el iPhone 3G, pese a incluir GPS y alguna cosilla más, no sería más que una revisión menor del primer modelo y próximamente veremos otro con más novedades. O eso es lo que dicen los sabios arúspices con más capacidad para desentrañar los planes de Steve Jobs, su amo y señor, examinando las tripas de algunos de sus animales.

Los más insistentes se refieren a la compatibilidad con el llamado 3.5G, una conexión a la red móvil más rápida que la actual. También parece claro que incorporará al fin la capacidad de grabar vídeo, que no se ha empleado hasta ahora por consumir demasiada batería. Se habla de más potencia gráfica y de proceso. Pero si hay algo que Apple no debe hacer si no quiere poner en riesgo su nueva gallina de los huevos de oro es cambiar significativamente el modo en que funciona su aparato, porque correría el riesgo de destruir su ecosistema para las aplicaciones móviles.

Existen actualmente 20 millones de aparatos equipados con el iPhone OS, la mayor parte teléfonos, pero también iPod Touch. Dentro del ámbito de la telefonía móvil, es el mayor ecosistema estable para el desarrollo de aplicaciones y juegos. Es cierto que existen muchos más teléfonos equipados con Windows Mobile, el Symbian de Nokia o con capacidad de ejecutar aplicaciones y juegos Java. Pero el problema está en que pese a contar con esa base común, existen infinitas diferencias entre unos aparatos y otros. Algunos tienen teclado completo, otros no; unos disponen de pantalla táctil, la mayoría no; y la variedad de resoluciones y tamaños de pantalla es casi infinita.

Esas diferencias no existen para Apple. Toda la gama de aparatos capaces de ejecutar las aplicaciones que se venden u ofrecen gratuitamente en la App Store disponen de la misma resolución de pantalla, son multitáctiles, disponen de acelerómetro para detectar el movimiento y orientación del dispositivo y carecen de teclado. Existen algunas diferencias como la forma de conectarse a la red o si disponen de funcionalidad como teléfono, pero que no afectan a la mayoría de las aplicaciones, excepto en el sentido de que algunas, simplemente, no funcionarán en el iPod Touch ni lo pretenden.

Resulta difícil creer que Apple vaya a cambiar este estado de cosas sin cuidarse muy mucho de que no resulte un problema para los desarrolladores. Así que si mejora la capacidad gráfica de un nuevo iPhone o pone una pantalla de mejor resolución, se cuidará de que eso no afecte a las aplicaciones existentes y de que las futuras tengan muy fácil la adaptación a los modelos actuales y a los nuevos. De no hacerlo así, podría arruinar su mayor éxito, ése que la competencia está intentando reproducir como sea.

Claro que quizá no haya nuevo iPhone este verano. Los auspicios pueden errar.

Los efectos colaterales de la “lucha contra la droga”

No voy a insistir demasiado en los principios que aconsejan la legalización del consumo y el comercio de drogas. Con independencia de la calificación moral o ética que merezcan estas conductas autodestructivas o quiénes las "promuevan, favorezcan o faciliten" (tal como se describe el delito de tráfico de drogas en el Código Penal español) ninguna de las razones argüidas para defender su criminalización son compatibles con el respeto a la libertad y el derecho del individuo adulto a disponer de su cuerpo siempre que no cause un daño objetivo a otro.

Del vicio original de la prohibición, con la excusa de proteger la "salud pública", derivan unas consecuencias indeseadas y, sin embargo, previsibles, si se repara en las fuerzas descomunales que desata la persecución de toda acción que incite al consumo ilegal de estupefacientes. En última instancia, la ponderación de esos elementos se añade al argumento principal de los partidarios de la libertad.

Sucede que, al prohibirse la transmisión de unas sustancias tan apreciadas por ciertos consumidores, se restringe su oferta y, por tanto, se incrementan los ingresos de los relativamente escasos individuos que están dispuestos a correr el riesgo de dar con sus huesos en la cárcel. No obstante, en un momento posterior, las suculentas ganancias que esa actividad reporta estimulan a más personas para unirse a cualquiera de los eslabones de su cadena de distribución, bien sea de forma estable, o bien eventual. Por mucho que insistan sus promotores, incluso la cabal persecución del tráfico de drogas solo puede traer como consecuencia una aleatoria y beneficiosa eliminación de competidores para los que continúan lucrándose dentro del negocio.

En este punto, sin embargo, debe resaltarse la peculiaridad del sistema español de represión del consumo de drogas. A diferencia de otros países, la tenencia de droga para consumo propio no se considera delito, si bien merece la calificación de infracción administrativa, sancionable con multa y la incautación de los estupefacientes. Nunca con una pena de prisión. Obviamente, las disputas sobre como distinguir esa posesión de la destinada al tráfico (y dentro de ésta cual sea una cantidad de "notoria importancia") ocupan el tiempo de fiscales y abogados en las decenas de miles de procedimientos penales en materia de drogas que se tramitan en los juzgados españoles.

Como, precisamente, el ánimo tendencial hacia el tráfico es difícil de probar en muchos casos, el Tribunal Supremo ha establecido unos criterios que asumen la cuantía como principal indicio para apreciar el sentido de una posesión. De esta manera, si se detiene a un consumidor habitual con menos de 50 gramos de hachís o marihuana; 7 de cocaína y 3 de heroína –dependiendo en el caso de las dos últimas de su pureza– es probable que sea absuelto, excepto si concurren otros indicios que manifiesten una preordenación para el tráfico. Las elucubraciones que la jurisprudencia reciente ha elaborado sobre el "consumo compartido" de sustancias estupefacientes también han relajado extraordinariamente el rigor punitivo. Me pregunto si han primado razones implícitas. Ambas doctrinas parecen dar por supuesto que una interpretación estricta del precepto penal enviaría a pandillas enteras de jóvenes consumidores a las cárceles, dadas las elevadas penas previstas para estos delitos cuando se trata de sustancias que "causan grave daño a la salud". Es decir, todas, menos el hachis y la marihuana. Aún así, casi un 30 por ciento de los reclusos que cumplían su pena en las cárceles españolas a finales del año pasado fueron condenados por su participación en delitos de este tipo.

Por otro lado, si alguien pensó que los pingües beneficios que genera la prohibición solo corrompen a las autoridades de los países exportadores (México, Colombia, Marruecos etc) debería repasar casos más cercanos. Nos hemos topado con que un subinspector de policía y varios empleados del aeropuerto de Madrid-Barajas eran detenidos bajo la imputación de formar parte de una banda de narcotraficantes. Hace dos años desaparecieron dos kilos de cocaína en una comisaría de Valencia, pero ese caso palidece ante el más reciente –y no aclarado transcurrido casi un año– ocurrido en el depósito de la jefatura de policía de Sevilla. Nada menos que 100 kilos de cocaína y heroína allí custodiados (¿?) fueron progresivamente sustituidos por sustancias más prosaicas, para alborozo de los acusados en distintos juicios por tráfico de drogas. Las dificultades de descubrir las tramas de delincuentes que actúan con cobertura oficial u oficiosa se hacen evidentes en estos casos y apuntan a una situación mucho más grave de lo que nadie está dispuesto a reconocer.

Una vez creadas organizaciones de cierta complejidad para eludir los golpes de la represión, se abren otros campos delictivos donde pueden aprovecharse esas estructuras para obtener ingresos complementarios. Y viceversa. Después de todo, sus integrantes ya han dado el salto para situarse fuera de lo que se entiende por legalidad. En este sentido, la revitalización de viejas organizaciones mafiosas que provocó la prohibición de las bebidas alcohólicas en EEUU durante los años 30 resulta paradigmática. En la actualidad abundan ejemplos de estados, bandas internacionales y grupos terroristas dedicados a una diversificada lista de delitos adicionales. Algunos son inducidos por la penalización y la legislación fiscal, como la venta ilegal de los llamados precursores de las drogas o el blanqueo de capitales. Otros tienen una naturaleza real –perjudican a alguien– como el robo y el asesinato.

Como vemos, la "lucha contra la droga" ocasiona un ingente despilfarro de esfuerzos y recursos que se detraen de la sociedad y causa problemas que no existirían si desapareciera. Una línea de pensamiento en boga a lo largo y ancho de los países occidentales, congruente con los postulados del Estado del Bienestar, propugna el suministro de drogas a las personas adictas con cargo a los presupuestos públicos. Sin cuestionar el fondo de la prohibición, se argumenta que, de esta manera, los consumidores no tendrán que mezclarse con los circuitos de la delincuencia. Pero este tipo de medidas contradice abiertamente la justificación de la penalización: ¿cómo se explica que los estados proporcionen la misma droga que si se distribuye por un particular constituye un grave delito? ¿Por el hecho de que ofrecen un control médico? En realidad, más bien parece que se pretende eliminar la responsabilidad de los individuos que asumen comportamientos arriesgados y fomentar su dependencia a costa de otras personas, forzadas a pagar los gastos.

Recientemente se han alzado voces defendiendo la legalización de las drogas. Sánchez Dragó propone que el Estado constituya un monopolio para su explotación durante una temporada. Por mi parte, me limito a pedir que, de momento, la regulación de las bebidas alcohólicas de alta graduación se extienda a las drogas.

Jugando al mercado

Es cierto que en un sistema socialista no existía la propiedad privada sobre los medios de producción, es evidente que no había seguridad jurídica, es indudable que era imposible ejercer de empresario y es innegable que la competencia estaba ausente, pero si podía aparentarse que todo lo anterior funcionaba, tal vez el comunismo pudiera desarrollarse y prosperar.

Mises les reprochaba que la economía no es un juego de tablero. La existencia de precios de mercado, planes empresariales y competencia era indisociable de la propiedad privada de los medios de producción, esto es, de un sistema donde los agentes económicos pudieran implementar sus iniciativas, apropiarse de los beneficios que lograran y padecer las consecuencias de los errores en los que incurrieran. No se puede instruir a un burócrata para que actúe como si se jugara su patrimonio o como si hubiera descubierto una oportunidad de ganancia que pudiera aprovechar. Cuando el Estado lo controla todo, las pérdidas y ganancias las genera ese propio Estado desligadas de las necesidades del resto de individuos. La sociedad no se coordina mediante relaciones voluntarias (compra o no de bienes de consumo, compra o no de acciones y bonos, prestación o no de servicios laborales…) sino mediante mandatos políticos que son los que imponen un esquema artificial de división del trabajo.

Pese a su fiasco intelectual, parece que la Administración Obama está empeñada a proseguir con estos programas ideológicos. El nuevo plan presentado por el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, para rescatar al sistema financiero del país adolece exactamente de los mismos defectos que criticaba Mises a los socialistas.

Quienes desde un comienzo hemos criticado los planes de recapitalización forzosa de los bancos lo hacíamos aduciendo un argumento económico esencial y bastante sencillo de comprender: los errores de inversión tienen que corregirse sí o sí antes de encauzar la recuperación. El mercado tiene un procedimiento bastante común para reparar esos errores: quien se ha equivocado vende con pérdidas sus activos hasta que recupera aliento o termina quebrando. Lo importante, en todo caso, es que quien está utilizando los recursos productivos del mercado no los retenga en usos inapropiados: si no sabe emplearlos, que se los ofrezca a otro empresario para que les dé un mejor uso.

¿Pero por qué los bancos se negaban a vender sus activos con pérdidas? Básicamente porque habrían reconocido que algo por lo que pagaron 100 pasaba a valer 10, lo que les habría abocado a la quiebra. Resultaba más fácil mantener esa "basura" (o activo tóxico) en balance y esperar a que el plan de rescate público lo comprara por 80 ó 90.

Claro que esto equivalía a salvar a los bancos socavando el resto de la economía. Pagar precios inflados por unos activos depreciados no resuelve el problema de las malas inversiones; de hecho lo apuntala y lo recompensa. Si resultaba necesario que quienes han hecho mal uso de esos recursos los enajenaran para que otros asumieran su control, los planes de rescate permiten que los retengan a costa del erario público.

Lo lógico y deseable, por consiguiente, era que los bancos se desprendieran de esos activos a precios de mercado. ¿Pero cuáles son los precios de mercado si no existe el mercado? Con el nuevo programa, Obama ha intentado instaurarlo: se subvencionará y protegerá a los inversores privados para que pujen por esos activos y ofrezcan un precio que, con más ganas que rigor, llamarán de mercado.

Pero aquí el problema sigue siendo el mismo que con el socialismo competitivo o de mercado que denunciaba Mises. No pueden reproducirse de manera artificial las condiciones del capitalismo. El mercado no es un laboratorio de pruebas, sino un espacio de interacción voluntaria entre sus participantes.

Háganse una idea: por cada 5 dólares que aporte un inversor privado, el Tesoro añadirá otros 5 y la Agencia Federal de Seguro de Depósitos garantizará hasta 60 dólares de la deuda que pueda emitir. O dicho de otra manera, por cada cinco dólares que aporte un inversor privado de su propio capital obtendrá financiación pública directa o indirecta por otros 65. ¡Y con esto pretenden ofrecer algo de realismo de mercado a los planes de rescate! La fatal arrogancia de siempre con el nuevo léxico mesiánico.

La Biblia ultraliberal

Los creadores, grandes y pequeños, empresarios y trabajadores que lucharon por mejorar su situación personal, egoístas ellos, comienzan a abandonar sus empleos y desaparecen, se sumen en el olvido, como si se los hubiese tragado la tierra.

Esta situación coincide, en aparente paradoja, con el triunfo, ya definitivo y total, de todas esas ideas que mantiene la mayoría de la gente. Todo lo que nos dijeron los intelectuales, lo que repiten sin cesar los políticos y vuelcan los medios de comunicación como verdadero canon moral occidental: el egoísmo es la encarnación de todo mal. Debemos vivir, pero no para nosotros sino para los demás. Y no de nuestro esfuerzo, sino del ajeno. Si algo bueno nos ocurre, somos culpables. Si algo malo nos ocurre, no lo somos; la sociedad es la culpable.

Estos dos párrafos contienen lo esencial de una novela, La Rebelión de Atlas, que se editó en 2003 en español en 1.104 páginas. Fue escrita en 1957, y en estos más de cincuenta años jamás se habían vendido más ejemplares que los que se venden ahora… cuando estamos en plena crisis económica, y cuando los valores descritos en esa novela han encontrado en Barack Obama un defensor de dimensiones titánicas, mitad hombre mitad dios, dueño de una retórica brillante que codifica esencialmente esa filosofía antiindividualista, antiliberal, que condena el beneficio privado como causa de todos nuestros males y llama al socialismo, sin mentarlo por su nombre, como única solución.

Ayn Rand, la autora de La Rebelión de Atlas, utilizó numerosos personajes para encarnar esa filosofía colectivista que se ha cernido sobre la sociedad hasta ahogarla. Pero Obama es un rostro especialmente identificable de esa forma de pensar. ¿O no podía haber dicho él que en esta crisis "la culpa es de las empresas. Es por su falta de espíritu social. Se niegan a admitir que la producción no es una elección privada, sino un deber público?". Es más, ¿no lo ha dicho él, realmente?

Rand coloca en el centro de la virtud al egoísmo. Pero no a lo que está pensando en este momento, sino a la atención principal a los propios objetivos, que nos llevarán a cada uno a la mayor producción de bienes, que lo son para los demás. Y en ese camino al uso de la razón y del conocimiento. Y todo ello a la cooperación voluntaria con el resto de personas por medio del intercambio. Es decir, que el egoísmo, tal como lo entiende Rand, es el vértice de la cooperación social y de la atención a las necesidades de los demás, pero por la vía indirecta de la obtención de beneficios, no por la sumisión directa a las necesidades de los demás. Por eso, en su "utopía de la codicia" el lema es "juro por mi vida y mi amor por ella que jamás viviré para nadie ni exigiré que nadie viva para mí", y el resultado, que "no hay conflicto de intereses entre hombres que no demandan lo que no han ganado".

Un artículo del diario El Mundo recogía el "boom" de ventas de La Rebelión de Atlas, más altas ahora que cuando fue reconocido por los lectores del New York Times en el segundo puesto de "los libros que han cambiado su vida", sólo detrás de la Biblia. El artículo está escrito desde esa amalgama socialdemócrata, ese "pensar" que, en un 95 por ciento consiste en colgar carteles difamantes, y en un 80 añadir la palabra "salvaje" a todo aquello que no gusta. Llama la obra randiana de "Biblia ultraliberal". Es el libro del momento.

El cambio y la crisis: dos actitudes contrapuestas

El constante cambio y la incertidumbre son dos características fundamentales e inevitables de nuestro mundo. Sin embargo, como es evidente, la intensidad en que se manifiestan en la sociedad puede variar notablemente.

En periodos como el actual, donde constantemente recibimos nuevas noticias (cada vez más desastrosas), la volatilidad en los mercados financieros es elevada y se está tratando de llevar a cabo los procesos de reajuste requeridos para la recuperación, la percepción del cambio rápido es más intensa. No obstante, no creo que esto sea algo nuevo ni meramente coyuntural, sino que parece existir una tendencia desde al menos el siglo XX hacia una aceleración de los procesos sociales, donde la tecnología e información avanzan deprisa, los valores sociales y morales cambian más rápidamente, etc.

Por el lado de la incertidumbre, ésta es exacerbada por las actuaciones de las autoridades e instituciones públicas. La incertidumbre inerradicable e inherente a los seres humanos, consistente en la incapacidad de prever con exactitud el futuro, es aumentada por una nueva fuente de incertidumbre: las impredecibles y erráticas actuaciones gubernamentales (una interesante reflexión teórica sobre esto es la Teoría de los Big Players de Roger Koppl). ¿Qué será lo próximo que hará el Gobierno? ¿Rescatará a más entidades o dejará caer a alguna? ¿Cómo financiarán los planes de estímulo milmillonarios? ¿Se recurrirá a la inflación? ¿Cuál será la carga impositiva en el futuro, con el déficit disparándose? Todas estas preguntas son, entre muchas otras, las que los agentes económicos tratarán de darse una respuesta. Así es como se obstaculiza la recuperación, generando desconfianza sobre los inversores. La introducción de grandes dosis de incertidumbre ‘artificial’ es lo que, según Robert Higgs, convirtió a la crisis del 1929 en la Gran Depresión que finalmente fue, especialmente por su gran duración.

Por tanto, nos movemos en un entorno muy cambiante e incierto, donde la necesidad y habilidad para adaptarse fácilmente a nuevos cambios es esencial para mantenerse a flote. A este respecto, Alice Munro, en un bello pasaje de La Vista desde Castle Rock, distingue a dos clases de personas según su forma de enfrentarse a los cambios y problemas sociales: "Algunas, si se construye una autovía que pasa por su jardín, lo considerarán una afrenta, lamentarán la pérdida de intimidad… y de una dimensión de sí mismos. El otro tipo de personas verá en ello una oportunidad: montarán un puesto de perritos calientes, conseguirán una franquicia de una cadena de comida rápida, abrirán un motel".

En la actualidad, podemos ver ejemplos de estas dos actitudes. En el primer grupo de los que son incapaces de adaptarse, podríamos identificar a General Motors. Su táctica ante las dificultades no consiste en reestructurar su negocio, sino en el chantaje a los (débiles) gobiernos europeos, exigiéndoles 3.000 millones de euros con el fin de permanecer con vida y que alrededor de 300.000 empleados mantengan su trabajo.

En el otro extremo, están quienes tratan de descubrir, y actuar en consecuencia, cualquier oportunidad de negocio que brindan los cambios que trae la crisis. Los hay que, aprovechando la complicada situación financiera de muchas familias norteamericanas y los altos precios del oro, organizan "fiestas del oro". Éstas consisten en que una compañía, surgida para este particular, envía un comprador a casa del oferente de oro, y allí se intercambian cantidades de este metal (en forma de joyas, por ejemplo) por dinero en efectivo. Y el otro ejemplo que podría ponerse es el de algunas firmas de automóviles de lujo, como Porsche. En vista de la caída que han experimentado las ventas de este tipo de bienes, han optado por sacar gamas de vehículos más económicas, tratándose así de adaptar al cambio en las preferencias de los consumidores.

Así pues, existen dos grandes tipos de maneras de enfrentarse ante situaciones como las que vivimos: quedarnos parados esperando a que alguien nos salve el culo, o adaptarnos a los cambios con una actitud proactiva. De nosotros depende intentar convertir las amenazas en oportunidades, mirando al lado positivo, que siempre suele existir, de las cosas.

La muralla de mierda, con perdón

Pero no todo es positivo en la Península itálica y sus islas. Es el lugar de nacimiento de algunas de las organizaciones criminales más conocidas, como la camorra siciliana y las demás ramas de todo ese entramado conocido como la mafia. Y por fin, también en el lado negativo y muy vinculado a lo anterior, es famosa lo corrupta que resulta su clase política.

Esa corrupción se extiende a buena parte de quienes se dedican a la "cosa pública", con independencia de que sean de derechas o de izquierdas. Es, como se suele decir, algo transversal. Y esto último se puede aplicar también a una característica de la que no se suele hablar pero que es terrible y peligrosamente real. Los políticos italianos están resultando los mayores enemigos de la libertad de entre quienes se sientan en parlamentos o consejos de ministros de Europa y, posiblemente, de todo el mundo democrático. Se trata de un dudoso honor difícil de alcanzar, pero ellos lo han logrado.

Ya el anterior Gobierno de izquierdas intentó colar una demencial regulación de páginas de internet que, por los requisitos exigidos, habría llevado al cierre de la inmensa mayoría de las web (bitácoras y otros) de Italia. Se pretendía que cada sitio tuviera como responsable a un periodista registrado ­­–una figura existente en Italia y felizmente desaparecida en España al acabar el franquismo–, que funcionara al amparo de una compañía editora y que además estuviera registrada en el equivalente italiano de la CMT. Por si todo lo anterior no fuera poco, se exigía que por tener esa web se pagaran impuestos, con independencia de que fuera comercial o no.

El actual Ejecutivo de Berlusconi, o al menos sus socios parlamentarios, no son mejores. Lo único que les diferencia es que son menos torticeros a la hora de intentar conseguir recortar la libertad de expresión en la red. El Senado italiano ha aprobado una propuesta del democristiano Gianpero D’Alia para dar al Ministerio del Interior la autoridad de ordenar a los proveedores de internet el bloqueo de sitios web o redes sociales por "crímenes de opinión" (por ejemplo, llamamientos a incumplir una ley considerada injusta). Todo ello, por supuesto, sin sentencia judicial ni otro tipo de intervención de los tribunales.

Beppe Grillo, autor de un muy popular blog y crítico con el poder con independencia de quien lo ostente, ha acertado al denunciar que se quiere levantar un "Shit Wall", en referencia al Golden Wall chino (sistema con el que las autoridades comunistas limitan y controlan la información accesible por internet). Pero Grillo no se limita a denunciar. Hace un llamamiento a los bloggers de todo el mundo a participar en una campaña de derribe el muro cibernético que se quiere erigir. Nos va mucho en ello. Si en un solo país europeo sale adelante con una norma así, el resto de Gobiernos correrá a imitarla.

Cría radicales y te correrán a palos

Lo siento por los chavales que tienen ahora mismo el lomo de color púrpura y las nalgas granate de tanto estacazo, pero lo que le ocurre a los dirigentes catalanes es un acto de justicia histórica que le reconcilia a uno con la Providencia.

Llevan tantos lustros educando a los niños en el radicalismo violento que al final han acabado convenciéndolos de que la mejor forma de mejorar el mundo es enfrentarse a palos con la policía, para lo que cualquier excusa resulta válida.

Por supuesto, los dirigentes del nacionalismo radical de izquierdas nunca han creído en lo que pregonaban, entre otras cosas porque durante la dictadura, más que correr delante de los grises corrían detrás de "los verdes" (los billetes de mil), cómodamente instalados en los aledaños del Régimen. Pero como la única forma de que un incompetente estructural se encarame al poder es exacerbando todo tipo de radicalismos, tenemos ahora la gratificante situación de unos responsables políticos acojonados por la forma en que la juventud se les enfrenta. Quizás pensaban que las masas sólo iban a echarse a la calle en contra de la derecha, pero los jóvenes atacan al poder establecido, como les han enseñado en las escuelas y las universidades; y ahora mismo, en Cataluña, el poder lo detenta la izquierda nacionalista.

Me divierto mucho viendo a un Joan Saura desnortado, balbuceando excusas para justificar la brutalidad de los agentes a su servicio que han dado, forzoso es decirlo, una imagen de contundencia injustificada sin parangón en los países "de nuestro entorno". Hay un mosso en concreto que es un portento. No sé si será siempre el mismo, pero hay un agente a las órdenes de Saura, zurdo por más señas, que hace todo tipo de filigranas con el bastón sacudiendo a ambos lados ¡Y no falla ni un solo leñazo! Se lo juro; el tipo es un virtuoso de la porra que además se gusta en los lances como los buenos toreros, lo que denota la existencia de un entrenamiento de lo más exigente.

La situación es de una esquizofrenia total, como corresponde al Oasis (A.K.A Matrix). Es lo que ocurre cuando se pone de responsable de la policía a un político de extrema izquierda que lleva media vida propagando "la revolución". Luego le hacen a él "la revolución" y no puede irse a las barricadas a luchar contra el poder establecido. Porque el poder es, ay, él y su señora. No me digan que no es divertido.

O libre comercio o depresión

Dado que pretendía dar el salto al otro lado del Atlántico, se vio obligado a adaptar su producto a los gustos de los americanos (ya sabe, coches grandes y con mucha cilindrada) y a organizar su empresa para poder participar en ese mercado (necesitaba, por ejemplo, gente que supiera inglés y que conociera cómo publicitarse de manera eficaz en ese país).

Durante los últimos cinco años su negocio obtuvo una enorme rentabilidad: gracias a que el Maestro Greenspan presionó a la baja los tipos de interés, a los estadounidenses les resultó tremendamente barato endeudarse para comprar automóviles. Así pues, sus ventas se dispararon junto con sus beneficios; motivo por el cual pensó que resultaría conveniente pedir otro préstamo para ampliar el negocio y vender aun más coches.

Pero hete aquí que a mediados de 2007 las cosas empezaron a torcerse. El crédito comenzó a escasear, por lo que sus clientes dejaron de adquirir tantos coches como antes. De hecho, desde mediados de 2008 casi han dejado de comprar por completo. ¿Qué le ocurre entonces a usted? Pues que tiene una gran "capacidad productiva" que está inutilizada (los keynesianos llaman a esto "recursos ociosos", aunque no entienden realmente a qué se deben); la demanda de sus automóviles depende del crédito y, por tanto, sin crédito usted no vende ni una rueda.

Si sus ventas caen, tendrá que readaptar esa "excesiva capacidad productiva" a la nueva demanda menguante del mercado, es decir, tendrá que despedir a trabajadores, enajenar parte de sus máquinas, reducir su consumo eléctrico… El problema es que toda la deuda que había solicitado a los bancos tiene que seguir pagándola y con unos ingresos disminuidos, se encuentra siempre con el agua por el cuello.

A pesar de todo, gracias el forzoso ajuste su empresa logra sobrevivir: vende menos coches y los intereses de la deuda le asfixian, pero como también ha eliminado buena parte de sus costes, todavía puede cumplir con sus obligaciones.

Pero imagine que en ese momento un tal Barack Obama, hombre con una gran conciencia social, declara que la industria nacional del automóvil está en una situación demasiado precaria y que es imprescindible protegerla de la "competencia salvaje" extranjera; en caso contrario, cientos de miles de trabajadores estadounidenses se quedaran en el paro. Por este motivo, Obama decide imponer un arancel a la importación de los automóviles que hace que, por ejemplo, el precio de los coches que usted estaba vendiendo a Estados Unidos se encarezca en un 50%.

Se acabó, por tanto, seguir vendiendo a este país. Punto final. ¿Tiene alguna alternativa antes de echar el cierre? Sí, en parte puede intentar enajenar esos cochazos a los europeos, pero aquí la gasolina es muy cara y no nos salen a cuenta. Además, ¿para qué quiere ahora tener en plantilla a técnicos en el mercado estadounidense si pretende vender en Europa? Y lo que es peor, tiene que seguir pagando su deuda en dólares, pero a partir de ahora cobrará en euros. ¿Se imagina qué le ocurrirá si el euro se deprecia con respecto al dólar? Sí, en efecto, vaya pensando en declarar la quiebra.

Pero vaya, si usted quiebra el banco estadounidense que le prestó dinero se quedará sin cobrar y tal vez esto suponga la puntilla que, a su vez, le aboque a él a la bancarrota. Y si este banco quiebra, algunos estadounidenses perderán sus ahorros, el crédito seguirá reduciéndose y las empresas del país verán reducir su demanda. Dicho de otra manera, el tal Obama gracias a su arancel pro-americano ha terminado perjudicando no sólo a la empresa española, sino especialmente a su propio país.

Pues bien, extienda esta historia a todos los productos y a todos los países del mundo y comprenderá cuáles son los auténticos riesgos del proteccionismo. Las contracciones crediticias como la que vivimos generan una reducción súbita del tamaño de muchos mercados, pero el proteccionismo los cierra directamente. Crisis sobre crisis y, lo que es peor, prolongación del estancamiento a través de la eliminación de innumerables oportunidades de negocio.

Los delirios proteccionistas fueron uno de los principales culpables de la Gran Depresión, esperemos que no se repitan ahora.

El dividendo de Endesa

Endesa, la principal empresa eléctrica de las que en España proveen servicios, acaba de repartir un dividendo sin precedentes: la friolera de 6 euros por acción, para unas acciones cuyo valor en Bolsa está últimamente entre 15 y 20 euros. No está mal que te den, de golpe y porrazo, un tercio de tu inversión.

Esta actuación sería muy llamativa en cualquier contexto, pero lo es aún más en un momento de crisis y restricción de liquidez, en que la mayor parte de las empresas se quejan de que los bancos no les dan créditos y que ello les lleva a la ruina. Ahí es nada Endesa sacando de la caja 5.897 millones de euros contantes y sonantes para repartirlos entre sus accionistas.

Sin embargo, esta actuación aparentemente descabellada, encuentra una vez más fácil explicación en la teoría económica. En este caso, en la actuación de empresas en cuya estructura productiva predominan las inversiones hundidas ante una situación de control de precios.

La teoría de control de precios de Mises establece que si un Gobierno decide fijar el precio de un bien a un nivel distinto del correspondiente al libre mercado, solo podrá mantenerlo en ese nivel acudiendo a la planificación central.

El proceso por el que se pasa del control de precios a la planificación central tiene otras tres etapas: ventas forzadas, racionamiento y regulación de la producción y distribución. Si alguien está interesado en su detalle y aplicación a determinados casos de telecomunicación, puede seguir esta conferencia.

¿Qué es lo que ocurre? Cuando el Gobierno fija un precio por debajo del nivel del mercado, las empresas afectadas evitan vender. Entonces el Gobierno ve que su objetivo no se ha cumplido, ya que no ha conseguido que la gente pueda acceder a ese producto a un precio más barato, sino que les ha privado de poder comprarlo.

Incluso si venden, la demanda supera a la oferta, puesto que el precio está por debajo del precio de mercado, y se ha provocado un desequilibrio. Se producen desabastecimientos: no todo el mundo que quiere comprar al precio regulado puede hacerse con el bien.

Al mismo tiempo, los productores dejan de ser rentables, por lo que evitan invertir en estos activos que ya no les dan la rentabilidad del mercado. Según la estructura productiva de la industria, esto se manifiesta de diferentes formas. Por ejemplo, si se ha regulado el precio del pan, es posible que el fabricante siga comprando harina a precio de mercado, pero tal vez deje de invertir en el horno. Esto es así si puede seguir sacando más dinero de vender el pan del que le cuesta la harina, aunque renuncie a ahorrar para sustituir el horno cuando su vida útil se agote. Podrá suministrar pan (si el Gobierno mantiene su control de precios) mientras le dure el horno; pero cuando esté sea inutilizable, se acabó la producción. De esta forma, se está "consumiendo" el horno, ya que no se ahorra para su reposición.

En el caso de las eléctricas, la mayor parte de sus costes provienen de inversiones a largo plazo, como son los cableados hasta cada hogar o las grandes centrales de generación. Por otro lado, y como es sabido, el precio de la electricidad está en España regulado con carácter de precio máximo. Si dicho precio está por debajo del de mercado, cabe esperar que entre en juego la teoría de control de precios, de la misma forma que se ha descrito para el panadero.

¿Cómo se manifiesta aquí? Dado que la mayor parte de los costes ya se han desembolsado, lo que ocurre es que todos los ingresos que reciben las eléctricas son ya netos de los gastos que les supone su producción. Lo que harían si el negocio fuera rentable sería reinvertir una gran cantidad de estos ingresos en el mantenimiento y mejora de sus infraestructuras, para asegurar la provisión futura y, en esencia, la viabilidad de la empresa.

Pero, dado que la rentabilidad que están obteniendo está por debajo de la de mercado, se ven obligados a evitar esas inversiones. Sus accionistas prefieren invertir estos fondos en sectores más rentables. Como describe Reisman, recuperan sus ahorros en activos eléctricos por la vía del dividendo, que se puede interpretar como la liquidación paulatina de la inversión, como el "consumo" de las redes eléctricas y centrales generadoras.

Esto explica el espectacular dividendo repartido por Endesa. Y hay que entenderlo entonces como una espectacular liquidación de la capacidad de generación y suministro de esta empresa. Este consumo no es aparente en el corto plazo, pero se produce y tarde o temprano se manifestará en la forma tradicional de desabastecimientos.

Los gobiernos creen que se pueden regular los precios de determinadas industrias sin efectos aparentes en el mercado. Sus preferidas son, por las razones explicadas, aquellas cuya estructura de producción es similar a las de las eléctricas. Desgraciadamente para ellos y para nosotros, la teoría económica es testaruda y también se cumple en estas industrias. Los efectos de esos controles tardan en manifestarse, pero cuando lo hacen son mucho más difíciles de corregir. Claro que, para entonces, todos calvos, ¿verdad?

Franco, Moa, libertad

Desde luego. ¡Qué cosa más paradójica ser liberal y apoyar a un dictador! Sólo que… ¿Qué quiere decir eso de apoyar? ¿Quiere decir que hay liberales que le ponen como modelo? ¿O es sólo que hay quien lo considera un mal menor frente a la otra opción histórica?

Porque parece, más bien, que el planteamiento es este último. De hecho, la crítica del bloguero es contra el “insigne liberal” Pío Moa. Los amigos de Moa no sabíamos de él que fuera un liberal de estricta observancia; parece que él tampoco. Pero desde luego de sus escritos se desprende una defensa de los derechos básicos de la persona, de las libertades, y de la verdad. Quizás, sin necesidad de ser un trasunto de Mises y Popper, comparte lo básico con los liberales. Pero lo relevante, en este asunto, es que Pío Moa es historiador y el juicio que le merece Francisco Franco proviene de su mirada de historiador. Lo juzga a la luz de las circunstancias de nuestra historia. Y en la Guerra Civil esas circunstancias fueron devastadoras para el liberalismo, porque se libró entre dos bandos en que los defensores de la libertad no se pueden sentir identificados.

Me parece legítimo, en consecuencia, no mostrar favoritismo por ninguno de los bandos. Tampoco es necesario. Pero también veo legítima la opción de considerar a uno “menos malo” que el otro, o menos gravoso para la libertad de los españoles. Al fin, no podemos decir que hubiéramos preferido a Thomas Jefferson porque Jefferson… no estaba ahí. Allí estaba la República, secuestrada por las fuerzas más a la izquierda y menos republicanas, y estaba la reacción derechista que, victoriosa en el campo de batalla, Franco convirtió en un régimen autoritario.

Qué duda cabe de que Franco, instalado ya en el poder, tenía otras opciones mucho mejores que las que eligió para España. Pero, más allá del juicio que merezca a cada uno Franco y su régimen, el juicio sobre el menos malo de los bandos nos fuerza a construir ucronías. En la historia está todavía la pregunta ¿Era la República del Frente Popular todavía un régimen democrático y de libertades? Pero más allá nos quedan las ucronías: ¿Se habría mantenido como una democracia occidental asimilable a las de Francia o Inglaterra? De haber ganado la guerra, ¿habría sido España un satélite soviético? De ser así, ¿habrían sufrido más nuestras libertades que lo que lo hicieron con Franco? Como de todo ello sólo caben elucubraciones y no respuestas en la Historia, las respuestas válidas son muchas.