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Por un ADSL más barato

Los ecologistas son especialistas en eso. ¿Quién no va a querer árboles más verdes, aire más respirable, menos contaminación? El problema es que jamás se detienen a explicarte qué nos va a costar todo eso. Y en ese ámbito, como en tantos otros, funciona la ley de rendimientos decrecientes: sale relativamente barato dejar de tener nieblas artificiales como la de Londres, creadas por la polución, pero rebajar los pesticidas de un microgramo por litro de agua a un nanogramo puede resultar astronómicamente caro, además de inútil para nuestra salud y nuestro bienestar.

Con esa lupa hay que examinar la campaña "Por un ADSL más barato". Evidentemente, estoy a favor de los objetivos, ¡cómo no estarlo! Aunque sólo fuera por el interés egoísta de tener una población de internautas más amplia y, por tanto, más lectores potenciales de Libertad Digital, nada podría gustarme más que una rebaja en el precio del ADSL que supondría, cabe esperar, una mayor demanda. Tampoco tengo ninguna objeción a un aumento de las velocidades de subida y bajada, pese a que por supuesto no las piense utilizar con el eMule, porque como bien saben quienes vieron en su día Conectados, ni Fabián C. Barrio ni yo empleamos jamás esas cosas. Y eso sin hablar del dinero que me ahorraría.

Pero cuando llegamos al apartado de la "brecha digital", ya empieza uno a mosquearse. En España cuando se menciona este concepto se refiere a la diferencia de acceso a la banda ancha entre el campo y la ciudad. Es inevitable con las tecnologías actuales que sea más caro conectarse en las zonas rurales, más dispersas, donde en ocasiones hay que tirar kilómetros de cable para llegar a un puñado de casas. Para evitar que eso supusiera un coste prohibitivo para los consumidores rurales, piden que el fondo para garantizar el acceso telefónico a todos los españoles que pagan las operadoras, y que por tanto sale de lo que nos cobran a los consumidores de ciudad, se amplíe para garantizar el acceso en banda ancha de los consumidores rurales.

Francamente, si a mí no me pagan la gasolina para llegar al trabajo ni el elevado precio de los pisos no sé por qué debo pagarles el ADSL ni, ya que estamos, la ayudas al campo de la UE. Pero aunque se pudieran calcular todos los subsidios cruzados y fueran ellos quienes nos están subvencionando a nosotros, la solución sería eliminar todos esos pagos, no aumentarlos.

Y una vez abierta la desconfianza, pues claro, habrá que sospechar también de cómo se pretende conseguir esa reducción de precio y mejora de velocidad del ADSL. ¿Aumentando la competencia? ¿Incrementando los incentivos de invertir en redes a esas empresas que no ofrecen nada más que revender las infraestructuras de Telefónica? Permítanme dudarlo. Seguramente lo que pretendan es que la CMT regule los precios y la oferta minorista de Telefónica, perdón, Movistar ADSL. El problema práctico es que esto es comida para hoy y hambre para mañana. Las empresas invierten porque esperan obtener beneficios. Pero si temen que les va a pisar la bota regulatoria, ¿para qué mejorar el servicio?

Como recordaba recientemente Fernando Herrera, el regulador modelo de todos los reguladores europeos, el británico Ofcom, después de un cuarto de siglo de obligar a BT a someterse a condiciones cada vez más draconianas, ahora estaría considerando la posibilidad de volver a nacionalizarla. Ya saben, aquello de esperar más de un año para que te instalen la línea. ¿O es que no se acuerdan de aquello? Se ve que no, porque siempre hay quien está dispuesto a volver a estatalizar empresas, aunque sea mediante una lenta asfixia.

¿Qué hacía Clinton en Pekín?

Tras visitar varios países en Asia y Oriente Medio, los titulares se han centrado en temas geopolíticos de mucha relevancia, tales como el conflicto entre Israel y Palestina, la guerra de Irak y Afganistán o la amenaza de un Irán nuclear.

Sin embargo, entre la avalancha de informaciones, destaca una a nivel económico cuyo resultado marcará, en gran medida, el futuro de la economía estadounidense y, por ende, del propio sistema monetario internacional vigente. ¿Qué hizo Clinton en Pekín? La respuesta a esta pregunta es clave. La secretaria de Estado viajó al gigante asiático con la misión de recaudar dinero. En concreto, instó a las autoridades chinas a seguir comprando bonos del Tesoro de Estados Unidos para apoyar al presidente Obama en su suicida política de rescates públicos, tanto a nivel financiero como económico.

El régimen de Beijing tiene la sartén por el mango. China es el principal tenedor de bonos estadounidenses del mundo. Tan sólo en 2008, incrementó sus compras de deuda pública un 46%, hasta alcanzar una cifra récord de 696.000 millones de dólares. En total, dispone de unas reservas próximas a los dos billones de dólares, casi el 29% de las existencias a nivel mundial. Sin embargo, la profunda crisis que atraviesa la economía norteamericana insta a la prudencia. Es decir, a diversificar activos e inversiones en otro tipo de divisas, más allá del billete verde.

El problema es que el Gobierno de Washington se enfrenta a la mayor necesidad de financiación exterior de su historia, unos 2,5 billones de dólares tan sólo en 2009 (y en aumento) con el fin de rescatar a su sistema financiero de la quiebra. De hecho, las ayudas aprobadas hasta el momento están debilitando a marchas forzadas la solvencia misma del Fondo de Garantía de Depósitos (FDIC) y de la propia Reserva Federal (FED), de cuya solidez depende, en última instancia, la estabilidad del dólar. Pese a ello, Obama y su equipo económico han depositado toda su confianza en el incremento exponencial de la deuda pública a fin de sostener un edificio que hace aguas.

Algunos de los cálculos que circulan por el mercado estiman que, como mínimo, China tendría que adquirir el mismo volumen de deuda estadounidense que el pasado año para que el Tesoro pueda colocar sus bonos. Sin embargo, su emisión masiva y la profunda recesión que vive la primera potencia mundial se están materializando ya en un creciente riesgo de impago (default). Los seguros que cubren las letras del Tesoro de Estados Unidos cotizan a día de hoy con una prima de riesgo cercana a los 100 puntos, casi 10 veces más que a principios de 2008. Señal inequívoca de que el coste de la financiación del Estado se encarecerá a corto plazo. Por el momento, la rentabilidad de los bonos del Tesoro a 10 años ha escalado desde el 0,44% hasta el 2,65% en lo que va de año.

Y ello, sin contar con que tales planes de estímulo y rescate no lograrán, en ningún caso, reactivar la economía del país. Más bien todo lo contrario. El descontrol del gasto gubernamental tan sólo servirá para perpetuar las malas inversiones acometidas durante los años de expansión crediticia y para disparar un déficit público récord que irá en aumento. De seguir por esta senda, al igual que sucedió con Japón durante los 90, la ansiada recuperación se retrasará durante años.

Ante tal situación, la reacción de Pekín no se ha hecho esperar. Las autoridades chinas reclaman, tanto a Europa como a Estados Unidos, que garanticen el valor de sus inversiones en el exterior. "Esperamos que los países cuyas monedas son los principales activos de nuestra reservas internacionales adopten medidas eficaces para hacer frente a la crisis financiera", según advirtió recientemente Shangpu Fang, subdirector de la Administración Estatal de Divisas del Gobierno chino. "Deben trabajar para mantener la estabilidad económica y financiera y para proteger los intereses y la confianza de los inversores".

Toque de atención nada desdeñable, sobre todo, si se tiene en cuenta que Beijing aspira a convertir el yuan en una moneda de referencia y reserva internacional, en línea con el dólar. En Rusia y los países del Golfo sucede, curiosamente, algo similar. El monopolio que ha vivido el dólar durante los últimos 40 años está en entredicho. Las bases del actual sistema monetario se tambalean y su caída pintará un escenario totalmente nuevo. Si algo está claro es que nada será igual tras esta crisis. De seguir así, Bye, bye dólar, hello ¿…?

Mugabe y Keynes, únicos culpables de la hiperinflación de Zimbabwe

De todos es conocido que Zimbabwe lleva toda esta década sufriendo una grave crisis económica. Con el dictador socialista octogenario Robert Mugabe en el poder desde la independencia del país en 1980, ha estado sumergida en una hiperinflación desde 2007. El que fuera uno de los países más ricos y prósperos del continente africano (no en vano se le denominó "el granero de África") vio como su inflación se situaba en agosto a unos ¡230 millones por ciento! Un euro se cambiaba por 66.000 dólares zimbabwenses. La tasa de desempleo ya es superior al 90% y la moneda ha perdido totalmente su valor. Actualmente la oficina estatal de estadísticas ya ha dejado de publicar las cifras de inflación (por orden del Gobierno), pero hay estimaciones que la sitúan en torno a billones por ciento. Parece claro que pasa por una de las hiperinflaciones más duras de la historia.

Esta espiral hiperinflacionaria fue iniciada y liderada por Mugabe cuando comenzó a implementar políticas inflacionistas, es decir, obligar al Banco de Reserva de Zimbabwe (RBZ) a incrementar la cantidad de dinero en el sistema económico para comprar la deuda emitida por su Gobierno, lo que provocó una imparable subida de precios debido a la progresiva pérdida de valor de la moneda.

Los gobiernos utilizan la inflación para financiarse y poder realizar sus proyectos sin aumentar los impuestos (éstos son impopulares a partir de un cierto punto). En la Alemania de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, se recurrió a la inflación para financiar los enormes gastos bélicos. En el caso de Zimbabwe, se ordenó la impresión de billetes ex novo por parte del Banco de Reserva para financiar el gran déficit fiscal ocasionado por las nacionalizaciones de explotaciones agrarias en el año 2000.

El Gobierno empezó a apoderarse de las explotaciones agrícolas de los blancos (fuente de desarrollo del país) para entregárselas a los negros, argumentando que de esta forma la producción y la riqueza aumentarían notablemente, además de mejorar la situación de los negros después de haber sido explotados por los blancos durante tanto tiempo.

La realidad es que lo único que ha conseguido Mugabe ha sido generar la primera hiperinflación del siglo XXI, dejar sin trabajo a casi toda la población y causar hambrunas y miseria. Ha quebrado la economía del país, ya que la producción del sector agrícola se ha derrumbado y los inversores extranjeros se han retirado completamente. Todo ello ha terminado hundiendo el ingreso tributario del gobierno provocando un enorme déficit fiscal. El gobierno reconoció hace más de un año que el déficit fiscal equivalía por aquel entonces al 40-45% del PIB.

Lenin dijo: "¿Queréis destruir una nación? Primero destruid su moneda". Eso es exactamente lo que habrá pensado Mugabe. Su Gobierno socialista creó ese dinero nuevo para que fuese gastado y utilizado en unos determinados bienes y servicios, que aumentaron de precio antes que los demás. Esto significa que no todo el mundo se beneficia por igual de esas impresiones de dinero, porque cuando el dinero entra en la economía, hay unos agentes que lo reciben primero y se benefician de él (grupos privilegiados y otros amigos del gobierno), gastándolo y consumiendo esos determinados bienes y servicios antes de que su efecto se refleje en los precios. La inflación afecta a la población de manera diferente.

Los habitantes zimbabwenses creyeron en un primer momento que la subida de precios de ciertos bienes iba a ser pasajera y que después de un cierto tiempo los precios descenderían a su nivel anterior. Pero llegó un momento en que se dieron cuenta que no se iba a regresar al escenario preinflacionario, es decir, que los precios seguirían siendo mayores mañana que hoy. ¿Qué hace la gente en estas circunstancias? Deshacerse de sus saldos de caja comprando bienes (¡incluso aunque no los necesiten!) porque los billetes quedan obsoletos rapidísimamente. Como los precios varían incluso a lo largo del día, corren a hacer colas en los bancos para retirar su dinero antes de que pierda todavía más valor. Los ciudadanos huyen del dinero y buscan sustituirlo por otros activos que conserven mejor el valor (principal función del dinero), comprando cualquier activo que pueda salvaguardar el valor de su riqueza. No es casualidad que se haya extendido el uso del oro, el dinero por excelencia.

El gobierno siguió gastando y el RBZ financiaba los gastos imprimiendo el dinero, pero la inflación nunca puede seguir indefinidamente. Tiene un límite: la muerte de la moneda. No importa si Gideon Gono (presidente del RBZ) sigue introduciendo más dinero, si sigue quitando 10 ceros a la moneda o si pone en circulación nuevas denominaciones de billetes para frenar la falta de liquidez. Finalmente la demanda de saldos de caja cayó hasta cero.

Que los ciudadanos pierdan todo el valor de su riqueza sólo parece preocuparle a Mugabe por una sencilla razón: pierde fuentes de financiación. En efecto, cuando el dólar zimbabwense colapsa, ya no puede ser utilizado como moneda de curso legal, por lo que ya no se puede exprimir más la imprenta. Pero tampoco puede recaudar más impuestos ni expropiar más tierras y bienes. ¿Cuál es la solución que ha tomado? Introducir una nueva moneda, es decir, permitir que los comercios acepten divisas extranjeras como forma de pago (la mayoría pone sus precios en dólares estadounidenses). Esta es la única manera que podrá seguir financiándose.

La verdad es que dos cosas parecen claras: que el ex-guerrillero no está dispuesto a dejar el poder en absoluto (después de casi 30 años), y que la culpa de la catástrofe que viven los zimbabwenses es sólo suya y de las políticas socialistas basadas en teorías keynesianas que aplicó su gobierno.

Y es que esta hiperinflación es fruto de seguir aplicando las mismas recetas keynesianas que han fracasado una y otra vez, es decir, políticas monetarias inflacionarias con la falsa creencia de que hay que incrementar la cantidad de dinero y el gasto público para que el desempleo desaparezca y la demanda aumente. Son estas recetas y no otras, las que han derrumbado la economía del país causando la escasez de alimentos, medicinas, divisas y combustibles; son éstas recetas, las que han provocado que la esperanza de vida haya caído hasta los 36 años y la tasa de mortalidad para los niños de hasta cinco años se haya disparado al 65% desde 1990; y son éstas recetas, las que han forzado a millones de zimbabwenses a emigrar. En definitiva: son éstas recetas y no otras, las que han convertido a "la joya" de África en una verdadera pesadilla.

¡Que vienen los negacionistas!

La pieza en cuestión se llama "Cumbre mundial de negacionistas". Pero no de una reunión de lo que conocemos por "negacionistas", es decir, de quienes niegan el Holocausto, sino de una gente que no tiene nada que ver, y que se ha reunido para hablar… ¡del tiempo! Defraudar al lector ya desde el titular, ¿merecerá milagrosa intervención?

Si se pregunta por qué da el redactor de El País ese salto semántico tan espectacular, tiene la respuesta en la propia noticia: el término "les molesta". Periodismo de calidad, pero en tiempos de crisis. Se refiere la información a la convención que ha convocado el Heartland Institute en Nueva York y que convoca a los principales autores escépticos con el tratamiento que se está haciendo desde Naciones Unidas del calentamiento global. El mensaje oficial es que 1) Hay un calentamiento de dimensiones catastróficas e inminentes, 2) El causante de ese calentamiento es el hombre, y 3) La solución de ese problema, que es el más acuciante a que se enfrenta la humanidad, es política, es decir, que pasa por que los políticos nos impongan o prohíban ciertos comportamientos. De otro modo, nos iremos al infierno climático.

Piense el lector lo que quiera, pero que sepa que hay expertos de primera fila que no coinciden con uno o varios de los pilares del mensaje oficial. La disensión, el libre examen de las proposiciones ajenas, el debate, son propios de la ciencia. Estigmatizar al contrario, sustituir el pensamiento con términos que se consideran difamantes ("les molesta"), ni siquiera se asemeja a la concepción más cutre de lo que debiera ser la ciencia. Se parece más a la religión o a la política. O al mal periodismo.

Dos no debaten si uno no quiere, eso está claro. Al Gore, sacerdote del oficialismo climático, ya le ha dicho a Bjorn que no está dispuesto a debatir con él. No es de extrañar. No es la ciencia, con sus incómodas servidumbres, lo que le interesa a Gore. Pero la parte de la ciencia que se muestra escéptica con el mensaje oficial es cada vez más importante, y será cada vez más difícil desconocerla. La ciencia y el hombre serán los principales beneficiados.

¿Llegó a haber una crisis climática? Comienza la reunión de los escépticos

El encuentro, más conocido como la cumbre de los escépticos, será abierta por el presidente de turno de la Unión Europea y presidente de la República Checa, Vaclav Klaus. Hasta hace pocos días estaba previsto que fuera José María Aznar quien pronunciara el discurso de apertura, pero el ex presidente ha cancelado su participación para regocijo de quienes en el Partido Popular no se despegan de la calculadora del voto ni cuándo van al aseo.

Unos dicen que Aznar no llegó nunca a confirmar su participación, otro piensan que no supo o no quiso atarse al mástil del barco que lleva sus actuales convicciones y los peor pensados, que finalmente pesó demasiado la losa de la contradicción en quien metiera a España en el atolladero de Kyoto tras una pésima negociación. En cualquier caso, la cabeza de cartel ha ganado en relevancia con su renuncia.

Cerca de mil asistentes, entre los que destacan prestigiosos académicos, discutirán durante tres días los últimos avances científicos y las consecuencias de las medidas políticas relacionadas con el Protocolo de Kyoto así como las alternativas, menos costosas y más efectivas, que el movimiento radical ecologista sigue negándose a discutir.

Escepticismo y desarrollo económico

Entre los ponentes los hay que piensan que a lo largo de este siglo veremos un ligero (no catastrófico) calentamiento y los hay que no. Hay quienes creen que deben emprenderse programas de plantación de bosques jóvenes o invertir en el desarrollo de filtros de carbono o aumentar el peso de la energía nuclear, y hay quienes piensan que la obsesión climática pasará con dejar correr un poco más de tiempo y que más vale gastar los recursos en problemas realmente urgentes. Lo que une a todos es el escepticismo ante toda teoría que no sea científicamente irrefutable y las ganas de compatibilizar cualquier tipo de medida con la libertad y el desarrollo económico.

Algunos de los máximos representantes de las devaluadas tesis catastrofistas también han sido invitados. Es el caso del ex vicepresidente de los EEUU, Al Gore, el conocido científico de la NASA, James Hansen, o el inventor de la teoría del “palo de jockey” según la cual el calentamiento del siglo pasado no tenía parangón en la historia, Michael Mann. Desafortunadamente, todos han rechazado la invitación.

La presencia entre los ponentes de prestigiosos científicos como Richard Lindzen, William Gray, Willie Soon, Roy Spencer, Patrick Michaels, Joseph Shaviv y un largo etcétera, vuelve a desmentir, para quien todavía tenga el más mínimo espíritu crítico, la noción de consenso mundial en torno al catastrófico calentamiento global provocado por la actividad de los seres humanos (especialmente si se produce en un entorno de libre mercado).

Por otro lado, la cumbre se produce en un momento en el que el escepticismo comienza a ganar terreno tras una década de creciente dominio de las tesis que defiende el ecologismo radical. Las causas de este avance pueden encontrarse fundamentalmente en dos hechos muy relevantes: En primer lugar, la crisis económica parece haber dirigido las reflexiones de la ciudadanía hacia los problemas reales (sobre los que hay certidumbre) y con efectos inminentes.

En segundo lugar, y quizá más importante aún, la temperatura global del planeta lleva sin calentarse desde comienzos de este siglo. Así es que la economía y el clima parecen haberse juntado para dar la espalda a las tesis del radicalismo ecologista.

En efecto, la crisis económica está jugando un papel importante en el debate sobre las políticas climáticas. Kyoto es un programa de racionamiento de CO2 que implica un coste gigantesco de cientos de miles de millones de dólares y un beneficio mínimo de 0,07 grados centígrados de reducción de la temperatura global para 2050 frente a la que habría en ausencia de medidas. Con la que está cayendo la cosa no está como para despilfarrar cuantiosos recursos en medidas que no producen ningún tipo de beneficio climático apreciable.

Borrachera colectiva

Ese tipo de políticas alocadas son propias de épocas de borrachera colectiva inducida por dinero abundante y barato y ahora estamos en tiempo de resaca. Además, el método de racionamiento de emisiones, que en época de bonanza requería inducir una crisis económica y suponía de hecho, aún con escaso cumplimiento, ralentización del crecimiento, elevación de la factura de la luz, deslocalización industrial y un grave perjuicio a los países más pobres, ahora se asemejaría más a un Harakiri aquí y constituiría una tremenda inmoralidad en los países en desarrollo.

Una prueba de esto es que ha hecho falta una de las mayores crisis de la historia para que España deje de alejarse de los compromisos hechos en Kyoto. Así que debido a todas estas circunstancias la cumbre europea de diciembre acabó desvirtuando el compromiso posterior a 2012, año en el que concluye el Protocolo de Kyoto.

Angela Merkel, la otrora “princesa de Kyoto”, reventó el modelo de Kyoto al negarse a hacer pasar a su país por la reconversión industrial y la deslocalización que la prolongación del racionamiento actual exigiría a Alemania, ahora que ya ha agotado el colchón del excedente de derechos de emisión producido por el cierre de las industrias de la antigua Alemania Democrática (la comunista).

Por el otro lado, la evidencia de que, en contra de la previsión de los modelos utilizados por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de Naciones Unidas, el calentamiento se ha detenido desde el comienzo de este siglo de acuerdo con las mediciones que realiza el Instituto Goddard de la NASA, hace que el catastrofismo suene cada vez más a chiste.

Este parón no significa, por supuesto, que no podamos volver a experimentar un calentamiento global en los próximos años. Pero muestra la pobreza del instrumental teórico de quienes se empeñan en meter miedo sin argumento y exigir medidas políticas propias de países sin garantías de libertades.

Verdad incómoda

Esta incómoda verdad ha hecho que la prensa empiece a hacerse eco de importantes estudios científicos que ponen en cuestión las tesis más alarmistas. El último caso ha sido el de un equipo de cinco de los más reconocidos científicos japoneses que han realizado un estudio que presentarán al gobierno nipón. En él aseguran que el calentamiento que vivimos el siglo pasado no fue especialmente anómalo y que el hombre no fue su principal causa.

Aseguran también que en estos momentos el calentamiento se ha detenido, que los modelos climáticos usados para la predicción por Naciones Unidas son extremadamente inmaduros, que la tesis del futuro crecimiento continuado de las temperaturas es una hipótesis improbable y que la perspectiva de un gran desastre climático es descartable a efectos prácticos.

De todas estas cuestiones y de muchas más se debatirá abiertamente a partir de este domingo en Nueva York en una conferencia internacional que por mucho que le pese al movimiento ecologista, se financia gracias a las entradas que pagan los asistentes y no metiendo la zarpa en la cartera del contribuyente -como hacen ellos en las cumbres de Naciones Unidas- ni con cargo a la cuenta corriente de ninguna multinacional.

El principal organizador es el Instituto Heartland (dedicado a dar soluciones de libre mercado a los problemas económicos y sociales) y cuenta con cincuenta co-organizadores entre los que se encuentra el Instituto Juan de Mariana.

La proscripción de la violencia

La violencia es uno de los hechos sociales más antiguos, si no el primero, y también uno de los más importantes. No es el momento de hacer taxonomía y etiología de la violencia, pero sí parece plausible que a medida que la sociedad se ha ido haciendo más compleja, la violencia ha perdido protagonismo. La violencia como método de adquisición es inmediata y eficaz, pero tiene mucho riesgo y es inestable. Además sólo puede adquirir lo que ya se ha producido, no es un método de producción a no ser que sea defensiva. Es más, la producción requiere procesos carentes de violencia, y el intercambio se interrumpe con ella, por lo que la división del trabajo, suelo fértil del desarrollo, sólo puede florecer en un ambiente pacífico.

El derecho es la solución de la violencia por otros medios más feraces a largo plazo y más abiertos. Dos familias romanas enfrentadas por una disputa podían atenerse a lo que aconsejaba el jurisconsulto o resolverlo por el viejo método del enfrentamiento violento. Pero saben de los grandes costes de hacerlo; y saben que el final de ese camino es imprevisible. Las sociedades basadas en el comercio han triunfado sobre las que han recalado en la violencia. Sólo una institución violenta se hace cada vez más poderosa: el Estado. Pero no es parte del desarrollo social, sino un parásito que se hace más fuerte cuanto más compleja y desarrollada es esa sociedad, dicho sea en términos generales.

Las relaciones voluntarias y pacíficas se han reforzado por una moral que las valora y que condena el recurso a la violencia. Pero nuestra sociedad tiende a estereotipar los valores, a convertirlos en ideales puros, desasidos de la experiencia que les ha ido moldeando, y han alcanzado formas extremas y en ocasiones peligrosas. Es el caso de la violencia, que de ser condenada en términos generales y para ciertos fines ha pasado a quedar proscrita en cualquier manifestación, real o simulada, simbólica y casi imaginada.

La violencia es un medio, y hay un caso en que ese medio no sólo es defendible, sino que merece el pleno respaldo del derecho y de la moral: la violencia para la defensa propia. Puesto que la autodefensa pasa por el uso o la amenaza del uso de la violencia física. La proscripción moral de la violencia, de cualquier violencia, no deja huella en quienes están dispuestos a saltarse las normas de convivencia; por ejemplo, en los violentos. Pero sí en el ciudadano medio, el que puede ser víctima de esa violencia, pero que se ve moralmente desarmado para recurrir también a ella, con el fin de anularla.

No es ya que la autodefensa quede deslegitimada, es que la defensa del vecino frente a una agresión se convierte en un crimen. Se acordarán de Sergi Xavier, el chaval que pateó la cara de una ecuatoriana en el tren “por puta inmigrante”. Pero no les dirá nada el nombre de Jesús Prieto. Es el argentino que hizo honor a su apellido y se quedó clavado a su asiento, sin desviar siquiera la mirada. La prensa local no podía acusarle de ser un cobarde, porque hacerlo supondría sugerir que tendría que haber recurrido a la violencia para parar la agresión, de modo que le convirtió en “otra víctima”. La proscripción de la violencia tiene como consecuencia el reinado de los violentos.

La propiedad intelectual como “derecho social”

Jose Carlos Herrán defiende la existencia de un "derecho económico" derivado de la autoría de una idea: el autor tiene derecho exclusivo a lucrarse explotando su idea. En el liberalismo, sin embargo, no caben "derechos económicos" o "sociales" que no respeten la libertad y la propiedad de los demás, luego o bien este "derecho económico" sobre la explotación de una idea se sigue lógicamente del derecho de propiedad privada, o bien debe ponerse a la par con otros "derechos sociales" como el "derecho a una renta mínima" o el "derecho a no ser discriminado por razones de sexo, raza o religión".

La función práctica de la propiedad privada, y su necesidad en el marco de una ética que promueva el progreso y la convivencia humana, es la de evitar el conflicto en el uso de bienes o recursos que son de uso excluyente (o lo utilizo yo para un fin, o lo utilizas tú para otro o el mismo fin; no podemos utilizarlo ambos para nuestros fines respectivos). El derecho de propiedad determina quién tiene derecho a decidir sobre el uso del bien o recurso en cuestión. Cuando el objeto no tiene un uso excluyente o rival (por ejemplo, una fórmula matemática, una canción, una técnica empresarial, una idea de diseño o aplicación industrial etc.) el derecho de propiedad pierde su razón de ser, pues cualquiera puede hacer uso de ese objeto simultáneamente y para diversos fines.

El derecho de propiedad sobre esta clase de bienes de uso no excluyente (bienes no escasos) no solo no tiene sentido, sino que además no es lo que dice ser y entra en conflicto con el derecho de propiedad sobre bienes escasos. No es posible tener un derecho de propiedad sobre un objeto que no puedes controlar ni ejercer un poder de exclusión, y eso es lo que sucede con las ideas: una vez están en la mente de los demás no es posible impedir que piensen en ellas. Lo que sí es posible es impedir que las plasmen físicamente en un material, pero entonces ya no se está ejerciendo un control o derecho de propiedad sobre la idea sino sobre el uso que se hace de ese material (en particular, se impide a su propietario que lo use con el fin de plasmar aquella idea). Luego no hay tal cosa como "la propiedad sobre las ideas". Cuando se defiende la propiedad intelectual lo que en realidad se está justificando es un derecho de propiedad parcial sobre los recursos materiales de otra gente.

La propiedad intelectual simplemente estipula un principio de apropiación distinto y adicional a la apropiación original de raíz lockeana. No se sigue del principio de apropiación lockeano sino que está en contradicción con el mismo. Ahora los recursos ya no son solo apropiados por el individuo que los usa y les da utilidad en primer lugar, también son apropiados por los individuos que, sin haber tenido ningún contacto con el recurso, conciben una forma diferente de utilizarlo. Si alguien concibe una nueva forma de emplear varias piezas mecánicas y la patenta, yo ya no puedo utilizar mis piezas metálicas de esa manera. Por lo tanto se viola mi derecho de propiedad sobre las piezas metálicas, pues no vulnero la libertad de nade al combinarlas de una forma determinada.

La propiedad intelectual es intuitivamente razonable porque conecta con nuestro sentido del mérito. El inventor de un nuevo carburador debe tener derecho exclusivo sobre su explotación comercial porque el invento es fruto de su trabajo, de su esfuerzo intelectual, y merece ser recompensado por ello. No obstante, aunque el esfuerzo y el mérito están estrechamente vinculados a la apropiación y el enriquecimiento, el fundamento de la propiedad no es (como hemos visto arriba) garantizar a la gente una determinada recompensa. No nos apropiamos de algo por habernos esforzado en conseguirlo, sino por haberlo descubierto y usado en primer lugar o recibido de un tercero.

Cuando cultivamos un campo yermo éste pasa a pertenecernos no porque merezcamos una recompensa o nos hayamos esforzado, sino porque lo hemos labrado antes que cualquier otro individuo. Cuando nos toca la lotería nos enriquecemos legítimamente, y nadie puede decir que eso sea el resultado de nuestro esfuerzo o que nos lo merezcamos. Lo mismo cuando heredamos o recibimos un regalo. La vida, por otro lado, está repleta de ejemplos de esfuerzos no recompensados. Intentamos siempre obtener lo que creemos merecer (a menudo más), pero no podemos decir que sea ilegítimo que no suceda así todas las veces.

Nuestra reacción a cuando somos víctimas de un robo puede ser similar a la de cuando nos copian un invento o una idea que nos ha costado mucho elaborar. Eso es porque en ambos casos se aprovechan de nosotros, pero no significa que en ambos casos nos estén robando o estén violando un derecho. Hay muchas formas legítimas de aprovecharse de la gente o de ofenderla (desde el adulterio al insulto pasando por la falsa promesa o el chantaje emocional), y es lícito intentar protegerse de ello pero no recurrir a la coacción.

Con todo, pese a la connotación negativa del término, con frecuencia "copiar" no tiene nada de indigno. Forma parte de la vida, copiamos comportamientos y tomamos ideas de los demás continuamente, y en la mayoría de casos ni sentimos remordimientos ni el que concibió la idea se siente traicionado. El progreso humano está basado en la copia, en la emulación de ideas que han materializado otras personas en el pasado, en la mejora competitiva de las creaciones ajenas, en la incorporación y combinación de diversas ideas con solo una pequeña aportación original propia.

En definitiva, la propiedad intelectual está en contradicción con la máxima liberal de que cada individuo tiene derecho a hacer lo que quiera con su cuerpo y con los recursos de su propiedad. El "derecho económico" del que nos habla Herrán es un llamamiento a redistribuir derechos sobre unos recursos, de los propietarios originales a los "inventores" que conciben una nueva manera de utilizarlos. Hay diversas formas legítimas de proteger las invenciones propias de la copia indiscriminada, ninguna de ellas pasa por la redistribución de derechos de propiedad, la violación del principio de apropiación lockeano y la concesión de privilegios que cercenan la competencia en el mercado.

La propina de Sarkozy

Acampar en un edificio público como la universidad es lo más apropiado en estos casos, aunque tal vez la protesta tuviera un mayor efecto si los defensores del derecho al autarquismo académico de los jóvenes españoles okuparan la vivienda del rector Gabilondo y el resto de miembros del claustro. En tal caso, las autoridades de la Autónoma estarían mucho más sensibilizadas con el drama de unos jóvenes que se ven obligados a dormir en tiendas de campaña para defender la universidad española de aquellos que la atacan allende nuestras fronteras.

De paso, el resto de estudiantes no se verían obligados a asistir diariamente a este festival solidario y a las abluciones mañaneras de unos ciudadanos con un ejemplar concepto de la higiene, como se puede comprobar echando un vistazo al reportaje de Libertad Digital Televisión.

El ejemplo de estos revolucionarios nos enfrenta una vez más a la figura clásica del solidario, dispuesto a sacrificar su bienestar en defensa de los derechos de todos. Porque es prácticamente seguro que todos los que acampan en los pasillos de la autónoma, flauta en ristre, son estudiantes de sobresaliente para arriba. Pues bien, aún así prefieren sacrificar su prometedora carrera en defensa de principios tan evidentes como el derecho a vegetar una década en el Alma Máter, sin la amenaza de que una empresa puntera reclame tus servicios para integrarte en la odiosa maquinaria capitalista, a mayor gloria de la burguesía.

Los perrillos que suelen llevar siempre de compañía, y que te miran como diciéndote "por favor, mátame", hoy se sienten legítimamente orgullosos de sus amos. Nosotros también. Si aún queda un gramo de justicia en el mundo, la mayoría de estos activistas acabarán de vicerrectores. Qué menos.

La solitaria dignidad del Perroflauta

Ya no les unen tan sólo unas ansias intervencionistas brutales en lo económico, ahora también se parecen en la caradura demostrada en todo lo que tiene que ver con los derechos de autor. De hecho, si cabe, lo del francés resulta todavía peor que lo del vallisoletano con aires de leonés, y por varias razones.

Es cierto que ZP y los suyos han hecho todo lo inimaginable por contentar y forrar con el dinero ajeno a los Bardem, Bautista, Ramoncín y demás; incluso han intentado otorgarles capacidad de censura en internet sin supervisión judicial. Pero no han llegado, al menos por el momento y a pesar de la insistencia de la SGAE y similares, a aprobar una norma como la terrible Ley de los tres avisos impulsada por "Sarko" y sancionada por la Asamblea Nacional francesa sin oposición alguna.

En España las entidades de gestión se quedan, de una forma tan legal como ilegítima, con parte de nuestro dinero cada vez que compramos un CD o una impresora, entre otras muchas cosas; todo en nombre de algo cuya existencia es más que discutible como son los derechos de autor. Pero en Francia es peor: con el mismo argumento, cualquiera puede verse privado de su conexión a internet por el hecho de descargarse canciones o películas a través de redes P2P. Claro que con este presidente o con cualquier otro, eso no debería extrañar a nadie si se tiene en cuenta que en el país situado al norte de los Pirineos se aprobó hace cinco años una norma que, imitando el "Fumar es malo para la salud" de las cajetillas de tabaco, obligaba a incluir la frase "El pirateo perjudica la creación artística" en todos los anuncios de los proveedores de internet.

Pero Sarkozy no queda peor que Zapatero sólo en eso. Cuando salió a la luz la posible violación de derechos de autor por parte del Ministerio de Sanidad con el asunto del Sólo con koko, desde el Gobierno se limitaron a hacerse los despistados. Sin embargo, el presidente francés ha optado por la ofensa pura y dura. Eso de ofrecer un mísero euro por usar sin autorización y de forma masiva una canción recuerda demasiado a cuando se da un céntimo de propina a un mal camarero para mostrarle el desagrado por el trato y sabiendo que le sentará muy mal.

Si en España conocemos sobradamente ese "síndrome de La Moncloa" por el cual los jefes de Gobierno tienden a aislarse de la sociedad y endiosarse, es evidente (sólo hay que ver cómo se comportan siempre los presidentes galos) que existe un "síndrome del Elíseo" de efectos todavía más devastadores. El marido de Carla Bruni debería pasar por un tratamiento de humildad para superarlo, o al menos tratar de ser coherente y someterse a las mismas normas restrictivas que impone al resto de sus compatriotas.

El equivalente moral a la guerra

No es que le falten razones. El fascismo es una cabeza de esa hidra que llamamos izquierda. Sólo tenemos que mirar al progresismo estadounidense para descubrir en él ideas plenamente fascistas, como las que acabaría incorporando Mussolini a su gran creación ideológica y política. Que Mussolini era un genio, de ello no cabe duda. Cuando le expulsaron de la III Internacional, Lenin les echó en cara lo torpes que habían sido. “Habéis expulsado al único hombre capaz de llevaros al poder”. Ahí está la historia para mostrárnoslo.

Mas no nos desviemos. Lo importante ahora es ese fascismo que, precisamente porque está políticamente muerto, vive ideológicamente entre nosotros, casi tan sano, fuerte y prometedor como las décadas aquellas de comienzos del XX en que “liberalismo” se convirtió en una palabra maldita. El fascismo ya no tiene su Mussolini, ni sus movimentos de masas henchidas de emoción al ser militarizadas. Mantiene la llama de millones de personas, oculto tras otros nombres. Cómodo en su disfraz, esperando quizás que llegue el momento en que su rostro, ahora odiado, sea otra vez aclamado por las masas.

No lo necesita. ¿Para qué, si está instalado en el despacho más poderoso que haya habido jamás sobre la Tierra? Hablaba del progresismo estadounidense. William James, oráculo de ese progresismo, veía con desconfianza a la guerra. Pero se le hinchaban las venas al ver que cuando el país está en guerra toda la sociedad actúa como un solo hombre, las individualidades se diluyen y se sustituye la desconfianza hacia el Gobierno por una renovada esperanza. La sociedad por encima del individuo, con el Gobierno como intérprete omnisciente y omnipotente de la sociedad. El profesor de Harvard había dado con la clave: necesitamos un “equivalente moral a la guerra”. Distraería a los individuos de sus miserables y egoístas cuitas. Les enlistaríamos en un Ejército civil al servicio de un Estado benevolente, justo. Los neoconservadores, no en vano proceden de la izquierda, albergan el mismo ideal. Buscan unir al pueblo en torno a grandes proyectos nacionales, con el Estado gobernando el barco… y ellos llevando el timón. Uno de ellos, Walter Berns, en su Making Patriots, propone que se instaure una “religión civil”. Adoración al Estado. Literalmente.

Hoy tenemos en la Casa Blanca a un hombre más popular que Jesucristo, al hombre más deseado sobre la vieja superficie de la Tierra, al nuevo Mesías que iniciará, él mismo nos la ha dicho, una nueva era en la que podemos depositar nuestras esperanzas. Si alguien puede iniciar una religión civil, ese es Obama. Tiene incluso a su propio Moisés en Abraham Lincoln, al que rinde culto diario. Su hombre de confianza a Ralph Emmanuel. Todavía no ha encontrado ese equivalente moral de la guerra que nos anule a cada uno de nosotros para formar, juntos, esa masa infinitamente moldeable, enormemente poderosa en manos del Estado. Pero sí ha dado con el instrumento ideal: la conscripción civil.

Sólo falta ese elemento, ese principio que nos haga arrodillarnos, negarnos, sentir vergüenza de nosotros mismos y encontrar en el propósito común esa felicidad indescriptible por el nuevo futuro que está al llegar, que casi tocamos con los dedos.

Al final va a tener razón Ayn Rand, y el egoísmo se va a convertir en el último valladar de la persona, fuente de toda moral digna de ese nombre.