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Medidas contra el colapso laboral

Pero como acababa de ser rehabilitado, junto con otros ultramontanos, por el Papa Benedicto, ese voto renovado de negacionismo le ha colocado en el indicador de popularidad de Internet a la altura del pato Donald. ¡Bravo!

Williamson habla sobre la verdad y pide anteponer el análisis a los sentimientos. De este modo se coloca a sí mismo en el papel de un honrado juez, mientras quienes le atacan aparecen como una caterva animada por un odio cerval. La realidad es, claro está, que es él quien siente rechazo por los judíos, algo que, por otro lado, no ha ocultado jamás. Y no deja escapar la oportunidad de lanzar mensajes en contra de ese pueblo. Por ejemplo, recientemente ha condenado la contraofensiva de Israel en Gaza en los mismos términos, y con el mismo odio, que muchos que fingen escandalizarse con el “negacionismo” del obispo.

Pero Williamson no tiene importancia alguna. No es ya que no sea un acreditado historiador o que las teorías en que se basa y que parten del odio hacia lo judío, no del amor por la verdad, hayan sido desacreditadas muchas veces. Es que lo que está en juego aquí es algo más que las palabras de este obispo. Lo que está en juego es la libertad, y por tanto la verdad.

Para muchos, y no en todos los casos con fines confesables, resulta tentador censurarle. Pero si, como es claro, su negación del holocausto es una gran mentira inspirada por un odio aún más grande hacia los judíos, prohibir su mensaje o simplemente rechazarlo de plano sin permitir una discusión de sus ideas sólo tiene efectos negativos.

La censura es el refugio de la mentira, tanto para la oficial como para la más minoritaria. Una posición como esa, que se basa más en un sentimiento inconfesable que en la atención a la realidad, se siente reforzada por ella. Porque la oscuridad de la censura es el refugio de la mentira, es el medio en que se siente segura, cómoda. Hay que sacarla a la luz, exponerla ante los hechos y las razones para derrotarla una vez más. La verdad jamás teme a la censura.

Por eso alguna de las manifestaciones para acallar a Williamson resultan de lo más sospechoso. Pues igual que no todas las posiciones generalmente aceptadas son falsas, también ocurre que no todas son acertadas. Y con el ejemplo de la censura de las opiniones racistas y de las leyes anti difamación, se puede intentar colar la imposición de otras “verdades oficiales” no necesariamente ciertas.

No es la mentira de Williamson lo que está en juego, sino la verdad.

Patriotismo económico

En los últimos meses, varios dirigentes políticos de distintos países están haciendo llamamientos a sus conciudadanos, para que consuman productos nacionales. Para ellos, puesto que existen distintas industrias nacionales que han visto sus cuentas de resultados perjudicadas por la nueva situación económica, lo ideal es que los consumidores, a la hora de tomar sus decisiones, tengan en cuenta la procedencia del producto. De esta manera, en lugar de efectuarse la compraventa a una empresa extranjera, el dinero quedaría en una empresa nacional. Así mejoraría su cuenta de resultados y los trabajadores de la misma no estarían sometidos a posibles reducciones de plantilla, mejorando poco a poco la situación general del país.

Analizado desde este punto de vista la solución parece perfecta. Bastaría con mirar la etiqueta de los productos antes de comprarlos para ver dónde han sido fabricados. Con ello, todo el dinero gastado en productos importados iría a parar a la industria nacional, incrementándose la riqueza del país. El razonamiento resulta tan simple que maravilla que a nadie se le haya ocurrido antes. Incluso se podría, como está intentando el recién elegido presidente estadounidense, aumentar los aranceles a la exportación de productos competitivos extranjeros, a fin de hacerlos menos atractivos económicamente al mercado nacional. Sin embargo, existen inconvenientes muy importantes en este tipo de política económica, de ahí que siempre que se han intentando seguir han acabado fracasando.

En primer lugar la definición de qué es un producto nacional resulta complicada, por no decir imposible. Si analizamos, por ejemplo un coche, veremos como este ha sido ensamblado en una determinada fábrica situada en un país. Sin embargo, cada uno de los productos ensamblados probablemente hayan sido fabricados por otras compañías, situadas en diferentes países. Y esas piezas a su vez provienen de la incorporación y transformación de distintos tipos de materias primas de diferentes naciones. Incluso hasta un producto tan simple como un lápiz tiene un proceso de fabricación tan complejo que implica a multitud de compañías y personas situadas en distintos países.

En segundo lugar nos encontramos con el hecho de que no existe ningún país en el mundo autosuficiente. Los recursos naturales se hayan situados a lo largo y ancho de todo el orbe. Además los procesos de transformación se han desarrollado en diferentes lugares del globo, por lo que ningún país tiene ni todos los tipos de recursos, ni de industrias, ni todas las posibles personas que saben elaborar los productos.

En tercer lugar, las industrias están interconectadas entre sí. Por lo tanto, favorecer a una determinada industria nacional con políticas proteccionistas o autárquicas, aunque aumente los beneficios de ésta, perjudicará las industrias o comercios que empleen dichos productos. Así, por ejemplo, si se establecen aranceles sobre determinados productos extranjeros, se favorecerá el margen de los productores nacionales, no obstante, las empresas que tengan que comprar dichos productos pagarán más y verán perjudicadas sus cuentas de resultados, al subir sus costes.

También habría que tener en cuenta el efecto que estas medidas tienen sobre los consumidores. Es posible que existan productos extranjeros más baratos, por lo que al consumir sólo productos nacionales disminuye la renta que pueden destinar a otro tipo de productos, siendo perjudicadas también las industrias fabricantes de estos últimos.

Por ultimo, no podemos dejar de comentar que este tipo de medidas suponen una limitación muy importante en la libertad de elección del consumidor, que constituye uno de sus derechos fundamentales. Es por ello que suponen un ataque directo a los derechos de consumidores y empresarios.

Por tanto, las políticas que buscan incrementar artificialmente el consumo nacional de productos a base de perjudicar a los extranjeros, aunque beneficien a un grupo de empresas muy concreto, acaban perjudicando al resto, a los consumidores, y suponen una restricción muy importante de los derechos fundamentales de las personas.

Vuelve el ogro a internet

La primera gran ofensiva de los negocios tradicionales contra internet tuvo que ver principalmente con los medios de pago. Seguramente el lector recordará cuando, hace ya unos años, todo el mundo te advertía contra la idea, más bien locura, de dar los datos de tu tarjeta de crédito a algún sitio de internet. Las cosas más terribles te podían llegar a pasar si revelabas los deseados 16 dígitos a través de la insegura red de redes.

Por supuesto, tal ofensiva tuvo como resultado el más "silencioso" fracaso, puesto que la cacareada amenaza quedó en nada y ahora todo el mundo paga sistemáticamente sus compras de internet sin preocuparse lo más mínimo por esta supuesta inseguridad. Lo que no quiere decir que internet esté libre de riesgo; simplemente que tiene un riesgo similar al del mercado tradicional.

De esta forma, el comercio tradicional trató de protegerse de la amenaza de este canal de distribución alternativo. Si hubiera conseguido su propósito (dinamitar la confianza de los usuarios), se habría detenido el progreso del comercio electrónico y los grandes beneficiados habrían sido las tiendas de toda la vida, en las que se puede pagar con dinero, cosa que no es posible en internet.

Pero no es esta la única ofensiva que cabe esperar contra los comerciantes del mundo virtual. Ahora el ataque procede de nuestros farmacéuticos, clase privilegiada en nuestro país hasta términos incomparables con los países de nuestro entorno. Estos privilegios, en forma de barreras legales a la entrada, se ven comprometidos gracias a los establecimientos de otros países con presencia en la red que, voluntaria o involuntariamente, pueden dar servicio a los ciudadanos españoles.

Así pues, las amables advertencias de los colegios y agencias administrativas afectadas no se hacen esperar: comprar medicamentos por internet es muy arriesgado; este comercio está en manos de las mafias; ya ha habido muertes… En fin, que viene el ogro.

Sí, se pueden ahorrar dinero; sí, quizá puedan acceder a productos sin disponibilidad aquí; sí, pueden comprar medicinas sin receta… pero es que es muy arriesgado. Así que no compren medicinas por internet: protejan los privilegios de su farmacéutico habitual.

El derecho a vivir y a morir en paz

Eluana, la joven italiana que permaneció en coma 17 años, falleció el pasado martes 10 de febrero después de que suspendieran la alimentación e hidratación artificial que la mantenían con vida. El padre de Eluana asume toda la responsabilidad por lo ocurrido y asegura que está llevando a cabo el deseo expreso de su hija de no vivir en estas condiciones. El Congreso italiano a instancias del partido de Berlusconi se movilizó para intentar aprobar una ley que obligara a mantener con vida a Eluana y el Vaticano también ha presionado para impedir la muerte de la muchacha.

Algunos partidarios de seguir alimentando a Eluana opinan que la vida es un valor absoluto y debe protegerse siempre y en toda circunstancia. Esta visión no admite excepciones ni matices, y por lo tanto no acepta el suicidio ni el suicidio asistido como opciones legítimas. El problema con esta postura es que convierte el derecho a la vida en una obligación, y un derecho no lleva implícito la obligación de ejercerlo.

Negar el derecho al suicidio o al suicidio asistido supone negar que tengamos un "derecho de propiedad" sobre nuestro cuerpo (un derecho a decidir sobre nuestro cuerpo). Negar este "derecho de auto-propiedad" plantea irresolubles preguntas y absurdas conclusiones, sobre todo si uno es de inclinación liberal: ¿Cómo puede justificarse el derecho de propiedad privada sobre bienes materiales si no se acepta el derecho de propiedad privada sobre nuestro propio cuerpo? Si no somos propietarios de nuestro cuerpo, ¿tenemos derecho a fumar un cigarrillo o a comer una hamburguesa o tenemos que esperar a que el Ministerio de Sanidad nos dé permiso? Si nosotros no tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, ¿quién lo tiene? Porque alguien debe poder decidir sobre nuestro cuerpo si es que nosotros no podemos, aunque sólo sea para prohibirnos decidir. ¿No resulta paradójico que el derecho de propiedad sobre nuestro cuerpo recaiga en alguien que es completamente ajeno al mismo, que ni lo siente ni lo controla?

Quienes confunden el asesinato con el suicidio asistido están obviando un elemento clave: el consentimiento de la persona afectada. La diferencia entre quitarle la vida a una persona sin su consentimiento (asesinato) y terminar su vida con su consentimiento (suicidio asistido) es conceptualmente la misma que hay entre quitarle 100 euros sin su consentimiento (robo) y tomarlos con su consentimiento (aceptar una donación). Es imposible hablar de agresiones a la propiedad (incluido nuestro cuerpo) sin referirnos al consentimiento de la persona sobre el uso de esa propiedad. En el suicidio asistido dos personas adultas deciden voluntariamente sobre algo que es propiedad de uno de ellos.

En el caso de los pacientes que, como Eluana o Terri, no pueden expresar ningún consentimiento porque se encuentran en estado vegetativo, la cuestión se complica. En otros escenarios en los que una persona sufre incapacidad y debe tomarse una decisión, la ley suele contemplar que sean los más allegados quienes elijan. La premisa razonable es que la esposa, marido, padres, hijos etc. son quienes más interés tienen en el bienestar del afectado y tratarán de reproducir la decisión que aquél hubiera tomado. Es cierto, no obstante, que en el caso de la eutanasia estamos hablando literalmente de una decisión de vida o muerte, y si la decisión no es tomada en interés del paciente la consecuencia es fatalmente irreversible. Además, la preferencia por vivir es intensa en casi todas las personas, sea cual sea su condición.

Por este motivo puede ser prudente hacer recaer la carga de la prueba en quienes piensan que el paciente hubiera elegido morir. Si el paciente dejó su voluntad por escrito, no hace falta intentar adivinarla. Si no lo ha hecho, entonces los familiares deberían aportar indicios que sugieran que el paciente se hubiera decantado por la eutanasia. En el caso de Eluana, el padre ha insistido en que era el deseo expreso de su hija no ser mantenida con vida en estas condiciones, después de que un amigo suyo sufriera un episodio similar. Ha dicho el padre de Eluana:

Cuando volvió de su última visita a su amigo en coma me dijo que no quisiera jamás encontrarse en una situación así y me hizo prometer que ocurriera lo que ocurriera, nunca la abandonaría en ese estado.

Si no hay motivos para dudar de la sinceridad y el amor del padre por su hija, esta declaración debería tenerse en cuenta.

La oposición a contemplar la eutanasia como una opción, en contra de la voluntad explícita o estimada del afectado, lleva implícita la premisa paternalista de que nosotros sabemos mejor lo que conviene a esa persona que ella misma. No nos preocupa su opinión, le imponemos nuestra creencia de "lo que es correcto" aunque ella la hubiese rechazado.

Si a mí me ocurriera una desgracia que me incapacitara para tomar decisiones, sumiéndome en un estado vegetativo que me causara enorme sufrimiento, me gustaría que las personas que más me quieren se pusieran en mi piel y tomaran la decisión que creen que yo tomaría en esas circunstancias. Estoy seguro de que eso es lo que harían, con independencia de lo que dijera el Vaticano o el presidente del Gobierno.

El voto para extranjeros se queda corto

El censo de potenciales votantes en las próximas elecciones municipales, previstas para 2011, puede incrementarse en hasta 800.000 personas. Esto es así en virtud de los quince acuerdos de reciprocidad que el Gobierno tiene previsto firmar con otros tantos países no miembros de la Unión Europea que reconocen el voto en el mismo tipo de comicios a los españoles residentes en su territorio. Por el momento ya se han firmado tres (con Colombia, Perú y Argentina), mientras que un cuarto (Ecuador) será rubricado este mismo mes.

Los beneficiarios serán los ciudadanos de esos países (los cuatro ya citados más Bolivia, Chile, Paraguay, Trinidad y Tobago, Uruguay, Venezuela, Burkina Faso, Cabo Verde, Corea del Sur, Islandia y Nueva Zelanda) que lleven residiendo de forma legal e ininterrumpida en España al menos cinco años. Tal vez el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero haya tomado la decisión de firmar estos acuerdos para buscar cambiar el panorama electoral en varias localidades importantes en las que reside un gran número de inmigrantes, pero eso es lo de menos. En primer lugar, los escasos sondeos de intención de voto realizados entre los extranjeros residentes en nuestro país no son concluyentes. Es cierto que una parte de estos estudios muestran una preferencia por el PSOE, pero no ocurre en todos.

En segundo lugar hay que tener en cuenta algo en lo que sí hay una práctica unanimidad (es un fenómeno que ya se produce entre los extranjeros nacionalizados españoles): la escasa movilización electoral entre los inmigrantes. La mayoría de ellos no votará en los primeros comicios en los que pueda hacerlo –más aún cuando para poder ejercer dicho derecho tendrán que registrarse, al igual que ocurre con los ciudadanos del resto de la Unión Europea– debido a que sus prioridades durante los primeros años en España suelen ser otras diferentes a la representación ciudadana. Y, en tercero, aunque en las primeras elecciones buena parte de los nuevos votantes optaran por el PSOE, nada garantiza que su sufragio no cambie con el tiempo en arraigo en el país.

Pero, con independencia de todo ello y aunque se tuviera la certeza de que todos votarían al PSOE y de que lo harían siempre así, es positivo reconocerles el derecho al voto (al menos en las municipales). Estas personas pagan impuestos, están sujetos a todas las legislaciones existentes y sufren las consecuencias de la política municipal, la más próxima a los ciudadanos, como el resto de sus vecinos. La idea de vincular fiscalidad y voto no es nueva. Por ejemplo, uno de los reproches que hacían en 1776 los firmantes de la Declaración de Independencia de Estados Unidos al Rey de Inglaterra era que dejaba a los habitantes de las trece colonias sin representación mientras les obligaba a pagar impuestos.

Es más, la medida se queda corta por vincularse a la reciprocidad. Y se demuestra en el hecho de que quienes se van a ver beneficiados son ciudadanos de países en los que los españoles ya podían emitir su sufragio sin que ellos lo pudieran hacer aquí. A esto se debe añadir que dicha exigencia de reciprocidad resulta injusta. Existen Estados con los que la misma es imposible por tratarse lugares en que no se celebran elecciones o, si existen, no son libres. De esta manera, por ejemplo, se castiga sin derecho al voto a las decenas de miles de cubanos o chinos residentes en España por el hecho de venir, en muchos casos huyendo, de países sometidos a dictaduras. Este tipo de requisitos demuestran que desde el poder no se percibe a las personas como tales, sino como meras extensiones de los Estados cuyo nombre figura en sus pasaportes.

Resulta lógico que se requiera un mínimo de residencia legal y permanente en el país para darle a alguien el derecho al voto, con el fin de que quien tenga capacidad de participar en la elección de los representantes de los ciudadanos sea alguien a quien la acción de estos le afecta de forma directa. Pero no lo es que además se le exija venir de una democracia en la que los españoles puedan votar. Todo el que vive en una ciudad, paga sus impuestos y está sujeto a sus normas jurídicas debería poder participar en los comicios para elegir a los concejales.

Kindle, P2P y el libro electrónico

¿Toda? No. Hay un sector que sigue aislado del mundanal ruido y que parece vivir al margen de la revolución que supone internet: el editorial.

Pero estas pequeñas vacaciones de la historia son eso: pequeñas y vacaciones. No hay ninguna barrera teórica que impida que el intercambio de periódicos, libros o revistas en internet tenga exactamente el mismo y elevado nivel que los de música o películas. Tan sólo existe una barrera práctica: sigue siendo más cómodo leer un libro en papel que en formato electrónico. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que este problema tecnológico será resuelto más pronto que tarde y que las editoriales se verán envueltas en los mismos problemas que tienen actualmente la industria discográfica y cinematográfica.

Sí, sí; sé que hay mucho bibliófilo romántico que cree que nunca habrá nada mejor que el papel, igual que hay fanáticos del vinilo. Pero para la mayoría de nosotros las indudables ventajas en comodidad y ahorro de espacio que puede suponer un lector de libros electrónicos práctico y cómodo superarían con mucho sus desventajas. No sabemos cuándo llegará el día, pero sí que llegará alguna vez; espero que sea antes de que tenga que salir yo de casa para dejar espacio a los libros.

La ventaja del sector del libro es que ha podido ver desde la barrera los errores de sus compañeros de viaje mientras batallaban contra sus propios clientes y establecer sus conclusiones para abordar el problema de la mejor manera posible. Así, deducirán que la mejor forma para combatir la piratería son precios bajos y formatos abiertos, sin protecciones tipo DRM, que inciten desde un primer momento a sus clientes a comprar y alejarlos así en la medida de lo posible –que nunca será del todo– del intercambio en internet de los libros.

Desgraciadamente, el ejemplo del Kindle hace ver que las editoriales –las estadounidenses, al menos– han decidido seguir recorriendo el mismo camino que ya hicieran las demás, con la posible excepción de perseguir judicialmente a sus clientes. Amazon ha logrado con Kindle, cuyo sucesor acaba de ver la luz, lo que ningún lector de libros electrónicos había conseguido hasta ahora más que en cifras marginales: que la gente lo compre y lo use. Gracias a su posición como principal vendedor de libros del mundo ha podido ofrecer juntos la máquina y algo que leer en ella. Pero lo ha hecho vendiendo los libros electrónicos en un formato protegido y propietario y con un precio de referencia de alrededor de 9,99 dólares. ¡10 pavos! ¡Por una descarga que luego no podremos usar en otros aparatos similares! Parece iTunes, pero el iTunes anterior a que las discográficas se dieran cuenta de que debían empezar a vender MP3.

Cada vez está más cerca el momento en que sea realmente más cómodo leer un libro electrónico que uno físico. Quizá no sea Amazon sino Sony o Plastic Logic quien finalmente lo logre. Pero que es un futuro cada vez más próximo nadie lo duda, especialmente cuando Kindle ha vendido medio millón de unidades y dispone de un catálogo de casi un cuarto de millón de libros. ¿Se pondrán las pilas las editoriales para estar preparadas cuando llegue el momento? Tengo pocas esperanzas. Sin embargo, como nos cuenta José Antonio Millán, quizá ni siquiera haga falta, al menos en España. Aquí son los autores quienes tienen los derechos y pueden otorgar licencias para las ediciones electrónicas. Así, la agente Carmen Balcells ha dado un primer paso importante ofreciendo a sus autores a través de Leer-e. Ojalá podamos disfrutar de un catálogo amplio y barato para cuando desembarquen estos lectores masivamente. Significaría que hemos aprendido la lección de la última década.

Las risas de Zapatero

Uno a uno, todos los portavoces parlamentarios han reprochado a Zapatero que no haya gastado el suficiente dinero en dar cobertura a los parados, en inyectar más liquidez en el mercado, en subvenciones a los sectores en crisis o en crear más infraestructuras públicas. El propio presidente del Gobierno se ha desmelenado y ha prometido incrementar la cobertura a todos los parados "sea cual sea su número".

Resulta increíble que casi nadie se escandalice ante este tipo de promesas que son más propias de un fanfarrón tabernero que de un supuesto estadista. El Estado no crea riqueza, sólo la redistribuye; dicho de otra manera, todo el dinero que obtiene procede de las rentas que previamente han generado los agentes privados de la economía.

¿Y qué sucedería si un número muy significativo de los agentes económicos se quedara desempleado o quebrara? Pues simplemente que los ingresos del Estado se desmoronarían. ¿Acaso el Gobierno podría, en este contexto, seguir sufragando los subsidios de una población crecientemente desempleada? Obviamente no, de donde no hay no se puede sacar; por mucho que se empeñen, por mucho que quieran hacernos creer que el Estado tiene capacidad para generar riqueza de la nada.

¿Por qué entonces los políticos se empeñan en prometer aquello que no pueden cumplir? ¿Por qué exigen más y más gasto durante las crisis si la capacidad financiera del Estado se resiente precisamente durante estos períodos? Aunque en parte simplemente están recurriendo a la propaganda más descarnada, hay otra parte de la explicación que resulta aun más preocupante: nuestros gobernantes se creen –es decir, no son conscientes– que el Estado tiene capacidad para gastar de manera ilimitada.

Sólo así se explica tanto la verborrea despilfarradora que estamos padeciendo como los onerosos planes de dispendio público que ya han sido aprobados. Y también así se explica que Zapatero se ría de que el diferencial de la deuda española con respecto a la alemana se haya incrementado.

El mercado no comparte el diagnóstico de nuestros políticos. Los agentes económicos son conscientes de que los Estados no son invulnerables y de que pueden quebrar, de ahí que exijan una mayor rentabilidad a las Administraciones menos solventes.

Zapatero se ríe, pero son los ciudadanos quienes padecen las consecuencias de su incompetencia y de su ignorancia. Ya que el Estado es omnipotente, parece que el gasto público puede incrementarse tanto como deseen los políticos. No, y no conviene que pensemos así, porque lo que necesitamos es justamente lo contrario: un adelgazamiento del sector público en todos los frentes, esto es, menos gasto público y menos impuestos.

Las lecciones del New Deal

De poco servirá la colosal inyección pública de recursos para frenar el creciente desempleo que vive el país, y menos aún para iniciar la tan ansiada senda de la recuperación económica. Con este tipo de medidas, el Gobierno tan sólo extenderá la agonía y convertirá la actual crisis en una Segunda Gran Depresión.

El nuevo presidente de Estados Unidos ya tiene a sus disposición 838.000 millones de dólares con el ilusorio objetivo de reactivar el consumo y la inversión. Sin embargo, lo único que conseguirá será incrementar la abultada deuda pública del país hasta límites insospechados, con los consiguientes efectos perniciosos sobre la estabilidad de su moneda. Base sobre la cual se sustenta todo el edificio monetario internacional.

Obama ignora o, lo que sería aún peor, oculta las valiosas lecciones del New Deal ideado por Roosevelt en los años 30 para combatir el crack del 29. Al igual que entonces, el Gobierno promete a la ciudadanía crear millones de puestos de trabajo mediante ambiciosos proyectos de inversión pública, cuyo gasto asciende casi al 6% del PIB nacional. Curiosamente, Roosevelt comprometió un porcentaje muy similar para su programa de infraestructuras, con el que aspiraba a crear un millón de empleos a corto plazo. Sin embargo, pese al enorme sacrificio presupuestario, materializados en déficits públicos insostenibles, la tasa de desempleo se mantuvo por encima del 15% hasta la II Guerra Mundial. Es decir, muy alejada de las tasas pre-depresión de los años 20, inferiores al 5% de paro.

Además, el promedio de horas trabajadas en el sector privado cayó casi un 27% entre 1933 y 1939 con respecto a los niveles alcanzados en 1929. El sector público prácticamente expulsó a la iniciativa privada en el ámbito de la inversión empresarial, hasta el punto de que la bolsa no recuperó el volumen de los años 20 hasta 1954. Es decir, el rescate estatal impidió la necesaria purga que precisaba la economía estadounidense, convirtiendo la recesión en depresión. Por todo ello, el Plan Obama se trata, en realidad, de un nuevo derroche de recursos que, en ningún caso, logrará reactivar la economía.

Por otra parte, el Tesoro de Estados Unidos prevé inyectar cerca de 2 billones de dólares adicionales al sistema financiero para intentar impulsar el crédito y salvar de la quiebra a cientos de entidades. Muy lejos queda ya el polémico Plan Paulson que, dotado con 700.000 millones de dólares, pretendía adquirir los activos tóxicos que acumulan los bancos. Apenas cuatro meses después de su aprobación, el tiempo se ha encargado de demostrar que la inyección de liquidez y la compra de basura a la banca por parte del Estado no lograrían solventar los profundos problemas de solvencia que padece el sistema financiero norteamericano.

Los 700.000 millones de Paulson se han quedado muy cortos, como era de esperar. Además, la aplicación de la primera fase del plan ha supuesto hasta el momento una factura próxima de 80.000 millones de dólares a los contribuyentes. El Gobierno y la mayoría de economistas insisten en ignorar las serias advertencias lanzadas por analistas de prestigio, con una sólida base teórica, acerca de los serios peligros que entraña apostar por el gasto público y la expansión del crédito para solventar la actual crisis. Es el caso de Jim Rogers, Peter Schiff o el profesor Antal E. Fekete.

Todos ellos coinciden en el diagnóstico: el rescate público de la economía y de la banca empujan a Estados Unidos hacia el "colapso del dólar", la "hiperinflación" y, finalmente, la "quiebra". Por ello, de seguir así, la sombra del Supercrash sigue vigente y avanza con fuerza. A veces, Dios otorga ojos a quien no quiere ver y oídos a quien se niega a escuchar.

La imposibilidad de predecir la conducta humana

Existen corrientes de pensamiento en psicología que desean explicar el comportamiento humano en función de los estímulos del medio ambiente ya que consideran que éstos moldean y controlan las acciones de las personas. Plantean que la conducta (y no la mente o la psique) debe ser el objeto de estudio de la psicología porque responde siempre a factores externos al propio individuo, los cuales son observables, visibles, empíricos.

Siguen, por tanto, una línea positivista que valora los hechos en sí mismos, es decir, todo aquello que es medible. Expresan que sólo cabe hacer ciencia de lo observable porque es lo único objetivo. Todo lo demás carece de rigor científico.

En realidad, estas líneas de pensamiento surgieron del intento de desarrollar una psicología objetiva en contraposición a una psicología subjetiva con el objetivo de que la psicología tome carta de naturaleza científica. De esta manera, dicen, la psicología se convertirá en ciencia al eliminar todo aquello que no pueda ser observado y medido "objetivamente". Entrará en el dominio de la ciencia ya que no solamente se podrá conocer, sino que también se podrá predecir. El objeto de las investigaciones no será el de describir la conducta humana sino formular leyes que permitan predecirla.

Para ello, abordan el estudio de la conducta humana basándose en el paradigma estímulo-respuesta (E-R), en donde el estímulo es cualquier factor externo o cambio en la condición fisiológica del animal, y la respuesta es la reacción o conducta frente a tal estímulo. El método utilizado será la experimentación u observación controlada, es decir, el empleado en de las ciencias naturales.

Aquí nos interesa señalar una de las conclusiones a las que llegan y persiguen: si la conducta puede condicionarse, la psicología podrá predecir y controlar la conducta de la misma forma que ocurre con los objetos de estudio en las demás ciencias naturales. Las actividades humanas podrán ser explicadas si se reconoce la respuesta a un estímulo, como si de una máquina se tratase.

Arguyen que si supiésemos todos los estímulos a los que está sometido una persona, podríamos predecir su comportamiento. Watson, fundador del conductismo, creyó que controlando los estímulos del ambiente se podía incluso moldear el carácter de las personas en la dirección deseada. Basta con cambiar convenientemente esos factores externos para obtener la conducta deseada en un individuo.

El gran error de estas "teorías" que tratan de dotar a la psicología de objetividad es no darse cuenta de que no son los estímulos los que determinan la acción humana y la conducta, sino nuestras creencias, pensamientos y juicios de valor. Dicho de otra manera: es la interpretación que el ser humano da a los estímulos recibidos la que determinará su respuesta. El ser humano no es un agente pasivo al cual el ambiente influye sin que exista reciprocidad.

Las teorías basadas en el paradigma E-R no pueden explicar por qué, dada una determinada situación o estímulo, dos personas pueden actuar de forma distinta. Incluso que una misma persona que se encuentra dos veces ante la misma situación pueda reaccionar de manera distinta aunque se mantengan las condiciones. La Ley del Efecto de Thordike, según la cual cualquier acto que produzca un efecto satisfactorio en una determinada situación tenderá a ser repetido en esa situación, está claramente equivocada y no tiene sentido al querer aplicarla al ser humano.

El paradigma E-R presenta una lógica mecanicista dentro de la cual se le niega al hombre toda su autonomía, toda capacidad de generar sus propias conductas y toda posibilidad de darle un sentido a su acción.

Y es que si quisiéramos explicar las acciones concretas o la conducta de una persona, deberíamos tener en cuenta toda la historia personal del individuo, es decir, movilizar toda su experiencia anterior.

Y aquí entramos en otro gran error de las teorías del E-R: la tendencia a quedarse en los hechos directamente observables/experimentales (aspiración empírico-positivista). No tienen en cuenta cuestiones que afectan la toma de decisiones pero que no se pueden medir, por lo que establece que el hombre es idéntico a su comportamiento, es decir, que se reduce a meros actos o reacciones estímulo-respuesta.

Caen en un simplismo reduccionista al intentar aprehender la complejidad de toda la conducta reduciéndola a asociaciones (más o menos complejas) de estímulos y respuestas. Reducen la psicología a fisiología al suponer que toda la conducta de los seres vivos puede interpretarse fisiológicamente. También reducen lo psíquico a la conducta ya que convierten a la mente a una especie de caja negra en la cual ciertas nociones como las emociones, la personalidad, los pensamientos, la conciencia, la intuición, las ideas, el yo, los sentimientos o las intenciones no tienen sentido, cabida ni interés real. No tienen en cuenta que la vida mental del ser humano es un factor de su conducta.

La predicción de las acciones concretas de un individuo no es, por tanto, un "problema tecnológico" ya que hay aspectos que orientan la conducta que nunca podrán ser registrados. No solamente no son tangibles/físicos, sino que el propio individuo sólo es consciente de una minúscula parte de ellos, ya que desde las intuiciones (más o menos correctas) de Freud sabemos que el ser humano no es completamente consciente de lo que le mueve a tomar decisiones y a actuar de una manera concreta ("el yo no es dueño y señor en su propia casa").

Pero es que aunque la medición de todos los factores que condicionan la acción fuera posible (cosa que a todas luces hemos visto que es imposible), la predicción de la conducta y comportamiento humano seguiría siendo imposible. Y esto es debido a que el hombre actúa en base al conocimiento que tiene en el momento presente de la acción. Pero el conocimiento de las personas varía en el tiempo debido a que aprenden e incrementar su información. La implicación de este hecho es que un individuo no puede predecir su comportamiento en el futuro porque desconoce el conocimiento que tendrá en ese momento. No puede saber cómo actuará en base a un conocimiento que no existe. Desconoce en qué manera variará su conocimiento con respecto al que posee actualmente porque todavía no lo ha adquirido. La posibles causas de nuestras acciones sólo pueden ser explicadas y reconstruidas después de los eventos, de la misma forma que uno sólo puede explicar su conocimiento únicamente después de que lo posee. Así que, aunque pudiéramos conocer todos los estímulos y factores que determinan la acción de una persona en el presente, no podríamos predecir su comportamiento en el futuro porque se basará en un conocimiento/información que variará y se incrementará desde ahora hasta ese momento de una forma que actualmente desconocemos.

En realidad, estas teorías del E-R están basadas en la "psicología" animal (y la psicología infantil), siendo sus métodos procedimientos de éstas en lo capital. Sin embargo, el principio de continuidad física (evolutiva) de los animales al hombre no justifica la extrapolación de la metodología y los resultados de las investigaciones realizados con animales al ser humano. Resulta absurdo y carece de validez científica el tratar de explicar comportamientos humanos tremendamente complejos (lenguaje, moral, sociedad, creación artística) a partir de respuestas simples de animales (por ejemplo, una paloma apretando una palanquita).

Y es que los animales no elaboran teorías e ideas de cómo las cosas son o deberían ser. No interpretan la realidad ni el mundo. No se puede hablar, en definitiva, de procesos de conciencia ni de psicología animal. Es un error forzar e intentar buscar facultades intelectuales del hombre en los animales.

Utilizar la misma metodología para el estudio de animales y seres humanos sería negar esta diferencia entre ellos, y llevaría a tomar el presupuesto ontológico de que el ser humano carece también de procesos de conciencia. Bajo su apariencia de ciencia, su valor experimental no va más allá de un exitoso y ya conocido adiestramiento de animales. La verdad, como dijo Russell, es que "de estos puntos de vista sólo ha surgido sabiduría animal".

Da igual

Es un impuesto brutal sobre el trabajo; es decir, sobre el trabajador, que es quien lo paga íntegramente. Al empresario sólo le interesa saber el valor que le aporta el trabajador y lo que le cuesta. Cómo se lo reparta el trabajador no entra en sus cálculos. Si se suma ese coste a la contratación, se destruye empleo. Así de sencillo.

Da igual. Aunque la CEIM haya propuesto también reducir el coste del despido de 45 a 20 días. Como es un coste que se añade a cada nuevo contrato, muchos de éstos no llegan a nacer y aquí paro y después… después el drama personal por no encontrar un hueco en el mercado.

Da igual. Luego llega Zapatero, con el puño izquierdo en alto, y dice ante un público entregado que "a tantos que piden el despido barato y libre, les tengo que decir que no". Y, efectivamente, da lo mismo todo. Porque mientras unos hablan desde la lógica, Zapatero habla desde la política. No tiene ninguna relevancia reunirse con Zapatero para exponerle las causas de nuestra crisis o sus posibles soluciones, porque ni el Gobierno ni su presidente hablan de la realidad ni desde la realidad, sino desde el propio discurso. El discurso es el juego de sobreentendidos, de connotaciones, de mensajes sencillos y claros, de mantras millones de veces repetidos cuyo único objetivo es reforzarse ante el electorado y machacar al adversario.

Así podríamos pedirle a Zapatero un contrato libre, no el despido libre del que habla él. Y podríamos afinar los argumentos, enhebrarlos en ejemplos históricos y estadísticas aleccionadoras, que todo daría igual.

¿Y la venganza de la realidad en forma de millones de parados? Tampoco importa si es que prevalece el discurso, la ideología. Zapatero culpó de la crisis al maluto de Bush hasta que su despacho lo ocupó san Obama, ora pro nobis. A partir de entonces ha culpado a los bancos. Sabe que sus votantes sólo necesitan un clavo al rojo vivo para agarrarse y entregar su voto. La realidad no cuenta. Es lo que cuentas de ella lo verdaderamente importante.

La ideología. El discurso. Eso sí que importa.