Ir al contenido principal

Pero sólo al 29,16%

Bien, ésta es la teoría, pero para confirmarla hay que conocer su expresión práctica y, mire usted por dónde, los europarlamentarios del PP han hecho a los votantes el espléndido favor de mostrarnos hasta qué punto es cierta esa leyenda urbana de que el Partido Popular es contrario al aborto. De los veinticuatro eurodiputados de Rajoy, tan sólo siete (un poco menos del treinta por ciento) votaron el pasado día 14 en contra de una resolución del Parlamento Europeo que considera el aborto y la eutanasia como "derechos fundamentales".

En los anuncios de colutorios y pastas de dientes, la publicidad afirma que nueve de cada diez dentistas recomienda esa marca. Nosotros podemos afirmar también que "siete de cada diez políticos del PP son partidarios del aborto" y no mentiríamos.

Vaya por delante que no voy a dar mi voto a Rosa Díez, ni en las europeas ni en otras elecciones, porque jamás he votado a la izquierda y no voy a cambiar a la vejez, lo que no es obstáculo para reconocer que, en términos morales, da exactamente lo mismo votar UPyD que PP. Por lo tanto, si los genoveses quieren convencer a sus simpatizantes de que no sólo no se marchen el día de las elecciones a la playa o al campo, como vamos a hacer muchos, sino que acudan al colegio electoral y les renueven su confianza, deberán ofrecer algún argumento de mayor peso específico, porque la trola sobre el aborto, desde el pasado 14 de enero ya no cuela. Aún si el partido hubiera sancionado a los proabortistas por votar en contra del (supuesto) ideario de la formación, podrían mantener la ficción de que el PP defiende el derecho a la vida, pero nada de eso ha ocurrido. De hecho, de producirse alguna reprimenda la recibirían los Siete Magníficos que votaron en contra del aborto como "derecho fundamental", por oponerse a una medida tan progresista. En cambio, los dos pobres diputados murcianos en las cortes españolas que votaron en contra de la admisión a trámite del muy inconstitucional estatuto castellano-manchego pergeñado por Mariloli de Cospedal y Barreda, sí tuvieron que pagar la multa y aguantar una catilinaria en el despacho de la Playmate de enero de diario El Mundo.

Desnortados hasta lo ridículo, los dirigentes de Génova insisten en que el PP no es favorable al aborto, pero el hecho es que cuando hay que votar y retratarse se produce la desbandada general. También añaden que llevarán al Tribunal Constitucional la ley de ampliación de plazos cuando el Gobierno la sancione, y con eso dan el asunto por zanjado. Joder qué héroes, ¿no?

Internet por la libertad

Si hace algo más de medio año la Asociación de Solidaridad España-Israel (ASEI) sorprendía a los internautas españoles con su campaña País de mierda, ahora son la Asociación Española Cuba en Transición y la Asociación de Iberoamericanos por la Libertad quienes han puesto en marcha la no tan impactante pero sí muy buena iniciativa web Cuba. Medio siglo sin libertad.

Se trata de una web de una apariencia muy limpia y, al mismo tiempo, ingeniosa. Se ha puesto en marcha para generar un efecto viral que movilice a internautas de cara a la concentración que se celebrará en el próximo 1 de febrero con el objetivo de reclamar la libertad para Cuba. El mecanismo de preguntas-respuestas, que ofrece un contenido diferente según la contestación seleccionada, resulta ingenioso y eficaz como método tanto de movilización como de divulgación de la realidad cubana. Y es de agradecer que el código para insertar el banner de la campaña en la bitácora de cada uno sea tan fácil de localizar.

Además de su calidad, debe destacarse también su objetivo: animar a participar en una concentración contra una dictadura que se prolonga ya durante medio siglo y que somete a millones de seres humanos a todo tipo de sufrimientos. Merece la pena asistir por muchos motivos. Las que dan los responsables de la campaña son suficientes, pero hay más. En ese país, lejano en lo geográfico pero cercano en lo emocional y lo cultural, los ciudadanos no pueden ser llamados tales (puesto que no gozan de derechos y libertades frente al todopoderoso Estado) y viven en una situación difícil de imaginar desde España.

En Cuba, cualquiera puede sumarse a los miles de encarcelados –incluidos más de doscientos presos políticos– por molestar al Gobierno. Y hacer esto último no es nada complicado: basta con expresar tu opinión en voz alta (incluso dentro de tu propia casa), ser católico practicante, homosexual, activista pro derechos humanos, sindicalista, masón o cantante de punk, entre muchas otras cosas. Basta con leer libros que no sean del gusto del régimen, escuchar emisoras extranjeras con una radio de onda corta (prohibidas), ver cadenas de televisión foráneas o simplemente conectarse a internet sin permiso del Gobierno.

La falta de libertad y la locura dirigista del régimen ha condenado al exilio a dos millones de cubanos y sometido a la miseria a muchos millones más (incluidos todos aquellos que quieren irse pero a los que el castrismo prohíbe salir de la Isla). El paraíso socialista caribeño no es más que el infierno en la tierra.

Por todo ello, merece la pena participar en la difusión de la campaña Cuba. Medio siglo sin libertad y, por supuesto, acudir el mediodía del próximo 1 de febrero a la Puerta del Sol de Madrid.

A un paso del colapso

A lo largo de la historia, el dinero fiduciario ha sido incapaz de actuar como una buena reserva de valor y, por eso mismo, ha tendido a desaparecer. Sólo hay una misteriosa excepción a esta regularidad empírica, un período excepcionalmente largo en el que el dinero fiduciario, sin haber conservado su valor, ha sido capaz de sobrevivir: los últimos cuarenta años.

Desde que Nixon, aconsejado por Friedman, abandonó Bretton-Woods, el sistema monetario internacional perdió su último anclaje con el oro. Empezaba la era del dinero totalmente administrado, en el que los bancos centrales abandonaban su tradicional papel de emitir moneda y redescontar el crédito comercial (el papel que les correspondía de acuerdo con el gran teórico de la banca central, Walter Bahegot) para convertirse en el soporte último de la transformación de plazos de los bancos, un prestamista de última instancia contra casi cualquier tipo de activo.

¿Por qué, entonces, el dólar y el resto de divisas siguen circulando? Básicamente porque aunque las divisas sean inconvertibles siguen estando respaldadas por los activos del sistema bancario, especialmente los del banco central. ¿Y en qué consisten estos activos del banco central? En su mayor parte, deuda pública, esto es, promesas de pago futuras por parte del Estado. Dicho de otra manera, desde 1973 el valor de nuestras monedas depende, en última instancia, del crédito (de la solvencia) del Estado. Por eso el colapso del Estado en Argentina o más recientemente en Islandia supuso, también, el colapso de sus monedas.

La existencia de este dinero fiduciario ha permitido a los bancos privados expandir hasta niveles insospechados la creación de deuda: los inversores se han estado endeudando a corto plazo para invertir en activos a largo plazo sin ningún tipo de contrapeso, como podían ser hace un siglo las retiradas de oro de los bancos. La última burbuja inmobiliaria es un claro ejemplo: los bancos se endeudaban a corto plazo con los depositantes y prestaban el dinero a 30 años en forma de hipotecas. La inversión, por tanto, ha dejado de estar respaldada por el ahorro real de una sociedad. De hecho, se ha venido a considerar "ahorro susceptible de inmovilización" cualquier punta de caja de una empresa o de una familia.

La consecuencia obvia de esta elasticidad de la inversión ha sido una considerable inflación en los precios de todos los activos. Sin ir más lejos, durante la expansión crediticia de los últimos años no ha habido activo cuyo precio no se haya disparado gracias a la demanda extraordinaria que permitían unos tipos de interés ridículamente bajos: la vivienda, las acciones, la deuda pública y privada y las materias primas duplicaron sus precios entre 2002 y 2006.

Ahora, en cambio, estamos en el proceso inverso. Una vez se ha pinchado la burbuja crediticia y los activos están cayendo de precio, todos los que se endeudaron para adquirirlos están liquidando sus inversiones y tratando de amortizar parcialmente se enorme deuda. La deflación de los precios de los activos empezó con la vivienda, siguió con la deuda privada, continuó con la bolsa y, en los últimos meses, con las materias primas. Sólo ha habido dos activos que en este proceso global de desapalancamiento no se han depreciado: la deuda pública y el oro.

A principios de 1990, John Exter, fundador del banco central de Sri Lanka, enunció una curiosa teoría conocida más tarde como "la pirámide invertida de Exter". De acuerdo con este especialista en teoría bancaria, las sociedades occidentales no estaban abocadas a la hiperinflación por haber abandonado el oro, sino a la deflación. En su opinión, conforme el crédito artificial fuera contrayéndose, los inversores irían abandonando los activos menos líquidos y tratando de adquirir los activos más líquidos; esa jerarquía, de menor a mayor liquidez, es la que quedaba plasmada en su pirámide.

Esta fuga hacia la liquidez es lo que hemos ido viviendo en los últimos trimestres. El colapso de las subprime trasladó a los inversores al siguiente escalón: la bolsa y las materias primas. De ahí que el mercado de valores estuviera subiendo hasta finales de 2007, cuando la crisis ya era más que evidente. El colapso de la bolsa desplazó a los inversores hacia las materias primas, que estuvieron repuntando hasta julio, pese a que su demanda ya se estaba reduciendo. Finalmente, el colapso de las materias primas hizo que los inversores se refugiaran en la deuda pública, cuyo precio se disparó durante el mes de septiembre hasta alcanzar rendimientos negativos.

¿Y qué queda ahora? Los Estados de medio mundo están tratando de rescatar a su sistema bancario emitiendo cantidades masivas –y en buena medida impagables– de deuda pública. Existe una más que evidente burbuja en la deuda pública que tarde o temprano tendrá que pinchar. Los precios son desproporcionadamente bajos para el volumen de deuda que están emitiendo los Estados, con el consiguiente riesgo que ello supone. Al fin y al cabo, cada vez resulta más difícil que los Gobiernos sean capaces de amortizar todas las obligaciones que han emitido sin recurrir a la impresión de nuevos billetes por parte del banco central, lo que en todo caso equivaldría a impagar la deuda mediante la disolución del valor de la moneda.

La quiebra del crédito del Estado es el último peldaño de la pirámide de Exter; liquidar las posiciones en deuda pública y en divisa nacional (cuyo valor depende de la deuda pública) para adquirir el único activo que, como decía Henry Thornton, no es el pasivo de nadie más: el oro. Pasaríamos entonces de la actual deflación de activos a la hiperinflación de la moneda (con lo que todos los bancos quedarían descapitalizados, tal y como ocurrió en Alemania tras 1923). Gran Bretaña ya está comenzando a experimentar ese fenómeno: la libra se está desmoronando ante los temores de que el Gobierno intente rescatar al sistema bancario emitiendo más deuda pública. 

No sería el fin del mundo, ni mucho menos –la Europa continental, que no los países anglosajones, tienen amplia experiencia superando hiperinflaciones y estabilizando sus monedas–, pero sí el final del mundo financiero tal y como hoy lo conocemos.

Instantáneas de realidad africana

El continente africano es el que indiscutiblemente sufre con mayor virulencia las devastadoras consecuencias de la miseria y el estancamiento económico. Las causas, en última instancia, remiten a unos marcos institucionales que, debido en gran parte a la ausencia de derechos de propiedad claros y seguros, impiden el libre desarrollo de las fuerzas creativas y desincentivan que las actividades productivas de sus gentes se encaminen a la satisfacción de demandas y necesidades ajenas mediante transacciones libres y voluntarias. Por el contrario, alientan el clientelismo, los sobornos y la búsqueda de rentas y privilegios al poder político que, en definitiva, genera tensiones sociales que pueden culminar en golpes de estado y guerras civiles.

Como reza la portada del sitio web de la Free Africa Foundation: Africa is poor because she is not free. Y sigue diciendo que la libertad por la que presuntamente lucharon los que querían la independencia fue cruelmente traicionada: el fin de la opresión y el expolio no llegó a la mayoría de África, sino que simplemente los amos occidentales fueron sustituidos por los amos africanos.

No obstante, a pesar de la desoladora realidad imperante en la mayor parte del continente, existen historias de esperanza a nivel local y en distintos países que merecen ser contadas y divulgadas. Una de ellas es la de la visión empresarial de una madre soltera de Rwanda, Janet Nkubana. Una vez que acabó el brutal genocidio que asoló al país en 1994, esta mujer se dio cuenta de que muchas de las mujeres que habían quedado viudas y vivían en la miseria tras la masacre, necesitaban trabajo, y tuvo una idea: producir cestas hechas a mano, y venderlas en el mercado internacional. Para ello comenzó trabajando conjuntamente con otras seis mujeres, haciendo cestas de gran calidad. Tal fue su éxito que comenzaron a vender, gracias a cambios legislativos, al mercado estadounidense, llegando a establecer relaciones comerciales fructíferas con los grandes almacenes Macy’s. En la actualidad emplea a más de 3.000 mujeres locales en su negocio, llamado Gahaya Links.

Su historia nos habla de la capacidad y perspicacia empresarial de los africanos, de su capacidad de competir en el mercado global y las ventajas de la globalización, además de los beneficiosos efectos de la cooperación social a través de intercambios pacíficos como vía para reconstruir social, económica y moralmente comunidades (y sociedades) devastadas por el odio étnico.

La otra de las historias es la de Bolo, de la región del sur del Chad llamada Kyabé. Este joven es una de las personas de las que menos se hubiera esperado que pudiera salir adelante, ya que reunía dos condiciones muy adversas: haber nacido en uno de los países más pobres del mundo como el Chad y contraer en la infancia una enfermedad (poliomielitis: parálisis que afecta al sistema nervioso) que le supuso la minusvalía física. Sin embargo, su historia nos demuestra que muchas veces los límites nos los ponemos nosotros mismos: hace 8 años era un mendigo en la región, mientras que en la actualidad ha conseguido el título de bachillerato, trabaja como sastre gracias a su máquina de coser y participa en actividades sociales de la comunidad. Tal es su éxito, debido a su admirable esfuerzo y tenacidad, que algunos indeseables sienten envidia hacia él e intentan hacerle daño urdiendo tramas de lo más sucias con el apoyo de las autoridades políticas, la mayor fuente de corrupción en el país en uno de los países más corruptos del mundo.

Estas dos historias muestran que el esfuerzo de salir adelante y la fuerza vital, como en el caso de Bolo, y la creatividad empresarial, como en el caso de Janet, pueden sacar a los africanos de la pobreza más absoluta si sus líderes y gobernantes se lo permiten, y si desde Occidente se lo facilitamos en vez de entorpecérselo.

Incompetencia y deshonestidad

Aparte de insistir en el falaz tópico de que FDR "sacó a EEUU de la Gran Depresión", ni siquiera sabe citar una de las frases más emblemáticas de su admirado demagogo con un mínimo rigor: "La única cosa que debemos temer es el miedo a nosotros mismos" no es lo mismo que "La única cosa que debemos temer es al miedo mismo", que es la estupidez grandilocuente que FDR realmente dijo.

Según Estefanía, el intervencionismo de FDR consiguió "generar millones de puestos de trabajo" con "su política de inversiones dirigidas a poner fin al desempleo". Resulta difícil explicar entonces cómo es que el desempleo durante la Gran Depresión se mantuvo alto y relativamente estable. Quizás porque el gasto público en la creación de empleos improductivos (hacer como que se trabaja) expulsó a la inversión privada que es la que realmente genera riqueza demandada por los consumidores dispuestos a pagar por ella. "En el momento en que FDR murió, el paro no llegaba al 2%": un claro ejemplo de verdad engañosa y clamorosamente incompleta, y es que este agudo analista no menciona (¿olvido?, ¿fraude?, ¿chapuza?) la movilización de la fuerza laboral por la II Guerra Mundial, un detallito sin importancia.

"Los analistas más ecuánimes entienden que lo que FDR hizo fue salvar al capitalismo americano": pero no cita a ninguno y probablemente entiende por "ecuánime" al que no le lleve la contraria. Estefanía ama al Estado y quiere "objetar a su favor sin necesidad de disculparnos". El estatismo dirigista de Roosevelt y Keynes vuelven a estar de moda, lo cual "debe ser un buen argumento para repensar el papel del Estado sin los prejuicios que han acompañado a la revolución conservadora". O sea que lo que se entiende como argumento es que las ideas sean populares o no; y para repensar sería conveniente antes saber pensar, algo que quizás excede sus capacidades.

La lección de Japón

Ignorar las enseñanzas de la historia condena al hombre a repetir, una y otra vez, los mismos errores del pasado. La mayoría de los economistas y, por supuesto, la práctica totalidad de los gobiernos fallan estrepitosamente a la hora de diagnosticar el origen de la actual crisis financiera y, por ello, desconocen igualmente la solución a aplicar. De ahí, precisamente, la importancia de revisar procesos similares como, por ejemplo, la larga depresión económica que desde hace casi dos décadas vive Japón.

Al igual que Karl Marx y John Maynard Keynes, la gran mayoría de las escuelas de pensamiento económico coinciden, de alguna u otra forma, en que el origen de los ciclos económicos, con sus correspondientes recesiones, reside en la existencia de determinados fallos dentro de la economía de mercado. Los keynesianos y monetaristas centran toda su atención en el comportamiento de la demanda agregada.

Así, tal y como explicaba Rothbard, estos autores suelen argumentar que el proceso inflacionario responde a un gasto excesivo por parte de los consumidores, mientras que la recesión se caracteriza por la falta de demanda suficiente para reactivar la economía. Y todo ello, sobre la base de una cuestión central clave: la confianza. Si los inversores y consumidores están seguros de que la economía crecerá gastarán más, y viceversa.

De este modo, casi todo se sustenta sobre las expectativas de los agentes privados, y puesto que el fallo reside en el comportamiento variable e impredecible de los individuos, los poderes públicos deben intervenir para corregir los "errores del mercado". Suena a broma, pero día sí y día también escuchamos cómo economistas y políticos repiten mecánicamente la misma sinfonía acerca de la actual crisis financiera: "es necesario restablecer la confianza en los mercados", es preciso "impulsar la demanda" para recuperar la senda de crecimiento…

¿Cómo? Puesto que el error reside en el mercado, la intervención de los poderes públicos no sólo es necesaria sino imprescindible. Por ello insisten en la necesidad de emplear de forma arbitraria y discrecional las medidas monetarias y fiscales a su alcance para reactivar nuevamente la expansión del crédito, así como el consumo y la inversión. Bajada de tipos y aumento del gasto público se convierten así en las recetas mágicas por antonomasia de los distintos gobiernos.

Por el contrario, los autores austríacos consideran que el origen de los ciclos reside en la expansión del crédito bancario sobre la base del sistema de planificación de la banca central. Es decir, la intervención del Gobierno en materia monetaria es la principal responsable de los desajustes que tienen lugar en la estructura productiva y en los precios relativos de bienes y servicios. La recesión, tarde o temprano, es inevitable. De hecho, es necesaria para corregir los excesos cometidos en la fase expansiva anterior.

El Gobierno no debe intervenir. Expandir nuevamente el crédito o acudir al rescate de sectores y empresas sobredimensionadas al calor de la expansión crediticia tan sólo agravan la agonía y retrasan el inevitable ajuste que, posteriormente, se terminará materializando en una recesión todavía mayor o, incluso, en una depresión.

Tal y como advertía Mises, "todos los intentos para salir de la crisis mediante la adopción de nuevas medidas intervencionistas son completamente equivocados. Sólo hay una forma de salir: renunciar a cualquier intento de impedir el impacto de los precios de mercado sobre la producción. Renunciar a la adopción de políticas que busquen establecer los tipos de interés, los salarios y los precios de las mercancías a unos niveles diferentes a los que fija el mercado".

Soluciones, pues, diametralmente opuestas para afrontar el mismo problema. El Gobierno de Japón optó por la primera vía. La apreciación del yen a medidos de los años 80 desencadenó un frenazo de las exportaciones y, como consecuencia, una desaceleración económica. El Gobierno intentó debilitar su moneda bajando los tipos del 5% al 2,5% entre enero de 1986 y febrero de 1987.

Tal y como explica el profesor Miguel Ángel Alonso en el número 1 de la revista Procesos de Mercado, "tras los estímulos económicos, los precios de los activos en los mercados inmobiliarios y de valores aumentaron de forma excesiva, creando una de las más grandes burbujas financieras de la historia. El Gobierno respondió con un endurecimiento de la política monetaria, elevando los tipos de interés cinco veces, llegando a un 6% entre 1989 y 1990. Después de esos aumentos el mercado se hundió".

Desde entonces, el índice Nikkei no levanta cabeza y se ha desplomado desde los 40.000 puntos que alcanzó en 1989 hasta lo 8.000 que aún refleja hoy en día. Los malos créditos acumulados por la banca durante los felices 80, así como los activos sobredimensionados de las compañías, hicieron que se disparara la morosidad y las quiebras empresariales tras el estallido de la burbuja. El Gobierno trató entonces de combatir la crisis recurriendo al rescate de la banca y los "sectores estratégicos" del país.

Implantó la política de tipos de interés cero, vigente desde 1995 hasta la actualidad (hoy los tipos están en el 0,3%), y apostó por una política presupuestaria suicida. La deuda pública del país es la mayor de cualquier economía industrializada, superior al 150% del PIB, y tras años de déficit, el Gobierno acaba de retrasar hasta 2018 su objetivo de lograr superávit fiscal. Sobra decir que tras años de estancamiento económico, Japón acaba de entrar nuevamente en recesión. La política impidió la sana corrección del mercado, convirtiendo en una larga depresión lo que, en principio, podía haber sido una recesión intensa, pero breve, en la primera mitad de los años 90.

La naturaleza de la riqueza

En el último de mis comentarios expliqué desde el punto de vista de la economía austriaca las razones por las que era posible llegar a intercambiar un clip rojo por una casa, tal como hizo Kyle McDonald, en una historia que quedó popularizada con el anuncio de un coche.

Pues bien, ante la sucesión de intercambios cabe plantearse legítimamente si hubo realmente creación de riqueza. Tanto el clip rojo como la casa existen, presumiblemente, al principio del proceso, por lo que al final del mismo no hay nada nuevo material, no se ha creado ningún objeto nuevo. Como decía una de las observaciones al comentario "no hubo un incremento en el flujo de energía per cápita y por unidad de superficie habitada y por lo tanto no hubo incremento de riqueza física neta.".

Entonces, ¿se ha producido o no creación de riqueza? La respuesta, desde el punto de vista de la teoría económica, es que sí.

Los principios metodológicos de la escuela económica austriaca son el subjetivismo y el individualismo. El Individualismo Metodológico consiste en que todos los fenómenos económicos se pueden explicar por la conducta humana. El Subjetivismo Metodológico significa que la economía asume como dados los fines y valoraciones realizados por los hombres (sin entrar a discutir si son correctos o adecuados).

En esencia, la escuela austriaca parte de un axioma: el hecho de que los hombres actúan movidos por sus fines. Estos fines se pueden entender como una escala jerarquizada de valores, de forma que las personas dedican sus recursos a cubrir sus necesidades según la prioridad que les marca esa escala. De aquí se deduce que, cuando se produce un intercambio voluntario entre dos individuos, ambos se hacen con un bien o servicio que valoran más que aquello que sacrifican por conseguirlo. Por tanto, tras un intercambio libre, los dos individuos tienen más riqueza que antes de hacerlo.

Así, es claro que la riqueza es un fenómeno meramente subjetivo, completamente dependiente de la valoración de los individuos, e independiente de la naturaleza física u otros atributos de los bienes intercambiados. El oro no constituye riqueza por ser dorado, resistente, maleable, bonito o feo: constituye riqueza porque así lo valora la mayor parte de la gente. Lo mismo se puede decir de cualquier otro objeto material o servicio.

Desde otro punto de vista, meramente material, sería imposible crear riqueza si esta no fuera subjetiva. El hombre no es capaz de crear materia de la nada (el conocido principio físico de que la materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma"). Por tanto, todos los recursos que el hombre tiene a su disposición no han variado desde que nuestros primeros ancestros pisaron la Tierra. Así pues, siguiendo el razonamiento materialista, sería imposible que fuéramos más ricos ahora que hace 5.000 años, pues ninguna de las combinaciones que se nos hayan ocurrido ha podido suponer un aumento de riqueza física.

Evidentemente, no es así, pero una vez más debido a un fenómeno subjetivo. Una rueda suponía más riqueza que la madera de la que provenía, simplemente porque era más valorada por aquellas personas que la consideraban de utilidad para transportar cosas. Con el tiempo, solo han progresado aquellas combinaciones de recursos originales que eran más valoradas por los individuos que aquellos por separado o combinados de otras maneras. Y ya sabemos que es la función emprendedora la encargada de guiar este proceso de prueba y error, por los beneficios que puede obtener.

Volviendo al anuncio imposible, se ha creado riqueza indudablemente, puesto que cada uno de los sujetos intervinientes en la cadena tiene ahora un objeto que valora más que el que tenía antes de hacer el intercambio. Por tanto, todos ellos son ahora más ricos. Al principio del proceso, existen el clip rojo y la casa, pero no los tienen los individuos que más los valoran.

De hecho, la única duda que puede surgir sobre este proceso de creación de riqueza tiene relación con la presencia de entidades públicas en el intercambio. En efecto, la última transacción se produce entre Kyle y el ayuntamiento de la ciudad canadiense Kipling Saskatchewan.

Aquí no hay, pues, una transacción libre. Cabe pensar que el citado ayuntamiento se habrá hecho con la casa que cede a Kyle a partir de algún tipo de intercambio involuntario con sus administrados (típicamente, impuestos). Este intercambio supuso posiblemente destrucción de riqueza, ya que la casa era menos valorada por los ciudadanos de dicho ayuntamiento que el dinero que se vieron obligados a aportar para su construcción.

En definitiva, no se puede determinar si en el último intercambio hubo creación de riqueza para las dos partes. Sí la hubo para Kyle, que hizo el intercambio voluntariamente, pero no sabemos si la hubo para los ciudadanos de Kipling Saskatchewan.

La cruda realidad

En Estados Unidos, conocidos analistas como Nouriel Roubini, Felix Salmon o Paul Krugman defienden abiertamente que el Gobierno no debe adquirir los activos de mala calidad, sino quedarse con todo el banco. En España, la posibilidad no se plantea abiertamente (por algo tenemos el sistema financiero más sólido del mundo), pero nuestro Ejecutivo sí que ha lanzado algo más que veladas amenazas a los bancos en caso de que no concedan nuevos créditos. El último fue el vicepresidente económico el pasado domingo desde las páginas de El País: "Los bancos viven de prestar dinero. Si no venden dinero a sus clientes, que es al final la concesión de crédito, mal negocio están haciendo. Por tanto, yo creo que el interés de las instituciones financieras es vender dinero y, por tanto, dar crédito".

La propuesta de nacionalizar la banca (un temor que algunos ya teníamos en abril) surge en última instancia por un error de fondo en la concepción de los planes de rescate. Al margen de la propaganda destinada a justificar lo injustificable (que el Gobierno atracara a los contribuyentes para salvar a los propietarios de unas instituciones quebradas), cuando Solbes y Bush afirmaban que los planes de rescate no iban a costar nada, lo hacían partiendo de una perversa lógica: los bancos están quebrados porque sus activos han caído de precio, si les entregamos carretillas de dinero podrán volver a expandir el crédito y gracias a esta nueva expansión del crédito, los activos volverán a subir de precio, con lo que los bancos dejarán de estar quebrados. Mutandis mutantis era lo mismo que propuso Greenspan en The Economist hace apenas unas semanas.

El problema de esta teoría es doble. Primero, resulta marciano creer que los bancos iban a volver a prestar el dinero que les estaba entrando. Si una institución está quebrada, lo último que hará será prestar el dinero que necesita para sobrevivir. Por el contrario, los bancos están tratando desesperadamente de reestructurar su situación financiera, esto es, incrementar su liquidez y sus fondos propios. En ningún momento, por tanto, podía pasar por sus planes desprenderse del dinero que acababan de adquirir del Gobierno para inmovilizarlo en forma de préstamos que, para más inri, consumen recursos propios.

Y, el segundo es que tampoco convenía que lo hicieran. Uno de los elementos que ha provocado la crisis actual ha sido las burbujas de precios en determinados activos, como la vivienda. A los precios de 2006, a los promotores les resultaba rentable producir 800.000 viviendas anuales. España no necesita 800.000 viviendas nuevas cada año, la actividad productiva tiene que reajustarse y, para ello, los precios tienen que caer (de modo que deje de ser rentable producir nueva vivienda hasta que los stocks invendidos se liquiden). Si los bancos volviesen a conceder masivamente nuevas hipotecas para tratar de reinflar la burbuja, nuestra crisis sólo se prolongaría y agravaría.

En definitiva, no tenía ningún sentido que los ahorros que movilizó el Gobierno mediante las milmillonarias emisiones de deuda pública se destinaran a la adquisición de activos cuyo precio seguía inflado; y todavía tenía menos sentido pensar que ese proceso lo iban a capitanear entidades técnicamente quebradas como los bancos.

Ante el fiasco de la intervención pública, los distintos Gobiernos se están planteando dar un paso más adelante. Al fin y al cabo, los bancos no están reinflando la burbuja, con lo cual siguen perdiendo dinero y vuelven a hacerse necesarias nuevas inyecciones de dinero público sufragadas, en última instancia, por los contribuyentes. Así, la alternativa que se les abre a nuestros burócratas es: si los bancos no se atreven a prestar dinero obliguémoslos a ello, ya que sin saberlo se están suicidando. ¿Cómo? Lo más fácil es quedarse con el banco y dirigirlo como una empresa pública.

El problema es que esta intervención estatal iría en contra de toda lógica de mercado. Consistiría en evitar los imprescindibles ajustes que necesitan nuestras economías (masivas reconversiones industriales y masivas redistribuciones de títulos de propiedad) y en tratar de volver a inflar, como sea, la burbuja. El Gobierno, una vez nacionalizados los bancos, prestaría dinero con pérdidas a los ciudadanos para adquirir activos a unos precios artificialmente altos que, una vez se desinflaran, acarrearían pérdidas aun mayores al erario. La capacidad del Estado para prolongar indefinidamente una situación así (cubriendo las pérdidas con nuevas emisiones de deuda) es limitada y tiene un final conocido: la quiebra del Estado y la hiperinflación.

La solución no pasa, por tanto, por nacionalizar los bancos, o al menos no por nacionalizarlos para obligarlos a prestar. Es cierto que lo que hace trimestres habría sido una transición más suave hacia la recuperación, cada vez se complica más por las cada vez mayores intervenciones estatales. Hace meses, por ejemplo, podríamos haber reducido muy significativamente el gasto público y, gracias a ello, los impuestos. Esto habría generado un volumen de ahorro significativo para financiar la recuperación. Hoy, sin embargo, buena parte de la reducción del gasto público no iría destinada a bajar impuestos, sino a amortizar toda la nueva deuda pública que se ha emitido.

Aun así, la solución a la crisis sólo puede ser una: permitir que los ajustes necesarios se produzcan con la mayor rapidez y flexibilidad posible. El Estado no puede volver prescindible este proceso, sólo puede impedirlo o facilitarlo. Y, de momento, parece que todos los Gobiernos del mundo han abogado por ponerle trabas, con planes de rescate y de estímulo y con regulaciones laborales más restrictivas. Nacionalizar la banca y obligarla a que queme todo el dinero que injustamente se le entregó en su día sería una de las peores decisiones que se podrían adoptar.

¿Hay que nacionalizar la banca?

El caso es que Microsoft vive su particular día de la marmota con las autoridades antimonopolio, que le acusan una y otra vez de hacer lo mismo que sus competidores y le obligan a tomar decisiones absurdas que no benefician en nada a los consumidores.

La última hazaña de los euroburrócratas, la más grande que vieron los siglos, o casi, fue condenar a Microsoft por "abuso de cuasimonopolio", que debe ser algo así como quedarse casi embarazado, y obligarle a distribuir en la Unión Europea una versión de Windows que no incluyera su reproductor multimedia Windows Media Player. Fue el celebérrimo Windows XP N, que sin duda todos ustedes tienen instalado en sus ordenadores. Ah, que no lo tienen. Ah, que nunca oyeron hablar de él. Bueno, no se preocupen: los euroburrócratas lo hicieron por su bien de todos modos. Y ni se les ocurra pensar lo contrario, que se convertirán en peligrosos anarquistas como esos que ponían bombas a comienzos del siglo XX.

Esta semana, y con unos diez años de retraso, los euroburrócratas han decidido perseguir a Microsoft por lo mismo por lo que fue investigada en Estados Unidos en 1998: incluir el navegador Internet Explorer. El problema es que ahora tiene aún mucho menos sentido que entonces. La decisión de incluir Internet Explorer 4 en Windows 98 fue muy controvertida porque muchos pensaron, con buenos argumentos, que no existían razones técnicas para ello sino comerciales: lograr arrebatarle a Netscape su por entonces mayoritaria cuota de mercado. A estas alturas, en cambio, vender un sistema operativo sin navegador (o, ya que nos ponemos, sin reproductor multimedia) es como vender un coche sin ruedas, porque junto al explorador de archivos es posiblemente la aplicación más necesaria y la que más utilizaremos en el día a día.

Ni siquiera hay que acudir a Microsoft para estar seguros de esto: basta con examinar a sus competidores. Tanto las múltiples distribuciones de Linux como Mac OS X vienen de serie con su navegador preinstalado. Como debe ser, por otro lado, porque los usuarios lo echarían en falta si no fuera así. Y es que no son éstos quienes han protestado, sino la empresa Opera. Es el cuento de siempre: se supone que los monopolios son malos para los consumidores y por eso se regulan y se coloca todo el orondo peso de la ley europea sobre ellos, pero quienes ponen el grito en el cielo son siempre aquellos competidores a los que el pueblo llano no ha otorgado su favor. Se ve que son ellos, y los euroburrócratas, los que realmente saben qué es bueno para nosotros.

No es nada nuevo, en cualquier caso. Una nota del Instituto Molinari pone de relieve que la primera gran ley antimonopolio, la Sherman Act estadounidense, promulgada a finales del siglo XIX, empleó durante los debates que precedieron su aprobación la demagogia de la defensa del consumidor, pero se creó con el objetivo de defender a competidores ineficientes frente a las empresas que mejor y más barato servían a los consumidores. Seguramente esto termine con unos cuantos millones de euros más en las arcas europeas con los que pagar a los agricultores franceses y unas cuantas cajas de Windows 7 N cogiendo polvo en las estanterías del Media Markt. ¡Qué sería de nosotros sin los euroburrócratas!

Microsoft y el día de la marmota

La revisión del cuadro macroeconómico que presentó Solbes el pasado viernes admite, al fin, que España se enfrenta a una grave, intensa y larga crisis económica. Sin embargo, se queda corto. Por desgracia, ni el Producto Interior Bruto (PIB) caerá un 1,6% en 2009 ni el aumento del paro se frenará en el 16%.

En este sentido, resulta mucho más certero el diagnóstico que acaba de emitir la prestigiosa escuela de negocios ESADE, al vaticinar una contracción mínima del 3%, una tasa de desempleo próxima al 20%, una morosidad del 9% y un déficit público superior al 7%. Cifras todas ellas cercanas a las que ya adelantamos en su día. Así pues, la claudicación de Solbes ante la evidencia, pese a resultar optimista y muy tardía, constituye un primer paso positivo y, sobre todo, ineludible para tratar de afrontar con un mínimo de garantías la cruda realidad que sufre y sufrirá este país.

El problema ahora es que el Gobierno se resiste todavía a aceptar el negro panorama que se cierne sobre la economía nacional. Y es que si el paro se dispara hasta el 20%, el drama no sólo será económico sino también social. Llegado el caso, el término crisis deberá ser sustituido por el de depresión: la tasa de desempleo en Estados Unidos se situó entre el 20% y el 25% de la población activa durante los difíciles años 30. Además, cabe recordar que la economía española es incapaz de generar empleo con un crecimiento anual inferior al 2,5% del PIB y, de momento, ningún valiente se ha atrevido a poner fecha a una recuperación de tales características. Ni siquiera para 2011.

Sin duda, el Ejecutivo acabará por asumir el diagnóstico de la economía española, según la enfermedad se vaya agudizando durante los próximos meses, entrando así en la segunda fase del proceso de resolución (aceptación). Cosa bien distinta será la tercera y definitiva etapa, en la que el Gobierno deberá poner en marcha la terapia de choque correcta para superar la crisis.

Es precisamente aquí donde se desvanece toda esperanza. La política económica desarrollada hasta el momento en nada ha servido para paliar la situación. El despilfarro de recursos se ha cobrado ya una monumental factura próxima a los 50.000 millones de euros (el 5% del PIB del país), y nada hace pensar que Zapatero y su séquito de burócratas estén dispuestos a corregir la nefasta senda emprendida a base de gasto público y endeudamiento masivo, con el fin de "estimular" la economía.

De seguir por este camino, la única solución posible pasaría entonces por un cambio de Gobierno. Sin embargo, la actual cúpula del PP es incapaz de afrontar tal desafío y no lo será por un mero cambio de siglas sino por una profunda reconversión ideológica en materia económica de la que, hoy por hoy, carecen los populares que dirigen Génova.

El PP se define como un partido socialdemócrata y, como tal, abraza sin complejos la intervención pública y la política de subvenciones y prebendas. Así pues, otros serán los llamados a liderar el cambio de mentalidad que precisa esta u otra formación, como en su día aconteció en Gran Bretaña de la mano de Margaret Thatcher o en los EEUU de Ronald Reagan. Es decir, un cambio de Gobierno capaz de llevar a cabo sin dilaciones ni complejos las profundas reformas estructurales que precisa el país. Un nuevo presidente, da igual bajo qué siglas, al que no le tiemble el pulso a la hora de adoptar medidas antipopulares, pese a las amenazas de huelga general.

Un drástico cambio de timón que dirija la política presupuestaria hacia un recorte sustancial del gasto público y una rebaja histórica de la presión fiscal, con el objetivo de liberar los recursos necesarios para impulsar la inversión y el ahorro privados. Un Gobierno que abogue por la liberalización plena de un obsoleto mercado laboral, heredado del franquismo, y por la privatización de los servicios públicos. Un Consejo de Ministros que no acuda al auxilio de sectores en quiebra, como la automoción o la vivienda, y que elimine sin demora las ayudas públicas que nutren a todos aquellos que se escudan en el "interés general" para evitar la temida competencia del mercado.

Un nuevo liderazgo que no obstaculice la ineludible reforma energética y que pueda afrontar con un mínimo de solvencia los grandes desafíos bancarios y financieros en ciernes. Hoy por hoy, un cambio de siglas en Moncloa no garantiza absolutamente nada. George W. Bush, por muy republicano que sea, pasará a la historia como uno de los peores presidentes de Estados Unidos en materia económica gracias, por supuesto, a la inestimable ayuda de su antecesor en el cargo, Bill Clinton, y los generales monetarios Alan Greenspan, Ben Bernanke y Henry Paulson. Lo que realmente necesita la clase política española es un cambio de mentalidad para no caer en los mismos errores que, hace décadas, cometió Argentina, más recientemente Japón (años 90), y a partir de ahora, muy posiblemente, también Estados Unidos. ¡Despierten!