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Lotería, arena entre los dedos

Es claro que si la razón guiara nuestro comportamiento habría cosas que no llegaríamos ni a conocer, como la lotería. Y, sin embargo, jugamos todos, año tras año, y participamos en una fiesta que, en realidad, sólo tienen razones para celebrar unos pocos centenares de personas. Y el Estado, claro, que gana siempre.

No es fácil que un premio cambie una vida. 300.000 euros, ¿le retirarían a usted de trabajar? En absoluto. ¿Acaso el doble? No es fácil que así sea. Además, el dinero no le hace a uno inmediatamente rico, pues a ese dinero hay que ponerle a trabajar. De otro modo, puede evaporarse a velocidades vertiginosas. No hay aficionado al “puenting” que haya sentido el vértigo de un tonto adinerado.

Esto es lo que explica que la lotería haya arruinado la vida de muchas personas. Estoy totalmente seguro de que más de uno de los que estos días creen que todos sus problemas (o al menos los económicos) se han solucionado, maldecirán el día en que compraron el décimo premiado, porque entonces su vida se truncó y cayó por un desfiladero que, ahora, se ve incapaz de remontar.

Y es lógico. Porque muy pocos de los premiados están habituados a escalar. Los socialistas, que no tienen la más remota idea, se han creído que la riqueza es el dinero. Confunden causa y efecto. Hasta el punto, fíjense, de que la solución que proponen a la pobreza, y a lo que llaman “justicia” es el dinero. Y luego son ellos, los socialistas, los que llaman a los demás economicistas. Ese error es crucial, porque la riqueza se crea y se destruye. Y si no se entiende esto, no se entenderá absolutamente nada.

En la lotería esa riqueza se concentra y se sortea. Pero el premiado no ha pasado por el proceso de crearla, de modo que le viene encima, como una avalancha, sin haber adquirido el know how, el saber hacer propio de la creación de riqueza. Para crear riqueza hay que producir, y para producir hay que seguir determinado comportamiento. Es la acción, el comportamiento, el hacer, el elegir y actuar lo que crea o destruye la riqueza. Y por tanto, sea cual sea la clave de la riqueza, está en nuestra forma de actuar, no en una forma que puede tomar la riqueza, como es el dinero. Si éste acude en masa, de forma inesperada y sin haber adquirido el saber hacer que lleva a la creación y acumulación de riqueza, puede durar lo que un puñado de fina arena entre los dedos.

Doy mi enhorabuena a algunos premiados, y mi pésame a otros.

España no tocará fondo en 2009

El problema es que, tal y como avanzamos en estas mismas páginas, apenas estamos padeciendo los primeros síntomas de la gran resaca. De hecho, todo apunta a que la economía nacional se enfrenta a un largo período de estancamiento económico, que podría tildarse perfectamente con el calificativo de depresión. Una posibilidad que ya baraja acertadamente el propio Banco de España.

¿Qué cabe esperar, pues, de 2009? Pese a que no soy muy partidario de lanzar previsiones a medio plazo, sí me arriesgo a afirmar que los cálculos de los supuestos expertos se quedarán nuevamente obsoletos ante la cruda realidad que se avecina en materia económica y social. Y ello, por la simple razón de que carecen de la teoría adecuada para analizar la situación (la de la Escuela Austríaca de Economía) y, como consecuencia, fallarán tanto en el diagnóstico como en las posibles soluciones a aplicar.

Puesto que, de momento, no cabe esperar ninguna reforma de calado por parte del Gobierno, España sufrirá durante el próximo año los primeros efectos plausibles y verdaderamente graves de la crisis. Olvídense de 2007 y 2008, puesto que tan sólo han sido un anticipo. Un mero aperitivo en comparación con lo que observaremos a partir de ahora.

La contracción del PIB nacional será mayúscula en 2009 y, de hecho, carecerá de precedentes. La economía registrará un decrecimiento mínimo del 3% interanual. De hecho, se trata de un cálculo muy moderado. En realidad, la falta de liberalización económica y laboral, la ausencia de rebajas impositivas y el crecimiento exponencial del gasto público amenazan con restar a la riqueza del país entre un 5% y un 7% de su producto interior bruto. Y esto, insisto, en los próximos 12 meses.

Para ello, tan sólo hay que observar el intenso deterioro que está registrando la afiliación a la Seguridad Social. En estos momentos, la destrucción de empleo neta avanza a un ritmo superior al 3% interanual, y no tiene visos de mejora. Algunos analistas sitúan dicha destrucción laboral por encima del 4,5% en el primer trimestre del año. Este indicador resulta clave a la hora de pronosticar la reducción del PIB. Además, hay que tener en cuenta que el Gobierno alemán ya reconoce que su economía caerá, como mínimo, un 4% el próximo año, y España está sin duda mucho peor que la primera potencia europea.

Así pues, quédense con este dato. La recesión se llevará por delante entre un 5% y un 7% del PIB nacional en 2009, según un escenario más o menos moderado. Tal contracción se traducirá de una forma dramática en las cifras del paro. La tasa de desempleo podría ascender fácilmente al 20% a finales de año. Es decir, 1,5 millones más de parados o, lo que es lo mismo, 4,5 millones en total. Llegados a este punto, España entrará en 2010 padeciendo ya la peor crisis de su historia reciente, muy superior a la de los años 90 y 80.

Pero avancemos un poco más. La estrategia suicida de gasto público que viene siguiendo el Gobierno, bajo el vergonzoso consentimiento de la oposición (PP), provocará un desequilibrio mayúsculo de las cuentas públicas. El déficit presupuestario superará con creces el 7%, elevando la deuda pública hasta el 60% del PIB. En un escenario de estas características, el mercado de deuda español sufrirá un estrés de consecuencias dramáticas.

El Ejecutivo tendrá muy difícil colocar el volumen de papel que tiene proyectado emitir con el fin de rescatar a la banca y mantener el nivel de gasto público. La máxima calificación de la que hoy goza la deuda española (triple A) corre el riesgo real de ser degradada por las agencias de rating. Una rebaja de este tipo aumentará de forma significativa el coste de la financiación gubernamental y acrecentará las dificultades para colocar entre los inversores la nueva deuda nacional.

Es decir, las cuentas públicas avanzarán hacia el colapso. Así, de seguir por esta senda de irresponsabilidad política y económica, en ningún caso deberíamos descartar la posibilidad de que España se enfrente a una suspensión de pagos en los años venideros (2011 en adelante). Será entonces cuando, en caso de no modificar radicalmente el actual plan anticrisis, el Gobierno se verá obligado a aprobar un sustancial incremento de impuestos para amortizar deuda.

Tal decisión, lejos de ofrecer alguna solución, agravará aún más los problemas de las empresas y ciudadanos españoles. La deslocalización será el pan de cada día, al tiempo que el Ejecutivo ahuyentará con elevados tributos a los escasos inversores dispuestos a emprender alguna actividad en España. De este modo, y siempre y cuando no cambien mucho las cosas, 2009 no será, en ningún caso, el peor año de la crisis. Ni mucho menos. Tan sólo será el primero y, posiblemente, uno de los más suaves, de los ejercicios venideros que traerá consigo la depresión a la japonesa que empieza a experimentar nuestro país.

Es el momento de apostar sin complejos por la liberalización absoluta de la economía nacional; por aplicar sin miedo una reducción de los tributos y del gasto público sin precedentes, al más puro estilo de los paraísos fiscales que tanto se empeñan en atacar últimamente los ideólogos socialistas (tanto del PSOE como del PP) que, por desgracia, ocupan la mayoría parlamentaria; por flexibilizar al máximo el mercado laboral; y por incentivar el ahorro en sustitución del consumo, entre otras medidas. Sólo así España tendrá alguna posibilidad de abordar con éxito la profunda crisis monetaria y financiera internacional que tendrá lugar en los próximos meses.

Si aún piensan que soy demasiado pesimista, sigan agarrándose a los pronósticos del Gobierno y de los organismos internacionales. Depositen su confianza, si así lo desean, en aquellos que, tras el estallido de la crisis subprime en el verano de 2007, aseguraban que la hoy denominada tormenta perfecta terminaría en la primera mitad de 2008. Ninguno de sus cálculos se hará realidad pero, al menos, quizá eviten que se les atragante el polvorón durante estas navidades. Por cierto, ¡feliz 2009!

El País, La Coalición y el P2P

De nuevo, en asuntos de control de los ciudadanos hemos sido los europeos los que les hemos dado la idea: el sistema de avisos de Sarkozy. De este modo, quienes compartan en la red material protegido serán advertidos por sus proveedores de internet para finalmente ser desconectados de la red si reinciden.

Los proveedores parecen dispuestos a colaborar porque de este modo se libran de las demandas por parte de la RIAA en las que se le exige dar a conocer la identidad de sus clientes más pillines, así como de éstos por dar sus nombres sin su consentimiento. Además, reducirían el tráfico en sus redes, aunque el P2P les suponga cada vez un problema menor; ahora es el vídeo perfectamente legítimo de Youtube y similares lo que más hace crecer las necesidades de ancho de banda. Por otra parte, está por ver si este acuerdo lo firman todas las operadoras o sólo algunas, dando a los internautas la opción de elegir la que mejor les trate.

En España, La Coalición se ha saltado casi por completo el paso de demandar a los internautas, dado que la ley aquí no les permite tantas facilidades, y han pasado directamente a negociar con las operadoras. Según cuenta El País, que de estos asuntos liberticidas cabe considerarle bien informado, las entidades de gestión de derechos de autor están cerca de cerrar un acuerdo con Redtel, la asociación que engloba a los proveedores de internet que cuentan con red propia (Telefónica, Vodafone, Ono y Orange), para implementar el sistema de avisos en España. Las operadoras lo desmienten, aunque admiten que han tenido "contactos" con todas las partes implicadas, incluyendo también al Gobierno y las asociaciones de usuarios, porque lo consideran "un problema" que debe "solucionarse entre todos".

Sería un acuerdo privado, que luego el Parlamento sancionaría legalmente, según el cual los proveedores emplearían la capacidad que le otorgan nuestros contratos con ellos para monitorizar el uso que hagamos del servicio que nos ofrecen y cancelarlo si lo estamos empleando para "usos contrarios a la ley", según aseguraba Javier Ribas en elpais.com hace pocos días. Ya en una mesa redonda en la feria FICOD 2008, en noviembre, La Coalición daba por hecho el acuerdo, aunque la directora general de Redtel, Maite Arcos, lo negaba.

De seguirse esta solución, todos excepto los internautas ganarían algo, al menos al principio. Se reduciría el tráfico P2P, que quedaría posiblemente limitado a quienes no descarguen todo el día y tengan la capacidad suficiente como para configurar los programas que usan para disfrazarlos y que parezcan otro tipo de tráfico. Las entidades de gestión quedarían satisfechas por la reducción de la piratería, pensando que así se venderá más (pobres ilusos), el Gobierno le habría hecho un nuevo favor a los zejateros y las operadoras verán reducidos sus costes. Además, al estar sancionado por ley, los proveedores de acceso a internet se evitan el riesgo de que alguien se salte el acuerdo y se lleve a los usuarios descontentos, que es lo que terminaría ocurriendo.

Pero mal que les pese, será una solución parcial y temporal. En cuanto los programadores averigüen qué comportamiento es el que detectan los proveedores de acceso para enviar los avisos, modificarán las aplicaciones con que accedemos a las redes P2P para que adopten otro. Comenzará un juego del gato y el ratón que entorpecerá, pero no impedirá, que se compartan ficheros en internet. Pero en el camino se habrá comenzado a regular internet. Y todo camino de servidumbre se sabe cuándo empieza, pero no dónde acaba.

En defensa de la titulización

Titulizar un activo consiste simplemente en realizar una emisión de deuda garantizada por los flujos de caja de ese activo con el objetivo de darlo de baja del balance (en realidad, una titulización suele serlo de varios activos a la vez). Por ejemplo, si un banco ha concedido una hipoteca de 500.000 euros, la tituliza si la "vende" en el mercado en pequeñas porciones, como cinco bonos de 100.000 euros, de modo que el comprador de cada bono adquiera parecidos derechos y riesgos a los que tenía el banco frente al hipotecado. Básicamente, equivale a empaquetar un activo (hipotecas, deuda de tarjetas de crédito, préstamos empresariales, préstamos para financiar la adquisición de automóviles…) y venderlo por trozos a distintos inversores (de una forma similar a como el capital de una empresa se divide en porciones y se vende a los accionistas).

El banco se beneficia de que normalmente paga por esos bonos un tipo de interés menor al que recibe por el activo titulizado y ello sin asumir riesgos, ya que los ha traspasado enteramente a los obligacionistas (por lo general el banco suele quedarse con una porción de la hipoteca, así que no elimina del todo el riesgo). Pero además, desde un punto de vista financiero, obtiene otra ventaja y es que puede reestructurar su balance. Al titulizar un activo, el banco percibe, de repente, todo el valor nominal de ese activo. Es decir, intercambia un activo inmovilizado (como las hipotecas) por un activo líquido, como es el efectivo.

Para los inversores, las titulizaciones son atractivas, ya que generalmente se estructuran por riesgos. Es decir, hay "porciones" del activo que son más seguras que otras (lo que significa que las más arriesgadas pagarán un tipo de interés mayor); en caso de que el hipotecado deje de pagar, las menos arriesgadas son las que primero cobran. Así, la titulización permite captar cuantías de ahorro dispersas con muy distintos perfiles de riesgo, incrementando el volumen de fondos para invertir.

Pero, sobre todo, el proceso de titulización que ha explotado en la última década supuso una oportunidad de oro para asentar el sistema bancario internacional sobre fundamentos más sólidos. Recordemos que la práctica bancaria tradicional consiste en transformar o gestionar los plazos de su activo para dar salida a su exigible a corto plazo; dicho de otra manera, endeudarse a corto e invertir a largo.

Los bancos acumulan, de este modo, un fondo de maniobra estructuralmente negativo (sus pasivos a largo plazo deberían financiar una porción de su activo circulante, cuando lo que sucede es que sus pasivos a corto financian casi todo su activo inmovilizado) que los aboca a la suspensión de pagos y, por la vía de la liquidación de su patrimonio, a la quiebra. Si el concurso de acreedores puede retrasarse de manera prolongada es simplemente por la existencia de bancos centrales que descuentan buena parte de los activos bancarios y favorecen una expansión crediticia que distorsiona la estructura productiva (ciclo económico) y el valor de la moneda (inflacionismo).

La titulización, como digo, supuso una oportunidad de oro porque habría permitido reestructurar el balance de los bancos y financiar todas o buena parte de sus inversiones con ahorro real (es decir, el que supone una renuncia a reutilizarse dentro del período de tiempo en que está invertido). En efecto, los bancos podrían haber titulizado sus activos a largo plazo emitiendo deuda con un vencimiento igual al del activo; de hecho, la titulización clásica consiste en encajar el plazo de ambos flujos de caja. De esta manera, los bancos habrían obtenido un activo circulante (efectivo) cuyo vencimiento pasaría a estar encajado con el de sus pasivos a corto (depósitos a la vista y otra deuda a corto) y los activos a largo plazo pasarían a estar financiados con el ahorro real que afluyera hacia las emisiones de deuda.

Es difícil que todos los procesos de titulización hubiesen concluido con éxito. Al fin y al cabo, la explosión que se ha producido en los últimos años ha estado en buena medida financiada con la expansión crediticia que llevó a cabo la banca de inversión (endeudándose a corto plazo en los mercados financieros y adquiriendo estas titulizaciones que no son más que activos a largo plazo). Sin embargo, sí habría permitido que grandes sumas de ahorro disperso afloraran en busca de las atractivas oportunidades que ofrecían estos activos, suavizando en mucho el necesario proceso de catarsis de la economía.

Ahora que la titulización está sometida a tantos ataques desde tan distintos frentes, conviene dejar claro la gran importancia que, correctamente implementada, tiene y sigue teniendo para el progreso económico (reunificación desintermediada de ahorro) y para la transición hacia un sistema financiero más estable.

Claro que este sensato propósito tuvo dos obstáculos prácticamente insalvables. El primero es que, de haberse llevado a cabo, los bancos deberían haber mantenido el circulante en caja (o en efectos comerciales a corto plazo) o bien devolverlo a sus depositantes, lo que en la práctica habría significado la disolución voluntaria del banco. Y el segundo, estrechamente relacionado con lo anterior, es que el mal uso de la titulización ofrecía oportunidades de ganancia mucho más importantes que el arbitraje de plazos tradicional. Pero de esto último nos ocuparemos en un próximo artículo.

Las recetas de Greenspan

El Maestro, como se le llamaba en los ámbitos académicos y periodísticos, fue el presidente de la Reserva Federal entre 1987 y 2006. Su mandato estuvo marcado por utilizar la política monetaria para calentar y enfriar la economía, dependiendo de las circunstancias. Así, por ejemplo, cuando la actividad se estancaba, Greenspan bajaba los tipos de interés y cuando la inflación repuntaba en exceso, los incrementaba.

En cierta medida, sus decisiones se consideraban un ejemplo de gestión científica de la moneda y el crédito. Gracias a él, las palabras inflación y depresión parecían haberse convertido en estigmas de una economía primitiva y arcaica.

Greenspan, sin embargo, no parecía entender que mediante manipulaciones monetarias no puede crearse riqueza, como mucho puede evitarse que se destruya. Cuando la Fed bajaba los tipos de interés, estaba promoviendo una expansión artificial del crédito hacia proyectos de inversión que no eran rentables. Simplemente no podemos invertir sin haber ahorrado con anterioridad, por mucho que el banco central de turno manipule temporalmente los tipos de interés para hacernos creer que el ahorro disponible ha aumentado.

Así, después de que Greenspan provocara y pinchara la burbuja de las puntocom, Estados Unidos se vio abocado a una recesión, que no es más (como todas las recesiones) que un proceso para limpiar la economía de las malas inversiones. Algo así, salvando las distancias, como la resaca, que no es más que la exteriorización del proceso de eliminación de toxinas después de una borrachera.

El Maestro, sin embargo, no quiso afrontar este necesario proceso de ajuste (que se vio repentinamente agravado por el shock que supuso el 11 de septiembre), e inició la rebaja de tipos de interés más drástica (hasta entonces) de la historia de Estados Unidos. Así, por ejemplo, entre 2003 y 2004 mantuvo los tipos al 1%, una cifra poco más que testimonial para permitir que la pirámide de deuda sobre la que reposaba buena parte de la economía estadounidense (las familias, el Gobierno y muchas empresas) se disparara sin control. Durante años, el crédito fácil propiciado por Greenspan afluyó a todas partes: al déficit público, a los automóviles, a las adquisiciones de empresas y, sobre todo, a las viviendas.

Como en España, los bajos tipos de interés dispararon la demanda de inmuebles y, con ella, sus precios. Se genero así una burbuja que facilitó que los bancos ya no tuvieran que preocuparse por la solvencia de sus deudores, ya que si el hipotecado dejaba de pagar, siempre podían vender su vivienda a unos precios que no dejaban de aumentar. El propio Bernanke, actual presidente de la Fed, en uno de los ejercicios de miopía más notorios de la reciente historia de Estados Unidos, tranquilizó a los más suspicaces jurando en 2005 que no existía ninguna burbuja en el mercado inmobiliario. Sólo el infinito era el límite del precio de las viviendas.

Obviamente, cuando todos estos pronósticos se revelaron fallidos, los bancos, que habían prestado fondos por un importe de unas 25 veces su capital, se toparon con que estaban quebrados. Bastaba con que sus deudores no les devolvieran alrededor de un 5% de sus créditos para que tuvieran que echar el cierre a lo Lehman Brothers.

Ahora, Greenspan, que algo sabe de la génesis y el desarrollo de este desastre, aparece en The Economist advirtiendo de que los bancos tienen que recapitalizarse. Y tanto, porque si las leyes tradicionales del mercado (ese que supuestamente se ha llevado hasta sus últimas consecuencias) se hubiesen aplicado con el más mínimo rigor –por ejemplo, en materia concursal– pocas entidades de crédito quedarían actualmente en pie.

El problema de esta perogrullada es que no queda muy claro cómo va a lograrse. Los bancos son los primeros que, desde hace tiempo, saben que necesitan recapitalizarse a toda costa. Por eso han estado negociando fusiones, emitiendo acciones, vendiendo activos y restringiendo el crédito. Pero el resultado ha sido insuficiente para compensar las pérdidas derivadas de los impagos y de la depreciación de sus activos.

¿Cómo lograr, por tanto, la recapitalización? Greenspan reconoce que los planes de rescate públicos no son soluciones definitivas (probablemente porque tema la quiebra el Estado), así que aboga por que los precios de la vivienda y de las cotizaciones bursátiles vuelvan a aumentar (con lo que las emisiones de acciones y de deuda serían mucho más efectivas).

Pero esto no es más que una petición de principios. ¿Cómo lograr que la vivienda y las acciones vuelvan a encarecerse? Aunque no lo especifique en su artículo, supongo que Greenspan abogará, como ha hecho su sucesor Bernanke, por bajar los tipos de interés para que el crédito vuelva a dirigirse hacia la vivienda y hacia la bolsa. Pero mucho me temo que esto sólo equivale a echar dinero bueno sobre dinero malo. Si los precios de todos los activos están cayendo, es porque todo el mundo (incluidos los bancos) están tratando de reducir su excesivo endeudamiento mediante la liquidación de sus activos. ¿Cómo podemos esperar que unos bancos sin capital y que pretenden disminuir su endeudamiento sean los impulsores de una nueva expansión del crédito, por mucho que lo abarate la Fed? De ninguna manera, y Greenspan lo sabe (o debería saberlo).

La crisis sólo terminará cuando el ahorro aumente y se dirija, en forma de inversiones, hacia la adquisición de unos activos cuyos precios se hayan abaratado lo suficiente como para volverlos atractivos y rentables (es decir, que al contrario de lo que receta Greenspan, no conviene frenar como sea todo ajuste de precios de los activos). Se trata de un proceso largo que ya lleva meses en marcha, pese al desmesurado alarmismo político sobre la parálisis e inoperancia del mercado. Sólo cabe esperar que ni que el gasto público de los Paulsons y Obamas ni las políticas monetarias suicidas de los Greenspans y Bernankes lo entorpezcan tanto como para aplazarlo sine die.

Hay que separar el trigo de la paja

No desconfío de mi banquero. Entiendo que los últimos escándalos financieros de Madoff, Lehman o Bear Stearns susciten desconfianza generalizada en los bancos y sus gestores. Sin embargo, los banqueros son como los zapateros, los vendemantas o cualquier otro profesional. Los hay buenos y malos; listos y tontos; honestos y deshonestos. Quien tenga su dinero en un banco cantonal suizo puede estar mucho más tranquilo que quien lo tenga en un banco español y quien tenga sus ahorros en ciertos bancos españoles con gestores profesionales y prudentes puede estar bastante más relajado que quien lo tenga en la mayoría de las cajas de ahorro manejadas por imprudentes e incompetentes comisarios políticos. De hecho, uno de los aspectos positivos de esta crisis es que los clientes del sector bancario podrían dejar de meter, como han hecho de unos años a esta parte, a todos los bancos en el mismo saco y empiecen a separar el trigo de la abundante paja.

En la medida que su banquero tenga bastantes fondos propios que le permitan atender a caídas en el valor de su activo, se haya dedicado a otorgar crédito a quien demostraba tenerlo, y no al primero que pasara por delante o a los designados políticamente, y haya calzado los plazos de los pagos comprometidos y los cobros esperados en lugar de coger el dinero del depositante, que lo quiere tener a la vista, para prestarlo para el desarrollo de inversiones que madurarán en muchos años, el banco que gestiona no tendría por qué tener dificultades.

En general, los escándalos y batacazos del sector bancario no se deben a que sus gestores se hayan vuelto inmorales de la noche a la mañana. Los banqueros siguen siendo los mismos que cuando meses atrás eran alabados. El problema es de diseño institucional. Se le ha dado un privilegio a la banca para coger fondos a muy corto plazo (incluso a la vista) y colocarlos en inversiones a largo plazo como las inmobiliarias aprovechándose de las diferencias de tipos en el mercado a corto plazo (más bajos) y en el mercado a largo plazo (más elevados), descalzando así los plazos. Los depositantes creen –con razón– que su dinero está en el banco, cuando la realidad es que el banquero lo ha prestado, autorizado por el legislador, a largo plazo. Por otro lado, se permite al sector que tenga apenas un 9% de fondos propios sobre el pasivo total, con lo que una caída del 9% en el valor de los activos del banco le sitúan en quiebra. Para colmo, una buena parte de los créditos son concedidos sin ton ni son debido a esa idea tan típicamente socialista según la cual todo el mundo tiene derecho a acceder al crédito. Así se crearon las hipotecas subprime mediante la Ley de Reinversión Comunitaria de Jimmy Carter.

El bancario ha sido y seguirá siendo un negocio necesario para el progreso de la sociedad. La principal función del banquero es identificar quién tiene crédito para reconocérselo. El banco sólido coloca los recursos ahorrados por unos ciudadanos (que no desean disponer a la vista) en manos de otros capaces de generar flujos que permitan pagar a tiempo los intereses necesarios para sostener ese ahorro. Lo que la banca no puede hacer, por mucho que se empeñen los políticos, es dar crédito a quien no lo tiene.

Si queremos que la confianza en nuestros banqueros no dependa sólo de la observancia de las prudentes prácticas tradicionales de esta profesión, habría que cambiar el diseño institucional del sistema financiero para impedir el arbitraje ilícito de plazos, que lo que el cliente piensa que es su depósito sea invertido y que los políticos obliguen a dar crédito a quien no lo tiene. Desafortunadamente uno puede desconfiar con razonable seguridad de que los políticos hagan algo tan razonable.

Obameando

O quizá no, quizás este relojero ("experto en medir los tiempos", le llaman) esté dando el cambio definitivo, el que le asentará como líder y nos librará de la era zapateril, con toda su intolerable cursilería.

En 2004, se disfrazó de Sarkozy antes de presentarse a las elecciones, pero se le veía su piel de cordero bajo las orejas de lobo. Ahora, ante el éxito arrollador de Barack Obama, Rajoy se presentará como un nuevo Obama. Enero nos traerá la epifanía de un nuevo Rajoy a lo Baltasar. Ahora bien, si el negro llegó a la Casa Blanca al grito de "podemos", Rajoy quiere abrir las puertas de la Moncloa con un "queremos". El gallego corre el peligro de quedarse, efectivamente, en un quiero y no puedo.

Porque a Nicolas Sarkozy y Barack Obama, a las victorias ante sus electores, les une una idea, sencilla pero efectiva, que es lo que les ha llevado al poder, y es la del cambio. En Francia, el hartazgo de la vieja política que encumbró a Eduard Balladur es el mismo que ha llevado al Elíseo a Sarkozy, mientras que John McCain no espera su entrada en el Despacho Oval sólo porque fue menos convincente que Obama en la promesa de cambiar la política de su país.

Los cambios a que apunta la información se refieren todos a las formas, como el mantra ese de escuchar al pueblo para recoger sus anhelos, y aparecer aún más dialogante. Pero las formas no van a convencer a los españoles de que él es el cambio frente a Zapatero. Ha insistido en que él gestionaría las cuentas de esta España a la deriva mejor que el PSOE, pero con eso no basta. Mariano Rajoy puede obamear todo lo que quiera, pero un cambio verdadero sólo puede llegar desde principios firmes y clara y directamente opuestos a los de Zapatero. Es decir, que el verdadero Rajoy, el que declaró su "independencia" tras las elecciones, el del consenso permanente, el de la transigencia con la destransición, tendrá que reinvertarse a sí mismo, más allá de guiños a éxitos electorales foráneos, y postularse como una verdadera alternativa al proyecto político de Zapatero. Si no lo hace, Obama no le será de ninguna ayuda.

No saben luchar contra la malaria

El evento, organizado por Cruz Roja Española con la colaboración de la Comunidad de Madrid, contó con la participación de figuras como Raul, Eto’o, Alberto Contador, Carlos Moyá, Carlos Sainz o Fernando Alonso, entre otros muchos deportistas encabezados por Iker Casillas y Rafael Nadal. El público que casi llenó el Palacio de los Deportes de Madrid aportó 250.000 euros que serán destinados a distintos proyectos que tienen por objeto disminuir la incidencia de esta enfermedad.

No dudo de que tanto Casillas como Nadal, al igual que todos los deportistas que participaron en el evento, lo hayan hecho con la mejor de las intenciones. Ni siquiera pongo en duda que los responsables de Cruz Roja, una organización necesitada de los gobiernos y muy burocratizada, lo estén poniendo todo de su parte en el desarrollo de ese loable objetivo. Sin embargo, todo este esfuerzo y estos recursos económicos resultan ridículos cuando se tiene en cuenta que la malaria ya estuvo en vías de erradicación, que la solución ya la conocemos y que el problema es más político que técnico o económico.

A finales de los años 60, la desaparición de la malaria parecía estar al alcance de la mano gracias al uso del DDT. La enfermedad había desaparecido en la mayor parte de Occidente y se reducía a un acelerado ritmo en África y otras partes del tercer mundo. Sin embargo, la obra de una ecologista alarmista que atribuía al DDT una serie de efectos dañinos –de los cuales sólo la disminución del grosor de la cáscara de los huevos de algunas aves resultó ser cierto– logró crear una psicosis contra este insecticida. Como resultado del histerismo ecologista, que sólo se fijó en los exagerados efectos negativos sin tener en cuenta los grandes beneficios para la salud pública de este compuesto químico, la producción de DDT fue prohibida en 1972 en Estados Unidos. Pronto empezó a escasear y a encarecerse este producto en África y lo que parecía una enfermedad del pasado se ha convertido en una de las mayores pesadillas de nuestros días. Según Cruz Roja, un menor muere cada 30 segundos de malaria en África y cada año lo hacen más de dos millones de personas en todo el mundo, la mayoría niños.

El DDT tenía la virtud de ser el único producto realmente efectivo contra la enfermedad, al tiempo que barato. Ahora, los Estados y los particulares gastan enormes sumas de dinero en redescubrir una solución contra la malaria. Los 250.000 euros que se recaudaron en el Palacio de los Deportes forman parte de los algo más de 1.200 millones de dólares que este año se invertirán con el objetivo de evitar cientos de miles de muertes por causa de esta enfermedad. Sin embargo, la Alianza Roll Back Malaria estima que esta cantidad debe aumentarse al menos hasta 3.000 millones para poder ofrecer una protección adecuada en las regiones donde la incidencia es mayor. Quizá todos estos recursos y eventos dejarían de hacer falta si una pequeña parte de esa cantidad fuera usada en restituir la imagen del DDT y en destapar el macabro papel del movimiento ecologista en su demonización.

Los del Gordo la montan gorda

Están estos señores enfadados por el hecho de que vayan a perder el monopolio de la venta de la Lotería Nacional y otras apuestas del Estado. Seguramente tengan razón en quejarse de la opacidad con la que el Gobierno está preparando la reforma legislativa, pero nada más. El resto de sus argumentos son propios de los que quieren seguir beneficiándose de una ya antigua situación que perjudica al resto de la sociedad.

Como todo aquel que pretende mantener una situación de privilegio, estos señores quieren convencernos de que tienen la razón diciéndonos que defienden nuestros intereses. Nada mejor que tratar de aparentar generosidad con el resto de la sociedad para proteger el propio lucro. Las organizaciones del sector se muestran especialmente preocupadas e indignadas por el hecho de que se vaya a poder vender lotería por internet, cuando en realidad se están quejando de que esta transacción pueda hacerse en sitios web que no sean los suyos. Es comprensible, se han disparado las compras de décimos a través de la red y ellos quieren cerrar este canal a la competencia o, directamente, impedir que se siga desarrollando por no estar, en muchos casos, dispuestos a adaptarse.

Argumentan las organizaciones de loteros que la liberalización en general –y en internet en particular– "abre un vacío legal tremendo" debido a que los operadores on line tienen sus sedes en paraísos fiscales y no pagan impuestos, lo que daña a la Hacienda Pública. Si eso fuera cierto, no me parecería mal. Nunca me he creído eso de "Hacienda somos todos", más bien pienso que "Hacienda nos roba a todos". Pero es que, además, da igual que el vendedor tenga su sede en Malta. Cuando adquiere el décimo para después venderlo a un tercero, a quien se lo compra es al Estado.

También nos dicen que la liberalización dañará a la Lotería, tanto en su imagen como en ventas. Este argumento no se sostiene. La imagen de estos sorteos no tiene nada que ver con el lugar donde se compran los décimos. Y aunque fuera cierto, ¿acaso hay que renunciar a mayores cuotas de libertad para mantener el modo en el que los ciudadanos perciben lo que no es otra cosa que un mecanismo del Estado para sacarles todavía más dinero? Y sobre las ventas, nos dicen que la existencia de más puntos de distribución no implica que haya más personas que compren. Pero ésa es la clave: la competencia.

La lotería es algo muy jugoso para quienes gozan del privilegio, otorgado por el poder, de venderla. Son ellos los que reparten los beneficios sin, hasta ahora, tener que hacer frente a nuevos competidores que tal vez sepan promocionarse mejor y que les puedan quitar una parte del pastel. No saben en propias carnes qué es competir, y casi seguro no sabrán afrontarlo. Por eso pretenden que los compradores de lotería sólo puedan acudir a ellos, ya sea en internet o fuera de ella.

Zapatero pitoniso

Ni el lector de esa clase de subliteratura recuerda a finales del año siguiente lo que los astros pronosticaban para ese ejercicio, ni el votante de izquierdas tiene suficiente "memoria histórica" para recordar más allá de febrero lo que decían Zapatero y Solbes al término del año anterior, solos o en compañía de Gabilondo.

En la última edición de la tutoría mensual a la que Iñaki somete al presidente, Zapatero ha ejercido nuevamente de pitoniso para reconfortar el ánimo atormentado de quienes le votaron porque iba a conseguir el pleno empleo y ahora sólo disponen de una cartilla del paro. Le faltó únicamente destripar una oca sagrada en la mesa del telediario y escrutar las vísceras junto al presentador para que la estética del momento estuviera al nivel intelectual de sus profecías económicas.

En contra de los análisis unánimes de la prensa especializada y de la propia realidad, Zapatero ha anunciado que a partir del próximo mes de marzo comenzará a crearse empleo con intensidad, mientras Gabilondo secaba una lágrima furtiva producto de la emoción del momento. Por eso se le pasó preguntar al presidente si se refería a España o a otra zona del globo terráqueo, porque en los propios presupuestos generales del Estado, elaborados por el equipo de ZP, no se contempla esa situación, sino exactamente la contraria, de tal forma que si fuéramos suspicaces diríamos que Zapatero miente a sabiendas. No lo diremos para que no nos acusen de antipatriotas y de no "apoyar", pero ahí queda la sospecha.

Y eso que los presupuestos son de un optimismo antropológico que tira de espaldas. Por ejemplo, para 2009 prevén un porcentaje de paro del 12,5%, lo que resultaría creíble si no fuera porque en octubre de este año ya estábamos a dos décimas del 13% y no parece que estos dos últimos meses hayan sido un prodigio en la creación de puestos de trabajo sino todo lo contrario.

La solución de ZP es la habitual del socialismo: convertir en funcionarios al mayor número de parados posible y financiar los sueldos con déficit público. En todo caso, el desfase lo pagarán los nietos, lo que, de paso, contribuirá a fortalecer los vínculos familiares. Sin embargo también aquí la realidad se muestra obstinada, pues en el plan zapateril para realizar obras públicas (no grandes infraestructuras, claro, sino dar un repaso de yeso y pintura a los edificios públicos, poner retretes digitales y quitar alguna placa franquista de las fachadas) se estima que dará ocupación temporal a unos 200.000 trabajadores, que es, por ejemplo, la cifra de empleo que se viene destruyendo en un solo mes durante la segunda mitad de 2008.

A pesar de todo, parece que a Zapatero le está afectando seriamente la situación de crisis económica que atravesamos, de ahí que mintiera en esa entrevista algo más de lo que en él es habitual. Pero hay un dato adicional que revela que, en efecto, el presidente está pasando por una situación difícil: en ningún momento habló del cambio climático. Este hombre, definitivamente, está muy tocado. Menos mal que está Mariano p’apoyar.