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Faroles con peligro

Ni siquiera es necesario remontarse a lo que, en materia económica, parece la prehistoria de España –esas elecciones de marzo donde el PSOE hizo campaña con la absurda promesa electoral de lograr el pleno empleo durante esta legislatura–, basta con acudir a los Presupuestos Generales del Estado –que se votan hoy– donde aparece una previsión de crecimiento del 1% y de paro del 12,5% para 2009.

Del primer pronóstico poco se puede decir, salvo que su único cometido es justificar un gasto público mucho mayor del que podemos soportar. El FMI, institución que en el último año se ha caracterizado por ser demasiado optimista en sus vaticinios, avanza que el PIB decrecerá un 0,2% el próximo año. En realidad, será mucho peor. Si la economía española se portara "tan bien" como en el tercer trimestre de este año (es decir, antes de que la actividad se contrajera tanto como para que los Gobiernos salieran a toda prisa a rescatar a los bancos, a las automovilísticas, a las pymes y a casi cualquier empresa que quedara con vida), el PIB se hundiría alrededor del 1%. Pero que las cosas se mantengan como están no lo espera nadie, ni siquiera el propio Gobierno.

El segundo pronóstico –una tasa de paro del 12,5%– simplemente ya se ha incumplido antes de comenzar 2009. Según Eurostat, en octubre de este año ya alcanzábamos el 12,8%.Vamos, que para alcanzar la cifra del Gobierno necesitaríamos que, como promete Zapatero, el año próximo estemos creando masivamente empleo. ¿Verosímil? Sólo hace falta repasar tres datos.

Primero, históricamente, debido a las rigideces de nuestro mercado laboral, España necesita crecer por encima del 3% para reducir la tasa de paro. Ya hemos visto que estaremos algo lejos de esa marca.

Segundo, la actividad del sector de la construcción ha caído a niveles de 1997, momento en que ocupaba a 1,2 millones de trabajadores. Hoy sigue dando empleo –oficialmente– a 2,4 millones. A menos que en 11 años esta industria se haya vuelto tremendamente ineficiente, no parece que para realizar la misma tarea que en el 97 se necesite al doble de personal que entonces.

Tercero, ¿será que los planes de gasto público del Gobierno absorberán toda la destrucción de empleo? Bueno, según los cálculos inflados del Ejecutivo, con esa iniciativa se crearán hasta 200.000 puestos de trabajo; una cantidad de empleos que, para ponerla en perspectiva, se destruyó simplemente en un mes de 2008.

Sin embargo, toda esta retórica populista del PSOE tiene un problema más de fondo y es que han renunciado a favorecer la recuperación económica. El aumento del gasto público, vía déficit, que propone el Gobierno puede que cree algún puesto de trabajo en alguna ocupación innecesaria para los consumidores, pero a cambio destruirá muchos más empleos en otros sectores vitales de la economía y agravará la ya profunda crisis. Y es que el gasto público no es una liberalidad política que nos conceda un generosísimo Zapatero; más bien, consiste en quitarle el dinero a la gente que sabe cómo utilizarlo para crear riqueza y destinarlo a actividades mucho menos productivas.

El plan del Gobierno, por ejemplo, contempla utilizar parte de esos 8.000 millones de euros en la rehabilitación de inmuebles. ¿Alguien en su sano juicio cree que la crisis en España se ha desatado porque hemos invertido demasiado poco en construcción? Zapatero cogerá el dinero bien gestionado y lo tirará sobre el pésimamente invertido en un ejercicio típicamente redistribuidor de la renta y, por tanto, empobrecedor. Sí, creará algún puesto de trabajo superfluo, pero destruirá muchos más de los imprescindibles para crecer. Y lo que es peor, ¿qué haremos cuando se agoten esos 8.000 millones que no generan riqueza, esto es, cuando se corte el chorro de gasto público? Simplemente, los parados recolocados volverán al paro y todos los españoles estaremos aun más endeudados.

No es que el Ejecutivo pueda hacer muchas cosas para acabar con la crisis. Su margen de actuación se limita a liberalizar los mercados de factores productivos (especialmente el laboral y el energético) y a reducir enérgicamente los impuestos y el gasto público; pero aun con estas políticas, tardaríamos tiempo en salir del agujero. Ahora bien, el Gobierno sí tiene un amplio abanico de posibilidades para sepultarnos durante décadas en el estancamiento económico; basta, de hecho, con que siga actuando como lo ha hecho hasta el momento.

Endéudate por el bien común

Es muy sencillo de entender, la gente antes de gastar, ahorra. Especialmente ante una situación tan singular como la que estamos viviendo.

Algo que, sin embargo, no parecen entender muchos economistas –algunos tan destacados como Xavier Sala-i-Martin o Paul Krugman– y que sí ha comprendido perfectamente el presidente del Gobierno español. Zapatero descartó bajar impuestos porque la gente podría destinar este dinero a ahorrar en lugar de a consumir. Es la primera vez que Zapatero acierta en algo relacionado con la economía, y además también nos sirve para ver cuán poco libres somos en asuntos tan básicos como la gestión de nuestra economía doméstica.

¿Quién es el Gobierno para decidir cuándo y cómo hemos de gastar, ahorrar o invertir? ¿Acaso la democracia le da legitimidad para decidir sobre nuestro bolsillo y actuaciones económicas? Lo mismo puede decirse de otros superorganismos económicos como los bancos centrales. ¿Quiénes son estos burócratas y técnicos para ordenarnos –mediante el robo (impuestos) y falsificación del dinero (políticas monetarias expansivas)– si hemos de ser pobres o ricos?

En las universidades ya se instruye a los futuros economistas con esta mentalidad. No se les explica ciencia económica, sino ingeniería socioeconómica. La enorme mayoría de licenciados parecen autómatas cuando se les plantea una situación económica determinada. No se les enseña a responder preguntas como "¿Cuál es el fenómeno praxeológico del que nace el interés?", "¿Cuáles son las causas del intercambio?", "¿Por qué y cómo surge el dinero?". Se les educa para que digan: "Si hay crisis, se han de tomar políticas monetarias expansivas" (esto es, rebajas de tipos, aumentos de la M3, emisiones de deuda…). Echen un vistazo si no al clásico manual de Varian, Microeconomía intermedia. El autor en varias ocasiones dice a los chicos que si no entienden una fórmula matemática, que la memoricen. Como si se tratara de un mandamiento divino. Esto no es ciencia, sino adoctrinamiento para borregos. La economía, en realidad, es una ciencia que se engloba dentro de la lógica deductiva. Si le quitamos el método, sólo es un arma de adoctrinamiento social y por tanto de manipulación.

El sistema capitalista funciona totalmente al revés. No necesita de dictadores de la producción. Da libertad absoluta al individuo para que decida qué hacer, cuándo y cómo. Si hay crisis, la tendencia no es a gastar, sino a ahorrar y atesorar. El establishment burocrático pretende todo lo contrario: manipula nuestros incentivos naturales –libertad e individualidad– para que gastemos y nos endeudemos ciegamente (Cuando, curiosamente, éste ha sido el origen de la crisis). ¿Solución política? Volver a repetir las malas recetas que nos han llevado aquí. Nos dicen cuánto hemos de gastar, pero no por nuestro bien, sino por el del vecino (y a éste, a su vez, cuánto ha de gastar por nuestro bien). Es un sistema tan absurdo y antinatura que no puede funcionar. De hecho, jamás ha funcionado. Esto se acerca más a la economía del comunismo y del fascismo que a un sistema de laissez faire o puramente capitalista.

Nadie es el amo de nuestro bienestar y nadie sabe mejor que nosotros qué hacer con nuestro dinero. Si nos dedicamos a gastar y endeudarnos como nos pide y exige el Gobierno mediante la manipulación de nuestros incentivos, ¿qué pasará si después no podemos pagar las deudas al banco? ¿Responderán los políticos por nosotros? ¿Hemos de aclararle al banco que le habíamos pedido prestado dinero por un sentido cívico y patriótico cuando no podamos amortizar su crédito?

Si el Estado manipula nuestros incentivos y nos hace continuas llamadas para que gastemos, muy probablemente sea porque él esté sacando algo a cambio, por ejemplo recaudar más impuestos o satisfacer a ciertos lobbies. El Gobierno también tiene sus propios incentivos y siempre van en dirección opuesta a la del hombre libre. Las medidas que se están aplicando en medio mundo no van a servir de nada. Nos espera una larga crisis. La mejor solución es hacer lo que nos dicte nuestro sentido común y desoír a esos fantoches que se creen con legitimidad de opinar y manipular a todo el mundo sin asumir ninguna responsabilidad. Y es que si el Ejecutivo nos dice que gastemos, lo mejor va ser que hagamos lo contrario. Ellos no tienen nada que perder, nosotros sí.

Estado, Iglesia y coacción

El paradigma austriaco se caracteriza, entre otros rasgos, por explicar la actividad económica echando mano de las causas endógenas del mercado y de la cadena de consecuencias que se producen cuando un agente externo, el Estado, interviene en él. La eficiencia dinámica que la función empresarial produce es alterada por el poder coactivo del Estado cuando interviene restringiendo la libertad e impidiendo que se genere la coordinación propia del empresario y que la consiguiente información llegue a los demás miembros de la sociedad.

El modelo teórico austriaco explica con precisión y realismo los procesos de mercado y las crisis que le sobrevienen cuando el Estado interfiere. Es quizá por eso que las generaciones sucesivas de teóricos austriacos han ido extrayendo la conclusión de que un ente tan perjudicial para la eficiente autorregulación de la sociedad sólo puede llegar a ser prescindible.

Así, L. Von Mises y F. A. Hayek, no quisieron dar el imprescindible paso a la supresión del Estado en sus propuestas. En sus análisis teóricos y sus presupuestos consideran al Estado como un obstruccionista del progreso económico y de toda idea de libertad pero al llegar a plantear su existencia la justificaban en torno a los consabidos papeles de suministrador de justicia y seguridad.

Es así que no quisieron aplicar su praxeología y su teoría de los procesos espontáneos a la provisión de seguridad y defensa, por ejemplo, de manera inexplicable. Si el mercado, en el sentido dinámico que los austriacos refieren, es el mejor proveedor de aquello que demandan los consumidores y es, por ende, capaz de satisfacer toda necesidad humana de manera dinámicamente eficiente, ¿por qué habría de ser la seguridad o la justicia excepciones a ello?

Una ulterior generación de discípulos de ambos, especialmente de Mises, sí han dado el paso necesario de prescindir del Estado. Rothbard, Hermann Hoppe y, en Europa, Huerta de Soto, lo han hecho en plena coherencia con el modelo teórico originario. Lo que traigo a cocimiento con este largo preámbulo es que, en condiciones de no-estado es necesario algo más que la mera confianza en los procesos espontáneos para configurar instituciones, proveer utilidades y sostener, a la vez, un derecho natural a la libertad.

El profesor Huerta define muy bien en sus artículos acerca de la eficiencia dinámica (ver la revista Procesos de mercado) cuando a la aportación sobre el evolucionismo espontáneo y el utilitarismo de las recetas austriacas es necesario insertar un componente ético iusnaturalista. Pero esta triple aportación (evolucionista, utilitarista y iusnaturalista) debe acompañársele de un mecanismo institucional que dé arraigo social a la ética de los derechos naturales a la libertad. Sin las líneas rojas que aportan los derechos naturales, la evolución espontánea puede deteriorar la libertad aunque siempre sea más lentamente que cuando lo hace el Estado. Además, sin ellas, un utilitarismo de corto plazo, de elevada preferencia temporal, puede aún en mayor medida, ser liberticida. Y, aquí está lo decisivo, no hay posibilidad alguna que nadie respete consistentemente el natural derecho a la libertad definida como autopropiedad y ausencia de violencia o de su amenaza sin unos incentivos y unas disuasiones.

El Estado entorpece el progreso material, como demuestra la praxeología y la teoría de los procesos espontáneos. También es un inexorable depravador moral desde el momento en que, para lograr el respeto a la propiedad, la conculca, para evitar los abusos, los produce y para lograr proveer unos servicios, impide que se generen otros. El Estado es, pues, una gran mentira, pero, ¿cómo asegurar la libertad natural en caso de poder limitarlo realmente? ¿Cómo incentivar el respeto a la libertad y disuadir de su vulneración en una minimización del estado y en la transición a esta situación? ¿Cómo aportar a los tribunales y a la jusrisprudencia libertarias una guía estable de interpretación jurídica libertaria?

La solución no viene de la imaginación constructivista, ni mucho menos, sino de la más antigua y civilizadora de las grandes instituciones históricas: la religión. Sólo si se sustituye la coacción violenta por la coacción incruenta o llamémoslo "el conjunto de incentivos y disuasiones" que proporciona la religión, con su anclaje sobrenatural y con sus valores y costumbres reiteradas aún sin ser totalmente comprendidas, puede la libertad sobrevivir.

Y cuando hablo de religión no me refiero a cualquiera, sino a aquella bajo cuya influencia se configuró la más completa idea de libertad: la religión cristiana y su institución más prestigiosa, la Iglesia Católica. Soy creyente, lo confieso, pero el argumento que aquí aporto en favor de una hegemonía cristiana como marco cultural para asentar el modelo austriaco de liberalismo tiene una lógica entendible por cualquiera.

La religión cristiana no es ajena a la evolución histórica, no obstruye esencialmente los procesos de mercado y aporta un fundamente ético de la libertad no presente en otras culturas o religiones. Cierto es que aún se deben depurar los dogmas cristianos relativos a la sociedad pero no cabe duda de que, con la teoría austriaca de la acción humana (vistas sus raíces profundas en el pensamiento católico hispano de los siglos XVI y XVII) y determinados documentos papales (la Encíclica Centessimus Annus) es más posible que imposible.

Por otra parte, la posibilidad de que haya un libertarismo legitimado socialmente en una ideología consciente y puramente racionalista, es una quimera. Como todos deberíamos ya saber, el racionalismo extremo y soberbio justifica cualquier cosa.

Simplificación normativa

A la hora de emprender un negocio muchas son las preocupaciones que inquietan a los responsables del mismo. Toda labor emprendedora parte de una apuesta que realiza una o varias personas basándose en una idea. De alguna manera creen que es posible producir un bien o prestar un servicio que hasta dicho momento nadie lo había hecho, o de una manera superior a la de sus posibles competidores.

La mayor parte de estos emprendedores no tienen una formación extensa en leyes, ya que su conocimiento suele estar más centrado en la actividad sobre la que desea emprender el negocio, y no sobre los distintos aspectos legales que puedan afectar a la misma. Por tanto, la mayor parte de su esfuerzo va a ir enfocado a su actividad productiva, y a la búsqueda de posibles clientes que estén interesados en la misma.

Junto con este desarrollo de la actividad productiva y el contacto con el cliente, el emprendedor tiene otra serie de ocupaciones, como la búsqueda de personal, o de financiación para el proyecto.

Sin embargo, uno de los aspectos que más suele preocupar a los emprendedores son los requisitos legales que suelen existir a la hora de desarrollar la actividad, ya que muchas veces no existe relación aparente entre la actividad en cuestión y los requisitos legales a los que está sometida.

Antes de que un emprendedor inicie una actividad en España, sea cual sea ésta, ha de realizar diversos trámites ante la administración tributaria, notarías, el registro mercantil, la Seguridad Social y la concejalía de urbanismo del ayuntamiento donde se desarrolle la misma. Si se tratase de una actividad sometida a una legislación específica los trámites se complican aún más.

No obstante los trámites legales no acaban con el inicio de la actividad, sino que a lo largo de todo su desarrollo estarán presentes e incluso se incrementará el número de administraciones con las que el empresario deberá tener contacto.

Todos estos trámites tienen un coste para el empresario, ya que le suponen un gasto en asesores y en dedicación de tiempo. Además, el desconocimiento de las mismas puede llevarle a cometer errores con sus correspondientes sanciones.

Puesto que la actividad principal del emprendedor no debe ser la cumplimentación de trámites sino el desarrollo de la actividad de su negocio y la satisfacción del cliente, lo ideal sería que éstos fuesen lo más simples posibles, de tal manera que éste pueda dedicar todo su esfuerzo en el negocio. No obstante, no siempre sucede así, llegándose a duplicar muchas veces los trámites que hay que realizar, al tener que proporcionar la misma información ante administraciones distintas y de manera no siempre sencilla.

Una legislación simple, de fácil comprensión y tramitación evitaría al emprendedor cometer distintos errores ante las administraciones públicas, facilitaría su cumplimentación y aumentaría la seguridad jurídica al ser más comprensible. Además, podría dedicar una proporción mayor de su tiempo a los aspectos esenciales de su actividad, como la satisfacción del cliente, que es quien le proporciona los ingresos.

Innovación en el sector televisivo patrio

En ella, uno de los altos cargos describió los planes para asegurar el futuro del preciado activo: básicamente, conseguir que los canales públicos (TVE) dejen de financiarse con publicidad y que la implantación de la televisión digital terrestre se demore en el tiempo.

Como se observa, se trata de innovadores planes completamente centrados en la satisfacción del televidente. Y es que es lo que tiene: tras vivir confortablemente en un oligopolio legal durante casi 20 años, esto de tener que repartir los ingresos publicitarios, y más en medio de una crisis económica, pues no se hace nada llevadero.

Resulta que donde hasta hace nada únicamente había una "caja tonta" para permitir la entrada de información, ahora llegan también cables, ADSLs y satélites: portadores de contenidos alternativos, que poco a poco se llevan el "escaso" tiempo que la audiencia dedica a estos menesteres. No sólo me refiero a los canales de TV adicionales, sino a las formas de entretenimiento que ofrece internet, que estas sí han nacido bajo los rigores de la competencia y, por tanto, del servicio al público como forma de supervivencia.

Solución: la de siempre para estos "tycoons" del Real Decreto: que paguen los ciudadanos. Porque eso supone en el fondo pedir que la TV pública deje de financiarse por la publicidad. No es que esta empresa no use y abuse ya del dinero que nos extraen con los impuestos (que sirven, por ejemplo, para que luego nos vendan como triunfo la cobertura de los Juegos Olímpicos; con vidas infinitas, cualquiera), pero, claro, accede al mercado que estos señores quieren enterito para sí, y se lleva algo para ahorro del sufrido contribuyente.

Otra solución: impedir que haya nuevos competidores, cosa factible con la nueva tecnología digital. Ambas innovaciones pasan por servir al Gobierno y a sus intereses, pero ninguna por satisfacer a los consumidores del producto que venden. Pero es que está muy claro de donde vienen las mayores ganancias en los mercados intervenidos, no digamos ya en los oligopolios regulados.

Así que a seguir quejándose de que se reduce la tarta publicitaria y de que encima hay que repartirla entre más en estas condiciones que no son viables. Si estas empresas no pueden sobrevivir, lo mejor es que desaparezcan y liberen sus recursos, especialmente algunos llamados "escasos" –como las frecuencias– para usos que sí demanda la sociedad.

Pero tengo para mí que podrían ser viables si se esmeraran más en su producto, en conocer a su audiencia, y no tanto en buscar la ayuda del Gobierno o en pagar cantidades absurdas por contenidos que no lo valen. Se exige imaginación y se rompe el confort, pero se puede sobrevivir. Que se asomen a internet y lo verán.

Permítanme ahora la licencia de innovar también en esta columna, en este caso para felicitarles a ustedes las Navidades y desearles un próspero año 2009, tras cuyo comienzo volveré a asomarme por estos derroteros.

Hoy somos más ricos que antes

Los autores no explican, sin embargo, de dónde obtienen esos datos, y deberían, porque las estadísticas del INE no arrojan esa conclusión: los salarios han aumentado un 6.5% anual desde 1980 mientras que la inflación lo ha hecho un 5%. Pero es que además el aumento de la riqueza no se mide sólo en salarios.

Innumerables medicamentos y tratamientos que no existían hace 30 años prolongan nuestra vida y mejoran nuestra salud. La anestesia es más efectiva y podemos ver a nuestro hijo en una ecografía. Si no queremos llevar gafas, podemos ponernos lentillas u operarnos la vista. Podemos modelar nuestro cuerpo con cirugía estética, erradicar el vello para siempre con depilación láser, lavarnos los dientes apretando un botón y cortarnos el pelo con maquinilla.

El uso del braille para los ciegos está mucho más extendido y la mayoría de empresas ofrecen servicios adaptados a las personas con minusvalías. La ortopedia y la robótica han aumentado la autonomía de quienes no podían valerse por sí mismos. Los discapacitados pueden desplazarse en sillas eléctricas, las personas con sordera media pueden adquirir audición funcional con las últimas prótesis auditivas y el implante coclear consigue lo mismo para algunas personas con sordera profunda.

Podemos llamar por teléfono desde cualquier sitio en el momento que queramos. Hoy tenemos el iPhone, la Blackberry, el iPod, la Nintendo DS y la Xbox. Podemos disfrutar de videojuegos en el metro, escuchar música mientras corremos o ver películas mientras esperamos el avión. Tenemos contestadores automáticos digitales y hornos microondas. Podemos hacer fotos con nuestro teléfono móvil y enviarlas instantáneamente a nuestros amigos en la otra punta del mundo. Somos capaces de hacer 1.000 fotos de calidad excepcional en una cámara reflex digital, manipularlas con Photoshop y almacenarlas en Flickr.

Hoy tenemos internet y computadoras personales. Podemos comprar en el supermercado sin movernos de casa o encontrar gangas en Amazon, subastar o buscar rarezas en Ebay, escribir un blog, distribuir vídeos, descargar canciones y películas, chatear con los amigos o conocer gente de otros lugares, hacer videoconferencias vía Skype, enviar emails, practicar idiomas, leer la prensa de todo el mundo o acudir a fuentes de información u opinión alternativas. Podemos buscar en Google o en Wikipedia, aprender y descubrir infinidad de cosas a un click de distancia. Podemos escribir en Word, calcular en Excel, hacer presentaciones Power Point, organizar datos con el Access, crear ficheros PDF o imprimir documentos en casa. Es posible utilizar el portátil en el tren o conectarnos en el Starbucks.

A través del cable o del satélite tenemos acceso a cientos de canales de televisión, nacionales y extranjeros, de deportes, entretenimiento, historia, naturaleza, cocina, viajes o ciencia. Podemos ver películas en subtítulos o en otros idiomas, acceder al cine clásico con más facilidad que quienes vivían cuando se estrenaron aquellas películas, viendo TCM o alquilando DVDs. Disponemos de pay-per-view, reproductores de DVD, pantallas de plasma y sonido envolvente. Hay una mayor oferta de música, cine, literatura y arte.

Es posible valor a otras capitales europeas en avión con Ryanair o Easyjet por menos de 50 euros. Utilizamos el GPS para localizar nuestra posición en un mapa vía satélite cuando estamos de viaje, podemos enviar un paquete a otro país por FedEx o DHL y que llegue al día siguiente, pagar unas palomitas con tarjeta de crédito o sacar efectivo de un cajero automático en cualquier esquina del mundo.

Los coches actuales más baratos son más seguros que los más caros de hace 30 años y tienen más y mejores prestaciones. La oferta de comida actual es más variada e incluye alimentos orgánicos, sin grasas, sin colesterol, con vitaminas añadidas, para vegetarianos, para diabéticos, sin gluten, para controlar el peso o con envase reciclable. Hay más ONGs a las que donar dinero para causas justas.

Que a algunos no les parezca evidente que hoy vivimos mejor que antes es un síntoma de que damos por sentada la abundancia que nos rodea. Y con ello el sistema que la hace posible: el capitalismo. El dinero es un medio de intercambio, lo que nos hace ricos es la variedad, la cantidad y la calidad de los servicios y placeres que podemos adquirir. Basta preguntarse si preferiríamos vivir ahora o hace 30 años con la misma renta. Yo preferiría vivir ahora incluso con un salario real más bajo.

La pregunta clave en este contexto es cuánto más larga sería esta lista de avances en la calidad de vida si el ámbito de actuación del mercado hubiera sido mayor y el Estado no hubiera drenado tantos recursos. El progreso que hemos experimentado en los últimos 30 años –a pesar del Estado– ha sido extraordinario, ¿qué progreso habríamos vivido en ausencia de trabas, corruptelas, despilfarro e ineficiencias estatales?

Por unas fronteras abiertas

Las migraciones son un fenómeno tan antiguo como la humanidad, hasta tal punto que se podría afirmar que forman parte de la propia naturaleza humana. Desde siempre, el hombre se ha desplazado en un afán de mejorar su vida, ya sea en grupos ya sea de manera individual. De hecho, en el ser humano era nómada en los primeros estadios de su desarrollo, lo que supone quizá el grado máximo del migrante al suponer un constante cambio geográfico a lo largo de la vida de una persona. En la mayor parte de los casos los motivos han sido y son económicos, pero no siempre es así. También ha habido y hay quien cambia de país de residencia en el afán de conseguir un nuevo hogar donde poder desarrollarse según sus propios valores o donde gozar de un mayor respeto a sus derechos.

En la actualidad el fenómeno migratorio ha alcanzado unos niveles en números absolutos mayores que en ninguna otra época. Los motivos son diversos. Nunca antes habían habitado tantos seres humanos sobre la tierra, lo que aumenta la cantidad de potenciales migrantes. Los medios de transportes son más veloces, cómodos y baratos que en cualquier momento del pasado. Si hace tan sólo un siglo cruzar de Europa a América (la ruta entonces habitual) suponía semanas de travesía en barcos mal acondicionados y con billetes caros, hoy en día el viaje en sentido contrario implica tan sólo unas horas de vuelo en cómodos y modernos aviones y a un precio proporcionalmente inferior al que pagaban españoles, alemanes, italianos o irlandeses por llegar a Argentina o Estados Unidos. Hay excepciones, no obstante, a esta norma de “más barato, corto y cómodo”, sobre todo en lo que se refiere a los africanos.

Otro motivo que conduce al incremento de la inmigración es la diferencia de niveles de vida entre países, tal vez mayor que nunca antes en la historia, lo que supone un incentivo para emigrar. Esto no se debe al lugar común de que “los pobres son cada vez más pobres”. No hay unos niveles de miseria que no haya conocido la humanidad en el pasado. Sin embargo, en amplias regiones del mundo (Norteamérica, Europa occidental y Sudeste Asiático, sobre todo) la mejoría ha sido mayor que en el resto del mundo y la diferencia se ha incrementado.

Y es este mundo rico el que trata de poner coto a la inmigración, al tiempo que la incentiva. Los gobiernos de los estados más desarrollados invierten cada vez mayores cantidades de dinero (procedente de los impuestos que pagan los ciudadanos) en sistemas que tratan de impedir la entrada de personas procedentes de otros países. Imponen asimismo visados para disminuir la cantidad de hombres y mujeres que cruzan legalmente las fronteras como turistas para después pasar a la categoría de irregulares o establecen moratorias como la que impide a rumanos y búlgaros establecerse en los demás países de la Unión Europea en igualdad de condiciones con el resto de los ciudadanos europeos.

Sin embargo, nada de esto logra frenar la inmigración. El motivo es que los mismos estados que ponen todas estas trabas son los que no cejan en su empeño de frenar el crecimiento económico de los países de origen de los inmigrantes. En un intento de proteger la “propia” industria y la agricultura, los gobiernos de la Unión Europea, Estados Unidos y otros países subvencionan al campo, así como otros bienes y servicios producidos dentro de sus fronteras, al tiempo que a la producción externa le imponen altísimos aranceles. Esto no sólo obliga a los locales pagar precios artificialmente elevados (lo que supone un freno a la economía de estos lugares), sino que además impide que se enriquezca el resto del mundo. Quien no puede vender su producción a otros, con independencia de que estos estén a cientos o miles de kilómetros, termina por no mejorar su nivel de vida o incluso se empobrece más. Y ante esta tesitura la emigración se transforma en la vía más factible de mejorar la situación personal.

Por muchas trabas que se traten de poner o por muy alto que llegue a ser el nivel de vida en todo el mundo, siempre habrá migraciones y es un fenómeno que no para de crecer. La única política realista para que estos flujos se reduzcan es el desarrollo de los países de origen, y este ha de llegar por el libre comercio. Mientras los países ricos se nieguen a permitir que las naranjas o los coches nuevos crucen las fronteras, quienes las pasarán legal o ilegalmente serán las personas. Y se trata de algo legítimo.

Es necesario, por tanto, poner fin a las trabas al comercio entre países. Los gobiernos de los países más desarrollados deben dejar de impedir que sus ciudadanos adquieran libremente bienes y servicios procedentes de las regiones del mundo más pobres. Si lo hacen, las personas de viven en ellas se enriquecerán y la emigración perderá gran parte de su atractivo para muchos. Bajarán los flujos migratorios y las fronteras podrán estar como debería ser su situación: abiertas para todo el que las quiera cruzar con el fin de hacer turismo, estudiar o quedarse a vivir. Desaparecería así la irregularidad y los cruces ilegales, que ponen en manos de mafias a miles de personas que tan sólo buscan una legítima mejora de su vida.

Madoff no ha causado la crisis

En la actualidad, Estados Unidos está experimentando un incremento, sin precedentes, de su oferta monetaria. La Reserva Federal (Fed), que preside Ben Bernanke, casi ha triplicado sus activos, es decir, los créditos concedidos al sistema bancario, en un intento desesperado por salvar de la quiebra a un importante número de entidades.

En concreto, dicho volumen de préstamos ha pasado de los 900.000 millones de dólares a superar ampliamente los 2 billones a lo largo de las últimas semanas. Y ello, tomando como colateral créditos y bonos hipotecarios de dudosa solvencia, pese a que en teoría gozan de la máxima calificación crediticia posible (triple A).

El aumento de las líneas de crédito a la banca comercial, la compra de deuda pública por parte de la banca central y el recorte de tipos a niveles ínfimos, trae como resultado la expansión de la oferta monetaria. Esto es, crece el dinero total en circulación que opera en el sistema. La clave del problema reside en que tal incremento responde, exclusivamente, a meras decisiones políticas, bajo la excusa de combatir la crisis. No obstante, la banca central permanece incólume como uno de los grandes paradigmas de planificación socialista vigentes en el actual sistema de mercado.

Llegados a este punto, y tal y como afirmaba Ludwig von Mises:

Si no se detiene a tiempo la política perniciosa de aumentar la cantidad de dinero y los medios fiduciarios, el sistema monetario de la nación sufre un colapso general. El poder de compra de la unidad monetaria baja a tal punto que resulta nulo para cualquier propósito. Esto sucedió frecuentemente: en los Estados Unidos en 1781 con la moneda continental, en Francia en 1796, y en Alemania en 1923.

La estrategia de expansión crediticia sin límite termina por generar una espiral hiperinflacionista de efectos devastadores sobre el conjunto de la economía. Durante la Revolución Francesa aconteció un suceso de similares características. La Asamblea Nacional recién constituida decidió crear dinero (los famosos asignados) empleando como base el valor de las tierras expropiadas a la Iglesia, en sustitución del respaldo que propiciaba el oro.

Los Greenspan y Bernanke de entonces consideraban que aumentando la liquidez Francia podría salir fácilmente de la profunda recesión económica que sufría la nación, debido, en gran medida, a la Revolución que acababa de acontecer. El Gobierno del Pueblo decidió de inmediato imprimir 400 millones de livres en forma de papel moneda a un interés del 3%. Cincos meses después las imprenta de la República inyectó en el sistema otros 800 millones nuevecitos, pero esta vez a un tipo del 0%.

Las máquinas no paraban de trabajar en la creación de dinero fiduciario ex novo (sin respaldo real en oro), hasta el punto de que en menos de seis años las autoridades emitieron un total 45.000 millones de livres extra. Gran parte de este volumen fue impreso en secreto para no asustar a los ciudadanos. Dicha política provocó que el sistema saltara por los aires en 1796, ya que el valor de la moneda francesa se derrumbó por completo, dando lugar a una hiperinflación galopante. Poco después llegó Napoleón, al igual que Hitler tras la hiperinflación alemana del período de entreguerras.

Las enseñanzas de este acontecimiento, recogidas en la obra Fiat Money Inflation in France, deberían ser tenidas muy en cuenta por los Bernanke y Trichet de hoy en día. Aunque, de momento, la actual crisis económica avance sin remedio hacia la deflación (caída generalizada de precios), también en España, de segur así, a la vuelta de la esquina, el panorama podría dar la vuelta y resulta aun más desolador. Llegado el caso, no olviden señalar a los culpables. Una vez más, las autoridades políticas y los organismos monetarios centrales.

Hacia la hiperinflación

Unos líderes racistas han visto las imágenes, y en lugar de vanagloriarse de que una figura mundialmente conocida preste pública atención al tubo aborigen, se ve que no lo han didgeridoo bien y se sienten muy ofendidos, porque dicen que el instrumento es de uso exclusivo de los hombres.

Labios rojos no ofenden, diría un caballero aborigen, pero la llamada de la tribu resulta de lo menos caballerosa. La ofensa es una de las armas culturales más despreciables, más opresivas y a la vez más liberadoras. Es liberadora, porque funciona como un disolvente universal, aplicada conveniente y abundantemente sobre ciertas convenciones, cuyo peso es en ocasiones tan enorme que justifican el sometimiento de la libertad al decoro, el buen sentido, el respeto a los sentimientos ajenos y demás.

Nosotros, los descreídos herederos de Occidente, hemos anegado nuestra cultura en el aguarrás de las ofensas hasta el punto de que criticar la cultura propia se ha convertido en algo de buen tono. El insulto ha llegado a extremos abyectos y despreciables, pero ha allanado el camino a la libertad de expresión. Muchos temen que la libertad desatará ese lado deleznable que tiene la naturaleza humana y resultará en un torrente de ofensas. Yo lo veo como que esas ofensas fortalecen la libertad de expresión más incluso que el daño que le puedan infligir. El Islam necesita décadas de ofensas, muchas más de las que puedan plantearse volar por los aires, ofensas desde debajo de las piedras, hasta que pasadas dos o tres generaciones alguien pueda decir por la televisión que no cree en la Palabra de Mahoma y volver a casa con el único temor de no tener ningún incidente en la carretera.

Aquí, donde el insulto y la ofensa han hecho ya su trabajo, se está haciendo de ella un instrumento para la opresión. No se tolera ningún comportamiento que pueda ofender a los demás (excepción hecha de la Iglesia Católica), y como el sentimiento de indignación es subjetivo, cualquiera puede hacerse el ofendido y pretender así prohibir las opiniones que a uno no le gustan. El nuevo delito de homofobia, que está de camino al Parlamento, es el último ejemplo de ello. Tenemos derecho a decir y hacer lo que nos de la gana, y quien se pica… ajos come.

Derecho a ofender

Caer ocasionalmente en la tentación, dado que la carne es débil y todo eso, es ser incoherente, sí, pero no necesariamente hipócrita. Es necesaria, por tanto, una violación más a fondo de los principios que se proclaman para tildar a una persona o una organización de hipócrita. Como la que comete Google.

Por más que algunos defensores de la neutralidad en la red como Enrique Dans aseguren que Google lleva este concepto integrado en su ADN y que el comunicado de la empresa en respuesta a las acusaciones del Wall Street Journal supone un desmentido en toda regla, lo cierto es que el gigante de las búsquedas no ha hecho sino confirmar punto por punto las acusaciones del diario neoyorquino. Lo único que viene a decir es que lo que está haciendo no viola la sacrosanta "neutralidad en la red". Y eso, lamento decirlo, es sumamente hipócrita.

No estoy para nada en contra de lo que está planeando hacer Google, como tampoco lo estoy de que una empresa como Akamai (que cualquiera puede contratar para que sus usuarios vean sus páginas más rápido) lleve ya tiempo haciendo lo mismo. Alojar servidores caché propios en los centros de datos de los proveedores de internet acelerará algunos servicios de Google, principalmente la descarga de vídeos de YouTube, y aligerará de peso el tráfico en las redes. Todos nos beneficiaremos de ello, incluso quienes no usen productos de Google, porque aumentará la velocidad de internet y reducirá la necesidad de inversiones de las operadoras; inversiones que al final terminamos pagando sus clientes.

Como recuerda Richard Bennet, la propia Google reconoce que quiere prohibir a los proveedores de internet "cobrar un recargo a los proveedores de contenidos que no sean clientes suyos", "priorizar el envío de paquetes de datos basándose en la propiedad o afiliación del contenido, o la fuente o destino del mismo" y "construir un ‘carril rápido’ que confine las aplicaciones y contenidos de internet a una porción de ancho de banda relativamente escasa y lenta". Si en los acuerdos de Google el dinero cambia de manos, se incumplirán los tres principios; si no, "sólo" los dos últimos. Y es que los servidores caché de Google supondrán un "carril rápido" que provocará que las aplicaciones y contenidos de internet que no le pertenezcan vayan relativamente más despacio y priorizarán su tráfico con respecto a los de los demás proveedores de contenidos de la red.

El lobbista de Google, Richard Whitt, se defiende con el argumento de que el acuerdo no impide a otras empresas llegar a convenios similares. ¡Sólo faltaría! Pero es que las hipotéticas violaciones de la neutralidad en la red por parte de los proveedores de internet que Google quiere prohibir tampoco tendrían por qué estar cerradas sólo a unos proveedores de contenidos. Whitt añade que el miedo es que las empresas de telecomunicaciones "cobraran por el envío rápido de ciertos contenidos a los usuarios y, al hacerlo, se pusieran a sí mismas en el negocio de qué contenido logra esa velocidad extra". ¿Y qué suponen estos acuerdos sino una forma de lograr el envío rápido de ciertos contenidos a los usuarios?

La única defensa real de que estos acuerdos no violan la neutralidad en la red es técnica: ciertamente todos los bits seguirán siendo "tratados iguales" en las redes. Pero los efectos prácticos para la competencia en internet son exactamente los mismos que si se concediera mayor prioridad a los bits de Google sobre los de los demás. Excepto para quienes apoyen la neutralidad sólo por defender una suerte de "pureza ingenieril" en la gestión de las redes, que igual hay alguno, y no porque teman ciertas consecuencias prácticas de violar ese principio, la postura de Google es una ruptura en toda regla de aquello que dice defender y por lo que ha creado un lobby en Washington. La empresa de Palo Alto ha generado una doctrina en la que violar la neutralidad en la red es admisible sólo cuando ella misma lo hace. Y su patética defensa no supone más que meras excusas de mal pagador.