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Zapatero nos remata

Mi ego está sufriendo infinitamente ante semejante discriminación que, a buen seguro, estará prohibida por alguna de esas justísimas leyes de las que disfrutamos en nuestro paraíso socialdemócrata: "Todo crítico de la SGAE tendrá derecho a un mismo tiempo de investigación por parte de las agencias de detectives contratadas para poner las preceptivas demandas por atacar el derecho al honor, que ya se sabe que sólo poseen las organizaciones de izquierdas que apoyan a Cuba y por tanto pueden denunciar estas cosas".

Al final va a tener razón el amigo Teddy cuando argumentaba que los ingresos de 120 millones de euros anuales que supone el canon son una miseria. Y es que este dinero obtenido por medio de una imposición legal de nuestros amados gobernantes se está empleando no sólo en construir un poderoso lobby que agradece los favores prestados grabando vídeos sobre cejas, sino también para hacer dossiers contra aquellas personas que, ejerciendo sus derechos, critican a la organización de marras. Y claro, no da para tanto gasto. Así, algunos tenemos que sufrir la ignominia de no estar en la lista negra. Vamos a tener que exigir al Gobierno que doble la cifra del canon, porque la factura del psicólogo me va a salir carísima como no vea pronto a un agente de gafas negras de la celebérrima "Método 3" siguiéndome por las calles.

Indudablemente, Teddy, Borau, Ramoncín, Víctor Manuel y demás compañeros mártires de la causa general por la defensa de los inalienables derechos de los artistas patrios tienen el mismo derecho que usted y que yo a investigar a quien quiera, siempre que el exceso de celo de los agentes contratados no les lleve a incumplir la ley. Pero la SGAE, como institución, no debería tenerlo, por ser una organización que recibe sus ingresos merced a un privilegio legal que ni usted ni yo podemos disfrutar. Emplear ese dinero para impedir el libre ejercicio de la crítica de ese mismo privilegio es, por decirlo suavemente, hacer trampas.

Los defensores más fanáticos de la regla de la mayoría, que no de la democracia, podrán argumentar que si se ha votado el canon en el Congreso, justo es que se cobre. Pero la ley indica que es una compensación que debe usarse para repartirla entre quienes se han visto perjudicados por las copias de sus obras. Se puede argumentar, estirando un poco la cuerda, que emplear parte de la recaudación en inspectores y abogados para lograr cobrar más es una inversión que finalmente repercute en unos mayores ingresos para los autores de la SGAE. Pero que yo sepa, los detectives de "Método 3" no le dan al cante jondo, así que el entregarles el dinero para que investiguen a quienes se oponen a los apaños de los Teddy Boys, ya no hay cuerda que lo resista.

Estoy esperando que un portavoz cualificado de la SGAE nos explique la justificación que emplean para defender su derecho a pagar por espiar a sus críticos y luego ponerles demandas. Mientras tanto, el Senado ya le ha exigido al Gobierno las cuentas de las entidades de gestión de derechos de autor. Cabe suponer que es eso lo que quieren evitar. Desean que la soliviantada opinión pública carezca de voces con las que expresar su descontento, por estar aterrorizadas ante las demandas y el espionaje, y así que los políticos no se sientan tan obligados a investigarles, primero, y a derogar el canon, después. Pero es una lucha perdida de antemano. Terminarán siendo derrotados. La única duda es saber cuándo.

¡Que viva Marx!

Cuando ésta llega, resulta que el Estado jamás estuvo presente, que todo es responsabilidad del mercado y que ahora han llegado ellos para salvarnos. No tienen vergüenza y la gente no tiene memoria.

Pero eso es previsible. Lo que me llama la atención son dos respuestas a izquierda y derecha, a cual más inquietante. La derecha dice que la crisis económica deriva de una crisis moral, enraizada en el materialismo y la avaricia. Hay quien lo cree sin hacerse algunas preguntas obvias. Si las crisis son el fruto podrido de la avaricia, ¿qué hace que este mal moral vaya por ciclos? ¿Qué relación hay entre la avaricia y los fenómenos monetarios que determinan los ciclos? ¿Cómo puede el materialismo desplazar a las causas económicas en las consecuencias económicas? No se hacen estas preguntas y se quedan con un torpe juego de palabras porque hay quien en cuanto escucha la palabra "moral" renuncia a hacer trabajar al cerebro más que para mantener las funciones básicas.

Muy llamativo es el caso de la izquierda, que le ha tomado gusto a esto de exhumar cadáveres y está haciendo lo propio con Carlos Marx. Este domingo se publica un artículo en El País que, dejándose llevar por el espíritu de los tiempos, habla de El retorno de Marx. Su autor, Ángel Rupérez, exime a Marx de quienes se empeñaron en llevar a término sus ideas, tan preñadas de "soluciones finales". Según Rupérez su mensaje es el mismo que el de la derecha, que la crisis proviene de "la idolatría del dinero" o "la primacía del dinero como valor supremo".

No voy a desmontar a Marx, que eso ya lo hicieron Eugen von Böhm Bawerk y Karl R. Popper. Pero llama la atención que la izquierda siga enfrentándose a las sociedades libres con un fracaso teórico, ético e histórico como es Marx. Incluso la izquierda más moderada (y parte de la Iglesia) sigue utilizando los despojos ideológicos de Marx para criticar al capitalismo. Puede obviar la historia, por incómoda, como hace Rupérez. O asumir que el socialismo, en dosis concentradas, es condenable. Pero sigue recurriendo a los mismos esquemas, cuya ventaja es que todo el mundo los conoce y muchos los asumen incluso en las antípodas de Marx, pero paraliza lo que debiera ser una regeneración ideológica de la izquierda. Quizás no dé para más. Acaso sólo sepa escribir notas a pie de página de El Capital, aunque no lo haya leído. Pero me da que cada vez que se le saca brillo al cadáver de Marx, la izquierda se hunde un poquito más.

La falacia de la neutralidad del dinero

Los monetaristas han fracasado una vez más. La mayoría de los economistas de hoy en día, incluidos aquellos que se autodenominan falazmente liberales, desconocen el origen de la actual crisis económica y, por lo tanto, aún más su posible solución. El error radica en una teoría equivocada acerca de la auténtica relación existente entre el capital y la economía real.

El dinero no es neutral y, como consecuencia, su manipulación arbitraria por parte de los reguladores estatales (banca central) acaba mostrando sus terribles efectos tarde o temprano, tal y como acontece en la actualidad. Lo paradójico es que dicho problema ya fue diseccionado en profundidad a la luz del análisis teórico desarrollado por el principal valedor de la Escuela Austríaca de Economía, Ludwig von Mises. Sin embargo, pese al certero diagnóstico aplicado en este ámbito, la política monetaria vigente sigue bebiendo de los criterios dictados por la Escuela de Chicago, persistiendo en los mismos errores de base cometidos en el pasado.

De ahí precisamente la importancia de revivir las enseñanzas derivadas del debate teórico mantenido a lo largo de las últimas décadas por ambas corrientes acerca de la denominada "hipótesis de la neutralidad del dinero". Lo importante aquí es que un cambio en la comprensión de este fenómeno, es decir, que el dinero no es neutral a largo plazo, modificaría de forma sustancial los cimientos sobre los que se sustenta la política monetaria vigente a nivel mundial.

Los monetaristas construyen toda su teoría sobre hipotéticos modelos de equilibrio que nunca acontecen en la vida real. Su concepción cuantitativa del dinero afirma que un incremento de la oferta monetaria tan sólo se materializa en un incremento de los precios, de tal forma que sus posibles efectos adversos sobre la producción, el consumo o el empleo (variables de la economía real) siempre quedarán neutralizados a largo plazo.

Así, por ejemplo, David Hume asegura que no importa la cantidad de dinero en circulación que exista en un determinado país. Ya sea, mayor o menor, bastará para facilitar su función esencial, el intercambio de bienes. Así, si durante la noche se duplicara la cantidad de dinero que posee cada individuo, al día siguiente no habría ni más prestamistas ni variación alguna en el interés a aplicar. Es decir, a largo plazo, tal variación no modificaría en absoluto ni la actividad productiva ni la velocidad de la circulación monetaria. Según Hume, tan sólo se doblaría el nivel general de precios.

Es decir, la expansión monetaria traería como resultado una particular transición de un estado de equilibrio inicial (punto de partida) a otro estado de equilibrio a largo plazo, en donde el único efecto permanente sería un aumento correlativo de los precios.

Irving Fisher, por su parte, reconoce que puede provocar un incremento transitorio de los márgenes de ganancia de determinados productores, ya que ese dinero creado ex novo impulsa la demanda de determinados bienes y, como consecuencia, estimula una mayor oferta de esos productos. Sin embargo, la flexibilidad del mercado logra corregir a corto plazo los beneficios inflados, dando fin a la fase del boom.

De este modo, Fisher concluía que la causa de los ciclos debíamos buscarla en el aumento de la oferta monetaria no anticipada por los agentes económicos. Por ello, su diagnóstico consistía en aplicar una política monetaria que tuviera como principal objetivo mantener una inflación estable. Justifica, pues, la existencia de la banca central (planificación monetaria) y el seguimiento de un indicador que, en realidad, es muy incompleto (el índice de precios de consumo o cesta básica de la compra), para controlar los efectos de la expansión monetaria.

Por su parte, Milton Friedman, autor de referencia para los pseudoliberales del pasado siglo, llega a una conclusión similar. Los cambios monetarios afectan a la producción, pero a corto plazo (entre 5 y 10 años), mientras que dicha expansión fiduciaria se traduce en un aumento de precios a largo (décadas). De hecho, admite que las variaciones amplias en la cantidad de dinero disponible son desestabilizadoras y deben evitarse. Sin embargo, aboga por establecer una política monetaria automática: que la cantidad de dinero crezca a una tasa estable anual para impulsar el crecimiento económico. Es decir, nuevamente, intervención monetaria a través de los bancos centrales.

Todo este edificio teórico se ha derrumbado, y lo triste es que los monetaristas parecen no darse cuenta. Y eso que la solución fue explicada por Mises hace décadas en su obra Teoría del dinero y del crédito (1912). El dinero nunca puede ser neutral por definición y naturaleza. Existe y, por lo tanto, está sometido a la valoración subjetiva de los individuos. Es decir, no es algo objetivo y cuantificable.

Así, la variación en el volumen de dinero, por fuerza, distorsiona el precio relativo de los bienes. Y ello por la simple razón de que el precio de los productos nunca aumenta de forma homogénea y agregada, sino todo lo contrario. El dinero ex novo lo recibe en primer lugar un número limitado de agentes, que demandan ciertos bienes y que, por extensión, modifican la estructura de precios relativos.

Los precios nunca cambian por igual, al mismo tiempo y en la misma dirección, tal y como expone el análisis microeconómico e individualista de la economía frente a la teoría cuantitativa o agregada de la Escuela de Chicago. Y es que, los precios relativos determinan el volumen y la dirección de la producción, por lo que cualquier cambio en la cantidad de dinero acaba afectando de una u otra forma a la estructura productiva.

Esta cuestión se clarifica aún más al concluir que, aunque todo el mundo se levantara un día con x unidades más de dinero, cada individuo valorará de forma diferente (subjetiva) cada unidad adicional del mismo. De ahí que resulte falso que una duplicación del dinero en circulación reduzca a la mitad el poder adquisitivo del mismo. "Todo aumento de la oferta monetaria provocará efectos sobre la demanda y, por lo tanto, un aumento desigual en los precios de los bienes. No todas las mercancías serán demandadas en igual cantidad, ni las más intensamente demandadas serán afectadas en el mismo grado".

La manipulación arbitraria de tipos efectuada por los bancos centrales es la principal responsable de los auges y depresiones de la actividad económica. ¿Por qué? El proceso de producción tiene lugar en un marco de tiempo, en donde los empresarios efectúan sus inversiones guiados por dos elementos clave (precios y tipo de interés) para asignar los recursos de la forma más eficiente posible en las distintas etapas del proceso.

La inyección fiduciaria o la expansión del crédito, por fuerza, distorsiona ambas señales, y conduce a los agentes económicos a efectuar malas inversiones. Y es que sin tal intervención pública sobre los tipos de interés algunos procesos nunca se habrían emprendido. Es decir, tan sólo resultan rentables con tipos de interés artificialmente bajos. Además, alargan artificialmente la estructura productiva, y los agentes tienden a sobreinvertir en la producción de bienes de capital en detrimento de bienes de consumo.

El problema es que, tarde o temprano, esta situación se hace insostenible cuando aparece el "riesgo inflacionario". Es entonces cuando la autoridad política no puede mantener por más tiempo el interés bajo, saltando a la luz el volumen de malas inversiones efectuadas. Como resultado, los efectos de la fase expansiva se invierten y surge la recesión, el desempleo, la deflación, la restricción del crédito y la caída del consumo, entre otros. La crisis es inevitable. Tan sólo cabe prevenirla impidiendo el aumento de la oferta de dinero.

Mises demuestra que el dinero no es neutral ni a corto, ni a medio ni a largo plazo. El aumento de la oferta monetaria distorsiona por fuerza los precios relativos de los bienes y modifica la estructura productiva. ¿La solución? Abolir el sistema de banca central, abogar por la banca libre sujeta al patrón oro y aplicar un coeficiente de caja del 100%.

Como observarán, ninguna de estas medidas está encima de la mesa de los líderes gubernamentales, al menos, por el momento. Más bien, todo lo contrario. Asistimos a un nuevo auge del fracasado keynesianismo económico, lo que demuestra que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra (crack del 29). Y tres (crisis del petróleo de los 70) y cuatro (crisis de los 90 en EEUU) y cinco (la burbuja de las punto com) y seis (recesión tras los atentados del 11 de Septiembre)… ¿Y siete?

…Y van siete

Este séptimo conjunto de medidas presentado por Zapatero a la sociedad es algo más ambicioso que los intentos de Sebastián por resolver por sí solo la crisis que nunca existió, a base de repartir bombillas de bajo consumo a razón de dos por español, porque un líder que se precie no puede tolerar que sus ministros le arrebaten el mérito de solucionar los grandes problemas del país. Así pues, ZP se ha puesto en marcha y en poco más de dos meses ya ha producido un par de kilos de papel llenos de programas a cual más imaginativo. Lo de mandar a los puretas a hacer "turismo social" es, qué duda cabe, todo un hallazgo que la ciencia política incorporará a su acervo para enseñanza de las futuras generaciones de dirigentes progresistas. En efecto, mientras los parados de larga duración estén paseando por las playas desiertas de Benidorm no andarán rumiando su desgracia, que es algo que un Gobierno socialista no puede tolerar ya que su primer objetivo es, como es sabido, que todos seamos felices.

Pero como la gente tiene la fea costumbre de comer todos los días y, eventualmente, pagar el recibo de la hipoteca, no sería de extrañar que con esto del turismo social-ista surgiera un pintoresco mercado negro, a través del cual los agraciados con la pedrea zapateril revendieran al vecino una semana en Torremolinos a precio de ganga. Total, si lo único que proponen los socialistas es cambiar el dinero de bolsillo entre unos ciudadanos y otros –lo de crear riqueza es cosa de fachas–, qué más da que en el proceso se perfeccione por la iniciativa privada de los actores comerciando con la gabela que les cae del cielo.

Los planes quinquenales de ZP van a correr la misma suerte que los de sus predecesores en la tradición marxista. No sólo no van a solucionar problema alguno, sino que esa nueva dosis de coacción institucional agravará la situación de los que ya están sufriendo graves problemas económicos. Porque las Zapatero’s Holidays se acaban, la gente vuelve del balneario y se topa de nuevo con la realidad de que no tiene trabajo ni perspectivas de encontrar un puesto a corto plazo. Y eso no se resuelve embargando la prosperidad de las generaciones futuras, que tendrán que enfrentarse al déficit público actual con una fiscalidad futura prácticamente confiscatoria dada la prodigalidad de ZP, sino reduciendo el gasto estatal y bajando los impuestos para que los individuos y las empresas tengan más recursos a su disposición. Los Gobiernos no solucionan las crisis económicas. Al contrario, las provocan. Y en casos como el de ZP, además las agravan. Y encima, este nuevo plan de Zapatero, como los seis anteriores, va exactamente en contra de uno de los preceptos del Decálogo, casualmente también el séptimo. ¿Lo recuerdan?

La CIA contra la SGAE

Pero reconozcámoslo, tiene razón. El presidente ejecutivo de la SGAE acierta cuando dice que quienes nos oponemos a la compensación por copia privada estamos "pagados y dirigidos por las empresas". De hecho, yo estoy escribiendo este artículo en la terraza de la maravillosa casa de 10.000 metros cuadrados y en primera línea de playa que me he comprado en la zona más exclusiva de Miami gracias al dinero que me entregan las malvadas corporaciones cada vez que le llevo la contraria (a 600.000 euros el artículo).

Pero no sólo nos pagan a periodistas y miembros de organizaciones como la Asociación de Internautas. También lo hacen con los diputados y senadores (medio millón de euros por proposición no de Ley presentada y el doble si es de Ley, así como 100.000 euros a cada uno que vota contra las posturas de las entidades de gestión). Lo incomprensible es lo de los miembros del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso, que se han opuesto a que las cuentas de la SGAE dejen de ser opacas; a honrados no les gana nadie. En definitiva, que las malvadas empresas se gastan una millonada en que algunos nos opongamos a ese canon con el que Bautista y los suyos se dedican a hacer obras de caridad.

De lo que no se ha dado cuenta el presidente ejecutivo de la SGAE es que esas empresas en realidad son unas meras intermediarias. Ni tan siquiera a ellas les sale rentable el increíble gasto que supone hacernos millonarios a periodistas, políticos y miembros de asociaciones para que critiquemos el canon. Quien financia este inmenso complot es la CIA, con el apoyo del Mossad, la banca Rothschild y la masonería. Nota a todas estas organizaciones: una persona tiene orden de sacar a la luz más información comprometedora para ellos (guardada en una caja fuerte secreta) en el caso de que nos pase algo a mí o mi familia después de que se publique este artículo.

El motivo de que tan poderosas fuerzas estén coaligadas contra unas personas generosas y altruistas como "Teddy" Bautista, Ramoncín y Pau Donés es simple: les molestan. Dado que su única fuente de ingresos es el canon, quieren quitárselo para arruinarles y evitar así que nos sigan iluminando con su creación artística. Escuchar una obra de cualquiera de ellos abre los ojos de los ciudadanos que viven engañados y manipulados por la propaganda que surge desde todos esos centro de poder. Tampoco les perdonan que algunos de ellos, como Bautista, Donés y Borau (pero no, por ejemplo, un Alejandro Sanz que siempre se ha mostrado contrario al generoso barbudo) sean amigos incondicionales de un Fidel Castro que ha llevado a los cubanos a un nivel de prosperidad y felicidad tan maravilloso que cientos de norteamericanos famélicos y sin libertad se juegan la vida intentando cruzar el estrecho de Florida a bordo de frágiles balsas.

Y tras estas terribles confesiones, voy a subirme a bordo una nave espacial conducida por Carlos Jesús. En este transporte viajaré camino al exilio en Raticulín, donde el complot anti-canon no me alcance.

¿Qué ha pasado?

Desde hace aproximadamente un año, raro es el día en que no se menciona la palabra crisis. Los tiempos de felicidad y bonanza de los años anteriores parecen definitivamente desterrados y a la mayoría de la gente le surgen tres preguntas: ¿cómo hemos entrado en crisis? ¿Cómo podemos salir de ella? ¿Y cuánto durará?

Atendiendo a los distintos medios de comunicación, las respuestas que se nos ofrecen son muy variadas e incluso incompatibles entre sí. Lo que sí se admite de forma prácticamente unánime es que existe un componente financiero en la misma, cuestión que es fácilmente verificable atendiendo a las distintas quiebras o nacionalizaciones bancarias. Todo esto ha alarmado, lógicamente, a multitud de personas que ni por asomo pensaban que la situación podía ser tan distinta en tan breve lapso de tiempo.

Para entender la crisis hay que comprender básicamente qué es el dinero. Para ello debemos atender a sus orígenes, cuando la humanidad empieza a abandonar el autoabastecimiento y comienza a comerciar. Esta nueva actividad se materializó mediante el trueque, es decir, una persona intercambiaba uno o varios bienes por otro u otros. La condición indispensable era que ambas partes quisieran los bienes ofrecidos en intercambio. Este sistema supuso un gran avance, ya que podían consumirse bienes que el individuo no produjese, pero a su vez limitaba mucho los intercambios, ya que comprador y vendedor debían disponer de bienes que mutuamente deseasen. La solución llegó con el empleo del dinero. Su concepto era muy simple: se trataba de bienes deseados por cualquiera de las partes, y que a su vez fuesen admitidos por otros posibles compradores y vendedores. Para ello se buscaron bienes fácilmente transportables y relativamente escasos, lo que condujo, finalmente, a los metales preciosos (fundamentalmente oro y plata). Al ser almacenable y no perder valor con el paso del tiempo, al papel que jugaban como elemento de intercambio se le unió otro: permitir el ahorro.

Es por ello que el dinero, desde sus inicios, fue un instrumento que servía de elemento de intercambio y ahorro, debido a su facilidad de transporte, almacenamiento y conservación y a su escasez. Estas características eran, en ocasiones, olvidadas por los responsables de la acuñación de las monedas. Así, ya en el Imperio Romano, determinados emperadores trataron de crear dinero de la nada disminuyendo la proporción de metales preciosos en la moneda. La consecuencia no podía ser más catastrófica, ya que la moneda automáticamente perdía valor en la relación de intercambio con el resto de bienes y aparecía el fenómeno de la inflación, que afectaba especialmente a personas con bajo nivel de ingresos, cuya única capacidad de ahorro se encontraba en la acumulación de monedas.

Con la aparición del papel moneda el papel de los metales preciosos (fundamentalmente el oro) no se olvidó, ya que el billete se transformaba en un pagaré que podía ser cambiado por oro por su poseedor. Por tanto el dinero seguía conservando las características de almacenamiento, transporte y escasez. El problema surgió cuando el billete dejó de tener una de las características esenciales, la escasez. La emisión monopolística de moneda y billetes por parte de los bancos centrales permitió a determinados gobiernos el empleo de políticas creativas que buscaban crear dinero de la nada. La limitación existente a la hora de imprimir billetes desaparecía si éste perdía su convertibilidad. Ya la cantidad de dinero en circulación no dependía del oro almacenado, sino de la capacidad de impresión de los bancos centrales. Con un coste de emisión infinitesimal, acudir a la emisión de moneda se transformaba en una tentación demasiado fuerte para determinados gobernantes. El resultado se dejaba ver en seguida, ya que el dinero perdía valor de intercambio, por simple aplicación de las leyes de oferta y demanda. Este envilecimiento traía consigo una subida generalizada del precio monetario del resto de los bienes.

Al dejar de ser el dinero un bien escaso, los tipos de interés dejaron de fijarse por oferta y demanda. Así, si el interés inicialmente era el producto de la realización de infinidad de transacciones en las que prestamistas e inversores se intercambiaban el dinero a cambio de una remuneración libremente pactada, ahora era fijado en una mesa de despacho por los responsables de emitir la moneda. Esto conducía a desequilibrios entre la oferta de ahorro y la demanda de inversión que eran resueltos con emisiones de papel por parte de los bancos centrales. Al aumentar la cantidad de dinero en circulación éste perdía indefectiblemente su valor de intercambio, con lo que perdía su valor como elemento de ahorro. Por tanto se buscaban inversiones alternativas, que encima contaban con el inconveniente de tener unas expectativas de recuperación irreales y anormalmente altas creadas por precisamente por la abundancia de dinero barato.

Este sistema motivó que se considerase normal tener un IPC por debajo de una determinada cifra marcada como objetivo. Amén del error de cálculo cometido al identificar inflación con IPC (cuando este indicador no es más una media de aumentos de precios de determinados elementos de consumo, que se presumen se corresponde con una cesta de compra media, olvidando el otro papel esencial del dinero, el ahorro), no se podía obviar el hecho de que cualquier tasa de inflación por encima de cero supone una merma en el ahorro de los ciudadanos, especialmente de los más pobres, cuyo ahorro se fundamenta esencialmente en la acumulación de dinero.

La búsqueda de productos de ahorro alternativos motivó el encarecimiento de éstos, que no era sino el resultado del envilecimiento de la moneda y de su pérdida como valor de referencia estable. Así, recientemente hemos podido observar cómo se produjo un crecimiento elevadísimo en la cotización de las acciones, que no guardaba relación alguna con los métodos de valoración más empleados (como, por ejemplo, el PER). Posteriormente, cuando los inversores se empezaron a preguntar masivamente si las sociedades cotizadas justificaban lo que estaban pagando por sus acciones, se produjo una baja generalizada su precio, trasladándose dichos ahorros al sector inmobiliario. El mismo fenómeno se ha producido en el sector inmobiliario con el inconveniente de tratarse de inversiones más elevadas que ha conducido a muchas personas a apalancarse a plazos elevadísimos por unas cuantías que difícilmente son asumibles en cuanto se produce la más leve minoración en los ingresos obtenidos.

Por tanto, la pérdida de las características esenciales del dinero y la manipulación de las leyes de oferta y demanda en el ahorro e inversión ha conducido a esta crisis. Este fenómeno ha sido, sin duda alguna, agravado por las prácticas bancarias de emplear masivamente el endeudamiento a corto para financiar deudas a largo plazo, y la falta de empleo de los más elementales cálculos de riesgos a la hora de evaluar las posibilidades de devolución por parte de los inversores. Así mismo, en el caso particular de España la rigidez de la oferta inmobiliaria y el hecho de que sea la base de financiación para determinadas administraciones han endurecido las consecuencias al elevar el precio de los inmuebles y dificultar su construcción y compraventa.

Por tanto la pregunta de cuánto durará la crisis dependerá de que se pretenda devolver al dinero su papel esencial, o que se siga empleando de manera creativa por parte de los bancos centrales, olvidando tanto la escasez intrínseca que le da su valor, como las leyes de oferta y demanda a la hora de fijar su retribución (interés).

El factor Y

En los 80 se pusieron de moda las violaciones. Luego virtualmente, y a excepción de algún que otro reincidente, los medios han dejado de recrearse en ellas. Hoy el foco se cierne sobre otra violencia, también de hombres, también hacia mujeres. Pero en lugar de en la frialdad de la calle o de un portal, en el calor de una casa. Como violencia doméstica resulta demasiado ambiguo (las víctimas más frecuentes son los hijos), se le ha rebautizado como violencia de género o, directamente, violencia machista.

El discurso político, que los medios de comunicación, en ese recreo, aceptan y adornan, tiene siempre una relación ambigua con la realidad. No son perfectamente paralelos. La política se alimenta de la realidad o, por ser más precisos, de lo que comúnmente se piensa sobre ella. Es el entendido lo que cuenta, no el hecho. Esta segunda derivada desde lo que acaece alimenta el discurso, y éste regurgita nuevos entendimientos, nuevos factoides, nuevas derivadas de segundo grado. Discurso para-lelos. Democracia.tv.

No hay que tener miedo a llamar a las cosas por su nombre. Tampoco hay que caer en crear las cosas por un nombre. Se le llama violencia machista y se juega ambiguamente de que los hombres son culpables y las mujeres víctimas por un quítame allá un cromosoma y. El machismo consiste en ver un factor x en las debilidades de los varones. ¿Es más aceptable hablar de un factor y? Este martes (de martirio informativo) los medios han confabulado sobre la violencia de este género.

Radios y televisiones han llenado sus horas hablando de crímenes entre parejas, su etiología y las soluciones. Los niños son el futuro, no hay rival pequeño y todas esas monadas. Pero que yo sepa nadie se ha atrevido a decir aspectos básicos extraídos de la estadística, como que tal violencia ha aumentado en España a medida que lo ha hecho la inmigración, y a su compás. Sólo hay que desplazar el discurso de un culpable a otro, de “los hombres” a “los inmigrantes” para que una y la misma lógica sea progresista en un caso y ultraderechista en el otro.

Y los medios, los remedios de la política para “combatir” el problema. Todos encomiables. Lo curioso es que aquí sí que se olvidan todos, políticos y periodistas, de las víctimas. Al parecer a nadie se le ha ocurrido que si una víctima recibe una agresión, tiene pleno derecho a defenderse. Y a hacerlo con los medios más adecuados para hacerlo. “Tolerancia cero” con el agresor en un mundo que ha proscrito la intolerancia. Pero tolerancia cero, también, con la víctima y su derecho a la autodefensa.

Yang y el olvido de Yahoo!

Al volver de Silicon Valley a la ciudad, justo después de visitar esa tarde una de las oficinas de Facebook, vi a una lado de la carretera las oficinas de Yahoo!. Tuve una sensación extraña, en los días anteriores ni se me había pasado por la cabeza pensar en visitar las oficinas de esta compañía, pues inconscientemente ya había decidido que no tenía mucho interés en ella. Pero lo que más me extrañó fue que no habría sentido esa indiferencia hace unos años: Yahoo! habría sido una de la visitas obligadas para cualquiera que hubiera visitado Silicon Valley allá por el 2004.

La empresa que nació el 2 de Marzo de 1995 y cuya misión fundacional es "ser el servicio global de internet más esencial para consumidores y negocios" ha perdido la pujanza que atesoró años atrás, parece que toda la experiencia acumulada en más de una década de trayectoría no ha sido capaz de competir con el omnipresente Google y con el adinerado Microsoft. Uno de sus fundadores, Jerry Yang, volvió a la dirección de la empresa hace unos años para devolverle su brillo inicial, pero se ha quedado en el camino y la ha abocado o bien a una venta por un precio mucho menor que el ofertado por Microsoft hace mes o a fusiones mediocres con empresas como AOL.

Yahoo! perdió su rumbo hace tiempo, siempre a medio camino entre ser buscador, portal, generador de contenidos o muchas otras cosas según el país o el mercado, que paulatinamente lo han ido desquiziando y le han hecho perder una identificación de empresa, tanto para clientes, empleados y usuarios. Los ejemplos son diversos y muchos de ellos sangrantes, como el de la compra de Overture, una compañía que tenía una tecnología para mostrar anuncios segmentados cuando se realizaban búsquedas en diferentes motores y que fue adquirida por Yahoo! al ver como Google se hacía millonario con su programa de anuncios denominado Google Adwords. Desde entonces, la empresa californiana no ha conseguido integrar está tecnología de una manera eficiente como para ser un verdadera competencia del programa de anuncios de Google.

Para los que llevamos ya varios años en internet es una pena ver como la luz de Yahoo! se apaga, pero es ley de vida y paralelamente otras luces crecen cada día, como Facebook, que va camino de ser tan omnipresente como Google.

Postdata, dos apuntes que nos deja la semana:

  • La Unión Europea lanza Europeana, que además de no funcionar hace que Europa siga sin preguntarse dónde está el Google y el Facebook europeo. ¿Por qué en Europa no nacen estas empresas y se recurre al sector público?
  • Se ha celebrado Ficod, el foro de contenidos digitales, con ponentes de la talla de Chris Anderson, ¿por qué tiene que pagar Red.es (es decir, todos con nuestros impuestos) este foro por muy interesante que sea?

Sofismas y desarrollo económico

Como explicaba María Blanco, y ya expuso hace décadas Henry Hazlitt en su Economía en una lección, la economía es un polo de atracción de sofismas y mitos, creencias populares que se sostienen que pueden ser intuitivas, pero que el razonamiento riguroso contradice.

En el ámbito del desarrollo económico estos sofismas son aún mayores si cabe. Por ejemplo: que la ayuda externa es insuficiente y hay que aumentarla en grandes cantidades para que pueda ser realmente efectiva, o que la planificación centralizada, ya sea en su vertiente tradicional (a través de inversiones públicas, educación, etc.) o tratando de imponer coactivamente mercados, que es otra manera de planificar desde arriba. Otras ideas, tampoco acertadas, son que el capital humano y físico es condición necesario para el desarrollo, y por eso se abogó por la teoría de la trampa de la pobreza y por inundar a los países subdesarrollados de dinero con el que invertir y sacar a los países más atrasados del agujero.

Sin embargo, como muestra William Easterly en su libro En busca del crecimiento, éstas y otras ideas, cuando fueron aplicadas, fracasaron rotundamente. Y lo hicieron básicamente porque, según él, incentives matter, y estas medidas se olvidaban totalmente de ellos. Pero no sólo los incentivos importan, sino que existen problemas de información inerradicables, ya que los planificadores centrales no pueden hacerse con la información que es necesaria para poder coordinar la sociedad y hacerla salir adelante.

Todas estas ideas teóricas nacieron en el seno de un paradigma económico que, en sus teorías sobre el crecimiento económico, apenas tiene en cuenta los factores institucionales, ni el carácter dinámico de los procesos sociales, sino que se centran principalmente en la relación funcional (la función de producción neoclásica) existente entre los factores productivos (inputs comoel trabajo, el capital, el progreso técnico o innovaciones tecnológicas) y la producción (output). Así se puede llegar fácilmente a la conclusión de que, a mayor inversión en fábricas y maquinaria, o en educación o I+D, mayor será el crecimiento.

Sin embargo, empíricamente esto no es así; el caso extremo sería la Unión Soviética, que según algún autor (Weitzman) tomó la teoría del crecimiento neoclásica convencional como la base para su crecimiento. Y teóricamente, lo importante es generar un marco de actuación o institucional que impulse y dirija el gran potencial del ser humano, su perspicacia y creatividad, hacia las actividades realmente productivas.

Tener en cuenta el marco institucional (que podríamos definir como las reglas del juego, el marco de actuación o el conjunto de incentivos que influye y determina los comportamientos de los individuos) y el concepto de función empresarial (entendida, siguiendo al profesor Huerta de Soto, como la capacidad innata del ser humano de descubrir oportunidades de ganancia que se dan en el entorno, y actuar en consecuencia para aprovecharlas) es absolutamente necesario para poder avanzar de manera fructífera en el campo del desarrollo y el crecimiento económico, y poder ofrecer recomendaciones de política económica con distintos resultados a las que se han aplicado desde la Segunda Guerra Mundial.

Camino de servidumbre al nacionalismo totalitario

La represión de las libertades ciudadanas y el proceso de sometimiento de toda la sociedad a los designios de una clase política en su pretensión de alcanzar una utopía fueron perfectamente diseccionados en la obra Camino de Servidumbre, donde Hayek señalaba cómo "el partido nacional socialista alemán dedicó sus esfuerzos a desgastar los cimientos de la democracia para aprovechar su decadencia y, en un momento crítico, obtener el apoyo de muchos que, aunque detestaban a Hitler, le creyeron el único hombre lo bastante fuerte para hacer marchar las cosas".

En la actual España democrática, el abandono del camino de la sociedad civilizada comienza cuando se logran imponer políticas de discriminación nacionalista en ayuntamientos y en regiones, sin que actúe el Estado de Derecho ni funcionen instituciones democráticas como la separación de poderes o la independencia judicial.

Las graves fisuras normativas que contiene nuestra ley básica han permitido que los nacionalistas dominen las fuerzas de la sociedad libre para "guiar" a los ciudadanos hacia una supuesta "nueva libertad" que se alcanzaría en arcadias como las históricamente inexistentes: Euskal Herria, Paisos Catalans o Galiza.

Hayek acierta al afirmar que "la libertad (nacionalista) no es más que otro nombre para el poder o la riqueza" de ciertos grupos sociales organizados. Hoy en día se emplean el idioma y la cultura regional, o simplemente la territorialidad, para alcanzar cotas de poder local cada vez mayores por parte de los dirigentes nacionalistas, adoctrinando a la población en el sentimentalismo rupturista en contra de las regiones vecinas y aglutinando ciudadanos desencantados entorno al pensamiento único que busca el enfrentamiento visceral en vez de la reflexión, la cooperación y la tolerancia.

Tanto socialistas como nacionalistas están intentando conducir "todas las actividades del individuo, desde la cuna hasta la tumba", mediante la imposición de legislación positiva que invade el ámbito privado de decisión y, poco a poco, destruye las garantías jurídicas sobre los derechos individuales que establece la Constitución.

Los recursos de las regiones y del país se utilizan al servicio del partido para lograr la utopía hacia donde se quiere llevar al pueblo. Pero, tal y como lo expresa Hayek, la utopía colectivista exige por parte de la población "la general aceptación de un Weltanschauung común, de un conjunto definido de (nuevos) valores".

Como indicaba Hayek, la propaganda es un elemento clave ya que sirve para la consecución del Gleichschaltung, del pensamiento único de todas las mentes:

Ni las personas más inteligentes e independientes pueden escapar por entero a aquella influencia si quedan por mucho tiempo aisladas de todas las demás fuentes informativas.

De ahí, la importancia que otorgan los "colectivistas" a lograr el férreo control de las fuentes de información. Así, en España, muchos pretenden denominar "libertad periodística" a la pantomima de conceder licencias, contratar publicidad institucional y otorgar concesiones administrativas a grupos empresariales bien conectados con los mismos políticos a los que deberían controlar en su ejercicio del poder.

El invierno mediático queda organizado en torno a una concertación de cuatro grandes grupos periodísticos privados (Antena 3, Cuatro, Telecinco, La Sexta), dos cadenas públicas nacionales y, con escasa cuota de pantalla, las cadenas autonómicas también públicas.

Y es curioso observar como todas las grandes cadenas generalistas centran sus informaciones en sucesos, noticias impactantes, deportes y el tiempo, dedicando apenas cinco minutos diarios a titulares de noticias verdaderamente relevantes y, poco más. Prácticamente se emplean cero minutos en contrastar análisis opuestos de los hechos que tienen verdadera trascendencia para el futuro del país.

Por supuesto, mediocridad y uniformidad extienden su influjo a los noticieros y programas radiofónicos y, en menor medida, a los editoriales y artículos de análisis de los periódicos. La mayoría de la población apenas puede vislumbrar ligeros matices y leves diferencias sobre el acontecer esencial para el devenir de la nación española.

Las consecuencias morales de la propaganda controlada por un gobierno socialista o, aún peor, por el nacionalismo con el que se alía, son la destrucción de toda moral social y de la esperanza por recuperar las instituciones democráticas porque "minan uno de sus fundamentos: el sentido de la verdad y su respeto hacia ella".

Cuando una región o un país son conducidos a los infiernos del totalitarismo, resulta paradójico como la palabra verdad pierde su significado real, para pasar a designar el pensamiento único establecido por la autoridad.

Surgen tribunales políticos, como el CAC (Consejo Audiovisual de Cataluña), que sirven para proteger la propaganda del régimen nacionalista al que sirven, con la inmoral aquiescencia de los representantes y tribunales ordinarios, ya sea cerrando emisoras de radio opositoras al régimen, otorgando licencias administrativas a grupos periodísticos afines al nacionalismo o actuando como censores en internet. No en vano, ya en 1946 nuestro perspicaz Hayek advirtió:

Todo el aparato (colectivista) para difundir conocimientos: las escuelas y la prensa, la radio y el cine se usarán exclusivamente para propagar aquellas opiniones que, verdaderas o falsas, refuercen la creencia en la rectitud de las decisiones tomadas por la autoridad; se prohibirá toda la información que pueda engendrar dudas o vacilaciones.

Sólo con medios de comunicación libres y críticos con el poder, existe alguna esperanza para la reconstrucción de las instituciones democráticas, la defensa de los ciudadanos frente a la ofensiva excluyente, y el rescate de nuestra precaria democracia del camino de servidumbre al nacionalismo totalitario.

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