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La crisis según Robinson Crusoe

Tras recibir picos de hasta 20 millones, y pese a haber duplicado el número de máquinas, el proyecto ha muerto de éxito y ha decidido cerrar sus puertas hasta mediados de diciembre, momento en el que planean estar preparados para responder a las visitas.

Europeana es el resultado del ataque de cuernos que sufrieron los franceses ante la iniciativa de Google de empezar a digitalizar millones de libros procedentes de las principales bibliotecas del mundo anglosajón. En lugar de apuntarse a la iniciativa y permitir que la empresa norteamericana digitalizara los contenidos de las grandes bibliotecas europeas y los pusiera a disposición tanto del público como de las propias instituciones, decidieron que había que hacer un proyecto alternativo. El resultado: dos millones de euros al año de dinero público para sacar una web que se cae el día de su estreno.

Las autoridades públicas deberían limitarse, en lo que a internet se refiere, a respetar la libertad con que fue creada y ha crecido desde entonces y a fomentar su uso poniendo sus servicios y archivos de contenidos disponibles en la red. Al fin y al cabo, se supone que son públicos y, por tanto, propiedad de los contribuyentes, que deberían poder acceder a ellos de la manera más sencilla y barata posible. El problema es que, en general, los incentivos a los que se enfrentan funcionarios y políticos a la hora de abordar este asunto no son los correctos.

Así, el proyecto Europeana tiene un problema: que su objetivo es complacer a los políticos y no a los usuarios de la web. Cualquier sitio espera picos de actividad el día en que se presenta al público, y más si lo hace ante toda la prensa europea. Por consiguiente, gasta en infraestructura lo suficiente como para no defraudar a esos primeros usuarios atraídos por la publicidad de su lanzamiento. Muchos de ellos no volverían en cualquier caso, pero si la web no funciona, seguro que no lo hacen en su inmensa mayoría. ¿Cuál es el problema? Ninguno, al menos para los responsables de Europeana; seguirán recibiendo toneladas de dinero público y ninguna cabeza responderá del error.

Una empresa privada no podría haberse permitido un lanzamiento tan accidentado; le podría costar la viabilidad de su proyecto. Pero claro, las empresas en internet se enfrentan a las restricciones del mercado, es decir, a las impuestas en último término por los internautas. Los políticos no tienen esos problemas.

Ojo, no digo que Europeana no vaya a ser una web útil, o que no se vaya a utilizar. Tan sólo que previsiblemente será peor que proyectos privados similares y, sobre todo, mucho más caro. Especialmente porque quienes lo pagan no lo hacen voluntariamente.

La accidentada Europeana

En sus largas caminatas descubre un manantial, así como algunos arbustos de moras diseminados de forma aislada en distintos puntos de la isla. Durante los primeros días, Crusoe dedica todo su tiempo y esfuerzo a recolectar dichos frutos y a recoger agua para asegurarse la alimentación. Sin embargo, tras varias semanas, se percata de que es capaz de recolectar más moras de las estrictamente necesarias para su supervivencia diaria. Necesita 20 moras cada día pero, de media, consigue recolectar 25 unidades por jornada.

Además, la isla también cuenta con cocoteros que se concentran en abundante número en una de las playas descubiertas por Crusoe en sus largos paseos de exploración. El náufrago se percata entonces de que si contara con algunas dianas y una vara podría alcanzar los ansiados cocos, con el consiguiente ahorro de tiempo y trabajo en la búsqueda de agua y moras diseminadas por el extenso territorio.

Sin embargo, obtener ambas herramientas le llevará su tiempo. Así, calcula que necesitará, como mínimo, 10 días para lograr trenzar algunas dianas y buscar la rama adecuada de donde sacar una vara lo suficientemente firme y larga para alcanzar los cocos. Durante este tiempo tendrá que interrumpir su recolección de moras y agua. De este modo, el náufrago, impulsado por su expectativa de ver mejoradas sus condiciones de vida en el medio plazo, decide dedicarse el mes y medio siguiente a acumular el excedente de moras (5 unidades diarias) y la cantidad de agua necesarias para desarrollar posteriormente su plan.

Tras este período de duro esfuerzo, Crusoe cuenta ya con el capital suficiente (ahorro de moras y agua para 10 días) para dedicarse a la elaboración de sus utensilios (medios de producción). Por fin, obtiene su recompensa. El esfuerzo ha valido la pena, ya que con la vara y algunas cuerdas puede disfrutar de cocos en abundancia para su supervivencia.

De hecho, gracias a su plan, dispone ahora de toda la tarde libre para dedicarse a otras tareas, como la construcción de una pequeña cabaña y otra serie de utensilios básicos, tales como la recogida de leña y la fricción de maderas para obtener fuego, que facilitarán la vida del náufrago en un ambiente hostil. El ahorro ha salvado a nuestro náufrago de sufrir una estancia repleta de dificultades y carencias.

Sus necesidades básicas están cubiertas, ya que ahora dispone, incluso, de un pequeño almacén donde acumular los cocos y algunos otros frutos. Sin embargo, por desgracia, la suerte no acompaña por mucho tiempo a nuestro aventurero. El jefe tribal de un archipiélago vecino, llamado Alan Greenspan, decide colonizar la isla de Crusoe, escapando del hambre, la pobreza y los disturbios que azotan su antiguo reino.

Greenspan, acompañado de sus 100 vasallos más fieles, decide de inmediato organizar la vida económica en su nuevo dominio. El capital con el que cuenta son algunas barcas y redes. De inmediato, y con el fin de contentar a sus hambrientos seguidores, decide destinar 50 hombres a las tareas de pesca, 25 a la recolección de cocos y otros 25 al mantenimiento de la varas, las cuerdas, las redes y las barcas.

Durante las primeras semanas, el éxtasis se apodera de la isla y del propio Crusoe, al observar cómo la dieta de cada isleño (renta per cápita) se dispara gracias a la abundancia de pesca y frutos. Cada habitante cuenta de media con 3 peces y 2 cocos diarios, con el que colman sobradamente sus necesidades. Greenspan, desde su trono, se muestra orgulloso de su capacidad de liderazgo y planificación para organizar de forma ordenada la vida en la isla.

Dada la supuesta abundancia existente, el líder considera que ha llegado el momento de desviar un mayor número de recursos a mejorar las comodidades de sus vasallos. Puesto que en ningún caso desea ver reducida la dieta de los isleños, decide destinar 15 personas que estaban dedicadas al mantenimiento del capital (las varas, las cuerdas…) a la construcción de las cabañas. El problema es que, poco a poco, las barcas, las redes y la varas se van deteriorando por el uso, de modo que el número de peces y de cocos comienza a decrecer. Ahora, cada isleño, recibe de media 2 peces y 1 coco diario. El desánimo comienza a aumentar entre la población.

El ahorro brilla por su ausencia. Todos los esfuerzos de Greenspan se centran en lograr incrementar el consumo de peces y de cocos, así como las comodidades más alejadas de las necesidades inmediatas, tales como la construcción de chozas, descuidando, pues, los bienes intermedios. Ante tales dificultades, el jefe de la organización trata de impulsar nuevamente el consumo disponible, sin percatarse en ningún caso de las deficiencias existentes en el mantenimiento del capital. Por ello, acuerda destinar otros cinco hombres de este sector a las actividades de pesca.

Si bien, en un primer momento, consigue aumentar el número de peces a distribuir, el mal estado de las barcas, las redes y las varas reduce todavía más la renta disponible, hasta el punto de que el deterioro de estos bienes impide ocupar a toda la mano de obra dedicada a estos sectores (aparece el paro). La dieta decrece todavía más, mientras que los cinco hombres dedicados al mantenimiento de los utensilios se encuentran desbordados de trabajo.

La planificación económica ha fallado, el descontento estalla y Greenspan se ve obligado a abandonar la isla. El consumo del capital (carencia de ahorro) se ha materializado en recesión (menos renta per cápita), desempleo, y sobreinversión artificial en determinados sectores (construcción y consumo), que precisarán de un profundo reajuste.

La huida de Greenspan y, por lo tanto, la inexistencia de planificación central, permitirá ahora a los isleños organizarse de forma espontánea (libre mercado) en el desarrollo de las actividades económicas, al igual que le sucedió a Crusoe tras su llegada a la isla. La falta de ahorro y el consumo de capital son claves para comprender correctamente la actual crisis económica.

El Estado es el origen del problema

Vivimos tiempos de confusión e incertidumbre. No tanto por el cariz que tiene e irá adoptando la situación económica, sino por la explicación que desde la corriente principal de pensamiento y opinión se está ofreciendo respecto a las causas y consecuencias de la tormenta en que nos hallamos.

Desde posiciones fieles a la tradición teórica y explicativa de la Escuela Austriaca de Economía, no cabe duda sobre las causas endógenas que desencadenan el brutal reajuste en forma de crisis y recesión. El privilegio concedido a la banca respecto al poder de disposición sobre los depósitos a la vista, exclusivo y capcioso, justificado en la legislación del Estado, obviando ilicitud y contradicción con los principios generales del Derecho, desencadena una dislocación interna capaz de generar errores masivos en las decisiones de los agentes económicos. 

El Estado se apodera del dinero, institución básica para el desarrollo del proceso social, suplantando su versión libre y evolutiva por una moneda de curso forzoso y fiduciaria, sometida a todo tipo de manipulaciones. El precio de dicho dinero queda regulado por un tipo de intervención, así como las prácticas financieras, contables y organizativas.

Un órgano de dirección con poderes irresistibles y facultades extraordinarias, llamado Banco Central, actúa como prestamista de última instancia y planificador de tipos, oferta monetaria y resortes operativos. Es el Estado el que pretende un sistema monetario y financiero capaz de soportar su peso y alimentar su voracidad. En situaciones de crisis de dicho sistema, resulta consecuente que sea el propio Estado el que trate de salvar su obra.

No podemos hablar de mercado libre cuando estamos ante regulaciones positivas que tratan de prevenir la naturaleza de las acciones particulares. En situaciones así la interacción entre individuos empuja, a pesar del peso de la intervención, a la formación de fórmulas alternativas, que de forma subrepticia se abren paso entre la madeja de regulación, a costa de la prudencia y la interiorización del riesgo, y lo que es peor, reiterando el desprecio sistemático por la defensa y definición de los derechos de propiedad.

El Estado pervierte el orden tratando de suplantar sus reglas por una estructura normativa ajena a las características fundamentales del mercado libre. El resultado, una grave distorsión que disloca las preferencias temporales de los agentes generando señales que inducen errores masivos.

Asumida esta realidad, no debemos cejar en el esfuerzo intelectual emprendido obviando que el Estado, por su propia naturaleza, más allá de la manipulación de la moneda y su irrupción en el mercado financiero, genera tantísimas distorsiones, que su propia existencia es de por sí perturbadora y origen de una nefasta asignación de recursos. Señales equivocadas de la desaparición de las reglas, principios y valores que han favorecido los niveles de división del conocimiento y el trabajo sostenedores del progreso social alcanzado.

Sería reduccionista e improcedente tratar de resumir en este artículo todas las vías por las que la acción del Estado, como estructura de dominación irresistible que persigue objetivos concretos a costa de la libertad de los individuos en pretender sus fines particulares, descoordina el orden social.

Sirva como ejemplo la asunción por parte del Estado de la educación de los individuos. No hablamos necesariamente de la prestación directa del servicio, sino de la mera fijación de contenidos, modelos de estudio, requisitos para alcanzar la titulación, previa concesión en la fijación de número de plazas y disciplinas universitarias, etc. Que el Estado preste o no el servicio, a este parecer, resulta indiferente. Lo que realmente trasciende es la regulación irresistible que plantea, imponiendo barreras de entrada, forzando a los menores a recibir la educación previamente diseñada o planificada por él.

La distorsión, falsas señales, dislocación de preferencias, descoordinación con las necesidades patentes y discernibles del proceso social, la falta de competencia y adaptación de modelos… todo contribuye a que una gran parte de los individuos desperdicien años y esfuerzo iniciando sendas equivocadas, caminando a ciegas, siempre con la sensación típica del estatismo, de poder lograr todo lo propuesto al margen de la realidad, siempre y cuando el Estado haya sembrado expectativas que ni él ni el mercado son capaces de satisfacer. Estos errores impiden ajustes, impiden que multitud de oportunidades de ganancia se vean resueltas. Frena la creación de conocimiento, el desarrollo social y el progreso económico.

El Estado es el origen, en cada una de sus intervenciones, de todo error masivo en la toma de decisiones, de la indisciplina general, así como la falta de respeto y vulneración de derechos de propiedad y principios generales del Derecho. En el momento que plantea su agresión irresistible, justificada a través de excusas típicas del estatismo, despliega consecuencias que no controla, pero siempre, en todo momento, son perjudiciales y profundamente descoordinadoras.

El Estado sostenible

Lo que pudo ser una verdadera revolución liberal, elogiada por muchos, generadora de mitos como Reagan o Thatcher, tal vez, a pesar de los avances, formó parte del proceso de adaptación y resistencia del omnímodo poder estatal. No es objeto de este artículo comentar lo que sucedió en aquellos años sino, sencillamente, advertir la tendencia seguida desde entonces que, muy lejos de debilitar al Estado, ha logrado hacerlo más fuerte si cabe.

Podemos interpretar la égida estatista en términos intensivos o extensivos, respecto a las competencias atribuidas o la regulación servida. En realidad, el Estado debe estudiarse como una estructura de dominación compleja, no ya en competencia con el proceso social de individuos libres, sino como parásito del mismo, infiltrado y adaptado paulatinamente a sus características y expresiones contingentes.

El totalitarismo de entonces (caso chino), propio de una ideología constructivista que pretende la suplantación del orden social espontáneo por una organización a modo de estructura de dominación o Estado, ha comprendido que su empresa resulta no sólo inútil, sino que está condenada a la autodestrucción. Por ello, en concubinato con la socialdemocracia de todos los partidos, ha adoptado una serie de cambios orientados hacia el afianzamiento y perpetuación del Estado en un orden global basado en el comercio internacional.

El intervencionismo ha quedado en eufemismo si tenemos en cuenta los actos de agresión sistemática sobre la función empresarial y el orden social y de mercado perpetrados por las administraciones y los poderes del Estado. Como bien señaló Mises en su análisis del intervencionismo, no conviene matar a la gallina de los huevos de oro. Los ideólogos dispuestos a servicio de la causa estatista, en base a procesos de prueba, error, competencia y aprendizaje (duele decirlo), han concluido una serie de reformas para cambiarlo todo sin que nada en realidad se mueva de su sitio.

El neoliberalismo efectivo, el que caló entre la clase política y, pudo plasmarse como reformas concretas de la Gran Organización, no logró, y en muchos casos no quiso, ubicar al Estado en una posición residual, constreñido en funciones propias de un poder público consecuente. El minarquismo fracasó; fue su espíritu el que devolvió al estatismo la viabilidad perdida.

Las privatizaciones de sectores considerados estratégicos o bienes públicos incuestionables durante y después de la Segunda Guerra Mundial (cuando no antes), introdujeron un necesario dinamismo del que sólo el mercado libre es capaz. La competencia y los incentivos descubiertos en cada desajuste y situación de descoordinación, contribuyeron y contribuyen a generar resultados muy superiores a lo que se estaba acostumbrado mediante la utilización de entes públicos. Por otro lado, las que resistieron por una razón u otra, descentralizaron su actividad recurriendo a empresas privadas prestadoras de servicios secundarios, o incluso privatizaron su gestión.

El Estado logró así que los engranajes del proceso social, parasitado por él, favorecieran sus objetivos en otros muchos campos, los que más le interesan, fundamentalmente las relaciones interestatales. Para ello requiere fortaleza interna, imbuir a su población de un espíritu dependiente, asegurar de algún modo que pese a la obvia superioridad del mercado, cuando de generar resultados se trata, el Estado siguiera apareciendo como incuestionable instancia que asegure la paz social en sus diversas formas. El paternalismo no pereció.

El nuevo intervencionismo regula mercados que constriñe o relaja en función de sus necesidades. Fomenta la creación de empresas privadas sobre las que ejerce una influencia y dominio político idéntico al que pudiera extender sobre su propia burocracia empresarial. Podemos comparar la situación actual con algún otro caso histórico, pero carece de relevancia. Todo camina hacia fórmulas inusitadas siempre orientadas por la salvación del Estado.

Fue el profesor Carlos Rodríguez Braunquien, en su intervención en los cursos de verano de Aranjuez este año 2008, nos previno sobre los peligros de esas medidas en apariencia liberales adoptadas desde el poder. Si salen bien, el producto siempre quedará a favor de la perpetuación estatista, pero, si algo negativo sucediera en el sector "liberado", podemos tener por seguro que serán los propios liberadores los primeros en recular y atribuir el quebrando al exceso de libertad.

Vivimos un proceso de paulatina recomposición y adaptación del Estado en función de sus necesidades. La aparente libertad no es sino una ligera expresión de lo que podría ser, y en consecuencia, los resultados que disfrutamos un ápice de lo que la mera existencia del Estado hace que nos perdamos. Ese coste de oportunidad refleja los fines meramente estatistas indispensables para su sostenibilidad y perdurabilidad.

PP: Aznar o Rajoy

El primero es la reunión del Comité Federal del PSOE, en el que Zapatero ha presentado el plan anti¿crisis? de cada mes. El último pasa por tirar de gasto, déficit y deuda pública. A eso lo llaman "pensamiento de izquierdas" y "socialdemocracia". Hay que aprovechar la crisis para que los ciudadanos "perciban claramente las diferencias entre la izquierda y la derecha". "La derecha nos ha metido en la crisis y la izquierda nos tiene que sacar". No dan para más. El progresista de hoy no es como el de hace 30 años. Aborregado por la Logse, acribillado por mensajes extraídos del canon progre desde todos los medios de comunicación, se ha vuelto acrítico y acomodaticio. Como no han necesitado pasar por ningún proceso de reflexión para tener un punto de vista, se mueven entre las consignas y las etiquetas, que constituyen el 95 por ciento del pensamiento de izquierdas actual.

El segundo se ha celebrado en Madrid y ha resultado en la reelección de Pablo Casado al frente de NNGG de Madrid, un chaval que ha sorprendido sólo a quienes no sabían de él antes de dar su famoso discurso. Aquí la cobardía se ha quedado a las puertas y tanto José María Aznar como Esperanza Aguirre han hablado tan claro como las circunstancias lo permitían. Aznar lo ha dicho sin miramientos: hay que conquistar el poder y no esperar a heredarlo. La derecha descreída y garbancil no se da cuenta de que la realidad no se impone por sí misma, tiene que ser interpretada de algún modo. Y la economía se volverá en su contra si los socialistas logran colar la idea de que "la derecha" es la responsable de la crisis. Entonces, el vacío moral e ideológico que proponen Rajoy y los suyos no valdrá de nada.

Combatir unas cuantas consignas, falsas como un telediario dirigido por Pepino Blanco, es fácil. Sólo se necesitan buenas ideas, y las hay, y un poco de valor moral. Rajoy no tiene fe en esas ideas y prefiere esconderlas. No hay nada que temer a las buenas ideas. No hay nada que esconder. El intervencionismo es inmoral, inane y un fracaso asegurado. El poder creador de una sociedad libre no tiene igual. Claro, que hay quien no se atreve a pensar ni siquiera eso.

No dejes que Greenpeace decida por ti

No es la primera vez que Garoña se convierte en el objetivo del radicalismo verde. En septiembre de 2002, Ecologistas en Acción anunció que un grupo de ecologistas alemanes había descubierto un pez mutante en las inmediaciones de la central. Esto le sirvió al vocero de turno de la organización para afirmar que "la energía nuclear no es tan inocua como dicen y tiene una incidencia clara sobre el entorno". El suceso también les sirvió para exigir, como ahora hacen sus amigos de Greenpeace, el cierre de Garoña por "los peligros que conlleva su continuidad". El pez, que según estos declarados enemigos del libre mercado (en sus principios ideológicos "rechazan el modelo capitalista") "había sufrido reacciones mutagénicas a causa de la radiactividad de las aguas", nunca aparecería. Los propios ecolojetas fueron los encargados de reconocer que se trataba de una burda mentira. El episodio fue útil para que a la opinión pública le quedara bastante claro que si los críticos de la central eléctrica nuclear de Garoña tenían que inventarse tamaña trola para poner en duda su seguridad, la instalación debía estar en muy buenas condiciones.

Los dirigentes de Greenpeace tampoco le hacen ascos al uso de falsedades y las medias mentiras para lograr sus objetivos ideológicos. En el pasado, la organización simuló matanzas de crías de focas y ocultó informes que le venían mal en su campaña contra el desmonte de una plataforma petrolífera de Shell en el Mar del Norte. Yo mismo he sido testigo en vivo y en directo de las mentiras de su director ejecutivo, López Uralde, sobre la disminución del bosque en España (que no disminuye sino aumenta). Ahora, en la campaña en la que se enmarca el bloqueo de Garoña, estos exaltados exigen "sustituir de forma gradual la energía nuclear en España por energías seguras, limpias y menos costosas". Sin embargo, lo cierto es que es imposible encontrar una energía menos costosa y limpia que la que se obtendría de ampliar 10 o 20 años la vida de Garoña. El megavatio que resulta de alargar la vida de estas centrales nucleares se sitúa en torno a los 15 céntimos, un coste sin rival en el mercado. Además, estas centrales son "limpias" en el sentido, que tanto nos han machacado ellos mismos, de que no emiten CO2; causante de lo que ellos decían considerar el "mayor problema al que se enfrenta la humanidad". Por último, digan lo que digan estos activistas, la central de Garoña ha pasado este año cuatro inspecciones internacionales que avalan su seguridad.

Para tratar de llevarse el gato al agua, el lobby ecologista afirma que podemos prescindir de la electricidad de Garoña porque el incremento de la producción renovable del año 2007 fue del doble que lo que esta central produce. ¿Y qué? La Agencia Internacional de la Energía advierte que nuestro país se enfrentará a un cuello de botella energético hacia 2015 si no hacemos algo para remediarlo. Además, a los ecologistas se les olvida comentar que las renovables son tan ineficientes que para poder crecer tuvieron que obtener en 2007 2.600 millones de euros en primas al precio, lo que permitió a unos pocos ricachones forrarse injustamente a costa del los ciudadanos de a pie. Las ayudas al precio de sus improductivas tecnologías han alcanzado este año la friolera de 3.000 millones de euros. Este proceso redistribuidor de rentas desde el ciudadano medio a unos pocos enchufados está poniendo en jaque a todo el sistema eléctrico por culpa del déficit tarifario que genera.

De todo esto no nos habla Greenpeace porque ellos no están interesados en la verdad sino en la alarma social y las medidas que les permitan acercar nuestra sociedad a un mundo en el que los verdócratas de su cuerda planifiquen nuestras vidas.

No dejemos las decisiones energéticas en manos de los ecologistas ni de los políticos. Tampoco debemos dejarlas en manos de las empresas eléctricas, incluidas las nucleares, que podrían estar beneficiándose de las ayudas de las que hablan los ecologistas. Quitemos todas las subvenciones y que sean los ciudadanos los que decidan libremente en el mercado.

El emprendimiento no causa la crisis

Según la doctrina oficial, una de las causas de la crisis económica tiene que ver con la avaricia desmedida de los bancos, por cuyas acciones una problemática local y localizada, cual eran las famosas hipotecas subprime en Estados Unidos, se ha extendido sin control por todo el sistema financiero, contaminando todo tipo de productos y entidades que eran ajenas a los manejos de aquellas arriesgadas hipotecas.

Este proceso se ha llevado a cabo mediante productos derivados de sofisticación creciente, en que de alguna forma se ocultaban los riesgos asociados a las hipotecas, para que parecieran algo que no eran, y así poder colocarlos a insospechados compradores. Es por ello por lo que ahora se aboga por incrementar el control sobre los productos financieros como algo necesario para evitar futuras crisis.

Es indiscutible que, en tal proceso de innovación, los emprendedores habrán tenido un papel destacado. Han sido los bancos más emprendedores los que originalmente han localizado esta oportunidad de negocio y se han arriesgado para ver si les salía bien. Cuando así haya sido, habrán incrementado sus beneficios por encima de lo normal, y habrán atraído la atención de nuevos agentes hacia esas prácticas, hasta llevar la tasa de beneficios otra vez a un nivel normal.

La pregunta que surge ante esta situación es inminente: entonces, ¿se equivocaron los emprendedores? ¿Sería necesario limitar la capacidad empresarial de los humanos para evitar que cosas así pasen en el futuro? ¿Por qué si lo que hacían iba a resultar en una catástrofe de estas dimensiones, ninguno era capaz de preverlo y seguían en esta línea de innovación?

La respuesta al interrogante la ofrece Kirzner en su teoría sobre la influencia de la regulación en el proceso de descubrimiento. Entre otras formas en las que la regulación altera el proceso de mercado, Kirzner habla del “wholly superfluous discovery market process” (proceso de descubrimiento del mercado completamente superfluo). Es este un proceso empresarial que se produce debido exclusivamente a la regulación, y que no se produciría sin ella.

La función empresarial llevada a cabo por los bancos para la re-colocación de sus hipotecas subprime a otros agentes es, posiblemente, uno de estos procesos superfluos, pero que sin embargo son capaces de alcanzar dimensiones brutales. Veamos a grandes rasgos, cómo se habría producido en el caso que nos ocupa, y espero que se me disculpen las incorrecciones técnicas.

Debido a la regulación, los bancos saben que pueden prestar una determinada cantidad de dinero en función de la liquidez de que disponen en cada momento (hablemos de un coeficiente de caja generalizado). En principio, cuando prestan dinero, por ejemplo, para una hipoteca subprime, se capacidad de préstamo se reduce. Pero si son capaces de obtener ingresos a partir de la misma, su posición de liquidez vuelve a aumentar, por lo que vuelven a poder prestar más dinero. Y un banco está en el negocio de prestar dinero, cuanto más presta, más gana.

No es de extrañar que se canalizaran ingentes esfuerzos de innovación a la recolocación de estos (y otros productos). Eventualmente, alguno de los agentes encontraría una fórmula de éxito (básicamente, algo que el regulador acepte como activo de liquidez para que puedas seguir prestando). El agente que lo encontró empezaría a obtener beneficios por encima de la media, por lo que automáticamente atraería la atención de sus competidores.

Y aquí es donde viene el aspecto probablemente más dramático de la cuestión. Los restantes competidores, lo quisieran o no, se vieron obligados a entrar en la dinámica. Aunque fueran conscientes de los riesgos de la situación, no les quedaba más remedio que seguir al pionero. En otro caso, los inversores les hubieran acusado de mala gestión, y hubieran comenzado a invertir en los otros bancos, por su mayor rentabilidad.

En otras palabras, una vez iniciado el proceso y aceptado por el regulador, era inevitable que todos los agentes del sistema financiero entraran en la misma dinámica como única forma para asegurar el sostenimiento de cada agente. ¿Cómo hubiera podido justificar el CEO ante sus accionistas una menor rentabilidad que sus competidores, simplemente por los elevados riesgos de seguir la conducta de los más rentables?

En definitiva, las fuerzas de la innovación humana son muy poderosas. Si se canalizan de forma adecuada, pueden producir beneficios incalculables en la sociedad. De la misma forma que si se hace de forma errónea, los daños pueden ser de una magnitud similar. ¿En quién confiaremos para su canalización: en el mercado o en la regulación? 

España: El chivo expiatorio de la inmigración

España no es una excepción. Tras sufrirla mayor burbuja inmobiliaria del mundo , el ajuste económico está siendo muy intenso y drástico. En sólo un año el número de parados se ha incrementado en 500.000 personas (un 25% más), lo que hace que la sensación de crisis sea aun más acuciante.

Este contexto está siendo el caldo de cultivo ideal para todo tipo de propuestas xenófobas y antiinmigración. Incluso el partido socialista, que ocupa las responsabilidades de Gobierno, no ha vacilado demasiado en unirse a este discurso: dado que el paro está aumentando, sobran inmigrantes en España.

El ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, ha sintetizado perfectamente estos prejuicios: “No tiene sentido buscar albañiles en Rabat si los de aquí están en el paro” . De hecho, los delirios gubernamentales han llegado al punto de aprobar un plan por el que el inmigrante podrá elegir voluntariamente ser repatriado a cambio de cobrar, en su país, el subsidio de desempleo .

La idea está clara: si en España hay paro es que sobran trabajadores. Sin embargo, los problemas económicos suelen ser más complejos de lo que una primera aproximación simplista parece indicar.

La crisis económica se produce porque se han producido numerosas malas inversiones en determinados sectores económicos al tiempo que se han dejado otros atrofiados. Por este motivo, surgen los famosos “cuellos de botella” que paralizan el funcionamiento económico de industrias enteras: determinados factores productivos son demasiado caros como para utilizarlos de manera rentable.

Durante los últimos ocho años, en España se ha concentrado la mayor parte de la inversión en el sector de la construcción y, en cambio, se han dejado desatendidas otras industrias que ahora estrangulan la economía. En particular, España es incapaz de seguir financiando su abultado déficit exterior (el mayor del mundo) derivado de su dependencia energética con el exterior. Por consiguiente, España necesita reorientar su estructura productiva hacia el sector energético sustitutivo del petróleo o hacia el sector exportador para así obtener las divisas necesarias para sufragar las importaciones.

Pero esta reorientación de la estructura productiva implica invertir en nuevas compañías para lo cual es necesario un enorme volumen de ahorro del que España ahora no dispone.

En este contexto, los inmigrantes bien podrían suponer una bendición para la economía española, ya que sus salarios suelen ser más bajos que los de los españoles nativos y, por tanto, permiten incrementar los márgenes empresariales.

Estos mayores beneficios de las empresas suponen ahorro que o bien puede invertirse en los nuevos sectores productivos que España necesita o bien destinarse a bajar los precios a los consumidores (lo que a su vez aumentaría sus ahorros).

Dicho de otra manera, la inmigración facilita la creación de las empresas que permitirán sacar a España de la crisis y contratar a los españoles ahora desempleados.

El sesgo xenófobo del Gobierno, por consiguiente, carece de justificación y sólo indica una preocupante ignorancia económica. De hecho, pocas medidas pueden ser tan absurdas como repatriar a los inmigrantes y pagarles para que no trabajen en sus países con cargo al ahorro de los españoles.

Como sólo suceder con el intervencionismo estatal, la medida, lejos de lograr el objetivo que persigue, sólo ahondará más la crisis y el desempleo en España.

Este artículo fue publicado originalmente en ElCato.org el 21 de noviembre de 2008

Simancas contra internet

Pero, por desgracia, su actividad no llega a ser nula. Es el autor –o al menos quien presentó– de una proposición no de Ley publicada (página 4) en el Boletín Oficial de las Cortes General el pasado mes de octubre y cuya redacción hace temer lo peor a quienes se preocupan por la libertad en internet. El texto en cuestión dice (la cursiva es nuestra):

El Congreso de los Diputados insta al Gobierno a liderar, en el marco de la Comisión Intersectorial contra la Piratería, una estrategia consensuada y eficaz que permita ordenar la circulación de contenidos en internet, para hacer frente a la piratería cultural, garantizando los derechos de los ciudadanos, favoreciendo el desarrollo de la industrial (sic) cultural en este ámbito y asegurando la debida protección de la propiedad intelectual.

Al margen del poco respeto a los ciudadanos que demuestra el hecho de que una proposición no de Ley contenga erratas –máxime cuando tiene que ver supuestamente con la cultura– el texto es preocupante. Parece anunciar una nueva oleada de iniciativas del partido en el Gobierno para favorecer a sus amigos de las entidades de gestión. No sería la primera. Cuando se presentó el proyecto de Ley de Medidas de Impulso a la Sociedad de la Información (LISI), el Ejecutivo pretendía incluir a la SGAE y compañía entre las autoridades no judiciales con capacidad de ordenar el cierre de páginas web.

A esto hay que sumar la pretensión de Simancas de que el objetivo de la ley sea "ordenar la circulación de los contenidos en internet". Y que se haga, además, de tal manera que favorezca a la industria cultural y a quienes viven de la propiedad intelectual (esa ficción que, no nos cansaremos de repetir, atenta contra la libertad y la propiedad de los demás).

"Ordenar los contenidos que circulan por internet" no significa otra cosa que controlarlos y, por lo tanto, recortar la libertad en la Red. Implica pretender acabar con el orden social espontáneo que caracteriza el ciberespacio con la intención de proteger los intereses privados de un sector muy concreto. Sector cuyos miembros son, oh casualidad, en su mayor parte muy próximos al partido en el poder.

A esto cabe añadir que esa pretensión resulta totalmente pueblerina. ¿Pretende Simancas que una ley española controle todo lo que circula por internet? ¿Acaso cree que el Gobierno español tiene autoridad para actuar en Nueva York, Berlín y Buenos Aires? El único modo de que ese control –pues no se trata de otra cosa– fuese efectivo sería imitar a las dictaduras y obligar a que todo el tráfico de la Red con origen o destino en España pasara por un servidor controlado por el Estado. Ni tan siquiera al varias veces derrotado por Esperanza Aguirre puede pasársele eso por la cabeza. Posiblemente no sea más que una muestra de paletismo o arrogancia.

Una cúpula con forma de ceja

La obra de arte del mallorquín, a cuyo lado la Capilla Sixtina palidece de envidia, con seguridad será admirada por las generaciones futuras como una de las grandes aportaciones a la historia del arte universal. Y todo por el módico precio de dieciocho millones de euros, de los que una tercera parte ha ido directamente al bolsillo del insigne autor.

Al contrario de quienes se escandalizan por el precio que ha puesto a su obra, particularmente no tengo nada que objetar a la cuantía de la minuta presentada por Barceló. Cada uno pone libremente precio a su trabajo, y mientras haya clientes que estén dispuestos a pagarlo las opiniones de los demás son irrelevantes. El único problema es que entre el consorcio que ha pagado la obra de arte estamos usted y yo, sin ir más lejos, y lo cierto es que una capa de yeso proyectado, con unos pijotronchos pintados de colorines colgando del techo no es precisamente el concepto más extendido de lo que debe ser una obra de arte inmortal.

Barceló es uno de los artistas que hacían el gesto circunflejo en la pasada campaña electoral para pedir el voto a ZP, aunque evidentemente no haya sido ese el motivo de haberle elegido para acabar con la pobreza en el mundo a base de gotelé. Porque si lo relevante para haberle realizado a él dicho encargo es su condición de zejatero, se produce entonces un agravio comparativo de difícil solución. Hubo otros muchos artistas que se significaron con el de la ceja, que están deseando también contribuir a la promoción de los derechos humanos universales a razón de seis millones la performance, aunque procedan de los fondos destinados a comida y vacunas para los niños del tercer mundo. Tal vez un concierto solidario con la participación de los zejateros al completo y Concha Velasco, socialista de toda la vida, en papel de maestra de ceremonias sea la única solución para compensar la ofensa.

Si Barceló tiene ya su cúpula que Moratinos le pague al resto una cópula, porque de lo que se trata, como siempre, es de que la caterva de solidarios nos la meta doblada. Salvar a la humanidad exige estos sacrificios, qué se le va a hacer.