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Socialdemocracia y estulticia

Eso sí, sin definir en absoluto a qué se refiere con tanto "neo", no sea que la claridad de su ignorancia pueda volverse en su contra; como cuando nos anima a no "dejarnos llevar por el miedo al horror vacui". Ya puestos, no temamos el pánico al espanto al pavor al terror al miedo al horror vacui.

Estella nos ofrece "un nuevo modelo que sirva de marco de referencia": las "ideas de centro-izquierda". Aspira a "la emergencia de un nuevo consenso planetario de tipo socialdemócrata". Con auténtica humildad, el consenso sólo será planetario; los extraterrestres no residentes quedan excluidos.

La crisis es una oportunidad para que la socialdemocracia "dé un paso hacia adelante y asuma el desafío de ofrecer un nuevo eje alrededor del cual hacer girar la actuación futura de los actores políticos". No le suena aquello de los socialistas de todos los partidos, y es tan bisoño que cree que el socialismo democrático es algo novedoso.

Cree que "no faltan excelentes pensadores en la órbita de la socialdemocracia, ni tampoco excelentes ideas". Pero no ofrece ningún ejemplo, lo cual no es nada sorprendente: cabe preguntarse si un mal pensador puede distinguir excelentes pensadores o excelentes ideas; o simplemente pensadores e ideas. Quizás sí puede hacer propaganda, ya que no da para mucho más. Los contenidos los tiene claros: "revisar las ideas socialdemócratas en relación con las virtudes del mercado" porque se ha abrazado "con más intensidad quizá de la debida, al mercado". Tanto amor a la libertad y al comercio no puede ser bueno, hay que intervenir los mercados "con valentía": "no basta con regular y supervisar la acción de los agentes económicos". Así, sin miedo, como si fuera algo que no se ha hecho nunca y hay que intentar por primera vez.

La fatal arrogancia no muere en las nubladas mentes de los más necios: quiere "participación directa del Estado", que sea "protagonista directo de la actividad económica" y no "mero espectador", para tener "información sobre lo que está ocurriendo en el mercado, así como capacidad de corrección de sus fallos". Todo naturalmente por esa entidad tan vaporosa como es "el interés general" y para que las cosas se hagan "como deben hacerse": sin explicar con un mínimo de detalle la naturaleza de la obligación (¿moral?, ¿legal?, ¿técnica?) y la forma concreta de su implementación. Total, para qué: las cosas hay que hacerlas como hay que hacerlas, eso está claro.

Pide más socialismo porque quizás no sabe que el socialismo es imposible. Que el planificador estatal tiene serios problemas de actitud y aptitud. Carece de los incentivos adecuados y no tiene capacidad para obtener y procesar la información relevante para su acción presuntamente coordinadora.

Además, Estella quiere "volver a situar el principio de igualdad en el mismo corazón de la socialdemocracia", y no se trata de una igualdad instrumental para "conseguir mayores cotas de libertad". No, la igualdad es "un fin en sí mismo". Quedan ciertas incógnitas: ¿es este presunto profesor el que va a intentar hacer algo por igualarse a otros mínimamente inteligentes o va a forzar a los demás a ponerse a su ínfima altura? ¿O se trata solamente de quitar dinero a unos para dárselo a otros?

Una última joya de lo que en socialdemocracia pasa por argumentación: "de igual manera que nos parece legítimo repartir por igual los costes de una crisis económica, nos debería parecer legítimo repartir de forma mucho más igualitaria sus beneficios, y para ello los ciudadanos tendrían que poder participar, en pie de igualdad, en la toma de decisiones económicas que pueden ser trascendentales para sus vidas". Perdón pero: ¿quién es ese "nosotros" al que se hace referencia? ¿Estella y cuántos despistados más creen que la crisis han de pagarla por igual justos y pecadores? ¿Las acciones, basta con que parezcan legítimas a alguien o conviene que lo sean independientemente de su percepción subjetiva? ¿Qué beneficios de la crisis económica se van a repartir, o es que tenemos un serio problema con la sintaxis? En sociedades complejas con millones de ciudadanos y de diferentes procesos de producción y distribución, ¿cómo se participa en las decisiones económicas? ¿Será un mercado libre la respuesta a esta última pregunta?

Burbujas y burbujas con expansión crediticia

Una crítica bastante habitual a la teoría de que los bajos tipos de interés generaron la burbuja inmobiliaria –como antes pudieron provocar las burbujas de las puntocom o de los junk bonds– es que nada impide que sin expansión crediticia también haya burbujas sobre el valor de los activos.

Y esto es completamente cierto. Una burbuja consiste, simplemente, en que el valor del activo se desvía de lo justificado según sus fundamentales. ¿Y cuáles son sus fundamentales? Pues básicamente el valor actual de los futuros flujos de caja libres que ese activo genere.

Por supuesto, los agentes del mercado pueden dar a los activos valoraciones del todo absurdas y, de hecho, esas valoraciones absurdas pueden realimentarse. Por ejemplo, si yo sé que Pedro está dispuesto a pagar 30 euros por una acción de Terra, yo puedo estar dispuesto a comprarla por 25 (para vendérsela a Pedro por 30), aun cuando crea que es un precio absurdo, muy desviado de sus fundamentales. Y si Pedro y yo compramos a precios inflados, otros agentes pueden creer que esa tendencia va a proseguir, comprando ellos, a su vez, a precios superiores a 30 e incitando a que otros hagan lo mismo.

Las burbujas, al final, son esquemas de compra piramidal de activos (o esquemas Ponzi, a la sazón el mismo en el que se basa el sistema público de pensiones). Cada sujeto compra sucesivamente un activo esperando que otro se subrogue en su posición pagando un precio más alto. Al final, claro, hay un último comprador que ya no encuentra un nuevo comprador para el activo inflado y se come las pérdidas: ha pagado 1000 por un activo que vale 10. El éxito para ganar en una burbuja consiste en no ser el último que vendas.

Sin embargo, hay una diferencia esencial en si la burbuja se financia sin expansión crediticia (es decir, con ahorro real) a si lo hace con expansión crediticia. En el primer caso, cada comprador adquiere el activo con su propio ahorro (o con el ahorro real que ha pedido prestado a otro), de modo que la burbuja simplemente actúa como un mecanismo redistribuidor de la renta. Las pérdidas que experimenta el último comprador son iguales a la suma de las ganancias que han obtenido los compradores anteriores. La burbuja es un juego de suma cero: de hecho, es un juego de apuestas. Consiste en pujar por que otros jugadores seguirán pujando. Nada más, ni hay creación ni destrucción de riqueza para el conjunto de la sociedad.

Las burbujas con expansión crediticia, sin embargo, se desarrollan de un modo distinto. En primer lugar, la expansión crediticia altera los valores fundamentales de los activos. Hemos dicho que el valor fundamental de un activo es el de descontar sus flujos futuros de caja libres. La reducción en los tipos de interés que promueve la expansión crediticia (arbitraje de tipos por el sistema bancario + monetización de activos ilíquidos por parte del banco central) por un lado eleva la cuantía de los flujos de caja esperados (el aumento simultáneo de consumo e inversión eleva las rentas que perciben los agentes y, por tanto, lo rendimientos esperados de todos los activos) y, por otro, reduce el tipo de interés que se aplica a su descuento (de modo que el valor presente de las rentas futuras aumenta). Dicho de otra manera, promueve un mal cálculo de los agentes y que auténticas burbujas especulativas se camuflen bajo la imagen de inversiones conservadoras (“la vivienda aun está barata, no hay nada más seguro que invertir en ella”). Y, por esta vía, distorsiona la estructura productiva (hace que el capital se destine a financiar inversiones que sólo son rentables por su valor inflado).

Y, en segundo lugar, permite que las burbujas no se financien con cargo al ahorro, sino a la expansión crediticia. Esta última consiste, básicamente, en utilizar los saldos monetarios y el ahorro bruto (donde se incluyen las cuotas de amortización del capital actual) para invertir a largo plazo o en activos muy arriesgados (como una burbuja). De esta manera, las burbujas no sólo ganan en intensidad (participan muchos más fondos en las pujas) y en duración (el ahorro real tiene un límite natural mucho más breve que crédito expandido), sino en potencial destructivo.

Las pujas sucesivas pueden estar simplemente respaldadas por el propio valor inflado del activo (por ejemplo, me hipoteco para comprar una casa que sigue subiendo de valor hasta el punto en que me rehipoteco sobre el valor incrementado para adquirir otra casa) y las pérdidas del comprador final pueden extenderse al resto de los agentes, ya que el impago de uno no sólo erosiona el ahorro del resto, sino que destruye su liquidez y su capital acumulado (al no poder amortizarlo).

La estructura productiva queda descompuesta ya que se han destruido formas de capital para crear otras que sólo eran adecuadas por su valor burbujeante. Una vez los valores de los activos vuelven a los fundamentales (pero no a los fundamentales que imperaban antes de la expansión crediticia, sino a unos peores, habida cuenta de la distorsión que se ha producido en la estructura productiva) se revela la destrucción neta de riqueza que se ha producido en la sociedad.

Así pues, la expansión crediticia tiende a generar burbujas, pero sobre todo tiende a amplificarlas y a modificar sus consecuencias (de juego de suma cero a juego destructivo).

La peor parte, sin embargo, sucede cuando el respaldo del dinero (es decir, del depósito de valor) depende de los activos sobre los que se practica una burbuja con expansión crediticia. En estos casos, la destrucción del valor de los activos (deflación) es previa a la destrucción del valor de las monedas (hiperinflación), a menos que haya una estabilización entre tanto.

Por tanto, tenemos tres escenarios:  a) Un sistema de patrón oro sin arbitraje de plazos: aquí sólo son posibles las burbujas basadas en el ahorro real con resultado de suma cero. b) Un sistema de patrón oro con arbitraje de plazos (s. XIX): aquí son posibles las burbujas destructivas, pero la moneda no tiene por qué sucumbir a la merma de valor de los activos. c) Un sistema de dinero fiduciario con arbitraje de plazos: Aquí son posibles las burbujas destructivas, tanto para los activos como para la moneda.

Desde 1973 estamos en este tercer escenario.

Los dictadores de la producción

La compañía no será muy independiente si el Gobierno interviene en cada una de sus decisiones como, por ejemplo, la actual: oponerse a que alguien entre en su accionariado. De hecho, cuando Sebastián afirma que la compañía ha de ser independiente y española quiere decir que debe estar bajo la influencia del Gobierno. El ministro de Industria sabe que si empiezan a entrar empresas foráneas en Repsol, su dominio podría disminuir. ¿Es eso malo? Todo lo contrario, es fantástico. Significa que la empresa estará más sometida al mercado y menos a los caprichos partidistas del burócrata de turno.

En el peor de los casos, ¿de qué nos sirve que Repsol sea española? Cuando Evo Morales nacionalizó los recursos petrolíferos, envió soldados a la sede de Repsol y detuvo a dos directivos de la compañía, el Ejecutivo español miró hacia otra parte y dijo que no era su problema. Tenemos un Gobierno de incompetentes que están más interesados en las relaciones diplomáticas con los dictadores sudamericanos que en los intereses de nuestras compañías en el extranjero. Cuanto más alejados estén de las empresas, mejor.

Mirémoslo desde otro punto de vista. En 1999 el Estado argentino privatizó la petrolera YPF y la vendió a la española Repsol (de hecho la compañía es hispano-argentina ahora –y no sólo española–, por eso se llama Repsol YPF). ¿Murió algún argentino por la venta de YPF? ¿De la compra de YPF se ha derivado una tragedia para Argentina o sus ciudadanos? No, todos los problemas que tiene el país proceden de la desastrosa gestión de los Kirchner (primero Néstor y luego Cristina).

Sebastián es un racista y, en concreto, un racista empresarial. Tal vez acepta la multiculturalidad social, pero odia la multiculturalidad empresarial. Un 15% de Repsol es extranjero y su free float (parte del total de acciones en bolsa) supera el 40%, lo que significa que cualquiera de afuera puede entrar en el capital de Repsol e influir en las decisiones de la compañía a través del derecho que le otorgan sus acciones. ¿Dónde está el problema? El ministro tiene una mentalidad precapitalista, actúa como un rey absoluto y muestra la típica visión mercantilista del s. XVII. Cree que sus deseos equivalen a la voluntad de Dios o, como se diría hoy día, a la voluntad del bien común. Según Respol, aún no hay conversaciones firmes con Lukoil, pero si las empieza a haber y los accionistas están a favor de la compra —y probablemente lo estén, ya que aumentaría el valor de la acción—, de nuevo, ¿dónde está el problema? Ganaría Repsol, ganaría Lukoil y ganarían sus accionistas. Son relaciones voluntarias donde nadie sale perjudicado, a excepción de Sebastián claro.

Pero este discurso liberal choca con las últimas declaraciones de José Blanco, vicesecretario general del PSOE, quien hace poco ha afirmado que Aguirre "está pasada de moda" porque "no representa la nueva era". Otro que se cree Dios. Al igual que Sebastián, ambos representan la nueva era, el futuro; pese a que ambos estén actuando como monarcas absolutos. Se trata de la típica pose de los políticos populistas y dictatoriales: si usted no entiende sus decisiones, es idiota y necesita autócratas como Blanco y Sebastián que le ordenen qué hacer y cómo hacerlo.

Que un burócrata nos diga cómo debemos vivir y cómo debemos gestionar nuestras empresas, tal vez sea la cosa más moderna del mundo, pero en realidad es sólo una tiranía. El comunismo también estaba muy de moda a principios del s. XX y eso no lo convertía bueno. Estos profetas con sueldos demasiado altos y con excesivos privilegios tendrían que ser más humildes ante el ciudadano y sus empresas. Esté pasada de moda o no, la libertad individual es la mejor fórmula para nuestro bienestar social y económico. La tiranía, el modelo del tándem Blanco-Sebastián, sólo nos lleva al fracaso, al aislamiento y a la pobreza material e intelectual.

Frecuencias que interfieren en el mercado

Las últimas declaraciones del miembro propuesto por el PP para el CAC, Fernando Rodríguez Madero, insultando a los dos locutores más conocidos de La Cope y Punto Radio ante el Parlamento catalán, después de que se les retirara sendas licencias en Lérida y Gerona, son bastante elocuentes: el CAC pretende silenciar a las dos emisoras por motivos políticos. Pero el CAC y su excesiva politización son sólo la expresión depurada de otro problema más de fondo: las frecuencias radioeléctricas son propiedad del Estado, que tiene capacidad para decidir quién, cómo y por cuánto tiempo pueden utilizarse.

La razón que se aduce en defensa de la esta nacionalización es que las frecuencias son un bien escaso y alguien tiene que adjudicarlas y velar por su uso. La razón que se aduce en defensa de la esta nacionalización es que las frecuencias son un bien escaso y alguien tiene que adjudicarlas y velar por su uso. Esta justificación es un sinsentido desde un punto de vista económico, pues los bienes escasos son los únicos susceptibles de apropiación privada y los únicos a los que cabe asignar precios en el mercado. La escasez no exige la nacionalización, la escasez es la condición sine qua non para que un recurso sea privado.

El aire o los rayos del sol no son bienes escasos, no son bienes de uso excluyente sobre los que pueda haber un conflicto. El hecho de que yo tome el sol o respire no impide que otros hagan lo mismo. Por eso los rayos del sol y el aire no son de nadie. En cambio, si emito por una frecuencia los demás no pueden emitir por ella sin estorbarme. Lo mismo con cualquier recurso o bien producido en cantidad limitada: dos personas pueden querer darle un uso distinto, solo una de ellas puede controlar el recurso en exclusiva. De ahí que el bien en cuestión tenga un precio en el mercado y sea adquirido por aquél que lo paga.

Si las frecuencias fuesen privadas sus propietarios podrían hacer con ellas lo que quisieran: ofertar otro servicio o cambiar de tecnología, planificar a largo plazo, vender o comprar frecuencias destinándolas a usos más productivos etc. También podrían criticar a quien quisieran sin miedo a que no les renovaran la licencia. Hoy en día el titular de una licencia tiene derechos temporales, condicionados y limitados con respecto al uso que puede hacer de la frecuencia. No puede darle un uso más productivo del que tiene ni venderlo o arrendarlo a un tercero para que le saque un mayor provecho.

El problema de las interferencias tampoco exige la nacionalización. Interferir una frecuencia previamente ocupada por otro equivale a una invasión de la propiedad ajena. Si alguien allana tu morada, la policía lo echa. De un modo similar, si una interferencia ocurriera, el perjudicado podría interponer una demanda y los tribunales obligarían al invasor a respetar la frecuencia. Así es como se resolvían los casos de interferencias en Estados Unidos antes de que se nacionalizara el espectro por motivos políticos.

Los poderes establecidos (incluidos algunos medios establecidos) se resisten a la idea de la privatización, ávidos por conservar su poder sobre las ondas y limitar la entrada de competidores. Pero desde que Ronald Coase defendiera esta idea en los años cincuenta, la privatización cada vez es más popular entre los economistas. La mayoría coinciden en que una gestión eficiente de las frecuencias exige avanzar hacia un escenario en el que el Estado tenga menos poder de decisión sobre el uso del espectro.

Los incrédulos replicarán que esto de la compra-venta de ondas está muy bien en teoría, ¿pero hay algún país que lo practique? En realidad sí. El modelo que más se aproxima a esta descripción es Guatemala, donde la influencia de los economistas de la Universidad Francisco Marroquín se materializó en una reforma de la ley de telecomunicaciones que liberalizó casi completamente el mercado de frecuencias.

En Guatemala cualquier persona puede reclamar una frecuencia que está desocupada. Si no hay más reclamaciones, la frecuencia se adjudica gratis de forma automática. Si hay más reclamaciones se adjudica por subasta. El usufructuario es en este caso un propietario de facto, puede hacer con la frecuencia lo que quiera: determinar y cambiar el uso, la tecnología y el servicio a ofertar en esa frecuencia; arrendar, vender, subdividir o consolidar la frecuencia; utilizarla como colateral o activo etc. La licencia de usufructo dura 15 años y se renueva automáticamente con sólo pedirlo, sin ningún gasto adicional. El resultado de esta reforma liberal ha sido un auge espectacular de la industria de las telecomunicaciones en Guatemala, superior al de otros países latinoamericanos más ricos. Hay más bandas aprovechadas y más competencia, lo que beneficia a los consumidores en forma de más productos y precios más bajos (por ejemplo, en telefonía móvil).

En definitiva, la propiedad privada de las frecuencias es posible y deseable. El CAC es una deplorable manifestación de un sistema que está viciado de origen. Si las frecuencias fueran de propiedad privada no presenciaríamos este tipo de cacicadas políticas destinadas a silenciar a las voces discrepantes. Por ello, hay que atacar la raíz del problema: las frecuencias están nacionalizadas y sólo podemos usarlas si el Estado nos concede su permiso.

Privaticemos las frecuencias

El Instituto de la Mujer se creó en época de UCD, cuando llegó la primera ministra al Gobierno, aunque ésta por méritos propios.

Lo cierto es que hay mucho que mejorar, aunque yo no creo que la acción política sea el mejor camino. El objetivo de tanta legislación de apoyo a la mujer es encomiable. Además de ser injusto, es una pérdida de talento no aprovechar el de la mitad de la población. Pero en la carrera de los talentos, igualdad ante la ley y plena libertad son los campos más feraces.

Yo creo en la sociedad, en su desarrollo autónomo, espontáneo. No creo que éste lleve a la solución óptima en cada segundo, porque estamos muy lejos de ser perfectos y porque somos abigarrados y contingentes, estamos aferrados a usos enraizados en la sociedad en que vivimos y somos más reacios al cambio que al error. Pero también creo que en una sociedad libre unos cuantos pueden ver oportunidades de beneficio en otra forma de hacer las cosas, y que si tienen suerte y les va bien, su ejemplo servirá para un número creciente de personas.

Digo todo esto porque veo que se recorre las oficinas patrias un virus resistente a cualquier razonamiento y del que tiempo ha que se inmunizaron nuestros vecinos. Es como si conviviésemos con la peste bubónica mientras franceses, alemanes, italianos y demás la tuviesen que estudiar en los libros de historia medieval. Se trata de las horas-fachada. Esas horas que uno pasa en el trabajo por no salir antes que el jefe, por justificar con la mera presencia el sueldo, o por evitar llegar a casa y echar una mano en las labores domésticas.

Se puede ser una gran empresa eléctrica en España y mandar a casa a sus trabajadores a las tres de la tarde, y no me estoy inventando nada. Se puede exigir a los trabajadores que sean productivos en las horas que están en el trabajo, y es legítimo sospechar de quien no ha terminado su labor en las horas que tiene para sacarle adelante.

Todo ello es posible y creo que, en general, sería beneficioso para ambas partes. Además, los hombres y las mujeres pueden compartir más fácilmente las tareas de casa si están antes en ella. Y si echar más horas en el trabajo pasa de ser un expediente a motivo de una sospecha de incompetencia, se comprenderá mejor a muchas mujeres que desean trabajar en el mercado y también en casa, sin que por ello tengan que frenar su carrera profesional. Menos horas en el trabajo y más aprovechadas; esa es la gran revolución laboral pendiente en España, y lo que más servicio haría a la situación de las mujeres. Apuesto lo que quieran a que en menos de cinco años este asunto forma parte del debate nacional.

Horas fachada

Este movimiento desató considerable polémica, puesto que afectaba a medios de comunicación (lo que supone un riesgo para la pluralidad informativa), pero también por su novedad.

Sin embargo, el problema de las frecuencias tiene las raíces bastante más profundas que en lo ocurrido la semana pasada. El espectro radioeléctrico constituye un activo básico, indispensable, para el suministro de determinados servicios, como son la televisión convencional (la que vemos normalmente en nuestro aparato), la telefonía móvil o la radio. Las empresas dedicadas a esto construyen su negocio sobre estas frecuencias, de la misma forma que otras lo hacen sobre un solar o sobre una marca comercial.

Estas últimas adquieren sus terrenos o promocionan su marca comercial con una cierta seguridad de que nadie se los va a quitar, pues son de su propiedad, y se supone que existe un marco jurídico que protege sus derechos. En cambio, las primeras carecen de esta certeza sobre su activo principal, la banda de frecuencias, puesto que sólo las tiene en concesión por un periodo más o menos largo, pasado el cual revierte de alguna forma al Estado, quien puede replantearse su utilización. Las empresas que se dedican a la radio o a la telefonía móvil no pueden garantizarse de forma alguna la disponibilidad del recurso más importante para su negocio.

Así pues, actividades enteras y cientos de puestos de trabajo reposan sobre el supuesto de que el Estado va a mantener el statu quo en cuanto al uso de las frecuencias. Y, hasta ahora, parecía ser así. La decisión del CAC, no obstante, nos devuelve a la cruda realidad: las frecuencias han sido arrebatadas al mercado por los Estados y su utilización no responde a las preferencias de los ciudadanos, sino a las de los políticos.

En esta línea hay que entender también las recientes presiones de las Comunidades Autónomas por hacerse con mayor parte del pastel, hasta ahora en manos del Gobierno de España (con la excepción, precisamente, de la radio y de algunas frecuencias de TV).

Es evidente que la solución a este problema pasa por permitir que las frecuencias sean como cualquier otro activo. Que se pueda adquirir su propiedad y se puedan realizar con ellas las distintas transacciones habituales en otros bienes. Vamos, que salgan de la órbita del control de las Administraciones Públicas. Así se ha hecho en algunos países de Centroamérica, dando lugar a considerables beneficios para los ciudadanos, en forma de precios y servicios.

Mientras no se haga así, el uso de las frecuencias producirá, además de las familiares interferencias técnicas, otras mucho más dañinas, éstas sobre el funcionamiento de los mercados y la iniciativa de los agentes.

Errores liberales en la red

 Fue la época de la segunda legislatura de Aznar y los primeros años de Rodríguez Zapatero en La Moncloa. Era, sin duda, una reacción al claro predominio socialista en los medios de comunicación tradicionales. Y la cosa funcionó. En aquel tiempo surgió Libertad Digital, que durante el mandato del actual presidente de FAES no hacía seguimiento del Ejecutivo. Le apoyaba o criticaba con dureza según sus acciones se acercaran o alejaran del ideario de este periódico.

Pero también fue el tiempo de las primeras y originales iniciativas de coordinar, pero nunca dirigir, la acción on line de ciudadanos españoles que se inscribían en las diferentes corrientes del liberalismo. Iniciativas como la creación de Liberalismo.org y los intentos de crear puntos de referencia para liberales de habla española que les permitiera acceder a gran cantidad de recursos con un solo "click". De ahí surgió, tras el fracaso de Los Liberales (que nació como un directorio con bitácora propia pero enseguida esta se sustituyó con un agregador de bitácoras), Red Liberal. Este fue la primera web española con cierto éxito desde la que se podía acceder a blogs seguidores de una corriente de pensamiento político.

Las respuestas desde la izquierda no se hicieron esperar, pero carecían de la frescura e independencia de Red Liberal. No fueron otras que la Red Progresista y Red de Blog Socialistas. Ambas se caracterizaban por una disciplina de partido o ideológica tan férrea que llevaron incluso a las salida de algunas de sus figuras más valiosas debido a su "desviacionismo" de la corriente oficial. En la derecha aparecieron también respuestas no liberales, como la Red AntiZP o la Red de Blogs pro Rajoy (cerrada "por lo evidente", en palabras de sus promotores). Aunque arrancaron con cierta energía propia, también terminaron transformándose en correas de transmisión de doctrinas y mensajes emanados de Génova.

Incluso algunos blogs de Red Liberal se han apartado de la independencia original o hasta del liberalismo (hay quien ha llegado a defender la necesidad de quitar la nacionalidad a los fieles de una determinada religión). Algunos, tras ser admitidos en este "club", se convierten en meros repetidores de consignas provenientes de ciertas corrientes internas del PP o de pensamiento ultraconservador (hasta el punto que se ha expulsado a alguno por esto último). Otras iniciativas que hubieran podido ser constructivas, como Siracusa 2.0, no han servido para enriquecer el debate debido sobre todo a que han surgido casi exclusivamente con la pretensión de competir y atacar, y no complementar, por no mencionar las malas formas de alguno de sus promotores o que algunos de sus agregados tampoco son liberales.

Si la izquierda todavía no ha sacado ventaja de esta situación es debido a que continúa anquilosada, pero algunos empiezan a reaccionar. Si el liberalismo no quiere ir diluyéndose en una informe derecha en la que todo cabe, desde el anarco-capitalismo a la defensa de un Estado confesional, y dejar de contar en el debate público (en internet y fuera de la red) debe volver a tomar la iniciativa. Sus defensores deben marcar distancia con quienes pretenden identificar liberalismo con mero "anti-izquierdismo". En definitiva, volver a ser aquello en lo que pensó Daniel Rodríguez Herrera al crear, de forma casi heroica y dejándose algún trozo de piel en el camino, Red Liberal.

La Segunda Gran Depresión

Pese a todo, incluso en este punto soy pesimista puesto que, hasta el momento, y tras años de negociaciones y acuerdos fallidos, los distintos gobiernos han mantenido en vigor los numerosos obstáculos fiscales y administrativos a la llegada de productos foráneos, en un intento reiterado por proteger a determinados sectores nacionales de la competencia exterior. La Política Agraria Común (PAC) que impera en el falso oasis de libertad económica de la UE es un buen ejemplo de ello.

Además, el último movimiento anunciado en este ámbito por el presidente francés y actual mandatario europeo, Nicolas Sarkozy, no deja demasiado espacio al optimismo, por no decir ninguno. Y si esto ha sido lo mejor de la cumbre prepárense, pues, para lo peor. La simbólica declaración de intenciones acordada por los líderes del planeta deja entrever algunas de las políticas que, de forma coordinada, tratarán de ser implementadas a partir de ahora con el objetivo de sacarnos del profundo agujero en el que estas mismas instituciones (bancos centrales, organismos reguladores y Estados) nos han metido.

En primer lugar, una supervisión global de las instituciones financieras. De este modo, los Gobiernos no ocultan su intención de crear un nuevo supra y super organismo burocrático (cientos o miles de nuevos funcionarios a cargo de los contribuyentes) con el fin de regular y controlar la actividad de la gran banca internacional. Imagínense una especie de Comisión Nacional del Mercado de Valores e, incluso, un refundado Banco Central, sólo que de un tamaño 10, 20 ó 100 veces superior al que opera en España, a nivel mundial y con más poderes y competencias interventoras.

¿Pero no habíamos quedado (según reconoce el propio G-20 en su declaración) en que los actuales mecanismos de supervisión, a cargo de las entidades estatales y organismos reguladores centrales, habían fallado? De hecho, las propias agencias de calificación (rating), ahora tan denostadas y criticadas por todos, operaban en Estados Unidos, en régimen de oligopolio, bajo el beneplácito de la todopoderosa SEC (Comisión de Valores de EEUU).

El segundo punto es, si cabe, aún más preocupante. Tras la cumbre, los Gobiernos apostarán por impulsar planes de estímulo fiscal. Tales medidas, destinadas a impulsar una demanda que languidece por momentos, únicamente se podrá materializar de dos formas posibles: rebajas de impuestos o expansión del gasto público. ¿Problemas? Varios. El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial se han deshecho en alabanzas a la reciente inyección de dinero público aprobada por el Gobierno de China (unos 600.000 millones de dólares).

Mal vamos si nuestros respectivos Gobiernos pretenden salvar la economía tomando como ejemplo uno de los regímenes más sanguinarios e intervencionistas de la historia de la humanidad, pese a los tímidos avances hacia el libre mercado puestos en marcha por Beijing a lo largo de los últimos años. En este sentido, el macroplan chino se asemeja en algunos aspectos al New Deal de los años 30 en EEUU, ya que pretende invertir cantidades ingentes de dinero en la construcción de grandes proyectos de infraestructuras y obras públicas para estimular su economía.

Cabe recordar que durante la Gran Depresión, la Administración estadounidense llegó a pagar un salario a miles de desempleados por cavar agujeros en el suelo para después volverlos a tapar. Una ocupación evidentemente productiva, como todos ustedes observarán. Pese a todo, estoy convencido de que algunos Estados, aunque no el español, apostarán por reducir impuestos. En este sentido, bienvenidas sean las rebajas fiscales, ya que lo fundamental para salir de la crisis es, sin duda, fomentar el ahorro y liberalizar al completo la economía, junto con una profunda reforma del sistema bancario (aunque ésta es otra cuestión).

Sin embargo, de poco o nada servirá aplicar recortes tributarios si, por otro lado, se sigue incrementando de forma exponencial el gasto público. De ahí, precisamente, que los rescates gubernamentales de determinados sectores no sólo serán contraproducentes sino mortales de necesidad para el conjunto de la economía. Por ello, no sólo es preciso bajar impuestos, sino que también habrá que reducir drásticamente el gasto público para paliar la situación y salir cuanto antes del atolladero.

Por último, aunque no menos importante, el G-20 parece dispuesto a continuar con su estrategia de bajada de tipos de interés de forma arbitraria con el fin de reactivar el crédito y reducir el coste de la financiación. Por desgracia, de nada ha servido hasta ahora, y menos aún servirá en el futuro para frenar la debacle. Tan sólo agravará los problemas a corto y medio plazo: tras más de 10 años, la crisis económica persiste en Japón pese a mantener el interés próximo al 0%.

De hecho, ésta es la situación a la que se verá abocada Estados Unidos, sólo que mucho peor, en caso de que insista en la política desarrollada hasta el momento. Para terminar, tan sólo añadir dos anotaciones. El Gobierno nunca podrá salvar a la economía, y menos aún sustituirla tal y como pretenden algunos. Y es que, la expansión del crédito (culpable de la actual situación), tal y como advirtió Mises, tarde o temprano pasa su dramática factura en forma de recesión, contracción monetaria y, en el peor de los casos, una profunda depresión económica de consecuencias insospechadas. Insisto, ¿Segunda Gran Depresión? De seguir así, no lo descarten.

¿Inflación o deflación?

En general, se entiende que inflación equivale a subida de los precios y deflación a caída de los mismos. Personalmente, no comparto ninguna de ambas definiciones, pues confunden causas y consecuencias (la inflación provoca que suban los precios, pero no es la subida de los precios). Sin embargo, para los propósitos del presente artículo no necesito enmendarlas, no sea que algún economista ortodoxo se niegue a reflexionar por una mera cuestión nominalista.

Parece claro que durante los últimos años se ha producido una fuerte inflación que no ha sido recogida por los índices oficiales. Al fin y al cabo, el IPC sólo cuantifica las subidas de determinada cesta de bienes de consumo, lo que viene a ser como calcular la velocidad media de un vehículo teniendo en cuenta sólo sus recorridos urbanos, o como calcular la altura media de los españoles utilizando como referencia a la selección nacional de baloncesto. Existen infinidad de bienes que no se recogen en el IPC y que son tanto o más decisivos para el funcionamiento de la economía que el precio del pollo: el precio de la vivienda o la cotización de las acciones, por poner dos ejemplos.

Según el INE, entre 2000 y 2008 la inflación fue del 30% (es decir, apenas un aumento medio del 3,8% anual), cuando en ese mismo período el precio de la vivienda en propiedad creció un 144%. Por qué la cirugía estética contribuye a medir la inflación pero la vivienda en propiedad no es algo que sólo el simplismo de los ilustrados en dos tardes podrá justificar, pero en todo caso no cambia lo fundamental: quien quiera medir las subidas de precios con el IPC estará haciendo el ridículo.

¿Y por qué han subido tanto los precios en la economía (especialmente en la vivienda)? La explicación cuantitativista más sencilla es que la cantidad de dinero se ha incrementado mucho en los últimos años, lo cual, en cierta medida, es cierto: los depósitos de la banca española aumentaron un 150% entre 2000 y 2007. Sin embargo, y especialmente ahora, cabe fijarse en un criterio más cualitativo: el Banco Central Europeo y el sistema bancario en general han respaldado el dinero emitido por activos de mala calidad.

¿Por qué cree usted que las hipotecas subprime se han depreciado tanto en el último año? Pues porque ha quedado claro que su deudor no era solvente. La hipoteca subprime no es más que un crédito que tiene el banco contra el hipotecado; del mismo modo, los euros y los depósitos a la vista no son más que créditos que tienen los tenedores de euros y los depositantes frente a la banca. ¿Qué ocurriría si se descubriera que la banca no es solvente? Pues precisamente lo que ha ocurrido con las subprime: el valor de los euros y los depósitos caería, es decir, subiría mucho el precio del resto de bienes y servicios.

Esto no es nada nuevo. Uno de los casos más conocidos es el de la crisis argentina de 2001. Cuando se comprobó que los bancos no podrían desembolsar todos sus depósitos, el precio de cada peso depositado cayó a una tercera parte; es decir, que todos los precios de la economía se incrementaron en un 200% para quienes tenían su dinero depositado en el banco. Todo ello sin que la cantidad de pesos variara lo más mínimo (y la devaluación no tuvo nada que ver, como argumentan algunos, con su previa convertibilidad con el dólar: lo mismo ha sucedido recientemente en Islandia con una moneda inconvertible). Es lo que pasa cuando un pasivo –y el dinero actual es un pasivo bancario– entra en impago o en perspectiva de impago.

Pues bien, después de aumentar de manera desproporcionada los precios de determinados bienes y de que los bancos respaldaran casi todos sus activos en esos bienes inflados, la burbuja se ha pinchado. Los precios de la vivienda, de las acciones y de muchas empresas están empezando a caer, y algunos economistas están poniendo el grito en el cielo. "Hay que impedir a cualquier costa la deflación, bajando al mínimo los tipos de interés, ya que hoy no existe riesgo inflacionista", dicen.

Ciertamente, su temor no es para menos, aunque llega un poco tarde. En realidad, deberían haber colocado el grito en el cielo cuando los precios de los inmuebles se multiplicaron por 2,5. La deflación no es sino la corrección virulenta de los excesos pasados. Que no se preocuparan por la orgía inicial de créditos pero se asusten por su contracción sólo deja entrever su peligroso doble rasero: la obesidad mórbida es tan peligrosa como la delgadez extrema. Si la inflación fuese una burbuja, la deflación sería la anti-burbuja; lo malo de ésta ya lo tenía, en sentido inverso, aquélla.

Más sorprendente aún que este sesgo proinflacionista de muchos economistas es el remedio que predican. Bajar los tipos de interés en medio de una deflación no sirve absolutamente para nada, como ha comprobado trágicamente Japón, que sigue en ella 12 años después de que los colocara en el 0,5%. Aunque, por supuesto, para los cándidos macroeconomistas si la rebaja de tipos no sirve de nada, entonces debe inundarse el mercado con dinero de nueva creación: el Banco Central tiene que comprar a los bancos todos sus activos de mala calidad a cambio de dinero de nueva impresión. Se espera así que el incremento de la cantidad de dinero provoque una inflación que compense la deflación… y todos tan felices.

El problema de estos equilibrismos de agregados es que nunca bajan a tierra. Por ejemplo, en España los precios de la vivienda tienen que caer con respecto al resto de bienes porque si no los promotores seguirán construyendo 800.000 inmuebles al año. Los pisos están sobrevalorados, y deben sufrir un ajuste en sus precios antes de iniciar la recuperación.

Lo que la crisis y la posterior deflación ponen de manifiesto es que ciertas estructuras productivas se sobredimensionaron frente a otras; y por tanto es hora de reconvertir y reutilizar esas estructuras sobredimensionadas (liquidándolas al descuento) para relanzar las atrofiadas (por ejemplo, la industria exportadora en España). La manera de suavizar la deflación no pasa por matar la moneda, sino por hacer afluir más ahorro que puje por los bienes de capital excedentarios.

Por supuesto, la deflación puede llevar la quiebra a la banca. Como hemos visto, nuestros depósitos están respaldados por sus activos, de modo que si éstos caen de precio, aquélla tendrá más deudas que créditos, es decir, será insolvente. Claro que si, como proponen los inflacionistas, el Banco Central compra a precios inflados los activos de la banca, el problema estará zanjado. Pero sería más honrado y simple proponer que nuestros depósitos se ajusten al valor de los activos del banco: al fin y al cabo, ¿para qué alterar el valor real de los depósitos, si puede reajustarse el nominal (Argentina hizo algo similar con respecto a los dólares)? Aunque esto último, claro, sería visto como un abierto robo, mientras que la inflación se confunde con una maldición cuasi divina.

Algunos, más que economistas, parecen trileros. Recapitalizar los bancos con dinero de nueva creación nos llevaría de la deflación a la hiperinflación, y los bancos acabarían igualmente descapitalizados (como bien se vio con los bancos alemanes que sobrevivieron a la hiperinflación de 1923 exhaustos de capital y que terminaron quebrando en 1931).

La crisis financiera es sólo el reflejo de una crisis en la economía real; por tanto, desde el momento en que los bancos centrales todavía no han aprendido a multiplicar los panes y los peces, la política monetaria no debe orientarse a parchear las caídas de precios, sino a defender el valor de las divisas. La solución necesariamente pasa por un aumento del ahorro y un ajuste de los precios relativos, y mucho me temo que el expansionismo monetario no favorece ninguna de las dos cosas. Pero bueno, qué más dará esto, cuando podemos recurrir al sota-caballo-rey de que cuando caen los precios hay que imprimir más dinero.

La esperanza de Windows 7

El secreto en que había mantenido hasta entonces el desarrollo de su nuevo sistema operativo impedía saber hasta qué punto era una buena decisión extender la vida útil de XP hasta que el nuevo sistema estuviese listo. Ahora que la versión "pre-beta" ha sido filtrada y ha llegado a los más populares servicios de intercambio de archivos, se puede empezar a ofrecer conclusiones.

Windows Vista nació sin estar completamente terminado. Internamente cambió mucho, creando incompatibilidades con muchas aplicaciones y careciendo de controladores para muchos dispositivos. Se podían instalar los de Windows XP, pero reducían mucho el rendimiento, ya de por sí escaso, del sistema operativo. Además, la nueva arquitectura de seguridad se traducía para el usuario en una constante aparición de ventanas en que se les pedía permiso para hacer esta cosa o aquella. El resultado es que, pese al atractivo entorno gráfico, trabajar todo el día con Vista resultaba una tortura que ya quisieran los chinos haber inventado ellos.

Desde entonces, Vista ha mejorado. El Service Pack 1 arreglaba parte del desaguisado, los fabricantes han ido creando controladores nuevos y las aplicaciones han sacado nuevas versiones para ser perfectamente compatibles. Pero la imagen del sistema operativo ya estaba manchada y muchos no quieren ni oír hablar de él. De modo que el sucesor que ha planeado Microsoft no tendrá muchos cambios internos. De hecho, pese a su nombre, en realidad es la versión 6.1 de Windows, del mismo modo que XP fue la 5.1. Sin embargo, aunque fundamentalmente no cambie, se optimizará para que no sea tan lento y pesado y, sobre todo, se remozará de arriba abajo el interfaz de usuario.

Es ahí donde tiene sentido haber nombrado vicepresidente responsable de Windows al creador del interfaz de Office 2007, Steven Sinofsky. La cinta o "ribbon" que tantos quebraderos de cabeza ha provocado en su adaptación, resulta una considerable mejora sobre el viejo interfaz de menús más barras de herramientas. Por tanto, es de esperar que perfeccione lo suficiente el interfaz de Vista como para atraer a quienes hemos decidido pasar de esa versión de Windows. Y por lo que se ha visto en la versión "pre-beta" distribuida a los desarrolladores en octubre, parece que Sinofsky va por el buen camino.

Como cabía esperar, Sinofsky ha empezado añadiendo el "ribbon" en algunas aplicaciones incluidas por defecto, como Paint o Wordpad. Pero el cambio que más va a notarse está en la barra de tareas, que ha permanecido fundamentalmente inalterada desde Windows 95. Al igual que el Dock de Mac OS X, aunque sin el espectacular efecto de aumento de los iconos cuando se posa sobre ellos el ratón, al menos por ahora, convivirán tanto las aplicaciones que se están ejecutando como las que deseamos fijar ahí porque las usamos a menudo.

Pese a ser una versión tan preliminar, arranca más rápido que Vista y parece moverse mejor que el Windows más odiado de la historia. Y el molesto UAC (User Access Control) aparece mucho menos a menudo. En resumen, todo apunta a que Microsoft ha encontrado el camino de congraciarse con sus usuarios. Esperemos que lo recorra completo.