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Hay que abolir los Bancos Centrales

En un artículo anterior comenté que una de las condiciones para un sistema monetario sano era la derogación de la legislación bancaria y la abolición inmediata de los bancos centrales. Esto suele parecer una medida sorprendente e incluso extremista, ya que casi todo el mundo parece aceptar que el Gobierno debe ostentar el monopolio de la emisión de dinero. Sin embargo, bajo mi punto de vista, esto carece de base teórica: no encuentro ninguna justificación para este monopolio.

Y es que las crisis bancarias y crisis económicas de carácter cíclico son inseparables de la manipulación monetaria como ya vimos: las políticas expansionistas dan lugar a unos tipos de interés artificialmente bajos que crean la sensación de que hay un mayor ahorro disponible, es decir, que ha habido un cambio de preferencia temporal, lo que induce a que se invierta en proyectos antieconómicos.

La idea de fondo del paradigma dominante en cuestiones monetarias que impregna y justifica la intervención en este campo es que puede existir una adecuada manipulación de la oferta monetaria y los tipos de interés que fomente un crecimiento estable y sostenido.

El problema de esta idea es no entender que el tipo de interés es claramente un fenómeno de mercado. Es un importante precio de mercado que relaciona los bienes presentes con los bienes futuros. En los procesos empresariales de coordinación intertemporal tiene un papel protagonista porque regula la relación entre consumo, ahorro e inversión.

El ajuste de los comportamientos presentes y futuros lo realiza la función empresarial en el mercado de intercambio de bienes presentes por bienes futuros. Es en este mercado en donde se fija el tipo de interés, y está constituido por toda la estructura productiva de la sociedad, en la que los ahorradores (oferentes o vendedores de bienes presentes) renuncian al consumo inmediato y ofrecen bienes presentes a los propietarios de los factores originarios de producción y bienes de capital a cambio de obtener un mayor valor de bienes en el futuro.

No importa si la autoridad monetaria decide expandir, contraer o dejar intacta la masa monetaria: cualquier decisión que tome distorsionará los precios relativos. Los dirigentes de los bancos centrales forzosamente se equivocan porque sus decisiones serán distintas de las que se hubieran adoptado en los procesos de mercado.

Además, decía Mises que ninguna ley económica es más impopular que esta: que los tipos de interés son, a largo plazo, independientes de la cantidad de dinero, porque ni siquiera la expansión de crédito más grande puede cambiar la diferencia de valoración entre bienes presentes y bienes futuros.

No se entiende como algunos liberales que se oponen a la existencia de órganos de planificación central cuyo objetivo es el de establecer los precios de distintos bienes y, sin embargo, deseen mantener los bancos centrales, que no dejan de ser órganos de planificación central que pretenden establecer tasas de interés. Hay que abolir los bancos centrales de la misma forma que se deben abolir cualquier organismo de planificación central.

Sencillamente, los tipos de interés son precios, y el mercado es el único instrumento que permite conocer cuales son las preferencias de los ahorradores y de los consumidores. Los bancos centrales han usurpado el papel del mercado en la esfera monetaria. No existe un criterio objetivo para fijar un tipo de interés. Por tanto, no se puede hablar de que los tipos sean altos o bajos porque no hay un punto de referencia que se pueda tomar para fundamentar esta afirmación. Conceptos como el “fine tuning” o la “cantidad óptima de dinero” carecen de sentido y deberían ser eliminadas de los manuales de economía.

El intervencionismo monetario no puede conseguir lo que se propone y está condenado al fracaso. No puede hacerlo porque no es teóricamente posible que los dirigentes y funcionarios de los bancos centrales dispongan de la información necesaria para dar contenido a sus mandatos. Por un lado, es lógicamente imposible debido a que la información relevante es práctica, se encuentra dispersada en la mente de todos los hombres de forma tácita y, por tanto, no es articulable. No puede ser formalizada y no se puede concebir la transmisión de esta información al órgano director. Y por otro lado, aunque fuera transmisible, el órgano de planificación central no podría asimilar e interpretar el inmenso volumen de información necesaria.

Lo único que se consigue con la existencia de los bancos centrales es provocar una generalizada mala inversión de los recursos y factores productivos e imposibilitar que se descubran las situaciones de desajuste que se dan en la sociedad. Por lo tanto, genera descoordinación y desajuste, porque los agentes actúan de manera contradictoria y sin darse cuenta de que cometen errores sistemáticos. Lo cual acabará en la falta de calidad de los bienes y servicios e incluso en problemas de escasez. Curiosamente, se utiliza esta descoordinación social para justificar ulteriores dosis de intervención.

Hayek señaló que un organismo monopolista único no puede poseer la información que permite determinar la oferta de dinero, y añadió que, “incluso si supiera lo que debe hacer en beneficio del interés general, habitualmente no estaría en disposición de actuar de ese modo”.

Y es que hay que ser muy ingenuo para creer que los funcionarios gubernamentales y los directivos de los bancos centrales son guardianes desinteresados de nuestro bienestar que no intentarán buscar privilegios y réditos políticos mediante el monopolio de la emisión de moneda.

En este sentido, la autoridad monetaria puede beneficiar a sectores o industrias por motivos políticos simplemente obligando a los bancos a ampliar el crédito a la vivienda o a la agricultura, por ejemplo. Otra manera de conseguir rédito político es seguir una política monetaria expansiva en los años electorales. De esta manera se consigue una reducción temporal del desempleo a muy corto plazo, que puede hacer que los votantes se decanten por el partido que está gobernando. Es lo que sucedió en la reelección de Nixon en 1972. Evidentemente a largo plazo este tipo de políticas son económicamente destructivas, pero pueden hacer que el poder político consiga su principal fin, que no es otro que perpetuarse en el poder.

Otro motivo para eliminar los bancos centrales es que no pagarán por sus errores como sí que lo haría un empresario o cualquiera de nosotros en un mercado libre. En este sentido, L. H. White comparaba su funcionamiento con el de un Imperio. La eliminación del monopolio de la emisión de dinero haría mucho más difícil el intervencionismo y control estatal de la economía.

La existencia de una sociedad libre implica necesariamente la compresión de los fenómenos monetarios. El desconocimiento teórico en este campo lleva a grandes dosis de intervencionismo y coacción estatal. De ahí que Hayek considerase que la historia es la historia de la inflación generada por los Gobiernos para su propio beneficio.

Es verdad que los fenómenos monetarios son mucho más complejos, abstractos y difíciles de entender que los de otros campos. Incluso un pensador de la talla de Hayek llegó a defender el monopolio gubernamental en materia monetaria en Los Fundamentos de la Libertad. Afortunadamente cambió su postura en su ensayo posterior La Desnacionalización del Dinero. Rectificar es de sabios, y Hayek lo era. ¿Lo seremos nosotros?

Abdel Karim y la hipocresía occidental

Casi nadie de entre quienes en estos momentos están visitando las pirámides o admirando los templos de Luxor ha oido hablar de Abdel Karim Soleiman. Sin embargo, su historia es una versión moderna de la que habría vivido alguien que hubiera osado alzar su voz contra la de algún faraón.

Abdel Karim es un hombre joven (tiene veinticuatro años) y valiente que se atrevió a criticar en su bitácora tanto el autoritarismo de Hosni Mubarak como a la intocable universidad islámica de Al Azhar. El alto precio que pagó por ello fue una sentencia de tres años de prisión por "insultos al presidente" e "insultos al islam". Al menos no se le impuso condena por el resto de cargos que se le imputaban, que no eran menos liberticidas. Abdel Karim ya ha cumplido dos terceras partes de su pena. A principios de mes cumplió dos años en la cárcel y lo hizo en unas condiciones que han deteriorado gravemente su salud.

Pero el tiránico régimen de Egipto, el país árabe más poblado del mundo, no se ha contentado con la prisión. Para la dictadura (a pesar de tener elecciones, éstas no son realmente libres y el presidente dispone de un poder desorbitado) no era suficiente con robarle a Abdel Karim su libertad. También le ha robado su familia, que no ha podido visitar al blogger encarcelado en ninguna ocasión durante los dos años de presidio; y tan sólo la existencia de amenazas podrían explicar que sus padres hayan llegado a criticarle en público o incluso a pedir que se le condene a muerte.

Docenas de ciberdisidentes, así como de opositores a dictaduras y periodistas que no utilizan internet, viven situaciones similares a las de Abdel Karim en el mundo. Y no hace falta irse a Egipto o a la lejana China para encontrarlos. Casos parecidos se dan o se han dado, por ejemplo, en países más cercanos como Marruecos o Túnez. Sin embargo sus dirigentes se sientan en foros internacionales o participan en cumbres bilaterales con gobiernos democráticos en pie de igualdad. Hosni Mubarak, Ma Ying-jeou, Mohamed VI y Ben Ali, entre otros muchos dictadores, son tratados como gobernantes legítimos y respetables en la ONU y numerosas capitales europeas y americanas.

La permanencia en prisión de Abdel Karim, Hu Jia y muchos otros chinos, cientos de cubanos y numerosos vietnamitas es motivo más que suficiente para que nuestros dirigentes no concedan legitimidad alguna a sus dictadores. Son los encarcelados –o quienes callan para no acabar como ellos– quienes pagan el precio de la hipocresía de los Estados occidentales.

Mr. Zapatero goes to Washington

Hay ciertas expresiones que, últimamente, el presidente francés sólo se las ha escuchado a Rodríguez Zapatero y a Carla Bruni. Lo cierto es que él lo ha logrado: ha participado en la más insigne cumbre que vieron los tiempos, aquella que marcará los designios humanos para el siglo que apenas acaba de alumbrarse; primera piedra del nuevo edificio financiero, con mil llaves para las crisis económicas y las puertas y ventanas abiertas para la socialdemocracia, la alianza de civilizaciones y el obamismo sin término.

Aunque quizás, acaso, puede que no sea para tanto. Aunque sólo sea porque el hombre del momento, Barack H. Obama, no ha ido, aunque ha bendecido extramuros la declaración conjunta. Se han puesto de acuerdo en que la regulación ha fallado y que, por consiguiente, lo que necesitamos es más regulación. Y en que ellos ("nosotros", como se hacen llamar), se volverán a reunir para otorgarse más poder para salvarnos del capitalismo.

Claro, que todo ello era previsible. ¿Por qué, entonces, se ha puesto a trabajar Zapatero como jamás en su vida con tal de sentarse en esta cumbre? La razón es la misma que explica que, pocos días antes de esta reunión propusiera una especie de nueva coalición de no alineados, con Europa e Iberoamérica pero sin Estados Unidos, también para refundar el capitalismo o acabar con él o sea lo que fuere lo que quiere hacer Zapatero: él no hace política exterior, sino política interna fuera de nuestras fronteras.

Se vio claramente en el modo en que se fue España de Irak, más que en la decisión de hacerlo. A Zapatero no le interesa la defensa de los intereses españoles en el mundo o la presencia de nuestro país en los foros decisivos. Lo único que le interesa es el efecto que sus acciones puedan tener en el electorado.

Por eso, para entender la gincana zapateril que le ha llevado a Washington hay que interpretarla en clave interna. Sabemos que el 90 por ciento del pensamiento de izquierdas consiste en colgar cartelitos. Antes de las elecciones comenzaron a colgar en la sede del PP el cartel de "neoconservadores"; la gente no tiene ni idea de lo que son, pero sí sabe, porque los medios de comunicación aleccionan a diario sobre eso, que los neocón son mala gente. Zapatero ha ido a la cumbre con un discurso ideológico maniqueo, que señala a los neoconservadores como los culpables y a la socialdemocracia como salvadora. Con ello quiere desactivar la idea, más extendida que lo que querrían los socialistas, de que el PP sabe cómo manejar la economía. Y en un momento en que todo el mundo se mira permanentemente el bolsillo.

Zapatero ha ido a Washington… pero no ha salido de Madrid.

El planeta, a la espera del discursazo

El partido popular ha batallado en la medida de sus posibilidades para que Zapatero cumpla uno de sus sueños, que es algo que tenía en un sinvivir a D. Mariano, dispuesto siempre a ayudar al Gobierno de España, aunque no es seguro que el PSOE hubiera hecho lo mismo en las circunstancias contrarias. Quiero decir que no es probable que si Rajoy fuera presidente del Ejecutivo y Obama su colega norteamericano, los socialistas hubieran intercedido para que el gallego se diera un baño de grandeza rodeado por los hombres más poderosos del planeta. No por falta de ganas ni por la deslealtad con que los socialistas se han conducido siempre en cuestiones de Estado, que también (recuérdense en este punto las campañas brutales que hubo de sufrir Suárez cuando el PSOE vio posibilidades de desbancarle, o las más recientes contra Aznar a cuenta del Prestige y la Guerra del Golfo II), sino porque Barack Hussein Obama vive muy feliz sin saber quiénes son Caldera, Blanco, Pajín o Moratinos, y además, Rajoy nunca hubiera hecho una estupidez infantil que ofendiera al pueblo norteamericano y le cerrara las puertas del 1.500 de la Avenida Pensilvania, como le ha sucedido con toda justicia a Rodríguez Zapatero.

Sea como fuere, lo cierto es que Zapatero estará en la cumbre financiera y además dispondrá de siete minutos, siete, para diseccionar los males que han causado la actual crisis mundial, a saber: Reagan, Thatcher y Aznar, y no necesariamente por ese orden. Le ha faltado incluir a Juan Pablo II, que algo tuvo también que ver en las relaciones internacionales de la época, pero es que el laicismo anticatólico impide a quien lo padece el mencionar a los papas o a los curas, ni siquiera para insultarles.

Según las primeras filtraciones, por supuesto interesadas, Zapatero va a pedir más intervención pública y a poner el ejemplo español como modelo de transparencia en las relaciones financieras entre los Gobiernos y los bancos, que ya es tener humor. Y lo mejor de todo es que el tipo parece que lo va a decir completamente en serio, algo que podría tener un pase si ocurriera durante un mitin en una localidad del agro extremeño, pero de dudosa eficacia en un auditorio formado por los primeros ministros de las principales potencias del mundo.

Y por otro lado, tenemos la factura que con toda seguridad nos va a pasar Francia por cedernos una "sarkosilla" (FJL dixit). Acostumbrados desde el Siglo XVIII, con los primeros borbones, a pagar facturas al vecino del norte, la broma de Washington seguramente nos va a salir por un pico a los contribuyentes españoles. Ni siquiera sacando a hombros a Zapatero después de su discurso y nombrándole presidente del planeta Tierra amortizamos la inversión, ya lo verán. Y eso, claro, si es que la voluntad de transparencia total anunciada por ZP permite que algún día conozcamos el dato.

Confianza

Cuando uno habla con un experto en el sistema financiero y en la banca, a medida que corren los minutos tiene crecientes probabilidades de encontrarse con las varias posibilidades sobre la misma frase: “la banca se basa en la confianza”. Los políticos, lo vemos estos días en la televisión, mencionan una y otra vez la palabra cuando hablan del sistema financiero. “Podemos mantener plenamente la confianza en el sistema”. O “las medidas adoptadas por el Gobierno restablecerán la confianza en la economía”, etcétera.

Y tiene cierta lógica. Sólo que es una lógica perversa. Nosotros depositamos dinero en el banco y contamos con él con total disponibilidad. Pero el banco no lo mantiene en depósito, sino que lo presta al mercado. El cliente del banco que ha depositado su dinero cuenta con él como si estuviera todo a su disposición en cualquier momento. El empresario o inversor que ha recibido el crédito, como es evidente, cuenta con parte de ese dinero. De hecho, el banco se lo ha prestado. “Esa es la lógica del sistema”. Efectivamente, pero ¿qué recorrido tiene esa lógica?

Sin entrar en pormenores, lo que produce este hecho sencillo y a la vez complicado es que hay demasiados planes asignados al mismo dinero. “No puedes comerte la tarta y tenerla al mismo tiempo”, dicen en inglés, pero eso es exactamente lo que pasa con los depósitos prestados. Para el mismo dinero uno tiene unos determinados planes (mantenerlos como saldos disponibles en cualquier momento) y otros unos planes distintos (invertirlos). En todo ello subyace un engaño, porque los planes son incompatibles al mismo tiempo. Si se mantienen es, precisamente, porque los depositantes retiran habitualmente una parte, por lo que siempre hay otra que no retiran todos al mismo tiempo. Es aquí donde entra nuestra palabra: “confianza”.

Pues se dice que el sistema funciona porque reina la confianza en él y mientras ésta predomine. En su ausencia, quien se apodera de los depositantes es el “pánico”, por lo que la labor de las autoridades financieras y económicas, bancos centrales, ministerios y demás, pasa por insuflarnos confianza. Pánico bancario y confianza en el sistema son las únicas relaciones posibles del ciclo con las llamadas “teorías psicológicas” del mismo.

Pero hay un pequeño detalle, un hecho o más bien una relación que puede parecer irrelevante, pero que lo cambia todo. Y es que los “pánicos” tienen origen precisamente en ese divorcio, ese engaño que proviene de que uno y el mismo dinero esté en la mente de unos como depositado para acudir en cualquier momento mientras otros ya lo han comprometido en proyectos a varios años vista. Con el desengaño aparece la crisis económica y el temor de los depositantes de que un día su banco le diga que no puede retirar más que una porción de su dinero. De modo que la “confianza” no es suficiente para garantizar el sistema. Es un nombre paradójico para referirse a un engaño.

Bombeando liquidez… hasta la siguiente crisis

La actual inestabilidad del sistema financiero proviene de su pecado original que consiste en endeudarse a corto para invertir a largo. El cliente cuando deja en custodia su dinero de curso legal en el banco piensa que está suscribiendo un contrato de depósito cuando lo que realmente está haciendo, sin saberlo, es darlo en préstamo al mismo que, a su vez, lo presta raudo a diversos negocios, un mecanismo propio de la banca que multiplica los riesgos empresariales. Con este fraude se logra que crezca la economía, pero se distorsiona su estructura productiva. Históricamente esta creación de dinero fiduciario por parte de los bancos comerciales pedía a gritos la existencia de un banco prestamista (central) de última instancia. Cosa que sucedió invariablemente en todos los Estados (Panamá es la excepción).

Por si fuera poco, la imprudente expansión crediticia propagada recurrentemente por los bancos centrales induce a bancos, empresas y particulares a endeudarse y colocar recursos en proyectos de todo tipo que no siempre son rentables. La función empresarial queda cegada por la abundancia de crédito barato de nueva creación y, por tanto, se invierte y se apalanca en demasía en proyectos que no cubren las necesidades más urgentemente demandadas y valoradas por la sociedad. Estas numerosas “malinversiones” en determinados activos sobrevalorados crean las conocidas burbujas que acaban explotando. Es entonces cuando se impone en momentos de marea baja un ajuste doloroso, pero inevitable en aquellos negocios que –en palabras de Warren Buffett– estaban bañándose desnudos.

Sucede que cada vez que aparece en el sistema financiero una supuesta crisis de falta de liquidez los bancos centrales acuden en su ayuda con inyecciones millonarias de dinero fiat que, además de envilecer los medios de pago vía inflación, impiden que se aplique la disciplina de mercado, es decir, la expulsión de aquellos bancos que ante la sobrevaloración de sus activos o la falta de las necesarias provisiones han consumido su capital temerariamente. Quedaría así corroborado el dicho de que si te enjuagas la boca con bastante liquidez, puedes quitarte el mal sabor de insolvencia… hasta la siguiente crisis. Un sistema financiero permanentemente socorrido por el monopolio de la autoridad monetaria hace esfumarse la línea que separa claramente la iliquidez de la insolvencia. El shock financiero de dicho sistema está asegurado en forma de bomba de relojería.

Los bancos centrales son incapaces, por el contrario, de acudir con capital proveniente del ahorro voluntario de las personas, que es lo esencial en estos casos. Lo que sí logran es que los bancos se conviertan en un cártel imprudente que actúa en un entorno libre de riesgos al contar con un prestamista (público) de última instancia que vendrá siempre a rescatarlo.

Parece, no obstante, que hemos llegado a un punto de no retorno. Viendo la situación de desplome en Wall Street tras la quiebra de Lehman Brothers y el destape de masivos instrumentos de apalancamiento, el mencionado Buffett afirmó que le parecía estar en medio de una playa de nudistas. Los interesados achacan a la avaricia y falta de transparencia del mercado las graves deficiencias surgidas en la presente crisis cuando la realidad es que los excesos descubiertos son fruto de un sistema financiero corrupto y de malas regulaciones que promueven precisamente los estímulos incorrectos.

Las sobredosis de liquidez vertida en el sistema ya no hacen nada: el mercado interbancario por el que los bancos se prestan dinero entre sí sigue sin desatascarse. Los bancos, además de no fiarse entre ellos al ignorar el nivel de insolvencia de sus homólogos, guardan su poca liquidez para hacer frente a los vencimientos de plazos de sus propias deudas.

Los actuales planes de emergencia de los Gobiernos para salvar a la desesperada el sistema financiero van a intentar rescatar a cualquier banco en apuros con dinero del contribuyente y con deuda pública. La urgencia hace tumbar las barreras del sentido común. Se acepta incluso alegremente la entrada de los Estados en el accionariado de los bancos y la vuelta del nacionalismo económico. Medidas de épocas pasadas que han mostrado su ineficacia una y otra vez están ahora en boca de todos. Puede ser peor el remedio que la enfermedad.

Si se suprimiera el dinero fiduciario de curso forzoso de monopolizada emisión por parte de los bancos centrales, si se impidiera a éstos manipular los tipos de interés artificialmente, si se aplicaran los principios de derecho en la práctica bancaria así como los de prudencia contable en la valoración de activos en los balances, si se diera libertad a los ciudadanos para decidir qué debe ser dinero y qué puede hacerse en cada momento con él, se lograría así que circulase un dinero más honesto que el actual, se entraría en una época de sano progreso, habría un deseable equilibrio entre inversión y ahorro, entre producción y masa monetaria. Se conseguiría –al fin– reducir los ciclos económicos (quiebras bancarias incluidas) tal y como ha explicado la teoría austriaca del ciclo económico de forma meridiana. También desaparecería, como por encantamiento, esa acuciante necesidad de incontrolada liquidez que padecemos desde que dejamos nuestro dinero en manos públicas.

La hegemónica corriente económica del mainstream actual no ha sabido prever ni atajar adecuadamente esta crisis financiera. Sus modelos teóricos se muestran incapaces de servirnos como herramientas para comprenderla. Han fracasado una vez más.

No hemos calibrado convenientemente las consecuencias de dar por sentado el que deba hurtarse al individuo su capacidad de elegir el patrón monetario más idóneo y el precio que debe tener el dinero en cada momento. Nuestro actual Estado-Leviatán se ha hecho con estos monopolios liberticidas (se proyecta incluso ahora fortalecerlos en la próxima cumbre de “hombres G”) que no hacen sino empobrecer y desestabilizar innecesariamente al conjunto de la sociedad civil. Es hora de empezar a cuestionarlos muy seriamente.

El reto del marketing de resultados

Tan imperativo parecía este el salvamento que ni siquiera se preocuparon por distinguir entre buenas y malas políticas: había que hacer algo y había que hacerlo ya. Sin embargo, la rapidez de actuación no debería estar reñida con el análisis riguroso de la situación. Actuar sin conocimientos no supone adelantarse a los hechos, sino precipitarse.

La crisis actual es fruto de un proceso generalizado de malas inversiones que han llevado a cabo los bancos y las empresas como consecuencia de las políticas de bajos tipos de interés de los distintos bancos centrales. El "crédito barato" ha provocado que proyectos que no resultaban rentables se emprendieran gracias a unos tipos artificialmente bajos y, por el contrario, que otros que sí lo eran (pero que no estuvieron afectados por la burbuja de precios) quedaran marginados.

La recuperación económica —como todas las recuperaciones económicas— se basa en que las malas inversiones se liquiden para que puedan emerger las nuevas; esto es, que las industrias hipertrofiadas durante el anterior auge artificial sean sustituidas por las industrias atrofiadas. En la situación actual tenemos un ejemplo bastante visual: durante años, la construcción se desarrollo a costa de, por ejemplo, la inversión en materias primas, de modo que ahora padecemos un stock invendible de viviendas y un "cuello de botella" de materias primas.

Pero para que esta reconversión productiva sea posible han de darse tres fenómenos: un ajuste de los precios relativos de las distintas industrias (para que aparezcan los negocios verdaderamente rentables), un incremento del ahorro (para financiar esos negocios) y una recolocación de los factores productivos (para implementar esos negocios).

Las quiebras son un mecanismo que el mercado proporciona para que estos tres fenómenos tengan lugar de una manera acelerada: los bienes de capital de las industrias insolventes se venden a precio de saldo, dejan de ser inmediatamente receptoras de inversiones y despiden a todos los trabajadores. Sin embargo, las quiebras tienen un problema serio: el pesimismo de los agentes de mercado durante las crisis puede llevarse por delante a negocios que son realmente rentables.

Pero en estos casos suelen aparecer los reflotadores profesionales de empresas: grandes capitalistas con ahorros que adquieren las líneas de negocio rentables y los mantienen en funcionamiento gracias a sus enormes reservas de ahorro. Un ejemplo claro y reciente ha sido la entrada de Warren Buffett en el capital de Goldman Sachs.

En cierta medida, los Gobiernos, con sus planes de rescate, están tratando de emular a los reflotadores privados: captan ahorro privado emitiendo deuda pública, refinancian la deuda a corto plazo de estos proyectos y, al cabo de los años, esperan amortizar esta emisión de deuda pública con la revalorización de los activos. Sin duda, hay ciertos obstáculos de información e incentivos para que consigan semejante tarea, pero, si éste fuera su único cometido, no habría motivo para grandes objeciones.

Sin embargo, existen dos serias objeciones a los planes de rescate públicos que pocos analistas parecen haberse planteado. El primero son los problemas de incentivos y de información a los que se enfrenta toda intervención pública y que tienden a provocar su fracaso.1 El segundo, en este caso más serio, es que, muy probablemente, la mayoría de planes de rescate no vayan destinados a refinanciar proyectos que serán rentables a largo plazo, sino a recapitalizar a los bancos adquiriéndoles unos activos sobrevalorados que nunca recuperarán sus antiguos precios inflados. En este caso, la inyección de capital dificultaría la recomposición de la economía, ya que impediría el ajuste de precios relativos (al pagar precios artificialmente altos, retrasaría la caída de precios), disminuiría el ahorro disponible para proyectos alternativos e impediría que los factores productivos se recolocaran hacia empresas que, por la falta de ahorro, ni llegarían a surgir.

En este supuesto, los bancos se salvarían a costa de sumir al resto de la economía en un estancamiento de décadas. Es por ello que la precipitación de los planes de rescate terminará siendo muy probablemente un lastre para la recuperación y no una política pública imprescindible sobre la que, según políticos y economistas, no había discusión posible.

Este artículo fue publicado originalmente en ElCato.org el 12 de noviembre de 2008

Referencias:

1. http://mises.org/story/2401.

El peligro de los planes de rescate

El 2009 va a ser un reto para el marketing en buscadores, ya que en un escenario de crisis será uno de los segmentos donde muchas empresas destinarán su inversión y tendrá que dar talla ante las exigencias de resultados que se le van a pedir. En este apartado, no deben de existir muchos problemas, ya que internet es el único medio donde se puede medir de manera efectiva la inversión, para tener un control exhaustivo del presupuesto y los objetivos que se hayan planteado.

En Search Engine Land en español, una publicación especializada, hemos hablado de los "Factores relevantes en la industria del marketing en buscadores en 2008" , haciéndonos eco del especial que ha editado la revista americana Advertising Age en relación al mercado del marketing en buscadores en los EEUU. Los datos que arroja este especial son realmente interesantes, tanto para las personas que pertenezca al sector Internet como a los que están bastante alejados de él, ya que al fin y al cabo si está leyendo este artículo seguro que conoce nombres como Google o Yahoo! y que le resultará interesante conocer los números que mueve esta industria. Entre otros muchos datos en este especial, encontramos información sobre el volumen de inversión en los Estados Unidos, que ya está por encima de los 10.000 millones de dólares, una cifra que da vértigo, ya que en España toda la inversión de Internet va a sumar entorno a los 700 millones de euros en 2008, y para nuestro país sigue siendo un buen dato.

Otro dato que aporta también el especial se centra en el porcentaje de búsquedas que agrupa cada buscador: en los Estados Unidos, Google aglutina más del 63% del total, Yahoo! un 19% y MSN Live un 9%; en España Google se aproxima a un 95%.

Aunque para una gran mayoría pueda resultar desconocido, el marketing en buscadores va a cobrar una gran relevancia en el 2009 en todo el mundo, al igual que el marketing en internet. Esto supone que se acelerará la transformación que está sufriendo el mercado publicitario, donde cambian las estructuras, los profesionales y las formas en las que se venía desarrollando la publicidad. No me tengan por esos visionarios que piensan que todo va a cambiar de la noche a la mañana, pero que en el 2009 se acelerarán los cambios que estaban pendientes, de eso, no tengo ninguna duda.

Educar en casa

Es la alternativa más apropiada para determinado tipo de personas: las que piensan que la educación oficial impartida en los centros que el gobierno controla, es decir, los públicos y los concertados, es adoctrinadora; o mediocre; o uniformadora; o progre; o retro. Educar en casa es la medida más fiel de la capacidad del ser humano para hacerse a sí mismo sin someterse a la propensión monocromática del Estado. No es la única alternativa que desde la confianza en sí mismo  se puede tomar, pero sí es la única que en el estado actual de omnipresencia educativa gubernamental, con acusados rasgos coactivos, se puede tomar.
 
El homeschooling no será nunca una opción mayoritaria. La división del trabajo, fruto de la innata división del conocimiento da como resultado una sociedad abierta y cooperativa en la que la variedad de opciones es poco menos que infinita. Cuando menos, incalculable porque, habida cuenta de la innata creatividad humana, las posibilidades que se ofrecen para educar y ser educado, aprender y ser enseñado, investigar y conocer o inventar medios para ello queda fuera de toda previsión.
 
No obstante, los obstáculos que los gobiernos oponen a que los individuos y  las familias se eduquen son tantos que las posibilidades creativas están severamente limitadas y penalizadas. Hoy día no es posible crear un colegio sin pasar por el aro de la normalización de sus programas. Sólo cabe mantener un grado estimable de independencia si el colegio en cuestión es enteramente privado, no subvencionado. Siendo así las opciones complementarias para definir las creencias o ideas son bastante más altas que en otros centros.
 
Los padres que apuesten por ese tipo de enseñanza, la privada, tienen el mérito de valorar el ideario escogido y la posibilidad de desarrollo coherente en grado suficiente como para pagar por él el precio libre establecido, sabiendo que más cerca de su casa hay centros que ofrecen un  producto educativo a precios cercanos a cero euros. Eso sí, la diferencia de calidad puede, en principio, estar en relación con la de precio. Pero, sea como sea, pagan doblemente la educación. Una vez, por la de sus hijos, haciendo uso bastante eficiente de su dinero. Otra, la de los hijos de los que utilizan el sistema subvencionado o público, por la vía tributaria, de la que no es posible librarse, haciendo un uso improductivo de él.
 
Sucede, empero, que el número de centros enteramente privados es muy pequeño porque la capacidad de ese ámbito de mercado libre está enormemente restringida por el macro-desarrollo del sector gubernamental. La competitividad en el sector verdaderamente privado es mínima y, a pesar de su financiación autónoma, no está exenta de regulación. Los planes de estudio están intervenidos y vigilados y la LOGSE-LOE también les afecta.
 
Es por todo ello que el ámbito de libertad, la acción libre que burle al sistema y huya de sus ineficiencias queda casi exclusivamente en el área de la escuela en casa. Una familia con fuertes convicciones de cualquier tipo, muy probablemente religiosas, o meramente libertarias, o con un ideal científico, o de calidad, sólo puede educar a sus hijos de manera que abran antes éstos un campo de creatividad, descubrimiento del mundo y apertura a áreas vedadas a los "hijos del gobierno" si lo hacen en su casa. No es tan difícil. Puede hacerse. Sólo hay que aprovechar cierto vacío legal de la legislación española y cuidar que lo que enseñan a sus hijos en casa es, al menos, análogo a lo que los currículos oficiales prescriben.
 
Sobre este requisito de nivel no existe problema básicamente, porque unos padres responsables pueden, practicando el homeschooling, sobrepasar el nivel de instrucción de los escolarizados en el sistema estatal sin despeinar al niño o a la niña. Los niveles de aprovechamiento de una educación personalizada como la que ofrece la educación en el hogar son siempre mayores que los de un aula donde las familias han abandonado sus responsabilidades a unos profesores que, si no están perpetuamente cansados de su tarea, están mediatizados por unas exigencias formales y de contenido que alientan la mediocridad.
 
Piénselo y practique el homeschooling. Además de unos hijos abiertos al conocimiento y de ánimo libre, crecerá en usted una sensación sólida de orgullo por su aportación.

Los Hombres G del siglo XXI

Desde hace unos días, el Gobierno español y las fuerzas vivas de nuestra política parecen exultantes. Zapatero estará el próximo sábado en Washington para asistir a la reunión del grupo de los G-20. ¿Hay que acompañarles en el regocijo? No sé. Me parece muy descarado felicitar a alguien por su fabulosa “labor de pasillo”, por el “peloteo” recompensado. Antes de hacerlo me gustaría saber cuánto nos ha costado en euros a los españoles las llamadas, viajes y reuniones. Si el esfuerzo mereció la pena o no, lo sabremos el domingo cuando comprobemos la oportunidad de la presencia de Zapatero, la relevancia de sus aportaciones y la influencia real que tienen en los miembros por derecho propio del G 20.

La causa última aducida por el Ejecutivo socialista para este tráfico de influencias a cara descubierta es que España “debería” estar en ese grupo por su relevancia en el mundo. Estoy de acuerdo con Fernando Díaz Villanueva cuando considera que es la falta de espíritu lo que explica la poca influencia de España en el mundo en los últimos tiempos. Pero, además, es importante señalar que no estamos en el grupo de los 20 porque no tenemos que estar. En caso contrario, nos hallaríamos ante la evidencia de que la Unión Europea es una pantomima, cara, esos sí, pero sin razón de ser.

El origen de los G-20 lo constituyen el G-8, la Unión Europea y los países emergentes. Y España ya está representada por el enviado de la UE, como el resto de los 25, y no cabe considerar a nuestro país como uno de los emergentes. ¿Podría aducirse que deberíamos estar en el G-8? Eso es harina de otro costal.

Este grupo se formó entre 1973 y 1977 y agrupaba a los países más desarrollados. Más adelante, una vez cayó el “muro de Berlín” se unió Rusia poniendo de manifiesto la nueva realidad económica y política. Los miembros del G-8 son, además de Rusia, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Italia, Alemania, Japón y Canadá. Uno de los argumentos del presidente Rodríguez Zapatero, hacía referencia a que en términos de PIB, España está por delante de Italia, por ejemplo. Sin embargo, el desarrollo y la influencia económicos no se miden solamente a partir del PIB. Ya puestos, hay que recordar que Italia tiene un PIB a valores de Paridad del Poder Adquisitivo mayor que el nuestro desde hace unos años, de acuerdo con los datos de Fondo Monetario Internacional.

Pero, me pregunto, en cualquier caso, ¿por qué no se ha presionado tanto para que España se incorpore a este selecto grupo antes y es precisamente ahora?  La respuesta es inmediata: por la crisis. Se trata de una reunión en la que se pretenden redefinir los términos en los que se desenvuelve el mundo financiero mundial, se intentará ofrecer una respuesta común a la crisis mundial, se habla de un nuevo Bretton Woods. La expectación es lógica. Todos quieren estar. Y España también. Lo que me preocupan son dos cosas.

Primero, no es muy digno asistir a una fiesta sin haber sido invitado, sino después de una cadena de súplicas y peticiones para figurar, por muy importante que sea “salir en la foto”. Segundo, y esto es aún más grave, si el argumento es que Francia ocupa dos lugares por ser Sarkozy presidente de Francia y presidente (por turno) de la Unión Europea, ¿por qué habría de ser España quien represente a la Unión Europea? ¿No debería ser Durao Barroso, como presidente de la Comisión Europea o Václav Havel  como presidente entrante? ¿No sería más razonable que alguno de los países del Este, o Irlanda, o alguno de los países nórdicos reclamara su presencia?

La única respuesta a esta paradoja es que no nos sentimos representados por el enviado europeo. Y en ese caso ¿qué sentido tiene nuestra pertenencia además de recibir fondos hasta que se acabe la leche de la ubre europea? Ninguno. Y cerrando el razonamiento: esa es la razón por la que no deberíamos estar en la cumbre de los 20. Somos un país “buscador de rentas”, no aportamos nada, estamos representados como mediterráneos, latinos, europeos… pero queremos ir a toda costa para ver qué podemos rascar. Esa es la relevancia de España en el mundo y ese es el espíritu europeo de nuestros dirigentes.

Los Hombres G son un grupo pop que tomó su nombre del apodo con el que se conocía a los agentes especiales del FBI en Contra el Imperio del Crimen. Hoy podríamos hablar de los 20 hombres G del siglo XXI para designar a los presidentes de grupo de países que se reúnen para tomar decisiones de gran calado. ¿Podría nuestro presidente ser un nuevo Hombre G?

Ya imagino a Zapatero ante el micrófono expresando su preocupación por los pobres y por la paz mundial. Tendría más sentido proponer su candidatura a Miss G-20. No lo haré, no quisiera influir con mi opinión en la marcha de la reunión del sábado… los Blanco somos así.