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ERE que ERE

Por desgracia, la conflictividad laboral será la norma y no la excepción. La caída de las ventas y la restricción del crédito se está materializando ya en la aprobación de un creciente número de Expedientes de Regulación de Empleo (ERE) por parte de las empresas con el fin de recortar gastos y evitar así o, al menos posponer en la medida de lo posible, la avalancha de quiebras que se cierne sobre el tejido productivo español.

Los despidos masivos nunca son del agrado de nadie. Los trabajadores pierden un puesto de trabajo que, en muchas ocasiones, venían ocupando desde hacía años, mientras que los empresarios se ven obligados a reducir la producción, lo cual evidencia un recorte en los beneficios de la compañía o, lo que aún es peor, la entrada en pérdidas.

Por el momento, la construcción y la industria del automóvil han sido los sectores más afectados por la crisis económica que vive España. Precisamente, las actividades que más crecieron durante el auge crediticio de la última década. Sin embargo, el desplome de ventas que están sufriendo ambos mercados está batiendo récords a nivel nacional.

Así, las matriculaciones de vehículos comerciales se han desplomado un 52,1% en octubre respecto al mismo mes de 2007, mientras que la compraventa de viviendas libres descendieron, un 37,2% interanual, el pasado mes de agosto. De hecho, hoy se venden casi la mitad de los pisos de segunda mano (usados) que hace doce meses.

Como consecuencia, es lógico que los ERE hayan afectado, sobre todo, a las grandes compañías ubicadas en ambos sectores. Las fábricas de automóviles paran máquinas y paralizan los pedidos a sus proveedores. Asimismo, un total de 167 empresas del sector de la construcción se declararon en concurso de acreedores (antigua suspensión de pagos) durante el tercer trimestre del año, lo que supone multiplicar por más de cinco el número de afectados por este tipo de procesos respecto al mismo periodo de 2007, según los datos de la firma de información financiera y comercial Asesor.

Ante tales ajustes, los sindicatos se han puesto en pie de guerra, sobre todo, en el ámbito de la automoción, y ni cortos ni perezosos cargan ahora contra los directivos de las multinacionales afectadas por la dura contracción económica, como es el caso de Nissan en Cataluña.

Los líderes sindicales han atacado las sedes comerciales que, curiosamente, hasta ahora daban de comer a los trabajadores cuyos intereses teóricamente representan. Además, reivindican, cómo no, la intervención de los poderes públicos para paralizar los expedientes de despido, al tiempo que solicitan la concesión de ayudas públicas al sector.

Tal actitud no sólo es contraproducente sino que carece de toda moralidad. Los sindicatos abogan por castigar administrativamente a las empresas en dificultades económicas, cuando éstas son los únicos y auténticos agentes generadores de empleo en una economía de mercado. Sería una muy mala imagen la que ofrecería España al resto de compañías interesadas en establecerse en este país si ante la llegada de una crisis se defiende la imposición de trabas en lugar de facilitar en la medida de lo posible el desarrollo libre de la actividad empresarial. Desde luego, se lo pensarán dos veces antes de volver a poner un pie aquí.

La concesión de subvenciones públicas es igualmente condenable, puesto que los contribuyentes no tienen por qué pagar de su bolsillo los problemas por los que atraviesan sectores que, de una u otra forma, tendrán que ajustarse a la nueva coyuntura. Bastante tienen los ciudadanos con mantenerse a flote ante la marea para tener que sufragar a mayores los platos rotos de actividades infladas al calor de la burbuja crediticia, como es el caso del ladrillo o la automoción.

Además, estos trabajadores sectoriales no son los únicos. El pasado octubre, un total de 192.658 personas se fueron al paro (7,3% más respecto a septiembre), mientras que 2008 acabará con cerca de un millón más de trabajadores en las listas del desempleo, muchos de ellos pertenecientes al sector servicios. Por ello, se precisa justo lo contrario. Desarrollar políticas que atraigan la inversión y la ubicación de nuevas empresas a nuestro país, en lugar de cargar con furia contra las escasas multinacionales que operan en España.

¿Acaso observan ustedes protestas de este calibre en Luxemburgo o Suiza, en donde se ubican algunas de las mayores compañías del mundo? La clave no está en el despido en sí, sino en desarrollar políticas que permitan la reubicación de los trabajadores en paro en el menor tiempo posible. Mientras esto no se aplique, los sindicatos, que por cierto sostenemos con nuestros impuestos, ERE que ERE, seguirán apostando por la peor política social: ahuyentar y cargar contra los empresarios, al tiempo que con la otra mano ruegan por el rescate del Estado (esto es, de los contribuyentes).

¿Los informáticos ya no seremos ingenieros?

El Colegio Profesional de Ingenieros en Informática de Andalucía llegaba a afirmar no sólo que desaparecerían los estudios superiores del ramo sino que los títulos actuales dejarían de tener validez. Algunos han llegado a proponer una huelga de informáticos para protestar contra la decisión del PSOE.

Por lo que parece, no es exactamente así. Las ingenierías están reguladas por lo que se denominan competencias y atribuciones. Las primeras son aquellas cosas que alguien es capaz de hacer por el hecho de ser capaz de realizar unos estudios, mientras que las segundas son actividades cuyo desempeño se limita por ley a unos titulados concretos; el ejemplo clásico es que el proyecto de un edificio sólo puede ir firmado por un arquitecto, y que la catedral de don Justo Gallego, la del anuncio de Aquarius, no es muy legal que digamos. O quizá sí, porque nunca hubo un proyecto que se pudiera firmar.

El caso es que la ausencia de ficha de informática se debe a que, como "la informática es una materia transversal" y no debe "concentrarse en una titulación concreta", según dice el Gobierno, pues la carrera no tiene atribuciones propias. Además, muchas competencias propias de informáticos, como la programación y el diseño y administración de bases de datos, son atribuidas a los ingenieros de Telecomunicaciones.

El caso es que los informáticos les tenemos bastante manía a los telecos. La consideramos una carrera casi vacía de contenido propio que no hace más que robarnos parcelas a nosotros y a los ingenieros industriales. Y, sobre todo, siempre han tenido mucha influencia en el Gobierno, de modo que les consideramos culpables de que seamos la única ingeniería que no tiene atribuciones profesionales. Así que es en cierto modo natural que agarremos el cabreo que hemos agarrado.

En cualquier caso, a mí me parece una polémica en gran parte estéril. El camino no es crear más atribuciones profesionales, sino ir eliminando las que ya existen. Del mismo modo que existen personas con talento para los ordenadores que jamás estudiaron la carrera, existe mucho zote con título. Son, o deberían ser, las empresas quienes, sin intervención del Estado, decidieran quién puede y quién no dirigir los proyectos informáticos, pero también muchos otros que ahora exigen un ingeniero titulado. Otra cosa es que la presencia de ingenieros, adecuadamente publicitada, pueda suponer un sello de garantía y dar una cierta confianza en la calidad del producto final. Pero que algo sea bueno no significa que deba ser obligatorio.

Otra cosa distinta es, eso sí, el ámbito público. Como ahí no se puede dejar a la arbitrariedad de la administración la contratación de funcionarios o las contrataciones a empresas privadas de proyectos públicos, tiene su lógica que se exijan unos criterios de selección que dejen el menor campo posible a la discrecionalidad. Pero fuera de ahí, esa idea de las competencias y las atribuciones fijadas por ley es de un gremialismo medieval muy poco amigo de la libertad y la competencia real del mercado.

COPE y el nacional socialismo

En el caso de la COPE lo sabíamos desde el 27 de octubre de 2005, cuando el bachiller Montilla, entonces ministro de Industria, en un ejercicio de desahogo, decía que desde la emisora se “levantan banderas y se cavan trincheras”, algo que “no pasa en ningún país de Europa”. Él, desde luego, no estaba dispuesto a permitir que la COPE siguiese en pie contra el nacionalismo. Aprovechando el clima de odio creado por Montilla, unos bien mandados llamaron al día siguiente a la emisora avisando de la colocación de una bomba. Otro héroe, el presidente del CAC, daba el aviso el 29 de octubre de los planes de la rama goebbelsiana de la Generalidad: estaba estudiando los contenidos de la COPE para prepararse el terreno… del cierre. Nacional socialismo a pleno rendimiento.

Hace tres años de aquello, aunque los ataques contra la emisora comenzaron poco después de llegado Zapatero al poder. Luego ocurrió que quien colocase a Montilla de ministro de Industria hizo lo propio con la presidencia de la Generalidad. Y Montilla se puso a practicar el nacionalismo y el socialismo a base de bien, que es lo que sabe y lo que le toca. Por ahora son dos emisoras, la de Lérida y la de Gerona. Pero es sólo el comienzo, porque el bachiller no va a parar hasta limpiar de opiniones críticas Cataluña, esa gran nación que necesita de imposiciones y prohibiciones para construirse.

El cierre de COPE es sólo un aspecto de un proyecto más amplio, recogido en el Estatuto, y que tiene un carácter marcadamente totalitario. El cierre de la COPE es un éxito del nacional socialismo catalán. Pero es sólo el primero de muchos que vendrán. Cataluña, además, es el modelo. Le aporta al PSOE un diputado más de diferencia sobre el PP que el que obtiene en el conjunto de España. El cierre de la COPE es el camino, igual que para otros, “el camino son las estrellas”. Todo vuelve. Será la memoria histórica.

Obama, el ungido

Yo mismo he escrito sobre él y me cuesta resistirme a hacerlo de nuevo. Desde el liberalismo y el conservadurismo se ha destacado que es una persona muy a la izquierda. Lo es para Estados Unidos y lo es para nosotros. Barack Obama es la culminación en la política de una larga carrera iniciada hace cuatro décadas por la Nueva Izquierda. Sus mentores, profesores y modelos proceden de ahí. Es discípulo de Saul Alinsky, que escribió un manual para radicales donde recomendaba recurrir a cualquier medio con tal de oponerse a las insondables fuerzas reaccionarias; un libro escrito para quienes quieren "cambiar el mundo". Tiene lazos claros con Bill Ayers, un radical, un terrorista de los 60. No es que él tenga esas inclinaciones, pero su esquema ideológico nace en ese ambiente. Por cierto, que el Partido Republicano debería reflexionar sobre cómo es posible que los estadounidenses hayan elegido a un candidato en el precipicio izquierdo del Partido Demócrata, si un 40 por ciento de ellos se considera conservador, otro tanto centrista o independiente, y sólo un 20 por ciento (menos, en realidad), se llama a sí mismo progresista.

Pero si hay algo que define a Barack Obama es que es un ungido de tomo y lomo. Su lema "yes, we can", es perfecto, porque cada votante hipnotizado por Obama pone sus propias esperanzas en ese "podemos", que no tienen por qué ser las mismas para cada ciudadano. Pero lo que quiere decir el propio presidente electo con su mantra es muy claro: cree que por medio de la palabra, de la oratoria, se puede cambiar una persona. Y, como él mismo dice, "si se puede cambiar una persona, se puede cambiar una comunidad; si se puede cambiar una comunidad, se puede cambiar una nación; y si se puede cambiar una nación, se puede cambiar el mundo". De modo que tendremos que revisar la teoría de las visiones de Thomas Sowell para entender bien al desconocido Obama.

Obama se equivoca. La naturaleza humana es más o menos fija y la oratoria puede obrar milagros, pero los milagros son imprevisibles y asistemáticos. No va a cambiar nada con su palabra. Y, por lo que se refiere a su política, dentro del estrecho margen que tiene para elegir un curso u otro, recurrirá a sus escasos pero radicales referentes ideológicos. La prueba de que ni él es capaz de cambiarnos es que la izquierda española, que ha enterrado momentáneamente su hacha de guerra contra los Estados Unidos, revivirá su odio cerval a aquel país antes de un año. ¿Qué se apuestan?

Un escuadrón de incompetentes

Si hace menos de un año gran parte de la población les consideraba auténticos profetas ahora su imagen se asemeja más a la del Escuadrón Diabólico y el presidente, en concreto, al inigualable Pierre Nodoyuna.

En marzo de este año Rodríguez Zapatero negaba que España estuviera o fuera a entrar en crisis. En abril llegó a decir aquello de hablar de crisis o recesión era "demagógico, inaceptable y antipatriota". Todavía en mayo nuestro Pierre se empeñaba en ver el futuro de color de rosa cuando hablaba con la total seguridad de "desaceleración transitoria ahora algo más intensa". Ahora que el valor de sus pronósticos ha caído por debajo de las acciones de Fannie Mae, lo normal sería que los españoles tornaran sus oídos hacia el ministro de economía.

Sin embargo, los intentos de este señor por explicar a los españoles lo que estaba pasando y lo que iba a pasarnos han resultado ser tan desafortunados como los intentos de Patán, el zarrapastroso perro de Nodoyuna, por diseñar un plan con el que atrapar al palomo. Nuestro Patán particular nos advertía hace unos meses que "se esta[ba] exagerando mucho cuando se habla[ba] de crisis" y que "los datos que" tenía a su disposición no indicaban la entrada en crisis ni recesión. Eso por no hablar de sus menguantes cálculos de crecimiento económico para este año. La penúltima metedura de pata de nuestro ministro canino tuvo lugar hace apenas un mes cuando afirmó creer que "España se salvará de la recesión". La única diferencia con Patán es que Solbes ha sustituido su característica risa asmática por una profunda somnolencia.

Pero quizá la palma de los desaciertos se la lleve Joaquín Almunia, nuestro socialista en Bruselas. El comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la UE ha sido capaz de replicar a la perfección a Tontín, el piloto que junto a Tontón completaba con Pierre y Patán este escuadrón de incompetentes. En los últimos días de 2007, nuestro "tontín" más internacional descartó la posibilidad de que se pudiese producir una "crisis económica" durante 2008 en la Unión Europea. Dos meses más tarde, cuando la crisis ya era evidente para todos excepto para Pierre Nodoyuna y para Patán, el piloto de la nave económica europea negaba la posibilidad de recesión. Mientras la averiada avioneta caía entraba en barrena, Almunia miraba al tablero de mandos y afirmaba "que los indicadores no señala[ba]n riesgos de recesión".

Pero en lo que nuestros tres personajes más recuerdan a la fabulosa serie de Hanna-Barbera es en los desastrosos resultados de sus planes porque, como nos recuerda Wikipedia, en los dibujos animados –como en la realidad– "los planes de Pierre siempre eran frustrados por su propia incompetencia, por la de Patán, por las acciones de otro corredor, o por pura mala suerte, haciendo que Pierre cruzara la línea de meta último, si es que lo hacía". Lo malo de esto es que los españoles vamos en esa aeronave que no parece capaz de cruzar la meta de recuperación y el progreso económico. Para colmo de similitudes, la principal ironía de la serie consistía en que si Pierre no se hubiese molestado en hacer planes tramposos su nave hubiese llegado a la meta y, con frecuencia, en buena posición. Como en la serie nuestro Pierre terminará diciendo tras el fracaso "¡No hay deguecho! ¡Haz algo Patán!".

De la sociedad civil a la sociedad unitaria

En contra de lo que se presupone, la Gestapo no era una policía especialmente eficiente. No tenía los medios adecuados, ni humanos ni técnicos, para vigilar a toda la población alemana como la propaganda y en gran medida el cine nos ha dado a entender. Esto no quiere decir que no tuviera resultados satisfactorios para los gerifaltes nazis. La Gestapo, como muchas fuerzas de represión dependía de dos elementos esenciales, por una parte los confidentes, personas que, de forma voluntaria o coaccionados, investigaban para ella. Pero su mayor fuente de información provenía de la sociedad, de personas anónimas que por diversas razones, desde la fe ciega a la simple animadversión, denunciaban a sus vecinos, amigos e incluso familia. Este modelo se repetía en mayor o menor medida en la dictadura estalinista y a lo largo de la historia en todos regímenes totalitarios. Podemos pensar que se circunscribe a las sociedades totalitarias, pero estaríamos equivocados.

Es evidente que ninguna sociedad occidental va a tener un régimen represor parecido a los descritos, pero sí que es posible que las instituciones que forman el Estado articulen normas, protocolos y leyes que eviten que la sociedad civil desarrolle actividades e incluso ideas que puedan perjudicarles. Los gobiernos y los estados bregan mucho mejor con una sociedad civil inactiva y apática que con una que tenga sus propias inquietudes, opiniones y que a través de mecanismos institucionales y sociales, vigile, corrija o incluso derribe gobiernos y estados que se extralimitan en las funciones que se les han encomendado.

La coacción a través de la ley sería la manera más evidente, pero esto, aunque plausible y usado de vez en cuando, genera un descontento evidente y peligroso para los gobernantes. Dentro de esta idea, lo más práctico es la creación de una Constitución que sirva como marco para las leyes, instaurando así una justificación básica. Tal es el caso de los regímenes de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Pero si se viene de una dictadura, esta norma intervencionista es fácilmente aceptada, como en el caso de la Constitución española que tiene puntos muy discutibles desde el punto de vista de una sociedad libre.

Sin embargo, existen otros medios más eficaces para cambiar el paradigma, para alterar la base que permitirá que los ciudadanos terminen aceptando sistemáticamente una situación que limita su propia libertad. El control de la cultura, a través de subvenciones, apoyo a ciertos movimientos culturales o la creación de una cultura "oficial", pero sobre todo de la educación es esencial para que los futuros ciudadanos se hinquen de rodillas voluntariamente ante el poderoso.

La educación es un derecho que se viene justificando desde hace décadas, su control político una realidad evidente. La necesidad de una educación pública y "gratuita" se traduce en la creación de un gran instrumento de adoctrinamiento colectivo. Resulta significativo como aquellos que deploraban en España la educación pública franquista, con sus principios morales y éticos, alaben ahora la educación pública democrática, con sus distintos pero únicos principios morales y éticos; se ve que sólo son partidarios de que el monstruo trabaje para sus fines.

Una moral oficial es un elemento esencial en el trayecto que va de la sociedad civil a la sociedad unitaria y una moral oficial es la única justificación necesaria para hacer aceptable cualquier medida. Los propios ciudadanos se encargarán de hacer la labor sucia al Estado, criticando e incluso persiguiendo a aquellos que no quieren aceptar el estatus quo. Y todo ello dentro de una sociedad democrática, legal y occidental.

Redistribución de talentos, inteligencia y guapura

Las declaraciones de Obama hace siete años favorables a la redistribución masiva de renta han levantado polvareda en Estados Unidos. En España nos sorprende que tantos americanos pongan el grito en el cielo ante esta clase de opiniones, pero si estuviéramos menos ofuscados por eslóganes emocionales entenderíamos que ésa es la reacción más sensata.

El argumento práctico en contra de la redistribución de rentas es simple y contundente: la redistribución implica que unas personas reciben un volumen de riqueza superior al que generan como productores a expensas de otras personas a quienes se confisca parte de lo que como productores les corresponde. De este modo deviene relativamente más gravoso obtener renta produciendo y relativamente menos gravoso obtenerla a través del Estado, por lo que se incentiva lo segundo en detrimento de lo primero.

Los igualitaristas a menudo arguyen que estas consideraciones prácticas son secundarias, pues la ética exige que sacrifiquemos algo de "eficiencia" en ayuda de los más necesitados. En concreto, el progresismo más ilustrado (Rawls, Dworkin) plantea argumentos como éste: la desigualdad que es fruto del esfuerzo y las decisiones personales es legítima, la desigualdad que es fruto del azar y los talentos innatos es ilegítima y debe intentar corregirse. Este planteamiento equipara justicia con mérito.

Más allá de la dificultad de separar las decisiones personales del azar o el talento innato (¿es Rafael Nadal rico porque se ha esforzado o porque nació con talento?) cabe cuestionar la premisa: ¿por qué es injusto aprovecharnos de los talentos, características, circunstancias, etc. que la naturaleza ha puesto a nuestro alcance? No es cierto que nuestras intuiciones morales apunten en esa dirección. La gente vincula el mérito con la justicia en muchos casos, pero no lo hace en muchos otros. También cree que el azar juega un papel importante y legítimo en la vida, y procura sacar partido a sus atributos, talentos y circunstancias sin sentir remordimientos por ello. De hecho es difícil reconciliar nuestra individualidad y sentido de la existencia con la idea de que nuestros talentos y características innatas son en cierto modo indignas y necesitan de represión y correctivos.

Con todo, no está claro que la equiparación de justicia con mérito lleve a conclusiones redistribucionistas, pues el beneficiario del aparato redistributivo aún ha hecho menos méritos para recibir subsidios. Si despojamos el argumento de florituras se reduce a lo siguiente: un individuo con menos talento o en circunstancias precarias puede amenazar con violencia a otro individuo inmerecidamente más rico (como consecuencia de su talento, suerte, etc.) para quitarle parte de su riqueza, aunque aquél haya hecho aún menospara merecerla.

La defensa meritocrática de la redistribución tiene otras implicaciones incómodas para sus proponentes. Imaginemos un mundo en el que podemos transferir nuestros componentes físicos a otras personas mediante procesos quirúrgicos. En este mundo, de acuerdo con el principio de que la desigualdad innata es injusta y debe corregirse, deberíamos redistribuir los atributos físicos de nuestro cuerpo: los guapos deberían transferir, bajo coacción, parte de su belleza a los feos; los atletas deberían transferir parte de su agilidad y fortaleza a los minusválidos. En definitiva, en ese mundo los progresistas deberían estar a favor del igualitarismo físico.

Corregir la desigualdad física, genética y psíquica, debería ser en realidad su política preferida en un mundo donde tal cosa fuera posible, pues la desigualdad física es el origen de la desigualdad de rentas que pretenden corregir. Si un individuo ha obtenido una gran fortuna como resultado de su innato talento e inteligencia, podemos redistribuir parte de su fortuna a quienes tienen menos, o podemos atacar la fuente y redistribuir parte de su talento e inteligencia a alguien sin talento y con un IQ bajo.

Los progresistas pueden consolarse pensando que el igualitarismo físico es hoy en día ciencia ficción (aunque con el desarrollo de la eugenesia quizás deje de serlo pronto). Pero el propósito de este experimento mental es averiguar si el igualitarismo físico, con independencia de su viabilidad, es moralmente deseable. O, más específicamente, si el argumento meritocrático a favor de la redistribución implica la deseabilidad del igualitarismo físico. Encerrar en un gulag a todo el que crea que Dios existe también es materialmente irrealizable, pero considerar esta idea deseable o que tu razonamiento conduzca lógicamente a ella ya es lo bastante preocupante.

La próxima vez que un progresista defienda la redistribución de rentas deberíamos preguntarle si estaría dispuesto a renunciar a su talento, guapura o inteligencia en favor de quienes no tienen esos atributos. Se encontraría entonces en la tesitura de abrazar el igualitarismo físico o rechazar el igualitarismo material. Y con un poco de suerte vencería el sentido común.

…y PP y PSOE en empate técnico

Los dirigentes del PP estimaron que eso era lo que realmente preocupaba a los votantes y no el poder o no estudiar en la lengua materna con el dinero de tus impuestos, la deriva secesionista de algunas regiones, la desigualdad de derechos entre los ciudadanos de un mismo país o cuestiones más cercanas a la ética como el aborto, la eutanasia, la necrofilia a cuenta de los muertos en la Guerra Civil o el matrimonio entre personas homosexuales.

Si damos por bueno el análisis arriolano –nadie sabe más que Él sobre demoscopia electoral–, el Partido Popular lo tendría ahora mismo todo a su favor para barrer en las encuestas, puesto que la situación actual de la economía es sustancialmente peor que en marzo de 2008, cuando se celebraron las elecciones. En consonancia con ese análisis, el PP debería estar ahora mismo no menos de veinte puntos por encima del PSOE, un partido que tras cuatro años de Gobierno está pulverizando todas y cada una de las marcas negativas que dejó el felipismo, que ya hay que esforzarse.

Mariano Rajoy nos dejó creer que el PP huiría de la confrontación obstinada en otros asuntos para centrar sus críticas más severas en el terreno económico, en el que Zapatero y Solbes están mostrando sus mayores debilidades. Pues bien, ni siquiera ha sucedido así. Sólo hay que ver la respuesta de los populares al plan financiero elaborado por los socialistas, en virtud del cual, el Gobierno va a entregar el 15% del PIB nacional a los bancos que no han sabido llevar su negocio con la necesaria prudencia. Y en lugar de oponerse frontalmente y hacer una campaña populista en toda regla denunciando el atraco –como harían sin duda los socialistas– ("El Gobierno da el dinero de los pobres a los banqueros", hubiera sido un slogan magnífico para una cuña de radio), la actitud de la cúpula del PP ha sido apoyar el programa socialista para evitar las acusaciones de crispación que tanto hacían sufrir a los delicados espíritus populares durante la pasada legislatura.

Los cientos de miles de trabajadores que están inundando a borbotones las estadísticas del desempleo en España y los profesionales liberales y pequeños empresarios que están pasando serias dificultades económicas, no tienen a día de hoy un referente político que defienda sus intereses frente a la oligarquía de los grandes tiburones cercanos al poder. Es cierto que Rajoy insiste en sus comparecencias públicas en que hay que apoyar a las familias y a las Pymes, pero cuando se trata de votar un plan financiero que les perjudica gravemente, el PP acude como un solo hombre en defensa… del Gobierno de Zapatero.

¿Hay alguien en la calle Génova que se pregunte por qué el PP no lleva treinta puntos de ventaja en intención de voto? Naturalmente que no. Lo más probable es que estén muy satisfechos de ver que están sólo unas décimas por debajo de Zapatero. Es inútil insistir. Ellos son así.

Aguántate tú, Teddy Bautista

Tampoco se contenta con insultar a quienes les critican a él o a la SGAE cada cierto tiempo, ni tan siquiera se siente satisfecho con que el Gobierno adoctrine a los escolares en sus tesis e ideología. Ahora pretende ordenar silencio sobre la mal llamada "compensación por copia privada" de modo que "al que no le guste que se aguante". Durante el foro en que se hicieron esas declaraciones alguien le debería haber respondido que quien debería aguantarse es él y que sepa que va a tener que soportar críticas durante mucho tiempo. Se lo ha ganado a pulso.

Bautista vuelve con su estilo inconfundible: mezcla de formas barriobajeras y prepotencia de nuevo rico, todo ello aderezado con la chulería de quien se sabe protegido desde el poder y con unas gotas de victimismo (¡se queja de que la SGAE sólo recaudó 378 millones de euros por derechos de autor!). Pretende este cantante cuya voz desconocen varias generaciones de españoles que el canon digital "es agua pasada", que se "paga y ya está". Qué más quisiera él. Por mucho que se empeñe, no se va a imponer la ley del silencio sobre esta cuestión. Ese sobreprecio a numerosos soportes y aparatos electrónicos es una apropiación ilegítima del dinero ajeno, por mucho que esté avalado por ley.

Nos dice el presidente ejecutivo de la SGAE que la propiedad intelectual es tan legítima como la propiedad privada –o incluso más– y se queda tan tranquilo. Entendemos que tiene que decir esto, puesto que de eso depende su negocio, pero entérese de que no es así. La propiedad intelectual no es más que una ficción jurídica que atenta contra lo que legítimamente pertenece a otros. Y que se trata de una ficción no es algo que nos hayamos inventado unos "pendejos electrónicos" (por utilizar la expresión con la que Bautista insultó a quienes se oponen al canon) para llevarle la contraria: ya se expresaron de esta manera hace unos cuantos siglos los miembros de la Escuela de Salamanca.

También es comprensible que Bautista ponga en duda la legitimidad de la propiedad privada (aunque suponemos que no de la suya). Al fin y al cabo, tanto él como la SGAE son buenos amigos de la dictadura comunista de Fidel Castro. De hecho, este señor fue en su día condecorado por el régimen de Fidel Castro en reconocimiento de sus buenos servicios y el actual presidente de la entidad ha recibido homenajes en la mayor de las Antillas. Sobre esto mismo harían bien estos señores en aclarar una cuestión. El Gobierno de La Habana reclama a las entidades de gestión que les pague la recaudación correspondiente a los "derechos" generados por los artistas exiliados. Algunas, como DAMA, se han negado a pasar por ese aro. No sobraría conocer la respuesta que la SGAE le dio al castrismo.

Dadas sus amistades y complicidades (la SGAE llegó a montar junto con el Gobierno de Castro una tienda on line de música cubana) con una dictadura tan larga, no resulta extraño que Bautista no soporte la crítica. Que se aguante él y que se entere de una vez de que son muchos los que no se conforman con un "se paga y ya está". Puesto que se quedan con nuestro dinero, que no pretendan quitarnos también la libertad de expresión.

Bush, Hoover, Obama, Roosevelt

Recordemos que Herbert Hoover, Secretario del Tesoro con Calvin "el silencioso" Coolidge, fue elegido presidente en 1928 y que fue a él a quien le estalló la crisis económica que se fue larvando en los años anteriores. Era republicano, pero traicionó la tradición no intervencionista de sus dos predecesores del mismo partido, Harding y Coolidge. Luchó, con eficacia, por que se mantuviesen los salarios, aún a costa de contribuir al aumento del desempleo. Y tomó varias medidas que se adelantaron al New Deal. Pero la mayor contribución de Hoover a la profundización de la crisis fue el brutal proteccionismo, que se manifestó en la aduana Smoot-Hawley.

A George W. Bush el estallido de la crisis le ha pillado al final de su mandato, no al principio. Aparte de ello, el paralelismo con Hoover es claro. Bush no es un conservador en lo económico, sino que es el presidente que más ha aumentado el gasto desde Lyndon Johnson. Puede incluso que le haya superado. Su rebaja de impuestos por medio de "créditos" no son verdaderas rebajas impositivas. Y su política ha contribuido al fracaso de la Ronda Doha, por lo que merece que le acusen de proteccionista.

Roosevelt, que era un genio de la política, ni sabía de economía ni le interesaba. Sólo sabía que era necesario "hacer algo". Quizás por ello diera más órdenes presidenciales que todos sus seguidores juntos. Roosevelt no creó la crisis del 29, claro está. Pero él creó la Gran Depresión con su New Deal, una política que suponía una ruptura con el pasado, que llevó al país a adoptar medidas jamás puestas en práctica y en muchos de los casos inconstitucionales. El Tribunal Supremo incluso echó abajo algunas de ellas, como la NRA y la AAA, y la respuesta de Roosevelt fue amenazar al propio Tribunal con doblar el número de miembros con gente de su confianza.

Obama tiene a Franklin D. Roosevelt como modelo. Lo dice en su libro “La audacia de la esperanza”. Para empezar, hereda un plan, concebido por la Administración Bush, que es intervencionista y que supone una ruptura con la política estadounidense en este ámbito y retrasará la recuperación más que atajarla. Obama es el primer presidente que se reconoce proteccionista desde Hoover, de modo que aquí el paralelismo con Roosevelt falla… excepto que el propio FDR fue, de hecho, tan proteccionista como su antecesor. Y volverá a marcar una ruptura con la política tradicional, menos socialista que en Europa. Todo ello con el apoyo, además, de Congreso y Senado. Obama no cree en la Constitución. Piensa del texto de los Padres Fundadores que es racista. También cree que no hay que quedarse con lo que dice, sino que es necesario hacerle hablar cosas distintas, interpretadas a la luz de los nuevos tiempos.

No quiero llevar el paralelismo más lejos, porque nos enfrentaríamos a una nueva Gran Depresión… y a una nueva Guerra Mundial. Pero todo podría ser.