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Obama, otro producto milagroso

Vota a aquel que prometa menos. Será el que menos te decepcione
W. M. Ramsay

Uno de los grandes defectos del ser humano es su fe ciega en los milagros, esto es, la esperanza de liberarse de sus responsabilidades y de obtener al mismo tiempo el mejor de los resultados posibles. Algo así, no tiene precio. Fíjense por ejemplo en estas pastillas y dietas para adelgazar o aquellos potingues que hacen crecer el pelo y los hombres buscan desesperadamente. Todos sabemos que no funcionan, pero ¿y si dieran resultado?

El día que Obama ganó las elecciones americanas, sus electores estaban eufóricos: habían comprado el mejor producto milagroso del mercado electoral. Sus seguidores decían: Obama abaratará la medicina, unirá a los sindicatos, nos sacará de la crisis, cambiará las guerras internacionales por la diplomacia, subirá el salario mínimo, incluso bajará los impuestos a los pobres y pequeñas empresas para subirlo a los ricos y grandes compañías. Vamos, será el primer Gobierno en la historia de la humanidad que dejará de ser fuerte con los débiles y débil con los fuertes. Lo que no se explica entonces es cómo Obama ha sido el candidato que más dinero ha recibido de Wall Street. De hecho, el Dow Jones se disparó el día anterior a las elecciones descontando ya su victoria, al día siguiente bajo por eso de "comprar con el rumor y vender con la noticia". Negros pobres y blancos ricos unidos por un mismo candidato. ¿Se ha dado cuenta de que aquí en España ocurre algo similar? Los "desamparados" votaron a Zapatero y las grandes compañías se han llevado los beneficios.

A diferencia del 99% de la población mundial, yo no espero que un político me tenga que subir el sueldo, sacar de la crisis en la que estamos o hacerme la sanidad más accesible. Sé que si el Gobierno me sube el sueldo por decreto ley, me van a despedir. Sé que si intenta sacarme de la crisis, será arrebatándome mi dinero para dárselo a alguna inmobiliaria o banco. Y sé, que si me hace la sanidad más accesible, tendré que aguantar largas colas, una sanidad ineficiente y médicos prepotentes e ineptos que jamás son responsables de sus errores.

Bush era el presidente de la Seguridad Nacional (con mayúsculas) y ha acabado arruinando al país, convirtiéndolo en un estado de sitio para sus ciudadanos con campo de concentración incluido (Guantánamo). Zapatero, era el presidente de la concordia, justicia social y prosperidad. Jamás ha habido en este país tanta crispación, mal funcionamiento de la justicia y crisis económica como ahora.

¿Y cuál es el mejor presidente entonces? Tal vez las cosas vayan al revés. El que menos haga, será el mejor. Estados Unidos nos da tres muestras.

William Henry Harrison. ¿Le suena? Difícilmente. Fue el noveno presidente de los Estados Unidos. Hizo el discurso de posesión a la presidencia más largo que jamás se había realizado hasta entonces, dos horas. Un mes después murió. Afortunadamente para los americanos, no le dio tiempo a hacer nada.

Millard Fillmore fue el decimotercero presidente de los Estados Unidos. Tuvo tantas peleas políticas durante su presidencia que tampoco hizo nada. Su mayor logro fue montar un baño en la Casa Blanca. Otro gran respiro para los americanos.

Warren G. Harding fue el presidente número veintinueve. Muchos historiadores lo tachan como el peor presidente de la historia americana. No pueden estar más equivocados. Nadie era capaz de descifrar las cosas que decía; no sólo porque no tenían sentido, sino porque se inventaba palabras a la hora de hablar y escribir. El periodista H.L. Mencken dijo de él que "tiene el peor inglés que haya visto jamás". No viajó mucho ni despilfarraba el dinero, daba los discursos en el porche de su casa.

Tenía fama de mujeriego, bebedor y ahí donde iba visitaba el show de variedades del lugar. Dos veces a la semana, montaba timbas de póker en la Casa Blanca. Evidentemente, un hombre con una vida social tan activa poco podía dedicar a las cuestiones de Estado. Fueron dos años donde los americanos se vieron libres de la tiranía de las buenas intenciones políticas.

Los políticos estrella, los que quieren hacer historia son las peores amenazas para el ciudadano libre. Lincoln, Wilson, Franklin Roosevelt, Bush (hijo)… Todos han hecho historia. Todos ellos han dejado su país en la miseria, participado en invasiones o guerras y han ampliado los poderes políticos por encima de la libertad de los ciudadanos. El mejor presidente es el que no tiene edificios a su nombre, ni bibliotecas, ni estatuas: el que nadie recuerda. Esperemos que Obama no haga más historia de la que ya ha hecho siendo el primer presidente negro de los Estados Unidos.

Justicia, eficiencia y Estado de bienestar

Félix Ovejero y José V. Rodríguez Mora pretenden que la igualdad de oportunidades conseguida mediante la redistribución coactiva de riqueza por el Estado de bienestar es eficaz. Pero va a ser que no. Llaman la atención sobre el hecho de que "cuando llegan las recesiones algunos aprovechan para atizarle al Estado de bienestar". Pues resulta que algunos otros le atizamos ayer, hoy y mañana, y lo hacemos porque es fraudulento, ineficiente y contrario a principios éticos fundamentales como la libertad (o su contrapartida el derecho de propiedad) y la responsabilidad personales.

Comienzan estos dos profesores criticando la visión anarcoliberal del Estado como "ladrón y prepotente". Según ellos es "una ingenuidad" porque "el único paisaje sin instituciones, el paisaje natural, si es que algo así tiene sentido, es el que llevaría a que los energúmenos, solos o en bandería, impusiesen su voluntad". Se trata de argumentos viejos y pobres. Confunden las instituciones, que surgen espontáneamente de la sociedad (lenguaje, derecho, dinero) con el Estado (la sistematización monopolística de la violencia). Y asumen que sólo hay dos opciones: o individuos sueltos, desorganizados y sometidos por un lado; o estados que garanticen la defensa contra los "energúmenos" por otro. Lo cierto es que una asociación defensiva que se construya desde abajo mediante contratos libremente pactados de forma voluntaria e individual es muy diferente de una entidad estatal que reclama para sí misma el poder final sobre un territorio y unos súbditos, y que o resulta ineficiente en sus tareas o incluso suele estar controlada por esos mismos "energúmenos" a quienes dice combatir.

Y es que "la compleja trama que garantiza las transacciones y los derechos en el mercado" no es lo mismo que un Estado, y a menudo son opuestos: existe ley sin Estado (véase la historia de la ley mercantil, por ejemplo), y no hay que buscar mucho para encontrar las abundantes agresiones legislativas de los gobiernos contra el auténtico derecho. Los intercambios, los derechos de propiedad y la libertad misma resultan perfectamente imaginables sin intromisiones públicas estatales.

Estos autores ponen un ejemplo de justificación del Estado que en realidad sólo refleja que el derecho de propiedad (en este caso sobre el propio cuerpo) es inviolable y legitima represalias contra los agresores: "una trama que en ningún caso nos permite hacer lo que queramos con lo nuestro, como lo puede comprobar cualquiera que intente alojar su cuchillo jamonero (incluso el legítimamente adquirido) en el espinazo de algún conciudadano". En lugar de hacer la triste gracieta de referirse a la legítima posesión del arma del crimen, quizás podrían también aclarar qué pasa con los no conciudadanos, dónde empieza y dónde acaba un Estado y por qué: ese es un problema más profundo que quizás no han podido o querido ver.

Tras tropezar torpemente en su defensa del estado mínimo no dudan en enredarse aún más intentando agrandarlo. Según ellos no hay dilema entre eficiencia (se hacen un lío y en ocasiones la llaman eficacia) y equidad, porque se puede y se debe conseguir la igualdad sin renunciar a bienestar material. Para defenderse de las críticas liberales a la redistribución estatal construyen un fantasioso hombre de paja: "Esta cosmovisión entiende la vida como la ascensión a una montaña y la eficiencia como el tiempo empleado. El Estado, en su afán igualador, establecería unas reglas absurdas: lastrar a los veloces y librar de peso a los lentos. Con tales incentivos nadie daría un palo al agua".

En primer lugar, las leyes económicas son de tendencia: si se castigan los esfuerzos, la gente se esforzará menos (que no es lo mismo que no hacer nada en absoluto). Pero el error más importante es lo que falta en su irreal modelo: en el mercado libre los participantes no trepan ignorándose unos a otros, sino que cooperan constantemente en su progresión, de modo que los que son más ricos lo logran sirviendo adecuadamente a los demás.

No se trata de que "el coste de la igualdad es demasiado alto". ¿Demasiado alto para quién? A algunos les parecerá inasumible, otros creerán que merece la pena. Claro que "pudiera suceder que muchos individuos, incluso una mayoría, estuviesen mejor si se redistribuye: aun si el pastel resulta más pequeño, muchos pedazos serán más grandes. Se puede juzgar valioso mitigar las disparidades a costa de cierta riqueza". Efectivamente "no es insensato preferir un Estado redistribuidor", sobre todo cuando uno está del lado receptor de la redistribución; o si uno es un ingeniero social que desde su presunta superioridad moral no duda en destrozar la libertad y legitimar la violencia para conseguir su sociedad ideal, en la cual se imponen las preferencias de la mayoría pobre subsidiada sobre la minoría rica expoliada.

Naturalmente los seres humanos son diferentes, guste o no, en sus preferencias y sus capacidades, y parte de estas diferencias es heredada por transmisión genética, cultural o patrimonial. Los individuos construyen sus vidas partiendo de situaciones diferentes: al que no le guste puede reclamar a sus progenitores. Es problemático afirmar que "no se elige ser poco productivo"; a veces sí, a veces no, y los incentivos institucionales importan, y mucho.

Cuando se afirma que "no parece decente penalizar por lo que no se es responsable, por el mal fario de venir al mundo en la orilla inconveniente" se está confundiendo "penalizar" (algo negativo) con "no subvencionar" (algo neutro). Y miren qué interesantes son las argumentaciones que se consiguen mediante cambios por simetría: "no parece decente penalizar por lo que no se es responsable, por la buena suerte de venir al mundo en la orilla conveniente".

Estos dos igualitaristas engañan a saltos: comienzan con que "no es obvio que los costes económicos de la redistribución sean altos", luego proponen que "el saldo neto es difícil de ponderar, pero resulta improbable que los efectos positivos de la redistribución sean despreciables" y acaban con que "asegurar igualdad de oportunidades no es sólo justo, sino que además es enormemente eficiente". Así por la cara: primero distorsionan el concepto de justicia para equipararlo a igualdad (incluso hablan de "corregir desigualdades" como si estas fueran un error o imperfección) y luego olvidan explicar por qué si la redistribución es tan fantástica hay que imponerla por la fuerza y no puede uno negarse a participar. De hecho su cuidadoso olvido del análisis de la violencia en la redistribución es tan clamoroso que sólo se refieren a la fuerza para decir que "la debilidad del Estado de bienestar lo único que asegura es la fuerza de los privilegiados".

Le tienen bastante manía a lo heredado, sobre todo a la riqueza recibida, y nos avisan de que "son cartas ganadoras que ayudan a algunos a llegar los primeros, pero que no hay que esperar que estén en manos de los mejores jugadores" e "inducen a gente sin particulares talentos a ser líderes de la cordada". Y es que están muy preocupados porque quizás no sean los más hábiles los que tiren de todo el grupo que marcha unido en su fantasía colectivista. Podemos tranquilizarles sugiriéndoles que en una sociedad libre no están obligados a seguir a ningún líder, así que no serán tan tontos de ir detrás de quienes saben que son incompetentes. Y por otro lado en un mercado competitivo uno puede heredar la empresa de papá (o mamá, faltaría más) pero para permanecer al frente necesita continuar sirviendo a los consumidores, o sea demostrando constantemente la competencia para estar arriba y al mando. Las sociedades con mercados libres son muy dinámicas, premian el talento y se esfuerzan por descubrirlo: se trata de dar más oportunidades a quienes mejor puedan aprovecharlas; un emprendedor avispado y motivado no necesita ser rico sino convencer a los capitalistas para que inviertan en su proyecto.

Después de mostrar tan poca capacidad para las ideas, no sorprende que tampoco sean muy hábiles con la realidad empírica: "Sabemos sin sombra de duda que la movilidad social es notoriamente más baja en EE UU que en los países del Norte de Europa"; "las sociedades del Norte de Europa, donde el papel del Estado es notorio, alcanzan sistemáticamente un mayor nivel de vida". Sin sombra de duda repiten el topicazo habitual de los países escandinavos, que en realidad son más pobres, más homogéneos y más estáticos que los Estados Unidos.

El deber cívico de abstenerse

Ron Paul, el congresista que revolucionó las bases liberales del GOP con su campaña a principios de año, hubiera sido mi favorito de haberse presentado. Los otros dos candidatos anti-estatistas no convencían por distintas razones: Baldwin por el fondo social-conservador y bíblico de su discurso, Barr por poner su ego por encima de la causa liberal.

Elegir entre Obama y McCain era elegir entre dos males, lo que no tengo claro es cuál es el menor de ellos. Me inclino por Obama como mal menor, no por su vacía retórica del cambio (en su caso, mejor que esté vacía), sino porque su política exterior promete ser un poco menos intervencionista, algo que Estados Unidos necesita para reconstruir su maltrecha imagen y mitigar la hostilidad islamista, caldo de cultivo de terroristas. Pero Obama, sobre todo en el terreno económico, es tan liberticida que no consuela pensar que puede hacerlo algo mejor que McCain. A veces ante la tesitura de elegir entre un mal mayor y un mal menor es importante no elegir a ninguno.

Dicen que votar es un deber cívico. Si no votas la gente te mira mal, estás despreciando el derecho a participar en la elección de tu Gobierno, un privilegio ganado tras siglos de lucha contra la desigualdad y la sumisión. Más aún, si no votas estás dando tu visto bueno a quienquiera que sea el ganador. Abstenerse es conformarse, si quieres cambiar las cosas, haz algo. O sea, vota.

Pero yo parto de una premisa distinta, que me lleva a la conclusión opuesta. El sistema político es inherentemente injusto, lo que se dirime en unas elecciones es quién va a obtener el poder de expoliar la riqueza y regular la vida de todos los ciudadanos, un poder que nadie debería ostentar en primer lugar. No estamos hablando de tres amigos decidiendo por mayoría qué película van a ver, sino de dos lobos y una oveja decidiendo qué hay para cenar. Frustrados por el statu quo, la tentación puede ser grande para votar al menos malo de los candidatos e intentar mejorar las cosas cuanto antes. Pero ceder a este deseo corto-placista tiene un precio a largo plazo.

El Estado de Bienestar democrático extrae su legitimidad de la voluntad de la gente. El Estado solo puede detentar un poder tan grande si una masa significativa de la población aprueba la idea de que un grupo de personas coaccione a todas las demás. Cuando votamos en una elección estamos implícitamente apoyando el proceso por el cual unos individuos llegan a tener un poder intolerable sobre el conjunto de la sociedad. Aunque nuestra motivación sea reducir ese poder, el mero hecho de participar en el sistema reconforta al Estado. De poco sirve que hayamos votado –tapándonos la nariz– al menos malo. El candidato ganador exhibirá triunfalmente su mayoría, sin distinguir entre votantes convencidos y votantes resignados. Y a los que hayan votado al perdedor les dirá que no se quejen, pues ya conocían las reglas del juego antes de jugar.

El Gobierno y sus valedores no pueden, sin embargo, acusar de complicidad a los que se abstienen. La abstención, si es lo bastante generalizada, pone en tela de juicio la legitimidad y la solidez del sistema, activa las alarmas de los políticos, modera sus ambiciones, hace que la gente desconfíe de la democracia y empiece a hacerse preguntas. Incluso cuando es puro pasotismo, la abstención envía el mensaje de que no nos tomamos al Gobierno tan en serio como ellos querrían. Tenemos cosas más importantes que hacer el día de las elecciones que ir a votar a dos sátrapas que sólo discrepan en cómo redistribuir el botín de la sociedad.

En determinadas circunstancias puede que el mensaje anti-sistema más efectivo sea un voto a un candidato genuinamente anti-sistema, o que la situación sea tan dramática que no podamos permitirnos el lujo de ser tan puristas. Pero en circunstancias normales, cuando la elección es entre dos males similarmente odiosos, el deber cívico es abstener y dar la espalda al sistema. Si quieren ejercer una autoridad abusiva sobre nosotros que lo hagan, pero que no nos utilicen como coartada, que sepan que no les concedemos ese derecho.

Por desgracia, la abstención no ha sido el ganador en las elecciones americanas. De hecho se han batido récords de participación. Es una pena, porque los republicanos merecían perder, después de 8 años de despilfarro y aventurismo militar, y los demócratas no merecían ganar, por sus ansias de engrandecer el Estado del Bienestar. La abstención daba a cada uno lo que se merecía.

La fibra óptica en su laberinto

Con la llegada de internet y la digitalización de servicios, el par de cobre parece que se queda pequeño y hay que poner un tubo más grande por el puedan caber todos los servicios que se nos ocurran.

El problema es que, lógicamente, la inversión es cuantiosa, por lo que los inversores se tientan bien las ropas antes de enterrar (nunca mejor dicho) su dinero. A las dudas sobre la demanda (¿habrá gente dispuesta a pagar por los nuevos servicios? ¿cuánto?), se unen ahora las que arroja la situación económica, que dificulta enormemente el acceso al capital necesario.

Pero estas son las dudas que se espera que el inversor conviva y resuelva. Son propias del mercado. La incertidumbre que resulta inaceptable es, en cambio, la que crean otros individuos, los reguladores, en su afán por no se sabe qué.

Pues resulta que la incertidumbre regulatoria sobre el despliegue de fibra óptica es quizá la mayor en la historia de las telecomunicaciones. No creo que, en estos momentos, haya algún inversor en Europa, no digamos ya en España, que sepa a qué atenerse. Veamos la evolución en nuestro país, procurando no perder el hilo, para conocer un poco las paredes del laberinto.

En febrero, el regulador (la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones) publicó unas directrices, se supone que con la idea de dar claridad al asunto. Dichas directrices no pasaban de ser un mero inventario de las posibles ideas para regular que se le habían ocurrido hasta ese momento. Básicamente, venía a decir: "te puedo obligar a esto, o no; en unos sitios o en otros o en todos; ahora, después o siempre".

En mayo, sacó unas medidas provisionales, de aplicación mientras analizaba el mercado en cuestión para ver cuáles serían las obligaciones regulatorias adecuadas. Lo que cabe preguntarse es por qué no analizó el mercado primero y así hubiera dado algo de luz al tema, en vez de sacar algo necesariamente provisional y sobre lo que ningún inversor en su sano juicio tomaría una decisión.

La cosa mejora. En julio, ellos mismos decidieron cambiar las medidas provisionales, puesto que habían impuesto algunas de imposible cumplimiento. Increíble, pero cierto.

En septiembre, tras un recurso de uno de los interesados, la Audiencia Nacional paralizó cauteladísimamente la modificación realizada por el regulador en julio. Dejando, se supone, activa la regulación de mayo.

Unos días después de esta suspensión, la Audiencia Nacional decide que no era necesaria, que podía seguir vigente las medidas provisionales modificadas en julio. Y mientras, el citado tribunal se pensará si hay que aceptar las medidas cautelares solicitadas por el operador denunciante.

Recapitulando: estamos a la espera de ver si la Audiencia Nacional paraliza cautelarmente las medicas provisionales modificadas por el regulador, después de haber levantado las medidas cauteladísimas. Y el desenladrillador que lo desenladrillare…

Y no se vayan todavía, que aún hay más. Hace un par de semanas, el regulador ha sacado una consulta sobre la regulación para la fibra óptica, como parte del procedimiento formal que tiene que seguir para imponerla. Dicho procedimiento es complejo, e involucra a la Comisión Europea, a la Comisión Nacional de Competencia y a los agentes. Pues bien, el trámite procedimental con el que lo ha iniciado resulta no ser el mismo que ha utilizado en ocasiones similares. Por tanto, a las incertidumbres de fondo y a las jurídicas, se unen ahora las de procedimiento. ¿Hay quién dé más?

Sí, lo hay: la Comisión Europea, que ha sacado en paralelo su propia consulta pública sobre el tema. Así que a ver quién es el Teseo que se mete en el laberinto de la fibra óptica, donde tras cada esquina te espera un regulador con cuernos, rabo y tridente (me refiero al Minotauro, no me malinterpreten).

Contra los Juegos Olímpicos de Madrid 2016

Cuando hace años un detestable político nacionalista catalán quiso lanzar su bilis victimista contra los ciudadanos de Madrid, y del resto de España, no tuvo otra ocurrencia que clamar por un boicot a la candidatura que el ayuntamiento de esa ciudad, con el alcalde favorito de los medios de comunicación dominantes a su cabeza, había lanzado. Como era de esperar su boutade concitó la unanimidad de todos los odios contra su persona, en dura puja con los ataques que por estos lares mereció el "atrevimiento" del príncipe Alberto de Mónaco cuando preguntó sobre las medidas de seguridad que la organización habría dispuesto para los Juegos Olímpicos de 2012, que, como se sabe, al final se celebrarán en Londres.

Pasado el tiempo, sin embargo, la postura del muy mejorable Carod-Rovira tiene mucho sentido. Pero, obviamente, por el bien de los madrileños y españoles en general. Podría tratarse de un caso en el que el camino del cielo se pavimentara siguiendo las malas intenciones de un sectario.

Recapitulemos. El Ayuntamiento de Madrid mantiene el nivel de endeudamiento más alto de los municipios españoles. Recientemente sus gestores anunciaron que acometerían distintos recortes de gastos en su presupuesto, pero que de ningún modo afectarían a los destinados a conseguir la elección de la capital de España como sede olímpica para el año 2016. La noticia tiene una trascendencia capital a medio plazo, no solo para los incautos que votaron al actual alcalde Alberto Ruiz Gallardón, sino para todos los españoles que, de una manera u otra, son obligados a sufragar los gastos de este Estado (compuesto de Gobierno central, comunidades autónomas, ayuntamientos y diputaciones). No en vano el alcalde ha conseguido dos proezas difícilmente superables. Su administración ha triplicado la deuda pública del ayuntamiento que preside en un periodo de cinco años y ha dejado por ortodoxos a otros gestores de ciudades que sin duda merecen el distintivo de despilfarradores, como son los regidores de Barcelona, Valencia, Málaga, Sevilla y Zaragoza. La deuda del Ayuntamiento de Madrid iguala a la suma de todas estas mal gestionadas –y, sin embargo, entrañables– villas.

Si el año que viene los miembros de la comisión de evaluación del comité olímpico internacional así lo decidieran, empero, un enorme dispendio de recursos sería atrapado para ser transferido a toda la cohorte de contratistas que se beneficia de la redistribución de rentas en estos eventos. Lamentablemente, el proceso de selección de las ciudades candidatas para convertirse en la sede de los Juegos Olímpicos de verano de 2016 se encuentra muy avanzado. Los términos de la solicitud presentada por el Ayuntamiento de Madrid en el COI no parecen reversibles a mitad de camino y, aunque las respuestas del Ayuntamiento de Madrid al cuestionario solicitado por ese organismo internacional adolecen de cierta indeterminación y mencionan la apertura al patrocinio privado para la financiación del proyecto, se parte de una premisa incuestionable: el Ayuntamiento de Madrid, la Comunidad de Madrid y el Gobierno de España asumirán la responsabilidad por las deudas en que la organización de esas olimpiadas pueda incurrir.

Hasta los más avezados despilfarradores deberían reconocer que los ingentes gastos que comporta la organización de un evento de estas características no son asumibles por unos presupuestos públicos que van a arrojar unos déficit gigantescos durante la recesión económica.

Ya no es posible seguir el modelo de gestión y asunción de responsabilidades económicas que distinguió –con notable éxito, a pesar del boicot de la antigua Unión Soviética y sus países satélites– la organización de los Juegos olímpicos de 1984 en Los Ángeles. Para empezar, el comité organizador fue fundado en junio de 1978 como una organización privada sin ánimo de lucro sometida a las leyes del estado de California, cuya independencia quedaba garantizada por la ausencia de representantes políticos en su consejo de administración y la prohibición de la financiación pública. Esos elementos constitutivos no fueron óbice para que el alcalde Tom Bradley apoyara las negociaciones de los gestores con el Comité Olímpico Internacional para conseguir sus objetivos. Meses más tarde, el pleno del ayuntamiento de esa ciudad aprobó una enmienda de sus ordenanzas fiscales que prohibió acometer gasto alguno en los Juegos que no tuviera que ser devuelto de forma vinculante. El marco legal, pues, forzó al comité organizador a autofinanciarse sin acudir a las subvenciones o los préstamos del gobierno local.

Por el contrario, el Ayuntamiento de Madrid creó la sociedad semipública Madrid 2016 para gestionar eventualmente la trigésimo primera olimpiada. Llama la atención que entre sus patrocinadores privados aparezcan conocidas empresas españolas cuyos nombres no sorprendería ver como contratistas y suministradores de la propia sociedad a la que patrocinan.

Sería preferible en circunstancias normales que los gastos y las potenciales ganancias o pérdidas de la organización de unos Juegos Olímpicos en Madrid hubieran sido asumidos por algún grupo de emprendedores. No hubiera comprometido forzosamente al resto de los ciudadanos el que las administraciones respaldaran ese proyecto con un patrocinio institucional gratuito, tan del gusto del protocolo internacional. Pero, dada la evolución de los acontecimientos, parece poco factible un replanteamiento de la candidatura. Si no quiere arrojarse aun más aflicción a las flacas cuentas de los españoles, el Ayuntamiento de Madrid debería renunciar a la organización de los Juegos de 2016. La Olimpiada puede esperar.

Una moratoria para los bancos

Pero por si esta mascarada fuera insuficiente, el Ejecutivo parece dispuesto a echar más gasolina al fuego. Así, este lunes aprobó un plan de carencia de dos años para las hipotecas de los parados. Varios medios de comunicación se han centrado en el hecho de que quienes se acojan a esta medida tendrán que pagar una cuota hipotecaria incrementada a partir de 2011; vamos, pan para hoy y hambre para mañana. Sin embargo, el punto fundamental no es si el plan se adapta mejor o peor a las necesidades de los desempleados, porque nunca fue un plan destinado a ayudarles. La cruda realidad es que, una vez más, el Gobierno ha salido al rescate de la banca utilizando a otros colectivos como cortinas de humo.

Lo primero que debería llamar la atención es que, si este plan de renegociación masiva de las hipotecas es beneficioso para los bancos, ¿por qué no han sido ellos mismos quienes lo han propuesto, sin la intervención del Estado? Y si es perjudicial, ¿por qué apenas se han oído voces críticas? La respuesta parece ser que la carencia habría resultado nociva para los bancos si no contaba con la intervención del Estado. ¿Y cuál es esa intervención que les viene tan bien? Pues ésta: el ICO avala parte de la hipoteca de quienes se acojan al plan.

Sin la intervención del Estado, los hechos habrían discurrido del siguiente modo: Miguel se queda en el paro y no puede seguir pagando su hipoteca, el banco tiene la opción de embargarle o de renegociar las condiciones del contrato modificando el plazo. Sin embargo, ¿para qué va a cambiarle el plazo, si probablemente dentro de unos años Miguel seguirá en el paro? La opción más verosímil sería la primera: el banco se queda con una casa invendible y reconoce en sus cuentas anuales que ha perdido dinero. ¿Resultado? Miguel pierde y el banco también.

¿En qué consiste el plan del Gobierno? Si Miguel se queda en el paro y se acoge a la moratoria, su banco aceptará gustoso la carencia de la hipoteca, porque le dará igual si dentro de dos años Miguel sigue desempleado y no puede pagar. Así las cosas, le embargará la casa para cobrarse una parte de la hipoteca y el ICO le pagará la otra parte. ¿Resultado? El banco gana, y Miguel y los contribuyentes pierden.

Es cierto que la banca, en los próximos dos años, perderá parte de sus ingresos, ya que los parados que sigan el plan del Gobierno sólo desembolsarán la mitad de sus cuotas hipotecarias hasta 2011. Pero se trata de un punto mucho menos problemático para las entidades de crédito que el tener que embargar las viviendas. Primero porque, con o sin plan gubernamental, muchas de esas hipotecas habrían resultado igualmente impagadas, fruto del aumento del paro; y segundo, porque su gran quebradero de cabeza es verse obligados a reconocer que una parte sustancial de sus activos están impagados.

No olvidemos que la banca estadounidense –y parte de la europea– ha quebrado precisamente cuando ha reconocido el repunte de los impagos sobre sus activos. Y no se crea que hace falta que mucha gente deje de pagar para que los bancos entren en bancarrota: con que lo hiciera aproximadamente el 10% de los deudores sería suficiente.

Además, los bancos sobreviven diariamente porque son capaces de endeudarse a muy corto plazo en los mercados interbancarios. Pero esta hazaña la logran gracias a que los bancos centrales aceptan prestarles dinero contra activos de alta calidad. ¿Considera usted que un crédito impagado es un activo de alta calidad? Probablemente no, y los bancos centrales –por mucho que les pese– tampoco están autorizado sa ello. Por lo tanto, un aumento de los activos impagados a los bancos también recorta su acceso diario a la liquidez. El plan del Gobierno evita justamente estos dos problemas. Por un lado maquilla los balances de los bancos (ya que durante dos años esas hipotecas no resultarán impagadas, y a partir de 2011 el ICO respaldará parte de los impagos), y por otro les permite seguir accediendo a la liquidez del interbancario y del BCE.

Sin embargo, tampoco conviene creer que los problemas para los bancos se han terminado. Aun cuando sea uno comparativamente menor, la carencia va a incrementar sus necesidades de liquidez y su dependencia del mercado interbancario y del Banco Central. Lo primero tendería a elevar el Euribor, y lo segundo a depreciar el euro. En cualquier caso, malas noticias para los parados: hipotecas y tasas de inflación más altas.

La peor parte, con todo, se la llevarán los contribuyentes, cuando el ICO tenga que pagar las hipotecas morosas de los bancos, lo que implicará o impuestos más altos o más deuda pública (es decir, impuestos más altos en unos años). Los dos caminos para sufragar las hipotecas apuntalarán la crisis, ya que reducirán el volumen de ahorro necesario para financiar la reconversión productiva que necesita España. Pero mientras tanto los bancos y el Gobierno seguirán sobreviviendo a trancas y barrancas, vampirizando al resto de la población. Lo que se viene a llamar una plutocracia, vamos.

El Obamismo

A escasas horas para que se conozca el nuevo ocupante de la Casa Blanca, las elecciones de EEUU en 2008 quedarán registradas en la historia como una de las citas electorales más importantes en las que hayan participado los ciudadanos norteamericanos.

Y ello no sólo por el hito que podría suponer la llegada del primer hombre negro a la Presidencia del país. El éxito de uno u otro candidatos determinará en gran medida la intensidad y prolongación de la debacle económica estadounidense. El New Deal desarrollado por Roosevelt en los años 30 prolongó la Gran Depresión durante más de 10 años. La época más negra de la joven historia de la democracia de EEUU.

En la actualidad, el país se enfrenta a un reto similar. Si Alan Greenspan, como presidente de la Reserva Federal, fue el principal culpable del tsunami financiero que azota a la economía global, Barack Obama aspira a convertirse en el presidente que hundió definitivamente la economía estadounidense.

Toda su acción política se centra en incrementar el gasto público y poner en práctica una agresiva política fiscal consistente en subir impuestos a las rentas altas y a las grandes empresas, principal motor económico del país. Y ello, en un momento muy delicado para las cuentas públicas del país: la factura de los rescates financieros aprobados hasta el momento amenaza con disparara el déficit público hasta niveles desconocidos.

El Tesoro es consciente de que tendrá que multiplicar sus emisiones de deuda pública con el objetivo de sufragar la expansión casi ilimitada del gasto público. Sin embargo, otros muchos países se encuentran en la misma disyuntiva tras poner en marcha distintos planes de envergadura para tratar de apuntalar sus respectivos sistemas financieros mediante los recursos de los contribuyentes.

Tales necesidades de financiación extra por parte de los países desarrollados supondrá una presión añadida al próximo Gobierno de EEUU, ya que se verá obligado a ofrecer una mayor rentabilidad para que sus bonos gocen del suficiente atractivo, tanto para los inversores privados como públicos (otros bancos centrales).

El problema es que, lejos de apostar por el ahorro, por la contención del gasto y por la reducción fiscal, el candidato demócrata cree firmemente en la extensión del intervencionismo gubernamental para solventar todos los supuestos males que posee el mercado. El Obamismo, ese nuevo movimiento político que causa furor entre las filas progresistas de España (PSOE y PP) y Europa amenaza con convertirse en una losa insostenible sobre la espalda de los contribuyentes norteamericanos.

Buena suerte, pues, al nuevo dirigente de la Casa Blanca, ya que se enfrentará a la legislatura más compleja y difícil desde hace más de 70 años. Ahora bien, no les quepa duda de que en caso de que resulte ganador Obama su política económica para combatir la crisis será recordada bajo el siguiente lema: No, we can´t.

20 años del Gusano Morris

Su invento infectó 6.000 máquinas, un hito que puede no parecer gran cosa hoy, pero que entonces suponía el 10% de todos los ordenadores conectados a la red de redes.

Se llaman gusanos a las aplicaciones capaces de residir en la memoria de una computadora y replicarse a sí mismas. Se diferencian de los virus en que no necesitan modificar ningún programa del ordenador para funcionar. La irrupción del Gusano Morris, el primero de todos, provocó la aparición de la seguridad informática como disciplina respetable y necesaria, aunque lo cierto es que la comunidad internauta no volvió a preocuparse demasiado por el asunto hasta que la red se abrió al gran público a mediados de los 90. Pero al menos, para entonces ya había gente preparada para enfrentarse a las amenazas de la red.

Si cuando el Gusano Morris los usuarios de internet asumían estar en una comunidad pequeña, peluda y suave, donde nadie hacía daño a nadie, el ataque les hizo comprender que ya no podrían contar con caminar seguros por la red sin tomar precauciones. Fue uno de esos momentos que suponen un cambio. Y también fue la primera vez que muchos norteamericanos leyeron el nombre de internet, pues el suceso fue cubierto por varios diarios, como el New York Times o el Washington Post.

Durante década y media estuvimos sufriendo todo tipo de ataques de virus y gusanos. No es que ahora nos hayamos librado, pero la amenaza ha cambiado de naturaleza. Antes, los creadores de virus buscaban principalmente probarse a sí mismos de lo que eran capaces, pero actualmente la infección de ordenadores se ha convertido en una profesión. Por eso hace años que no tiene lugar un contagio masivo de uno de estos gusanos, como ILoveYou (2000) o Blaster (2003). Actualmente los gusanos procuran pasar desapercibidos, para poder estar instalados en el mayor número posible de ordenadores. Una vez en ellos pueden hacer varias cosas, desde recopilar datos, como los correos electrónicos de nuestros contactos, hasta secuestrar nuestro ordenador para enviar spam. Estos gusanos virus adoptan la forma de caballos de Troya; se introducen en el ordenador y le dan a su creador el mismo control que el propietario de la computadora; a las máquinas así controladas se les llama zombies y suelen formar parte de botnets, redes de computadoras empleadas para enviar correos basura o phishing.

Sí, su propio ordenador puede estar secuestrado sin que usted lo sepa. Las medidas para evitarlo son las de siempre: tener un antivirus actualizado y un cortafuegos o firewall activado, asegurarse de que nuestro sistema operativo y nuestras aplicaciones son la versión más reciente y no dedicarse a abrir ficheros adjuntos a los correos con demasiada alegría. Que ya no ocupen los titulares no significa que los herederos del Gusano Morris hayan dejado de existir.

John McCain, presidente

Aunque creo que el resultado va a ser mucho más ajustado de lo que hablan las encuestas, John McCain ha desaprovechado la ocasión para postularse como el mejor candidato para liderar su país, sin tiempo ahora para reaccionar.

Estas elecciones se han centrado en el cambio. Por eso Hillary Clinton no hubiese podido hacer nada frente a McCain, de haber tenido la oportunidad de presentarse. Quizá por eso Hillary no pudo sobreponerse al fenómeno Obama. Pero esa misma razón es la que ha lastrado a McCain hasta hacerle quedar por detrás en todas las previsiones. McCain jamás ha sido un seguidor de Bush; su independencia está fuera de toda duda. Pero forma parte del mismo partido, ahogado en una crisis notable, creada por la política de Bush, tan alejada de la de Ronald Reagan. Y hablar de cambio con 72 años no deja de ser chocante.

John McCain tiene madera de presidente y cuenta con cualidades extraordinarias. Su independencia de criterio es sólo una de ellas. Es honrado a carta cabal, tiene el coraje de decir lo que piensa (mientras que Obama lo esconde en pomposos discursos) y para tomar decisiones, una cualidad que echaremos en falta si Obama se sienta en el Despacho Oval. Pero la economía vuelve a centrar el debate y los estadounidenses confían más en el Demócrata. Quizás simplemente porque es mucho más joven y piensan que la crisis que se nos ha echado encima no nos abandonará en unos cuantos años.

McCain, además, conoce el terreno que pisa. Apoyó el aumento de las tropas a Irak en un momento en que la guerra era muy impopular en Estados Unidos. Ese aumento ha rendido sus frutos y ha contribuido, paradójicamente, a que las amenazas exteriores, el terreno en que Obama más tiene que perder frente al republicano, hayan pasado a un segundo plano. Pero se ha conducido mal en la campaña. No basta con preguntarse quién es Obama. También hay que decirlo. Y no ha alertado del riesgo de que Presidencia y Congreso se concentren en un único partido, con Obama en la Casa Blanca, Nancy Pelosi de Speaker de la Casa de Representantes y Howard Dean liderando el Partido Demócrata. Eso sí, los republicanos van a tener un par de buenos años para reflexionar sobre su propia deriva.

Realidades en redes sociales

La puesta en escena de la conferencia fue espectacular, más de 12 horas de evento: con feria para empresas relacionadas con Facebook, conferencias de diverso tipo, música en directo, etc. En esta conferencia pude ver todas las empresas que se están creando a la sombra de Facebook y de las redes sociales, Facebook parece la cadena de montaje y las demás empresas crecen alrededor de ella como la industria auxiliar automovilística. En la conferencia se mostraron varias novedades, como el lanzamiento de su nuevo diseño de la plataforma o el denominado Facebook Connect, que permite incluir en Facebook contenido publicado por el usuario fuera de la red social, contenido que se publica en blogs o páginas de valoración, como Citysearch por ejemplo.

De todas las novedades que se presentaron en la conferencia, la que más me interesó, fue la de como Facebook quiere cambiar el modo en la que el usuario concibe el valor de las aplicaciones en su red social. Tras un año del lanzamiento de las aplicaciones en su plataforma, había más luces que sombras, cada día lo usuarios de Facebook recibimos multitud de invitaciones para instalar todo tipo de aplicaciones, que la mayoría son inútiles o simplemente son puro spam. Eso ha empezado a cambiar desde hace unos meses, cuando con acierto, desde Facebook se promocionan aplicaciones que de verdad son útiles para los usuarios, como son iLike o Causes, y además han lanzado un programa para "certificar" las aplicaciones que cumplen con los estándares de su plataforma. Esto ha hecho que cada vez recibamos menos invitaciones para instalar aplicaciones que no tienen ninguna utilidad, y ha hecho que nazcan cada vez más aplicaciones que tiene sentido para el usuario.

Facebook fué muy hábil en lanzar aplicaciones en su red social hace un año, por que sabía que ellas sostendrían el interés de los usuarios a lo largo del tiempo, y también ha sido inteligente ahora, para corregir el rumbo de unas aplicaciones que podrían haber llegado a ser la ruina de la red social si no tomaban medidas. Demuestra en la dirección de Facebook un gran conocimiento de la red social que han creado, mayor del demostrado por su competencia, y una gran flexibilidad para cambiar en muy poco tiempo la estrategia que habían diseñado hace menos de un año. El fundador de Facebook estuvo en nuestro país hace muy pocos días y nos dejó varios titulares, entre ellos que ya cuentan con más de 100.000 anunciantes o que pueden utilizar la inversión que Microsoft hizo en Facebook haces meses para capear la crisis. Son sólo unos ejemplos para poder ver que las redes sociales no son una quimera y que en el caso de Facebook están contando con buenos gestores que aseguran su futuro.