Ir al contenido principal

En esta peli el malo es Google

Hasta hace apenas dos meses, casi todo el mundo se habría tomado a broma que un país de la talla de Islandia, con una de las rentas per cápita más elevadas del planeta y líder del ránking de desarrollo humano que elabora periódicamente la ONU, suspendiera pagos. Esto es, que precisara del apoyo crediticio de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) para poder hacer frente a sus compromisos financieros y evitar así la bancarrota, al más puro estilo argentino. Y, sin embargo, tal situación acaba de producirse.

Países de la talla de Hungría, Ucrania, Rumanía e, incluso, Rusia, están ahora en una situación similar debido a la huida masiva de capital extranjero. Tales hechos ponen de manifiesto que, tanto los medios de comunicación como los ciudadanos, no deberían aceptar con fe ciega las afirmaciones y diagnósticos que emiten los supuestos expertos (la gran mayoría de ellos pertenecientes a la escuela económica errónea como la neoclásica) y, menos aún , las previsiones de los políticos.

Tras el estallido de la crisis de las hipotecas subprime en EEUU en agosto de 2007, los falsos gurús se apresuraron a tranquilizar los mercados insistiendo en que las turbulencias apenas se prolongarían hasta finales de año o, como mucho, principios de 2008. Desde entonces, han transcurrido ya más de 14 meses y lo que en principio era un problema singular de las altas finanzas estadounidenses se ha convertido hoy en un colapso real del sistema financiero en su conjunto.

Hasta tal punto esto es así, que el próximo 15 de noviembre los principales líderes mundiales se reunirán en Washington con la intención de "refundar el capitalismo", iniciando así el camino hacia un nuevo Bretton Woods. O qué decir del papel jugado por las agencias de calificación crediticia (rating), que concedían máxima calidad (triple A) a complejos productos que después han resultado ilíquidos (invendibles) debido a su elevado riesgo.

Muy pocos son los que, hoy en día, dudan de la gravedad de la situación a la que nos enfrentamos. Tras la mayor intervención financiera que han vivido los mercados desde el crack de 1929, asistimos ahora a la "mayor crisis monetaria que haya visto el mundo", según afirmaba recientemente Neil Mellor, un analista del Banco de Nueva York Mellon. En esta misma línea, Stephen Jen, jefe de divisas en Morgan Stanley, indicaba que el crash que están sufriendo las monedas de las economías emergentes constituye un riesgo incalculable. Dicho proceso amenaza con convertirse en el "segundo epicentro de la crisis financiera mundial", afectando por igual tanto a Europa como al continente americano.

Y ello, debido a que han financiado, mediante la concesión de crédito fácil, el crecimiento irreal de unos países que ahora presentan riesgo de impago. Por ello, las principales potencias del planeta no sólo negociarán en Washington la nueva estructura financiera internacional, sino también monetaria. Y aquí es, precisamente, donde habrá que preguntarse si el dólar, como divisa de referencia internacional, mantendrá su papel hegemónico en el futuro, tal y como ha acontecido hasta el momento.

El problema es que el billete verde carece del respaldo real del oro desde que se reformó el sistema monetario internacional a principios de los años 70. Es decir, su valor dependerá exclusivamente de la confianza que le otorguen tanto bancos centrales como inversores. Es la moneda fiat por excelencia y, por lo tanto, su solidez está basada en una mera cuestión de fe.

Los recientes y continuos desplomes bursátiles, y la desconfianza que está mostrando el mercado hacia las divisas y la deuda pública de los países emergentes, han convertido a las letras del Tesoro de EEUU en el valor refugio por excelencia. La cuestión es, ¿por cuánto tiempo? A este respecto, tan sólo cabe indicar tres pistas significativas acerca de los movimientos que se están produciendo a nivel monetario.

Los bancos centrales han comenzado a reforzar sus balances incrementando sus reservas de oro. Y no sólo Rusia y China. El propio Banco Central Europeo ve con buenos ojos la restauración de un patrón oro que nunca debió abandonarse. Los principales países productores de petróleo (OPEP) estudian seriamente desde hace tiempo sustituir el dólar por otro tipos de divisas en sus transacciones diarias de crudo. Y, por último, aunque no por ello, menos importante, China (principal poseedor de deuda estadounidense) aboga por eliminar el dólar en sus relaciones comerciales y emplear otras monedas.

Pese a ello, el Gobierno de EEUU insiste en acudir al rescate de la banca, la industria, los planes de pensiones y hasta los hipotecados mediante la emisión de más y más montañas de papel moneda en forma de creciente deuda pública, destruyendo así su valor. Si los bancos centrales, principales tenedores de reservas en dólares, abandonan el billete verde, la crisis bancaria será, sin duda, el menor de los problemas a los que tendrá que enfrentarse el nuevo ocupante de la Casa Blanca.

Tal y como muestra la pirámide invertida de John Exter, la lucha por lograr liquidez se traslada de uno a otro escalafón, en un intento desesperado por mantener el valor de los activos. Y ello, tratando de cambiar activos menos líquidos por otros más líquidos. Tal y como expone el segundo boletín sobre la crisis subprime del Instituto Juan de Mariana, la base de la pirámide contiene los activos menos líquidos (bienes raíces, materias primas, valores cotizados, bonos del Estado…) y conforme se desciende la liquidez va aumentando. En la actualidad, el valor refugio es la deuda pública de EEUU (antepenúltimo escalón de la pirámide de liquidez).

Las tensiones ya se están trasladando al papel moneda (penúltimo escalón). El vértice de la pirámide, el activo más líquido que existe, es el oro, moneda por excelencia, por ser éste el único activo financiero que no es el pasivo de nadie más. Es decir, que no puede resultar impagado, ya que siempre tiene salida en el mercado. Así pues, bye, bye dólar.

Un atraco universal

En Estados Unidos, Bush, Obama y MacCain apoyaron el plan Paulson para socializar las pérdidas de las hipotecas subprime creada por los políticos con las leyes de reinversión comunitaria y, sobre todo, mediante la burbuja financiera estimulada por la Reserva Federal. En España, el "plan Paulsoncito" de ZP y las garantías públicas a los nuevos créditos que conceda la banca van ser costeados por los socialistas (del PSOE y del PP) con cargo a nuestros ahorros.

En Argentina, en cambio, los políticos no pretenden ocultar el robo como aquí. Allí, Cristina Kirchner ha decidido expoliar los ahorros privados que se encuentran depositados en los fondos de pensiones para acceder a una financiación extraordinaria con la que afrontar su calamitoso manejo de las arcas públicas y tener liquidez para si tuviera que llevar a cabo algún rescate. La banca española, que hace unas semanas aplaudía las dictados intervencionistas de la presidenta peronista, tiemblan ahora de pánico.

Esto no es la primera vez sucede en Argentina. Durante la crisis de 2001 el Gobierno ya hizo gala de su esencia depredadora metiendo la mano en los fondos de pensiones. En 1956, el Estado también se apropió de ellos para hacer frente a los pagos de la deuda pública. Años más tarde, Perón se refirió a este expolio diciendo que fue "simplemente un robo, porque ésa no era plata del Estado, era plata de la gente que había formado esas sociedades y esas organizaciones".

Cristina se encuentra ahora ante la necesidad de explicar por qué la opinión del fundador de su partido no debe ser directamente aplicable a sus tropelías. De lo contrario, serán muchos los argentinos que empiecen a considerarla correctamente como un vulgar asaltador de caminos. Perón dejó muy claro que la toma de los fondos de pensiones fue "un asalto". No sólo eso. A diferencia de los políticos actuales, el fundador del justicialismo entendía las consecuencias económicas de la fechoría: "naturalmente que, después de ese asalto, los pobres jubilados comenzaron a sufrir las consecuencias de una inflación que no pudo homologar ningún salario ni ninguna jubilación".

Y es que Perón, a pesar de todo su nefasto populismo, parecía tener algunos límites morales de los que carecen los Kirchner. Por desgracia también carecen de esos escrúpulos Zapatero, Rajoy, Bush, Sarkozy, Merkel y la inmensa mayoría de los gobernantes internacionales. ¡Cómo ha tenido que degradarse la clase política para que Perón ya resulte una persona sensata!

La audacia de Obama

Pero acaso lo peor es que, por muchas palabras que gastan en él, da la impresión de que es con muy poco provecho. No veo a quien cuente qué idea tiene Obama de lo que debe ser el "cambio" que tanto predica, cómo puede producirse, hacia dónde, cuáles son sus referencias y por qué confía en "la audacia de la esperanza", que es como ha llamado a una de sus dos autobiografías.

La historia personal de Omaba nos lleva a un chaval que tuvo que cambiar su identidad y adaptarse a comunidades diferentes. Él cree también que cualquier comunidad, incluida toda una nación, puede cambiar si se le ofrece el apoyo necesario. No cree en los derechos inherentes a la persona, sino en los valores, en los sueños, ideales, mitos de una sociedad. Y éstos se pueden reescribir, cambiar, por medio de la oratoria. Obama habla con un lenguaje entre religioso y laico y departe sus discursos con una seguridad y una autosuficiencia descollantes.

La Constitución, como Estados Unidos en su origen, es racista. Pero puede cambiar, porque la Constitución es un "texto vivo", que se adapta a las circunstancias del momento. El genio de los Padres Fundadores, para Obama, no es que redactaran un texto fundacional anclado en derechos inherentes a la persona –y por tanto eternos– como la libertad y el derecho a la vida y la propiedad, sino que idearan un sistema político que tiene la capacidad de cambiar. Él puede decir una cosa y luego la contraria. Eso no tiene importancia. Para él la libertad implica "el rechazo de cualquier verdad absoluta, la infalibilidad de una idea o ideología", así como de cualquier "tiránica consistencia" con cualquier postulado. Lo único importante es saber dónde se quiere llevar al país.

El programa de Obama no difiere del de Franklin D. Roosevelt: implicar a sectores más amplios de la población en el Estado de Bienestar, hacerlos dependientes del Estado en lugar de lograr que sean responsables y autosuficientes y conseguir un control político desde el partido que defiende esas políticas (el Demócrata), suficiente para asentar un predominio de su partido durante décadas. Por eso Roosevelt es su principal referencia en su propio partido. Por eso en el Republicano se fija en los antecedentes de Ronald Reagan y, sobre todo, de Lincoln, porque cambiaron las cuestiones sobre las que giraba la política y asentaron el dominio de sus propios partidos por muchos años. Obama quiere que predominen en la política de Estados Unidos determinadas preguntas para las cuales sólo los demócratas tendrán respuesta.

Los estadounidenses se debaten entre el candidato malo y el mesiánico que quiere transformar el país, todavía no se sabe en qué. Todo apunta a que optará por el segundo. Si es así, les esperan dos años muy duros a los conservadores de Estados Unidos, con la presidencia y las dos Cámaras en manos demócratas. Espero que, al menos, les sirva para reflexionar sobre la deriva de los últimos años.

¿Por qué España pinta poco (o nada) en el mundo?

Uno de los enigmas más impenetrables del mundo contemporáneo es el insignificante o nulo papel que, a pesar de su importancia, España ha jugado y juega en los asuntos internacionales. Por lo general a los españoles esta peculiaridad nacional ni nos va ni nos viene, y vivimos tan plácidamente en nuestro soleado rincón de Europa dedicándonos a lo nuestro, que es lo que llevamos haciendo con mejor o peor fortuna los últimos dos siglos.

Del "que inventen ellos" pasamos al "si ellos tienen UNO, nosotros tenemos dos"… y así hasta el día presente, en el que acogidos a sagrado en la desvencijada catedral europea, seguimos convencidos de que las cosas del mundo son demasiado importantes como para que los españoles nos metamos en ellas. Eso es lo que, más o menos, piensa la gente común y la práctica totalidad de nuestros políticos, convalecientes de un eterno complejo de inferioridad que se los come por dentro según saltan el Atlántico o los Pirineos.

Falta de espíritu, esa es la principal causa de la poca influencia que España ejerce en el mundo desde, por lo menos, las guerras napoleónicas. Influencia política, se entiende. Las otras influencias, como la cultural o la económica, van por sus propios derroteros y viven al margen de lo que los españoles y sus dirigentes decidan. Así, por ejemplo, el español es una de las principales lenguas del mundo y nuestra economía es la quinta de Europa situándose sin demasiado esfuerzo en el Top 10 mundial.

Francia no anda demasiado lejos en esas dos magnitudes pero es, en cambio, un gigante diplomático que enreda todo lo que puede en los foros internacionales, y en los que no lo son. Está algo más poblada que España (18 millones de habitantes más), es ligeramente más rica (3.000 dólares per cápita más), pero, como compensación, el francés está menos extendido y es mucho menos útil que el español. Su vocación, sin embargo, ha sido siempre mundial y, aunque ya no lo sea, los franceses siguen considerando París como el epicentro de la vida civilizada.

La política francesa juega a ser un actor fundamental e imprescindible en el acontecer global, la española a sobrevivir sin hacer mucho ruido y sin que les recuerden lo que son. Los franceses cuidan los pilares de su prestigio mundial como el ejército o la diplomacia, mientras los españoles relegan a uno a ejercer de hermanita de la caridad y al otro a entenderse con bandidos tercermundistas. El resultado está a la vista. Unos se pasan en día en los noticieros de medio mundo, los otros sólo salen por la tele para anunciar compungidos que un avión se ha estrellado en Barajas o que unos desalmados han reventado cuatro trenes de cercanías en Madrid.

No es de extrañar, por lo tanto, que nadie se acuerde de España cuando las cosas se ponen feas y toca tomar decisiones que afectan a todo el mundo. Así lo hemos querido y, en el fondo y aunque nos quejemos, así lo seguimos queriendo. Nada perdemos, a lo más el llamado "prestigio internacional", ese que los políticos se cobran en metálico y al contado. Que se lo queden otros.

Sajarov para un ciberdisidente

Hu Jia es un destacado activista por los derechos humanos en su país y ningún marginado por el régimen comunista queda fuera de su acción. Defiende la libertad de expresión y se pone del lado de los presos de conciencia, categoría de la que forma parte en la actualidad; denuncia la violación de los derechos de quienes padecen enfermedades como la hepatitis o el sida y es un cercano colaborador del principal activista gay de su país, Wan Yanhai (la represión de los homosexuales antes de los Juegos Olímpicos de Pequín fue brutal). No está sólo en su lucha, le acompaña su mujer Zeng Jinyan. A estas causas menos conocidas en Occidente, suma su actividad por otras con mayor difusión como, el medio ambiente (en mucho peor estado en los países comunistas que en los capitalistas), los derechos de los tibetanos y la libertad religiosa.

Su principal instrumento a la hora de combatir al régimen chino es Internet. De hecho, forma parte del medio centenar de ciberdisidentes presos en China, la mayor cárcel de internautas del mundo. Hu Jia fue detenido en diciembre de 2007 y condenado en abril de 2008 a tres meses y medio de cárcel por publicar en sitios webs extranjeros contenidos que son considerados por su Gobierno como revelación de asuntos de Estado (delito consistente en hablar, por ejemplo, de la represión en el Tibet o la gravedad del sida en su país).

Es una pena que en la mayor parte de las informaciones y perfiles del galardonado que se publican en todos los medios se olvide este detalle. Es positivo que se dé a conocer todas las áreas de actividad en las que se ocupa Hu Jia, pero olvidar cuál es su instrumento principal de trabajo y el precio que muchos otros han pagado por utilizar esa misma vía es un error. No tiene más mérito un disidente que utiliza Internet que otro, en absoluto. Pero el hecho de que se encarcele a tantos que la usan demuestra que es una poderosa arma contra las tiranías. Todas las dictaduras temen la red. Por eso algunas, como la China, la tienen bajo constante vigilancia y encarcelan a quienes se atreven a expresarse on line y otras, como la cubana, directamente la prohíben para la mayor parte de la población.

Defender a quienes sufren la represión por usar Internet es defender la causa de la libertad en general. Cuando un Gobierno dictatorial rebaja el control de la red, disminuye su capacidad para defenderse de los movimientos democratizadores y pro derechos humanos. Las páginas web, el correo electrónico, la mensajería instantánea y todas las demás herramientas disponibles para la comunicación on line otorgan al más modesto disidente la oportunidad de llegar a una cantidad de personas, en su país y en el extranjero, que de otra manera sería impensable. El activismo contra las tiranías se convierte así en más efectivo de lo que nunca había sido antes. Hu Jia lo ha demostrado y paga el precio por haberlo hecho.

Deme su pensión que yo se la guardo

Las actuales "dificultades pasajeras de la economía", encima, añaden un elemento adicional de presión para el Gobierno, especialmente teniendo en cuenta que el próximo año hay elecciones y, obviamente, ni Néstor ni Cristina van a renunciar a gastar dinero a espuertas para comprar los votos necesarios que les mantengan el poder.

Así pues, en una tormenta de ideas llevada a cabo en la Casa Rosada, con participación de los más sesudos colaboradores del gang, surgió de pronto la solución para salvar las finanzas del sector más importante del país, que como es sabido no es la industria, la ganadería o el petróleo, sino la corporación Kirchner & Kirchner. Se trata, como ya saben, de robar a los pensionistas sus ahorros. La propuesta es de una lógica tan primaria que resulta sorprendente que no haya sido puesta en práctica antes por otros Gobiernos "progresistas" en los actuales tiempos de crisis.

En honor a la verdad, hay que explicar que los asesores aconsejaron a los Kirchner solamente pedir prestado el dinero de los fondos privados de pensiones para atender necesidades a corto y medio plazo, con el compromiso de devolverlo con intereses en un plazo razonable. Pero aquí surgió de nuevo el talento innato que ha hecho del famoso matrimonio un referente insoslayable para los gobernantes progresistas de medio mundo. Cristina y Néstor se miraron y, como en una experiencia telepática, pensaron al unísono "¿Para qué pedir prestado algo que puedes robar directamente?". Se trata sólo de sustituir ese último verbo, de connotaciones dudosas, por el de "nacionalizar", que queda mucho mejor y además es algo que está muy de moda entre los Gobiernos de izquierdas, comenzando por el de Bush.

La medida tiene además un componente moral que entronca con la fascinación redistributiva de todo político de izquierdas. No es justo que la gente tenga ahorros privados con destino a su jubilación, mientras Cristina se queda sin pasta para financiar a los piqueteros y pagar sus operaciones de estética. Si Bonnie y Clyde hubieran tenido el diez por ciento de la pericia financiera de los Kirchner, en lugar de ir atracando bancos a punta de pistola, huyendo constantemente de la policía, se habrían presentado a las elecciones en Argentina.

Zapatero haría bien olvidando la decepción de no ser invitado a la reunión del G-20 ni para servir los cafés y pasar a la acción creando una cumbre alternativa. Los Kirchner y él. El G-2.0.

Argentina: espejo del mundo

Todo el mundo sabe que la única explicación es que Kirchner usará el dinero de los partícipes de los planes de pensiones para pagar las deudas del Estado; algo que aviva un nuevo default y malestar económico para el ciudadano otra vez.

A este respecto, Joaquín Morales Solá, hace una reflexión interesante en La Nación. Básicamente, se plantea que el Gobierno argentino tenía dos opciones: reducir su abultado gasto o robar al ciudadano. Evidentemente, la segunda opción siempre es la preferida de cualquier Gobierno.

Por el momento, podemos ver la acción del Gobierno argentino como una anécdota grotesca de un país que no es el nuestro, pero muchos países van a tener que elegir en un futuro entre la disyuntiva que comenta Morales, ¿reducir gasto o aumentar el saqueo? De hecho, se lo están planteando continuamente.

Miremos dentro de nuestro país. Alberto Ruiz-Gallardón ha decidido en plena crisis que los madrileños han de pagar un 20% más de impuestos municipales para el 2009. El alcalde, junto a más de 100 altos cargos, se ha elevado el sueldo casi un 12%. Si nos vamos a la costa mediterránea, vemos como el Ayuntamiento de Barcelona, sin darse cuenta de la crisis tampoco, ha elevado el gasto para el 2009 en casi un 9%. Como si fuera poco, un teniente alcalde barcelonés ha añadido "que no es un presupuesto expansivo". Lo de Madrid y Barcelona no es una anécdota. Los municipios en general se están lanzando al saqueo indiscriminado del ciudadano para seguir recaudando ante la crisis. Más multas, más impuestos, más nuevas sanciones de todo tipo (750€ por tirar un chicle en la calle, 3.000€ por orinar en la calle, 900€ por tender la ropa…).

Si nos lo miramos desde más lejos, a nivel nacional, Zapatero tampoco sabe que hay crisis. Sigue aumentando los gastos y plantea unos Presupuestos Generales del Estado totalmente irreales para 2009. Traducción: más deuda del Estado, más déficit y más impuestos.

Si nos fijamos en la evolución de todos los Gobiernos occidentales en los últimos cien años, es indiscutible que todos tienden a aumentar la presión fiscal sobre el ciudadano y empresas para obtener más dinero. En un futuro inmediato, antes del 2020, el gasto del Gobierno se va a disparar sólo en pensiones y dependencia. Lo alarmante no es que el Gobierno va a llegar a esos compromisos sin dinero, sino la actitud irresponsable de ofrecer siempre más dinero a cambio de un voto.

A medida que se empiece a acercar ese momento, ¿qué cree que harán los Zapatero y Gallardón de turno? ¿Reducirse el sueldo? ¿Recortar gasto social? ¿Bajar impuestos a particulares y empresas? La historia nos enseña lo contrario. Tomarán la opción de Argentina: saqueo masivo a todo el mundo. Algo así sólo provocará fugas de capitales, cierre de proyectos empresariales ante la falta de seguridad jurídica, más desempleo, más inestabilidad, etc. De hecho ya está ocurriendo desde hace años, no es nada nuevo, pero el proceso podría acelerarse considerablemente.

Henry Thoreau decía que vivir en libertad tiene sus costes porque te has de esconder de la opresión del Gobierno continuamente. La disyuntiva está en cuán elevado es el coste. Los políticos nos están lanzando un mensaje claro. Somos sus huchas y cualquier cosa que nos hayamos ganado produciendo o tengamos ahorrado en diferentes activos es susceptible de sernos arrebatado tal y como ha ocurrido en Argentina. La única forma para que no nos roben más es ocultándolo de su extorsión fiscal y legislativa. El dinero donde mejor está es en nuestras manos, no en las del Gobierno que sólo sabe quemarlo en su propio beneficio. Evitar que nuestro dinero caiga en el bolsillo del Estado es garantizar nuestro bienestar futuro, de lo contrario, nunca más lo volveremos a ver.

El dinero barato es el más caro

Hace aproximadamente año y medio tuve problemas con mi vehículo y en distintas ocasiones acudí al taller para repararlo. Un conocido, enterado de mis vicisitudes, se quedó extrañado y me preguntó el motivo por el que seguía con él, ya que, según su opinión, era más práctico comprar un coche a plazos que tener que arreglarlo con tanta frecuencia. Le expliqué las estimaciones que había realizado, y que, según éstas, era superior el importe de la amortización y de la financiación de un coche nuevo que el mantenimiento del actual, que por su edad se encontraba prácticamente amortizado. Mi interlocutor atendió a mi explicación aunque no pareció muy conforme con ésta. Recientemente la misma persona me volvió a preguntar por mi coche y le dije que seguía con él, pero, que se averiaba menos, a lo que me respondió que me podía considerar afortunado, ya que no estaba el panorama para cambiar de vehículo, por mucho que hubiese que llevarlo al taller.

Resulta curioso comprobar cómo, ante la misma situación, se reacciona de manera distinta en apenas año y medio. Y es que, donde antes se veía certidumbre, ahora se ve riesgo. La mayoría de la gente creía, no hace mucho, que el futuro iba a carecer de sorpresas negativas, y que, en general, las cosas iban a transcurrir de manera similar, e incluso mejor, a como estaban ocurriendo. Por lo tanto, recurrir al endeudamiento no resultaba arriesgado, y el pago del préstamo no entrañaba problema alguno. Así, muchos buscaron financiación a periodos muy elevados, de incluso varias décadas en el caso de préstamos hipotecarios para la adquisición de inmuebles, con cuotas de amortización que suponían gran parte de los ingresos personales. Esta misma impresión también era compartida por empresarios, que acometían proyectos de inversión sin miedo al futuro, minusvalorando posibles riegos. La infravaloración del riesgo trajo consigo que se emprendiesen negocios con escasa rentabilidad, condenados al fracaso en cuanto surgiese la más mínima dificultad.

Cuando tantas personas, algunas de ellas asesoradas por equipos muy reconocidos, han infravalorado los riesgos cabe preguntar qué les ha conducido a ello. Sin duda un factor muy importante han sido los bajos costes financieros que han existido en los últimos años. Durante este periodo, obtener financiación ajena ha resultado prácticamente gratis, ya que los tipos de interés de los préstamos bordeaban la tasa oficial de inflación. Por tanto existía la percepción de que los préstamos salían prácticamente gratis. Por otro lado, la gente veía que ahorrar dinero era algo inútil, ya que los depósitos e imposiciones obtenían unos rendimientos por debajo de la inflación oficial. Ante esta pérdida de valor de los ahorros monetarios cabían dos alternativas: gastar dicho dinero antes de que se deteriorasen más, o invertirlos en productos sofisticados que aparentemente prometían mayor rentabilidad.

Por tanto nos encontrábamos ante un fenómeno aparentemente contradictorio, se ahorraba menos y se invertía más. Es decir, disminuía la oferta y aumentaba la demanda, y sin embargo, el precio que se pagaba por el dinero, es decir, el interés, seguía en niveles muy bajos. La razón era bastante sencilla, ya que los bancos centrales se encargaban de suministrar dinero abundante y barato, por lo que no ascendían los tipos de interés. Sin embargo esta sobreabundancia de dinero barato tenía sus consecuencias. De un lado la moneda se envilecía comparada con otras inversiones. Así primero se disparó el precio de las acciones y posteriormente el de los inmuebles. De otro lado el recurso a la financiación ajena se disparaba, y se acometían proyectos de cada vez rentabilidad más dudosa. Y finalmente los particulares dejaban de ahorrar ante el deterioro de su moneda por la inflación real.

Esta mezcla de factores sólo podía acabar estallando, como finalmente ha ocurrido, y tanto particulares como empresas se han encontrado con deudas muy elevadas, y graves dificultades para amortizarlas. También el sector financiero se ha encontrado con graves problemas de liquidez para asumir sus propias deudas, y con la elevación de las tasas de morosidad.

Por tanto, la política de dinero barato que han practicado los principales bancos centrales va a salirnos muy cara, provocando la ruina de numerosas personas. Si éstos no hubiesen optado por mantener tasas de interés artificialmente bajas y se hubiesen preocupado por mantener el valor de su producto, es decir, la moneda, no nos encontraríamos con la crisis que actualmente afrontamos.

¿Para cuándo roaming entre CCAA?

Resulta que, como parte del pacto para aprobar los presupuestos de la nación, PNV y PSOE han acordado que el Gobierno vasco podrá otorgar una licencia de telefonía móvil en su territorio. Hasta ahora, estas licencias se otorgaban a nivel nacional, puesto que el espectro radioeléctrico (el trocito de aire por el que se transmiten las ondas de radio, TV y telefonía móvil, entre otras) se consideraba un bien de dominio público cuya titularidad correspondía al Gobierno central.

Por tanto, si prospera este acuerdo, parece que una parte del espectro pasará a ser de titularidad autonómica. Una vez abierta esta espita, aunque sea sobre una banda, es cuestión de tiempo (y de presupuestos en minoría) que las Autonomías pasen a gestionar la totalidad del mismo. No cabe demasiado optimismo a la vista de la sed competencial que han mostrado históricamente y de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional.

La primera consecuencia evidente es que se complicará la posibilidad de prestar este tipo de servicios a nivel nacional, lo que conllevará pérdidas de economía de escala y supondrá mayores precios para los usuarios. De hecho, algo similar ocurre con las radios, dado que las concesiones de las mismas se hacen a nivel autonómico, por lo que para conseguir cobertura nacional deben acudir a acuerdos con otras emisoras o directamente renunciar a prestar servicio en determinadas áreas.

Pero lo más divertido del futuro que nos aguarda es compararlo con la situación actual en la Unión Europea. Como las licencias de móvil son nacionales, nuestro operador no puede prestarnos servicios directamente en otro país, por lo que debe llegar a acuerdos de roaming con operadores locales. Esto da como resultado esos precios "escandalosos" (para algunos) por llamar fuera de nuestro país con el móvil y que han proporcionado una exculpa estupenda para quedar bien a la Comisión Europea (con su regulación).

Más aún, este organismo está tratando de buscar bandas de frecuencias que se puedan conceder a nivel europeo para facilitar la prestación de servicios comunes en todos los países de la Unión.

En esas estamos, cuando España va y toma el camino contrario: concesión de espectro a nivel subnacional, lo que dará lugar a operadores regionales y nos podría llevar, en menos tiempo del que parece, a la situación europea que la Comisión trata de resolver con las medidas antes apuntadas. Esto es, a tener que pagar por el roaming cuando pasemos de Castellón a Tarragona o de Huesca a Álava.

Pero no nos preocupemos demasiado, que seguro que montan estupendos comités para coordinarse y coger dietas, y que regulan los precios para que no nos claven demasiado con el roaming inter-autonomía. Eso sí, tras echarle la culpa del tema al malvado operador capitalista que lo único que quiere es explotar al consumidor.

Sobre las crisis económicas, los planes y demás intervenciones

La verdad es que la crisis actual es dolorosa pero instructiva e interesante. Es asombroso ver que, siendo las administraciones las culpables de los orígenes de las crisis, se presentan como únicos y verdaderos salvadores; que los gobiernos de los principales países del mundo proponen medidas para solucionar la crisis que son simplemente parches para un sistema monetario que está enfermo de raíz; que el desconocimiento que tiene la opinión pública sobre las crisis económicas y las causas que las producen; y aún más, si cabe, hasta dónde puede llegar la retórica antiliberal y la indignante afinidad psicológica al intervencionismo que tiene la inmensa mayoría de los ciudadanos-contribuyentes.

Trataré de explicar brevemente qué es una depresión económica, qué efectos tienen las intervenciones, cómo evitarlas, cómo salir de ellas y el motivo por el que los planes y rescates no solucionan ninguna crisis.

Empecemos por el principio. ¿Qué es una depresión económica? Es la fase en que se reajusta la estructura productiva (conjunto de etapas en que se encuentra dividido el proceso de producción) que se ha visto distorsionada por la inflación, entendiendo ésta no como el aumento generalizado de precios, sino como el incremento de la cantidad de dinero en el sistema económico como consecuencia de políticas intervencionistas de expansión crediticia, que suele producir, aunque no siempre, un aumento de los precios porque la moneda pierde valor.

El envilecimiento de la moneda no sólo hace que ésta valga menos, sino que además distorsiona totalmente la estructura productiva. Habitualmente esto se efectúa mediante la concesión de facilidades crediticias a los bancos y reducción los tipos de interés.

Ésta es la raíz de las crisis, ya que al reducir los tipos de forma arbitraria, se fomenta que los bancos sean más flexibles y proclives a conceder créditos ya que se encuentran respaldados por los bancos centrales. Esta reducción de tipos hace que los empresarios vean como rentables negocios que en realidad no lo son. Emprenden nuevos proyectos de inversión más largos, contratando a trabajadores y comprando bienes de capital. Se les induce a actuar como si el ahorro de la sociedad se hubiese incrementado, cuando la realidad es que se trata de dinero inflacionario que han creado artificialmente gobiernos y bancos.

Evidentemente, tarde o temprano se pone de manifiesto que este aparente boom (como le gusta decir al profesor Huerta de Soto) no tiene base y se derrumba. El profesor Huerta señala tres reacciones o efectos: primero, los empresarios se dan cuenta que el precio de los factores de producción aumenta, por lo que los costes reales son bastante más elevados de lo que habían previsto; segundo, se produce un gran aumento en el precio de los bienes de consumo porque su demanda aumenta mucho y porque disminuye la oferta de esos bienes; y tercero, se da un notable aumento de los tipos de interés, ya que vuelven a su nivel anterior. Si la estructura productiva se hubiera alargado como consecuencia de un aumento del ahorro real de la sociedad no se hubieran producido estos efectos señalados, ya que en una economía de mercado la estructura productiva siempre va acoplándose al esquema que los consumidores libremente van definiendo.

Llegados a este punto, los empresarios se dan cuenta de que se han equivocado a la hora de invertir (por recibir señales falsas y no por tener un supuesto excesivo afán de ganancias, como dicen algunos). Principalmente se dan cuenta de sus malas inversiones al observar los grandes beneficios que están obteniendo las industrias de bienes de consumo. El consumo de bienes de primer orden (bienes de consumo) de la sociedad ha aumentado tanto que no se liberan los recursos necesarios para concluir esos proyectos iniciados. Concluyen, por tanto, que ha sido un error el llevar recursos productivos del consumo hacia las industrias de bienes de capital.

La depresión económica no es una crisis de exceso de inversión, sino de mala inversión. Es necesario un reajuste en la estructura productiva. Por eso se dice que las recesiones son necesarias y "sanas", porque son el comienzo de la recuperación. Se han puesto de manifiesto los errores cometidos y hay que liquidar los proyectos de inversión no rentables emprendidos y trasladar mano de obra y recursos productivos hacia sectores que los consumidores demanden más.

Sencillamente, las crisis y las depresiones económicas no se pueden evitar si se producen como consecuencia de expansiones crediticias. No "se solucionan" con planes, sino que se deben prevenir impidiendo políticas de expansión crediticia. Son las administraciones las que mantienen el actual sistema bancario, las que han enviado señales falsas a los empresarios y las que han distorsionado la estructura productiva. Es a ellas, por tanto, a las que hay que pedir responsabilidades.

Es cierto que es posible posponer el desencadenamiento de la crisis si se conceden nuevos créditos sin respaldo de ahorro real a una velocidad que no pueda ser anticipada por los agentes económicos, pero en cualquier caso, hay que tener en cuenta que la depresión es inevitable y que cuando finalmente llegue será más duradera y pronunciada. Cuanto más dinero se introduzca en el sistema, más complicado y más difícil será el reajuste necesario en la estructura productiva. Lo que significa que la sociedad se empobrece porque se está perdiendo (o infrautilizando) una parte de su capital al desviarlo a industrias y sectores menos eficientes.

¿De qué manera ayudan los tan alabados planes de rescate y demás intervenciones de los gobiernos a la imprescindible reasignación de los recursos mal invertidos? Está claro que de ninguna. ¿De qué sirven entonces? De nada. Sería deseable que si el poder político no puede frenar o contener sus ansias intervencionistas para legitimarse, al menos tomase medidas en beneficio de la sociedad y no solamente de ellos. Por ejemplo, las siguientes tres medidas nos serían de gran ayuda a los ciudadanos ya que ayudarían a prevenir las crisis:

  1. Privatizar la moneda. Debe existir completa libertad de moneda para que no se pueda controlar su emisión ni su valor. Hay que privatizar el dinero y sustituirlo por su equivalente metálico en oro.
  2. Pasar a un sistema de libertad bancaria y abolir inmediatamente los bancos centrales. Debe cesar el control de los mercados financieros y bancarios.
  3. Garantizar la liquidez prohibiendo a los bancos que se endeuden a corto y presten a largo, o manteniendo un sistema bancario con un 100% de coeficiente de caja. Hay que sustituir el actual sistema de reserva fraccionaria.

En cuanto a España, es cierto que el Gobierno no es el culpable de la crisis subprime, pero podría tomar medidas positivas para aliviarla y favorecer la recuperación. Desde luego, las que está tomando no hacen sino agravar la situación.

Primero, el Gobierno debe olvidar la idea de los famosos rescates y demás planes Paulson porque la compra de activos de mala calidad no puede resolver la crisis y no tiene sentido que el contribuyente financie todos los activos basura de los bancos. Las malas inversiones deben ser liquidadas para no perpetuar la crisis indefinidamente. Estos rescates se hacen con cargo al ahorro de los contribuyentes desviándolo hacia inversiones que no tienen futuro. Hay que dejar quebrar a las empresas que se han equivocado y no privatizar las ganancias ni socializar las pérdidas.

Además, el Gobierno debe hacer que la reestructuración sea lo más rápida y menos dolorosa posible. Por lo tanto, debe flexibilizar el mercado laboral (que es muy rígido), desregular los principales sectores afectados (y todos los demás, por supuesto) y reducir la presión fiscal lo máximo posible.

¿Caerán todas estas brevas? No sé yo…