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Menos rescates y más quiebras

El pasado 19 de septiembre la SEC (Securities and Exchange Commission), equivalente a la CNMV española, prohibió tomar posiciones cortas en 799 compañías, esto es, no permitió que nadie pudiese vender y luego comprar esas empresas. Con esta acción querían evitar más caídas en la bolsa. Ni siquiera dos semanas después, el Dow Jones registró la mayor caída en puntos de su historia, casi 800, equivalentes a un 7%. Los grandes traders se dedicaron a vender futuros, comprar opciones put (opciones de venta) y adquirieron ETFs bajistas. La razón que les llevó a actuar así es bastante clara. El regulador americano, con la prohibición, admitió un serio peligro en el mercado a corto plazo por lo que muchos hicieron lo que pudieron para empezar a salir o encontrar herramientas que les permitiesen estar bajistas durante un tiempo. De hecho, pocos días después del prohibición, muchos confidenciales americanos, publicados por hedges funds, recomendaron abrir cortos del S&P 500 hasta los 1.000 puntos. En los días siguientes el S&P 500 bajó un 12% llegando a tocar los 1.100.

Aquí en España, la CNMV no prohibió las ventas al descubierto, pero sí que obligó al sector financiero a publicar los títulos en que se encontraban a la baja. Las principales posiciones cortas de los grandes hedge funds salieron en toda la prensa económica, confidenciales de Internet, foros… lo que generó de inmediato el miedo entre los accionistas y clientes de las entidades que salieron en el informe de la CNMV. ¿Algún regulador se preguntó antes de adoptar esta medida si sería más perjudicial que beneficiosa? No importaba demasiado, era una cuestión de imagen y propaganda.

A todo esto, desde ya hace una semana que se palpa en los mercados y mundo financiero de España el temor a una corrida bancaria —retirada masiva de fondos en los bancos por parte de sus clientes. En reacción, ya han salido todos los burócratas y lobbies financieros a tranquilizar a la gente, algo que también puede generar más desconfianza que seguridad.

Sigamos. Otra de las ya recurrentes acciones de salvamento son las inyecciones de liquidez, que se han vuelto a disparar en las últimas semanas dejando el mercado loco. Por ejemplo, el tipo overnight expresado en dólares —el prestado a un día para el otro— llegó a primera hora del martes de esta semana a superar el 9% cuando su nivel tendría que estar entorno al 2%. Esto ya muestra lo inestable que está el mercado en el corto plazo. Las inyecciones de liquidez fueron tan brutales ese mismo día que por la noche la rentabilidad bajó al 0,75%. Al día siguiente, miércoles, se volvió a disparar superando el 4%. ¿A esto llaman los bancos centrales estabilización de precios?

El Gobierno Zapatero hace lo mismo pero con otro sector estratégico, el inmobiliario. De momento ZP se ha lanzado a conceder financiación barata para los promotores inmobiliarios mediante préstamos del ICO. Los principales beneficiados no serán los ciudadanos, sino los propios promotores (los bancos) debido a que algunos préstamos del ICO tienen buenos márgenes bancarios, y además el propio ICO, que en el primer trimestre de 2008 tuvo un beneficio superior a los 26 millones de euros. ¿Y cómo se pagan todos estos regalos? Se calcula que para el año que viene el Gobierno tendrá que subir los impuestos del IRPF 400 euros más al hombre de la calle.

Arreglando así las cosas, más nos vale que los políticos y burócratas monetarios no hagan nada excepto dejar quebrar a las malas empresas en lugar de tener que redistribuir las pérdidas hacia el contribuyente o incluso sus hijos (recuerde: deuda pública). Señores políticos, menos rescates y más quiebras.

Búsqueda local y móvil

Pero como pasa casi siempre, una cosa es lo que ocurre al otro lado del Atlántico y lo que ocurre en nuestro país. Los hábitos de consumo de los usuarios son distintos y sobre todo el volumen de mercado, que marca la diferencia.

La búsqueda local trata de trasladar las tradicionales páginas amarillas a Internet para que la información pueda ser encontrada fácilmente, además de añadir otras características que la completan, como situar esa información en un mapa, lo que se denomina geo-localización. Parece muy útil ¿no?, ¿quién no cree que es más fácil buscar a través del móvil o del ordenador que en un papel ordenado alfabéticamente? Pues en nuestro país todavía muchas personas esto no lo ven muy útil (por lo menos de momento) sólo tenemos que ver las actuales estadísticas de conexión a Internet, ya sea por ordenador o por móvil.

Como no me gusta ser pesimista quiero mostrar en las siguientes líneas las iniciativas que se están desarrollando en nuestro país en lo referente a la búsqueda local, que deben ser las que lideren este mercado. En primer lugar nos encontramos con sitios que intentan ir un paso más allá de las páginas amarillas, tratando de incorporar elementos que completan la información. Hablamos de sitios como: Google Maps, donde se pueden encontrar información local y ubicarla en una mapa; 11870, un sitio donde los usuarios son los que incorporan el contenido de los sitios que ven interesantes y pueden añadir una serie de etiquetas que sirven para identificarlo; Salir.com, un sitio donde el usuario se encuentra con una guía de ocio por ciudad y donde el contenido es aportado por sus editores. Otro tipo de información, como es el de los eventos, que también tiene un fuerte componente local, se recoge en sitios como Kedin o Nvivo,que están teniendo un tráfico muy relevante y además, en el caso de Kedin, están teniendo bastante éxito en su versión móvil.

Menos Google Maps, todas estas iniciativas han nacido en nuestro país y como podemos ver en Google Trends, su tráfico es exponencial, por lo que podemos tener esperanzas en que la búsqueda local y móvil en España acabe incentivando, con el tiempo, a muchas más personas a conectarse a Internet.

En torno al icono del Che

Pongamos por caso que mañana un extraterrestre visita la Tierra. Pongamos por caso que alguien decide mostrarle una galería de los seres humanos más influyentes de la Historia. Es muy posible que, de entre los hispanos –y digo hispano y no hispanoamericano porque la culpa del desaguisado la tenemos todos–, encabezase la lista Ernesto Guevara de la Serna, esto es, el Che Guevara, un argentino cubanizado que murió joven pero cuyo retrato es el más reproducido del mundo en todo tipo de soportes.

Las razones por las que la dichosa foto de Korda reconvertida en icono se ha extendido por todo el planeta sin importar cultura, clase o condición son bien conocidas. Es irónico, pero al Che, que tanto maldijo del capitalismo, ha sido el propio capitalismo el que ha elevado su imagen a los altares. Es algo connatural al sistema. Si hay demanda, hay oferta. Tan simple que asusta. Lo que no queda del todo claro es por qué un personaje que lo único que hizo por la humanidad fue liquidar a unos cuantos de sus miembros ha conseguido llegar tan lejos.

Muchos dicen que es la propaganda comunista la que ha perpetuado la imagen del Che. No es cierto. Nadie en su sano juicio llevaría una camiseta con la efigie de Lenin o de Pol Pot por muy afectos que le sean a la extrema izquierda. Por no llevar, nadie llevaría puesta una sola prenda con Fidel Castro como motivo, y eso que aún, aunque ajado, mantiene su viejo prestigio entre los intelectuales de medio mundo.

Otros aseguran que la clave reside en el poder de la moda, que no es desdeñable, especialmente en un mundo globalizado donde todos quieren llevar puesto lo que lleva puesto el vecino, y quien dice vecino dice el del país de al lado o el del continente en las antípodas. Un ejemplo es el pañuelo palestino, que hace furor en las gélidas ciudades europeas a pesar de que fue diseñado con otra función bien distinta. Pero el factor de la moda no es suficiente. Las modas son como los pantalones de campana: vienen, se van, se recrean y vuelven a irse. No tienen, además, porque significar nada. De hecho, por lo general, nunca significan nada.

El icono del Che, sin embargo, significa algo, exactamente lo que uno quiera que signifique, y ahí radica su poder. El que para unos fue un revolucionario justiciero, para otros fue un pacifista concienciado con el medio ambiente, y para los de más allá un dechado de virtudes democráticas que reúne todo lo bueno que cabe en el alma humana. Es un símbolo total, moderno y a gusto del consumidor. ¿Quién da más? Por eso nadie lo rechaza de plano, aunque, en rigor, haya muchos motivos para hacerlo. Esa es la verdadera fortaleza de un icono ya transformado en mito. La verdad no importa porque la mitología ni sabe de verdades ni quiere saber de ellas. Es una cuestión de fe más o menos ciega, más o menos estúpida que trasciende con mucho el ámbito de lo político y, no digamos ya, de lo histórico.

El canon y las tiendas de informática

En el número de octubre de PC Actual, la gerente en España de Alternate, una conocida tienda de ordenadores y componentes que está presente en varios países de Europa y que en España tiene su sede en la localidad madrileña de San Sebastián de los Reyes, explica cómo ha afectado el canon a sus ventas: "Hasta el pasado mes de julio se venía facturando una media de 250.000 euros netos mensuales por la venta de discos duros. Pero esta cantidad ha bajado un 28% desde la entrada en vigor del canon digital y apenas llegamos ahora a los 180.000 euros mensuales".

Gila Feriduni protesta porque se haga pagar a los consumidores un impuesto más ahora que sufrimos un "periodo de dificultades objetivas", que diría Zapatero. Especialmente porque se pagan cantidades en muchos casos excesivas. Por ejemplo, 13,92 euros por un disco duro, tenga el tamaño que tenga. "Algo desproporcionado si pensamos que un disco duro de 80 Gbytes tiene un precio, por ejemplo, de 29 euros, IVA incluido. En este caso se grava el precio un 48%". Pese a que afecte negativamente a su negocio, a la gerente de Alternate no le extraña que los españoles se busquen alternativas, como comprar por internet en tiendas andorranas o en otras donde directamente se incumpla la ley o se etiqueten los discos duros como "maestro" para evitar el pago del canon, por más que esa distinción sea absurda en términos tecnológicos.

El problema, claro, es que las tiendas que cumplen con la legalidad vigente se están viendo en muchos casos en un periodo de dificultades objetivas cuyo fin no se vislumbra a simple vista. Es probable que en parte sea debida a que los españoles nos estemos retrayendo del consumo. Pero si las diferencias entre los productos gravados y los que no lo están son notables, no cabe duda de que una parte considerable de los problemas de las tiendas de informática son debidos al canon, ese impuesto con que el Estado sufraga a una industria ineficiente que ha sido incapaz de adaptarse a los tiempos castigando a las compañías que venden productos de alta tecnología (claves para incrementar la productividad de las empresas). Sin duda, una medida que nos ayudará mucho durante esta crisis. Perdón, sí, lo he dicho. Me refería a las dificultades transitorias, ya saben ustedes.

Habrá muchas tiendas, seguramente la mayoría, que con mayores o menores problemas logrará sobrevivir. Pero entre las que tengan que echar el cierre, habría un número –incalculable– que sin canon habría podido pasar el mal trago.

Así las cosas, espero que me entiendan si no rompo a llorar cuando me entero de que los jueces han declarado legales los sitios web con enlaces a ficheros compartidos en redes P2P, a pesar de las mediáticas redadas de los policías de Rubalcaba. O que han elevado a los tribunales europeos una consulta para saber si es acorde con la legislación comunitaria el cobro del canon a empresas y administraciones públicas, lo que podría secar durante un par de años el dinero que recaudan las entidades de gestión de esas fuentes.

El canon no se ha impuesto porque se haya considerado justo, sino por la influencia y la capacidad de lobby que han demostrado las entidades de gestión de derechos de autor. En España, desgraciadamente, no sólo no podemos tumbar un plan de rescate de 700.000 millones de dólares, como han hecho los electores estadounidenses presionando a sus congresistas para que votaran en contra, sino que ni siquiera hemos sido capaces de frenar este atropello pese a que los ciudadanos se declaran mayoritariamente en contra del canon. Quizá nos merezcamos lo que nos pase.

Obama, el iluminado

Ambos líderes coincidieron en apoyar el mega-rescate financiero anunciado por el Gobierno de EEUU y, en particular, por el secretario del Tesoro, Henry Paulson. Demócratas y republicanos alcanzaron durante este fin de semana un acuerdo para poner en marcha un plan que por el momento no ha obtenido la luz verde del Congreso. Sin embargo, con independencia de que dicho rescate financiero sea o no aprobado, el próximo ocupante de la Casa Blanca se enfrentará a una de las peores crisis económicas que sufre EEUU desde la Gran Depresión de los años 30.

En este ámbito, las diferencias entre ambos candidatos no pueden ser más distantes. Desde luego, no se equivocó McCain al afirmar que resultaba difícil mantener una postura más a la izquierda que la representada por el senador demócrata. Y es que, en líneas generales, la política económica defendida por Obama se centra en incrementar el gasto público y elevar la presión fiscal a las grandes empresas norteamericanas.

Su discurso giró en torno a la necesidad de aumentar la inversión pública en educación, sanidad e infraestructuras. Además, insistió en poner en práctica un ambicioso y costoso programa para impulsar la producción de energía renovable en el país, con el objetivo de reducir la dependencia del petróleo extranjero.

Es decir, más dinero procedente del bolsillo de los contribuyentes mediante un mayor endeudamiento público. Y ello, con independencia del elevadísimo coste que supondrá el plan de rescate gubernamental en caso de ponerse en práctica. De este modo, Obama apuesta por medidas económicas plenamente opuestas a lo que precisa, en realidad, la economía norteamericana para paliar del mejor modo posible los efectos de la intensa y larga recesión que está en ciernes.  

En momentos como el actual, en el que la raíz del problema radica en un exceso de crédito (deuda) y, por lo tanto, una ingente cantidad de inversiones improductivas y carentes de rentabilidad, la reestructuración de la economía no es sólo es necesaria sino imprescindible. Más que nunca hay que apretarse el cinturón y volver a empezar.

Los ciudadanos deben disponer al máximo de sus recursos y, en este sentido, tan sólo las rebajas fiscales, la flexibilidad laboral y las políticas enfocadas hacia la productividad son capaces de aportar el oxígeno necesario a una economía ahogada por las deudas de familias, empresas y organismos gubernamentales.

Así pues, McCain acertó de lleno al insistir en la urgencia de recortar los impuestos y el gasto público. De hecho, abogó por reducir la carga fiscal a las empresas estadounidenses para evitar su deslocalización y generar más desempleo. Por otro lado, ambos candidatos coincidieron en el elevado coste que supone para las arcas públicas el mantenimiento de la Guerra de Irak.

Sin embargo, en este ámbito, me sorprendió notablemente la postura defendida por el líder demócrata. Y es que, en ningún caso, su intervención dejó entrever una postura antimilitarista o aislacionista. Ni mucho menos. Obama tan sólo abogó por establecer un plazo límite para salir de Irak (unos 16 meses). Pero lo más curioso de todo es que, al mismo tiempo, defendió la necesidad de incrementar el número de tropas destinadas en Afganistán. Un país que carece de todo interés estratégico, a diferencia de Irak, para lograr una cierta estabilidad en una zona clave del mapa geopolítico mundial.

De hecho, Obama habló de cambiar de estrategia para derrotar a Al Qaeda, pero no de poner fin a la guerra emprendida contra el terrorismo internacional. De hecho, me entró un escalofrío cuando el senador demócrata apuntó directamente al régimen de Pakistán, acusándole de auspiciar bases y actividades terroristas en su territorio.

"Yo no hablo de atacar Pakistán, pero si no quiere actuar contra Al Qaeda algo habrá que hacer", espetó durante su intervención. El mantenimiento de una guerra tan costosa y larga como la que viene desarrollando EEUU desde 2003 influirá, sin duda, en el futuro desarrollo económico del país. Sin embargo, pese a que los progresistas de medio mundo hayan depositado sus esperanzas de paz sobre el senador Obama, mucho me temo que sus deseos se verán frustrados por las aspiraciones políticas del líder demócrata en caso de que resulte vencedor en las elecciones presidenciales de EEUU. Ojalá me equivoque.

La fatal arrogancia del dirigismo financiero

El mundo financiero está intervenido ad nauseam. Por eso quienes atribuyen la actual crisis internacional un exceso de liberalismo derrochan fantasía. En un intento por suplantar al orden espontáneo del libre mercado se ha ido otorgando a lo largo del último siglo el privilegio de gobernar el sistema a toda una casta de funcionarios y políticos, dotándoles de amplios poderes discrecionales para, supuestamente, velar por la salud de las monedas y aminorar las crisis financieras. El mismo hecho de que se nombre a una persona para alguno de estos cargos parece insuflarle una infinita clarividencia a los ojos de la ciudadanía. Los hechos, como vamos a ver, apuntan a una realidad bien distinta.

En marzo de 2007, cuatro meses antes de que se desatara la crisis financiera internacional, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, aseguró en el Congreso de los Estados Unidos que “los problemas en los mercados subprime estaban contenidos”. Es más, se atrevió a afirmar que el aumento de las ejecuciones hipotecarias no tendría un impacto en la economía en general. Aún en mayo el gran monopolista monetario seguía en sus trece. En julio, cuando empezaba a reventar la burbuja que su institución había alentado durante años con la política de “crédito para todos” sin respaldo de ahorro real, Bernanke indicó que las pérdidas del sector hipotecario podría llegar a sumar entre 50.000 y 100.000 millones de dólares. Su nula capacidad predictiva y la de todo el servicio de estudios de la Fed volvía a quedar en evidencia en menos de dos semanas al confirmarse suspensiones de pagos en el sector hipotecario que superaban sus previsiones.

Así llegaron las grandes inyecciones de “liquidez” durante el mes de agosto del pasado año que Bernanke presentó como la necesaria y definitiva solución a todos los males del sistema. Sin embargo, lejos de arreglarse, los problemas financieros se agravaron y desde entonces el ciudadano de a pie ve cómo el poder adquisitivo de su dinero se evapora. Pasado el verano, helicóptero Ben, como ya se le conocía popularmente por su decisión de arrojar todo el crédito que hiciera falta desde la Fed, se desdecía de todos los pronósticos anteriores y anunciaba la llegada de una crisis general. A partir de entonces y hasta finales de año sus empleados se encargaron de cavar una nueva trinchera y en enero de 2008 el presidente la inauguraba asegurando “no barajar la posibilidad de una recesión en EEUU”. A los que no confiamos en lo que cuentan los monopolistas, el anuncio nos hizo pensar que la recesión estaba al caer. Jean-Claude Trichet, por su parte, aseguró por aquellas fechas que el Banco Central Europeo que él preside ya había tomado “las decisiones que hacían falta” y descartaba una crisis inmobiliaria en Europa. Está claro que o bien las escuelas de banqueros centrales son un desastre o bien la honestidad es el valor al que menos atención prestan.

La ineficacia de las anteriores intervenciones sobre el ya de por sí intervenido mercado financiero llevaron durante las pasadas semanas a Bernanke y a Paulson a intentar calmar los mercados rescatando todo tipo de empresas poco después de haber asegurado que había que dejar caer a las instituciones financieras que quebraran. De esta manera los “sabios” dirigentes anulaban los incentivos para adoptar comportamientos prudentes en el futuro. Como era de esperar, quienes hacía unos meses no entendían que los Estados Unidos iban a entrar en una gran crisis, difícilmente iban a poder saber ahora cómo sacar al país del atolladero. En efecto, los rescates de la Reserva Federal y del Tesoro se convirtieron en los siguientes fracasos de los dirigentes del sistema financiero.

A día de hoy, los banqueros centrales siguen gozando inexplicablemente del crédito de muchos. Ahora Bernanke y Paulson intentan convencer al legislador de la necesidad de que una macro agencia estatal compre los activos bancarios de mala calidad con gigantescas emisiones de deuda pública que socializarán las pérdidas y hundirán el valor de la deuda y del dólar. Es más, quienes hace apenas unos días aseguraban que a pesar de la crisis el sistema financiero estadounidense era sólido decían esta semana a los senadores que “podemos estar literalmente a días del completo derrumbe de nuestro sistema financiero”. ¿Todavía hay alguien que crea que los planificadores pueden sustituir al complejo orden espontáneo de un mundo financiero libre?

Nacionalismo liberal vs. intervencionismo secesionista

Es factible que los planteamientos esgrimidos por el llamado nacionalismo liberal levanten suspicacias y resquemores entre muchos liberales. Tal situación es debida a una combinación de dos elementos: por un lado, prejuicio al aproximarse a los fundamentos y conclusiones de la teoría; y por otro, que dicha teoría no ha sido contrastada con la realidad de forma explicativa.

El nacionalismo liberal concibe las naciones como subconjuntos de la sociedad civil. Su entidad es evolutiva, cambia constantemente sin que sea posible domar dichos cambios de forma intencional. Las naciones son comunidades políticas donde no sólo se establecen lazos interpersonales en base a una lengua común, un sustrato cultural similar o identificable, e incluso una raza, sino también por el intenso intercambio comercial entre sus grupos definidos.

Las naciones mutan, se escinden y fusionan. Es imposible hablar de naciones puras determinadas por uno o varios elementos de comunión social. La realidad es otra muy distinta, la espontaneidad prima sobre las apreciaciones que individuos concretos, movidos por sus propios juicios, puedan inferir del orden social en el que se desenvuelven.

Todo esto se hace añicos en el momento en que estructuras de dominación con base territorial irrumpen en el proceso social y de mercado. Una cosa es la organización concreta que cierta comunidad, o parte de esta, adopte en la resolución de cuestiones puestas en común, politizadas y hechas públicas, como pueda ser la persecución de los ilícitos o la definición y defensa de la propiedad. Las estructuras de dominación son otra muy distinta. Lo que hoy llamamos Estado no es únicamente organización política, sino también agresión arbitraria sistemática e institucionalizada. En ese sentido enfocamos nuestra crítica y lo introducimos en la reflexión sobre el nacionalismo liberal.

Los Estados se atribuyen competencias que sobrepasan con creces el interés espontáneo de puesta en común, o discusión política, sobre problemas o conflictos concretos de la comunidad. Cuando un Estado pretende su propia pervivencia apuesta por una sociedad cohesionada en torno a lazos de los que sólo la realidad nacional es capaz. Los Estados pueden surgir sobre una base nacional definida; esto facilita las cosas, aunque padecerá de igual manera los cambios futuros. Del mismo modo, los Estados pueden imponerse sobre realidades nacionales mixtas, o diversas, adoptando un patrón concreto, ya sea en cuanto a instituciones políticas, cultura o lengua, que trata de asignar al todo como herramienta de cohesión social. Es ahí donde comienza el desastre.

España, y esa es mi impresión, como otras muchas grandes naciones (hablo en territorio y población) existía mucho antes de que se constituyera sobre ella un Estado. España surgió de forma espontánea; la extensión del castellano y su conversión en lengua española, por su uso común, no se impuso, fue libre y progresivo (preferimos no remontarnos mucho más en el tiempo, no merece la pena). España, al margen de la monarquía o del Estado moderno, existía como nación en su diversidad; refiriéndonos a épocas tan antiguas, con unas comunicaciones difíciles y una forma de vida muy distinta a la actual, inevitablemente la "pureza nacional" prácticamente se reducía a la comarca, cuando no a la aldea.

Las tendencias actuales de secesión nacionalista no se fundamentan en movimientos libertarios que apuesten por la desaparición del Estado español y la vuelta al proceso libre de formación nacional. El nacionalismo anti-español de nuestros días es profundamente intervencionista, y no hablo ya de medidas económicas concretas, sino en su aspiración por construir realidades nacionales a partir de la imposición coactiva de lengua, cultura o creencias populares. Ese rasgo desprestigia cualquier movimiento nacionalista, sea periférico, o centralista. El Estado (todo él, comunidades autónomas y ayuntamientos incluidos) no es o no debería ser quién para tratar de diseñar lo que es un ejemplo evidente del orden espontáneo y el cambio social indeliberado.

La libertad, en crisis

El plan original preveía un presupuesto que superaría el de los Departamentos de Defensa, Educación y Sanidad juntos. El nuevo acuerdo fija el límite en los 0,7 billones de dólares originales, pero como ese límite lo pondrá el Congreso, en cualquier momento puede cambiarlo para ampliar la socialización del sistema financiero hasta donde deseen. Abierta la veda, no habrá libertad financiera que no sea automáticamente sospechosa y merezca el asfixiante abrazo del Congreso.

Pero hay un aspecto del plan original que resulta especialmente preocupante y es el que describe los poderes del Secretario del Teroso:

Las decisiones del Secretario tomadas bajo la autoridad de esta Ley no son revisables y no podrán ser revisadas por ningún tribunal ni por agencia administrativa alguna.

Es decir, que se coloca como un dictador, sin ley ni tribunal que se pueda interponer en su camino. Podría incluso decidir sobre sus propios poderes y ampliarlos sin más límite que la conveniencia política. El nuevo acuerdo devuelve los poderes del secretario del Tesoro al control del ordenamiento jurídico. Y así seguirá hasta que se produzca una nueva crisis y se decida que su actuación es tan urgente que no puede verse frenada por pequeñeces formales, como aquello del respeto al Derecho.

Hay una ley histórica que, a diferencia de casi cualquier otra, se cumple. Y lo hace con singular regularidad. Es la que observa que cuando hay una crisis de cualquier tipo, los políticos deciden ampliar el poder del Estado, aún a costa de las libertades de los ciudadanos, aduciendo que la medida es pasajera, temporal, aplicable sólo a las presentes circunstancias, para las que no valen los viejos instrumentos, cercenados por el respeto al Estado de Derecho.

Luego, cuando la crisis ya ha pasado, esos nuevos poderes no sólo no desaparecen, sino que se amplían para aplicarse a ámbitos de la sociedad para los que no estaban pensados originalmente. No mueren jamás. Lo transitorio, lo pasajero, se hace eterno. Y el respeto a las libertades y a los derechos del ciudadano, eso que debiera permanecer sin cambios, sí es un estado transitorio hasta la llegada de la nueva crisis.

Valga como ejemplo el Impuesto sobre la Renta, que se justificó en los Estados Unidos como medida transitoria para afrontar los gastos de la I Guerra Mundial, y son hoy el principal sustento de aquel Estado.

Las consecuencias políticas y económicas del último acto de fascismo por parte de la Administración Bush tienen largo alcance… al tiempo.

Gobernados por inútiles

Aún en otoño del año pasado Bernanke se desgañitaba tratando de explicar que la crisis no sería importante. Pero dejemos a los norteamericanos con sus problemas y veamos qué clase de dirigentes económicos y financieros tenemos a este lado del Atlántico.

Empecemos con Almunia, quien en octubre de 2007 restó importancia a los pronósticos negativos de los pocos analistas que llevaban la contraria a los servicios de estudio de los bancos centrales, de la Comisión Europea y de los ministerios de economía. A finales de ese mismo mes, Europa Press difundía unas declaraciones del comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la UE en las que "descartó la posibilidad de que se pueda producir una crisis económica" en 2008. Por si no quedaba clara su posición, Almunia puntualizaba que "no se puede hablar de crisis, ya que se va a seguir creciendo" a buen ritmo. Además, profetizó que la zona euro crecería en 2008 entre el 2% y el 2,2% mientras que España lo haría a una tasa muy superior. Para terminar de meter la pata, el político socialista decidió anticipar la evolución de la inflación. Según el dirigente económico y monetario de la Unión Europea, las subidas de precios irían remitiendo en los primero meses de 2008.

Un mes más tarde el comisario Almunia insistía en la solidez de los fundamentos económicos europeos, aunque ahora lo que negaba era que fuésemos a vivir una recesión en los países de la Unión. Es más, fundamentaba sus optimistas previsiones en que disponía de "información sobre los indicadores de actividad económica que no señalan riesgos de recesión". Ahora supongo que habrá que preguntarse cómo se elabora esa información sobre la que nuestros burócratas tratan de predecir el futuro sin ningún éxito.

También a comienzos de este año el vicepresidente segundo del gobierno y ministro de Economía y Hacienda, Pedro Solbes, afirmaba que cuando la gente habla de crisis o de recesión "se está exagerando mucho". Pero si rebobinamos hasta septiembre de 2007 nos encontramos con un Solbes vaticinando el final de la escalada del Euribor y descartando una crisis hipotecaria en España. No está mal para quien habla como si estuviera por encima del bien y del mal. Claro que comparado con las idioteces que suelta su presidente en materia económica dentro y fuera de España cualquiera parece un sabio.

Pero no creamos que nuestros políticos y funcionarios son los únicos ineptos. En septiembre de 2007, el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet, descartaba una crisis inmobiliaria en Europa porque el mercado inmobiliario europeo, según él, no es comparable al de Estados Unidos y porque el BCE ha tomado "las decisiones que hacían falta". También la canciller alemana, Angela Merkel, se aproximó mucho al ridículo que han protagonizado Zapatero y Solbes al asegurar a finales de enero de este año que "no hay indicios ni peligro de una recesión en Alemania".

¿Cómo es posible este nivel de ineptitud en personas que llegan a lo más alto de la gestión de las finanzas públicas? Personalmente no creo que todos estos políticos y altos funcionarios sean tontos de remate, aunque sí tengo el convencimiento de que son inútiles para el desempeño de las tareas que la clase política les ha asignado.

El problema es que manejan teorías totalmente inadecuadas para analizar un sistema financiero cuyo diseño institucional es, para colmo, más que deficiente. Si Trichet, Solbes, Merkel o Almunia salvan el pellejo después de sus desastrosas gestiones y sus pésimos pronósticos, bien harían en obviar los que sus aduladores servicios de estudio les cuentan y prestar más atención a lo que dicen los organismos independientes, como el Observatorio de Coyuntura Económica, que con otras teorías sí advirtieron de la gravedad de la situación y ofrecieron soluciones que no implicaban estafar de nuevo al contribuyente. A lo mejor entonces empiezan a entender dónde está el origen del problema, mejoran sus pronósticos y nos obsequian con una auténtica liberalización del sistema financiero internacional. Quién sabe, la esperanza es lo último que se pierde.

Desmontar el Estado: la lógica de la libertad

Como bien señala Gabriel Calzada, nos encontramos ante una crisis de ideas entre políticos y economistas. Pero donde él se refiere a los actuales problemas financieros, yo voy a centrarme en el campo de la política, aprovechando la celebración de diversos congresos del PP. Asistimos a un momento interesante de revisión de objetivos, estrategias y posicionamientos; lo que sirve de excusa para cuestionar el Estado omnipresente que nos invade (en municipios, comunidades, naciones o uniones económicas) a cambio de una mayor autonomía de la persona y su capacidad de decisión.

El objetivo debería ser una progresiva descarga de la gestión pública de sus actuales responsabilidades en montones de actividades culturales, deportivas o incluso la enseñanza. Con una doble ventaja: nos resultará más barato, y además ganaríamos en calidad de elección. Pero comprendo que hay muy pocos políticos dispuestos a emprender una campaña que diga: "no vamos a construir polideportivos ni piscinas municipales", "queremos reducir los gastos de verbenas y fiestas populares" o "apenas financiaremos la movida cultural", por ejemplo. A cambio, eso sí, tendrían la osadía de prometer que "reduciremos sus impuestos y usted podrá hacer con su dinero lo que le venga en gana".

Entonces, si les parece un objetivo suicida, no queda más remedio que emprender una larga y esforzada empresa de convencimiento. El problema es que los ciudadanos estamos muy mal acostumbrados a que los poderes públicos nos resuelvan las cosas, sin darnos cuenta de que eso tiene un coste mucho mayor que si lo hiciéramos cada uno de nosotros solos (o espontáneamente organizados), y damos por supuesto que el resultado será efectivo, lo que sabemos bien que no siempre ocurre.

Pongamos el ejemplo de esos colosales auditorios que han proliferado hasta en el rincón más recóndito de nuestro país. Cualquier razonamiento lógico, unido a un estudio económico que no es cosa de ofrecer aquí, nos puede demostrar fácilmente que al final cada ciudadano individual apenas hace uso de estas instalaciones. Que existe un gasto descontrolado en subvenciones culturales que apenas aprovechan a nadie más que a los afortunados artistas elegidos a dedo. Y que sería mucho más eficiente que el ayuntamiento en cuestión le diera a cada ciudadano un dinero para que lo gastase en los conciertos y teatros que le venga en gana.

Pero claro, esto no vende mucho en términos de votos. Una razón es que no nos damos cuenta cabal de los impuestos que pagamos. Es curioso cómo ajustamos hasta el último céntimo nuestra declaración de la Renta, mientras domiciliamos sin más la contribución urbana, el impuesto de circulación de vehículos, tasas de basura y de vado, etc. O nos apresuramos a pagar unos desmesurados impuestos de plusvalía de un piso heredado. Sin hablar del IVA o el ya descontrolado precio de los carburantes que cada día reportan millones de euros a los gobiernos.

Todavía percibimos peor la sangría opacamente impositiva que ha supuesto en España, por ejemplo, una desastrosa política de urbanismo, gestión del suelo, o recalificaciones altamente cuestionables. Quiero decir, que hay millones de españoles pagando una sobretasa en la hipoteca de nuestra vivienda, que en realidad no es otra cosa que un impuesto oculto, procedente de los ingresos espurios de ayuntamientos y/o comunidades por la cosa urbanística, que ellos justifican para seguir construyendo polideportivos y auditorios, y que nosotros pagamos borreguilmente.

Sin embargo, como dejó escrito el personaje que da nombre a este instituto, los impuestos ilegítimos no merecerían otra cosa que la rebelión cívica. Juan de Mariana fue un insigne profesor universitario de una escuela tardo-escolástica que floreció en Salamanca, París, Roma, Coimbra o Alcalá de Henares durante nuestro Siglo de Oro. El próximo año se celebra el cuarto centenario de su pequeño Tratadosobrelamonedadevellón donde, entre otras cosas, critica los monopolios, la adulteración monetaria o los impuestos injustos (es decir, los que se cargan sin el conocimiento o el consentimiento del pueblo). Y su argumento descansa en una vieja y sólida tradición liberal: que el ejercicio de la autoridad es algo vicario, temporal y limitado a unas reglas. Los gobiernos reciben su poder del consentimiento del pueblo, por una parte; y deben estar siempre sujetos a las leyes que naturalmente rigen el comportamiento humano, así como al derecho internacional y otros ordenamientos civiles (ellos hablaban de derecho de gentes y derechos positivos).

Este discurso resultó ser altamente subversivo en una Europa que en su falsa modernidad discurría sin darse cuenta hacia absolutismos más o menos camuflados. No deja de resultar una paradoja que sigamos tachando de oscurantismo escolástico a un pensamiento que defendía la libertad individual por encima de cualquier poder civil y que, por tanto, justificaba la rebelión contra una autoridad que no respetase aquellas reglas del consentimiento popular y respeto a la legalidad vigente. Lo que, sin ir más lejos, sería el caso de una imposición injusta. Así lo explicaba Juan de Mariana en su Tratado, al señalar que una alteración monetaria no es otra cosa que un impuesto ilegítimo, por lo que carecería de poder coactivo.

Entiendo que esta "lógica de la libertad" sea difícil de aplicar hoy en día. No es posible operativamente que un ciudadano deje de pagar, por ejemplo, un impuesto de plusvalía disparatado sin que se le eche encima todo el aparato represivo del municipio, autonomía o estado nacional. Es muy delicado llamar a una rebelión fiscal… por ahora. Pero al menos siempre nos queda la posibilidad de argumentar racionalmente contra estos abusos del poder.

Otro lamentable yugo al que nos hemos acostumbrado es a que los gobiernos controlen la educación. Esa falacia de enseñanza pública versus enseñanza privada, o el lamentable sistema de conciertos no es otra cosa que Estado y más Estado, regulación y, en definitiva, falta de libertad. Aquí hemos vuelto a perder la batalla de las ideas: los votantes siguen creyendo borreguilmente que la enseñanza estatal, gratuita y altamente planificada es lo más progresista, moderno y socialmente equitativo. Un disparate. En cambio, defender el cheque escolar, la competencia entre colegios o la libre elección del centro más acorde con nuestras creencias personales resulta conservador y retrógrado. El resultado está en la calle: deterioro en la calidad de los colegios públicos, trampas sin contar en el sistema de los conciertos y un nivel de calidad de enseñanza a la cola de Europa.

Hace falta un partido y unos políticos que defiendan con algún entusiasmo mayor la libertad individual. Que sean capaces de convencer a los ciudadanos de que conviene ir desmontando el Estado, en vez de aumentarlo. Y que además, si ocupan el poder, se pongan manos a la obra. Tampoco es imposible. Tenemos ejemplos recientes de crecimiento económico con rebajas fiscales y desregulación. Pero reconozco que no son estos los signos de los tiempos, aunque algún consuelo sí tenemos: Juan de Mariana pasó una temporada en la cárcel por criticar las manipulaciones monetarias del gobierno de Felipe III, un castigo que hoy nadie afronta por defender ideas similares. El problema de los liberales, como le gusta señalar a Carlos Rodríguez Braun, es que no aspiramos a tomar el poder, como los demás, porque "el poder es el enemigo; no hay que tomarlo, hay que limitarlo".