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Primer Trimestre 2008

La crisis financiera que estalló oficialmente en agosto de 2007 siguió dejando sentir sus consecuencias durante el primer trimestre de 2008. La contracción crediticia, que con tanto ahínco trataron de combatir los bancos centrales durante los trimestres precedentes, continuó recrudeciéndose durante los primeros tres meses de este año con el conocido colofón del rescate del banco de inversión estadounidense Bear Stearns.


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Huracán liberal en el PP

Casado ha despuntado en el Palacio Municipal de Congresos como un excelente orador y un nuevo abanderado de los principios liberales dentro de su formación política. No sólo ha logrado competir con Aguirre en cantidad de aplausos arrancados al auditorio; también ha conseguido poner al público en pie, al igual que ella, y ha sido el tema de conversación en muchos de los corrillos formados al terminar el evento.

Con un valor inusitado en los dirigentes de la organización juvenil del PP, se ha atrevido con cuestiones que muchos temen comentar y ha demostrado controlar el arte de la puesta en escena política. No ha dudado en atacar la nostalgia del 68, y se ha reclamado heredero del 89. Ha recordado al público, que se le iba entregando cada vez más según pasaban los minutos, que ese fue el año en que los jóvenes se enfrentaron a los tanques en Tiananmen y derrumbaron el muro de Berlín. Se ha mostrado como portavoz de los que "no idolatramos a asesinos como el Che Guevara" y sí "a mártires como Miguel Ángel Blanco", del que ha dicho que "es un héroe", categoría que le ha negado al "mercenario" argentino.

Casado no ha tenido contemplaciones con la izquierda, a la que ha tachado de "carca" y ha recordado que la canción que ellos entonan, La Internacional, se cantaba cuando el comunismo asesinó a cien millones de personas el siglo pasado. Pero no se ha quedado en eslóganes tan acertados como necesarios. También ha entrado en el terreno de las propuestas concretas. Ha arremetido contra el salario mínimo interprofesional, del que ha recordado que crea desempleo entre los jóvenes, ha reclamado la liberalización del suelo, cuya regulación es una de las principales causas del precio de la vivienda, y ha pedido una flexibilización del mercado del trabajo.

Con su oratoria ágil y su energía, ha sido capaz de lanzar mensajes cargados de un liberalismo indudable. Ha rechazado que los jóvenes tengan que vivir subvencionados y ha arremetido contra el control de los ciudadanos desde que nacen hasta que mueren. El líder de los jóvenes del PP madrileño ha reclamado, en definitiva, la madurez del ciudadano frente al Gobierno. El suyo ha sido un discurso en el que la idea fuerza ha sido la libertad individual frente al poder y el paternalismo del Estado.

Puede haber nacido una estrella política y un nuevo adalid del liberalismo en España. Esperemos que se mantenga fiel a los principios que ha defendido de forma tan brillante y no se amolde, como han hecho muchos de sus mayores en el PP y otros dirigentes de Nuevas Generaciones, al consenso socialdemócrata o al conservadurismo de nuevo cuño pero de viejas raíces.

Un nuevo desorden mundial

Porque exactamente ese es el crimen asociado al 19-S: el abandono de la fe en el libre mercado y su sustitución por el fascismo económico, por los salvadores que confunden, interesadamente, el interés concreto e inmediato de unos cuantos con la salud del conjunto de la economía. En un momento de crisis es cuando se ve si un dirigente tiene o no principios. Bush es un dirigente sin apenas lecturas o interés en el pensamiento liberal-conservador; es un iluminado que se deja guiar por una oscura camarilla que es aún menos liberal que él y que ha confiado más en un plan improvisado que en la sociedad libre.

El plan no sólo no resolverá la crisis, sino que la agravará. Hay que recordar que una cosa es la crisis de 1929, que no es muy diferente de la de 1921 aunque sí más profunda, y otra la Gran Depresión, que no fue provocada por la crisis sino por las políticas intervencionistas de Hoover y Roosevelt.

Si la Administración sale de compras con los bolsillos llenos a la búsqueda de títulos ilíquidos, de mala calidad (principalmente hipotecas), lo normal es que encuentre un montón de malos títulos que adquirir. Pero como todos los bancos sabrán que no importa cuánto se arriesguen en sus créditos, el Gobierno Federal saldrá a su rescate cuando las cosas vayan mal, el mal comportamiento se premia y el bueno se castiga. Además, las crisis económicas son el comienzo de la recuperación, porque son el doloroso reajuste de la economía. Si se impide que las malas inversiones se liquiden, ocurrirá lo que en Japón, que habrá un prolongadísimo y doloroso letargo económico.

Si el Gobierno compra esos títulos por su valor de mercado, no habrá ayudado a los bancos a salir de la situación. Puesto que está dispuesto a salvarlos, el plan consiste en una subvención masiva a los bancos menos prudentes. Puesto que no se seguirá el veredicto del mercado, sino lo que decidan Bush y su banda, hay un margen brutal para la corrupción. Y un inmenso poder, el de salvar o hundir un banco, se concentra en unas pocas manos.

Unos Estados Unidos estancados durante años y en plena deriva intervencionista es un enorme peligro para el mundo ahora que sobre los cascotes del muro, desde los pozos de petróleo, poderoso y débil a la vez, crece un nuevo eje antiliberal. Pero todo ello es un legado consistente con la política de George W. Bush.

Crisis de ideas

La observación de Reid, además, cuadra a la perfección con la impresión que tienen los millones de personas que asisten atónitos a un festival de intervenciones asimétricas en el que empresas como Bear Stearns son rescatadas y otras como Lehman Brothers no.

Una justificación posible al aparente doble rasero y desconcierto ante las quiebras de instituciones financieras es que las autoridades tratan de salvar a aquellas empresas con problemas de liquidez pero dejan caer a las que no son solventes. La idea no es descabellada. De hecho, antes de que la banca central se convirtiera en el monopolio que es hoy, eso es lo que hacían los banqueros privados.Sin embargo, tratar de sustituir a los banqueros que se jugaban su propio dinero por funcionarios públicos a la hora de separar la paja del trigo es una temeridad.

Ahora son Morgan Stanley, Goldman Sachs, Washington Mutual, MBIA y un largo etcétera las empresas financieras que tras endeudarse a corto para invertir a largo plazo guardan cola para suspender pagos. Lo interesante es que las primeras intervenciones se hicieron porque de lo contrario, nos decían, ocurriría lo que ha terminado ocurriendo. ¿Qué se ha conseguido entonces aparte de rebajar con porquería los activos más líquidos de la Reserva Federal y hacer pagar al ciudadano de a pie lo que tendrían que pagar a otros?

Más interesante aún es que nos deshicimos del «rígido y arcaico» patrón oro cuyo verdadero pecado era que ataba las manos de políticos y banqueros dispuestos a invertir y gastarse recursos que no tenían porque, supuestamente, no pudo evitar quiebras bancarias en el pasado. Teníamos que acceder a la utopía financiera y de acuerdo con keynesianos y monetaristas eso se conseguiría monopolizando aún más el sistema monetario y desatando a estos personajes para que pudieran invertir a largo plazo mientras se endeudaban a corto. Pues bien, el engendro de ingeniería monetaria que incita el apalancamiento de toda la estructura económica no sólo no nos trajo el paraíso a la tierra sino que lo sustituyó por una resplandeciente burbuja que ha estallado en sus manos cuando menos lo esperaban.

Después de llevar meses tratando de solucionar un problema de solvencia entregando los activos más líquidos de los bancos centrales a cambio de auténtica basura sin aparentes efectos positivos, la Fed y el Tesoro idean ahora crear un trust público que compre los activos de mala calidad de la banca, trasladando así las sospechas y la presión a la deuda pública y al dólar. El riesgo moral se disparará y muchos se quedarán sin recibir la sana lección del mercado en forma de pérdidas. Mientras Bernanke y Paulson idean desesperadamente cómo salir del lío en el que ellos mismos nos han metido -con sus intervenciones sobre los tipos de interés y sobre las quiebras empresariales- socializando las pérdidas, nosotros deberíamos reflexionar sobre cómo sustituir el diseño institucional intervencionista que nos ha llevado al borde del precipicio.

Habrá que recordar que no todas las escuelas económicas han fracasado en la predicción de la crisis. Como ya advirtiera el Banco Internacional de Pagos hace dos años, la escuela austriaca, los seguidores de Menger, Mises y Hayek, pronosticaron durante los años dulces de la pasada expansión que este sistema de dinero fiduciario con una estructura de préstamos asentada en la banca con coeficiente de reserva fraccionaria estaba distorsionando toda la estructura productiva y financiera y provocaría una gran crisis.

Según estos teóricos las inversiones hay que financiarlas con ahorro real a largo plazo y no hay panaceas que puedan eludir esa máxima. No se puede crear capital por edicto gubernamental con dinero de nueva creación sin respaldo real ofrecido a tipos de interés negativos en términos reales, ni tampoco haciendo que los picos de tesorería para atender pagos en esta o la próxima temporada sirvan como sustitutos del ahorro para las inversiones de la economía. Bien harían los fracasados expertos en revisar las políticas de inspiración keynesiana que, durante décadas, han destruido el ahorro cuando ahora vagan buscando ahorro verdadero que recapitalice a todos esos cadáveres o intentan convertir en accionistas y prestamistas forzosos a contribuyentes, sus hijos y hasta sus nietos.

Por eso no es de extrañar que los economistas austriacos nos propongan lo mismo que parece estar intentando hacer el mercado: volver a un patrón oro y evitar la práctica de endeudarse a corto plazo para invertir a largo. Así, nuestra buena salud económica no dependería de la ingeniería del rescate ni de las brillantes ideas que puedan ocurrírsele a los autoproclamados dirigentes del sistema monetario.

Una solución peor que su problema

En realidad, los rescates de bancos no son nada excepcional. Han existido siempre por un motivo evidente: el banco es un intermediario financiero que, bien gestionado, proporciona unos servicios de enorme utilidad para la sociedad. Si un banco insolvente se adquiere a precio de saldo y posteriormente se reflota, la rentabilidad que obtenga el reflotador puede ser enorme.

Pero el rescate de un banco implica necesariamente separar el grano de la paja: hay que liquidar las malas inversiones y reducir el volumen excesivo de deuda. Hasta los comienzos del siglo XX, estas tareas las realizaban inversores privados que comprometían y arriesgaban su propio dinero en salvar al banco. Actualmente, el Estado, a través de los bancos centrales, ha nacionalizado de facto esta iniciativa. Los bancos son rescatados por funcionarios que, en todo caso, ponen en peligro el dinero del contribuyente.

El problema de estas medidas se plantea especialmente en medio de las crisis económicas. En estos casos, los balances bancarios están repletos de malas inversiones que deben ser liquidadas como condición previa a la recuperación. Si el Estado rescata indiscriminadamente a los bancos para proteger al conjunto de los depositantes, las malas inversiones no se liquidarán y la crisis se perpetuará, tal y como sucedió durante la Gran Depresión estadounidense o más recientemente en Japón. Por no hablar de la enorme corrupción pública que podría producirse a la hora de decidir qué activos se adquieren y, sobre todo, a qué precio.

El 60% de todo el crédito de los bancos y cajas españoles ha ido destinado a adquirir activos relacionados con un sector de la construcción que ha padecido la mayor burbuja de precios del mundo -una sobrevaloración cercana al 40%-. El rescate público de estas entidades implicaría que todos los españoles tendrían que asumir las brutales pérdidas derivadas del inexorable ajuste de precios. En otras palabras, durante unos lustros de estancamiento económico estaríamos trabajando únicamente para recapitalizar a los bancos.

Además, la propuesta ni siquiera resulta factible dentro del marco del euro y de la limitación del endeudamiento público por parte del Pacto de Estabilidad.

Pero, sobre todo, no tiene ningún sentido rescatar a los bancos si el actual sistema financiero, basado en el dinero fiduciario de curso forzoso gestionado por un banco central monopolístico, les incentiva a que sigan incurriendo en prácticas que los encaminan sistemáticamente hacia la insolvencia.

Así pues, se hace necesario plantearse alternativas más realistas y efectivas que la simplista intervención pública en los bancos. Primero, habría que permitir sin condicionantes ni cortapisas que otros bancos privados adquirieran y diseccionaran a las entidades insolventes. En segundo lugar, si ningún inversor privado está dispuesto a hacerse cargo de los quebrados, habría que convertir una parte de la deuda del banco en acciones que serían repartidas entre sus acreedores. Y, en tercer lugar, es hora de iniciar la sustitución del actual sistema financiero por uno basado en el patrón oro y la prudencia bancaria.

Lo dice Lehman Brothers

La continuación no es tan trepidante, pero casi: el jueves es puesto en libertad condicional y una semana después declarado inocente. Sin embargo, la buena noticia está empañada por un matiz muy importante. Erraji ha sido absuelto por un "vicio de forma".

Los tribunales no han decidido que Erraji tenía derecho a escribir lo que publicó, tan sólo han constatado lo que el juicio express al que fue sometido hacía sospechar. Durante el proceso no se habían respetado las mínimas garantías, comenzando con la asistencia de su abogado. La libertad de expresión sigue sin existir en Marruecos, o al menos continúa estando muy limitada. Da la impresión de que los jueces han buscado una salida digna que les permitiera acallar las protestas de dentro y fuera de Marruecos sin tener que poner en duda una legislación contraria a los más fundamentales derechos de las personas, entre los que se encuentra la libertad de expresión.

Tras la detención de Erraji se puso en marcha una tímida campaña para pedir su libertad en la que participaron unas 3.000 personas de diversos países. Este y otro tipo de protestas, como la huelga de hambre de algunos blogueros marroquíes, tuvieron su punto central en Marruecos, pero se extendieron a otros países, principalmente Francia, Canadá, Estados Unidos y España. Si las protestas seguían creciendo, la condena a Erraji se podía convertir en un asunto muy incómodo para Mohamed VI, un monarca con una fama ganada a pulso de ser poco respetuoso con la libertad de expresión.

Esta ha sido, sin duda alguna, una victoria de la movilización en internet a favor de la libertad. Pero tan sólo una victoria parcial. En Marruecos siguen vigente la normativa que permitió encarcelar a Erraji, y decenas de ciberdisidentes sufren prisión en varios países del mundo, entre los que destaca China. Mientras esto no cambie, y mientras haya gobiernos que controlan la red o incluso que impidan que los ciudadanos accedan a ella, internet estará todavía lejos de ser libre.

La libertad de expresión a través de la red no es más importante que por otros canales, como la prensa o las conversaciones tomando un café, pero su estado suele ser un buen termómetro para medir como se encuentra en los demás ámbitos de un país. Sin embargo, sí que es más peligrosa para los gobiernos autoritarios de todo signo, puesto que es más difícil de controlar que un periódico o una radio y permite que quienes antes tan sólo podían hablar con unos pocos ahora puedan hacer llegar su mensaje a miles.

Victoria parcial de la libertad

Con la asesoría de individuos tan solventes como el inefableJames Hansen y el soporte de instituciones tan independientes como el IPCC de la ONU, los chicos de Lehman Brothers abrieron en canal una oca sagrada para escrutar en sus vísceras la situación del clima y del planeta a cien años vista.

Hace unos días Lehman Brothers, con veinticinco mil empleados y más de ciento cincuenta años de historia, se declaró en situación de quiebra. Ninguno de sus ejecutivos, los mismos que "saben" cómo va a ser el clima terrestre en el 2100, pudo sospechar que tan sólo un año después de evacuado el famoso informe su empresa se iría al garete con ellos en lugar preferente (este blog descubrió la curiosa coincidencia). Dedicados como estaban a calcular el derretimiento de los hielos árticos, no supieron ver que la empresa que les da de comer se estaba licuando a mucha mayor velocidad. Imaginen la situación: una de las mayores instituciones financieras del mundo en graves dificultades económicas y con el negocio yéndose a pique, mientras sus ejecutivos se rodean durante meses de botarates ecolojetas y se ponen a estudiar el clima del año 2100. No es extraño que hayan acabado así.

Y este informe de Lehman Brothers pasa por ser uno de los documentos más serios elaborados hasta el momento sobre las consecuencias económicas y financieras provocadas por el llamado cambio climático, así que ya podemos hacernos una idea de cuál es el nivel general de los documentos promovidos por la Iglesia de la Calentología.

Nadie sabe cómo va a ser el clima en el año 2100, aunque las proyecciones más optimistas (es decir, catastrofistas) de los calentólogos hablan de una variación porcentual de la temperatura bastante ridícula. Sin embargo hay problemas reales y acuciantes a los que ni siquiera sus víctimas potenciales prestan atención, sumidos en la vorágine histérica de lo "climáticamente correcto". Estoy seguro de que, en estos momentos, a los más de veinte mil empleados de Lehman Brothers que se han ido a la calle la temperatura media terrestre en el año 2100 se la trae al pairo. Igualito que a usted y a mí.

Desigualdad; es decir, progreso

De todas las acusaciones contra la sociedad libre, la más común es que crea enormes desigualdades económicas. Se dice con tanta insistencia que se toma como un dato incontrovertible, y las estadísticas al uso refrendan esa idea una y otra vez. Pero, a nada que se analicen mínimamente, los llantos por la desigualdad no tienen ningún sentido. Las comparaciones se hacen en los resultados, pero no en el camino que ha llevado a éstos; la injusticia se da por sentada y se lanza sobre el que defiende la libertad de las personas para producir e intercambiar como en una lapidación.

Cuando se oye a cualquiera de quienes dicen sufrir con las desigualdades económicas, hay un supuesto, entre tantos que manejan y que son falsos, que me parece especialmente interesante. Y es el que pretende que, como en las sociedades anteriores a la generalización del capitalismo, las condiciones de “pobre” y “rico” le acompañan a uno de la cuna a la tumba. Se habla, por ejemplo, de quienes están por debajo del umbral de pobreza o de aquellos que ganan (o generan) el 1 por ciento de la renta, como si fueran siempre, en todo momento, las mismas personas y familias. En una sociedad precapitalista, idéntica condición económica, generalmente, acompañaba a la persona toda la vida, y se adhería a ella como lo hacía su función económica (jornalero, artesano, terrateniente…), e incluso su situación geográfica. Todo ello cambió con la extensión del capitalismo al conjunto de la sociedad: los roles heredados generación tras generación pueden cambiar en el curso de sólo una vida.

Ahora lo vivimos a nuestro alrededor e incluso en nosotros mismos. Pero la acusación de la desigualdad es tan poco agraciada que merma, incluso, la capacidad de raciocinio y observación de quienes la lanzan; incluso sobre su propia vida. Todos sabemos que la renta que podemos generar en nuestros primeros años de carrera profesional suelen superarse pasados cinco, diez, quince años. Y si ahorramos e invertimos juiciosa y consistentemente, nuestra riqueza también irá aumentando con el tiempo. Si nos observan al comienzo de nuestra vida profesional, ¿no estaremos habitualmente en compañía de quienes menos ganan? Si es en plena maduración de nuestra carrera, ¿no es muy posible que nos encontremos en el caso contrario?

Exactamente eso es lo que ocurre. Si se sigue la pista a las mismas personas en dos momentos en el tiempo suficientemente alejados, veremos que lo que se produce, más que una desigualdad de rentas, es una movilidad en el tiempo. Un estudio que comparaba a las mismas personas en 1975 y 1991 (sólo 16 años) en Estados Unidos observaba que 6 de cada 10 de quienes estaban en 1975 en el quintil de quienes menos renta tenían, en 1991 estaban ya en los dos últimos. De media, quienes estaban en el primer quintil al comienzo de la serie habían aumentado su renta al final en más de 25.000 dólares. Por otro lado, sólo 6 de quienes estaban en el último quintil, el de más renta, al comienzo, se mantenían en él al final.

Arthur Laffer y Stephen Moore han expuesto en un reciente artículo en The Wall Street Journal las conclusiones de un estudio análogo, aunque con criterios distintos y períodos fragmentados. Por ejemplo, observan que sólo un tercio de quienes pagaban cero impuestos en 1987 seguían en esa categoría en 1996, mientras que un 25 por ciento había pasado al grupo de quienes llegan a pagar el 10 por ciento de tipo marginal máximo, otro tercio había alcanzado una renta que le forzaba a pagar hasta el 15 por ciento y el 9 por ciento restante alcanzaba el resto de niveles de renta.

Los datos que hay de 1996 a 2005 (un período de sólo diez años) se pueden comparar dividiéndolos en quintiles, y eso hacen: el 29,1 por ciento habían pasado a los tres últimos quintiles. Según los últimos datos del Censo, según recogían estos autores, “únicamente el 3 por ciento de los estadounidenses son pobres ‘crónicamente’, palabra con la que la Oficina del Censo califica a quien está en la pobreza tres o más años”. Que en una sociedad libre no hay privilegiados lo demuestra que “los datos también muestran una movilidad a la baja entre quienes ganan más. Los que estaban en el 1 por ciento máximo en 1996 sufrieron una caída media en sus ingresos después de impuestos del 52 por ciento en los siguientes 10 años”.

Las estadísticas de desigualdad deberían llamarse “estadísticas de progreso”, porque lo que miden en realidad es eso, la diferencia entre lo que gana una persona al comienzo de su carrera y al final. Dentro de estas carreras hay diferencias, claro está, pero lo esencial, lo importante, es que cualquiera de nosotros tiene oportunidades de progresar y ganarse los medios de una vida digna. Y que la mayoría de nosotros, las aprovecha.

Una cura de humildad

Les tenemos tan presentes en nuestras vidas que en el día a día apenas nos fijamos en ellos, sólo cuando son molestos o, en el caso de algunos afortunados, cuando pretenden conseguir algo. Su influencia es descomunal y sin embargo, en muchos casos pasa desapercibida, hasta el punto de que exigimos su acción sin pensar que, más que solución, son causa. Endiosamos a algunos y abominamos de otros, pero en ningún caso les rechazamos en conjunto. Pero alguna vez deberá pasar, alguien pondrá al político donde debe estar.

Nos hemos acostumbrado que dominen nuestra vida. Allá donde miremos, siempre hay un reglamento, una normativa, una ley estúpida que hay que cumplir pese a que el sentido común diga lo contrario, incluso cuando el único perjudicado sea el propio infractor. Leyes como la que obliga a llevar el cinturón de seguridad en el coche ejemplifica bien esta situación. Toda acción alentada y dirigida por un político conlleva necesariamente un ejército de burócratas y funcionarios que deben ser mantenidos por el contribuyente que en último caso somos todos, aunque sólo sea cuando pagamos el IVA en una transacción económica. Cuanto más deciden, cuantas más responsabilidades les cedemos, más nos cuestan; cuanto más poder les otorgamos, más difícil es recuperarlo después.

El político es por lo general, egocéntrico, narcisista y nos hace saber en todo momento que su labor no solo es importante, sino que básicamente es esencial. En el peor de los casos nos enfrentamos a un iluminado que cree tener en su "privilegiado" cerebro la solución final a todos los males de la sociedad; cuanto mayor es la sociedad, más grande es su ego. Asistimos pasmados a un proceso de ingeniería social que se llama construcción europea y donde un grupo de vividores no hacen nada más que parir constituciones y tratados que sistemáticamente terminan siendo rechazados, iniciándose así de nuevo el ritual. Cuántas veces los políticos justifican sus actos y cuántas veces escupen justificaciones "democráticas" para meter con calzador sus ideas y proyectos. No sé si será el siguiente engendro nacido de la burocracia europea, pero en algún momento se aprobará algo que ya será irreversible, queramos o no. Si no lo aprueban los ciudadanos, lo harán los parlamentos nacionales y en último caso, el Parlamento Europeo, que también ha sido elegido democráticamente.

El verdadero opositor a un político no es otro de diferente ideología, sino la sociedad civil. Es ella, a partir de las instituciones y sus individuos quien tiene que dar cuenta y pedir responsabilidades, pero en tanto este proceso siga evolucionando como hasta ahora, eso será cada vez más difícil. Si hay un poder que hoy por hoy puede hacerle frente es el de la prensa, pero hasta esta institución ha caído en las redes de lo público. Licencias, normativas, incluso las propias políticas empresariales invitan a tomar partido por una de las partes y condenar a la otra, alejándose por sistema de principios morales y éticos. Sería beneficioso para todos que en programas de radio y televisión salieran más periodistas, no riendo sus gracias, alabando o criticando sus políticas, sino recordándoles, en directo, su papel de mero gestor de ciertos intereses públicos que por tradición o coacción han caído en sus manos, que en el mejor de los casos su papel es prescindible y que sus ideas para alcanzar la utopía no dejan de ser parecidas a las de un dictador, pero con fecha de caducidad. Alguien necesita una cura de humildad.