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El efecto Aguirre

Porque hay maquinaciones de los políticos que son para salir a la calle en plan V de Vendetta, a decirles que nosotros somos más y hay cosas por las que no pasamos. La última es el apaño de repartirse el CGPJ. El gobierno de los jueces, pero por lo que se ve no por los jueces, sino por los políticos y para los políticos. Aquí no se deja nada al azar, a la autonomía de las instituciones, al devenir de los acontecimientos según su propio curso. No. Nada debe escapar al control de los políticos. "Dividamos los poderes para poder repartírnoslo mejor", se dicen a escondidas. "Democraticemos las instituciones" dicen desde los atriles, frente a las cámaras, ante los micrófonos. "Venga: ‘Mon’ para mí, ‘tes’ para ti y ‘quieu’ para el otro, que así no habla". Y a comerse su carne muerta, por si a alguien se le ocurre resucitarlo.

En el CGPJ es carnaval todo el año. Los políticos se disfrazan (de jueces) y todas las normas morales están ahí para romperlas. La justicia no está invitada ni para violarla, que este es el templo de la política. Que los socialistas estén en ese juego es de esperar. Son totalitarios y no están dispuestos a permitir, si el coste de impedirlo no es excesivo, que la sociedad funcione al margen de los designios de la política. ¿Y el PP? Aznar llegó al poder prometiendo "regeneración democrática" y salió de él creyéndose mejor que los socialistas porque ellos eran más generosos en el reparto. Ellos sí que son tontos y cobardes. Tontos porque participan de un juego abyecto sin aprovecharse de él al máximo y cobardes porque no tienen la hombría de denunciarlo y ponerse al frente de la manifestación. Y eso con Aznar, no digamos con el PP pactista de Rajoy. Sí, hace falta una "marcha verde" pero no por el Sahara, sino por cuatro o cinco puntos de la capital, para hacerles ver que estamos hartos. Claro, que al final seríamos cuatro gatos, porque son muchos los que hasta disfrutan con el espectáculo.

Tontos y cobardes

Dado que las hipotecas empaquetadas que vendía Fannie Mae contaban con la garantía del Estado (si el hipotecado no pagaba, lo hacía el Gobierno), la compañía podía venderlas ofreciendo una remuneración más baja que el resto de sus competidores. Dicho de otra manera: si Chiringuito SA quería que le prestasen dinero, tenía que pagar un tipo de interés más elevado que Fannie Mae por la mera razón de que, a diferencia de ésta, podía quebrar.

En principio, todas las partes salían ganando: los bancos comerciales recuperaban de inmediato el dinero recién prestado (de modo que podían conceder otra hipoteca), los inversores privados contaban con la garantía del Estado de que las hipotecas que compraban no resultarían impagas y los estadounidenses veían reducir los tipos de la deuda hipotecaria. Sólo había un pequeño perjudicado: el sufrido contribuyente, que era en última instancia quien subvencionaba la compra de las viviendas. Al fin y al cabo, Fannie Mae podía pagar tipos más bajos por su deuda porque el Gobierno le había concedido el privilegio de poder desplumar al contribuyente en caso de necesidad.

A finales de los 60 el Gobierno quiso dejar de consolidar las actividades de Fannie Mae en los Presupuestos y privatizarla. Dos años después, y ante la posición de dominio que había logrado la firma –a golpe de privilegios–, decidió introducir competencia en el mercado y creó Freddie Mac.

Por supuesto, ya la terminología empleada resulta venenosa. Fannie Mae nunca fue privatizada, dado que, implícitamente, el Gobierno seguía respaldando su deuda. Era un secreto a voces que si quebraba, el Tesoro se haría cargo de sus obligaciones, que es lo que de hecho ha sucedido. Por otro lado, Freddie Mac no suponía una genuina competencia, pues se trataba de una empresa diseñada por los políticos y, al igual que su hermana, por ellos privilegiada.

Así las cosas, en las últimas décadas Freddie Mac y Fannie Mae acapararon más de 5 billones de dólares en hipotecas (el mercado estadounidense apenas llega a los 12). Se trata de 5 billones (3,5 veces el PIB español) que nunca se habrían concertado de no ser por los tipos de interés subvencionados que ofrecían esas dos firmas.

A nadie debe extrañar que la reciente crisis financiera haya abocado a la quiebra de ambas. Al fin y al cabo, Fannie y Freddie siempre se han encontrado, gracias a sus privilegios políticos, en la vanguardia del negocio hipotecario. Estaban en el epicentro del terremoto. Su quiebra estaba cantada desde que la Reserva Federal comenzó a gestar la actual burbuja inmobiliaria con sus rebajas de los tipos de interés. Nadie le hizo caso, y ahora hay que lamentar las consecuencias. Ante la amenaza de quiebra, la mayoría de los economistas ha aplaudido sin disensión alguna la nacionalización, es decir, que finalmente el contribuyente estadounidense se haga cargo de las deudas de esas entidades teóricamente privadas.

Para defender semejante intervención se ha aducido, no sin razón, que su quiebra podría derribar el sistema financiero. Al fin y al cabo, los principales acreedores de Fannie y Freddie son los bancos comerciales y de inversión, que acaparan la mayor parte de los ahorros de los ciudadanos de EEUU.

La justificación de la intervención, sin embargo, dista de estar clara. Un primer problema que surge es que, con los antecedentes de Bear Stearns, Freddie y Fannie, se genera un enorme riesgo moral en el sistema financiero. En la práctica, los acreedores de los bancos (incluidos los depositantes) saben que tienen carta blanca porque el Gobierno (léase los contribuyentes) terminará respondiendo.

Al margen de estos malos incentivos a largo plazo, existe otro problema –a medio– no menos preocupante. La deuda de Freddie y Fannie supera los 5 billones de dólares, y el Gobierno apenas ha inyectado 200.000 millones (es decir, el 4% de la misma), lo que significa que apenas repunten los impagos deberá proceder a nuevas inyecciones de capital. Es más, después de Freddie y Fannie vendrán otras muchas instituciones financieras que ya se encuentran al borde del colapso: las agencias monoline (Ambac y MBIA) o los bancos Lehman Brothers, Merrill Lynch y Morgan Stanley.

¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el Gobierno de EEUU con tal de que no quiebre banco alguno? ¿Tendrá capacidad de garantizar que los deudores de todas esas entidades van a cobrar? Mucho me temo que la respuesta es negativa: estamos ante una crisis de solvencia, y se han de producir fuertes ajustes en las valoraciones de los activos reales y financieros de los ciudadanos y las empresas. El Gobierno está intentando evitarlo a toda costa, pero su función no es refinanciar la deuda de las entidades privadas.

Esto último también incumbe a la Reserva Federal. Con los últimos acontecimientos se ha demostrado una vez más que su política monetaria inflacionista es un rotundo fracaso. Pese a envilecer con saña el dólar y empobrecer a los estadounidenses, no ha logrado evitar la quiebra de Bear Stearns, Freddie y Fannie. Quienes proponen recortar los tipos de manera salvaje y alocada se olvidan de que los orígenes de esta crisis no están en una falta de liquidez, sino en un aumento de la insolvencia que provoca una restricción de liquidez.

Eso sí, por favor, que nadie insista en que esta merienda de negros es un mercado libre. La crisis la provocó la Fed manipulando el crédito; la elevada exposición de Freddie Mac y Fannie Mae se debió a sus privilegios políticos; y la nacionalización de estas dos compañías ha sido orquestada por el Gobierno y van a pagarla todos los estadounidenses.

En un mercado libre no debería haber un banco central inflacionista (sino una moneda estable y de calidad respaldada por oro), prebendas intervencionistas ni rescates de empresas fracasadas. El sistema financiero actual es un atentado sistemático a los derechos de propiedad, perpetrado por los políticos y los gestores de ciertas empresas y bendecido por unos economistas –la mayoría– que perdieron hace mucho tiempo el norte (si es que alguna vez lo encontraron).

El robo como garantía de éxito

Los pone bajo la tutela del Gobierno Federal: sustituye a los actuales gestores por otros designados por el Tesoro, que inyectará una cierta cantidad cada trimestre para sacar a las dos empresas adelante. Son un caso muy especial: fueron creadas por el Congreso de los Estados Unidos, pero su capital es privado.

Juntas tienen cerca de la mitad de la deuda hipotecaria viva en los Estados Unidos, un enorme globo hinchado desde hace años por la política laxa de la Reserva Federal. Yo recuerdo que del primer al último día que pasé en Nueva York veía un anuncio en la televisión en que aparecía un hombre viviendo claramente por encima de sus posibilidades. Una entidad financiera salía en su rescate, refinanciando sus deudas contra el nuevo valor, presumiblemente mayor, de su vivienda. Esta retroalimentación de crédito e inflación de los valores de la vivienda no es un cuento sin fin, sino que acaba siempre en la acumulación de malos créditos y en el colapso de las cuentas de las instituciones financieras menos cautas.

Freddie Mac y Fannie Mae, además, no tenían ningún incentivo para adoptar un comportamiento financiero razonable. Dado que todo el mundo sabía que si todo iba mal este día llegaría y el Gobierno Federal intervendría, las dos empresas podían endeudarse con un menor tipo de interés, ya que el riesgo de impago era menor. Esta diferencia le ha permitido a las dos empresas semipúblicas pero con capital privado unos beneficios fabulosos. De 1990 a 2000 su cotización en bolsa se sextuplicó.

Ahora la capacidad de hacer frente a su propia deuda está en entredicho, y los dueños de esa deuda (los bancos centrales de China, Bélgica, Japón o Luxemburgo, entre otros) no quieren dejar de cobrarla. No hay problema. Si hay que socializar las pérdidas, para eso están los contribuyentes estadounidenses, que son los que van a pagar, volis nolis, todo este desaguisado. Cuando los ingentes beneficios quedan atrás y por delante sólo aparecen impagos, pérdidas y quiebras, los que tienen bien llenos sus bolsillos no quieren responder. Que lo haga el ciudadano de a pie.

La medida se ha justificado, a los dos lados del Atlántico, diciendo que es positiva porque no se puede dejar caer a dos gigantes como estos sin hacer temblar el mercado financiero. Y la intervención pública da, al parecer, un mensaje de confianza especialmente necesario. Pero es precisamente la certeza en que los políticos cometerán el crimen de robar a los ciudadanos cuando vienen mal dadas lo que ha llevado a la actual situación. La promesa del robo es un mensaje de confianza sólo para quienes piensan en repartirse el botín.

Lo que necesitamos no es eso, sino un buen historial de quiebras sin intromisión del Gobierno hasta que quede claro a todo el mundo que latrocinios como el de Freddie Mac y Fannie Mae no se van a repetir.

El dinero, el ocio y la felicidad

La moralina anticapitalista suele proclamar que "el dinero no da la felicidad". No por ser más ricos y tener más bienes, nos dicen, lograremos ser más felices. Por tanto, la organización política, social y económica no debe orientarse a la creación de riqueza, sino a alcanzar otros fines de cariz social. No importa que los ricos sean sistemáticamente expoliados por el sistema fiscal, ya que, en realidad, no necesitan todo lo que tienen para ser felices.

El éxito de la letanía anterior (especialmente entre la gente pobre) se debe, en buena medida, a que generar riqueza es un proceso más complicado que autoconvencerse de que no es necesario crearla para ser felices. Dicho de otra manera, en la inmensa mayoría de los casos, se convierte en una justificación de la pasividad y el fracaso de los más pobres.

Además es una frase que resulta difícil de refutar en pocas líneas, ya que todos conocemos casos de gente rica e infeliz y de gente austera y con una vida plena.

Mi propósito no es afirmar que el dinero necesariamente da la felicidad, sino más bien que en la mayoría de los casos facilita lograrla. Para ello comenzaremos dando una definición praxeológica de felicidad.

Todo ser humano actúa deliberadamente para lograr sus fines, esto es, para pasar de una posición menos satisfactoria a otra más satisfactoria. Para lograr estos fines necesita proveerse de unos medios que le permitan reducir la distancia entre la situación actual menos satisfactoria y la situación futura más satisfactoria.

Definiremos el tiempo durante el que el ser humano satisface sus fines como "ocio", mientras que "trabajo" será el tiempo durante el cual el individuo se provee de los medios necesarios para conseguir sus fines. Dicho de otra manera, las acciones realizadas durante el tiempo de ocio se desean por sí mismas (proporcionan utilidad directa), mientras que las realizadas durante el tiempo de trabajo se desean por acercarnos hacia el ocio (utilidad derivada). Si un determinado trabajo fuera improductivo (no nos acercara al ocio) dejaría de ejecutarse de inmediato.

Obviamente, todo el mundo preferiría vivir en un ocio permanente y no trabajar nunca. Sin embargo, si el individuo minimiza su tiempo de trabajo, sólo podrá lograr fines muy simples. El tiempo de ocio presente tiene su coste de oportunidad: renunciar a un ocio futuro más intenso. Por ejemplo, una persona puede disfrutar echado en la cama todo el día, aunque disfrutaría más si pudiese ser astronauta. Sin embargo, ambos fines son en buena medida incompatibles: si se limita a reposar en la cama, no podrá trabajar en alcanzar su puesto de astronauta y viceversa.

Por consiguiente, el ser humano será tanto más feliz cuanto más duradero e intenso sea su ocio. El paradigma de felicidad sería, precisamente, que un individuo sólo llevara a cabo en cada momento aquellos que son sus fines más valorados.

En este sentido, el dinero es un instrumento muy útil para alcanzar esta permanente felicidad, ya que nos permite alcanzar sin necesidad de trabajar los medios que requerimos para lograr esos fines.

Ciertamente, el dinero no es imprescindible para ser feliz, pero aun en el caso en que las máximas aspiraciones de una persona consistieran en fines muy simples y básicos (comer, dormir y mantener relaciones sexuales), el individuo tendría que trabajar para proveerse del sustento necesario para sobrevivir y poder ejecutar esos fines.

El dinero (o más generalmente la riqueza), por tanto, no sería necesario para alcanzar la felicidad sólo en el caso en el fin prioritario del individuo fuera a su vez una actividad que le proporcionara los medios necesarios para alcanzar otros eventuales fines futuros. Pensemos en el cazador que va a cazar porque es su mayor afición y, además, obtiene carne para cenar o en el profesor universitario que va a dar clase porque es su prioridad en ese momento (y con independencia del salario percibido).

En el resto de los casos, el dinero (o la riqueza) es condición necesaria (pero no suficiente) para seguir incrementando nuestra felicidad, ya que evita que tengamos que perder el tiempo en otras actividades que no nos proporcionan directamente utilidad.

Por supuesto, la mentalidad anticapitalista suele relacionar la necesidad de dinero con una suerte de avaricia ilimitada y de atesoramiento de bienes. El ser humano, nos dicen, no es capaz de consumir tanta riqueza como la que tienen las grandes fortunas. Por este motivo, los anticapitalistas vienen justificando la redistribución de la renta y de la riqueza: los bienes que los ricos despilfarran en sus excesos pueden incrementar mucho la felicidad de los pobres más necesitados.

El economista neoclásico Pigou fue el primero en sugerir que los ricos derivaban menos utilidad de un dólar que los pobres, de modo que la redistribución de la renta aumentaba la utilidad social. Más tarde, Kaldor y Hicks sugirieron que tal redistribución era eficiente, ya que el pobre podía compensar al rico y aun así salir ganando.

Sin embargo, ambas consideraciones desconocen el papel que los ricos conceden a su patrimonio. En primer lugar, los ricos en general no tienen la intención de consumir y despilfarrar compulsivamente su riqueza, ya que probablemente con esos hábitos nunca habrían logrado amasarla (y por eso mismo, los "nuevos ricos" sí suelen arruinarse con celeridad). Lo que les permite la riqueza es vivir sin trabajar y dedicar su existencia a aquello que más les satisface. Por ejemplo, Warren Buffett, el hombre más rico del mundo, apenas ha modificado sus hábitos a lo largo de su vida (sigue viviendo en la misma casa y usando el mismo coche que hace 40 años). Poseer grandes cantidades de dinero no equivale a ser una persona vacía, sin principios o aficiones, sino tener la oportunidad de autorrealizarse y focalizar su vida en aquello que más le satisface.

Es más, los ricos pueden conceder ese "privilegio" a las personas que quieren y aprecian. Y eso nos lleva al segundo punto de por qué ninguna cantidad de riqueza tiene por qué ser suficiente. Las grandes dinastías permiten al patriarca transferir su riqueza (y la oportunidad de no tener que trabajar) a sus hijos, nietos o bisnietos y, en muchos casos, sólo ese gesto y esa expectativa ya son fuente de ocio y felicidad para el patriarca.

Cuanto más dinero amase un individuo, no sólo podrá extender esa oportunidad a mayores y más amplias generaciones (no es lo mismo facilitar el ocio a un nieto que a cien), sino que podrá extenderlo con menor incertidumbre.

Se atribuye al Barón de Rothschild la frase de que "estaría contento si pudiera legar a mis descendientes una cuarta parte de mi riqueza". Con este comentario, Rothschild ponía de manifiesto las dificultades de transferir el capital intergeneracionalmente (inflación, nacionalizaciones, impuestos sobre ganancias y sucesiones y la necesidad permanente de ajustarse a las necesidades de los consumidores). Si sólo iba a poder transferir una cuarta parte (siendo optimistas) del pastel, era necesario que el pastel fuera muy grande.

En definitiva, no es cierto que el dinero no dé la felicidad. En la inmensa mayoría de los casos será una condición necesaria (aunque no suficiente) para ser más felices. Y tampoco es cierto que las redistribuciones de la renta generen incrementos en la utilidad social: no se trata sólo de que las comparaciones intersubjetivas de utilidad sean imposibles, sino que existen razones de peso para creer que con las redistribuciones se condena a una menor felicidad a muchas generaciones presentes y futuras.

Bibiana, la ministra zen

Al par de bombillas del ministro Sebastián, se suma ahora la iniciativa de la ministra Bibiana Aído para reactivar la industria del aborto, sector estratégico para cualquier Gobierno de progreso por sus contundentes efectos en la transformación de la sociedad sin posibilidad de retorno.

"No hay derecho – dice la Miembra – a que las mujeres tengan problemas para ejercer su derecho a abortar". Hombre, si a eso vamos, tampoco hay derecho a que su papá se suba el sueldo más del doble de una tacada a costa del bolsillo de todos los ciudadanos. Y nadie hasta el momento ha propuesto la redacción de una ley que impida a los papis de las ministras de cuota meter la mano en el bolsillo de los contribuyentes con tanto impudor. Pero como todos ellos son progresistas y trabajan por cambiar el mundo, habrá que fastidiarse y rascarse el bolsillo.

La ministra de Igualdad disfruta de un coqueto jardín estilo zen en el patio del ministerio (hay que ser hortera), que debe ser el lugar en el que se le ocurren estas ideas tan brillantes. Allí, sentada en la posición de loto, la ministra medita al estilo budista, que consiste sencillamente en no pensar, actividad que cualquier ministro de Z –no digamos Él–, realiza sin la menor dificultad de forma absolutamente natural. Y al salir del trance las ideas, claro, surgen a borbotones.

En una de esos nirvanas de todo a zen, a Bibiana se le ha ocurrido que para qué vamos a reformar una ley que todavía pone algún impedimento al "derecho" al aborto. Lo que procede es legalizar completamente el asesinato de los bebés no nacidos, por supuesto con cargo al bolsillo de los ciudadanos, que para eso el dinero público no es de nadie. Con la nueva ley, escándalos como el de las clínicas del doctor Morín no volverán a producirse, pues, a tenor del talante de los expertos que van a pergeñar el engendro legislativo, las trabas para matar a un bebé a una semana del parto desaparecerán por completo.

La industria del aborto y sectores asociados verán así paliados los graves efectos de la recesión. Y es que Bibiana es tal vez la miembra que mejor ha intelectualizado la necesidad de que el Gobierno actúe para mejorar la economía de los ciudadanos. Que se lo pregunten a su padre.

Chávez y Castro contra internet

El amigo de Fidel Castro va a establecer un sistema de control similar al chino y que recuerda en muchos aspectos al cubano, si bien no llega (al menos por el momento) a los extremos existentes en la mayor de las Antillas.

La Asamblea Nacional, en manos de los partidarios de Chávez, prepara una Ley de Telecomunicaciones que establece la creación de un punto de acceso propiedad del Estado a través del cual estarán obligados a conectarse los diferentes proveedores de internet. Esto permitiría al Gobierno impedir que los internautas venezolanos accedieran a aquellos sitios web que el Ejecutivo decidiera que deben ser bloqueados. Pero aún hay más. Al pasar todas las comunicaciones online a través de esa interconexión, los lacayos del caudillo bolivariano podrían vigilar hasta los contenidos de los correos electrónicos o las conversaciones a través de chats.

En un lugar donde las televisiones están cada vez más sometidas al control del poder político o bajo la amenaza de intervención de este (en este mismo proyecto de ley se incrementa de 23 a 57 los motivos por los que se puede sancionar a una emisora), internet cobra un especial valor a la hora de difundir información y opinión crítica con el Gobierno. Por ese motivo resulta tan importante para Chávez someterla a un control lo más férreo posible. De hecho, cuando se ponga en marcha el punto de acceso previsto en la norma, el presidente venezolano tendría capacidad para desconectar al país de internet casi de forma completa.

Pero este sistema de control no sólo le será útil a Chávez, sino también a los hermanos Fidel y Raúl Castro. En junio de este año se daba a conocer que se tenderá un cable de fibra óptica de gran capacidad entre Cuba y Venezuela para "dar servicios de internet" a la Isla. La excusa no podía ser otra que el embargo de Estados Unidos, que según el gobierno de La Habana impide que los cubanos accedan a la red. Lo que este argumento oculta es que poco antes de que los caudillos caribeños anunciaran esto, el Gobierno de Washington había ofrecido al cubano conexión a la red para la Isla.

Pero la opción venezolana es más cómoda para la dictadura de los hermanos Castro. Mientras que Estados Unidos reclamaba que el régimen cubano comience a levantar restricciones, Hugo Chávez no deja de mostrar su admiración por la dictadura comunista. Además, al pasar por Venezuela, el filtrado de este último país se pondría al servicio del castrismo y permitiría una operación de maquillaje consistente en eliminar la necesidad de permiso gubernamental para conectarse a la red. De que los cubanos no vieran nada "inconveniente" procedente del exterior ya se encargarían los filtros establecidos tanto en su propio país como en su vecino bolivariano.

Problemas con el intervencionismo

Continuamente escuchamos a los políticos proponer nuevas medidas para solucionar supuestos problemas existentes en la sociedad. La más de las veces estas medidas consisten en añadir nuevas dosis de intervencionismo en el sistema, a través de nuevas leyes, regulaciones, subsidios, etc.

Esta manera de actuar provoca una tendencia peligrosísima hacia una mayor planificación centralizada de la sociedad (ya dijo Mises que "el intervencionismo aboca forzosamente al socialismo"), en la que políticos y burócratas tratan de manejar los complejísimos asuntos sociales como si de un problema de fácil solución se tratara; éstos pretenden convertirse en los dioses terrenales a los que hay que acudir para resolver cualquier tipo de dificultad, ya sean por los altos precios del petróleo, la bajada de precios de la leche o el mejor desempeño de los competidores.

Sin embargo, en primer lugar, ya deberíamos desconfiar de la identificación de los problemas a resolver, ya que quien lo hace son políticos y burócratas, que tienen unos intereses particulares que no coinciden con los de la mayoría de la gente, tal y como ponen de manifiesto las enseñanzas de la Escuela de la Elección Pública. Así, surgen algunas preguntas que resulta difícil contestar. ¿Por qué escogen tratar de resolver un cierto asunto y no otro? ¿Cómo saben cuál es más urgente e importante? Esos problemas que requieren una solución política, ¿son realmente problemas reales? Y si lo son, ¿atañen al conjunto de la sociedad o solo a un grupo particular, pequeño y con gran influencia sobre el poder político? La Ley de la Memoria Histórica, por ejemplo, ¿qué hueco venía a tapar?

Y en segundo lugar, aun identificando problemas reales cuya resolución sea urgente, lo más probable es que las soluciones intervencionistas fracasen en conseguir los resultados deseados, tal y como enunció Mises en su teoría del intervencionismo y otros autores austriacos han puesto de manifiesto. Una de las mejores ejemplificaciones de esta idea es el inevitable fracaso de los controles de precios, dado que éstos son absolutamente imprescindibles para lograr cierta coordinación entre los planes de consumidores y productores, y una distorsión de éstos genera inexorablemente consecuencias negativas, como pueden ser escaseces artificiales, racionamiento, mercados negros, etc. Por muy buenas intenciones que tengan los planificadores, los controles de precios no podrán funcionar. Similar patrón se podría aplicar a otros tipos de intervenciones, como subsidios al desempleo o los impuestos progresivos como instrumentos para ayudar a los más desfavorecidos.

En conclusión, deberíamos ser cautos con aquellos que van con la arrogante pretensión de que "nosotros, el Gobierno, podemos hacerlo mejor que la sociedad libre", identificando problemas que quizá no son tales, o aplicando medidas que provocarán resultados no deseados por la sociedad, como coartada para impulsar nuevas medidas intervencionistas.

Vamos a pagar por cavar zanjas y taparlas

Más de cien mil personas engordaron las listas de desempleo en agosto, por lo que ya suman, en un año, más de quinientas mil. La afiliación a la Seguridad Social tiene la mayor caída desde agosto de 1993 y el INEM podría estar en déficit. Las previsiones de desempleo no son nada halagüeñas, pues casi todos los informes hablan de una horquilla de desempleo para 2009 de entre el 13% y 15%.

Ante estas impresionantes cifras, el Gobierno Zapatero pretende generar empleo mediante trasferencias obligatorias de capital de los actores productivos a los no productivos. A eso lo han llamado invertir en "actividades de interés colectivo". Eso significa que el Gobierno asignará trabajos a cosas que el mercado, esto es, la sociedad, no demanda, por ejemplo: más funcionarios, más constructores, más personas dedicadas a la conservación de espacios naturales, etc. Celestino Corbacho, ministro de Trabajo e Inmigración, quiere aplicar lo que Keynes ya decía hace 80 años, a saber, que los desempleados caven zanjas para después volverlas a tapar. El mercado no demanda cavar zanjas para luego taparlas, porque si así fuera existirían empresas privadas dedicadas a hacerlo. Tampoco demanda más inútiles funcionarios en las oficinas gubernamentales que hagan crecer la burocracia ni más obreros de la construcción. De no ser así, no se estaría hundiendo el sector de la construcción ni habría dos millones de viviendas vacías.

Lo que propone Corbacho es que haya quien trabaje por trabajar para asignarle un sueldo después. Pero el trabajo, cuando no implica producción útil para la demanda, sólo genera pérdidas netas. Eso lo saben muy bien más de la mitad de las empresas que acaban cerrando antes de cumplir su primer año por no ofrecer bienes o servicios por los cuales la gente esté dispuesta a pagar lo que le piden. En última instancia, lo que hace el libre mercado es intercambiar de forma voluntaria la producción propia por la producción de otro. En cambio, lo que hace el Estado es robar al que produce para quedarse con una parte y transferir el resto al que no produce. Aquí no hay generación de riqueza, sólo transferencias de dinero obligatorias. Es un mero acto criminal contra la comunidad que, además, genera corrupción, parasitismo, una cultura hedonista acostumbrada a vivir de las rentas de los demás y una absoluta falta de responsabilidad y esfuerzo personal.

Las medidas del ministro de Trabajo no sólo van dirigidas a los trabajadores, como la prensa ha querido vender, sino también a grandes empresas como constructoras e inmobiliarias. Las medidas del Gobierno suponen quemar nuestro dinero para mantener un sector en declive, mantener los amplios márgenes para las grandes constructoras y comprar los votos de aquellos a los que subvenciona por realizar trabajos improductivos.

Los socialistas siempre apelan a las necesidades colectivas como imperativo moral de una justicia mayor, la justicia que impone el dictador de la producción. Como todo demagogo en busca de rendimientos electorales apelan al corazón y no al sentido económico. Cosas como casas gratis, libros escolares gratis o sanidad gratuita no existen, todo se paga. Si las casas, los libros escolares, la sanidad y todo lo demás fuese gratis eso significaría que los productores, tanto el empresario como sus proveedores y cada uno de los trabajadores de ambos no habrían cobrado nada para proporcionar ese bien a la sociedad, lo que es absurdo porque todo el mundo trabaja por un salario. Si el Estado ofrece algo gratis o a un precio reducido, eso sólo puede significar que alguien está pagando los servicios de otro en contra su voluntad. ¿Los ricos? Los ricos no pagan. En España hay poco más de 4.000 personas que declaran tener unas rentas anuales superiores a 600.000 euros, lo que representa un 0,03% de todos los declarantes. ¿Hay alguien tan inocente que se lo pueda creer realmente? ¿Cuáles deben ser las rentas reales de estas personas? ¿Ya sabe que los impuestos generados sobre esas rentas, a nivel de contabilidad nacional, no dan ni para el chocolate del loro? En España, el 97% de los contribuyentes, 14,5 millones de personas, tenemos unas rentas inferiores a 60.000 euros. Somos los que estamos en ese 97% quienes vamos a pagar los platos rotos del Gobierno.

La gran contradicción a todo esto es que si todo el mundo quiere vivir del dinero del Estado y el Estado sólo puede vivir de nuestro dinero, ¿qué futuro nos espera? En un momento de crisis como la actual, si al ciudadano y a las empresas nos suben los impuestos y nos multan, que ya todos los ayuntamientos se han puesto manos a la obra en esa tarea, ¿no se alargará la crisis y viviremos peor? Los meses futuros lo dirán.

El error neoliberal en la limitación del poder estatal

¿Cómo es posible asegurar que mediante la aplicación y restauración de conceptos liberales clásicos, tendentes a limitar y restringir el ámbito de actuación del poder político, no se vuelva a producir el mismo proceso de acrecentamiento y ampliación de la esfera pública, tal y como venimos presenciando a lo largo de estos dos últimos siglos con la incorporación y desarrollo del denominado gobierno representativo?

Como consecuencia de la natural aspiración y tendencia del poder hacia la ampliación y extensión de sus competencias, se ha visto afectado de modo directo el ámbito perteneciente a la esfera privada. En este sentido, la restricción de la libertad individual se pone de manifiesto en la ingente regulación y actividad legislativa referida a la ordenación de la sociedad civil en su conjunto pero, de modo especialmente relevante, en lo en materia económica y comercial. Una intervención estatal cuya plasmación a nivel institucional se pone de manifiesto con el auge y posterior desarrollo del Welfare State en las sociedades occidentales tras la Segunda Guerra Mundial, pero cuyos inicios tienen ya su origen tras la Primera Guerra Mundial y la crisis económica del 29 en Estados Unidos.

El peligro que amenaza a la libertad en este ámbito deriva, fundamentalmente, de la gran capacidad de actuación regulatoria mostrada por el poder legislativo en el particular contexto de los regímenes democráticos. Se trata, en definitiva, del monopolio efectivo por parte del legislador en tanto productor de ley mediante el mecanismo representativo de mayoría parlamentaria.

Frente a la presencia cierta de tal amenaza, se argumenta la existencia de límites constitucionales con el fin de restringir el ámbito de actuación gubernamental. Pero, ¿acaso el Parlamento y, por tanto el mismo legislador, no poseen también la capacidad de modificar tales normas constitucionales, pudiendo así decidir sobre la propia supervivencia de tal fundamental marco limitativo? De ahí, precisamente, que se pueda afirmar que el poder legislativo se ha visto enormemente acrecentado, en tanto que la Constitución, norma básica del sistema, queda a merced del mismo.

Nada tiene que ver, pues, la función legislativa precedente con la actual. En este sentido, cabe señalar aquí que en el Estado constitucional característico del siglo XIX el Parlamento terciaba en la función legislativa con competencia propia ya que, conforme a las leyes liberales clásicas, éste se encontraba integrado por elementos de selección nacional, en tanto que los diputados tenían que ser sujetos de cierto mérito personal, autoridad propia y especial consideración o respetabilidad.

Por ello, se consideraban representantes de todo el pueblo al gozar de una autoridad moral que les permitía adoptar sus decisiones con absoluta libertad, ya que se encontraban exentos de comisiones, obediencias partidarias y consignas. Eran, pues, auténticos representantes, no meros delegados partidistas tal y como hoy sucede. Esta conformación interna propia del Parlamento liberal permitía además la existencia y desarrollo de una auténtica esfera de discusión, deliberación y argumentación que, por otro lado, dificultaba enormemente el logro de consenso en torno a medidas arbitrarias, parciales o excesivamente concretas, por lo que las leyes de esta suerte elaboradas reflejaban una mayor ecuanimidad, abstracción y generalidad, mostrándose así más acordes con la protección de la libertad individual. A este respecto, el proceso legislativo precisaba de una unánime cooperación por parte de diversos órganos constitucionales (Monarca, Congreso y Senado), hasta tal punto que la ausencia de acuerdo paralizaba todo el proceso.

El cambio observado a este respecto es radical, ya que la incorporación progresiva de la dimensión democrática y social a la estructura y práctica política del Estado moderno ha traído como consecuencia la preponderancia y dominio total por parte del legislativo. Una relevante concentración de poder del todo impensable e inaceptable en el anterior dualismo constitucional conformado por la cooperación y complementación existente entre Parlamento y Corona, carente esta última hoy de toda autoridad política propia, junto con el Senado o Cámara Alta, despojado también de sus poderes tradicionales.

La función de la Cámara Alta se limita ahora a un aspecto meramente formal, pues su derecho de voto en el proceso legislativo se reduce tan sólo a un simbólico derecho de veto carente, por otro lado, de toda importancia, ya que tal obstáculo puede ser fácilmente salvado por el Parlamento mediante la aprobación de una nueva resolución por mayoría.

Así pues, resulta evidente el particular proceso de concentración llevado a cabo por la denominada Cámara Baja o Parlamento, que se instaura en la actualidad como único órgano legítimo y exclusivo de producción legislativa. Es más, el problema se ve acrecentado gravemente al observar un fenómeno político paralelo que, por ser ya habitual, no deja de ser menos peligroso. Nos referimos al denominado Gobierno parlamentario: un proceso en el que el aumento de poder por parte del Parlamento se ve ciertamente agravado por la constatación de un principio básico de los regímenes representativos actuales, consistente en el hecho de que el Gobierno depende de la confianza parlamentaria. Es decir, plena identificación y homogeneización entre Gobierno y Parlamento mediante la obtención de la mayoría en la cámara de representantes a través de la victoria electoral.

A tanto ha llegado el poder así acumulado, que no es raro ver calificado al Parlamento de soberano, o lo que es lo mismo, de instancia cuyas insuperables facultades le permiten hacer todo lo que quiera, salvo […] hacer de un hombre una mujer, o viceversa.

Leibholz

Como resultado, la democratización progresiva de nuestra vida política ha supuesto el crecimiento y la concentración del poder legislativo hasta límites insospechados.

El Parlamento, además, ya no es ese órgano representativo en el que los diputados acuerdan leyes y toman decisiones sin otra coacción que la de la conciencia y prestigio propios, seguros de la confianza de sus electores, sino que ahora tal institución se caracteriza por la coacción y el mandato impuesto por el partido político, de modo que los diputados se han convertido ahora en meros delegados de intereses organizativos y sectoriales, en tanto representan a su partido, no al supuesto interés de toda la población.

Aparte de configurarse los partidos como agentes políticos centrales de todo el sistema, hay que señalar también el surgimiento de influyentes grupos de interés, tanto económicos como sectoriales, que en su pugna y competencia por hacer un hueco en la esfera pública tratan de servirse del poder político instaurado con el objetivo de proteger sus intereses y fomentar sus demandas. De este modo, a la democracia de masas y a la de partidos, debemos añadir ahora la que podríamos denominar democracia de asociaciones (corporatismo).

Este particular proceso tiene también como efecto el desbordamiento de lo político, irrumpiendo así cada vez más intensamente en los dominios de la vida social (justicia social), económica (Estado de Bienestar) e individual (regulación administrativa, burocracia, fiscalidad, y legislación, incluso a nivel moral), con la consiguiente y lógica amenaza a las libertades y derechos básicos del individuo.

Surge, pues, un nuevo tipo de "totalitarismo": el tan denostado por los liberales "despotismo democrático" o "tiranía de la mayoría", que finalmente parece haber logrado su tan ansiada conquista al imponerse en la práctica de nuestro sistema político actual.

De este modo, la implantación del Estado liberal ha fracasado estrepitosamente en sus fines y objetivos, pues, de forma correlativa a su instauración se ha producido la emergencia e introducción de una imparable dimensión democrática que, a su vez, ha propiciado el surgimiento y progresivo desarrollo de una dimensión social adyacente. En este sentido, la dimensión democrática y social se complementan y refuerzan mutuamente. Es más, la democracia se configura de hecho como la base fundamental a través de la cual se posibilita el ascenso e introducción de la correlativa dimensión social. De lo cual podemos concluir que para evitar esta última se hace imprescindible eliminar de forma plena la primera. Es decir, la democrática.

¿Cómo conseguir tal objetivo? Esta es, precisamente, la cuestión en la que se centra la visión anarcocapitalista, propia de la perspectiva austriaca. Una nueva vía con la que superar las contradicciones y problemáticas insertas en la perspectiva política liberal, tanto clásica como contemporánea (neoliberalismo).

Cambio de ciclo

Google ataca el único monopolio que tiene Microsoft en internet, el navegador se convierte de nuevo en caballo de batalla justo a la vez que se está decidiendo cual es el sistema operativo y/o navegador que se impone en los teléfonos móviles.

Google afirma que con este navegador sólo quiere fomentar la innovación y la competencia, y que por eso seguirán financiando Mozilla, por lo menos hasta 2011. Esta fecha parece no estar elegida al azar y puede marcar el fin de la financiación de productos como Firefox por parte de Google, justo cuando Chrome tenga una cuota de mercado aceptable. Durante esos cuatros años se pueden desarrollar diferentes versiones del navegador y hacerlo llegar a la mayoría de mercados que son interesantes para la multinacional. Llegados al 2011 Mozilla deberá caminar sólo si el precio de la financiación hace insostenible mantener dos navegadores.

Pero vayamos a lo práctico, ¿qué ofrece el navegador de Google? ¿Puede existir un progreso significativo en un navegador web? La primera gran diferencia con su principal competidor, Internet Explorer, es que Chrome está basado en código abierto, por lo que cualquiera puede modificarlo y mejorarlo. La segunda es que Google pretende convertirlo en una plataforma para aplicaciones, en principio las suyas propias. El gigante plantea integrar las búsquedas con su sistema Google Suggest, y al parecer se están desarrollando otras aplicaciones que toman como base productos de Google (Adsense, Analytics, etc.) para integrarlos en esta navegador/plataforma. Y la tercera es su velocidad, su motor JavaScript v8 hace que se puedan ejecutar de una manera más rápida procesos comunes y aplicaciones futuras que necesiten mayor capacidad de procesamiento. Por lo tanto, sí parecen existir mejoras significativas que hacen que merezca la pena probar este navegador y comparar. Por ahora sólo existe una versión beta para usuarios de Windows, los usuarios de Mac y Linux tendremos que esperar para poder probarlo.

Este nuevo paso de Google resulta, cuanto menos, inquietante, ya que es casi lo único que le faltaba para estar presente en todas las actividades de un usuario en la red: búsqueda, contenido, análisis, publicidad y, ahora, navegación. Habrá tiempo para observar qué hace Google con toda la información que recoge de estas actividades, pero lo que sí demuestra a día de hoy el lanzamiento de Chrome, sumado a muchos otros, es que indica un cambio de ciclo en el mercado de las tecnologías de la información, en el que Microsoft va siempre a remolque de las iniciativas que proponen empresas como Google o Apple.