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La dependencia psicológica y la entrega de la libertad

La legitimidad del Estado y sus gobernantes no se basa principalmente en la represión, sino en la condescendencia de sus ciudadanos. Son ellos los que hacen que sea soberano, es decir, que sus decisiones sean "finales".

El sometimiento no es físico, sino psíquico. La estabilidad social depende del hecho de que los hombres se encuentren en una situación psíquica que los arraigue a una situación social concreta.

La esfera política puede influir y fomentar esta condescendencia consiguiendo que se perpetúe en el individuo adulto la situación psíquica que experimentó en la infancia cuando no podía sobrevivir sin su familia, y cuyos impulsos vitales se adhirieron primeramente a los objetos que le daban protección y satisfacción frente al desamparo: su madre y su padre.

La dependencia psíquica infantil que se promueve hace que el Estado se imponga en el inconsciente del individuo como una figura paterna. Lo cual lleva consigo una evidente adoración y veneración hacia las políticas estatales intervencionistas. Principalmente en todo lo relativo a los derechos positivos, es decir, los derechos que supuestamente tiene una persona a que se le cubran una serie de necesidades: salud, vivienda, trabajo, alimentación e incluso una renta fija mínima.

El individuo adulto espera que el Estado, cumpliendo con su función paterna, elimine la crueldad y la incertidumbre del destino, además de compensarlo por los sufrimientos, las frustraciones y las necesidades que acarrean una vida civilizada en común.

El extremo es el hedonista político (que diría Strauss), que llega incluso a reverenciar a los representantes políticos ya que los considera sabios y cree que desean su bien y su felicidad. Entiende que es un buen ciudadano porque cumple con todo lo estipulado por la élite política sin ningún espíritu crítico, creyendo que es lo apropiado y lo justo, de la misma forma que de niño acataba sin más las afirmaciones de su padre. Su docilidad consigue un premio o recompensa: el elogio de éstos. Además, esto refuerza a la clase política y a toda la maquinaria estatal, ya que la culpabilidad de sus acciones no recaerá en ellos, sino en los propios ciudadanos, que asumirán toda la responsabilidad.

El hombre necesita darse cuenta que esta situación desemboca en una eterna infancia, en donde lo único que busca el individuo adulto es evadirse de sus responsabilidades.

El objetivo del hombre adulto es deshacerse de estas cadenas políticas. Debe romper esa dinámica para ser verdaderamente libre; debe sustituir la dependencia por autonomía; debe cortar esos vínculos primarios porque impiden su desarrollo humano completo; debe realizar su individualidad y no subordinarse a un poder exterior a sí mismo; debe, en definitiva, creer que le es posible autogobernarse y tomar sus propias decisiones, en vez de estar ansioso de entregar su libertad.

La irracional guerra contra las drogas

La persecución de los crímenes sin víctima es, junto con la guerra, la mayor amenaza a la libertad individual. Los delitos de opinión, la prostitución, la inmigración o la tenencia de armas entre muchos otros copan gran parte de las condenas penales. Pero si hay un delito consensuado o sin víctima que descuella sobre los demás por su importancia, este es el del consumo, tráfico y producción de drogas. Cerca de dos tercios de los reclusos en España ocupan una celda por algún delito “contra la salud pública”.

Todo el mundo, o casi todo, acepta que debe ser así. Las drogas son perniciosas e infligen un daño moral a la persona que puede ser irrecuperable. Un anuncio que ocupa estos días la pantalla sugiere que el daño comienza pero no acaba en la persona consumidora, sino que se extiende a todas aquellas con las que tiene alguna relación. Si el mal del consumo de drogas es tan claro, ¿cómo oponerse a su prohibición? La razón es que, por un misterio que quizás no se haya explicado plenamente, hay comportamientos que son (aunque no en todos los casos) perniciosos, pero su prohibición resulta más perniciosa que permitir su libre ejercicio.

La guerra contra las drogas ignora esta realidad, pero si se acerca uno a su justificación comprobará que no resiste una mínima apelación a la racionalidad. Para empezar, no hay una relación directa, unívoca y general entre el consumo de una sustancia y la producción de determinados efectos. Antonio Escohotado, en su Historia de las drogas, explica que “tras varias décadas de esfuerzos por lograr una definición ‘técnica’ del estupefaciente, la autoridad sanitaria internacional declaró el problema irresoluble por extrafarmacológico”, por lo que su consejo es “clasificar las drogas en lícitas o ilícitas”. Esto supone ceder al Estado la decisión arbitraria (ya que no tiene soporte científico) de penalizar unas sustancias y no hacerlo con otras.

Hay defensores de la legalidad del consumo y tráfico de drogas caen en el error, acaso por contrarrestar la propaganda en su contra, de negar prácticamente todo riesgo asociado al consumo, cuando la cuestión que está en juego no es esa. El problema es que no se puede prohibir un comportamiento por el hecho de que tenga un riesgo, especialmente cuando no se puede valorar de antemano qué riesgo está asociado a ese consumo. Ese conocimiento es relevante para el comportamiento individual, para sumarlo a su criterio de acción, pero no puede incorporarse eficazmente a una legislación, ya que por su propia naturaleza no sería capaz de recoger juicios de relevancia válidos para cualquier circunstancia futura. Prohibir el consumo de drogas no tiene lógica.

La persecución del consumo de drogas, ya sea directamente, ya contra su producción y distribución, requiere grandes recursos en manos del Estado que, de otro modo, se dirigirían contra la comisión de verdaderos delitos. Y la importancia que se otorga a este comportamiento penalizado sirve para justificar todo tipo de atropellos a los derechos de las personas. Un informe de Naciones Unidas de 1988 reconocía que la lucha contra las drogas se está “alejando de los principios generales del Derecho”.

El problema no está definido científicamente, pertenece al ámbito de decisión de la persona sobre su propia vida y la lucha contra las drogas provoca verdaderos actos delictivos tanto por parte del Estado como por parte de los proveedores. No hay una lógica en la guerra contra las drogas, pero hay una implicación emocional muy fuerte, como en el caso de las armas. No obstante, estamos hablando de un asunto lo suficientemente grave como para dejar a un lado las emociones, especialmente si están basadas en un juicio erróneo, y abordarlo con racionalidad y sin prejuicios.

Paradojas sobre el Estado mínimo

Uno de los temas más apasionantes desde el punto de vista liberal (y, me atrevería a decir, general) es si es o no necesaria la existencia de un Estado y, si es el caso, cuál es el tamaño mínimo que este debería tener, tamaño medido, se supone, en competencias.

Sin entrar en disquisiciones filosóficas para las que no creo estar preparado, sí es necesario que, de alguna forma, defina lo que entiendo por Estado, a efectos de dar claridad a las siguientes reflexiones. Para mí el Estado es el ente que es capaz de imponernos el cobro de impuestos, supuestamente a cambio de una serie de servicios, entendidos en sentido amplio. Contrariamente a los otros agentes presentes en el mercado, el Estado puede imponer, y de hecho lo hace, la "adquisición" de sus servicios a todos los ciudadanos. Coherentemente, el Estado se suele considerar como el único monopolista de la violencia, el único que puede ejercerla sin verse sometido a sanción.

La teoría económica neoclásica ha mostrado también su interés por identificar cuáles son aquellos servicios que no se pueden dejar al arbitrio del mercado, por ser productos de determinadas características, los llamados bienes públicos. El conjunto de estos bienes públicos constituiría el contenido del Estado mínimo. Como es sabido, dicha teoría económica descansa sobre unos supuestos y metodologías que le permiten "demostrar" económicamente cualquier cosa que les pueda parecer interesante en un momento dado, por lo que sus resultados no parecen especialmente fiables ni relevantes.

Sí se puede decir que tradicionalmente se han considerado servicios públicos la justicia, la defensa, la seguridad, la sanidad, la educación y otros más. Se puede observar, por tanto, que el contenido del Estado mínimo y la consideración de servicio público son bastante dinámicos.

Desde mi punto de vista, la discusión sobre el Estado mínimo se puede resolver por analogía con la discusión sobre el precio justo. ¿Cuál es el justiprecio de las cosas? La respuesta la sabemos, al menos desde el punto de vista de teoría económica (aunque creo que ya hay referencias a Santo Tomás de Aquino con este tema). El precio justo es aquel que fija el libre mercado: al que voluntariamente el vendedor accede a vender, y el comprador a comprar. Cualquier otro precio es arbitrario, por muy sofisticado que sea el método de cálculo.

Pues bien, la misma solución aplica, a mi modo de entender, al Estado. ¿Cuál es el justi-tamaño del Estado? Pues ni más, ni menos, que el que fija el mercado en cada momento. Cualquier otro tamaño es arbitrario. En definitiva, el tamaño del Estado mínimo quedaría determinado, paradójicamente, por el mercado.

Lo que nos lleva a la segunda paradoja. Entendamos ahora el Estado como monopolio de la fuerza. El Estado es la única entidad aceptada con capacidad para imponer un comportamiento a los individuos. ¿De qué forma puede el mercado disciplinar al Estado, para que éste tenga el tamaño que en cada momento aquel demanda? Es imposible, no lo puede hacer, precisamente porque el monopolio de la fuerza reside en el ente al que se trata de disciplinar.

De esto sigue, de forma inmediata, que el Estado no tiene límites, pues puede hacerse con el control de la sociedad mediante el uso del recurso cuyo monopolio detenta: la fuerza. Parece, por tanto, que lo queramos o no, es incompatible el Estado con el mercado; al menos, es una situación inestable que ha de moverse hacia algún sitio: más intervencionismo, o desaparición del Estado. Aspectos que tanto Hayek como Mises, y Rothbard de forma más radical, tienen claro.

¿Cuál es la solución? Hay que romper el monopolio de la fuerza del Estado. Hay que permitir que aparezcan "competidores" al Estado. Y que el Estado deba competir con estas entidades por satisfacer al ciudadano en los servicios públicos. Si lo hace bien, consigue ingresos (ya no impuestos) y sobrevive; y, si no, tendrá que desmontarse.

En otras palabras, la solución es que el mercado preste los servicios considerados como públicos. Solo así se conseguiría que el "Estado" tenga en cada momento el tamaño que demanda el mercado. Pero, claro, este Estado no es ya tal, es una empresa más en el mercado.

Arrimando el hombro

"Todos debemos entender que la educación, las carreteras, los servicios… no son gratis. Todos debemos arrimar el hombro". ¿No le suena esta expresión de "arrimar el hombro"? También es muy usado por el Gobierno socialista español.

Cuando alguien le pide que arrime el hombro entiende que le está solicitando ayuda y que usted, de forma voluntaria, se la da si quiere. Esta expresión recibe un sentido totalmente diferente cuando es usada por los políticos. En política, arrimar el hombro significa que aprobarán leyes obligándole a pagar más dinero al Estado. Esto no es altruismo, ni bondad, ni mucho menos un acto solidario y de civismo, simplemente es un crimen y un robo ya que usted paga los impuestos porque el Gobierno le amenaza y extorsiona con multarle, juzgarle, encarcelarle o matarle si se defiende de la agresión estatal y no cede el tributo al Gobierno de turno.

Afortunadamente, la sociedad española se está dando cuenta de qué son los impuestos y de que estos son siempre ilegítimos. Según el Ministerio de Economía, casi un 50% de la población ve con buenos ojos no declarar al fisco todas las rentas obtenidas. Estos datos contrastan con los años anteriores. En 1995 sólo el 33% de la población encontraba lícito engañar a Hacienda para no dejarse saquear por el Estado. En 2006 esta proporción ascendió al 39% y en 2008 se sitúa concretamente en el 49%.

Casi el 88% de los encuestados piensan que "hay circunstancias en la vida personal o de una empresa que justifican cierto fraude para seguir adelante". Esto es muy interesante, porque contradice totalmente el argumento izquierdista de que los impuestos revierten directamente en el individuo como un efecto multiplicador al estilo keynesiano generando más rentas o bienestar para todos.

No pagar impuestos es algo más que un hecho circunstancial a la situación económica. ¿Se imagina que por ley tuviésemos que informar a un ladrón a qué horas no estaremos en casa para que él entrase a saquear nuestra propiedad? Si los impuestos son una incautación forzosa de nuestras rentas y de aquello que nos hemos ganado con nuestro esfuerzo, ¿por qué ha de ser inmoral no informar al Estado de lo que ganamos? Si caemos en la extorsión del Estado, éste nos sacará nuestro dinero para comprar más votos, repartirlo entre sus grupos de presión o emprender proyectos de ayuda inútiles que no repercuten en nuestro bienestar. Más bien al revés, lo usarán para crear más leyes que les sirvan para controlar nuestras vidas. Engañar al fisco es un acto de defensa para mantener nuestro bienestar y conservar aquello que nos hemos ganado trabajando. Nadie tiene derecho a sacárnoslo.

¿De verdad cree que la presión fiscal, que supera ligeramente el 40%, es para pagar los llamados servicios básicos del Estado? Sólo en la recaudación por tabaco y licores ya se paga todo el presupuesto de Defensa. ¿Cree que los políticos administrarán mejor su dinero que usted? Ellos no les bajarán los impuestos, así que tome usted la iniciativa.

Telecinco contra YouTube

El norteamericano se refería a una serie de acontecimientos, innovaciones y empresas que habían reducido las diferencias entre ricos y pobres, entre ciudadanos de distintos países, entre empresas e individuos. Internet y la globalización habían reducido las barreras de entrada a un número creciente de mercados para un número cada vez mayor de personas.

Pese a los errores de Friedman, que acertadamente señaló en su día Juan Ramón Rallo, es cierto que la tecnología y la ampliación de los mercados propiciada por la globalización han producido una reducción de costes brutal en muchos campos, lo que ha facilitado que unos recursos otrora escasos y a los que sólo accedían quienes pudieran invertir una cantidad ingente de capital estén ahora al alcance casi de cualquiera. Lo comentaba Glenn Reynolds, autor del célebre blog Instapundit, en su libro An Army of Davids. Ponía un ejemplo personal: él, su hermano y unos amigos disponían de un equipo de grabación mejor que el disponible en los pequeños estudios hace veinte años y que les había costado menos que lo que entonces se pagaba por una maqueta. Eso les había servido para, por ejemplo, producir un disco de un grupo africano, que luego podía distribuirse universalmente y de forma barata por internet.

Lo mismo, naturalmente, ha sucedido en el ámbito audiovisual. Miles de personas suben vídeos elaborados por ellos mismos a YouTube y otras plataformas similares. Algunos logran un gran éxito de audiencia y son recogidos por las cadenas, grandes y pequeñas, en programas de zapping, sin pedir permiso ni a los autores ni a las plataformas donde se alojan. Sin embargo, ay de quien se atreva a subir un vídeo de alguna gran empresa audiovisual, se dedique al cine o a la televisión; una posible demanda espera al responsable de haberlo puesto en internet o a la plataforma que lo aloja en la red.

En España ha sido el italiano Paolo Vasile quien ha destapado la caja de los truenos y ha presentado una demanda contra YouTube. En ella pide que se retiren todos los vídeos de la cadena alojados en el sitio web propiedad de Google, además de exigir una indemnización por haberlos "emitido", pero, eso sí, no está dispuesto a identificar cuáles son. Enrique Dans, antaño colaborador de Libertad Digital, es perito en el caso y cuenta algunas jugosas interioridades, como que la cadena ha rechazado emplear la tecnología de YouTube para identificar vídeos protegidos, empleada por empresas de todo el mundo. Telecinco pretende que el juez ordene la eliminación de todos los vídeos que contengan la palabra "Telecinco" o incluso algunas tan genéricas como "está pasando", "allá tú" o "diario de", y prohibir la aparición de imágenes de su cadena aunque sea a efectos de cita o parodia, algo completamente legal.

Negándose a emplear los medios tecnológicos adecuados para proteger sus derechos y exponiendo pretensiones auténticamente disparatadas, Telecinco y su principal propietario Mediaset parecen más bien empeñados en acabar con una competencia molesta, porque rompe el monopolio de los grandes creadores de contenidos acercando a quienes hasta hace poco eran simples consumidores de las cadenas de televisión en productores. Evidentemente, rara vez un vídeo casero supera en audiencia vía internet a una serie o un programa de alguna cadena nacional, pero que la gente pueda dedicarse a ver contenidos que les gustan por internet en lugar de aceptar pasivamente lo que decidan ofrecerles las empresas de televisión a la hora a la que venga en gana emitirlo no les gusta nada. Y en lugar de competir lealmente, intentan destruir esa posibilidad.

La inutilidad de prohibir la negación del Holocausto

En el Museo de los Horrores causados por los totalitarismos en el siglo XX ocupa un lugar destacado el Holocausto. La Shoah (como es conocido por su nombre en hebreo) tiene unas características concretas que, juntas, tan sólo se dan en este genocidio, haciendo de él algo único en la Historia del que, no obstante, se pueden sacar conclusiones de validez universal. Prohibir que se niegue que ocurrió es una reacción lógica ante el descubrimiento del horror de los campos de la muerte y demás mecanismos de asesinato masivo puestos en marcha por los nazis y sus aliados (como los extranjeros miembros de las Waffen SS o las organizaciones filo-nazis y gobiernos títeres de diversos países centroeuropeos).

Es cierto que lo terrible no es sólo la negación en sí misma. Al afirmar que no ocurrió se está fomentando el antisemitismo. Implica una acusación implícita (y en muchas ocasiones explícita) de que es una "mentira judía" y que, por tanto, los miembros del pueblo judío son mentirosos y deben ser combatidos. Este tipo de argumentaciones no sólo son propias de los neonazis, también son defendidas por los integristas islámicos y ciertos sectores de la extrema izquierda. Ejemplos de ello son los nefastos Norberto Cersole (autor argentino de obras negacionistas y cuya trayectoria vital incluye la militancia en el grupo terrorista Montoneros o el final de sus días como asesor de Hugo Chávez) y Roger Garaudy (que fuera miembro del Comité Central del Partido Comunista Francés y terminara convirtiéndose a un radical islamismo filonazi).

Sin embargo, todo ello no quita que prohibir el negacionismo –cuyos defensores denominan cínicamente "revisionismo"– es posiblemente un error. Los libros negacionistas no se fundamentan en investigación alguna, por mucho que pretendan que así es, y contienen argumentos inventados fácilmente rebatibles, pero con una apariencia de veracidad. Al proscribirlos y condenar legalmente tanto a sus autores como a quienes los distribuyen, se facilita que nazis y ultraderechistas cercanos a ellos, izquierdistas autodenominados "antisionistas" (forma políticamente correcta de declararse judeófobo) e islamistas digan que está "prohibido investigar el Holocausto" y que esto se debe a que es mentira.

Por muchos mecanismos que se traten de poner para impedir la difusión de las mentiras negacionistas, sus defensores y propagandistas siempre encontrarán maneras de divulgarlas. Si hace años se hacía mediante la publicación de estos materiales en países donde no estaban prohibidos para introducirlos después en los lugares donde sí lo estaban, ahora con internet es mucho más simple. Al tratar de poner coto a esto, tan sólo se consigue que los negacionistas tomen una pose victimista y reclamen cínicamente (pues no creen en ella) libertad de expresión. Y esto puede llegar a convencer a algún despistado y, sobre todo, refuerza a los convencidos. De hecho, estos adoptan una posición de "perseguidos" que les hace inmunes a los argumentos reales.

La negación del Holocausto resulta moralmente aberrante y debe de ser combatida. Pero la prohibición es una vía equivocada y contraproducente. La forma correcta es hacerle frente mediante la divulgación de la verdad del horror de la Shoah.

Sofismas económicos del siglo XXI

Dicen que Protágoras, señalado por Platón como el primer sofista de la historia, aceptó como alumno a un joven sin recursos con el compromiso de que pagara sus servicios cuando ganara el primer litigio. Pero, pasado el tiempo de formación, el pupilo no ganaba ningún juicio. La razón era que no aceptaba litigios. Así que Protágoras le demandó presumiendo mala fe por parte del alumno. El juez fue incapaz de proclamarse al respecto dado que si le daba la razón al alumno, entonces éste debería pagar a Protágoras por haber ganado un juicio y si, por el contrario, Protágoras ganaba, el alumno tenía que pagarle igualmente por haber actuado de mala fe.

Este ejemplo, sea leyenda o historia real, muestra en qué consistía la habilidad de los sofistas. Normalmente, hoy en día, le atribuimos al término sofisma un significado peyorativo, ya que presuponemos que se defiende una falsedad haciéndola aparecer como cierta mediante el arte de la retórica, o simplemente de la palabrería.

Los sofismas no son algo de épocas pasadas alejadas de nuestro moderno siglo XXI, más bien al contrario, vivimos en un mundo que se sustenta en falacias resistentes a todo defendidas por personas con formación impecable. Se pregunta Steve Horwitz en su blog The Austrian Economists cuáles son las falacias económicas más persistentes y que más necesitan ser corregidas, tanto desde un punto de vista teórico como desde uno práctico. Las respuestas de Horwitz y las de sus comentaristas llevan a una fructífera reflexión. Solamente entresaco algunas que me han llamado la atención.

“El consumo, más que el binomio ahorro/ inversión, es la fuente del crecimiento económico”. La idea de que si cae el consumo el cielo se desplomará sobre nuestras cabezas porque los empresarios tendrán menos beneficios es, hoy más que nunca, uno de los sofismas más dañinos de la historia económica reciente. El consumo es la manera en que se absorbe la riqueza, pero no la genera. Es la expansión de los bienes de capital lo que fortalece la estructura productiva del país y, a la larga, crea riqueza. Sin embargo, nuestros gobernantes, siguiendo las doctrinas keynesianas, se empeñan en tomar medidas ante la crisis que aseguren una menor caída del consumo y olvidan que quienes permiten que se genere ese consumo son quienes invierten en bienes de capital.

“La avaricia es la causa de los precios”. Art Carden, quien aporta este sofisma moderno, explica que, además de las medidas perniciosas que conlleva esta creencia errónea, como el control de precios, etc., hay un efecto de mayor calado. Las decisiones respecto a la producción y la asignación de recursos no deben dejarse en manos de cualquiera no vaya a ser un egoísta con ánimo de lucro, tienen que tomarlas los planificadores, superiores moralmente, incorruptibles, exentos del vicio de la codicia y un ejemplo a seguir. Carden, da una vuelta de tuerca más y plantea que esta clase que se considera moralmente superior utiliza a quienes desean lucrarse, a los “egoístas”, para implementar su utopía igualitarista.

Esta idea me trae a la memoria la discusión que tuve con un amigo acerca de si educamos a los niños en el egoísmo o en el igualitarismo. ¿Qué pensaríamos de un padre que aconseja a su hijo antes de ir al parque que organice un grupo con sus amigos para quitar por la fuerza los juguetes a los niños más ricos para dárselos a quienes no tienen? ¿Qué apelativo dedicaríamos a quienes defendieran que el resultado del esfuerzo de los empollones debería repartirse con quienes tienen menos capacidad? ¿Por qué no compensar a los alumnos que tienen déficit de voluntad, es decir, a los vagos?

Lo que enseñamos a los niños desde siempre es que hay reciprocidad “tu prestas y te prestan”, les enseñamos a intercambiar cosas valiosas (cromos, canicas, tazos…) como medio de redistribución, les enseñamos altruismo voluntario, a no aprovecharse del esfuerzo ajeno copiando en los exámenes. Pero de mayores jugamos al sueño igualitario.

Hay otro sofisma económico moderno con muchas ramificaciones perniciosas:

“El mundo (y, por ende, los fenómenos económicos) es estático”. Esa idea conduce a las políticas que promueven la sostenibilidad. Los mercados son inestables, la naturaleza es inestable, es necesario diseñar un plan para estabilizar los mercados, para asegurar que tenemos planeta para rato. Pero lo cierto es que vivimos en un mundo en permanente proceso de cambio, nuestra naturaleza humana nos hace imprevisibles (a unos más que a otros), y pretender que se pueden sacar conclusiones acerca de sistemas dinámicos mediante un análisis estático en lugar de estudiar los procesos de mercado es una barbaridad. Y eso es lo que se enseña en las facultades de economía en general.

A nadie se le escapará que fue Frédéric Bastiat antes que yo quien escogió el título Sofismas Económicos (1845) para uno de sus primeros escritos. En él, el economista francés (nunca suficientemente reconocido) intentó señalar los errores más comunes que se esgrimían contra el libre cambio a mediados del siglo XIX. En la introducción, Bastiat explica que los intervencionistas tienen una ventaja sobre los defensores de la libertad que pone las cosas más difíciles. Para sustentar sus malas políticas no necesitan sino verdades incompletas, que son asimiladas por el público común fácilmente y arraigan con fuerza. Nuestra misión es desmontar esas medias verdades que generan errores de larga duración aunque ello nos cueste áridas explicaciones. Como dijo Bastiat, “destruir un error es edificar la verdad contraria”.

El androide de Google

Que Android sea una plataforma libre donde cualquiera puede desarrollar aplicaciones debería abrirle mucho el camino, pero por ahora no está siendo así. Google está sintiendo en sus carnes unas barreras de entrada que no encontró cuando comenzó a competir con otros buscadores. En el mercado de la telefonía móvil las operadoras y los fabricantes de móviles tienen mucho que decir en el desarrollo futuro del sector y tienen miedo a que Google cobre el mismo peso que tiene en internet.

Marcas como Nokia y Blackberry no quieren ver sustituidos sus actuales sistemas operativos por Android y pelean junto con otras para que el sistema de Google se instale de serie en la menor cantidad de terminales posibles. Microsoft también está en esa batalla, pero ya ha visto que la compañía HTC, que tradicionalmente instalaba de serie su sistema operativo Windows Mobile, va a instalar, cuando esté listo, el sistema operativo de Google. Los sistemas operativos, como ha demostrado el iPhone de Apple, son fundamentales para el desarrollo de una internet móvil real, y los fabricantes y operadoras saben que en estos momentos alrededor de los mismos se está decidiendo el reparto del mercado para los próximos años. Además de las luchas que el propio mercado produce, Google se encuentra con otro inconveniente: Android no estará listo para la fecha prevista de lanzamiento. Ahora se espera que esté preparado a finales de 2008 o a principios de 2009. Andy Rubin, director de las plataformas móviles de Google, ha declarado que desarrollar un software como este y a su vez insertar todas las características que piden sus socios (fabricantes, operadoras y desarrolladores) es muy complejo. Esto ha hecho que la fecha de finalización se haya alargado.

Todo parece indicar que mientras Google está sudando como nunca para sacar adelante este producto, otros fabricantes como Blackberry o Apple están mejorando sus respectivos sistemas, y Microsoft todavía no da su brazo a torcer. Vivimos un momento apasionante en este sector, donde en los próximos meses veremos cómo un mercado competitivo nos ofrece más y mejores soluciones a los usuarios.

El predecible fiasco de la predecibilidad

No nos gusta lo impredecible. Al ser humano medio le gusta saber lo que le va a pasar a lo largo del día, por eso somos tan dados a crear rutinas, que por otra parte nos permiten centrarnos en otros asuntos, quizá más importantes. Al ser humano medio le gusta oír que todo va a ir bien, que la economía se va a recuperar, que los buenos tiempos van a volver, que ese problema que nos agobia, terminará solucionándose. Nos gusta organizar nuestro futuro sobre la certeza y por eso pedimos predicciones, compramos predicciones y lo hacemos a muy buen precio, dado el sueldo de algunos consultores. Tanto nos gustan las predicciones que las del tiempo meteorológico se han convertido en programas televisivos con entidad propia, sus presentadores son verdaderas estrellas y hasta se han generado canales temáticos exclusivos.

Pero como somos humanos y no nos gusta dudar de nuestras propias certezas, no comprobamos cuántas de esas predicciones que hemos escuchado, o que hemos adquirido, se han terminado por cumplir, a tiempo y con un error asumible. Cuántas veces los políticos que hemos elegido han decido cambiar tal o cual variable económica que hasta hace poco juraban y perjuraban que se iba a mantener. El ministro Pedro Solbes ha modificado más de una vez su pronóstico de crecimiento económico para España con la desvergüenza del que se sabe seguro en su cargo. Cuántas veces se ha asegurado que una ley va a terminar con un mal que asola España, para meses después callar cuando, por ejemplo, el número de mujeres muertas a manos de sus parejas, dicen que sentimentales, sigue en niveles parecidos, sino superiores, a los que había antes de la promulgación de la Ley.

No aprendemos, les seguimos votando y no les pedimos responsabilidades por sus errores. Los políticos lo saben. Siguen vendiendo certezas en sus campañas electorales y la gente las compra, les guste o no, cuando paga impuestos. Si me votas a mí, todo será maravilloso, no así si votas a ese mendrugo, que además le huele el aliento y sufre almorranas en silencio, porque no es lo suficientemente valiente para admitirlo.

Un plan es un fracaso seguro si lo que se busca es que éste se complete en todos sus puntos. Por eso no funciona el socialismo, por eso no funcionará nunca un sistema que antepone la utopía y una artificial manera de conseguirla como objetivo. Pero que nadie se llame a engaño, los grandes planes fracasan por lo general en cualquier plano, público o privado. Cuántas empresas entraron en el nuevo año sin saber que a finales ya no iban a existir. Cuántas hicieron planes, calcularon sus objetivos financieros con datos que se salieron de todas sus previsiones, previsiones que habían pagado a prestigiosas consultoras. Algunas empresas sobreviven porque son flexibles, porque son capaces de adaptarse a las circunstancias haciendo sacrificios o aprovechando oportunidades, porque son conscientes de que se arriesgan, que pese a todo pueden hundirse, pero también alcanzar la gloria. Por eso no funciona el socialismo, el intervencionismo, porque sólo es rigidez, cuando realmente lo que buscamos es lo contrario.

La gente busca certeza, pero debería percatarse que nada en este mundo es cierto y que en un momento dado, todo puede cambiar, tus ahorros perderse en una mala racha o multiplicarse en una brillante operación. No sabemos qué va a pasar, no tenemos suficiente información, entre otras cosas porque ni si quiera se ha creado todavía eso que a lo mejor, cambiará nuestras vidas. Por eso no funciona el socialismo, porque lo predecible es mentira, un fiasco.

Los problemas del crudo están en la superficie

El precio del barril de crudo traspasó los 144 dólares el pasado mes de julio y su suelo de resistencia está en torno a los 105. Los poderes públicos y sus economistas a sueldo lo tienen claro: lo determinante ha sido la especulación, por tanto hay que regular más el sector financiero para que los inversores no entren en los mercados de futuros libremente.

Es lo típico del dirigismo económico, a saber, crear un chivo expiatorio (con visos de veracidad) al que poder achacar todos los males de la situación para tener justificación de intervenir más en el "deficiente" mercado y, de paso, ocultar otros motivos bien reales del alza del precio del crudo en los últimos años pero incómodos de reconocer; a saber:

  • Producción (oferta) insuficiente o, al menos, demasiado ajustada o rígida que, junto a la creciente demanda inelástica, supone una combinación explosiva. Lo siento por la imaginería progre, pero todas las petroleras juntas, las llamadas International Oil Companies (IOC), tales como ExxonMobil, Chevron, ConocoPhillips, BP, Shell, etc., por mucho poder que se les atribuya, sólo aportan un 10% de la producción mundial y mantienen sólo un 3% de las reservas actuales. Si hay que buscar responsables por parte de la deficiente oferta hay que mirar más bien a los gobiernos petroleros.

    El 97% de las reservas actuales y más del 80% de todos los recursos mundiales de hidrocarburos están en manos (más bien manazas) públicas mediante las llamadas National Oil Companies (NOC) bien directamente o bien por sus contratos con las petroleras internacionales. Ejemplos de NOC son, Pdvsa (Venezuela), Petrobras (Brasil), Pemex (México) Aramco (Arabia Saudí), NIOC (Irán), Gazprom (Rusia) o Pertamina (Indonesia).

    Se sabe que los gobiernos petroleros otorgan desde hace años renovaciones o licencias de nuevas explotaciones de forma casi exclusiva a sus propias compañías NOC que, por su voracidad recaudatoria, tan sólo explotan los yacimientos descubiertos por las IOC (lo fácil) mostrando una aversión congénita a explorar y evaluar nuevas zonas (lo difícil).

    Por su parte, el cártel de la OPEP, que controla el 40% de la oferta mundial y casi un 70% de todo lo que se negocia internacionalmente, asegura que la producción actual de 86 millones de barriles diarios es suficiente. A pesar de que no lo desmienta la Agencia Internacional de la Energía –adversario teórico de la OPEP que representa a los países consumidores– parece que las expectativas del mercado apuntan hacia otra dirección.

  • Devaluación brutal del dólar debida a la mala práctica de la Fed de bajar agresivamente los tipos en EEUU para salvar el sistema financiero americano. Lleva aparejado, entre otros efectos perturbadores, el deterioro de los ingresos por ventas de petróleo de los países productores que se ven abocados a subir, lógicamente, su precio referenciado a dólares.

  • Inestabilidad geopolítica de los países exportadores tanto real (Nigeria, Irak) como latente (Irán, Venezuela, Rusia) que obliga a pagar suculentas primas de riesgo para garantizar su suministro.

  • Aumento de población mundial y despegue económico de países emergentes, especialmente China e India. Es más, ciertos países (India, Malasia, Indonesia, Sri Lanka) han subsidiado los combustibles para no alterar su producción. Con esta intervención pública sus ciudadanos ignoran su encarecimiento y la demanda tarda en modularse en ellos.

  • Aumento progresivo del "Government take" que las autoridades nacionales (intentos incluidos de la ex-candidata americana) han venido imponiendo a las IOC. Esta confiscación ha pasado en la mayor parte de los casos a un 90% de la rentabilidad de la explotación de los yacimientos en origen (entre regalías, impuestos o topes a las ganancias). Además está la altísima fiscalidad del crudo en los países de mayor consumo. Estos bocados de los gobiernos en ambas puntas impiden aumentar el beneficio y, por ende, las inversiones de las IOC y otras empresas para desarrollar las innovaciones tecnológicas tan deseadas en perforación, producción, recuperación o refino para atender la demanda creciente. Recordemos que las NOC están a otra cosa (al mero recaudar sin la mirada empresarial).

  • Falta de inversión, cuadros profesionales y tecnología adecuada para perfeccionar y extender todas las actividades del upstream (exploración, evaluación y producción) y del downstream (transporte, refino, petroquímica y comercialización). El crudo vale cero si no llega al depósito del motor de transporte (como gasolina o gasóleo), del avión (como queroseno) o se transforma en derivados, plásticos, lubricantes o, simplemente, en energía. Desde 1986 a 2002 los bajísimos precios del mercado (25-30 dólares por barril de media) no estimularon la anticipación inversora necesaria para atender la actual demanda. El tiempo está maduro para invertir en explotaciones de nuevas zonas menos accesibles ahora que los precios de mercado están por encima del coste marginal de los campos menos productivos. No obstante, las presiones que algunos ejecutivos "petronacionalistas" ejercen sobre las IOC (rompiendo contratos unilateralmente, cambiando las reglas de juego y elevando aún más la presión fiscal) han creado una inseguridad jurídica que desalienta el acometer grandes proyectos intensivos en capital que necesitan largo tiempo de maduración.

  • Intensificación de la especulación o inversión financiera en mercados de futuros de commodities (entre ellas el crudo) huyendo de otros activos poco fiables o de bajo rendimiento. Como causa sobrevenida del encarecimiento del crudo está, efectivamente, este ligero trasvase de los activos dentro de las carteras de muchos inversores particulares e institucionales al haberse convertido el mercado de petróleo, y el de otras materias primas, en un activo refugio. Pero esto es un síntoma, no el fundamento del alza del precio del barril del crudo. Además, la responsabilidad última de que la conservación de los saldos líquidos en dólares les queme "gesellianamente" en las manos a los inversores ha sido de los bancos centrales (especialmente la Reserva Federal) por sus temerarias políticas llevadas a cabo de expansión crediticia sin respaldo de ahorro verdadero.

Pese a que lo que vende más son las anteojeras interesadas de los planificadores estatales, lo cierto es que, si nos fijamos en todos y cada uno de los factores antes mencionados, es siempre de algún modo u otro el quehacer de gobiernos públicos el causante directo o mediato del actual desajuste entre la oferta y la demanda del crudo que no se produciría con tal intensidad de haber un mercado con menos presencia gubernamental.

Con ocasión del último Congreso Mundial del Petróleo celebrado recientemente en Madrid, el representante de BP comentó con acierto en su exposición que los problemas del crudo están más en la superficie de la Tierra (maniobras políticas) que en su subsuelo.