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El cinismo llega a la calle

Eso es al menos lo que puede imaginar uno al leer que el secretario general de la Federación Catalana del Taxi, Josep María Goñi, ha dicho que el profesional del sector es una "persona altruista". Y claro, tanto altruismo justifica que pretendan que las autoridades prohíban a los demás divertirse como les apetezca sin hacer daño a nadie.

Debemos reconocer que un videojuego consistente en asesinar taxistas puede ser de mal gusto. Sin embargo y por fortuna, la zafiedad, la horterada, lo escatológico y la mayor parte de las expresiones de más que dudoso buen gusto son legales. Si no fuera así, miles de personas (incluidos numerosos políticos, cantantes, periodistas y taxistas) estarían entre rejas. Además, resulta bastante improbable que la imagen de una profesión se vea afectada por un videojuego consistente en acabar con la vida de quienes se dedican a ella. De hecho, si son todos tan altruistas como pretende el señor Goñi, cualquier cliente comprenderá la realidad enseguida. ¿Quién va a tener algo en contra de unos señores que te transportan gratis, te invitan a tomar algo y te regalan dinero?

Es cierto que los taxistas no gozan de una buena imagen en general. Una prueba es el apodo castizo para referirse a ellos. Cuando en Madrid (desconozco como es en el resto de España) alguien comenta que ha llegado en un "pelas" o un "pesetas", todo el mundo comprende que ha tomado un taxi. Pero eso no se debe a videojuegos o películas. La culpa la tiene una parte de los profesionales del ramo, que lejos de ser altruista no duda en intentar incrementar el precio de la carrera como sea. En realidad, es un sector como cualquier otro.

Por mi propia experiencia en ciudades tan diferentes como la capital de España, Burgos, Barcelona, Toledo, Jerusalén o Washington, puedo dar fe de ello. He encontrado tipos que me han dado largos rodeos para cobrarme más, y otros que han parado el taxímetro antes de terminar la carrera debido a que no conocían bien el camino y existía la posibilidad de haber hecho un trayecto más largo del necesario. Mi opinión sobre cada uno de ellos se basa en mi experiencia, no en el Grand Theft Auto IV, al que no he jugado ni tengo intención de hacerlo.

Y si el juego de marras transmite imágenes estereotipadas, eso tampoco justifica que se pretenda prohibirlo. Al menos en esta ocasión el señor Goñi reconoce que desde su Federación han pedido medidas similares contra alguna película. Lo suyo no es rechazo a los videojuegos que no les dejan bien parados, es rechazo a la libertad de expresión en general cuando esta no sirve para elogiarlos. Bien pensado tal vez me eche una partidita a Grand Theft Auto IV. Para fastidiar a D. Josep María, más que nada.

Los pesetas piden censura

A Zapatero este asunto le preocupa de forma relativa. Precisamente en estos momentos anda correteando detrás de las garcetas en las marismas de Doñana mientras Sonsoles ordena al servicio el menú de la cena, que es lo que se espera de un gran estadista en momentos de crisis.

Pues bien, a pesar de que la gravedad de la situación es tan evidente, y la inactividad del Gobierno tan palmaria, la mayoría de la gente sigue opinando que el ZP y sus ministros tienen poco o nada que ver con la crisis desaforada que azota a nuestra economía. Es asombroso cómo muchos que van a ir al paro en cuestión de unos meses repiten las consignas de la izquierda como si fueran Pepiño Blanco, pero sólo hay que escucharles para comprobar que es así. Haga una encuesta a su alrededor y verá cómo la mayoría de sus conocidos comparte la opinión de que se trata de una crisis financiera originada en los EEUU por culpa de los bancos, ante la que ningún Gobierno, ni siquiera el eficacísimo gabinete ZP, puede hacer prácticamente nada. Y se quedan tan anchos.

Por lo visto nadie se acuerda de la terrible situación que la última oleada de socialistas legó al primer Gobierno de Aznar y de cómo el nuevo presidente demostró que sí se podía hacer mucho desde el Gobierno para superar las dificultades y pulverizar el récord de crecimiento y bienestar económico en un plazo muy breve. Aznar congeló el sueldo de los funcionarios y redujo el gasto público. Zapatero ya ha dicho que va a seguir repartiendo el dinero público a espuertas. El PP bajó los impuestos a las familias, Sebastián nos va a dar dos bombillas. Los populares tenían a Rodrigo Rato en el Consejo de Ministros, ahora tenemos a Bibiana Aído… y siga usted añadiendo diferencias, que las hay a miles. Pues bien, la mayoría de la gente sigue pensando que el PP no lo haría mejor que la actual tropa progresista.

Y si este mes ganamos veintitrés medallas en los juegos y superamos la marca de Barcelona 92 la gente se irá al paro todavía más contenta. Y agradecida a ZP, a Sonsoles y a toda su familia. No sé como lo hacen, pero manipulando las mentes los socialistas no tienen rival.

Neutralidad de red

Según la Wikipedia cuando hablamos de neutralidad de red hacemos alusión a un principio aplicable a las redes de banda ancha de uso residencial (de las que internet es el paradigma), y potencialmente a todas las redes de comunicación, describiendo cuál debería ser el tratamiento del tráfico que circula a través de ellas. En definitiva, cuando hablamos de una red neutral nos estamos refiriendo a aquella que está libre de cualquier tipo de restricción.

Esta misma semana, la FFC estadounidense (la comisión federal de comunicaciones), ha castigado a Comcast por bloquear las transferencias de sus usuarios, ya que el proveedor de internet violó una norma federal al bloquear las transferencias de algunos usuarios el pasado año. Aunque no lo ha sancionado este castigo sienta un importante precedente, ya que obliga a los proveedores a modificar la forma en la que gestionan su red, además de garantizar a sus usuarios un acceso abierto a Internet. Una vez que se publique este castigo, Comcast tendrá 30 días para revelar los detalles de sus malas prácticas en la gestión de su red y presentar un plan de cumplimiento que describa cómo acabar con estas prácticas, además de revelar a los usuarios y a la comisión su nuevo plan. Aunque el fallo de la FCC fue muy ajustado, 3-2, revela que en los EEUU se toman muy en serio la neutralidad de red, y han dejado claro que los proveedores no deben restringir el acceso a ella.

Comcast realizó estas prácticas al bloquear lo que ellos consideran eufemísticamente como transferencias pesadas, como son las procedentes de Sitios Web como BitTorrent o similares. En los EE.UU. a Comcast le castigan, en Europa a los países que quieren realizar estas prácticas casi les jalean. Hace apenas un mes se presentó en Francia el proyecto de ley para desconectar de internet a los usuarios de redes P2P y ni se atisba que estos temas se discutan seriamente en la Unión Europea y en sus respectivos países. Es decepcionante, ya que tanto la posición de las empresas privadas de telecomunicación como la de los defensores de internet como una red libre de restricciones debe ser escuchada, es un debate tremendamente interesante.

El co-inventor del protocolo de Internet, Vint Cerf, cree que la neutralidad de la red es fundamental para preservar nuestras libertades, que "Internet fue diseñada sin ningún guardián sobre nuevos contenidos o servicios. Una suave pero aplicable regla de neutralidad de red es necesitaria para que internet continue creciendo". Otras personas, como los representantes de las telecos opinan los contrario, algo fantástico. Sólo nos queda que el debate llegue a los ciudadanos para que puedan influir en quienes lamentablemente toman las decisiones, los políticos.

Garantizar la independencia judicial y el Estado de Derecho

Resulta vergonzoso observar el reparto que llevan a cabo los principales partidos políticos nacionales de los miembros del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ).

Para garantizar el Estado de Derecho, es imprescindible que los jueces sentencien con independencia sobre los actos administrativos del Gobierno y sobre las leyes del Parlamento. Pero si los órganos de dirección de los jueces son elegidos por los políticos, la libertad del poder judicial se quiebra y, paulatinamente, los ciudadanos asisten a un espectáculo dantesco de sentencias politizadas, arbitrariedades, desigualdad ante la ley y rápido ascenso de los jueces y fiscales que consienten las tropelías que bajo el manto de la política ejecutan sus protagonistas.

Ya era calamitosa la situación de politización del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) como institución que, según el artículo 122 de la Constitución, debe velar por la independencia de los jueces y magistrados frente a los demás poderes del Estado.

Pero PSOE y PP volverán a demostrar su espíritu liberticida al aplicar la ley orgánica que les permite repartirse la renovación del CGPJ entre jueces acólitos, en vez de buscar una fórmula que faculte a los propios jueces para elegir a los candidatos más idóneos.

Nada nuevo podía esperarse de los grandes partidos nacionales que guían torticeramente la justicia para lograr sustentar con sentencias favorables una deriva intervencionista, al parecer orientada a instaurar un cambio de régimen en España basado en cuatro pilares básicos: la consolidación legislativa del nacionalismo secesionista, el abandono a su suerte de los ciudadanos no nacionalistas, la negociación con los asesinos terroristas y, la ruptura del modelo de Estado instaurando un confederalismo asimétrico que pueda sustentar la futura independencia de regiones.

Sin apego real por la libertad, los partidos políticos en el poder se han dedicado a controlar los medios de comunicación y a callar a los periodistas críticos. Sin apego real a la separación de poderes, sus dirigentes se han aplicado a seleccionar convenientemente aquellos jueces y fiscales plegados a sus políticas de ingeniería social.

La erosión nacionalista causada a la democracia en España ha sido posible por la carencia de sentido de Estado de toda una generación de políticos, herederos de las ideas de propaganda y de dirigismo social del régimen anterior, tanto en la oposición como en el poder.

Sin embargo, los atropellos a los derechos individuales a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la igualdad ante la ley que están sufriendo cientos de miles de personas en regiones como el País Vasco, Cataluña y Galicia, deberían abrir los ojos a miles de ciudadanos sobre la importancia de recuperar the Rule of Law. Su voto inteligente será clave en las elecciones venideras para consolidar proyectos políticos que propugnen una reforma seria y profunda de la Constitución.

En escritos anteriores, analizamos algunas fórmulas que se pueden introducir en la Constitución como la tutela judicial efectiva sobre los derechos individuales, la independencia del Tribunal Constitucional, la introducción de garantías para la educación libre y el uso y enseñanza del castellano como lengua común, la legislación para evitar el secesionismo totalitario, el referéndum en las decisiones políticas trascendentales, la democracia interna en los partidos políticos, o un sistema electoral a doble vuelta.

Antes que permitir avanzar el paulatino cambio de régimen en España, se deberían debatir una propuesta que proponga garantizar la independencia del Consejo General del Poder Judicial con la reforma del artículo 122 , así como otra que dote de independencia al Fiscal General del Estado con cambios en el artículo 124, mediante el alejamiento de sus altos cargos y profesionales del ámbito político.

Reconstruir la separación de poderes y el Estado de Derecho en España va a ser una tarea difícil, pero esencial si queremos garantizar la convivencia pacífica sin límite en el tiempo.

En esa línea debemos seguir trabajando ya que, tal y como señala el profesor Pedro Schwartz en su ensayo En busca de Montesquieu, a pesar de los políticos intervencionistas "existen en la sociedad moderna tendencias espontáneas que la empujan hacia mayores grados de libertad. Ahora es el momento, pues, de intentar una reconstrucción del constitucionalismo liberal, cuyas bases echaron Montesquieu, Locke, Madison, Tocqueville y los demás grandes filósofos de la división de poderes".

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De Solzhenitsyn y España

Sólo por eso mereció el odio africano de la izquierda patria. Pero ese sentimiento se multiplicó el día que le entrevistó José María Íñigo. Él, que sabía lo que de verdad era una dictadura, consideraba la de Paco Franco poco menos que un juguete roto al lado de la maquinaria, engrasada con sangre, del socialismo en Rusia.

¿Una dictadura? ¡Pero si aquí se podía comprar una fotocopiadora! Es indudable que la de Franco fue una dictadura con todas las de la ley, pero por más que se quiera sustituir su historia por una caricatura, no es en absoluto comparable con el nacional socialismo o con el socialismo así, a secas, que pretendían el control absoluto de la sociedad, la implantación de un hombre y una sociedad nuevos, los ideales que muchos pronuncian una y otra vez como exaltación de la virtud y la justicia y no de la barbarie y la destrucción. La igualdad real es el mejor nombre que ha encontrado el crimen.

El día que pueda llegar el juicio de la Historia sobre Franco, caerán sobre él muchos juicios severos; especialmente sus concesiones a la venganza y al exterminio en sus primeros años y, también entonces, su política económica que fue padre y madre del hambre de postguerra. Pero no fue un régimen totalitario… porque no pretendió controlar (del todo) la economía. La sociedad se basa en relaciones que habitualmente se llaman económicas, y el control de la economía es la que permite la de la sociedad. Esta fue la principal diferencia entre los regímenes totalitarios, como el que denunció Solzhenitsyn y aquellos en los que, como en España, se podía hacer una fotocopia simplemente entregando el símbolo de la libertad, que es el dinero.

Midori, la jubilación de Windows

El último, bastante razonable, consistiría en que este lanzamiento se centraría más en eliminar los principales fallos de la última versión de Windows, especialmente en rendimiento, y que tendría pocas novedades técnicas aparte del interfaz multitáctil al estilo del iPhone.

Por tanto, Windows 7 no serviría para desvelar qué rumbo planea seguir Microsoft con su exitoso sistema operativo; habría que esperar a una versión posterior que, según SDTimes, ya estaría desarrollándose. Se llamaría Midori y supondría, en cierto modo, la jubilación del viejo Windows. Estaría desarrollándose desde cero y supondría un rediseño total tanto a nivel de código como a nivel de concepto, pues se pensaría asumiendo que internet ha cambiado lo que esperamos de un sistema operativo.

¡Un momento! ¿Significa eso que dejarían de funcionar todas las aplicaciones y juegos diseñados durante las últimas décadas para Windows? Pues no. Si existe una razón principal de lo mucho que se ha tardado en terminar Vista y sus numerosos problemas es precisamente la necesidad de ser compatible hacia atrás. Para Microsoft es esencial que esa característica permanezca, porque en caso contrario no podría venderle el nuevo sistema operativo a nadie.

¿Entonces? ¿No habíamos quedado en que el nuevo Midori estaría creado desde cero? Sí, pero se aprovecharía de las capacidades de los microprocesadores modernos, que pueden ejecutar más de un sistema operativo a la vez sin pérdida de rendimiento gracias a una tecnología llamada virtualización. Por resumirlo, Midori sería un sistema operativo completamente nuevo, pero si intentamos ejecutar una aplicación diseñada para Windows XP, se arrancará un mini-XP para que pueda funcionar sin problemas, al igual que hace en los ordenadores de Apple una aplicación llamada Parallels, que permite ejecutar programas de Windows desde un Mac.

Solventado de este modo el problema de la compatibilidad hacia atrás, Midori podría tomarse todo tipo de libertades. Por ejemplo, ejecutaría sólo código .NET, lo que restringiría mucho las alegrías que pueden tomarse los programadores de aplicaciones y los consiguientes problemas de seguridad. Pero la principal novedad sería de diseño. Windows se pensó para una época en que los ordenadores personales funcionaban en solitario o, como mucho, en una red local. Internet no era más que una promesa en la que, de hecho, Microsoft no creía demasiado. Ahora, la manera en que empleamos los ordenadores depende extensamente de internet. De hecho, la mayor parte de las cosas que hacemos las llevamos a cabo en la red de redes, y sin ella nos sentiríamos tan perdidos e inútiles como Enjuto Mojamuto en el peor día de su vida.

Midori, en teoría, pondría a disposición de los desarrolladores un sistema en que tanto los componentes como los datos podrían estar alojados en el ordenador o en internet de forma transparente. Es decir, el espacio de alojamiento podría ser nuestro disco duro, o estar en un lugar seguro dentro de la red, o ambas cosas al tiempo. Podríamos guardar un documento desde Word y que "Mis documentos" estuviera en un servidor de Taiwán, de modo que al abrirlo desde el ordenador de la oficina o desde el móvil lo tuviéramos ahí. O que lo mantuviera en nuestro disco hasta que nos conectáramos, moviéndolo entonces. El modelo también facilitaría la programación concurrente, aprovechando mejor los actuales procesadores de varios núcleos. No es que ahora no se pueda hacer, pero es tremendamente complicado y requiere a verdaderos (y escasos) especialistas, de modo que es habitual aprovechar a la vez sólo una mínima parte de nuestras CPU.

También podría quedarse todo esto en un mero proyecto interno de investigación. Pero es bueno saber que algo nuevo se mueve en la empresa que, hoy por hoy, sigue siendo la más grande, por más que su estrella parezca decaer a favor de Google.

La izquierda mata

Y es que el Estado, como entidad, ha sido el responsable del asesinato de decenas de millones de vidas a lo largo de las últimos tiempos.

El grueso de dicha masacre ha tenido lugar, sobre todo, durante el pasado siglo XX con el estallido de las dos Guerras Mundiales que asolaron el planeta y el auge del Estado totalitario que, en manos de los comunistas y los nacional-socialistas acabaron con millones de cadáveres a sus espaldas. Ninguna plaga, enfermedad o catástrofe natural registrada ha podido superar, ni de lejos, la capacidad de destrucción que ha demostrado la dirección del poder político al frente del monstruo estatal.

Tal y como recoge El Libro Negro del Comunismo, la ideología de izquierdas por excelencia puso en "funcionamiento una represión sistemática, hasta llegar a erigir, en momentos de paroxismo, el terror como forma de Gobierno". Como resultado, la práctica de este pensamiento se ha cobrado cerca de 100 millones de vidas: 20 millones bajo el yugo de la Unión Soviética, unos 65 millones en la República Popular China, 1 millón en Vietnam, 2 millones en Corea del Norte, 2 millones en Camboya, 1 millón en los regímenes comunistas de Europa oriental, 150.000 en Latinoamérica, 1,7 millones en África, 1,5 millones en Afganistán y unas 10.000 muertes provocadas por "el movimiento comunista internacional y partidos comunistas no situados en el poder".

Y ello sin tener en cuenta la barbarie llevada a cabo por los regímenes nacional socialistas en la primera mitad del pasado siglo. Pese a ello, el ciudadano medio sigue confiando ciegamente en el papel protector del Estado y, por lo tanto, en la supuesta lógica que orienta las decisiones políticas de nuestros dirigentes. Algunos dirán que el riesgo de un Estado totalizador ha quedado atrás. Sin embargo, en la actualidad tales riesgos persisten, puesto que los gobiernos siguen disponiendo de sofisticadas herramientas de control político y económico. Sólo que ahora sus efectos se materializan en pobreza y subdesarrollo.

Véanse si no las barreras administrativas y económicas que mantienen la gran mayoría de los países desarrollados (sobre todo la UE y EEUU) para dificultar el comercio internacional con el Tercer Mundo de alimentos, cereales y una gran variedad de materias primas. Sin embargo, las consecuencias de tales políticas son ampliamente superadas por una estrategia mucho más peligrosa: La lucha contra el supuesto cambio climático. Así, el absurdo intento por frenar un ligero calentamiento del planeta que, según numerosos científicos, responde a causas naturales (derivadas de la acción solar), amenaza con impedir el ansiado desarrollo y progreso económico de cientos de millones de personas.

No es algo nuevo. En el pasado reciente, los grupos ecologistas, apoyados fervientemente por la izquierda política en su conjunto, pusieron en marcha apocalipsis climáticos de diversa índole cuya responsabilidad recaía en la acción del hombre y, sobre todo, del libre mercado. Sin embargo, con el paso de los años, tales mitos acabaron siendo desmentidos por la realidad.

Si tan sólo una décima parte de las profecías apocalípticas anunciadas por el ecologismo a lo largo de las últimas décadas hubiera llegado a materializarse, en la actualidad la raza humana habría desaparecido del planeta o, como mínimo, entraría a formar parte del listado de especies en peligro de extinción.

En 1960, el científico ecologista Paul Ehlrich afirmó que "la batalla para alimentar a la humanidad ha terminado. En los años 70, centenares de millones de personas morirán de inanición". Años más tarde profetizó la muerte de 4.000 millones de personas en la década de los 80. Entre ellas, 65 millones de estadounidenses. La única solución: imponer el "control de la natalidad" a través de la esterilización masiva.

Asimismo, la doctora Jane Goodall –Premio Príncipe de Asturias en 2003, al igual que ahora el afamado Al Gore– es fundadora del Optimum Population Trust, una organización que, entre otras afirmaciones, advierte de que tener familias numerosas constituye un "ecocrimen". Goodball es tomada como un referente entre las filas ecologistas y socialistas.

Un ejemplo aún más elocuente de los efectos de este tipo de ideologías fue la prohibición del DDT (un tipo de insecticida) aprobada en 1972. Como resultado, en la actualidad, entre uno y dos millones de personas continúan muriendo de malaria cada año –de 30 a 60 millones de vidas desde entonces–. Y es que el DDT es uno de los productos más efectivos que se conocen para acabar con el insecto que transmite dicha enfermedad mortal.

Su prohibición fue impulsada por los ecologistas debido a la temida lluvia ácida que, pese a todo, se ha demostrado que no presenta ningún peligro para la salud. No se engañen. Hoy asistimos a un proceso similar, sólo que, en este caso, la excusa para detener el crecimiento económico (y, por tanto, extender la pobreza) se centra en el temido ascenso de las temperaturas del planeta. Y eso que se han estabilizado desde el 2000. La izquierda, revestida ahora con su careta de salvadora de la naturaleza, no ceja, pues, en su empeño de aumentar el poder del Estado frente a la libertad de los individuos. Y como resultado, la pérdida de nuevas vidas humanas pasará a engrosar su abultada lista de víctimas.

La libertad como principio humano racional

"Libertad" es un término manoseado hasta la saciedad. Lo mismo justifica las acciones de un tirano que las pretensiones de un mafioso, los resentimientos de un bohemio o los afanes de quien aspira a una libertad igual para todos. Pero que libertad signifique tantas cosas, si es que algunas de ellas son, realmente, significaciones, no excluye la necesidad de ser racional al acercarse a su estudio. Si hay que buscar referentes de la libertad, en el último de los sentidos señalados, es en la larga lista de pensadores y actores que se alzaron contra el absolutismo en la Europa de los Austrias, en la Francia de los fisiócratas o en la tradición de pensamiento social que surge entorno a la Escuela Austriaca de economía: Carl Menger, Böhm-Bawerk, Mises, Hayek, Rothbard, Hoppe, etc.

La búsqueda de la libertad puede llevar a errores graves, sin duda, como el de no poder prever todos los engaños que los enemigos de la libertad inventan para hacer pasar por ella lo que no son más que emanaciones de su pereza mental o, peor aún, justificaciones farragosas de la servidumbre. Pero esos errores de previsión no causan refutación alguna de la libertad, sino mejoras en su perfil, más bruñido, limpio y prometedor después de identificar la burla.

Muchos de esos errores son los que uno de los grandes entre los grandes de la libertad, Ludwig von Mises, abordó en su fructífera vida. Para empezar, como los de la larga tradición intelectual en que se inserta, define la libertad en los términos más humanos, básicos y críticamente racionales que pueda concebir: la libertad es propiedad. Propiedad privada de uno mismo, de lo que produce y de lo que adquiere legítimamente. Cuando el liberalismo de Mises habla de legitimidad de la propiedad se refiere a toda aquella propiedad que ha sido adquirida con consentimiento de las dos partes. Este es el régimen natural de propiedad, aquél que todos llevamos con nosotros.

Sólo los ideólogos que miran los bienes ajenos con "visión de estado", "altura de miras" y "espíritu de sacrificio" son capaces de concebir sistemas políticos y coartadas ideológicas para que el robo a gran escala, a fecha fija y con alevosía sea para bien. Sólo quienes desde su personal código moral, concebido como los de los demás seres humanos que ostentan uno propio para su mayor gloria que no la ajena, aspiran a llenar de normas, modelos de comportamiento a los demás, sostienen la impostura del tirano. Frente a eso, los liberales decimos sólo: ¡déjennos en paz y dejen en paz a la gente!

Mises cifraba la libertad en la propiedad privada individual porque sin ella la libertad no sólo no es posible, sino que deviene en abuso. Frente al liberalismo así concebido sólo cabe, políticamente, el colectivismo, la llamada propiedad colectiva, la cual, no pudiendo gestionarse colectivamente acaba siendo apropiada por una élite. No obstante, muchos son los que conciben la libertad como el pequeño ámbito de los sentimientos, los vuelos del alma, casi inexpresables de tan íntimos, y repudian las expresiones objetivas, sociales y, por tanto, humanas de la libertad.

Entre ellos están los bohemios, los románticos que abjuran de la razón y exaltan el sentimiento, es decir, aquél ámbito en el que ellos y sólo ellos pueden ser competentes para juzgar porque la subjetividad de la íntima emoción siempre será incomparable. Estos personajes han producido obras de arte sublimes cuya validez les ha sido dada por el aprecio que han despertado, el cual se ha traducido, como no podía ser de otro modo, por la compra de sus obras con un dinero que, si bien desprecian en la oda, aprecian en la cantina.

Mises, hombre culto e inteligente donde los hubiera, mantuvo su sentimiento apasionado por la libertad con el cultivo honesto de la racionalidad. Sabía que ese era el único camino para llegar al meollo. Y, no dejándose llevar por la fantasía imposible de aplicar el método de las ciencias físico-naturales al estudio de la sociedad, se mantuvo en la tradición austriaca que arraiga en la España del siglo XVI y concibió al hombre actuante como eje de su pensamiento. No el colectivo, la tribu, las masas, la nación, el estado, no, sino el ser humano individual que siente, piensa y actúa y, al actuar, se muestra a los demás. Lo que los actos no expongan las palabras nunca dicen.

Antes de Mises, con él y después de él la Escuela Austriaca, hilo conductor de un enfoque humano de la vida social y compatible con muchas otras aportaciones filosóficas, pervivirá en la mente de muchos hombres y mujeres inteligentes y sensibles.

¡Libertad!

La vergüenza de Occidente

El sistema público de adoctrinamiento tiene su fundamento político en aquel padre desempleado que no tiene dinero para enviar a sus hijos a la escuela. El timo de las pensiones públicas obligatorias de reparto está apuntalado con el desahuciado que no puede ni plantearse para la previsión a largo plazo. Y así, suman y siguen.

La farsa no puede ser más evidente. La única posibilidad de verdadero progreso de nuestros pobres es una sociedad con impuestos bajos y un mercado laboral libre en el que se puedan cerrar todo tipo de acuerdos voluntarios entre trabajadores y empresarios. Sin embargo, los mismos que promueven múltiples restricciones a la libertad económica para presunto beneficio de los pobres, se niegan en rotundo admitir a esos mismos pobres en el club de los prósperos trabajadores. Barreras como el salario mínimo, la negociación colectiva, los impuestos a los autónomos, los gravámenes sobre el ahorro y la inversión (a menos que seas rico y puedas montarte una Sicav), y todo tipo de zancadillas son establecidas por nuestros demagogos políticos impidiendo el progreso de los más pobres.

Algo parecido ocurre en las relaciones internacionales entre gobiernos. Ministros, presidentes y burrócratas de toda índole se pavonean por los medios de comunicación hablando de la necesidad de incrementar hasta un 0,7% del PIB lo que ellos denominan ayuda al desarrollo. Con esta expresión se refieren a lo que le quitan a la fuerza al trabajador nacional para dárselo a los ricos y a los políticos corruptos de los países pobres (al menos tanto como los de aquí) así como a la industria de ONGs; esas Organizaciones necesitadas de gasto público para sobrevivir y que son legión en eso de la ayuda al desarrollo y a la pobreza.

Sin embargo, cuando se trata de dejar que los pobres se desarrollen por sus propios medios sale a la luz la hipocresía de los poetas de la solidaridad coactiva. “De eso ni hablar”. El objetivo de estos autoproclamados solidarios internacionales (que ejercen su siempre con dinero robado) no es contribuir a que los pobres del mundo puedan salir adelante, sino ganarse la sonrisa de los poderosos grupos de presión occidentales, lograr que los pobres les deban la vida y que sin sus dádivas se vuelva imposible ningún tipo de desarrollo. Se creen dioses y quieren experimentar la omnipotencia gubernamental. Y no me extraña en vista del tratamiento que reciben de una mayor parte de la población.

Así las cosas, el fracaso de la Ronda de Doha de la semana pasada no es sino la consecuencia casi inevitable de un mundo en el que ONGs, burócratas, grupos de presión y políticos occidentales justifican sus rentas con la existencia de los pobres, ya sean nacionales o internacionales. La triste realidad es que los pobres que podrían desarrollarse no lo hacen porque estas castas de privilegiados políticos les han cogido como muñequitos de trapo que usar como espantajos en su cotidiana charlatanería política. Protestan pero nadie les escucha. Los mismos sinvergüenzas han tomado a los ciudadanos de occidente como rehenes de su desmedida ambición de poder. Nosotros, por desgracia, no protestamos lo suficiente.

De Prada, seguidor de Lenin

Para quien tiene un martillo en la mano todo le parecen clavos, de modo que quien guarda un pequeño Torquemada en su corazón verá del primero al último de sus días ocasiones perfectas para darle un aldabonazo a la libertad, a la espera de que alguno de ellos sea el último y definitivo. La penúltima es la condena a Federico por sus críticas a José Antonio Zarzalejos, a quien dedica una elocuente carta.

Hasta quienes aborrecen abierta y sinceramente la libertad, como es el caso de De Prada, necesitan una idea para llevarla (otra vez) a la hoguera. Ya puestos, ¿por qué conformarse con una autoridad en la materia inferior a Lenin? Con él se encontró nuestro Fernando de los Ríos en su viaje a la Rusia soviética para preguntarle cuándo se iba a establecer allí la libertad. "Libertad, ¿para qué?", fue la respuesta del ideólogo de nuestro escritor. Pues esa es la clave. La libertad está bien, sí, pero en función de quién la tenga y para qué la utilice. De Prada: "La libertad, en sí misma, no es más que un movimiento; hace falta determinar la dirección de ese movimiento para establecer si tal libertad merece ser protegida jurídicamente."

Está todo clarísimo. Sólo que a uno le asaltan las dudas. ¿Quién establece si la dirección con que uno hace uso de la libertad es correcta o no? ¿Torquemaditas ilustres como Juan Manuel de Prada, o nos valen los que ya tenemos instalados en el Gobierno? Y ¿cuáles son los límites para cercenar la libertad? Puestos a repartir permisos de lo que se puede y no se puede permitir (siempre en nombre de la "verdadera libertad" de la que habla De Prada), tampoco hay razones para ser generoso si, como el escritor, se tiene la Verdad y la Moral siempre de su lado.

Es más, si no cabe más libertad que la que se permita para ciertos comportamientos pero no para otros es que, en verdad, no hay libertad. La libertad protege lo bello y lo feo, lo moral y lo inmoral, y tiene que ser así, porque por un lado nos permite aprender con la experiencia y por otro no cae en el error de imponer soluciones únicas… y siempre negativas.

De Prada se siente cómodo en su papel de censor frustrado. Por lo que se refiere a los demás, a quienes estamos a la espera de que el moralista nos conceda su cédula, sólo nos queda repetirnos sus palabras: "La verdadera libertad es un estado de obediencia". Amén.