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El oro, superior a sus alternativas metalicas

En los tres artículos anteriores explicamos cuáles debían ser las propiedades del dinero, por qué el oro las cumplía mejor que ningún otro material y por qué otros bienes económicos tenían defectos que los convertían en malas alternativas al oro.

En general, la mayor parte de los defectos de los bienes estudiados tenían que ver con su compleja atesorabilidad y desatesorabilidad, lo que, en principio, parece que puede solucionarse recurriendo a los metales, componentes químicos que son duraderos y transformables. Sin embargo, también el oro supera como dinero al resto de sus compañeros metálicos:

  • Hierro: Aunque fue utilizado en la Antigüedad como moneda (por ejemplo en Esparta hasta la Guerra del Peloponeso), debido a su resistencia y durabilidad, el hierro es una forma de dinero bastante mala. Cantillon ya señalaba que "no dejaría de servir como moneda a falta de objetos mejores", pero constataba que el fuego "lo consume" y que "tratándose con vinagre se deterioraba su calidad". Precisamente, las monedas espartanas de hierro estaban corroídas con vinagre para evitar que fueran fundidas para usos no monetarios, dando lugar a una galopante inflación. Además, es el cuarto elemento más abundante sobre la superficie terrestre. Basta tener presente que con un dólar pueden comprarse hoy en día aproximadamente 15 kilos de hierro en mina, lo que nos da una idea de los enormes costes de transporte y almacenamiento que tendría.

  • Cobre: El cobre fue utilizado como moneda durante las etapas iniciales de la Roma Republicana e incluso durante buena parte de la edad moderna por los países escandinavos. Sus propiedades son bastante buenas, ya que es dúctil, maleable, no tiene un punto de fusión demasiado elevado y puede fraccionarse y estamparse con facilidad. Además, su proporción stock/flujo no es demasiado elevada: a día de hoy 33, esto es, se necesitan 33 años al ritmo de producción actual para doblar la cantidad de cobre. Sin embargo, tiene algunos defectos, como su oxidación con la humedad (formando el conocido verdigris) y, sobre todo, su abundancia que eleva enormemente los costes de atesoramiento y transporte. A día de hoy, un kilo de cobre cuesta aproximadamente 10 dólares frente a un kilo de oro que cuesta 30.000 dólares (3.000 veces más). Por consiguiente, los costes de almacenamiento y transporte son mucho más altos.

  • Platino: El platino, como metal precioso, tiene propiedades muy similares al oro y de hecho muchos inversores lo consideran dinero, hasta el punto de acuñar monedas de platino. Sin embargo, su punto de fusión es mayor (1.768 grados frente a 1.064 del oro) y su ductibilidad y maleabilidad menores, lo que dificulta y encarece la manipulación del platino. Esto se refleja en los markups (margen sobre el precio mayorista) que se aplican en la acuñación de monedas. En el caso de las monedas de una décima parte de onza, en el oro pueden situarse alrededor del 20% y en el platino del 50%. Históricamente, el platino tampoco ha podido prosperar por su concentración geográfica en tres lugares concretos del planeta: en la sierra de Witwatersrand en Sudáfrica, en los montes Urales y en Montana. Si un bien no está geográficamente accesible (ya sea en términos físicos o comerciales) será muy difícil que pueda convertirse en un medio de cambio y en una reserva de valor generalizada, de modo que no habrá efectos red derivados de su uso. No en vano, el único país en el que se intentó seriamente la circulación de monedas de platino fue Rusia (y luego la URSS). Pero, sobre todo, lo que sigue impidiendo que el platino se convierta en dinero es, al contrario que en el hierro y el cobre, su enorme escasez. La producción anual es una cuarta parte la del oro y su precio el doble, lo que significa que el valor de la moneda más pequeña que se fabrica (3 gramos) supera los 250 dólares. Dicho de otra manera, necesariamente tendría que emerger una forma alternativa de dinero para transacciones de menor valor (como en su día ya realizara la plata con respecto al oro), que, en su caso, podrían ser el oro y la plata, cada uno en su ámbito.

    El platino, por consiguiente, podría utilizarse en principio como reserva de grandes cantidades de valor, para reducir los costes de atesoramiento y transporte (en el caso de operaciones para liquidar los saldos de las cámaras de compensación) con respecto al oro. Pero, dado que su producción masiva es relativamente reciente, su relación stock/flujo es del orden de 25, lo que lo hace mucho más susceptible a una caída severa de su valor si la producción se incrementara de manera sustancial. Esto no significa que en un futuro, cuando el stock de platino se haya incrementado con respecto a su flujo anual, no pueda constituirse en la reserva monetaria de alto valor de la que hablábamos, si es que sus otros inconvenientes con respecto al oro son compensados por el ahorro de almacenamiento y transporte.

  • Plata: Durante siglos la plata ha sido la hermana menor del oro, los dos metales monetarios por excelencia. Su primera aparición como dinero fue en forma de oro blanco (aleación con el oro) en Lidia, 700 años a. C. En los s. XVIII y XIX fue el patrón monetario que el mercado seleccionó en numerosos países, como EEUU, Inglaterra o China (donde todavía subsiste hoy en gran medida el patrón plata). De hecho, el oro y la plata se usaron hasta finales del siglo XIX de manera intercambiable: la plata para pequeños pagos y el oro para los grandes. Sin embargo, las normas estatales (como la Peel Act en Inglaterra y el crimen del 73 que impusieron el patrón oro o las leyes bimetálicas que infravaloraban a la plata con respecto al oro, forzando su expulsión tal y como describe la Ley de Gresham) en conjunción con las innovaciones metalúrgicas que permitieron abaratar la producción de pequeñas cantidades de oro, terminaron desmonetizando parcialmente la plata cuyo precio se hundió con respecto al oro (de valer una 1/12 parte de oro a una 1/65 en la actualidad, aun cuando en ocasiones se ha situado alrededor de 1/20 como en los años 80). En cuanto a propiedades físicas, es un poco menos maleable y dúctil que el oro, además se oxida con el ozono y se corroe con algunos ácidos y sustancias (basta que contengan azufre, como los huevos).

    Sin embargo, la plata presenta la ventaja de un menor valor unitario que, si bien eleva los costes de almacenamiento y transporte, la hace adecuada para pequeñas transacciones donde utilizar el oro puede ser prohibitivamente caro: la moneda más pequeña de la actualidad, de tres gramos de oro, tiene un valor de 90 dólares mientras que tres gramos de plata son 1,5 dólares. En un sistema monetario libre, es posible que el oro se utilizara como depósito de valor, ocasionalmente como medio de cambio (ya que las cámaras de compensación son superiores en este sentido) y que la plata se empleara, en su caso, para transacciones diarias de valor mucho más reducido. En todo caso, las reservas de oro podrían complementarse sin demasiado riesgo con las de plata (en China lo están haciendo), ya que al igual que el oro tiene un ratio stock/flujo muy elevado, superior a 70.

Doble censura olímpica

Por una parte, aceptó celebrar los juegos que comienzan dentro de unos días en la capital de una dictadura totalitaria que incluye entre sus múltiples violaciones de los derechos más elementales del ser humano impedir la libertad de expresión y el encarcelamiento de ciberdisidentes. Por otra, coarta esa misma libertad a los participantes en el encuentro olímpico.

Pueden hacerse ahora los sorprendidos. La realidad es que tan sólo a los señores del citado COI se les pudo ocurrir pensar, en el más que dudoso caso de que ello sea cierto, que los periodistas iban a disfrutar de un Internet sin censura en Pekín. Y tampoco es válida la excusa de que no pueden "decirle a los chinos lo que deben hacer" y que se las tienen "que ver con un país comunista en el que existe la censura". Tan comunista y, por tanto, dictatorial era cuando se les concedió la celebración de los Juegos Olímpicos como ahora. Ahora falta libertad como faltaba entonces. Y sí hay algo que podrían haber hecho, elegir como sede de la cita deportiva a una ciudad que estuviera en un país diferente. Los tiranos no dejan de serlo gracias a que la comunidad internacional les "haga la pelota". Más bien al contrario. Además, que después de tan patéticas declaraciones el régimen chino haya dicho que al final no va a restringir el uso de la Red a los periodistas sirve más bien de poco. Nada garantiza que vaya a cumplir su palabra, y si la cumple tan sólo existirá una isla de relativa libertad en medio del océano de represión de Internet que es China.

Pero no contentos con eso, desde el COI añaden a la censura gubernamental la suya propia. El Censor Olímpico Internacional ha tenido a bien prohibir a los participantes y otros miembros de las delegaciones nacionales realizar "artículos para prensa escrita o páginas web, o hacer un blog donde comenten sus impresiones sobre los JJOO durante su periodo de estancia en la Villa Olímpica". Tal como cuenta en su blog el participante en las pruebas de decatlón David Gómez, el Comité Olímpico Español le informó de esto el pasado día 30 de junio a través de un mensaje de correo electrónico. Como si de una mala burla del antiguo anuncio de la DGT protagonizado por Stevie Wonder, parece que le estuvieran diciendo: "si compites, no escribas".

Desde el COI intentan evitar que se les acuse de complicidad con el régimen comunista (como si no la hubieran demostrado ya de forma sobrada) diciendo que lo hacen ante las quejas de la prensa internacional por el intrusismo de los atletas en su profesión. Como si ese fuera un argumento. Con independencia de que la excusa sea cierta o no, posiblemente se trate de contentar tanto a los grandes medios de comunicación como a la dictadura china (se prohíben los artículos en prensa, algo que no molestaría a las empresas que los publicasen). La libertad de expresión es un derecho de todas las personas, no sólo de los periodistas. Tan mal está recortarla por las presiones de un sector empresarial o profesional como hacerlo por el deseo de unos tiranos.

Más de una semana antes de comenzar los Juegos Olímpicos de Pekín, ya se han logrado dos medallas en la categoría de libertad de expresión. Ambas de estiércol y logradas por un único participante: el Censor Olímpico Internacional. No es mala idea participar en la cibermanifestación organizada por Reporteros Sin Fronteras el día en que comienzan los juegos de la represión.

Racionar el consumo

Las colas en los locales de abastecimiento, en las que se mezclan ciudadanos de toda clase y condición, son la prueba evidente de que el socialismo trae inexorablemente la igualdad, aunque se trate de un igualitarismo nada envidiable a juzgar por la opinión de quienes deben sufrirlo en sus vidas.

Es lo que ocurre en Cuba o Venezuela y lo que quiere implantar aquí también el D. Miguel Sebastián, con la única diferencia de que mientras en los dos primeros países se raciona el azúcar y la carne, aquí nos van a racionar la electricidad y el gasóleo. De momento, quiero decir, no pongamos límites a la capacidad coercitiva de Z y sus miembros/as.

A pesar de sus continuas proclamas como garante de un adecuado reparto del bienestar, lo cierto es que el socialismo es incapaz de redistribuir riqueza alguna por la sencilla razón de que antes hay que crearla, y de esto último es metafísicamente incapaz. Lo único que redistribuyen los partidos socialistas cuando llegan al poder es el dinero desde el bolsillo de quienes lo ganan honradamente al de los que forman las clases ociosas constituidas en lobbies afectos a la izquierda.

Por eso cuando viene una recesión y las clases productivas comienzan a experimentar graves problemas económicos (su bolsillo apenas tiene lo mínimo para la propia subsistencia), el dirigente de izquierdas entra en un estado de estupor. Su única posibilidad para legitimar el ejercicio del poder comienza a desvanecerse en la misma medida que la crisis económica se profundiza.

En esta situación está ahora mismo el Gobierno de ZP y sólo hay que escuchar las melonadas con que adornan últimamente su discurso señores inteligentes como Miguel Sebastián para comprobarlo. Como será el asunto que hasta en El País han dedicado un editorial a ridiculizar las absurdas propuestas sebastianescas para restringir el consumo. Lo suyo es seguir el guión clásico de la izquierda para momentos de crisis, aunque no haga más que empeorar una situación ya de por sí grave.

¿Que tenemos problemas de dependencia energética? Pues en lugar de construir centrales nucleares (la energía más limpia y barata) invitamos a los ciudadanos a quitarse la corbata y a moverse en bicicleta. ¿Que hay problemas de abastecimiento de agua en el sur? Pues en lugar de trasvasarla desde donde sobra se impone a los sureños un cuadro completo de medidas restrictivas como solución a sus problemas. ¿Que las empresas de construcción entran en quiebra y las familias no pueden pagar sus hipotecas? Pues en lugar de bajar los impuestos se compra suelo para convertir al estado en agente inmobiliario.

Es lo único que sabe hacer la izquierda, coaccionar a los ciudadanos e imponer el racionamiento selectivo, una forma de dictadura difusa que, asombrosamente, entusiasma también a sus votantes, los primeros en padecer sus efectos perniciosos. Y es que en materia de coacción institucional no hay quien gane a los dirigentes socialistas. Han nacido para eso, qué le vamos a hacer.

¿Hacia dónde nos lleva el proceso autonómico español?

No lo sé y, sinceramente, no creo que lo sepa nadie. Si nos atenemos a las intenciones de los nacionalistas con sus nuevos y proyectados estatutos de autonomía este proceso no tiene muy buen aspecto. A modo de replicantes, muestran un afán intervencionista descarado por imponer todo tipo de controles al inerme administrado que cae bajo sus respectivas jurisdicciones con la excusa de robar parcelas de poder al Estado central.

Tampoco el liberal podrá congratularse al ver cómo el gasto/endeudamiento, el número de funcionarios y las regulaciones crecen exponencialmente en todas las autonomías, lo que puede llevar a un serio deterioro del mercado. Además, es preocupante la falta, a su vez, de descentralización de competencias y de recursos de las CC AA a favor de las corporaciones locales. Si a esto sumamos la grosera discriminación ejercida sobre todo lo que "huela" a castellano por parte de ciertos poderes autonómicos o la amenaza fascistoide (que en demasiados casos ha acabado en criminal eliminación física) que emplean como baza política algunos nacionalistas de "pata negra" sobre la vida y hacienda de los no domesticados bajo su credo, el panorama es ciertamente desolador.

No obstante, pese a la ausencia de una teoría austríaca del Estado, es posible (no probable) que el resultado final a largo plazo del proceso liberticida de descentralización autonómico español sea diferente al proyectado por los políticos. Los procesos sociales no siempre responden de la manera a cómo les gustaría a sus planificadores.

Traigo a colación lo que el moralista escocés Adam Ferguson escribió en sus Principles of Moral and Political Science a propósito de su análisis del paso del sistema feudal a los burgos libres en Inglaterra:

Los barones de Inglaterra […] no sabían que las concesiones (charters) arrancadas a su propio soberano se habrían de convertir en la base de la libertad del pueblo al que ellos deseaban tiranizar.

Tal vez mecanismos no previstos en esta carrera por el poder de las autonomías como la competencia fiscal, la amenaza del voto con los pies, la nueva estructura de incentivos que se forma a posteriori, el temor a las deslocalizaciones de empresas, a la fuga de inversiones y talentos (al traspaso de la riqueza, en suma) hacia otros territorios sea lo que retuerza y desfigure finalmente los diseños totalitarios de estos nacionalismos con "hambre de balón".

La derrota del PP en las pasadas elecciones generales del 9-M se debió a diversos factores. Uno de ellos fue no tomar la descentralización de los poderes del Estado como estrategia propia y fuera a remolque renuente del PSOE. Los malos resultados reiterados del PP en Cataluña y, últimamente, en el País Vasco muestran que tiene un problema de envergadura. El pedir a un partido conservador que tome la iniciativa sobre cambios del reparto del poder político territorial es estéril (como mucho emulará de mala gana al PSOE, nunca innovará). España es mucho más que el "Estado español". En casi todos los ámbitos, el PP es inmovilista. En definitiva, no es un partido liberal.

La historia de los pasados siglos nos muestra que los nacionalismos no traen nada bueno para el liberalismo, pero lo novedoso en estos momentos es que estamos en una era de crecientes intercambios comerciales (globalización) y de ideas (internet) a escala planetaria. Las guerras y los conflictos son ahora demasiado caros; pese a que su erradicación es imposible, no salen generalmente a cuenta. La competencia entre unidades administrativas diversas y no muy extensas en un entorno mundial y de interconexión progresiva tal vez, a la postre, resulte ser un inesperado aliado del liberalismo y un freno, por fin, eficaz a las tendencias expansionistas de los gobiernos. Regresaríamos, pues, a Montesquieu (el poder sólo es frenado por el poder) o a la conveniencia de la "difusión del poder" de la que habló Lord Acton.

Podría ser que ni los diversos nacionalistas, ni los no nacionalistas comprendamos muy bien o preveamos hacia dónde nos lleva este acelerado (y delicado) proceso actual de descentralización del poder político español que se está desplegando delante de todos nosotros. Se nos abre una gran interrogante. He esbozado una respuesta hipotética favorable a las posiciones liberales, si bien pudiera perfectamente no ser así. Nuestro futuro, por tanto, está abierto.

Sabemos gracias a Popper que no todos los acontecimientos sociales tienen su génesis en acciones y proyectos intencionados de los individuos (el psicologismo o voluntarismo en el terreno social quedó mortalmente herido tras él). Hayek, por su parte, nos recordaba que la función esencial de las ciencias sociales consiste en explicar los efectos no intencionados de las acciones intencionadas; es decir, el estudio de las consecuencias no deseadas de acciones humanas que pretendían otra cosa. El sagaz Menger ya observó que éste era un problema interesante y harto curioso, seguramente "el más curioso de todos los problemas de las ciencias sociales".

Capitalismo es libertad y propiedad privada

Preguntaban con qué términos estaba de acuerdo el encuestado:

  • Un 14,6% estaba a favor del comunismo.
  • El 74,8% a favor del socialismo. 
  • Un 81,2% a favor de la propiedad privada.
  • Sólo un 26,1% a favor del capitalismo.

Los catalanes, o al menos los encuestados, parecen estar a favor del socialismo y a la vez de la propiedad privada, y contradictoriamente se oponen al capitalismo. ¿Cómo puede darse tal antítesis? Mucha gente, de forma errónea, asocia el capitalismo al llamado capitalismo de amigotes (crony capitalism), monopolios, lobbies y pactos empresariales con el Estado. Es lo que tenemos hoy día, por ejemplo, con las regulaciones a la agricultura, a la cultura, el rescate de inmobiliarias, instituciones como los bancos centrales que cuidan de los bancos privados, barreras de entrada para perjudicar a ciertas empresas… Esto no es capitalismo de libre mercado, sino capitalismo de Estado o socialismo para ricos. Como dijo el socialdemócrata Wilhelm Liebknecht a finales del S.XIX, "el socialismo de Estado no es más que el capitalismo de Estado".

Vayamos a lo básico. Al consultar la definición de la Real Academia Española nos dice que capitalismo es el "régimen económico fundado en el predominio del capital como elemento de producción y creador de riqueza". No puede haber definición más vaga y confusa. ¿Es que el socialismo no se basa en el capital también? ¿Si no es así, cómo se produce nada? Capital es un stock de herramientas que se pueden usar para llegar a unos fines, como mayor producción o riqueza. El capitalismo se fundamenta en la libertad de los actores que interactúan en la sociedad. En términos económicos, sociedad es igual a mercado. El capitalismo, tomando la definición de medios económicos de de Franz Oppenheimer, es el intercambio libre y voluntario de capital. Para que se produzca tal intercambio libre el factor crucial es que existan la propiedad privada y derechos ilimitados sobre ella. Lo contrario a propiedad privada es socialismo, esto es, la imposición mediante la fuerza de los designios de un dictador de la producción y oligarquía política. El socialismo llevado a la política es comunismo o economía del fascismo, dependiendo de los grados de libertad que tenga el individuo sobre su propiedad privada. Socialismo y fascismo son la total sumisión del hombre libre al dictador, ya sea en un régimen abiertamente dictatorial o democrático.

Para el liberalismo, el capital comprende el capital humano (conocimientos y habilidades), capital físico (activos materiales) y capital financiero (activos líquidos). Todos ellos susceptibles de ser negociados, pero a diferencia de como lo comprende el socialismo, negociados libremente. Esto significa que cada uno puede hacer con su propiedad privada lo que le dé la gana sin que nadie le ordene cómo hacerlo ni se lo prohíba por medio de la violencia de la ley. En el momento que alguien nos roba parte de nuestro capital, con impuestos por ejemplo, eso deja de ser un sistema capitalista para convertirse en uno socialista. En el momento que el dictador de la producción nos prohíbe destinar nuestro capital (conocimientos, dinero, recursos…) a abrir una farmacia, colegio o estanco porque la cuota ya está cubierta en esa zona geográfica, eso es socialismo. Y en el momento que alguien nos impone barreras de entrada para hacer lo que queramos con nuestra propiedad, eso es socialismo, o sea, anticapitalismo.

Los primeros teóricos que contemplaron un sistema capitalista le llamaron laissez faire (el término "capitalismo" es de Marx, por lo tanto posterior). Para nosotros, laissez faire y sistema capitalista son términos sinónimos. La definición de Mises no puede ser más acertada. "Laissez faire [o sistema capitalista] significa: dejen que el hombre común escoja y actúe; no lo obliguen a ceder ante un dictador". No se puede estar contra del capitalismo y a favor de la propiedad privada a la vez, es un sinsentido.

¿De verdad queremos ayudar a los países pobres?

Recientemente, en una reunión de amigos, surgió la pregunta de cuál era la mejor manera de ayudar a los países menos desarrollados. Inmediatamente hubo quien sugirió las clásicas recetas que suelen pregonar ciertas organizaciones no gubernamentales, que suelen gozar de más popularidad por parte de los medios de comunicación: donación del 0,7% del producto interior bruto de cada país, la creación de nuevos impuestos para destinar la recaudación a dichos países, la reducción de nuestros hábitos “consumistas”, el cese de la explotación por parte de las multinacionales, etc.

Debo confesar que no me causó mucho asombro que nadie hablase de bajar las barreras proteccionistas (arancelarias y no arancelarias) que rodean muchas veces a los países que habitualmente se encuadran en el llamado “primer mundo”. Anteriormente, ese mismo grupo de personas había mencionado cómo estaba afectando la competencia de los países asiáticos a determinados productores nacionales y hubo quien sugirió que no se dejase entrar dichos productos ya que empleaban mano de obra muy barata contra la cual no podían competir los productores nacionales.

Cuando en un mismo día con un mismo grupo de personas uno escucha opiniones tan contrapuestas cabe formularse la pregunta de que si realmente deseamos ayudar a los países pobres, o simplemente tranquilizar nuestras conciencias mediante recetas populistas, sin pararnos realmente en el significado de las mismas.

La mayor parte de los seres humanos nacemos con la capacidad de trabajar. Esta capacidad, puesta en práctica, nos permite obtener a cambio de ella distintos bienes y servicios. Las personas con menos recursos suelen ofrecer un trabajo poco especializado, que requiere de escasa formación, motivo por el cual la única ventaja competitiva que pueden ofrecer a un empleador es su baja remuneración. Con el paso del tiempo, la especialización y formación en el trabajo provocan que este trabajo que ofrecen tenga mayor valor, por lo que suele subir la remuneración, y consecuentemente el nivel de vida de estas personas.

Cuando tratamos de impedir el trabajo de estas personas pidiendo la prohibición de determinadas importaciones con la excusa de que emplean mano de obra muy poco remunerada, no estamos haciendo ningún favor a los trabajadores de dichas empresas situados en países pobres. Al impedir que puedan obtener remuneración mediante su trabajo la estamos abocando a la pobreza y mendicidad permanente. Por tanto, en la lucha con la pobreza, una herramienta muy importante es la libre circulación de bienes y servicios, de manera que tanto los habitantes de los países comúnmente denominados como ricos como los que lo hacen en el resto de países se vean beneficiados. Los primeros de una gama de productos y servicios más baratos, y los segundos de la remuneración que obtienen. Con el paso del tiempo, la experiencia y la formación les permitirán desarrollar trabajos más remunerados, que les permita progresar y ahorrar.

Aunque existan organizaciones y recetas muy bienintencionadas, e incluso algunas que realmente ayudan a los habitantes más pobres, no nos podemos olvidar que para acabar con la pobreza es necesario que puedan trabajar, y para ello no hemos de colocar trabas en nuestros propios países.

Publicidad personalizada: tierra virgen

Por ejemplo, la televisión, el periódico y la radio pueden transmitir un mensaje a mucha gente. Pero no son capaces de recoger sus reacciones de forma directa, pues presentan una interactividad muy limitada. Además, el mensaje es el mismo para todos los receptores, es imposible por su propia naturaleza personalizarlo.

Una conversación telefónica o una entrevista sí son interactivas y personalizadas. Pero claro, llegan a un solo individuo con cada acto, no a muchos a la vez. Así que Internet combina lo mejor de los dos mundos: interactividad, personalización y acceso a mucha gente.

Lógicamente, las posibilidades que esto abre para los empresarios innovadores son desconocidas y tal vez infinitas. Se avanza constantemente en mejorar la interacción de la publicidad; sin embargo, la personalización de la misma se encuentra con obstáculos muy difíciles de salvar.

Como es de imaginar, la personalización, sea de publicidad o de otra cosa, exige conocer algo de información del beneficiario o receptor del servicio. Difícilmente se puede amueblar un salón a medida si no le dejan al diseñador recabar información de su cliente, sus gustos, preferencias o vivienda. Pues lo mismo ocurre con la publicidad.

El problema es que cuando se trata de recoger este tipo de información, los emprendedores se tropiezan con un montón de defensores del derecho a la intimidad, desde la Comisión Europea hasta el último ayuntamiento, pasando por todo tipo de organizaciones que con la disculpa de salvaguardar nuestros intereses de una inconcreta amenaza, impiden completamente el desarrollo del negocio. Que se lo digan a Google o más recientemente a BT y a Virgin en el Reino Unido, contra los que ya lleva un tiempo la caza de brujas.

No se convencen estos iluminados de que el empresario que quiera hacer legítimamente dinero con un negocio de estas características será el primer interesado en que nuestra intimidad quede suficientemente protegida. Porque, al contrario que las instancias antes enumeradas, este señor se estará jugando su dinero y su futuro en el envite. En el momento en que sus posibles clientes no queden satisfechos de una u otra forma por el manejo de los datos obtenidos, ejercerán sin clemencia su poder para sacarle del mercado.

Cosa que, por cierto, no puede ocurrir si las citadas administraciones, que tanto se preocupan por que otros no manejen nuestros datos, empiezan a manejarlos contra nuestros intereses. Alguien se atrevería a decir que ya lo hacen.

No se puede concretar si esto de la publicidad personalizada supondrá un avance o una pérdida de tiempo, si mejorará nuestra calidad de vida o, por el contrario, nos causará un engorro tras otro. Lo único cierto es que hay gente dispuesta a apostar por su utilidad, gente dispuesta a explorar esta tierra virgen. Desgraciadamente, me huelo que las barreras erigidas en torno a este lugar nos impedirán disfrutar de sus frutos; eso sí, será por nuestro bien.

Playas, nudismo, familia

Un grupo de organizaciones lideradas por la plataforma HazteOir.org ha iniciado una campaña para pedir a las autoridades autonómicas y locales "la asignación de playas familiares en la costa". Argumentan que desde hace años "se ha procedido a asignar a colectivos nudistas una serie de espacios públicos adaptados a su forma de vida", mientras que "el resto de los ciudadanos carecemos de espacios donde poder disfrutar de nuestras playas y piscinas en un ambiente apto para las familias". Esta argumentación, a simple vista sensata, está cargada de trampas. Sobre todo si se ven las condiciones que deberían contemplar esos tramos del litoral español.

Así, en esos espacios se deberían establecer "unas normas mínimas que garanticen unos mínimos de decoro y respeto a los demás, especialmente a la infancia". Dicho de otro modo, pretenden que se legisle sobre moral y que se utilicen bienes públicos (en este caso el terreno ocupado por esas playas) para favorecer un modo de vida de sobre otro. Pretenden además que se utilicen fondos de la Administración para dar publicidad de la existencia de estos lugares. ¿Dónde se marca el límite del decoro? ¿Se acepta el biquini pero no el topless? ¿O tan sólo se permite el traje de baño de una pieza para las mujeres? ¿Es el tanga, tanto masculino como femenino, indecoroso? Son cuestiones en las que la ley no debería entrar.

También reclaman a los poderes públicos el "fomento" de actividades deportivas y culturales destinadas a las familias. Si se tiene en cuenta que HazteOir sostiene que la familia " está fundada en el matrimonio que, a su vez, es la unión entre un hombre y una mujer, reconocida públicamente como tal, y abierta a la vida", la conclusión es clara. Pretenden gasto público en unas actividades de las que se excluiría necesariamente tanto a aquellas todas las parejas de homosexuales y aquellas de heterosexuales que, con hijos o sin ellos, no se han casado aunque vivan juntos, por no mencionar a los solteros, que verán perturbada su paz por la realización de molestas "actividades familiares" que tienen que pagar y a las que no están invitados. Dicho de otro modo, pretenden que se establezca una discriminación en función del modo de vida de cada persona.

Además su argumentación de falta de espacios es victimista y no se compadece con la realidad. Cualquiera que haya ido a la playa o a la piscina y haya observado bien, se habrá dado cuenta que estos lugares son buenos ejemplos de orden social espontáneo. Sin que medie ninguna ley por medio, las personas suelen tender a agruparse en zonas más o menos homogéneas. Así, en algunas áreas dominan los adolescentes, en otras personas algo mayores que aquellos pero todavía jóvenes y en unas terceras hay una mayor proporción de familias con hijos pequeños. Es cierto que no se produce una homogeneidad total, pero se acerca bastante a ello.

Si a pesar de esto algún cabeza de familia considera que es un riesgo para su hijo la posibilidad de que este vea los pechos a una mujer o que cerca de él haya homosexuales lo que debería hacer es otra cosa. La opción legítima es, en el caso de las piscinas, inscribirse en un club privado que imponga normas morales de su gusto o unirse a otras personas para abrir uno. En el caso de las playas la vía no debería ser otra que hacer campaña para que puedan existir tramos privados en el litoral español (algo que no permite le legislación vigente), y que los dueños de los mismos impongan las normas que deseen. Así, sus recursos no irían para financiar playas de nudistas ni los de otras personas para lo que ellos pretenden: mantener tramos del litoral en los que se discrimine por la cantidad de tela que cubre el cuerpo o por el modo de vida de cada uno.

La exigencia de playas y piscinas "familiares" es algo muy distinto a la igualdad ante la ley o la defensa de unos derechos. Es pretender que se utilice el dinero de los ciudadanos en el "fomento" y la "protección" de un modo de vida y una moral en concreto. Si se aceptara en este caso, ¿por qué no entonces también unas en las que las mujeres tuvieran que ir cubiertas según las interpretaciones más rigoristas del islam u otras en las que los chiringuitos tuvieran que cerrar en sábado y cumplir las normas dietéticas judías? ¿O por qué no playas, nudistas o no, en las que se prohíba entrar a niños? Puestos a pedir, lo que sea.

Entre la Wii y el iPhone

Son dos dispositivos que están obligando a los demás fabricantes a intentar imitarlos para no perder más cuota de mercado. Me refiero, como digo yo que habrán imaginado ya, aunque sólo fuera por el título del artículo, al iPhone y a la Wii.

Parecía que en el mundo de las consolas estaba ya todo inventado. Periódicamente aparecerían actualizaciones con mejores prestaciones, gráficos más espectaculares y una competencia feroz más en títulos y franquicias tales como Halo o Final Fantasy. Esa era al menos la batalla que tenían planeada Microsoft y Sony con sus Xbox 360 y Playstation 3. Pero en esto llegó Nintendo y propuso una consola mucho menos avanzada, pero que tenía un mando capaz de detectar el movimiento mediante un sensor llamado acelerómetro.

Mientras que los grandes títulos de sus competidores repetían los esquemas de anteriores juegos, Wii ofrecía juegos sencillos pero muy divertidos, porque se manejaban mediante el movimiento de la mano y no usando los botones. Quizá el mejor ejemplo sean los juegos de tenis y ping pong del juego Wii Sports, en el que tendremos que hacer el gesto de dar con la raqueta mientras sujetamos el mando. Gracias a esta novedad ha logrado abrirse un hueco en el salón de muchos que jamás se habían planteado comprar una consola y ha superado en ventas a sus dos rivales directos, que ahora se ven en la necesidad de imitar a Nintendo, como ha hecho Sony con su mando Sixaxis, inalámbrico y capaz de detectar el movimiento.

Apple, por su parte, no ofreció nada realmente nuevo en el mundo de la telefonía móvil excepto su pantalla multitáctil. Le bastó y le sobró su extraordinaria imagen de marca y, sobre todo, la habilidad con que trasladaron su reconocida experiencia en la creación de buenos interfaces de usuario a este nuevo tipo de pantallas. Ya existían infinidad de smartphones capaces de conectarse a internet y leer el correo, incluso con sistemas mejores que el del iPhone, como es el caso de Blackberry. Pero no podían competir con la facilidad y rapidez de uso del móvil de Apple.

Vean si no un ejemplo. Hace unos días, un compañero me mostró su Blackberry funcionando con el excelente navegador Opera Mini, creado y pensado para teléfonos móviles. Se puede acceder con él a las páginas web normales, sin necesidad de que estén diseñadas específicamente para estos dispositivos. Pero, claro, se ven demasiado pequeñas en una pantalla tan minúscula y es necesario mover con las teclas del curso un pequeño recuadro para poder hacer zoom y leer la web. Con el iPhone sucede lo mismo, pero basta con hacer un pequeño gesto con los dedos para ampliar la parte de la página web que queremos ampliar y otro gesto, tan natural como el anterior, para movernos dentro de ella. Lo que en la Blackberry era un verdadero coñazo, en el iPhone se transforma en lo más parecido que podamos tener en una pantalla pequeña a la experiencia de visitar la web desde un ordenador.

Lo que une a ambos dispositivos no es el uso de un acelerómetro (que en el iPhone sirve para saber si lo tenemos en vertical o en horizontal), sino que se han centrado en el interfaz de usuario, en cómo el hombre se relaciona con la máquina. Y además, claro, lo han hecho bien. Por eso han sido todo un éxito y un ejemplo a imitar por los demás fabricantes. Gracias a Apple y Nintendo, en el futuro será más difícil que las grandes tecnológicas se limiten a hacerlo todo más grande y con más funciones, tirando un poco de automático, algo que les deberemos agradecer todos, incluyendo quienes no son clientes suyos.

Cómo agravar una crisis

Este complicado contexto constituye el caldo de cultivo ideal para que los políticos comiencen a aplicar disparatadas medidas de "estímulo económico" que al final sólo emponzoñan más la situación, agravando y prolongando el necesario e inevitable período de catarsis.

La última ha sido dilapidar el superávit presupuestario en absurdos proyectos sociales y en obras públicas varias. La noticia, lejos de suscitar decepción y angustia, ha sido considerada adecuada y conveniente para acelerar la recuperación.

El problema es que, como ya expliqué, tirar del gasto público no es la solución para ninguno de los problemas de la economía. Si durante años la sociedad española ha estado concentrándose en producir vivienda, pagando las importaciones (especialmente el petróleo) con cargo a la deuda, parece claro que, ahora que nos han cerrado el grifo, la única manera para superar el bache consiste en reorientar nuestra estructura productiva para financiar nuestras importaciones con nuestras exportaciones.

Dicho de otra manera, o bien reducimos nuestras importaciones o bien dejamos de producir viviendas y empezamos fabricar los bienes que demandan nuestros acreedores internacionales (como China o Alemania). El problema del primer camino es que nuestra dependencia del petróleo es difícilmente corregible a medio plazo; de modo que sólo nos queda la segunda opción.

Cuanto menos produzcamos para nosotros y más vendamos al extranjero (modelo chino), más rápido amortizaremos la deuda pasada y podremos volver a centrarnos en satisfacer nuestras necesidades. Es un ajuste doloroso que necesariamente implicará una fuerte caída en nuestros niveles de vida, pero no puede evitarse de ningún modo.

Por poner una analogía comprensible: si yo pido un crédito al consumo de 100.000 euros pagaderos en diez años (10.000 anuales, si nos olvidamos de los intereses) y mi única fuente de renta es un salario de 2.000 euros al mes, tendré que ahorrar 10.000 euros de 24.000 para devolver el préstamo. Lo que significa que sólo tendré 14.000 al año para mi disfrute personal. Sin duda, cuando dilapidé los 100.000 euros en consumir sin freno disfruté mucho, pero ahora me tocará apretarme seriamente el cinturón durante los próximos diez años para sufragar ese exceso.

Por supuesto, siempre tengo la opción de reducir aún más mi consumo (a 4.000 euros anuales, por ejemplo), de modo que amortice 20.000 cada año de mi crédito al consumo. Así, en cinco años devolvería el préstamo. Otra opción sería buscar un segundo o incluso un tercer empleo para hacerme con una renta anual de 50.000 euros. En este caso, gastando 10.000 al año en mis cosas podría amortizar el crédito en dos años y medio.

La receta, por consiguiente, es clara: menos consumo y más trabajo para amortizar las deudas. Los españoles tampoco tienen demasiadas alternativas: les toca pagar la factura del petróleo desde el año 2000 hasta la actualidad, y ello significa menos consumo y, si fuera necesario, más trabajo por salarios más bajos.

Pero ¿qué está haciendo el Gobierno para combatir la crisis? Simplemente, olvidarse de todo lo anterior. ¿Que estamos endeudados hasta las cejas? No pasa nada: yo, el Estado, me endeudo todavía más. ¿Que debemos ahorrar y restringir el consumo? No pasa nada: yo, el Estado, voy a gastar mucho más. ¿Que hemos de dejar de basar en el ladrillo el modelo productivo? No pasa nada: yo, el Estado, me voy a hartar de construir carreteras y viviendas de protección oficial. Puro keynesianismo suicida.

El Estado debería, por el contrario, reducir el gasto público y los impuestos para facilitar la amortización de la deuda y la reestructuración productiva. Pero la rebaja impositiva en ningún caso debe financiarse (como ha sucedido con los famosos 400 euros) con cargo al déficit público, ya que ello sólo incrementa la cantidad de deuda pendiente de amortizar.

Es cierto que en la magnitud y en el estallido de la crisis el PSOE no ha tenido demasiada responsabilidad, o al menos no mayor que el PP (en cuya segunda legislatura aparecieron la burbuja inmobiliaria y la expansión del déficit corriente) y otros gobiernos del mundo: la causa última de la crisis se encuentra en la política monetaria que han seguido los bancos centrales durante los últimos años.

No obstante, no es menos cierto que el Gobierno sí tiene buena parte de la responsabilidad en el rumbo catastrófico que puede tomar la crisis durante los próximos meses. El déficit público no ayudará a la recuperación, sino que le dará la estocada definitiva.