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Las redes sociales y la movilidad

También iré a SMX Local & Mobile, que es una de las conferencias más relevantes en los EEUU en lo referente a búsqueda local y móvil. San Francisco es una ciudad que respira Internet por los cuatros costados, y la celebración de estas dos conferencias en la misma semana no hace más que asentarla como la ciudad de referencia en el ámbito tecnológico.

Facebook presentará oficialmente este miércoles su nueva cara. La nueva versión que lleva funcionando en fase beta durante los últimos meses parece que ya va a ser propuesta a los usuarios como versión definitiva, y relegará a la antigua a partir de ahora. Zuckerberg tendrá que explicar en la conferencia el porqué de este cambio, el cambio de diseño más drástico desde la creación de Facebook. En la página principal sigue existiendo una cabecera como navegación principal, pero las tres columnas se quedan en dos, la principal donde se muestra el contenido y una nueva barra lateral en la parte derecha donde, entre otras cosas, se agrupan los estados de nuestros amigos y el acceso a aplicaciones. En el resto de la navegación coexisten páginas a dos columnas y a tres, como en los perfiles. Antes de que lleguen las explicaciones de su fundador, está claro que los espacios reservados a la publicidad han ganado peso y que no están tan relegados como en la versión anterior. Facebook necesita ser rentable, y la estrategia de comercialización marcará su futuro y el de las demás redes sociales.

Además de las palabras de Zuckerberg, los desarrolladores esperan con entusiasmo a los responsables técnicos de la plataforma, tanto para que les aporten información sobre la creación de aplicaciones en el nuevo entorno como para conocer las estrategias a seguir para comercializar estas aplicaciones. Una de las charlas que más interés suscita es Made for Mobile, donde se analizará el papel de la plataforma en entornos móviles. Sólo hay que ver el éxito de aplicaciones como la Facebook en el iPhone para entender el interés de la charla.

Después de la resaca de la conferencia de Facebook, el jueves y el viernes tendrá lugar SMX Local & Mobile. Tiene todo el sentido que la búsqueda local y la búsqueda móvil se traten de forma conjunta. En este país la búsqueda local está muy avanzada, tanto en la parte tecnológica como en la de los pequeños comercios. Se están desarrollando cada vez más aplicaciones móviles. Sólo hay que ver el caso del iPhone y cómo las empresas están entendiendo la forma de aprovechar la tecnología para ganar y fidelizar clientes.

Aparte de la locura desatada por el iPhone, el proyecto móvil que se espera con más entusiasmo por estos lares es Android, el software para dispositivos móviles que está desarrollando Google. La compañía californiana quiere desarrollar un sistema operativo móvil gratuito donde la rentabilidad deberá venir de las aplicaciones que se generen a partir de este software. El interés de Google por estar presente con la misma fuerza en el móvil que en la Web viene de hace varios años, pero se ha acelerado en las últimas fechas. ¿Por qué? Lo revela la revista Wired en su edición de Julio de 2008. Porque sólo en las primeras 24 horas desde la salida del iPhone, el 5% del tráfico de la versión móvil de Google venía de este dispositivo. La batalla se juega ahora en el móvil, y en EEUU esto ya no es una predicción, sino una realidad.

Ponga un libro de autoayuda en su crisis

En los tiempos que corren el que más y el que menos (y en especial, la que más y la que menos) ha echado una ojeada a un libro de autoayuda. Louise Hay, Joan Brady, Spencer Johnson son autores que escriben para lectores poco exigentes y se ganan la vida haciéndolo. Son asideros de mentirijillas y de obviedades para aquellas mentes débiles necesitadas de consuelo que no soportan o no están preparadas para afrontar la solución real a sus problemas.

La razón del éxito de estos libros es que mientras que la respuesta real a un problema o a una crisis normalmente implica renuncia y dolor, estos libros sirven de bálsamo instantáneo. Te incitan a pensar lo mejor de ti mismo aunque no sea real, a rechazar todo sentimiento de culpa, de dolor, de conflicto. Y para ello, nada mejor que desplegar el más ingenuo de los optimismos aderezado, a ser posible, con dosis moderadas de exotismo, universalidad y mensajes buenistas. Cómo canalizar la rabia, cómo sanar su mente, cómo entender a los hombres (o a las mujeres), cómo ser una madre (padre) de adolescente, cómo no perder la magia, cómo encajar la menopausia, cómo no dejarse avasallar por el jefe, cómo vivir en armonía con las fuerzas telúricas, cómo hacer los sueños realidad…

Y a partir de ahí tiene usted soluciones de todo tipo: piedras mágicas, pirámides milagrosas, técnicas de meditación, filosofía barata, psicología más barata aún… y alguna cuestiones de sentido común que cualquier abuela sabia te diría. Estos libros no son una novedad de nuestro turbulento siglo, Cómo ganar amigos e influir en las personas de Dale Carnegie es de principios del siglo XX. La primera regla de Carnegie para hacer amigos es "No condene, ni critique, ni se queje" y otra reza: "Recuerde que para toda persona, su nombre es el sonido más dulce e importante en cualquier idioma." Obvio ¿no? Este señor diseñó un curso de ventas de gran éxito en todo el mundo. Increíble que tanta gente cayera fulminada ante este tipo de consejos. En eso consiste la autoayuda.

Nuestros más destacados políticos, y la sociedad en general, están guiados por este tipo de principios y los aplican a cualquier conflicto. ¿Qué hacer ante la crisis económica? Primero negarla, eso siempre dará tiempo para ver qué hacen los demás y decidir quiénes son nuestros afines e imitar sus conductas. En segundo lugar, quítele importancia, los pensamientos negativos no son buenos para nadie, le impiden que fluya la energía positiva, que es la que cristaliza en soluciones. En tercer lugar, no pronuncie palabras tabú, use un lenguaje que confiera cierta confianza por espuria que sea a quienes le escuchan. En lugar de soluciones adopte medidas paliativas. Esta es la técnica peculiar de nuestros líderes de diseño, que se resume en el famoso lema "Podemos".

Pero aplicar paliativos sintomáticos no cura la enfermedad y no soluciona la crisis económica. Solamente constituyen un bálsamo inmediato y temporal para perpetuar la sensación de que no pasa nada. Y aquí entra en juego otro de los males de nuestra sociedad, del que ya hablaba C. S. Lewis. Vivimos en una sociedad enloquecida por el cambio, por la novedad permanente, se aborrece "lo de siempre". Se pierde la perspectiva de la dualidad entre necesidad de cambio y permanencia que, según Lewis, se llama ritmo. Decir en alto que la solución es la de siempre es la mejor manera de ganarse muchas críticas y algún insulto. Se aprovecha para sacar lo peor del pasado y atribuirle a uno su defensa.

Para muchos, la solución a una crisis como la actual es no hacer nada, o casi nada, y aprender de las causas que la provocaron para que no vuelva a suceder. Si los tipos de interés estaban artificialmente bajos y las señales del mercado a los inversores se distorsionaron por motivos políticos, no lo hagamos más. Sin embargo, es mucho más popular lamentarse de estar en la zona euro porque ya no podemos devaluar. Incluso si eso significa detraer capacidad de compra del ciudadano. Lo que se suele llamar atraco a mano armada.

Cuando vienen vacas flacas las empresas recortan gastos y reducen plantilla. La solución de autoayuda es impedirlo, o prometer a los futuros parados (al módico precio de un voto) un sueldo por no trabajar, un pisito de protección oficial, una semanita en Marina D’Or a costa del contribuyente solidario a la fuerza… Lo que no es popular es asegurarse de que los posibles parados puedan encontrar más fácilmente otro trabajo, porque eso implica abaratar el despido, es decir, abaratar el coste de contratar un trabajador para el empresario. La realidad es que no se flexibiliza el mercado laboral "oficial" pero se da pie a que aparezca un mercado negro de trabajadores.

Si se han tomado decisiones irresponsables, lo de siempre es apretar los dientes y asumir la responsabilidad de la elección. Solamente así quienes tienen que confiar en un gestor sabrán cuál es el bueno y cuál no. Pero es más fácil de vender que la responsabilidad de los gestores y de los inversores es de índole "social", nos afecta a todos y todos pagamos. Al menos en los casos que convenga.

El resultado, además de la emergencia de una clase de gurús profesionales de la economía, la empresa y la política, es una sociedad sin sentido de la responsabilidad, no ya propia, sino también de la ajena. No somos capaces de echar al que ha roto el jarrón, o al político que nos tima con su manual de autoayuda. A lo más que llegamos, de vez en cuando, es a hacérselo pagar a un chivo explicatorio (como decían Les Luthiers) que nos ciegue frente a nuestra propia desidia.

Doha como milagro

No cuenta con una posición privilegiada para el comercio, ni contaba con una historia económica ni de otro tipo que le enseñase qué camino seguir, ni tenía (ni tiene) unos recursos abundantes o ricos. ¿Qué le ha convertido en uno de los pueblos más ricos de España? El comercio internacional. Es la globalización lo que le ha permitido colocar sus productos, extraídos en un “mar de plástico”, como se dice de forma despectiva, en los mejores mercados. El Ejido es un punto de comunicación con todos los mercados gracias al comercio internacional y, por esa vía, con la prosperidad.

Es así de sencillo. El intercambio incrementa la riqueza porque el simple hecho de darte algo que valoras más de lo que tú me entregas te hace más rico, como me lo hace a mí, que valoro lo que me das más que lo que te doy a cambio. Pero los beneficios van más allá, porque el comercio amplía el mercado y por tanto las posibilidades de participar en una división del trabajo más profunda y compleja y por tanto con más capacidad de generar riqueza. El comercio acerca los productos propios a los consumidores que más los valoran y nos traen a los consumidores bienes que de otro modo no compraríamos o tendríamos que adquirirlo de peor calidad o a un precio más alto. El comercio, además, nos abre al mundo, a otras formas de vivir. Y disciplina las empresas locales, que tienen que competir con las que vienen de fuera para seguir ganándose nuestro favor.

Este lunes comienza el último intento por sacar adelante la Ronda Doha. O ahora o nunca, porque Obama es un enemigo declarado del comercio internacional, es decir, de los pobres del mundo. Será por eso que cuenta con tantos apoyos. Si no se convierte en el último éxito de George Bush (y sería el mejor), Doha quedará para los libros de historia. Cuando llegan las crisis arrecian los mensajes proteccionistas, como se está comprobando en esta ocasión. Pero abrir los mercados ahora sería una buena noticia; mucho mejor si consideramos la ristra de malas noticias que le preceden y que le seguirán.

Europa tendría que rebajar sus aranceles a los productos agrícolas de los países pobres, pero Sarkozy, ese histrión trotamundos, ese tahúr insoportable, ha dicho que prefiere mantener artificialmente el nivel de vida de 100.000 agricultores europeos al de los millones de pobres del mundo que apenas tienen algo más que lo que arrancan a la tierra, sin apenas capital, para salir adelante. Valiente Sarkozy. Y Estados Unidos tendría que diezmar sus sustanciosas ayudas a los ricos agricultores locales, pero no parece posible. Y los gobiernos de los países en desarrollo tendrían que permitir a sus ciudadanos comprar nuestros productos sin encarecerlos artificialmente. Pero ya han dicho que verdes las han segado.

No pintan bien las cosas para la Ronda Doha. Pero aferrémonos a la fe en los milagros.

ZP es el mayor constructor de España

Es decir, usted, ciudadano, no sólo tendrá que cumplir puntualmente con el pago mensual de su hipoteca, sino que además se verá obligado a sufragar con sus impuestos la abultada deuda crediticia que acumulan las inmobiliarias españolas.

Si no quieres lentejas, toma dos platos. Zapatero, haciendo un uso irresponsable de parte de sus ingresos como trabajador, se ha convertido de facto en el mayor constructor del país y en uno de los más importantes de Europa. ¿Cómo? Hagamos cuentas. El Instituto de Crédito Oficial (ICO), dependiente del Ministerio de Economía, ha puesto en circulación 5.000 millones de euros (casi 1 billón de las antiguas pesetas) para avalar la titulización de préstamos hipotecarios destinados a la compra de vivienda protegida (VPO). Tales créditos, que se agotaron en el mismo momento de su emisión, servirán para financiar la salida al mercado de casi 30.000 pisos públicos en el presente ejercicio.

De este modo, sus impuestos, presentes o futuros (a través de la emisión de deuda pública) servirán para pagar la casa de su vecino. Pero tal cuantía tan sólo es el comienzo. Si se descuentan los cerca de 10.000 millones de euros en préstamos que el Gobierno pretende inyectar a las pymes, Zapatero pondrá a disposición de los promotores otros 25.000 millones de euros para facilitar la compra de VPO en 2009 y 2010.

Y todo ello con el objetivo de cumplir la promesa electoral de construir 150.000 vivienda protegidas al año. Más de la mitad de los pisos que se iniciarán anualmente en España durante los próximos ejercicios, según las previsiones que manejan los expertos del sector. Así, el rescate inmobiliario de ZP esconde, en realidad, la cuasi nacionalización del parque residencial español a lo largo de la presente legislatura. Además, el Ejecutivo pretende impulsar la construcción de obra pública mediante la inyección de miles de millones de euros en la licitación de infraestructuras de toda índole.

Si a ello sumamos el denominado Plan Renove para rehabilitar viviendas e infraestructuras hoteleras, cuyo coste alcanza los 5.000 millones de euros en créditos del ICO en 2009 y 2010, así como la intención de adquirir los terrenos sobrevalorados que acumulan las constructoras, la factura de dicho plan alcanzará, sin duda, cifras desorbitadas. Y todo este despilfarro ¿para qué? ¿Para salvar a un sector en crisis que se ha enriquecido de forma artificial gracias a la burbuja inmobiliaria de la última década? ¿Para evitar la sangría de trabajadores en paro que está provocando el derrumbe de una industria improductiva? ¿Para seguir fomentando el consumo y el endeudamiento extremo cuando, precisamente, lo que necesita la economía nacional es fomentar el ahorro y saldar cuanto antes las cuentas pendientes con los bancos?

Dos apuntes a modo de conclusión. El plan de créditos e inyecciones públicas a fondo perdido ideado por el Ejecutivo no conseguirá, en ningún caso, mantener a flote el sector inmobiliario nacional, sino que, además, hundirá por muchos años el mercado de la vivienda residencial.

En su denodado esfuerzo por salvar el cuello a algunos empresarios irresponsables y poco previsores, el fomento de la VPO tan sólo servirá para depreciar, aún más, el valor de la vivienda libre, poniendo a su vez en serios aprietos a todos aquellos ciudadanos que quieran poner su piso a la venta con el objetivo de saldar deudas e incluso obtener beneficios. Es decir, degradará más, si cabe, la riqueza patrimonial de muchos españoles que gracias a su trabajo y esfuerzo han adquirido un piso en propiedad. Tales efectos también se extenderán al mercado del alquiler de la vivienda libre, puesto que la Administración también pretende impulsar el arrendamiento de VPO.

La intervención pública en el mercado residencial agravará las consecuencias de la profunda crisis inmobiliaria que padece España, posponiendo en tiempo y forma el deseable ajuste de precios y oferta de pisos que, por sí sólo, se está encargando de aplicar el mercado. Olvídense, pues, de las recién caídas Martinsa o Colonial. El nuevo referente del sector inmobiliario español tiene nombre y apellidos: José Luis Rodríguez Promotor.

La desvergüenza intelectual del socialismo

Es típico de los intervencionistas informar a la plebe de lo que "hay que" hacer: recurren a una forma impersonal cargada de imperativo moral para ocultar que en realidad se trata de que unos pocos tienen que mandar y muchos tendrán que obedecer, porque cuando alguien gobierna, otros son gobernados. Y casualmente quienes mandarán serán ellos, los socialistas de todos los partidos; simplemente porque por su esencia los liberales no aspiran a dirigir las vidas ajenas, sino que respetan su autonomía.

Los colectivistas disfrazan su ansia de poder sobre los demás de actos de responsabilidad. Señalan una ardua tarea presuntamente imprescindible y se ofrecen implícitamente para realizarla: "la sociedad de la globalización está sin Gobierno y, en consecuencia, todo desarreglo, disfunción, especulación, trapacería o violencia puede encontrar su asiento sin mayor impedimento". Ni se plantean la alternativa intelectual de que la globalización sea un orden espontáneo, resultado no diseñado de las interacciones voluntarias de enormes cantidades de individuos, que no sólo no necesita la manipulación política sino que sistemáticamente la sufre. Insisten en que los problemas son globales ("la selva en que se ha convertido el mundo económico internacional"), sin ver que son ellos mismos quienes los han causado o agravado.

En un ataque de realismo, Sartorius reconoce que "sería ingenuo pretender que pudiésemos contar con un ‘Gobierno mundial’ democrático". Pero si el mundo es quizás demasiado, "sí sería factible ir creando grandes áreas de gobernanza democrática, con libertad comercial y cohesión social". Bien por la libertad comercial; pero lo que entiende por cohesión social no es la tupida red de relaciones libres de todo tipo (afectivas, comerciales, solidarias) que mantienen unidas a grandes cantidades de personas interdependientes, sino la redistribución coactiva de la riqueza desde "contribuyentes netos", tales como "fondos de convergencia".

La sensatez no es su fuerte cuando tiene la enorme desvergüenza de culpar al mercado libre de las grandes guerras mundiales. Cuesta creerlo, pero aquí está: "hubo una época en que, a nivel del Estado nación, imperaba el ‘dejar hacer, dejar pasar, pues el mundo caminaba por sí mismo’, y ello condujo a conflictos sociales internos y guerras externas". Ante una acusación tan grave y tan falsa sólo parece posible en un descerebrado o un indeseable, no aparece ni un argumento explicativo de cómo la libertad lleva a la guerra. Nada más que insistencia en la estulticia: "Se comprendió que era necesaria una cierta dosis de intervención de los poderes públicos para corregir los graves desbarajustes que producía el mercado dejado a su libérrima inclinación".

Soluciones para la televisión pública

Creo que ningún Estado debería financiar ninguna televisión mal llamada "pública". Si algún liberal pudiera llegar a dudar alguna vez de ello, le remito a programas como Crónicas, concretamente a su programa Marinaleda, treinta años de lucha, donde se explica el caso de un pueblo de Andalucía que vive "en cooperativa". Hasta las casas, que por más que hayan sido pagadas, quienes viven en ellas no llegan a convertirse en dueños reales de las mismas, ya que no podrán venderlas nunca porque pertenecen a la colectividad.

Si aun viendo estos reportajes que financiamos todos todavía tiene dudas sobre la necesidad de acabar con las televisiones públicas le propongo un sistema mixto. Va a ser muy difícil que las televisiones públicas desaparezcan de la noche a la mañana, de modo que ¿por qué no probamos un sistema como el de la PBS americana? Citando a la Wikipedia, la PBS es "una red de televisoras públicas de diverso índole cuenta con 169 operadores de licencias educacionales no comerciales que operan 348 estaciones de televisión. De estas 169 licencias, 86 son de organizaciones comunitarias, 57 de universidades, 20 de autoridades estatales y 6 de autoridades locales o municipales".

Esta definición ya nos permite vislumbrar sus grandes diferencias con el modelo español, ya que la PBS la forman una red de emisoras y además tiene claro su objetivo primordial: la educación. Su financiación se divide entre los siguientes grupos: estaciones afiliadas (47%), la CPB y fondos federales (24%), royalties, derechos de retransmisión, servicios satelitales e ingresos de inversiones (14%) y venta de productos educacionales (12%). Cualquier liberal diría que sigue habiendo un 24% de la financiación que paga el Estado, que pagan los ciudadanos, y es verdad. Pero, ¿no sería maravilloso que el Estado pagara en este 2008 sólo el 24% de los costes de TVE? ¿No sería el primer paso para que dejara de pagar una televisión a nuestra costa?

En la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre se jacta de ser liberal, y en algunos aspectos como las leyes comerciales puede que así sea, pero en lo que se refiere a la televisión pública es tan socialista como los demás. Los ciudadanos madrileños que mantenemos la televisión pública, que además los sindicatos apagan cuando quieren, nos merecemos que el Gobierno de nuestra comunidad se plantee seriamente qué quiere hacer con los medios de comunicación pública. La opción socialista ya la conocemos demasiado bien.

La gran evasión

En este caso se trata del penúltimo episodio en el escándalo desatado por el pago del Gobierno de Merkel a un delincuente para robar listados de depositarios de cuentas bancarias en el principado de Liechtenstein. Que los políticos y la Agencia Tributaria española hayan participado en esta campaña de acoso con intimidación y violencia no debería extrañar a nadie. Hacienda no somos todos, como han repetido las campañas televisivas de lavado de cerebro durante años y ahora pretenden enseñan a nuestras futuras generaciones a través de Educación para la Ciudadanía, sino una panda de cuatreros profesionales a sueldo de la usurpadora clase política.

El apetito del Estado y sus gestores es insaciable. Es algo bien sabido por el sufrido pagador de impuestos español, pero esta última operación tiene menos que ver con el hambre de un Estado en tiempos de crisis que con la crisis del Estado voraz. Me explico. El dinero que Hacienda puede recaudar con esta operación es una minucia. No daría ni para pagar los gorritos de los chóferes de los coches oficiales con los que la clase política se pavonea por nuestras calles. Además, el simple hecho de que las pruebas provengan de un acto ilícito debería invalidar cualquier condena. El objetivo es meter el miedo en el cuerpo a todo aquel padre de familia que se esté planteando arriesgarse a sacar el dinero del alcance de los tentáculos de nuestra clase privilegiada y lograr una mejor educación para sus hijos, una mejor pensión, una mejor sanidad o simplemente un colchón con el que poder contar si el Estado decide desplumarnos aún más a través de la maquinaria inflacionista. Este Estado tragaldabas, que cuando no impone verdaderas confiscaciones monetarias a través del pago de toda clase de gravámenes nos quita el poder adquisitivo a través de políticas inflacionistas o se endeuda en nuestro nombre, ha entrado en crisis. No se trata de una crisis financiera. Se trata de una crisis de legitimidad. Cada día son menos los que se creen el cuento de que lo hacen por nosotros; y mucho menos que nos roban para cuidar de los más desfavorecidos. Así es como el Estado voraz ha entrado en crisis, y la reacción de quienes lo gestionan ha sido rugir, mostrar las fauces y dar unos cuantos zarpazos para intimidar al personal.

Consciente de lo peligroso que podría resultar para la salud de la bestia que la población se diera cuenta de la manera en que está siendo desplumada, además de la elevada altura del muro con el que tratan de evitar las fugas de nuestros infiernos fiscales a los paraísos económicos, operaciones policiales como la de la semana pasada se intentan camuflar tras un marketing exquisitamente estudiado. A la operación le llaman "Jade-Limusina" para hacer ver a la opinión pública que los perseguidos son los odiados ricachones. La estrategia es vieja. Consiste en poner la envidia al servicio de las políticas confiscatorias. ¡Patrañas! La Agencia Tributaria tuvo que reconocer el pasado abril que en su mayoría los ciudadanos perseguidos por haber sacado parte de su riqueza de nuestro país sin darle una mordida al Gran Hermano son "gente normal". En cualquier caso, ricos o no, estos perseguidos ciudadanos deberían estar en su perfecto derecho a poner lo que han ganado legítimamente en manos de quien les plazca.

Dejemos que el mercado del petróleo funcione

De todas las respuestas, la más curiosa es la que culpa a los especuladores. Si éstos pudiesen manejar el precio a su antojo, lo harían subir sin límite y tendrían una forma segura y fácil de ganar dinero. ¿Por qué no lo hacen, si son ellos los que suben los precios? Sencillamente, porque ellos no tienen esa capacidad. Intentan adelantarse a la evolución futura de los precios, ya sea al alza o a la baja. Son testigos de un teatro improvisado y en el que ellos no tienen más voz que los demás.

Todos los expertos coinciden. Los precios suben porque la demanda de petróleo es cada vez más intensa, y porque la oferta, a diferencia de lo que ha ocurrido otras veces, no sigue la estela de la demanda. Por eso estamos tan lejos del secular precio del barril a 20 dólares, y llegamos a ver cómo se compran y venden más allá de los 140 dólares.

Tony Hayward, consejero delegado de British Petroleum (BP), ha explicado recientemente en un artículo escrito para el Financial Times qué está ocurriendo con esa demanda y con esa oferta. La mayor parte del incremento de la demanda proviene de países que se están incorporando crecientemente a la globalización y con alto crecimiento, como India y China, pero en los que el precio del combustible está subsidiado, como recalca Hayward. No ocurre lo mismo en Estados Unidos y Europa. Aquí los consumidores se han adaptado a los precios más altos ajustando su consumo, y "se está comenzando a imponer la eficiencia energética".

Pero ¿Y la oferta? Está decayendo en muchas partes del mundo. La OPEP ha cerrado el grifo y en 2007 ha lanzado al mercado 350.000 barriles menos cada día. BP, como el resto de grandes compañías productoras, tiene el capital y el conocimiento suficientes para extraer más petróleo, pero el "nacionalismo de los recursos", es decir, el socialismo con tintes nacionalistas que conocemos bien en Europa, está restringiendo su entrada. "Los problemas para traer nuevo petróleo no están tanto bajo el suelo como sobre él, y no son geológicos, sino políticos".

La conclusión es evidente, y sólo podemos sumarnos a ella: deberíamos dejar que productores y consumidores adapten su comportamiento a las señales del mercado. "Los altos precios nos dicen que necesitamos más inversión en eficiencia energética, en nueva extracción, nuevas tecnologías y nuevas fuentes de energía." Pero para ello los gobiernos tienen que hacer su trabajo, eliminando todas las barreras al el mercado del petróleo.

Mientras, nos acordaremos del socialismo y del nacionalismo cuando llenemos el depósito.

Necedades buenistas de Mayor Zaragoza

Según Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Fundación Cultura de Paz, la globalización "ha sustituido la justicia y el buen criterio político por las leyes del mercado". Típico de su forma chapucera de escribir de forma grandilocuente sin argumentar con un mínimo rigor, no aclara si se refiere a las leyes económicas descriptivas del funcionamiento de los mercados libres (como la formación de precios de los bienes según oferta y demanda) o al aparato jurídico inseparable de un sistema de intercambios voluntarios (respeto al derecho de propiedad, principio de no agresión y cumplimiento de los compromisos contractuales). Un mercado libre es en sí mismo justo, ya que da a cada uno lo suyo, pero los colectivistas pretenden sustituir la legitimidad ética de la libertad individual por la falaz "justicia social" (en realidad injusticia socialista) administrada por "el buen criterio político" (del cual afirmar que está en vías de extinción implicaría reconocer de forma en exceso generosa que ha existido alguna vez).

Mayor Zaragoza cree que para que los hambrientos del mundo no inicien una revolución que amenace la estabilidad mundial "hay que evolucionar a un nuevo sistema planetario" basado en el "desarrollo global" y no en la guerra y el dominio. Está muy bien que critique la guerra y la opresión, pero su odio al mercado y su profunda ignorancia de la ciencia económica le llevan a afirmar que el gasto bélico crece "por necesidades de la economía mundial" y que es la globalización del mercado la que "causa graves crisis como la alimentaria". El gasto bélico es político, lo realizan los estados, los mismos que con sus manipulaciones monetarias y crediticias, sus subvenciones y sus barreras comerciales han provocado la crisis alimentaria.

Los necios de altos vuelos que pasan casi toda su vida en la alta burocracia internacional parecen perder por completo el contacto con la realidad. No entienden que la sociedad humana es un orden complejo espontáneo que se coordina mediante ajustes locales, los únicos posibles para personas cuyos intereses y capacidad de conocimiento y acción son muy limitados. Su megalomanía les lleva a colectivizarlo todo a la mayor escala posible, en este caso la planetaria, e insisten en que todos deben sentirse afectados y participar en el "desafío común": "Los desafíos globales requieren soluciones globales, que implican a su vez cooperación a escala mundial."

Los buenos en este cuento de hadas son los estados integrados a gran escala bajo la tutela de unas Naciones Unidas bien dotadas "de los medios personales, financieros y técnicos necesarios": quizás un guiño en recuerdo de su etapa en la cúspide de la Unesco. Los malos son los que ahora tienen el poder real: las "grandes corporaciones supranacionales", esas empresas tan maléficas y omnipotentes que constantemente le están ofreciendo bienes y servicios a precios atractivos no vaya a ser que usted los rechace o decida recurrir a la competencia.

La "concentración progresiva del poder económico, tecnológico y mediático", esa que sucede voluntariamente por las múltiples y cambiantes decisiones de accionistas, trabajadores y consumidores, es denunciada. La concentración política, esa que llevan a cabo funcionarios no elegidos (o como mucho votados cada mucho tiempo sin opción de renuncia) y que se basa en el monopolio de la violencia, es alabada.

Como mediocre sermoneador que predica desde su presunta superioridad moral, no analiza la problemática ética sino que repite tópicos biensonantes, da órdenes e imparte exigencias tras las cuales camufla su ignorancia y sus preferencias particulares: "Los mínimos nutritivos deben garantizarse." "Existe ya el conocimiento. Debemos ser capaces de aplicarlo. Es incuestionable que la gran urgencia actual consiste en hacer posible el disfrute por parte de todos de los frutos del saber." Reclama grandes inversiones en investigación y producción para la energía, el agua, los alimentos, la vivienda: como si no hubiera ya ingentes cantidades de recursos dedicados por particulares y empresas privadas a estos ámbitos, que prosperan en ámbitos institucionales basados en la libertad individual; las que él propone serán con absoluta seguridad "excelente negocio", pero no parece estar recomendando su idea a ahorradores interesados en invertir sabiamente su capital. "Es inadmisible que se transfieran ‘al mercado’ deberes morales y responsabilidades políticas que corresponden a los gobernantes democráticos." Perdón, pero… ¿por qué cree que lo que él particularmente no puede admitir nadie podrá hacerlo? ¿Acaso cree que su nociva filosofía política es la única posible?

La ingenuidad de su ensoñación no parece conocer límites: "Podemos imaginar islas, incluso artificiales, con fuentes de energía eólica, termomarina, termosolar… produciendo grandes cantidades de energía y agua potable". Ni una mención a sus costes, a lo que habrá que renunciar, a si serán viables económicamente. Basta con imaginarlas, desearlas muy fuerte, ordenarlas desde arriba, y se harán realidad.

"Hay que dejar de depender, con un plan mundial de emergencia, de las energías fósiles, cuyo precio se ha duplicado en los últimos tres años, y favorecer lo que durante décadas las grandes compañías petroleras han desacreditado y ocultado descaradamente: la contribución que pueden aportar las energías renovables, la nuclear (de fisión y de fusión), el hidrógeno…" En este caso el plan obligatorio (¡Hay que!) no sólo es mundial sino además de emergencia. Es que las grandes compañías petroleras son tan malvadas que hacen buenas a las nucleares… Y eso que casi todas tienen su sección de renovables.

"La especulación sobre materias primas, con el petróleo y los alimentos en primer lugar, ha llegado a niveles intolerables." Y el nivel tolerable, ¿cuál es? ¿Quién lo decide? ¿Algún análisis intelectual mínimamente informado además de esta protesta llorona? Exige "aplicar, de una vez por todas, impuestos sobre las transacciones de divisas que, según las palabras del propio secretario general de Naciones Unidas, no afectarían el funcionamiento del mercado". Pero ¡cómo es posible que el mandamás supremo de la ONU no nos hubiera asegurado esto antes para así poder proceder con el saqueo financiero a gran escala! El principio de autoridad ante todo, especialmente si se cita lo más penoso de alguien como Amartya Sen, premio Nobel de Economía: "El Estado, no el mercado, debe ser el responsable del bienestar de los ciudadanos, sobre todo de los países en vías de desarrollo." Que nadie se dé cuenta de que hemos vuelto de la ciencia de la economía positiva a la manipulación de masas de la moralina política.

Como visionario agitador, Mayor Zaragoza parece dado al forofismo: "Los diagnósticos ya están hechos. Ahora es necesario aplicar los tratamientos adecuados a tiempo. En momentos de gran aceleración histórica, son más necesarios que nunca los asideros morales. Se avecina una nueva era."

Sospechoso por viajar con tu móvil

Da igual que declaren a Madrid como la comunidad autónoma más solidaria o a Galicia como la mayor perceptora en términos netos, porque obviamente ni Madrid, ni Murcia, ni siquiera Cataluña, son entidades jurídicas sujetas a pago de impuesto alguno, al contrario de lo que sucede con sus habitantes, que sí estamos obligados a ello sea cual sea nuestro lugar de residencia.

La única balanza fiscal posible es la que estudia la percepción neta de dinero público por los contribuyentes individuales o las entidades jurídicas, que pagan toda clase de impuestos y anualmente liquidan sus cuentas con la hacienda estatal. Por eso resultaría de gran interés que algún gabinete de estudios, público o privado, realizara el balance fiscal medio de dos grupos sociales de lo más sugestivo, conservadores y progresistas.

Entonces podríamos saber en qué medida contribuyen a las finanzas del Estado una familia con tres hijos y un pequeño negocio, y un "luchador por un mundo más justo" encargado de la gerencia de una ONG. El análisis es mucho más sencillo que el pretendido estudio realizado sobre los territorios. Aquí sólo habría que tirar de datos fiscales y analizar los impuestos pagados por cada uno, así como el montante de las subvenciones públicas y otros beneficios estatales recibidos, perfectamente cuantificables, como por ejemplo la educación pública o las ayudas al cine español, por poner dos ejemplos sencillos.

Los luchadores sociales a un lado y los emprendedores privados a otro, incluidos en este segundo grupo los currantes con familia a su cargo que rechazan la verborrea progresista e intentan prosperar a base de su esfuerzo diario.

¿Cuánto contribuye al bienestar general la reata habitual de artistas comprometidos (con la subvención)? ¿Cuánto los universitarios partidarios del socialismo caribeño? ¿Y los miembros de las organizaciones ecologistas y grupos antiglobalización financiados con dinero público? ¿Más que los pequeños empresarios y los trabajadores que se declaran de derechas? ¿Menos? ¿Igual? ¿A cuánto asciende en términos monetarios su concepto de solidaridad?

Esa balanza fiscal sí ofrecería una información de gran interés. Y además tendría una utilidad adicional: la de que mucha gente de derechas se sacudieran de una vez el absurdo complejo que permite a la izquierda blasonar de solidaria.