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Diversidad, no igualdad impuesta

Estudios de este tipo pueden hacer chirriar los oídos de cualquier político y amante de la imposición moral socialista como los de la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, que no ha dudado en mentir sobre la realidad de nuestro mercado laboral al afirmar que las mujeres son más precarias que los hombres cuando ocurre lo contrario según el INE. La sociedad es diversidad, no todo el mundo aspira a ser igual y si se impone la igualdad no puede haber diversidad. La igualdad es un concepto restrictivo sólo aplicable a la justicia. Ante la ley todos hemos de ser iguales, pero algo así no significa que tengamos que serlo en nuestras vidas personales y mucho que nos lo tengan que imponer. Ahí, nosotros elegimos, no un puñado de burócratas que se creen con legitimidad para opinar sobre nuestras vidas. Curiosamente, las cosas van al revés hoy día.

Políticos y socialistas siempre han mantenido un discurso contradictorio en el tema de la igualdad y discriminación laboral. Por una parte, siempre nos dicen que el capitalismo es un sistema que sólo prima la productividad y no atiende a los valores morales. El empresario siempre es presentado como un hombre avaro que sólo piensa en dinero comerciando con cualquier cosa, lo único importante es el beneficio. Por eso el sistema capitalista siempre es salvaje.

Pero cuando tocamos el tema de la igualdad laboral, las cosas dan un giro radical. Ese empresario avaro que sólo piensa en el beneficio económico, ahora se vuelve un firme defensor de la moral conservadora olvidando sus tan preciadas rentas. Cuando se trata de contratar a un hombre o a una mujer, ahora el egoísta empresario no piensa en la productividad, ni en el coste de oportunidad que hay entre esa mujer y un hombre. El empresario, ahora prefiere perder dinero contratando a un hombre hedonista que no a una mujer trabajadora. O también, prefiere subir el salario a un mal trabajador para bajárselo a una productiva trabajadora aún a riesgo que ésta se vaya a la competencia. Bueno, en qué quedamos. ¿Qué es el empresario? ¿Un defensor de la moral o alguien obsesionado con el beneficio económico?

El empleador que discrimina por razones morales corre el serio riesgo de perder productividad, competitividad y dinero. Ningún empresario hace algo así de forma masiva y constante. El que lo hace, acaba siendo expulsado del mercado. Fíjese, en cambio, que no ocurre lo mismo en el mundo de la política ya que la responsabilidad no existe. Uno de los ejemplos más sonados fue la ratificación de la ministra Magdalena Álvarez, que tras sólo causar desastres en su ministerio de Fomento (socavones, desconfianza empresarial, retrasos, desidia, averías, más retrasos…), fue reelegida en su puesto.

El lema, “hombres y mujeres han de cobrar lo mismo por el mismo trabajo”, tiene tanto sentido como “las chicas de 16 años y mujeres de 40, han de cobrar lo mismo”, o “a los hombres y a las mujeres han de gustarles las mismas cosas”. Si expandimos el igualitarismo a toda la economía ¿también hemos de imponer que enfermeras y camioneros cobren lo mismo porque sino las primeras se sentirán discriminadas respecto a los segundos?

Un buen jefe, no lo es por una ley ni porque lo diga un papel enviado a Recursos Humanos, sino por el respeto que infunde a sus trabajadores, pares y jefes así como los aciertos que consigue para la empresa. Si el jefe vale, los que estén con él medrarán a la vez. En el momento que una ley impone responsabilidades a una persona por haber nacido mujer, ser latinoamericano, negro o pertenecer a una minoría –aunque no haya hecho nada para conseguirlo–, la empresa sólo logrará que sus trabajadores boicoteen al jefe–cuota, le pierdan el respeto, baje la productividad de todos e incluso que le abandonen dejando marginado, además, a la persona productiva y trabajadora.

Cuestiones liberales

La del Estado, desde el punto de vista de su limitación, es una vieja cuestión. Bien lo sabemos los que nos decimos liberales no de talante. Lo cierto es que en los términos más actuales la cuestión teórica se remonta a los años sesenta y setenta, donde autores provenientes de corrientes austroliberales o de tendencias neoclásicas han resucitado el tema elevados por la crisis del modelo estatista keynesiano expandido antes y, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial. Victorias "suecas" como la de Hayek, Friedman, Becker o Coase han sido hitos en el camino. La extensión del libertarismo y de la crítica del Estado de la mano de Nozick, Rothbard o Lemieux, también han sido influyentes.

Pero lo determinante en una corriente es lo que hacen los políticos con sus recetas. ¿Qué ha ocurrido en los años ochenta del pasado siglo? Esencialmente, que se han aplicado algunas de estas medidas de reducción del Estado en la anglosfera. De la mano de Reagan y de Thatcher, los estados respectivos han dado un giro de unos grados en sentido reductor. Han aplicado, para ello, recetas esencialmente monetaristas, cuyo fundamento es relativamente consistente, y desregulaciones asentadas esencialmente en privatizaciones de empresas públicas, más generalizadas en Europa que en Norteamérica. El resultado fue, sin duda, una liberalización de ciertos mercados, especialmente de los financieros. En los años noventa les llegó el turno a los estados iberoamericanos y a las ex repúblicas soviéticas. Para ellos la receta fue, simplemente, privatizaciones, sin más, y ajustes de las finanzas nacionales a las exigencias del FMI. Por unos y por otros esas dos décadas han pasado por ser las más liberales de la Historia y sus resultados, decepcionantes a todas luces, les han sido asignados al liberalismo.

La ola liberal estuvo mucho más en la boca de los periodistas, de los mediadores de opinión y de ciertos estamentos políticos más que en las realidades. El ex colaborador de Ronald Reagan David Stockman lo explicó muy bien desde el pesimismo liberal en su El triunfo de la política. Sólo tuvieron lugar unos pocos grados de giro hacia la derecha, pero fueron acompañados de una enorme cobertura publicitaria, como si de una gran revolución liberalizadora se hubiera tratado. Grandes alharacas en torno a las privatizaciones ha hecho pasar por liberalizador lo que no fue más que una modalidad de gestión estatista de la economía. No es de extrañar, pues, que tras el fracaso de las promesas de algunas de las privatizaciones y desregulaciones, las culpas hayan recaído sobre los teóricos. Una liberalización cosmética y superficial, que no consigue reducir los precios porque no consigue en realidad incrementar la competencia y dar vía libre a la función empresarial, arrastra en su fracaso a la teoría liberal.

El liberalismo se encuentra, por tanto, en una encrucijada. Por una parte, teórica y, por otra, política. El dilema teórico es que, siendo muy variados los teóricos liberales y sus propuestas económicas, todos son incluidos en la misma casilla. Además, habiéndose aplicado más las recetas de los liberales friedmanitas, monetaristas y neoclásicos, las críticas a sus "inadecuaciones a la realidad" han recaído sobre todos por igual. El mismo Friedman, en un alarde de rigor empirista, reconoció que las recetas de privatización dirigidas por él en la Europa del Este habían sido erróneas. Que es mucho más importante para organizar sociedades libres establecer sólidos regímenes jurídicos de protección a la propiedad. Si no, la privatización es una depredación de rentas estatales con la formación resultante de mafias.

El positivismo friedmanita es de cortas miras. Parece que se niega a admitir que existe una tradición teórica liberal más antigua y sabia que la suya que le hubiera hecho concluir lo mismo y mejor antes de la caída del muro de Berlín.

La encrucijada política deriva de aquella. Si la tradición teórica que puede ser comparada por los políticos, la monetarista, pierde valor, el liberalismo ya no vende. La agenda política norteamericana de los últimos años es clara en esto y no porque a los norteamericanos les preocupe la seguridad, que es muy plausible, sino porque han sacrificado amplias cotas de libertad económica no sólo a ella, sino a las subvenciones, la "solidaridad", la compasión y a todas aquellas propuestas que prometen lo que nunca podrán cumplir.

Frente a este fracaso neoliberal se alza, impasible en el plano teórico, la tradición austriaca. Inexpugnable en sus análisis, infalible en sus pattern predictions es, no obstante, incapaz de entusiasmar a ningún político ni a ningún medio de comunicación de importancia. De nada sirve, no obstante, lamentarse. La tradición austriaca sigue siendo académicamente minoritaria por más que su solidez sea insuperable en el plano económico. Para la opinión pública general, además, o no existe o es considerada como una variante menor del mismo inconvincente liberalismo. Y no vende porque le falta ofrecer un producto político que venda, algo que sea asumible desde quien busca acceder al poder político o desde quien desea reformarlo en un sentido determinado.

No arraiga en la opinión porque sólo prende en las minorías que nos apasionamos con la libertad y, colateralmente, con la expansión sin límites de la productividad y la felicidad humana. Pero no aporta nada a la organización de la sociedad política, salvo generalidades derivadas de la idea de fraccionamiento simple y como sea, del poder territorial, formal, institucional y total. Pienso que ha llegado el momento de que haya una teoría austriaca, o complementaria a ésta, del Estado. Mientras ésta no exista, seremos minoritarios, muy minoritarios, desoladoramente minoritarios… e incapaces de generar una sociedad de minorías orgullosas, es decir, de individuos.

El verdadero poder de mercado

Sin embargo, no voy a hablar de Microsoft. Porque voy a hablar de poder de mercado, y Microsoft, si lo tiene, es exclusivamente debido a la voluntad libre de cada una de las personas que adquiere su producto. A ninguna de ellas Microsoft le impone la compra de sus sistemas operativos. Este poder de mercado depende de la libre voluntad de la gente, que se lo puede retirar en el momento que quiera, por lo que no es poder.

De hecho, ninguna empresa puede tener poder en un mercado libre, en el que la gente puede comprar o no comprar, y vender o no vender. Un ejemplo muy claro es el de la televisión digital terrestre (TDT). Con esta tecnología, se pueden ver bastantes más canales de TV e incluso acceder a otro tipo de servicios e informaciones; el único obstáculo es que hay que comprar un pequeño aparatito, el descodificador, para poder verla en la pantalla de toda la vida.

Desde hace ya bastantes años llevan los distintos medios de comunicación intentando convencernos de las bondades de la TDT y de que nos hagamos con el cacharro. ¿Quién puede afirmar que, juntas, Antena 3, Tele 5, Sogecable, TVE… no tienen poder de mercado? Y, sin embargo, la penetración apenas supera el 30% de los hogares. Es claro que el consumidor es soberano, y si no le convence el producto, poco pueden hacer las fuerzas combinadas de estos agentes para imponerlo. Su única vía es mejorarlo, sea por el lado de poner más y mejores servicios y contenidos, o por el de subvencionar los descodificadores.

En cambio, sí hay un agente que tiene el poder suficiente para conseguir que la gente se vea obligada a migrar a la TDT. ¿Quién detenta tamaño poder de mercado que ni los grandes conglomerados audiovisuales pueden compararse con él? Por supuesto, el Gobierno. El Gobierno decidió hace un tiempo que la TDT era mejor que la TV tradicional (y probablemente lo sea desde un punto de vista técnico). Y el Gobierno decidió, unos años más tarde, que el 3 de marzo de 2010 se produciría el "apagón analógico" y los ciudadanos solo podrían ver la tele si se compraban el aparatito necesario para la TDT.

¿Para qué esforzarse en hacer un mejor producto, más atractivo para los televidentes que el actual, aprovechando el potencial de la nueva tecnología, si se tiene la seguridad de que el Gobierno va a forzar la decisión?

Lo mismo que en la TDT el Gobierno impondrá sus gustos a los de los individuos por la fuerza de la desconexión, puede hacer lo mismo y lo hace en otros muchos ámbitos. Porque, en realidad, es la única fuente del poder de mercado.

Tiene tanto, tanto poder de mercado, que incluso puede convencer al mundo de que empresas como Microsoft tienen posición dominante.

Un estatuto para gobernarlos a todos

Y llevarlos a las tinieblas. Reaparece el proyecto de ley del Estatuto del Periodista. Retornando a los tiempos en los que gobernaba España un general gallego llamado Francisco Franco, una norma jurídica pretende entre otras cosas decir quién es periodista y quién no lo es. No es una cuestión menor, puesto que para poder ocupar ciertos puestos en los medios de comunicación será obligatorio estar reconocido como tal por el Estado o por aquellas organizaciones a las que el Estado les otorgue la potestad de hacerlo.

Y por supuesto, como ocurría en aquellos años de dictadura, el carné de periodista podrá ser retirado a aquel que no se comporte como un "chico bueno". Parece ser que los propulsores del estatuto de marras quieren copiar la Ley de Prensa e Imprenta de 1966, derogada en algunos de sus aspectos pero vigente en otros. Cierto es que la conocida como "Ley Fraga" (por ese otro gallego de nombre Manuel que hoy va de reformista de la derecha y que por aquel entonces era el ministro de Información y Turismo que impulsó la norma) en su momento pudo ser un avance por eliminar la censura previa, pero contiene aspectos que supondrían un serio paso atrás para la libertad en una democracia.

Y son precisamente algunos de estos aspectos los que están presentes en el Estatuto cuya tramitación parlamentaria llevaba varios años congelada y que ahora parece comienza de nuevo a caminar. Uno de ellos es el ya citado reconocimiento oficial como periodista para poder ejercer ciertas funciones. Es posible que tal poder se la vaya a otorgar, como durante la dictadura, a las asociaciones de la prensa. Eso explicaría que el mismo presidente de la organización de Madrid, Fernando González Urbaneja, que en 2004 dijera que el proyecto de Estatuto era un disparate e inadmisible por devolvernos al franquismo, actualmente que también ocupa la presidencia de la Federación de Asociaciones de la Prensa no lo vea tan mal.

También en aquel entonces se establecía entre las limitaciones a la libertad de expresión faltar a la "verdad" o a la "moral". El Estatuto que quieren imponer desde IU, ERC, PSOE, sindicatos de periodistas, Colegio de Periodistas de Cataluña y alguno más utiliza otras palabras para decir lo mismo. Se sancionarán las faltas de deontológicas. Es incluso peor, pues por aquel entonces quien juzgaba y sancionaba eran los tribunales, mientras que ahora pretenden que sea un nuevo órgano no judicial llamado Consejo de la Información Estatal, junto al que existirían otros autonómicos con iguales competencias en su ámbito territorial.

Ese Estatuto del Periodista que nos puede caer a los españoles (sus víctimas directas serían los profesionales de los medios, pero sus efectos perjudicarían a todos los ciudadanos) puede se un terrible paso atrás para la libertad. Conjuga lo peor de ese corporativismo profesional que no es otra cosa que una actualización de los gremios medievales con el control de los medios y, por tanto, de la información y la opinión.

Sarkozy nos confunde con ladrillos

Este lunes, un día antes de que Francia asuma la presidencia de la Unión Europea, Sarko se ha desparramado encima todo el frasco de grandeur française que regalan por arrobas con el muy republicano aposento de los Campos Elíseos y ha dicho que “Hace falta cambiar profundamente nuestra forma de construir Europa”.

¿Qué Europa es esa que es necesario construir? Uno, que es algo ingenuo, pensaba que Europa ya existía. Pero nuestro viejo continente, está claro, no está a la altura de los ideales de este y otros grandes “constructores”. Una casa, un chalet, una auténtica construcción, posee líneas rectas y perfectas; acaso curvas buscadas y armoniosas. Guarda una proporción entre cada uno de los elementos y los fines a los que sirven. Todo está colocado a propósito, erigido según diseño, construido, sí, por decenas de obreros al servicio de un único plan director. Ninguno de los elementos de esa construcción tiene vida propia, sino que es pieza sin más voluntad que la que le preste el obrero, que a su vez se somete al designio del arquitecto; del gran arquitecto.

¿Hay que construir Europa? Su geografía y orografía son de lo más irregular y probablemente inconveniente para un racionalismo tan consciente como el francés, pero con esa naturaleza hasta el momento no ha podido. ¿Y con la naturaleza humana? ¿Y con las personas de carne y hueso? ¿Somos tejas y ladrillos al albur de los designios de los políticos? Si se diese el caso de que las preferencias de los ciudadanos, de los europeos, no fueran las mismas de quienes hablan de “construir Europa”, ¿Quién tiene que resignarse a ceder ante el otro?

Lo sabemos perfectamente y Sarkozy lo ha dicho este caluroso día último de junio de 2008: el “no” que los irlandeses han dicho al Tratado de Lisboa “es una vuelta atrás”, lo cual querrá decir que centralizar más el poder político en Bruselas es un paso adelante. Con lo amantes que somos del progreso, claro está que no nos podemos permitir que nada entorpezca… la “construcción de Europa”. Preguntar a la gente es un estorbo; un incordio. Una cosa antigua, reaccionaria; algo del pasado. “Ha habido un error en el modo de construir Europa”, sigue nuestro hombre, que en un esfuerzo diplomático que está sólo al alcance de unos pocos grandes hombres, forzará a todos los Estados restantes a aprobar Lisboa volis nolis. Y cuando Irlanda quede aislada, se la lleva a votar una y otra vez hasta que el resultado concuerde con el designio de los constructores.

Si esa es la Europa que Sarkozy quiere construir, yo no la quiero.

El déficit exterior resume nuestra crisis

La cuenta corriente nos dice si está entrando o saliendo dinero del país. Si exportamos un kilo de arroz por 10 euros e importamos dos kilos de tomates por 20, el saldo neto es que han salido 10 euros. Para obtener estos 10 euros netos tendremos que echar mano de nuestros ahorros o bien pedírselos prestados a los extranjeros.

Este hecho no es problemático si destinamos las importaciones a la inversión para ser más productivos (por ejemplo, si importamos maquinaria), de modo que en el futuro incrementemos nuestras exportaciones y generemos un saldo exterior favorable, o bien si, en caso de destinarlo al consumo (por ejemplo, si importamos tabaco), ahorramos en el futuro para compensar el exceso de consumo anterior.

Desde el año 2002 hasta mediados de 2007, la economía española fue acumulando un creciente déficit exterior. La economía interna fue concentrándose en el sector de la construcción, de modo que no se producían los bienes que deseaban los extranjeros. Es como si usted redujera las horas diarias de trabajo y dedicara todo ese tiempo al bricolaje; la consecuencia lógica debería ser que su salario disminuyera y que, por consiguiente, pudiera comprar menos bienes.

Sin embargo, la economía española no se ajustó de este modo. Cada vez vendía menos (en términos relativos) al extranjero y compraba más, con lo cual su endeudamiento exterior se acumulaba. Ahora bien, ¿cómo pueden los extranjeros seguir prestando dinero a un país que cada vez está más endeudado? Si usted deja de trabajar y vive del dinero que le presta el banco, es probable que en breve le cierren el grifo y se vea obligado a volver a trabajar… o a morirse de hambre.

La economía española pudo seguir endeudándose casi sin límites gracias a la venta de cédulas hipotecarias. Una cédula hipotecaria no es más que el derecho a percibir las cuotas hipotecarias de los españoles. Dicho de otra manera, un banco alemán compraba las hipotecas a las cajas españolas. La pujanza del mercado inmobiliario español convertía a las cédulas en una inversión prácticamente sin riesgo. En el extraño caso de que el hipotecado dejase de pagar, siempre cabía ejecutar la hipoteca y vender la casa. Dado que hasta mediados de 2007 el precio de la vivienda no dejaba de subir, la recuperación de la inversión estaba asegurada. Por consiguiente, existía una enorme demanda de cédulas hipotecarias españolas en el extranjero, lo que nos proporcionaba dinero contante y sonante para financiar el déficit corriente.

Pero desde agosto del año pasado los mercados financieros internacionales dejaron de funcionar, y el mercado inmobiliario español entró en crisis. La inversión en cédulas hipotecarias dejó de ser atractiva y perdimos nuestra principal fuente de financiación. Así, entre enero y abril de 2007 recibimos entradas de capital en concepto de "inversiones en cartera" (lo que incluye la venta de cédulas hipotecarias) por valor de 81.941,6 millones, mientras que en el mismo período de este año se han desinvertido 31.197.

El resultado lógico debería haber sido que nuestras importaciones se redujeran. Si nadie nos financia en el extranjero, ¿cómo vamos a seguir consumiendo más de lo que producimos? Pero hete aquí que, lejos de disminuir, ha seguido aumentando, a un ritmo galopante.

Y es que buena parte de nuestro déficit corriente se debe a nuestra enorme dependencia del petróleo y, en general, de las fuentes externas de energía. El déficit no puede reducirse por este lado, ya que implicaría una paralización de la actividad productiva.

Pero ¿cómo se ha logrado financiar el déficit corriente desde agosto de 2007? Por un lado, España ha reducido drásticamente su inversión directa en el extranjero. Entre enero y abril de 2007 se habían invertido 21.167,8 millones, por sólo 8.903 en el mismo periodo de 2008. Por otro lado, nos hemos vuelto mucho más dependientes de los préstamos que nos conceden a corto plazo. Entre enero y abril de 2007 los bancos españoles recibieron 13.707 millones de euros en forma de préstamos extranjeros a corto plazo; este año la cifra se ha disparado hasta los 73.658.

El problema de los préstamos a corto plazo es que vuelven a los bancos españoles muy vulnerables frente al sistema financiero internacional y no sirven para que la concesión de nuevas hipotecas o préstamos empresariales. En marzo, en plena quiebra de Bear Stearns, los bancos extranjeros nos retiraron 3.080 millones de financiación, y los bancos españoles se vieron forzados a repatriar 37.911 millones. Del mismo modo, en 2008 el crédito bancario ha crecido a tasas que rara vez han superado el 5%, cuando la media de los años anteriores se situaba claramente por encima del 10%.

En definitiva, las empresas invierten menos y los bancos prestan menos (de hecho, incluso desinvierten) para poder financiar la dependencia energética de España. Hasta mediados de 2007 este problema se había enmascarado con la venta de cédulas hipotecarias; de hecho, todo el petróleo consumido en España desde el año 2000 hasta mediados de 2007 había sido financiado con deuda gracias a su venta. Desde entonces, sin embargo, no sólo hay que financiar el petróleo de otra forma, sino que hay que comenzar a pagar la deuda del que hemos consumido desde el año 2000.

Y esta forma alternativa de financiación es la restricción del crédito (credit crunch) y de la inversión interna, principal motivo de la acelerada crisis que estamos padeciendo. Como ya expliqué, la crisis actual se debe a que los bajos tipos de interés de los bancos centrales fomentaron una estructura productiva concentrada en la construcción y en la importación de bienes de consumo asiáticos sin expandir correlativamente la producción de materias primas. En España esta tragedia es evidente: hemos dejado de invertir para mantener lo que ya tenemos.

En este contexto, tanto la retórica ecologista como el sesgo favorable a la obra pública del presidente del Gobierno es suicida. En un momento en que la dependencia energética estrangula el crecimiento y el empleo, Zapatero sigue despilfarrando recursos en métodos de generación de electricidad que, al menos hoy, no son en absoluto rentables, así como en expandir un sector de la construcción totalmente hipertrofiado. Difícilmente se puede hacer peor.

Si es que somos unos pervertidos

Gracias a nuestra "perversión" y "mentiras insistentes", los ciudadanos, pobres, han quedado convencidos de que el canon es malo cuando resulta que es lo mejor que se ha hecho desde su papel estelar como Judas en el musical Jesucristo Superstar.

Así pues, quienes pagamos más por los productos tecnológicos en realidad no pagamos más, pues según las verdades insistentes de Judas, el canon "no los encarece". No, si va a resultar que estamos ante el primer caso en la historia en que un impuesto hace bajar los precios en lugar de subirlos. Teníamos que pagar ya los costes de fabricación y distribución, pero mágicamente, gracias al canon, estos costes se reducen exactamente en la misma cifra en que el Gobierno ha decidido tasar el pecado de poder ser empleados para copiar los grandes éxitos de Los Canarios.

Claro que Bautista tiene una solución que, como buen izquierdista que es, es Magia Borrás propia de quien desconoce que la economía tiene leyes tan inamovibles como la de la gravedad. Con reducir el margen de beneficio de fabricantes e importadores bastaría, pues es lo "suficientemente grande" como para no tener que elevar el precio. Pasemos un momento por alto el hecho de que se pueden encontrar DVD en el mercado de color por un precio menor a los 44 céntimos de euro del canon que se les impone, lo que supondría que los costes de fabricación y distribución deberían ser negativos para que la teoría de Judas se sostuviera. Aunque eso no fuera así, ¿quién se iba a dedicar a un negocio con unos márgenes de beneficio tan exiguos como los que quedarían tras descontar el canon? Bautista no sólo quiere cobrar, quiere el desabastecimiento general, que no podamos comprar productos informáticos ni gadgets porque nadie quiera vendérnoslos. Es decir, como en la Cuba castrista de sus amores.

Supongo que lo que en realidad le molesta a Bautista es que los periodistas hagamos nuestro trabajo, que es informar sobre los costes del canon y los productos sobre los que se aplica. Le fastidia que recordemos que, pese a las promesas del Ejecutivo de Zapatero, el canon se aplicará sobre los discos duros e incluso sobre dispositivos como el Asus Eee PC o el Macbook Air. Supongo que a Judas lo que le fastidia, como a su admirado Fidel Castro, es que se cuente la verdad. De ahí sus insultos y las demandas que ha puesto la organización que preside contra la libertad de expresión de ciudadanos cabreados con toda la razón. Porque ya sería raro que "mintiéramos insistentemente" todos los medios de todas las tendencias ideológicas, unidos en la crítica a la SGAE, al canon y a sus prácticas.

La peor crisis desde los años 70

El avance del PIB en el primer trimestre (0,3 por ciento) constituye el menor crecimiento económico intertrimestral desde 1995. A su vez, la inflación, situada ya en el 5,1 por ciento, retrocede hasta 1997, año en el que se inició la serie histórica por parte del Instituto Nacional de Estadística (INE). El ritmo de afiliación de la Seguridad Social se ha reducido hasta niveles no vistos desde 1994, tras experimentar un exiguo avance del 0,7 por ciento.

De hecho, tanto la producción como el consumo se encuentran ya en recesión técnica. Es decir, crecimiento negativo durante dos trimestres consecutivos. Sin ir más lejos, las ventas de coches se han desplomado un 17,6 por ciento en el primer semestre. El peor dato desde 1993. Y eso que tan sólo estamos al comienzo de la crisis.

En la actualidad, se ciernen sobre España tres fenómenos interconectados, cuyas consecuencias agravarán, en gran medida, los principales indicadores macroeconómicos del país a corto y medio plazo. En primer lugar, el frenazo en seco del sector inmobiliario que, hasta el momento, lideraba el crecimiento económico nacional. En este sentido, España sufre ahora los temibles efectos del estallido de una burbuja inmobiliaria, cuyo tamaño supera, incluso, a la de Estados Unidos.

A ello se suma el excesivo endeudamiento de la economía. Y es que, a lo largo de los últimos años, España ha crecido a crédito: la deuda privada nacional ha pasado de representar el 212 por ciento del PIB en 2002 al 344 por ciento en 2007. Todo ello como consecuencia del éxtasis que ha vivido el mercado de la vivienda.

No es de extrañar, pues, que el déficit por cuenta corriente, que representa la necesidad de financiación externa del país, siga aumentando mes a mes, y amenace ya con representar casi el 12 por ciento del PIB español a finales de año, duplicando el déficit de EEUU (5 por ciento del PIB) y multiplicando casi por diez el de la eurozona.

Por si fuera poco, toda esta debacle ha coincidido con el cierre del mercado interbancario mundial a raíz del estallido de la crisis subprime en EEUU. El grifo de la financiación crediticia española se ha cerrado, y sus efectos se notarán de un modo dramático tanto en familias como en empresas. Además, el exceso de liquidez generado de forma artificial durante los últimos años afluye ahora con intensidad hacia el mercado de materias primas, empujando al alza el precio del petróleo y de los alimentos. Es decir, inflación.

Por último, la previsible subida de los tipos de interés por parte del Banco Central Europeo (BCE), que sin duda no será la última, encarecerá aún más el coste de los créditos y, por lo tanto, el repago de la elevada deuda que acumulan las familias. La puntilla que corona o de la que, más bien, surge la tormenta es la depreciación del dólar y el consiguiente repunte del euro. La fortaleza de la moneda europea en nada beneficia a la ya de por sí deteriorada competitividad española. Sin un motor económico lo suficientemente fuerte como para sustituir al ladrillo, España se verá abocada a un mínimo de dos o tres ejercicios de crecientes dificultades.

Una particular travesía por el desierto que, lejos de terminar, acaba de iniciar su andadura. Si los primeros meses de la actual tormenta se asemejan ya a la recesión vivida en 1993, la crisis del petróleo de los años 70 será el espejo en el que, a partir de ahora, se verá reflejada la economía nacional.

El poder político contra la Iglesia

El gran error que cometemos los cristianos es tener la ingenua creencia de que la Iglesia puede colaborar y cooperar con los poderes del Estado en la tarea de dar solución a los problemas sociales.

Ya señaló Hegel que el Estado era Dios sobre la Tierra. El filósofo alemán profesaba una platonizante admiración por el Estado, era un colectivista radical y poseía un estilo verdaderamente infumable, pero en su afirmación no podía estar más en lo cierto. Hoy más que nunca, la figura del Estado, cualquiera que sea el partido que gobierne, está deificada. Todo lo puede y todo lo debe solucionar. Esto es fomentado y aprovechado por el poder político, que sólo existe por y para sí mismo.

Si algo caracteriza al estado democrático actual es la hipertrofia legislativa y la mentalidad constructivista en las ciencias jurídicas. La ley se ha convertido en un medio para conseguir fines políticos. Así, la justicia consiste en la arbitraria estimación sobre la base de la impresión más o menos emotiva que produce el resultado final y concreto del proceso social al Gobierno de turno. De esta forma, el estado democrático se ha convertido en una institución moral. Se adueña de la moral y la legisla, es decir, elige los fines que deben perseguir los individuos y se los impone.

En su camino encuentra un gran obstáculo: aquellas organizaciones que ponen a disposición del individuo una visión del mundo, unas creencias, una forma de pensar, un modelo de vida y una moral. Entre ellas se encuentra la Iglesia y el cristianismo.

Y es entonces cuando se evidencia que los poderes políticos del Estado tienden a aplastar cualquier alternativa moral, ya sea amenazando a la Iglesia con cortar la financiación de los colegios concertados por su oposición a la asignatura de Educación para la Ciudadanía o incluso diciendo que la Iglesia "no respeta o ignora principios esenciales de la democracia" por oponerse públicamente a una determinada medida política.

De todas formas, haríamos mal en pensar que sólo los socialistas sienten un profundo desprecio hacia la Iglesia. Sería un tremendo error. González Pons, vicesecretario de Comunicación del Partido Popular, no dudó en recurrir al chantaje cuando hace una semana aconsejó a la Iglesia y a los obispos que no fuesen demasiado críticos con su partido porque "la Iglesia va a necesitar el apoyo del PP esta legislatura". Es bueno que este señor, que ya vemos que es cristiano cuando le conviene, nos haya revelado la verdadera naturaleza de los políticos: simples matones de barrio, no seres angelicales cuyo único fin en la vida es preocuparse de nuestro bienestar, nuestra autorrealización y nuestra felicidad.

Precisamente por este motivo la Iglesia debe abandonar la falsa ilusión de poder "colaborar" con el Estado, cualquiera que sea el partido que gobierne. La Iglesia debe privatizarse, es decir, rechazar y devolver el dinero que obtiene del Estado por poco que sea. No puede actuar como si de un grupo de presión se tratase (véase la SGAE o el cine español). Éstos intentan obtener, mediante favores oficiales, ganancias que nunca lograrían en un mercado competitivo. A cambio, deben prestar al poder político su apoyo incondicional. Estos grupos organizados necesitan de este tráfico de favores para sobrevivir.

La Iglesia no puede actuar con esta lógica porque su naturaleza es radicalmente distinta a la de estos grupos privilegiados. La clave está en lo que le pide el Estado a cambio de su limosna, que es básicamente que no proteste ante las imposiciones morales y el adoctrinamiento ideológico. Vamos, que le pide que renuncie a lo que es. Le pide su destrucción. Los grupos parasitarios viven gracias al Estado mientras que la Iglesia sobrevive a pesar del Estado, aunque parezca lo contrario.

La Iglesia debe autofinanciarse por completo. Ante esto surge la pregunta de si se lograría la suficiente financiación privada para mantener todas las actividades de la Iglesia. Pero esa pregunta es engañosa y no podemos contestarla hasta que la Iglesia se convierta en una institución totalmente independiente del poder, porque las relaciones actuales de los cristianos con nuestra Iglesia se encuentran distorsionadas.

Y es que los cristianos no conocemos las necesidades reales de nuestra Iglesia y, por lo tanto, no sabemos en qué medida debemos contribuir, hasta dónde debe llegar nuestro compromiso y nuestro esfuerzo. Tendemos a creer que lo que se obtiene del Estado es suficiente. Desconocemos si su estructura está sobredimensionada o no para el número de fieles actuales, pero lo que sí es cierto es que muchos cristianos despertarían y se preocuparían mucho más de mantener a la Iglesia que tanto les da y que tan importante es para ellos. Aparecerían iniciativas curiosas como Buigle, que quiere convertirse en página de inicio y motor de búsqueda de todos aquellos que sienten aprecio por las ideas y la labor cristiana y que dona íntegramente el dinero que genera  a la Iglesia Católica. Otra manera de defender lo que nos importa es apoyando las iniciativas de organizaciones como Hazte Oír, que ha ayudado a que empresas como Heineken, Ocaso, el Corte Inglés o Fujitsu hayan retirado la publicidad de programas que ofenden claramente a la Iglesia.

Además, la Iglesia debe rechazar los fondos que recibe del Estado porque hay que respetar el que haya gente que no se identifique con los valores cristianos y no quiera que su dinero se destine a proyectos cristianos.

En cualquier caso, la idea de este artículo es que los cristianos debemos de darnos cuenta de que el actual estado democrático del "bienestar" supone un continuo y progresivo avance en cuanto a la intervención y control de todos los aspectos de nuestra vida y, por tanto, también conlleva la destrucción de la Iglesia porque le pide que abandone sus creencias, le usurpa muchas de las funciones que tendría en una sociedad libre y pervierte las relaciones con sus fieles.

Centrismo regional

Recuerdo los congresos regionales que le siguieron. Región por región, fue descabezando el partido de los abigarrados dirigentes de cierta edad y colocando en cada sitio a gente más joven y que se pudiese comprometer con un proyecto de carácter liberal y españolista. Galicia, con Fraga al frente, quedó como territorio inexpugnable. ¿Para qué? Al fin y al cabo, Fraga es el último troskista que queda en España, siempre en "renovación permanente". Madrid, con Gallardón, quedó también intacto.

Ahora empieza la ristra de congresos regionales post-congreso para que, como en la España del XIX, los resultados democráticos se ajusten a las decisiones tomadas en otro sitio. Las próximas se celebran en dos regiones muy importantes para las aspiraciones del Partido Popular: Cataluña y País Vasco. La diferencia de escaños que le sacaron los socialistas en Cataluña es mayor que la que le sacaron en el conjunto de España; y el PP tiene el riesgo de desaparecer prácticamente del País Vasco, del cual María San Gil no será ya la líder. Y, por lo que respecta a Cataluña, Rajoy quiere una candidatura única donde se habían presentado tres pretendientes. Adiós al discurso liberal que, según parece, tenía preparado Sirera.

Esta renovación regional se cerrará, como el XVI Congreso del PP, en falso. Tres elecciones le esperan a los populares en el corto plazo: vascas, europeas y gallegas, y todo hace pensar que cosecharán tres rotundos fracasos. En las europeas, además, como son vistas por los españoles como votos "sin coste", tendrán el efecto de hacer de UPyD el tercer gran partido que no tenía España desde el desplome del CDS. Rajoy, entonces, no tendrá más remedio que convocar un congreso adelantado al 2010 para que el candidato saliente tenga al menos dos años para erigirse como líder. Y entonces sí que habrá al menos dos candidatos.

Si no, al tiempo.