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Twitter, o la banalidad en internet

Twitter es lo que los expertos denominan un "nanoblog". En un blog, el autor escribe ideas más o menos desarrolladas, y legibles; en un nanoblog, como el prefijo indica, la dimensión de las entradas se reduce, hasta ser meras frases.

La gente envía SMSs desde su móvil, o mensajes de e-mail, que se quedan registrados en una determinada página, a la que se supone que otros interesados pueden acceder. Supongo que habrá genios, estilo Oscar Wilde, que tengan de continuo ideas brillantes y cuyas páginas atesoren frases SMS. Pero la mayor parte de sus usuarios, básicamente, se dedican a mandar SMSs con lo que están haciendo en cada momento, donde están o lo que escuchan. Y a base de estas novedades se llena el nanoblog.

Así que, por un lado, tenemos aquellos usuarios que se dedican a informar al mundo de su paradero. Supongo que asumen que hay mucha gente a las que esto les puede interesar; vamos, que un poco de ego cabe esperar de su perfil.

Pero si bien puedo imaginarme a unas cuantas personas haciendo esto, tomándose la molestia de mandar un SMS en los ratos muertos del día, me cuesta mucho más identificar qué clase de personas pueden ser capaces de consumir las páginas que recolectan esta información. ¿A quién le puede interesar leer una serie de frases inconexas sobre lo que están haciendo o escuchando en cada momento del día otras personas, por muy amigos, conocidos o importantes que sean? Desde mi punto de vista, se trata de otra manifestación de la banalidad a la que parece asomarse nuestra sociedad, menos extendida, eso sí, que el Gran Hermano o el Chiquilicuatre.

Afortunadamente para los usuarios de Twitter y para sus creadores, esta es sólo mi opinión. Y por mucho que piense que es una asignación ineficiente de recursos, no se me pasaría por la cabeza proponer una intervención en el mercado de internet para prohibir esta clase de servicios por dicha razón.

Y es que internet es el fenómeno que es, precisamente porque la innovación no tiene en ella ninguna cortapisa. A cualquiera se le puede ocurrir prestar un servicio, y puede probar suerte. Nadie le va a prohibir que lo haga. Y aunque una gran mayoría de los ciudadanos podamos pensar que es una chorrada, a lo mejor encuentra unos cuantos que lo ven útil o simplemente entretenido. Sólo queda esperar que pueda seguir así por mucho tiempo, libre de intervenciones de iluminados.

Suena La cabalgata de las Valkirias, de Wagner. Adelante, Twitter.

Sobre la gestión de nuestra incertidumbre (y nuestras vidas)

Una implicación fundamental de la existencia de la acción humana es la incertidumbre inerradicable del futuro. El ser humano actúa para modificar el presente y conseguir sus objetivos en el futuro. Por tanto, la acción presupone la incertidumbre, porque si los actores conociesen los eventos del futuro no actuarían, ya que no podrían aspirar a cambiar situaciones futuras. El futuro está por hacer, pero es incierto, y su desconocimiento nos causa inquietud y desamparo.

Pues bien, la pregunta clave que debemos contestar es: ¿quién gestiona nuestra incertidumbre? Dicho de otra manera, ¿quién nos proporciona los mecanismos para afrontar este futuro desconocido inquietante? Sólo hay dos respuestas posibles a esta pregunta: el Estado o el mercado.

El Estado del Bienestar supone un continuo y progresivo avanceen cuanto a la intervención y control de todos los aspectos de nuestra vida. Representa la más espectacular expansión del poder político sobre las vidas y los intereses de los ciudadanos. Instintivamente tiende a expandirse, acaparar más funciones, concentrar más poder y expoliar más dinero a los ciudadanos. Este énfasis regulador y expansionista se traduce en que es el hipertrofiado Leviatán pilotado por los políticos de turno el que se ocupa de nuestro futuro. En su afán de cuidarnos desde la cuna hasta la tumba, el Estado se ha adueñado ilegítimamente del papel de eliminar nuestras incertidumbres.

Así, solemos creer que es función y tarea del Estado el garantizarnos la cobertura de un amplio conjunto de necesidades como las pensiones, la asistencia sanitaria, la permanencia del puesto de trabajo, el pleno empleo perpetuo, la vivienda o el subsidio de paro. Además, creemos que lo consigue, que lo hace sin perjudicarnos, que los únicos efectos que tiene su intervención son la seguridad y la estabilidad y que, por tanto, nos tiene que gustar y debemos dar gracias por ello.

¿Cuál es el argumento que utiliza el Estado Nodriza para legitimar su acción abastecedora de servicios? Que el Estado interviene porque la sociedad no es capaz de solucionar y cubrir unas determinadas necesidades. Cualquiera que cuestione este hecho será considerado como un ignorante y un radical. Y sin embargo, el mercado puede ofrecer una solución a todos estos problemas.

Hay quien afirma que lo que ofrece el Estado no está sujeto al análisis económico. Pero la aplicación de la teoría económica sólo requiere medios escasos y fines alternativos. Además, la teoría económica explica la conducta humana teniendo en cuenta cómo reaccionan las personas a los incentivos y a las restricciones. Veamos un ejemplo. ¿Cómo afronta un trabajador la incertidumbre de que pueda ser despedido en un futuro por su empresa (ya sea porque ésta quiebre o decida deslocalizar)? Tres de las medidas que toma el Estado para “proteger” nuestro futuro son:

Primero, pagándonos el paro. Esto provoca que la gente prefiera quedarse en casa y posponer la búsqueda de trabajo todo lo que puedan. Al actuar sobre los incentivos naturales de las personas se cambia su comportamiento, y si los beneficios derivados de una opción se incrementan, la gente escogerá esa opción. Se incentiva la no producción. Y todo esto obligándonos a los demás a pagar estos gastos, ya que un bien puede proveerse “gratis” a un individuo (o grupo) sólo si otros lo pagan. Se concede el subsidio a unos con cargo al ahorro de otros. El paro es provocado y estimulado por el Estado mediante las intervenciones, las regulaciones laborales y las subvenciones. Un ejemplo son las leyes de salario mínimo, que hacen que el salario de un trabajador pase a ser superior a su productividad marginal, enviándolo directamente al paro.

Segundo, forzando a su empresa a no despedirlo. Se tiende a pensar que el empresario no tiene otra cosa que hacer que echar a la gente a la calle, pero en la inmensa mayoría de las ocasiones, si se despide es por absoluta necesidad. El empresario no puede hacer frente a las pérdidas y no le queda más remedio que despedir o cerrar la empresa. Si las empresas tuviesen la confianza de firmar unos contratos que no se volviesen un problema insuperable en tiempos difíciles, se incrementarían las oportunidades de encontrar trabajo (en especial se fomentaría el trabajo indefinido y la estabilidad del puesto de trabajo). Además los costes sobre los despidos reducen el salario del trabajador, porque el empresario introduce esa incertidumbre en el cálculo empresarial. Libertad para contratar debería significar también libertad para despedir, porque si el miedo a contratar es alto, se desalienta en muchas ocasiones la creación de empresas y la existencia de empresarios, que son imprescindibles para crear empleos y riqueza.

Y tercero, no dejando que la empresa cierre. La finalidad y sentido único de la existencia de una empresa es la satisfacción de los consumidores. Si una empresa no tiene beneficios, su existencia no tiene sentido. Impedir su cierre sería mantener una estructura productiva que está malgastando medios y recursos escasos. Esos trabajadores y recursos se deben dirigir a producir otros bienes y servicios que sigan satisfaciendo a los consumidores. Mantenerla sería subvencionarla a costa de otras empresas.

Como vemos, las medidas que toma el Estado no sólo no nos ayudan, sino que crean un mercado laboral poco dinámico, ineficiente y rígido, y la sociedad en su conjunto sale perjudicada. Pero ¿qué podría hacer un trabajador ante la posibilidad de ser despedido en un futuro si el Estado no interviniese? ¿Sería capaz de hacerle frente sin la intervención gubernamental?

Lo primero que notaría el ciudadano sería que aumentaría su renta porque tendría que pagar menos impuestos debido a que el Estado tendría menos funciones, o tentáculos. Con ese dinero podría, por ejemplo, contratar un seguro de paro, que le proporcionase seguridad ante la posibilidad de perder su trabajo en el futuro. Evidentemente, este tipo de seguros existirían si desapareciese el monopolio del Estado. De hecho, ya existen. Estas empresas buscarían fines lucrativos y se moverían en un entorno de competencia. Sería posible contratar un seguro de paro de la misma manera que se puede tener un seguro de coche, accidentes, sobre bienes, hogar, vida, salud, empresas, viajes, deportes, navegación, ahorro, comerciales, vida, pensiones, comercios, oficinas, caza y pesca, animales domésticos, etc.

Los trabajadores podrían contratar un fondo de inversión como instrumento de previsión. De hecho, al eliminar el incentivo del subsidio de paro, se fomentaría el ahorro. La gente ahorraría de cara a hacer frente a cualquier eventualidad del futuro. Además, al llegar a la etapa más avanzada de su vida, habrían acumulado un capital para sus futuros años. Actualmente, con el Estado del Bienestar, llegamos con lo mínimo y nuestro futuro depende totalmente del Estado. Se fomenta, por tanto, que haya más ahorradores y menos derrochadores.

Esto, unido a la abolición de regulaciones, leyes, multas, prohibiciones, impuestos y negociaciones colectivas, eliminaría los altos costes de entrada y salida, y haría que el mercado laboral fuese dinámico y flexible, reduciéndose enormemente el número de parados.

El Gobierno no es apto para dirigir nuestros asuntos ni nuestro futuro. En el mercado están más claros los incentivos y las responsabilidades mientras que el intervencionismo las disuelve. Se debe dejar al individuo administrar su riqueza totalmente, y no hurtarle ámbitos de gestión de su vida y propiedades.

¿Cuáles son los principales efectos de que el Estado se encargue de nuestros asuntos personales? La usurpación desemboca lógicamente en la infantilización y la irresponsabilidad de los ciudadanos, porque los derechos positivos reemplazan a la responsabilidad; y se elimina la autonomía para dar paso a la dependencia. El Estado, al arrebatar la responsabilidad, siembra la semilla de la destrucción de la esencia del ser humano. El inducir a la dependencia significa contribuir al parasitismo, es decir, fomentar lo peor del ser humano. Todo ello desemboca, finalmente, en una sociedad más injusta.

¿Por qué el Euribor está en el 5%?

En las redes de intercambio de archivos sucede lo mismo. El intercambio de ficheros en el eMule se hace privadamente entre usuarios; por tanto, el contenido de ese fichero que va de un ordenador a otro debería ser objeto de las mismas protecciones que cualquier conversación privada. Sin embargo, al conectarnos con este programa comunicamos públicamente qué ficheros tenemos disponibles para compartir con los demás usuarios; esa información es pública, por lo que la policía debería tener el mismo derecho a acceder a ella que cualquier otra persona con conexión a internet y la mula funcionando.

Otra cosa es que en muchas ocasiones los nombres de los ficheros que públicamente se comparten en estas redes poco tienen que ver con los contenidos reales. No es infrecuente bajarse el último estreno y encontrarse con que en realidad es una película porno, o algo peor. Eso hace especialmente peligrosa la penalización por mera posesión de cierto tipo de ficheros, aunque sean de pornografía infantil. Aunque no suceda todos los días, puede pasar que alguien se descargue archivos con las intenciones más inocentes para luego descubrir que se ha bajado auténticas porquerías.

Fíjense si no en el caso que ha provocado esta decisión del Tribunal Supremo. La acusada se había descargado ficheros tras buscar cosas tan inocentes como "bebés", "mamás", "papás", "niñas" o "mamás con bebés"; a partir de sus descargas la Policía obtuvo la autorización del juez para averiguar quién era a partir de su número IP, que es el único dato público que permite su identificación. Sin embargo, cuando la Policía la detuvo, acusada de poseer pornografía infantil, había borrado ya los ficheros, lo que parece indicar que no era precisamente eso lo que buscaba. Desgraciadamente, eso no la exime; al parecer es culpable de un "delito de facilitación de la difusión de material de pornografía infantil", pues como los usuarios de eMule saben, o deberían saber, todo lo que se descarga se comparte automáticamente, y por tanto la señora en cuestión difundió sin querer pornografía infantil.

No sé qué pensarán ustedes, pero a mí eso de meter en la cárcel o simplemente llevar a juicio a una mujer cuyo única culpa comprobada es la de buscar en la red vídeos de bebés, mamás y papás me parece un poco excesivo, aunque muy en la línea de este Gobierno de comprender a los verdaderos criminales y considerar que sus delitos son "culpa de la sociedad", mientras se inventan delitos nuevos con los que criminalizar a los ciudadanos normales que no hacen daño a nadie. Quizá sea la hora de cuestionarse si no convendría volver a las viejas y buenas tradiciones penales de antes de la era progre, cuando a nadie le cabía duda de que lo que se castigaban eran delitos de verdad.

El Tribunal Supremo y el eMule

Pero, por más que se han hecho todo tipo de intentos para precisar cuáles sean las “necesidades básicas”, siempre han tropezado, metidos en faena, que la lista se les escapaba de las manos como la arena de la playa. Pero si hay una marca de la pobreza clásica y en la que podemos coincidir, esa es la del hambre.

En los 30’, el liberalismo cayó en desgracia y con él todos sus logros, vistos entonces como maldiciones: el laissez faire y la cooperación económica internacional. Las botas del socialismo y del nacionalismo pisotearon las libertades de millones de personas. Se desintegró la división del trabajo internacional y se revivió el mercantilismo del Antiguo Régimen, presentado como último logro de la humanidad. Pero, tras la II Guerra Mundial, se comenzó a desandar lo andado, a recuperar la fe en el comercio internacional, en la cooperación involuntaria pero virtuosa y feraz. A partir de los 70’, con la incorporación de Asia a ese mercado que rompe las fronteras, se aceleró esa integración que hemos llamado globalización.

El crecimiento es caprichoso, sí, pero siempre se acompaña de la división del trabajo, y cuanto más profunda y compleja sea, mejor. Por eso la globalización ha regado de bendiciones económicas áreas inmensas de la tierra, en las que la pobreza y sus marcas han ido remitiendo. Y, entre ellas, está el hambre. En 1970, un 37 por ciento de la población de los países en desarrollo padecían hambre. Dos décadas después, un 20 por ciento, y en 2010, las previsiones apuntaban a un 12. Los visionarios hablaban ya de la erradicación de la pobreza, y los miserables creaban grandes planes desde los gobiernos, para apuntarse un tanto al que en nada han contribuido. Robar y matar, las dos tareas clásicas de los Gobiernos, no dan de comer a los pobres. Producir y comerciar, sí.

Resulta dramático, pero los más débiles tienen más enemigos que los poderosos. Entre los muchos y muy prestigiosos enemigos de los pobres sobresalen los ecologistas, que ven a los hombres no como seres creativos y racionales, sino como depredadores de la naturaleza, ante la cual hay que sacrificar el bienestar de las personas, cuando no su misma supervivencia. ¿Qué hay que encontrar una alternativa al petróleo? Vengan los biocombustibles, esa comida robada a los platos para quemarla en los coches. Como el mercado sale en defensa de los hambrientos, expulsando a los biocombustibles por sus precios desmesurados, ha salido el Estado en su rescate con subvenciones de dimensiones planetarias.

El resultado lo podría haber predicho un niño: escasez de alimentos, desabastecimiento, precios altos… y el retorno del hambre. El ecologismo tiene hambre de hambre, y es insaciable. No sabemos qué será lo próximo.

El retorno del hambre

Antes que nada conviene aclarar qué es el Euribor, para no cometer errores como los que comete nuestro presidente del Gobierno. Como ya hemos explicado en alguna ocasión, la causa última de la actual crisis económica es esa mala práctica bancaria consistente en endeudarse a corto plazo y prestar a largo.

Veamos un ejemplo: un ciudadano abre un depósito a la vista en el banco y éste lo presta en forma de crédito hipotecario. En teoría, mediante el depósito a la vista el banco comercial garantiza al cliente la total e inmediata disponibilidad de sus fondos. Pero ¿cómo es posible que el banco garantice unos fondos que en última instancia se han utilizado para comprar una vivienda? Aquí entra (torpemente) en juego lo que se llama gestión de tesorería: el banco cree que no todos sus clientes acudirán en tropel a retirar sus fondos, así que bastará con poder atender a quienes sí lo hagan. Para ello, guarda en caja un pequeño porcentaje (alrededor del 2%) de los fondos que sus clientes le han confiado (coeficiente de caja). Con este diminuto saldo, los bancos confían en poder atender a sus clientes.

Ahora bien, en ocasiones habrá bancos que tendrán más reservas de las que necesiten y bancos con poco dinero en la caja. Para corregir estos desajustes surgen los mercados interbancarios, donde los bancos se prestan dinero entre sí. El tipo de interés medio de los préstamos en euros entre los bancos europeos es el Euribor.

Cuando el BCE modifica sus tipos de intervención (actualmente en el 4%), lo que trata de hacer es influir en el Euribor. Y es que si los bancos pueden pedir prestado más cantidad de dinero y a un mejor precio del BCE, es previsible que también se presten más dinero y a un mejor precio entre sí. Normalmente, esto es lo que sucede. Cuando no se espera que el BCE suba o baje tipos (como ahora), los bancos comerciales se prestan dinero entre sí a un tipo de interés (Euribor) ligeramente superior al tipo de intervención del BCE.

Sin embargo, a partir del mes de agosto se ha producido un fenómeno extraño para algunos. El Euribor se ha distanciado mucho del tipo de intervención del BCE. Por ejemplo, en mayo de 2004, momento en que los tipos del BCE estaban estabilizados en el 2%, el Euribor a 12 meses alcanzó el 2,3% (un 14% por encima del 2%). Hoy, con los tipos estabilizados en el 4%, el Euribor a 12 meses se sitúa en el 5% (un 25% por encima del 4%) y creciendo.

La explicación más común a este fenómeno es que las altas tasas de inflación eliminan cualquier margen del BCE para que reduzca sus tipos de intervención y, por tanto, los bancos comerciales se tienen que prestar a tipos altos. Sin embargo, esto no explica por qué se está produciendo una ampliación entre el Euribor y el tipo de intervención del BCE. Ampliación que, por cierto, no se circunscribe al ámbito europeo. En EEUU, el Libor (el equivalente a nuestro Euribor) a 12 meses se sitúa en alrededor del 3%, frente a los tipos de intervención de la Reserva Federal, en el 2% (un 50% más), y en Inglaterra en el 6%, frente a unos tipos de intervención del 5% (un 20% más).

¿Por qué los bancos no se prestan dinero entre sí, cuando se pueden endeudar en sus bancos centrales a tipos más reducidos? La respuesta es doble: por un lado, la mayoría está haciendo acopio de liquidez para afrontar las contingencias futuras (como el previsible aumento de la morosidad de sus préstamos); por otro, no se fían unos de otros. Existe la posibilidad de que, si un banco presta dinero a otro, no llegue a recuperarlo (debido a los activos basura que poseen); de ahí que el Euribor y el Libor recojan una gran prima de riesgo con respecto a los tipos de intervención.

Si el Euribor sigue subiendo, la carga financiera que soportarán las familias españolas aumentará, lo que, junto con el creciente desempleo, disparará la morosidad y pondrá en graves dificultades a las entidades bancarias. Es la temida dinámica del credit crunch o de la contracción crediticia, que tantos quieren evitar.

La cuestión es qué puede hacerse para detenerla. Los intervencionistas monetarios están clamando por que el BCE reduzca los tipos de interés y, así, el Euribor baje. El problema es que una reducción drástica de los tipos de intervención provocará una fuerte depreciación del euro frente al dólar y al resto de materias primas. Dicho de otra manera, el petróleo y los alimentos subirán mucho más de precio. Y es que si en un año el precio en dólares del petróleo ha aumentado casi un 100%, en euros sólo lo ha hecho un 60%. Si el euro se deprecia (y una política monetaria expansiva del BCE es una garantía de depreciación), los costes de las empresas y los precios de los bienes de consumo se dispararán.

¿Resultado? Las empresas reducirán sus márgenes de beneficio, lo que hara subir aún más el paro, y las familias verán disminuir su renta disponible como consecuencia del desempleo y del encarecimiento de los productos básicos. Al final, lo que se ahorrarán en cuota de hipotecas lo perderán, corregido y aumentado, por otro lado.

Y es que, como decía el mejor economista del siglo XX, Ludwig von Mises, "no hay manera de evitar el colapso de un boom artificial generado por la expansión crediticia". "La única alternativa es si la crisis debe presentarse más pronto (como resultado del abandono voluntario de la expansión crediticia) o más tarde (como resultado del derrumbe total del sistema monetario)".

Sería bueno que los intervencionistas dejaran la política monetaria en paz y se centraran en atacar la auténtica causa del problema: la insuficiencia de ahorros para respaldar el enorme monto de deuda vivo y la existencia de una organización monetaria corrupta de principio a fin. Para lo primero el camino es muy claro: reducir el peso del Estado y mejorar la tributación del ahorro (plusvalías, reinversión empresarial…); para lo segundo, la solución se conoce de sobra, pero los estatistas fanáticos se niegan a reconocerla: regresar al patrón oro.

Por qué el oro

A lo largo de varios siglos de evolución, los agentes del mercado elevaron al oro como el dinero por excelencia, esto es, el activo último de compensación de deudas. No fue un proceso de selección accidental o arbitrario, sino consecuencia de que el oro cumplía, mejor que cualquier otro bien económico, las propiedades que se le exigen al dinero.

Si en nuestro anterior artículo detallamos cuáles son estas propiedades, pasaremos ahora a demostrar que el oro las cumple todas.

  1. Demanda previa: Desde el principio de los tiempos, el oro ha tenido una fuerte demanda ornamental en casi todas las civilizaciones de la historia. Esto permitió utilizarlo desde muy temprano como un medio adecuado para conservar la riqueza.

    En India, por ejemplo, se instituyó la costumbre, con ramificaciones religiosas, de atesorar buena parte de su renta en forma de joyas para la mujer y las hijas. Y es que en el hinduismo, a la diosa Lakshmi, consorte de Vishnú y símbolo de la fertilidad y la prosperidad, se la representa engalanada de oro y con monedas doradas brotando de sus manos. Por este motivo, las joyas concedían prestigio social a la familia y les permitían conservar e incrementar su patrimonio (la adquisición de joyas de oro era un modo de reprimir la tentación de prodigalidad, dado que su enajenación se consideraba una tacha social, salvo en momento de gran necesidad). Uno de los usos más importantes a este respecto lo adquirió en la ceremonia del matrimonio. Debido a que la herencia sólo podía trasmitirse a los varones, las familias vestían a las novias con ornamentos dorados a modo de donación inter vivos. Además, estas joyas permanecían bajo el control de las esposas, sin que sus maridos pudieran enajenarlas. Así, los padres garantizaban una riqueza mínima intocable a sus hijas.

    Hoy en día el oro sigue conservando esa fuerte demanda en joyería; cerca del 70% de toda la producción anual va destinada a esta finalidad (2400 toneladas en 2007), si bien hay que tener en cuenta que buena parte de ese 70% va destinado a los ornamentos hindúes, que tienen una finalidad subyacente claramente monetaria. Y ha incorporado otros usos industriales como en la electrónica (300 toneladas en 2007) o la odontología (58 toneladas), debido a su alta conductividad y baja toxicidad. Pero además, contrariamente a lo que creen los defensores del dinero fiduciario, el abandono del patrón oro ha incrementando la demanda dineraria de este metal (650 toneladas en 2007): ha habido una fuga patrimonial hacia el atesoramiento individual de oro en la medida en que ya no puede confiarse en el papel moneda como depósito de valor.

  2. Accesibilidad: La accesibilidad geográfica del oro ha sido muy grande debido a que sus minas se hallaban repartidas por todos los continentes del planeta. Además la redistribución geográfica del oro producido ha sido posible gracias a sus propiedades físicas, que facilitan su conservación, y a su elevado valor unitario que elevaba la eficiencia de su trasporte (se podían movilizar grandes cantidades de valor en poco espacio). Desde mediados del siglo XIX, Sudáfrica se ha convertido en el mayor productor de oro del mundo, pero gracias a los nuevos medios de comunicación, la accesibilidad geográfica es casi absoluta, con independencia del lugar de producción.

    En todo caso, la invención de las letras de cambio y de las cámaras de compensación internacionales redujo enormemente la necesidad y los costes de transporte.

  3. Facilidad de transformación: El oro es el metal más dúctil y maleable de todos, lo que facilita su transformación en piezas homogéneas. Su dureza (2,5 en la escala de Mohs) es lo suficientemente baja como para poder rayar el metal y efectuar inscripciones (acuñación) pero lo suficientemente alta como para evitar su desgaste en el tráfico diario. Su punto de fusión está en 1.064 grados centígrados, temperatura que puede alcanzarse con relativa facilidad en un horno, incluso con carbón vegetal, pero que es lo suficientemente alta como para resistir las condiciones ambiente de la tierra.

  4. Atesorabilidad: El oro puede atesorarse con seguridad debido a que no perece ni se descompone, puede reconstruirse con facilidad en caso de deformación (por ejemplo mediante su fusión y reacuñación), es difícil de corroer (no le afectan los agentes corrosivos más comunes como la humedad, el calor o el aire e incluso resiste el ácido sulfúrico) y su elevado valor unitario reduce los costes de almacenamiento. Actualmente el oro es muy fácil de desatesorar debido a la facilidad de transformación. Sin embargo, hasta mediados del siglo XIX, su alto valor unitario hacía que fuese muy costosa su división en unidades lo suficientemente pequeñas para atender al tráfico diario. De ahí que coexistiera el doble estándar monetario entre el oro y la plata: el oro se utilizaba para conservar el valor y efectuar grandes transacciones y la plata como medio de pago común. Los avances de la metalurgia en el siglo XIX, permitieron reducir el oro a unidades molares (1,96 gramos o aproximadamente una dieciseisava parte de onza) de forma económica, lo que provocó la desmonetización de la plata. Baste señalar que durante el siglo XIX la plata solía ser doce veces más barata que el oro, mientras que hoy es unas 60 veces más barata.

  5. Escasez relativa: Todo el oro que se ha extraído de las minas a lo largo de la historia de la humanidad sigue existiendo: se calcula que aproximadamente hoy en día hay 160.000 toneladas de oro. La producción anual apenas alcanza las 2.500 toneladas, lo que significa que el stock de oro se incrementa sólo un 1,5% al año. Además, este ratio debe ser matizado en dos sentidos: a) una parte de esa producción va destinada a la joyería y b) durante los últimos 50 años la producción de oro ha sido desproporcionadamente elevada (la mitad de todo el stock de oro se ha extraído desde 1960), por lo que es posible que ya hayamos alcanzado un peak gold (la producción de oro alcanzó su máximo en 2001 y desde entonces viene decreciendo alrededor de un 0,5% al año. En otras palabras, el incremento anual del oro con fines monetarios es prácticamente despreciable, lo que pone coto a su depreciación inflacionaria.

    Los monetaristas sin duda considerarán este bajo incremento anual de la "oferta monetaria" como un obstáculo para el crecimiento económico. Pero conviene recordar que el oro no tiene por qué usarse como medio de cambio (en ese sentido, las cámaras de compensación han superado desde hace años al oro en eficiencia), sino sólo como mecanismo para compensar los saldos acreedores netos.

El oro cumple de manera casi óptima con todas las características que lo califican como buen dinero. En el próximo artículo abordaremos un análisis de distintos bienes que se han utilizado históricamente como dinero y veremos por qué son muy inferiores al oro en este sentido.

Visualizando los apoyos a Rajoy

El objetivo, al parecer, era "visualizar los apoyos" a Rajoy. Es algo que sin duda han conseguido aún antes de inaugurar la web, pues los únicos con los que puede contar el gallego dentro del partido son precisamente ellos. Bueno, ellos y los medios de comunicación que siempre han sido contrarios a la derecha y que se frotan las manos ante la decisión de abandonar los principios.

El caso es que no parece que el grupo de fieles a Rajoy entienda muy bien en qué consiste esto de internet. Es normal, tratándose de hombres de partido, y partido español encima. Las iniciativas que funcionan en la red son las que parten de abajo a arriba, y no al revés. Son los votantes y afiliados populares que apoyan al todavía presidente del PP, que digo yo que alguno habrá entre quienes no tienen cargo que defender o al que aspirar, quienes podrían preparar una web de este tipo que pudiera interesar y congregar a quienes comparten con ellos ese interés común.

Eso hacía, por ejemplo, BlogsProRajoy, que recientemente anunció que cerraba "por lo evidente". Era una web en la que participaban decenas de personas voluntariamente, ya fuera agregando sus blogs o participando en la elaboración de alguna de sus secciones. Su objetivo era apoyar a Rajoy mientras fuera el candidato que mejor representaba los principios de la derecha social, y funcionaba bien de acuerdo con ese objetivo.

Sin embargo, los mandamenos del PP han decidido que internet funciona como los partidos españoles, de arriba abajo, de ahí que estén pergeñando una web a su medida, al estilo –supongo– del mitin de Valladolid, organizado también para intentar "visualizar los apoyos" a Rajoy, pero del que han destacado más las ausencias que las presencias, especialmente cuando poco menos que se obligaba a acudir a los altos cargos populares, y las incitaciones a "moverse" del aún presidente del PP a su énfasis en afirmar que "no ha cambiado".

Ya veremos en qué queda todo esto, o si finalmente deciden envainarse el proyecto de la web. Tras la noticia dada por El Mundo el sábado 24 de mayo, se sustituyó la portada en pruebas por un mensaje que explicaba que abrirían el lunes. El lunes decidieron retrasarlo al martes, además de impedir el acceso a la web en pruebas, cuya dirección había publicado Libertad Digital. Lleva desde el martes asegurándonos que "próximamente nos conocerás a todos". Ya será menos.

Habrá que ver, si finalmente deciden abrir un foro como parecía era su intención cuando la web estaba en pruebas, cuánto tardan en cerrarlo cuando vean que lo que prima no son precisamente adhesiones inquebrantables. Claro que puede que opten por una web que no sea participativa para evitar esos problemas, lo que dejaría claro que, efectivamente, "visualizar los apoyos de Rajoy" sólo se puede hacer en plan ordeno y mando desde arriba, porque las bases no están por la labor. Poco futuro parece tener el invento.

El Pangloss antropológico

El IPC se dispara cinco décimas en mayo y los precios de los bienes que compramos habitualmente, los que de verdad entran en la cesta de la compra, crecen casi el doble. No hay problema. No se preocupe, hombre, que hay que ser optimista; como Zapatero, el optimista antropológico, el Pangloss impenitente, el alucinado, el friki.

Ya puede hundirse el sector inmobiliario, multiplicarse el precio del depósito de combustible o venirse abajo la confianza de los consumidores a simas jamás vistas. El optimismo de Zapatero lo puede todo. Él rompe con los viejos prejuicios de mirar a la realidad tal como es. ¿Que se tuerce? Una sonrisa estereotipada, un dedo en la ceja, un gesto, un lugar común dicho a tiempo y todo arreglado. Mienten las estadísticas, mienten los despidos y los precios, mienten los carteles de "se vende" y las cuentas de resultados de los grandes almacenes. La realidad es la mentira y la ilusión es la verdad.

Esa idea de que los ciudadanos somos medio lelos y estamos a la espera de que nos guíe el presidente con sus palabras está bien para caudillos y liderzuelos tropicales, no de un político de talla. Es esa vieja idea protofascista de que hay que robarle al pueblo cierta información porque el vulgo, ya se sabe, es incapaz de digerirla. Nada que ver con la concepción liberal del ciudadano como una persona responsable y que es buen juez de sus propios asuntos; especialmente, aunque no sólo, los que le tocan el bolsillo.

Zapatero nos está llamando tontos a cada ocasión. Lo peor no es que además nos pida el voto, sino que son legión los que se lo dan. Ni el pesimismo ni el optimismo determinan los avatares del ciclo económico, y la alucinación de Zapatero con nuestras expectativas sólo le aleja de la realidad de nuestra economía. Ha anunciado nuevas medidas, pero no sabemos si están escritas en las crónicas de Narnia, para el Señor de los Anillos o desde los Mundos de Yupi. La economía de los lunnis es lo único que nos ofrece el presidente. ¡Qué cuatro años nos esperan!

Francisco Capella – La libertad

El director del área de Ciencia y Ética analiza el concepto de libertad según es entendido por el liberalismo, y su relación con el derecho de propiedad, la coacción, la capacidad de acción, la necesidad, las influencias, el determinismo y el libre albedrío. El 30-05-2008.

El liberalismo como tolerancia

Lo dice Gregorio Marañón en el prólogo a sus Ensayos liberales: “ser liberal es (…) primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo”. Es una actitud hacia los demás, es un talante, una forma de actuar. Ser liberal es, en definitiva, ser tolerante. Esta idea se repite en otros pensadores liberales españoles de comienzos del XX, como Ortega y Gasset o Madariaga. Esta idea ha quedado impresa en muchos españoles que se llaman y son liberales y en otros que no lo son. Es una idea que me produce mucho fastidio, he de decir, y pienso en responderla cuando me la encuentro, que no es en pocas ocasiones. La última es una entrevista a Irene Lozano en que la periodista dice: “Un verdadero liberal es alguien dispuesto a reconocer la razón a los demás.”

Si el liberal es ante todo quien muestra tolerancia hacia las ideas ajenas, ¿qué queda de las propias? Si el liberalismo es un puente entre dos puntos, dónde se encuentren éstos no es lo importante. Y, por tanto, cuáles sean tus ideas no es relevante para que te puedas considerar un liberal, porque ello depende de que observes con tolerancia las de los demás. Ante el liberalismo como tolerancia, la ideología liberal se diluye.

A la tolerancia le ocurre como a la verdad, que son ambas vecinas de la libertad y en ocasiones se las confunde. La coacción supone una primera intolerancia, pero esta actitud personal puede darse incluso con una cerrada defensa de la libertad ajena. Uno puede ser intolerante con las ideas o comportamientos del vecino, negarse a escuchar sus argumentos, lanzar anatemas contra sus gustos o preferencias y defender, no obstante, su libertad de tenerlos. Por otro lado, la libertad permite beneficiarnos a cada uno de nosotros del conocimiento que está disperso entre toda la sociedad pero que es inaccesible, por su volumen y por sus características, para cada uno de nosotros. Y esa misma ignorancia también juega un papel en la tolerancia pues, como dice Hayek, “el clásico argumento a favor de la tolerancia formulado por John Milton y John Locke y expuesto de nuevo por John Stuart Mill y Walter Bagehot se basa, desde luego, en el reconocimiento de nuestra ignorancia”.

Es clásico del liberal reconocer la falibilidad en el conocimiento y el juicio individuales. Si los demás están en un error en sus opiniones, nosotros podemos también equivocarnos. Y si siempre existe la posibilidad de que estemos en un error y el otro puede ayudarnos a enmendarlo, si la del conocimiento es una “búsqueda sin término”, tenemos que ser tolerantes con el argumento opuesto o estar dispuestos, al menos a escucharlo. Ese comportamiento supone reconocer los derechos del otro y, en consecuencia, es una actitud típicamente liberal.

Pero no deja de resultar significativo que quien más insiste en el liberalismo como talante traiciona con más asiduidad la defensa de la libertad.