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Estrategias de inversión exitosas

Microsoft no sólo necesita la posición actual de la empresa dirigida por Jerry Yang, necesita sobre todo a su gente, especialista en internet de toda la vida, y su cultura empresarial, construida en el paradigma de los servicios gratuitos a cambio de publicidad y no bajo el esquema de venta de licencias de software. El gigante de Redmond no ha conseguido hacerlo pese a sus muchos esfuerzos. Yahoo, sin llegar al éxito de Google, sí.

Ahora, tras el fracaso de la operación, seguramente Microsoft intente desarrollar una red publicitaria que compita con el AdSense de Google y el Overture de Yahoo. Lo tendrá muy difícil. No sólo porque no puede garantizar a sus potenciales anunciantes una visibilidad ni de lejos tan alta, sino porque no hay sitio para un número demasiado alto de redes de publicidad contextual.

En internet, los anuncios se pueden dividir en dos grandes grupos. Primero, las grandes campañas más o menos indiscriminadas, generalmente de anunciantes que también están en televisión, prensa y radio. Y segundo, esa "larga estela" de empresas que gastan mucho menos pero son muchas más. A los grandes anunciantes lo mismo les da colocar sus campañas en uno o en una decena de redes publicitarias en internet; para ellos el coste de hacerlo es mínimo. Pero a la pequeña empresa que tiene un presupuesto limitado para anunciarse y que vigila con lupa la rentabilidad del mismo le puede resultar muy costoso mantener anuncios en varias redes. Las barreras de entrada de Microsoft en este mercado al que llega tan tarde son, por tanto, limitadas.

La empresa que dirige Ballmer podrá hacerse con una mayor presencia en internet a base de talonario, comprando, por ejemplo, Facebook, pero no está claro que eso le permita ser competitivo en el mercado publicitario, que es lo que ansía.

Tampoco es que el futuro de Yahoo esté pintado de color de rosa. El movimiento de comenzar a mostrar anuncios de Google en su buscador puede tener sentido desde un punto de vista financiero a corto plazo y también como piedra en el camino del intento de compra de Microsoft. ¿Pero cómo competir con Google por la primacía en internet cuando tu competidor se lleva una parte de todos tus ingresos publicitarios? Claro que siempre es posible que Yang se haya resignado al segundo lugar, si así puede lograr que Yahoo sea una empresa rentable.

Pero, evidentemente, el principal ganador de esto ese jaleo ha sido el propio Google, que ha visto como fracasaba la amenaza más seria que ha tenido a su primacía desde que la alcanzara. Los dos perdedores en la carrera ya no se unirán para alcanzar al ganador. Y quien ocupaba el segundo puesto parece ahora menos proclive a plantarle cara que hace tres meses, y más dispuesto a colaborar. Miel sobre hojuelas.

¿Y ahora qué, Microhoo?

Básicamente, existen dos estrategias sólidas para invertir en bolsa, la de la escuela del valor y la de la escuela del crecimiento. La primera sostiene que debemos comprar acciones subvaloradas, y la segunda, que hay que adquirir acciones de empresas con un elevado potencial de crecimiento.

El padre de la escuela del valor fue Benjamin Graham, que en Security Analysis defendió invertir en empresas cuyo precio de mercado fuera inferior a su valor intrínseco, aquél que, en términos generales, venía justificado por los hechos, véase activos, ingresos, dividendos o perspectivas. Si el Sr. Mercado, decía, es tan alocado como para ofrecernos por 100 céntimos una acción cuyo valor intrínseco es de 120, a medio-largo plazo obtendremos una rentabilidad del 20%.

El propio Graham, sin embargo, era consciente de que supone un gran error creer que el valor intrínseco es una medida definida y determinada, como el precio de mercado. El inversor inteligente puede tratar de conocer cuál es el valor intrínseco de una acción, pero puede pagar los errores muy caros. Esta indeterminación del valor intrínseco llevó a Graham a elevar el "margen de seguridad" a concepto central de la inversión.

El margen de seguridad venía a ser una discrepancia lo suficientemente grande entre el valor intrínseco actual y el precio de mercado como para absorber los errores de estimación sobre los ingresos y las perspectivas de la compañía. Una forma relativamente sencilla de encontrar amplios márgenes de seguridad era recurrir a la ratio price-to-book, esto es, el valor de mercado de la empresa dividido entre su activo neto (activo menos intangibles y menos la deuda). Graham proponía invertir en firmas cuyo price-to-book fuera inferior a 0,66, de modo que si la compañía se disolviera en ese mismo momento (vendiera todos sus activos y amortizara sus deudas) recibiéramos un euro por cada 66 céntimos de inversión.

El padre de la escuela del crecimiento fue Philip Fisher, que en Common Stocks, Uncommon Profits defendió la inversión en aquellas empresas capaces de convertirse en los imperios económicos del futuro. El mejor margen de seguridad consistía en seleccionar bien las compañías, y para ello Fisher ofreció hasta quince criterios. El problema de estos quince puntos reside en la dificultad que tiene el pequeño inversor para acceder al volumen de información que contienen. Frente a la simplicidad cuantitativa de la regla de Graham, el método de inversión de Fisher puede parecer excesivamente farragoso. Por ello, casi 30 años después de la publicación de Common Stocks, Uncommon Profits, el hijo de Philip, Kenneth, desarrolló, en Super Stocks, una herramienta cuantitativa para seleccionar empresas con un enorme potencial de crecimiento: la ratio prices-to-sales.

Esta ratio resulta de dividir el valor de mercado de la empresa entre sus ingresos, y nos da una indicación de cuántos euros estamos dispuestos a pagar por cada euro de venta de la compañía. Un price-to-sales de 2, por ejemplo, significa que compramos un euro de ventas a cambio de dos. La ventaja de esta ratio frente a otras alternativas, como el PER, es que las ventas tienen una estabilidad mucho mayor que los beneficios. De hecho, las ventas de una compañía pueden llegar a crecer mientras ésta pierde dinero: la clave está en el margen de beneficio por unidad vendida.

Fisher junior sostenía que si una empresa atraviesa por un bache, el precio de sus acciones caerá mucho con respecto a sus ventas; pero si luego es capaz de restablecer su margen unitario de beneficios, las ganancias del inversor pueden ser estratosféricas. Por ejemplo, un prices-to-sales de 0,33 significa que compramos 3 euros de ventas con un euro. Si al cabo de un año la empresa regresa a un margen unitario del 10% (diez céntimos de beneficio por cada euro de ventas), habremos comprado 30 céntimos de beneficios anuales con un euro (30% de rentabilidad). Un prices-to-sales de 0,33 con un margen del 10% equivale a un PER de 3,3; teniendo en cuenta que el PER suele situarse alrededor de 15, el precio de la acción tenderá a quintuplicarse. Así, Fisher recomendaba buscar acciones con un prices-to-sales inferior a 0,75, y en todo caso nunca superior a 1,5.

La existencia de estas dos escuelas de inversión no significa, con todo, que sus enseñanzas y estrategias sean irreconciliables. El mejor inversor de la historia, Warren Buffett, suele decir que su filosofía de inversión tiene un 85% de Graham y un 15% de Fisher.

Buffett comprendió la importancia de adquirir acciones con un margen de seguridad sustancial; pero, a diferencia de Graham, no buscaba sólo la subvaloración, sino que la empresa pudiera crecer a lo largo del tiempo:

Nuestro método es muy sencillo. Simplemente intentamos comprar a precios interesantes negocios con una situación económica subyacente buena o excelente y dirigidos por personas capaces y honradas. Ni más ni menos.

Graham quería comprar barato, Fisher quería comprar calidad; Buffett entendió que lo óptimo era comprar barata la calidad y se convirtió en el hombre más rico del mundo.

Buffett ilustra el enorme potencial que tiene el fusionar de manera adecuada la escuela del valor con la del crecimiento. De aquí parece desprenderse que la mejor estrategia de inversión posible pasa por buscar acciones con bajos ratios price-to-book y prices-to-sales.

El problema de utilizar el primero de manera aislada es que el valor de mercado de una empresa mediocre con un bajo price-to-book puede quedarse estancado a la baja de manera casi indefinida. Es un criterio conservador: probablemente no perdamos dinero, pero puede que tampoco lo ganemos. El problema de utilizar el segundo de manera aislada es que una empresa puede no alcanzar jamás un margen unitario de beneficios positivo, de modo que el valor de la acción podría incluso desaparecer por entero. Es un criterio arriesgado: puede que ganemos mucho dinero, pero es muy probable que perdamos también mucho. La combinación de ambas ratios, sin embargo, ofrece gran seguridad y grandes expectativas. El bajo price-to-book confiere a la empresa un "margen de seguridad" importante para mejorar y alcanzar un margen de beneficios positivo.

James P. O’Shaughnessy calcula, en su libro What Works on Wall Street, la rentabilidad media durante 45 años de las estrategias de inversión más populares en el índice compuesto de Standard and Poor’s. No es casualidad que la estrategia unitaria más exitosa sea comprar empresas con un price-to-sales bajo (rentabilidad anual del 16,09%) y un price-to-book bajo (rentabilidad anual del 15,05%).

La crisis puede ser tanto una época de penurias como de oportunidades. En buena medida depende de usted.

Soberanía nacional o soberanía popular

Son estos días muy a propósito para reflexionar sobre el significado liberal de la Constitución a que dio lugar la revuelta de los españoles contra los invasores franceses y en concreto su contribución más importante y significativa: la soberanía nacional promulgada por las Cortes de Cádiz en 1810 y recogida como base de la Constitución de 1812. Hay dos fuentes históricas de esa idea. La más inmediata es el hecho de que, con el Rey y el heredero legítimos en manos de los franceses, fuera el pueblo español el que recuperara su destino expulsando a los franceses. El otro se refiere a una idea enraizada en el pensamiento político español desde el comienzo de la era moderna, y es que el origen del poder está en el pueblo. Juan de Mariana ofreció sus palabras a esta idea, que era anterior a él. Pero el jesuita se aferró a ella como ninguno otro antes y sacó las conclusiones más consistentes.

La soberanía nacional aúna en dos palabras varios conceptos distintos. Por un lado coloca al pueblo español como sujeto de la nación española, que no en vano es definida en el primer artículo del texto constitucional como “la reunión de todos los españoles”. Como sujeto y protagonista de la historia de la patria, lo que se estaba refrendando en la lucha contra los invasores franceses, el pueblo español era la fuente del poder legítimo y, como tal se constituyó primero en juntas y más tarde en Cortes. Otro elemento ínsito en la expresión “soberanía nacional” es la noción de que los individuos son portadores de derechos iguales. Una tercera es que forman una comunidad nacional y una cuarta, dicho sea sin voluntad de agotar con esta otras posibles, es la idea de que ese poder originario, esa soberanía, se articula por medio de instituciones representativas.

Pero en la práctica es este último aspecto el que ha primado sobre los demás. La soberanía nacional ha dado lugar a una soberanía popular entendida no tanto en la idea de que en el pueblo residen los derechos como en la de que él tiene todo el derecho e incluso el derecho absoluto de imponer, por medio de los mecanismos democráticos, cualquier ley que considere conveniente. Las leyes son legítimas porque se ajustan al ordenamiento jurídico, pero especialmente porque su fuente, el pueblo, consultado periódicamente por medio de las elecciones, es la única fuente legítima de normas comunes.

De este modo se produce la trasmutación de un concepto, la soberanía nacional, que es compatible con el liberalismo a otro, la soberanía popular, que resulta completamente opuesto. Si el primero merece el calificativo de liberal en cuanto tiene de contraposición a la soberanía del Rey, más por adición de ideas como la de que surge de una comunidad de ciudadanos con derechos iguales o la de que puede retirar el poder que le haya otorgado a un gobernante si éste viola tales derechos, la soberanía popular tiende al poder absoluto, ungido por la supuesta legitimidad de la voluntad popular. Es un cambio sutil, pero sustancial y determinante.

El recuerdo de la Constitución de 1812, con todos sus errores, como la proclamación de una religión oficial, nos debe servir para celebrar el primer texto constitucional que situó a en nuestro país los derechos de los ciudadanos como base del ordenamiento jurídico y para reflexionar sobre el conflicto entre éstos y la mera aplicación de la regla de la mayoría.

Prisión

Los miembros de esta organización parecen tener una mente maquiavélica. Para ellos, el fin justifica los medios. Así, da igual que la información sobre estas cuentas se haya conseguido pagando a unos criminales para robar los datos, da igual que se haya vulnerando el derecho internacional y da igual que ciudadanos españoles vayan a la cárcel. Todo está justificado si se logra ejemplarizar al resto de la población para que no trate de proteger sus ahorros frente al infinito apetito estatal.

Estos señores ni siquiera se plantean por qué "gente normal", como definían fuentes de la Agencia Tributaria a las personas denunciadas, se ve en la tesitura de convertirse en ciudadanos al margen de la ley. No se plantean que cuando la presión fiscal no para de aumentar, el ciudadano corriente tiene que realizar la dura elección entre dejar que el estado confisque sus ahorros o esconderlos para poder mejorar las condiciones de vida futuras de sus seres queridos. La perversión es máxima cuando el ciudadano no puede actuar conforme a la más elemental norma moral y al mandato legal al mismo tiempo.

Las grandes fortunas, a quienes algunos incautos esperaban encontrar detrás de estas cuentas, no tienen estos dilemas. Ojalá el resto podamos decir algún día lo mismo. Los sucesivos gobiernos han preparado nuestro sistema legal para que los millonarios tengan instrumentos de ahorro e inversión que les evitan los elevados impuestos a los que estamos condenados el resto de los ciudadanos. Ellos pueden proteger sus ahorros montando una SICAV o, si son tipos sin escrúpulos, lograr rentas subvencionadas pagadas por el Estado con cargo a la cartera del hombre corriente, por montar huertos solares y otros chiringuitos parecidos.

Los escolásticos españoles del Siglo de Oro mantenían que si el Rey no quería convertirse en Tirano tenía que mantener los impuestos dentro de los límites de lo aceptado por los legítimos dueños. Ya en nuestro siglo John Train ha defendido que si aceptamos que la posesión pacífica de la propiedad, el derecho a obtener y conservar lo producido y el derecho a la legítima defensa frente al robo son derechos humanos en el sentido que son consustanciales a la existencia de una sociedad que podamos considerar civilizada, en el momento que los impuestos pasan de ser un pago para soportar los asuntos estrictamente comunes a convertirse en confiscatorios, lo único que están haciendo los evasores es ejercer sus derechos naturales y preservar la civilización de los atropellos de gobernantes que han perdido cualquier legitimidad. Nuestras autoridades no tienen que meter a la "gente normal" en la cárcel sino ganarse la legitimidad que tienen las autoridades de países como Liechtenstein.

Los cercamientos y las revoluciones económicas

Cuando el XVI no se había desplegado plenamente, con los Tudor en el trono, comenzaron a practicarse los cercamientos (“enclosures”), es decir, el cierre de los terrenos comunales y su conversión en tierras privadas puestas a la venta en pública subasta. Estos terrenos fueron reviviendo a medida que iban perdiendo su carácter comunal para pasar a formar parte de la propiedad de un particular. ¿Por qué es esto así?

La razón es lo que se ha llamado “La tragedia de los bienes comunales”, en feliz expresión de Garret Hardin. “Lo que es del común es del ningún”, que dice sabiamente nuestro refranero. Lo que ocurre en los bienes comunes es sencillo. Cualquier esfuerzo, cualquier coste por mejorar su rendimiento recae al ciento por ciento en quien lo realiza, mientras que el beneficio de esa mejora no va a él por completo, sino que sólo se llevará una fracción, ya que se divide entre todos. Mientras que si uno toma de ese recurso común, el beneficio para él de aprovecharse es del ciento por ciento, mientras que el perjuicio de ese comportamiento para el futuro no es todo para él, sino que se diluye entre todos.

En estas condiciones, llevarse todo fruto y no aportar nada para que éste madure o se acreciente es el comportamiento más lógico. Puesto que todos tienen los mismos incentivos, los bienes comunales se quedan esperando eternamente a que alguien dé el primer paso para trabajar en ellos, mientras que todo lo que den de provechoso se sobreexplota sin consideración alguna hacia el futuro, como ocurre con las pesquerías.

Ocurre todo lo contrario en los bienes privados. Todo coste o aporte para la mejora recae en quien las realiza, pero éste se lleva todo el premio, no tiene que compartirlo con otros. Y los costes futuros de la sobre explotación recaen enteramente sobre él, por lo que le interesará evitarla. Así las cosas, cuando un bien comunal pasa a manos privadas, como ocurrió cuando los cercamientos en Inglaterra y Gales (y con las desamortizaciones civiles en la España del XIX), éste parece revivir, adquiere de súbito todo su poder creador que es, en realidad, el de la mano de su nuevo y exclusivo dueño.

En Inglaterra los cercamientos se aceleraron en el XVIII y, paralelo a este desarrollo, se produjo lo que luego se ha llamado por los historiadores “Revolución agrícola inglesa”. Ya en manos privadas, esas tierras se beneficiaron del deseo de sus nuevos dueños de explotarlas de un modo cada vez más provechoso. Pusieron a su servicio la ciencia y la técnica, la mecanización y la rotación de cultivos. Y llevaron sus cosechas a un mercado cada vez más desarrollado y perfeccionado. La producción agrícola se multiplicó, y ello permitió un aumento de la población absolutamente sin precedentes en aquellas islas. A su vez, esta nueva población fue la mano de obra que puso en marcha las nuevas industrias del XVIII y XIX.

Fue así como los cercamientos dieron lugar a la revolución agrícola y esta a la industrial. La envidiable posición económica de Gran Bretaña y la paulatina pero imparable mejora económica del pueblo británico en aquellas décadas, que asombraron al mundo y le mostraron el camino, tienen una deuda con la disolución de las tierras comunales y la incorporación de estos terrenos a la red de bienes privados.

Primero primarias

Ese reparto infinito en la responsabilidad, ese disolvente universal de la moral que es el reparto igualitario e indiscriminado hará de las futuras derrotas sin cuento del PP eventos más y más extraordinarios y memorables.

Hay una ideología que es como el éter: está en todas partes y estamos tan acostumbrados a movernos de ella rodeados que apenas la percibimos. Es ese pensamiento débil que es destilación de las ruinas ideológicas y morales del progresismo, un panbuenismo que tiembla ante ideas como la responsabilidad personal. La sociedad es la culpable, todos somos responsables, las intenciones eran buenas y demás. No es de extrañar que todo lo que suene a liberalismo, que es libertad y es responsabilidad, no pase el filtro de SSS, el filtro del éter ideológico y de la moral diluida.

Que los partidos no tienen aprecio al mandato constitucional del funcionamiento democrático para ellos, todos lo sabemos. Que el PP comparte ese desdén no habrá quien lo niegue mirando al espejo. Pero ya hay quien, dentro de ese partido, ha visto la necesidad de lograr que la amplia base social que lo sustenta tenga voz y voto en su destino, y pide esa democracia de abajo arriba en forma de primarias. Sus promotores se han echado atrás, pero han dado lugar con su iniciativa a uno de esos movimientos que se alimentan de la ilusión de la gente por mejorar las cosas; y no habrá quien lo pare.

Las primarias cambiarían a aquel partido. Su destino no se decidiría por la autorréplica del aparato, sino por el sentir de sus afiliados, que sería también el de sus votantes. Y la presentación de distintas candidaturas forzaría a los candidatos a retratarse, a hablar a sus militantes sobre sus propias ideas para el futuro. El debate ideológico de que habla Esperanza Aguirre sería ya inevitable, y así se vería quién pide perdón por existir tomando de prestado las ideas de los rivales y quién se sabe superior precisamente por no mendigar los deshechos ideológicos de otros.

Cuando éramos clandestinos

En esa época, cuando la voz de Antonio tronaba relatando los escándalos de corrupción que el felipismo nos regalaba a diario y los socialistas comenzaron a ver su hegemonía en peligro, no era infrecuente asistir a casos de hostigamiento político contra quien se atrevía a sintonizar la maldita Antena 3 de Radio en la administración entre las ocho y las doce de la mañana. Yo he visto a un jefe de sección arrancar el auricular de un funcionario para comprobar si estaba escuchando a Antonio en lugar de a Sor Iñaki, la única voz radiofónica autorizada por el régimen. Con otros no se atrevían, claro, pero porque nos consideraban sencillamente irrecuperables (curiosamente éramos los que más y mejor trabajábamos, si me disculpan la inmodestia), así que se limitaban a postergarnos en todos los concursos de méritos con la ayuda inestimable de la mafia sindical, cuya meta no era defender los derechos de los trabajadores por igual sino contribuir a la preservación del régimen socialista, aunque en el proceso tuvieran que revolcarse en las heces hasta límites indecorosos incluso para la UGT de la época.

La principal aportación de Antonio Herrero a la España de la época no fue contribuir al cambio de régimen que el país necesitaba, ni siquiera la denuncia valiente de los escándalos del felipismo que acabaron en el procesamiento de muchos de sus protagonistas. Antonio hizo algo mucho más importante. Consiguió que la masa silenciosa de votantes de Aznar no se sintiera huérfana, en una época en que la derecha, anulada su presencia en los medios de comunicación de masas, estaba prácticamente en la clandestinidad. Su voz en las mañanas radiofónicas nos convencía de que luchar por unas ideas y llamar a las cosas por su nombre, además de una obligación, era la única actitud aceptable para un hombre libre. En los primeros noventa, muchos comenzaron a tener el valor suficiente para defender sus principios en público, sin tener en cuenta las represalias de una sociedad acojonada por el poder socialista, prácticamente omnímodo en esa época. Eso también lo hizo Antonio, aunque nunca tuvo el menor interés de convertirse en el líder espiritual de esa media España que no se resignaba a ser aplastada por Alfonso Guerra.

En al menos una delegación de una radio perfectamente reconocible se brindó al conocerse la muerte de Antonio Herrero (además, con sidra de a veinte duros la botella; eran y son así de cutres). Un trabajador presente ese día me lo contó, como también me relató que, acabado el brindis, algunos de sus compañeros fueron al inodoro a vomitar. Antonio no necesitaba ese homenaje póstumo, pero ya que lo hicieron, sirva como un mérito añadido a su trayectoria: jamás esa vasta pandilla de hijos de puta odió tanto a un hombre íntegro como él.

Que el primer Gobierno de Aznar iba a tener problemas con Herrero era algo que dábamos por supuesto todos sus oyentes. La tragedia de su muerte prematura evitó la fractura de la derecha social española, porque muchos de los votantes del PP, puestos ante la tesitura, nos hubiéramos ido con Antonio a donde quisiera llevarnos. A diferencia de los políticos, él siempre nos dijo la verdad. La verdad, ahí es nada.

Un juego violento

El título, según dicen muchos de quienes ya lo han probado, puede entrar en la categoría de obra de arte. Pero tiene otra característica notable: es muy violento. Y ya se sabe, en cuanto aparece un juego que destaca en este aspecto saltan por todas partes voces exigiendo la censura en el sector. Si, además, se da el caso de que en una cola de ansiosos compradores se produce una reyerta a navajazos, la excusa está servida para los neopuritanos en su cruzada contra este entretenimiento.

Al igual que hace décadas se acusaba al cine de las cosas más increíbles –recuerdo que en mi infancia llegué a escuchar que los niños se tiraban por las ventanas con una sábana puesta a modo de capa para imitar a Superman–, ahora se dirá que los navajazos son producto de la violencia del videojuego. Es la misma lógica que se aplicó con el tristemente célebre "asesino de la katana". No escuchamos entonces demasiadas voces que dijeran que este es un desequilibrado sin más (que podría haber actuado de similar manera influido por una película o un tebeo) y que los de las navajas seguramente sean unos macarras agresivos con independencia de que jueguen con consolas o no lo hagan.

Entre los que van a reclamar que se censure la industria de los videojuegos, aunque esperen al próximo diciembre o enero para hacerlo, estará Amnistía Internacional. Esta organización lleva media década usando las navidades para atacar al sector y exigir un mayor control sobre el mismo, mostrando en muchas de esas ocasiones un total desprecio hacia los padres. Con el argumento de la defensa de los derechos de los menores pretende recortar el papel paterno en la educación en los hijos y poner límites a la libertad de creación.

Aunque muchos no quieran verlo, estamos ante una cuestión que afecta a los derechos más básicos de las personas. Censurar los videojuegos, que cada vez se acercan más al género cinematográfico, es imponer controles estatales a la creatividad y recortar el libre comercio. Es un absoluto ataque a la sociedad civil, a un elemento tan importante como la familia. Quien lo hace demuestra que cree que los padres no tienen capacidad para educar a sus vástagos. Si admitimos que unos padres están capacitados para impedir que sus hijos vean una película de Nacho Vidal o un título tan violento como La Naranja Mecánica, deberíamos reconocer que también pueden hacerlo con los videojuegos violentos.

Al igual que se admite, porque es así, que un ciudadano adulto tiene capacidad para decidir qué libro le conviene leer, qué película ver o qué música escuchar, se debe aceptar que es perfectamente capaz de hacer lo mismo con los videojuegos. Y el mismo principio funciona a la hora de elegir cuáles son los productos de entretenimiento a los que acceden sus hijos. Pretender que esa tarea la acometa el Estado tan sólo demuestra miedo a la tecnología y a los cambios y una desconfianza profunda hacia la libertad individual.

Ni laicistas ni teocons

El 7 de junio de 1797 el Senado de los Estados Unidos aprobaba por unanimidad un tratado de paz y amistad entre su país y el Bey de Trípoli y la Berbería, un conjunto de estados semi-independientes del Imperio Otomano situados entre las costas de Marruecos y Libia. Entre otras cosas, el documento comprometía a las partes a proteger la vida y la propiedad de los nacionales de cualquiera de los dos países cuando se encontrasen en el territorio del otro. También garantizaba del suministro de provisiones a los barcos "a precios de mercado".

En su artículo once, el convenio afirmaba que "puesto que el Gobierno de los Estados Unidos no está en ningún sentido fundado sobre la religión cristiana; puesto que no posee en sí ningún carácter de enemistad contra las leyes, la religión o la tranquilidad de los musulmanes; y ya que los mencionados Estados [Unidos] nunca han tomado parte en ninguna guerra o acto de hostilidad contra nación mahometana alguna, las partes declaran que ningún pretexto surgido de la religión producirá nunca una interrupción de la armonía existente entre los dos países". Entre 1801 y 1815 los incumplimientos de los norteafricanos ocasionaron dos guerras no declaradas entre los Estados Unidos y la Berbería, saldadas ambas con la victoria de la nación americana. En la primera, el Congreso fue simplemente informado por el presidente. En la segunda, el Legislativo autorizó el envío de 10 buques a las costas de Argel.

El origen de los Estados Unidos enfrenta no sólo a liberales y socialistas (los segundos interpretan el "todos los hombres son creados iguales" como una exhortación a la nivelación social), sino también a los partidarios de la separación entre religión y Estado y a quienes invocan una Ley Natural cognoscible, innata y de origen revelado como fuente de legitimidad del Estado-nación occidental.

Una cosa es que los redactores de la declaración no olvidasen a Dios, a quien sólo se refieren por ese nombre una vez, llamándolo "Dios de la naturaleza" después de mencionar "las Leyes de la Naturaleza", y otra que el documento prefigurara un Estado teocrático o animado por una religión en particular. Así, entre las verdades auto-evidentes figura que todos los hombres "han sido dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad", no de la virtud. En cuando al origen del Estado, la declaración afirma que "se instituyen entre [por] los hombres y que deriva sus poderes del consentimiento de los gobernados" y que "es el derecho del pueblo alterar o abolir" ese Gobierno cuando "deviene destructivo para estos fines", (vida, libertad y búsqueda de la felicidad). Por consiguiente, el Estado es una sociedad civil y no una comunidad de creyentes.

En ningún momento los autores de la Declaración de Independencia citan a la divinidad para sostener sus argumentos a favor de la separación de Gran Bretaña. Simplemente apelan "al Juez Supremo del mundo para la rectitud de nuestras intenciones", aunque inmediatamente después declaran su independencia "en nombre y por la autoridad de la buena gente de estas colonias" y comprometen a esta causa sus vidas, sus fortunas y su sagrado honor "con una firme confianza en la protección de la Providencia Divina".

Ni la emancipación de los EEUU fue proclamada en nombre de Dios ni sus firmantes se ufanaron, como los gobernantes europeos en los siglos anteriores, de tener a Dios de su parte o de estar creando un Reino de los Cielos en la Tierra. Es importante reiterar que el documento no habla de virtudes, sino de derechos, y entre ellos figura el de la búsqueda de la felicidad, no el de encontrarla y menos aún el deber de obtenerla o de impartirla. Una felicidad que no se define, como sí ocurre con la tiranía, descrita por medio de la enumeración de distintos actos llevados a cabo por el monarca británico y que a juicio de los americanos violan sus derechos. La expresión de la esperanza en la actuación conforme a las Leyes de la Naturaleza y a Dios, que no se sabe si rige o es regido por esas leyes, no equivale a hablar en su nombre, tal y como hacen los partidos políticos y los movimientos sociales religiosos, sean musulmanes, cristianos o judíos, que existen en diversos lugares del mundo.

Quince años después de la Declaración de Independencia, la primera enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, en la que Dios sólo aparece en su datación ("el día 17 de septiembre del año de Nuestro Señor de mil setecientos ochenta y siete") declara que "El Congreso no legislará respecto al establecimiento de una religión o la prohibición del libre ejercicio de la misma". Por lo tanto, la alusión al carácter laico de la república contenida en el Tratado de Trípoli es perfectamente coherente con los textos fundacionales de la nación americana, una sociedad política y opuesta a cualquier tipo de teocracia, tal y como la definió John Locke. Una nación laica, pues está creada por y para los hombres y su felicidad terrenal (la sustitución de "propiedad" por "búsqueda de la felicidad" en los borradores de la declaración tal vez proporcione alguna pista al respecto), aunque no laicista, pues esta libertad de práctica religiosa no se delimita ni se circunscribe al ámbito privado.

En los últimos tiempos, los partidarios del estado confesional, bien en los EEUU (los llamados theoconservatives) o en España ("teocons", siguiendo la moda de traducir literalmente del inglés), apelan a menudo al supuesto carácter teológico de la nación americana para defender un fundamentalismo religioso que mucho se parece al laicismo militante de algunos políticos de izquierdas. Ambas posturas, basadas en la falsificación de la historia y en una interpretación falaz de algunos textos políticos, por no mencionar los religiosos, comparten aquel vicio que señalara Montaigne en su defensa del catalán Raymond de Sabunde, el cual había negado que la razón pudiera por ella sola entender o demostrar las verdades de la religión cristiana:

La jactancia es nuestra enfermedad natural y original. El hombre es la criatura más frágil y vulnerable, y al mismo tiempo la más arrogante. Se ve y se siente alojado aquí, entre el lodo y el estiércol del mundo, clavado y remachado a la peor, más letal y estancada parte del universo, en el piso de abajo de una casa en el rincón más alejado de la cúpula celestial (…) y en su imaginación siembra hasta llegar al círculo de la luna y trayendo el cielo bajo sus pies.

Ni nihilismo ni soberbia, con diferencia el más grave entre los pecados capitales, sino sano escepticismo y humilde búsqueda de la verdad, una tarea no apta para iluminados. Que Dios nos libre de ellos.

El problema es el socialismo financiero

Para empezar, la materia prima con la que se trabaja, el dinero, es un monopolio del primo hermano del Estado, los bancos centrales. Dicho monopolio está protegido por las leyes del Estado y el tan dañino "curso legal" que lo protege de la competencia. El que existan varias monedas en competencia dentro de un mismo territorio nos puede sonar extraño hoy día, pero ha sido lo habitual en la historia. Esta circunstancia, en parte, ha permitido en el pasado combatir uno de los grandes cánceres económicos de nuestro tiempo, la inflación.

Tal vez, otro de los motivos que relacionan las finanzas con el capitalismo salvaje (adjetivo este último que siempre está en boca del socialista) sea que los principales actores que participan en los mercados bursátiles, monetarios, de divisas, etc. son banqueros y gente de Wall Street. Ya saben, van con camisa y corbata, sinónimo inequívoco de ferocidad capitalista para todo buen socialista. Pero si analizamos la situación más allá de la estética, nos tendría que llamar la atención la fuerte alianza que existe entre estos hombres de negocios y el Gobierno. Se ha convertido en la norma habitual que cuando una entidad financiera pasa por malos momentos, el Gobierno y los bancos centrales acudan corriendo a darles nuestro dinero. Como se suele decir, la banca individualiza los beneficios y socializa las pérdidas. No hay nada más antiliberal que este tipo de "rescates", que no son más que nacionalizaciones encubiertas en muchos casos.

La "socialización del riesgo" que han conseguido estos hombres de negocios lleva aparejado otro principio antiliberal y muy relacionado con el socialismo: la pérdida de responsabilidad. Cuando uno no aprende de sus errores porque otro le saca las castañas del fuego continuamente, tiende a comportarse negligentemente. Es lo que se llama "riesgo moral". Si el Gobierno y amigos se dedican a tapar con nuestros impuestos las pérdidas de los bancos negligentes, constructores irresponsables o empresas que ya no sirven al mercado, ¿por qué dedicarse a otro negocio con un riesgo real donde no existe la posibilidad de beneficiarse de las pérdidas?

Pero, en última instancia, ¿qué ha creado esta crisis financiera? Se habla de las subprime, de crisis de liquidez o de confianza. El detonante de la situación actual lo podemos encontrar gracias a la teoría de los ciclos de la escuela austriaca. La teoría nos dice que si permitimos a cualquier entidad crear dinero, ya sea en forma de papelitos o de depósitos sin un activo real que los respalde, terminaremos con la ilusión de estar disfrutando de un crecimiento sustentado por la inflación y no por producción real. Han sido los gobiernos y bancos centrales, que nunca han sido sospechosos de impulsar el libre mercado, los principales artífices de esta situación. El por qué lo hacen es evidente; los bajos tipos de interés y las perspectivas de una elevado crecimiento económico son la mejor manera de comprar votos. El gran problema, como decía Hayek, es que al final la violación a las leyes económicas siempre se acaba volviendo en contra de uno. Cuando eso ocurre, los ajustes son brutales y ningún Gobierno puede pararlas.

El problema de la actual crisis financiera no son las subprimes ni la falta de liquidez, sino un sistema que premia la irresponsabilidad, el proteccionismo para ricos y que ha derivado en una crisis de solvencia que sólo ha generado desconfianza entre los actores económicos.

Regalar el dinero de nuestros impuestos a los bancos o constructores no va a mitigar el fondo de la cuestión, porque después surgirán más "burbujas" incontroladas, como los créditos empresariales, de consumo, aseguradoras, etc. El fondo del problema es que la columna vertebral de nuestra economía, el dinero, pertenece al Estado en lugar de estar en manos privadas, con libre concurrencia y respaldado con activos reales.