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Mujercitas

Camille Paglia, una de las líderes del movimiento feminista de los años 90, mantiene una campaña particular contra la candidata a presidente de los Estados Unidos Hillary Clinton. Esta actitud que, en un principio, pudiera resultar paradójica, tiene su explicación en la penosa utilización de su sexo que está haciendo la ex primera dama estadounidense.

Cierto que para decir las cosas tan claras como Camille Paglia hay que ser honesta como ella: bisexual que defiende al hombre masculino frente a la versión metrosexual tan de moda, feminista contra la acción afirmativa, atea que respeta la religión, piensa que el yihadismo es un peligro real e inminente para Occidente y, a pesar de ser demócrata, no le gusta su partido.

¿A qué se debe esta actitud hacia Hillary? Al falso feminismo que defiende, a que utiliza su condición de mujer para conseguir votos y a que esa obsesión le lleva a emprender una campaña anti-hombre que es liberticida e injusta. Hillary no convence a la mujer con formación que no acepta sus ataques a las amas de casa.

Pues no está mal. Pero Camille Paglia no está sola. Wendy McElroy, otra feminista individualista, en su libro Sexual Correctness: The Gender-Feminist Attack on Women, estudia la injusticia de la acción afirmativa y los argumentos de quienes la defienden. A pesar de que las barreras legales cayeron hace tiempo y hombres y mujeres somos iguales ante la ley, se supone que aún no se ejerce esa igualdad, especialmente en el ámbito del mercado, donde continuamente se infravalora a la mujer. Y dado que la explotación continúa, es necesario promulgar leyes protectoras: hay que preferir la mujer al hombre por ley para compensar la explotación a la que el mercado nos somete.

Pero, para McElroy, estas medidas hacen más mal que bien. En primer lugar, porque limitan la libertad al obligar al empresario a contratar a mujeres, arrebatándoles la capacidad de decidir sobre su propiedad. La libertad tiene riesgos. Toda elección entraña discriminación, eliminas una opción para quedarte con otra. Y cuando la elección del empresario no cuadra con los objetivos de los políticos, algo hay que hacer, aunque para ello haya que pisotear la libertad del empresario.

Tampoco el argumento de la justicia compensatoria es válido. No se trata de que aquel que inflija un daño lo repare, sino que las feministas totalitarias defienden que son los hombres descendientes de quienes siglos atrás no trataron a las mujeres de entonces como iguales ante la ley, quienes cargan con la responsabilidad de resarcir a las mujeres de hoy, incluso si ya existe la tan ansiada igualdad.

Otros autores como el economista Thomas Sowell, en el artículo The Grand Fallacy: Equating Male-Female Differences in Salary with Discrimination, apunta que las capacidades potenciales de diferentes grupos no tienen por qué ser iguales, y que incluso si lo fueran, cada uno de ellos podrían no tener interés en desarrollarlos completamente, o de la misma manera que otros. También explica Sowell que la discriminación positiva, tal y como sucedió con la discriminación racial, solamente va a servir para que se vea cuestionado el trabajo de cualquier mujer y para que, al exigirles menos para poder cumplir la cuota, se convierta en una profecía autocumplidora.

A pesar de este movimiento feminista anti-totalitario, en nuestro país caminamos en sentido opuesto. El Instituto de la Mujer  parece asumir las palabras de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista cuando afirmaban:

El burgués, que no ve en su mujer más que un simple instrumento de producción, al oírnos proclamar la necesidad de que los instrumentos de producción sean explotados colectivamente, no puede por menos de pensar que el régimen colectivo se hará extensivo igualmente a la mujer. No advierte que de lo que se trata es precisamente de acabar con la situación de la mujer como mero instrumento de producción.

En la Guía de Sensibilización y Formación en Igualdad de Oportunidades entre Mujeres y Hombres se establece como punto de partida que la igualdad ante la ley ya no es suficiente para conseguir la igualdad de oportunidades. No solamente se financian programas informativos que abarcan aspectos educativos, sanitarios y de empleo sino que se ponen en marcha con fondos europeos, nacionales, autonómicos y locales costosísimos programas de colaboración en los que se premian a las empresas que se distingan como “colaboradoras”, para lo cual, como requisito principal e indispensable, se requiere compromiso y responsabilidad por parte de la dirección de la empresa en apoyar y sostener una política de igualdad de oportunidades, implicándose positivamente tanto dentro como fuera del ámbito empresarial.

El panorama que se nos presenta es desolador, si nos atenemos, no solamente a la creación de un nuevo Ministerio de Igualdad, sino también al Plan Estratégico de Igualdad de Oportunidades (2008-2011) en el que se premia y promociona la feminización de la sociedad y se acaba por victimizar y denostar a los hombres. No tiene desperdicio el Manual para Elaborar un Plan de Igualdad en las Empresas que recuerda a los cuestionarios de cualquier comisariado político.

La igualdad mal entendida (porque los hombres y las mujeres somos diferentes) se está implementando por ley, es decir, coactivamente, con fondos públicos que son derrochados y, sobre todo, a costa de pisotear la libertad individual.

El hombre en la incertidumbre

Vivimos en un mundo en el que el conocimiento del futuro es incierto. De hecho, al escribir esta primera frase, no sé exactamente cómo seguirá este artículo, y menos aún cómo acabará. Los seres humanos vivimos en una realidad social en la que impera la incertidumbre, padecemos de una ignorancia que no se puede eliminar, pero sí puede suavizarse, o reducirse. Esto es así por dos razones: en primer lugar porque la acción humana no puede conocerse de antemano de manera precisa, tal y como sucede con los fenómenos que, por ejemplo, estudia la mecánica newtoniana, y que gozan de una regularidad exacta. Y en segundo lugar, porque hay acontecimientos externos que son impredecibles y no podemos controlar.

Como dijo Javier Aranzadi citando a Bergson: "El futuro no es un porvenir sino un por hacer". ¿Cómo se va a conocer algo que no existe?

No obstante, para tratar de suavizar este panorama tan incierto, el ser humano no se ha quedado de brazos cruzados, y han surgido ciertos mecanismos que, entre otras funciones, sirven para reducir la incertidumbre sobre el futuro. Éstos podrían clasificarse en tres:

  1. Ampliar el conocimiento de la realidad y de los fenómenos naturales (como la predicción meteorológica), sociales y económicos (conocer la teoría austriaca del ciclo, por ejemplo); así como mejorar el conocimiento respecto a la relación medios-fines de los planes individuales. Un factor importante para impulsar el conocimiento del segundo tipo es no poner trabas a la función empresarial.
  2. Un mayor ahorro, renunciando a consumo presente para disponer de mayores recursos en el futuro, como motivo de precaución, es una manera de reducir la inseguridad psicológica respecto a eventos futuros. Asimismo, una mayor riqueza, tanto del individuo como de la sociedad, también puede tener los mismos efectos (las consecuencias de un terremoto en un país rico y en uno pobre son diferentes, causando más daño en el pobre).
  3. Las instituciones, entendidas como comportamientos pautados que surgen de manera evolutiva y espontánea, sin que sean diseñados deliberadamente (es decir, "resultado de la acción humana, pero no del diseño humano" como dijera Adam Ferguson) tienen un papel fundamental.

Veamos el papel de las instituciones con mayor atención, a través de diferentes tipos de instituciones. Un ejemplo muy característico es el dinero, que representa un salto cualitativo positivo respecto al trueque, dado lo embarazoso e incierto que era realizar las transacciones.

También los seguros son otro medio para reducir las consecuencias impredecibles de acontecimientos adversos y la inseguridad que eso nos puede crear, como podrían ser las catástrofes naturales. Todavía tenemos reciente el caso del Huracán Katrina, con consecuencias desastrosas y una gestión muy ineficiente por parte del Gobierno federal en lo que respecta a socorrer y ayudar a las víctimas. Recientemente se ha publicado un estudio del Mercatus Center, llamado Making Hurricane Response More Effective: Lessons from the Private Sector and the Coast Guard During Katrina en el que se muestra quiénes fueron los verdaderos héroes que acudieron en socorro de los damnificados: ¿Sean Penn y su barquita? No, la respuesta es: Wal-Mart y otras compañías privadas, y la Guarda Costera de EEUU.

Según el autor del estudio, la razón del éxito de éstos últimos fue la flexibilidad y rapidez de sus acciones (los altos líderes de Wal-Mart dejaron libertad a sus empleados para actuar según su conciencia y capacidad, tal y como les anunció uno de los altos directivos: "Tomad la mejor decisión que podáis con la información disponible que dispongáis en el momento, pero sobre todo, haced lo correcto"), y especialmente, el conocimiento e información locales de que disponían, frente a la rigidez y centralismo que caracteriza a las burocracias como la FEMA. Algo similar a los argumentos defendidos por Hayek para sostener la imposibilidad del socialismo.

Por último, otro tipo de instituciones muy importante son las normas o comportamientos pautados, los esquemas de acción en los que nos solemos mover, y que reducen el gran abanico de posibilidades de acción. Por ejemplo, las personas de bien consideramos moralmente reprobable el robo o el asesinato. Si esto no fuera así, esto es, si no siguiéramos un cierto marco de normas pautadas, se dispararía el miedo y la incertidumbre, y la sociedad sería un caos. De ahí el vital papel de la moral, de unos principios y valores que guíen la conducta, para que los planes de los individuos puedan coordinarse de manera más eficiente.

Como hemos visto, el hecho de que nos enfrentemos con una incertidumbre inerradicable no implica que no se puedan suavizar sus efectos. Para ello, el papel de las instituciones, ya sean el dinero, los seguros, o la moral, es fundamental, y su estudio no debería relegarse a un segundo plano dentro de las ciencias sociales, y en particular de la ciencia económica.

Adiós, titiritera, adiós

Lo siento por los pobres militares, porque no creo que encuentren en ella alguien que los defienda. Sospecho que cuando uno es progre, como sin duda lo es Rodríguez Salmones, lo es en todo. De hecho, lo único que le recuerdo a la flamante portavoz en lo que se refiere a Defensa es su intento de maquillar la venta de armas al Gobierno colombiano del Ejecutivo de Aznar para hacerla más presentable a la progresía, en lugar de defender con orgullo que España ayude a un país democrático a acabar con el cáncer narcoterrorista que lo carcome.

En todo caso, no parece muy acertado que Soraya Sáenz de Santamaría le otorgue el premio de una portavocía a quien tuvo como momento álgido de la pasada legislatura una crítica feroz no a la política de Zapatero, Calvo y Molina, sino a sus compañeros en el Senado. Porque no sé si ustedes recordarán que, tras el voto favorable de los populares a la supresión del canon en la Cámara Alta, Salmones optó por tratarlos básicamente como idiotas que se habían equivocado al votar. "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen", gritó a los cuatro vientos. Pero cuando Dios –es decir, Rajoy– la corrigió y obligó a decir digo donde decía Diego, no optó por el camino noble de la dimisión, y ahí que se quedó restando credibilidad a la nueva postura del PP respecto del canon.

Nadie del mundillo digital echará de menos a Rodríguez Salmones, la orgullosa receptora de una Medalla a la Lucha contra la Piratería otorgada por la SGAE en 2005. Algunos perderemos una buena fuente de columnas indignadas, pero a cambio la ganará el GEES. Sin embargo, seguro que en las filas de los defensores del canon se echará de menos a tan comprometida guerrera, que había permanecido en su puesto en primera línea de combate nada más y nada menos que 12 años. O quizá no; al final, cuando el debate de ideas llegó a la opinión pública y, sorprendentemente, a los dirigentes del PP, los titiriteros –y disculpen si les molesta el apelativo, o no– descubrieron que ya no servía de nada tenerla a su servicio.

Lo malo es que su sustituto será José María nasty popular Lassalle. Sí, ese mismo que argumenta que no sólo se puede ser liberal sin basarse en las teorías de Hayek y Friedman, sino que se debe sentir cierta inquietud ante ambos pensadores y, sobre todo, ante la revolución liberal-conservadora de Thatcher y Reagan. Sí, esos señores tan antipáticos que ganaron el poder y la batalla de las ideas a la izquierda. Aunque no será malo para la postura del PP contra el canon, pues Lassalle ya ha demostrado que apoyará todo aquello que decida Rajoy que debe apoyar, sino para ganarse a quienes llevamos años en esta lucha. A muchos nos disgustan los chaqueteros que venden el alma por un cargo.

El PP y los liberales

Mariano Rajoy Brey, presidente del Partido Popular, ha invitado a liberales y conservadores a buscar otros nidos donde empollar sus huevos. Esta actitud no resulta extraña en España, donde la concepción del partido es la de un grupo cerrado, una endogamia política y pseudointelectual que se perpetúa sine die y en el que, una de dos, o el líder saliente, como el César lo hizo en el Imperio, declara quién es su sucesor, o se inicia un proceso de guerra civil entre las facciones que aspiran a ocupar la poltrona.

Si un partido político dice defender los intereses públicos de los ciudadanos, debería mostrar más respeto por la opinión de al menos sus afiliados, debería mantener una estructura abierta, donde cualquiera pudiera optar al liderazgo del grupo y desde luego, respetar las ideas de los que han ayudado, consciente o inconscientemente, a alcanzar lo que ahora está disfrutando. El comportamiento democrático no es un simple ejercicio de voto, supone unos principios morales y éticos que deben reflejarse en cualquiera de sus acciones.

Pero tenemos lo que tenemos, las teorías suelen ser muy atractivas en el papel, todo cuadra, el círculo se convierte en cuadrado por arte de una matemática perversa. ¿Deben los liberales implicarse con el partido que lidera Mariano Rajoy Brey? ¿Deberían hacerlo si quien se sentara en el trono imperial fuera mujer, rubia y de Madrid? Si el liberalismo es ese sistema basado en la defensa de la vida, la libertad y la propiedad privada, cualquiera de los partidos que ahora pueblan nuestro panorama político son, sin excepción, nuestros enemigos. Todas las políticas educativas, sanitarias, económicas, fiscales y sociales son intervencionistas, confiscatorias y en última instancia, totalitarias. Algunas veces da la sensación que lo que diferencia una democracia de una dictadura suave es que, además de no poder elegir los gobernantes que te van a explotar, los líderes democráticos aún no han decidido usar la fuerza de manera masiva contra los ciudadanos. El liberalismo no cabe como tal ni en el PP, ni en el PSOE, ni en los partidos nacionalistas, ni en cualquier otro partido político del panorama político español.

Mariano Rajoy Brey ha apostado por la socialdemocracia como ideario del PP, se ha movido hacia la izquierda porque el PSOE también lo ha hecho y ha saltado de la socialdemocracia al socialismo radical. El PP de Rajoy ha optado por la obra pública, por adaptarse a Educación para la Ciudadanía, por acercarse a nacionalismos y movimientos políticos y sociales que no hace mucho habían decidido trazar un cordón sanitario en torno a la derecha política. Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid y aspirante a la secretaría general del partido ha asegurado que "el desempleo provocará una necesaria redistribución de los recursos por parte de las Administraciones Públicas hacia los sectores más castigados. Y esto traerá una reducción de la inversión pública, y en el sector privado, en bienes y equipo". ¡Qué importante es la inversión pública para los keynesianos de todos los partidos!

El PP va a dejar huérfanos a muchos ciudadanos que confiaron ingenuamente en el partido para defender sus principios, su percepción de la vida. Paradójicamente, el PP ha dejado el campo libre para que organizaciones liberales, think tanks como el propio Instituto Juan de Mariana, puedan mostrar y demostrar que existen otras maneras de hacer frente a los retos del día al día, que las políticas liberales son un marco excelente para progresar. Desde la perspectiva del liberalismo, la ausencia de tutela ideológica que antes suponía el PP para varios cientos de miles de personas, es una oportunidad de demostrar el valor de la libertad, una oportunidad que hace unos meses ni siquiera contemplábamos, una posibilidad de resurgimiento de la sociedad civil. Sólo puedo dar las gracias a Mariano Rajoy por tan acertada decisión. A partir de ahora hay que trabajar y en serio.

El precio del agua sin precio

La política ha secuestrado ese bien, como tiende a acaparar todos los aspectos de nuestra vida con el único fin de controlarla, de robarnos el derecho a decidir sobre ella. El agua es como cualquier otro bien y está sometido a la lógica inmanente de las relaciones entre nuestras necesidades y los bienes: aquello de la oferta y la demanda, de los precios y la producción. Y del intervencionismo, claro está, que es por desgracia el estado habitual del elemento.

El agua es muy abundante y convertirla en potable, en apta para nuestro consumo, es realmente barato. La capacidad del mercado de llevar bienes baratos hasta los rincones más recónditos y hasta las sociedades más pobres es conocida. Hay zonas de la América hispana o del África subsahariana donde el agua pública no llega pero sí lo hace la privada, llevada por empresarios con el único objetivo de obtener un beneficio. Se sabe que en pleno Sáhara la Coca Cola llega a sitios donde no lo hace el agua y, allí donde el elemento esencial está presente, es a un mayor precio. Si esto es así, ¿cómo se explica que en una ciudad como Barcelona puedan tener problemas de abastecimiento? Porque, con la excusa de colgar el cartel de “bien esencial” al agua, su gestión ha sido arrebatada a los particulares y reservada por la fuerza a la Administración.

Si el Estado subvenciona los regadíos y la agricultura en general, si hace lo propio con el agua y si, especialmente, marca para ella un precio que no refleja su verdadera escasez, su consumo se dispara. Se utiliza demasiado donde no es necesaria y no llega a donde sí lo es. Otro de los grandes éxitos de la gestión pública.

¿Qué ocurriría si el agua fuese privada y se permitiera su libre intercambio en el mercado? Que las fugas, que actualmente representan el 30 por ciento del consumo (perdido) de agua, serían un coste inasumible para cualquiera y se reducirían drásticamente. Y que su uso se racionalizaría por el propio interés del consumidor, sin necesitad de costosas e ineficaces campañas sobre el uso del agua. Ocurriría, también, que hay zonas donde es muy abundante y sería muy barata y otras donde es muy escasa y sería muy cara. Esa diferencia de precios es una auténtica llamada para cualquier empresario, que estaría deseando construir las infraestructuras necesarias, al menor coste, para comprar agua barata y venderla cara, es decir, para llevarla de donde sobra a donde falta.

No hace falta saber desentrañar las sutilezas de las finanzas para entenderlo. Pero sí es necesario dejar de escuchar las boberías de los políticos.

Nuestros cuatreros también pagan a delincuentes

Recordará el lector que Hacienda ha obtenido esos datos del Gobierno alemán, el cual pagó a un delincuente que los robó del banco LGT, mostrando así su verdadera naturaleza cuatrera. Si de verdad Hacienda fuésemos todos, como durante años nos repetía machaconamente la propaganda gubernamental, los españoles nos habríamos convertido en unos tipos sin escrúpulos. El método mafioso del Gobierno de Merkel, que se salta a la torera las más básicas normas del derecho internacional, le valió un duro enfrentamiento no sólo con la familia real del principado sino con las autoridades de países como Noruega. El ministro escandinavo de Impuestos, Kristian Jensen, arremetió contra la recompensa de un delito por parte del Gobierno Merkel como medio para amedrentar a todas las familias que pensaran en poner parte de su patrimonio a salvo de los hábitos depredadores del estado germano. Gobiernos como el de Suecia se apresuraron a declarar que no usarían una lista conseguida mediante el crimen para inculpar a sus ciudadanos.

Sin embargo, el Gobierno español no le hizo ascos a los métodos gangsteriles de Merkel. Eso sí, los medios afines al Gobierno trataron de ocultar sus vergüenzas hablando de la injusticia que suponía que los grandes millonarios sacasen su dinero fuera de los países de la UE para llevarlos a "paraísos fiscales". Pero ahora fuentes de la Agencia Tributaria han afirmado que los defraudadores son "gente normal". ¿Y qué esperaban? ¿Monstruos? A lo mejor alguien creían que encontrarían grandes fortunas en esta lista. Pues no. Parece que muchos no se han enterado todavía de que los millonarios no pagan impuestos; y no es que esto me moleste especialmente. Ellos no tienen que sacar sus ahorros para escapar de las garras voraces de nuestra hacienda pública. Les basta con montar una SICAV o, si son personas sin escrúpulos, invertir en negocios desde los que succionan rentas del español de la calle: un molino eólico por aquí, unas plataneras por allá y no sólo no pagan sino que el Gobierno les pone el dinero de la gente corriente en su bolsillo.

Es precisamente la gente normal la que se ve ante un dilema moral. Dejar que el aparato estatal le quite una gran parte de lo que ha ahorrado (después de haber pagado impuestos por el mero hecho de haber generado riqueza) permaneciendo así en la legalidad, o sacar sus ahorros fuera del país convirtiéndose en un ilegal pero conservando una mayor parte de su patrimonio creado con esfuerzo, para garantizar el bienestar de su familia y su descendencia. Pocas cosas pueden ser tan inmorales como poner al Estado por encima de la familia, permaneciendo impasible mientras el aparato estatal te quita tus ahorros. Cuando la ley convierte las acciones morales en actos delictivos algo huele a podrido en la sociedad.

Afortunadamente, todavía quedan estados como Liechtenstein donde los impuestos se ponen al nivel que exigía Juan de Mariana, aquel que la gente pagaría voluntariamente.

Juan Manuel de Prada contra la libertad

Habla de "verdadera libertad" como otros hablaban de la "verdadera democracia". Y, siguiendo la estela orwelliana de que la guerra es la paz y la mentira es la verdad, Prada nos ordena: "la verdadera libertad es un estado de obediencia". Las oscuras fauces del antiliberalismo devoran lo más elemental de la lógica, que sólo hecha añicos puede serle útil a este escritor para incinerar la libertad.

La libertad, "tan cacareada", dice, no es más que una de "las viejas herejías de siempre" que se presenta como "talismán redentor" por quienes "únicamente anhelan la destrucción del género humano"; como una "panacea", cuando es la causa de "casi todas" las "calamidades" del hombre. No sabemos si entre ellas incluye a cierto columnismo, pero no hay que ser un liberal fetén para considerar un poco exagerado que los males del hombre sean todos hijos de la libertad. ¿No es razonable pensar que la imposición de una verdad revelada también cree "calamidades"? Sí, De Prada, que conoce la Verdad como ninguno de sus lectores, a los que se dirige con cierto desdén arrogante y paternalista, no necesita que nadie le venga "con la milonga de la libertad". Pero no se contenta con eso y parece querer robársela a los demás. Somos muchos los que no queremos ser serviles de verdades eternas que necesitan del ordeno y mando para imponerse.

Lo que le aflige a De Prada es el miedo. El proverbial miedo a la libertad, a sus "pútridas flores" de que nos habla este escritor. Pero la libertad de seguir comportamientos inmorales y destructivos es la misma que la de abrazar un camino moral y feraz. Y no hay ninguna virtud en actuar moralmente si lo que hace no es por propia voluntad, elegido libremente frente a cualquier otra opción, sino impuesto por algún lector de Juan Manuel de Prada alucinado con su evangelio.

Es más, si De Prada se reconciliara con la humildad llegaría a la consideración de que existe la posibilidad, acaso remota e incierta, de que en alguna ocasión se equivocara al juzgar un comportamiento como inmoral o destructivo. Y la única guía que tenemos al respecto, además de la (siempre libre) reflexión sobre nosotros mismos, es el acervo de todas las variadas experiencias humanas, renovadas permanentemente, y que son las únicas que pueden mostrarnos alguna luz más o menos segura y comúnmente aceptada sobre lo que resulta pernicioso o no lo es. Pero para que la abigarrada experiencia humana despliegue toda su sabiduría, inconscientemente revelada, es necesario que se manifieste con total libertad.

¿Qué la libertad no puede eliminar todo lo feo, desagradable, inmoral y pernicioso para el hombre? Claro es, pero al menos nos permite la posibilidad de aprender. Y los intentos de eliminar de raíz, de una vez y para siempre, todos los males del hombre han llevado a suprimir lo que el propio Prada ve como fuente de todos los males, con resultados de sobra conocidos. El muy conservador Juan Manuel de Prada va a tener que aprender a convivir con lo más penoso de la vida humana en libertad o se llevará por delante, sin ella, todo lo que la hace verdaderamente maravillosa.

El gran reto de la privacidad

Hace unos meses publiqué en mi columna mensual de OME news, un medio del sector de internet, la columna La privacidad y los ciudadadanos. Estaba centrada en el debate abierto sobre la privacidad de los datos que se maneja en las nuevas redes sociales (Facebook, MySpace, Bebo, etc.). Para mi es uno de los grandes retos para el sector de internet en estos años, ya que las redes sociales que están teniendo más éxito, como Facebook y Linkedin, son las redes que cuentan con más datos reales de los usuarios, a diferencia de otras como MySpace.

Facebook está creciendo de forma espectacular, y también sube la cantidad de datos que incorpora cada usuario, ya no sólo datos como sexo o edad sino también de orientación política y religiosa. Existen herramientas como Socialistics, que permiten a un usuario hacer un grafo social de los amigos que tiene, pero que además permite a empresas que desarrollen aplicaciones en esta red e incorporen la versión para empresas de Socialistics conocer toda la información de los perfiles de los usuarios que agreguen esas aplicaciones. Las empresas tienen así al alcance de la mano los datos que se cansan de obtener de encuestas y estudios que en la mayoría de los casos son bastante cuestionables.


Las propias redes también se encargan de explotar estos datos, como Facebook, con una versión de sus Facebook Ads (Beacon), que son anuncios basados en mostrar anuncios relacionados con las actividades de consumo de los contactos que uno tiene en esta red. En cuanto salió al mercado esta modalidad de anuncios gran cantidad de usuarios de la red mostró su rechazo, más de 50.000 protestaron y ahora Facebook pedirá permiso antes de enviar estos "anuncios sociales".

El ejemplo de Facebook demuestra que las empresas y sus clientes se bastan para tratar aspectos relacionados con la privacidad, pero los gobiernos, siempre los gobiernos, dicen que está entre sus objetivos proteger la privacidad de los ciudadanos. No creo que sea necesario un regulador para ello, que además siempre actúa tarde y mal, por lo menos no un regulador tal y como está planteado. La privacidad nos preocupa a muchos, pero delegar la preocupación no parece lo más sensato.

Al Gore y el carrito del helado

Los técnicos de la cadena norteamericana ABC, sorprendidos por la secuencia de las placas de hielo ártico derrumbándose vistas desde un helicóptero, de gran fuerza dramática, han indagado en el asunto hasta descubrir que se trata de un montaje realizado por ordenador. Casualmente el mismo que aparece al comienzo de la película El día de mañana, cuya responsable de efectos especiales confirma que, en efecto, lo que hizo Al Gore fue utilizar esas imágenes para incluirlas en su película, pero eso sí, sin advertir a la audiencia del fraude. O sea, una cosa de mucho progreso.

No es probable que los miles de calentólogos diplomados por la Al Gore University for the Acohone of the Humankind denuncien al profeta por mentiroso, pues, como en todas las campañas patrocinadas por la izquierda, lo importante no es la honestidad, sino alcanzar el fin deseado a cualquier precio. Y si hay que mentir se miente. En última instancia es por una buena causa, como hacer millonario a Al Gore y su camarilla de histéricos farsantes.

Si los promotores de la histeria climática estuvieran convencidos de que la Tierra se está calentando a un ritmo vertiginoso que pone en riesgo nuestro futuro, no recurrirían a este tipo de manipulaciones groseras. Analizarían los datos, los contrastarían con la realidad, extraerían conclusiones válidas y las expondrían con honradez para tratar de solucionar ese problema. Por el contrario, los calentólogos camuflan sus deseos como hechos científicos, a pesar de que los verdaderos expertos en el clima no estén seguros de que tengamos el Apocalipsis térmico a la vuelta de la esquina.

La secuencia a que nos referimos es la vista desde un helicóptero del derrumbe de una placa de hielo ártico. La voz en off de Al Gore actúa como el complemento necesario para hacer pasar el montaje como una imagen real. Sumen a eso la manipulación de los gráficos de temperatura y CO2 que Gore muestra en la película y las ocho restantes mentiras (como mínimo) reconocidas por el juez inglés que prohibió su exhibición en los colegios públicos británicos salvo que se hiciera constar esa circunstancia, y verán que hay elementos suficientes para sospechar que esto del cambio climático no es más que un invento para forrarse el riñón a costa de la credulidad del prójimo.

Por eso los suecos le dieron el Nobel y nosotros el Príncipe de Asturias. Dada la trayectoria de ambos galardones, jamás se hubiera podido encontrar a alguien más apropiado para recibirlos.

Titiriteros

Aquí tiene la SGAE unas cuantas denominaciones más que considerar cargadas de desprecio hacia la actividad que desarrollan Serrat y Sabina. Pero se equivocarán Juan Herrera, José Luis Borau, Teddy Bautista y compañía con esa apreciación.

El desprecio no es hacia la actividad que desarrollan como cantantes, músicos, cantautores o como quiera que se consideren ellos mismos, sino hacia su comportamiento y el de otros miembros de ese autodenominado "mundo de la cultura" en otros ámbitos. En mi caso, la falta de aprecio y la antipatía es debida a sus insultos a quienes no piensan como ellos o votan a un partido que a ellos no les gusta, a la criminalización de todo aquel que osa criticar sus privilegios y, en eso se salva Sabina, por presentarse como víctimas perpetuas para justificar el canon digital.

El directivo de la SGAE al que le ha tocado dar la cara en esta ocasión achaca la oposición a la denominada compensación por copia privada a un supuesto desprecio a la imagen del creador. Como diría un buen amigo mío, con más claridad pero de forma menos adecuada para un artículo, las excusas son como el lugar donde la espalda pierde su casto nombre: todo el mundo tiene una. El revuelo causado por el canon no se debe a eso. El motivo radica en que se trata de una apropiación ilegítima, por muy legal que sea, del dinero ajeno.

Tiene razón Herrera en una cosa. No sólo la SGAE cobra del canon, aunque sea la que más tajada saca del mismo. Hay otras entidades que también se llevan un buen pellizco, como DAMA o la muy querida por el ministro de Cultura CEDRO. Pero que los beneficiados por un sistema consistente en quitar a los ciudadanos para dárselo a unos privilegiados sean muchos no quita gravedad al asunto. Así que puede quedarse tranquilo el sorprendido señor, todas ellas merecen la misma falta de consideración por falta de los españoles.