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El mito de la seguridad laboral

Cada vez que a alguien se le ocurre siquiera mencionar la necesidad de flexibilizar el mercado laboral español, le caen palos de todos lados, a izquierda y derecha. Y eso que el empleo tiene en nuestro país unos costes altísimos comparados no sólo con los de los celebérrimos "países de nuestro entorno" sino también con cualquier otro del mundo, como puso de manifiesto el informe Doing Business 2008 del Banco Mundial, que nos colocaba en ese apartado en el puesto 154 de un total de 178 países estudiados.

Lo que se suele defender como principal ventaja de la regulación española del mercado laboral es que proporciona una gran estabilidad al trabajador. Al saber que es difícil y caro despedirle, puede contar con sensación de seguridad en su puesto laboral que además crece de año en año, según aumenta la indemnización que habría que pagarle. Esto, naturalmente, es cierto. La cuestión es que no es lo único que sucede cuando los poderes públicos aumentan el coste del despido (entre otras trabas a la contratación libre) y muchas veces no somos capaces de conectar esas otras consecuencias con su causa correcta.

Así, un informe de la OCDE (pag. 92) explica que en los países en los que la regulación laboral es más estricta, los trabajadores tienen más miedo a perder sus empleos, incluso aquellos que disfrutan de un contrato indefinido con todos los parabienes y protecciones que el Estado ha decidido otorgarles. Los trabajadores españoles son los que tienen más temor a ser despedidos. Y no sólo los temporales sino también quienes tienen un contrato indefinido.

La razón es obvia para quien quiera verla, y es que a la hora de evaluar si te preocupa perder tu trabajo el factor más importante son las probabilidades de encontrar otro con relativa facilidad tras el despido. Y cuando los costes de contratar son más altos de lo necesario debido a la regulación del mercado laboral, es mucho más difícil emplearse de nuevo. Así, la anhelada seguridad y estabilidad del trabajador español se torna dependencia absoluta del empresario o jefe que tenga en su puesto actual.

No sé si habrán vivido ustedes en sus carnes las consecuencias de esa subordinación o conocen a quienes la padecen; yo sí conozco casos, incluso en un gremio como el informático en el que, la verdad, no hay tanta escasez de oportunidades como en la mayoría. Las horas extra impagadas, el mobbing y otros abusos son mucho más fáciles cuando el mercado laboral dificulta al trabajador encontrar otro empleo, atándolo al que tiene a pesar de los pesares.

Una de las leyes económicas de sentido común que debería saber todo ciudadano que aspire al voto informado es que las barreras de salida suponen siempre barreras de entrada. Si un Gobierno pone trabas a que una empresa deslocalice sus fábricas, otras compañías se lo pensarán muy mucho antes de establecerse en sus dominios. Si el despido sale caro, los empresarios preferirán exprimir a sus empleados actuales mediante horas extra cuando las cosas van bien para no enfrentarse a los costes de despedir a quienes pudiera contratar cuando van mal dadas.

Sin embargo, los autodenominados "agentes sociales" seguirán defendiendo un sistema que ni siquiera consigue el objetivo que se marca explícitamente. Allá ellos. El problema es que tanto los gobiernos de izquierda como los de derecha han sacralizado el "diálogo social" hasta tal punto que hacer una reforma sin contar con estos sindicatos sin representación parece una herejía. Sería ya hora de dejar atrás ese lastre.

Yo, el empollón aburrido y asocial

El caso es que la mandamás ha puesto el dedo en una llaga bien dolorosa para los de mi gremio, el informático: el escaso porcentaje de féminas entre nuestras filas. Pero lo ha hecho con la delicadeza de un dinosaurio en una pista de baile.

Resulta que, para la comisaria, las mujeres no estudian carreras de informática o telecomunicaciones porque éstas tienen una imagen de ser "aburridas y demasiado técnicas" y quienes las estudian y trabajan en el sector la de ser "empollones aburridos y asociales". Es decir, que las mujeres, a la hora de escoger una carrera, lo que miran es si se van a divertir estudiándola o la imagen social que tengan quienes están en el sector. La idea que tiene la comisaria de, recordémoslo, Sociedad de la Información de los ingenieros y técnicos del ramo es extraordinariamente positiva si la comparamos con la que tiene de las mujeres, que para Reding escogen carreras que parezcan guays y no supongan esfuerzo.

Pero dejando aparte la metedura de pata, que dudo que provoque ningún auto de fe como el que le montaron a Buttiglione en su día los laicistas de todo a cien, los problemas de este personaje para encontrar razones de peso para la poca presencia de mujeres en el gremio de la informática resultan sintomáticos de la escasa capacidad del pensamiento políticamente correcto para explicar hechos que escapen a su alicorta versión de la realidad. Las palabras de Reding son patéticas formas de intentar explicar una situación que de otra forma resultaría inexplicable para quienes consideran que la igualdad entre hombres y mujeres se basa en que son realmente iguales en todo, incluyendo aptitudes e intereses. Eso le pasa por ser de Luxemburgo y no francesa; en tal caso conocería aquello de Vive la différence!

Una diferencia crucial entre hombres y mujeres es la maternidad; por más que se diga eso de que "vamos a tener un hijo" quienes lo tienen son las mujeres, si exceptuamos a Schwartzenegger en Junior. Y sea por una suerte de rol impuesto por la sociedad o porque, simplemente, la evolución ha concedido a las mujeres una mayor dedicación a los suyos, lo cierto es que ellas son mucho más proclives a interrumpir sus carreras para cuidar a sus hijos y a trabajar a tiempo parcial para dedicarles más tiempo. En España, el 78,5% de los contratados a tiempo parcial en 2006 eran mujeres. Además, a lo largo de 2004, se retiraron del mercado laboral 379.500 mujeres frente a 14.500 hombres, es decir, el 96% del total.

El caso es que en informática y telecomunicaciones no es necesario pasar muchos años fuera del mercado para convertirse en un trabajador completamente obsoleto y difícilmente empleable. Es posible que ahí esté una de las razones por las que hay menos chicas en el gremio. También hay estudios que indican que las mujeres suelen preferir vías profesionales con más trato humano y menos con máquinas y cosas técnicas. En cualquier caso, son opciones personales. No creo que sean tan tontas como para necesitar que la UE les convenza para que "se preparen para conseguir un trabajo en el sector de TI", como ha dicho la comisaria Reding que va a hacer. Aunque puede que piense eso sólo porque soy un empollón aburrido y asocial, quién sabe.

Cómo ser rico (en esta vida)

Lo que nos distancia de ella no es ni la lotería ni una herencia, sino el trabajo honrado y el ahorro. Y el mero conocimiento de que ese camino existe y es plenamente viable.

Para vivir necesitamos consumir, y para poder adquirir los bienes de consumo necesitamos una renta. En la primera etapa de nuestra vida laboral, la única renta que obtenemos proviene del trabajo. En esa etapa transformamos parte de la renta en riqueza: es decir, ahorramos e invertimos para crear un patrimonio. En una segunda parte de nuestra vida la renta derivada del trabajo ya no es tan importante porque obtenemos otra renta independiente que procede del patrimonio que hemos creado. Veamos cómo.

Partiremos del estudio del Instituto Juan de Mariana Una sociedad de propietarios. En él se observa que la rentabilidad histórica de la Bolsa española, la rentabilidad real, descontada la inflación, es del 7 por ciento. Es decir, que si uno hace una inversión en valores representativos de la evolución de la Bolsa y lo hace durante un período largo de años, obtendrá una rentabilidad media anual de en torno al 7 por ciento. Y ahí propone un sencillo supuesto: una familia ahorra 4.200 euros el primer año, a razón de 350 al mes. Y ese ahorro se aumenta a razón de un 4 por ciento al año, a medida que la mejora profesional permite un aumento de las aportaciones a la inversión.

Gracias a la magia del interés compuesto, cuantos más años se siga el plan de ahorro, más crece la riqueza acumulada. ¿Qué resultados obtendríamos? En 10 años habremos ahorrado 11 millones de pesetas, y en sólo 5 más, el doble. En 20 años casi 40 millones y en 30, 101. Supongamos que una persona sigue ese plan desde los 25 hasta los 65 años, es decir, durante 4 décadas. Entonces habrá acumulado un patrimonio en Bolsa de 237 millones de pesetas, que (al 7 por ciento supuesto), le darían una renta anual de 16,6 millones de pesetas.

¿Que se ve incapaz de seguir ese plan de ahorro? Pero si usted aporta mucho más en una Seguridad Social que (todo el mundo lo reconoce), da unas pensiones misérrimas. ¿Qué ocurriría si un cotizante medio destinase la cuota de la Seguridad Social a la inversión en Bolsa? El Juan de Mariana también ha hecho ese cálculo. Si un cotizante medio hubiese destinado sus pagos a la SS de 1992 a 2006 (un período de 15 años, no los más de 30 que estamos pagando al Estado), dispondría en ese tiempo de un patrimonio de 246.865 euros (41 millones de las antiguas pesetas), que le darían una renta mensual de 1.500 euros (250.000 pesetas), más del doble de la pensión media actual.

Trabajo, ahorro, constancia y años. Ésa es la fórmula para ser rico en una sola generación.

Rajoy y la derecha garbancil

Manuel Fraga aleccionaba a Felipe González, en plena década de los Gal, con el precio de los garbanzos, entre la risa floja y la condescendencia del socialismo aún patrio. Aznar, nada más llegar al poder, se olvidó de la regeneración democrática que había prometido en campaña y mantuvo la estructura de politización de la justicia y con ella del resto de las instituciones dizquedemocráticas. Le faltó verdadera ambición o sucumbió al atávico atractivo del poder. Y buscó la legitimidad en el éxito económico y en la "normalidad", esto es, en el mensaje de que el centro derecha en el poder no era el ogro cuartelero y robapensiones con que Prisa y TVE identificaban al PP.

Mariano Rajoy ha acertado al seguir al frente del PP tras la derrota electoral; ha salvado a su partido de una lucha que hubiese abierto las heridas, entre hachazos y puñados de sal de sus medios enemigos. Se presenta para renovar el apoyo unánime del partido a un equipo que combine la relación de fuerzas con sus preferencias. Pero Rajoy está amarillo de garbancilismo; su campaña se ha basado en la situación económica, en la constatación de que el Gobierno ha despreciado el bolsillo de los españoles y la apelación del recuerdo colectivo de que el PP sabe gestionar la economía y los socialistas, no.

La crisis no ha hecho más que asomarse, y cuando se le vean las fauces el crédito del Gobierno se hundirá. Los problemas de seguridad e inmigración vendrán de la mano del paro; y entonces todo el mundo recordará que Rajoy hablaba de integración, de derechos y de deberes de los inmigrantes. Y miles de españoles reticentes sentirán que es él quien habla de los problemas que en realidad le atañen. Rajoy ha hecho este cálculo y espera que su ábaco le lleve a La Moncloa en 2012.

Pero Zapatero ha salido reforzado de las urnas y piensa llevar su proyecto político a término. Al PP se le tolera, siempre que admita la culpa de existir, sin muchas pretensiones. Entonces se le cuelga el cartel de "derecha civilizada". Eso sí, ante cualquier protesta por el cierre de este o aquél medio, la persecución de los periodistas incómodos, el uso político de la Justicia, Educación para la Ciudadanía o el acuerdo con ETA y el PSOE (que se define como el partido central de la democracia, el que reparte bulas de legitimidad en España) le cerrará la boca o le cortará las alas con el BOE en la mano. Ni un paso más allá del cordón sanitario.

Pero ante ese proyecto los platos de garbanzos no aseguran nada y el ábaco de Rajoy puede quedarse corto de cuentas. Hay que mirar a los socialistas a la cara y decir que no se está dispuesto a permitir ni un solo atropello de la libertad de los españoles. Aunque para eso hace falta levantar la mirada algo más allá de la economía, dar verdadero contenido a los manidos "valores" y proclamar que no se está dispuesto a reconocer a los demás el derecho a tolerarte o no. Hace falta el convencimiento de que la libertad y los derechos de la persona están por encima de cualquier consideración y de que el PP es el partido que se identifica con ellos. Si Rajoy es o no la persona adecuada para ello lo veremos a partir de junio.

Empresarios españoles de mentirijillas

La reciente reunión del Consejo de Cooperación Económica, que integra a 120 grandes empresas de Italia, Francia, Portugal y España, ha logrado que me reafirme en mi visión y que la extienda a todos esos países.

En nombre de la competitividad de la economía europea, estos empresarios y gestores de pega han hecho toda una serie de propuestas al Consejo Europeo que son para echarse a llorar o, quizá mejor, a boicotear. Dicen los señoritos que la mejora de la competitividad requiere "reforzar la represión a la economía sumergida". Yo creía que la competencia mejora quitando las barreras que hacen que muchos ofertantes tengan que desarrollar su trabajo en el mercado no oficial, pero no veo cómo aplicando represión sobre estas personas puede mejorar la competitividad; si acaso todo lo contrario.

Esta gente sigue confundiendo la mejora de sus cuentas con la mejora de la competitividad. Y lo peor es que no les importa si sus resultados mejoran como resultado de haber recibido el favor de los consumidores o no. Así que no les basta con las múltiples subvenciones que reciben para vender en el extranjero a través de las organizaciones estatales y regionales para el fomento de la exportación, sino que ahora quieren que los políticos les constituyan una agencia comercial europea. No tienen vergüenza.

Por otro lado, estos empresarios de mentirijillas parecen haberse dado cuenta de que sin un sistema energético sólido que evite los cortes de suministro a la industria será difícil mantener el actual tejido industrial y, más aún, atraer inversiones extranjeras. En esto tienen razón pero en lugar de denunciar el intervencionismo europeo y la artificial burbuja renovable en la que nos han metido políticos, ecologistas y empresarios sin escrúpulos se dedican a pedir "una diplomacia energética", que suena a algo así como un perfume para quitar el olor a mierda.

Esta gente no tiene remedio. Se han arrimado tanto y durante tanto tiempo al poder político que ya no sabe cómo subsistir sin sus ventajas, privilegios y promociones. Parece como si ya ni siquiera supieran qué es un mercado competitivo. Darían lástima si no fuera porque muchos de ellos se forran a base de cuentos chinos y dinero del contribuyente. ¿Cuánto tendremos que esperar para ver a asociaciones de verdaderos empresarios exigir libertad de mercado y eliminación de privilegios como forma de mejorar nuestra maltrecha capacidad de competir y revitalizar los fundamentos morales de un mercado asfixiado por el intervencionismo estatal?

Es hora de levantar el embargo

Han pasado casi cinco décadas desde que el gobierno de Estados Unidos impusiera a Cuba un férreo embargo comercial con el fin de provocar la caída de Castro. Lejos de precipitar el hundimiento del régimen comunista, el embargo ha contribuido a mantenerlo vivo sirviendo de chivo expiatorio de sus fracasos.

El embargo comercial es juzgado, como tantas políticas públicas, más por sus intenciones (y la imagen que proyecta de nosotros) que por sus resultados. El objetivo declarado de la Libertad Act es presionar al Gobierno comunista para que inicie la transición a la democracia. La suspensión del embargo está condicionada a la instauración de un régimen democrático que respete los derechos humanos, luego es indudable que el Gobierno cubano puede poner fin al embargo si tiene la voluntad de hacerlo. El embargo, además, satisface en la gente el reclamo moral de "hacer algo" contra la injusticia (la inacción estatal suele interpretarse como "no hacer nada") y está en sintonía con la actitud tipo "Harry el sucio" que nos gusta exhibir en este tipo de situaciones.

Desde un punto de vista ético el embargo es problemático por varias razones. El Estado obliga a todos los individuos bajo su jurisdicción a boicotear a Cuba, en lugar de permitir que el boicot sea voluntario y cada uno tome su propia decisión. Se arguye que en realidad no se está prohibiendo el "libre comercio con el pueblo cubano" sino el comercio con el Estado cubano, que controla casi toda la economía. Este argumento es descriptivamente cierto pero no resuelve la cuestión a favor del embargo. Para empezar, no comerciamos colectivamente como pueblo, comerciamos individualmente como consumidores y productores, lo que resulta en una gama heterogénea de relaciones comerciales: con respecto a un mismo país, algunas personas comercian con individuos y empresas privadas mientras otros tratan con empresas públicas o fuertemente subsidiadas. En Cuba el sector privado es muy pequeño (el Estado consume el 72% del PIB y emplea al 75% de la población), pero no es inexistente. Un embargo condena a todos por igual, imposibilitando los pocos intercambios voluntarios que pudieran tener lugar.

Por otro lado, la lista de relaciones comerciales corrompidas por la intervención del Estado es interminable. Si la gasolina de nuestro coche proviene de Saudi Aramco estamos financiando la dictadura de Arabia Saudita. Si compramos un ordenador Lenovo estamos financiando al Gobierno chino, principal accionista de esa compañía. En el día a día nos hemos resignado a convivir con esta imperfecta y penosa realidad (aunque a menudo somos libres de evitar este tipo de relaciones si queremos). El comercio con Cuba está lejos de ser puro e inmaculado, pero también lo están muchas otras relaciones comerciales que toleramos o incluso practicamos abiertamente.

El embargo, además, prohíbe a los ciudadanos y residentes estadounidenses viajar a Cuba (aunque sea para alojarse en casas privadas) y pone un tope a las remesas que pueden enviar los cubano-americanos a sus familiares en la isla. Los cubanos en Estados Unidos solo pueden visitar a sus parientes inmediatos una vez cada tres años. Tratar de justificar estas restricciones arguyendo que "el embargo no prohíbe el libre comercio" es aún más difícil.

El comercio (o su ausencia) con un país socialista también repercute en el población civil, aunque sea de un modo más indirecto (e ineficiente) porque casi todo pasa a través del Estado. De hecho, el embargo debe repercutir en la población civil si quiere cumplir su objetivo. La lógica implícita en los embargos comerciales con ánimo reformista es la siguiente: el embargo provoca carestía añadida de bienes y servicios, la sociedad sufre esa carestía y advierte que el Gobierno podría suprimirla si accede a las reformas, la sociedad presiona al Gobierno para que implemente reformas. Por tanto, el embargo solo ejerce presión sobre el Gobierno si la población sufre. Un claro ejemplo de la odiosa máxima de que el fin justifica los medios.

Algunos de sus proponentes replican que el embargo estadounidense no empobrece a los cubanos, porque Cuba puede comerciar con el resto del mundo. Si esto es así, entonces el embargo es inútil, y no hay razón para mantenerlo. Cuesta creer, no obstante, que el coste de oportunidad de no poder acceder a la inversión, a los productos y al turismo de la primera economía del mundo, que además está a dos pasos de la isla, sea insignificante.

Los defensores del embargo cubano deberían apoyar, si son coherentes, un bloqueo internacional de duración indefinida. En rigor deberían incluso oponerse a las excepciones que autorizan la importación de comida y medicamentos, pues alivian la carestía de la población y la presión sobre el Gobierno. Además, cabe preguntarse qué opinarían los cubanos de un embargo internacional que iba a sumirles aún más en la pobreza, y si sus valedores lo impondrían en contra de su voluntad "por su propio bien". Si uno está en contra de estas medidas tan drásticas (que más bien son una reducción al absurdo) debería oponerse también al embargo estadounidense, que es la misma política pero a una escala más reducida.

El embargo sin embargo no es la causa de todos los males de Cuba. Cuba es pobre principalmente porque es comunista. A Castro el embargo le ha servido para decir lo contrario: los males que padece Cuba son por culpa del embargo, y el comunismo funciona a pesar del embargo. Como la propaganda del régimen es la única versión que se tolera en Cuba, muchos cubanos se la han creído, y en lugar de presionar al Gobierno para que aplique reformas se han vuelto más anti-americanos y más castristas.

La suspensión del embargo no es la panacea, pero puede contribuir a la erosión del régimen. El comercio, la inversión y el libre movimiento de personas traerían más bienestar y nuevas ideas a la sociedad cubana. Habría más interacción entre estadounidenses y cubanos, y la interacción ayuda a cambiar mentalidades, que es lo que lleva a la población a exigir cambios. El bienestar genera una demanda de libertad política, mientras que las sanciones son utilizadas por el Gobierno para desviar las miradas y las críticas hacia los enemigos externos. Ahora que Castro ha cedido la jefatura a su hermano Raúl podría ser un buen momento para levantar el embargo, ya que el gobierno norteamericano puede salvar las apariencias más fácilmente. Aunque en realidad, como apunta David Henderson, siempre ha sido un buen momento.

Maldita UNESCO

Me costaba admitir que esta organización participara en algo así. No en vano esta agencia de la ONU se opuso durante la Guerra Fría a lo que entonces se llamaba libre flujo de información. Esto es, su postura era contraria a que los ciudadanos de cualquier país pudieran acceder a los contenidos informativos producidos en cualquier lugar del mundo. Simplemente, apoyaba la censura que entonces practicaban decenas de gobiernos dictatoriales de distinto signo.

Además, la UNESCO ya tenía al menos un antecedente de fobia a la red. En noviembre de 2005 acusó a Internet de ser culpable de la futura desaparición de 3.000 lenguas. Algo que resulta un absurdo absoluto. Y no es esta agencia el único apéndice de la ONU con antecedentes liberticidas referidos a la web. La Unión Internacional de Telecomunicaciones organizó una Cumbre Mundial Sobre la Sociedad de la Información que sirvió de púlpito a dictaduras para que clamaran contra la libertad de expresión en general y en la red en particular. Por todo ello, no me sorprendió que a última hora la UNESCO anunciara que no iba a apoyar la iniciativa de RSF.

Una vez más, un organismo de la ONU se pliega ante las dictaduras, ante los enemigos de la libertad. Nada nuevo en esta organización o en cualquiera de sus agencias. La UNESCO prefiere ser cómplice de los gobiernos de los quince países incluidos en la lista de RSF (en alguno de ellos, como Cuba, se ha llegado a condenar a 20 años de cárcel a una persona bajo la única acusación de buscar un lugar donde conectarse a Internet) a ponerse de lado de quienes acusan a los liberticidas. Y lo hace con fondos procedentes en buena medida de los impuestos de los países democráticos.

Basta un breve repaso a algunas prácticas de estos países para comprender lo indecente de la espantada de la UNESCO. Los saudíes tienen bloqueado el acceso a 400.000 sitios web por su contenido "inmoral". En Bielorrusia, el Gobierno no ha dudado en impedir el acceso a los sitios web de la oposición. En Cuba está prohibido acceder a la red sin permiso oficial y en los cibercafés existentes para cubanos tan sólo se accede a una intranet nacional. En China encontramos una cifra contundente: 48. Es el número de ciberdisidentes encarcelados en el país, la mayor cárcel de internautas del mundo.

Estas prácticas y muchas otras son las que no quiere denunciar la UNESCO. Prefiere, agarrándose a la excusa de que no puede apoyar manifestaciones virtuales, tener contentos a los dictadores y despreciar, mediante el silencio, a sus víctimas. Maldita UNESCO.

Nuestros hijos no serán adoctrinados

Eso es algo irrelevante porque, digan lo que digan los tribunales, miles de padres vamos a seguir impidiendo que nuestros hijos sean adoctrinados por la caterva de funcionarios que metisteis a dedo en el sistema público de enseñanza para destruirlo desde dentro, con todo éxito, la verdad sea dicha. Que no, Peces, que no. A nuestros hijos sólo les damos nociones de moral individual los padres, porque no sólo es nuestro derecho, reconocido constitucionalmente, sino también nuestra obligación.

A ti, Peces, te debe parecer muy bien que a niños de catorce años se les someta a un tercer grado para inducirles a probar las relaciones homosexuales, pero muchos padres creemos que, aparte de una marranada, eso no es algo que entre dentro de las competencias del, llamémosle, profesorado logsiano que ya nos toca sufrir y pagar a través de los impuestos. Los socialistas, que vivís opíparamente y lleváis a vuestros hijos a excelentes colegios privados, queréis que los niños del sistema público crezcan creyendo férreamente en las bondades del marxismo como sistema de ordenación social y económico, porque no siendo suficiente con crear generaciones enteras de fracasados intelectuales que sólo podrán aspirar al trabajo manual poco remunerado, además queréis que os agradezcan toda la vida el adoctrinamiento sectario al que les habéis sometido y a la hora de votar actúen en consecuencia. Eso ya lo hacéis gracias a que tenéis un mercado cautivo, formado por miles de padres que no podemos pagar un colegio privado además del muy deficiente servicio público que ya soportamos con nuestros impuestos. Confórmate con eso, Peces, que ya es mucho, y olvídate de la Educación para la Sodomía aunque tus amigos autores y editores dejen de ganar una millonada con esta vaina.

Si tan seguro estás, Peces, de que la Educación para la Locomía es una maravilla de asignatura, ¿por qué no dejas que los padres elijamos libremente si queremos que nuestros hijos disfruten de sus contenidos? Estoy seguro de que habrá cientos de miles de obreros, votantes de tu partido, que harán como Los del Río cuando el referéndum de la Unión Europea, y llevarán a sus jonathanes y sus yessis cada día al colegio más contentos que unas pascuas sabiendo que tú y tus amigos os vais a encargar de convertirlos en unos espléndidos ciudadanos anticapitalistas, admiradores del Ché Guevara, partidarios de la lucha contra el cambio climático, de la alianza de civilizaciones y la exploración de la sexualidad en todas las direcciones. O sea, que mercado hay, pero no esta bien que te aproveches de que el chiki-chiki haya ganado de nuevo las elecciones para convertir la formación moral infantil en un monopolio dirigido por ti y tus cuates.

Ya sabemos que lo vas a intentar con todas tus fuerzas, pero, como te decía al principio, miles de padres no estamos dispuestos a dejar que pisoteéis nuestro derecho a decidir el tipo de educación que queremos para nuestros hijos. Aunque tengamos que ir a la cárcel, Peces, fíjate bien en lo que te digo. Para cojones los nuestros.

Secesión y libertad: el caso de Kosovo

Alemania tuvo su mejor época en los siglos XVIII y XIX, cuando estaba formada aún por muchos estados pequeños e independientes. Florecía su cultura: la música, con compositores como Mozart, Haydn, Beethoven, Schubert, Brahms, Liszt y los Schumanns; y la literatura, con autores como Schiller y Goethe. La competencia entre los estados ponía la base de un sistema universitario excelente que se convirtió en el modelo para todo el mundo y que ayudaba al progreso de la ciencia. Sólo hasta 1930, Alemania contaba con 27 premios Nobel en química, física y medicina, una cifra mayor a la de ninguna otra nación. Además, económicamente, fue en los estados alemanes donde la revolución industrial se introdujo con más fuerza, después, naturalmente, de Inglaterra.

Todos estos hechos están relacionados con la competencia entre los estados alemanes y la facilidad que existe en estados pequeños de "votar con los pies" cuando el Gobierno se torna más opresivo. Estados pequeños como son hoy Lichtenstein o Mónaco no pueden permitirse el lujo de cerrar las fronteras porque necesitan importar muchos bienes y servicios, ni pueden ser opresivos sin que sus ciudadanos se marchen. Por ello están obligados a adherirse al comercio libre.

El hecho de que hubiera muchos estados independientes en Alemania fomentó mucho la libertad y, con ella, la cultura, la ciencia y la riqueza. Ojalá hoy se independizaran otra vez Sajonia, Baviera, Hamburgo, Bremen, etc., y se corrigiera el error trágico de 1990 de reunir la parte oeste y la parte media de Alemania. Sería un impulso enorme para los alemanes.

La tendencia está clara. Cuanto más pequeños son los estados, más incentivos hay para que sean más liberales. Por eso, la independencia –diga lo que diga el derecho internacional– de un país como Kosovo no me asusta.

En Kosovo el 88 % de la población son étnicamente albaneses kosovares, 8 % serbios y 4 % de otros grupos étnicos. Parece que esos 88% de albaneses kosovares ya no quieren aguantar el mando del Estado serbio.

Criticar esta independencia potencialmente liberalizadora porque pueda estar en contra del derecho internacional me parece problemático. Y criticar la secesión porque podría causar más secesiones, lo que reduciría el tamaño de los estados aumentando los incentivos a liberalizar, me parece un error trágico. Si la crítica al caso de Kosovo se basa últimamente en el deseo de la unidad del estado español, el argumento se reduce a un nacionalismo estatista y miope.

Aunque esta secesión en sí es difícilmente criticable, sus circunstancias sí lo son. Ahora, la defensa de Kosovo es más sencilla debido a la estancia de tropas de la OTAN en su territorio. Esas tropas son financiadas por impuestos, por ejemplo, de alemanes a los que nada importa la independencia del Kosovo. Los albaneses kosovares deberían defenderse ellos solos o con ayuda voluntaria.

Una crítica adicional a una secesión podría ser que, simplemente, se está constituyendo otro estado que también oprimirá a sus súbditos. Esa opresión puede ser más o menos intensa que la opresión por el estado central. Por ejemplo, la opresión aumentará si Hamburgo, en un experimento instructivo y corto, se independizara con un régimen comunista. En este caso es legítimo y heroico formar grupos armados de forma voluntaria para defender a sus pobres habitantes de la opresión comunista, como es igualmente legítimo defender a los súbditos de cualquier opresión de cualquier Estado. Pero lo que no está bien y es tiránico es forzar con impuestos a quienes no quieren financiar la reconquista de Hamburgo por el Estado central. Es trágico que los estatistas nacionalistas que defienden la intervención del estado central en casos similares piensen que son liberales.

Caros derechos

Al parecer considera un "fraude intelectual" la "cantinela que tratan de imponer los beatos y beatas del libre mercado" (esto es citar con objetividad, precisión, laicismo y corrección sexual progresista), porque "es imposible incrementar la libertad hasta el infinito y bajar los impuestos hasta el cero, es decir, la idea de que la disminución de los impuestos incrementa necesariamente la libertad es una superchería". Conozco liberales que hablan (hablamos) de impuestos cero, pero lo de la libertad infinita parece más bien poético: por aquello de que mi libertad acaba donde empieza la de los demás, y es difícil alcanzar el infinito con barreras concretas tan próximas. Y además a los liberales la imposición, aunque sea de ideas correctas y adecuadas, nos parece fea y generalmente ilegítima.

Para Laporta "la libertad depende de los impuestos", y tiene razón, sólo que la dependencia es justo en el sentido contrario al que él defiende: lo cierto es que a más impuestos, menos libertad. ¿O usted se siente más libre cuando otros deciden presuntamente en su nombre en qué se gastan el dinero que sistemáticamente le confiscan cada vez en mayor cantidad?

Este funcionario de universidad pública (¿habrá aquí un conflicto de intereses al defender la acción estatal y la fuente de su salario?) ni siquiera se molesta en distinguir claramente los derechos negativos (no interferencia en mi propiedad) de los derechos positivos (que otros me proporcionen un bien o servicio). Quizás no conozca la diferencia, puede que le parezca irrelevante, o tal vez mezclándolo todo se confunde mejor y la demagogia queda más rica.

Típicamente positivista (la ley es la ley, es la ley, es la ley…) considera que "los derechos no son sino un conjunto de reglas respaldadas por la fuerza del Estado y financiadas con el dinero público". No se molesta en analizar el contenido de dichas reglas, ni en explicar de dónde vienen y qué sentido tienen: parece obsesionado con el dinero público (ese que no es de nadie) y la coacción estatal, y la noción de derecho natural seguramente le dará risa floja. "Los derechos y las libertades son también la expresión de un poder del Gobierno y de una autoridad jurídica": los individuos brillan por su ausencia, estamos lejos de intentar defenderlos de la opresión del monopolio jurisdiccional.

Acierta cuando afirma que "no hay propiedad privada sin impuestos, ni contratos sin impuestos, ni préstamos sin impuestos": pero lo hace por accidente, porque lo de que los impuestos acompañen siempre a la propiedad no se debe a que sean imprescindibles para protegerla, sino a que la voracidad fiscal no conoce límites y se grava toda la riqueza, cuando está quieta y cuando se intercambia. Él quiere decir que la propiedad y los contratos sólo pueden defenderse mediante la institucionalización burocrática y el pago involuntario por parte de los súbditos del poder, pero bastantes pensadores ven otras alternativas en la filosofía política como la participación del propio mercado en la defensa de la propiedad y la vigilancia del cumplimiento de los contratos. Laporta está rotundamente en desacuerdo y rechaza las alternativas con un mínimo esfuerzo de análisis: "Sólo un Estado puede crear un mercado firme y dinámico en el que esté asegurada la garantía de los contratos y las transacciones sean respaldadas por la ley"; "donde el poder del Estado no puede intervenir con eficacia surge la mafia y la extorsión".

Eso es argumentar y lo demás son tonterías: ya sabe usted que en sus relaciones no vigiladas por papá Estado o es usted un mafioso o un extorsionado, puede elegir; y la realidad histórica del derecho mercantil y los mecanismos de relaciones legales no estatales deben de ser pura fantasía. Menciona "los derechos que tenemos para protegernos del gobierno y sus abusos" y asegura que esta protección es "impensable sin instituciones públicas": necesitamos al Estado para protegernos del Estado, qué curioso.

Y es que "sin Estado no hay predicción, sin predicción no hay derechos, y sin derechos no hay mercado. Pero como los derechos dependen de los impuestos, resulta que sin impuestos no hay mercado. Todo lo demás son patrañas. Si alguien quiere mercado, ha de querer impuestos." Al hacer estos encadenamientos entre proposiciones este sujeto igual cree que sabe algo de lógica. Y su deducción es que los que queremos mercado (cierto) estamos obligados (suponemos que ontológica o epistemológicamente) a querer impuestos (más bien dudoso).

Asegura rotundo que "los derechos son, efectivamente, una de las cosas más valiosas que tenemos: valen mucho más que su precio". Ni siquiera contempla la posibilidad de que haya derechos demasiado caros, que no merecen la pena: ha establecido que no sólo valen más que lo que cuestan, sino mucho más. Como no entiende que las valoraciones son subjetivas, no permite que cada persona los estime según le plazca, y que en ocasiones prefiera renunciar a ellos, o conseguirlos de alguna otra forma.

Se indigna con las ofertas electorales de disminución de impuestos "porque aquellos ciudadanos que ceden a la burda oferta del reclamo electoral se encontrarán seguramente con que hay un incendio y no existen medios para sofocarlo, tienen un pleito y han de esperar mil años para verlo resuelto, enferman y se ven amontonados en el pasillo de un sanatorio, quieren un buen colegio para su hijo pero sólo los hay de pago, y les asaltan su tienda con toda impunidad porque no aparece por allí un coche de policía en toda la noche". Parece que el dinero o se paga en impuestos o misteriosamente desaparece, de modo que no es posible contratar servicios privados de extinción de incendios, arbitraje jurídico, medicina o seguridad, que como no disfrutarán de un monopolio legal seguramente serán de mejor calidad que los públicos porque los consumidores insatisfechos podrán dejar de patrocinarlos. Y quizás algún lector se ha dado cuenta de que Laporta es tan poco hábil argumentador que mete la pata hasta el fondo mencionando la posibilidad del colegio de pago: tanto insistir en que hay pagar por los derechos y ahora resulta que sólo defiende los otorgados graciosamente por los políticos a unos a costa de otros. Que cada uno pague por lo que recibe tiene que estar muy mal: los derechos que molan son los que me pagan a mí los demás con la intermediación estatal (que suele quedarse un buen pellizco de comisión).

Laporta vuelve a acertar al denunciar que "España es un país en que los derechos de los ciudadanos funcionan bastante mal… porque es un país en el que no son muy eficaces las leyes". Con catedráticos de filosofía del derecho como él, ¿qué espera? Pretende que los desaguisados en servicios públicos se deben a que no están suficientemente financiados: olvida que las prestaciones privadas equivalentes suelen costar bastante menos y ser mucho más apreciadas por sus clientes. Tal vez la productividad (por llamarla de alguna manera) del funcionariado estatal tenga algo que ver. Recordemos cuál es su estatus laboral.

Anima a un debate de calidad: "A ver si conseguimos de una buena vez alcanzar un nivel digno en la discusión de estos temas cruciales. Para ello los electores no han de ser tratados como estúpidos ni los políticos como pícaros irredimibles". El pseudointelectual trata a sus lectores como los políticos a los electores. El nivel de esta discusión mejorará muchísimo simplemente con que Laporta deje de participar en ella. Que aprenda algo parece difícil.