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Derecho a ver a Mahoma

Y la experiencia enseña como se las gastan muchos integristas islámicos cuando no se les obedece, pues obediencia es lo que buscan. Pero si preocupante es la petición, alentadora es la reacción de los responsables de la enciclopedia libre.

Es cierto que la negativa a retirar esas imágenes, que no son para nada ofensivas con la figura de Mahoma y que además en muchos casos son de autores musulmanes, puede llegar generar una oleada de violencia anti occidental en el mundo islámico. Pero también lo es que se trata de la única respuesta que no supone un nuevo paso de claudicación ante el totalitarismo. Y eso es lo importante. Una nueva rendición tan sólo generaría más casos similares y cada vez más radicalizados. La experiencia histórica demuestra el coste en vidas de las políticas contemporizadoras con los enemigos de la libertad.

Wikipedia se define como libre, y precisamente para poder mantener ese carácter no podía rendirse a la extorsión totalitaria. Al negarse al ceder, defiende la libertad de internet en general. Si cediera a la petición, el mensaje que se enviaría a los integristas es que Occidente es débil y está dispuesto a que sus ciudadanos actúen en la red como dhimmis sometidos a las normas islámicas en su versión más rigorista. De aceptar la retirada de las imágenes de Mahoma, los integristas (desde gobiernos como el iraní o el saudí hasta organizaciones tanto abiertamente terroristas como cercanas a estos) exigirían normas que prohibieran la representación de Mahoma en cualquier sitio web y otras muchas acordes con las creencias que dicen defender.

Por fortuna, en la sociedad civil todavía queda más valor a la hora de defender la libertad de expresión que en muchos gobiernos y partidos políticos. Al proteger su derecho a ser libre, Wikipedia defiende el del resto de los internautas de todo el mundo. En caso de haber sido un Estado, tal vez el resultado hubiera sido otro mucho peor. Cuando la libertad está en juego no cabe contemporizar; el precio final que se paga termina resultado mucho más alto.

Carta a Ruiz de Elvira desde Marte

Paco Capella ha respondido cumplida y admirablemente a Antonio Ruiz de Elvira, que en un momento (cabe pensar) de debilidad mental escribió una anotación contra Libertad Digital y el Instituto Juan de Mariana. Ruiz de Elvira debería sentarse a leer con cuidado la respuesta por parte de Capella. La primera lectura le resultará absolutamente chocante, porque sus ensoñaciones no tienen nada que ver con el pensamiento más ampliamente compartido en el Juan de Mariana. Quizá con las siguientes aprenda algo.

Sabe Dios por qué se habrá imaginado que el liberalismo propone juegos de suma cero. Es especialmente sorprendente viniendo de un ecologista. Cree que en el Instituto abundan los defensores de la energía nuclear como tal, cuando la posición de esta asociación es muy otra: que compitan libremente las formas de crear energía, sin interferencias ni subvenciones. ¿Cambiará de idea al aprender que las ideas que defendemos en el Juan de Mariana no son las que él nos atribuye? Él sabrá si es o no honrado intelectualmente.

Ruiz del Elvira cae en la mala práctica de no citar nombres o artículos. Un vicio alejado por completo no ya del hábito científico, como le recuerda oportunamente Capella, sino de la más elemental cortesía con el lector. No es que no haya nombres, apelotonados todos sin criterio aparente. Pero se refieren todos a grandes autores a los que supuestamente seguimos o rechazamos, no a ninguno de nosotros o a lo que escribimos. Con una única excepción: la mía.

Dice Ruiz de Elvira que parece que viva en Marte. Lo dirá porque allí también parece haber calentamiento global, cabe pensar que por culpa también del hombre. Y si estoy tan alejado de este mundo que con sus pensamientos el ecologista me ha enviado más allá de la Luna es por unas ideas al parecer extrañas que mantengo sobre el precio del barril del petróleo. Deben de ser tan extrañas que él ni las menciona ni las enlaza; pasa directamente a criticar un aspecto muy concreto de mis artículos sobre los límites físicos de la creación de riqueza. Se refiere en concreto a lo siguiente:

Nos cuenta este Sr. que el peso de la energía en la economía mundial ha disminuido y hoy es muy pequeño. ¿De qué habla este Sr.? ¿Qué es un coche, sino energía potencial, un sistema en el que se ha invertido una ingente cantidad de energía para su fabricación? ¿Qué es un edificio, sino un sistema de una enorme cantidad de energía potencial?

A este físico le ocurre como a aquél que tenía un martillo en la mano y todo lo que veía le parecían clavos. Él sólo ve la física, incluso en las relaciones sociales, como la economía. Imagino que el mercado habrá de parecerle un caos sin sentido, sin propósito y sin racionalidad o justificación posible. Pues en verdad el mercado es un orden de cooperación humana, movido, animado por la búsqueda de las personas en la consecución de sus propios fines. Esa es la clave; ese el punto de partida para entender la sociedad. Por supuesto que el mismo hombre y el mundo en que se mueve tienen una base material. Pero tomar la parte por el todo puede llevarnos al solipsismo, por un lado, y al materialismo por otro.

Producir consiste en transformar la naturaleza para acercarla a la satisfacción de nuestros deseos. Estrictamente hablando no creamos materia o energía, sino que la transformamos hasta hacerla participar en un proceso productivo. El objetivo de la producción es la creación de valor, que no es un fenómeno físico, sino económico; es decir, el valor tiene que ver con la satisfacción de nuestros fines. Pero en su esquema del mercado esos fines no aparecen, sólo la realidad material de la actividad humana, una actividad que a sus ojos, privada de su motivación, de su razón de ser, ha de parecerle incomprensible y absurda. Marciana.

Excede mi capacidad de síntesis explicar en este artículo qué procesos sociales llevan de los deseos de las personas de cumplir sus objetivos a la producción y al intercambio, y a la formación de los precios. Pero los precios y la renta son conceptos demasiado importantes para la economía como para despreciarlos. Digo esto porque Ruiz de Elvira quiere despreciar mi afirmación (que carece de todo mérito, aparte del de señalar la realidad) de que el peso de los bienes energéticos y de las materias primas es cada vez menor con el desarrollo económico. Al parecer no entiende que una aplicación informática puede tener un gran valor económico por los servicios que nos presta, teniendo una base material insignificante. ¿Realmente es tan difícil?

Acaso sea yo demasiado ambicioso con según qué lector, pero quizás le será más sencillo entender que la base material de la creación de valor es cada vez menos importante simplemente mirando a los datos. En el artículo mío que él no cita recojo lo siguiente:

El peso de las materias primas, energéticas y no energéticas, más la agricultura en el producto nacional bruto estadounidense rondaba el 50% en 1890. En el cambio del siglo había descendido al 32%, y de nuevo al 23% en 1919. En 1957 el porcentaje había caído al 13%, para quedarse en el 3,7% en 1988. Si excluimos la agricultura, ese porcentaje se reduce al 1,6% del PIB.

Saludos desde Marte.

Sólo los payasos viven de sonrisas

En estas últimas semanas el presidente del Gobierno y su corte han tildado, con toda la mala baba de la que han sido capaces, de antipatriotas, irresponsables, "cenizos" y pesimistas a todo aquel que se niegue a profesar el mensaje oficial de triunfalismo económico del Gobierno.

Talante, sonrisas y buen rollo son la solución mágica a todos los males de la sociedad civil española según Zapatero. Nadie espera de un político, y menos del Gobierno, que sea profundo, meticuloso o cauto en sus acciones, decisiones ni discursos, pero el presidente del Gobierno ha llevado su enfoque electoral a una situación grotesca y kafkiana. A estas alturas, donde los datos de empleo, confianza del consumidor, producción industrial, inflación, consumo y endeudamiento de las familias se han descontrolado y auguran un futuro nada esperanzador, no tiene sentido seguir pintando un mundo que no existe y que nadie se cree.

Cuando empezaron los primeros indicios de crisis, el Gobierno apostó a la carta de que tales datos no eran más que un bache dentro de una tendencia alcista de la economía y siguieron con su habitual mensaje optimista, pero ahora ya se le ha ido de las manos. Esto es algo que suelen hacer todos los gobiernos del mundo. Por ejemplo, Estados Unidos también actuó de la misma forma ante la crisis subprime.

Todo y así, dentro de todas las barbaridades económicas que ha llevado a cabo el Gobierno Bush, algo positivo se le ha de reconocer, y es que al menos ha aceptado que están pasando por una mala situación económica y que podrían toparse con una recesión. El mensaje ya es oficial. El presidente americano, aliándose con la Reserva Federal, ha presentado un programa de choque de tipo keynesiano, que como demuestra la historia de poco les va a servir y sólo les traerá más inflación. Hemos de tener en cuenta que con la última bajada de tipos oficiales, han dejado los tipos reales en aproximadamente el -1%, el endeudamiento del país es superior al 130% del PIB y la inflación oficial ya duplica el objetivo de la propia Reserva Federal. Expresado de otra forma, se han vuelto más locos de lo que ya estaban, pero al menos son sinceros.

Aquí el presidente del Gobierno no llega ni a eso. Nos dice que todo va a pedir de boca y, a la vez, se contradice prometiendo 400 euros para aliviarnos del mal momento económico, que según él, no existe. Además, aún no sabemos si el dinero prometido será de esa cantidad ni quien lo recibirá. Al final pasará como la renta básica de emancipación, que sólo la percibirá poco más del 5% de las personas que la solicitaron.

El presidente del Gobierno tendría que darse cuenta que el único que vive de sonrisas es el payaso de McDonald’s, y que éste no es el más indicado para gobernar un país. Su estrategia electoral de sonrisas, alegría y descalificaciones para quienes no piensan como él podría tener sentido si todos nadásemos en la abundancia, pero los ciudadanos, ahora mismo, estamos en la situación completamente opuesta. El elector puede aguantar muchas cosas, pero suele castigar las mentiras descaradas. El PSOE tendría que saberlo. Una de las causas por la cual ahora gobierna fue el lema: "No nos merecemos un Gobierno que nos mienta". Aplíquenselo.

La inocencia perdida

¿Se aprende a ser héroe o a ser villano? El famoso trabajo de Phillip Zimbardo, The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil, demuestra que las situaciones sociales tienen un poder muy sutil para influir en el comportamiento de las personas, mucho más de lo que las propias personas somos capaces de imaginar. El libro de Zimbardo está basado en la investigación de toda una vida. Él realizó en 1971, junto con su compañero de colegio, universidad e investigación, Stanley Milgram, un experimento terrorífico (el experimento de la prisión de Stanford) en el que se dividía a los participantes entre guardianes y prisioneros. El resultado es que personas aparentemente "normales", sensatas y cabales, eran capaces de cometer atrocidades a sus compañeros una vez asumido el rol de guardián.

El experimento fue extraordinariamente enriquecedor para Phillip Zimbardo, tal y como él mismo relata:

El quinto día del experimento, una estudiante recién doctorada de Stanford, Christina Maslach, vio cómo los guardas colocaban bolsas en las cabezas de los prisioneros y les hacían desfilar con las piernas encadenadas, como zombies, mientras los guardas les gritaban barbaridades. Maslach salió llorando. Había empezado a salir con ella, y me gritó: "No estoy segura querer tener algo que ver contigo si esta es la clase de persona que eres. Es horrible lo que estás haciendo a esos chicos." Esa doble bofetada en la cara fue la catálisis para que me diera cuenta de que el estudio había funcionado demasiado bien y de que esa poderosa situación me había corrompido también a mí. Paramos el estudio al día siguiente.

La razón por la que cualquiera puede ser martillo en vez de yunque (que diría Gregorio Luri) la denomina el autor del libro el "efecto Lucifer", y viene a decir que los seres humanos en un entorno social determinado somos capaces de asumir grados crecientes de maldad e integrarla en nuestro comportamiento; simplemente nos vamos des-sensibilizando paulatinamente de manera que nuestro "umbral de maldad" es cada vez mayor y llegado un momento dejamos de ser inocentes corderitos para transformarnos en sanguinarios verdugos.

Zimbardo ha aplicado las conclusiones de este estudio a explicar el comportamiento de los soldados norteamericanos en la prisión de Abu Ghraib. Pero hay más posibilidades: el ciber-acoso, los pandilleros, el apoyo al terrorismo… son algunos ejemplos. Sin embargo, el autor le da la vuelta al estudio y analiza también las otras opciones, ante una situación nueva en la que aparece un comportamiento dañino para otros uno tiene varias alternativas: mirar al techo, unirse al mal, o ser un héroe. Y de ahí que la próxima publicación de Zimbardo se refiera a la "banalidad del heroísmo". Cualquiera puede ser un héroe si se acostumbra a un entorno propicio e instructivo.

En mi opinión queda por estudiar el "efecto Lucifer" respecto a la libertad. Es decir, creo que las personas somos capaces de rechazar de lleno una situación en la que claramente se pisoteen las libertades de las persona, en la que se atente física o materialmente contra la libertad de los demás. Pero administradas en pequeñas dosis, las medidas liberticidas no chocan a nadie y somos capaces de "tragarnos esa píldora", en especial si nos la adornan de paternalismo estatal, del bienestar de todos, de tu propio interés, que tú no conoces pero otros sí: un colectivo, un ministro o un Parlamento.

La auto defensa es un peligro para usted, la educación de los hijos por los padres es un peligro para los hijos, la decisión sobre cómo repartir las tareas del hogar es un asunto que concierne al legislador. Recuérdelo, es usted un bicho peligroso. Y una vez que cedes en un aspecto, cedes en lo demás poco a poco.

Los gobernantes y los medios de comunicación, en perfecta simbiosis, emplean como herramienta de manipulación el pánico moral para convencer al individuo de que no sabe qué tiene que elegir y aborregar a la sociedad. El pánico moral, tal y como lo definió Stanley Cohen, consiste en dar publicidad extraordinaria a un hecho aislado para convencer a la población de que detrás de ello hay una conspiración contra los valores o esencia de la sociedad. En este caso, si usted se defiende de un agresor es un violento y un peligro para la democracia; si expresa su rechazo hacia determinadas prácticas promovidas por el Islam, es usted un intolerante y pone en peligro la alianza de civilizaciones; si defiende la despenalización del uso del propio cuerpo por cada cual, está fomentando la prostitución y es un degenerado. Y de esta forma, resulta mucho más fácil entregar nuestra libertad/responsabilidad en manos de quien sí sabe qué necesitamos. Estamos perdidos.

¿Cómo volver atrás y recuperar la responsabilidad individual? Si seguimos a Zimbardo podemos sacar alguna conclusión. En un entorno hostil se desarrolla más fácilmente una imaginación hostil. En un entorno en el que se reacciona ante una catástrofe o un peligro para los demás, se desarrolla la imaginación heroica. En un entorno en el que las decisiones son individuales, cada cual asume las consecuencias de sus actos y no hay cesión de las libertades revestidas de falsa protección, se desarrollará con más facilidad la imaginación liberal y responsable, y no la contraria.

Shocks de oferta e inflación de costes

Durante los 70 la economía internacional pasó por una crisis económica que tiró por la borda todas las predicciones keynesianas: el paro y la inflación ocurrían al mismo tiempo. Keynes había asegurado que el desempleo se debía a una insuficiente demanda agregada y que la inflación era consecuencia de un exceso de demanda agregada. Obviamente, los dos problemas no podían convivir de manera simultánea: había que elegir entre reducir el paro (y generar inflación) o reducir la inflación (e incrementar el paro), tal y como lo resumía la síntesis neokeynesiana de la curva de Phillips.

A esta simultaneidad entre desempleo e inflación se la denominó "estanflación" y supuso un desprestigio irreparable para los seguidores de Keynes. Sin embargo, la manera que tuvieron muchos de ellos de salvar los muebles fue crear dos novedosos conceptos que todavía influyen a la ciencia económica actual: los shocks de oferta y la inflación de costes.

Básicamente, los keynesianos contraargumentaron que lo sucedido durante los 70 fue una disminución de la oferta agregada, de modo que mucha gente terminó desocupada porque se destruyó producción y al mismo tiempo todo se encareció porque había menos bienes en la economía. A este encarecimiento generalizado de los productos se le denominó "inflación de costes": todos los precios se dispararon porque era más caro producirlo todo. En los 70 el principal causante de la inflación de costes fue, obviamente, el precio del petróleo.

En principio, la inflación de costes parece una excepción a la ley que establece que la inflación es, siempre y en todo momento, un fenómeno monetario. En concreto, yo mismo he defendido que deberíamos definir inflación como envilecimiento de la moneda.

Sin embargo, la inflación de costes sólo es una coartada para mantener vigentes teorías ruinosas. El término parte de una profunda incomprensión de la ley de Say, a saber, que oferta y demanda son necesariamente iguales. Si la oferta agregada se reduce (esto es, si la economía produce menos bienes) las rentas de los individuos se reducen proporcionalmente y por tanto su demanda (poder de compra) también cae en igual medida.

Por ejemplo, si un empresario gana 100.000 euros al año, su demanda será mucho mayor que si gana 60.000. Esa caída de beneficios de 40.000 euros reduce su demanda; del mismo modo, una reducción de la oferta agregada, reduce la demanda agregada. Por este motivo, cuando los bienes ofrecidos por una economía se reducen, los precios de algunos productos (aquellos cuya demanda sea más inelástica o inflexible) aumentarán, pero otros caerán (simplemente, porque no habrá demanda para ellos y tendrán que liquidarse al descuento). Incluso aquellos que equiparan inflación con un "incremento generalizado de los precios" no pueden encajar este caso en su definición.

Por supuesto, una disminución de la oferta puede dar lugar a un incremento generalizado del precio de los bienes de consumo. Si la mayoría de individuos reduce su ahorro para seguir consumiendo al mismo ritmo que antes y la oferta de estos bienes se reduce, sí es cierto que aumentarán de precio. Sin embargo, el incremento del consumo reducirá los ahorros de la sociedad y, por consiguiente, el tipo de interés subirá, lo que reducirá la demanda de otros bienes (como por ejemplo la vivienda) y hará caer su precio. De nuevo, pues, no se aprecia ningún "aumento generalizado de precios" por ningún lado.

La inflación es siempre un fenómeno monetario que nace del envilecimiento de la moneda por parte de sus emisores. En los años 70 fue, por un lado, la monetización masiva de deuda pública para financiar la guerra de Vietnam y la Great Society de Johnson y, por otro, el abandono del patrón oro; hoy en día la monetización de deuda pública para financiar la guerra de Irak y el conservadurismo compasivo de Bush unido a la política crediticia expansiva de la Fed.

La manera que tuvo de manifestarse la inflación, entonces y ahora, fue, en efecto, a través del incremento del precio de ciertas materias primas, pero ese incremento se debió, en buena medida, a la expansión crediticia. Cuando Nixon abandonó Bretton-Woods, el valor del dólar dejó de estar anclado a ningún valor real, por lo que una de las formas de tratar de conservar un valor menguante fue adquirir materias primas (en otros períodos esos nuevos fondos han afluido hacia el mercado inmobiliario o hacia la Bolsa). Este aumento de costes se trasladó progresivamente a los precios de mercado y empezó a hablarse de inflación.

Pero de nuevo, entonces y ahora, el origen de la inflación fue el envilecimiento monetario y no la escasez de materias primas. De hecho, desde que la Fed reemprendió su política monetaria expansiva bajando tipos de interés durante el pasado mes de septiembre, el precio del petróleo se ha encarecido casi un 20%, el oro un 28% y la plata y el platino un 29%. ¿Es que acaso todas estas materias primas se han vuelto escasas al mismo tiempo?

Es más, que esta "inflación de costes" tiene su origen en la expansión monetaria podemos apreciarlo claramente si medimos el precio del petróleo en términos de onzas de oro. En 1967, cuando el dólar todavía mantenía su convertibilidad con el oro a un tipo de cambio de 35 dólares = 1 onza de oro, el petróleo costaba 3,12 dólares por barril. Estos días, la onza de oro se ha situado en unos 900 dólares y el barril en 90. Dicho de otro modo, en 1967 podíamos comprar 11,2 barriles de petróleo con una onza de oro, hoy 10. O dicho en términos de dólares, el precio del petróleo ha pasado de 3,12 dólares por barril a 3,5 dólares.

Ciertamente, se trata de un notable aumento del 12%, pero hay que ponerlo en perspectiva: desde 2004 los precios del petróleo con respecto al oro se han reducido desde 3,9 dólares a 3,5, una caída del 10%.

Sólo hay un caso en el que un shock de oferta podría causar inflación: cuando se produce una caída sustancial de la producción de país con una moneda fiduciaria de curso forzoso. En este caso, la divisa dejaría de cumplir buena parte de sus funciones (adquirir los bienes producidos) y podría ser repelida por sus tenedores. Pero, también en este caso, la inflación es consecuencia del intervencionismo monetario, en concreto, la imposición de un moneda con la que obligatoriamente saldar las deudas.

La inflación de costes fue sólo un camelo keynesiano para intentar mantener su posición de preeminencia intelectual. Oferta y demanda nunca pueden estar desajustadas, ya que todo bien es oferta y demanda al mismo tiempo (oferta para el vendedor y demanda para el comprador). Si ciertos bienes no se compran, sus vendedores no podrán, a su vez, comprar en el mercado, con lo que oferta y demanda se habrán reducido correlativamente.

La inflación, en cambio, es una consecuencia del envilecimiento de la moneda. Los lugares donde se manifieste tendrán mucho que ver con los bienes que primero adquieran los destinatarios de la expansión crediticia (y entre estos podrán estar las materias primas), pero no con disminuciones de oferta.

Microsoft, Yahoo y el santo temor a Google

Vamos, que si todos los españoles nos pusiéramos de acuerdo en comprar Yahoo por ese precio, nos saldría a unos 666 euros por cabeza. Por favor, guárdense todos los chistes que sé que se les acaban de ocurrir con Bill Gates como protagonista. Son ustedes muy malos.

Segundo, porque aunque todo saliera como desea Microsoft, antes de final de año no habría acabado el proceso de compra, y a partir de ahí tendríamos el follón de la integración entre ambas empresas para que pudieran tener lugar las sinergias que asegura la empresa de Redmond que les ahorrarían 1.000 millones de dólares al año. Habría que ver qué sucede con los servicios equivalentes de ambas empresas, desde el correo electrónico a la mensajería instantánea. De hecho, precisamente en estos dos ámbitos las autoridades estadounidenses antimonopolio igual deciden que tienen algo que decir, pues tienen la fea costumbre de considerar monopolio a quien tiene mucho éxito, por más que lo que ofrezcan sea gratis, las alternativas de sus competidores también y cualquiera pueda cambiarse de proveedor con un simple click.

Además, mientras que Yahoo es una empresa de internet, Microsoft no. Toda su cultura empresarial y toda su directiva está moldeada bajo el esquema que le ha procurado éxito y fortuna: la venta de software. Algo bastante incompatible con internet, que funciona en general regalando servicios y ganando dinero con publicidad. Que tengan éxito en su empeño, que no es otro que desafiar la primacía de Google ("El mercado de la publicidad online está cada vez más dominado por un solo jugador. Juntos, Microsoft y Yahoo pueden ofrecer una alternativa competitiva", decía la carta de Ballmer anunciando la oferta), depende no sólo de que tengan éxito integrando los servicios integrables y respetando a los usuarios tanto de una empresa como de la otra. Depende, sobre todo, de que Microsoft no se limite a comprar Yahoo sino que adopte la filosofía de ésta, al menos en lo que a internet se refiere. Una buena manera de evaluar este punto, si la operación llega a buen puerto, será ver si Yahoo es obligado a abandonar el software libre que emplea en sus servidores para sustituirlo por el de Microsoft.

Por otro lado, tenemos la posibilidad de que otros compradores quieran meterse en la subasta. Se habla de Murdoch y de AOL-Time Warner. Pero el sobreprecio del 60%, y la gran reserva de dinero en efectivo de Microsoft (21.000 millones de dólares al cierre de 2007), casi garantiza que aun en el supuesto de que entraran, lo único que conseguirán será elevar el precio. Lo cual, por cierto, sería una muy buena razón para hacer una oferta, pues debilitarían financieramente a un importante competidor.

Pero si estamos todos excitados y nerviosos ante esta compra es porque se trata de un movimiento que potencialmente podría cambiar la faz de internet a la que nos hemos acostumbrado estos últimos años. Un Microsoft que no llega a tirar hacia adelante, un Yahoo en lento declive y un Google dispuesto a comerse el mundo. Es evidente que la empresa de Redmond ha visto que buena parte de su futuro depende de estar bien situado en internet y ser capaz de desafiar la primacía de Google. Se ha dado cuenta también de que por sí sola no es capaz de competir; en este sentido, la compra podría considerarse similar a la de YouTube, producto del reconocimiento del fracaso de Google Video.

De tener éxito, en todos los sentidos apuntados, este movimiento podría crear un jugador capaz de competir con Google. Pero si la compra resulta ser un fracaso, convirtiéndose Yahoo en una subsidiaria más de Microsoft sin capacidad alguna de influir en la filosofía empresarial de su propietaria, eliminará del tablero al único suficientemente bien situado aún para poder hablarle de tú a tú al gigante de las búsquedas. Habrá que sentarse, esperar y ver.

Terrorismo en las sociedades abiertas

A finales del siglo XI, los ejércitos de Hassan al Sabbah, un caudillo ismailita nizarí que luchaba contra los fatimitas egipcios, tomaron la fortaleza de Alamut, en las cercanías del Mar Caspio. El Viejo de la Montaña, como también se conocía a su líder, creo una red de bases en los que se adoctrinaba a jóvenes musulmanes a través de la educación y el uso del hachís. Los hashshashín, los asesinos, formaban unidades de soldados suicidas que buscaban y asesinaban a líderes musulmanes de toda condición, "corrompidos" por ideas desviadas, a plena luz del día y en lugares públicos. El terrorismo, como vemos, ha sido siempre un instrumento para hacer política, para propiciar cambios.

Sin embargo, ha sido a partir de la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo durante el siglo XX y hasta la fecha, cuando el terrorismo ha pasado a ser una manera efectiva para alterar las sociedades. Paradójicamente, las sociedades libres se encuentran más expuestas a los efectos que pretenden provocar los terroristas, pero también tienen mayores recursos para luchar y terminar con ellos.

El terror es un instrumento relativamente efectivo para controlar las masas. Las facciones triunfantes en las grandes revoluciones europeas lo han usado invariablemente para escarmentar a aquellos que eran destronados o controlar y eliminar los que podían poner en duda su triunfo. El terror que Robespierre desató en la Francia revolucionaria –y que en la práctica terminó por encumbrar al dictador Napoleón en el trono de un imperio, no de una república– o las matanzas genocidas que los bolcheviques realizaron en Rusia son dos ejemplos de cómo el terrorismo no es exclusivo de grupos más o menos románticos o minoritarios, sino que es usado de manera sistemática por cualquiera que tenga o aspire al poder, desde un Estado a un grupo político, pasando por una simple mafia.

El terrorismo es ante todo un instrumento, no es un objetivo en sí mismo, aunque en muchos casos lo parezca. Es un elemento más efectivo en las sociedades libres porque sus efectos tienen mucho más alcance que en las que soportan un sistema totalitario debido a la facilidad con que la información se desplaza en las primeras. Además, en las sociedades libres el individuo es más importante que el colectivo, la tragedia que se deriva de un acto terrorista es independiente del número de afectados, es suficiente con que uno muera o resulte herido para que la sociedad reaccione, tanto para lo bueno como para lo malo.

Los efectos del terrorismo van mucho más allá del miedo. Los atentados del 11 de marzo en Madrid propiciaron el triunfo de José Luis Rodríguez Zapatero en las elecciones del 14 de marzo. El Gobierno socialista español ha tenido una actitud mucho más cercana hacia organizaciones como la banda terrorista ETA o a países que apoyan el terrorismo internacional como Irán, que gobiernos anteriores. Los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington consiguieron que la política antiterrorista del gobierno de George Bush se tornara mucho más restrictiva y, como consecuencia de ello, los movimientos entre países se volvieron más complicados, los derechos básicos de las personas sufrieron restricciones en aquellas sociedades donde precisamente se presumía de la libertad como un principio moral, todo ello justificado por la seguridad de los ciudadanos.

Este tipo de reacción es quizá uno de los principales éxitos de los terroristas, que las sociedades libres se tornen cada vez menos libres, que los derechos fundamentales vayan desapareciendo buscando una mayor seguridad. Llevado al extremo y canalizado por las políticas de educación pública, los mensajes de propaganda de aquellos que usan el terrorismo como un instrumento pueden calar en una población cada vez más atemorizada y mediatizada, pero sobre todo más desencantada, hasta que su apoyo es inequívoco. De nuevo la historia muestra ejemplos de cómo poblaciones enteras se entregan a ideas genocidas, tal es el caso de la Alemania que justificó y se entregó a Hitler durante más de una década. Muchos grupos terroristas se aprovechan de la libertad de expresión y de la representación política para conseguir poder. Esta situación es especialmente importante si quieren transmitir con efectividad su mensaje a una sociedad hasta el punto de que termine justificando la violencia que estos ejercen. Tal es el caso de la banda terrorista ETA, que organiza diversas instituciones de carácter civil y político para aprovecharse del sistema político español y autofinanciarse.

Este modo de proceder no es nuevo: ya lo utilizó la Internacional comunista cuando pasó de la Revolución a la creación de Frentes Nacionales. Los terroristas no dudan en encontrar aliados políticos cuando ello les conviene, pero sin olvidar que no deja de ser una situación circunstancial y que, una vez conseguido el poder, deberán ser eliminados. Los grupos terroristas tienen una concepción totalitaria del poder, no luchan por la libertad ni por el fin de una dictadura, luchan por hacerse con él.

El terrorismo no es, como muchos piensan, una reacción nacida de la pobreza de la sociedad que la sufre. El activo terrorismo vasco, el más dormido terrorismo catalán o el emergente gallego no son consecuencia de unas sociedades atrasadas, sino que surgen y se desarrollan en sociedades relativamente ricas y con instituciones económicas modernas. El terrorismo islámico es alentado por países y organizaciones con grandes recursos económicos. De hecho, si no fuera así, el alcance del terrorismo sería pequeño, local y con poca repercusión global, todo lo contrario de lo que buscan los criminales. La pobreza no deja de ser una justificación falsa alentada por la propaganda para dar cierta legitimidad a sus acciones, trampa en la que caen muchos, sobre todo los que aún piensan desde una perspectiva de la lucha de clases.

Las sociedades abiertas no deben caer en la trampa de dar legitimidad a los objetivos sociales y políticos de los terroristas. El terrorismo atenta directamente contra la vida, la propiedad y la libertad de las personas y lo hace de manera indiscriminada, ilegal e ilegítima. Pero una sociedad libre no debe olvidar que la seguridad no está por encima de la libertad; la lucha sin cuartel contra el terrorismo ni puede ni debe estar acompañada de una limitación de las libertades. Contra el terrorismo debemos luchar todos, los particulares y las instituciones públicas, civiles y políticas. La fuerza de los terroristas es en la mayoría de los casos el grado de aceptación popular en las sociedades donde se integran. Cuando los individuos rechazan el terrorismo, las bandas terroristas pierden uno de sus grandes pilares. No es el fin, pero se empieza a recorrer el camino que llevará a su desaparición.

El socialismo en eslóganes

Motivos para creer. Esto puede referirse a que el socialismo es una cuestión de fe irracional que hay que asumir sin rechistar; o a confiar en algún político que presume de sinceridad cuando se le ha pillado confesando alguna que otra grave mentira.

Por todo lo que merece la pena. No concreta nada: típico mensaje utilizado por los embaucadores que todos los incautos interpretan de forma positiva sin darse cuenta de que cada uno hace una interpretación diferente, de modo que lo que para unos es bueno, para otros es malo. Además como en la realidad los medios son escasos, no puede intentarse todo lo valioso, siempre hay que renunciar a algo, asumir algún coste: pero recordar esto no te hace popular.

Comprometidos con la igualdad. Y radicalmente en contra de la libertad. Discriminando, olvidando la igualdad ante la ley para imponer coactivamente la igualdad mediante la ley (y como esto no se consigue nunca del todo, es una excusa infinita). Si todo es igual, todo da igual, no hay diferencias valiosas y útiles. No se trata de eliminar la pobreza sino de fomentar la envidia contra los ricos.

No es lo mismo. ¿Pero no habíamos quedado que estamos comprometidos con la igualdad? Es inteligente notar las diferencias, y efectivamente el socialismo no es lo mismo que sus alternativas: es mucho peor.

Vivimos juntos, decidimos juntos. ¿Quiénes somos ese "nosotros" que no se menciona? ¿Es un concepto discutido y discutible? ¿Y si me siento más próximo a alguien que no forma parte del colectivo oficial? ¿La unión hace la fuerza o se consigue mediante la fuerza? Muchos votantes no se sienten en absoluto identificados políticamente con otros a quienes consideran indeseables, y lamentan tener que compartir nada con ellos. Aunque todos nos lleváramos bien y tuviéramos buena voluntad comunitaria, la limitada capacidad cognitiva y comunicativa de los seres humanos no da para decidir todo juntos, por eso los ámbitos de control intentan separarse y hacerse locales (derechos de propiedad) para evitar los conflictos. Si decidimos juntos, ¿por qué al final sólo deciden los políticos, también en nombre de quienes no han votado por ninguno?

Somos más. Esto es una advertencia, así que cuidadito los que no son de los nuestros, que os podemos (por si nuestra pobreza argumental no consiguiera confundiros). Igual se refiere al crecimiento de la población, pero resulta raro que presuman de ello quienes suelen estar preocupados por los daños que los seres humanos provocan al planeta. Obviamente el socialismo no es para exquisitos individualistas independientes, sino para miembros de grandes rebaños mayoritarios.

Por todo lo logrado. El pasado. ¿A costa de qué y de quiénes? ¿Y el coste de oportunidad, todo lo que podría haberse logrado sin ustedes de por medio?

Porque lo estamos consiguiendo. El presente. ¿Quiénes y qué? ¿Liquidar la libertad? ¿Exterminar al enemigo?

Porque no todo está hecho. El futuro. Dados sus planes, afortunadamente.

Soñar con los pies en la tierra. Mejor tumbado en la cama. Parte de sus sueños son pesadillas, y casi todo el resto fantasías irrealizables.

Por el pleno empleo. No se trata de tener más riqueza con mínimo esfuerzo, sino de hacer como que todo el mundo está muy ocupado. Todos funcionarios.

La octava potencia económica, los primeros en derechos sociales. Con el bofetón que estamos dándonos (y lo peor está por venir), pronto sólo quedarán desechos sociales. El socialista cuando dice derechos quiere decir exigencias, reclamaciones ante los demás.

Podemos llegar tan lejos como queramos. ¡Ánimo campeones! Hasta el infinito y más allá. Basta con voluntad para obtener resultados. La acción inteligente es innecesaria.

Ahora que avanzamos, por qué retroceder. Un poco más y habremos sobrepasado el borde del abismo. A partir de ahí, caída libre.

Microhoo!

Pero el ordenador se ha convertido más en una terminal de una red mundial de información que en un conjunto de herramientas sin más conexión que la que tenga con el usuario. Es, para el usuario medio, la ventana a Internet. Incluso las aplicaciones migran de los intestinos del ordenador a la mágica red, que parece engullirlo todo para poder ofrecérselo a los usuarios en cualquier conexión a Internet.

Para cada nueva tecnología hay algún empresario que tiene una visión que supera la de los demás y Google, con su sencillez y eficacia, ha entendido Internet a la perfección, y nos acerca sus contenidos sin límites en un breve intercambio con el teclado. Su preeminencia deja poco espacio a los competidores, de los cuales Yahoo es el más importante.

En el mercado de buscadores el tamaño es parte del atractivo del producto y, para Microsoft, Yahoo es la oportunidad de hacerle sombra de verdad a la creación de Page y Brin. Ha aprovechado un momento de debilidad de la compañía para lanzar a sus dueños una oferta sustanciosa, aunque notablemente menor de lo que estuvo dispuesta a pagar hace sólo un año. Se abre una negociación que podría dejar los 31 dólares por acción que ofrece ahora hasta los 43 que, según recogía The Financial Times, estuvo dispuesta a pagar Microsoft.

El tamaño cuenta, sí, pero no le servirá de mucho a la empresa de Gates si no va acompañado de una verdadera transformación de la empresa y del producto. Su posición privilegiada en el mercado de las aplicaciones le ha permitido caer en ciertos hábitos malos que tendrá que dejar atrás si quiere ganarse el favor de los usuarios. O incluso si no quiere perder los que ya tiene Yahoo.

Entender al usuario, identificarse con él y adelantarse a sus deseos. No hay camino alternativo al éxito en el mercado.

La maldición de ser bendecido por la UNESCO

Al parecer, muchos lugareños no ven con buenos ojos la intromisión de los políticos en cuestiones tales como el color que le dan a las fachadas de las casas o la necesidad de obtener complicadas autorizaciones para llevar a cabo pequeñas reformas. Ampliar una casa se ha vuelto virtualmente imposible desde que en 1979 la ciudad fuera declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Desde entonces, la escalada regulatoria no ha dado tregua y ha llegado al ridículo de obligar a numerosos empresarios a cambiar el nombre de sus establecimientos por el equivalente en castellano.

Nadie niega que la conservación de la ciudad sea de gran importancia para atraer turistas. Sin embargo, la planificación centralizada de la estética, del urbanismo y de sus "atractivos" no satisface a todos. Las formas de aprovechar el encanto de una ciudad son, como diría Hayek, múltiples, subjetivas y están diseminadas entre todos los habitantes y propietarios del lugar. La planificación estética y cultural impide que ese conocimiento diseminado sirva para ayudar al progreso de la primera capital del país. La experimentación mediante prueba y error de las acciones más acertadas de los propietarios ha sido sustituida por la decisión de un grupo de "sabios". La diversidad y el riesgo han desaparecido bajo la losa planificadora. Ahora todos viven según los gustos y valores de los reguladores.

Esta situación ha hecho que muchos habitantes de Antigua vean en los funcionarios de la UNESCO el origen de una pesadilla centralizadora que ha supuesto la expropiación de la toma de decisiones en múltiples actividades particulares de cada día; y posiblemente no les falte razón. Por eso no resulta sorprendente escuchar que los coches de los empleados de Naciones Unidas llevan tiempo soportando la indignación vecinal. A falta de una justicia más perfecta, quienes han perdido parte de sus propiedades en el altar del dirigismo estético han decidido aplicar la justicia conmutativa.