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La cultura es más, y el PP menos

Da igual, es todo lo mismo; si al final consiste en justificarse para imponer al lector una tasa por todo bicho que guarde información, para que el botín se lo repartan los de la SGAE. Literalmente, es decir.

Un anuncio de la ONCE habla de que hay formas fáciles de ganar dinero: soltar prenda en un programa de cotilleo, hacer el memo con una túnica y decir que adivinas el futuro… Pero nada como decir que lo que tú haces es "cultura". Eso lo justifica todo. Incluso un atraco garfio en mano como es el canon digital. No, está claro que la cultura es algo más que el mercado. Mucho más.

El mercado es la sociedad basada en lo que uno ofrece. Tú te esfuerzas por dar lo que mejor pueda servir a los demás a cambio de lo que los demás puedan ofrecerte. "La cultura", en boca de un político, es la excusa para el reparto: de todos a unos pocos, pero poderosos. "La cultura" es más que el mercado, porque ese plus que sacan del juego político, y que no ganan de lo que el público esté dispuesto a pagar por su trabajo. A usted eso no le pasa porque es una persona honrada y le incomodaría vivir a costa de lo ajeno, pero hay "gentes de la cultura" que reconocen no ser como usted y yo. "La cultura" es la excepción, el privilegio, el reparto. "La cultura" es más.

La lucha contra el canon digital, una revuelta que ha llevado dos millones de firmas a la Moncloa, es una de las causas más importantes del momento. El PP se ha sumado al clamor de los españoles contra la tasa y quienes quieren vivir de ella. Pero tarde y mal. No acaba de hacer suya la idea de la libertad y de los derechos del ciudadano medio frente a los intereses de los grupos especiales, una concepción de la sociedad que le es ajena a la Rodríguez Salmones, a sólo 9 puestos de Rajoy. Ellos verán.

El Estado, la peor desgracia de la humanidad

Afirmar que el Estado, el Gobierno, cada uno de los políticos, burócratas y funcionarios son la peor calamidad del hombre libre puede parecer exagerado y atrevido. ¿Es que no es peor el terrorismo internacional, los tsunamis, terremotos o el hambre en el mundo?

En la tradición libertaria siempre se ha asociado el Estado con una organización criminal que ha negado de una forma u otra la libertad al hombre. El liberal no hace excepciones y juzga a todos por igual. Los males necesarios son una contradicción. Si el crimen es perjudicial para la propia existencia del hombre, en ninguna circunstancia se puede permitir. Da igual que el criminal sea un vulgar ratero, la mafia o el Estado. Para el liberal, la privación por medio de la fuerza de la propiedad privada a otro hombre, es robo. No es menos criminal el carterista que nos usurpa nuestro dinero mediante el hurto, que el Estado con la extorsión de los impuestos. Para el liberal, es tiranía prohibir o regular los estilos de vida de las personas, da igual que se produzca en un régimen abiertamente totalitario o en democracia. Ningún sistema político es un fin, sino un medio y si éste niega cualquier grado de libertad no criminal al individuo, ha de ser combatido hasta que perezca.

Las grandes desgracias globales que nos asolan, las podemos separar en: factores humanos contra el hombre y factores naturales contra éste. Tales amenazas sólo son factores puntuales que, aún causando mucho dolor o pérdidas materiales (como los terremotos, grandes inundaciones, sequías, etc.), pueden ser resarcidos mediante el esfuerzo y cooperación de la comunidad y mercado. Tal cooperación además, no crea pérdidas netas en otros miembros. Ni mercado ni voluntarios sociales roban a unos como hace el Estado para dárselo a otros.

Sólo hay una excepción. Tal alteración se produce cuando el mal, no entendido en su vertiente moral sino ética, se legitima a él mismo perpetuándose en el tiempo. Entonces, la calamidad del hombre es constante. Sólo el imperio de la ley puede hacer que la justicia pierda su último fin llegando a contradecirse continuamente: el criminal se convierte en el que vela por nuestra seguridad física. El ladrón pasa a ser el que nos proporciona el bienestar material y el predicador y el tirano se convierten en los garantes de nuestra libertad.

El Estado nos promete seguridad, bienestar material y libertad, pero a la vez es el causante de innumerables muertes diarias en todo el mundo con sus guerras contra el terrorismo y sus tropas de pacificación. Nuestros supuestos defensores, la policía, se convierten en agresora fiscalizando a la gente honrada, multando al ciudadano por hechos no criminales, con inspecciones, registros y violando los estilos de vida de las personas. Es la hacienda pública, el supuesto encargado de distribuir la riqueza, el mayor ladrón nacional de cualquier país. Son los políticos y tecnócratas los principales asesinos de nuestras ambiciones y libertad con excusas técnicas y circunstanciales. Sus leyes de igualdad, salud, ecología, bienestar y socialistas no nos garantizan libertad individual alguna, sino que la destruyen.

El daño no sólo es inmenso, sino diario, continuo y creciente. Así como la cooperación voluntaria de la comunidad y mercado nos ayudan a luchar contra los desastres naturales y el crimen de los antisociales, nada nos puede hacer detener el gran monopolio de la violencia: el Estado, la peor calamidad del hombre que jamás ha existido. Sólo cuando la gente entienda la realidad que significa el Estado, las cosas podrán cambiar y entonces afirmaremos que los desastres puntuales, son las peores amenazas del hombre libre.

Un nuevo privilegio de la SGAE

Al contrario de lo que parecen creer ellos y el ministro de Cultura, la culpa de la mala reputación de la SGAE, DAMA, CEDRO y similares no está en que los españoles seamos malos y poco comprensivos con ellos. Radica en sus prácticas y en sus formas.

Alguien que consigue que los poderes públicos le otorgue unos privilegios que suponen una substracción tan legal (pues está reconocida por la legislación vigente) como ilegítima en forma de canon digital, que se inventa cosas como la "presunción de culpabilidad" para justificar dichos privilegios o que no para de presentar propuestas totalitarias, no puede esperar tener buena imagen. Si a eso se añade una gestión en la que, según denuncian incluso muchos de sus socios, no existe una mínima transparencia, su reputación no puede ser otra que la que se merecen.

En vez de reflexionar sobre todo eso, las entidades de gestión españolas han decidido ir a llorar al ministro de Cultura (que es un excelente amigo de todas ellas) y obtener de Cesar Antonio Molina el compromiso de una campaña para lavar su imagen. Algo a lo que esto se ha comprometido, eso sí sin hacer una sola auditoria de las cuentas de esas organizaciones. Que la SGAE y compañía quieran emprender acciones de comunicación en este sentido es una muestra de caradura perfectamente legítima. Donde no existe legitimidad alguna es que se encargue de hacerlo, o al menos colabore, un ministerio. Por mucho que la antecesora de Molina, Carmen Calvo, dijera que el dinero público no es de nadie, esto no es cierto. Procede de los millones de españoles que pagan impuestos y es de ellos.

Molina va a poner a disposición de las entidades de gestión de derechos de autor el dinero de todos los contribuyentes para que emprendan una campaña que no dejará de molestar a muchos de ellos. A todos esos que se sienten agredidos por ellas en sus cuentas corrientes cada vez que compran un CD o un DVD, por ejemplo, esto les tiene que molestar. Cada ciudadano que Bautista o Borau han insultado al llamarles "pendejos electrónicos" o aplicarles la presunción de culpabilidad debe de sentirse disgustado.

Pero aunque no fuera así, el dinero de los ciudadanos, a los que se les ha sustraído vía impuestos, se va a utilizar para defender los intereses de una serie de grupos particulares que tan sólo se representan a sí mismos y resultan beneficiosos nada más que para una pequeña parte de sus miembros. Otro privilegio más que el Gobierno suma a los que ya tienen la SGAE y similares.

Antonio Ruiz de Elvira y el Juan de Mariana

Antonio Ruiz de Elvira, catedrático de Física, protesta porque "gente sin la suficiente preparación" realiza comentarios críticos contra la histeria catastrofista del cambio climático. Resulta risible que alguien que no para de decir y escribir estupideces (que no lloriquee, que él mismo usa estos términos para los demás) se queje de lo malos que son los que no están de acuerdo con él. Naturalmente no todo lo que produce son tonterías, y cuando se limita al ámbito de las ciencias naturales sus aportaciones son a menudo interesantes. Es cuando intenta argumentar en los ámbitos de la economía, la ética y la política cuando hace el ridículo combinando profunda ignorancia y fatal arrogancia.

Según él, entre los críticos a la visión oficial del cambio climático "hay dos tipos de personas: unas, aquellas evidentemente pagadas por las empresas petrolíferas y de otro tipo, empresas que no quieren cambiar de energía, aunque pueden hacerlo sin el menor problema ni la menor pérdida de beneficio". Pero no cita a nadie en particular, ni muestra ninguna prueba: ¿en la ciencia no es necesaria la evidencia? Resulta raro que empresas para las cuales un cambio no supondría ningún problema se opongan al mismo. ¿No será más razonable pensar que tienen intereses que pueden verse perjudicados y por eso se defienden? Pero no puede ser esto: Ruiz de Elvira ha decretado que les garantiza los beneficios. Él no es empresario sino funcionario, y seguramente no sabe gran cosa de gestión empresarial, así que queda pendiente averiguar de dónde viene su certeza.

Los otros críticos son "los fundamentalistas liberales, aquellos que escriben en Libertad Digital (LD) o en el Instituto Juan de Mariana (IJM). Estas personas piensan que preocuparse por el futuro va en contra de las ideas correctas u ortodoxas de la economía tradicional, que se basa exclusivamente en el equilibrio, es decir, en la no evolución del sistema económico-social. El credo de este fundamentalismo es muy sencillo: ‘Solo nos debemos interesar por comprar y vender hoy, sin aceptar que nuestras acciones de hoy pueden destrozar nuestros beneficios de mañana’. Es un error de bulto, propio de ignorantes absolutos, basado en una interpretación errónea de lo que son las ‘leyes de mercado’ y la ‘mano oculta de Adam Smith’."

Uno de los errores más comunes que cometen quienes no saben pensar bien es atribuir incorrectamente ideas a los contrincantes intelectuales (o quizás no es un error sino una muestra de deshonestidad). Igual cree que sus lectores son tan tontos que no son capaces de detectar esta falacia del hombre de paja: atacar a otros inventándose que dicen algo absurdo fácil de criticar. Una persona con un mínimo nivel de inteligencia no comete un error tan burdo: intentar explicar lo que piensan personas a quienes ni conoce ni comprende en absoluto. Se nota que desconoce por completo los fundamentos de la Escuela Austriaca de economía (estrechamente vinculada a LD y al IJM), que critica sistemáticamente los modelos de equilibrio, es fundamentalmente evolucionista y dinámica e insiste en la importancia de la coordinación intertemporal (preocuparse por el futuro). Y no se molesta en profundizar acerca de la interpretación correcta de las "leyes de mercado" y la "mano oculta de Adam Smith", porque obviamente no tiene competencia para ello.

Sigue haciendo el ridículo: "En vez de vivir como seres humanos, creadores, miembros de una especie que viene de lejos y quiere ir aún mas lejos, que quiere crear obras de arte y ciencia, es decir, estudiar y crear belleza, son como gallinas que picotean, que solo quieren vivir el minuto, que viven para la ganancia diaria que muere con la luz del día". Qué bonito lo de ser una especie que quiere cosas tan estupendas: lástima que en realidad sólo los individuos tienen voluntad (no los colectivos), y que las preferencias de las personas reales a veces no son tan grandilocuentes y entran en conflicto unas con otras (posibilidades de conflicto, costes de oportunidad). Él nos ve como gallinas tontorronas: ¿ha oído hablar del fenómeno psicológico de la proyección?

Además somos "inmensamente contradictorios consigo mismos" porque uno de nuestros héroes es Bush (contengan las risas, por favor) y nuestra doctrina favorita es "la desaparición de las subvenciones estatales" (por fin acierta en algo, pero tiene que ser casualidad) pero defendemos la energía nuclear, que ha sido y sigue siendo fuertemente subvencionada. Si se molestara en leernos con algo de cuidado tal vez vería que criticamos las trabas absurdas que se imponen contra la energía nuclear, pero defendemos la eliminación de subsidios y la internalización de costes en todos los sectores (como somos fundamentalistas tenemos fundamentos o principios éticos); él sin embardo insiste en subvencionar lo que haga falta las hoy muy caras y económicamente ineficientes energías renovables eólica y solar (si algún día son rentables tendrá el morro de ponerse medallas de que fue gracias a él, o que él ya lo predijo). También parece que "la economía americana" es "el paradigma del libre mercado" pero está muy intervenida y repleta de subvenciones a los amigos de los políticos: ¿esto lo ha descubierto él solito?; ¿cree que no nos habíamos dado cuenta?

Insiste en mostrar que es una nulidad como economista: "Respecto a los mecanismos de mercado, estarían muy bien si la información fuese completa. Pero puesto que sabemos que ésto es, hoy, y posiblemente en el futuro, un sueño, la idea del mercado cae por su propio peso". Aunque hay modelos neoclásicos anticuados y demasiado simples que caen en el error del conocimiento perfecto, los economistas del IJM estamos muy lejos de esa postura: como defendía Hayek, los mercados libres son imprescindibles precisamente porque el conocimiento es siempre parcial, local, imperfecto, limitado, disperso, tácito, no articulado.

Aún hay más: "Las ideas de Libertad Digital y del Instituto Juan de Mariana se basan en los axiomas de la teoría económica más rancia, esa teoría que propusieron Walras, Jevons y Pareto, basada en la estática física de finales del siglo XIX, en vez de en la dinámica. Se basan en la frase de Keynes: "No pensemos en el mañana", y en los siguiente axiomas: 1) La existencia de un equilibrio económico. 2) La racionalidad de los agentes económicos, es decir, de los seres humanos. 3) La idea de ganador/perdedor o de los juegos de suma cero. 4) La falacia del mercado libre. 5) Una economía lineal (1+1)=2."

Cuando se comienza una lista con Walras y Jevons, el siguiente suele ser… Menger, el que le falta de los marginalistas y el padre de la escuela austriaca (los que destrozan los modelos basados en la estática física, qué curioso). Pero claro, no se puede esperar ningún rigor de alguien que nos relaciona con… ¡Keynes! Insiste en la memez de que nos basamos en equilibrios; menciona la racionalidad como si fuera el primero en descubrir su problemática; no se da cuenta de que el mercado libre, el capitalismo, donde los intercambios son voluntarios, es un juego de suma positiva y no una falacia como las que él perpetra con asiduidad; y los problemas de la no linealidad son conocidos, pero él obviamente desconoce la naturaleza de los ciclos económicos (la teoría del dinero y el crédito y su manipulación estatal seguramente no son su fuerte). Según él "el dinero, como medida de la energía, ni se crea ni se destruye", y "el concepto de caro y barato es irreal y difícil de especificar".

"Tenemos la riqueza que tenemos porque disponemos de energía". Como decía un anuncio de neumáticos, la potencia sin control no sirve de mucho. "¿Cual era la riqueza mundial antes de 1800? ¿Qué fue lo único que cambió con el cambio de siglo? La puesta en marcha de la extracción masiva de carbón. La revolución industrial, fue, si bien se mira, una revolución energética. ¿Que le ocurrió al sistema económico cuando se puso en marcha la explotación masiva de petróleo?" Si tu única herramienta es un martillo, todo lo que veas te parecerán clavos. Para un físico que no domine lo que hay más allá de su ámbito, sólo cuenta la energía. La falacia marxista del valor trabajo va por allí. Ni una palabra acerca de la acumulación de tecnología (inteligencia), de capital (herramientas alimentadas por esa energía), y sobre todo del marco institucional adecuado (que evoluciona). "Es indiferente que se pague más o menos por la energía primaria, pues es la energía la única medida de la riqueza humana." ¿Mande? ¿Da igual lo que paguemos por la energía? ¿En serio? ¿Y medimos nuestra riqueza únicamente en términos de energía? ¿En julios o en ergios?

"Sería conveniente que las personas que escriben hubiesen reflexionado a fondo sobre lo que escriben. Que hubiesen profundizado en las ideas, no se hubiesen limitado a aprenderse los manuales de los cursos universitarios." ¿Se aplica el cuento? Está tan ciego que jamás verá su pedazo de viga y seguirá cubriéndose de gloria con sus despropósitos.

"Adam Smith introdujo ideas muy valiosas, lo mismo que Ricardo, que Jevons, Walras, Pareto, Marshall, y más cerca, que Georgescu-Roegen, Schumpeter, Hayek, que todos los premios Nobel de Economía." ¡Si le suena Hayek! Lástima que lo mezcle con otros (en especial Georgescu-Roegen) y que crea que todos los premios Nobel de Economía hayan aportado ideas valiosas: muchos son lamentables.

Todas estas sandeces las ha perpetrado en un par de artículos: hay muchas más. Recientemente comenzó su intervención en un debate sobre cambio climático comentando que si le dejaban hablar convencería a todo el mundo: ¡qué gran psicólogo y argumentador! Y en una charla hace pocos años le preguntaron si llovería en otoño: contestó simplemente que no, sin un solo matiz, ni detalle, ni explicación; fue el otoño más lluvioso en varias décadas.

Devuélveme mi dinero

Hay una enorme verdad en esto que no parece haber asimilado este país, y es que el dinero que posee el Gobierno no es suyo, sino nuestro. Nadie se salva de la extorsión gubernamental en su afán descontrolado de recaudar más y más. Ni los rateros no gubernamentales. Usando la incultura económica de la gente, ahora el presidente del Gobierno nos quiere "regalar" 400 euros.

Una de las justificaciones ha sido, que de esta forma, el Estado demuestra que ahorra por nosotros ya que, según el presidente, "ahorrar es muy bueno" y al parecer él es más sensato que nosotros en esta labor. No puede decir lo mismo en otros temas de mayor calado como el de las pensiones, cuya estabilidad tiembla continuamente ante un futuro verdaderamente negro.

El ahorro obtenido a punta de pistola, no es ahorro. De hecho, entre impuestos directos, indirectos, tasas, multas, etc. el Estado nos expropia casi la mitad de nuestros ingresos brutos, con lo que esos 400 euros son migajas si los comparamos con los cuatro años de este Gobierno socialista o de cualquier otro. El ahorro tiene varias funciones para el actor económico. Una de ellas es hacer frente a los imprevistos individuales. Los socialistas, atendiendo a la curiosa concepción de ahorro que tiene el Gobierno, han llegado al extremo absurdo de creer que tal cosa no existe y que las malas épocas no son fenómenos circunstanciales de cada individuo o familia, sino agregados socioeconómicos que él controla y puede resolver. Es algo que recuerda bastante a la concepción económica que tenía la Unión Soviética.

Por otra parte, tendremos que ver qué consecuencias tiene tal medida sobre el efecto riqueza. Si todos somos 400 euros más ricos, ¿qué pasa? Que los precios de los productos donde vaya a parar esa subvención se encarecerán en la misma proporción. Teniendo en cuenta que el nivel de ahorro de las familias está en uno de sus peores momentos y que la deuda familiar está en uno de los más altos; muy probablemente este dinero será gastado en bienes de consumo casi de forma inmediata. Lo que significa que perjudicará a aquellos que no reciban esa subvención, esto es, a aquellos que no realizan la declaración de la renta, que, cosas de la vida, son los que tienen los ingresos más bajos de la sociedad. Como bien ha apuntado el presidente del Gobierno, "no hay impuesto negativo". Bueno, corregiremos a nuestro económicamente ignorante presidente porque en realidad sí que existe. Uno de los inventores de tal aberración fue Milton Friedman.

Que nuestro ahorro dependa de la gracia del político o de la proximidad de las elecciones nos indica qué es la política y esta gran mascarada de la democracia, que ha perdido su rumbo y propósitos por completo. El sistema actual se parece más al de un estado señorial del Medievo que a la idílica visión de la soberanía del pueblo. Nuestro dinero, estilo de vida y libertad depende de las decisiones partidistas y subjetivas de un grupo de oligarcas políticos que juegan con nosotros como si fuéramos piezas de un juego sin reglas, donde quien gana acaba gobernando para poder hacer lo que le da la gana. ¿Cómo pretendemos que los políticos nos salven si son ellos el principal problema? Mientras espera a que estos burócratas se preocupen de verdad por su dinero, tome la iniciativa y haga todo lo posible para no alimentar a la bestia. El dinero mejor ahorrado es el que no va al Estado. Está en su derecho de no dejarse robar por nadie.

Consumismo, modelo keynesiano y preferencia temporal

Suele ser frecuente hablar del consumismo como la consecuencia inevitable de un sistema capitalista como el que tenemos ahora. Algunos lo critican para descalificar al capitalismo, y otros lo alaban por defenderlo. Sin embargo, pocos ponen las cosas en su sitio y aclaran la confusa relación entre consumismo y capitalismo. (Según la RAE, el consumismo es la "tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios".)

Antes de continuar, hay que aclarar que es muy discutible que vivamos en un sistema capitalista como afirman los críticos del mismo. Más bien, creo que sería más correcto llamarlo "capitalismo de estado".

Pese a que Juan Ramón Rallo ya enumeró de manera muy clarificadora una serie de prácticas intervencionistas que estimulan el consumo privado, creo que sería conveniente volver a este tema y apuntar dos argumentos que podrían complementar su artículo en favor de la tesis de que no es el sistema capitalista el que favorece el consumismo, sino que éste es fomentado principalmente por ideas y prácticas que nada tienen que ver con él.

1. Probablemente esta confusión tiene su más visible origen moderno en las ideas keynesianas. De manera generalizada se piensa que el consumo es el motor del crecimiento económico, y para apreciar esto, sólo hace falta acercarse por la gran mayoría de las facultades de economía españolas (y probablemente del resto del mundo), donde los modelos y teorías que todavía hoy se enseñan como lo más correcto y acertado son keynesianos.

En éstos, un aumento de la demanda agregada de la economía, como puede ser del consumo privado o del gasto público, hará que se incremente la producción, con lo que la renta del país aumentará. Además, cuanto mayor es la proporción de la renta que los ciudadanos dedican al consumo (y por tanto, menos al ahorro), mayor será la renta.

Podemos, pues, intuir que estas ideas que sitúan al consumo como la pieza clave de la economía capitalista, tratarán de fomentarlo, sea éste tanto privado como público. Para ello, otra pieza fundamental es la política monetaria, que a través del incremento de la oferta monetaria introducirá más dinero en la economía (con sus tan perniciosos efectos) y bajará los tipos de interés (artificialmente), lo que permitirá una mayor expansión del consumo, que a su vez aumentará la renta nacional, y así sucesivamente.

2. El siguiente argumento tiene que ver con la relación entre renta o riqueza y preferencia temporal. Se suele considerar que existe una relación inversa entre ambas, es decir, que cuanta más renta disponga una persona, la proporción de ésta que dedicará a bienes presentes será, habitualmente, menor, y en consecuencia, su proporción de ahorro será mayor. (Sin embargo, no existe consenso sobre la naturaleza de esta relación: si es una necesidad lógica (praxeológica) o una observación empírica generalizada, pudiendo existir excepciones. El artículo enlazado apunta a que esta relación es empírica, y no general, en base a contra-ejemplos muy sensatos.)

Por eso, a medida que un país crece en renta per cápita, habrá una cierta tendencia a que disminuya la preferencia temporal, produciendo un descenso en las tasas de interés, que permitirán una mayor inversión, apoyada en ahorro real (y no ficticio como sucede cuando hay inflación), lo cual es muy positivo para la economía.

Teniendo esta relación como generalmente cierta, resulta inmediato deducir que todo tipo de imposición fiscal que reduzca la renta o riqueza supondrá un incentivo a que se incremente la preferencia temporal de los individuos por los bienes presentes, fomentando un mayor consumo, lo que probablemente disminuirá el potencial de capitalización de una economía.

Pongamos un caso sencillo (no general; su propósito no es hacer ningún tipo de generalización), a modo de ejemplo ilustrativo de esta idea: imaginemos una persona que cobra 1.000 euros al mes. En ausencia de impuestos, y tras haber consumido en lo que ella considere más necesario, le quedan 200€, es decir, un 20% de su renta mensual la ahorra. Sin embargo, si tuviera que pagar, pongamos, un 25% de impuestos, le quedaría una renta mensual de 750€. Si tenemos en cuenta que en la situación anterior se había limitado a sus necesidades más urgentes (subjetivamente consideradas), en este caso apenas reducirá su consumo. Supongamos que ahora consume 700€, en vez de 800€. En esta nueva situación solo habrá podido ahorrar 50€, un 5% de su renta, ya que la parte de impuestos irá a parar a consumos varios por parte del Estado. Por tanto, sin impuestos, el 80% de 1000€ va a consumo, y con impuestos es el 95%, siendo una parte de ese porcentaje consumo estatal (coactivo), con lo que ello supone en términos de ineficiencia y pérdida de libertad.

Tras haber expuesto estos dos argumentos, y teniendo en cuenta las medidas apuntadas en el artículo de Rallo, esperamos haber aclarado que el excesivo cortoplacismo inherente al consumismo (¿puede ser una versión moderna de hedonismo?) no es propio de una economía capitalista, sino que es fomentado muy a menudo por el intervencionismo económico en todas sus formas, al que tanto contribuyeron las ideas keynesianas.

El consumismo es perfectamente criticable, así como lo es cualquier conducta social que, desde el punto de vista de cada uno, resulte perjudicial. Pero antes de criticar el sistema capitalista por conducirnos al consumismo más feroz, convendría tener en cuenta los aspectos aquí aludidos, para discernir qué teorías económicas son las que realmente favorecen el consumismo, y quizás ahorrarle al nombre del capitalismo uno de los tantos males por los que se considera, equivocadamente, culpable.

¿Qué es Occidente?

Hace más de treinta años, en una época convulsa del mundo, Julián Marías (1914-2005) dictó en Buenos Aires una serie de cinco multitudinarias conferencias en torno a la idea de Occidente. Para el filósofo español, Occidente es una promesa inacabada de libertad y creatividad; una historia inconclusa de eficacia, de dudas, de vida despierta.

Hoy podemos escuchar la voz de Marías, con ese estilo de tersa oratoria característica de los hombres de su generación, ofreciéndonos una visión inteligible de lo que nos pasa.

Julián Marías fue discípulo de Ortega y uno de aquellos oficiales republicanos que coadyuvaron junto a Besteiro y Casado al final de la carnicería española de 1936-1939. Incomprensiblemente, fue represaliado por la dictadura. Se conjuraron contra él una recua de frailes y envidiosos. Pero su Historia de la Filosofía se transformó en manual de éxito –lo sigue siendo– entre los estudiantes. Marchó a la Universidad de Columbia para ejercer la docencia que su propio país le negaba. Liberal y católico, cuando la Real Academia Española le eligió académico, Franco se encargó a su vez de declararle enemigo público nº 1. Marías es autor de Antropología metafísica, obra relevante del pensamiento español del siglo XX. A pesar de que se las hicieron pasar moradas, tuvo la nobleza de afirmar que la cultura, durante el franquismo, no fue un páramo. Después llegaron los reconocimientos: senador real, aconsejó al presidente Suárez durante la transición. Tuvo arrestos, en pleno felipismo, de combatir la restricción de libertades. No entendió la obsesión contemporánea sobre el aborto. Aún octogenario y débil, era capaz de platicar en público durante más de una hora con rigor y sin nota alguna. Es, sin duda, uno de nuestros grandes.

Marías recordaba en Una vida presente. Memorias el ambiente de aquellas charlas encabezadas con el título ¿Qué es Occidente?: "Había agitación política, amenazas, manifiestos, sobra de tanques. Pero me sorprendió que persistiera la convivencia, la conversación, la broma, incluso la burla… El eco que mis palabras despertaron me hizo percibir la sensibilidad que en la Argentina existía para el valor, la posibilidad y también los riesgos de la libertad". En 1971 imperaba, recordemos, la guerra fría, los espadones regían en Argentina y el futuro de las democracias se planteaba incierto.

Occidente, según Marías, va de dentro a fuera. Se trata de una expansión de tres mil años de historia en tres continentes distintos, sin adscripción de raza alguna. Existen varias formas occidentales de hacer las cosas que proceden de tres raíces comunes: Grecia, Roma y el judeocristianismo. Grecia es la teoría; el interés por ver y decir significativamente. Roma es el poder con arreglo a Derecho. Lo judeocristiano ve al mundo como Creación y establece relaciones paterno-filiales con la divinidad. Marías advertía de los intentos de despojar a Occidente de su componente cristiana.

Occidente domina la técnica. La pólvora o la impresión, por ejemplo, no se hicieron técnicas hasta que fueron absorbidas por Occidente. La máquina es la proyección de la mano, la humanización del mundo. "¿Cómo puede alguien –se pregunta Marías– preocuparse por la tecnificación de la vida: acaso es lo mismo acarrear toneladas de tierra con una pala que manejar una excavadora?" Occidente no se fosiliza, nunca se embarranca del todo. Además, las invenciones han doblegado la pobreza, forma dominante de vida en el planeta. Es curioso como en esas grabaciones, en aquel momento que puede parecernos algo remoto, Julián Marías ya formulaba una interpretación sugerente acerca del uso del teléfono como ejemplo de elasticidad social, que quizá hoy haga las delicias de los publicitarios del sector o los consumidores incondicionales al móvil y sus variantes.

Occidente tiene que ser libre. A veces los occidentales se oponen a sí mismos (positivismo, marxismo) o se encuentran en tensión con otros mundos resentidos con ellos. Pero Occidente debe saber de sus pretensiones y necesidades: lo que se tiene que ser, lo que se tiene que tener, lo que se tiene que hacer. Occidente no se repite, se genera perpetuamente y engendra lo distinto. Julián Marías decía que en Occidente siempre aparecen listas con las libertades que faltan.

Vaya tropa

Los bancos centrales son la punta del iceberg de un sistema financiero que, desde hace un siglo, viola sistemáticamente los más elementales principios de prudencia y diligencia. Las entidades de crédito han dejado de preocuparse por su solvencia y su liquidez e intentan suplir sus necesidades estructurales de fondos con los créditos que los bancos centrales van creando casi de la nada.

Nuestra organización monetaria tiene más puntos en común con el socialismo que con un auténtico sistema liberal; por tanto, la crisis económica que nos acecha es una crisis causada por el intervencionismo financiero.

A pesar de ello, existe una especie de adoración por los bancos centrales y sus dirigentes. En buena medida, los operadores del mercado tratan de encontrar en ellos la luz que les conduzca al final del túnel. Sin embargo, quienes están al frente de dichas entidades no son más que personas de carne y hueso, por lo general con unos conocimientos de economía bastante limitados e intereses personales ocultos.

Los últimos meses han servido para que algunos despierten de su letargo y constaten su inutilidad e impericia. Bastará con que nos refiramos a los tres casos más conocidos en nuestro país.

Bernanke: tipos cuesta abajo

Dicen que el actual presidente de la Reserva Federal tuvo que asistir a un cursillo acelerado en el mes de agosto para que le explicaran qué era eso de las "hipotecas subprime" y los "productos financieros estructurados".

Lo único que se le ha ocurrido a Bernanke ha sido recurrir a su famoso helicóptero: desde agosto ha bajado los tipos de interés en cuatro ocasiones, desde el 5,25 al 3,5%. Sin embargo, no parece que estas simplistas y contraproducentes medidas hayan remediado en nada la situación crítica de los mercados inmobiliario y financiero estadounidenses.

La venta de viviendas de segunda mano ha alcanzado su nivel más bajo en nueve años, y los precios están cayendo por primera vez en 40. Por si fuera poco, los resultados de los bancos en 2007 no han podido ser más lamentables: los beneficios de Citigroup cayeron un 83%, los de JP Morgan un 33 y los de Wachovia un 98 en el cuarto trimestre; y Merrill Lynch perdió 7.777 millones de dólares: el peor resultado de su historia.

La última rebaja de tipos, que Bernanke ejecutó por sorpresa el martes pasado, no tenía otra finalidad que servir de propaganda para la comunidad internacional. La Reserva Federal tenía programada una reunión para decidir la rebaja de los tipos una semana más tarde. ¿Alguien cree que recortar los tipos una semana antes o después marca la diferencia? No, el objetivo no era arreglar la economía, sino evitar que la crisis se manifestase tan claramente. En otras palabras: fue una decisión dirigida a calmar los ánimos de los especuladores bursátiles, para que detuvieran sus órdenes masivas de venta.

Pero los fundamentos de la economía siguen tan maltrechos como antes. Aun cuando Bernanke lograra restaurar la burbuja del mercado inmobiliario, sólo lo haría para generar una crisis aún mayor en el futuro. De momento, la bajada de tipos sólo se está traduciendo en una inflación cada vez más desbocada en las materias primas; o, dicho de otro modo, en unos resultados empresariales cada vez más ahogados por los costes.

Greenspan: esquizofrenia áurea

Para muchos, Alan Greenspan, antecesor de Bernanke al frente de la Fed, es el pope de la banca central, el artífice del crecimiento económico de EEUU durante la década de los 90. Para otros, en cambio, es un oportunista al que cabe culpar de la crisis actual.

En su juventud, Greenspan frecuentó el grupúsculo objetivista que rodeaba a la filósofa y novelista Ayn Rand. De hecho, llegó a publicar dos artículos en un libro editado por ésta: Capitalism, the Unknown Ideal. Uno de ellos se titulaba "Patrón oro y libertad económica", y en él decía cosas como ésta:

En ausencia de patrón oro no hay manera alguna de evitar que los ahorros se confisquen mediante la inflación. No hay un solo depósito de valor seguro (…) La política financiera del Estado del Bienestar requiere que los propietarios no puedan proteger su riqueza. Éste es el mezquino secreto de las diatribas estatistas contra el oro. El déficit público es sólo un esquema para la confiscación de la riqueza. El oro obstaculiza este proceso. Se convierte en un protector de la propiedad privada. Cuando uno ha comprendido esto, ya no tiene ninguna dificultad para entender el antagonismo de los estatistas al patrón oro.

Con el correr del tiempo, el autor de este sorprendente alegato se situaría al frente de ese esquema confiscatorio dedicado a financiar los déficits públicos con el envilecimiento de la moneda. Muchos creyeron que, simplemente, Greenspan había cambiado de ideas, que la madurez lo había llevado por otros derroteros más pragmáticos… y a declarar ante el Congreso lo que sigue:

La cuestión es, ¿existiría algún beneficio, en este momento histórico, si se retomara el patrón oro? La respuesta es: no lo creo, porque estamos actuando como si ya tuviéramos patrón oro.

Si de joven creía que el patrón oro era insustituible, de mayorcito piensa que basta con actuar como si estuviera entre nosotros. Será la fuerza del voluntarismo.

Pero la evolución intelectual de Greenspan parece no terminar aquí. Ahora que ya no dirige la Fed, parece volver a sus raíces ideológicas. Hace unos días dijo, en una entrevista para Fox News:

Debería haber algún mecanismo que restringiera la cantidad de dinero que se puede imprimir, ya sea el patrón oro o algo similar. A menos que tengas eso, la historia sugiere que la inflación tendrá efectos destructivos sobre la actividad económica (…) Muchos economistas creemos a pie juntillas que EEUU tuvo mucho éxito en el período 1870-1914 con un patrón oro internacional.

De nuevo, parece ser que la voluntad no basta para evitar la inflación: sin patrón oro, la confiscación y las crisis económicas no se detienen. Entonces, la cuestión es: ¿a qué se dedicó durante los casi veinte años que estuvo al frente de la Fed?

MAFO: duros a cuatro pesetas

El Banco de España tampoco parece ser muy amigo del oro. Será que en nuestro país la práctica confiscatoria de la inflación agrada mucho a los burócratas: no en vano la divisa española (la peseta, y luego el euro) se ha depreciado más de 23 veces con respecto al oro en los últimos 35 años.

Al Banco de España no se le ha ocurrido mejor idea que vender más del 40% de sus reservas de oro en los últimos tres años. Dicen que en tiempos de tribulación no conviene hacer mudanza; por lo visto, a MAFO lo de la mudanza se le queda corto y prefiere dinamitar la casa.

Y es que las ventas precipitadas de oro han hecho perder al Banco de España, de momento, más de 1.000 millones de euros, según un reciente informe del Instituto Juan de Mariana. No está mal, sobre todo después de que Solbes dijera que el oro ya no era un "activo rentable".

Con todo, no se ve amago de rectificación alguno entre las autoridades monetarias nacionales. Es más, su cultura económica es tan vasta que incluso se muestran satisfechos:

El objetivo [de las ventas de oro] era capitalizar la entidad, que ahora tiene unas reservas en torno a los 2.000 millones de euros, una cifra que era muy inferior antes de estas operaciones.

Pues felicidades: sois tan listos que os habéis descapitalizado en más de 1.000 millones. Y ahora sacad pecho, no sea que la gente se dé cuenta de que en vez de músculos sólo tenéis grasa.

Los metomentodo de FACUA, contra Gmail

No, los de la asociación de consumidores por la prohibición del consumo de lo que no les gusta vuelven al ataque, y esta vez contra Google. En concreto, contra Gmail, al que califican de "correo espía" y al que quieren ilegalizar.

Veamos qué definen como espionaje estas histéricas: que el software de Google examine los mensajes que llegan a un usuario en busca de palabras clave que pueda emplear para mostrar anuncios personalizados a la vera del correo que estamos leyendo, para "olvidarse" inmediatamente de ese contenido. Preocuparse por esto y calificarlo además de "espionaje" demuestra una ignorancia abismal sobre el funcionamiento de la tecnología de internet. Google ya tiene que "leer" el correo (espiarlo, en jerga facuense) para poder mostrárnoslo; buscar palabras en él para mostrar anuncios, siempre y cuando no almacene los resultados de esa búsqueda, no añade ni quita nada a ese hecho. Pero no sólo Google, claro; todos los correos web tienen que hacer lo mismo.

En todo caso, aunque Google averiguara hasta la talla de calzoncillos que uso por medio de mis mensajes, eso no es de la incumbencia ni de FACUA ni de nadie si yo les he dado permiso al abrirme una cuenta en Gmail. Al parecer, para ellos "no es lícito que un usuario que recibe un mensaje sobre, por ejemplo, la muerte de un familiar o la devolución de recibos en su banco por falta de saldo, sea invadido por los anuncios funerarias o empresas que le ofertan créditos para saldar sus deudas". Traducido del progre al castellano: algo ilícito es algo que no nos gusta. Pues no te abras una cuenta en Gmail, pero déjanos a los demás.

Pero bueno, lo que pueda opinar una asociación de defensa del consumidor, de esas que afirman que defenderte consiste en prohibirte hacer lo que estimes oportuno, no debería ser tan importante. Al fin y al cabo, llevan años quejándose por lo mismo. No, el problema es que han encontrado apoyo en una declaración de la Agencia de Protección de Datos, que afirma que de acuerdo con un dictamen de un grupo de trabajo de la Unión Europa a partir de ciertos artículos de una directiva sobre protección de datos, a su vez traspuesta en la ley española sobre la materia, Google no puede examinar el correo para poner anuncios personalizados. Vamos, que han pedido ayuda al primo de Zumosol y éste ha acudido raudo y veloz.

El problema es que los artículos que cita el organismo español no permiten deducir nada, ni a favor ni en contra. Es más, el dictamen al que hacen referencia, aparte de llamar "buzonfia" al spam, que ya les vale a los traductores de la Unión Europea, no dice absolutamente nada sobre el análisis de los correos con fines publicitarios. Y los artículos de las directivas europeas que cita no prohíben dicha operación, salvo que se haga "sin el consentimiento de los usuarios interesados", que no es el caso, porque tú das permiso al abrirte una cuenta en Gmail.

Desgraciadamente, tenga o no tenga sentido lo que dice la Agencia de Protección de Datos, son el Estado, y como tal disponen de la coacción legítima para hacer avanzar sus intereses. De modo que discúlpenme si me empiezo a preocupar. Es que uso Gmail y me lo quieren cerrar.

Organicistas y liberales

Al analizar en 1937 la crisis de la democracia liberal, consecuencia de la Primera Guerra Mundial que "aceleró la tendencia preexistente a las organizaciones internacionales, una especie de socialismo mundial… que implicó la restricción de la libertad, hasta entonces ilimitada, del empresario y su subordinación a un orden nacional, inserto en un marco internacional", Salvador de Madariaga se preguntaba qué tipo de hombre era el más proclive a caer presa del "encanto de las doctrinas dictatoriales".

En primer lugar, el caprichoso, el que responde cada presunta con un "¿por qué no?". En segundo lugar, el impaciente y apresurado, el que prefiere los atajos al "lento sendero de la historia". Para hacer frente a la tiranía, Madariaga propone la sustitución de la democracia liberal por lo que él denominó "democracia orgánica unánime". Así, partiendo de que "el fin supremo es el individuo, y que las instituciones colectivas no deben ejercer más poder del necesario para su desarrollo individual", el pensador basa su orden político ideal en varios conceptos:

  1. "Comunidad", alejada del disparate de la "misión histórica" en la que basan su existencia las naciones.
  2. "Experiencia", que no felicidad, como el fin último de la vida del hombre.
  3. "Orden", es decir, el equilibrio entre libertad –"el derecho a comportarse mal", o el "derecho a no verse privado de la experiencia de esta conducta elegida", que no precisa justificación– y autoridad, que implica restricciones a la libertad, basadas no en la consecución de la igualdad, pues ésta evita que los ciudadanos alcancen el rango y función más adecuados a su capacidad y utilidad social, sino en el mantenimiento de ciertas continuidades, esto es, de la "cultura".

A partir de aquí, Madariaga niega la existencia de la lucha de clases e incluso de una clase opresora y sostiene que la libertad, la desigualdad y el binomio ambición-necesidad son esenciales para que una sociedad progrese. Por tanto, concierne al Estado la restricción de la libertad cuando ésta atente contra el funcionamiento natural de la comunidad. Por ejemplo, los sindicatos y las asociaciones empresariales no deben ser toleradas, pues no son democráticas, sino demagógicas. Por otra parte, el Estado no puede limitar la libertad de expresión, por muy absurdas que sean las ideas expuestas. No obstante, sí puede restringir su radio de acción. Por ejemplo, no se pueden prohibir las doctrinas contra la libertad de pensamiento, sino que deban ser enseñadas en las escuelas. En general, el Estado moderno "será intolerante con los que obstaculizan su funcionamiento apropiado y con los que amenazan su constitución esencial".

Hasta aquí, todo parece indicar que Salvador de Madariaga defiende un Estado limitado con amplias libertades económicas y un orden mundial basado en la interacción libre entre individuos, no estados. Sin embargo, enseguida el autor comienza a expandir el ámbito de ese orden natural social hasta extremos amplísimos, por ejemplo la coordinación de la economía dentro de un "plan general de economía nacional" coordinado con "un plan mayor de economía mundial", pues "la iniciativa privada ilimitada es en efecto el enemigo más peligroso del Estado". Es casi inevitable señalar la contradicción existente entre esto y aquel socialismo mundial que el autor había denunciado al principio.

En segundo lugar, el autor se refiere a la soberanía de los estados, que deben fomentar la creación de una "conciencia mundial" basada en el derecho y ética internacionales de la Liga de las Naciones, única entidad legitimada para señalar la justicia o injusticia de una guerra. Por tanto, el individuo sólo puede desobedecer a su Estado invocando estos principios.

La culminación de este peculiar tour de force es la negación de cualquier tipo de autonomía individual, contenido en la siguiente afirmación:

…estamos listos para sacrificar el sistema política darviniano y adoptar una concepción moderna relacionada con el Estado totalitario: la democracia orgánica unánime.

Para alejar su modelo del fascismo y el bolchevismo, Madariaga recurre a la invención de una clase dirigente virtuosa, capaz de conseguir la adaptación, que no obediencia, de todas las clases a este Estado totalitario. El hombre de Estado surge así como una "síntesis" del pueblo, "pasivo y plástico", y de la burguesía, que encarna la inteligencia. A pesar de haber rechazado el marxismo, Madariaga no puede sustraerse a su método dialéctico a la hora de describir lo que de hecho equivale a una especie de "hombre nuevo" que a diferencia de los demás "en asuntos de vida colectiva, ve por sí mismo" y al que "nadie elige o designa. Él mismo sabe lo que es porque se oye llamado a esta alta y ardua tarea por una voz interna, su vocación". Un hombre que se distingue de los demás por sus grandes dotes de "imaginación e intuición" opuestas, por ejemplo, al espíritu judío, cuyo exceso de intelectualismo se debe según Madariaga a ser una "raza sin raíces, y por tanto sin pueblo". Como podemos observar, el debate sobre poder e imaginación se inició antes de que Sartre proclamara su célebre "la imaginación al poder" en 1968.

¿Qué criterio hemos de seguir para detectar a estas personas? ¿Qué mecanismo debemos instaurar para que el aristócrata pueda llegar a ejercer el poder y su vocación no se vea frustrada? Son preguntas que el autor deja sin responder, aunque se preocupa por describir a esta aristocracia como la fuerza que permite la existencia de una nación, lo cual equivale a restaurar el principio de "misión" que había negado antes. Una misión sustentada en el más puro liderazgo carismático.

Las páginas finales de Anarquía o jerarquía ejemplifican este tortuoso viaje que partiendo del individuo como la única realidad concluye colocando al Estado, dirigido por un grupo de seres superiores en virtud de características innatas, como ente todopoderoso legitimado para regular todos los aspectos de la vida de las personas. Así, Madariaga afirma que al Estado le corresponden todas las decisiones finales sobre la economía, la educación y la información, las finanzas y el control del crédito e incluso las organizaciones gremiales, así como la distribución del consumo, lo que conlleva entre otras la producción de cereales y su transformación, la banca y las comunicaciones y la limitación de las fortunas privadas.

En el magnífico libro La libertad traicionada, José María Marco traza las trayectorias de siete intelectuales españoles, que en todos los casos desembocan en el abandono del liberalismo, del que todos son deudores, por la construcción de quimeras que abonan el terreno al éxito de distintas alternativa comunitaristas a una sociedad basada en invididuos libres. Es una lástima que Salvador de Madariaga, que sorprendentemente ha pasado a la historia como un gran liberal debido a su oposición al franquismo –a juzgar por los contenidos de Anarquía o jerarquía, cabe preguntarse si su desdén por Franco no se podría haber debido a que consideraba al dictador un impostor que le había arrebatado su puesto como regidor de los destinos de la nación– y como gran europeísta por haber fundado el Colegio de Europa de Bruselas no haya merecido un capítulo en la antología de Marco, ni siquiera una mención. Si así hubiera sido, tal vez algunas de sus preguntas –y las nuestras– sobre el fracaso de un proyecto liberal y auténticamente democrático en Europa y las diferencias entre nuestro continente y los EE.UU. cuya noción de igualitarismo difiere tanto de la nuestra, habrían sido respondidas. ¿Acaso no es el proyecto de los Estados Unidos de Europa una empresa basada en gran parte en la utopía de Madariaga? ¿Es este ingeniero de minas reconvertido en historiador y politólogo un precursor del neohegelianismo actual, que elimina el mercado del concepto de sociedad civil y sólo permite la autonomía de la voluntad individual dentro de un Estado omnipotente capaz de encontrar excusas para cualquier intervención en la esfera de lo privado? ¿Cuántos de los autodenominados "liberales progresistas" actuales no son sino neo-organicistas disfrazados?

El estudio de Salvador de Madariaga y de su influencia internacional, tal vez mayor que la del propio Ortega y Gasset, quizá proporcione interesantes pistas a todos aquellos interesados en el socialismo europeo contemporáneo. Quizá merezca la pena introducir un nuevo eje en la investigación teórica, el de organicista vs. individualista, para indagar en ese "socialismo de todos los partidos" contra el que nos advirtió Hayek.