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La hipocresía del calentamiento global

El incansable Steven Milloy ha publicado una jugosa lista con los diez casos más egregios de hipocresía ecologista del año. La encabeza, como no podía ser de otra forma, el telepredicador Al Gore y sus vuelos en jet privado –la forma de transporte que más CO2 emite con diferencia– para decirle al mundo que consuma menos porque el apocalipsis climático se acerca, y resalta que una de las razones para el brutal gasto energético de su hogar es la piscina climatizada, que cuesta calentar 500 dólares al mes.

Otro caso conocido es el del senador Ted Kennedy, que clama contra las centrales térmicas porque supuestamente producen calentamiento global, pero se opuso con éxito a que se instalaran unos cuantos molinos en Cape Cod que habrían arruinado sus vistas. Ahora que en Bali están planeando como arruinar nuestras economías para retrasar unos pocos años un calentamiento al que, de producirse, sería mucho más barato y efectivo adaptarse, sorprende que los burócratas y políticos allí reunidos hayan viajado en aviones y jets privados en lugar de usar videoconferencia. Quizá se empezaría uno a creerse que el cambio climático es una crisis cuando aquellos que quieren cambiar nuestras vidas para solucionarla empiecen a comportarse como si realmente existiera esa crisis.

Milloy habla también de los fundadores de Google, de Madonna, de James Hansen –que acusa a los científicos que están en desacuerdo con él de estar financiados por intereses privados cuando él recibe dinero de George Soros– o Arnold Schwatze… eso, al que podríamos sumar el de nuestro presidente Zapatero, que dice creerse todo lo que cuentan sobre el calentamiento y la subida de los mares pero se compra una casa en la playa, que se hundiría bajo las aguas si todo eso fuera cierto. Todos estos son indudablemente casos de incoherencia, de no hacer lo que predican. ¿Pero son realmente hipocresía? Sin duda, bajo la mala costumbre actual de tratar esa palabra como mero sinónimo de incoherencia, sí. Pero, como escribiera Jeff Jacoby hablando de un asunto completamente distinto, "hipocresía no es simplemente decir una cosa y hacer otra puntualmente. Es una forma de duplicidad. Un hipócrita es alguien que no cree en las opiniones morales que proclama y las viola en su propia vida de manera rutinaria."

Es decir, no es hipócrita quien cede a una tentación o tiene un momento de debilidad. Lo es quien afirma creer en algo y sus actos le contradicen de forma sistemática. Bajo esta óptica, podríamos hacer una criba en la lista de Milloy y distinguir entre los meramente incoherentes y los que de verdad son hipócritas. Es en ese momento cuando resalta aún más uno de los casos que cita, el de Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, que después de crear un comité sobre calentamiento global e independencia energética puso al frente del mismo a un veterano activista antinuclear.

Digámoslo claro: si alguien le dice que el calentamiento global es el mayor desafío medioambiental del siglo XXI –o incluso le quita el adjetivo "medioambiental"–, que va a producir infinidad de hecatombes y que debemos actuar ya, pero al mismo tiempo se opone frontalmente a la energía nuclear, no cabe duda de que nos hallamos ante un hipócrita de marca mayor. Alguien que predica una cosa, pero no se la cree, pues si lo hiciera aceptaría la energía nuclear como mal menor, como ha hecho recientemente Gwyneth Cravens, antigua activista antinuclear que ha cambiado de opinión –ojo– cuando supo de la necesidad de que exista una electricidad de base y la imposibilidad que placas solares o molinos de viento pudieran proveerla. Bien está que se lo haya pensado dos veces, pero asusta que existan activistas con tal grado de ignorancia sobre los hechos más básicos referentes a aquello que quieren prohibir.

Cuando se miran así las cosas, sólo cabe concluir que ni Gore ni Zapatero ni el ecologista medio superan este sencillo test. Son, pues, unos hipócritas de tomo y lomo.

Las apresuradas decisiones de la FED

La historia empezó el día anterior a la gran medida de la FED, el martes. A las 20:15, hora española, la FED tenía que pronunciarse sobre qué hacía con los tipos de interés. El mercado bursátil se esperaba un recorte de 25 puntos básicos en el tipo federal (el que comúnmente conocemos como tipo de interés oficial) y de 50 puntos básicos en el descuento (el que usa la FED con los bancos comerciales). La FED cumplió la primera parte, pero se quedó corta en la segunda, rebajó el tipo de descuento en 25 y no 50 puntos básicos. Los hombres de negocios de Wall Street han aprendido algo en este último año: eres un lobby con mucha más fuerza de la que crees, así que patalea y conseguirás lo que quieres. Dicho y hecho. El Dow Jones cayó en el primer minuto tras conocer la noticia 10 puntos, en el segundo ya eran 100, en los cinco siguientes sumó otros 100 y siguió bajando 100 puntos más hasta el cierre.

Al día siguiente salió el rumor de que la FED se había asustado por las reacciones del mercado y se planteaba hacer algo para apaciguarlo. ¿Realmente tiene algún sentido tomar alguna medida como volver a bajar el tipo de descuento por una rabieta de la bolsa? La decisión de Ben "Helicóptero" Bernanke fue peor que una bajada de urgencia del tipo de descuento. Coordinó apresuradamente a otros bancos centrales para hacer un plan de intervención durante lo que queda de año y parte del siguiente. Las últimas actuaciones de la FED, como las inyecciones de liquidez, no han servido de nada, ni tampoco parece que este plan vaya a cosechar mayores éxitos. Pero parémonos un rato: ¿qué tiene que ver la bolsa con el dolido sector crediticio? En realidad, poco. El único sector relacionado con el mundo del crédito es el propio sector del crédito y la bolsa no es su termómetro. Ésta se mueve por perspectivas macroeconómicas –ahora difusas, aunque en muchas ocasiones tampoco coinciden–, por su competencia –los tipos de interés– y por los beneficios empresariales, en los que la FED no puede intervenir. Si el sector del automóvil va mal, por más que la FED baje tipos no logrará que se vendan más coches norteamericanos.

¿Y por qué la FED sólo reacciona ante violentos movimientos de las bolsas y no, por ejemplo, por el continuo derrumbe que ha tenido el dólar estos meses, que sería más lógico? Este año 2008 es época de elecciones en Estados Unidos y los estadounidenses son muy sensibles a los movimientos de las bolsas porque tienen una cultura financiera mucho más desarrollada que la nuestra. Si la bolsa baja, el elector se disgustará, con razón o sin ella, con el Gobierno. Bernanke fue elegido por Bush y su séquito. En definitiva, el presidente de la FED hará todo lo posible para que la bolsa empiece el año subiendo y se mantenga así hasta las elecciones. De hecho, estadísticamente, en las épocas de elecciones la bolsa norteamericana casi siempre tiene fuertes subidas. No es casualidad.

Bernanke ha montado este número para salvarse a él mismo. La economía americana no entrará en recesión por bajar o no un cuartillo (25 puntos básicos) en un índice tan poco común como el de descuento. La situación de ahora no es diferente a la de hace una semana. ¿Por qué la FED no dijo nada entonces y ahora se lanza de cuernos dentro del mercado? Porque durante la semana pasada el Dow Jones subía y ahora ha bajado con mucha fuerza, especialmente el martes.

La economía mundial ahora mismo la está dirigiendo un funcionario apodado "helicóptero" que está en la otra parte del mundo y es capaz de remover todos los mercados para salvar su puesto. Mientras que Estados Unidos se muestra considerablemente liberal con temas como el del empleo, y les va mucho mejor que a nosotros, está por otra parte acentuando acciones terriblemente proteccionistas y oscuras en el mundo financiero, como por ejemplo ocultar las mediciones del agregado M3 o involucrarse cada vez más en los mercados desde hace ya varios años. Uno de los principios del liberalismo es que la producción esté en manos privadas y no en las de unos oligarcas políticos, y el dinero no es una excepción a esta regla.

Todos los negritos tienen hambre y frío

Uno de los errores más frecuentes a lo largo de la historia de la teoría económica ha sido considerar que la tierra y su explotación tienen un algo que la hace diferente y, por tanto, debe justificarse la intervención estatal de una u otra manera. Ese qué sé yo esencial, en parte, era que de ella se extraía el alimento básico, pero también, que su propiedad era un elemento de poder y de estatus. Quien no tenía tierra tenía que pagar por labrar la de otro o vender su trabajo para no vagar por los caminos. El mismísimo John Locke defendía la propiedad privada pero consideraba que, en el caso de la tierra, la propiedad privada estaba muy bien siempre que se dejara para los demás as good and enough.

Pero a medida que la industrialización se ha generalizado, el nivel de vida de nuestra civilización occidental ha mejorado gracias al desarrollo del sistema capitalista de mercado, la tierra ha dejado de tener esa relevancia y la supervivencia no depende exclusivamente de los frutos de la tierra. No para los europeos en general. Y, desde luego, no tanto como para, pongamos, los africanos.

A pesar de ello, seguimos machacando a los países menos desarrollados con la vergonzante Política Agrícola Comunitaria. La PAC nació a principios de los 60, en una Europa que acababa de firmar el Tratado de Roma, que todavía trataba de recuperarse de la guerra y que no podía competir con la agricultura estadounidense. Para que luego venga Naomi Klein a decir que Friedman se dedicó a buscar ocasiones traumáticas en los países en vías de desarrollo como Chile para aplicar medidas liberalizadoras y egoístas. Es precisamente al contrario, parece que la pobreza, la recuperación de una guerra, etc. justifican la protección estatal. Y mucho más tratándose de la agricultura y del subsidio de precios agrícolas para suavizar la posguerra.

Pero incluso si nos ponemos las gafas de no ver y pasamos por alto su origen, el caso es que hacia 1990 la PAC se había convertido en un monstruo, hijo de la intervención y la hipocresía, que impedía el desarrollo económico de los países menos favorecidos. Por ejemplo, en la industria azucarera el 70% de los subsidios europeos se dedicaron a subvencionar la exportación, gracias a lo cual las industrias del Caribe y de Brasil se vieron anuladas por completo. No solamente eso, la idea de producir a destajo con financiación europea (para la producción o para la distribución, me da lo mismo) recibió críticas de los ecologistas que consideraban el daño medioambiental y el agotamiento de los recursos.

Finalmente llegaron las reformas, la de 1992, la del 2003… Reformas para llegar al mismo sitio, coincidiendo con la entrada de un puñado de nuevos países en la Unión Europea, implementadas a lo largo de 11 años y con más de una moratoria para determinados países dispuestos a resistir hasta el final antes de perder las ayudas.

Mientras tanto, los países pobres para quienes la agricultura es la base de su subsistencia reciben las migajas que los europeos tan caritativamente les concedemos. Eso sí, de competir en el mercado, nada.

Para el 2008 hay prevista otra reforma. Se intentarán unificar los 21 mercados comunitarios (por productos) en uno único y hacer que la Unión Europea sea más competitiva. Esta idea de la intervención para competir, además de muy difundida, está viciada. La idea de competitividad justifica la intervención estatal en aras del "mercado". Los países, las empresas compiten en un mercado libre (el mejor mecanismo redistribuidor que haya existido), lo demás es simple y pura intervención en un mercado no-libre que desemboca en monopolios y redistribución arbitraria.

Otro aspecto es el presupuesto. La buena noticia es que mientras que el presupuesto de la PAC representaba un 70% del presupuesto total de la UE en 1984, se ha ido reduciendo hasta representar un 43% en la actualidad. El hecho de que las decisiones de política agrícola se tomen a nivel europeo unido a las recientes incorporaciones de países necesitados de financiación no va a facilitar que esta tendencia continúe. Por no hablar de los problemas de transparencia de las ayudas.

Muy interesante sería saber exactamente cuál va a ser la factura del biofuel y si todos la vamos a pagar por igual. Es el problema de la fijación exógena de objetivos económicos, y más cuando esos objetivos son "de todos". En este caso, todos somos Europa.

Lo más sangrante es que mientras seguimos manteniendo una postura hipócrita con los países menos desarrollados (en especial con los del continente africano), quienes protestan ante esta reforma lo hacen demandando más protección, mayores subvenciones a los precios del azúcar y el mantenimiento de la teta de la vaca llena para que no se nos acabe la sopa boba aunque ahora seamos más.

Recuerdo la letra de la canción de Glutamato-Yeyé: Todos los negritos tienen hambre y frío, tiéndeles la mano, te lo agradecerán… Pocas veces se ha retratado tan fielmente la estupidez mercantilista europea.

Salmonelosis en el PP

Tan nocivos efectos tiene su señoría para su formación y el conjunto de los españoles que merecería ser apodada "la salmolenosis". No es que el sobrenombre de "la titiritera del PP" que le endosó mi compañero de columna Daniel Rodríguez Herrera no sea acertado, todo lo contrario, es que resulta tan perjudicial como una enfermedad.

La diputada en cuestión no duda en ofender a miles de ciudadanos y poner en peligro una gran cantidad de votos del PP con tal de defender a las entidades de gestión de derechos de autor, esas que obtienen ilegítimamente nuestro dinero vía cánones, o simplemente por quedar bien ante ellas. El último ejemplo es su reacción al voto el canon del Partido Popular en el Senado (junto con todos los grupos parlamentarios menos el PSOE). No es de recibo que Rodríguez-Salmones diga que sus compañeros de partido en la Cámara Alta votaron así por error. Por mucho que los senadores de esta formación hayan desmentido lo que ella afirma, el mal está hecho.

Puede que por rabia –su amor a los "culturetas" progres está más que acreditado– o puede que por desconocimiento de su propio partido, Rodríguez-Salmones ignora o prefiere ignorar la trayectoria en esta materia del Grupo Popular en el Senado. En mayo de 2005, dicha formación presentó en la Cámara Alta una proposición de ley para eliminar el canon, aprobada por la mínima. Una pena que después, en el Congreso de los Diputados, tanto PP como IU se unieran al PSOE para mantenerlo. En el partido de Mariano Rajoy no todos sienten el amor que ella comparte con el actual ministro de Cultura hacia la SGAE y elementos similares.

Que a su señoría no le moleste la proximidad de la SGAE con el PSOE es un error del que debería tomar cuenta su propio partido, nada más. Pero lo que resulta mucho más grave es que prefiera obviar los tintes totalitarios de esta entidad. Si no fuera suficiente con las propuestas profundamente contrarias a la libertad que presenta cada cierto tiempo esta organización, debería tener muy en cuenta sus profundos vínculos que mantiene con la represiva dictadura que sufre Cuba. El Gobierno castrista condecoró en julio de 2002 a Teddy Bautista "por su solidaridad permanente con nuestro pueblo y con la obra de la Revolución Cubana" y recientemente el mismo régimen ha homenajeado (a través de un festival de cine en La Habana) al actual presidente de la SGAE, José Luis Borau.

Es a estos, y no al conjunto de los españoles y menos aún a ese millón y medio de ciudadanos que han firmado contra el canon, a quienes defiende Rodríguez-Salmones. Y en cuya defensa pretende arrastrar a su propio partido por mucho daño que esto le haga a los populares. El PP sufre salmonelosis, y esa es una enfermedad muy grave que debería curarse lo antes posible. Por su bien y por el de todos los españoles.

Barcelona tiene problemas

El caso es que desde este verano no hemos dejado de oír desgracias relacionadas con Barcelona, que si apagones, que si grietas, que si los Cercanías parados durante dos meses, que si Woody Allen no volverá a rodar en la ciudad… Pero la cosa no acaba ahí.

Supongo que sabrán que en muchas empresas de informática, los nuevos productos tienen un nombre interno mientras se están desarrollando, para poder llamarlos de alguna forma mientras los genios del marketing correspondientes pergeñan la marca perfecta que hará vender miles de millones de euros más, millón arriba, millón abajo. Así, Microsoft empleó el nombre de una localidad canadiense de montaña, Whistler, como nombre interno de lo que luego sería Windows XP y Longhorn, un bar de ese pueblo, para Windows Vista. Pues bien, la única empresa que rivaliza con Intel en lo que a los procesadores de nuestros PCs se refiere, AMD, decidió usar Barcelona como nombre interno para su último desarrollo. Y así les va, a los pobres.

La empresa californiana ha anunciado que el chip que usaba el nombre de la ciudad condal y que lanzó hace bien poco con el nombre comercial de AMD Opteron Quad-Core tiene un error que provoca cuelgues y la corrección que se ha puesto en marcha para los procesadores ya vendidos provoca una reducción en su rendimiento de entre un 10 y un 20%. Aunque este fallo se produce rara vez, el procesador está orientado al mercado de los servidores, esos ordenadores que usted no tiene en casa pero quizá su empresa sí tenga en la oficina, un mercado con una clientela que paga más por tener productos de mayor calidad y cuyo nivel de exigencia está a la altura. Para más inri, el defecto también está presente en la gama Phenom, que es la próxima generación de procesadores para clientes particulares, lo que provocará un nuevo retraso en el lanzamiento de unos procesadores de los que se llegó a decir que se lanzarían tras el verano. Vamos, que AMD está en problemas.

Lo peor es que este anuncio no hace sino culminar una muy mala racha, que ha llevado a que su capitalización bursátil sea X veces inferior a la de Intel, donde X es un número muy informático, potencia de dos, que coincide con mi edad, la cual, multiplicada por dos, da esa cifra que tanto preocupaba a los Beatles. Desde que comprara ATI, la empresa que mantiene una pugna con nVIDIA en lo que se refiere a las tarjetas gráficas similar a la de AMD con Intel, no parece que dé pie con bola. En cambio, ATI no ha hecho más que recuperarse desde la adquisición, y con su nueva gama HD38xx está compitiendo de nuevo en las gamas media y media-alta.

El caso es que no hace tanto que AMD se ganó a la crítica especializada y al público son sus Opteron originales y, sobre todo, con sus Athlon, aunque parezcan siglos en este mundo vertiginoso. Mientras tanto, Intel intentaba recuperarse tras haber metido la pata hasta el fondo con la llamada microarquitectura NetBurst, la que estuvo detrás de sus Pentium 4, y que le permitió llegar a los 3,8 GHz. No sé si recuerdan la época en que la velocidad de un chip parecía estar determinada en exclusiva por los megahercios, por lo que poner una cifra más alta quedaba realmente bien en términos de marketing. Aquello terminó precisamente con los Pentium 4, porque los Athlon los superaban en prestaciones a una velocidad muy inferior, lo que obligó a Intel a abandonar NetBurst y pergeñar la microarquitectura Core, que pese a ser más lenta en términos de megahercios es mucho más potente y ha dado enormes satisfacciones a la empresa de Santa Clara.

Recordar esto explica por qué es tan importante que AMD se recupere del bache, incluso para quienes no compran sus productos. Intel es una gran empresa que hace las cosas muy bien, pero puede cometer errores que sólo la competencia puede corregir. Si no fuera por AMD, seguramente seguirían con un heredero de NetBurst, obcecados con los errores que cometieron con él, y nuestros ordenadores no serían tan buenos como son ahora. Y aunque a largo plazo puedan surgir nuevos competidores como IBM, que acaba de anunciar una nueva tecnología basada en la sustitución de los electrones de nuestros chips por fotones, a corto y medio plazo sólo AMD está en situación de hacerlo.

El camino lo conoce: es el mismo que recorrió su competidor. No sólo tendrá que corregir sus errores de diseño y lograr que Phenom termine siendo un producto que pueda plantar cara a los Core Duo de Intel. A partir de ahora, para poder recuperar la confianza de sus clientes AMD deberá ser mucho más seria y cumplir los plazos que se marque y que sus futuros productos cumplan con las especificaciones anunciadas. Los consumidores de ordenadores personales se lo agradeceremos infinitamente, ya seamos clientes suyos o no.

Zapatero y la educación paterna

Sea como fuere, lo cierto es que el fracaso de la educación pública a la hora de transmitir los conocimientos básicos no hace sino confirmar que la revolución que ha experimentado la enseñanza española de la mano de la Logse y sus secuelas ha alcanzado sus objetivos.

En lo relacionado con la educación pública, el principal objetivo de los Estados antes del gran salto adelante impulsado por los psicopedagogos de nuevo cuño era fomentar la movilidad social. Lo que se pretendía era que, gracias a una educación de calidad, el talento y el esfuerzo, aquellos que menos tenían pudieran acceder a unos niveles de vida superiores a los que les auguraban sus condiciones familiares.  

Cuando la sociedad ha alcanzado unos niveles de bienestar que hacen innecesario el seguir procurando un servicio que ya prácticamente todo el mundo podría agenciarse por su cuenta, surge una nueva tendencia, debida a los burócratas (lo de que el órgano crea la función jamás fue tan cierto), según la cual la educación estatal es más necesaria que nunca porque de lo que se trata, ahora, es de formar buenos ciudadanos.

Sin embargo, la idea de buena ciudadanía que tienen los políticos y los burócratas no tiene por qué coincidir con la de quienes no están en el cotarro socialdemócrata. De hecho, en realidad son concepciones antitéticas, como lo prueba la contestación popular, cada vez mayor, a esa asignatura con la que se quiere adoctrinar en el socialismo a los escolares españoles: Educación para la Ciudadanía.

Las relaciones entre la escuela y la familia, y las responsabilidades inherentes a cada ámbito de la vida del niño, han cambiado por completo. Si tradicionalmente la escuela enseñaba y los padres educaban, ahora sucede todo lo contrario. No de otra forma cabe entender la última, digamos, reflexión de Z, según la cual el hecho de que el alumnado español esté rondando el analfabetismo estructural es principalmente culpa de los padres.

La situación de la educación pública, una auténtica vergüenza nacional, no parece incomodar en absoluto a nuestras autoridades educativas ni, mucho menos, a Z. Lo único que podría hacerles plantearse que quizá estén fracasando en sus objetivos sería que los niños españoles no estuvieran lo suficientemente sensibilizados con la agenda política de la izquierda. Pero, afortunadamente, nuestros estudiantes saben de sobra que el cambio climático está causado por la avaricia de las sociedades capitalistas, que los países ricos lo son porque roban a los pobres, que la identidad sexual es algo que se elige después de probar varias (si no todas) las posibilidades y que el socialismo es bueno porque busca la igualdad.

Mientras la escuela pública siga produciendo hornadas de ciudadanos adoctrinados en la ideología omnipresente del progresismo, cualquier informe técnico sobre las carencias detectadas en las materias clásicas no dejará de ser una anécdota que, por lo demás, cabrá achacar a los padres, por no desempeñar como es debido su labor. Que no consiste ya en transmitir a sus hijos un determinado sistema de valores morales, sino en hacer lo que la escuela pública dejó de hacer hace varias décadas: enseñar.

¿Limitar la libertad de expresión?

En su excelente libro La Historia de los Judíos, Paul Johnson hace una breve reflexión sobre la libertad de expresión y la historia judía, que confirma una relación entre las expresiones antisemitas y la violencia que se genera después contra la comunidad judía.

A veces se sostiene que la sátira, incluso la más cruel, es un signo de salud en una sociedad libre, y que no deben imponérsele restricciones. La historia judía no confirma este criterio. Los judíos han sido blanco de estos ataques con más frecuencia que otro grupo cualquiera y saben por larga y amarga experiencia que la violencia impresa es sólo el preludio de la violencia sangrienta.

Esta violencia se ha expresado bien a través de algaradas callejeras más o menos dirigidas y actos de violencia contra ciudadanos judíos, bien a través de pogromos o, en el peor de los casos, a través del genocidio planificado y dirigido, en especial el perpetrado por Estado nazi, con la colaboración activa o pasiva de la población alemana. Todos estos hechos son ciertos y esta relación es una constante al estudiar la historia de este pueblo. En este contexto surge una pregunta: ¿debemos limitar la libertad de expresión ante ésta o situaciones similares?

Antes de responderla debemos fijarnos en el contexto en el que se produjeron y evolucionan estos comportamientos contra la comunidad judía. En primer lugar, en estas sociedades existió, existe, un antisemitismo enquistado que se expresó de formas muy distintas, desde el simple rechazo, pasando por la segregación, a la acusación de crímenes horribles, creándose leyendas algunas de las cuales aún hoy tienen vigencia o imaginando crímenes colectivos perpetrados contra los gentiles, todo lo cual favoreció los actos violentos.

En un segundo plano, la política les fue contraría y evolucionó contra ellos. Es cierto que en toda Europa, desde la edad antigua, casi todos los países y sociedades promulgaron leyes que perjudicaban a las comunidades judías. Primero se les expulsó, luego se les recluyó en guetos, se les impidió realizar determinadas actividades o acceder a determinados cargos públicos y privados. En algunas sociedades, estas leyes fueron derogándose y poco a poco fueron aceptándose como un ciudadano más. Pero los episodios antisemitas en la Europa continental decimonónica invirtieron una situación que en el Imperio Británico o en Estados Unidos, pese a ciertos rebrotes sociales e incluso legales, tendían a desaparecer.

Sobre estas dos premisas, la social y la política, se constituyeron una serie de medidas específicamente antisemitas que evolucionaron incrementando la violencia e institucionalizándola. El régimen zarista promovió el pogromo y tras la revolución que terminaron liderando los bolcheviques, los judíos siguieron sufriendo los mismos males. Situaciones similares se vivieron en los imperios centroeuropeos y tras la Primera Guerra Mundial, las condiciones de violencia se extendieron por toda Europa hasta que Hitler consiguió instrumentalizar todo con un único fin, la eliminación física de los judíos. En este sentido la aparente libertad de expresión de la República de Weimar ayudó a que el veneno lanzado contra los judíos alcanzara a toda la sociedad, hasta el punto de que, ya bajo el Gobierno del Reich, el pueblo judío era considerado una plaga que había que eliminar.

La libertad de expresión en este contexto no falló, simplemente se convirtió en una parodia de lo que debía ser. Las consignas antisemitas se proferían en un país, la Alemania de entreguerras, donde el Estado de Derecho era inexistente. Los actos violentos contra los judíos no eran perseguidos, los que llegaban a los tribunales eran ignorados, las leyes se hicieron cada vez más restrictivas contra la comunidad judía y en un momento dado se decidió que además de víctimas de la violencia, eran culpables de ella. Los que defendían o no estaban de acuerdo con estos actos violentos eran a su vez, víctimas de otros hasta que callaban o se iban. De la ciudadanía se pasó al gueto, de éste, a la persecución, luego a la esclavitud, de la esclavitud, al genocidio. La sociedad alemana era consciente de estos hechos y por lo general, los toleraban. La violencia popular fue dejando pasar a una violencia legal y, si bien nunca dejaron de existir ambas, la segunda se convirtió en una herramienta más eficiente.

La libertad de expresión forma parte de una sociedad libre porque surge de ella, no porque sea un derecho concedido por un conjunto de políticos. La “libertad de expresión” en la Alemania de Weimar, la Rusia zarista o incluso la Francia republicana no eran tal, sino un instrumento que las clases dirigentes o los grupos más violentos terminaron instrumentalizando hacia sus fines. En una sociedad libre, o en las que la libertad tiene un mayor peso, los actos violentos son perseguidos por la justicia por su condición, no porque sirvan mejor a ciertos intereses. Además, de la misma manera que los antisemitas pueden pronunciarse contra los judíos, los que luchan contra ellos no sólo pueden contradecirlos e intentar convencerlos, sino que pueden boicotearlos, ignorarlos o denunciarlos si consideran que han realizado algún acto punible. Las instituciones podrán vigilarlos si piensan que son potencialmente peligrosos.

La libertad de expresión es un principio moral en sí mismo. Renunciar a él porque pensamos que en ciertos casos extremos tiene peligrosas consecuencias, es renunciar a una sociedad libre. El pensamiento, por repugnante que nos parezca, no delinque, las acciones sí, y tenemos muchas herramientas para luchar contra lo que es dañino. La negación del Holocausto o las expresiones antisemitas son repugnantes por su naturaleza, pero no son delitos. Las acciones violentas contra los judíos o la conspiración para perpetrar delitos contra ellos sí lo son y, por tanto, son actos perseguibles. No debemos limitar la libertad de expresión sino promover el Estado de Derecho y la sociedad libre, las únicas herramientas eficaces contra cualquier odio racial o cultural.

Buena subvención, mal cine

Hoy pasa el último obstáculo la Ley del Cine, una complejísima maquinaria de subvenciones, deducciones fiscales y privilegios, todo para ganarse el favor de un sector al mínimo precio de tender un "cordón sanitario".

Pero el Gobierno se enfrenta con un problema. Es fácil anegar los bolsillos ya adinerados con generosas subvenciones y darles privilegios fiscales. Saben que quienes los pagamos no tenemos ni el conocimiento ni el incentivo para revertir esta redistribución de la renta de los pobres a los ricos. Pero, como en cualquier sector, el del cine está compuesto por distintas ramas de la producción, que en ocasiones tienen intereses contrapuestos.

Explicaba ayer nuestro periódico que los exhibidores van a dejar de proponernos películas "sin interés" y sólo cederán sus pantallas a las que llamen al público. Los productores españoles, que necesitan cierta familiaridad con el público (no mucha) para cumplir el expediente y exigir subvenciones, y que hagan de éstas su negocio serán los más perjudicados. Seguro que consideran escandalosa la postura de los dueños de las salas. Yo también, porque su función fue siempre intentar acercarse a los gustos del espectador, no hacer concesiones a ciertos intereses sabe Dios por qué motivo.

Si el objeto de deseo es la subvención y para ganársela bastan 300.000 euros de recaudación, lo racional es hacer muchas películas, que atraigan a un puñado de cineadictos, y pasar por taquilla, la del Ministerio. No es necesario pensar en los españoles y en sus gustos. Así las cosas, no es de extrañar que cada vez se estrenen más títulos y que el número de espectadores vaya a la baja. 85 millones de euros de subvención, 14 películas más y 2,5 millones de espectadores menos. ¡Viva el cine español!

Un aplauso para ZP

Hasta ahora no se había percibido ninguna intención en el ejecutivo de dar este importante paso. Si exceptuamos varias declaraciones de Taguas, lo que salía del Gobierno apuntaba más bien hacia la dirección opuesta. Tanto las declaraciones de Pedro Solbes al respecto como la dialéctica de clases socialista exhibida durante estos años por el presidente del Gobierno hacían pensar que España terminaría siendo el único país de la Unión Europea que mantendría este impuesto.

Es muy posible que el reciente anuncio de la Comunidad de Madrid de acabar próximamente con este impuesto haya ayudado a tomar la decisión. A más de uno le molesta el que Madrid sea la locomotora de España y no ven con buenos ojos que siga distanciando su ritmo de crecimiento de la media nacional. De ser así, este caso ilustraría a la perfección las ventajas del federalismo fiscal, que genera una competencia en materia tributaria entre comunidades que tiende a la reducción generalizada de los impuestos. Y es que ninguna de ellas, por intervencionistas que sean sus representantes políticos, quiere ver cómo sus ciudadanos votan con los pies marchándose a otra región.

De todas formas, la justificación que ha dado Zapatero para hacer semejante promesa de corte liberal es que el del patrimonio se ha convertido en un tributo que "recae sobre las clases medias", pero "no sobre las más altas" que "encuentran fáciles mecanismos de elusión". La verdad es que esto es totalmente cierto. Lo que deberían explicar los políticos todos los partidos a los que se le llena la boca con eso de las "políticas sociales" es por qué han mantenido este impuesto que nació en 1977 como extraordinario, excepcional y transitorio –vamos, como surgen tantos impuestos– si llevan años sabiendo cómo y a quiénes afecta. La demagogia política tiene adeptos muy conocidos pero límites totalmente desconocidos.

De todos modos, personalmente me dan igual los motivos que pueda haber detrás de la promesa o si Zapatero cree en la reducción de impuestos o no, como me pasa con toda política que nos acerque a una sociedad menos confiscatoria y más justa. Lo importante es que el Partido Socialista se haya apuntado al carro de eliminar un impuesto doblemente injusto porque conlleva una múltiple tributación de unos activos que ya han sido grabados mediante impuestos como el de la renta o el de sociedades.

Lo ideal sería eliminar incluso el carácter censal de este impuesto, algo por lo que no parece que ZP esté por la labor, porque su mera existencia facilita su reinstauración tan pronto los políticos crean encontrarse en una situación "excepcional" o "extraordinaria". Este gesto ayudaría a presentarse como más liberales que nadie en este campo. Y es que ¿cuál es la justificación para que el Estado tenga la nariz metida en nuestras casas y el resto de nuestras propiedades si estamos de acuerdo en que tributar por la propiedad de esos bienes es injusto?

Sin embargo, ese punto negro de la promesa no hace que ésta se desvíe de la buena dirección. Lo importante es que ZP y todos los políticos socialistas se vean motivados a seguir por esta línea y sean conscientes de que en la medida que lo hagan encontrarán el respaldo de liberales como quien esto suscribe.

La masacre de Omaha

Pero antes de acabar con ella quiso llevarse por delante otras, las de unos desconocidos; cualquiera valdría. "Voy a ser muy famoso", dejó escrito, aunque puede que en un tono irónico. En realidad, más bien parece que no quiso dejar de ser una "continua decepción" sin satisfacer un rebosante odio por la gente. Acaso la sociedad era la culpable, ya saben.

La nueva tragedia ha servido a los medios de comunicación españoles, una vez más, a mostrar su desprecio por las víctimas, al deslizar que la culpa de esta y otras masacres la tiene el hecho de que en aquél país mayoritariamente haya libre posesión de armas. Desprecio, sí, porque si les doliera de verdad que se produzcan episodios como este tendrían el ánimo de plantearse cómo se puede llegar a esta situación. ¿Cuál es la historia de la libertad de armas en aquél país y en Europa? ¿Qué razones tienen quienes la defienden para hacerlo? ¿Qué circunstancias se han dado en este caso que también se dieron en otros? Puede parecer difícil, pero un mínimo de aprecio por estas víctimas resulta de mucha ayuda. Lo sé porque yo me hacía esas preguntas y me lancé a encontrar una respuesta. Con el recuerdo de ellas, el penoso esfuerzo del estudio se hace más llevadero.

Por desgracia, la masacre del centro comercial Westroads Mall de Omaha es más típica de lo que pueda pensarse. Como el caso de la matanza de la Universidad de Virginia, este centro comercial era declarado "zona libre de armas". La gran mayoría de las muertes en este tipo de tiroteos se producen en áreas en que no se puede llevar un arma. Primero porque los asesinos, incluso los suicidas, actúan racionalmente y prefieren actuar donde se sientan seguros porque nadie les va a detener. Y segundo porque quienes inician un tiroteo en las áreas en que sí se permite llevar un arma, no pueden llevar por completo a término sus planes de destrucción sin ser antes abatidos.

Un testigo directo del tiroteo de Omaha dice que Robert A. Hawkins, el asesino, iba caminando "con calma, sin gritar". ¿Por qué iba a alterarse? Sabía que no se iba a encontrar a nadie que se defendiera o que le detuviese de un disparo. El mismo testigo pensó, cuando vio a Hawkins, que "si tuviese un arma… lo tengo perfectamente a tiro". Pero no la tenía porque allí están prohibidas. En febrero de este año se produjo otro tiroteo en un centro comercial de Utah, también en una "zona libre de armas". Afortunadamente estaba allí un policía que se saltó la prohibición y pudo detener al asesino, y eso que se encontraba en el otro extremo del lugar.

Maggie Webb, de 24 años, Gary Joy, de 56, John, Angie, Beverly, Janet… Estas y otras víctimas merecen nuestro respeto, y por tanto que no despachemos tragedias como la de Omaha con un juicio a la ligera.