Ir al contenido principal

¿Qué hace una chica como tú en un antro como ése?

Al episodio de la espantada progre en el debate de Canal Sur sobre la Memoria Histórica, hay que sumar ahora el espectáculo bochornoso del programa 59 segundos, en el que Isabel San Sebastián hubo de marcharse para no tener que seguir soportando el hostigamiento y los graves insultos de José María Calleja, antaño valeroso defensor de los que sufren el terror nacionalista en el País Vasco, hogaño cómodo asalariado de una de las cadenas del grupo PRISA, desde la que, con fervor típico del neoconverso que vuelve al redil de la secta, se dedica a escarnecer a los que defienden lo que él mismo compartía hace tan sólo unos meses.

Z, que es el Maligno como todo el mundo sabe, seguramente le pidió durante la cena que compartieron en La Moncloa con Fernando Savater que le mirara a los ojos, petición siniestra que no había vuelto a escuchar desde que Bela Lugosi interpretaba al Conde Drácula, antes de que la morfina le licuara definitivamente el cerebro. Calleja probablemente miró bajo las cejas circunflejas y desde entonces está poseído.

Lo que me pregunto es por qué acuden los periodistas críticos con el Gobierno a las guaridas mediáticas de Z. Isabel San Sebastián tiene el prestigio suficiente como para no tener que someterse a las vejaciones de un programa preparado para destrozar a quien no piensa como Pepiño Blanco. Yo es que cuando escucho la palabra "pluralismo" echo mano al revólver que no tengo. Pluralismo no es reunir en torno a una mesa a unos cuantos hooligans zapateristas y un par de periodistas desafectos como nota de exotismo ideológico para que los primeros les azoten, sino la existencia de medios diferenciados en los que quienes comparten ideas y filosofía puedan expresarse libremente. Y que el espectador, con el mando a distancia, elija lo que prefiera.

Pero es que ni siquiera cuando se producen estos espectáculos de escarnecimiento al discrepante las televisiones públicas tienen la gallardía de actuar bajo el mismo rasero. En Canal Sur, la espantada progre supuso la suspensión del programa porque, al parecer, si la izquierda renuncia al debate éste ya no tiene sentido. En cambio, cuando quienes se ven obligados a abandonar un programa televisivo hartos de soportar graves insultos pertenecen a la prensa desafecta, el espacio continúa sin mayor problema, lamentando su directora, eso sí, que la intolerancia del insultado prive a la audiencia de seguir disfrutando de ese espectáculo de casquería totalitaria.

Dice Z que por fin Televisión Española es la televisión de todos. En efecto lo es. De todos "los nuestros".

La paridaz amarga al Partido Pirata

Debido a la poca cantidad de afiliados que tiene el Partido Pirata y a que la proporción de mujeres entre ellos es más bien baja, esta formación no tiene por ahora capacidad para presentar candidaturas en todas las provincias españolas. ¿El motivo? Que no dispone de las suficientes féminas como para cubrir la cuota femenina en todas las circunscripciones. A pesar de que no es mi intención votarles por motivos que ya expliqué en su día, defiendo su derecho a poder presentarse sin que se lo impidan los caprichos supuestamente igualitaristas transformados en una ley que demuestra tener entre sus efectos el bloqueo electoral de pequeñas formaciones políticas.

Desconocemos el motivo de tan baja tasa de filiación femenina, pero dudamos que sea producto de un supuesto machismo de estos tipos de parche en el ojo y teclado en el lugar del garfio. No hemos visto en su web nada que nos haga suponer que consideren a las mujeres inferiores o algo parecido. Tal vez ocurre algo similar que en las facultades de Informática. Hay menos mujeres debido a que en general los temas relacionados con los ordenadores o con internet les interesan menos. Quizás con el paso del tiempo las aulas de las que salen programadores y similares se vayan llenando de chicas y que lo mismo ocurra con el Partido Pirata. Pero la realidad es que a día de hoy todavía no ha sucedido. Y por ese motivo, la ley castiga a este último a no poder presentarse en todas las provincias.

Es más, podría ocurrir que con una fuerte campaña de afiliación entre el sexo femenino, los responsables de la formación pudieran conseguir las suficientes afiliadas como para completar sus listas. Esto también crearía un problema al partido. Mientras los candidatos masculinos serían elegidos, suponemos, por su idoneidad para representar a los "piratas", en alguna provincia las candidatas lo serían sólo por ser mujeres. Esto es malo tanto para la formación política como para las féminas presentes en las candidaturas. A las que estén por méritos propios más de uno les reprochará ser "de cuota" y a las que están precisamente por serlos muchos se negarán a darles el beneficio de la duda.

La igualdaz por decreto, la paridaz a la que nos obliga el inquilino de La Moncloa daña hasta a unos altruistas que tan sólo buscan defender lo que ellos entienden como los derechos de los internautas. El populismo barato también perjudica a la red.

El catalanismo como excusa para la tiranía

Esta semana el diario Expansión entrevistaba a Joaquim Nadal, consejero de Política Territorial y Obras Públicas. En la conversación le preguntaron al consejero qué piensa de la propuesta de Rajoy sobre la privatización de Aena y el Aeropuerto de El Prat en Barcelona, a lo que Nadal respondió sin pudor alguno que "el señuelo de la privatización de Rajoy es un ataque en la línea de flotación a la aspiración de Cataluña de intervenir en la gestión de El Prat, es un síndrome antiautonómico".

La pregunta es: ¿y qué tiene que ver ser patriota (catalán) con la privatización de algo? Para el catalanismo actual mucho, si no todo. En Cataluña, la causa catalanista sirve como arma y escudo para justificar el continuo atropello de los políticos contra el hombre libre. Multan a los comercios en nombre del patriotismo catalán y así los políticos se sacan los euros necesarios para financiar sus más surrealistas proyectos, además de pagarse los coches oficiales. El catalanismo también es la respuesta, como vemos en el caso de Nadal y la privatización de Aena y El Prat, a cualquier iniciativa que reste poder al monstruoso y burocratizado gobierno catalán.

Asumir una causa o sentimiento global como propio, autoproclamarse su caudillo por las buenas y usarlo como arma para defender intereses puramente partidistas, en este caso los de la misma administración catalana y más concretamente los del propio Nadal, es el inequívoco proceder de un tirano. Ningún político es el representante del catalanismo que pueda sentir un catalán. Ningún político tiene derecho a asignar o gestionar sectores y recursos como si fueran suyos por el mero hecho de que se haya autoproclamado guía espiritual y material de esa causa. Parece que aún estemos en la época feudal, donde el señor decidía qué era suyo y qué no. Y como ocurre con la cuestión de la lengua, ningún político tiene derecho a robar, aunque sea de forma legal mediante multas, a empresarios por no cumplir preceptos que no son más que caprichos electoralistas y que no representan crimen alguno.

En Estados Unidos, que van un par de siglos adelantados en algunas cosas, se puso de moda la expresión "adoro a mi país, pero odio a mi Gobierno". Para Nadal y para el resto de su horda política, no se puede sentir el catalanismo y a la vez detestar a figuras como él y las de todo su Gobierno. Está claro que cuando los políticos de la región ponen a Cataluña en crisis no es para defender a sus ciudadanos, sino que apelan a los más básicos y viscerales sentimientos de las buenas personas para defender sus propios intereses personales. Así se explica por qué en las últimas elecciones Cataluña fue la comunidad autónoma con el índice de abstención más alto de toda España, alcanzando más del 46%, que llegó a ser más del 50% en lugares como Barcelona. Y es que es lógico que al final la gente se canse de que la manipulen y la pongan como escudo de los intereses de una oligarquía política incapaz de hacer nada positivo, que, como Nadal como jefe máximo por ejemplo, vio como se hundía un barrio barcelonés, y no hizo absolutamente nada al respecto.

Se cae el tinglado y el Gobierno lo celebra

Pocos ahora siguen negando la crisis que se avecina y es que los meses inmediatos pintan mal. En este último mes de octubre, productos como la leche han subido más de un 8%, el café se está pagando en el mercado Liffe de Londres a 2.488 dólares la tonelada, su precio más alto desde 1997, la industria de las conservas ya ha dicho que subirá sus productos un 20% para evitar el colapso empresarial y otros productos cotidianos como el pan han subido en lo que va de año un 17%. Dice ZP que la última subida de la inflación no es culpa del Gobierno. En parte es cierto, pero todo el mundo pensaba que la función de un dirigente político cuando ocupa tan alto cargo es mantener un buen nivel de vida para sus ciudadanos y no limitarse a arreglar los destrozos que el propio Gobierno hace cada día. Algo que, a propósito, tampoco está haciendo. A la vista está que la única función real del Estado es hacernos la vida imposible y encima con nuestro dinero.

Pero no todo es tan malo como parece. Los políticos ya han encontrado una solución para hacer frente a la crisis y posible pérdida de poder adquisitivo: se van a subir el sueldo hasta 6.000 euros más. Ajenos a que los precios suben para todos, los políticos también han decidido duplicar el precio del agua hasta 2010. Culparán a la UE de tal medida, pero lo cierto es que hacía años que los burócratas españoles tenían el plan de la Unión en la mesa y no han hecho absolutamente nada hasta ahora para adaptarlo progresivamente al mercado. Además, el 1 de enero entra en vigor la nueva ley de calidad del aire que incorpora un impuesto ecológico para los coches que, contrariamente a lo establecido al principio, no penaliza los vehículos de gran cilindrada, sino a todos aquellos que violen unos supuestos criterios medioambientales. Otra excusa para recaudar más. Esto, junto con que el mercado del automóvil no está para tirar cohetes, ha disparado todas las alertas de este sector y el año que viene se prevén fuertes despidos en la industria automovilística, así como cierres de pequeños proveedores industriales. Para colmo, un reciente informe de BBVA nos dice que para el 2008 llegaremos a perder 80.000 puestos de trabajo en el sector de la construcción.

Todo y así, nos podemos dar por aliviados porque, según el presidente del Gobierno, la Bolsa sube gracias a su labor. No habría sido ZP muy buen analista bursátil. El Ibex 35 no refleja la evolución de la economía española, sino de 35 empresas. Es más, en el último rally alcista sólo unos pocos valores, sobre todo Telefónica y Santander, han sido los que realmente han tirado del selectivo. Ambas han representado estos días hasta una tercera del volumen total de negocio. Es más, ha habido días donde sólo la fuerte revalorización de Telefónica ha representado hasta el 80% de la subida del Ibex. No es ZP quien ha hecho subir la bolsa en este segundo semestre, sino Telefónica; si nos empeñamos en personalizar, el responsable ha sido Cesar Alierta, el presidente de la compañía.

Decía Francesc Cambó que hay dos maneras seguras de llegar al desastre: una, pedir lo imposible y otra, retrasar lo inevitable. Zapatero está haciendo ambas, prometer lo imposible para comprar votos y retrasar con palabras algo que ya tenemos encima. Los datos no mienten por más que ZP lo haga "con una sonrisa".

La política no es cosa de ángeles

La crisis en la que el PSOE ha sumido a la jurisdicción constitucional española se debe, además del secular desprecio de los socialistas españoles a la noción de separación de poderes, a un sistema de elección de los miembros del TC que ni garantiza la independencia de sus miembros ni previene contra los cambios bruscos de mayorías.

La comparación del sistema español con el norteamericano puede proporcionar pistas interesantes a la hora de plantear las reformas constitucionales pertinentes, aunque improbables, que aminoren el actual desprestigio e inoperancia del TC.

En los Estados Unidos los miembros del Tribunal Supremo, que en 1803 se arrogó la facultad de interpretación constitucional (caso Marbury vs. Madison) ejercen sus funciones de por vida, aunque pueden ser removidos por mala conducta mediante el impeachment. En España los magistrados son elegidos o nombrados por un periodo de nueve años e "inamovibles en el ejercicio de su mandato". Con frecuencia se ha señalado que el carácter vitalicio de los magistrados americanos les confiere una independencia de la que carecen sus colegas españoles. Por ejemplo, en 1973 fue un juez nominado por Nixon, Harry Blackmun, quien redactó la sentencia que legalizó el aborto. Otro juez nixoniano, Lewis Powell, votó a favor de la discriminación positiva.

La Constitución Española establece que los miembros del TC son doce, mientras que en los Estados Unidos el número de magistrados del Supremo ha ido variando, desde los seis iniciales hasta los nueve actuales. El número de magistrados americanos se fue ampliando según aparecieron nuevos tribunales inferiores, aunque algunos presidentes, como Roosevelt en 1937, intentaron expandir la membresía en el Tribunal Supremo para asegurarse mayorías favorables a sus políticas. Estos asaltos ejecutivos han sido casi siempre infructuosos.

Por último, el sistema de elección de los magistrados españoles prevé que dos de sus miembros sean nombrados por el ejecutivo, cuatro por el Congreso de los Diputados, cuatro por el Senado (en ambos casos por mayoría de tres quintos) y dos por el Consejo General del Poder Judicial. Cada tres años un tercio del TC es renovado. En los EE.UU. todos los miembros del TC son propuestos por el presidente tras el fallecimiento, retirada o impeachment de un magistrado, y aprobados por el Senado por mayoría absoluta, aunque en realidad bastan 41 senadores para que una elección sea bloqueada.

Es este último punto el que supone una mayor diferencia entre los casos español y norteamericano. En principio, la designación exclusivamente presidencial de los magistrados americanos puede hacer pensar que el Tribunal Supremo tiene una mayor tendencia que el TC español a la politización. Sin embargo, hay tres elementos que aminoran este peligro:

  1. Dado que los jueces son vitalicios, ningún presidente sabe a ciencia cierta cuántos miembros del Tribunal Supremo nominará. Nixon eligió a 4, Ford a uno, Carter no pudo nominar a ninguno, Reagan tres, Bush Sr. 2, Clinton 3 y Bush Jr. dos (reemplazando a uno de Nixon y a uno de Reagan, es decir, nominados por presidentes de su mismo partido). En la actualidad, sólo tres de los nueve magistrados fueron elegidos por un presidente demócrata, lo que se corresponde a grandes rasgos con los periodos de presidencia republicana (28 años) y demócrata (12) desde 1968 y hasta 2008. En cambio, en España cualquier partido sabe cuándo tocará la próxima renovación parcial del TC y puede por tanto actuar por motivos exclusivamente electoralistas.

  2. Esta diferencia de 2/1 en los Estados Unidos no se refleja de forma automática en la orientación de los miembros del Tribunal Supremo debido a que las nominaciones presidenciales tienen que ser aprobadas por el Senado, cuya mayoría no suele coincidir con el partido del presidente. Así, Nixon, Ford y Bush Sr. (12 años en total) tuvieron siempre mayoría demócrata en el Senado, Reagan tuvo mayoría republicana en la Cámara Alta durante seis años, y el actual presidente finalizará su mandato habiendo disfrutado de mayoría de su partido en el Senado sólo durante cuatro de sus ocho años en el cargo. Esto y la posibilidad de bloqueo por parte de 41 senadores obliga al presidente a ser cauto a la hora de nominar candidatos cuyas posiciones difieran de forma radical de las mantenidas por la mayoría de los senadores. También debe tener cuidado a la hora de proponer magistrados sin la debida capacitación. En cambio, durante los mandatos de Felipe González el TC tuvo casi siempre super mayoría socialista, mientras que el PP nunca ha contado con más de seis magistrados teóricamente favorables a sus posiciones, ni siquiera durante sus ocho años al frente del Gobierno.

    Sólo una combinación de muertes o retiradas súbitas y una super mayoría senatorial sostenida y coincidente con el presidente podría ocasionar un cambio radical en la orientación del Tribunal Supremo, algo que no sería bien visto por los electores, que suelen castigar los intentos de concentración de poder. En España, un Gobierno puede modificar la orientación del TC de forma rápida si durante su mandato tiene la suerte de nombrar a los dos magistrados que le corresponden. Esta potestad provoca que la oposición bloquee el proceso de elección de magistrados en el legislativo e incluso de miembros del CGPJ para contrarrestar los ases en la manga de que dispone el Gobierno. La oposición no posee ningún incentivo para cooperar, pues nada asegura que cuando alcance el poder el partido que apoya al Gobierno actual se comporte de forma positiva.

  3. Como los miembros del Tribunal Supremo se renuevan de uno en uno, no cabe en el sistema americano la negociación de listas de magistrados (uno de los tuyos y uno de los míos) atendiendo a razones puramente partidistas. Además, el comportamiento de los senadores a la hora de aprobar o rechazar las nominaciones presidenciales suele jugar un papel muy importante en sus campañas electorales de reelección.

El sistema norteamericano, basado en la desconfianza, el contrapeso y la moderación, y la cultura política predominante entre los ciudadanos de aquel país, que aborrece la oposición desleal y premia el consenso y el respeto mutuo entre los poderes del Estado, hace que situaciones como la que vivimos en la actualidad en España, con bloqueos constantes, cambios legislativos oportunistas y cortoplacistas, y uso torcido de la recusación sea poco más o menos que impensable para un americano. Para colmo, el actual sistema parlamentario, que convierte la separación de poderes en una mera separación de funciones, la tendencia de la izquierda española a considerar al Poder Judicial y al TC meros apéndices de la mayoría parlamentaria, y la indefinición crónica de la derecha a la hora de plantear reformas constitucionales no auguran nada bueno. ¿Quién le pondrá el cascabel al gato?

De inflación, hormigas y cigarras

El tiempo es un medio escaso que economizamos en el transcurso de nuestras acciones. Así, cuando nos planteamos un determinado objetivo, preferimos alcanzar éste antes que después, ya que no disponemos de todo el tiempo del mundo. Estancarnos con un proyecto determinado nos impediría proponernos nuevas metas.

Desde un punto de vista psicológico, el tiempo se revela subjetivamente más escaso conforme las personas maduran. El discurrir del tiempo lo sentimos (valoramos) de manera distinta con el paso de los años: es sin duda más apremiante cuando llegamos a edades más avanzadas. Un niño casi nunca se agobia por cumplir años; de hecho, está deseoso de ser "mayor".

Bien es sabido que sociedades y culturas reaccionan de manera distinta ante la problemática del tiempo. Ya sea por motivos religiosos, por una ética de trabajo transmitida de generación en generación, etc., lo cierto es que existen muchas comunidades (asiáticos, judíos, puritanos…) que prefieren posponer gratificaciones en el corto plazo para obtener mayores recompensas en el futuro. En la terminología empleada por el economista Böhm Bawerk, esta gente estaría manifestando una baja preferencia temporal. Por el contrario, quien actúa para satisfacer necesidades presentes sin tener un horizonte temporal amplio, estaría revelando una alta preferencia temporal.

Hay que tener en cuenta, ya estemos analizando desde una perspectiva psicológica o económica (praxeológica), que al ser humano le cuesta mucho esfuerzo renunciar a satisfacciones presentes a cambio de recompensas futuras. Sólo lo hará si el premio ulterior es tal que mejore con creces aquello a lo que ha tenido que renunciar en todo ese proceso.

En cualquier caso, esta costosa renuncia tiende a redundar en un gran empuje civilizador no sólo desde un punto de vista social o moral, sino económico: mayor ahorro, mayor capital en la economía y alargamiento de estructuras productivas sin las que no habrían surgido, entre otros, avances científicos y técnicos en los campos de la medicina, el transporte o la mejora de las condiciones laborales.

Que una sociedad entera manifieste una preferencia temporal alta tiene consecuencias desastrosas para la supervivencia y desarrollo de dicho grupo humano. Para verlo con claridad basta llevarlo al extremo. Si nadie planifica hacia el futuro (disculpen el pleonasmo), si no se ahorra y se consume toda la riqueza presente, indefectiblemente nos encontraremos ante un paisaje maltusiano: la presión de la población sobre los recursos sería tan fuerte que los pocos bienes que encontráramos útiles los "agotaríamos" sin remisión. En un panorama gris como el expuesto, los individuos (casi depredadores) rivalizarían, por ejemplo, por la madera de los árboles como fuente de calor; y no invertirían (lo que es equivalente a posponer una gratificación) en reforestar o en descubrir y poner en producción medios alternativos con los que procurarse dicho fin (carbón, petróleo…).

Un interesante estudio sociológico consistiría en indagar qué elementos hacen que los grupos humanos presenten pautas de comportamiento favorables a horizontes temporales más o menos largos. Pero sin necesidad de salirnos de la economía, podemos identificar un factor clave en la manifestación de comportamientos con elevada preferencia temporal, con los perniciosos efectos que ha conllevado en aquello que no se ve: la temida inflación.

A priori, puede parecernos que la perseverancia, la espera y la futura recompensa nada tienen que ver con la inflación. A menudo se habla en economía de "incentivos" y, más concretamente, de incentivos institucionales. El saqueo, el fraude o el engaño, en definitiva, la falta de mecanismos de defensa de los derechos de propiedad, sabemos que no fomentarán procesos de ahorro e inversión como los descritos arriba. En tales casos, ¿cuál será el premio que compense la espera en las gratificaciones? Ninguno.

Con los procesos inflacionarios pasa algo semejante. Sin entrar en los evidentes episodios de hiperinflación, nos centraremos en aquellos que se derivan del abaratamiento de las condiciones de crédito por debajo de los niveles de ahorro de la sociedad.

El ejemplo de España nos ayudará a comprender mejor cómo esta expansión crediticia altera la preferencia temporal de los individuos por una doble vía. Cuando se producen fenómenos inflacionistas marcados, el dinero pierde capacidad de compra con mucha velocidad. Los precios de los inmuebles, por ejemplo, han subido con crecimientos anuales de más de dos dígitos. Sin duda, quien haya optado por ahorrar frente a comprar, quien haya optado por la prudencia –considerando que no tenía aseguradas aún sus rentas salariales futuras–, a la postre ha sido "un primo". En procesos inflacionistas, el dinero quema entre los dedos. Pierden los ahorradores y ganan los que se hallan fuertemente endeudados. Fomenta el gasto frente a la prudencia y el ahorro.

La segunda vía tiene su origen en el llamado efecto riqueza. Es más, el motivo por el que los gobiernos ponen en marcha políticas de crédito barato es precisamente el de crear este efecto riqueza (especialmente, en el sector industrial), pese a que, por la teoría del ciclo, sepamos que conduce a una distorsión en la estructura productiva del país, a expansión y crisis. Pero ¿por qué nos sentimos más ricos y en qué medida afecta esto a nuestras decisiones prudentes de previsión y ahorro?

Respondiendo a la primera pregunta, confluyen simultáneamente varios factores: los bajos tipos de interés no sólo son aprovechados por la industria, sino por los consumidores: relajando las condiciones de concesión de crédito y con tipos bajos, tenemos mayor capacidad de compra y tomamos decisiones de inversión creyendo que siempre se mantendrán los tipos a esos niveles reducidos.

Por otro lado, la expansión crediticia llega en primer lugar a una o varias industrias (en España al sector de la construcción) distorsionando los precios relativos. Es decir, se produce una escalada de precios en un determinado activo (inmuebles, financieros), lo cual hace que, de la noche a la mañana, los poseedores de dichos bienes y los que los adquieren al iniciarse la vorágine inflacionista, ven incrementada su riqueza de forma notable. Por las mismas, el hecho de que una industria esté cosechando beneficios espectaculares (que parece nunca van a acabar) hace crecer la pelota: cada vez más crédito y mayor inversión se dirigen hacia dicho sector revalorizándose aún más los activos.

Esto sin duda nos proporciona la tercera respuesta de por qué nos sentimos más ricos. No sólo al individuo de a pie le quema el dinero entre los dedos, no sólo ha visto revalorizar sus activos si los poseía ya o se ha endeudado al principio, sino que además en estas épocas alcistas, donde hay sectores industriales muy fructíferos, tienden a reducirse el paro y a incrementarse las retribuciones salariales. De nuevo, nos sentimos más ricos.

Deliberadamente, he empleado en varias ocasiones la frase "sentirnos más ricos". Y con ello respondemos a la segunda parte de nuestra pregunta: en qué medida el efecto riqueza afecta a nuestras decisiones de consumo. Si bien están muy influidas por el elemento cultural (valores familiares, religión…), este "dinero fácil" nos hace introducirnos en un terreno resbaladizo, entre psicológico y económico. Dar un "pelotazo" de un día para otro y convertirnos en "nuevos ricos" puede distorsionar nuestra idea de cómo se crea riqueza (no olvidemos que a un boom crediticio de estas características le sigue un crash). Viene a ser como si nos tocara el premio gordo: ¿ha sido suerte? ¿Ha sido por ser el más listo del barrio? ¿De dónde procede esa riqueza repentina (similar a la de aquellos futbolistas o boxeadores que se ven sobrepasados por fama, poder y dinero)? Esta sensación de que la riqueza no proviene de perseverar o de haber ideado y puesto en marcha un plan exitoso con el que satisfacer necesidades de otros, puede empujarnos claramente a no valorar la dificultad que se deriva de una creación de riqueza "más sana", esto es, no inflacionista.

Hemos dicho al principio que posponer gratificaciones requiere un esfuerzo al que se accede por una recompensa futura mayor. Para qué posponer nada si el maná cae del cielo hoy, ya mismo, y sin esfuerzo. Los incentivos se ven rotos por muchos frentes, como se ha visto. Aunque nos hemos centrado en los económicos, estos efectos también son sociales, como estamos experimentando ya en España.

Cebrián nos enseña los genitales

Recientemente la Federación de Sindicatos de Periodistas, como grupo de presión que trata de medrar a costa de la sociedad, emitió un comunicado en el que exigía al PSOE y al PP que se pusieran de acuerdo para aprobar el Estatuto del Periodista:

Reclamamos a Rodríguez Zapatero que el 5 de noviembre, día europeo de reivindicación de un periodismo independiente y de calidad, se comprometa pública y formalmente a promover la regulación del periodismo por ley.

A pesar de que la FESP considera que los periodistas "sufren cada vez más presiones políticas", reclama paradójicamente que esos mismos políticos sean quienes limiten su libertad mediante un Estatuto del Periodista que amordaza al díscolo y lo somete a la supervisión permanente del Estado. Por lo visto, a la FESP le preocupan las presiones políticas en la sombra que socaven la libertad de expresión; sin embargo, le parece totalmente deseable que los políticos entierren esa libertad de expresión con la luz y los taquígrafos del Congreso de los Diputados.

No sólo eso: la FESP denuncia que los medios cada vez están más concentrados, lo que, a su juicio, "reduce el pluralismo informativo que necesita una sociedad democrática". No me cabe duda de lo que este lobby entiende por "pluralismo informativo" y por "sociedad democrática": el pluralismo implica la existencia de muchos medios de comunicación que emitan siempre el mismo discurso antiliberal e intervencionista, y lo de la "la sociedad democrática" no es sino un horizonte reivindicativo que les permita engrosar la billetera.

Sólo es necesario observar cuál fue su postura cuando el CAC se propuso erradicar la única voz discrepante en el panorama comunicativo catalán:

Existen muchas conductas periodísticas contrarias a las más elementales normas deontológicas que no constituyen delito pero que son defendidas por sus autores bajo el paraguas de la libertad de expresión; son éstas las que deben ser sancionadas por un órgano independiente puesto que los jueces no lo van a hacer al no entrar en el terreno delictivo.

Por lo visto, el pluralismo informativo sólo es deseable cuando se da dentro de un código deontológico confeccionado por los burócratas para sancionar conductas no delictivas. ¿Y éstos se preocupaban de la presión política sobre los periodistas?

De hecho, no deja de tener tintes esperpénticos que la FESP proponga la aprobación del Estatuto del Periodista para garantizar el pluralismo informativo amenazado por las grandes corporaciones. La mejor forma de favorecer el pluralismo y la competencia informativa es permitir que cualquier persona pueda crear su propio medio de comunicación: basta observar el caso de los blogs y del periodismo disperso en su lucha contra la manipulación de los mass media.

Pero precisamente el Estatuto del Periodista impone la expedición de carnés concedidos por órganos administrativos para poder expresarse de manera pública. Todo medio de comunicación ha de contar con un director con carné político, incluso las "páginas o sitios en la red de carácter periodístico", esto es, las bitácoras. Los autores de un blog que no se encuentren bajo el paraguas de un director con carné deberán cerrar sus puertas. Como promoción del pluralismo informativo disperso frente a la concentración de los medios no está mal.

A la luz de éstas y muchas otras bellaquerías que contiene el Estatuto del Periodista, la cuestión debería ser por qué la FESP lo defiende de manera tan apasionada. Una ley que cercena libertades individuales y establece de facto la censura previa debería resultar odiosa para cualquier periodista que se precie.

La clave se encuentra, de nuevo, en recordar la manera de operar de los grupo de presión. Todas las potestades liberticidas que contiene el Estatuto del Periodista son otorgadas a un Consejo de Información encargado, entre otras cosas, de expedir los carnés y de aprobar las sanciones a los periodistas que violen el código deontológico. Ese Consejo de Información estará compuesto por 22 miembros, cuatro de los cuales serán elegidos por y entre los sindicatos periodísticos.

La FESP está deseosa de poder controlar quién entra y quién sale de la profesión, y de castigar los "excesos" de pluralismo que atenten contra el código deontológico impuesto por los políticos. De este modo, no sólo se elimina la competencia potencial en el periodismo, sino que se establece un férreo control sobre sus contenidos que impide poner en tela de juicio los privilegios oligárquicos que el propio Estatuto del Periodista instaura.

Pero las prebendas a los sindicatos no terminan en los Consejos de Información. Cada medio de comunicación deberá contar con un Comité de Redacción, por el que los periodistas podrán influir en la postura editorial del periódico. Los sindicatos serán los encargados de diseñar el procedimiento de elección y la composición de esos Comités de Redacción en los respectivos convenios colectivos. Ellos se lo guisarán y ellos se lo comerán; una vez tomado el Comité de Redacción, habrán asumido en la práctica el control del medio de comunicación.

En otras palabras: a la FESP no le preocupa en absoluto la concentración de los medios de comunicación; el hecho de que favorezca la atrofia de los blogs en España mediante el Estatuto del Periodista es prueba de ello. Lo que sí ansía es tomar el timón ideológico de esos medios concentrados. En lugar de crear un periódico, una radio, una televisión o una bitácora con una línea editorial distinta a la de los "grandes grupos", prefieren proceder a nacionalizarlos. Al fin y al cabo, muchos periodistas se sentirían reconfortados convirtiéndose en funcionarios de un monopolio público de la comunicación. ¿A qué otra cosa nos conduce la expedición de carnés o la creación de consejos censores y de códigos deontológicos uniformes?

El Estatuto del Periodista es un disparate y un ataque directo a la libertad individual y la propiedad privada. El hecho de que un sindicato de periodistas lo defienda con ardor no purifica en modo alguno sus ingentes defectos. De hecho, es una muestra de la clase de pasteleos corporativistas que contiene la ley. El pluralismo informativo no se consigue dando el poder a unos políticos parasitarios y a unos trepas sindicales, sino permitiendo la libre creación y gestión de los medios de comunicación.

Periodistas partidarios de la censura

Y es que parece que lo único que Cebrián hizo este lunes fue lanzarle unas pullas al presidente del Gobierno allí presente, a cuenta de las patadas a la ortografía de su campaña "Con Z de Zapatero", algo sin duda muy apropiado tratándose de un discurso realizado en la Real Academia de la Lengua Española, por más que a su propio diario no le pareciera tan mal destruir la ortografía cuando lo propuso García Márquez. El problema, precisamente, es que aquello fue un detalle tangencial dentro de su discurso, dedicado a la red. Y, como sucede casi siempre que Cebrián toma la palabra para hablar de internet, habló mal.

Aun tomando la loable iniciativa de que la academia reconozca blog y sus derivados como bloguero y blogocosa, Cebrián volvió a intentar denigrar a los ciudadanos normales y corrientes, aquellos que no estamos ungidos con la licencia prisaica que permite decidir qué es verdad y mentira. Así pues, en la red "el papel del periodista como intermediario entre la realidad y los usuarios de los medios se ve sustituido por el de agitador o promotor de las insinuaciones y deliberaciones ajenas"; algo, como se ve, muy distinto a lo sucedido en los medios controlados por él entre el 11 y el 14 de marzo de 2004.

Como máximo (y único) ejemplo habla de la pifia de Engadget, que publicó que iPhone y Leopard se retrasarían unos meses a raíz de un correo enviado por unos hackers que lograron hacerse pasar por empleados de Apple, provocando una caída en las acciones de la compañía de la manzana. Y una subida posterior, cuando publicó el desmentido. ¿Cómo es posible que sucediera algo así? Pues porque generalmente ese blog está mejor informado que la mayoría de los medios de comunicación tradicionales, debido a lo cual los inversores se fiaron de lo que decía. A partir de ese error seguramente muchos se tomen las exclusivas de Engadget con un poco más de prevención. Algo parecido a lo que ha ocurrido con El País o la SER, que a base de colarnos mentiras han dejado de ser medios creíbles para un porcentaje considerable de la población española.

El problema de Cebrián es el mismo que tiene con Mediapro. No aguanta dejar de ser la única fuente desde la que millones de ciudadanos reciben información y cultura. Cada vez es más difícil que, como se decía hace unos años, una persona pueda creerse que tiene una vida razonablemente cultivada sin salir de Prisa (despertándose con la SER, desayunando con El País, comprando los regalos en Crisol, viendo el cine de Sogecine, fútbol en Canal Plus, estudiando con Santillana, leyendo sólo las novelas de Alfaguara, etc.) . Hay que reconocerle el mérito de ver bien pronto la amenaza; por eso empezó a atacarla ya desde la publicación en 1998 de su tecnofóbico La red. En 2001 denunció la "censura insidiosa" que suponía la disponibilidad sin coste alguno de todo tipo de información en internet, lo que impedía "seleccionar la información de interés, honesta o verdadera". Y desde entonces viene dando la matraca.

Pero Cebrián va mas allá, llegando a decir (sin sonrojarse) que "podríamos asumir que hay una cierta pasión por el exhibicionismo, a veces bajo la escusa (sic) de la comunicación, en toda la actividad que se desarrolla en la red. Al fin y al cabo, quien se abre una gabardina y enseña los genitales a los viandantes busca también una forma de comunicarse." Gracias, Janli. Por fin he entendido la filosofía periodística que te mueve. No hay nada como una confesión de parte.

Crank that, Internet

Sus primeras horas del día, y las últimas, las pasaría con el sol oculto tras el horizonte. Y le movería, durante años, la imagen de un futuro dorado creado por él mismo. Explicaría a sus nietos las largas horas de estudio y trabajo, el desprecio al lujo, el amor a la labor bien hecha y la confianza en uno mismo.

Esta historia no merece una biografía. Es tan breve, tan instantánea como un doble click en el ratón. Es la de Soulja Boy, un chaval de 14 años que colgó sus temas de rap en una página web creada en MySpace, como la que tienen millones de otros jóvenes. De sus temas uno, Crank That, se ha convertido en un auténtico fenómeno social y ha obligado a estrellas consagradas, como Beyoncé, a imitar sus bailes.

Los economistas, que no son grandes literatos (con excepciones), han llamado "barreras de entrada" a uno de los juguetes de propia creación. Aquí la barrera se salta con un leve movimiento del dedo índice. Y ya está. Creador, obra y público en feliz comunión. 20 millones de visitantes. Internet es también esa conversación en que el boca a boca llega al summun y hace muy efímero el privilegio de conocer las novedades.

Ya no hay porqué guardar las novelas en el cajón, después de haber visitado todas las editoriales posibles. Es cierto que leer en una pantalla de ordenador no es el modo más a propósito, pero no hay nada que pueda con un comienzo intrigante y arrebatador.

El talento está disperso. Y aunque el poderoso atractivo de los beneficios lleva a los empresarios a buscarlo hasta debajo de las piedras, la tecnología (Internet) acude de nuevo en socorro del buen entendimiento entre creadores y público. El sueño americano seguirá haciéndose realidad y el viejo relato se reescribirá una y otra vez. Pero Internet permite que se reduzca a una novela corta.

La fama de Sergi Xavier

Es difícil ponerse en la situación de Sergi Xavier. Iba borracho, sí. Pero seguramente quería ejercitar sus piernas y su sensación de poder. Esa chica valdría; total, se lo merece "por puta inmigrante". Es débil, además. No estaba él para enfrentarse a un sparring.

Sólo puedo imaginar si al ver a la chica mezcló un sincero desprecio con la proyección sobre ella de una culpa inconcreta sobre todo lo de fuera. "A ese moro lo mataremos", vociferaba al móvil. ¿Cómo podrá haber llegado a despreciar lo foráneo? ¿De dónde habrá sacado esas ideas Sergi Xavier?

A dos metros de distancia otro joven, Jesús Prieto, de 23 años, es testigo de la agresión. Quiere desmentir su condición mirando hacia otro lado, pero desde el primer momento es consciente de lo que ocurre. Él también es inmigrante y no quiso convertirse en el sparring de Sergi Xavier. Prieto es su apellido y la condición de sus nalgas. Él no estaba para ejercitar sus piernas ni ningún otro músculo en defensa de la joven de 16 años. Eh, la cosa no iba con él. Son sus palabras: "Nadie me ha amenazado ni insultado". Y se diluye en la responsabilidad colectiva: "Habían (sic) otros dos señores en el vagón que tampoco hicieron nada".

Sí. A excepción de la pobre víctima, lo ocurrido desde ese vagón parece una sucesión de miserias. El foco de los medios de comunicación lo quema todo. TV3 ha decidido castellanizar el nombre de Sergi Xavier, mientras que El Periódico catalaniza el nombre del Prieto argentino, que de ser un cobarde pasa a ser "la segunda víctima del tren". Y todo porque se explica en catalán desde TV3. "Tenía miedo", dice.

Es lógico que tuviese miedo. Cuando nadie tiene con qué defenderse impera la ley del más fuerte. Sergi Xavier fue preciso con sus piernas y con su odio. Estaría borracho, pero hubiese pasado las pruebas físicas de alcoholemia en cualquier control. "Siga esta línea sin desviarse. Lance su pie derecho sobre ese punto". ¿Quién se le iba a enfrentar?

Si la ecuatoriana hubiese podido lanzar un spray sobre el agresor o amenazarle con otro medio de defensa, podría haber evitado la patada. En ese caso incluso Prieto podría haberse sentido solidario. Podía haber reconocido que los insultos iban también contra él. Un estudio realizado en Estados Unidos sobre los ciudadanos que han salvado a víctimas de crímenes o han arrestado a criminales violentos ha hallado que era dos veces y media más probable que los solidarios fueran armados a que no lo fueran. El propio Sergi Xavier sabría que sus piernas de poco le valen y que su ventaja se desvanece. No quería un sparring, como para enfrentarse a una persona con un medio de defensa.

Hoy nadie sabría quién es ese miserable.