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La verdadera catástrofe

El dinero, siguiendo la filosofía del acuerdo firmado en julio de 2005 en Laos por los gobiernos de EEUU, Australia, Japón, China, India y Corea del Sur, que representan a la mayoría de los habitantes del planeta, se destinará a mejoras tecnológicas, innovaciones en la producción energética y conservación de sumideros tales como bosques que reduzcan el CO2.

El anuncio no le ha hecho ninguna gracia a Greenpeace. La organización ecologista radical ha acusado al Gobierno australiano de querer descarrilar el Protocolo de Kioto. Parece que, para los fanáticos, la cuestión no es tanto como buscar la forma de contener las emisiones de CO2 al tiempo que se permite el crecimiento económico, sino racionar la industria y reducir el consumo humano.

Esto cuadra con el hecho de que a pesar de que Estados Unidos esté conteniendo sus emisiones de CO2 mucho mejor que Europa, los ecologistas sigan presentándole como el país que no hace nada por evitar el cataclismo que no termina de llegar. En efecto, Estados Unidos ha conseguido prácticamente estabilizar sus emisiones de CO2 desde el año 2000 gracias a la acumulación de capital, la introducción de innovaciones tecnológicas y la implantación de incentivos fiscales, mientras que la Unión Europea observa cómo sus emisiones siguen aumentando desde el año 2000 a una tasa anual superior al 1% por mucho que haya prometido reducirlas drásticamente al más puro estilo intervencionista rojiverde.

Si a esto le sumamos el dato conocido de que aunque todos los países cumplieran con Kioto, el efecto sobre el clima global sería de apenas 0,07 grados centígrados para 2050, no está de más preguntarse de qué demonios sirve Kioto. La respuesta es que de nada. Otorga a los burócratas, ecologistas y políticos un control arbitrario sobre la producción energética e industrial al tiempo que carga a nuestra economía con enormes costes.

Así las cosas, no es difícil entender por qué a Japón, Nueva Zelanda, Rusia, Canadá y Suiza han rehuido en Viena la propuesta de la Unión Europea de incrementar las restricciones de Kioto entre 2012 y 2020 exigiendo una reducción obligatoria de emisiones de entre el 25% y el 40%. A Greenpeace, esto también le ha cabreado hasta el punto de calificar la postura de Japón de "atroz". Empiezo a pensar que, para estos autoproclamados redentores del planeta, la única catástrofe verdadera sería que desapareciera el riesgo de un cambio climático de consecuencias desastrosas para el hombre.

Capitalismo para todos

Muchos se preguntan en qué se distinguen los capitalistas modernos en España de las líneas generales del Partido Popular: somos un grupo de personas que sabemos lo que queremos y cómo buscarlo. Hace un tiempo, el Partido Socialista, siempre tan ilustrado, dijo que con ellos en el poder, las personas tienen prioridad. ¿Prioridad? Este ha sido uno de los gobiernos más liberticidas de la historia de España. En realidad, lo que quieren decir es que para ellos el Estado va primero, y eso siempre significa que nosotros, las personas, somos los de última prioridad y categoría. ¿En qué se caracteriza el PSOE y en menor medida el PP? Ambos creen en una vivienda municipal, apoyan vestigios de una industria nacionalizada, una policía politizada (caso Bono, por ejemplo), el poder judicial radicalizado, y la educación, en manos de tiranos ideológicos (educación contra la ciudadanía). Pero lo más grave de todo esto es que para ellos lo verdaderamente importante es tener a los ciudadanos neutralizados. Es decir, indefensos, anestesiados y sin recursos para defenderse. Y no hablo solamente de cargarse nuestro derecho legítimo a defendernos con armas sino de todo lo que implica el crecimiento de los tentáculos estatales.

¿Qué nos distingue, pues? Muchos nos acusan de sólo pensar en el dinero y en la eficiencia. Yo soy el primero en reconocer que la moralidad no es ni nunca debe ser monopolizada por un partido único. De hecho, eso es cosa de socialistas de todos los partidos. Pero lo que nos distingue muchas veces es la fundamentación de nuestras convicciones. ¿Por qué los capitalistas estamos radicalmente en contra de la inflación? ¿Solo porque suben los precios? No: porque destruye el valor de nuestros ahorros, y porque destroza puestos de trabajo y eso conlleva la aniquilación de las esperanzas de muchas personas. ¿Por qué debemos limitar el poder de los sindicatos en España? ¿Solo por aumentar y mejorar la productividad? No: porque los trabajadores deben tener opciones, si ellos quieren deben tener el derecho de no sufrir acoso sindical y elegir el futuro que quieran, tal y como queremos miles y miles de personas en este país sin el temor a que una banda de sindicatos totalitarios sacudan nuestras vidas. ¿Por qué defendemos los colegios y universidades privadas? ¿Ppara defender los privilegios elitistas? No: porque creemos en las personas y en la libertad de elegir el centro que ellos quieren para sus hijos. Lo que nos distingue es que queremos ampliar las oportunidades económicas para todos los ciudadanos y así incrementar la riqueza nacional. Si no somos libres para elegir, no somos ciudadanos libres y mucho menos la prioridad.

La vida en España es muy difícil para las personas en cuyos talentos depende el futuro de la nación: los emprendedores, los científicos, los ingenieros, los diseñadores, los inversores y los empresarios. Ellos son los únicos que tienen la capacidad para crear más empleos en el futuro.  El Partido Socialista no da prioridad a las personas…todo lo contrario, nos desemplea y nos tritura a base de impuestos. El PP y el PSOE insisten en que los problemas se resuelven con la intervención estatal. Pero los gobiernos no deben existir para dirigir los negocios. Todos sabemos cómo ha fracasado la intervención del Estado en cuestiones económicas y lo peor de todo es que no son ellos los que pagan estos errores: somos nosotros, los ciudadanos, los que pagamos la factura de esos fracasos mediante impuestos. Quizás para pagar sí que tenemos prioridad absoluta. Si hay algo grande por lo que se caracteriza el siglo XX es que muchísima más gente ha tenido acceso al voto. Ahora nuestra labor consiste, el gran reto para la España del siglo XXI es y será que mas personas tengan acceso directo a la propiedad, que sean dueños libres de su propio destino. Los intervencionistas, al no tener argumentos válidos contra nosotros, recurren a la táctica del insulto y de la acusación particular. Nos acusan de desinteresarnos por “el pueblo.” Sin embargo, son ellos los que frecuentemente apoyan las huelgas en el servicio sanitario cuando nuestras soluciones serían el remedio para las listas de espera; son ellos los que casi siempre apoyan las huelgas de profesores que indudablemente interrumpen la educación de los jóvenes; son ellos los que continuamente atacan la labor de la policía cuando lucha contra delincuentes violentos y violadores de la propiedad privada; y son ellos los que muestran un profundo rechazo para que sean los padres los que elijan la educación de sus hijos. Esos personajes, con un historial tan delictivo, no deben dar lecciones de empatía con el pueblo. Sin el Estado de Derecho, no puede haber libertad.

Ningún partido político habla de lo que verdaderamente interesa: queremos una España con más propietarios y empresarios jóvenes, con la dignidad e independencia que eso conlleva. Necesitamos propagar el espíritu de los emprendedores para paliar los efectos del paro. España y sobre todo los partidos políticos, necesitan librarse de esa actitud de “los nuestros y los suyos.” Pero lo primordial es tener un país que sea respetado por el mundo, que valore los grandes beneficios de una sociedad libre y que los defienda. Ese día llegará cuando los grandes vestigios que quedan del socialismo estatal en España desaparezcan para siempre.

Transgénicos para todos

Pero cuando dejaron de preocuparse de las especies en peligro de extinción y decidieron meterse en harina política perdieron ese halo de sensibilidad que rodeaba todas sus acciones. Hasta en Hollywood, colonia progre donde sólo se habla de dietas vegetarianas y cambio climático, empezaron a atizarles. Vean si no los tres primeros minutos de Armageddon, los más divertidos que ha producido el cine americano en los últimos veinte años.

Pues bien, la última “fazaña” de los activistas de Greenpeace ha sido volcar a la puerta del Ministerio de Medio Ambiente de Tailandia varios contenedores de papaya modificada genéticamente. Once toneladas de fruta transgénica, once (estos cuando se ponen, se ponen), inundaron las puertas de entrada del ministerio para concienciar a la población tailandesa de los peligros de este tipo de cultivo. El resultado fue que en cuestión de media hora, las toneladas de fruta desaparecieron porque la gente, sencillamente, se las llevó a casa. Hasta los conductores paraban los coches para llenar el maletero con fruta gratis, ajenos a las advertencias de los ecologistas, que no daban crédito a lo que veían. No sólo eso, los funcionarios del ministerio, al ver el revuelo, también bajaron a llenar unas bolsas de fruta que los cachondos de Greenpeace habían dejado tan a mano.

La gran tragedia es que por culpa de la campaña papayera de los pacifistas verduscos, varios miles de ciudadanos inocentes están consumiendo una bomba transgénica cuyas consecuencias futuras sólo cabrá atribuir a la inconsciencia de una organización ecologista. Cuando empiecen a aparecer casos de tailandeses con un color de piel sospechosamente parecido al amarillo verdoso de esa fruta tropical o comiencen a nacer niños que en lugar de caca harán la fotosíntesis, alguien tendrá que responder de ello. No quiero ser agorero, pero las demandas judiciales contra los activistas papayeros pueden ser numerosísimas. Igual hasta se ven obligados a subastar el Rainbow Warrior para pagar las indemnizaciones de los afectados

O sea, un desastre. Se pone uno a salvar el mundo y resulta que el mundo no quiere salvarse sino que prefiere llenarse la barriga de fruta transgénica. Y es que hay mucho enemigo del planeta suelto. También en Tailandia.

Borau y la culpabilidad

En una entrevista publicada en El Periódico, en la cual el periodista demuestra ser un inmenso pelota, el cineasta se saca de la manga la "presunción de culpabilidad".

La única pregunta un poco comprometida a la que tiene que responder el director de cine –alguien que por su trabajo está acostumbrado a vivir del dinero de otros sin que estos se lo hayan dado libremente a cambio de un bien o servicio– se refiere al canon. La respuesta es digna de entrar en los anales de la desvergüenza. Borau dice, entre otras cosas: "Hay gente que dice que compra sus artilugios y no se bajan películas ni discos. Pero es que eso no se puede controlar. Hay presunción de inocencia, sí. Pero también hay una presunción de culpabilidad". Menuda vuelta al ordenamiento jurídico español, y de cualquier otro país democrático. Alguien le debería explicar que para considerar a alguien culpable tiene que demostrarse que lo es.

Además, para que exista culpabilidad tiene que haber delito y el canon no tiene como objetivo compensar la piratería, es una remuneración por copia privada. Y esta última es legal. Así que el canon no tiene nada que ver con la descarga de películas y discos. No hay nada que controlar relacionado con el mismo. Ya es demasiado aceptar que la legislación admita como existente esa ficción llamada "propiedad intelectual". Puesto que las leyes nos la imponen, al menos que se regule de una manera racional el tema del canon para que sea menos injusto. Hace algo más de un año, desde esta misma columna lanzamos una propuesta alternativa. Que el canon se cobre al comprar el original.

Pero volvamos a Borau. Su respuesta a la cuestión da para más. Dice que el canon "son unos céntimos" y que "no es un invento español". El hecho de que según él la cantidad que se cobra sea pequeña, no lo hace más defendible. Aunque fuera un solo euro seguiría siendo una apropiación indebida e injustificada. Además hay motivos fundados para sospechar que el ministro de Cultura está dispuesto a que sea lo más alto posible. Y el hecho de que sea algo que han inventado fuera de España no lo hace menos malos. Su origen no tiene nada que ver.

El presidente que la SGAE recuerda que es "una exigencia de la UE", a lo que añade que "de los 27 países, 25 están adscritos a esa fórmula. Si no hubiera canon, incumpliríamos las normas europeas". Algo no cuadra. Si es una exigencia comunitaria, ¿cómo es posible que dos estados miembros de la Unión no tengan canon y al mismo tiempo no violen la legislación comunitaria? Que muchos gobiernos cedan ante las entidades de gestión sólo significa que hay una mayor cantidad de ciudadanos perjudicados.

Borau, como todos los directivos de la SGAE y demasiados miembros del mundo de la farándula lo que pretende es vivir del cuento y que encima les aplaudamos. Si tuvieran que ganarse el sustento con su trabajo lo pasarían demasiado mal. Es su problema y ni usted ni yo tenemos que pagar por ello.

Un problema entre empresas, cuando interesa

Que el Gobierno no se meta en asuntos económicos ni de cualquier otro tipo es algo loable; que lo haga unas veces sí otras no, ya empieza a molestar; pero que por sistema defienda los intereses de todos los países menos del que gobierna, ya es indignante. En el caso de Repsol contra Bolivia, Zapatero, lejos de defender a Repsol, tomó la brillante decisión de condonar parte de la deuda a Bolivia.

Si el caso de Argelia prospera mucho más, probablemente el Gobierno español hará algún tipo de favor a Argelia como ya ha hecho con otros países. Siendo esto enervante, porque no lo paga ZP sino usted, lo más desconcertante es la enorme hipocresía y falsedad con la que actúa este Gobierno. Después de haber vivido el alucinante intervencionismo del Gobierno contra Endesa en el caso E.On, después de haber recibido críticas internacionales por el partidismo de órganos reguladores como la CNMV y la CNE a favor del Gobierno, después de la persecución por parte del Gobierno contra empresarios como Francisco González (presidente de BBVA) o Manuel Pizarro (presidente de Endesa), después de todo ello el Gobierno nos dice ahora que la crisis de Argelia es un asunto privado. ¿Desde cuándo ha respetado el PSOE los asuntos privados? ¿Desde cuándo le ha interesado al PSOE cualquier cosa que no sea la compra de votos?

El Estado es el monopolio de la fuerza unilateral, de la violencia, de la represión en un territorio determinado. De él se espera que use estas armas en defensa del ciudadano, pero nadie de este país ni del mundo entero es lo suficientemente anciano como para recordar que cualquier Gobierno haya usado esta “concesión” en defensa del ciudadano. Si el Gobierno es incapaz de defender a sus ciudadanos dentro y fuera del país, ¿de qué nos sirve el Gobierno y toda su enorme, coactiva y costosísima maquinaria? De lastre para nuestro bienestar.

Un Gobierno arbitrario es un Gobierno tiránico del que nadie se puede fiar. Como muestran los últimos años del Gobierno socialista, los altos funcionarios sólo intervienen cuando pueden sacar tajada. Si cumplir sus obligaciones les supone entrar en un conflicto de intereses, entonces no dudan en traicionar a aquellos a quienes han de proteger. ¿Cree que tiene sentido que el Gobierno se mantenga al margen de esta crisis porque, como ha dicho Moratinos, España tiene buenas relaciones con Argelia? Si usted está en Argelia, u otro país aliado de España como Cuba, Venezuela o Bolivia, y el Gobierno le encarcela por algún error, ¿también ha desentenderse el Gobierno español porque se lleva muy bien con el Gobierno de ahí? Si al Gobierno se le da libertad, siempre se mostrará arbitrario. El mejor principio es que el Gobierno no intervenga para nada y en nada, y menos en economía. Al final nos sale más a cuenta asumir por nosotros mismos todos los riesgos que ceder el poder de la fuerza a alguien que no tiene incentivo alguno en defendernos y que su beneficio está, precisamente, en todo lo contrario como ha desvelado Moratinos con sus palabras.

El “sozionalismo” conquista América Latina

En los primeros años del presente siglo asistimos con incredulidad, y no menos vergüenza, al surgimiento de un nuevo concepto totalitario: el sozionalismo. Una nueva forma de gobernar, cuyo principal referente e impulsor es Hugo Chávez, el actual presidente de Venezuela. La denominada Revolución Bolivariana está imbuida de términos y concepciones singularmente próximos a los dos modelos de gobierno más crueles y sanguinarios que ha conocido la humanidad: el comunismo y el nacionalsocialismo.

La reforma constitucional que, recientemente, ha anunciado Chávez tiene por objeto la conquista definitiva e ilimitada del poder político para, acto seguido, poder moldear a su antojo la economía y sociedad venezolanas. Y es que, la citada reforma, que será aprobada a finales del presente año, no sólo instaura la posibilidad de un mandato indefinido para el líder bolivariano, sino que, más importante aún, remueve hasta los cimientos la infraestructura sobre la que se ha asentado a lo largo del siglo XX la democracia y prosperidad de Venezuela. La propiedad privada, simplemente, dejará de existir, ya que su restringido ejercicio dependerá, exclusivamente, de los designios arbitrarios de la elite gobernante, al igual que sucedió en su tiempo con el régimen nazi.

En la actualidad, y tras cerca de ocho años en el poder, Chávez cuenta ya con todos los mecanismos necesarios para dirigir a su antojo los resortes que atribuye al mandatario el poder estatal. Sin embargo, la Constitución, reformada parcialmente en 1999, era el último escollo a batir antes de poder izar plenamente la bandera del sozionalismo en aquel país. Hasta ahora, el líder bolivariano ha logrado conquistar, sin grandes dificultades, el Poder Judicial, los organismos electorales y legislativos, el ejército, el Banco Central, así como los principales resortes de la economía nacional (véase la nacionalización de la petrolera PDVSA y demás sectores estratégicos).

Pero su ambición estatista no acaba, ni mucho menos, ahí. El nuevo texto terminará por fagocitar los últimos vestigios de libertad individual y empresarial en un país que, curiosamente, acogió hasta mediados del siglo XX a decenas de miles de emigrantes españoles ante la esperanza de poder hallar un futuro mejor. La expropiación, en nombre del interés social, será la norma y no la excepción, en caso de que la citada reforma sea aprobada. Surge, además, el concepto de empresa comunitaria y propiedad comunal, al tiempo que Chávez trata de restar competencias a los gobiernos regionales de Venezuela para, así, asegurarse un control total del poder político y territorial.

Su mano visible se abalanza ya sin pudor ni miramientos sobre la industria alimentaria y de distribución del país, provocando con ello escasez de numerosos productos básicos; la minería, la agricultura, las telecomunicaciones, la siderurgia o el sector energético se han convertido en las primeras bajas significativas de la “guerra contra el capitalismo y el imperialismo”. Pero no las últimas. Según la disidencia venezolana, la sanidad, los seguros, los inmuebles, el mercado financiero, los medios de comunicación y hasta la religión serán, sin duda, los próximos enemigos a batir por el sozionalismo venezolano.

No por casualidad, al llegar a la Presidencia, el Gobierno incluyó el término Bolivariano en la denominación de todas las grandes instituciones del Estado, incluido el nombre del propio país (República Bolivariana de Venezuela) y su Carta Magna. Además, tal ideología está bañada por el odio secular, propio del totalitarismo, hacia todo lo que representa una amenaza para el proyecto vital del pueblo. Si bien éste, adopta máscaras diversas en función de quién lo propugne: Capitalismo, Judaísmo, Imperialismo…

Sus ansias de expansión tampoco han de resultarnos sorprendentes a la luz de la historia. Chávez no oculta, en absoluto, su intención de adherir a su causa nuevos adeptos: Bolivia y Ecuador ya han sido neutralizadas, pero Guatemala, Perú, Argentina e, incluso, Brasil no están exentos de poder formar parte del futuro proyecto sozionalista. En este sentido, tampoco resulta casual el hecho de que Venezuela se esté rearmando a través de cuantiosos contratos de equipamiento con Rusia, Irán, China o… ¡España!

Y qué decir de la particular simbología que ha de acompañar, por norma, a todo totalitarismo que se precie… ¿No les recuerda a algo? ¿Quién duda ahora de las intenciones reales de Chávez? Quizá, nuevamente la Sociedad de Naciones (antigua ONU), como en su día lo hizo de los verdaderos objetivos de Adolf Hitler. O quizá alguien más cercano

Paternalismo y economía del comportamiento

La economía del comportamiento o “behavioral economics” estudia las anomalías del comportamiento humano y sus efectos sobre las decisiones económicas. En la medida en que estas anomalías describen a un sujeto distinto del individuo racional de los modelos económicos neoclásicos, se considera que esta línea de investigación socava los fundamentos teóricos del libre mercado. Porque si la eficiencia del mercado depende de que los agentes económicos actúen racionalmente, como la economía neoclásica presupone, el descubrimiento de anomalías sistemáticas, de irracionalidad, en su comportamiento sugiere que el mercado real es menos eficiente de lo que indican los modelos. La intervención del Estado deviene necesaria para corregir esa irracionalidad. (Para una excelente crítica, desde diversos ángulos, a las conclusiones estatistas de la economía del comportamiento, véase “Skepticism and Freedom: A Modern Case for Classical Liberalism”, de Richard Epstein, capítulos 8 y 9).

Scott Beaulier y Bryan Caplan argumentan en un reciente ensayo que la economía del comportamiento sirve, quizás a pesar de las intenciones de sus promotores, de micro-fundamento a la crítica del Estado del Bienestar, en particular de las ayudas públicas a los pobres. Sin salirse del marco neoclásico, Beaulier y Caplan arguyen que si los individuos son irracionales y ello hace que tomen decisiones equivocadas, incrementar sus posibilidades de elegir mediante subsidios y prestaciones públicas conlleva que tomen más decisiones equivocadas. Si además tenemos en cuenta que según los estudios empíricos los pobres padecen esas anomalías en una proporción mucho mayor que el resto de la población, las ayudas públicas actúan como un incentivo a actuar irracionalmente, condenando a los pobres a seguir siéndolo.

Tomemos la siguiente anomalía: la falta de auto-control. Se entiende que los individuos padecen esta anolomía cuando lamentan predeciblemente sus elecciones. Por ejemplo, cuando un fumador toma su dosis sabiendo, en cierto sentido, que luego va a lamentarlo, como si su preferencia inmediata chocara con una suerte de metapreferencia (el deseo de dejar el vicio), o como si un “yo corto-placista” estuviera en continua pugna con un “yo largo-placista”.

Esta anomalía explicaría que algunas chicas jóvenes tengan hijos no deseados fuera del matrimonio, lo cual reduce sus ingresos futuros, o que algunos individuos permanezcan desempleados. Dos adolescentes practicando sexo sin protección sería una muestra de falta de auto-control si están sobreestimando sus preferencias inmediatas a costa de despreciar el riesgo de unos costes elevados en el largo plazo (a costa, pues, de su suspuesta “metapreferencia” a no tener hijos en ese momento). Asimismo algunos individuos tienden a abandonar el empleo tan pronto como identifican algo que les desagrada, anteponiendo la satisfacción inmediata a su metapreferencia (encontrar trabajo): cada renuncia caprichosa les hace menos empleables.

Los estudios empíricos revelan que anomalías como la falta de auto-control están más presentes entre los pobres que en el resto de la población. Unos índices generales de inteligencia inferiores, determinados valores de clase baja transmitidos de generación en generación o las actitudes de la familia podrían explicar, según Beaulier y Caplan, esta diferencia. En dicho contexto, las ayudas a los pobres (incluso privadas) pueden incentivar sus “malos” comportamientos, saboteando sus posibilidades de salir de la pobreza. Prestaciones para las madres solteras con hijos o subsidios de paro incentivan que los jóvenes mantengan relaciones sexuales sin protección o que el paro infunda menos respeto y se busque trabajo con menos ahínco.

Los autores concluyen, sin embargo, que la tesis de su trabajo es simétrica: si incrementar las opciones de elección de los individuos por encima del nivel de mercado hace que se tomen más decisiones equivocadas, reducir las opciones de la elección por debajo del nivel de mercado tiene que ser beneficioso. Si los subsidios de desempleo incentivan la falta de auto-control y perjudican a los parados, las leyes que prohíben la vagancia la desincentivan y son beneficiosas, a pesar de ser anti-liberales. Si bien los autores no profundizan en esta cuestión, vale la pena apuntar por qué las enseñanzas de la economía del comportamiento no son simétricamente válidas para criticar el libre mercado.

Más allá de lo discutible de algunos presupuestos de la economía del comportamiento (como la primacía de las metapreferencias sobre las preferencias inmediatas), el hecho de que las personas se equivoquen decidiendo por culpa de sus anomalías no significa que el Estado pueda mejorar esas elecciones. En realidad, aunque teóricamente pudiera, nada nos garantiza que, una vez dotado del poder para interferir, vaya a hacerlo en la dirección que deseamos o que no vaya a desbordar el papel encomendado.

Las anomalías que afectan a las personas en general también afectan a los burócratas en particular. Un marco descentralizado y competitivo instituye los incentivos para controlar o corregir las anomalías que tienen resultados ineficientes, mientras que lo contrario ocurre en el caso de un monopolio público o agencia gubernamental, que no internaliza completamente los costes de sus errores.

Por otro lado, como señala Gary Becker, el derecho a equivocarse permite aprender de los errores, creando a la larga individuos competentes, independientes y que confían en sí mismos. Es el “proceso” de tomar decisiones lo que lleva a las personas a tomar mejores decisiones. Quizás llegar a ser una persona competente y responsable es una “meta-meta-preferencia” más importante que la metapreferencia de abandonar el tabaco.

En definitiva, la economía del comportamiento parece reforzar la conclusión de que las ayudas estatales incentivan los comportamientos que conducen a la gente a la pobreza, agravándola y perpetuándola. Incrementar las posibilidades de elección de los pobres por encima del nivel de mercado implica que los pobres no internalizarán los costes de los errores que son producto de esas anomalías (por ejemplo, la falta de auto-control), y que no tendrán incentivos para corregirlas. Pero reducir las posibilidades de elección de los pobres por debajo del nivel del mercado (mediante leyes contra la vagancia, por ejemplo), aparte de violar sus derechos y ser costosas para el contribuyente, mermaría su autonomía y su responsabilidad, creando personas dependientes, que no saben auto-disciplinarse y decidir por sí mismas, lo cual puede luego repercutir negativamente en muchas otras facetas de sus vidas.

132.000 razones para cesar a Regàs

Así pues, entre acusaciones al ministro de mirarla mal por ser mujer, que ya parece que el feminismo haya superado al nacionalismo entre la extrema izquierda como refugio último de los canallas y los incompetentes, no ha podido defenderse del motivo último de la pérdida de confianza del ministro Molina: seguir de vacaciones tras el robo de dos mapas incunables, ocurrido después de que Regàs tomara medidas para evitar que la Biblioteca pareciera "un recinto carcelario".

Aunque ese sea motivo más que suficiente para cesarla por incompetente, por poner la ideología buenista que tanto aprecia Zapatero por delante de su responsabilidad para con los fondos que tenía obligación de preservar, existían también razones relacionadas con Internet para haberla cesado hace mucho tiempo, por más que la Calvo, seguramente, ni siquiera sea capaz de deletrear correctamente el nombre de la red de redes. No obstante, no son las que detallaba Gabriel Albiac en su columna de La Razón el pasado viernes, cuando protestaba porque los fondos de la Biblioteca Nacional no estén ya disponibles en la web. El caso es que han comenzado ya a digitalizarlos, aunque sólo hayan completado parte de la hemeroteca, pues es cosa que lleva tiempo.

Cabría desear, eso sí, que en lugar de acometer diversos proyectos con muchas bibliotecas en los cuales debemos indagar, uno por uno, para localizar algo que luego seguramente no esté digitalizado, la Biblioteca Nacional debería aportar un interfaz único, consistente en algo que se ha convertido en parte del idioma de la web, en algo que no hace falta explicar: una simple y única caja de búsqueda. Así, entre otras cosas, se ahorraría sus complicadas instrucciones de búsqueda.

Además, debería considerar la apertura de sus contenidos a proyectos como Google Book Search o el Open Content Alliance de Yahoo!, que, dicho sea de paso, parece más bien parado. La web ofrece interfaces universales al conocimiento y a los libros; sería una sabia decisión que los contenidos conservados por nuestra Biblioteca Nacional pudieran accederse desde el lugar en que los internautas buscan lo que quieren encontrar. Que no es, con todos mis respetos, las anquilosadas web de vetustas bibliotecas. Ni siquiera se pueden buscar títulos de nuestro país en la European Library, que es una cosa estatal, de esas que molan a los socialistas de todos los partidos.

Pero ni siquiera ese es el defecto más significativo de la andadura de Regàs en lo que se refiere a las nuevas tecnologías; es sólo el más importante. No, lo más reseñable de su reinado sobre la Biblioteca ha sido el rediseño de la página web, asignado a dedo y que ha costado 132.000 euros del ala. Y todo para una auténtica porquería, que de aspecto parece una web del siglo pasado, y sobre cuya funcionalidad basta con dar un dato: su buscador está hecho con Google Custom Search, una utilidad gratuita de la empresa norteamericana cuya instalación en un sitio web puede llevarle, como mucho, una hora a un informático manco al que le duela la cabeza. También emplea el sistema de estadísticas del gigante de Internet que, sí, también es gratuito y aún más fácil de instalar. Lo sé bien porque una web mía utiliza ambos. Pero nadie ha cobrado 132.000 euros por ella. Es lo que tiene el dinero público, que no es de nadie, que diría la que nombró a Regàs. Hasta el mismo instante en que pasa a ser de alguien, claro.

Modelos culturales

En el año 1983 un ecologista radical, Carl Amery, portavoz  de Los Verdes en Alemania Occidental, aseguraba que en su partido aspiraban a un modelo cultural en el que matar un bosque fuera considerado algo más despreciable y más criminal que la venta de una niña de seis años en un burdel asiático.

Estoy convencido de que la mayoría de los ecologistas están lejos de compartir semejante criterio. El odio a la humanidad, al resto de la humanidad,  ya no es la principal divisa del movimiento ecologista. La liquidez de sus consignas se sostiene con anuncios menos impactantes; el mensaje ha perdido su misantropía radical, se ha diversificado o mejor dicho, se ha especializado. La humanidad ya no es culpable si no una víctima más en cuya mano está mejorar su suerte, siendo sus armas un consumo y un sufragio responsables. Aquél deberá ser sostenible, éste comprometido y ambos, por si quedaran dudas, progresistas. Mucho.

En este contexto, el que arrastra el mensaje ecoalarmista, me ha llamado la atención un estudio reciente llevado a cabo por el profesor Matthew C. Nisbet, de la American University, y el periodista Chris Mooney. A ambos debemos un acalorado debate en la blogosfera a propósito del papel que a la ciencia, a sus actores, los científicos, toca desempeñar si es que de verdad aspiran a cambiar el mundo. O algo así. Porque su propuesta para “estructurar [el mensaje] científico”, a falta de una traducción mejor, es básicamente eso:

Sin distorsionar la información científica relativa a temas muy disputados, los científicos deben aprender a “enmarcar” activamente dicha información para hacerla relevante a diferentes audiencias.

En suma, se trata de tomar posiciones en un debate científico empleando argumentos que potencien los prejuicios del público, convirtiendo, por más que Nisbet y Mooney lo disfracen, una controversia científica en una disputa ideológica. Como si no tuviéramos suficientes políticos de “raza”. 

Precisamente, el mejor ejemplo para urgir la construcción de este marco o mejor dicho su apuntalamiento, lo ofrece el estudio al que me refería anteriormente. Su protagonista, lo han adivinado, el cambio climático. Y es que las conclusiones del mismo no resultan nada alentadoras para sus autores, que, en este tema, no disimulan su opinión. Se trata de “una evaluación sistemática de las tendencias de la opinión pública sobre el cambio climático” realizada a partir del estudio de más de 70 encuestas ejecutadas por diferentes medios y organismos en los últimos 20 años.

Al parecer el estudio da la razón a quienes afirman, como recordaba Jeff Jacoby, que no todo esta zanjando sobre este tema. A la resistencia de los escépticos y su influencia sobre un público más preocupado por la hipoteca y por la educación de sus hijos que por las verdades incongruentes de Gore y compañía, se suma, a juicio de Nisbet, una comunicación todavía deficiente sobre la importancia del cambio climático y la trascendencia de su impacto. Por lo tanto, afirma, es necesario reactivar el debate si es que de verdad se pretende que un público concernido anime a unos políticos, demasiado preocupados con el corto plazo, a diseñar políticas que de verdad resulten efectivas ante la amenaza del calentamiento global.

Es cierto que en su puesta de largo en Science, Nisbet y Mooney, no se ciñen exclusivamente al Tema Por Excelencia, si no que se refieren también a la controversia sobre la enseñánza de la evolución y al uso de células madre embrionarias. Temas todos ellos que ponen, en general, a Republicanos y Demócratas frente a frente… lo que me parece francamente deshonesto. Nada tiene que ver, a mi juicio, el debate científico sobre el cambio climático, convertido en disputa moral por los Demócratas y los grupos de presión habituales, con el intento de hacer científica una controversia moral que nunca debió abandonar la intimidad de la conciencia de sus impulsores, me refiero, claro está, al resurgimiento académico del creacionismo. Tal vez de esta forma Nisbet y Mooney tratan de “enmarcar” su propio mensaje, empaquetando un consigna política para los que tienen claro sólo una parte del un discurso “científico” por el que decantarían su voto. Revel a esto, a esta técnica, le llamaría amalgamar. Y ya puestos, me quedo con su definición de ideología: una triple dispensa intelectual, práctica y moral; un modelo cultural con el que mirar a la realidad para negarla en no pocas ocasiones. Aunque, frente a esta visión peyorativa, le tengo que dar la razón a Robert Higgs cuando afirmaba que todo adulto sano, a menos que sea completamente apático políticamente, tiene una ideología.

En mi caso, no lo voy a negar, es un marco razonable y sentimental.

Manhattan

Tenía prácticamente todo lo que pudiera desear un transeúnte. Recuerdo los zumos sobre un manto de hielo. Había desde flores a la prensa del día, de todo a todas horas.

Si uno ha visitado la ciudad no puede pasarle desapercibido que hay miles de delis que, como este, abren todo el día o gran parte de él. Pero lo llamativo no es eso, sino que en cualquier manzana el viandante (es una ciudad para recorrerla a pie) verá que se suceden los portales y los comercios pequeños. No ya restaurantes y cafeterías, sino tiendas de todo tipo, no más grandes que las de cualquiera de nuestras ciudades, y que tienen horarios que se adaptan a las complejas necesidades de la gente. Allí hay libertad absoluta de horarios. ¿No debería estar la ciudad trufada de grandes centros comerciales? ¿No deberían los neoyorkinos conocer los pequeños comercios por los documentales del canal de historia?

Los delis compiten con los supermercados, hay grandes librerías junto a las pequeñas, papelerías de dos y tres plantas cabe a las más humildes y puestos callejeros sólo con los periódicos más comunes frente a kioskos que son el sueño de cualquier lector. Es más, para hacer la compra no hay ni que salir de casa. Yo tenía una cuenta FreshDirect, que me la traía a casa en el horario que más me conviniera, con una calidad notable y precios más que buenos. Y hay algún centro comercial. Con todo ello, Nueva York, en plena libertad de horarios, es el paraíso del pequeño comercio.

Se dirá que allí ese comercio de pequeña escala cuenta con una ventaja, frente al nuestro: un mercado laboral más libre y flexible, con horarios, también para los trabajadores, que se adaptan a su conveniencia. Y es verdad.

Cuando hay libertad para encontrarse con los clientes, el tamaño no importa.