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Europa se congela

En Viena se está discutiendo el Protocolo de Kyoto versión 2.0, es decir, el que pretenden que entre en vigor una vez acabado el actual en 2012 y que dure hasta el año 2020. Resulta que los representantes europeos son unos cachondos. No son capaces de cumplir el compromiso actual de reducir en un 8% las emisiones de CO2 con respecto a las de 1990 –a pesar del desaguisado económico que han montado con múltiples regulaciones absurdas y transformando el crecimiento industrial en un fuego de suma cero– y han decidido correr un tupido velo sobre la realidad para pedir reducciones de entre el 25 y el 40% para 2020.

Un día de estos se van a pasar de rosca. Un Protocolo cuyo coste económico es elevadísimo y su efecto sobre el clima casi imperceptible (una reducción de 0,07 grados centígrados para 2050) no pueden prolongarse indefinidamente. Y menos aún cuando quienes no son capaces de cumplir el primer paso exigen al resto sacrificios mucho mayores para obtener beneficios más que inciertos. Así que Rusia, Japón, Canadá y Nueva Zelanda han decidido hacer cuentas y ver si esta broma no está yendo demasiado lejos. Por lo pronto estos países han rechazado frontalmente esta propuesta europea por el “importante impacto negativo” que tendría sobre sus economías.

Además, por mucho que los medios europeos lo hayan escondido, la NASA corrigió en agosto su famosa serie histórica de temperaturas en EEUU según la cual 1998 era el año más caluroso del siglo. Esta serie del Instituto Goddard de la NASA sirvió en su momento para promover el alarmismo y el Protocolo de Kioto. Ahora resulta que el record de calor lo tiene 1934. Es curioso, pero por aquel entonces la producción de CO2 era muy reducida comparado con el periodo de postguerra. A lo mejor los ecologistas tienen que ir buscando otro cabeza de turco.

Para colmo de bienes, tanto los datos del Instituto Goddard como los de la universidad de Alabama-NASA indican que desde hace 6 años no ha habido calentamiento global; al menos en este planeta. Estas noticias llegan en un veranito en el que, al menos en Madrid y en Canarias, las temperaturas eran la mar de agradables. Y eso que los ecolojetas se hartaron a predecir a principios de año con total certeza que este iba a ser el verano más caluroso de los últimos 100. Claro que el año pasado también iba a ser el año con más huracanes de la historia reciente y resultó que se quedaron todos durmiendo en las aguas del océano. Vaya descaro el de la madre naturaleza. Si es que ya no respeta ni a Greenpeace.

Tampoco hay que descartar que estos países no se quieran comprometer a nada en vista de lo tortuoso que es el camino de Kyoto y de que George Bush ha convocado una reunión para finales de mes sobre cambio climático. El presidente norteamericano anunciará con toda probabilidad la propuesta de sistema impositivo para las emisiones de CO2 como alternativa al racionamiento con comercio de derechos de emisiones que tiene entrampado a sector industrial europeo. Un nuevo despropósito, pero sin duda menor que el de Kyoto.

Países como Rusia ya han recibido un montón de dinero por los derechos de emisión que les hemos comprados los que hemos hecho el primo así que es un buen momento para abandonar la farsa y unirse al carro de los impuestos al CO2; sobre todo si son bajos. Por otro lado, el primer ministro australiano acaba de anunciar el destino de otros 70 millones de dólares a desarrollos tecnológicos, investigación en fuentes de energía y conservación de bosques contra el calentamiento global. Los países del acuerdo Asia-Pacífico continúan con su alternativa a Kyoto confiando en el desarrollo tecnológico en vez del racionamiento defendido por la Unión Europea. Esta actitud realista y efectiva de los países del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico puede estar quitándole algunos apoyos al Protocolo de Kyoto.

Con todo lo que está lloviendo no me extraña que las organizaciones ecologistas se estén poniendo nerviosas. Y lo estarán más en el futuro. Tiempo al tiempo.

Sarkozy, necio intervencionista

Para el presidente francés "el euro tiene que estar al servicio de la economía", y ahora no es así, atribuyendo a la fortaleza del euro el escaso crecimiento de la economía francesa. "Hemos hecho la segunda moneda del mundo y somos los únicos que no nos servimos de ella"; "puede que el euro esté apreciado a su justo valor, pero el problema es la competencia de las otras monedas, que el dólar, el yen o el yuán no están a su valor".

Sarkozy es tan ignorante (o tan deshonesto) en cuestiones económicas que cree (como muchos otros) que la manipulación monetaria puede mejorar la economía de su país (seguramente no conoce la teoría de los ciclos económicos debidos al intervencionismo monetario y crediticio). Cree que existe un valor "justo" de una moneda fiduciaria estatal, y que si los demás países hacen trampa devaluando las suyas nosotros los europeos tenemos que hacer lo mismo: el euro no debe servir como depósito estable y fiable de valor sino ser usado como herramienta en guerras comerciales; así las empresas europeas parecerán competitivas sin serlo realmente, y perderemos poder adquisitivo pero estaremos felices exportando mucho e importando poco, como buenos mercantilistas.

El presidente francés pretende que los tipos de interés se establezcan debatiendo (y luego imponiéndolos políticamente, claro) en lugar de dejar que surjan libre y espontáneamente en el mercado mediante las interacciones de prestamistas y prestatarios según sus capacidades de ahorrar y sus preferencias temporales. Si un banco central es auténticamente independiente, lo que debatan los políticos ha de ser completamente irrelevante: justo lo contrario de lo que pretende este megalómano. Que además es tan necio que se queja de la inflación cuando propone bajar los tipos de interés (aunque no lo menciona es obvio que no pretende subirlos) y devaluar la moneda, lo cual producirá aún más inflación.

Sarkozy reclama que la UE se blinde ante la globalización para no ser su "víctima expiatoria". Pide a las autoridades europeas "una política económica y una política industrial" ("No me da miedo la expresión", insiste). Para que ésta sea posible, reclama "la preferencia comunitaria". Según él Europa está "condenada" si renuncia a defenderse "cuando todos los demás se protegen", si impone a las empresas reglas medioambientales "cuando los demás no imponen ninguna", y si sigue abierta a productos "fabricados gracias al trabajo de los niños o presos". Asegura que Europa es la "única región del mundo donde es imposible conducir políticas industriales, comerciales o de cambio", y que así será "la presa de los depredadores del mundo entero y la víctima expiatoria de una globalización" que hace felices a quienes no tienen escrúpulos en aprovecharla para sus intereses.

Entiende la globalización no como el comercio libre y voluntario entre individuos, sino como una guerra a muerte donde los demás son los malos: depredadores, sin escrúpulos, que se aprovechan de forma egoísta y que hacen trabajar a los niños (no pueden faltar en la demagogia de un gobernante que se precie); y nosotros somos los buenos ingenuos. Europa es mucho más proteccionista que otros países o zonas comerciales, y su letargo económico se debe a la interferencia política (esa que no le asusta, qué valiente) y las regulaciones absurdas y antiliberales, pero a los políticos les sale la mentira con descaro de forma natural. El socialismo a la europea, repleto de subvencionados, protegidos y parásitos varios, sí que lo tiene bastante crudo en un mundo competitivo que quiere trabajar, comerciar y prosperar; Europa sólo está en peligro si se empeña en seguir por este camino.

Ante tantas necedades quedan en muy poco sus otras intenciones de reformas económicas como la reducción del techo del IRPF, la supresión de tasas que gravan las horas extra, la flexibilización de las 35 horas semanales, la reducción del número de funcionarios y su reivindicación de la energía nuclear como garantía de la independencia energética de Francia. Porque además anuncia que desea "constituir un gran grupo de gas y electricidad que tenga dimensión europea y del que el Estado será accionista" con la fusión entre Gaz de France y Suez, aunque esta última sociedad "tiene que especializarse en la energía", aunque eso "corresponde decidirlo a los accionistas". ¿En qué quedamos? ¿Tiene que hacerlo o pueden decidirlo sus accionistas?

Más viñetas de Mahoma

La situación podría volver a repetirse. Un diario nórdico, este sueco, publicó el pasado julio una viñeta en la que se caricaturizaba a Mahoma como un perro.

El mal gusto del dibujo es más que evidente. Además las creencias religiosas tienen una impronta vital enorme para quienes las hacen suyas. Es lógico si la fe le lleva a lo trascendente, a lo que va más allá incluso de la propia persona. Si, como es el caso, se identifica a Dios como el creador de todas las cosas. Quien insulta unos sentimientos tan íntimos y tan poderosos es revelador de su calidad humana.

Nuestra cultura es, déjeme recordar el tópico, cierto aquí, de raigambre clásica y judeocristiana. De ambas fuentes hemos destilado algunas ideas que consideramos obvias pero que para otras culturas no lo son en absoluto. La creencia judía de que estamos hechos a semejanza de Dios explica la repugnancia al castigo físico y la tortura. El cristianismo introdujo la revolucionaria idea de que todos somos iguales ante el juicio moral de Dios, lo que ha dado lugar a la idea de la igual dignidad de la persona independientemente de su condición. El humanismo clásico ha servido de contrapeso a un teocentrismo excesivo. Uno a uno, estos elementos más otras circunstancias históricas han favorecido el alumbramiento de sociedades libres y complejas, que mantienen su ser pese a cada vez más le estamos dando la espalda a la propia cultura.

La cuestión es, aquí, que el cristianismo ha alentado esa sociedad abierta que lleva sus propios símbolos a las cloacas de la cultura. No se entienda como una crítica, sino todo lo contrario. No soy un experto en las culturas musulmanas, pero hay rasgos demasiado marcados como para que se le escapen al observador atento. Y uno de ellos es que no ha dado lugar a esa complejidad, a esa tolerancia que lleve a extremos indeseables, como el de esta viñeta, sin el peligro de que la llama del odio vuelva a prenderse. Hay enfrentamientos entre distintas formas de entender el mensaje de Mahoma, pero no han forzado el compromiso de tener que tolerarse, aunque sea a desgana; un paso que nosotros comenzamos a dar hace ya muchos siglos. A ellos les quedan unos cuantos, parece, para la tolerancia.

La mirada Chesterton

Ahora que por causa de las fallidas hipotecas subprime en USA, arrecia con brío la martingala antiglobalizadora y el mercado acumula denuestos, debería ser éste precisamente un momento de sentida convicción liberal. Ante la vacilación, el gran escritor inglés Gilbert Keith Chesterton afirmaba con claridad que "el escepticismo de nuestro tiempo no destruye realmente las creencias, más bien las crea; les da sus límites y su forma simple y desafiante. Los que somos liberales, antes tomábamos el liberalismo con ligereza, como algo evidentemente cierto. Ahora que ha sido discutido lo defenderemos ferozmente, como una fe".

No se pretende aquí adscribir a Chesterton (1874-1936) en el panteón de liberales ilustres, según conocemos, nada de eso; es más: el autor de Beaconsfield fue inspirador de una abstrusa teoría económica denominada distribucionismo, una especie de tercera vía entre el capitalismo y el socialismo, demasiado pegada a las encíclicas papales. En cualquier caso, no puede negarse en G.K.C. su condición de liberal decimonónico en sazón, su rechazo al socialismo fabiano y, quizá lo más relevante que comentar, ese factor exclusivo que convierte a genios de la literatura como él en profesores de energía que inspiran a multitud de personas en toda clase de circunstancias.

La clave de bóveda del pensamiento de Chesterton gravita sobre la paradoja, la cual "significa simplemente cierta alegría desafiante que pertenece a la creencia". Porque sin convencimiento, con cinismo, la naturaleza humana –según G.K.C.– perece. De este modo Chesterton puso en solfa a los nacionalismos, la vacuidad progresista y los grandes santones de la época: Bernard Shaw, Wells y demás deterministas. La obra de Chesterton es contemporánea; sus asuntos son nuestros asuntos. En Herejes, última obra publicada en España, disecciona, entre otros temas, el disimulo de los artistas, la conjura intelectual contra la Navidad, la docilidad de la prensa amarilla, los mitos de nación vieja y nación joven, la rigidez ecologista y otras supercherías.

Chesterton fue abanderado del héroe anónimo, el hombre y la mujer corriente que logran cosas formidables. Los tímidos son los verdaderos aventureros, los valientes prácticos; no los pequeños Césares ensalzados en las escuelas de negocios y que tienen mucho que perder. Allí donde un hombre es alguien, oponiéndose al statu quo, está desafiando todo lo demás, incluso la orgullosa humildad de los científicos. Recuérdese la reciente estulticia de Eduardo Punset (Redes, nº 477) afirmando que la vida de cualquier varón, tras ser progenitor a los 40 años, es mera redundancia. Como dice atinadamente G.K.C: "¿Qué tiene de bueno engendrar un hombre si antes no hemos resuelto qué tiene de bueno ser un hombre?"

El imponente Gilbert Keith se encontraba a gusto entre generalidades, entre leyes universales que hacen comprensible el mundo que vivimos. "¿Y de que sirve decirle a un hombre (o a un filosofo) que tiene todas las libertades salvo la libertad de hacer generalizaciones? Hacer generalizaciones es lo que hace de él un hombre". La visión panorámica permite, al fin, dominar el valle. La ausencia de reglas, de cualquier regla, la norma que dictamina que no hay normas, nos engrilleta; nos deja al albur de la próxima estupidez al uso.

Una nueva víctima de la conspiración machista

La echan de la Biblioteca por ser mujer. No por haber estado tocándose el incunable tres años seguidos, acusación que no se sostiene a la vista de los éxitos rutilantes de su gestión, entre los que ella misma destacó la organización de un concierto de hip-hop (¡la Virgen!) y el hecho de que a su primer ágape navideño acudieran setecientos progres gorrones en lugar de los doscientos habituales en años anteriores.

Pero no debe preocuparse la insigne escritora catalana, faro de la progresía española en su vertiente más radical. Una persona con sus conocimientos y su prestigio tiene ante sí un horizonte de posibilidades laborales de lo más variado. Permítasenos aportar alguna idea al respecto.

Cualquier cosa menos tomarse unas merecidas vacaciones después de estos tres años de actividad febril, en los que apenas ha tenido tiempo para insultar a la media España que no se resigna a progresar adecuadamente. El mundo está agonizando y sólo los intelectuales de izquierda pueden cambiarlo. Continúe en la brecha Doña Rosa. El futuro de la España plurinacional depende en gran parte de personas como usted.

Vuelve el canon

Lo que resulta realmente preocupante es mientras que la SGAE y demás sociedades de gestión sí conocen el contenido de la misma y lo están analizando, ninguna de las otras partes afectadas y activas en ese asunto han sido informadas. Por lo que se ve, ni el departamento de Molina ni el Ministerio de Industria consideran importante que las compañías afectadas o las organizaciones de usuarios de las tecnologías que se verán gravadas de esta manera sepan que va a ocurrir. De hecho, es posible que desde el Ejecutivo prefieran mantener a estos sectores en la ignorancia.

Tanto la Asociación Multisectorial de Empresas de Electrónica y Telecomunicaciones (ASIMELEC) como la Asociación de Internautas (AI) desconocían la propuesta del Ejecutivo cuando Molina hizo el anuncio. Mala señal. Que las entidades de gestión tengan varias semanas de ventaja para analizar el contenido antes de que llegue a quienes mantienen posturas contrarias a las de ellas demuestra una clara voluntad gubernamental de favorecer a quienes incrementan sus ingresos gracias al canon digital. Y la sospecha se incrementa cuando el pocas veces agradable Pedro Farré se felicita de que Molina "conozca tan bien este asunto y comprenda perfectamente su justificación".

Al menos una cosa consuela, que el mismo Farré se lamente de la existencia de una actitud "más comprensiva a sus demandas" (de ASIMELEC y, tal vez, de AI) por parte del Ministerio de Industria. De todos modos no debe de ser tan comprensiva cuando desde él no se han molestado tampoco en informar a la patronal tecnológica. En cualquier caso, esperemos que el departamento de Joan Clos ponga freno en algún punto a las intenciones de Molina. No sabemos todavía en qué consiste la propuesta gubernamental, pero el hecho de que sólo una de las partas haya sido informada resulta como poco sospechoso.

Otros datos nos hacen desconfiar. En su etapa como director del Instituto Cervantes, Molina firmó un convenio con CEDRO (una de las entidades que sacan tajada del canon) y destacó el "papel fundamental" de esta organización en la gestión de los derechos de autor. Por cierto, que otra entidad con la que firmó un convenio el Cervantes en la época del actual ministro de Cultura fue la SGAE. Por lo que vemos, el escritor metido a político mantiene desde hace tiempo buenas relaciones con aquellos que salen beneficiados del canon con el que se castiga a los consumidores de CD y otros soportes digitales.

Con un árbitro así nos podemos temer lo peor. Sería deseable que Molina recordara que su labor es gestionar cuidando de los intereses de todos los ciudadanos, no sólo de aquellos sectores a los que, como escritor y antiguo director del Círculo de Bellas Artes, está vinculado. Lo ocurrido hasta ahora apunta en sentido contrario. Esperemos que sepa rectificar.

La primitiva envidia

Hace unos meses llegó a mis manos una de esas típicas guías de hacer dinero que pueblan las estanterías de todas las librerías de los EEUU y que apenas se dejan ver en muchas homólogas europeas. Esto no es más que un reflejo de la importancia que otorgan los lectores de ambos continentes a los asuntos prácticos de la vida. Se trata de una guía muy útil sobre los conceptos básicos para tomar o comprender decisiones de inversión.

Las sencillas explicaciones de dicho libro se intercalan con gráficas, tablas de rigor y viñetas con algunos chistes. Una de ellas consistía en dos dibujos básicamente idénticos. En el primero (titulado Capitalismo) se ve a un ricachón llevado en descomunal limusina y observado por un peatón desde la acera acompañado por su pensamiento: "Algún día conseguiré uno de ésos". Le sigue una segunda viñeta (titulada Socialismo) en la que se ve a nuestro mismo peatón observando, mohíno, al ocupante del cochazo pero con este otro pensamiento: "Algún día se lo arrebataré".

Es obvio que en esta última viñeta la envidia ha entrado en juego. Una de las razones por la que pienso que el socialismo sigue gozando de una buena salud (pese al decepcionante balance que nos ofrece la experiencia histórica contrastada) es debido a que la envidia está muy arraigada en nuestras pautas mentales ancestrales y su presencia es tenaz.

Durante las larguísimas etapas de carestía que nuestros antepasados homínidos tuvieron que soportar –nolens volens– hasta que el raciocinio y la aparición de la civilización empezaron a liberarles de las ataduras de las sociedades primitivas, probablemente nuestro cerebro hubo de codificar evolutivamente un mecanismo mental que rechazase, a modo de supervivencia cohesionadora, toda manifestación de abundancia sin ser repartida de inmediato entre los miembros del clan.

Los enormes beneficios que nos proporcionan la moderna división del trabajo y del conocimiento en una sociedad abierta debe llevarnos, contraintuitivamente, al respeto de los derechos de los demás a sus mayores ganancias (cuando así lo permita el mercado en cada entorno y en cada momento). Los colectivistas de todos los partidos, cuando nos hablan de la deseable moral pública del repartir –coactivamente, por supuesto–, no se imaginan lo tribal que es este pensamiento y de cuán lejos viene esa cruzada.

El paradigma actual de la sociología y antropología (muy escorado hacia babor) está basado en un modelo de conducta humano en el que da por hecho que nuestro cerebro es una "tabula rasa" y que todo está relleno de cultura; por tanto, se podría (y debería) educar al ser humano para que tenga las conductas que planifiquen los ingenieros sociales.

Pues bien, las investigaciones de la psicología evolucionista (1,2,3,4) niegan este paradigma: existirían, por el contrario, unos mecanismos innatos de la mente humana adquiridos por evolución que serían genéricos para todos los seres humanos y que nos harían tener comportamientos básicos comunes y previsibles (una especie de meta-cultura) aunque modulados –puesto que no son determinantes– por nuestra cultura, educación y entorno.

Mises acertó al denunciar la envidia como uno de los mayores obstáculos para la existencia de una sociedad libre. Es más, sus razonamientos sobre la importancia de la acumulación del capital para la creación de riqueza, así como del lujo como catalizador de la emulación e innovación, todavía hoy son incomprendidos por muchos. Si viviéramos en una sociedad totalmente despoblada de ricos, es más que seguro que padeceríamos todos serias penurias: la envidia igualitaria y anuladora del mérito habría, sin duda alguna, generalizado la escasez. El buen observador que fue David Hume apuntó en sus ensayos políticos que "la riqueza de los miembros de mi comunidad contribuye a aumentar la mía, cualquiera que sea mi trabajo."

Aquellos poderes públicos que obliguen menos a sus ciudadanos a ser "solidarios" y les dejen más espacio libre para sus mutuos intercambios voluntarios y hagan menos campañas de "sensibilización" pública que incidan en ciertas tendencias atávicas de nuestro cerebro, permitirán el desarrollo de entramados interpersonales mucho más prósperos que aquellos otros coaccionados y adoctrinados desde el poder.

Somos seres civilizados y libres muy a nuestro pesar, a contracorriente de nuestros impulsos ancestrales repetidamente imitados desde mucho antes del Holoceno (era geológica que tuvo, por cierto, su propio cambio climático y que puso el germen de las primeras civilizaciones humanas en nuestro planeta).

Ordenándole qué hacer con su dinero

Pues que no sólo le están tomando el pelo sino que encima su poder adquisitivo se va a reducir.

Hay mucha gente a la que, cuando sucede lo mismo siendo burócratas los responsables y los ciudadanos las víctimas, les parece una cosa distinta. ¿No ha pensado nunca en la perversidad de los bancos centrales? Estas entidades paragubernamentales trabajan supuestamente para nuestro bien, pero cuando alguien cobra cantidades astronómicas de dinero proveniente de la extorsión gubernamental por "nuestro bien", ya deberíamos intuir que algo no irá bien.

Los bancos centrales, por nuestro bien, nos dictan cómo ha de ser nuestra economía y nuestro comportamiento económico diciéndonos cuándo hemos de ahorrar, cuándo hemos de gastar y cuando hemos de pasar penurias económicas. Hace lo mismo que el empresario del ejemplo anterior, pero se lo consentimos e incluso lo vemos necesario. Además, somos clientes cautivos de la moneda del banco central sin que tengamos opción alguna. En el caso del empresario hipócrita, al menos, siempre podemos cambiarnos de trabajo.

Cuando estos tecnócratas creen que ya no debemos ahorrar, imprimen dinero. Más concretamente amplían la oferta monetaria, ya que hoy día se usan sistemas más sofisticados que darle a la imprenta para hacernos vivir momentáneamente en una ilusión transitoria de riqueza. El nuevo dinero salido de la nada, alias "inflación crediticia", se expande por toda la economía aumentando el precio de los bienes y servicios de todos los escenarios productivos más que nuestras rentas, acentuando los ciclos y generando pérdidas totales en los sectores más expansivos, y por extensión, en nuestros bolsillos.

Aparte de los tecnicismos y la errónea filosofía intervencionista en la que se basa el regulador monetario, las decisiones finales no son producto de un razonamiento puramente técnico; como todo en el mundo de la política, son el resultado de presiones e intereses.

Miremos un poco atrás. Se produjeron situaciones similares a la de ahora y consiguientes bajadas de tipos de interés por sorpresa en 1991 y 1998. Entonces todo empezó en Estados Unidos también. En aquellos momentos la Reserva Federal no actuó por factores puramente técnicos, sino por presiones políticas, populistas y mediáticas. La consecuencia de esas acciones nos la encontramos, en parte, ahora. Si los bancos centrales vuelven a bajar tipos –aunque aún no lo hayan hecho siguen inyectando día a día liquidez al mercado, lo que es una medida totalmente contradictoria a sus posturas oficiales–, lo único que obtendremos será una crisis más fuerte en un futuro cercano. De hecho, la intervención de los bancos centrales en aquellos años produjo poco tiempo después derrumbes generalizados en todas las bolsas. El mercado tuvo que ajustar los estropicios que habían provocado los burócratas.

La política monetaria de los banqueros centrales no deja de ser otra muestra de mercado manipulado y economía dirigista donde todos los lobbies –como altos burócratas, políticos y grandes empresas demasiado amigas del Estado– presionan para favorecer sus propios intereses. Nada lo hacen por el bien común: eso es otro mito que aún arrastramos del siglo XX.

Los únicos responsables de la situación actual, así como de las crisis anteriores y la que van a venir, son los altos burócratas que han creado una falsa ilusión de riqueza allí donde la economía privada y las finanzas de los ciudadanos se han comportado de forma irresponsable. Esta situación de auges y crisis se va a seguir produciendo hasta que no se corte de raíz. No hay soluciones mágicas ni pragmáticas. El auténtico mal es la politización de la economía y el remedio es anular totalmente cualquier tipo de interferencia estatal o paraestatal.

La inmoralidad del proteccionismo

Cuando por diversos motivos bajan los precios de determinados bienes o servicios, se suelen oír voces que aconsejan proteger a los productores de los mismos. Asociaciones patronales se ponen en marcha para destacar la singularidad de su actividad, la situación especial por la que pasan y reivindican a la autoridad gubernamental la adopción de medidas extraordinarias que les permitan seguir obteniendo el beneficio que cosechaban hasta aquel entonces.

Una de las medidas extraordinarias que en ocasiones suelen demandarse es la adopción de normas que impida la entrada de productos extranjeros. Las excusas a las que suelen acogerse quienes piden este tipo de medidas son de lo más variado, pero al final siempre se basan en el mismo argumento, y es la inmoralidad de su forma de elaboración ya que sus costes son menores a los que tienen los productores nacionales. Suelen aducir que si sus costes son más bajos es porque tienen algún tipo de comportamiento anómalo y reprobable, ya que ellos no son capaces de igualarlos. Con frecuencia se señala a unos menores costes salariales como culpables de dicha situación, demonizando a los competidores extranjeros ya que “explotan” a sus trabajadores.

Tristemente, muchos miembros de la prensa y los llamados movimientos “sociales” suelen comulgar con estos argumentos, sin pensar en el daño que realmente están causando.

Si cualquier individuo realiza un análisis de su vida descubrirá que, a lo largo de la misma, debido a las distintas decisiones que ha ido tomando, se ha estado especializando en determinados conocimientos, lo que a su vez ha motivado el que tenga una mayor habilidad en ciertas áreas laborales y personales. Esto le da una ventaja competitiva frente a otras personas a la hora de desarrollarse laboralmente en dicho campo, y explica que al final esté trabajando en el área en que lo hace en la actualidad. Esta situación personal también se puede aplicar a determinadas áreas geográficas. Las condiciones naturales de determinadas regiones, conjuntamente con las inversiones realizadas por los habitantes de los mismos y las habilidades personales de sus ciudadanos, explican que determinadas regiones se hayan especializado en la producción de determinados bienes.

Todo esto motiva que en determinadas zonas geográficas se produzcan bienes con ciertas ventajas. En ciertas ocasiones lo determinante será las inversiones realizadas, en otras los costes salariales, en otras los conocimientos especializados de sus habitantes, y en la mayoría, una combinación de diversos factores.

Cuando se deja fluir libremente las mercancías de una zona a otra, los habitantes de ambas zonas se ven beneficiados ya que los habitantes de cada zona se especializan en realizar actividades para las que están especialmente cualificados, dejando de emplear su tiempo en aquellas en las que su rendimiento es menor. Como consecuencia de ello los costes disminuyen, y las funcionalidades de los bienes y servicios ofertados aumentan. El comprador adquiere un bien mejor de lo que lo hacía antes y a un precio inferior, y el vendedor dedica su tiempo a aquello a lo que está más cualificado, incrementando sus ventas y por tanto su beneficio.

El problema se plantea en aquellos vendedores que anteriormente producían bienes con una serie de características y que en la actualidad han dejado de ser percibidos como útiles por los compradores, ya que hay quien realiza dicha labor de manera más eficaz. Los productores cuyos bienes y servicios han dejado de gustar al público son los que demandan la intervención del Estado para proteger su antigua situación. No obstante, para volver a la que tenían antaño es necesario que los compradores paguen más por una serie de bienes y servicios de los que ahora pueden disfrutar por menor precio y que incluso tengan mejores características. A fin de retornar al pasado se suelen reclamar medidas de carácter arancelario e incluso a la prohibición absoluta de entrada en el mercado nacional de los bienes extranjeros.

Este tipo de medidas perjudica a todo el mundo, ya que de un lado, los compradores obtienen peores bienes a mayores precios. De otro lado los vendedores que producen aquellos bienes o servicios más demandados son penalizados por su eficacia, obteniendo menores beneficios e incluso teniendo que dedicar su tiempo a otra serie de actividades para la que están menos cualificados.

Pese a ello hay quien defiende este tipo de medidas a fin de proteger a los países y ciudadanos pobres, cuando lo que ocurre es lo opuesto, los únicos que se benefician de las medidas proteccionistas son las oligarquías más cercanas al poder político. En una situación de libre comercio el comprador ve aumentar su renta disponible para otros menesteres, ya que, como hemos visto, adquiere los bienes a menor precio. El vendedor por otro lado se dedica a las actividades que mayor beneficio le proporcionan, por lo que también ve incrementada su renta. No obstante, quien pide la adopción de medidas proteccionistas no sólo está impidiendo el desarrollo de estas personas, sino que intenta obtener un beneficio de una actividad en la que no es el más cualificado, apelando a la intervención gubernamental. A fin de poder reclamar estas medidas, el productor tiene que ser una persona o grupo con gran capacidad de movilización y grandes contactos en las distintas administraciones públicas, actividad para la que están especialmente preparadas las oligarquías locales de cada país, que no suelen ser las personas con menor renta.

Si los distintos movimientos sociales y políticos están preocupados por el bienestar de sus compatriotas y de las personas más pobres de otros países equivocan su diana al clamar contra el libre comercio, que es precisamente la herramienta que más puede contribuir al desarrollo humano.

La letra de cambio

El dinero cumple dos funciones esenciales: conservar el valor y servir como medio de cambio. Estas dos funciones provocan que sobre el dinero recaigan dos tipos de demandas distintas, lo que a su vez da lugar a dos instrumentos diferentes para canalizarlas: la letra de cambio y el bono.

La ciencia económica ha prestado bastante atención al estudio de los mercados de capitales, a los procesos de inversión, capitalización y surgimiento del tipo de interés. Sin embargo, salvo honrosos reductos, el análisis riguroso de las letras de cambio, la compensación y el tipo de descuento ha sido completamente desatendido.

La letra de cambio es un instrumento que permite la circulación de las mercancías compensando las distintas deudas y créditos que aparecen en un mercado. Su funcionamiento es sencillo: un individuo A vende sus mercancías a otro individuo B y recibe como contrapartida una letra que contenga un compromiso de pago futuro por parte de éste. El individuo que redacta la letra se conoce como librador, el deudor como librado (y si ha ratificado con su firma el compromiso que aparece en la letra como librado-aceptante) y el acreedor como tomador. Su origen parece estar en la fusión entre dos documentos: por un lado una factura que emitía el vendedor y que suscribía el comprador reflejando su compromiso a pagar y por otro una orden de pago que libraban los comerciantes a favor de sus colaboradores y contra sus banqueros para que estos proporcionaran a aquellos la moneda que necesitaban para adquirir mercancías en una plaza extranjera (de modo que evitaban transportar el oro a largas distancias).

Hasta aquí el funcionamiento podría parecer similar al de un crédito al consumo, sin embargo existe ya una primera diferencia esencial: el individuo B no adquiere las mercancías para su propio uso, sino para venderlas en un breve plazo a los consumidores. En otras palabras, cada letra que se libra no está respaldada por bienes tan ilíquidos como podría ser el patrimonio de B, sino por unas mercancías altamente demandadas por parte de los consumidores; esto es, por mercancías que con rapidez y certeza se convertirán en el bien más dinerable (por ejemplo en oro). Por lo que cabe concluir que las letras de cambio se encuentran entre los instrumentos más líquidos de una comunidad, casi a la par del bien reconocido oficialmente como dinero.

Si las letras no fueran de calidad, esto es, si se libraran contra bienes escasamente demandados o muy alejados de su maduración en bienes de consumo, si se utilizaran con la finalidad de obtener crédito (letras financieras) o si el librado no fuera una persona de reputada solvencia, asistiríamos a un arbitraje ilícito de los tipos de interés del que ya hablamos.

Por consiguiente, si se cumplen estos requisitos y las letras no se empeoran, gozarán de una liquidez elevada, que les permitirá "circular", es decir, pasar de unas manos a otras como medio para saldar las deudas que vayan surgiendo. Este proceso se conoce como "endoso" de la letra de cambio y permite tanto autofinanciar los últimos eslabones de un proceso productivo (circulación vertical) como regular la oferta de los bienes de consumo (circulación horizontal).

La autofinanciación de un proceso productivo constituye la finalidad original de la letra de cambio. La cadena de productores y distribuidores acepta las letras como pago por sus créditos y minimiza el movimiento de oro. Imaginemos el agricultor de trigo que vende a plazo de 30 días su mercancía al molinero (por 100 um) y éste a su vez enajena a plazo de 30 días la harina al panadero (por 120 um) que venderá el pan a los consumidores (por 140 um). El molinero librará una letra contra el panadero por importe de 120 um que vencerá al cabo de un mes (el plazo de 30 días que trata de aproximar el tiempo que el panadero necesita para hornear toda la harina, vender el pan y cobrar).

El valor presente de la letra vendrá determinado por el tipo de descuento; supongamos que puede descontar la letra en los mercados monetarios por 110 um. En este caso tiene dos opciones: o descontar la letra y pagar al agricultor al cabo de un mes con el oro obtenido o endosarle la letra al agricultor por 110 um. En este último caso, el agricultor pagará la diferencia entre la letra (110 um) y el valor presente de su deuda (por ejemplo 90 um), esto es, 20 um al molinero. Dicho de otro modo, mientras que el trigo madura en pan a lo largo del proceso productivo, la letra de cambio va madurando en oro.

Gracias a la letra, los movimientos de oro se han reducido. Sin la letra, todo el proceso productivo habría requerido de 360 um (100+120+140); con la letra 280 (140+120+20). El endoso de la letra ha permitido compensar el valor presente del crédito del molinero (110 um) con el valor presente de su deuda (90 um).Cuanto mayor sea el número de fases del proceso productivo, mayor será el ahorro del movimiento de oro que, a su vez, podrá dedicarse a la inversión en bienes de capital en lugar de a financiar la circulación de mercancías.

Pero además la letra también permite regular la oferta de los bienes de consumo manteniendo la rentabilidad de los distribuidores. Cuando la demanda se reduzca, la rentabilidad de ciertos productos (los menos demandados) caerá por debajo del descuento que puede lograrse a través de las letras de cambio, por lo que los distribuidores dejarán de encargarlos, reduciendo su oferta, para invertir sus saldos de caja en las letras de cambio. Del mismo modo, cuando la demanda se incremente, la rentabilidad de algunos de los productos no ofertados superará la de las letras de cambio, con lo que los distribuidores las venderán para invertir sus saldos de tesorería en encargar esos productos a los mayoristas. De este modo, los distribuidores compensan la menor rentabilidad estacional de su negocio con la mayor rentabilidad de anticipar el dinero a otros distribuidores mediante las letras de cambio.

A pesar de sus indudables ventajas, la letra de cambio ha sido denostada por la mayoría de economistas de todas las tendencias y épocas, desde David Ricardo, Henry Thorton o Lloyd Mints hasta Milton Friedman, Ludwig von Mises y numerosos austriacos actuales que defienden una reserva en oro del 100% para los depósitos bancarios (como Rothbard o Huerta de Soto). En su opinión el descuento de las letras reduciendo la cantidad de reservas ha de provocar necesariamente inflación.

El principal error que cometen todos los detractores de las letras de cambio es confundir las dos funciones del dinero: creen que las letras son instrumentos de crédito (como los bonos) cuando en realidad son instrumentos de compensación como hemos visto. No hay crédito implicado, porque las letras se emiten sobre bienes ya existentes y se utilizan para compensar deudas con créditos. Todo esto supone que los bancos pueden mantener en su cartera de activos una porción de letras de cambio; no es necesario que todo el dinero depositado se encuentre en forma de saldos de caja (reserva 100%), pero esto lo analizaremos en un próximo artículo.