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Que no, Google, que no hace falta regular Internet

El peligro que quieren evitar es que una compañía telefónica cualquiera pueda cobrar, por ejemplo, a Google a cambio de no poner sus datos como de baja prioridad, lo que haría que sus usuarios accedieran más lentamente a los servicios del gigante de Internet, o incluso llegar al extremo de impedir el acceso si la empresa californiana no paga.

Frente a ellos, quienes deseamos al Estado lo más lejos posible de Internet, de sus infraestructuras y, más en general, de todo, vemos este peligro como una posibilidad bastante remota. La competencia lo impide. En el caso hipotético de que a algún proveedor de acceso a Internet se le ocurriera hacer algo así, vería como sus clientes le abandonarían. Es cierto que mediante la exigencia de pagos a los grandes de Internet podrían sacar dinero, pero a costa de arriesgar su propio negocio. Pero ni siquiera hace falta estar de acuerdo con este razonamiento: basta con mirar los hechos. Y los hechos demuestran que el escenario apocalíptico de una Internet balcanizada no ha tenido lugar pese a la ausencia de regulación al respecto.

Durante el debate que está teniendo lugar, el regulador estadounidense de las telecomunicaciones (FCC) pidió que le enviaran documentación con casos en que las compañías que proveen banda ancha estuvieran discriminando entre unos datos y otros, que es lo que quieren prohibir quienes desean regular Internet. Se le enviaron 10.000, de los cuales casi todos son lo que se denomina "comentarios breves", muchos de ellos meros envíos de formularios desde las páginas que apoyan la regulación. De los 143 que quedan, sólo 66 tienen más de dos páginas y de éstos sólo 20 están a favor de regular más. Y ninguno de los 20 incluye lo que el FCC pedía: pruebas de que se esté haciendo algo malo que le obligue a regular. Es decir, que los temores con los que quieren asustarnos parecen tan fantásticos como el hombre del saco, más o menos.

En realidad, lo que quieren Google, Yahoo y demás es convertir la red en un servicio que sólo pueda diferenciarse por velocidad y precio; que sea indiferente qué compañía te lo ofrezca. Y lo que quieren los operadores norteamericanos de telecomunicaciones es poder diferenciarse entre sí, dar servicios de valor añadido. Y lo quieren hacer, entre otros caminos, cobrando más a cambio de que ciertos datos viajen más deprisa y con más fiabilidad por sus redes. Por el momento piensan en VoIP o vídeo en directo, dos aplicaciones que necesitan circular en tiempo real para que el usuario las disfrute a la perfección, pero cualquier aplicación que necesitara de esa priorización podría pagar para obtenerla.

Eso es lo que rompería la "neutralidad", según quienes apoyan la regulación. Sin embargo, es una queja similar a quienes protestan por la existencia de las autopistas radiales de pago; parece que tenga que estar prohibido pagar por tener un servicio mejor. Y la alternativa no son estupendas autopistas gratuitas de diez carriles, sino esa carretera atascada de toda la vida.

Ahora Google ha pedido, y parece que conseguido, que en la subasta de un fragmento del espectro organizada por la FCC para cuando tenga lugar el apagón analógico de las televisiones se garantice el acceso abierto, es decir, que las operadoras no puedan restringir con qué aparatos accedemos a él. Algo que está muy bien, pero que tiene un precio. Y es que si no pueden poner restricciones, de modo que tengamos que usar productos de la compañía "capados" para que no podamos hacer ciertas cosas, como VoIP, nos subirán el precio, porque así no hay quien rentabilice el acceso a ese fragmento del espectro cobrándonos por minuto de conversación.

El problema de quienes defendemos la libertad, en este como en otros casos, es que no defendemos un resultado concreto. Ignoro qué pueden llegar a hacer las compañías de telecomunicaciones tanto con ese espectro subastado como con sus propias redes si no se las regula, como tampoco lo saben, dicho sea de paso, ni Google ni Yahoo ni nadie. Lo único cierto es que habrá más opciones, mayor creatividad y más inversiones. No creo que sea muy descabellado pensar que terminaremos disponiendo de mejores servicios y más baratos en ese caso. Pero es difícil ofrecer a ese argumento contra quienes lo único que pretenden es congelar el status quo y prohibir la innovación en el mercado de las telecomunicaciones.

Manual del perfecto idiota

Hace más de una década que tres escritores latinoamericanos escribieron conjuntamente este manual al que alude el título de este comentario. Su repercusión fue grande al estar dirigido a sus conciudadanos americanos, pero podría perfectamente extenderse a todos nosotros (hay una edición posterior que abarcaba muy justamente también al idiota celtíbero).

El libro es una breve crítica en tono humorístico (a veces sarcástico) de aquellas ideologías que alimentan las mentes un tanto indolentes de topicazos izquierdistas, populistas, nacionalistas y demás supersticiones colectivistas, que persisten como si el comunismo no se hubiera desmoronado, como si todas las predicciones de Marx, del cepalismo, del sandinismo, del aprismo, de la teoría de la dependencia no hubieran chocado una y otra vez estrepitosamente contra la realidad y contra la teoría de la acción del hombre (praxeología).

El protagonista de este manual cree que quitando la riqueza a los ricos se conseguiría un mundo más justo, olvidando que las injusticias y distorsiones que crea el Estado al hacer de "nivelador" son mayores y mucho más graves que las que pretende resolver. Los resultados de dichas políticas llenas de "conciencia social" son siempre decepcionantes y fracasan en mayor o menor medida según el grado de intervención a que alcanza el poder sobre la sociedad civil. Son siempre tan predecibles…

El idiota es aquél que no ve que el problema es la propia estructura vampirizante del Estado y jamás desvanece en su esperanza de que el problema tan sólo se resolvería encontrando al político honesto, descubriendo al Robin Hood mesiánico al que espera sin desmayo. A veces cuando lo encuentra y el "mesías" acaba irremediablemente empobreciendo a la sociedad (y la gama abarca desde el fascismo de Perón al marxismo caribeño de Castro), la culpa es de sus enormes enemigos, nunca de las acciones del propio caudillo botarate.

Frente a la ausencia de instituciones sólidas, emerge la engañosa necesidad de un caudillo nacional. Ésta es una de las aportaciones políticas señeras del continente latinoamericano al mundo. Y también la desgracia del mismo. Ejemplos hay muchos: Vargas (Brasil), Velasco (Perú), Perón (Argentina), Arbenz (Guatemala), Torrijos (Panamá), Allende y luego Pinochet (Chile), Castro (Cuba) y un largo etcétera de caudillos que personifican o encarnan al Estado (hoy, Chávez, Evo, Correa…).

Se aterra el idiota sólo con pensar que la solución tal vez estaría en que el Estado se alejase de actividades que suele desempeñar mal y diera paso a la libre acción humana. Algo tan sencillo como eso no es visto por el querido protagonista descrito por los autores de este divertido manual. El problema, querido idiota, vienen a decirnos, no es el capital extranjero sino la falta del mismo.

Pero el ungido de utopías colectivistas o sociales no contrasta nunca sus ideas con los datos de la realidad. Sataniza a la empresa privada, a los flujos comerciales que vienen del primer mundo y, sobre todas las cosas, a los Estados Unidos, su juguete preferido. El país más próspero, vaya, es Chile, al ser el que menos se ha "latinoamericanizado" y el que más se ha internacionalizado y desregulado. Lo mismo vale para los pujantes tigres asiáticos (verdaderos contraejemplos de las fobias del idiota).

El idiota, por el contrario, cree sinceramente que la experiencia cubana es digna de admiración y que demasiado tiene con soportar y sobrevivir al vecino imperio (¿por qué las barreras a la libre circulación de personas son siempre para salir y nunca para entrar en el paraíso caribeño?). El idiota no lo ve así, piensa que la pobreza de Cuba es por el bloqueo decretado por los yanquis. ¿Acaso no se da cuenta que el bloqueo es sólo con Estados Unidos y que puede Cuba perfectamente comerciar con el resto del mundo mundial? Pero, qué contratiempo, la realidad nos dice que se comercia si se produce previamente para que se tenga algo que intercambiar…

América Latina no es un continente pobre, sino que lo han empobrecido políticas de toda laya del sempiterno Estado que interviene decididamente o ampara a empresas oligárquicas o clientelares que desconocen la competencia y el libre mercado; el único que les gusta es el mercado cautivo (su corral). El idiota es el que confunde el liberalismo con esa pantomima de capitalismo al que llama neoliberalismo.

El idiota cree en el activismo monetario como "dinamizador" de la economía y piensa que está obsoleto defender una moneda sana; sin importarle para nada su envilecimiento.

El manual también reserva un interesante capítulo a la teología de la liberación, por su falsa asimilación del socialismo con el cristianismo. Los teólogos de la "liberación" no quieren que la Iglesia tenga un mero papel de guía espiritual, sino que reclaman un papel (un poder) político en nombre de los pobres. Esta teocracia que santifica (o, al menos, justifica) la revolución en poco se diferenciaría de la de los fundamentalistas islámicos; tan sólo cambiarían de métodos y referencias bibliográficas.

Al final encontramos en este manual acertados comentarios de los diez libros más leídos en América Latina y que más han hecho por divulgar este tipo de supersticiones colectivistas que creen estar en la vanguardia social, cuando la verdad es que son retaguardia y de la peor. La guinda: las citas finales de personajes ilustres que difunden la idiotez. De Latinoamérica viene también un eficaz antídoto frente a esta batería de ilusiones ideológicas: el magnífico ensayo Del buen salvaje al buen revolucionario (1,2) del añorado Carlos Rangel del que este manual es deudor.

Esta progresía lanza furibundos ataques contra la masificación de los bienes, la apertura comercial, las innovaciones técnicas, la popularización del capitalismo, contra, en suma, el verdadero progreso. En cambio todo son parabienes con respecto a políticas igualitarias y humanitarias, a tutelas de la riqueza nacional y a las dádivas públicas, donde el más rico es siempre el gobierno.

En este cuento, me temo, el único que progresa es el idiota.

FG y CK

Lo único que ha evolucionado ha sido el tipo de sustancias administradas, que ahora permiten un mayor rendimiento sobre la bicicleta que el que permitía una simple dosis extra de cafeína.

El ciclismo profesional es una dura competición, hasta el límite de la resistencia humana, y si la mayoría aprovecha los avances médicos para ampliar esa frontera, los demás sólo pueden optar entre doparse también o quedar condenados a ganar dos o tres carreras de aficionados al año. Y con eso no se gana para vivir en exclusiva de este deporte.

La hipocresía de los medios de comunicación y de los dirigentes del ciclismo es, en este caso, proverbial. Cuando algún corredor da positivo en un control, lo crucifican por manchar el buen nombre del ciclismo, que, según nos cuentan, es ajeno a esas prácticas en su mayoría. Ya, ya. En realidad, como todo el mundo sabe, estos casos revelan únicamente la impericia de los servicios médicos del equipo al que pertenece el ciclista, incapaces de modular la administración del combinado dopante para que no aparezca en los análisis. Porque lo difícil no es adquirir este tipo de sustancias en el mercado más o menos negro, sino alcanzar el virtuosismo de proporcionarlas sin rebasar el límite de los reactivos de laboratorio que las detectan.

Lo más siniestro de todo este asunto es que el coqueteo con el doping comienza ya en las categorías tempranas, y, por supuesto, no sólo en el ciclismo. Cualquier deporte aeróbico que necesite el concurso de una gran fuerza y resistencia es candidato a que sus participantes intenten sacar ventaja ilegítima con estas sustancias. Yo he visto a deportistas de la categoría cadete con un maxilar inferior absolutamente desproporcionado, lo que indica que, además de los bocatas de morcilla de su mamá, los chavales se meten entre pecho y espalda más cositas. No sé si con el conocimiento paterno, lo que me parecería ya el colmo de la degeneración, pero lo que es evidente es que un chico de 14 años no tiene acceso a ciertos productos si no hay alguien dentro de ese mundo que se los facilite.

Y volvemos a lo mismo: si un grupo reducido de chavales prometedores empieza a jugar sucio, los demás tienen que seguir la estela para llegar algún día a profesionales, y en este juego cada cual arriesga lo que quiere, o lo que su organismo le permite.

Lo peor de todo es que no parece que la situación vaya a cambiar a corto plazo. Ya pueden sancionar a corredores de elite, despojarles de sus maillots de ganadores y expulsarlos de la competición: al año siguiente vuelve a ocurrir lo mismo.

La organización del Tour, por cierto, pulveriza continuamente todas las marcas de incongruencia. Por una parte hace firmar a los corredores un documento en el que acreditan estar limpios… y a continuación les pone a correr una carrera aún más dura que el año anterior. ¿Alguien cree de verdad que un ser humano, por más entrenado que esté, puede hacer una etapa de 200 kilómetros con cinco puertos rompepiernas y, veinticuatro horas después, otra de 250 en llano a una media de 40 km/h? ¿Saben ustedes lo que es rodar a esa velocidad durante cinco horas seguidas? Y eso después de dos semanas de esfuerzo brutal continuado, subiendo y bajando montañas.

No nos engañemos. Los ciclistas son aquí las víctimas. Sometidos a un estado de cosas que no han elegido, se ven obligados a participar en la estafa si quieren sobrevivir económicamente, a veces a costa de su propia vida.

Ninguna prohibición legal va a impedir que los más pillos se aprovechen de las ventajas de consumir este tipo de sustancias. Lo único sensato, por tanto, es abandonar la hipocresía de la limpieza de un deporte que es cualquier cosa menos limpio y dejar a cada cual que ejerza su responsabilidad individual metiéndose lo que estime oportuno. Los adalides de la honestidad deportiva se sentirán escandalizados, pero, amigos, el deporte de alta competición dejó hace mucho tiempo de ser una afición sana de gente amateur. Justo desde que se profesionalizó y empezó a mover ingentes montañas de dinero.

Esto ya no es deporte, sino espectáculo. Y como todos los espectáculos, tiene que ofrecer continuamente nuevos alicientes, para que el público siga acudiendo en masa a contemplar a sus héroes. Las prohibiciones y los fingimientos, como si todavía estuviéramos en los tiempos del Barón de Coubertin, sólo conducen a que las escenas bochornosas, como las del Tour de este año, se sigan repitiendo una y otra vez. La racionalidad se acabará imponiendo algún día, y si no, cada uno será responsable de lo que haga con su cuerpo. Lo demás es engañar a todos, empezando por el espectador.

Yonquis sobre ruedas

Cuando Perón llegó a la presidencia de uno de los diez países con mayor renta per cápita del mundo, comenzó a impartir recetas para la pobreza. Algún asesor le preguntó "¿Cómo vamos a pagar todo esto?". "¿Bromea?", respondió el presidente. "Argentina es rica".

CK, como le llaman los periódicos de allí, ha pasado por España en una gira triunfal, en la que ha ido respondiendo a FG cumplidamente. Por ejemplo, alguien le acusó de estar dispuesta a "aumentar las tarifas en la medida de lo razonable", cabe pensar que hasta hacer las inversiones españolas en infraestructuras un negocio rentable. Ante tal imputación, según un diario argentino, fuentes de la delegación argentina aclararon que "Cristina nunca mencionó la palabra razonable".

Claro que no. Es más, ante la sugerencia de los empresarios españoles de que debiera haber "un marco más estable" para "seguir desarrollando inversiones", la Kirchner no pudo ser más clara: "Ustedes tienen que dar respuesta a sus accionistas, nosotros a la sociedad". Es decir, que el respeto a los principios económicos depende de las encuestas.

Ahora bien, no es que los inversores no puedan hacer absolutamente nada. CK les ha prometido la posibilidad de un "diálogo directo", siempre que éstos acepten un compromiso de "hermetismo". ¿Será el tradicional hermetismo suizo lo que pide CK?

El peronismo, ha aclarado CK, consiste en categorías políticas diferentes de las europeas, más allá de la superación del liberalismo y el socialismo. Imagino que la clave del peronismo es el hermetismo que pedía a los empresarios españoles.

Argentina está volviendo a crecer a buen ritmo. Tiene una población con mucho capital humano y en las condiciones adecuadas puede progresar mucho. Pero si es cierto que necesita "un marco más estable", también lo es que tiene que algo más que una sala de reuniones.

El trujillazo

Con la legitimidad de que, como todo "es p’al pueblo" y ellos son sus representantes, nada malo podía haber en ello. Con constancia y con impunidad. "Justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo", decía Ulpiniano. Y el socialismo es la constante y perpetua voluntad de quitárselo.

Junto con ostentóreo, el neologismo más genial de la democracia, o lo que sea, es corrupsoe, que se podía leer en cualquier rincón de España. La corrupción es un arte, y bien es sabido que éste no germina en cualquier jardín. Necesita un buen abono, y el de la corrupción es el poder arbitrario. Imponer, prohibir, gravar, condicionar… todo lo que quepa hacer desde el poder sin tener que dar cuenta de por qué se toma una decisión y no la contraria. Como comentó, años ha, un grueso promotor inmobiliario en una comida con funcionarios del ramo, a la que asistí: "Si decides que un terreno mío es urbanizable, me hago de oro; si decides que es para parques y jardines, me arruino". La lógica era implacable.

Arbitrariedad y poder. Un funcionario que decide que lo que puede llegar a valer 100 no permitirá que valga más de 20. Todo por el bien común, el desarrollo sostenible, los jóvenes, y el calentamiento global, que justificaciones difusas para meter mano en lo ajeno nunca fallan. A no ser, claro, que el funcionario abra la mano, permita que afloren los otros 80, y de paso se quede con una parte. Así funciona todo.

Como el mercado del suelo en España. Y así seguirá funcionando, pero peor; mucho peor. Porque la nueva Ley del Suelo, que comenzó su vigencia este julio que no ha sabido del calentamiento global, es el colmo de la combinación de poder y arbitrariedad. El sumun del socialismo. La panacea de la corrupción. La repera.

Porque ahora, con la nueva ley, puede llegar el probo funcionario de turno y expropiártela por dos duros. Lo del justiprecio siempre fue una coña marinera, porque el único precio justo es el del mercado, el que acuerdan dos partes sin otra condición que poner en común sus santas voluntades. Pero ahora es un sarcasmo brutal e hiriente. ¿Justiprecio? Me lo llevo por lo que puede valer su uso actual, y no me hable usted de futuro, que a largo plazo todos calvos, dice el probo funcionario. Que todos tienen derecho a tener su santa voluntad, aunque seas un humilde concejal de urbanismo.

El trujillazo que nos ha colado Zapatero va a llevar a España a la alianza de civilizaciones entre los funcionarios bizcochables y los halcones de los consistorios. La comisión será materia de estudio en Educación para la ciudadanía. Los concejales llevarán a Trujillo a los altares y se encomendarán a Nuestra Señora de la Comisión Perpetua. Que Dios les pille confesados.

El mercado libre es el único desarrollo sostenible posible

Según el popular informe Brundtland, de 1987, el desarrollo sostenible es el que "satisface las necesidades del presente sin comprometer las posibilidades de las generaciones del futuro de satisfacer las suyas". Suena muy bien, pero la misma definición es absurda, porque no quiere decir nada. El concepto de necesidad es completamente subjetivo, de modo que resulta imposible evaluar qué son las necesidades del presente y mucho menos aún las del futuro. Además, las necesidades humanas son infinitas, de modo que es imposible satisfacerlas, ni ahora ni en el futuro. Pero es que incluso el concepto de "comprometer" no pertenece a la lógica simple, de síes y noes. Todo compromete algo del futuro en cierto grado. ¿Dónde se pone el umbral?

Quizá haya sido esa indefinición lo que lo ha hecho popular. Cualquier político o comentarista puede mostrarle su adhesión sin que se le pueda echar nada en cara. Y los ecologistas pueden emplearlo para incluir en él sus mantras preferidos, sin que nadie pueda reprochárselo. La interpretación más dura del concepto implicaría la obligación de preservar los recursos naturales, usándolos sólo al mismo ritmo en que se regeneran, y eso sólo los que lo hacen. Como eso es impracticable y nadie les haría caso, han pasado a una concepción más suave, que admite el consumo de recursos sólo hasta el punto en que el bienestar humano no decaiga. Crecimiento cero, en suma, sería la traducción del concepto de "desarrollo sostenible". En palabras del informe Stern, "las generaciones futuras deberían tener derecho a un estándar de vida que no sea menor que el actual". Que no sea menor, ojo, no que sea mayor. De modo que, si todo consumo de recursos pone en riesgo el bienestar de los futuros habitantes del planeta, debe consumirse sólo lo necesario para quedarnos como estamos, para que éstos tengan un nivel de vida equivalente al nuestro. Los africanos, también. Y si son pobres, que se jodan. Que hubieran nacido antes de que se hiciera popular el ecologismo.

Otro problema es que ni siquiera esta última acepción tiene alguna lógica. Por ejemplo, en 1970 disponíamos de unas reservas conocidas de 1.170 millones de toneladas métricas de aluminio. Entre ese año y 1999 consumimos 430 millones. Un partidario del crecimiento cero nos diría inmediatamente: "¿Veis? Por vuestra culpa las generaciones futuras no dispondrán de suficiente aluminio para sus necesidades. ¡A la hoguera!" Sin embargo, lo cierto es que para 1999 las reservas conocidas de aluminio eran de unos 34.000 millones de toneladas métricas. ¿En qué hemos perjudicado, por tanto, a nuestros nietos? Como ven, si algo se puede decir del desarrollo sostenible es que no se sostiene por ningún lado. Y sí, ya sé que es un chiste fácil, no hace falta que me lo digan.

En realidad, la base sobre la que se asienta cualquier formulación de desarrollo sostenible es la costumbre, muy humana pero ridículamente errónea, de intentar adivinar el futuro viéndolo como una mera continuación de las tendencias del presente, sin considerar los posibles cambios radicales que con toda seguridad tendrán lugar. Es normal que hagamos eso, precisamente porque somos incapaces de predecir esas variaciones que se salen de lo acostumbrado. Pero nos lleva a conclusiones ridículas y arrogantes, como pretender saber qué necesidades tendrán los hombres del mañana y qué recursos necesitarán para satisfacerlas.

En realidad, lo único que podemos hacer por las generaciones del mañana es dejarlas en la mejor posición posible para que ellas mismas puedan seguir su propio camino. Y para cumplir con ese objetivo lo mejor es crecer a la mayor velocidad posible, pues toda nueva riqueza se crea a partir de la riqueza ya existente. De ese modo, nuestros nietos dispondrán de muchas más opciones que nosotros. Ese es el único desarrollo sostenible que, en realidad, responde con lógica a la definición del informe Brundtland, pues no requiere que se establezcan objetivamente necesidades subjetivas ni que se precise lo que se entiende por comprometer, pues es precisamente la satisfacción de las necesidades presentes la que deja en una posición inmejorable a las generaciones futuras para satisfacer las suyas. Y la única herramienta que nos puede permitir alcanzarlo es, como ha demostrado tanto la teoría como la historia, ese mercado libre que los teóricos ecologistas quieren suprimir.

Internet se ríe del fiscal general

Pero el secuestro de la publicación, ordenado por el juez Del Olmo a instancias del fiscal general, no sólo es indefendible si se valora la libertad de expresión como un elemento fundamental de nuestra vida y del sistema democrático. Además es inútil.

Más allá del objetivo final perseguido por Cándido Conde Pumpido, no creemos que sea tan obtuso como para no entender que esta medida a quien más ha dañado es a la institución monárquica a la que se supone que buscaba defender. El secuestro de una publicación es inútil en la época de la Red.

Es difícil calcular la cantidad de españoles y extranjeros que han visto la portada de marras sin tener que adquirir un ejemplar. Posiblemente sean millones, debido a la rápida reproducción de la misma en cientos de webs de todo tipo, desde ediciones digitales de periódicos como El Mundo hasta decenas de bitácoras. ¿Acaso ordenará el juez el secuestro de Internet a instancias de Cándido Conde Pumpido? Es simplemente imposible.

Da igual que la Audiencia Nacional haya ordenado a El Jueves retirar la citada portada de su página en Internet y que la publicación haya procedido a hacerlo. Ya estaba en muchos otros sitios web. ¿Piensan ir detrás de todos y cada uno de ellos? Además de hacer el ridículo, terminarían por rendirse viendo lo inútil de su afán. Pero no sólo eso, quien tenga interés en comprar el número secuestrado y no consiguiera llegar al quiosco antes de que se agotara o la Policía hiciera acto de presencia, siempre puede comprarlo online. Basta por pasearse por eBay para ver que se puede adquirir directamente o incluso como "regalo" que acompaña a un lápiz usado.

Cientos, tal vez miles de internautas se están riendo en la cara de Conde Pumpido y Del Olmo. Cada vez que alguien reproduce en la Red la portada en cuestión o pone a la venta un ejemplar de la revista, deja en entredicho el secuestro de publicaciones como método eficaz para difundir la difusión de unos contenidos concretos. Ya no se trata tan sólo de una medida liberticida que no debería existir en nuestra legislación, es que además su inutilidad absoluta ha quedado demostrada.

A través de Internet los ciudadanos pueden burlar una medida contemplada por una legislación a todas luces contraria a los valores que se supone deben guiar una sociedad libre. Y lo han hecho. Gracias a la Red la libertad ha triunfado, pese a quien pese.

Lo que no queremos

La basura forma parte de nuestra actividad económica. Consiste en bienes que han perdido esa cualidad, bien porque ya no sirven ningún fin, bien porque incluso nos causan daño o simplemente ocupan el espacio que queremos para otros bienes. Los bienes que ya no nos valen son candidatos a entrar en la categoría de basura. Pero también otros que han perdido sus cualidades (comida en mal estado) o que formaban parte de lo que deseamos y hemos logrado desecharlo, o que jugaba un papel en el proceso productivo, pero una vez cumplida su misión deja de ser un bien para convertirse en un estorbo.

Puesto que el desecho, o la basura, es consustancial a la producción y el consumo, ha formado parte de la experiencia humana desde siempre. Y nos hemos enfrentado a ella acumulándola donde menos molestara, destruyéndola (por incineración) y reciclándola. En los últimos siglos se han observado dos tendencias ligadas al desarrollo económico. La primera es un incremento, que ha ido paralelo tanto a la producción como al consumo. La segunda es una mayor eficacia en la producción del desecho, es decir, la reducción de la cantidad de basura por unidad de producto. Los ecologistas sólo ven lo primero, porque para ellos la basura es la vida, y sólo conciben como solución reducir drásticamente la producción y el consumo o reciclar.

Tanto el consumidor como el productor son dueños de la basura que crean y tienen derecho a acumularla, destruirla o reciclarla, para alejar lo que no quieren de su propiedad. En una sociedad libre, uno tendría que asumir los costes de crearla. Si quisiera deshacerse de ella, tendría que llevarla a un lugar aún no ocupado o bien llegar a un acuerdo con el dueño de otro terreno. Como en cualquier otro aspecto de la colaboración social por medio del mercado, las personas tenderán a dividir el trabajo, permitiendo que unas empresas se especialicen en la recogida, tratamiento y almacenamiento del desecho.

Tanto en la producción como en el consumo, los agentes asumirían todos los costes asociados a crear basura, por lo que tienen un claro incentivo para reducirla. Si guardan ellos mismos la basura, tendrán en cuenta el coste de acumularla, y si recurren a una empresa el de su contratación. Este incentivo se trasladará a las empresas, que buscarán la manera en que la creación de basura sea menor, sin por ello tener que renunciar a una producción valiosa.

Aunque no vivamos en una sociedad perfectamente libre, estas tendencias se han producido en consonancia con lo que mantenemos de propiedad y libertad. Por ejemplo, el tráfico de basura hace que las corrientes de basura y dinero vayan en la misma dirección, lo que muestra que la división del trabajo en la recogida y almacenamiento de basuras funciona eficazmente. Hay empresas privadas que aportan valor con el reciclaje de basuras. La industria es cada vez más eficaz en la producción de basuras. En los últimos 25 años, según un experto, "el peso de los paquetes individuales se ha reducido en medidas que van desde el 30 por ciento (en las botellas de refrescos de 2 litros) al 70 por ciento (en las bolsas del supermercado y las de basura). Incluso las latas de aluminio pesan un 40 por ciento de lo que pesaban".

En una sociedad con calles y espacios públicos, eso puede generar un problema, ya que se acumula en lugares de uso común. Para solucionar el problema todavía se puede recurrir a la empresa privada, pero por la cuestión del free rider en espacios públicos, más la irrefrenable inclinación de los servicios públicos de ocupar la esfera privada, ha ido cayendo en manos municipales, principalmente. Pero no es el único camino para resolver la necesidad de gestionar las basuras, y tampoco es el mejor.

¿Quién nos defiende del interés general?

Miremos la vivienda. También es de interés general porque nos afecta a todos. Esta razón llevó a Zapatero a crear un Ministerio de Vivienda. La mayor proeza de los sesudos burócratas al problema de la vivienda fue crear una web que costó 400.000 euros y regalar 10.000 pares de zapatillas que nos costaron 70.000 euros. ¿Qué le hace pensar que si el Gobierno empieza a responsabilizarse de cualquier otra cosa, como un recurso natural o Enagás, no se comportará igual?

La razón por la cual el proceder de los políticos es más parecido al de un orangután borracho que al de una persona prudente se debe a que las consecuencias de sus acciones no les afectan a ellos mismos. Somos nosotros, y no los políticos, quienes sufrimos y pagamos sus errores. Los políticos, también, no deben rendir explicaciones a nadie, esto es, no tienen responsabilidad alguna de sus actos.

Esta semana lo hemos vuelto a ver con el bochornoso apagón de Barcelona. Miquel Iceta, portavoz del PSC, ya ha encontrado un chivo expiatorio al desastre: Manuel Pizarro, presidente de Endesa. Tal y como lo enfoca el portavoz socialista, parece ser que Pizarro, en una rabieta, fue a Barcelona y cortó con sus manos y dientes el cable de alta tensión que produjo el apagón.

Pero, ¿no tomó el Estado el control de este sector para que no pasaran estas cosas? El responsable de esta situación no es más que el Gobierno que mantienen el sector de la energía hiperregulado y esto provoca que las empresas sean incapaces de adaptarse a los cambios de la sociedad, estén totalmente cerradas a la innovación y la competencia sea inexistente. Dicho de otra forma, las empresas no trabajan para sus clientes, que sería lo lógico, sino que trabajan para las exigencias del Gobierno: el autoproclamado proveedor moral del interés general.

Si el Gobierno es el interés general y falla, como suele ocurrir, ¿cómo pedimos responsabilidades al interés general, es decir, al Estado? Si el interés general, además, mantiene el monopolio de la fuerza y está en la cúspide del poder, ¿quién nos protege de él si nadie lo controla? Y si el interés general está compuesto por individuos que responden a los mismos principios económicos que el resto de seres humanos, maximizar su utilidad, pero que ven en el dramático arte del sometimiento ajeno, la política, un camino fácil para conseguir dinero, fama y prestigio ¿por qué vamos a pensar que se comportarán como ángeles? Evidentemente, la solución a cualquier problema no pasa por dar más poder a los políticos. Eso sería como apagar un fuego echándole gasolina.

En realidad, la respuesta correcta es la libre elección. El monopolio del Gobierno, en cambio, es servidumbre. La libre elección nos permite que podamos ir a buscar nuestro bienestar material a otro lado cuando alguien nos falla y sepamos contra quién actuar en caso de incumplimiento de contrato. ¿Usted ha firmado algún contrato de servicio o calidad con el Gobierno? No, de él sólo tiene un montón de promesas incumplidas. Y es que si una empresa se comporta negligentemente, cierra. Si el Gobierno se comporta negligentemente crece, sube los impuestos, subvenciona a los más ineptos y culpa a las empresas, trabajadores, consumidores y ciudadanos de tal situación. Esta vez le tocó a Pizarro en primera persona, que al parecer dedica el poco tiempo en que no está vigilado por el CNI a cortar cables de alta tensión por toda España.

La libre elección sólo se puede conseguir dejando que cada cuál sea responsable de lo que hace y lo que vende. Se consigue aboliendo a los dictadores de la producción y auto proclamados soberanos del mercado. Se consigue dejando a la gente elegir quién se va y quién se queda sin que sea potestad de uno sólo, ya quiera llamarse Estado o interés general.

Guerra y paz: razones de Estado

El tema de la guerra, desafortunadamente, vuelve a estar de moda. La posible retirada de las tropas americanas de Irak, la amenaza de Irán, el envío de tropas españolas (de paz, claro) a Afganistán o al Líbano o la necesidad o no de mandar ayuda a Darfur son cuestiones que ponen una y otra vez el tema encima de la mesa.

No es un problema sencillo y no está de más la reflexión. La primera que se me ocurre es que es imprescindible tratar estos temas con el mayor de los escrúpulos. Por ejemplo, si consideramos que el islam nos ha amenazado explícitamente, todos los países islámicos y todas las personas islámicas son una amenaza real para nuestra integridad. Pero ¿es cierto que todo musulmán desea invadirnos? ¿Una amenaza proferida por el líder de un grupo terrorista debe suponerse avalada por toda la población? En ese caso, ¿se aplica también a los etarras? Y en caso afirmativo ¿el pueblo español (o el vasco, por concretar aún más) avala las pretensiones de ETA sobre Francia? ¿Francia podría legítimamente, por tanto, declarar la guerra a España o al País Vasco?

Un aspecto muy importante es que se trata de una decisión de Estado. No declara la guerra un señor que va por la calle, o un grupo minoritario, excepto en el caso de los terroristas que declaran la guerra a toda una sociedad, como la que la ETA nos tiene declarada a todos desde hace demasiado tiempo. Pero la manera de afrontar una guerra terrorista no tiene nada que ver con la convencional. Y esto es así desde Viriato, "padre" de la guerra de guerrillas. En general, los conflictos convencionales son cosa del Estado, que decide en nombre de una sociedad cuándo la amenaza es real y justificada, con qué medios se ataca, y en qué casos no.

Pero, desde un punto de vista libertario, esto da lugar a varias paradojas. Tal y como señala Wendy McElroy (I, II y III), una de las razones que se argumentan para sustentar la suplantación del individuo por parte del Estado es la defensa propia: de manera análoga a la licitud del uso de la violencia por los individuos, el Estado puede defendernos a todos frente a una amenaza empleando la fuerza. Sin embargo, por analogía, si un individuo no está legitimado para causar bajas inocentes en el ejercicio de su defensa, el Estado tampoco debería estarlo. Y en las guerras modernas las armas empleadas aseguran que va a haber víctimas inocentes. No se trata de un daño desafortunado e imprevisible. Se sabe que al lanzar una bomba van a morir inocentes porque son armas que no discriminan. Al actuar contra una amenaza, en cualquier caso, nuestro Estado emprende una actuación violenta tanto contra el Estado que realmente la profiere como contra la población neutral o contraria a la guerra, que no tiene más culpa que vivir en un país dominado por un Estado belicoso.

Por otro lado, el Estado que responde a una amenaza representa a aquellos que a) se sienten efectivamente y de manera subjetiva amenazados y b) dentro de ese grupo a aquellos que creen que no hay más medios para solucionar el conflicto. Queda fuera la población que no sienta esa amenaza efectiva porque no le dé valor a las palabras amenazantes y aquellos que piensan que aún quedan formas más imaginativas que la violencia de resolver el entuerto. De manera que tampoco representa siempre a "todos". Una amenaza tiene un componente subjetivo muy fuerte: puedo pensar que tus palabras no son creíbles porque soy más fuerte que tú, o porque es injustificado, porque es un farol… etc. En ese caso, no tendré en cuenta la amenaza. Solamente cuando el individuo calibra la probabilidad de ser atacado tras una amenaza, responde o se prepara para repeler la agresión. El Estado en ningún caso puede efectuar esta operación por cada miembro de la sociedad. Y, además, hay que considerar que el Gobierno ejecutivo, que es quien decide finalmente (por mucho que su Majestad sea el Capitán General de los Ejércitos), es una pequeña élite dedicada a asegurar votos, enredada en la maraña de relaciones diplomáticas internacionales y, la mayoría de las veces, alejada de las personas.

Otra reflexión que también es destacable es el atentado contra la libertad individual que supone el reclutamiento forzoso en caso de guerra, la potestad de expropiar bienes a quienes se nieguen a ir al combate, y la represión contra quienes manifiestamente estén en contra de la guerra, incluso en pleno conflicto. Nadie debería ser obligado a ir a una lucha en la que no cree por la decisión de un minúsculo grupo que detenta el poder político.

La justificación de la guerra como medio para defender la justicia y la libertad es una falacia envuelta en una frase bonita. No hay tal cosa como "buenos" y "malos" de manera que los "buenos" representan la decencia, la justicia y la libertad. En ambos bandos suele haber de todo. La inmoralidad es sancionada en ambos lados por el propio estado de guerra, de manera que los supuestos defensores de la libertad cometen crímenes atroces que, si ganan la contienda, se pasarán por alto. Como explicaba Joseph Sobran es su artículo Dónde Buscar el Mal (traducido por Jorge Valín):

Después de la segunda guerra mundial, los vencedores –los Estados Unidos y la Unión Soviética– juzgaron a los perdedores por "crímenes de guerra" y "crímenes contra la humanidad" (…) Este proceso judicial imparcial resultó en muchas ejecuciones, castigando ejemplarmente a aquellos que cometieron atrocidades bajo la excusa de la guerra. Sin embargo, nadie en el lado ganador fue acusado de un sólo crimen de guerra.

En definitiva, para ir a la guerra, a muchos "les sobran los motivos" (parafraseando a Sabina). Pero para mí, además de justificar los fines, hay que hacer lo propio con los medios. Siempre.