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¿Se cree al PP?

No está mal del todo, pero algo suena raro en el discurso del PP. Miremos al pasado. Aznar por ejemplo, bajó los impuestos pero en su periodo de mandato la presión fiscal subió. El héroe los "populares", Nicolas Sarkozy, ha prometido reducir algunos impuestos y ahora el Gobierno galo está estudiando qué otros impuestos puede subir para compensar. De momento probará con el IVA. ¿Hará lo mismo el PP si gana?

Cuando Zapatero anunció los 2.500 euros por niño nacido (a propósito, una medida que sólo en Andalucía costará 640.000 euros al día), al PP le faltó tiempo para gritar que él prometía más dinero aún. La semana pasada, el PP se unió con ERC para dotar a la Ley de Dependencia con 500 millones de euros adicionales. No lo pagan los políticos, sino sus ciudadanos, tengan hijos o no. No lo harán por un acto de amor, sino por la amenaza del Gobierno. Si el PP es tan proclive a regalar el dinero de otros para comprar votos, ¿de dónde sacará el dinero si pretende bajar los impuestos en términos netos? ¿Aumentando la deuda tal vez? Estamos en lo mismo, la deuda de hoy son los impuestos de mañana. La creación de déficit, y la consiguiente deuda, es una forma de financiación aún más sucia y dañina que los impuestos ya que aplaza el problema a un futuro incierto generando desajustes económicos.

Tal vez el PP nos diga que la reducción del gasto se puede realizar dotando al aparato burocrático del Gobierno con mayor eficiencia. ¿Cuántas veces ha oído algo así? Ya decía lo mismo Keynes en los años 30 y así nos va. Nadie razonable, contemplando la historia, puede esperar que el Gobierno sea eficiente. Los impuestos sólo se pueden bajar, si se quiere ser coherente, disminuyendo el gasto gubernamental, esto es, reduciendo la presión fiscal. Si la gente del PP quiere ser transparente, que detallen en cuántos puntos quieren bajar la presión fiscal mediante la bajada de impuestos. ¿La va a reducir en 5 puntos? ¿Tal vez en 10 o 15?

Cada punto porcentual de la presión fiscal, en las cotas actuales, equivale a unos 10.000 millones de euros. Si le resulta más fácil valorar el dinero en pesetas, especialmente cuando las cifras son altas, ese número cifra equivale a más de un billón y medio de pesetas. ¿Cree que el "futuro" Gobierno del PP renunciará a esos ingresos o incluso a más?

Piense como un economista: ¿qué incentivos tienen el Gobierno y los políticos para cumplir sus compromisos, cuando no han de pagar precio alguno por no hacerlo? Por ejemplo, si El Corte Inglés realiza una campaña regalándole 50 euros al adquirir su tarjeta de crédito, y la empresa no cumple –es decir, incurre en fraude, como los políticos cuando nos mienten–, usted no sólo la denunciará, sino que ganará el juicio y la compañía tendrá que indemnizarle (tal vez tarde 20 años en cobrar, pero eso también es culpa de la burocracia gubernamental, en este caso la judicial). Por el contrario, si el Gobierno incumple alguno de sus compromisos, sólo ha de hacer otra promesa y untar con nuestro dinero a los voceros para que dejen de dar la lata en los medios de comunicación. Los actores saben muy bien cómo va esto. Cualquier político, especialmente los grandes, tienen poquísimos incentivos para cumplir sus compromisos.

La propuesta económica del PP es igual que la de cualquier otro partido político de este país (salvando tal vez a IU que, guste o no, aún se inspiran en las ideas). Las alternativas de los "populares" son incoherentes, incluso contradictorias; están vacías de contenido real y sólo apuestan por la compra de votos y el populismo. Ni siquiera se molestan en darnos alguna garantía. Nadie espera todo esto de un partido que se autoproclama "liberal", ¿no?

Liberalismo y democracia

Resulta curioso que el debate teórico acerca de la democracia desarrollado a las puertas del siglo XX y comenzado ya el siglo XXI, con los enormes avances en materia de conocimiento y tecnología que disfrutamos, se siga sustentando sobre la base de conceptos y argumentaciones que se remiten al modelo de democracia directa, que se concibió en las postrimerías del siglo V a.C., constituyendo Atenas su ejemplo práctico más paradigmático.

Al mismo tiempo, desde la óptica contraria, inserta en la perspectiva crítica liberal, se vuelve a cuestionar mediante la restauración de conceptos liberales clásicos la vigencia y validez de un modelo, el representativo, que se creía ya permanente e inamovible, pero que, sin embargo, ha evolucionado de modo paradójico justo en contra de lo que sus fundadores pretendían con su instauración. Esto es, el control y la restricción del poder político con el fin de defender y garantizar la libertad y ámbito privado de los individuos.

Nuevamente resurge el dilema que siempre ha estado presente en la historia de la humanidad: el problema del poder, en cuanto a su titularidad, su ejercicio y su particular naturaleza. En las últimas décadas del siglo XX se viene produciendo un debate teórico tendente a cuestionar la vigencia de tal modelo (democracia representativa) por verse éste supuestamente afectado por una situación de crisis, si bien es cierto que la interpretación de la misma difiere en función del análisis de dos problemáticas divergentes: en tanto crisis de representación o legitimidad (visión neomarxista), o bien crisis de gobernabilidad (perspectiva neoliberal).

Estas dos corrientes analíticas opuestas y enfrentadas no sólo difieren en el problema, sino fundamentalmente en la solución que proponen. Mientras que la primera opta por reclamar una mayor participación ciudadana en el ámbito de la esfera pública con el fin de reforzar la construcción de una "auténtica democracia", la segunda propone un modelo que limite el poder político y maximice la libertad individual, consistente en la formación de una Estado mínimo.

Este regreso o restauración teórica de conceptos y modelos interpretativos clásicos cuyos principales referentes se sitúan en épocas y períodos pertenecientes al pasado, la Antigua Grecia y la Época Moderna, respectivamente, derrumba la teoría del "fin de la historia". Lo cual no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que, si bien es cierto que las circunstancias y condiciones de las sociedades actuales son radicalmente distintas, el problema central de la Política sigue careciendo en la práctica de una solución final y definitiva. Esto es, la configuración del mejor régimen posible y, por consiguiente, la articulación y ordenación óptima del poder político.

La pregunta central que viene a colación sería, pues, la siguiente: ¿por qué ha de ser considerada la democracia como el mejor régimen político posible? La respuestaa tales cuestiones deriva de nuestra particular concepción acerca de lo que consideremos el principal valor a tener en cuenta en toda sociedad: la igualdad(democracia) o la libertad (liberalismo). Así pues, en función de la primacía de uno u otro, obtendremos sistemas políticos plenamente opuestos:

  1. Si el único valor a tener en cuenta es la igualdad, en tanto participación en el poder político, la consecuencia que se deriva de ello será la instauración de la democracia, una tradición teórica cuyo énfasis recae en el quién: ¿quién debe gobernar?
  2. Por el contrario, si lo fundamental es la defensa de la libertad del individuo, no cabe duda que el modelo a seguir será el concebido por los fundadores del liberalismo político primigenio, en tanto conformación de un Estado netamente liberal, una tradición que se centra en el cómo: ¿cómo se debe gobernar?

Lo paradójico de tal temática es que hoy en día la democracia es concebida en todo su esplendor como forma de gobierno deseable e, incluso, como el único sistema legítimo a tener en cuenta en el ámbito político mundial. Al hilo de tal exposición, cabe decir que, históricamente, tan sólo han existido dos modos de concebir la libertad, valor básico del individuo: la libertad moderna, concebida como independencia del individuo con respecto al poder en un determinado círculo de actividades; y la libertad antigua, consistente en el hecho de participar activamente en el Gobierno, siendo así el individuo libre por el simple hecho de que participa en la elección de su dueño y orientador de sus designios vitales.

Siguiendo las definiciones expuestas, llegamos a una conclusión ciertamente significativa y sorprendente: la libertad contemporánea ha sufrido un retroceso tal que, por paradójico que nos pueda resultar, se asemeja mucho más a la concepción antigua que a la moderna. Es decir, la libertad actual centra su objeto y punto de atención mucho más en la participación que en la defensa de las libertades individuales y restricción del poder público. En este sentido, se ha cumplido ciertamente la predicción señalada por Constant en su crítica al pensamiento de Rousseau, en tanto que la implantación del sistema democrático supondría "la total sumisión del ciudadano para que la nación triunfe y que el individuo se convierta en esclavo para que el pueblo sea libre".

Así pues, hemos vuelto al sistema de libertad de los antiguos, sólo que ahora su práctica, inherentemente problemática y claramente inferior a la concepción moderna, se ha visto infinitamente agravada por las extraordinarias dimensiones del Estado y formación política actuales.

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Una radiografía de la justicia redistributiva

Agotado un tanto el filón de la telebasura "fabricada", las televisiones parecen haberse puesto de acuerdo en elaborar programas de telebasura "revelada", por usar las categorías taxonómicas del profesor Gustavo Bueno. En el primer caso estarían programas como Gran Hermano o similares, y en el segundo los espacios de testimonio o, simplemente, los retratos costumbristas realizados con pretensiones documentales por un periodista y un cámara. Uno de estos últimos casos es el programa Callejeros de la cadena Cuatro, cuyo visionado aconsejo a todos aquellos que aún dudan de la perversión intrínseca del llamado Estado del bienestar.

Dos ejemplos. El primero es el de un anciano que malvive en un cuchitril del barrio del Raval en Barcelona, cuya única forma de supervivencia es la pensión de cuatrocientos euros que el Estado paga a todas aquellas personas que no han cotizado al sistema público en toda su vida. Interrogado por las causas de su estado de necesidad, el anciano relata a la cámara que en toda su vida no hizo otra cosa que actuar, esporádicamente, en tablaos flamencos. Y lo pasaba muy bien, venga taca-taca-taca-taca y arsa y olé. Nunca ahorró ni un euro ni se le pasó por la cabeza destinar una parte de sus ingresos para cuando sus articulaciones ya no le permitieran bailar zapateados. El resultado es el normal en estos casos, malvivir con una pensión y sufrir toda clase de penalidades, con más motivo aún cuando no existe una familia a la que recurrir. ¿Debemos sentir pena por este señor, que es lo que parece que el reportaje quería provocar en el espectador, con imágenes dramáticas y lágrimas furtivas cayendo por el rostro del personaje? ¿O debemos, por el contrario, convenir en que el drama de este anciano se debe únicamente a su entera responsabilidad?

Segundo ejemplo. En un barrio de Madrid, un edificio entero está habitado por vecinos de la etnia gitana. Durante el reportaje, la periodista entrevista a varios adolescentes, ninguno de los cuales acude al colegio. En su lugar, la mayoría de ellos se dedica al lucrativo negocio del robo de motocicletas. Incluso detallan a la cámara cómo hacen para cambiar las matrículas y evitar la detención de la policía. Los más mayores se dedican a otros negocios más interesantes, como atestigua la clientela que acude a los aledaños del edificio a comprar la mercancía que ofrecen. En algunas viviendas hay mucha gente hacinada y, en otras, el programa recoge testimonios de jóvenes casaderas que quieren independizarse. Quieren, en pocas palabras, que el Gobierno les dé una casita para irse a vivir con sus churumbeles y su marido. La periodista (recuerden, de la Cuatro), que después de varios meses escuchando la misma retórica parece haber empezado a poner en cuestión la moralidad de que unos deban financiar a otros lo que no quieren obtener por la vía del trabajo y el esfuerzo, pregunta a una de las entrevistadas:

– Los gitanos siempre pedís viviendas. ¿Por qué no las compráis como hace todo el mundo.
– Porque… porque no tengo con qué – zanja la interfecta.

En las calles que rodean al edificio, entre montones de basura sin recoger, aparecen perfectamente aparcados varios vehículos de superlujo.

Estos son algunos resultados de la redistribución de riqueza por el estado: el subsidiar a los vagos a costa de la gente productiva. ¿Cuál de estas actitudes vitales resulta incentivada por este estado de cosas? La respuesta es tan obvia que incluso el ministro Caldera podría responderla a poco que se concentre.

Bofetón a la CMT en la cara de Telefónica

La razón que ha dado la Comisión Europea para imponerle una multa de 151,8 millones de euros a Telefónica es que entre 2001 y 2006 ofrecía el precio mayorista del ADSL a otras operadoras demasiado alto y el precio minorista a sus clientes demasiado bajo. A eso lo llama "estrechamiento de márgenes". Según las autoridades de Bruselas, eso habría provocado que los competidores de Telefónica no hubieran podido rebajar lo suficiente el precio minorista como para plantarle cara.

El pequeño detalle que esta condena administrativa deja en la cuneta es que dichos precios estuvieron controlados por la CMT, el regulador español de las telecomunicaciones, durante todo ese período. Por tanto, si realmente esos precios estuvieron mal, y seguro que lo estuvieron, pues ningún regulador posee el conocimiento necesario para hacer su labor correctamente, sería la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones la que tendría que ser condenada y quien tendría que pagar la multa. Naturalmente, Telefónica recurrirá, por eso y porque las anteriores multas a operadores telefónicos fueron entre 10 y 15 veces más bajas.

No obstante, no está claro que realmente Telefónica (o, para ser más exactos, la CMT) estrechara realmente los márgenes. Como argumenta la Asociación de Internautas, en nuestro país no se han desarrollado muchas redes alternativas, lo que indicaría que el precio mayorista era demasiado bajo. En cambio, ha habido una auténtica explosión de empresas que se dedicaban a revender el ADSL de Telefónica, lo que sería un indicio de que el margen era muy amplio.

Lo único que está claro es que la Comisión Europea, seguramente por echarle un pulso a los reguladores nacionales, ha decidido que las empresas pueden ser multadas por obedecer a la CMT y también por desobedecerla. Es como si a Telefónica le hubieran dicho en Bruselas lo que las autoridades antimonopolio le decían a Tom Smith y su increíble máquina de hacer pan en la fábula de R.W. Grant:

Aumento ilegal de precio
es cobrar más que un colega,
pero si cobra usted de menos
es desleal competencia.

Y téngalo bien presente,
no haya en esto confusión:
si cobran todos lo mismo
será confabulación.

¿Y qué ha hecho el Gobierno, el responsable de la CMT? Lavarse las manos. Tampoco parece que esté por la labor de actuar para eliminar el verdadero freno a la competencia en España, que no es otro que el mes o dos meses sin conexión que transcurren entre que te das de baja de un operador para poder pasarte a otro. Yo mismo, sin ir más lejos, ni he mirado otras ofertas de conexión alternativas a la que tengo por eso.

Kleftes, armatores, anarcocapitalistas y liberales

Si hay algo que me asombra de Red Liberal es la fuerza y virulencia a la que llegan las disputas entre liberales clásicos y anarcocapitalistas. No dudo que son, sobre todo, debidas a la distancia que imponen las comunicaciones electrónicas; está bien estudiado que el lenguaje escrito tiende a parecer más agresivo: las mismas palabras acompañadas de un cierto tono de voz o de ciertos gestos en la cara nos parecerán mucho menos graves. Razón por la que hay ciertas cosas que es mejor no decir por correo electrónico, pues aumentamos el riesgo de que se nos malinterprete.

Pero me estoy desviando un pelín. La sorpresa viene porque disputas tan etéreas puedan llegar a ser tan enconadas. Unos piensan que el Estado es el mal absoluto y, por tanto, los liberales que no optan por destruirlo no son auténticos liberales. Jesús Huerta de Soto ha llegado a concluir que él no es liberal, sino anarcocapitalista, y que los liberales clásicos son utópicos porque se creen que puede existir un Estado mínimo y que no crezca. Los liberales tradicionales consideran que es precisamente el Estado el que garantiza que podamos tener ciertas libertades, si bien éstas nunca puedan ser completas precisamente por la existencia de ese monopolio de la coacción, y que la lucha debe ir encaminada a desembarazar al monstruo de todas aquellas funciones que dañan nuestras libertades sin aportarles nada. Así, los anarcos harían daño a la causa asustando a la gente que podría ver en el liberalismo una opción interesante pero sale huyendo ante una propuesta tan radical y poco realista.

A unos y otros me gustaría contarles una historia de tantas. En la Grecia bajo el control otomano, en regiones montañosas como Rumelia, la autoridad del Estado no tenía una presencia muy notable que digamos. La autoridad era principalmente local y ejercida por patriarcas. Grupos de bandidos llamados kleftes robaban a viajeros desarmados, se apostaban en los desfiladeros para atacarlos y en ocasiones atacaban directamente a las aldeas. Los campesinos les tenían tanto miedo como a los representantes del Estado.

Alí Pasha, que no era precisamente un gobernante tonto, decidió conceder la amnistía a los bandidos más exitosos para que formaran armatores, o bandas paramilitares que reprimían el delito en su zona de la montaña, bajo el mando de un kapitanos. Esto no dejaba de ser un reconocimiento a una labor exitosa como bandido. Los más conocidos fueron Georgios Karaiskakis, Nikita Stamatelopoulos, Theodoros Kolokotronis y Odysseas Androutsos, que más tarde lucharían en la guerra de independencia de Grecia.

En Occidente, donde la barrera entre Estado y delito está firmemente establecida, resulta en ocasiones difícil ver el parecido que puede tener el primero con una mera banda de delincuentes exitosa. Pero así es como siempre surge un Estado; siendo el monopolio de la coacción, es natural que sean los profesionales de la violencia quienes lo establezcan. Razón de más, dirán los anarquistas, para negarle legitimidad moral. Razón de más, dirán los liberales clásicos, para considerar que resulta ingenuo esperar que el anarcocapitalismo funcione; siempre habrá una banda especialmente exitosa en el negocio de la protección. Y ambos tendrán toda la razón.

El Estado tiende a crecer, de modo que resulta ingenuo, o utópico en palabras de Huerta de Soto, pensar que puede mantenerse a éste con las funciones mínimas imprescindibles. Sin embargo, el anarcocapitalismo también tiende a crear estados; por más que las agencias de seguridad, en general, puedan no convertirse en monopólicas, basta un breve periodo en un lugar concreto para que así ocurra. Aunque a largo plazo los monopolios en un mercado libre sean insostenibles, siempre y cuando exista demanda suficiente para el bien que comercializan, a corto sí que pueden mantenerse, y eso es todo lo que necesita una agencia para convertirse en Estado y prevenir la competencia futura. Otras agencias podrán intentar revertirlo, pero ese proceso sólo tendría un nombre conocido: guerra.

Entonces, si ningún objetivo es viable, ¿por qué esforzarse? Simplemente porque ningún sistema político es estable, y el que nuestros sistemas ideales tampoco lo sean no debería llevarnos a abandonar, porque son más deseables que la situación actual. Y el camino que lleva hacia ellas es compartido, y resulta improbable que en nuestras vidas lleguemos al punto en que las diferencias entre liberales clásicos y anarcocapitalistas tengan importancia más allá de la académica. Claro que quizá sea precisamente eso lo que hace tan enconados estos debates para algunos, que les importa más el mundo de las ideas puras que el mundo real y las libertades que nos faltan. Discúlpenme si a mí no.

Sócrates y la cocaína

Hoy la mayoría se aburriría con esas historias y algunos, para alcanzar esos estados de ánimo, recurren a la moderna alquimia, que convierte la molécula en felicidad. ¿Qué diría Sócrates de la España que lidera el ranking mundial en consumo de cocaína?

Seguramente le parecería igualmente inmoral. A mí también, pero me temo que prohibir lo inmoral no es lo más adecuado. Hay un hecho sorprendente de la sociedad, pero que es necesario observar. Y es que hay comportamientos que son en la gran mayoría de los casos perniciosos, pero para los que la solución más inmediata, la prohibición, crea más problemas de los que queremos solucionar. Eso ocurre con el consumo y tráfico de drogas.

Yo no me engaño, sé que con un mercado liberalizado tendríamos más drogas y de mayor calidad. Pero al menos los consumidores tendrían la garantía de las marcas: sabrían qué se están metiendo entre pecho y espalda. Y serían notablemente más baratas; nadie tendría que saltarse la ley para costeárselas.

Ocho de cada diez crímenes, grosso modo, tienen relación directa o indirecta con las drogas. Si uno pudiese acudir sin más a un comercio del ramo para alquilar unos minutos de aparente felicidad ese porcentaje caería a plomo. El poder del consumo de drogas hace inútil cualquier intento de frenarlo por medio de la prohibición. Ésta sólo lo cubre con un manto de ilegalidad que atrae, fomenta y protege todo comportamiento indeseable.

Todos los recursos de las fuerzas policiales dedicados a combatir el tráfico de drogas dejarían de crear (de forma involuntaria) un foco de criminalidad, y podrían dedicarse a los verdaderos crímenes: atentados contra la vida y la propiedad de las personas.

No hay soluciones por decreto a los problemas sociales, pero sí podemos formar personas responsables. Claro, que es un esfuerzo individual.

Hipocresía climática

Por lo menos, lo hace por puros motivos estéticos, profilácticos y ecológicos, eso sí; de la moral privada no ha llegado a decir nada, al menos que yo sepa. Que si resultaba feo, que si el "pulmón verde" de Madrid –viva la cursilería– está para el tránsito a patita de los ciudadanos, que si los coches jamás debieron haberla cruzado…

Así, ha hecho suya "una reivindicación histórica del PSOE", como ha declarado la temporera portavoz socialista en el Ayuntamiento, Pilar Gallego. Muy bien, pero ahora ¿qué van a hacer ellas? ¿Van a dedicarse a otro oficio o a otra acera? Los fugaces encuentros entre prostitutas y clientes se seguirán produciendo, pero ahora tendrán que descubrir el sitio de Madrid en que las primeras puedan acortar sus esperas y los segundos sepan dónde encontrarlas. Lo que no cabe duda es que, por más que resulte hiriente para los demás, la relación es totalmente consensuada y los dos son dueños de su cuerpo y de su tiempo y pueden hacer con ellos lo que les plazca.

La antigua inquisición, al menos, tenía un cuerpo doctrinal de peso. Los neoinquisidores son capaces de prohibir algo tan propio y consensuado porque les parece inmoral, para acto seguido defender que una madre acabe con la vida que ha engendrado porque "puede hacer con su cuerpo lo que quiera". Esto es doblepensar, o en el caso de nuestros progres, del PSOE o del PP, ceropensar.

Me topo en La Razón con la vida de Carolina. Tiene 32 años y hace doce tomó la decisión de prostituirse en Madrid. "Experimentas, valoras y decides", dice. Prefiere la calle, porque "en un club te paga tu jefe y trabajas para él. En la calle, tú mandas. Decides tu horario y al cliente. Te vas con quien quieres y cuando quieres. Yo soy mi jefa". ¿Tiene pinta de no saber lo que hace? Claro que hay otros casos, con circunstancias en ocasiones muy duras, pero han tomado el camino de la prostitución como podían haber elegido otro. La responsabilidad es suya, pero la libertad también.

Ya puestos, Gallardón ha seguido con su guasa, y ahora quiere prohibir los sex shops. Gallardón lava más blanco, advierte, y todo lo feo, inmoral, desaconsejable, comienza a peligrar en Madrid. ¡Qué bien! ¡Con la cantidad de ministerios que tenemos!

Gallardón lava más blanco

Shakira, Police, Madonna, Red Hot Chilli Peppers, Enrique Iglesias, Maná y un sinfín de adictos a los vuelos intercontinentales, los aviones privados, las limusinas, las mansiones bien iluminadas y al último grito en cacharritos electrónicos pretenden convencernos de que el mundo se acabará si los demás no dejamos de respirar o de conducir nuestros coches pasados de moda. Cualquiera diría que nuestros reproductores de CD dan vueltas gracias a carruseles de hamsters convenientemente situados para hacer girar los discos.

Hace unas semanas tuve la desgracia de conocer a una famosa activista británica anti-cambio climático que aseguraba a un auditorio repleto de fieles que sólo quedan diez años para salvar al mundo de la depredación capitalista que llevan a cabo los seres humanos de Occidente. Para evitar el desastre proponía la más completa sovietización de la economía que uno pueda imaginarse. La chica, segura de sus sensibleros poderes de persuasión, no se molestó en dar ni un solo dato de cómo y en qué medida la planificación centralizada de la economía que ella proponía iba a rebajar la temperatura. Mucho menos aún se preocupó en indagar en el coste económico de su plan. Eso sí, no escatimó en realizar detalladas explicaciones de cómo hay que abducir a los niños para gobernar sus mentes y ganar la batalla política. Las únicas pruebas científicas que sometió al escrutinio de los "expertos" eran unos videos en los que archifamosos actores y cantantes repetían machaconamente que el mundo se acaba y que tenemos que cambiar nuestro estilo de vida.

Pero volvamos a los estridentes conciertos de este fin de semana. Como no podía ser de otra forma, el ideólogo de estos eventos es el vaquero Al Gore, que galopa a lomos de su jet privado y a quien Hollywood parece seguir –salvo honrosas excepciones– como si de un Mesías se tratara. La aureola que recubre a este príncipe de Asturias y de la demagogia puede esconder a veces la realidad a algunas personas pero no podrá tapar todas las grandes contradicciones de su actividad a todo el mundo y de manera continuada. Para organizar estos conciertos se necesitan emitir una inmensa cantidad de CO2 a la atmósfera, aunque seguro que en este caso se trata de moléculas con sensibilidad y conciencia social. Por otro lado, estos conciertos producen montañas de basura que o bien se incineran o bien se tendrán que reciclar siendo muy complicado hacer cualquiera de las dos cosas sin emitir más CO2 a la atmósfera. Además, la gente se desplaza a estos eventos desde largas distancias y, aunque por fortuna sólo hay nueve de estos conciertos en el mundo, como la humanidad aún no ha logrado desarrollar el teletransporte que ayudaría a prescindir de la combustión de petróleo para tales efectos, la música comprometida no logrará reducir tanta emisión de dióxido de carbono.

Gore y su corte de tonadilleros de lujo son unos sacerdotes histriónicos que tratan de sepultar el debate científico y sacar tajada del miedo que meten en cuerpo ajeno. Menos mal que no todos los científicos se venden a las subvenciones públicas ni todos los músicos están dispuestos a hacer de comparsa por un fajo de cheques de las petroleras amigas de Kyoto. Arctic Monkeys ha sido quizá la voz más lúcida en este sentido. El batería de la banda declaró que sería un tanto hipócrita participar como banda de rock en el Live Earth cuando sólo las luces de un escenario gastan más electricidad que 10 casas. El colmo de la sinceridad y la sensatez lo exhibió el bajista al declarar que cómo iban ellos a participar en semejante evento si están siempre subiéndose o bajándose a algún avión. Esperemos que no dejen de hacerlo y que la gente joven sepa elegirles como antídoto a la hipocresía Gore del cambio climático.

Desde Londres

Llevo seis meses trabajando y viviendo en Londres. Supongo que una ciudad tan rica en matices no deja a todos la misma huella, pero en cualquier caso os comento algunas de mis impresiones.

La sensación que uno tiene paseando por las calles de Londres, yendo en metro o en el lugar de trabajo, es que la diversidad (cultural, racial, religiosa) no lleva necesariamente al enfrentamiento. Londres es, con el permiso de Nueva York o Toronto, la ciudad más cosmopolita del mundo. Un 30% de sus ocho millones de habitantes ha nacido en el extranjero y una parte del resto son inmigrantes de segunda o tercera generación. Se hablan más de 300 lenguas y hay hasta 50 comunidades foráneas con más de 10.000 miembros. Para nativistas como los de VDARE esto supone poco menos que estar al borde del abismo, pero lo cierto es que existe una arraigada conciencia de “ciudad internacional” en Londres, también por parte de todos los ingleses que he conocido. La diversidad londinense no es solo algo con lo que hay que convivir, es para mucha gente uno de sus principales activos.

A mí me parece fascinante salir de copas con los compañeros de trabajo y poder charlar con gente de quince países distintos. Contra Hoppe, que sostiene que los individuos quieren relacionarse solo entre iguales y que la diversidad conduce a la guetización, Londres es la prueba de que mucha gente emigra a una gran ciudad precisamente paraexperimentar esa diversidad y de que el contacto intercultural no produce conflicto sino familiaridad.

El Reino Unido tiene un mercado laboral bastante flexible en comparación con la Europa continental. Es una realidad que se remonta a los tiempos de Tatcher y que los gobiernos sucesivos se han abstenido de alterar en lo fundamental. Así, mientras el paro en Francia, Alemania o España ronda el 10%, en UK el nivel de paro es similar al de Estados Unidos, alrededor del 5%.

Ya me dijeron desde un primer momento que encontrar trabajo en Londres is not an issue. La movilidad es altísima. En la empresa donde trabajo, en mi departamento, cada dos semanas entra alguien nuevo y sale otro. No porque lo despidan, sino porque encuentra algo mejor. Las empresas están sujetas a una fuerte competencia, saben que sus empleados tienen muchas alternativas allí fuera e intentan retenerlos con salarios altos, promociones y un buen ambiente de trabajo.

Una muestra de la flexibilidad del mercado laboral inglés es la posibilidad de salirse (opt out) de la jornada laboral de 48 horas. A diferencia de los demás países europeos, en el Reino Unido puedes firmar un acuerdo con tu empleador que te permite trabajar tantas horas como quieras. Una de las ofertas de trabajo que tanteé seriamente al principio, dado mi precario inglés y mi impaciencia por encontrar algo, fue la de asistente de cocina (eufemismo de lava-platos) en un gastro-pub. Consistía en trabajar todos los días de la semana, un total de 60 horas, por 5.5 libras la hora (que vienen a ser un total de casi 2000 euros al mes).

Para los socialistas de todos los partidos una jornada laboral de 60 horas no respeta la dignidad del trabajador y, a la francesa, debe limitarse por ley. Esta medida, sin embargo, solo hace que los empleadores contraten menos o paguen salarios más bajos, y en el margen hace que algunos negocios dejen de ser rentables y otros tantos no se creen porque la rentabilidad esperada no es lo bastante atractiva. ¿Es más digno cobrar menos o estar en el paro que trabajar más horas? Que lo decida el trabajador. Yo hubiera preferido trabajar 60 horas cobrando 2000 euros que las 35 horas francesas por la mitad.

La inabarcable oferta de bienes y servicios en Londres es reflejo de un mercado dinámico e innovador. Inglaterra tiene fama de tener una pobre gastronomía. Eso es cierto en lo que respecta a la gastronomía autóctona, pero en Londres si algo abunda es la gastronomía no-autóctona (incluidos restaurantes de tapas españoles).

Es una de las ciudades más caras del mundo, pero puedes apañártelas para comprar barato en supermercados como Tesco, el omnipresente Wal-Mart británico, o en los kilométricos mercadillos del fin de semana. Para encontrar piso (y trabajo) no hay mejor herramienta que Gumtree, una web comunitaria de anuncios que es gratuita tanto para los que postean como para los que buscan ofertas, y que es un buen ejemplo de como la sociedad no necesita del Estado para dar con soluciones imaginativas a determinadas necesidades. También puedes comparar los precios de las distintas agencias de viajes, aseguradoras, bancos y empresas de servicios en páginas como MoneySupermarket.com

Hay varios think tanks liberales en Londres. El más radical y uno de los más activos es el Libertarian Alliance. Tim Evans, su director, hace una breve valoración del mandato de Tony Blair, que recién ha abandonado el número 10 de Downing Street en favor de Gordon Brown, igual de nefasto pero más aburrido. En el horizonte, algunas sombras: el pasado 1 de julio entró en vigor una ley anti-tabaco bastante más expeditiva que la española, la Unión Europea presiona para finiquitar el opting out británico, y el DNI será introducido en los próximos años. En la arena política, los lib dems nunca se sabe de qué pie cojean y los tories parecen tan perdidos como de costumbre, y tan carentes de principios como el PP.

Sería interesante que aquellos que habéis vivido por un tiempo en Londres comentéis vuestras propias impresiones.

El eterno agravio

Curiosamente, los que más énfasis ponen en su exigencia de una compensación histórica pertenecen a regiones españolas que en los dos últimos siglos han gozado de un mayor nivel de vida. Sin embargo, la ominosa certeza de haber sido siempre una nación sometida al yugo extranjero es más fuerte que la satisfacción de disfrutar de un bienestar muy superior al de los propios opresores. Cuando los campesinos del sur de España, entre ellos mi padre, acudían, por ejemplo, a la campaña de la manzana de Lérida a trabajar catorce horas diarias y a dormir tirados en una manta en las naves agrícolas, no eran conscientes de que estaban tiranizando al noble pueblo catalán. Sus hijos ya lo sabemos gracias al señor Cerdá (con acento agudo), y esa es una mancha que llevaremos siempre para nuestra vergüenza.

En la sede de la soberanía nacional hemos de escuchar a estos políticos compitiendo por ser los más agraviados. Los países catalanes, el pueblo vasco, las naciones gallega y aragonesa y el nonato estado canario ponen de manifiesto, por boca de sus representantes, la existencia de estas injusticias ancestrales que ni siquiera el régimen democrático del 78 ha corregido de forma satisfactoria.

En las anteriores legislaturas existía el sobreentendido de que el discurso victimista era una mera cuestión táctica para obtener más dinero del Estado. Con ZP en el poder, y este es un mérito únicamente suyo, esta peculiar retórica se ha convertido en aspiración política irrenunciable.

En la tribuna del Congreso se exigió un referéndum para la autodeterminación de algunas regiones y se afirmó que la ciudadanía española ha sido impuesta, sin su consentimiento, a varios millones de personas (¿?), declaraciones que van abiertamente en contra de la Constitución. Y ante esas andanadas y otras más que siguieron, ZP comenzó su réplica agradeciendo a los protagonistas su exquisito talante democrático y continuó mostrando su firme decisión en seguir trabajando para que tanto agravio se vea alguna vez redimido. A ver si lo hace pronto, porque los opresores murcianos, tiranos andaluces y déspotas madrileños ya no soportamos más tanto cargo de conciencia.