Ir al contenido principal

Ampliando la custodia estatal sobre la Naturaleza ibérica

Nuestros actuales planificadores legales tienen ya pergeñada una nueva Ley (otra más) que regula el patrimonio natural ibérico y su biodiversidad. Mis peores temores se han visto confirmados: van a hacer de su conservación un objetivo colectivo, moral y nacional.

El proyecto de Ley del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad recientemente aprobado por nuestro resuelto Gobierno, a propuesta del Ministerio de Medio Ambiente, va a sustituir la actual Ley 4/1989 para endurecer más aún, si cabe, la ordenación de nuestro territorio nacional (si bien muy extenso en superficie, escasamente disponible por culpa del consabido monopolio político-urbanístico). En su tramitación parlamentaria para después de este verano, ningún partido social osará enmendar la plana (so pena de excomunión laica) a este proyectado objetivo de planificación ambientalista.

Es penoso ver la hostilidad que muestra este proyecto de Ley hacia los otros pobladores (humanos) de dichos espacios naturales (agricultores, cazadores o sus propietarios bien definidos). Son ellos los que han dado sobradas muestras de gestionarlos mejor y no sus custodios estatales. Que estos últimos permitan un desarrollo sostenible por iniciativas meramente privadas y no subvencionadas o una protección privada de la biodiversidad parece algo imposible. Cualquier acción humana que afecte, incluso accidentalmente, alguna zona, planta o animal protegidos, acarreará multas millonarias. El festín sancionador y preventivo que se avecina por éste y otros proyectos legislativos en ciernes es abrumador.

Esta injerencia legislativa va a suponer otra nueva restricción impuesta al mercado en aquellas zonas delimitadas por los administradores ambientalistas de vidas y haciendas ajenas. Las comunidades autónomas han colaborado ya a ello y van a reforzar aún más este estanco de disponibilidad de sus respectivos territorios en su previsible carrera eco-reguladora.

Qué duda cabe que las Directivas de Aves (79/409/CEE) y de Hábitats (92/43/CEE) ayudaron mucho a alentar esas tendencias ordenancistas de nuestra particular especie íbero-reguladora. Fruto de ello, los europlanificadores diseñaron la denominada Red Natura 2000 (una suerte de programa ecológico paneuropeo) para poner fin “de una vez por todas” a la pérdida de la biodiversidad en los hábitats naturales terrestres y marinos de toda Europa de aquí al 2010, para deleite de las conciencias político-ecologistas del continente. Pocos sospechábamos que el legislador español iba, poco más tarde, a tomar impulso y dejar muy cortas estas orientaciones generales decretadas desde la Unión.
 

Pese a que la propia Directiva de Hábitats reconocía la necesidad de aplicar criterios flexibles cuando la superficie protegida saliera más del 5% del territorio nacional, (art. 4,2) y pese a que, además, la última cumbre onusina de Biodiversidad reunida en 2006 en Curitiba recomendaba proteger, al menos, un 10% de cada región ecológica, a nuestros representantes celtíberos les parecieron estas prevenciones bien poco y han establecido la custodia estatal(entre ZEPA y LIC solapados) de un 23% del territorio patrio.

La aportación media de los países europeos a esta superficie de protección intocable es de un 12%. Los más desarrollados (Alemania, Francia y UK) se han tentado las ropas y han sacrificado al sacrosanto altar de lo inmaculado no más el 7,9% (1,2). Nuestros políticos, con casi un cuarto de la superficie nacional, han querido ser, junto a eslovenos y eslovacos, los quijotes más verdes en esta cruzada conservacionista.

Nuestra todavía vigente Ley 4/1989 y sus desarrollos reglamentarios forman parte de un proceso político de cuasi-nacionalización creciente de espacios naturales que se inició con la Ley 15/1975, primera regulación nacional conservacionista, que protegía tan sólo meros y razonables enclaves (hoy con su propia ley). Luego el régimen jurídico protector del Estado (con las comunidades ya incorporadas por reparto constitucional en art. 149,1.23) se amplió a espacios cada vez más extensos (junto a mucha de su flora y fauna silvestres) para, finalmente, desembocar en este proyecto de Ley que engloba blindajes casi absolutos sobre zonas cada vez más vastas; a saber: áreas marítimas protegidas, espacios naturales incluidos en la Red Natura 2000, corredores ecológicos entre espacios naturales, áreas de montaña, espacios protegidos transfronterizos, toda la flora autóctona y toda especie animal silvestre (insectos incluidos), sus nidos, sus crías o sus huevos, estos últimos aun estando vacíos (sic).

A parte de sus excelentes intenciones, la ceguera de los conservacionistas, en su afán de extender su manto salvífico sobre la naturaleza, es pensar que todo acto de producción humana que use recursos naturales es un empobrecimiento de los tesoros de la naturaleza (lo dado estáticamente), sin atender al papel que la inteligencia humana juega en el proceso creativo de constante incremento en el suministro de recursos naturales económicamente utilizables, tan necesarios para todos nosotros y para las generaciones venideras.

Las innumerables ocurrencias interventoras de semejantes amigos ibéricos de la Naturaleza (1,2,3,4,5,6,7) tendrán irremediablemente efectos perjudiciales para nuestro progreso económico futuro.

Prohibamos las dietas milagro del Gobierno

Como todo tirano alucinado, los políticos del Gobierno están exentos de sus leyes. Salgado nos ha servido el ejemplo de la publicidad engañosa. No hay organización en el mundo que realice una publicidad engañosa más evidente y dañina que el Gobierno. Prometen, como dice Salgado, "dietas milagro" que acaban siendo un penoso lastre para todos nosotros. Es una dieta donde se sacrifica la libertad y la elección para obtener algo tan abstracto como la felicidad, que luego nunca llega.

Por ejemplo. Zapatero prometió "un Gobierno que no intervenga en la economía" y tenemos la economía más intervenida de toda la democracia. Prometió tarifas "asequibles" para la conexión a Internet y estamos igual que como empezamos. Esto lo podemos extender a la vivienda, al terrorismo o al "capitalismo de amigotes" que tanto gusta al presidente manejando las empresas como si fueran fichas del Monopoly. Sus promesas de alegría, felicidad y progreso se han traducido en mayor presión fiscal, continua desaceleración productiva, más regulaciones, menor poder adquisitivo, multas de todo tipo y monopolios mejor consolidados, especialmente mediáticos. Si aplicásemos la lógica de Salgado al Gobierno, todo el equipo socialista tendría que ir a la cárcel y pagarnos unas indemnizaciones astronómicas para compensarnos.

El Gobierno aumenta día a día su tamaño. La ministra de Sanidad, tras su particular guerra fallida contra el tabaco y las drogas, ahora nos ordena cómo hemos de adelgazar y cómo no. Si aún cree que el Gobierno impondrá un control imparcial, sin cargas, que nos salvará de las "malas prácticas empresariales" o que eliminará de un plumazo la anorexia o bulimia, es que vive en otro planeta.

Para el observador incauto, esta nueva guerra contra la "publicidad engañosa" (la privada) es un soplo de esperanza que producirá una mayor felicidad. Lo que no parecen ver los socialistas es un principio económico básico, y es que las continuas regulaciones crean barreras, reducen la productividad, la innovación, la competencia, aumentan la presión al contribuyente, son partidistas y consolidan o levantan monopolios. Sólo las mayores empresas pueden permitirse un mercado burocratizado, por eso las grandes firmas suelen apoyar las medidas del Gobierno: les libera de competencia y les permite establecer altos precios de venta al cliente final. Además, el intervencionismo jamás acaba solucionando nada. Todo acaba desembocando en un tráfico de favores. Es lo que la escuela del Public Choice llama logrolling, lo que siempre se ha llamado quid pro quo (dar algo por algo) o lo que los españoles conocemos por "mamoneo" y "cultura del pelotazo". Las decisiones masivas y pacíficas del mercado, de la gente, son sustituidas por la parcialidad e intransigencia del burócrata y su capacidad para legislar.

Pero hay más. El control gubernamental nos convierte a todos en víctimas del Estado y potenciales delincuentes. Miremos la lucha contra las drogas. A muchos les parece loable que el Gobierno se meta en lo que otros consumen, pero ¿estarían también de acuerdo en que el Gobierno les obligara a perseguir y espiar a los que les rodean? Eso pretendió Salgado. Quería que los camareros vigilaran a sus clientes para ver si consumían drogas. Después de anunciar su propuesta, tuvo la desfachatez de decir que no quería convertir a los camareros en policías.

Las dietas milagro de una sociedad mejor y feliz son un gran embuste, como nos enseña la Historia. Las promesas políticas incumplidas no penalizan la mala gestión ni la irresponsabilidad como nos ocurre a nosotros, sino que sirven al Gobierno para tomar más fuerza, conduciéndonos, inevitablemente, a la servidumbre y a la pobreza.

Libertad y desarrollo

Al estudiar las diversas estadísticas que existen sobre los diferentes países del mundo, una de las cuestiones que casi inevitablemente se plantea es el motivo por el que los ciudadanos de unos y otros viven en condiciones tan distintas. El hecho de que, por norma general, la mayoría de los ciudadanos de determinados países tengan grandes dificultades para poder satisfacer sus necesidades más básicas de sustento, vestido y habitación, mientras que en otros este problema es marginal, es algo que a muy pocas conciencias deja de preocupar.

Las razones por las que una persona puede encontrarse en esta situación son muy diversas. No obstante, cuando la concentración de pobreza es muy elevada en determinados países, y no tiene muchos visos de mejorar conforme van transcurriendo los años, cabe indagar si existe algún factor común que explique esta situación.

A la hora de analizar estos países nos encontramos cierta heterogeneidad. Así, podemos encontrar países con régimen relativamente democrático o dictatorial, con alta o baja densidad de población, grandes o pequeños, etc. No obstante, sí que existen indicios que permiten concluir que gran parte de las personas de dichos países han perdido la esperanza en que su trabajo personal les pueda servir para mejorar su situación personal, y ha quedado reducido a una mera herramienta de supervivencia.

Pese a que muchos ciudadanos tienen dicha percepción de su situación en su país de residencia, ésta deja de existir cuando se cambia de nación, incluso aunque hablemos de las mismas personas. Es por ello por lo que muchos ciudadanos deciden abandonar su patria de origen con destino a otra y convertirse en emigrantes.

Esta situación no es estática, sino que varía a lo largo del tiempo. Así, entre la década de los cincuenta y los ochenta, países como Venezuela fueron receptores de emigrantes de distintos países, atraídos por la riqueza que proporcionaba la industria petrolífera. Sin embargo, hoy en día, pese a tener los mismos recursos naturales, un tercio de los ciudadanos de este país afirman que lo abandonarían de tener la oportunidad.

Esta situación no es exclusiva de este país, sino que se repite en Argentina o, con especial crudeza, en Cuba.

A la hora de analizar los motivos por los que no sólo los ciudadanos extranjeros, sino incluso gran parte de los nacionales, han perdido la esperanza de que su esfuerzo personal sea adecuadamente recompensado en el lugar que les vio nacer, sólo cabe concluir que creen percibir algún tipo de obstáculo infranqueable. Éste les impediría que cualquier esfuerzo fuese compensado. Además, el mismo sería bastante más pequeño (o no existiría) en otros países dada la cantidad de emigrantes que deciden emprender una nueva vida en éstos.

Si se analiza la historia reciente de estas naciones se puede comprobar que lo único que ha cambiado en estas últimas décadas es su estructura política. En todos los casos, una serie de desacertadas decisiones políticas han ido recortando la capacidad de maniobra de los ciudadanos, y la capacidad de elección ha quedado en manos de la clase dirigente. Este control sobre las vidas y haciendas de los ciudadanos se ha ido intensificando año tras año, de tal manera que las decisiones empresariales iban teniendo más como objetivo satisfacer a la clase dirigente que a sus clientes y accionistas. Como consecuencia de ello, las empresas existentes cada vez más se han vuelto obsoletas. Además, al verse reducida la libertad de los ciudadanos, no han existido empresas nuevas que hayan podido suplir las carencias de las antiguas. Como resultado se ha producido un proceso de empobrecimiento relativo de sus ciudadanos.

Mientras tanto, otros países han ido confiando más en sus ciudadanos, y éstos han ido creando riqueza y transformando sus respectivos países en tierra de oportunidades, en la que sus habitantes tienen la esperanza de que su trabajo y esfuerzo se vea de alguna manera recompensado.

Por tanto, la mejor receta contra la pobreza de estos países no es otra que devolver la confianza de sus habitantes, para que vuelvan a recuperar la esperanza en que su trabajo y esfuerzo tendrán recompensas. Para ello, su clase dirigente deberá asumir que no es posible gobernar sin devolver la capacidad de elección a sus ciudadanos.

Individualismo, payeses y Josep Plá

"La revolución económica absolutamente benigna es la que se produce cada día sobre las mesas de los notarios", comentaba el escritor Josep Plá acerca de los tratos entre aparceros y rentistas, a los que conocía muy bien; uno de los grandes de la literatura que descifró el alma de los payeses, los labradores en su variada condición, los praxeólogos quizá primordiales.

Alabados por el Romanticismo, vituperados por Balzac, Maupassant y Chejov; sin embargo, en El payés y su mundo (1953) de Plá se encuentra un ecuánime retrato de los labriegos, en este caso los de su amada patria ampurdanesa: "Los payeses tienen muchos defectos, pero las mejores cualidades del país también se relacionan con ellos; tienen los pies en el suelo, y un sentido de la lentitud, de la calma, del trabajo, de la tenacidad, de la continuación quizás más acusado que en cualquier otro estamento. Nunca son banales, no les devora el ansia ni la tristeza de la ambición… ¡Dios quiera que se respete el recalcitrante individualismo de los payeses!"

Josep Plá (1897-1981) fue un prosista excepcional en ambos idiomas, catalán y castellano, durante el pasado siglo. Los 46 volúmenes de su obra completa atestiguan una labor ingente, hercúlea. Entre su narrativa destaca El cuaderno gris (1919), un modelo de introspección y agudeza ante la vida como no se había publicado hasta la fecha. Plá ejerció el periodismo durante 30 años como corresponsal: narró los balbuceos de la Rusia soviética, conoció de primera mano el advenimiento del fascismo en Italia y fue testigo directo de la hiperinflación alemana tras la primera postguerra. En una entrevista por televisión, Plá detallaba que para comprar un dólar USA eran necesarios ¡cuatro billones de marcos alemanes! La desolación germana llegó a ser atroz; de ahí su interpretación de la inflación como síntoma de envilecimiento moral.

En España, desde sus crónicas para La Veu de Catalunya, el maestro de Llofriu vaticinó el colapso de la Segunda República. Los milicianos de la CNT-FAI, durante el auge del desastre, pretendieron acabar con él, pero pudo darse a la fuga. Después, en un tiempo de silencio y recuperación, regresó a sus célebres reportajes (Israel, Nueva York, Oriente Medio) y colaboró en el semanario Destino, una empresa cultural de origen falangista que devino con el tiempo en europeísta y liberal, un oasis en el páramo, adquirida y cerrada finalmente por los nacionalistas de ocasión. A Plá le negaron casi siempre el pan y la sal: los conservadores del franquismo nunca se fiaron de él; los independentistas del terruño poco menos le consideraron un traidor. Pero tratándose de de un personaje impar, ajeno a la envidia propia y ajena, no parece que el menosprecio de unos y otros hiciera demasiada huella en su inagotable labor.

Josep Plá, que era el hereu –primogénito– de la finca paterna, no reveló en el payés un ser virgiliano puro, todo bondad, carente de defectos. Al contrario, le disgustaban sobremanera el señorío de la sabihondez, la desconfianza y la impericia comercial entre sus paisanos. No obstante, en El pagès i el seu món el fértilgerundensedilucidaacerca de la acción humana: "El individualismo no es el monopolio de un estamento determinado; solo que entre los payeses es más visible y pintoresco. El individualismo no es ningún defecto; quizá sea la única riqueza que poseemos. Lo interesante sería avivarlo en un marco que permitiese sacarle el máximo rendimiento."

El clima y los clientes son las poderosas razones del pragmatismo campesino: "Los payeses se mueven dentro de dos ambientes inasibles: una determinada situación meteorológica y una determinada situación del mercado. Estos son los dos polos de la vida de un payés. No pueden dominar ninguna de las dos situaciones. La meteorología casi nunca discurre de acuerdo con nuestros intereses; por lo general es hostil, y si por casualidad es favorable, se trata entonces de una simple propina, de una probable equivocación de las fuerzas naturales. Y el mercado es inaferrable, innominable, sujeto a un mecanismo vastísimo y endemoniadamente complejo."

Para el autor el mercado posee factores civilizatorios inaprensibles: "Los payeses tienen a su favor la ley más profunda de la relación humana: la ley de la oferta y la demanda. Esta ley es general y permanente. Está por encima de nuestros sentimientos, de nuestros deseos, de nuestras pomposas declamaciones moralizantes. Esta ley habrían podido forzarla, acusarla, hacerla más incisiva. No creo que lo hicieran. La ley actuó sin que los payeses intervinieran. En el funcionamiento de su mecanismo fueron elementos pasivos."

Plá se refería en su ensayo a los payeses de la década de los cincuenta, los cuales habían levantado el vuelo y espantado su propia miseria por causa de las necesidades alimentarias de España entera. Se trataba de un fulgor campesino rápidamente oscurecido por la tercerización que se veía inminente. No obstante, el arquetipo planiano subsiste; puede verse reflejado, por qué no, en los emprendedores rurales de hoy. Cuando se tiene ocasión de conversar, por ejemplo, con agricultores de Castilla y otros sitios, aparecen socarronerías, bloqueos mentales, incomprensión hacia el otro. Más unos minutos después, esos mismos emprendedores sorprenderán con la próxima licencia de cultivo que acaban de adquirir en la Universidad de California, el último curso de dirección de equipos al que asistieron, la plantilla de trabajadores que necesitarán en toda regla, la expansión de su futura producción en la costa oeste de Marruecos, el plan de ventas que llevan en agenda y mente. Aquellos que quisieron permanecer junto a la tierra, siempre lo tuvieron claro. El ciclo que vislumbró don Josep continúa.

Rolling Stone y la muerte de las discográficas

Pues bien, acaban de publicar una devastadora crítica de la actitud de la industria discográfica frente al reto que supusieron Napster y sus secuelas, una fiel descripción del lastimoso estado en que se encuentra como consecuencia de la decisión de enfrentarse a sus clientes y una enumeración de algunas de las posibles vías de transformación, que pasan todas por renunciar a su papel hegemónico en el negocio. Eso debe doler.

Lo sorprendente del caso no es tanto lo que se dice, que no se separa casi nada de lo que muchos les venimos contando desde hace años, sino la publicación que lo dice, que al fin y al cabo no deja de ser parte del establishment musical, y los testimonios que recoge de personas de dentro de la industria o sus aledaños. Un ejecutivo anónimo de la industria asegura que ésta "se está muriendo". El abogado de Metallica y otros músicos afirma que "las discográficas disponen de maravillosos activos, pero no pueden ganar dinero con ellos". Hillary Rosen, que fuera la cabecilla de la RIAA (la SGAE norteamericana) reconoce que entre los años 2001 y 2003 las discográficas perdieron su clientela demandando a Napster en lugar de llegar a un acuerdo con el servicio en el momento en que era la única red P2P y fracasando a la hora de proponer una alternativa de pago. Cuando ésta llegó, gracias a Apple, era demasiado cara y, sobre todo, demasiado tarde. Y encima, poco después comenzaron las demandas de la RIAA contra quienes se descargaban música de Internet. Ese fue el punto de no retorno, pues eliminó de las mentes de muchos la mucha o poca vergüenza que les pudiera provocar descargar canciones en lugar de comprarlas.

Sin duda, Shawn Fanninge, el creador de Napster, puede poner en su currículum el mérito de haber convertido en obsoleto un modelo de negocio que proporcionaba miles de millones de dólares a entonces cinco (ahora cuatro) grandes empresas y que nunca se basó en el arte, sino en la distribución de piezas de plástico. Pero son los ejecutivos que gestionaban esas compañías los que pueden ponerse la medalla de la destrucción de sus empresas. Ahora están empezando a cambiar su comportamiento, aunque puede que sea tarde. Han llegado a acuerdos con YouTube para permitir que los vídeos musicales estén disponibles gratuitamente, EMI ha empezado a vender música sin protección y, sobre todo, están empezando a firmar contratos con los artistas en los que la discográfica se lleva parte del dinero de las giras, conciertos, merchandising, etcétera.

Seguramente el camino que sigan las compañías sea precisamente su conversión en empresas de servicios a los músicos, nuevos y viejos, que gestionen las grabaciones, las vendan por Internet o en soporte físico, las promocionen, negocien conciertos, etcétera; algo así como capitalistas de riesgo de la música, tal y como opina Rob Glaser, de la tienda online Rhapsody. Las canciones se seguirán vendiendo, pero no a un dólar o un euro, como ahora sucede en iTunes, sino por unos pocos céntimos. Es posible que se proponga a los proveedores de acceso a Internet un acuerdo de modo que éstos puedan ofrecer a sus clientes conexiones algo más caras pero con permiso para descargarse lo que se desee; no sería un canon porque lo pagaría quien realmente lo usara. Pero lo único que está claro es que el negocio de las discográficas, tal y como se entiende desde los años 60, no seguirá siendo la próxima década como hasta ahora.

La izquierda le tiene tirria a la libertad

Hoy, el debate vuelve a emerger, al albur de las reformas fiscales practicadas y prometidas por el PSOE, que, pese a las milongas y campañas propagandísticas, no han detenido el incremento de la presión fiscal y el expolio del ahorro (por no hablar de las subidas de otros impuestos, como los que gravan el alcohol o el tabaco).

Izquierda Unida, por ejemplo, medió en el debate sobre el pedigrí izquierdista de las rebajas de impuestos señalando que sólo podían reputarse como tales aquéllas que no beneficiaran a las rentas más altas: "Bajar impuestos a las rentas más altas no es de izquierdas". Así, los comunistas proponían incrementar el número de tramos y tipos del IRPF, así como del Impuesto de Sucesiones y Donaciones, eliminar los incentivos a los planes de pensiones privados, reducir los beneficios fiscales en el Impuesto de Sociedades y crear nuevos tributos "ecológicos".

Por supuesto, poco más cabe esperar de un partido cuya base teórica más directa es la nacionalización de toda la economía, esto es, convertir a España en un cortijo al servicio del partido y a los españoles en autómatas esclavizados.

Con todo, por muy dementes que parezcan, no conviene olvidar que estos lamentables aspirantes a dictadores son socios del mismo PSOE que promete reducir los impuestos; dicho de otro modo: las propuestas totalitarias de IU entran en las componendas parlamentarias que configuran la legislación actual, por la que todos nos regimos.

Ahora bien, la cuestión no es si IU está a favor de la tiranía –que lo está–, sino si el PSOE, con su cara reformista, moderada y moderna, se opone realmente a que el Estado desangre y desvalije a los españoles.

Las declaraciones de Zapatero parecían querer indicar esto: si bajar impuestos es de izquierdas, cabía esperar una reducción significativa del tamaño del Estado que permitiera a la sociedad organizarse y gobernarse. Sin embargo, el gasto público durante su etapa de Gobierno no ha dejado de aumentar (en 2005, un 6,2%; en 2006, un 7,6%; en  2007, un 6,4%; en 2008, un 6,7%), lo cual resulta incompatible con el adelgazamiento que debería acompañar a las reducciones de impuestos.

Lo cierto es que el proyecto del socialismo es impulsar un crecimiento continuo del Estado que restrinja el ámbito de los mercados y aboque a los ciudadanos a mamar de la ubre pública. Así, mientras chupen de la teta, no podrán utilizar la boca para protestar contra los abusos del Estado y los privilegios de la casta política: ya se sabe que no conviene morder la mano del que te da de comer. La Ley de Dependencia es un ejemplo muy visual de este proyecto a largo plazo: los ciudadanos dependen del Estado, no buscan alternativas en la sociedad civil y en los acuerdos voluntarios con sus semejantes. La sociedad se clienteliza año tras año.

La versión extrema de este proyecto estatólatra la tenemos en el comunismo soviético del tipo IU; la blandita y esponjosa, en el Estado del Bienestar socialdemócrata del PSOE, que incluso parece compatible con las reducciones de impuestos.

No obstante, recordemos que, como advertía Bastiat, el Estado tiene dos manos: con una quita y con la otra da, y todo lo que da nos lo ha tenido que arrebatar antes. Si el Estado crece, necesariamente habrá de incrementar sus expolios (más gasto deberá ser financiado con más ingresos), aun cuando los tipos fiscales puedan llegar a reducirse (si somos más ricos, se puede recaudar más con un porcentaje menor de impuestos).

Por tanto, el crecimiento programático del Estado que propugna el PSOE sólo puede traducirse en un aumento continuado del expolio sobre la riqueza que hemos generado. No es posible cuadrar el círculo de aumentar el gasto del Estado y reducir sus ingresos.

Y es que, para la socialdemocracia, las reducciones de impuestos son el residuo sobrante de su plan colectivo, una especie de recompensa asistemática para calmar los ánimos de los explotados. Si, coyunturalmente, su agenda política le permite aplicar unos tipos fiscales más bajos, lo hará como dadivosa subvención universal. Reparte el dinero excedente como si fuera propio, o mejor dicho, como si no fuera de nadie.

Las reducciones de impuestos que practica el socialismo son un subproducto de su incapacidad despilfarradora, no un principio de acción política que pretenda reducir la opresión del Estado. Con todo, sí conviene efectuar una advertencia: en tanto la ciudadanía vaya rebelándose contra el desmesurado manejo de las finanzas públicas por parte del Estado, es posible que la izquierda escenifique una nueva mascarada para mantener su dominación política –como ya ocurrió tras la caída del Muro.

En buena medida, el socialismo ya se ha dado cuenta de que para controlar a los individuos no es necesario arrebatarles físicamente todos sus recursos; basta con que una sociedad anestesiada le permita multiplicar la legislación. Las regulaciones medioambientales son una clara ilustración de esta tendencia: ya resultan mucho más comunes que las ecotasas. En la práctica, el Gobierno maneja el entorno natural sin necesidad de expropiarlo directamente.

La Ley Antitabaco, la Ley de Igualdad o la imposición de contenidos en la educación (mediante asignaturas como Educación para la Ciudadanía) constituyen otros ejemplos de sometimiento de la gente a los dictámenes del Estado. Cada vez va siendo menos necesario elevar el gasto público para limitar las libertades de las personas.

En definitiva, la imposición, la coerción y la transferencia del control de los recursos de la sociedad al Estado parasitario continuarán, en cualquier caso, bajo el socialismo, aun cuando, estratégicamente, pudiera haber reducciones tributarias. Disminuir la coacción estatal no es de izquierdas; estrangular nuestra libertad, sí.

La teoría del valor contra la pobreza

La teoría económica es una ciencia compleja a la que no suelen prestar atención los profanos. Al parecer su nivel de abstracción la despoja de cualquier relevancia para el debate política actual y la recluye a un ámbito meramente academicista. Pero lo cierto es que las ideas siguen importando y que en particular la vulgarización de las malas ideas ha instalado en la sociedad una cosmovisión de sesgo antiliberal.

Un ejemplo bastante claro lo tenemos en la teoría de la imputación del valor y de los costes. En general casi toda la teoría clásica y neoclásica sostiene que los costes determinan el precio, esto es, que cuanto más costosa sea una mercancía tanto mayor será su precio.

La Escuela Austriaca, gracias a las seminales aportaciones de Menger, Böhm-Bawerk y Wieser, sostiene en cambio que son los precios los que determinan los costes, ya que éstos en última instancia no son más que los precios de los factores productivos. El empresario demandará trabajadores, maquinaria o materias primas en función de los ingresos esperados por la venta de los productos; y estos ingresos esperados dependen del precio que están dispuestos a pagar los consumidores.

En el lenguaje coloquial la teoría clásica del valor se ha importado bajo la forma del prejuicio habitual de que los más pobres serían incapaces de pagar ciertos bienes o servicios. Así, por ejemplo, la privatización de la sanidad resulta inaceptable ya que sería demasiado cara para los pobres.

Este tipo de clichés, sin embargo, sólo demuestra una falta de interiorización y comprensión de la auténtica teoría del valor. En efecto, si los costes finales no se ven influidos de ninguna manera por las valoraciones de los consumidores, siempre habrá sectores de la población que quedarán excluidos perpetuamente de ciertos productos.

Por ejemplo, supongamos que el bien X sólo puede producirse hoy a un coste medio de 5.000 unidades monetarias y que se oferta a una ciudad de mil habitantes al precio de 5.500 um. De esos mil habitantes, sólo cien están dispuestos a pagar tan elevado precio, mientras que los 900 restantes lo adquirirían si su precio fuera de 4.000 um. Sus ingresos serían 550.000 um (5.500 um x 100), sus gastos 500.000 (5.000 um x 100), sus beneficios 50.000 um (ingresos menos gastos) y el retorno sobre la inversión el 10% (beneficios sobre gasto).

En este caso tenemos una enorme parte de la demanda insatisfecha. Con una mala teoría del valor nos quedaríamos aquí: hasta que los costes no se reduzcan por algún motivo, sólo los ricos podrán adquirir el bien X. En cambio, si incorporamos la teoría del valor austriaca, la imagen de unos empresarios totalmente desinteresados por satisfacer la demanda de los más pobres cambia por entero. Si algún empresario fuera capaz de reducir los costes de producción hasta, por ejemplo, 3.000 um, podría ofrecer el producto a 4.000 um y vender mil unidades del bien X. En este caso, su retorno sobre la inversión sería del 33%, es decir, más de tres veces la anterior.

Ahora bien, no resulta verosímil asumir que la reducción de los costes medios le vendrá al empresario caída del cielo, sino que en la mayoría de los casos necesitará, a su vez, incurrir en nuevos costes (por ejemplo, para investigación y desarrollo, adquisición de nuevas máquinas o mejora de la logística).

Por tanto, es necesario calcular cuál será la cuantía máxima que estará dispuesto a gastar el empresario en reducir los costes medios para que la inversión le resulte igual de rentable que la primera (10% de retorno). Con los datos anteriores, este gasto máximo sería de 636.363 um; de modo que una vez reducidos los costes medios y el precio, los ingresos serían 4.000.000 um (4.000 um x 1.000), los gastos 3.636.363 um (3.000 um x 1.000 + 636.363 um), los beneficios 363.636 um y el retorno el 10%.

En otras palabras, el empresario estaría dispuesto a gastar sólo en reducir costes medios más de los ingresos que obtenía en el primer supuesto (550.000 um). Las razones que justifican esta inversión en reducir los costes medios son básicamente dos: el mayor margen por unidad vendida y el gran número de consumidores que pasan a ser satisfechos (lo que permite repartir los gastos de inversión entre un gran número de individuos).

De hecho, el gasto en reducir costes medios es creciente en estos dos factores. Por ejemplo, para reducir los costes medios hasta 1000 estaría dispuesto a invertir hasta 2.636.363 um (casi cinco veces más que los ingresos iniciales) y si el número de consumidores aumentara hasta 10.000, la inversión se podría multiplicar por diez.

Por tanto es completamente falaz que los empresarios se despreocupen por los más pobres. Más bien al contrario; el hecho de que no puedan o no quieran pagar los inicialmente elevados precios convierte en rentables las inversiones destinadas a reducir los costes para captar esa demanda insatisfecha. El capitalismo convierte los lujos de ayer en las necesidades de hoy: masifica los bienes y servicios y los hace accesibles a todo el mundo.

De hecho, en medio del proceso globalizador actual –donde el número de potenciales consumidores se multiplica y donde el coste de la investigación se reduce gracias a los menores salarios– los efectos anteriores son todavía más intensos.

Ahora bien, es importante darse cuenta de que esta reducción de costes medios sólo permite incrementar el bienestar de los consumidores cuando tiene lugar en el mercado. Y es que el gasto en inversión para reducir el precio del bien X tendrá que proceder o bien de un incremento de la oferta de factores productivos (por ejemplo, un individuo que decide trabajar más horas al día) o bien de una reducción del gasto destinado al producto Y.

Si el Estado se fijara como objetivo reducir los costes medios de X subvencionando la investigación en I+D o la renovación de la maquinaria, los factores productivos serían desviados hacia tareas menos valoradas por los consumidores.

Los pobres no necesitan al Estado para mejorar su situación. Una correcta teoría del valor permite comprender cómo los empresarios y los capitalistas son los más interesados en adaptar sus precios a la demanda de las masas. La teoría económica sigue teniendo su importancia en la lucha por la libertad.

Un tipo único

Ya ven, y eso que mis impuestos no tienen nada de complicado. Esto de cumplir con el fisco no es baladí. No sé cuáles son los datos para España, pero Robert Hall y Alvin Rabushka calcularon el coste para la economía estadounidense en 650.000 millones de dólares para el ejercicio 1993. Hoy rozaría el billón.

Es muy importante que los impuestos sean muy complicados y con muchas excepciones, porque ese es el caldo de cultivo del politiqueo, donde los grupos de interés se mueven a gusto. Mientras que para la gran mayoría, que tenemos como principal fuente de ingresos un sueldo, no tiene por dónde escapar, el resto da trabajo a miles de grandes profesionales del escamoteo al fisco. Adiós a la ilusión de la progresividad fiscal.

Precisamente Hall y Rabushka han propuesto para Estados Unidos simplificar el impuesto hasta el máximo. Un único tipo grava todos los ingresos menos los destinados al ahorro, para las personas como para las empresas. Nada de exenciones, reducciones o desgravaciones, aparte de un mínimo exento, que hace el impuesto (verdaderamente) progresivo. Sólo grava el consumo y favorece el ahorro y la creación de capital. Y para cumplimentarse, para mí como para El Corte Inglés, sólo se necesita una hoja. Yo seguiré entregándolo a última hora, como todo, pero al menos diría adiós al estrés fiscal.

Un tipo único sería una mala noticia para los más ricos; pero qué le vamos a hacer, no puede haber ley fiscal a gusto de todos. Seguramente porque el único impuesto justo es el que no existe. El BBVA hizo un estudio que calculaba qué tipo sería suficiente para allegar al Estado los ingresos actuales, y el número mágico es el 24 por ciento. Y es a todas luces excesivo, ya que en Estados Unidos se bastarían con un 19 y de los países que lo han adoptado, varios no llegan al 15. ¿No estaríamos mejor?

Sexo y libertad

La ministra-cuota de subvenciones culturales ha pasado de lucir palmito en el EuroPride a departir filosofía (siéntense)… sobre la libertad. Como habrá leído a Marx en varios idiomas y con el mismo provecho, se habrá sentido como nos imaginaba Carlos en su sociedad ideal: "cada cual puede ser hábil en cualquier área que desee". Pero, claro, el pensamiento de Marx siempre se dio de bruces con la naturaleza humana. Y como la naturaleza puede llegar a ser muy cruel, se ha cebado innecesariamente con la ministra Calvo, en esto de la filosofía. La Calvo ha dicho este sábado, con Zerolo a la izquierda, que "la principal libertad de la persona" es la sexual.

Curiosa prelación de libertades, la de la socialista. Porque si la principal libertad de la persona es la sexual será porque el principal rasgo de la persona es su sexualidad. ¿Se puede tener una idea más roma del ser humano? Es decir, que de todos los atributos de la persona el primero, según la Calvo, es el que enciende determinados humores. Si es así, ¿cómo es que no ha propuesto todavía un Ministerio del Sexo, como el Ministerio del Amor de 1984?

Además, la sexual será, para la ministra, la primera de nuestras libertades… y la última. Porque forma parte de un Gobierno que nos quiere prohibir fumar, beber vino y caer en otros vicios, anunciar hamburguesas, ver pelis extranjeras, y ya de paso educar a nuestros hijos en nuestros valores, o sencillamente informar de lo que pasa. Mucho mejor limpiar las calles de mendigos y prostitutas.

Pero es que ni primera ni última. La libertad es una, y o se quiere o se desprecia, como hacen los socialistas. La temen, la odian, la insultan en cuanto tienen ocasión. Y en el sexo como en todo lo demás. No ya porque les ha salido de dentro esta veta neoinquisidora por ejemplo con las prostitutas, sino porque abrazan con su Alianza de Civilizaciones a los regímenes islámicos más retrógrados, y con su diálogo de progreso a Castro, que también gusta de reunir a los homosexuales, pero en cárceles y campos de trabajo. ¿Por qué no celebrar un WorldPride en La Habana para que la ministra Calvo hable en la isla de libertades, allá inéditas?

El “crimen de 1873”

En los Estados Unidos, desde su constitución como nación independiente, reinó el contradictorio sistema bimetálico. Alexander Hamilton fijó la denominación del dólar en 24,75 gramos de oro puro, y a la vez en 371,25 gramos de plata pura. De este modo, el dueño de los billetes de podría reclamar libremente la cantidad correspondiente de uno u otro metal, en una relación entre ambas cantidades de uno a quince.

De forma independiente al cambio oficial entre oro y plata, se fijaba en el mercado un mercado entre ambos metales, que se compraban y vendían libremente. Cuando el precio real coincidía con el cambio no surgía mayor problema, pero cuando difería se ponía en marcha la ley de Gresham, según la cual la moneda mala (sobrevaluada artificialmente por el cambio oficial) substituía a la buena (depreciada).

Así, por ejemplo, el precio plata dólar alcanzó en 1805 la relación 15,75:1, de modo que la relación artificialmente fijada en 15:1 depreciaba el oro frente a la plata. Así, la plata acudió al país, mientras que el oro se retiró del mercado y buscó lugares donde fuera más apreciado, y en parte hizo el camino opuesto de la plata, cruzando la frontera hacia fuera. La plata se impuso como patrón monetario. Su reino no duró más que unos años y ambos metales fueron ocupando respectivamente el papel de patrón en función del ratio entre su precio en el mercado y la relación entre los contenidos oficiales de oro y plata del dólar.

Así fue hasta 1873. Poco antes Prusia había ganado la guerra que libró contra Francia. Tenía grandes cantidades de oro, y le interesaba imponer el metal amarillo como patrón único, como de hecho se fue imponiendo en toda Europa. En Estados Unidos, al ver que la plata se iba desmonetizando en el Viejo Continente, y que perdía valor (una parte importante de su demanda era monetaria) decidieron seguir el mismo camino, prohibiendo el derecho privado de acuñación en ese metal. La medida pasó desapercibida en el momento, ya que se había vuelto a imponer el oro como patrón. No fue hasta después cuando se llamó a aquella violación de los derechos privados "El crimen de 1973".

Se creó todo un movimiento en defensa de la plata cuando ya era muy tarde. Pero ¿fue realmente un crimen el de 1873? Echemos en primer lugar un vistazo a la larga historia de las relaciones entre estos dos metales preciosos como dinero. Convivieron desde los orígenes de la civilización humana, con una relación entre ellos con una estabilidad sencillamente inconcebible en cualquier otra relación económica: 10:1 De modo imperceptible para la experiencia diaria, pero aprehensible a la mirada del historiador, la plata se fue depreciando hasta fijarse en 14:1 en la era moderna, y rondar el 15:1 a partir del XVII. Acaso esta estabilidad notable hiciera posible creer en un bimetalismo con una relación fija entre ambas monedas. En realidad, podrían convivir ambas, con denominaciones distintas y sin la necesidad de que el Estado impusiera un precio artificial entre ambas. Convivirían, manteniendo su secular estabilidad, y probablemente jugaran funciones complementarias, sin necesidad de que una se impusiera sobre otra.

Pero la convivencia en el mercado de dos monedas, con todas las ventajas que podría prestar a la sociedad, resultaría un estorbo para los eternos deseos inflacionistas del Estado. Esta es, a juicio de Antal Fekete, la verdadera razón del "crimen de 1873". Comentando sus ideas, Ferdinand Lips dice en su libro Gold Wars:

Una manipulación a gran escala del crédito era posible sólo si el Gobierno y el sistema bancario asumían el control sobre una de las monedas-metal. El primer paso en esta dirección fue la decisión de desechar el bimetalismo e introducir el monometalismo. Dado que la plata estaba mucho más distribuida entre la población, el control sobre la plata como medio de manipulación crediticia apareció, así, menos prometedora. En consecuencia, el oro se convirtió en el único metal monetario.

Rothbard, en Man, Economy and State decía:

Es imposible predecir si el Mercado habría continuado indefinidamente utilizando oro y plata o si uno se hubiera impuesto gradualmente sobre el otro como medio general de intercambio. Pues, a finales del siglo XIX, la mayoría de los países occidentales condujeron un golpe de Estado contra la plata, para establecer un patrón monometálico por medio de la coacción.

La lucha de los gobiernos contra nuestro dinero había dejado su primer cadáver en la cuneta.