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Etiqueta: Adam Smith

El capitalismo cooperativo de Adam Smith

Gary Galles. Este artículo fue publicado originalmente por Law & Liberty.

Las personas importantes de la historia suelen conmemorarse en su cumpleaños. Sin embargo, algunos tienen fechas de nacimiento desconocidas, lo que dificulta el cumplimiento de esta tradición. Por ejemplo, Adam Smith, el economista más famoso de la historia, ilustra estas dificultades. Algunas fuentes sitúan su nacimiento el 16 de junio de 1723, mientras que otras lo sitúan el 5 de junio de ese año (debido al uso de calendarios diferentes). Otras dicen que no sabemos cuándo nació, pero dan una de esas fechas como la de su bautismo, del que sí tenemos constancia.

A pesar de ese problema, estamos seguros de que este año es el tricentenario del nacimiento de Adam Smith, por lo que es un momento muy apropiado para recordarle y celebrar sus valiosas ideas.

Perro come perro…

Preveo bastantes artículos sobre las contribuciones de Smith a la comprensión económica en su 300 aniversario, como su articulación de cómo la “mano invisible” de las interacciones del mercado puede coordinar una sociedad basada en la libertad -es decir, la propiedad privada y el intercambio voluntario- con mayor eficacia que el poder coercitivo del Estado. Citando a Smith:

Persiguiendo su propio interés, con frecuencia promueve el de la sociedad más eficazmente que cuando realmente pretende promoverlo.

Así que pensé en alejarme un poco de los caminos trillados y considerar su magistral refutación preventiva a décadas de afirmaciones de que los acuerdos voluntarios de mercado (o capitalismo, un término utilizado para implicar falsamente que sólo los propietarios del capital ganan con el sistema) representan una jungla perro-come-perro de una sociedad.

… perro no come perro

Tales afirmaciones han circulado lo suficiente como para arraigar en la sociedad. Por ejemplo, varias canciones incluyen frases de este tipo. Pero mi ejemplo favorito proviene de un episodio de Cheers, cuando Woody le preguntó a Norm cómo estaban las cosas. Norm respondió: “Es un mundo de perros, Woody, y llevo calzoncillos Milk-Bone”. Sin embargo, incluso cuando se utiliza en tono humorístico, la frase me resulta llamativa porque no conozco a nadie que haya visto alguna vez a un perro comerse a otro perro, y hacer una analogía con algo que no ocurre es una caña notablemente débil para sostener algo parecido a un argumento lógico. De hecho, el Oxford English Dictionary remonta la frase dog eat dog a 1794, pero señala que es una corrupción del latín canis caninam non est, que afirmaba lo contrario: que el perro no se come al perro.

Si, a pesar de esa confusión, tales caracterizaciones erróneas de los acuerdos de mercado pueden lograr aceptación, da a aquellos que desean avanzar en sus agendas mediante la violación de los derechos de propiedad de las personas una palanca para descartar las montañas de pruebas a favor de la coordinación social voluntaria del capitalismo como, en cambio, un proceso vicioso, feo y perjudicial.

Una investigación sobre la naturaleza y las causas…

La refutación de Adam Smith a tales afirmaciones se encuentra en el libro más famoso de economía, La riqueza de las naciones, que ha permanecido impreso desde el año en que los colonos estadounidenses emitieron la Declaración de Independencia. Aparece en el Libro 1, Capítulo 2, por lo que incluso un mínimo esfuerzo por entender su razonamiento llevaría al lector hasta allí. Además, una de las citas más famosas del libro atrae la atención en medio de la discusión

No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero de quien esperamos nuestra cena, sino de su consideración por su propio interés. No nos dirigimos a su humanidad, sino a su amor propio, y nunca les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas

Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

No es una economía de perros, sino de personas

Allí, Smith señaló que los perros no tienen derechos de propiedad, como los humanos (“Nadie ha visto nunca que un animal, con sus gestos y gritos naturales, le diga a otro: esto es mío, esto es tuyo”). No tienen “las facilidades de la razón y el habla” que les permitirían negociar y hacer contratos. No hacen intercambios entre ellos (“Nadie ha visto nunca a un perro hacer un intercambio justo y deliberado… con otro perro”).

Los perros, en consecuencia, no producen los unos para los otros, beneficiándose mutuamente a base de intercambiar los frutos de sus diferentes talentos y especialización (“a falta de poder o disposición para el trueque o el intercambio”, “no contribuyen en lo más mínimo a la mejor acomodación y conveniencia de la especie”, por lo que cada uno “no obtiene ningún tipo de ventaja de esa variedad de talentos con los que la naturaleza ha distinguido a sus congéneres”).

La ausencia de derechos de los animales más allá de su propia capacidad para disuadir las invasiones de otros animales, significa que no tienen la protección de los derechos de propiedad privada, que Herbert Spencer describió como “una insistencia en que los débiles deben ser protegidos de los fuertes”, y que John Locke llamó la razón por la que “el hombre… está dispuesto a unirse en sociedad”. E ignorar por qué las personas, a diferencia de los animales, se unen en sociedad es fatal para cualquier equiparación convincente de un sistema de acuerdos voluntarios a una jungla de “perro come perro”.

La protección de los derechos de propiedad

Sin embargo, las personas, protegidas por los derechos de propiedad privada y el derecho derivado a contratar, están unidas por los enormes beneficios mutuos que la producción y el intercambio entre unos y otros pueden obtener de nuestras dramáticas diferencias de intereses y capacidades. En lugar de un juego de suma cero, la competencia de mercado produce un “juego” de suma increíblemente positiva en el que cada uno se beneficia a sí mismo encontrando más y mejores formas de beneficiar a los demás, lo que George Reisman reconoció que produce una situación en la que “la ganancia de un hombre es positivamente la ganancia de otros hombres”.

Y esto ocurre gracias a la capacidad de crear e intercambiar con los demás, que, según Smith, es “común a todos los hombres y no se encuentra en ninguna otra raza de animales”, razón por la cual, para el hombre, “la mayor parte de sus necesidades ocasionales se satisfacen mediante… tratados, trueques y compras”, lo que, a su vez, “da lugar a la división del trabajo” y a la expansión masiva de la producción que hace posible la expansión masiva del consumo.

Yo gano, tú pierdes

No tiene sentido presentar la cooperación voluntaria que debe respetar los derechos de los participantes como una batalla desesperada por la supervivencia, donde “todo vale”. Ese comportamiento de “yo gano, tú pierdes” se remonta a unos recursos dados y limitados, que no es la situación a la que se enfrenta la gente en el capitalismo, que ha hecho más que ningún otro “descubrimiento” social para sustituir ese comportamiento por posibilidades en las que todos ganan. En palabras de Smith,

Entre los hombres… los genios más dispares son útiles los unos para los otros… donde cada hombre puede comprar cualquier parte del producto de los talentos de otros hombres que tenga ocasión de comprar.

Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

Siempre que se respete la propiedad de las personas sobre sí mismas y su producción, sus acuerdos voluntarios son el medio por el que todos ganan. Y ese mundo en el que el hombre sirve al hombre está muy lejos de ser un mundo en el que el perro se come al perro.

Más allá de echar por tierra la idea de que los mercados representan una jungla de perros y gatos (que es, de hecho, una descripción mucho más cercana de las “soluciones” gubernamentales, respaldadas por su poder para coaccionar a la gente en contra de su voluntad), Smith ofrece otras ideas sobre lo que los mercados representan y logran.

Acuerdos voluntarios

Estas revelan también lo diferentes que son los acuerdos de mercado voluntarios, basados en la propiedad privada, de tales epítetos. Para no extenderme demasiado, veamos sólo cuatro de mis citas favoritas de Smith sobre el tema:

El esfuerzo uniforme, constante e ininterrumpido de cada hombre por mejorar su condición… es capaz por sí solo, y sin ninguna ayuda, no sólo de llevar a la sociedad a la riqueza y la prosperidad, sino de superar cien obstáculos impertinentes con los que la locura de las leyes humanas entorpece con demasiada frecuencia sus operaciones.

En medio de todas las exacciones del gobierno… el capital ha sido silenciosa y gradualmente acumulado por la frugalidad privada y la buena conducta de los individuos, por su esfuerzo universal, continuo e ininterrumpido para mejorar su propia condición. Es este esfuerzo, protegido por la ley y permitido por la libertad de ejercerlo de la manera más ventajosa, lo que ha mantenido el progreso.

Poco más se requiere para llevar a un estado al más alto grado de opulencia desde la más baja barbarie que paz, impuestos fáciles y una tolerable administración de justicia; todo lo demás se produce por el curso natural de las cosas.

Así pues, eliminados por completo todos los sistemas de preferencia o de restricción, el sistema obvio y simple de la libertad natural se establece por sí mismo. Cada hombre, mientras no viole las leyes de la justicia, es perfectamente libre de perseguir sus propios intereses a su manera, y de poner su industria y su capital en competencia con los de cualquier otro hombre.

Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

El obvio y simple sistema de la libertad natural

El primero de mis favoritos hace hincapié en que, en lugar de producir una jungla de daños, el interés propio, sujeto únicamente a la necesidad de respetar los derechos de propiedad y cumplir los contratos acordados voluntariamente, es capaz de producir riqueza y prosperidad, combinado con el reconocimiento de que el gobierno es a menudo el problema y no la solución.

El segundo refuerza el primero, haciendo hincapié en el hecho de que la competencia en los mercados conduce a la buena conducta, no a la conducta viciosa que los oponentes de la libertad económica utilizan como falsa premisa para sus deseadas “reformas”. El tercero continúa el tema, centrándose en el principal problema a este respecto, que es la incapacidad del gobierno para proteger los derechos de propiedad y los acuerdos voluntarios, que es su principal función, si no la única, que sirve para promover lo que la Constitución denominó Bienestar General. El último resume las ventajas del “obvio y simple sistema de libertad natural” y su coherencia con la justicia, que no puede ser el caso de las alternativas gubernamentales que violan los derechos de propiedad y la libertad.

Trescientos años

El tricentenario de Adam Smith justifica una consideración renovada de su sabiduría sobre la cooperación social mutuamente beneficiosa. Es particularmente importante en un momento en que los gobiernos han honrado durante mucho tiempo sus ideas, mucho más en la brecha que en la observancia. Dado que la idea de los mercados como selvas de “perro-come-perro” ha desempeñado un papel en ese resultado destructivo, tal vez deberíamos honrar a Smith reconociendo que tal calumnia es totalmente inexacta, y así eliminar una premisa falsa que ha subyacido (con disculpas a Robert Frost) a tantos caminos equivocados que deberían haber sido menos transitados.

El lenguaje económico (XVII): Producción

En sentido amplio, entendemos por producción toda actividad humana cuyo fin es la obtención de un bien económico mediante el trabajo. Eventualmente, una actividad lúdica (i.e. pesca, caza, juegos de azar) puede reportar ciertos bienes económicos (i.e. capturas, premios), pero su finalidad principal no es la producción, sino el consumo de bienes de ocio. Por otro lado, la producción es una actividad humana y sólo en sentido metafórico decimos que las abejas «producen» miel o que un manzano «produce» manzanas. Veamos algunas confusiones relativas a la producción.

Trabajo productivo frente a trabajo improductivo

Los economistas clásicos  —Smith, Say, Ricardo, Bastiat, Mill— consideraron tres factores de producción: tierra, trabajo y capital. Esta clasificación, con ligeras adiciones (i.e. tecnología), se ha mantenido hasta la actualidad. En economía, la creación de clases siempre ha sido problemática pues conduce frecuentemente a su jerarquización: ¿Cuál es el factor de producción más importante? Los fisiócratas franceses, liderados por el Dr. François Quesnay, creían que solamente la agricultura era productiva (Rothbard, 2013: 405).

Por su parte, Adam Smith (2011: 424) introdujo la desafortunada distinción entre trabajo productivo (industria) e improductivo (servicios) Todavía hoy persiste este error cuando, por ejemplo, consideramos «más» productivo al agricultor que al intermediario (que «sólo» compra y vende). Esto se refuta con un mero ejercicio mental: imaginemos que, en lugar de adquirir todo en un único sitio (mercado), tuviéramos que acudir a cada uno de los miles de productores. Sin mayoristas y minoristas comerciales nuestro nivel de vida caería drásticamente. También es habitual creer que el comerciante obtiene mayores ingresos que el «genuino» productor: agricultor o ganadero. En los mercadillos municipales se aprecia este tipo de sesgos; por ejemplo, en Breña Alta (La Palma) se fijan topes máximos y mínimos para «garantizar los precios más justos para consumidores y productores».

Por último, en el sector turístico, los hoteleros —productores— también se quejan de los improductivos turoperadores. ¿Acaso la función comercial no forma parte del proceso productivo? Los primeros, en privado, reconocen que es muy ventajoso que alguien les asegure una ocupación mínima del establecimiento, vendiendo ellos el resto de habitaciones por otros canales. El turoperador es muy útil pues palía el daño ocasionado por la legislación laboral, equilibrando oferta y demanda. Es patente que si un hotel tuviera la capacidad de colocar directamente toda su oferta prescindiría del intermediario comercial; si lo hace, es porque claramente le beneficia.    

Economía real o productiva vs economía financiera

La falacia smithiana de la improductividad de los servicios alcanza su paroxismo en el sector financiero, que es visto como improductivo y especulativo. Supuestamente, existe una economía «real» que produce bienes (no financieros) y otra economía financiera que es improductiva y especulativa. Esta maniquea distinción carece de lógica económica. Por ejemplo, el pago con tarjeta de crédito que realizamos en el restaurante es tan real como la comida ingerida o el servicio recibido. Que algo sea intangible no significa que sea irreal. Paradójicamente, en el sector bancario se denomina «producto financiero» a cualquier contrato: hipoteca, crédito, depósito, seguro, etc.  El gestor de fondos de inversión, Daniel Lacalle, en su libro: Nosotros, los mercados, critica la injusta demonización de los negocios financieros: «Se habla de la “economía real” como si la economía financiera no fuera un elemento esencial para el desarrollo del comercio mundial y de la globalización» (Lacalle, 2013: 544[1]). 

Producción «ineficiente»

Otro mito es el referido a los (supuestos) fallos de mercado que «provocan producción o consumo ineficientes y el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34).

En el ámbito tecnológico, «eficiencia» tiene un significado preciso: es el resultado (output) obtenido por unidad de entrada (input) consumida. Así, los fabricantes establecen categorías de eficiencia para los electrodomésticos. En cambio, en el ámbito social el concepto de eficiencia —la mejor combinación de medios para alcanzar fines dados— (Rothbard, 2011: 254) se vacía de contenido porque medios y fines varían para cada individuo, se valoran de forma subjetiva y, a menudo, son antagónicos.

Es cierto que la producción capitalista produce mayor cantidad de bienes y a menor precio que la producción artesanal, pero algunos consumidores prefieren bienes más caros (muebles, joyas, alimentos) producidos de forma tradicional. ¿Y cómo saber cuál es la producción más eficiente? Para saberlo tendríamos que tener un conocimiento perfecto, pero lo que hay que producir, así como su cantidad y calidad, no está dado de antemano y siempre está sujeto a la incertidumbre.

Por ejemplo, el panadero, al final de cada jornada, debe elegir el momento de detener la producción: si se queda «corto» ganará menos dinero y si se «pasa» sufrirá mermas. La producción óptima nunca está asegurada y solo podemos aproximarnos a ella por tanteo. Pero incluso si aceptáramos, a efectos dialécticos, que el mercado es «ineficiente» y que genera «sobreproducción» o «infraproducción», constituye un non sequitur afirmar que el gobierno debe intervenir; esta conclusión no es económica sino normativa: “The contention that government should involve itself with the private economy is a moral conclusion, one that can be reached only if there are ethical arguments in the premises” (Block, 1983: 3).

Serie ‘El lenguaje económico’

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Bibliografía

Block, W. (1983). “Public Goods and Externalities: The Case of Roads”. Journal of Libertarian Studies, Vol. VII, No. 1, spring, pp. 1-34.

Rothbard, M. (2011). Economic controversies. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Rothbard, M. (2013). Historia del pensamiento económico. Madrid: Unión Editorial.

Lacalle, D. (2013). Nosotros, los mercados: Qué son, cómo funcionan y por qué resultan imprescindibles. Deusto.

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006). Economía. Méjico: McGraw Hill (18ª ed.)

Smith, A. (2011). La riqueza de las naciones. Madrid: Alianza Editorial.


[1] Paginación en libro electrónico Kindle.

Desmontando el Artículo 31.1 de la Constitución Española

El pasado 3 de junio del presente año, durante el XIV Congreso de Economía Austriaca organizado por el Instituto Juan de Mariana en las dependencias de la sede de Madrid de la Universidad Francisco Marroquín, he tenido la fortuna de defender una ponencia que llevaba por título el mismo que el presente artículo, que es una versión reducida de aquélla.

En primera instancia transcribamos el artículo objeto de estudio,

Artículo 31.1. Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio

Y una vez transcrito, pasemos someramente a su análisis por medio de su división,

“Todos contribuirán al sostenimiento…”

¿‘Todos’, de verdad? Siguiendo a Murray N. Rothbard podemos señalar que en la sociedad nos encontramos con dos grupos de personas, las que se resultan perjudicadas por los impuestos, frente a otras que resultan beneficiadas; y dentro de estos últimos nos podemos encontrar a los que Rothbard califica como ‘beneficiarios absolutos’, (como los políticos y los funcionarios), frente a los ‘beneficiarios parciales’, (donde se encontrarían los subvencionados). De lo señalado por Rothbard parece discutible que se pueda señalar que ‘todos’ contribuyen al sostenimiento de los gastos públicos, más bien parecería que hay contribuyentes frente a consumidores de impuestos.

“…de los gastos públicos…”

Para que se puedan acometer gastos, previamente deben producirse ingresos, y una de las forma que tiene la administración para obtener fondos, es por vía impositiva. Una vez que disponga de fondos, la administración podrá destinarlos a realizar sus ‘funciones’. Funciones que por otra parte, podrían ser objeto de un largo y acalorado debate, nosotros por nuestra parte nos limitaremos a manifestar nuestra opinión trayendo a colación las siguientes palabras de David Friedman, “no existen funciones inherentes al gobierno… …Todo lo que el gobierno hace puede clasificarse en dos categorías: aquello de lo que podemos prescindir hoy y aquello de lo que esperamos poder prescindir mañana”.

Dejando a un lado la cuestión de las posibles funciones del gobierno, y volviendo a la cuestión de los gastos públicos, cabe señalar siguiendo al autor de La riqueza de las naciones (1776), Adam Smith, que, “…donde existe como mínimo la sospecha generalizada de que hay muchos gastos innecesarios y un pésimo empleo de los ingresos públicos, las leyes que los guardan son poco respetadas”.

Gastos públicos que, como bien sabemos, no dejan de crecer como consecuencia del aumento del denominado estado del bienestar y del poder del Estado.

“…de acuerdo con su capacidad económica…”

Determinar la capacidad económica de los contribuyentes no deja de ser una medida totalmente arbitraria y de difícil determinación, volvemos a traer a colación a Adam Smith, aunque en este caso para disentir, respetuosamente con él, respecto a su concepción de ‘capacidad’, dado que el famoso escocés sostenía que, “los súbditos de cualquier estado deben contribuir al sostenimiento del gobierno en la medida de lo posible en proporción a sus respectivas capacidades; es decir, en proporción al ingreso del que respectivamente disfrutan bajo la protección del Estado”. Queremos recalcar que la capacidad económica no tiene por qué coincidir con la proporción de los ingresos, una persona ‘A’ puede ganar X u.m., y otra persona ‘B’ puede ganar el doble de u.m., pero puede tener determinadas cargas familiares que le imposibilitaran contribuir siquiera en la misma forma que ‘A’.

Buscar una equivalencia en los sacrificios a los que cada contribuyente debiere someterse no deja de ser, a nuestro parecer, una quimera de irresoluble solución.

“…mediante un sistema tributario justo…”

 Antes de pasar a ver si cabe la posibilidad de que un sistema tributario sea justo, debemos señalar qué entendemos por justicia, y nada mejor que recurrir al gran jurisconsulto romano Ulpiano que definía la justicia como “la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde”.

El problema es que una vez que nace el Estado, es imposible seguir el precepto de justicia de Ulpiano dado que, como señala el profesor César Martínez Meseguer, “el Estado se atribuye el derecho supremo a dar a cada uno lo que el mismo califica arbitrariamente como justo”.

Si trasladamos nuestra casuística a la operativa del mercado, vemos que la única forma de que algo pueda considerarse como ‘justo’, será mediante el establecimiento de precios de mercado, que serán aquellos que se determinen por la interacción voluntaria de los participantes en el intercambio, que en caso de establecerse, dicho precio satisfará las necesidades de ambas partes, considerando las dos que salen beneficiadas con el intercambio, puesto que si fuere de otra forma, el intercambio no tendría lugar.

El problema que sucede con la fiscalidad es que como subraya Rothbard, es injusta desde su inicio, y, por tanto, ninguna asignación posible de sus cargas podrá llegarse a considerar como justa.

“…inspirado en los principios de igualdad y progresividad…”

Respecto al principio de igualdad, en primera instancia, se habría que verificar si el tratamiento a imponer sería justo, dado que, si no lo fuere, que se implantare a todos los ciudadanos no constituirá ideal de justicia alguno.

Si se quisiera tratar a todos por igual entiendo que el único método correcto sería el establecimiento de un impuesto único de encabezamiento, que consiste en imponer a todos el pago de una misma cuota (como a los miembros de un club) de igual forma, que con independencia del dinero que tengamos cada uno, una barra de pan si la compramos en el mismo sitio nos costará el mismo dinero que a cualquier otro; entiendo que la igualdad se conseguiría de esa forma, en caso contrario, a lo más que se puede aspirar es a “tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales”.

Y, en cuanto al principio de progresividad en la fiscalidad, que podemos entenderlo como aquella medida que consiste en imponer un tramo superior a aquellas personas que ganen más, quisiera recalcar que hay que considerarlo como un castigo progresivo a la eficiencia, que actúa como una multa al mérito en el mercado.

En conclusión, en función de lo expuesto, no estamos muy seguros que la igualdad, o la progresividad, debieren ser principios que pudiéremos considerar como ‘justos’ a la hora de hablar fiscalidad impositiva.

“…que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio”.

Según el Diccionario de la Real Academia Española de la lengua, el acto de confiscar consiste en una “pena o sanción consistente en la apropiación por el Estado de la totalidad del patrimonio de un sujeto”. 

Desconozco si el legislador español al señalar que la fiscalidad no tiene alcance confiscatorio querría señalar que mientras no nos arrebaten el cien por cien (100%) del patrimonio, no puede considerarse como acto confiscatorio. Por su parte, la Enciclopedia Británica tiene la deferencia de no especificar la cantidad que tienen que sustraerte contra tu voluntad para considerarlo un acto confiscatorio, ya que la define como, “act of appropriating private property for state or sovereign use” (acto de apropiación de propiedad privada para uso estatal o soberano).

Y es que la tributación se ha llegado a convertir en todo un ‘arte’, que no es reciente, sino que viene de lejos, Jean Baptiste Colbert, estadista francés del siglo XVII, decía que el arte de la tributación consistía en “desplumar al ganso para obtener la mayor cantidad de plumas con el menor número posible de graznidos”.

En conclusión, 

Hemos intentado demostrar que no ‘todos’ los ciudadanos contribuyen al sostenimiento de los gastos públicos.

Respecto al ‘sostenimiento de los gastos públicos’, en primera instancia habrá que determinar lo que hay que ‘sostener’, y una vez determinado qué funciones tienen que ser desempeñadas por el Estado, (muchas, pocas o ninguna), habría que asignar la partida correspondiente, única y exclusivamente para el desarrollo de dichas funciones atribuidas.

En cuanto a la cuestión de la ‘capacidad económica’, nos encontramos ante la tesitura de que no hay forma de establecer dicho principio, o nos encontraríamos ante la casuística de que habría que pagar en función del dinero que cada uno tuviere. Con lo que no habría razón para esforzarse y trabajar duro para ganar más dinero.

Hemos señalado que establecer ‘un sistema tributario justo’ es una quimera, dado que una vez que el estado se atribuyó la prerrogativa de quitar a cada uno lo que considera oportuno para dárselos a otros de forma arbitraria, hablar de justicia es algo cuanto menos contradictorio.

En relación con el ‘principio de igualdad’, antes de buscar la igualdad de tratamiento, habrá que dirimir si lo que se pretende que rija de manera uniforme puede ser considerado como justo, que expuesto lo que antecede, parece ser de difícil cumplimiento.

El asunto de la progresividad en materia tributaria ya hemos dicho que es un ‘castigo progresivo a la eficiencia’, que reduce el incentivo para trabajar y ganar dinero.

Y respecto a la cuestión de la ‘confiscatoriedad’ lo realmente importante como señaló Murray Rothbard, sería determinar la cantidad total que una persona contra su voluntad se ve obligada a entregar al Estado, que no deja de ser otra cosa que una institución destructiva para la creación de riquezas, salvo para quienes ostentan el poder, claro está.

Referencias

Friedman, David (2012) [1973]. La maquinaria de la libertad. Editorial Innisfree.

Martínez Meseguer, César (2015) [2006]. La teoría evolutiva de las instituciones. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, Murray N. (2015) [1970]. Poder y Mercado. Madrid: Unión Editorial.

⎯⎯. “El Impuesto al Consumo: una crítica” en Review of Austrian Economics. Volumen 7, Nº 2, pp. 75-90.

Smith, Adam. (2011) [1776]. La riqueza de las naciones. Madrid: Alianza Editorial.

La Ilustración ha muerto. ¿Descanse en paz el liberalismo? (I)

“El hombre es la medida de todas las cosas”. Hace casi 25 siglos que el sofista Protágoras acuñó este aforismo. Un aforismo que, ciertamente, se presta a diversas interpretaciones, desde el relativismo extremo (cada uno tiene su verdad, o cada individuo es la medida de la verdad para sí mismo), al más genérico y razonable planteamiento de Goethe, en el sentido de que existe una medida común, presente en todos los hombres individuales, para valorar las cosas y para atribuirles significado. Sea como fuere, todas las formas de interpretar el aforismo de Protágoras tienen un denominador común: la verdad, la medida de las cosas, no hay que buscarla fuera del hombre, sino en el hombre mismo, ya sea a título individual o colectivo.

El aforismo, o lema si se quiere, de Protágoras, casi diametralmente opuesto al planteamiento de Platón (que podría resumirse en que la medida o la verdad de las cosas es externa e independiente del hombre), fue corregido y aumentado primero por el Renacimiento –que desempolvó del desván de la Historia la cosmovisión materialista, apolínea y a la vez dionisíaca, del espíritu pagano–; y después por la Ilustración, que en su clímax, la Revolución Francesa, elevó a la categoría de divinidad absoluta la facultad más noble, aunque quizá la más débil, del ser humano; esto es, la capacidad de conocer en general y, más concretamente, la capacidad de conocerse a sí mismo.

Kant, una de las cumbres del pensamiento occidental, proclamó en ¿Qué es la Ilustración? la mayoría de edad de la Humanidad (el célebre sapere aude), anunciando la paz eterna universal, no tanto por la vía del cumplimiento de los Diez Mandamientos, sino por medio del Estado de Derecho, de la Educación, de la Ciencia, de la democracia representativa, del libre comercio y de la presunción de racionalidad aplicada a todos los individuos. Muy pocos años antes, y animado del mismo espíritu, Adam Smith había publicado La riqueza de las naciones, típica obra ilustrada, donde acuña el célebre y fértil concepto de la “mano invisible”, o lo que es lo mismo, la capacidad natural de autoorganización y tendencia al equilibrio dinámico de los grupos humanos que un siglo antes Isaac Newton había predicado de la materia y de los astros en los Principia Mathematica. La antigua doctrina de la Providencia activa, sustentadora directa del orden y el equilibrio en las cosas celestes, terrestres y humanas quedaba arrinconada como antigualla oscurantista. Dicho en otras palabras, para conservar y mejorar el orden social ya no era necesario observar ciertas normas morales emanadas de o dictadas por seres trascendentes: la compensación de fuerzas opuestas (el principio de la competencia, o la “mano invisible”), como muestran las leyes de la Dinámica de Newton en lo material, reconducirá a la senda del equilibrio dinámico cualquier perturbación del sistema, ya se trate de un sistema físico o, por analogía, de un sistema social.

Consecuentemente, justo un siglo después de Smith y Kant, y dos siglos después de Newton, Nietzsche, en La gaya ciencia, levantaba el acta de defunción de lo religioso en los asuntos humanos y la inauguración de la era del superhombre, del hombre libre de todo tipo de ataduras (religiosas, morales, materiales, sociales y culturales); esto es, del sapere aude al potens aude tras un siglo, el XIX, de fermentación de las doctrinas emanadas de la Ilustración. Una era plenamente faústica que duró otro siglo, el XX, el de los avances científicos y técnicos más asombrosos en la Historia de la Humanidad, el siglo en que la población mundial se multiplicó por cuatro y la esperanza de vida por dos. Y al mismo tiempo, el siglo de las religiones políticas, de los totalitarismos, de los genocidios programados, de la guerra total y de las armas de destrucción masiva.

Y casi exactamente un siglo después de La gaya ciencia, esta vez un francés, Jean François Revel, contemplando el ya moribundo siglo XX y cerrando el ciclo iniciado por la Ilustración y la Revolución Francesa, levanta a su vez, muy a su pesar, en El conocimiento inútil, otra acta de defunción, la de la hermosa utopía ilustrada que tan elocuentemente expresó Kant, basada en la Razón, en el Derecho y en la Ciencia. Por las mismas fechas, Hayek, ya en las postrimerías de su vida, publicaba La fatal arrogancia, obra destinada a dar la puntilla a un socialismo, real y teórico, ya moribundo. Y esa puntilla vino, no de los afilados instrumentos de la razón ilustrada, sino de una enigmática frase que, ya en su significado literal, apunta a la raíz del problema, y que da título al primer capítulo del libro: “Entre el instinto y la razón”. En otras palabras, Hayek ya pone de relieve la insuficiencia del instrumental ilustrado para comprender los fenómenos y las dinámicas sociales. Así, viene a decirnos Hayek al final de su vida que, ciertamente, el sueño de la razón puede producir monstruos, como Goya ya nos advirtió en sus grabados; pero la razón insomne, desnuda, sin otra referencia en la que apoyarse más que en ella misma, produce monstruos aún más temibles.

Casi al mismo tiempo que estos dos gigantes del pensamiento del siglo XX constataban, cada uno desde su punto de vista, y aun a su pesar, el agotamiento del programa ilustrado, caía con estrépito el Telón de Acero, es decir, el último gran experimento inspirado en la Ilustración (el primero fue la República de los Estados Unidos, que vio la luz al mismo tiempo que se publicaba La riqueza de las naciones). El júbilo, más que justificado, con que fue recibido el acontecimiento, que ya comienza a ser lejano en el tiempo (no en vano, ya ha transcurrido más de una generación), impidió calibrar tanto sus consecuencias como, sobre todo, su más profundo significado, ya esbozado en parte por Revel y por Hayek, como se acaba de señalar; y también, diez años antes, por Aleksandr Solzhenitsyn, en su célebre conferencia en Harvard.

Treinta años después, una vez sublimada la polvareda provocada por la caída del Muro de Berlín, puede decirse que aún no se han extraído las lecciones más importantes, a pesar del terrible aviso del 11-S con que se inauguró el siglo XXI tras esa segunda Belle Époque que transcurrió en la década de los 90, donde parecía que, por fin, iba a hacerse realidad la feliz utopía ilustrada, la de un mundo en paz, en armonía y en constante progreso basado en la Razón, en la Educación, en el Derecho, en la Ciencia, en la democracia liberal, en la división del trabajo internacional y en el libre comercio. Hoy es fácil ridiculizar a Fukuyama, pero en 1992, la fecha en que se publicó El fin de la Historia y el último hombre, la tesis de la democracia liberal como único sistema político posible y viable, y su correlato económico, la división internacional del trabajo, también conocida como globalización, que presidió las cancillerías y las universidades occidentales en la década final del siglo XX, era poco menos que incuestionable.

Desgraciadamente, como ya se ha dicho, el 11-S nos despertó a todos, abruptamente, de ese feliz sueño, para devolvernos a una realidad líquida, casi gaseosa. A un mundo multipolar, tanto en lo político como en lo religioso, lo ético, lo cultural y hasta en lo científico –la climatología es el caso paradigmático, aunque no es, ni mucho menos, el único en el ámbito científico–, donde todo en principio es posible, razonable, esperable y respetable; pero donde en la práctica nada es posible, razonable, respetable ni esperable, salvo la constante tendencia, acelerada en los últimos años, al recorte de la libertad individual en aras de presuntos bienes comunes en forma de nuevos y voraces Moloch (el agotamiento de los recursos naturales, el cambio climático, la preservación de la salud, la lucha contra el narcotráfico y el blanqueo de capitales, la biodiversidad, la ideología de género, la ideología de raza, etc.), que poco tienen que ver con los magnos objetivos ilustrados, mucho menos con el mandato del Génesis (creced y multiplicaos), sino más bien con un nihilismo apocalíptico que ya ha tenido lugar en otras épocas de la Historia, y que es, a su vez, uno de los síntomas más claros del agotamiento de una cultura y de la civilización a la que ésta dio lugar, como ya observó Spengler hace un siglo en La decadencia de Occidente.

Un mundo turbulento e incierto que contrasta llamativamente con la solidez granítica, al menos en apariencia, de los antiguos bloques políticos heredados de la posguerra mundial. En definitiva, un síntoma más de que ese mundo racional, ético y científico basado en la Razón ilustrada, hoy ya no es más que, parafraseando de nuevo a Spengler, un bicentenario árbol seco al que se adhieren efímeras trepadoras oportunistas en busca de una luz y un soporte que son incapaces de procurarse por sí mismas. Un cadáver erecto del que se aprovechan las plantas parasitarias dándole una falsa apariencia de lozanía y verdor, pero que ni crece ni deja crecer a las plantas y los árboles de provecho que, en el suelo del bosque, pugnan por algo de luz y algo de alimento.

Y esto nos lleva directamente a una dolorosa pero necesaria pregunta. Si la Ilustración se ha agotado, el liberalismo, su hijo más noble, su hijo predilecto, ¿no se habrá agotado también?

Volvamos todavía, por un momento, al aforismo de Protágoras: si el hombre es la medida de todas las cosas, para conocer la medida de las cosas, primero habremos de saber qué es el hombre, o al menos tener una pretensión de conocimiento más o menos ordenada y coherente acerca de él. Más que un juego de palabras, esta es, o más bien debería ser, la cuestión central en todas las ciencias humanas, particularmente en las ciencias sociales: acertar cuanto sea posible con la antropología, porque sin una buena antropología, no se hace ciencia, ni se propician sociedades armónicas sino, a lo más, ideologías y agendas políticas cuyo objetivo, mediato o inmediato, es el dominio sobre otros en provecho propio, no la armonía o el verdadero progreso.

Sin embargo, en lugar de eso, el viejo aforismo de Protágoras parece haberse transmutado en nuestros tiempos en algo así como “Las cosas son la medida de todo hombre”. De ahí que la erística –el arte de aparentar que se lleva la razón, se esté o no en lo cierto–, fundada precisamente por Protágoras, y su descendiente directa, la propaganda, hayan sustituido, primero en el ámbito cultural, después en el político, luego en el económico y por último en el científico, a esos serenos, sesudos y sosegados debates y análisis en busca de lo bueno, de lo verdadero y de lo bello, que han caracterizado a la Filosofía occidental desde sus inicios.

La política, la economía y las finanzas, tanto en la teoría como en la práctica, son hoy apenas algo más que imagen y propaganda, un producto más de consumo masivo donde lo importante es la apariencia, no el contenido; pues no se busca lo verdadero, sino lo atractivo o, peor aún, lo que es beneficioso únicamente para los intereses y objetivos de élites muy reducidas. Las ciencias naturales, particularmente la biología y su hija más querida, la ecología, han dejado de ser la ciencia que estudia los seres vivos y sus interacciones en el medio natural para convertirse en una neorreligión apocalíptica (un mal remedo de la “religión de la humanidad” que ya entrevió Auguste Comte, el mismo que, por cierto, acuñó el concepto de “Física social”, edulcorado después con el eufemismo “Sociología”) que, en su forma más extrema y más política, trabaja activamente por la llegada de un nuevo mesías en forma de gobierno mundial destinado a actuar como sanedrín de un nuevo culto neolítico a la Madre Tierra, con derecho a lapidar social o incluso físicamente a los disidentes; y a dilapidar, si es preciso, veinticinco siglos de civilización occidental. Consecuentemente, las ciencias sociales, después de haber sido durante un siglo y medio el campo de batalla ideológico por excelencia, han acabado degenerando, en mayor o menor medida, en un conductismo pedestre cuando no en mera zoología aplicada a los grupos humanos.

En pocas palabras, ese retruécano sobre el aforismo de Protágoras, lejos de ser una hipérbole más o menos ingeniosa, es en realidad el auténtico lema de nuestro tiempo: el de un descarnado materialismo cultural, científico, técnico, sociológico y antropológico (la otra cara de la moneda, por cierto, del relativismo moral) típico de las culturas en avanzado estado de decadencia que ya han dado el primer paso hacia su descomposición, camuflada, eso sí, bajo la bandera de la libertad individual. O dicho de otro modo, partiendo de la mayoría de edad de la Humanidad, de la Razón autónoma y del libre examen y juicio individual de la Religión, de la Cultura, de la Moral, de la Ciencia, de la Política y de la Economía, tras doscientos años hemos desembocado prácticamente en el opuesto simétrico o, si se quiere, en el estado natural del hombre, que nada tiene que ver con las fantasías de Rousseau: el hombre, en su estado natural, y privado de referencias trascendentes que le ayuden a ordenar su vida y su acción, es un ser alienado, encadenado a sus propias pasiones, sujeto a fuerzas y poderes que no comprende ni puede controlar, y que tampoco puede resistir ni combatir, y que depende de la benevolencia, del criterio e incluso del permiso de los nuevos chamanes para proyectar su acción en el mundo. Porque, en definitiva, eso es lo propio del hombre, lo que le distingue del resto de los seres vivientes: la acción consciente. La acción humana con unos propósitos u objetivos concretos, propósitos u objetivos que nacen de lo adquirido a través de la educación y de la cultura en la que crecemos y nos desarrollamos.

Un vacío legal en la banca de coeficiente de caja del 100%, letras reales y criptomonedas

‘The dead horses of economic theory have a habit of suddenly springing back to life again, which is why it is necessary to beat them even when they appear lifeless’’ George Selgin sobre la doctrina de las letras reales

Los argumentos que presentan los teóricos críticos con la banca de reserva fraccionaria contra esta son varios. Uno de los más prominentes es el del que crea dinero de la nada, lo cual por un lado es ilegítimo al ser títulos de propiedad que generan una doble disponibilidad sobre los mismos bienes y robarle a los usuarios de ese dinero parte de su poder adquisitivo, y pernicioso para la economía al causar inflación (Hoppe 1994; Hoppe, Hülsmann, and Block 1998; Huerta de Soto 1998; Hülsmann 2000; Bagus and Howden 2010).

En primer lugar, no hay ninguna doble disponibilidad. Cuando un oferente de liquidez le presta dinero al banco, este dinero se vuelve el activo del acreedor, el cliente, frente el pasivo del banco—el activo financiero en forma de, por ejemplo, cuenta corriente—. El banco, mientras es deudor, por un lado, presta ese dinero de nuevo ejerciendo su función de intermediario financiero a un demandante de liquidez. El demandante de liquidez adquiere un pasivo frente al banco, el banco un activo frente a este y un pasivo frente al acreedor original.

En segundo lugar, tampoco hay ningún robo del valor. No se da ninguna agresión. Ningún individuo traspasa la propiedad privada de otro como Rothbard (1982) indica que es necesario para que se de una agresión. Los individuos, tienen derecho a la integridad física de su propiedad, pero no al valor de esta como bien indican Hoppe y Block (2002):

‘‘Los autores sostienen que lo que puede ser legítimamente poseído en una sociedad libre son solo los derechos sobre la propiedad física, no sobre valor de esta. Por lo tanto, eres libre de socavar el valor de nuestra propiedad vendiéndonos a precio inferior, inventando un nuevo sustituto para nuestra propiedad, etc. Pero no puedes legítimamente agredir físicamente nuestra propiedad, incluso si su valor permanece constante a pesar de sus esfuerzos’’. [Traducción propia]

En tercer lugar, si el desequilibrio monetario les resultase una preocupación real, menos aún podrían defender la banca con coeficiente del 100%. Este sistema causaría deflaciones mucho más profundas que cualquier posible inflación que se viese bajo una banca con reserva fraccionaria porque en caso de progreso económico, poniéndonos en el mejor de los casos, el precio del dinero caería al mismo ritmo que aumentase la demanda de dinero—fenómeno que se da en las economías en crecimiento—(Selgin 2011). Esto se debe a la imposibilidad de crear, en principio, sustitutos financieros para aliviar esto. En un sistema de reserva fraccionaria este desequilibrio se podría evitar emitiendo activos financieros.

Hay una razón por la que he dicho en principio en el anterior párrafo y es que, según los mismos argumentos de los ciemporcientistas, hay un activo financiero que sí que pueden, e incluso deben, aceptar: las letras de cambio bajo una doctrina de letras reales (DLR). Esta doctrina establece que la emisión de bancos de activos financieros, letras de cambio o bills of exchange en inglés, respaldados por bienes reales, cercanos al fin de su producción, es segura, prudente y deseable. La DLR encuentra en Adam Smith su primer gran exponente, quien en su obra La Riqueza de las Naciones (1976) estimaba que las letras reales eran buenos activos financieros para que los bancos los compraran y atesoraran.

Las letras de cambio son instrumentos de pago de deuda. Estas las elabora el librador, que le da la orden al librado, si la acepta, de pagar al tomador. El tomador, el que posee la letra de cambio, puede ser el vendedor de bienes del librador, pero este último puede encontrarse demandando la liquidez necesaria para terminar de producir los bienes que está fabricando y ponerlos a la venta para pagar a este vendedor. Por lo que el librador compone una letra de cambio para que el librado, el banco, por ejemplo, pague al tomador. Como es una letra real—respaldada por un bien semiproducido—esta circulará como sustituto monetario, pero con descuento. El descuento viene determinado por el periodo restante hasta la venta de los bienes: cuanto menos tiempo requieran los productos para poder ponerse a la venta, menor será el descuento con el que circulará la letra.

Adam Smith y Antal Fekete (2005) estiman que las letras de mayor calidad vencerían a los noventa y un días y Fullarton (1845, 209) lo data en no más de sesenta días. Este periodo viene determinado por la duración de cada estación, porque se pensaba—quizás acertadamente, quizás no—que los patrones de consumo cambiaban con las estaciones y si algo no se podía vender por entonces, tardaría un año en poder volverse a vender. Sea como fuere, esta necesidad de establecer números arbitrarios nos queda corta: es la paloma mensajera dentro de un mundo de smartphones. Existe tecnología blockchain como el Ethereum que permite usar mecanismos de rastreo para seguir el proceso productivo (Westerkamp, Victor, and Küpper 2020); lo cual se puede acoplar para conocer también el porcentaje del bien producido hasta la fecha y el tiempo restante. Lo que propongo para mejorar la circulación de las letras reales es que operen como tokens de, por ejemplo, pagos off-chain de Bitcoin. Es decir, que circulen como tokens de Bitcoin los cuales pueden ser redimidos en su fecha de vencimiento. Este proceso trae consigo muchas ventajas como la reducción de error empresarial en la forma de aplicar descuentos incorrectos según el porcentaje del bien producido.

Lo que esto supone es que se irían creando sustitutos monetarios, pero siempre en proporción con la nueva oferta según esta misma se fuese produciendo: la materialización de la ley de Say. Por tanto, la emisión de este nuevo dinero no ha ‘‘robado dinero a nadie’’. En cualquier momento que la letra se gire, el dinero al que el tomador tiene derecho es igual al del porcentaje de bien producido. Un ejemplo ilustrativo sería el siguiente: hay cinco manzanas y cinco satoshis en una economía. Yo voy a producir e introducir en el mercado tres manzanas más, por lo que emito una letra por valor de tres satoshis que vencerá en treinta días. Si el descuento va ligado a la producción gracias a criptomonedas como Ethereum, si giras la letra por un satoshi, es porque solo el equivalente a una manzana se ha producido (o una tercera parte de tres). Siguen pudiendo darse desequilibrios, como que llueva demasiado y mis manzanas nunca se puedan introducir en el mercado. Pero esto es un problema real, no monetario.

La DLR no causa inflación porque iguala la demanda monetaria con los nuevos bienes que se vayan introduciendo en el mercado, por lo que el nuevo dinero no estará respaldado por ‘‘la nada’’, aumentando la oferta monetaria a la par y por la misma cantidad que el precio. Esto ayudará a los ciemporcientistas a solventar uno de los grandes problemas de su sistema: el posible desajuste que se daría si la demanda monetaria aumentase entre el tipo de interés real y el de mercado.

Referencias

Bagus, Philipp, and David Howden. 2010. “Fractional Reserve Banking: Some Quibbles.” Quarterly Journal of Austrian Economics 13 (4): 29–55.

Fekete, Antal E. 2005. “The Principle of Liquidity.” 24hGold, 2005.

Fullarton, John. 1845. On the Regulation of Currencies: Being an Examination of the Principles, on Which It Is Proposed to Restrict, Within Certain Fixed Limits, the Future Issues on Credit of the Bank of England, and of the Other Banking Establishments Throughout the Country. 2nd ed. Londres, Reino Unido: John Murray.

Hoppe, Hans-Hermann. 1994. “How Is Fiat Money Possible? Or, The Devolution of Money and Credit.” The Review of Austrian Economics 7 (2): 49–74.

Hoppe, Hans-Hermann, and Walter E. Block. 2002. “On Property and Exploitation.” International Journal of Value-Based Management 15 (3): 225–36. https://doi.org/10.1023/A:1020142013216.

Hoppe, Hans-Hermann, Jörg Guido Hülsmann, and Walter E. Block. 1998. “Against Fiduciary Media.” Quarterly Journal of Austrian Economics 1 (1): 19–50.

Huerta de Soto, Jesús. 1998. “A Critical Note on Fractional Reserve Banking.” The Quarterly Journal of Austrian Economics 1 (4): 25–49.

Hülsmann, Jörg Guido. 2000. “Banks Cannot Create Money.” The Independent Review 5 (1): 101–10.

Rothbard, Murray N. 1982. “Law, Property Rights and Air Pollution.” Cato Journal 2 (1): 55–99.

Selgin, George. 2011. “Is Fractional-Reserve Banking Inflationary?” Alt-M, September 2, 2011.

Smith, Adam. 1976. An Inquiry Into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Indianapolis, United States: Liberty Fund.

Westerkamp, Martin, Friedhelm Victor, and Axel Küpper. 2020. “Tracing Manufacturing Processes Using Blockchain-Based Token Compositions.” Digital Communications and Networks 6 (2): 167–76. https://doi.org/https://doi.org/10.1016/j.dcan.2019.01.007.