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Etiqueta: Adolf Hitler

Nazis, aquéllos nuevos ilustrados

Si hay un consenso del que aún hoy podemos disfrutar es el de que el nazismo es uno de los episodios más trágicos de nuestra historia reciente. No es de extrañar, siendo así, que hayamos convertido a Hitler, desde diversos sectores del espectro político, en una pelota que poder pasarnos los unos a los otros para evitarnos la vergüenza de ser relacionados con los nazis. El problema de jugar con un balón tal es la dificultad que trae consigo analizar un movimiento sin la distancia emocional necesaria como para actuar con desafección, y ello embarra cualquier tipo de debate que, aún encima, se suele dar ya por zanjado, como si la historia del conocimiento no se construyera sobre las ruinas de consensos rotos.

Dada mi tendencia romántica a lo disruptivo, tengo la costumbre, no sé si buena, de llevar la contraria a la mayoría siempre que tengo ocasión de ello y, cuando vi que el viejo debate marginal sobre la taxonomía ideológica de los nazis aparecía en las discusiones públicas por las declaraciones de Alice Weidel, me vi seducido a entrar en el tema. Sin duda, decir que Hitler era comunista suena, más que osado, ridículo, y soy demasiado dado a la procrastinación como para molestarme en hacer piruetas mentales defendiendo tal cosa, pero algo más de interés suscita comprobar hasta qué punto se pueda decir, como todos parecen haberle reprochado a la alemana, que Hitler era de derechas.

Hitler, referencia de la izquierda

Recuerdo como si fuera ayer aquella clase de Historia Contemporánea en la que, la profesora, cuestionó horrorizada una afirmación semejante a la de Weidel con la siguiente pregunta: “¿Cómo va a ser Hitler de izquierdas si mataba gente?”. Pasando por alto el evidente sesgo, el episodio es llamativo por ejemplificar la cercanía emocional con que el grueso de la gente toca estos asuntos políticos, y no es algo exclusivo de la izquierda. En 1974, Eric Kuehnelt-Leddihn publica Leftism: from Sade and Marx to Hitler and Marcuse, obra en la que identifica la izquierda política con la esclavitud[1].

De usted, lector, espero algo más y confío en que sepa que ni el asesinato es característico de la derecha ni la esclavitud lo es de la izquierda, máxime cuando el asesinato en cuestión consiste en emplear los avances en biología, tecnología y medicina para la depuración y mejora de una raza en aras de la construcción de un nuevo mundo, con un proyecto futuro claro. Ciertamente, habrá que buscar criterios menos sesgados para llegar a una conclusión.

En la ya mencionada obra de Kuehnelt-Leddhin, el erudito hace la siguiente apreciación sobre la relación entre nazis y derecha:

In Germany after World War I, most unfortunately, the National Socialists were seated on the extreme right because to simpleminded people nationalists were rightists, if not conservatives-a grotesque idea when one remembers how antinationalistic Metternich, the monarchical families, and Europe’s ultraconservatives had been in the past. Nationalism, indeed, has been a by-product of the French Revolution (no less so than militarism).[2]

Erik Kuehnelt-Leddhin. Leftism. From Sade and Marx to Hitler and Marcuse.

Como abiertamente conservador, Kuehnelt-Leddihn escribe desde el genuino complejo de ser relacionado con aquellas ideas que lo desagradan, pero hay una lógica nada desdeñable detrás de sus palabras. Hoy en día, el nacionalismo parece ser dominio de lo que entendemos por derecha política, pero no hay que olvidar cuál fue su origen. Realmente, no es difícil entender cómo pudo surgir el nacionalismo de la Revolución Francesa.

La nación, como sujeto político puro es una mera abstracción. Por lo pronto, la nación será mucho más que un cuerpo electoral, que un conjunto de individuos que hacen plebiscitos, aunque sean cotidianos. Los plebiscitos cotidianos, entre otras cosas, solo podrán ser llevados a cabo cuando el pueblo tenga un lenguaje común, y, por tanto, una historia propia, con costumbres, ceremoniales y artes característicos.[3]

Gustavo Bueno. El mito de la cultura.

Democracia y nación

Siendo de tal forma, está claro que la creación de una identidad nacional fue una aspiración lógica para quienes tratasen de instaurar nuevos regímenes democráticos alejados de las viejas costumbres e instituciones tradicionales. No fue diferente en el caso alemán, aunque ya antes del auge del nacionalsocialismo hubo una apr opiación de la causa nacional por parte de la derecha.

Si hubo gente reacia a la unificación alemana, fueron los junkers y conservadores, pero algo sucedió durante la Gran Guerra que cambió la orientación política en torno a la nación. Así cuenta Peter Fritzsche, en “De Alemanes a Nazis”, como antes de la Gran Guerra las celebraciones oficiales se basaban más en los logros de los Hohenzollern y en escenificar la fidelidad de los príncipes alemanes que en cualquier tipo de expresión nacional. Es más, para el tercer día de las manifestaciones patrióticas por la guerra, el propio emperador, molesto, exhortó a la multitud a dispersarse[4].

Pero si fue el inicio de la guerra lo que convirtió el sentimiento nacional alemán en una realidad para todo un país dividido por viejas lealtades y religiones, fue el final de la misma el que terminó por convertir el nacionalismo en una causa para los conservadores. Hubo, tras la abdicación de Guillermo II “una convicción generalizada entre los ciudadanos liberales e incluso conservadores de que no tenía sentido volver atrás[5] y el martes 12 de noviembre, el periódico conservador Kruez-Zeitung cambió de sus portadas el “Adelante con Dios, por el Rey y la Patria” por “Por el Pueblo Alemán”.

Contra las religiones tradicionales

Está claro que, para la aparición de Hitler en la escena pública, el nacionalismo ya era un rasgo común en los partidos de la derecha alemana y no sorprende, por tanto, que lo asociasen con ella. Más allá del nacionalismo, autores como Isaiah Berlin, vieron cierta filiación entre los fascistas y los primeros conservadores como Maistre, pero tanto él, como Bonald y otros conservadores clásicos, se centraban en el problema de la legitimidad, siendo que, de no ser un anacronismo, se podrían considerar, incluso, antifascistas[6]. El conservadurismo siempre trató sobre la diferencia entre el autoritarismo legitimista y la tiranía totalitaria, que se distinguen por el origen de las instituciones en que se concentra la autoridad.

Cuando tratamos de ver la relación que había entre los nazis y los viejos valores e instituciones, lo primero de lo que nos daremos cuenta es de la tremenda heterogeneidad dentro del movimiento. Es verdad, los nazis repudiaban la falta de valores en la que había caído la sociedad en que les tocó vivir, pero no es menos cierto que los valores a los que aspiraban tenían poco de históricos, apelando más a una suerte de abstracción mitológica que a las instituciones tradicionales de Alemania -Iglesia o monarquía, por ejemplo-.

Es más, Hitler se preocupó bastante por deslegitimar las religiones tradicionales, tal como se desprende, por ejemplo, de un discurso dado en Nuremberg en 1938:

Nosotros no necesitamos lugares de retiro religioso, sino estadios y canchas de deportes, y el rasgo que caracteriza a nuestros lugares de reunión no es la penumbra mística de una catedral, sino el brillo y la luz de una habitación o de una sala donde la belleza se combine con la buena forma física con un propósito[7].

Una nueva religión

De esta actitud se podría incluso sacar el mismo ánimo con el que los revolucionarios franceses trataron de sacralizar la política para sustituir los viejos cultos por una nueva religión articulada en torno al estado y con la nación como nuevo numen. Así, Anthony Stevens, vio como el nazismo logró imitar todos los aspectos de una religión:

Así, el nazismo tenía su Mesías (Hitler), su libro sagrado (Mein Kampf), su cruz (la esvástica), sus procesiones (las concentraciones de Núremberg), su ritual (el desfile conmemorativo del golpe de Estado del Beer Hall), su elite ungida (las SS), sus himnos (el «Horst Wessel Lied»), su excomunión de los herejes (los campos de concentración), sus demonios (los judíos), su promesa milenarista (el Reich de los mil años) y su tierra prometida (oriente)[8].

Así que, si bien es cierto que el nacionalismo extremo ya era, para la época de la República de Weimar, un rasgo típicamente conservador para la población alemana, este tampoco es un principio fundamental de la derecha y el poco apego de los nazis por las viejas instituciones complica mucho cualquier tipo de aproximación taxonómica con la derecha. Claro que los nazis iban más allá de la simple afinidad por unos valores políticos u otros y muchos gustan de categorizarlo en función de su política económica.

Muchas veces se recurre al fácil argumento de señalar la palabra “socialista” de “nacionalsocialista”, pero seria demasiado ingenuo quedarse tan solo con la nomenclatura. No hay que olvidar que muchos regímenes gustan de usar palabras como “popular” o “democrático” sin que ellas atiendan a una realidad, pero ello tampoco lo hace cuestión trivial. “debemos […] conceder a los mitos su justa importancia, menos por la verdad que encierran que por la fuerza que poseen”[9] escribió Lord Acton.

El socialismo más allá de Karl Marx

Aquí surge un problema: hay más socialismo más allá de Karl Marx. El socialismo es un constructo político, una idea en la cabeza de muchas personas a lo largo de la historia y establecer una definición concreta es menos sencillo de lo que muchos parecen creer. Desde Saint Simon, que jamás se opuso a la propiedad privada, hasta Fourier, individualista y religioso, los socialistas han sido tantos y tan heterogéneos que, como señaló Gregory Claeys, “contraponer individualismo, o laissez faire, a socialismo o cualquier tipo de intervención liderada por el estado como tal induce a error”[10]. Así que, si bien es cierto que, como mucha gente reprocha, los nazis no llegaron a abolir la propiedad ni siguieron a rajatabla el ideario marxista, no se puede decir que aquellos a los que dentro de la academia se consideran socialistas hayan propuesto lo propio a lo largo de la historia.

De esa forma, volviendo a la obra de Frietzsche, vemos cómo la cooperación económica, las redes de solidaridad dentro del partido y su discurso a favor de planes de economía social fueron grandes atractivos del movimiento nazi para el grueso de votantes[11]. Sin embargo, así como sería ciego negar el carácter socialista de un movimiento por no adherirse a políticas específicas, también sería ingenuo quedarse tan solo con unas ideas concretas sin analizar el fondo teórico del que estas salen. Así como socialismos hay muchos, también hay movimientos no socialistas que han defendido más o menos intervención estatal.

Contra el capitalismo

Lo que es evidente es que la política nazi distó mucho de ser favorable al mercado, como ya en su momento observó Lionel Robbins pocos años después de la Gran Depresión:

En realidad, se puede decir que el poder político de los partidos socialistas en muchas partes del mundo está en descenso. Pero sus contrincantes, dictadores y reaccionarios, se inspiran en las mismas ideas. Es un completo error suponer que la victoria de los nazis y los fascistas supone la derrota de las fuerzas que tratan de destruir lo que viene llamándose capitalismo[12].

Pese a ello, no parece que dichas ideas anticapitalistas sean tanto un elemento central y esencial de una ideología nazi bien vertebrada, como fruto de un arbitrario pragmatismo del fhurer a la hora de escoger qué política le sirve mejor para su objetivo último. Así lo vio Schumpeter al escribir que

no hay que olvidar que el credo del nacionalsocialismo no era primaria ni esencialmente económico, por lo que era compatible no sólo con todos los tipos de economía técnica, sino también con la defensa de políticas muy discrepantes.[13]

Sé que hasta ahora no he podido darle muchas respuestas, pero es que el asunto, como ya fui advirtiendo, no es simple, nunca lo es en lo que a las disciplinas de la acción humana se refiere, pero no se preocupe que, después de exponer aquellas razones que no considero lo suficientemente concluyentes como para categorizar el nazismo, toca entrar en aquella que, a mi parecer, es la que más satisfactoriamente me ha servido para salir de dudas.

El final de la historia

Si bien es cierto que el proceso lógico de “medidas intervencionistas>ideología socialista>izquierda” no debería aplicarse al nazismo, no hay que negar el ánimo revolucionario con que dichas medidas se propusieron. Fritsche expone muy bien cómo los partidos tradicionales de izquierda en la República de Weimar fueron tomando actitudes más corporativistas y de “casta” que poca simpatía causaban en el votante obrero al que se suponía que debían representar. Hitler, más que un conservador reaccionario, fue un profeta político que llegó con la idea de regenerar la política alemana y sustituir a los viejos partidos que ya llevaban tiempo en declive[14].

En “Modernismo y Fascismo”, Griffin desarrolla con brillantez cómo tras el nacionalsocialismo había una intención clara de iniciar un nuevo momento histórico, la culminación de un acto demiúrgico de creación de un “nuevo hombre” destinado a liderar un “nuevo mundo” y que las referencias a un pasado mítico hay que tomarlas como un proceso de  “reconexión hacia delante”[15].

Así como los ilustrados abogaban por una autosuperación del individuo a través de una ideología progresiva en donde la historia culmina en la emancipación del hombre, también los nazis buscaban alcanzar el final de la historia a través de la raza, y para ello se valieron de los mismos métodos de sacralización política y las mismas herramientas de legitimidad para construir un estado völkisch.

La Ilustración

De momento, y dado lo azaroso que es el campo de la política por su dinamismo histórico, creo que esa conciencia revolucionaria es la principal prueba de que jamás hubo en Hitler una intención de salvaguardar un “viejo orden” o unas “tradiciones” concretas, sino que el objetivo del nacionalismo siempre fue la construcción de un nuevo futuro, rasgo, este sí, intrínsecamente ligado a la izquierda.

Retrocedamos un poco a 1784, cuando Friedrich Zöllner publica un artículo titulado “Was ist Aufklärung?”, ¿Qué es la Ilustración? Nada más plantear la pregunta, algunos de los más notables filósofos alemanes fueron dando sus propias respuestas. De todas ellas, la más universalizada sería la de Kant “La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad”. Lo que aquí defiendo es que el sentido con que el régimen nacionalsocialista llevó a cabo su ideario fue precisamente con el de emancipar las razas originarias, en plural, porque aunque el discurso aplicado del nazismo fuese nacional, el proyecto era internacionalista en tanto que es a través de todas aquellas razas que presenten “originalidad” que la humanidad ejercerá el papel al que está destinada.[16]

Notas

[1] KUEHNELT-LEDDIHN, Erik. Leftism: from Sade and Marx to Hitler and Marcuse. Arlington House, 1974. p 43

[2] Ibid., p. 37

[3] BUENO, Gustavo. El Mito de la Cultura. 10 Ed. Oviedo: Pentalfa, 2016. p. 211

[4] FRIEZTSCHE, Peter. De Alemanes a Nazis. Titivillus, 2015. p. 25

[5] Ibid., p. 79

[6] WILSON, Bee. “ El Pensamiento Contrarrevolucionario” en STEDMAN JONES, Gareth. CLAEYS, Gregory (EDS.). Historia del Pensamiento Político del Siglo XIX. Madrid: Ediciones Akal. 2021. p. 25

[7] citado en GRIFFIN, Roger. Modernismo y Fascismo la sensación de comienzo bajo Musolini y Hitler. Madrid: Ediciones Akal. 2010. p. 363

[8] citado en Ibid., p. 383

[9] ACTON, John. Ensayos Sobre la Libertad y el Poder. 2 Ed. Madrid: Unión Editorial. 2016. p. 267

[10] CLAEYS, Gregory. “ El Socialismo no Marxista” en STEDMAN JONES, Gareth. CLAEYS, Gregory (EDS.). Historia del Pensamiento Político del Siglo XIX. Madrid: Ediciones Akal. 2021. p. 543

[11] FRIEZTSCHE op. cit., pp 97-146

[12] ROBBINS, Lionel. La Gran Depresión del Siglo XX. Madrid: Ediciones Aosta. 2018. p. 285

[13] SCHUMPETER, Joseph Alois. Historia del Análisis Económico. 2 Ed. Barcelona: Ariel Economía. 2019. p. 1252

[14] FRIEZSCHE op. cit., pp. 97-146

[15] GRIFFIN op. cit., pp. 358-359

[16] BREA GARCÍA, Sergio. “Volksgemeinschaft dürch volkwerdung. Ingeniería social nacionalsocialista para una sociedad sin clases”. Ekasia Revista de Filosofía. (Enero 2015). pp. 323-360. p. 327.

Ver también

Por qué Hitler adoraba la justicia social. (Jon Miltimore).

Hitler, ¿un revolucionario anticapitalista? (Stephan Beig).

Nacional socialistas de ayer y hoy. (José Carlos Rodríguez).

Hitler, ¿un revolucionario anticapitalista?

Por Stefan Beig. El artículo Hitler, ¿un revolucionario anticapitalista? Fue publicado en el IEA.

A día de hoy, se considera que Hitler tenía una visión del mundo de extrema derecha. Ahora, décadas después de su publicación original, un libro que cuestiona la clasificación de la ideología política de Hitler despierta un interés creciente y está disponible en una nueva edición. El aclamado estudio de Rainer Zitelmann Hitler. Selbstverständnis eines Revolutionärs (en español: El nacionalsocialismo de Hitler) revela que Hitler no se identificaba ni con la derecha ni con la izquierda, sino más bien como un revolucionario anticapitalista que no sentía más que desprecio por los intereses burgueses y conservadores. Daba gran importancia a las cuestiones sociales y a la igualdad de oportunidades y, a medida que envejecía, llegó a expresar su admiración por la economía planificada soviética.

El libro es un «longseller», pues se ha vendido con éxito durante muchos años. Cuando fue publicado por primera vez por Berg-Verlag hace 37 años, atrajo principalmente a historiadores. En los últimos años, ha suscitado el interés de un público cada vez más amplio, ajeno al mundo especializado, tanto dentro como fuera del país. Hitler. Selbstverständnis eines Revolutionärs de Rainer Zitelmann es una exploración en profundidad del pensamiento y las creencias íntimas de Adolf Hitler. A través de un meticuloso análisis de los discursos y escritos de Hitler, la primera tesis doctoral de Zitelmann, que le valió el doctorado en Historia en 1986, se ha consolidado como un estudio definitivo sobre la visión del mundo del líder nazi.

Hasta la fecha se han publicado varias ediciones en alemán de la obra. El interés por la obra también crece a escala internacional: el estudio ya se ha publicado en inglés y recientemente se ha editado en ruso y checo. Actualmente, se están realizando traducciones al polaco, español, portugués e italiano, a las que seguirán otras en breve.

Un estudio matizado con conclusiones inesperadas

El libro de Zitelmann se distingue de las obras de otros historiadores en varios aspectos. En primer lugar, distingue muy cuidadosamente entre el Hitler de los años veinte, el de los treinta y el de los cuarenta. Otros autores tienden a adoptar un enfoque general de la visión del mundo de Hitler a partir de 1919, como si el líder del NSDAP tuviera una única visión coherente del mundo desde el principio. Esto no es cierto. Rainer Zitelmann identifica varios cambios y evoluciones en la forma de pensar de Hitler, hasta los últimos años de su vida.

En segundo lugar, la valoración que Zitelmann hace de Adolf Hitler es sobria y objetiva, sin emitir nunca juicios de valor. Por razones comprensibles, muchos estudiosos siguen teniendo dificultades para mantener una postura tan neutral y libre de prejuicios a la hora de evaluar a uno de los mayores criminales de la historia de la humanidad. Sin embargo, la clara separación entre el análisis de los hechos y la opinión personal refuerza el rigor académico del libro y evita caer en la misma trampa que otros biógrafos de Hitler, muchos de los cuales sacan conclusiones precipitadas basadas en juicios morales. Además, Zitelmann consigue en todo momento desvincular claramente su estudio de sus propias convicciones políticas (entonces de izquierdas). (En la actualidad, Zitelmann es miembro del Partido Demócrata Libre (FDP) alemán y partidario del liberalismo clásico).

En tercer lugar, las conclusiones del estudio son bastante sorprendentes: rebaten la categorización tradicional de Adolf Hitler a la derecha del espectro político. Según Zitelmann, Hitler era tanto un extremista de derechas como de izquierdas. Como líder del NSDAP, pretendía trascender esta dicotomía, «pero no en el “medio”, sino mediante un nuevo extremo en el que ambos se sublimaran». Además, Hitler se consideraba a sí mismo un revolucionario y tenía a los socialdemócratas y a los comunistas en mayor estima que a los conservadores, a la burguesía e incluso a sus aliados fascistas como Benito Mussolini y Francisco Franco. Inicialmente en el ala izquierda del espectro político, Hitler conservó muchas de sus convicciones hasta el final.

Socialistas y comunistas: ¿la verdadera fuerza opositora al nacionalsocialismo?

Según la valoración convencional de Hitler como político de extrema derecha, la izquierda habría sido la verdadera oposición política al nacionalsocialismo. A primera vista, este punto de vista parece plausible, sobre todo teniendo en cuenta la persecución generalizada de socialistas y comunistas en el Tercer Reich.

En conjunto… es incontestable que los comunistas y los socialdemócratas tuvieron que soportar los mayores sacrificios. Mientras ellos eran torturados y asesinados en los campos de concentración, los burgueses de derechas y las fuerzas capitalistas seguían ganando mucho dinero en el Tercer Reich.

Rainer Zitelmann

Adolf Hitler atacó públicamente al «bolchevismo judío» en varias ocasiones, y algunos estudiosos identifican esta animadversión como el principal catalizador de sus creencias antisemitas. Además, y esto es indiscutible, existe una contradicción fundamental (de la que el propio Hitler era muy consciente) entre el nacionalismo de Hitler y el internacionalismo del socialismo.

Para intelectuales de izquierdas como Max Horkheimer, el principal filósofo de la Escuela de Fráncfort, estaba por tanto claro: el nacionalsocialismo era fascismo, de acuerdo con la definición de fascismo proporcionada por Georgi Dimitrov, secretario general de la Internacional Comunista, que lo describía «como la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero».

Esta tesis profundamente ideológica persiste hasta nuestros días, a pesar de que hace tiempo que ha sido desmentida por la investigación histórica. No obstante, la reputación de la izquierda como verdadera antítesis del hitlerismo ha otorgado a menudo credibilidad a sus análisis del nacionalsocialismo. Sin embargo, Zitelmann, él mismo maoísta en su juventud, llega a una conclusión completamente diferente en su estudio. Llega a la conclusión de que Hitler tenía mucho más en común con la izquierda de lo que generalmente se supone.

¿Qué pensaba realmente?

El análisis de Rainer Zitelmann se basa principalmente en dos de los libros de Hitler -Mein Kampf (1925) y su Segundo Libro (1928), que no llegó a publicarse en vida- junto con innumerables discursos, artículos periodísticos y grabaciones de sus monólogos y conversaciones.

Como señala Zitelmann, los discursos públicos de Adolf Hitler deben leerse con precaución. Tomar sus palabras al pie de la letra puede llevar a conclusiones contradictorias, ya que el líder del NSDAP decía cosas diferentes según la ocasión, el momento y el público. Hitler era también un hábil populista, que adaptaba sus mensajes a los diferentes grupos destinatarios y a sus respectivos intereses. Era muy diferente dirigirse a campesinos, obreros o industriales. «En esto era un maestro de la demagogia y a menudo conseguía engañar tanto a sus partidarios como a sus oponentes sobre sus verdaderas opiniones e intenciones», subraya Zitelmann.

Como Hitler creía que las masas eran estúpidas, sus discursos seguían un patrón simple de «blanco/negro» y «bueno/malo». Sin embargo, sus declaraciones en privado demuestran que su pensamiento sobre ciertas cuestiones era mucho más matizado. En sus primeros discursos y artículos, así como en sus dos libros, Hitler expresó sus objetivos de política interior y exterior a largo plazo con una franqueza asombrosa, señala Zitelmann.

Ataques a Benito Mussolini y Francisco Franco

Para distinguir entre las declaraciones de Hitler motivadas tácticamente y las que deben tomarse en serio y al pie de la letra, Zitelmann las somete a tres «pruebas de coherencia». Compara las declaraciones públicas de Hitler con las que no estaban destinadas al público, las realizadas a puerta cerrada, registradas en actas y diarios de colaboradores cercanos. Este análisis revela disparidades significativas. Por ejemplo, Hitler criticó con frecuencia a Mussolini y más tarde al dictador español Franco en conversaciones privadas, algo que nunca hizo en la misma medida en público. Al mismo tiempo, Hitler mostraba admiración por socialistas y comunistas dentro de su círculo íntimo, mientras que no expresaba más que desprecio por los partidos burgueses y conservadores.

El partido empresarial DVP (Partido Popular Alemán), fue menospreciado por Hitler como un mero «hormigueo», con sus miembros considerados «inofensivos, sin importancia, políticamente sin fuerza; solo vegeta». El veredicto de Hitler sobre el liberal Partido Democrático Alemán (DDP) fue aún más mordaz. Lo llamó «una llaga apestosa dentro de la nación». En cambio, se mostró mucho más positivo hacia el Partido Socialdemócrata (SPD): «El pueblo alemán es racialmente más impecable y mejor convive en la socialdemocracia». Valoraba al SPD como un partido revolucionario y esperaba antes de la Primera Guerra Mundial que los socialdemócratas de Austria provocaran un «debilitamiento del régimen de los Habsburgo que tanto odiaba.» Según las propias notas de Hitler, el hecho de que se apartara de los socialdemócratas se debió a la influencia de los judíos dentro del partido.

Las ideas fijas de Hitler

Además, Zitelmann distingue entre las declaraciones realizadas por Hitler en momentos concretos o ante audiencias particulares, y las realizadas de forma sistemática a lo largo de su carrera política ante todas las audiencias. Las primeras tenían a menudo motivaciones tácticas, mientras que las segundas pueden considerarse un reflejo más fiel de las verdaderas convicciones de Hitler. Por ejemplo, a finales de la década de 1920, Adolf Hitler apeló a los votantes rurales con visiones románticas de la vida agraria, pero esta estrategia fue efímera y estuvo claramente motivada por consideraciones tácticas.

En tercer lugar, Zitelmann examina la coherencia de las declaraciones de Hitler, concretamente si ciertas afirmaciones contradicen las creencias que expresó en otros lugares. Es importante señalar que había temas coherentes en la ideología de Hitler, que servían como principios fundacionales de los que se podían derivar sus demás opiniones. El más importante de estos axiomas fundamentales era su concepto de la «lucha eterna», que para él se basaba en el darwinismo social: «Considero que la lucha es el destino de todas las criaturas».

Un revolucionario que une nacionalismo y socialismo

Zitelmann reconstruye y traza la evolución de la visión del mundo de Hitler con un gran número de citas, a veces sorprendentes. Según su análisis, el líder del NSDAP se veía a sí mismo como un revolucionario cuya misión era transformar la sociedad. Hitler creía que esta transformación sólo podía lograrse con una élite combatiente, un grupo que, en su opinión, sólo podía encontrarse en los márgenes del espectro político, entre comunistas y nacionalistas, y no entre los «colgados» pasivos del centro burgués.

Hitler admiraba el comunismo porque, a diferencia de las fuerzas burguesas, defendía «fanáticamente» una visión del mundo. Quería llevar a cabo su revolución con partidarios del campo comunista y nacionalista. En 1941, recordaba: «Mi partido en aquel momento estaba formado en un noventa por ciento por gente de izquierdas. Sólo podía utilizar a gente que hubiera luchado». (Es probable que el porcentaje sea una exageración).

Hitler: nacionalismo = socialismo

Para Hitler, «nacionalismo» y «socialismo» eran idénticos.

Toda idea verdaderamente nacional es social en última instancia, es decir, quien esté dispuesto a comprometerse con su nación tan completamente que realmente no tenga ningún ideal más elevado que sólo el bienestar de ésta, su nación, … es un socialista…

Cuanto más fanáticamente nacionales somos, más debemos tomarnos a pecho el bienestar de la comunidad nacional, eso significa que más fanáticamente socialistas nos volvemos.

Adolf Hitler

Al mismo tiempo, Hitler «rechazaba tajantemente el nacionalismo burgués porque identificaba los intereses egoístas de clase y de lucro con los intereses de la nación», y Hitler también quería trascenderlos. En palabras del propio Hitler: «el socialismo se convierte en nacionalismo, el nacionalismo en socialismo… No reconocemos el orgullo de estamento, tan poco como el orgullo de clase. Sólo conocemos un orgullo, el de ser servidores de un pueblo». Dentro de esta nación, Hitler quería llevar a cabo la igualdad buscada por el socialismo: «El socialismo sólo puede existir en el marco de mi nación» porque «sólo puede haber iguales aproximados dentro de un cuerpo nacional, en comunidades raciales más grandes, pero no fuera de ellas.»

Siempre fue anticapitalista, pero sólo esporádicamente antibolchevique

Contrariamente a lo que se ha supuesto durante mucho tiempo, las cuestiones sociales desempeñaron un papel importante en el pensamiento de Hitler. Estaba profundamente preocupado por promover la igualdad de oportunidades y eliminar las distinciones sociales y de clase. Al mismo tiempo, Hitler era un anticapitalista acérrimo. Una creencia que impregnaba su pensamiento de forma coherente, en lugar de ser una mera maniobra táctica, como sugirieron en la década de 1920 algunos marxistas y socialdemócratas, para quienes la retórica anticapitalista de Hitler planteaba un problema. Como demuestra Zitelmann, el anticapitalismo fue una característica definitoria del pensamiento de Hitler en todo momento. No hay contradicción aquí entre Hitler en público y Hitler en privado. El anticapitalismo fue un hilo conductor constante, desde el principio de la carrera política de Hitler hasta el final.

No puede decirse lo mismo de la actitud de Hitler hacia el «bolchevismo judío». Según Zitelmann, Hitler creía en esta ideología a principios de los años 20. A finales de los años 20, su convicción había empezado a flaquear. Y en los años 40 se limitó a defender de boquilla la tesis del bolchevismo judío, defendiéndola públicamente sin tomársela en serio.

El historiador Thomas Weber llegó a una conclusión similar hace unos años en su libro Becoming Hitler: The Making of a Nazi. Según Weber, Hitler no veía el bolchevismo como una amenaza distinta, sino más bien como una herramienta del capitalismo judío.

Sólo veía a los comunistas como rivales, aunque la oposición más peligrosa procedía de la derecha

Por tanto, quien interprete las declaraciones antibolcheviques de Hitler como prueba de un fascismo reaccionario y chovinista se equivoca. Sin embargo, el hecho de que Hitler persiguiera más a la izquierda que a las filas de la burguesía «no tiene nada que ver con la preferencia de Hitler por la derecha, sino todo lo contrario. Consideraba a las fuerzas derechistas y burguesas como cobardes, débiles, sin energía e incapaces de cualquier resistencia. Mientras, suponía que la izquierda tenía las fuerzas valientes, valerosas, decididas y, por lo tanto, peligrosas.» Hitler consideraba el nacionalsocialismo como un movimiento revolucionario en competencia con los comunistas. Por tanto, consideraba a los comunistas como sus únicos adversarios serios. 

Posiblemente se trataba de una suposición errónea. Como señala Zitelmann:

La única oposición efectiva a Hitler, en realidad, representada por fuerzas conservadoras y en parte también monárquicas como Ludwig Beck, Franz Halder, Hans Oster, Erwin von Witzleben, Carl Friedrich Goerdeler, Johannes Popitz, el conde Peter Yorck von Wartenburg y Ulrich von Hassell, se situaba a su derecha.

Sebastian Haffner

El renombrado periodista Sebastian Haffner expresó una opinión similar en 1979:

La única oposición que realmente podría haber llegado a ser peligrosa para Hitler procedía de la derecha. Desde su posición ventajosa, estaba a la izquierda. Esto nos hace pararnos a pensar. Hitler no puede clasificarse tan fácilmente en la extrema derecha del espectro político, como mucha gente tiene la costumbre de hacer.

Sebastian Haffner

El 24 de febrero de 1945, ante el fracaso total e irreversible del Tercer Reich, Hitler declaró: «Liquidamos a los luchadores de clase de izquierdas. Pero desgraciadamente olvidamos entretanto lanzar también el golpe contra la derecha. Ese es nuestro gran pecado de omisión». Intentaba encontrar una explicación a su inminente derrota. De hecho, como subraya Rainer Zitelmann, fue la adhesión de Hitler a sus creencias ideológicas lo que le impulsó a no actuar contra los oponentes de derechas que tanto despreciaba, y no un mero descuido.

El Estado necesitaba «espacio vital en el Este»

Las políticas económicas de Hitler estaban muy influidas por el célebre economista Thomas Robert Malthus. Malthus sugería que el crecimiento de la población superaría a la producción agrícola, lo que provocaría posibles hambrunas, malestar social e inflación. Él extendió esta teoría a la producción industrial, prediciendo que la demanda de recursos naturales superaría a la oferta. A diferencia de Malthus, Hitler creía que la solución a este problema residía en la expansión territorial. Sostenía que si un Estado carecía de recursos suficientes dentro de sus fronteras, debía adquirirlos de Estados vecinos, escasamente poblados y con abundantes tierras fértiles. Esta ideología alimentó su fijación por adquirir «espacio vital en el este».

Con esto en mente, el 23 de noviembre de 1939, Hitler declaró a sus comandantes en jefe:

El creciente número de nuestro pueblo requiere un mayor espacio vital. Mi objetivo es establecer un equilibrio racional entre el tamaño de la población y el espacio vital. Aquí es donde debe comenzar la lucha. Ninguna nación puede eludir este reto o, de lo contrario, deberá ceder y extinguirse gradualmente… He elegido un camino diferente: ajustar el espacio vital para acomodar a la población. Una constatación es importante: el Estado sólo tiene sentido si sirve para preservar la esencia de su pueblo. En nuestro caso, hablamos de 82 millones de personas … El eterno reto es adecuar el número de alemanes a la tierra disponible.

Adolf Hitler

El dictador, inspirado en Malthus

Por cierto, la suposición de Malthus era errónea. Las poblaciones en crecimiento también pueden alimentarse mediante el aumento de la productividad y el libre comercio. El hecho de que pequeños Estados como Suiza y Singapur se encuentren hoy entre los países más ricos del mundo habla por sí solo. Pero a Hitler no le interesaba el libre comercio y tenía una visión pesimista del futuro del comerciJoo mundial. Este sentimiento era compartido por muchos políticos de su época que, como él, abogaban por la autosuficiencia, pero sin dar prioridad a la expansión de sus propios territorios.

Su actitud hacia la propiedad privada de los activos productivos es algo más complicada. Prescindió de las nacionalizaciones totales. Pero sus políticas erosionaron los derechos de los propietarios al imponer un estricto control estatal sobre la producción y la inversión. Hitler creía que la propiedad privada sólo era permisible cuando servía al «bien común» y no al interés propio del empresario. Se exigía a los propietarios que alinearan sus acciones con los objetivos del Estado. De este modo, todo quedaba subordinado al Estado.

La admiración de Adolf Hitler por la economía soviética fue en aumento, sobre todo en los últimos años de su vida. Recibía informes del Frente Oriental en los que se destacaban los importantes avances logrados gracias a los esfuerzos de industrialización de Stalin. En su círculo íntimo, elogió explícitamente el sistema soviético de planificación estatal. E insinuó que debería convertirse en un componente de la economía de posguerra, en total consonancia con su nacionalsocialismo.

El libro de Zitelmann es muy recomendable para profundizar en las perspectivas políticas y económicas de Hitler. En los años transcurridos desde entonces, se han publicado cada vez más resultados de investigaciones que apoyan y validan las conclusiones originales de Zitelmann.

Ver también

Por qué Hitler adoraba la justicia social. (Jon Miltimore).

Hitler y Che Guevara, dos caras de la misma moneda. (Manuel Llamas).

Tener a Hitler para cenar. (Helen Dale).

Hitler, líder de la izquierda. (José Carlos Rodríguez).

Por qué Hitler adoraba la justicia social

Por Jon Miltimore. El artículo Por qué Hitler adoraba la justicia social fue publicado originalmente en FEE.

En agosto de 1920, en Munich, un joven Adolf Hitler pronunció uno de sus primeros discursos públicos ante una multitud de unas 2.000 personas. Durante su discurso, que duró casi dos horas y fue interrumpido casi 60 veces por vítores, Hitler tocó un tema que repetiría en futuros discursos, afirmando que no creía que “jamás en la tierra pudiera sobrevivir un Estado con una salud interior continuada, si no se basaba en la justicia social interior”. Esta fue una de las primeras veces que Hitler habló públicamente de justicia social, quizá la primera.

En su reciente libro El nacionalsocialismo de Hitler, Rainer Zitelmann deja claro que la “justicia social” (soziale Gerechtigkeit) era fundamental para los objetivos sociales de Hitler. Lo que Hitler quería decir con “justicia social” no es fácil de entender, así que quizá sea mejor entender primero lo que Hitler no quería decir. A Hitler no le interesaba un Estado o una sociedad que simplemente tratara a las personas por igual, o un Estado que simplemente dejara en paz a los individuos.

“Justicia social” según Adolf Hitler

Esto no lograría el cambio social que él buscaba. Al igual que Karl Marx, Hitler veía el mundo a través de las estructuras de poder, y las estructuras de poder imperantes dificultaban demasiado, en su opinión, el ascenso de todos los alemanes.

Zitelmann deja claro que Hitler hablaba mucho de conceptos como movilidad social y meritocracia. Sus discursos contienen frases que hablan de un Estado alemán “en el que el nacimiento no es nada y los logros y la capacidad lo son todo”. Otto Dietrich, jefe de prensa de Hitler durante mucho tiempo, señaló que Hitler apoyaba “la abolición de todos los privilegios” y un estado “sin clases”.

Con este fin, Hitler expresó su deseo de “derribar todas las barreras sociales en Alemania sin reparos”, como explicó en una conversación de 1942 con el líder nacionalsocialista holandés Anton Mussert. En otras palabras, el privilegio estaba tan omnipresente en Alemania que Hitler lo erradicaría destruyendo toda la estructura de clases.

Si algo de esto le suena familiar, es porque debería ser así. La justicia social es una idea que los estadounidenses escuchan prácticamente a diario. Se alaba en las universidades y se defiende durante los partidos de la NFL. Oímos las palabras “justicia social” en boca de los políticos y en los anuncios de televisión.

Para que quede claro, no estoy sugiriendo que los defensores actuales de la justicia social sean nazis. No me cabe duda de que desprecian a Hitler y sus ideas, como deberíamos hacer todos. Pero estoy diciendo que los defensores de la justicia social de hoy comparten un rasgo importante con Hitler: una obsesión con la clase. Esto no debería sorprendernos. La clase es algo instrumental en prácticamente todas las diferentes corrientes del socialismo: comunismo, nacionalsocialismo, socialismo democrático, peronismo, etc.

“¡Derribad los muros que separan las clases!”

En la teoría marxista tradicional, la etapa capitalista de la historia consta principalmente de dos clases: la burguesía (los capitalistas, que poseen “los medios de producción”) y el proletariado (los trabajadores). Para Marx, el antagonismo de clases era la fuerza motriz de la historia, y sus discípulos comparten este punto de vista.

Definir la justicia social es un poco complicado, pero se puede ver en ella la noción de que hay que desarraigar las clases. Se explica en Wikipedia:

La justicia social es la justicia en relación con un equilibrio justo en la distribución de la riqueza, las oportunidades y los privilegios dentro de una sociedad en la que se reconocen y protegen los derechos de los individuos.

Parece razonable. Apela a nuestra creencia instintiva de que la sociedad debe ser justa. Después de todo, ¿a quién le gustan los “privilegios”? ¿Quién no quiere una sociedad más igualitaria? De hecho, esto es precisamente lo que Hitler enfatizaba en sus discursos: la creación de la “igualdad de oportunidades” en la sociedad. Consideremos estos comentarios del Führer de febrero de 1942:

Tres cosas son vitales en cualquier levantamiento: derribar los muros que separan a las clases entre sí para abrir el camino del progreso para todos; crear un nivel general de vida de tal manera que incluso los más pobres tengan el mínimo seguro para existir; finalmente, alcanzar el punto en el que todos puedan compartir las bendiciones de la cultura.

Un problema de medios y fines

En cierto sentido, no hay nada intrínsecamente malo en muchos de los fines que persiguen los defensores de la justicia social. No hay nada intrínsecamente bueno en el “privilegio” o en la concentración de riqueza. El principal problema son los medios. Los defensores de la justicia social -entonces y ahora- tienden a tratar de resolver lo que consideran desigualdades estructurales en la sociedad a través de medios no liberales y coercitivos. En su forma más básica, significa quitar a los que más tienen (los privilegiados) para dárselo a los que menos tienen.

Para Hitler, esto significaba confiscar la propiedad de los miembros más ricos (más privilegiados) de su sociedad: los judíos. La confiscación de la riqueza comenzó en serio después de que Hitler emitiera una orden (Decreto para la declaración de la propiedad judía) en abril de 1938 que exigía a los judíos registrar su riqueza ante el Estado. Los derechos de propiedad podían ser la base de la prosperidad humana, pero resultaron ser de poca utilidad para los judíos, que se encontraban con obstáculos en la búsqueda del Führer de lograr la justicia social en Alemania.

Esa política sería ilegal en Estados Unidos, por supuesto, y algo que pocos defensores de la justicia social apoyarían hoy en día. Sin embargo, muchos han mostrado su interés por utilizar el gobierno para “nivelar el terreno de juego” de formas más sutiles, incluida la asignación ilegal de subvenciones federales en función de la raza.

Friedrich A. Hayek

De hecho, quizá la característica más notable de la justicia social actual sean los medios antiliberales utilizados para promoverla. Hace más de medio siglo, el Premio Nobel de Economía F.A. Hayek observó la paradoja de la justicia social, que pretende crear una sociedad más igualitaria, tratando a las personas de forma desigual:

La exigencia clásica es que el Estado debe tratar a todas las personas por igual, a pesar de que son muy desiguales. No se puede deducir de ello que, como las personas son desiguales, haya que tratarlas de forma desigual para igualarlas. Y en eso consiste la justicia social. Es una exigencia de que el Estado trate a las personas de forma diferente para colocarlas en la misma posición…. Hacer de la igualdad de las personas un objetivo de la política gubernamental obligaría al gobierno a tratar a las personas de forma muy desigual.

F. A. Hayek, 1977.

Hitler: a la nación por la justicia social

Hayek creía que tratar a la gente de forma desigual era parte del pastel de la justicia social. Y los recientes acontecimientos históricos le han dado la razón. Dado que la justicia social era fundamental para los objetivos de Hitler, no podía tratar a los judíos, la burguesía y otras clases privilegiadas como a los demás. Sólo aboliendo los “privilegios” podría liberar al pueblo alemán y avanzar en el progreso social.

Si queremos construir una verdadera comunidad nacional, sólo podremos hacerlo sobre la base de la justicia social

Adolf Hitler, 1925.

Del mismo modo, los defensores de la justicia social del siglo XXI no pueden lograr el cambio social promoviendo la idea de que todas las personas deben recibir el mismo trato independientemente de su raza o sexo. Si leemos a Robin DiAngelo (autora de Fragilidad blanca) y también a Özlem Sensoy, coautores del libro Is Everyone Really Equal? An Introduction to Key Concepts in Social Justice Education, está claro que no les interesa tratar a la gente por igual.

A la justicia social por medio del racismo (y no es Hiter)

Para DiAngelo, la clase privilegiada en Estados Unidos son los blancos. Todos ellos han nacido “en una jerarquía racializada”; un sistema socioeconómico que es racista y debe ser desmantelado.

Este sistema de poder estructural privilegia, centraliza y eleva a los blancos como grupo.

Robin DiAngelo.

No está claro cómo se logrará la igualdad social. Pero es seguro que DiAngelo no cree que la marcha hacia la equidad se logre abrazando la idea de que todos los seres humanos son individuos únicos que merecen el mismo trato, o sin utilizar el poder del Estado.

El error que cometen DiAngelo y muchos otros defensores de la justicia social es común en los tiempos modernos. Dan prioridad a los fines que persiguen sobre los medios que utilizan.

Fines y medios

El filósofo y fundador de la FEE Leonard Read comprendió la insensatez de este planteamiento. Por eso, en su libro de 1969 Let Freedom Reign (Que reine la libertad), Read sostenía que una “mirada dura” a los medios que utilizamos es mucho más importante que los fines que buscamos:

Los fines, las metas, los objetivos no son más que la esperanza de lo que está por venir… no… la realidad… de la que se pueden extraer con seguridad las normas para una conducta correcta… Muchos de los actos más monstruosos de la historia de la humanidad se han perpetrado en nombre de hacer el bien, en pos de algún objetivo “noble”. Ilustran la falacia de que el fin justifica los medios.

Hitler, por supuesto, estaba en desacuerdo.

A él no le preocupaban los medios; estaban totalmente justificados (en su mente) por los fines que perseguía. Y su grandiosa visión de la “justicia social” en Alemania tenía una ventaja: le permitía utilizar el inmenso poder del Estado para “corregir” las desigualdades de la sociedad alemana, que se había convertido en un hervidero de resentimiento y decadencia tras la Primera Guerra Mundial y años de hiperinflación.

Ver también

Nacional socialistas de ayer y hoy. (José Carlos Rodríguez).

Cuando un liberal clásico se enfrentó al terror nazi. (Samuel Gregg).

Cinco razones por las que el nazifascismo es socialista. (David Lozano).

Hitler, líder de la izquierda. (José Carlos Rodríguez).

Hitler y Che Guevara, dos caras de la misma moneda. (Manuel Llamas).

Tener a Hitler para cenar

Por Helen Dale. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Si nadie se lo dijera antes de su visita, y no tuviera internet, no sabría que la Kehlsteinhaus, en el sureste de Alemania, fue en su día la casa de Hitler. No hay nada que evoque los mitos de la guerra.

Sin embargo, se daría cuenta de que es muy extraño. Se llega a través de un largo y atmosférico túnel al que sigue el ascenso en un ascensor chillón, dorado y parecido al de Trump. La arquitectura y el diseño interior son extraños, no se parecen a ningún estilo conocido. La chimenea, hecha de un extraordinario mármol rojo, parece haber sido atacada por buscadores ambulantes decididos a arrancar algunas gemas, por lo desconchada y mellada que está. La pared trasera de la chimenea está decorada con lo que mi padre solía llamar “bajorrelieve nazi”, algo ahora poco común, pero lo bastante identificable como para que la mayoría de la gente lo distinga del socialismo-realismo soviético, el futurismo italiano y el Art Déco. La fecha del centro también ayuda: 1938.

El Nido del Águila

Conocido fuera de Alemania como el Nido del Águila, el Kehlsteinhaus sólo acogió a Hitler en 14 ocasiones, debido a su odio a las alturas, al aire enrarecido de la montaña y al ascensor. Su supervivencia tras la guerra fue una excepción: Todos los demás edificios nazis del Obersalzberg han sido destruidos. El famoso escuadrón nº 617 de la RAF (“Los Dambusters”) comenzó el trabajo el 25 de abril de 1945. Lo que ellos no terminaron, lo hizo el Estado Libre de Baviera durante la década de 1950. (Por supuesto, no es que los Dambusters no quisieran arrasar el Kehlsteinhaus junto con todo lo demás. Simplemente no lo hicieron. En una época anterior a las municiones guiadas, incluso los Dambusters fallaron).

Los gobiernos alemanes de posguerra de todos los colores estaban desesperados por asegurarse de que la montaña no se convirtiera en una especie de extraño santuario nazi. En los años inmediatamente posteriores a 1945, buscadores de recuerdos y carroñeros rebuscaron entre las ruinas bombardeadas, con la esperanza de encontrar cosas como insignias de baja numeración de miembros del Partido Nazi, uniformes militares desechados y objetos de arte. Estos objetos, junto con los que las tropas aliadas habían saqueado durante y inmediatamente después de la rendición incondicional de Alemania, pronto aparecieron en los mercados negros dedicados a las antigüedades robadas.

Un restaurante y varios guías

Sin embargo, ni siquiera la voladura de los restos del Berghof (que Hitler adoraba y utilizaba mucho, probablemente porque no estaba a dos mil metros de altura) y de su chalet cercano favorito detuvo a los turistas y buscadores. Trozos de mármol rojo de la chimenea de la Kehlsteinhaus, arrancados a martillazos por las tropas americanas en 1945, aparecieron por todo el mundo, como pedazos de la Única Cruz Verdadera en la Europa anterior a la Reforma. El gobierno de Baviera se había quedado bloqueado.

Se produjo un cambio de enfoque. El Nido del Águila no sólo se protegió -las tropas estadounidenses que fueron sorprendidas dañando la chimenea acabaron con una carga-, sino que se dejó intacto, tal y como Martin Bormann y Gerdy Troost lo diseñaron y pretendían. Ahora es un restaurante, con espectaculares vistas a las montañas y una población residente de chovas alpinas: pequeños y audaces córvidos con picos de color amarillo mirlo y un amplio repertorio de expertas acrobacias aéreas (actúan para merendar). Por supuesto, guías externos dirigen visitas no oficiales (discretas) dedicadas a su pasado nazi, y una serie de discretas imágenes de época en la pared de la terraza esbozan su historia.

Decoración nazi

Una de las fotos muestra al Führer en una tumbona, con el mismo aspecto que los turistas alemanes de los famosos anuncios de cerveza británicos. Es aquí donde uno se entera de que Hitler odiaba el ascensor dorado -es tan luminoso que resulta difícil fotografiarlo- porque lo consideraba peligroso. Decía a todo el mundo que el mecanismo de la parte superior era vulnerable a la caída de un rayo. En esto tenía razón: Bormann ocultó dos impactos directos que tuvieron lugar durante la construcción.

Mientras que el ascensor de Hitler puede parecer una Tardis brillante -en consonancia con el tropo de que los dictadores no se escatiman, aunque hoy en día prefieran los lavabos dorados-, el resto del Nido de Águila es de buen gusto, aunque un tanto peculiar, precisamente porque su estilo y sus motivos no tienen herederos. En algún universo alternativo, los Aliados unieron sus fuerzas con la Alemania de Hitler contra la URSS y los estudiantes de diseño de todo el mundo bromean sobre la “decoración nazi” en lugar de las “monstruosidades soviéticas”.

Y aun así, los turistas vienen, la mayoría de ellos no por las vistas. Aunque no es un santuario nazi, el Nido del Águila sigue siendo una pieza del oscuro patrimonio a la vez desagradable y difícil de manejar.

Generaciones dañadas

Las dificultades del gobierno bávaro para gestionar su pasado son, en mi opinión, ilustrativas de algo más amplio. Es difícil recordar bien la Segunda Guerra Mundial. La guerra rara vez es pura y nunca es sencilla. La Segunda Guerra Mundial no fue una excepción. La torpe y tacaña respuesta alemana en la hora de necesidad de Ucrania tiene sus raíces en una culpa nacional paralizante y en un fallo de la memoria histórica.

Aquí resuena la afirmación del arqueólogo e historiador Neil Oliver de que somos hijos y nietos de “generaciones dañadas”. Nadie ha “superado” los años 1914 a 1945. En algunos aspectos, ese periodo demente y sanguinario fue una segunda Guerra de los Treinta Años. “Pensar que hemos superado esos años, esas consecuencias, es un error”, sugiere Oliver, y le preocupa -porque los últimos veteranos del primer conflicto del siglo XX ya no están y los del segundo están en peligro- que “ahora y siempre el Somme y Passchendaele sean mitos como las Termópilas, o Cartago”.

Mientras tanto, si eres británico, australiano, estadounidense o canadiense, la Segunda Guerra Mundial puede parecer lo que mi padre solía llamar (con gran ironía) “la guerra buena”. Mi padre era veterano de la Royal Navy. Proteger los barcos mercantes destinados al Reino Unido en su travesía por el Atlántico -como él hacía- era un bien sin paliativos.

Menciono Canadá porque un fallo de memoria es también lo que llevó al Presidente de su Cámara de los Comunes -probablemente con el conocimiento del Primer Ministro Justin Trudeau, a pesar de sus repetidos desmentidos- a invitar a un veterano de las Waffen-SS a la Cámara y a aclamarlo como un héroe de guerra.

Yaroslav Hunka, el héroe nazi

Dicho así, parece imposible, una locura. Cuando me lo dijeron por primera vez, no les creí. Ningún gobierno es tan tonto como para hacer eso, pensé, y menos el de la Canadá woke. Aclamado como alguien que “luchó contra Rusia”, Yaroslav Hunka, de 98 años, recibió una ovación bipartidista y los elogios del Presidente ucraniano Zelenskyy. Hunka es un veterano ucraniano de la 14ª División “gallega” de las Waffen-SS. Compuesta casi en su totalidad por voluntarios ucranianos, estaba al mando de una minoría étnica conocida como Volksdeutsche, hombres de ascendencia mixta ucraniana y alemana que hablaban ambos idiomas.

Todos nos hemos familiarizado con la idea de que Ucrania no es “parte de Rusia” desde el 24 de febrero del año pasado. Sin embargo, esa situación existe desde hace al menos décadas y probablemente siglos. En la (aproximadamente) mitad del país al oeste del río Dnipro, el nacionalismo ucraniano ha sido históricamente fervoroso. En cambio, la mitad (más o menos) al este del Dnipro siempre ha estado más cerca de Rusia cultural y lingüísticamente. Cuando (en la década de 1990) investigué y escribí The hand that signed the paper -con su escenario de “Ucrania occidental durante el Holodomor/Segunda Guerra Mundial”- admito que veía partición en el futuro del país.

Fin de la etnogénesis de Ucrania

La mala administración y la incompetencia de Putin en los trozos de Ucrania que Rusia conquistó en 2014, junto con las atrocidades más recientes, han acercado la mitad oriental del país a la mitad occidental, de tal manera que creo que es seguro decir que la etnogénesis de Ucrania ya se ha completado. Esto significa que goza del derecho a la autodeterminación tal y como lo concebían los liberales clásicos del siglo XIX.

Dicho esto, ¿cómo se explica lo de Yaroslav Hunka y otros como él? Después de la metedura de pata de Canadá, el mundo buscó en Google al de Galizia del 14, pero basta con escarbar un poco para descubrir todo tipo de colaboración ucraniana en algunos de los peores planes genocidas de Hitler. Busque “Trawniki Men” u “Operación Reinhard” si se atreve, y no diga que no se lo advertí.

Dicho esto, la razón principal de la colaboración ucraniana con la Alemania nazi -como el propio Hunka ha admitido en varios artículos escritos para su asociación de veteranos [en ucraniano]- era matar rusos. Y, en consonancia con las (entonces) divisiones lingüísticas y culturales del país, la mayoría de los colaboradores procedían de la Ucrania occidental, que se distinguía religiosa y lingüísticamente. Los ucranianos al este del Dnipro (y, por supuesto, todos los judíos ucranianos, incluida la familia de Zelenskyy) lucharon por la URSS. Varios líderes nazis también se quejaron de esto.

La alianza del Diablo

Pensaban que todo el país sería como la mitad occidental y se quejaban de la “pasividad” de ciudades orientales como Donetsk y Kharkiv. La opinión que me formé cuando escribí mi primera novela era que había buenas razones para que los ucranianos lucharan contra el imperialismo ruso y comunista (y más en general contra el marxismo, que es un dislate tóxico y genocida). El problema, por supuesto, era cómo esas razones llevaban a los nacionalistas ucranianos a una colaboración nazi generalizada y destructiva. El nazismo era un disparate tóxico y genocida similar.

El error de Canadá, por tanto, tiene sus raíces en las complejidades y exigencias de la guerra: los aliados occidentales tuvieron que hacer causa común con la URSS, un gran imperio con un gobierno tan asesino y trastornado como el de Berlín.

Rusia y varias “naciones cautivas” (incluida Ucrania) fueron gobernadas por una tiranía salvaje que mató a más ciudadanos durante la década de 1930 de los que logró la Alemania nazi al amparo de la guerra. Mientras tanto, Stalin se repartió Polonia con Hitler en 1939, un acuerdo que el historiador Roger Moorhouse llamó La alianza del Diablo en su libro sobre el Pacto Molotov-Ribbentrop. Si eras polaco y luchabas contra los rusos en 1939-1940, probablemente eras un héroe de guerra.

Holodomor

Los nazis también engatusaron a los ucranianos, prometiendo a los dirigentes del país que Alemania apoyaría la independencia de Ucrania. Hitler, por supuesto, no hizo tal cosa: veía a los ucranianos como eslavos racialmente inferiores, aptos sólo para la servidumbre. Alemania ni siquiera puso fin a la monstruosa colectivización forzada de Stalin (que contribuyó significativamente al Holodomor de Ucrania en 1931-1933). Sólo cuando los subordinados de Himmler lo persuadieron de que los ucranianos occidentales eran arios, la política nazi hacia Ucrania comenzó a cambiar, y sólo en formas que facilitaron a Alemania el uso de reclutas ucranianos como carne de cañón y de civiles ucranianos como mano de obra esclava.

Más tarde, mientras los ejércitos de Stalin violaban y asesinaban a lo largo de Europa del Este en 1944-1945, las tropas soviéticas eran seguidas por todas partes por batallones de policías secretos dispuestos a fusilar a los disidentes locales, por no hablar de los aterrorizados muchachos campesinos que huían del frente.

Una espada ceremonial para Stalin

Si la guerra fue una cruzada contra la barbarie -una “buena guerra”- es difícil explicar que el Reino Unido forjara una espada larga ceremonial cubierta de joyas como regalo de guerra para José Stalin, o la observación de Churchill de que, “si Hitler invadiera el Infierno, yo haría al menos una referencia favorable al Diablo en la Cámara de los Comunes”. La alianza soviética sólo es inteligible y defendible en el contexto de una guerra tanto por la supervivencia nacional como por el interés nacional. Es menos aceptable si concebimos el conflicto como una gran batalla del bien contra el mal.

Por desgracia, la reconfiguración de nuestra memoria colectiva de la Segunda Guerra Mundial -es decir, la reconfiguración de los acontecimientos de la guerra para contar una simple historia de victoria sobre el fascismo en nombre del liberalismo y los derechos humanos- está ahora tan extendida que cualquiera que haya luchado contra la tiranía por cualquier motivo puede ser considerado un héroe. Y creo que eso es lo que explica la ovación que recibió Yaroslav Hunka en Ottawa.

No hay guerras buenas

Los acontecimientos históricos de la magnitud de la Segunda Guerra Mundial no son unívocos. No dicen una sola cosa. Baviera sigue luchando contra esta realidad, mientras que el bochorno de Canadá se debe a una memoria popular ahistórica y politizada de ese gran conflicto. Esto, por supuesto, se une a la creencia de que la causa de Ucrania en su actual guerra de necesidad contra Rusia es siempre y en todas partes “una buena guerra”. A la Wokery, de la que Canadá está particularmente aquejada, también le gusta hacer juegos de moralidad del pasado. El pasado -en la persona de Yaroslav Hunka- se negó a cooperar.

“Espera, ¿la casa de Hitler es un lugar turístico?”, me preguntó un asombrado interlocutor en Twitter después de que compartiera fotos del llamativo ascensor del Nido del Águila, a lo que la única respuesta razonable fue “más o menos”. Baviera lleva lidiando con la incómoda realidad de albergar la casa de Hitler desde 1945, mostrando una incoherencia comprensible. Canadá fue el país que más cerca estuvo (en 2023) de invitar a Hitler a cenar a casa.

He escrito dos veces para Law & Liberty sobre por qué creo que Ucrania está del lado del bien en este conflicto. Sin embargo, lo correcto y lo bueno no son lo mismo. Es posible hacer cosas malas por una buena causa. Es posible hacer cosas buenas por una causa mala. Es posible resistir a la tiranía por malas razones y por una mala causa.

Y no hay “guerras buenas”, sino guerras malas y menos malas.

Ver también

¿Por qué Hitler invadió la URSS? (Fernando Díaz Villanueva).

La economía nacionalsocialista y el supuesto milagro alemán

El 30 de enero de 1933, Adolf Hitler se hace con el poder total en Alemania. Tras la Primera Guerra Mundial, Alemania había quedado devastada económicamente. Las duras condiciones impuestas por los aliados en el Tratado de Versalles y la posterior crisis provocada por el crac de 1929 en la bolsa estadounidense dejaron a una Alemania con 6 millones de parados en 1932, y con una tasa de desempleo del 43,8%. En 1933 Alemania no tenía ejército, las imposiciones de los aliados tras la Gran Guerra únicamente permitían a Alemania tener 100.000 soldados, y no podían contar con marina de guerra ni aviación. Por si fuera poco, Alemania estaba enormemente endeudada, ya que tenía que pagar las reparaciones de guerra a los aliados, pero el régimen nacionalsocialista paralizó el pago de estas reparaciones.

El primer objetivo de Hitler será rearmar Alemania, pero como dijo Napoleón, para hacer la guerra hacen falta tres cosas: dinero, dinero y dinero. Por aquel entonces, el dinero es lo que más escaseaba en Alemania. Pero para hacer la guerra también era necesario acero, hierro, carbón, petróleo, caucho, productos químicos, ingenieros… Alemania disponía de muchos de esos recursos, pero era necesario pagarlos. Necesitaban una fuerte inversión inicial y no podían subir los impuestos, tampoco se podía realizar un aumento de la oferta monetaria porque produciría inflación. Los nacionalsocialistas no tenían dinero, pero vieron una solución sencilla, inventárselo.

El artífice fue Hjalmar Schacht, político y financiero alemán, ministro de economía del Tercer Reich entre 1934 y 1937. Schacht inventó lo que se denominó letras Mefo. La Mefo era una sociedad pantalla con un capital de un millón de marcos imperiales que habían aportado las grandes empresas metalúrgicas. Mefo no producía nada, no contrataba a nadie, no tenía ninguna fábrica. El Estado, a priori, no se endeudaba, pero la convertibilidad del dinero quedaba garantizada a posteriori por el banco central. A las empresas que estaban contribuyendo al rearme se les pagaba a través de pagarés producidos por Mefo. Lo único que generaba Mefo era deuda, pero una deuda invisible para el resto de los países de Europa. Los pagarés inspiraban confianza a las grandes empresas, la deuda de Mefo se convirtió en una moneda paralela reservada al sector armamentístico.

Schacht, que era director del Reichsbank, prometía cambiar las deudas por efectivo con unas tasas de interés muy bajas, por lo que prácticamente estaba emitiendo efectivo, fue un método que sirvió para introducir liquidez en la industria armamentística. En 1934, de los 4.000 millones de reichsmark introducidos en el rearme alemán, menos de la mitad aparecían en los presupuestos. Aunque muchos de los grandes industriales se aliaron con el Estado alemán para conseguir privilegios, muchos otros también se mostraban reacios a las políticas de Hitler, ya que veían que podían poner en peligro su relación con los países aliados y, por lo tanto, el intercambio comercial entre ellos.

La política económica de Hitler tenía la intervención en el mercado como pilar fundamental, aunque no era una economía planificada al estilo soviético, ya que se respetaba la propiedad privada de los medios de producción, pero el peso del Estado en la economía era mayúsculo. Uno de los mayores ejemplos de esta política fue el programa de infraestructuras que llevo a cabo el régimen para reactivar la economía, una política keynesianista antes de Keynes. Se eliminaron todos los sindicatos y se encuadró a las estructuras de trabajo en un sindicato único, el Frente Alemán del Trabajo. La economía, por tanto, estaba supeditada a los intereses políticos de Hitler.

En 1936 el paro había descendido a 800.000 personas, y entre 1933 y 1938 el PIB alemán aumentó un 50%, lo cierto es que son cifras espectaculares, pero ¿era sólido ese crecimiento económico? Lo cierto es que no. En 1934 un hogar de clase trabajadora gastaba el 50% de su presupuesto en comida, bebida y tabaco. Los salarios se congelaron, el alemán medio tenía más dinero para gastar, pero lo cierto es que no había nada en que gastarlo, el Estado obligaba forzosamente a ahorrar a sus ciudadanos, dándoles la esperanza de que podrían conducir un Volkswagen en poco tiempo, pero lo cierto es que hasta la década de los 50, muy pocos podrían hacerlo. El rearme supuso una satisfacción psicológica pero no económica para el alemán medio.

El nacionalsocialismo basaba su sociedad en la idea de guerra, Alemania tenía pocas materias primas en su territorio por lo que necesitaba divisas para comprarlas en el exterior. Schacht comenzó a inquietarse porque debía devolver los bonos Mefo y era imposible continuar con ese ritmo de producción. Decidió, por lo tanto, frenar el rearme y pagar las deudas, defendía una política nacionalista, un rearme y desarrollo económico, controlando a las potencias extranjeras, pero sin llegar a ningún conflicto. Schacht entró en disputa con Hermann Göring, uno de los pesos pesados de la cúpula de poder nazi. Göring quería continuar con el rearme masivo, en cambio, Schacht creía que esa política llevaría a Alemania a una guerra, que, en efecto, es que lo que sucedería.

Hitler destituyó a Schacht y dejó la economía en manos de Göring, fue nombrado jefe del segundo plan cuatrienal, y responsable del comercio, el control de precios, el intercambio de divisas y las inversiones; en definitiva, le dio el poder total de la economía alemana. Es entonces cuando se lanzó un plan para alcanzar la autosuficiencia, comenzará a llevar a cabo políticas autárquicas y a crear empresas con su propio nombre. Fundará un grupo empresarial para extraer mineral de hierro de baja calidad y nada rentable, además de producir caucho y gasolina sintética. Una tonelada de acero de las fábricas de Göring costaba el triple que una tonelada de Rumania o de la URSS, pero el Estado pagaba la diferencia y las subvenciones eran enormes.

Para el nacionalsocialista el gran enemigo no era el industrial o el trabajador, sino el financiero y el banquero, ligado evidentemente al antisemitismo. Por lo tanto, la economía nazi era una economía hostil al comercio y a las finanzas, para los nacionalsocialistas estos elementos no estaban anclados a la nación alemana, sino que pertenecían a una raza hostil como era la judía. Pero por mucho que odiaran el dinero, lo necesitaban, el ario no debía comprar, debía coger, el ario no debía pagar, debía robar, y en especial a la raza judía. En el verano de 1938 en Austria se abrió una oficina especial para cobrar unos altísimos impuestos a los judíos. Un ejemplo de expolio sin igual fue el de Göring, un amante empedernido del arte, robo más de 1.300 cuadros, 250 esculturas y más de 100 tapices cuyo valor actual es de miles de millones de euros.

Cuando comenzó la guerra se nombró a Fritz Todt como ministro de Armamento y Municiones del Reich y los bonos Mefo comenzaron a ser reembolsados gracias a la imprenta de billetes y los expolios de los países ocupados. Seguramente la Alemania nacionalsocialista ha sido el imperio más depredador de la historia, su economía necesitaba alimentarse de la guerra. El pillaje y el expolio era no solo necesario para el III Reich, sino legítimo, ya que la supuesta superioridad de su raza frente a las demás legitimaba el robo.

Los alemanes nunca pasaron hambre durante la guerra debido al pillaje: vivían a expensas del expolio de los territorios ocupados. Durante la guerra los salarios se mantuvieron estables, pero gran parte de los productos de consumo se dejaron de producir, por lo que el ciudadano alemán no podía tampoco gastar el dinero. Para pagar a los trabajadores se emitía dinero, pero al no gastarlo la inflación no se desbocaba. Aunque si bien es cierto, los ahorros de los alemanes y el pillaje no fue suficiente para financiar el enorme esfuerzo bélico.

Uno de los planes menos conocidos, pero más siniestros de la Alemania nazi, era el Plan Hambre, enmarcado en el Plan General del Este. Su lema era nahrung ist waffe, la comida es un arma, a partir de 1941 empezaron a someter a la población soviética a prácticamente una hambruna, los alimentos eran utilizados para sustentar al ejército o eran enviados a Alemania.

A mitad de la guerra, Todt es sustituido por Albert Speer, este será nombrado ministro de Armamento y Producción. La industria alemana era tremendamente ineficaz debido a la intervención del ejército y Speer creo una agencia central de planificación para distribuir materias primas. Se redujo y simplificó los modelos, pero aumentó la producción. A partir de 1942 el mercado desapareció y los precios se fijaron, la producción de armamento ascendió debido a la explotación de los trabajadores, entre 1940 y 1945 cerca de 13 millones de personas fueron obligadas a hacer trabajos forzados, Fritz Sauckel fue el encargado de esta cacería de trabajadores, los eslavos eran los más maltratados. Las aniquilaciones de judíos fue una pérdida de capital humano incalculable, la muerte de los judíos permitía alimentar a los trabajadores forzados, la muerte se convirtió en el motor de la economía nazi. Los industriales y jerarcas nazis alemanes estudiaban nutrición para saber cuántas calorías eran suficientes para tener trabajadores productivos, añadiendo o eliminando calorías a los trabajadores dependiendo de su productividad.

A partir de 1943 la producción ya no aumentaría, el régimen nazi juzgaba a los dirigentes de las fábricas que no cumplían con sus objetivos. Muchas empresas empezaron a enviar su propiedad intelectual a sus sedes en otros países, poniendo las bases para su posible recuperación tras la derrota en la guerra.

Tras finalizar la guerra, los ahorros que habían conseguido los alemanes fueron sacados de los bancos y se introdujeron en el mercado, comenzando así una enorme inflación, los alemanes sabían que era mejor arruinarse en el mercado negro para comer ese día que no guardar unos billetes que al día siguiente no valdrían nada. En 1945 el cigarrillo se convirtió en la verdadera moneda alemana. El régimen de Hitler supo inventar una economía, un sistema productivo y financiero organizado en torno a la depredación, el robo y la muerte.