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Etiqueta: Anarquismo

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXIII): Anarquismo cristiano

A pesar de estar (a día de hoy) las distintas iglesias cristianas organizadas de forma anárquica, tanto en su organización interna como en su relación entre ellas, su resultado en término de fieles e influencia social no sólo no decae sino que mantiene su proporción, o incluso mejora a nivel global, que es el ámbito donde deben compararse las diferentes religiones. Dentro de ellas cualquiera puede abandonar su credo sin grandes problemas; incluso miembros de su jerarquía como un reciente caso en Cataluña nos muestra. Y entre ellas, a pesar de sus discrepancias en materias de credo, son frecuentes los casos de colaboración y de diálogo ecuménico. También es relativamente fácil, como ilustra el caso norteamericano, la instauración de nuevas denominaciones, con mayor o menor éxito o duración, algo que guardando las debidas distancias se asemeja a un mercado dinámico en el que creación y destrucción de nuevas empresas es algo habitual… Es más, sólo parece decaer en aquellos lugares, como Europa, en que esta ha estado asociada al poder político, lo que parece haberle restado dinamismo y capacidad de competencia. A ello se suma el hecho de que los Estados se han apropiado de muchas de sus funciones tradicionales.

Sorprende, pues, que a pesar de operar en un entorno anárquico y dinámico, y siendo los Estados su principal y más temible competidor (la mayor parte de los ateos no se convierten en anarquistas sino que delegan en el estado las cuestiones morales y de liturgia como la educación en valores o las uniones matrimoniales), la cuestión de la relación entre el cristianismo y el Estado no haya despertado entre los teólogos el interés que sí lo han hecho otras cuestiones doctrinales. La mayoría de las confesiones siguen dando un lugar de preeminencia a sus respectivos Estados, y salvo algunas congregaciones de tipo anabapatista, no han buscado desligarse de él. De ahí que, salvo excepciones que comentaremos, no se haya elaborado una teología sistemática en relación a esta cuestión.

De ahí que sorprenda que en los últimos decenios algunos teólogos de muchas iglesias cristianas, incluida la católica, hayan comenzado a discutir al Estado y se pueda hablar ya de anarquismo cristiano. Quizás los primeros en elaborarla en su forma moderna hayan sido Jacques Ellul y Vernard Eller, con dos libros con el mismo título Anarquía cristiana. Ambos citan a numerosos precursores en el pasado, ya desde los mismos comienzos del cristianismo. Éstos habían reflexionado sobre el tema, pero sin una elaboración sistemática. Estos teóricos vieron continuada su obra con la de teólogos como John Milbank o William Cavanaugh  (traducidos ambos en la editorial del arzobispado de Granada, Nuevo Inicio). Los autores señalados, entre otros muchos, han sido estudiados en la mejor obra que existe sobre el tema , el Christian Anarchy de Alexandre Christoyannopoulos.

Destacar sólo que exceptuando algún autor como James Redford, quien reclama el anarcocapitalismo de Cristo, la mayor parte de los autores no entran en la cuestión del capitalismo ni lo defienden, centrándose sólo en la crítica al poder estatal y a su incompatibilidad con un programa de vida cristiano. También es relevante el hecho de que estos autores, especialmente Ellul y Eller, centran sus análisis en la Biblia, especialmente en el Nuevo testamento. Y sus análisis y referencias raramente salen del ámbito teológico, por lo que no incorporan aportaciones del ámbito económico, político o sociológico que podrían reforzar sus posturas. Quizá las excepciones sean dos de los ya citados: Cavanaugh, que sí incorpora reflexiones de la sociología histórica o de la historia (es especialmente interesante su artículo del 2004 Killing for the Telephone Company en la revista  Modern Theology), y Milbank, Teología y teoría social.

Una de las principales críticas que estos teólogos hacen en relación a la moralidad de los actores estatales es que estos incumplen de raíz uno de los principios básicos de la ética cristiana: La famosa regla de oro; esto es, no hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti. En efecto, como bien señaló Rothbard en su famosa Anatomía del estado, los Estados son absolutamente asimétricos en sus relaciones con la ciudadanía. Esto es: Lo que hace el Estado es una suerte de bien moral, pero si es a la recíproca es un crimen de lesa majestad.

Veamos, los Estados pueden extraer rentas a los ciudadanos con una suerte de amenaza difusa de empleo de la violencia en caso de resistencia, porque entiende que ese dinero lo necesita más que el contribuyente, o porque establece que hará mejor uso de él que este. Pero este comportamiento realizado a la inversa, un ciudadano que necesita imperiosamente el dinero no puede recurrir a extraerlo por la fuerza de la caja pública, ni siquiera intentando recuperar una parte de lo que él ya ha contribuido. Sería multado o encarcelado.

Pero sobre todo se refieren al crimen violento, esto es, si los jefes de un Estado mandan matar a personas inocentes en otros países, en una “guerra preventiva” por ejemplo. Esto parece ser justificado en aras de la seguridad del propio Estado, pero si es a la inversa, esto es un ciudadano de un país “liberado” atenta contra quien dio esas ordenes, no sólo no será tolerado sino que será duramente reprimido. 

No sólo en ese ámbito se puede observar la asimetría. Podemos verlo en el ámbito fiscal, donde la agencia tributaria cuenta con posición de predominio, o como vimos en algún artículo anterior, en el del urbanismo. No parece que sea un comportamiento muy de acuerdo con la ley que Cristo nos enseñó.  

Autores como Cavanaugh también relativizan el mito de la violencia religiosa, especialmente en un libro con ese título. La violencia ha sido ejercida históricamente por lo poderes temporales, estatales o pre-estatales, incluido el papado como poder terrenal, usando la justificación de la religión. Pero esto no implica necesariamente que hayan sido organizaciones religiosas las que la hayan llevado a cabo. De la misma forma en que se culpa al capitalismo de muchas violencias ejercidas por el estado en su nombre, la religión ha servido de excusa para iniciar conflictos regidos por motivaciones menos nobles.

Cavanaugh demuestra cómo en muchos conflictos como la guerra de los treinta años, paradigma de guerra de religión, las motivaciones eran puramente políticas y respondían a los intereses de los gobernantes de aquel tiempo como, lo muestra el hecho de que había católicos y protestantes en ambas alianzas contendientes, y que una de ellas incluso haya llamado a potencias musulmanas a combatir a su lado. Si bien es cierto que hay personajes vinculados a la religión como papas, cardenales u obispos que han alentado el conflicto, lo han hecho más en su papel de gobernantes temporales que el de líderes religiosos.

Al igual que sectores capitalistas se encuentran imbricados a día de hoy en el aparato de los Estados y son difíciles de separar, en otros tiempos eran actores religiosos los que se implicaban en el gobierno siendo difícil distinguir entre sus funciones religiosas y temporales. Si el capitalismo, como tal, no es el responsable de las guerras que se hacen en su nombre, tampoco la religión como tal será culpable de tan gran pecado y sí los que se encargan de iniciarlas.

Los análisis de los anarquistas cristianos, especialmente los protestantes como Eller o Ellul, se centran mucho, demasiado a mi entender, en el análisis de las sagradas escrituras, cuando podrían centrarse también en las propias dinámicas organizativas de las religiones o en las formas en que estas organizan la vida social en ausencia de un monopolista del poder político.

Por ejemplo, podrían haber estudiado cómo las iglesias cristianas han organizado eficaces sistemas de protección a los pobres, instituciones educativas que incluyen universidades, hospitales, e incluso sistemas de justicia. También sería interesante que hubiesen indagado sobre las distintas formas que las comunidades cristianas han usado a lo largo del tiempo para resistir o confrontar con éxito el poder estatal, desde las catacumbas a los regímenes totalitarios de hoy. Pero aún así sus análisis no dejan de ser interesantes pues nos muestran la gran  riqueza de ideas anarquistas que están presentes en la Biblia y otros textos sagrados.

Mi favorita es las tentaciones a Jesús, que se encuentran resaltadas al menos en tres de los evangelios, especialmente en Mateo (Mateo IV 1-11).  En la tercera tentación el demonio tienta a Jesús subiéndolo a la cima de una montaña y le muestra todos los reinos de la tierra con su gloria y le dice a continuación que “Todos estos reinos están en mi poder y serán tuyos si te postras delante de mi y me adoras”. Esto es, los reinos de la tierra son propiedad del demonio y a él obedecen, lo que a simple vista no parece una forma de legitimación muy buena del poder político, pues está implícitamente reconociendo su carácter demoníaco.

Otro ejemplo podría ser una de las famosas trampas saduceas en las que los críticos de Jesús entre los judíos intentan que Cristo entre en contradicción para  poder acusarlo bien de impiedad  bien de obediencia al poder imperial romano. Le muestran una moneda y le hacen escoger entre Dios y el César (hoy día sería imposible hacerlo dado que el dinero son apuntes bancarios) y Cristo escapa muy bien del dilema afirmando a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Pero también podemos observar como Cristo en ningún momento determina que es lo que le corresponde al César. Cristo no elabora ninguna lista con las funciones que debe aquel llevar a cabo de natural o en exclusividad. Hay muchas otras citas en el Antiguo y Nuevo Testamento. Por ejemplo, en el libro de Samuel (Samuel 8, 4-22) los israelitas le piden a Dios un rey y éste les advierte de lo que les va  a pasar y de cómo este los saqueará y dominará. Aún así lo piden pero pronto se arrepienten, por su voracidad, y piden a Dios que los salve de tal figura. Si se quieren consultar James Redford las cita casi todas.

Pero entonces los posibles críticos de este texto saldrán rápidamente a citar la Epístola de San Pablo a los romanos (Romanos XIII, 1-7) en la que el fundador de la Iglesia cristiana establece la obligación de obedecer las leyes del lugar ya sus gobernantes pues estos han sido colocados ahí por Dios. Incluso recomienda pagar los tributos debidos y no sólo obedecer sino respetar a las autoridades. Sobre este texto se ha construido toda la teología del Estado cristiana, y ha sido la orientación dominante de la postura de las mayoría de sus iglesias, con excepción de algunas pequeñas sectas.

Dejando aparte la cuestión de que no forma parte de los evangelios sinópticos que relatan la vida y enseñanzas de Jesucristo, siendo una epístola de San Pablo (si bien esto no impide que a todos los efectos forme parte del canon bíblico), lo cierto es que entra sin duda en contradicción con lo anteriormente expuesto. No sería novedad, pues en la Biblia no son infrecuentes las divergencias entre los distintos libros que la componen. Pero si sorprende que el santo fundador de la Iglesia enmiende el relato de su maestro, salvo que este esté escrito en clave simbólica y no exprese lo que a primera vista parece indicar.

El joven Karl Barth (de joven anarquista pero luego derivó en socialdemócrata) así lo parece entender y en un sesudo análisis (recogido en los libros de Ellul y Eller) desmonta con gran aparato de erudición la interpretación estatista del texto de San Pablo, exponiendo que cuando se refiere al poder está haciendo referencia a otras realidades espirituales y no terrenales. Pero en cualquier caso los anarquistas cristianos abren la posibilidad moral de una sociedad sin monopolio estatal de la violencia y con buenos argumentos, que debería formar parte de cualquier análisis serio tanto de la cuestión religiosa como de la anarquista.

En defensa del Estado. Reflexiones heterodoxas

Vivimos en tiempos extraños, líquidos para decirla al estilo Bauman, en los que los alegatos a favor del realismo son denostados de izquierda a derecha del espectro ideológico. Para muchos, el título que vengo a proponer les va a provocar urticaria. Como el marxista, el libertario tiene que tener su chivo expiatorio, y este no es otro que: el estado. Si el marxista peca de extremismo ideológico para con la burguesía, lo mismo pasa con sus homólogos libertarios respecto al estado. Cuando uno ha transitado de un posicionamiento ideológico a otro (como es mi caso), se da cuenta de la vehemencia con la que es atacado el Leviatán de turno. 

Para un amplio sector de la izquierda, la demonización del empresario es el pal de paller en el cual desarrollan parte de su crítica al capitalismo. Por otro lado, para el libertario la culpa de todos los males proviene del estado. Si unos idealizan apriorísticamente a la clase obrera, otro tanto sucede con la figura del empresario (y del mercado). Como si ambos factores de producción no se necesitaran el uno al otro. Aún así, es importante mencionar que en el modelo de demanda previo a los años 80s, el factor trabajo era doblemente útil para producir y necesario para consumir (de ahí el objetivo del pleno empleo), sin embargo, con el paradigma de oferta, el trabajo “se fue convirtiendo paulatinamente en un elemento hasta cierto punto perturbador, del que no se podía prescindir pero que causaba un gran número de problemas. Entre ellos, y principalmente, inflación” (Niño-Becerra, 2020, pág. 86). Con esta perspectiva, el factor trabajo está condenado a la pauperización y al desempleo.

Muchos postulan que, en esta interacción entre los factores de producción es el empresario el que pone el capital, ergo es el que arriesga, puesto que es el que emprende. Como siempre, animo al que sostenga esa premisa que simplemente vaya a mirar los datos del Ministerio de Trabajo. En 2020 el total de accidentes laborales fue de 446.195, de los cuales, 3.643 fueron considerados graves, y en el cómputo global el total de víctimas mortales en accidentes de trabajo ascendió a las 634. Des del 2006 (año en elcual se computaron 947 muertos), hasta el 2020 las cifras han oscilado entre 900 a 450 fallecidos anuales. Me pregunto entonces quién arriesga qué.

Sea como fuere, mi planteamiento es simple: para mí, el enemigo no es el estado, ni tampoco los impuestos per se. Como postuló Friedman en los años 60s, “the existence of a free market does not of course eliminate the need for government. On the contrary, government is essential for both as a forum for determining the rules of the game and as an umpire to interpret and enforce the rules decided on (Friedman, 1962, pág. 15). Así pues, mi percepción iría en consonancia con la del economista neoyorquino. Lo que me resulta más llamativo es la obsesión de los libertarios: los impuestos. Sin percatarse, aplican una especie de subjetividad selectiva en la cual, resulta que todos los gastos del estado que consideran superfluos los han pagado ellos. Estoy seguro que con alguna partida estatal estarán de acuerdo, ya sea en materia militar, seguridad o sanitaria, sin embargo, subjetivamente no piensan que con sus impuestos hayan pagado un gasto que sí les favorece (si lo pensaran no tendría sentido que se quejaran). Imaginemos a un libertario yendo al médico público, recibiendo un trato excelente y finalmente, le llegaran a curar. Acto seguido, al salir de la clínica prorrumpiera: ¡esto es acosta del robo perpetrado por el estado hacia mi persona! Este sesgo cognitivo de observación selectiva es terreno abonado para los departamentos de psicología. 

Los corifeos del libertarianismo han conseguido que calara hondo en el imaginario colectivo la idea falaz de que el estado te quita la mitad de lo que ganas. Es interesante mencionar que los que estamos en los primeros quintiles de los tramos del IRPF, de alguna forma ya somos liberales puesto que el tipo marginal aplicado es del 19%. Sin embargo, el libertario tiene razón, el estado te quita un 47% de lo que ganas, siempre y cuando sea a partir de 300.000€ anuales para arriba. Puedo afirmar que no conozco a nadie de mi entorno que cobre ni siquiera una tercera parte de lo que aquí se está postulando. Sólo alguien de alta alcurnia podría decir semejante dislate. Ciertamente, hay que añadirle a todo lo anterior los impuestos indirectos como el IVA. 

Lo que más me llama la atención de esta especie de pulsión libertaria son las fuentes directas de las cuales provienen. Prima facie podría pensarse que el discurso libertario va en consonancia con los emprendedores, empero, hay un selecto grupo de intelectuales que son profesores titulares (mediante oposición) o que ostentan cátedras en universidades públicas y se dedican a pontificar las bondades del libertarianismo y los peligros del estado (podrían reducir el erario público bajándose el sueldo, por ejemplo), me pregunto ¿cuánto estarían dispuestos a pagarles a ellos los entes privados para ejercer de profesores?, teniendo en cuenta el pésimo interés que se tiene por la educación y la cultura en general en este país. De igual manera, incluso hay algún máster que predica a ciertos autores libertarios en una universidad pública. Ver para creer. 

Alguien podría objetarme que mi postura no es liberal, de hecho, por defender unos mínimos y reconocerle al César lo que es del César, me han tildado de socialista. El gran análisis económico es el siguiente: estado e intervención = socialismo. Puesto que el debate muchas veces se desplaza hacia ese infantilismo económico, mi idea es clara: dada mi formación, si no es el estado quien me proporciona un trabajo difícilmente va a ser el mercado. Los historiadores, y en especial, los económicos, no somos un gremio al cual le lluevan las ofertas laborales (bueno, sí, en cadenas de comida rápida, en tiendas de ropa, o en la hostelería). Por ende, no me escondo. Para investigar en nuestro país la precariedad es altísima e incluso con fondos estatales sigue siendo paupérrima. Como dijo Ortega: yo soy yo y mi circunstancia, si no la salvo a ella no me salvo yo (Gasset, 1914, pág. 18).

Entonces, la pregunta es clara: ¿soy liberal? (esto mismo se preguntó Keynes hace justo casi 100 años). Si por liberalismo entendemos libertad de pensamiento, asociación, reunión, expresión, división de poderes, descentralización, etc. Entonces sí. Es importante mencionar que no soy favorable a los controles de precios, ni a los salarios mínimos (aunque ciertamente depende del contexto), ni a la regulación de alquileres, defiendo que por donde pasa el comercio no pasan los tanques (aunque suene idealista), la legalización de las drogas (para comercializarlas y cobrar el IVA – ¿eso te hace liberal? -), entre otras cuestiones. Si por liberalismo se entiende la reducción del estado a su mínima expresión (o desaparición), la eliminación de buena parte de los impuestos (o su totalidad), la privatización absoluta de la sanidad, educación y servicios sociales, entonces no, no soy liberal. 

Lo que acabo de decir no es excluyente de la imperiosa necesidad de la introducción de medidas que puedan favorecer la res publica, lo que Sustein y Thaler han llamado nudges. Una de las cosas que más me gusta de sus postulados es el término libertarian paternalism y choice architect el cual, debe influenciar en el comportamiento de los individuos con el fin de hacer que vivan más sanos, mejor y acaben tomando decisiones óptimas (Thaler & Sustein, 2021, pág. 6).  Así pues, respecto a la sanidad se muestran escépticos no solo de la privatización sino incluso del simple hecho de hacer pagar a los pacientes una cantidad mínima por acudir a los profesionales del sector. Especialmente, hacen referencia al llamado “copago” y es que, se ha demostrado que la gente tiende a no acudir al médico si tiene que pagar, incluso por muy ínfima que sea la cantidad (Thaler & Sustein, 2021, pág. 297).

Para concluir, mi idea es que difícilmente se puede disociar el augmento del bienestar general sin tener en cuenta el rol jugado por el Estado, por mucho que Huerta diga que es a pesar de este. También el hecho del fetiche que tiene el libertario respecto a la Edad Media. Si tus premisas para con el bienestar general se inspiran en esta, algo macabro está sucediendo en tu imaginario: esperanza de vida de 30 años, un salario medio que podía adquirir una escasísima cantidad de bienes, pobreza pavorosa de los agricultores habiendo hasta tres grados de la misma: menos pobres, pobres y poverissimi (Cipolla, 2002, pág. 22). Lo que le gusta al libertario (supuestamente) es la caridad privada, la cual existía (tengan in mente la esperanza de vida con dicha caridad), especialmente de la Iglesia. Otro dato de este período es que el 2% de las familias ostentaba el 45% de los recursos, mientras que el 60% de la población no tenía absolutamente nada. Lo que arguye el libertario es que la justicia era privada (se le olvida decir que estaba en manos de las clases más pudientes, especialmente del señor feudal) y que el rey sólo cobraba un 10% de los tributos. Pueden quedarse con sus entelequias y sus sociedades estamentales, otros defenderemos que ser liberal implica mucho más que la reducción de tarifas, impuestos y la eliminación del estado. Como reza la frase latina: pedes in terra, ad sidera visus.

Bibliografía

Cipolla, C. M. (2002). Storia economica dell’Europa pre-industriale. Bologna : Il Mulino.

Friedman, M. (1962). Capitalism and Freedom. Chicago: The University of Chicago Press.

Gasset, J. O. (1914). Meditaciones del Quijote. Madrid: Revista de Occidente.

Niño-Becerra, S. (2020). Capitalismo 1679-2065. Barcelona: Ariel.

Thaler, R., & Sustein, C. (2021). Nudge. United Kingdom: Penguin books.

Sobre Borges y el libro de Martín Krause

Mi admirada Irune, subdirectora de esta casa, me mandaba un pantallazo del libro “Borges y la economía” de Martín Krause, editado por Unión Editorial. Al día siguiente lo tenía en casa. Así funciona la innovación, también conocida como capitalismo, y que algunos quieren repensar. Que repiensen lo que quieran, con el dinero de los demás por cierto, pero que no nos protejan de comprar algo y tenerlo al día siguiente, por favor. Un día es un libro y otro es un medicamento.

El libro es precioso y sentí ganas de escribir sobre ello. Desde este rincón doy mi enhorabuena a Unión Editorial y a Martín Krause. 

Los que defendemos las ideas de la libertad estamos demasiado acostumbrados a oír sobre Hayek, Mises o Friedman, eminencias a las que no me corresponde quitar mérito. También oímos hablar mucho sobre el liberal Mario Vargas Llosa o sobre la escritora rusa Ayn Rand. Rara vez se escucha en esta batalla, que algunos creemos necesario librar, a Jorge Luis Borges. 

Empezaré fuerte, diciendo que la obra de Borges es bastante más libertaria, anarquista, minarquista o liberal, como cada uno le quiera llamar a “dejar-en-paz-al-de-al-lado”, que la obra de Vargas Llosa. Separando al escritor del pensador, la obra de Vargas Llosa, no se sienta lejos de García Marquez, por poner un ejemplo cercano. Y lejos de debatir, porque no me corresponde ni me interesa, el porqué de ese giro copernicano, diré que los valores que defiende Borges en su vida y en su obra responde más al liberalismo clásico que casi cualquier otro escritor que podamos pensar.

Aquella frase del profesor Bastos, que tanta enjundia tiene a la vez que sorna en redes y dice “capitalismo, ahorro y trabajo duro, no hay otra cosa”, es lo que vemos repetidamente en la obra de Borges. El escritor no habla de estados, de impuestos, banderas o ni siquiera de países, Borges habla de individuos, como casi lo único real. Borges no necesita exponer al siempre excitante Howard Roark, ni aquella heroína Dominique Francon, encima de edificios viendo como los hombres de bien vencen a los hombres colectivistas. Borges comparte historias que comienzan siendo aparentemente humildes pero acaban situando al hombre en medio de todo, como piedra angular de la vida como la conocemos. 

Tenemos al hombre que se pregunta si puede existir otro hombre en su propio sueño, en ese cuento que se llama “Las ruinas circulares”; tenemos a dos Borges encontrándose en un banco obviando el tiempo en “El otro”, como si el hombre pudiera superar en alguna realidad o en el futuro los límites el tiempo. ¿Quién podría hacerlo sino el hombre?. Tenemos a Pierre Menard intentando escribir, otra vez, “El Quijote”; tenemos a Funes, capaz de recordar todo, capaz de contener un “Aleph” en su memoria; tenemos los cien poemas que mencionan a Heráclito con la cuestión del ser. Y con el hombre, Borges, también hace mención y homenaje a los oficios, todos ellos respetables hasta el extremo de la admiración, por esos cuchilleros apátridas a los que solo les queda el honor de ser quiénes son. Tenemos esa crítica con el fino estilo borgiano al “azar” en la lotería de Babilonia, donde el trabajo duro ha dejado paso al “azar” convirtiendo en tiranía lo que era la democracia. No sé si les suena. O esos “inmortales” que, privados de la muerte, se dan cuenta que están privados de su capacidad de ser hombres, ese “salario mínimo vital” que es saber que al día siguiente seguirás vivo pase lo que pase dejando incluso, como se describe en el cuento que un pájaro, “anidaba en su pecho”.
Aunque nos hagan creer que el capitalismo es “American Psycho” de Easton Ellis, está en nuestra mano demostrar que el capitalismo es ser honrado, ahorrar, usar la cabeza e intentar sobrevivir con dignidad. No hay otra cosa, como diría Bastos.