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Etiqueta: Bancos centrales

¿Por qué queremos cerrar el Banco Central?

Lawrence H. White se graduó de economista en la Universidad de Harvard y obtuvo un PhD in economics en UCLA. Hoy enseña Teoría y Política Monetaria en la George Mason University, y es profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín. Anteriormente, enseñó en la Universidad de Nueva York, la Universidad de Georgia y la Universidad de Missouri – St. Louis.

Se especializa en la teoría e historia de la banca y el dinero. Representa junto a George Selgin y Kevin Dowd una corriente moderna de la Free Banking School, o Escuela de la Banca Libre.

En un artículo ya clásico que lleva el título de “La Banca Central: una recapitulación”, el autor sistematiza las debilidades principales de una autoridad monetaria central. No se trata, en particular, del Banco Central de la República Argentina (BCRA), sino que son cuestionamientos abstractos a la naturaleza del monopolio de emisión que constituye cualquier autoridad central.

El artículo no es nuevo, pero puede permitir comprender, en forma técnica, los cuestionamientos que la Escuela Austriaca, y en particular Javier Milei, hacen a la autoridad central. La síntesis que presentamos mantiene los subtítulos del documento original, pero lo resumimos para este medio.

I. Los riesgos prácticos de la banca central

La banca central es una institución riesgosa debido a sus dos principales funciones: regular los depósitos bancarios y ejecutar la política monetaria. Ambas actividades generan distorsiones que afectan la estabilidad financiera.

1. Regulación inadecuada de los bancos comerciales

Los bancos centrales son organismos burocráticos con incentivos erróneos, pues no están sujetos a la disciplina del mercado. Esto les permite ignorar las ineficiencias de sus regulaciones y solo reaccionar ante crisis evidentes.

Además, los bancos comerciales presionan al banco central para obtener privilegios legales que les garanticen mayores rentas. Estas rentas provienen de restricciones como:

  • Límites a las tasas de interés que pueden ofrecer.
  • Restricciones a la creación de nuevos bancos.
  • Limitación de la apertura de sucursales.
  • Prohibición a empresas no bancarias de prestar servicios financieros.
  • Préstamos a tasas preferenciales a los bancos comerciales.

Este proceso genera ineficiencia, reduce la competencia y debilita la industria bancaria, impidiendo que surjan innovaciones que podrían beneficiar a los consumidores.

2. Expansión monetaria y ganancias gubernamentales

El banco central genera ingresos mediante la emisión de dinero, un fenómeno conocido como señoreaje. Como la emisión de dinero tiene un costo de producción casi nulo, la diferencia entre su valor de cambio y su costo de impresión representa un ingreso para el gobierno.

El problema es que la tentación de aumentar la oferta monetaria sin límites provoca inflación. Esta inflación actúa como un impuesto oculto que reduce el poder adquisitivo del dinero en manos del público. Los gobiernos prefieren este tipo de impuesto porque no es coercitivo ni fácilmente detectable.

Para mantener la demanda de su dinero, los bancos centrales suelen imponer medidas que limitan la competencia, como:

  • Exigir reservas obligatorias a los bancos comerciales.
  • Restringir las tasas de interés sobre depósitos.
  • Prohibir el uso de monedas extranjeras o metales preciosos.

3. Manipulación macroeconómica con fines políticos

Los gobiernos pueden usar la política monetaria para mejorar su imagen y aumentar sus probabilidades de reelección. Esto ocurre cuando:

  1. Los votantes reaccionan a los niveles de inflación y desempleo al elegir a sus líderes.
  2. El banco central puede reducir el desempleo temporalmente mediante una inflación inesperada.
  3. Los gobernantes presionan al banco central para estimular la economía antes de las elecciones.

A largo plazo, esta práctica genera ciclos de inflación y desestabilización económica. Si el público anticipa esta estrategia, la inflación se convierte en una profecía autocumplida: la gente espera inflación, y el banco central termina creándola.

4. Política económica errática y destructiva

El problema fundamental del banco central es que carece de la información necesaria para ajustar correctamente la oferta monetaria. A diferencia de un empresario que ajusta su producción según la demanda del mercado, el banco central no cuenta con señales claras sobre cuánta liquidez debe emitir.

En sistemas con dinero convertible (como el patrón oro), la escasez de reservas obliga a los bancos a corregir excesos en la oferta monetaria. Sin embargo, en sistemas de dinero fiat, el banco central puede expandir indefinidamente la base monetaria, sin consecuencias inmediatas, lo que aumenta el riesgo de inflación crónica.

5. Independencia del banco central y reglas monetarias

Algunos economistas proponen la independencia del banco central o la aplicación de reglas monetarias estrictas para limitar sus excesos. Sin embargo, la independencia no elimina las presiones políticas ni corrige la falta de incentivos adecuados.

Las reglas monetarias (como el crecimiento constante de la oferta de dinero) pueden ser útiles, pero no garantizan estabilidad a largo plazo. Los bancos centrales suelen encontrar formas de evadirlas o debilitarlas con el tiempo.

II. La injerencia gubernamental no es necesaria para asegurar un sistema monetario estable

La alternativa a la banca central es un sistema monetario basado en el mercado libre, donde la oferta de dinero y servicios bancarios se ajusta a la demanda sin intervención estatal. A continuación, se presentan las características de este sistema.

1. Una unidad monetaria común emergería sin intervención gubernamental

Carl Menger demostró que el dinero surge de manera espontánea en el mercado, cuando los comerciantes eligen el bien más líquido como medio de intercambio. Históricamente, el oro y la plata se convirtieron en las principales monedas sin necesidad de regulaciones gubernamentales.

2. Competencia entre emisores de dinero

Un sistema sin banco central permitiría la competencia entre bancos emisores de dinero, similar a la competencia entre empresas de otros sectores. Los consumidores elegirían los medios de pago más eficientes y confiables.

En un mercado libre, los bancos competirían para ofrecer:

  • Mayor seguridad contra falsificaciones.
  • Convertibilidad fácil entre distintos activos.
  • Depósitos con mejores rendimientos y servicios adicionales.

3. La reserva fraccionaria no es fraudulenta

La reserva fraccionaria, donde los bancos mantienen solo una fracción de sus depósitos como reserva, ha sido demonizada por algunos economistas. Sin embargo, esta práctica permite un uso más eficiente del capital y ha existido históricamente en sistemas bancarios estables.

Mientras los bancos puedan cumplir sus compromisos con los depositantes, la reserva fraccionaria no representa un problema. En un mercado libre, los bancos serían disciplinados por la competencia y la vigilancia de sus clientes.

4. Cámaras compensadoras como reguladoras del sistema

En sistemas bancarios libres, las cámaras compensadoras han desempeñado el papel de supervisores del sector. Estas instituciones privadas certifican la solvencia de los bancos y facilitan la compensación de pagos entre ellos, reduciendo el riesgo de crisis bancarias.

5. Eliminación del pánico financiero y las corridas bancarias

Uno de los principales argumentos a favor de la banca central es que previene las corridas bancarias. Sin embargo, la historia demuestra que los sistemas bancarios libres han funcionado sin episodios generalizados de pánico. La clave para evitar crisis bancarias es permitir que los bancos adopten mecanismos de autorregulación, como:

  • Fondos de reserva ante emergencias.
  • Suspensión temporal de pagos en situaciones excepcionales.
  • Convertibilidad flexible de los depósitos en activos financieros.

6. Prestador de última instancia no es necesario

Los defensores de la banca central sostienen que es necesario un prestamista de última instancia para evitar quiebras bancarias en tiempos de crisis. Sin embargo, en sistemas bancarios libres, las cámaras compensadoras han desempeñado este papel con éxito, proporcionando liquidez a bancos solventes con problemas temporales.

7. La cantidad de dinero se autorregula

En un sistema de banca libre, la cantidad de dinero se ajusta automáticamente a la demanda, similar a cómo ocurre en un patrón oro. Si un banco emite demasiado dinero, los clientes transferirán sus depósitos a bancos más sólidos, obligando al emisor a reducir su oferta.

8. Integración con los mercados de capital globales

Un sistema bancario libre facilitaría la integración con mercados internacionales sin necesidad de una autoridad central. En un mundo sin bancos centrales, podría establecerse una moneda global basada en estándares de mercado, eliminando las distorsiones del nacionalismo monetario.

Conclusión

La banca central genera distorsiones económicas al regular ineficientemente el sector financiero, expandir la oferta monetaria para financiar al gobierno y manipular la economía con fines políticos. La alternativa es un sistema de banca libre, donde la competencia disciplinaría a los bancos y la cantidad de dinero se ajustaría a la demanda sin intervención gubernamental.

Ver también

La hora de los bancos centrales

En las últimas semanas, tras cada subida de tipos por parte de los bancos centrales, hemos escuchado a multitud de comentaristas de la actualidad criticar dichos movimientos, alegando los claramente negativos efectos de estos sobre las dinámicas de crecimiento y la creación de empleo. Lo que muchos de ellos no tienen en cuenta es que el principal objetivo de los bancos centrales es mantener la estabilidad de precios y que, sin esta, es imposible generar un periodo de crecimiento económico estable y creación de empleo sólida.

Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, realizó un alegato similar en defensa de las subidas de tipos el pasado 2 de noviembre tras la reunión del Federal Open Market Committee en la que se decidió elevar los tipos de interés 0,75 puntos porcentuales, hasta el 4%. De hecho, si algo respaldan los datos es que dichas subidas probablemente deban continuar, siendo en este momento cuando los bancos centrales han de mantenerse fuertes ante la opinión pública y la presión política.

Como respaldo a las políticas de incremento de tipos de los bancos centrales únicamente hace falta señalar el hecho de que, entre septiembre de 2019 y septiembre de 2022, el nivel de precios aumentó un 15,6% en EE. UU., un 14,1% en UK y un 13,3% en la Eurozona, variaciones que no se habían visto en décadas. Por el contrario, si los bancos centrales hubieran logrado controlar la inflación cercana a su objetivo, el crecimiento del nivel de precios en el periodo señalado habría sido del 6%.

Me parece importante señalar, aunque pueda resultar una obviedad, que los actuales niveles de inflación no se deben exclusivamente (ni principalmente) a la política monetaria ultralaxa de los bancos centrales previa a 2021, ya que la actual inflación se debe en mayor parte a disrupciones en la oferta que a un exceso de demanda. Esto no quiere decir que los extensos programas de QE o tipos cero no hayan tenido ningún efecto sobre la demanda y esta, en consecuencia, sobre la inflación. Simplemente se trata de que eventos como las disrupciones en las cadenas de valor a causa de la crisis de la Covid-19 (y su salida), o la invasión de Ucrania por parte de Rusia tienen actualmente un mayor peso sobre el incremento de los precios. 

No compro el argumento esgrimido por algunos de que la política de expansión cuantitativa o los tipos de interés en niveles históricamente mínimos previamente a 2021 no tuvieron ningún efecto sobre la demandad agregada y la inflación. De hecho, observando los datos veremos que de 2019 a 2022 la demanda nominal incrementó un 21,4% en EE. UU., un 15,8% en UK y un 12,5% en la Eurozona, siendo niveles que incluso duplican los incrementos ocurridos en periodos comparables anteriores. Por lo tanto, con estos niveles de crecimiento de la demanda nominal, incluso sin disrupciones de oferta hubiera sido imposible mantener la inflación cercana al objetivo del 2% sin una normalización de la política monetaria.

Recuerdo que hace un par de años había economistas preocupados incluso de que la inflación fuera excesivamente baja, lo que llevó en parte a la introducción del nuevo objetivo de política monetaria por parte de la Fed en agosto de 2020, en el cual establecía que ya no buscaría más mantener la inflación cerca, pero por debajo del 2%, sino que ahora trataría de mantener la inflación cerca del 2% de media a lo largo del tiempo. Esto significa que, si había habido varios años con niveles de inflación por debajo del 2%, la Fed permitiría a la inflación situarse por encima del 2% durante un periodo de tiempo similar. Lo que no está nada claro es si, tras varios años en los que probablemente tengamos un nivel de inflación significativamente superior al 2%, la Fed forzará después un periodo de tiempo similar con la inflación situándose por debajo del 2%.

Por lo tanto, no me extrañaría que los agentes económicos interpreten que, con objetivos de inflación asimétricos, los bancos centrales solo pretenden compensar la inflación pasada por debajo del objetivo, pero no la que se sitúa por encima del mismo, ya que ello supondría ejecutar una política monetaria mucho más restrictiva que la actual.

El caso de EE. UU. es, de hecho, el más relevante al respecto, ya que los actuales niveles de inflación en el país norteamericano son los que menos influenciados se ven por incrementos en el precio de la energía o los alimentos frescos, a diferencia de UK o la Eurozona. Por lo tanto, en EE. UU. la inflación se ve mucho más afectada por factores domésticos que externos, siendo uno de ellos la política monetaria ultraexpansiva de la Fed llevada a cabo hasta 2021.

Por todo ello, si algo está claro es que es la hora de que los bancos centrales continúen desplegando una política monetaria restrictiva e incluso la intensifiquen. Es de vital importancia que retornemos a niveles de inflación cercanos al objetivo del 2% cuanto antes, ya que cuanto más tiempo se mantenga la inflación en niveles extraordinariamente elevados, mayor es la posibilidad de que se produzcan espirales de precios-salarios y observemos efectos de segunda ronda que hagan que las expectativas de inflación se “desanclen”, lo cual conllevaría a un escenario de inflación aún más grave. Todo ello destruiría la credibilidad de los bancos centrales e incrementaría significativamente los costes de implementación de una política monetaria notablemente restrictiva. Este es un riesgo más que probable si el proceso de enfriamiento de la inflación sigue siendo tan lento como en la actualidad.

Lógicamente, muchos argumentarán que los riesgos de incrementar aún más los tipos en el escenario actual son enormes, incluyendo entre ellos la posibilidad de conllevar a una crisis financiera global. No voy a negar que esta es una posibilidad real, pero es importante señalar asimismo que, si se evita una política monetaria notablemente restrictiva hoy en día, ello podría conducir a una recesión de mucha mayor escala el día de mañana si las expectativas de inflación se “desanclan” y se producen efectos de segunda ronda, como comentaba anteriormente.

Llevamos tantos años viviendo en un entorno de política monetaria ultralaxa que, hoy en día, tipos de interés al 4% en EE. UU. o tipos del 3% en UK y del 2% en la Eurozona, pueden dar la impresión de ser una política restrictiva. Pero seamos serios: si nuestras economías no soportan unos tipos de interés del 3-4% (varios puntos por debajo de la tasa de inflación), es que tenemos un problema sólido de sostenibilidad de nuestros modelos productivos, tejidos empresariales y stock de deuda.

Los bancos centrales cometieron un gran error al mantener su política monetaria ultraexpansiva intacta durante tanto tiempo. Ahora, si desean mantener su credibilidad y sostener la estabilidad del sistema, deben combatir la elevada inflación global con todas las armas a su disposición. No es momento aún de frenar las subidas de tipos. Es la hora de los bancos centrales.

¿Llega tarde la Fed?

El pasado 30 de enero, el presidente de la Reserva Federal (Fed), Jerome Powell, declaraba que quizá fuese un buen momento para retirar la pablara “transitoria” de la descripción de la inflación actual y tratar, por lo tanto, de dar una explicación más acertada de la situación. Hasta ahora, la supuesta transitoriedad de la inflación había sido el principal argumento esgrimido por la Fed a la hora de defender la continuación de su hoja de ruta de política monetaria expansiva y la persistencia de la misma en un momento de notable recuperación económica y elevada inflación, especialmente en el caso de EEUU.

A lo largo de la Historia hemos podido observar cómo la pérdida de control sobre la inflación por parte de los bancos centrales (no es el caso de momento) produce daños tanto políticos como económicos, ya que una vez se desanclan las expectativas de inflación y se entra en una espiral de salarios-precios, la dureza de la política monetaria contractiva necesaria para devolver las tasas de inflación a cifras cercanas al objetivo suele generar una recesión, con el consecuente coste político de la misma. No son pocos los economistas que consideran que hoy en día la Fed está actuando tarde y que esto podría derivar en una pérdida de control sobre las expectativas de inflación que llevasen al desanclaje de las mismas.

Por otro lado, muchos otros economistas (como es el caso de Krugman frente a Larry Summers) consideran que la inflación en EEUU aún se puede considerar transitoria y que, por lo tanto, no hay motivos suficientes para reclamar un viraje de rumbo radical de la política monetaria, sobre todo en un momento en el cual podría truncar la recuperación económica -según Krugman-. El hecho de que la inflación sea o no transitoria no depende exclusivamente de la evolución de los precios en determinados mercados o del agregado de estos, sino de las políticas que se estén desarrollando y planeando aplicar en un futuro cercano, considerando el efecto que estas podrían tener sobre la evolución del nivel de precios, junto a shocks que puedan surgir por el lado de la oferta.

Uno de los riesgos que personalmente observo es que, hoy en día, y en el entorno de política monetaria actual, cualquier shock adicional que afectase a los precios encontraría un mecanismo de transmisión rapidísimo, al no estar activado en este momento ningún cortafuegos frente a la inflación. En el caso de EEUU, además, con la situación presente de su mercado laboral, sería más fácil que nunca que un shock de oferta negativo adicional redundara en un desanclaje de las expectativas de inflación y activara la espiral de salarios-precios anteriormente mencionada.

Una situación como la descrita no sería de extrañar, sobre todo en un momento en el que los niveles de consumo real en EEUU han vuelto a la tendencia pre-pandémica, según datos del Institute for International Finance (2022), debido principalmente a los programas de estimulo fiscal masivos llevados a cabo por el Gobierno. Además, la inversión, tanto corporativa como residencial se halla en niveles muy altos, sosteniendo una tendencia de crecimiento fuerte y constante, lo que hace que la recuperación del gigante norteamericano sea sin duda la más fuerte de entre los países desarrollados.

Tal y como he comentado anteriormente, la situación de tensión del mercado laboral norteamericano es también uno de los principales factores a estudiar a la hora de extraer cualquier conclusión acerca del futuro cercano de la inflación. Variables como la tasa de actividad, la tasa de empleo o el número de desempleados por puesto de trabajo disponible están registrando las mejores cifras desde hace muchos años, superando la media desde el año 2001. De hecho, la propia Fed es consciente de ello, ya que reconoció hace relativamente poco que se estaba cumpliendo con el objetivo de maximización del empleo, dando lugar ahora a centrarse más en la tarea de estabilización de la inflación.

Al inicio del presente artículo comentaba que uno de los principales temores de los bancos centrales en todo mundo y especialmente en EEUU es que un rápido incremento de la tasa de inflación cause un desanclaje de las expectativas de los agentes económicos y de lugar a una espiral salarios-precios. Pues bien, a este respecto podemos observar que el incremento en ingresos nominales en EEUU para los trabajadores sitúa la compensación total a los mismos en niveles previos al año 2020, aunque si bien es cierto, en términos reales dichas ganancias se situaban en diciembre de 2021 más de un 3,5% por debajo de los niveles previos a 2020.

El factor que está causando que un incremento tan elevado de los salarios no esté generando suficientes ganancias en términos reales para los trabajadores no es nada más que la inflación. Esta llegó a alcanzar el 7% anual en EEUU, siendo la cifra más alta en más de 40 años, con la inflación subyacente alcanzando cifras nada despreciables como es el 5,5%. Además, si analizamos por componentes, tal y como muestran los datos del Institute for International Finance, la inflación supera el 2% en más del 70% de los productos de la cesta del índice.

En este sentido, es posible que a lo largo de los próximos meses veamos una ralentización del crecimiento de la inflación de ciertos bienes, debido a incrementos de oferta en determinadas industrias que ayuden a resolver la tensión actual en muchas cadenas de valor. Aún así, con los presentes niveles de inflación y siendo esta una tendencia cada más generalizada y extendida a casi todos los sectores de la economía, podría no ser suficiente para que la inflación volviera a sus niveles de objetivo medio.

Aunque la Fed ya haya anunciado una finalización escalonada de su programa extraordinario de compra masiva de deuda a causa de la pandemia, aún mantienen activos otros programas de compra de activos y los tipos al 0,25%. En otros países se puede argumentar que las causas de la inflación actual son puramente de oferta, pero este no es el caso de EEUU donde los niveles de consumo se hallan en máximos desde 2019. Por ello, la Fed debe recalibrar su política monetaria y situar el control de la inflación como su principal prioridad durante los próximos meses.

No cabe duda de que la senda marcada por la Fed para los próximos meses es definitivamente contractiva en lo referente a la política monetaria, pero cabe preguntarnos si está llegando a tiempo o si, en cambio, esto ya no hará nada por controlar las expectativas de inflación, teniendo que promover una política monetaria mucho más contractiva para mantenerlas bajo control. Si la situación fuera esta última, el crecimiento económico del gigante norteamericano se podría ver seriamente dañado, con los consecuentes efectos sobre el mercado laboral.

De momento, se esperan varias subidas de tipos a lo largo del presente año y el siguiente. La media de los analistas espera que los tipos terminen entre el 0,6% y el 0,9% este año, para elevarse hasta entre el 1,4% y 1,9% en 2023, lo cual seguiría manteniendo los tipos de interés reales en terreno negativo.

Por lo tanto, debemos plantearnos si la política monetaria que se diseñó para los primeros meses de irrupción del Covid es la misma que necesitamos ahora. Seguramente no. Si deseamos mantener el crecimiento económico en el tiempo a la par que mantenemos la inflación bajo control, la Fed debe plantear una sensata ruta de estabilización de la inflación.

La necesidad de un banco central

“Nuestro sistema monetario está basado en prácticas que, si fuesen realizados por algún individuo o firma privada, llevarían a los perpetradores a la cárcel”

Antal Fekete.

La banca libre era, según Walter Bagehot (1999, 67), el sistema natural que emergería si el gobierno no interviniese en la banca. Los principales autores del fenómeno de la banca libre utilizan diversas características distintivas para clasificar un sistema bancario como de banca libre. Podemos resumir estas en cinco. Primero, una ausencia de un banco central (Smith 1936, 4–7; Dowd 1992, 2; White 1995, 1). Segundo, una multiplicidad de emisores de moneda (White 1989, 13; Dowd 1992, 2, 1993, 25). Tercero, un intercambio de moneda frecuente entre los emisores de estas (Dowd 1993, 25). Cuarto, la aparición de contratos de opción dentro de los contratos de convertibilidad de moneda (Dowd 1993, 25). Y, por último, la ausencia de regulación que obstaculice el negocio bancario.

Banco Central Europeo (Fráncfort del Meno, Alemania)

En este artículo nos vamos a centrar en la primera, en si es la ausencia de un banco central lo que determina que un sistema bancario sea libre o no. En primer lugar, tenemos que analizar si los bancos centrales nacen espontáneamente o no. Si lo hacen, en todo sistema de banca libre terminará emergiendo un banco central, por lo que, si es la característica definitoria, todo sistema de banca libre está abocado a la extinción.  El argumento para determinar si un sistema bancario es libre o no según la existencia de un banco central se basa en que de haber uno. Pero en la literatura económica tampoco hay un consenso claro sobre qué implica ser un banco central; si servir como un banco de bancos, como el monopolista de emisión de moneda, ser el prestamista de última instancia, regular a los bancos comerciales, o controlar la política monetaria. Independientemente de cuál sea la característica definitoria, podemos asumir que con que una institución cumpla alguna de las cinco funciones mencionadas, y, por ejemplo, el resto de los bancos tendrá prohibido la emisión privada de moneda, las actividades de los bancos comerciales serán reguladas, los mínimos legales de reserva se determinarán para todos los bancos o haya un control en la entrada de nuevos bancos, entre otros elementos que restringen el mercado e imposibilitan que se le pueda llamar libre, no habrá una banca libre. Es decir, donde hay un banco central hay una planificación centralizada en mayor o menor medida del negocio bancario, siendo una condición suficiente para que no se le pueda clasificar a ese sistema en ese momento de banca libre.

Charles Goodhart, profesor de la London School of Economics, en su libro The Evolution of Central Banks (1985) hace una defensa de los bancos centrales argumentando que estos surgen de manera espontánea en un sistema de banca libre y que, además, su formación es beneficiosa para la sociedad. Goodhart afirma que existe una tendencia centrípeta a la centralización de las reservas en el banco que ostente un crédito superior. Esta afirmación contradice a la historia bancaria de Escocia, Canadá, China, Australia, Suecia, Irlanda, China o Suecia, lugares donde no se originó un banco central de manera natural hasta que se impusieron leyes al respecto (Selgin 1993). El único ejemplo donde sin privilegios un banco alcanzó una posición crediticia tan superior a la competencia que actuaba como un banco central, manteniendo las reservas y liquidando billetes por otros bancos fue el del Suffolk Bank of Boston del 1825 al 1858.

Goodhart critica otros sistemas bancarios como el canadiense o es escocés diciendo que era oligopólicos, lo cual no era cierto—en Escocia hubo hasta 29 diferentes bancos emitiendo monedas a la vez y hasta 51 en Canadá—. Pero aún de haberlo sido, esto demostraría que el sistema natural en banca libre es el oligopolio, no el monopolio del emisor de moneda como Goodhart intenta defender.

Además de no ser un sistema natural de emergencia espontánea como Goodhart nos intenta hacer ver, este tampoco es necesariamente un sistema más beneficioso para los ciudadanos. En primer lugar, White (1995) demuestra que el sistema bancario escocés funcionaba mejor que el inglés en todos los aspectos importantes. Por ejemplo, las pérdidas totales per cápita de los depósitos y de los tenientes de moneda de los fallos bancarios escoceses eran menores que las inglesas, al igual que las crisis y suspensiones bancarias también eran menos frecuentes. En segundo lugar, Goodhart dice que un banco central ayuda al cliente, sobre todo al pobre, porque este puede reducir sus costes de transacción, como los relacionados con informarse sobre la calidad del banco emisor del billete que vaya a aceptar. Pero a esto se le puede contestar que el cliente solo tiene que igualmente confiar en un banco, en el suyo, y aceptar aquellos billetes que su banco acepte sin descuento (Selgin 1993). Por lo que este ejercicio de obtención de información recaería sobre el banco y no sobre los clientes.

Por lo tanto, como vemos los argumentos de Goodhart sobre la necesidad de los bancos centrales por su origen espontáneo en la banca libre y su beneficio a los clientes no son ciertos. Los bancos centrales solo nacen tras la intervención gubernamental, justificándolos en unos motivos u otros—sea el de actuar como banco de bancos o para evitar pánicos bancarios—. El banco central no es necesario ni deseable. Como en cualquiera otra área de la economía, un monopolio supone un problema de información, al obstaculizar la función empresarial que surge en competencia para descubrir los mejores modelos de negocio, en este caso del sector bancario, y problemas de incentivos, los cuales se ven agravados con los rescates aparentemente garantizados desde la banca central a los bancos comerciales, que generan incentivos perversos como el descalce de plazos sistemático y desmedido.

Referencias:

Bagehot, Walter. 1999. Lombard Street: A Description of the Money Market. Nueva York, Estados Unidos: John Wiley & Sons, Inc.

Dowd, Kevin. 1992. “Introduction: The Experience of Free Banking.” In The Experience of Free Banking, editado por Kevin Dowd. Londres, Reino Unido: Routledge.

———. 1993. Laissez-Faire Banking. Londres, Reino Unido: Routledge.

Goodhart, Charles. 1985. The Evolution of Central Banks: A Natural Development. Cambridge, Estados Unidos: The MIT Press.

Selgin, George. 1993. “The Rationalization of Central Banks.” Critical Review 7 (2–3): 335–54.

Smith, Vera C. 1936. The Rationale of Central Banking and the Free Banking Alternative. Indianapolis, Estados Unidos: Liberty Fund.

White, Lawrence H. 1989. Competition and Currency: Essays on Free Banking and Money. Nueva York, Estados Unidos: New York University Press.

———. 1995. Free Banking in Britain: Theory, Experience and Debate, 1800–1845. Londres, Reino Unido: The Institute of Economic Affairs.

¿Son los dólares de la Fed un pasivo? (II)

En el artículo del mes pasado sobre si los dólares emitidos directamente por la Fed son una deuda o no, argumenté que sí lo son por la causalidad de su origen y valor.  Por poner un símil con otra industria, sería un disparate sostener que el origen o causa de los billetes de avión está en el sistema de emisión de billetes de la IATA, y no en los viajeros y las líneas aéreas. Los touroperadores y la central de reservas (bancos) y la IATA (banco central) son claras consecuencias que surgen de la demanda por parte del mercado de viajar en avión.

En el caso del dólar, su origen causal reside en la monetización de créditos de los agentes económicos y por tanto cualquier dólar emitido, no importa que lo emita un banco comercial o un banco mayorista (la Fed), tiene como causa original una deuda. Y la monetización de una deuda siempre será una deuda.

Para mi este es argumento suficiente para demostrar que tal y como funciona la Fed a día de hoy, los dólares que emite son deuda.  Pero como había prometido en el artículo anterior, quisiera analizarlo desde otros supuestos, aunque no se correspondan con el funcionamiento actual de la Fed, pero que podrían corresponderse en un futuro.  

Antes de analizar estos supuestos, cabría hacer un breve análisis aun dentro del supuesto actual sobre si una refinanciación indefinida implicaría que los instrumentos que se utilizan para dicha refinanciación dejan de ser deuda por el hecho de seguir siendo aceptados por el mercado aunque sea con descuentos cada vez mayores (inflación).

Una monetización más agresiva de deudas, por ejemplo la monetización de créditos de baja calidad o poca liquidez puede resultar en que la moneda emitida tenga menor valor, pero  esto no cambia la naturaleza de una deuda monetizada.  Todo deudor puede empeorar a voluntad la calidad de sus pasivos, y si el impago no tiene mayores consecuencias que una caída de valor de sus pasivos, no implica que sus pasivos dejen de ser pasivos. El riesgo, la pérdida de valor temporal o permanente son consustanciales a la naturaleza de cualquier deuda. 

Una sociedad mercantil al borde de la quiebra podría teóricamente refinanciarse indefinidamente si consigue vender más deuda en el mercado aunque sea con enorme descuento. Que esto suceda o no es una cuestión que decidiría el mercado, y si esa sociedad mercantil es un banco central, hay razones de peso para pensar que al mercado le puede interesar seguir refinanciandolo, eso si penalizando rigurosamente el valor de sus pasivos y siempre que el mercado no perciba que el banco central no se ha vuelto loco o ha perdido totalmente el control de la situación.

En el caso de total descontrol ya sí que pasaría lo mismo que en cualquier sociedad mercantil: Sus pasivos valdrían cero o cerca de cero. Es decir, hiperinflación o incluso repudio monetario total y eso es la desaparición o quiebra del banco central.  No es cierto que los bancos centrales no puedan quebrar.  Evidentemente pueden “resetearse” y comenzar la emisión de una nueva moneda con el mismo nombre o similar, pero decir que por eso no pueden quebrar es como decir que la General Motors no quebró en 2009.

Y la razón de peso para que el mercado refinancie a un banco central, es que mientras el banco central se comporte de manera mínimamente razonable y no se vuelva loco, sus pasivos seguirán siendo útiles y convenientes como moneda. Pero siempre desde su naturaleza de pasivo.  No hay razón ni necesidad alguna para plantearse que su naturaleza cambia por el hecho de perder valor. Ahora bien, ¿no podríamos considerar que un pasivo refinanciado indefinidamente en realidad es un pasivo no exigible?.  Es decir, que en lugar de una deuda sean participaciones que formasen parte de los  recursos propios o equity del Banco Central.

Esto plantea inmediatamente la pregunta de que si consideramos a los tenedores de dólares como accionistas del Banco Central, entonces, ¿qué son los dueños de los títulos que si están verdaderamente calificados como participaciones en el capital social del Banco Central?

Evidentemente, las implicaciones de poseer uno u otro instrumento son muy distintas. Son cualitativamente distintos en lo económico (Menger). Es importante aclarar que las cualificaciones jurídicas son consecuencia de las cualidades económicas. La diferencia económica más relevante es que el banco no se compromete con el accionista a recomprar las acciones a ningún valor, como es lógico. Y fuera de cualquier consideración jurídica, ser accionista en lo económico implica exactamente eso: Santa Rita Rita lo que se da no se quita, y el accionista lo sabe. Si el accionista quiere vender, tiene que buscarse la vida en el mercado secundario o convencer a la junta de accionistas del banco para que le recompre voluntariamente. Pero el banco no tiene ninguna obligación. 

Sin embargo, todo aquél que posee dólares da por sentado que la Fed si se los va a aceptar directamente si es un banco comercial o indirectamente a través de un banco comercial.  Vamos, que ni siquiera se lo plantea por lo obvio de la cuestión pues sería surrealista que un emisor de moneda rechace su propia moneda.  Por tanto los dólares son una obligación para la Fed, igual que lo es un depósito para un banco comercial en el sentido de aceptar sus propios depósitos como pago (no en el sentido de que sean redimibles por dólares de la Fed).  Y que la Fed, como cualquier deudor, pueda deteriorar el valor de sus pasivos es irrelevante para la naturaleza de obligación del dólar, siguen siendo una obligación, pues se obliga a aceptarlos sea cual sea su valor.

Una sociedad mercantil corriente también puede actuar de manera que el valor de sus pasivos se desplome en los mercados secundarios, y luego recomprar su propia deuda mucho más barata. ¿Implicaría esta maniobra que el pasivo deja de ser un pasivo? Pues no, simplemente el poseedor de la deuda considera que vale muy poco e implícitamente se resigna a ofrecerle una quita al deudor.

Por cierto, no vale contraargumentar que si por las leyes de curso legal todo acreedor está obligado a aceptar dólares como pago entonces es un pasivo de todo acreedor, o que serían pasivos para cualquiera que se obligue voluntariamente a aceptar dólares. No, esto no tiene ni pies ni cabeza. Solo es un pasivo tuyo si eres tú el emisor. Si lo miramos contablemente, si yo me veo obligado a aceptar un dólar en mi activo, este no se netea contra mi pasivo porque yo no emito dólares, mientras que para la Fed, sí que se netea.

Actualmente la Fed emite dólares contra activos de deuda con vencimiento, de manera que su compromiso de recompra va implícito en el vencimiento de dichos activos.  Pero podemos plantearnos el supuesto de que compra activos sin vencimiento como ETFs, oro o acciones. No es un supuesto descabellado, pues otros bancos centrales como el de Suiza o Japón lo están haciendo y este mismo año la Fed llegó a comprar ETFs puntualmente durante la crisis del covid.

Por simplificar el análisis de este supuesto, si todo el activo de la Fed fuesen instrumentos sin vencimiento, nadie tendría deudas con la Fed y por tanto la Fed no estaría obligada a aceptar dólares de nadie, pues nadie le debe nada.  En este supuesto extremo, que en absoluto es el actual ni como ha venido funcionando la Fed desde 1971, podríamos plantearnos que si bien los dólares no son participaciones en el capital social de la Fed, pues no confieren derechos de voto, ni derecho a cobrar beneficios, etc sí que podrían considerarse como un pasivo no exigible, un instrumento híbrido del tipo acciones preferentes. 

El problema es que este supuesto implica que la Fed estaría funcionando en el vacío, lo cual no es realista porque el resto de bancos sí que estarían obligados a aceptar los dólares emitidos por la Fed. A no ser que en este supuesto introdujeramos otras modificaciones, el sistema monetario seguiría funcionando como un todo en el sentido de que dólar es fungible lo emita quien lo emita, y si el dólar es una obligación de ese todo, en ese todo está incluida la Fed.

¿Son los dólares de la Fed un pasivo? (I)

‘Govcoins’: hacia una nacionalización total del dinero

A lo largo de la historia, el dinero utilizado por los seres humanos ha vivido un continuo proceso de cambio: desde el uso de conchas, ganado, grano o sal, pasando por metales preciosos como el oro o la plata, y llegando al papel moneda inconvertible de los actuales bancos centrales.

Sin embargo, es probable que pronto nuestros actuales billetes y monedas también sean cosa del pasado. Los principales bancos centrales llevan varios años trabajando en el desarrollo de una nueva forma de dinero: se trata de las denominadas monedas digitales de los bancos centrales (CBDC, por sus siglas en inglés), también conocidas como ‘govcoins’.

China es quien ha tomado la delantera: está en pleno proyecto piloto, en el que medio millón de ciudadanos han probado a utilizar yuanes digitales, directamente emitidos por el banco central a sus teléfonos móviles, para realizar intercambios permitidos por el Gobierno.

El gigante asiático tiene decidido implementar el e-yuan de manera generalizada antes de los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín, en febrero de 2022.

Por su lado, los bancos centrales de Estados Unidos, la Eurozona, Japón, Reino Unido, Canadá, Suiza y Suecia, en conjunto con el Banco de Pagos Internacionales, publicaron hace unos meses un documento enunciando los principios fundacionales sobre los que cada uno debía desarrollar sus monedas digitales. La Reserva Federal de EEUU y el Banco de Inglaterra ya han confirmado que tienen equipos trabajando en ello.

El Banco Central Europeo, por su parte, ha anunciado que tiene como objetivo tener su euro digital en pleno funcionamiento para 2025.

Pero, ¿qué son exactamente estas ‘govcoins’? En realidad, la idea es muy sencilla: se trata de hacer que todos los ciudadanos tengan sus depósitos en el banco central y realicen sus pagos transfiriéndose esos pasivos estatales mediante una aplicación del teléfono móvil. En un principio se irían introduciendo poco a poco, de forma que las divisas digitales convivan con el actual dinero físico y con el sistema de pagos bancario. Pero a la larga la idea es terminar reemplazándolos.

La evolución que ha ido experimentando la institución del dinero a lo largo de la historia no siempre ha sido a mejor. Durante el último siglo se ha tendido hacia un sistema monetario de cada vez menor soberanía del individuo en favor de un mayor poder para el Estado.

El reemplazo del sistema de pagos actual por un sistema de moneda digital estatal sería un paso de gigante en esa misma dirección equivocada: constituiría una enorme amenaza para la prosperidad y la libertad de los individuos. Y esto es así por tres grandes motivos.

En primer lugar, pasar a un sistema de monedas digitales de bancos centrales supondría en la práctica la nacionalización del sistema bancario. En la actualidad, la inmensa mayoría de los pagos no se realizan con monedas y billetes, sino mediante el sistema de pagos y cobros que proporcionan los bancos comerciales. Al prestar este servicio, los bancos adquieren la capacidad de canalizar los depósitos de este sistema de pagos para proporcionar financiación a familias y empresas, compitiendo entre ellos en seleccionar los mejores proyectos posibles para generar beneficios y evitar tener pérdidas.

Si el sistema de pagos actual lo reemplazara un monopolio del banco central, no solo se estaría traspasando al Estado dicho sistema de pagos y cobros, sino que también pasaría a centralizar la función de financiación de la economía productiva.

Como en cualquier sistema de planificación central, el Estado no podría realizar esta función de manera correcta porque no tendría los incentivos económicos adecuados ni la información necesaria que solo emerge en un sistema privado descentralizado y en competencia. El Estado decidiría quién obtiene crédito y quién no en base a criterios puramente políticos.

En segundo lugar, supondría la caída del último obstáculo que impide al banco central imponer tipos negativos altos para elevar la inflación. En la actualidad, si se intentan trasladar tipos negativos a las cuentas corrientes de los ciudadanos, estos tenderán a protegerse cambiando a un banco que no se los traslade, o sacando su dinero para guardarlo bajo el colchón.

Sin embargo, en un mundo en el que el propio dinero son los depósitos en el banco central y ha desaparecido el dinero físico, las autoridades monetarias podrían imponer que los depósitos pierdan valor de forma progresiva y no habría forma de escapar del sistema. Los ciudadanos se habrían convertido en rehenes de los banqueros centrales.

Y en tercer lugar, el Estado pasaría a tener un control absoluto sobre las cuentas corrientes de los ciudadanos. Tendría todo su registro de pagos y cobros, y tendría la capacidad de autorizar qué pagos se pueden realizar y cuáles no.

En China ya se ha probado a cobrar multas instantáneas sobre los saldos de tesorería digitales cuando el Estado considera que el individuo lo merece. También se ha probado a inyectar dinero que solo se puede utilizar para compras aprobadas por el gobierno o que desaparece si no se gasta en un tiempo determinado.

Los ahorros de los ciudadanos pasarían a estar directamente en los bolsillos del Estado, y las libertades quedarían supeditadas, aún más, a los caprichos del político de turno.

A menudo se nos venden las monedas digitales de los bancos centrales como una especie de Bitcoin emitida por el Estado. Sin embargo, las características de las govcoins son justo las opuestas a las de criptomonedas como Bitcoin: en lugar de ser una moneda de cantidad limitada, descentralizada, anónima e independiente de los antojos de los bancos centrales, sería una moneda de cantidad ilimitada y absolutamente centralizada, vigilada y controlada por las autoridades políticas. Podría decirse que las ‘govcoins’ son la antítesis de la soberanía individual que representa el Bitcoin.

Las monedas digitales de los bancos centrales representarían la culminación del proceso de nacionalización total del dinero. Los políticos pasarían a ser los custodios de los ahorros monetarios de los ciudadanos, y estos quedarían totalmente a merced de los caprichos de los políticos.

Quedarían eliminadas todas las barreras para que el Estado utilizara los saldos de tesorería de los ciudadanos en su beneficio financiero particular y como herramienta de generación de obediencia.

En definitiva, las ‘govcoins’ serían las cadenas definitivas que terminarían de atar a los ciudadanos a la servidumbre del Estado: generarían todos los incentivos perversos para acabar de arrastrarnos a una era con menor libertad y mayor pobreza individual, a mayor gloria de un Estado omnipotente. En nuestra mano está tratar de poner freno a esta distopía monetaria cuando aún estamos a tiempo.

La planificación central silenciosa: cuando los objetivos ESG se imponen a través de los bancos centrales


Cualquier persona que comprenda el funcionamiento de la política monetaria y de los bancos centrales en los países occidentales, sabe que la emisión de dinero es una actividad en monopolio legal, que además es llevada a cabo por una entidad política, pretendidamente independiente, movida por criterios políticos más o menos afines al bienestar social.

De que es un monopolio legal no tendrán ninguna duda los numerosos televidentes que disfrutaron con la primera temporada de La Casa de Papel y llegaron a su último episodio, en el que el Profesor explica perfectamente lo que hacen los bancos centrales (en su caso, la Casa de la Moneda) y que no se le deja hacer al común de los mortales. Él lo aplica a la impresión de billetes: sabemos que Casa de la Moneda imprime billetes, una actividad poco sofisticada; pero si usted trata de hacer la misma actividad en casa, será detenido por falsificación, aunque su billete sea exactamente igual que el que haya producido el banco central. Imaginemos cuanto más fácil puede resultar esta “impresión” de dinero en un mundo digital, donde basta apretar al Enter tras la cifra deseada para crear dinero en una cuenta.

En resumen, el dinero se suministra al mercado, en general, mediante un monopolio legal y en planificación central[1]. Las razones por las que esto se hace así son muy diversas y hasta pueden sonar lógicas; no voy a entrar en ellas, pero sí quiero recordar al lector que este sistema tiene poco más de un siglo de historia, y que en el pasado no era así, existiendo, en general, competencia de monedas y emisores, por llamarlos de alguna manera.

Contrariamente a la mayor parte de los bienes, el dinero está presente en todas las actividades económicas y en casi todas las transacciones entre individuos. Por ello, cualquier economista que conozca los efectos negativos de los monopolios legales, debería poder fácilmente extrapolar los riesgos que supone un monopolio legal en la “sangre” del sistema. Por ejemplo, el monopolista podría dar el dinero recién creado en condiciones distintas a según qué empresas, o incluso denegárselo, y de esta forma decidir ganadores y perdedores en la economía.

El problema se agudiza en un entorno de tipos de interés artificialmente bajos (y digo “artificialmente” porque son obra de ese monopolista legal y no reflejan las preferencias de los individuos: ¿cómo va a querer alguien que le quiten dinero por ahorrarlo?), en el que las empresas han tendido a sobre-endeudarse como consecuencia de dichas señales erróneas. Así, se ha generado una enorme dependencia económica de la deuda[2], por lo que diferencias en las condiciones de acceso a la misma suponen la diferencia entre viabilidad y desaparición para muchas empresas.

La solución a esta evidente amenaza ha consistido en dotar a los bancos centrales de una exquisita independencia del poder político, y en definir de forma precisa sus objetivos, tradicionalmente definidos en función de la inflación. Vamos, que han de tratar a todos los bancos por igual con respecto al dinero creado en la búsqueda de ese objetivo de estabilizar los precios, o estabilizar el valor del dinero[3].

Hasta aquí todo fenomenal. Pero ¿qué ocurre si se utiliza el banco central como herramienta para conseguir otros objetivos en el mercado? Acabamos de ver el potencial de los bancos centrales como planificador central: con sus decisiones, pueden elegir ganadores y perdedores, con independencia de las preferencias de los individuos. Si, por ejemplo, el banco central decide que no se han de dar préstamos a las tiendas de mascotas, ¿qué viabilidad tendrán éstas?

Para mi sorpresa, algo parecido, aunque con muchos más grados de sutileza, está ocurriendo. Resulta que el Banco Central Europeo ha decidido la inclusión de riesgos relacionados con el cambio climático en la valoración de los riesgos de los bancos a que supervisa: “Climate-related risks can be captured in risk categories that are already used by financial institutions and reflected in the Basel Framework, for example credit risk, market risk, liquidity risk and operational risk.[4]. Además, ahondando en dicha sorpresa: “it is becoming ever clearer that beyond climate-related risks, biodiversity loss could also be a source of material financial risks.” Como lo leen.

Anécdotas aparte. ¿qué significa todo esto? No siendo experto en regulación bancaria y financiera, quizá me equivoque en mi análisis. Pero al menos quiero dejar claro lo que pienso que significa. Si me equivoco, tanto yo como mi paz mental agradeceremos la enmienda.

Mi lectura es que los activos de los bancos (que son, principalmente, inversiones o préstamos en terceras empresas) se van a calificar no solo en base a los riesgos tradicionales (crédito, mercado, liquidez y operativos), si no también en base a riesgos climáticos. Esto es, según la “neutralidad” que el proyecto empresarial presente respecto al medio ambiente. Así pues, si el proyecto se juzga nocivo para el medio ambiente, su riesgo tenderá a ser mayor, y, en consecuencia, serán peores sus condiciones para acceder al crédito. Los bancos quedarán disciplinados como correa de transmisión, en la medida en que el riesgo global de su cartera les penaliza en su acceso a los recursos del BCE.

En resumen, se permite al BCE (no sé si a otros bancos centrales también) discriminar en el acceso a fondos según la actividad empresarial. Hasta dónde yo sé, esto carece de precedentes. Por el contrario, sienta uno peligroso en cuanto a dirigismo de las economías de la zona Euro.

No voy a discutir la base científica del cambio climático que es en lo que se apoya la clase política para este proyecto de tintes soviéticos. Incluso podemos aceptar que no haya dudas sobre tal fenómeno (cuya evidencia se construye con modelos a 30 años vista, como si alguno de ellos pudiera prever siquiera qué va a pasar la próxima semana). El problema es que esto abre una puerta a este uso torticero del monopolio legal auto-conferido por los Gobiernos. Y no sólo eso, sino que también existe una hoja de ruta clara por la que es fácil adivinar que pueden seguir estos derroteros de planificación central. Esa ruta se llama objetivos ESG[5] (“Environmental, Social and Governance”) y está ya presente en muchos gestores de fondos, empezando por el más voluminoso del mundo, Blackrock.

Así que, si atribuir riesgos climáticos dentro de los bancarios se impone, ¿por qué no poner riesgos relacionados con políticas de género o con cualquier cosa políticamente correcta que se les ocurra a los inconscientes planificadores centrales?

Por supuesto, Blackrock es libre de escoger como invierte el dinero de sus inversores; si el mercado no está intervenido, sus fondos ESG tenderán a dar menos rentabilidad que fondos análogos que solo se guíen por este último criterio, y será la decisión de los partícipes si prefieren más rentabilidad o estar socialmente comprometidos en los términos propuestos por Blackrock. Pero la cosa es muy distinta si el que está imponiendo su preferencia es el monopolista legal en la emisión del dinero, porque entonces nos está comprometiendo a todos con sus criterios, estemos o no de acuerdo con ellos.

Lógicamente, los lectores que crean en la democracia se preguntarán de qué vale votar “Libertad” si al final los organismos independientes nos pueden implantar la planificación central por la puerta de atrás. A ver si encuentran respuesta.


[1] El “en general” es para que no me acusen los lectores de olvidarme de Bitcoin y otras criptomonedas. 

[2] Casualidades del destino, parece que estos días el Bank of America está advirtiendo sobre que “los riesgos de fragilidad en el mercado son los más altos de la historia debido a la alta dependencia de la Fed”. Ver la noticia de El Economista: https://www.eleconomista.es/mercados-cotizaciones/noticias/11211196/05/21/BofA-alerta-de-que-los-riesgos-de-fragilidad-en-el-mercado-son-los-mas-altos-de-la-historia.html

[3] Si alguien tiene dudas sobre el objetivo principal del BCE solo tiene que mirar el artículo 127.1 del Tratado de la UE.

[4]All the way to zero: guiding banks towards a carbon-neutral Europe”, Keynote speech by Frank Elderson, Frankfurt am Main, 29 April 2021. Disponible en https://www.ecb.europa.eu/press/key/date/2021/html/ecb.sp210429~3f8606edca.en.html

[5] Environmental, Social and Governance