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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

España, en el puesto 29 de 30 de la OCDE en barreras a las empresas

Que el entorno institucional y legal en España no es el más favorable para la iniciativa empresarial es algo más o menos conocido. La publicación de las clasificaciones internacionales clásicas (desde el Doing Business del Banco Mundial al Índice de Libertad Económica del Wall Street Journal y la Fundación Heritage) es un recordatorio periódico de que queda mucho por hacer en un terreno tan importante. Nuestro país no sólo no fomenta la creación de riqueza, sino que la penaliza. Pero hay días en que esta realidad es aún más palpable.

Este lunes, por ejemplo, la OCDE publicaba su informe bianual sobre la economía española. Es un estudio que incluye desde previsiones de crecimiento a recomendaciones sobre reformas políticas. Y también se analizan diferentes aspectos de nuestra coyuntura.

Así, los autores dedican un apartado a la legislación en materia empresarial, el entorno en el que se mueven las compañías y las facilidades que encuentran para nacer y desarrollarse. Pocas noticias buenas pueden extraerse de estas páginas. 

De hecho, en este caso puede rescatarse aquello de que a veces una imagen vale más que mil palabras. Según la OCDE, de los 30 países que forman este club de naciones desarrolladas, España ocupa el puesto 29 en la clasificación de "barreras a la iniciativa empresarial". Sólo Israel lo hace peor.

Barreras a las empresas

No se queda ahí la cosa. En lo que hace referencia a los sistemas de licencias y permisos, ocupamos el puesto 25º, con sólo cinco países por detrás.

Licencias y permisos

Y si nos centramos en las barreras en el sector servicios, la cosa tampoco varía mucho. Puesto 26º, con sólo cuatro países con peor nota.

Barreras en el sector servicios

Cuestión de tamaño

Las consecuencias de estas trabas pueden encontrarse en el mismo informe de la OCDE. En ese mismo epígrafe, los autores analizan el tejido empresarial de los grandes países de la UE: Alemania, Reino Unido, España, Francia e Italia. Según sus datos, España tiene una de las mayores proporciones de microempresas (de 0 a 9 empleados) y de pequeñas empresas (10-49 empleados).

Tamaño de empresas por país

No es una cuestión baladí. Las empresas grandes suelen ser más productivas que las pequeñas, por lo que interesa que las compañías exitosas puedan desarrollarse sin trabas.

Todos los países se basan en su red de pymes (incluso en Alemania suponen más del 95% del total, con un 80% de microempresas). Pero eso es compatible con que aquellas que van creciendo de forma orgánica puedan hacerlo de forma natural. Y eso es lo que no ocurre en España.

Es una pena. Según las cifras de la propia OCDE, la productividad de las empresas medianas y grandes en España es equiparable a la de sus competidoras de la UE. De hecho, están en la parte alta de la lista. El problema no es que no tengamos compañías competitivas, sino que limitamos las posibilidades de crecimiento de muchas de ellas.

Productividad por tamaño de las empresas

El informe también dedica parte de su análisis a un marco regulatorio que califica de "fragmentado, tanto a escala local como autonómica". En este sentido, admite que el Gobierno ha aprobado una Ley de Unidad de Mercado que debería ayudar a resolver este problema.

La pregunta es si esta nueva normativa se aplicará y cumplirá su cometido. Los autores admiten que "la rápida aplicación de la ley será crucial para impulsar el crecimiento del sector empresarial español".

En este mismo sentido, la OCDE recuerda que "ciertas partes del sistema tributario al que se encuentran supeditadas las empresas no resultan favorables para su crecimiento". En España existen numerosas normas duales. Hablamos sobre todo de ventajas a las que sólo las pymes se pueden acoger.

En principio, esto se suele vender como trato favorable al pequeño. El problema es que la consecuencia final es que limita el crecimiento. Si pasar de 49 a 51 empleados supone demasiados cambios, puede que el empresario se lo piense muy mucho.

Quizás prefiera quedarse en esos 49 y subcontratar algún proceso o no cubrir la demanda de nuevos clientes porque no le salga rentable. Puede parecer poco importante. Pero a medio plazo, puede que esa decisión implique que cinco años después una compañía que podía haber crecido hasta los 75 u 80 empleados sigue con 49 trabajadores.

Los modelos turísticos y el turista modelo

Los planificadores de la economía me recuerdan mucho a los creacionistas, que pese a las pruebas en su contra, siguen sabiendo que el mundo, el universo y todo lo que él contiene fue creado en seis días según un plan divino al que sólo ellos tienen acceso a través de cierta verdad revelada. Los planificadores económicos, lejos de ser ese dios todopoderoso, pretenden parecérsele a través de complejos planes (llenos de agujeros y errores, todo hay que decirlo) donde predicen las necesidades y deseos de cientos, miles, decenas de miles, centenares de miles, millones de personas a lo largo de un periodo más o menos largo, y determinan cómo van a satisfacerlas. Además, ejercen de profetas de sí mismos y nos los venden o imponen como si no aceptarlos fuera un acto contrario a la Verdad, y por tanto, pecado.

El resultado suele ser bastante caótico y poco satisfactorio. Dos ejemplos de ello son la polémica que ha generado este año el alquiler de apartamentos en la costa, en especial en zonas como La Barceloneta, y los actos irresponsables y gamberros de los turistas en la zona mallorquina de Magaluf, noticias con las que los medios de comunicación han hecho su agosto. Todo ello nos ha llevado a un debate más mediático que público -que creo cesará en septiembre- sobre qué modelo turístico queremos y qué tipo de turista estamos atrayendo a estas alturas del siglo XXI.

Desde que en los años 60 del siglo pasado las autoridades franquistas se dieran cuenta de que en España se podía vender sol y playa y que, relajando ciertas normas sociales y morales, se podía ingresar dinero en las arcas públicas, a la vez que las privadas verían incrementadas sus rentas y ponían en valor ciertas propiedades, España ha pasado de ser un país ligado al sector primario a ser un país puntero en el sector servicios. Todos los años nos visitan millones de turistas, no sólo buscando sol y playa, sino turismo rural, cultural, empresarial y otros muchos que, a lo largo de estos años, se han ido generando casi sin querer, sin que haya surgido de la mente de algún brillante político, sino de las acciones de muchas personas, de la empresarialidad, algunas veces de ideas brillantes y otras, las más, del trabajo constante y del riesgo asumido de miles de personas.

Es más fácil quejarse y juzgar que ver y analizar, y si algo no gusta, cambiarlo. El ciudadano medio hispano, y entre ellos se encuentra también el empresario medio hispano, es más dado a que otros, las administraciones públicas, cambien las cosas con sus regulaciones y sus imposiciones que a coger el toro por los cuernos. Bien es cierto que en este sistema político hispano es más fácil lo primero que lo segundo y parece que estamos guiados a la ley del mínimo esfuerzo, pero este mínimo esfuerzo nos está dañando a largo plazo. Quizá hay que ver las acciones desde el punto de vista de los incentivos, no desde el punto de vista de lo que nos gustaría que pasara, desde lo que puede atraer lo que proponemos, y si no somos capaces de predecirlo, al menos tener la libertad de poder cambiar nuestras acciones sin que las administraciones públicas nos lo dificulten.

Si un hotel de lujo quiere atraer a aquellos turistas con los más altos poderes adquisitivos, contratará a un gran chef antes que cobrar las copas de Chivas a un euro. Con esto último conseguirá, en cambio, atraer a los que quieren beber por poco precio maximizando, si ha lugar, que no tiene por qué haberlo, la relación calidad-precio. El resultado es que las iniciativas que podían atraer a estos millonarios entran en colisión con tanto jovenzuelo con poco dinero y con muchas ganas de juerga, y es posible que en poco tiempo el hotel se vea inundado de este nuevo tipo de cliente para horror de las familias que sufren sus excesos. No digo que este nuevo tipo de cliente no sea rentable, sino que no hay una consonancia entre lo previsto y lo obtenido. El hotel perderá con el tiempo su condición de lujo, afectará a otras infraestructuras que hay alrededor y, de alguna manera, bajará el caché de la zona.

Durante los años previos a la burbuja inmobiliaria, las regulaciones locales y regionales favorecieron una construcción indiscriminada y muy planificada, en contra de lo que piensan los socialistas de todos los partidos. Los ayuntamientos incrementaron sus gastos y su nivel de corrupción, tanto la “legal” como la “ilegal”. Obtener permisos era fácil, los empresarios se lanzaban al vacío sin pensárselo dos veces, seguros de que tenían el riesgo cubierto por unas entidades públicas con demasiadas necesidades fiscales; los privados, favorecidos por los bajos tipos de interés y un sistema bancario, sobre todo el de cajas, que daba crédito casi por vicio, se endeudaron con la compra de casas que veían alquiladas, por los siglos de los siglos, una especie de renta perpetua.

Las localidades crecían, los paseos marítimos se urbanizaban, las casas rurales se multiplicaban y hasta los parques empresariales competían con los hongos en prolificidad. De aquellos polvos, esos lodos, estos pantanos. Es posible que durante un tiempo el turismo familiar, el turista de calidad que se dice en el argot del sector, fuera el dominante frente al turista que persigue el alcohol barato, la noche fácil y un catre para descansar. Digo que es posible, pero lo dudo. Poco a poco, el tiempo hizo que se crearan guetos, zonas donde dominaba uno de los dos. Los primeros encontraron zonas más tranquilas, con entretenimientos a su medida, mientras que los segundos, mucha marcha. Vecinos y empresarios de unas y otras se adaptaron a sus hábitos y necesidades. O se fueron.

Luego vino la crisis. La oferta, de pronto, era desmedida a los precios que se habían estado pagando, así que tuvieron que bajarse. El número de turistas descendió, estaban menos tiempo y pagaban menos por lo mismo de antes. Esta circunstancia ha favorecido el turismo del exceso. Los que habían invertido en inmuebles, en casas en la playa o en apartamentos en zonas turísticas querían seguir sacando rendimiento a su inversión, así que, si descuidaban en algo su mantenimiento por los precios más bajos, qué mejor que alquilarlo a los que dicho mantenimiento no les parecía tan prioritario. 

Siempre ha habido este tipo de cliente y siempre se ha tendido a agrupar, entre otras cosas, porque juntos se lo pasan mejor que cada uno por su lado. Ése es el problema de La Barceloneta: no que no haya suficiente regulación, sino que la que hay ha incentivado y propiciado lo que ahora tienen. Todas las zonas turísticas tienen o han tenido problemas similares, porque las regulaciones los favorecen. Todo esto me recuerda mucho a cuando en los 80 y los 90 la sierra madrileña fue invadida por los garitos que nacieron a la sombra de la Movida madrileña. Hoy por hoy, esta sierra no es ni la sombra de lo que fue.

Lo que no entiendo es en qué va a mejorar la situación una mayor regulación. Que algo sea legal, ilegal o alegal no lo hace mejor, sino más o menos controlado. Si se cierran los apartamentos de La Barceloneta que no están registrados por la Administración y que no pagan impuestos (quizá la clave), sus usuarios buscarán otros igual de baratos en otra parte de la ciudad y volverán a los garitos en los que se divierten, por lo que los excesos no terminarán. El asunto es una cuestión de incentivos, no de deseos. Y si se cierran los garitos, buscarán otros lo más cerca posible. Como la prostitución, el problema -si es que es un problema- se traslada.

En cuanto a Magaluf, no sé si estamos ante un fenómeno más mediático que real. No se me malinterprete, es muy real, pero estos excesos siempre han estado a la orden del día en todas las zonas de la costa española. Desde la Costa Brava al litoral onubense ha habido zonas, incluso sitios concretos dentro de zonas tranquilas, donde los que buscaban podían encontrar drogas y ligoteo fácil, e incluso prostitución. Las zonas de marcha no son nuevas y las tenemos desde los años 70 con mayores o menores excesos. Y los comportamientos están ligados a los valores y la ética de los protagonistas, a los incentivos que encuentran, y no a un modelo consumista y capitalista.

Me explico. Si yo, en mis valores y mi ética, soy consciente de que mi alegría y la forma de expresarla puede molestar a terceros, podré parar, buscar otra manera de hacerlo o cambiar de sitio. Si no me importan los demás, entonces no encontraré ningún impedimento para gritar, organizar un escándalo público o vivir, como dice la canción, la vida loca. Si a ello añadimos el efecto manada, es decir, si veo que los demás hacen algo que a priori me cuesta, pero que me gusta, entonces me desinhibiré; y así tendremos Magaluf y sus equivalentes. Pero ojo, que tan consumista es el que paga por sexo y alcohol que el que paga por una cena familiar junto a sus hijos, amigos y familiares. Los objetivos son distintos y los servicios también.

De los excesos públicos de esas épocas anteriores a las crisis se derivan las situaciones actuales. Supongo que antes de los líos de este año, cuando los vecinos veían cómo su pueblo se llenaba de turistas, las quejas eran escasas y la polémica inexistente, y seguramente muchos se frotaban las manos pensando como la lechera del cuento. Más que en modelos turísticos y turistas modelo, deberíamos fijarnos en qué atraemos y qué nos gustaría atraer, y si no es lo que nos gusta, cambiar y pedir a las administraciones públicas que no se entrometan en nuestros asuntos, que ningún planificador nos diga qué hay que hacer.

El cambio de modelo productivo que no llega

Este jueves el INE hizo públicas las cifras desagregadas del crecimiento del PIB de la economía española durante el segundo trimestre del año 2014. La mayoría de medios han destacado el crecimiento intertrimestral e interanual de la economía -0,6% y 1,2%, respectivamente-, pero mucho más relevante es estudiar la evolución desagregada de sus componentes.

El perfil de la oferta

Comencemos por lo básico: el PIB es el valor de mercado de la producción interna de un país a lo largo de un año o de un trimestre. En el segundo trimestre de 2008 (antes del colapso definitivo de la burbuja), el valor de todo lo que se producía internamente en la economía española era de 273.561 millones de euros; en el segundo trimestre de 2014, es de 257.476 euros: es decir, en seis años hemos acumulado una caída del 5,9% del PIB.

Ahora bien, tal como decíamos, más importante que visualizar lacaída agregada del PIB resulta indagar por la variación sectorial. Al cabo, en 2008 España exhibía un “modelo productivo” absolutamente distorsionado que nos abocaba de un modo inexorable hacia la crisis; la superación de la misma ha de basarse, por necesidad, en un cambio de nuestra especialización sectorial y esa especialización sectorial queda reflejada en el PIB.

En este sentido, la reducción del PIB de 16.085 millones de euros trimestrales se descompone del siguiente modo: la producción de la agricultura, la industria, la construcción, las actividades de información y comunicación, las actividades financieras y las actividades profesionales ha caído en 25.234 millones de euros desde 2008. ¿En qué nos hemos especializado para reemplazar esa pérdida de producción con valor equivalente a 25.234 millones de euros? La producción del comercio, transporte y hostelería, de las actividades inmobiliarias, de la Administración Pública y de otros servicios, así como los impuestos indirectos netos, aumenta en 9.149 millones.

 

Sin embargo, la revalorización registrada por algunos sectores es más que dudosa: las actividades inmobiliarias son en su mayoría rentas imputadas a los propietarios de viviendas, el valor de la producción de la Administración Pública se valora por su coste (es decir, aunque su utilidad sea nula, si el Estado gasta más, el PIB aumenta) y los impuestos netos son una mordida sobre la producción privada. De ahí que la producción de aquella parte del sector privado que crece de manera sana sólo aumenta en realidad en 3.873 millones de euros frente al desplome del resto de la economía privada de 25.234 millones.

El modelo productivo de España, pues, está lejos de haber cambiado. Sólo el turismo (encuadrado en la rúbrica de “comercio, transporte y hostelería”) está compensando realmente el desplome de la actividad acaecido desde 2008: todo lo demás está o estancado o en retroceso.

Es verdad que poco a poco parece que la economía empieza a reajustarse, pero el ritmo es exasperantemente lento: desde el segundo trimestre de 2013, el valor de la producción de la industria ha aumentado en 487 millones de euros, el del comercio, transporte y hostelería en 1.861 millones, el de las actividades profesionales en 382 millones y el de los otros servicios en 193 millones (pero, por el contrario, la agricultura se ha reducido en 477 millones, la construcción en 673 millones, las actividades financieras en 105 millones y los servicios y las comunicaciones en 542 millones).

En principio, parecería que nos estamos empezando a especializar en turismo y ocio, en industria y en servicios profesionales, pero mucho cuidado: industria y servicios profesionales ni siquiera han recuperado los niveles de actividad de 2011, por lo que bien podríamos encontrarnos ante un mero rebote por relanzamiento de la capacidad ociosa existente. Y, en cualquier caso, lo que sí queda lejísimos es que industria y servicios profesionales reemplacen los casi 21.000 millones de euros trimestrales que se ha destruido desde 2008 en construcción y finanzas: al ritmo de expansión del último año, tardaríamos casi un cuarto de siglo en lograr que industria y servicios profesionales completaran este cambio de modelo productivo.

Inversión estancada

Sucede que, para completar el cambio de modelo productivo, España necesita ingentes dosis de inversión. Todo el capital que fue dilapidado en el ladrillo apenas puede reutilizarse en la nueva economía hacia la que debemos dirigirnos, lo que significa que necesitamos bienes de capital completamente nuevos. Para lograrlos existen dos opciones: o producirlos dentro de España o comprarlos fuera de España.

La primera de estas opciones -la producción interna- la tenemos indudablemente abierta: podemos dedicar nuestros factores productivos internos a fabricar nuevos bienes de capital que reemplacen a los inservibles creados durante la burbuja. El problema es que si usamos la producción como inversión no la estamos usando como consumo. Los españoles, por tanto, necesitarían renunciar a consumir una mayor parte de la nueva producción para así poder destinarla a la inversión: es decir, deberían ahorrar más (renunciar a consumir parte de la producción). Sin embargo, no parece que esto esté sucediendo: desde 2010, la inversión en activos distintos de la construcción se ha mantenido estancada entre el 7%-8% del PIB y, una vez superada transitoriamente la quiebra de 2012, ni siquiera muestra robustas tendencias a seguir expandiéndose en términos nominales.

El capital riesgo comienza a revivir en España

El cambio de modelo económico no es sólo una cantinela cacareada por nuestro políticos, también es un camino por la que debería transcurrir la economía española si quiere prescindir del ladrillo como "crecimiento" burbujístico.

La elevada bancarización de la economía española no es la respuesta para la necesaria creación de nuevas industrias y sectores. Se requieren inversiones que creen nueva actividad y, por tanto, que asuman un riesgo elevado que no debería ser asumido por los bancos, sino por el ahorro y la inversión privada.

Es el papel que debería asumir, en parte, el Capital Riesgo, pero sus volúmenes de inversión son todavía reducidos y muy lejos de los años previos a la crisis (especialmente en las primeras etapas de los proyectos empresariales). 

Parece que 2014 será un mejor año para este sector, tanto en volúmenes de inversión como en captación de nuevos fondos. Sin embargo, parte de esta mejoría proviene de las inyecciones de capital del Gobierno, que, aunque no es la peor política económica, sí supone distorsionar este importante sector y alejarlo de su versión más desarrollada de países como Reino Unido, Irlanda o Suiza (con mucha menor intervención) y desincentivar una dinámica sana.

Lenta mejoría

En 2013, el capital riesgo tocó fondo. El volumen de inversión proveniente de este tipo de capital supuso apenas la mitad de lo invertido en 2005 (donde se alcanzó el máximo), según las cifras de ASCRI y Capital Riesgo. Cierto es que el 80% de esta cifra se consiguió en el segundo semestre del año, hecho que explica no sólo la fuerte caída en el primer semestre sino la mejoría en 2014.

Así, en el primer semestre de 2014 el volumen de inversión ha crecido un 132%. El 90% fueron inversiones de menos de cinco millones de euros, y más del 70% de menos de un millón. Pese a ello, el importante papel de este sector como motor de cambio del modelo económico español apenas alcanza el 0,2% del PIB (unos 2.300 millones de euros en 2013, aunque será muy superior en 2014 si se confirma la tendencia).

Esto supuso, el 3,5% del total de la inversión de Capital Riesgo de Europa en 2013, muy lejos de Reino Unido, Alemania y Suiza (32,9%, 18,8% 10,6%) e incluso menos de la mitad que un país mucho más pequeño como Países Bajos (8,2%). Estamos tres países por debajo de la media europea.

Fuente: Asociación Europea de Capital Riesgo o EVCA.

Inversión por fases

Tradicionalmente, el capital riesgo se ha hecho más presente en las compras o buyouts de empresas, que, desde 2010, tienen un fuerte peso, en torno al 60% por volumen de inversión.

Pero durante la crisis la inversión en etapas de crecimiento se ha hecho un hueco importante (sobre todo en 2008-2009) y todo apunta a que en el primer semestre de 2014 el volumen de inversión en estas fases se ha incrementado un 45%, hasta alcanzar el 41% de la inversión total, acaparando casi un 60% de las operaciones realizadas.

En cualquier caso, la inversión en las primeras etapas o venture capital (semilla, startup y últimas fases de emprendimiento) están lejos de los dos dígitos que se alcanzaron en 2008 y 2009.

Estas no son inversiones grandes por su propia naturaleza, pero su importe total está muy lejos de los países ya mencionados o incluso de Austria, Irlanda o Finlandia, situándose en el pelotón de cola. Además, parece que durante el primer semestre está experimentando cierta caída, hasta el 2,4% del volumen total de inversión. Quizá el sector se esté centrando en impulsar el crecimiento de inversiones pasadas.

Por sectores, Informática, Productos y Servicios Industriales, Productos de Consumo o Biotecnología son los que tanto el año pasado como la primera mitad del actual están acaparando el mayor número de operaciones (destacando notablemente el primero). Por volumen de inversión, este año se está centrando más en Productos de Consumo, Hostelería y Ocio, frente a Productos y Servicios Industriales o Servicios Financieros en 2013.

Captación de fondos

Tras una crisis en la que se estaban agotando los recursos levantados con anterioridad, la captación de fondos para invertir (fundraisingha crecido un 315% en el primer semestre, superando los 2.134 millones de euros (en 2013 creció sólo un 11%). Algo más de la mitad fueron captados por operadores nacionales privados, el 41% extranjeros, y el 5% por operadores nacionales públicos.

Estas son buenas noticias si tenemos en cuenta que, durante la crisis, los países del Sur de Europa siguen estando a la cola en la captación de capital riesgo, muy al contrario que Reino Unido e Irlanda

Y, aunque es cierto que el interés internacional ha vuelto, el notable cambio de tendencia se explica en buena parte por el papel del Fond-ICO Global, que tiene intención de inyectar al Capital Riesgo español 1.200 millones de euros entre 2014 y 2017 en cerca de 40 gestoras (de momento se estima que ha repartido casi 500 millones entre 14 entidades).

La intervención del Gobierno, también en esta industria, es común en el Sur de Europa (que suele rondar un 30%), en donde se prefiere desviar fondos públicos en lugar de liberalizar la economía.

En España, la intervención estatal se ha hecho notar durante la crisis, especialmente en 2009, que pasó de un 2% a un 14%, y entre 2012 y 2013, donde rondó el 27%. Es un modelo totalmente diferente al seguido por los países con el Capital Riesgo más desarrollado (Reino Unido, Irlanda, Alemania o Suiza).

Por otra parte, el segundo tipo de inversor con mayor peso en 2013 en levantar capital fueron los particulares, con un 15%, recuperando e incluso sobrepasando el nivel de 2007. Los bancos ocupan el tercer lugar tras descender de forma intensa su participación durante la crisis: de un 44% en 2009 a un 13% en 2013. Los inmediatos seguidores son los fondos de pensiones, de inversión y family offices.

En cuanto a las desinversiones, una parte fundamental para recuperar el capital (más ganancias) que permitirá reiniciar el ciclo, el primer semestre registró el doble de volumen que en el mismo periodo de 2013. La mitad de las operaciones fueron "Venta a tercero", un tercio "Venta en Bolsa" y casi un 10% "Venta a otra entidad de Capital Riesgo".

Mitos sobre las exportaciones españolas

"There are only three spending components that matter to monetary policy: consumer spending, business investments and exports and trade", Evan Davies

Uno de los rasgos más curiosos del análisis económico español es el presidencialismo. Le damos una especie de cualidad mágica a los gobiernos, como si fueran los Reyes Magos, y le echamos la culpa -o el mérito- al Presidente. Es ese estatismo que espera milagros de la Administración. El caso más entretenido es el de las exportaciones. Las analizamos como si el que exportase fuese el Jefe del Ejecutivo y como si el resto del mundo no existiera. Rajoy o Zapatero no exportan: exportan las empresas. Parece obvio, pero a más de uno se le olvida.

He leído muchos análisis catastrofistas, pero creo que merece la pena resaltar que el esfuerzo exportador de las empresas españolas sigue siendo modélico.

El propio director general de la Organización Mundial del Comercio, Roberto Azevêdo, analizaba hace poco en Londres un contexto global de desaceleración del comercio mundial, y es en ese entorno en el que debemos valorar el cambio de modelo nacional, con sus positivos y negativos:

  • Mito 1: No estamos cambiando a un modelo exportador. Las exportaciones de bienes y servicios pesan ya un 34,1% del PIB de España. Un aumento del 10,7% en tres años y del 30% sobre el nivel de 2004.
  • Mito 2: Los otros países lo hacen mejor. Hemos aumentado cuota de mercado global de 1,6% a 1,68% de las exportaciones globales (según la OMC) y nos situamos en el puesto 18 del mundo, y en el puesto número siete en exportaciones de servicios. Alemania, Japón, Italia o Francia bajan cuota desde 2010. EEUU la mantiene similar.
  • Mito 3: Las importaciones se disparan. Con los datos publicados acumulados hasta junio de 2014, no existe en la serie histórica –desde 1995- un nivel mayor de cobertura de importaciones con exportaciones que los registrados en 2012 (85,5%), 2013 (95,3%) y 2014 (91%). Para que se hagan una idea, entre 2000 y 2011 la media era del 75%, y entre 2006 y 2009 menos del 67% (ver gráfico).

  • Mito 4: Las exportaciones van mal. Muchos análisis hablan sólo del “crecimiento” de las exportaciones y no del hecho de que sigan a máximos. Y eso que la serie histórica pone de manifiesto que no todos los años se registraron récords absolutos de exportaciones. Sin embargo, a partir de 2010, sí que los ha habido.
  • Mito 5: Las empresas exportadoras no son relevantes. El número de empresas exportadoras ha crecido de una media de 100.000 entre 2001 y 2007 a más de 150.000. Contamos con 570 empresas que suponen el 63% de las exportaciones, una cifra de concentración similar a la de Francia o Reino Unido y normal cuando tenemos –menos mal– grandes multinacionales. Hay que seguir aumentando en número y diluyendo la concentración.

LAS EXPORTACIONES DEBEN ANALIZARSE EN TRES TÉRMINOS:

  • El crecimiento mundial del comercio se ralentiza.  No se puede exportar al aire. Si el comercio global aumenta menos de lo esperado, las exportaciones crecen menos. La OCDE lleva comentando la caída de las exportaciones desde mayo, y en marzo ya explicaba yo en ¿Peligra el modelo exportador español?  y en mi web que los datos de comercio mundial estaban revisándose a la baja, y con las sanciones entre la UE y Rusia es probable que siga desacelerándose. En ese contexto, que España siga registrando cifras récord en junio y sus exportaciones crezcan un 0,5% en los primeros seis meses es positivo, sobre todo cuando nuestro principal socio, Francia, se encuentra estancado. En Reino Unido las exportaciones han caído un 19,9% en junio (-14,7% en los primeros seis meses) y en Francia, que tanto nos gusta a algunos como ejemplo, un 1,8%.
  • Balanza Comercial. La diferencia entre lo que exportamos e importamos. A efectos del PIB y del crecimiento, lo importante es que la aportación exterior sea positiva, si no estaremos agrandando el agujero. Si exportamos “mucho” como en 2009, y tenemos un destrozo de 94.000 millones de euros en la balanza comercial, no sólo no sirve para nada, sino que además es un enorme problema. Pero claro, en aquella época al déficit comercial se justificaba con la excusa de “estimular la demanda interna” y hoy, con un déficit comercial diez veces menor, escucho, alucinado, que está “disparado”. Fíjense en la ironía…

Por ello, hablar de las exportaciones de Japón, por ejemplo, cuando registran un déficit comercial record, es olvidar una cara importantísima de la moneda. Además, ese déficit comercial es fundamentalmente gasto corriente –por la subida del precio del gas, petróleo y carbón en yenes depreciados “gracias” a Abenomics-.  Devaluar no es motor de exportaciones. Si no hay valor añadido y producto de calidad, lo que vendes se disipa con el aumento de precio de lo que compras.

El déficit comercial español hay que vigilarlo, ya que, como alerta Juan Rallo y otros expertos, siempre ha sido la antesala de una crisis. Sin embargo, de enero a junio 2014, el 24% de las importaciones fue de bienes de consumo, el 7% de bienes de capital y el 70% de bienes intermedios.

Es decir, el 77% de las importaciones fue destinado a la inversión o a la producción, y sólo el 23% fue al consumo, una relación casi inversa comparada con los países de la expansión monetaria, Reino Unido o Japón.  Aun así, es un dato a vigilar, ya que tenemos la tendencia de caer en la trampa de “estimular la demanda interna” con deuda y lanzarnos a otra crisis.

Es la diferencia entre el circulo vicioso de hundir la balanza comercial “estimulando”, y el circulo virtuoso de exportar y controlar que el déficit sea bajo, o haya superávit. No es una fórmula mágica ni nueva, es la de los países líderes en exportaciones sostenibles.

  • Cuota de mercado global. ​Si el comercio se expande o se ralentiza depende de multitud de factores globales, como es normal. No podemos pensar que los problemas geopolíticos con Rusia (1,1% de nuestras exportaciones) o las dificultades para crecer de Francia, Portugal o Italia, algunos de nuestros mayores socios comerciales, no van a afectar, pero también se reducen las importaciones (Rusia es un 2,6% del total). Mientras mantengamos o aumentemos la cuota de mercado globalmencionada antes y controlemos el déficit comercial, la aportación al crecimiento del sector exterior será, como debe ser, positiva, y el cambio de modelo será más sostenible.

Los datos de junio son buenos, aunque no sean fantásticos. Pero ninguna de las cifras, lo miremos como lo miremos, nos sitúa ni de lejos en la situación dramática de agujero deficitario del periodo de 2007 a 2010.

Los presidentes, como decía al principio, no exportan, pero sí pueden apoyar al sector exterior. Los grandes escollos siguen siendo los mismos:

  • Unas trabas burocráticas y administrativas desproporcionadas, que hacen que los procesos sean lentos, caros y duplicados.
  • Una fiscalidad restrictiva. Las empresas exportadoras siguen sufriendo de una fiscalidad nacional, local y regional depredadora y en numerosas encuestas preferirían ver incentivos fiscales y desgravaciones a grandes planes publicitarios de uno u otro ministerio.

El domingo pasado volvía a Londres desde España, tras diez días de vacaciones, y coincidí en el aeropuerto con el equipo directivo de una empresa que, hasta el año 2012, vendía el 89% de sus productos en España. “Vamos a firmar un acuerdo con una empresa británica a cinco años”.

Sus ventas en 2014, me comentaban, crecerán un 7% y de ellas, un 50% ya son al exterior. Sin pedir subvenciones, sin sentarse a esperar. Esas son las empresas que están cambiando –poco a poco, en silencio, sin vallas publicitarias de Plan E– el mapa empresarial español. Esa es la marca país.

Vigilemos muy de cerca el déficit comercial y las tentaciones de tirar de la chequera en blanco para “”estimular” –que ya sabemos cómo termina eso– y dejemos que las empresas sigan esa labor de cambiar nuestro modelo. No porque lo decida un Comité o un Consejo de Ministros, sino porque compiten. Si les dejan.

¿Hambre en España?

En una entrevista concedida al periódico El Mundo, la portavoz de Oxfam/Intermón afirma que "la desigualdad mundial es la enfermedad del siglo XXI, ya que la mitad de las riquezas del planeta está en manos del 1% de la población mundial, como si la riqueza fuera un pastel partido en dos y el 1% más rico se apropia de una mitad mientras la otra corresponde al 99% de los habitantes del mundo". Según Consuelo López-Zuriaga, "la desigualdad social está aumentando en todo el mundo".

¿Respaldan los datos esta visión pesimista? De acuerdo con los célebres trabajos de Xavier Sala i Martín sobre esta cuestión, no solamente no es cierto que la desigualdad social esté experimentando un gran avance a nivel mundial, sino que la tendencia apreciada desde los años 80 hasta hoy es de progresivo retroceso en las diferencias de ingresos.

El economista catalán, que debe su prestigio académico a los trabajos que ha publicado sobre estas cuestiones, ha explicado que, tanto si aplicamos el Coeficiente Gini como si calculamos el Coeficiente Atkinson, la evolución de la desigualdad global ha sido la opuesta a la que describe López-Zuriaga, con una progresiva caída desde los años 80

Los estudios de Sala i Martín no cubren la evolución de la última década, por lo que es conveniente actualizar los datos. Este reto ha sido asumido por la Cámara de Comercio de Canadá, que ha publicado un exhaustivo análisis sobre esta cuestión, concluyendo que "incluso si no ajustamos la evolución de la desigualdad al aumento de la población, la tendencia experimentada en los últimos años es positiva".

Evidentemente, la metodología más apropiada es la que considera el boom demográfico a la hora de analizar la evolución del Coeficiente Gini. Sin embargo, la línea negra de la siguiente gráfica deja claro que, incluso sin hacer ese cálculo, la tendencia apreciada en la última década es demenos desigualdad global.

El caso de Estados Unidos es especialmente llamativo. Si acudimos al Coeficiente Gini y a otras formas de medir la desigualdad, encontramos que la desigualdad en el país norteamericano apenas ha experimentado cambios a lo largo de los últimos treinta años. A esto se unen los altos niveles de movilidad social que mantiene el país del Tío Sam, lo que desmiente la visión estática de la riqueza que expresa la portavoz de Oxfam/Intermón cuando habla de la economía como una "tarta", ignorando la naturaleza creciente y cambiante de la riqueza.

Tyler Cowen pone en perspectiva los datos

En un interesante artículo publicado por el New York Times, el economista Tyler Cowen insiste en que "los datos no muestran que la desigualdad esté aumentando a nivel global. Hay casos de países en los que sí se han dado aumentos, pero cuando nos referimos a todo el mundo, la tendencia a la baja está en continua evolución desde hace veinte años. Es importante explicar esto, quizá no se ha incidido lo suficiente en explicar esta evolución".

Cowen se apoya en los estudios de Christoph Lakner y Branko Milanovic, subrayando que "el modelo exportador que han adoptado países como China se ha traducido en una reducción drástica de la pobreza en muchas economías en vías de desarrollo. Esto ha suavizado el crecimiento del ingreso medio en Occidente, y es que estas políticas a veces aumentan la desigualdad dentro de algunos países pero, en suma, hacen del mundo un mejor lugar".

En este sentido, el autor de Average is Over subraya que "aunque los indignados mantengan que el capitalismo ha fallado y que la desigualdad está aumentando, una valoración más correcta y serena incidiría en que, si bien seguimos enfrentando muchos retos, vivimos en tiempos de crecientes oportunidades para todo el mundo, lo que supone un cambio que, en general, implica una mejora".

Además, Cowen destaca que "países como EEUU muestran que un mayor nivel de desigualdad no tiene que ir de la mano con un mayor nivel de problemas sociales, incluyendo escenarios violentos o revolucionarios". Sobre este punto, podemos citar el caso de España, donde los índices de criminalidad han caído a mínimos históricos en plena crisis.

La evolución de la pobreza

A lo largo de la entrevista, Consuelo López-Zuriaga también ofrece una visión pesimista sobre la evolución de la pobreza. Aquí también hay una importante desconexión entre las declaraciones de la portavoz de Oxfam/Intermón y los datos disponibles. De hecho, los estudios de organizaciones multilaterales como el Banco Mundial coinciden con los informes de economistas como Laurence Chandy a la hora de señalar que la tasa mundial de pobreza acumula décadas a la baja.

Como vemos en la gráfica que sigue, tanto las previsiones en las que se basa la ONU como otros estudios independientes anticipan que la tendencia positiva se mantendrá a lo largo de los próximos quince años. La única duda radica en la intensidad de esa reducción de la pobreza.

The Economist, la prestigiosa revista británica de análisis político y económico, ha analizado muchos de estos estudios, llegando a la conclusión de que el fin de la pobreza extrema es un objetivo realizable en el medio plazo.

"El mundo ha experimentado un progreso extraordinario a la hora de reducir el alcance de la extrema pobreza. De 1990 a 2010, esta tasa bajó del 43% al 21%, afectando ahora a 1 de cada 7 habitantes del Planeta. La clave para esta evolución es el crecimiento económico, como muestra el ejemplo chino", explica el semanario británico.

La desigualdad social desciende a nivel global desde hace décadas

Setecientas mil personas, los yazidíes, corren el riesgo de ser asesinadas. Los criminales militantes del Estado Islámico –esa entidad sanguinolenta que ha surgido súbitamente en el Medio Oriente– ya han matado a unos cuantos centenares. No han sido más porque huyeron y se escondieron. Los liquidan y a veces violan a las mujeres antes de degollarlas.

La persecución se afinca en una horrenda tradición medieval todavía vigente dentro de una buena parte del islamismo árabe: rechazan toda expresión del pluralismo religioso. Los yazidíes tienen otro Dios y otras creencias muy antiguas, así que está en marcha su exterminio. No hay más Dios que Alá ni más profeta que Mahoma. Al que crea o diga algo diferente, literalmente, le arrancan la cabeza. Con los cristianos, calificados como nazarenos, tienen la extraña cortesía de crucificarlos antes de matarlos.

Los yazidíes son kurdos, pero la inmensa mayoría de sus compatriotas profesa el islamismo y hace la vista gorda cuando los masacran los fanáticos empeñados en revivir el Califato. Los peshmergas, el Ejército kurdo, no los quieren. La población los acusa, falsamente, de adorar al demonio. Mientras los kurdos claman por su derecho al autogobierno, le niegan la sal y el agua a los yazidíes, una minoría dentro de la minoría. 

El presidente Obama ha hecho bien en tratar de amparar a los yazidíes. Toda nación seria y compasiva tiene "la responsabilidad de proteger", como establece el departamento de la ONU dedicado a la prevención del genocidio. Es un derecho nuevo que cristalizó abonado por la sangre copiosa de las víctimas ruandesas cuando los hutus aniquilaron a un millón de tutsis a mediados de la década de los noventa. Es verdad que Estados Unidos no puede proteger a todo el mundo todo el tiempo, pero sí puede y debe, cuando es factible, impedir estas obscenas carnicerías.

Los yazidíes, lógicamente, están tratando de emigrar a donde los acojan. Escapan para salvar sus vidas. Se sienten, supongo, como los judíos alemanes tras las Leyes de Núremberg dictadas por Hitler en 1935. Era cuestión de tiempo que los asesinaran. Tenían que irse, comprar visas hacia cualquier parte, adquirir pasajes a precio de oro. Era obvio que la pesadilla nazi terminaría en el Holocausto.

Bastaba leer los papeles de Hitler para confirmarlo.

Los yazidíes saben lo que les espera y están tratando de emigrar a Estados Unidos, Canadá y Europa. Nadie habla de América Latina. ¿Por qué? Si los latinoamericanos fueran, realmente, solidarios y tolerantes, deberían extenderles visas de residencia a muchas familias yazidíes.

Al fin y al cabo, casi todos los grupos de inmigrantes asentados en América Latina han sido benéficos para el país que les abrió los brazos. Y no sólo se trata de los españoles y los portugueses, parientes cercanos fácilmente asimilables, sino de los japoneses, chinos, libaneses, sirios y judíos que llegaron a América Latina en un número considerable, sin saber el idioma y devotos, además, de dioses y ritos ajenos a la tradición nacional, lo que no impidió que crearan considerables riquezas con su trabajo intenso e innumerables familias mixtas.

¿Es tan difícil que cada país latinoamericano se proponga salvar a unos cuantos millares de familias yazidíes? Como los gobiernos no suelen ser buenos samaritanos, quienes tienen que organizar esa labor de rescate son los miembros de la sociedad civil. Dese el visto bueno y pídase colaboración a las iglesias, a las logias masónicas y a los clubes cívicos, para que contribuyan a salvar a los yazidíes, y mostrarán sus mejores instintos.

Los cubanos podemos entender mejor que nadie esta "responsabilidad de proteger" por una razón mala y otra buena.

La mala sucedió en 1939 cuando el gobierno de La Habana rechazó el barco Saint Louis, que traía a bordo 936 judíos que habían pagado por sus visas para poder escapar del horror nazi. El gobierno no los dejó desembarcar y debieron regresar a Europa. Pocos meses después estalló la Segunda Guerra y una buena parte de esas personas que los cubanos no quisieron proteger murió en la cámara de gas. Vergüenza eterna.

La buena ocurrió veinte años más tarde, cuando se instauró un régimen estalinista en Cuba y comenzó un éxodo que no ha cesado hasta hoy. Estados Unidos ha acogido y protegido a casi dos millones de refugiados cubanos. Sumados sus descendientes, la cifra debe de andar por los cuatro o cinco. A otra escala, pero generosamente, también lo hicieron la Venezuela democrática prechavista, España y Costa Rica. Fue en esta terrible circunstancia cuando muchos cubanos aprendimos lo que vale una mano amiga cuando se cierran todas las puertas.

elblogdemontaner.com

Todos los españoles deberían pagar un IRPF del 55,5% para financiar la “renta básica” de Podemos

¿Cómo financiar la Renta Básica Universal (RBU) de 6.000 euros al año por adulto y 1.000 euros por menor que propone Podemos? Su coste neto es estimado por los propios economistas de Podemos en 145.000 millones de euros.

Vamos a usar como base los datos desagregados de IRPF del año 2010 (previos a los sablazos fiscales de Zapatero y Rajoy) por ser los últimos disponibles (que sean previos al sablazo fiscal es un supuesto que beneficia a los defensores de la RBU).

En 2010, el IRPF se distribuía tal que así (para calcular la cuota media en IRPF tomamos el tramo medio de la base imponible, es decir, el punto intermedio entre los extremos del intervalo: la hipótesis es pertinente ya que la recaudación final del IRPF coincide con la real).  

Si queremos financiar la renta básica universal propuesta por Podemos, se hace necesario recaudar 145.000 millones adicionales a los 71.000 que se recaudaban en 2010 (es decir, 216.000 millones de recaudación total). Para lograrlo a través de un tipo proporcional sobre la renta, necesitaríamos un tipo del 55,5%.

Para saber qué contribuyentes salen ganando y cuáles salen perdiendo, sólo nos queda calcular el diferencial entre la nueva cuota impositiva y la antigua cuota impositiva, restándole a su vez la renta básica abonada.

Los saldos negativos en la columna "Diferencia" indican que el contribuyente sale ganando (ingreso neto frente a la situación anterior) y los saldos positivos que sale perdiendo (pago neto frente a la situación anterior). A su vez, los saldos negativos también pueden interpretarse como la renta básica efectivamente percibida por el contribuyente (una especie de impuesto negativo sobre la renta).

Como vemos, sólo aquellos contribuyentes que ganan menos de 13.500 euros anuales salen ganando con la implantación de una renta básica de 6.000 euros anuales y un impuesto de tipo único del 55,5% (si bien sólo los que carezcan de base imponible percibirían la totalidad de los 6.000 euros).

Los contribuyentes que ganan menos de 13.500 euros ascienden a 8,2 millones de personas y representan el 44% del total: por consiguiente, hay más contribuyentes que salen perdiendo (56%) de los que salen ganando (44%).

Por supuesto, la renta básica universal no sólo la cobran contribuyentes, sino no contribuyentes. En este sentido, un contribuyente que individualmente sale perdiendo podría salir ganando si, por ejemplo, su cónyuge no trabaja y tienen un hijo. Aun así, deberíamos efectuar dos consideraciones adicionales.

La primera es el desproporcionado coste que implica la medida, con tipos efectivos que superan el 30% a partir del salario medio de España.

La segunda es el problema de los incentivos laborales derivados justamente del alto coste fiscal: aunque es cierto que una RBU no tiene por qué desincentivar absolutamente el trabajo, es obvio que sí modifica la estructura de incentivos y la oferta de trabajo.

Más en particular: el salario modal de España, 15.500 euros, debería pagar 8.500 euros en IRPF, de manera que le restarían 7.000 más los 6.000 de la renta básica (13.000 en total). En realidad, pues, esa persona está trabajando 40 horas semanales para lograr un salario de 7.000 euros (inferior al salario mínimo actual).

¿Qué posibilidades hay de que esta persona abandone su trabajo y opte por ocupaciones volcadas en el trabajo para autoconsumo que suele quedar fuera del IRPF? Diría que muchas: y si son muchos los trabajadores que reducen su oferta de trabajo y, por tanto, dejan de generar rentas gravables, el tipo efectivo todavía se incrementaría más.

Por no hablar, claro está, de las altísimas probabilidades de que las rentas más altas, al ver aumentado su tipo medio efectivo en 20 puntos, se reduzcan de manera significativa: un trabajador que cobre 500.000 euros y que deban pagar más de 270.000 euros en impuestos (100.000 euros más que en la actualidad), puede irse a vivir a EEUU, Reino Unido o Alemania y vivir gratuitamente sólo de los impuestos diferenciales que se ahorra pagar en España. Como muestra, bastará este botón (resultado de incrementar el tipo efectivo sólo en unos puntos porcentuales).

Por consiguiente, diría que la "Renta Básica Universal" que propone Podemos no es financiable en condiciones realistas. Si a los 145.000 millones le añadimos, además, los 20.000 millones (tirando por lo bajo) que costaría financiar la jubilación a los 60 o los 65.000 millones de déficit público que siguen pendientes de eliminación, queda claro que estamos ante un programa económico absolutamente fantasioso.

¿Qué le pasa a Chile?

Hace no mucho participé en una reunión convocada por Mario Vargas Llosa en Madrid donde el tema de Chile ocupó un lugar central. La pregunta que rondaba en el ambiente era "¿Qué le pasa a Chile?", y surgía de la incapacidad de comprender cómo el país que durante décadas fue un ejemplo de progreso en América Latina pueda estar hoy planteándose la revisión de las bases mismas de ese progreso. La explicación de algo tan sorprendente no está, sin embargo, en el fracaso del modelo chileno sino, paradojalmente, en su éxito.

Chile ha experimentado un desarrollo extraordinario durante las últimas tres décadas. Su crecimiento económico ha superado largamente los promedios latinoamericanos o de los países desarrollados, multiplicado más de tres veces el ingreso real per cápita de la ciudadanía y provocado una enorme transformación social. Tal como muestra un estudio del Banco Mundial, Chile fue el país que más movilidad social ascendente experimentó en América Latina entre 1992 y 2009. En este lapso, casi dos tercios de la población chilena cambió de clase, pasando de una situación de pobreza a una de vulnerabilidad o de la vulnerabilidad a la clase media. Incluso ser pobre ha cambiado radicalmente durante estas últimas décadas. Los pobres de hoy disponen, en términos reales, de un ingreso que multiplica 2,5 veces el que tenían en 1990.

Todo este cambio socioeconómico ha llevado aparejada una verdadera revolución educativa que ha tenido su expresión más clara en la educación superior, cuyo número de estudiantes aumentó diez veces entre 1980 y 2013. Paralelamente, se ha ampliado de manera extraordinaria el acceso a viviendas mejores, bienes de consumo durables, medios modernos de transporte y comunicación, viajes dentro y fuera del país y otros componentes de un estándar de vida que se acerca a aquel de los países de altos ingresos.

Estos cambios han redimensionado el horizonte de aspiraciones y problemas de los chilenos. Atrás han ido quedando las demandas e inquietudes propias de una sociedad marcada por la pobreza y se han abierto paso las de los nuevos sectores emergentes. Ahora bien, el rápido progreso tiene una característica que fácilmente lo torna insuficiente por más exitoso que sea en el plano objetivo: las expectativas tienden a crecer más rápidamente que la capacidad de satisfacerlas y se genera así un malestar que, a simple vista, no guarda relación con los progresos alcanzados. Este malestar del éxito es lo que Émile Durkheim llamó "crisis felices" (crises heureuses), provocadas por un progreso tan rápido que "exalta los deseos", haciéndolos "más exigentes, más impacientes", pero también imposibles de colmar ya que “las ambiciones sobreexcitadas van siempre más allá de los resultados obtenidos, cualesquiera que ellos sean”.

Esta evolución ha cambiado el foco de atención de la sociedad chilena, que pone hoy el acento no ya en los logros sino en las carencias del camino recorrido. Con ello se han hecho visibles las deficiencias de un crecimiento que, efectivamente, dejó mucho que desear en el aspecto cualitativo y que albergó, además, una serie de situaciones de abuso rampante. Ello se debió –especialmente durante los veinte años de gobiernos de izquierda que van de 1990 a 2010– tanto a un sinfín de fallas regulatorias como a una escasa voluntad política de aplicar la normativa vigente. Lo paradojal es que estas fallas del Estado y la regulación, es decir, de la política, terminaron siendo achacadas al modelo en sí, como si una economía abierta de mercado fuese por necesidad sinónimo de negociado, abuso y lucro ilícito.

Otra perspectiva crítica que se instaló fuertemente en el debate público fue la de la desigualdad. Se trata de otra de las paradojas del éxito alcanzado. Atrás quedó el eterno debate sobre cómo derrotar a la pobreza y se pasó a discutir la distribución de los beneficios del progreso. Ahora bien, lo que a las claras nos dice que se trata de un cambio de perspectiva es que los altos niveles de desigualdad de la sociedad chilena son de larga data, sin por ello haber dominado el escenario político como lo han hecho recientemente. Más aun, el protagonismo del tema de la desigualdad coincide con una reducción sostenida de las desigualdades reales. Pero el progreso es así, lo que era tolerable en presencia de necesidades más apremiantes se hace intolerable cuando nuestro horizonte pasa de las carencias absolutas a las relativas y a la comparación con lo que otros tienen.

Es en este contexto que se instala, a partir de 2011, un discurso que cuestiona frontalmente todo lo realizado y llama a la refundación de Chile sobre bases muy distintas a aquellas que tanto progreso le han dado. Este salto a "otro modelo" es lo que hoy se le está proponiendo en Chile. A nombre de reivindicar "lo público" y luchar por una sociedad “más justa”, se propone la instauración de un modelo estatista –el del gran Estado benefactor– que en Europa ha sido abandonado por aquellos países, como Suecia, que más avanzaron en esa dirección. En esta perspectiva, resulta patético ver cómo el gobierno de Michelle Bachelet trata de hacer de soluciones fracasadas y descartadas por sus creadores una panacea para el consumo local.

En todo caso, ya se comienzan a ver, claramente, las consecuencias del accionar del nuevo gobierno: el crecimiento económico prácticamente se ha paralizado, el desempleo aumenta, los inversionistas extranjeros comienzan a elegir otros destinos y el peso se debilita frente al dólar. En lo político, la coalición gobernante se ve remecida por fuertes tensiones entre sus alas más moderadas, representadas por la Democracia Cristiana, y aquellas más extremas, lideradas por el Partido Comunista. Incluso la popularidad de Bachelet, que parecía intocable, se ha resentido notoriamente, para no hablar de la de su gobierno, que cae en picado en las últimas encuestas. A ello se suma un elemento decisivo: las amplias clases medias comienzan a reaccionar ante las propuestas socializantes del gobierno, en particular la reforma educacional que abiertamente busca la estatalización de la educación chilena.

Así, todo indica que los chilenos están pasando, aceleradamente, del malestar del éxito al miedo al fracaso. Es de esperar, por el bien de Chile, que el mensaje le llegue con claridad a Michelle Bachelet.

Mauricio Rojas, director de la Academia Liberal.

Teocracias, islamismo y geoestrategia

De todas las formas posibles que puede tomar un Estado, el teocrático puede llegar a ser de los más agobiantes, violentos y peligrosos. A las habituales instituciones basadas en la coacción habría que unir una moral estricta, convertida en algunos casos en ley, y que en general impregna tanto las relaciones sociales como los comportamientos individuales. Esta religión puede ser la única permitida, siempre tiene rango oficial y está asociada al Estado, del que se beneficia de todo tipo de prebendas y favores. En ocasiones es difícil distinguir entre las instituciones estatales y las religiosas, ya que en algunos casos coinciden.

Aquéllos que tienen el poder político suelen coincidir con los máximos dirigentes religiosos y poseen una estructura jerárquica clara, compatible con la estatal. Controlan la cultura, la formación, la educación y, en general, el comportamiento social, ligando cualquier otra actividad a las reglas religiosas, de forma que no se distingue lo que en Occidente se ha venido llamando los tres poderes. Todos o casi todos los habitantes del territorio están bajo esa ley. Según la naturaleza de la religión, estos estados pueden ser expansivos/imperialistas o cerrados/autárquicos.

Evidentemente, no todas las teocracias son tan asfixiantes como esta descripción puede dar a entender. Manteniendo en ambos casos dos tipos de moral que a muchos no gustan, el Vaticano, con el Papa como máximo dirigente, o el Tibet, con el Dalai Lama, son lógicamente mucho más flexibles y abiertos que cualquier país donde rige la Sharia como principal ley. Como en toda institución humana compleja, hay grados.

Desde finales de los años 60/70 del siglo pasado, se ha venido produciendo un cambio lento, pero constante, en el mundo islámico hacia posiciones cada vez más extremistas. La revolución iraní, que terminó con el gobierno del Shah e instauró el de los Ayatolás transformó un país donde se percibían signos de occidentalización en un régimen donde las leyes y normas musulmanas desterraron de las calles todo signo de “decadencia occidental”.

A lo largo de estos años, países como Afganistán, Pakistán, Argelia o, más recientemente, Irak, Siria o incluso Libia han experimentado o están experimentando, en su totalidad o en parte de su territorio, procesos similares que los están transformando en regímenes islamistas o donde el islamismo tiene un gran peso político y social. Incluso países como Egipto, Túnez o Turquía, donde el peso de la religión ha estado más limitado que en los árabes, han experimentado procesos políticos que han llevado a los islamistas al poder, con mayor o menor éxito.

Además, países como los árabes, que ya tenían un fuerte componente religioso en sus gobiernos, han experimentado un incremento de dicho peso y han alentado revoluciones en otros lugares del mundo, incluso apoyando directamente a grupos terroristas. Procesos recientes como la que llamaron Primavera Árabe, pero que ha afectado a muchos más países que a los árabes, han incrementado el peso de los islamistas en los gobiernos locales o incluso nacionales.

A diferencia de otros movimientos ideológicos, el islamismo no ha buscado necesariamente la alineación con las grandes potencias, siendo esta alianza, cuando se ha producido, circunstancial. Así, afganos de toda condición lucharon contra los soviéticos y tuvieron ayuda occidental; unas décadas después, esos mismos afganos y sus descendientes han luchando contra los que antes fueron sus aliados. Hoy por hoy, los musulmanes tienen problemas con las grandes potencias: Estados Unidos, Rusia, China o India, en confrontaciones directas, como la que tienen con el primero, o en conflictos internos o más localizados o menos publicitados, en el caso de los demás.

Estas confrontaciones no son sólo con enemigos externos. Los conflictos entre los propios musulmanes articulan de alguna manera la naturaleza de sus sociedades. Los chiíes y los suníes siempre han tenido serios problemas de convivencia, muy en la línea de los que tuvieron las iglesias, monarquías y estados cristianos durante los siglos XVI y XVII. Por otra parte, los árabes no se llevan bien con los persas (iraníes), turcos o magrebíes y otras nacionalidades o culturas.

Llama la atención que buena parte de la violencia terrorista ligada al mundo musulmán ocurra dentro de él y dirigida hacia aquellos que no comparten la interpretación del perpetrador. Vaya por delante que los “aliados” musulmanes son los que más víctimas palestinas suman y que la reciente guerra civil entre Al-Fatah y Hamás ha sido mucho más cruenta y sanguinaria que los recientes conflictos con los israelíes. Las cifras de muertos de los atentados contra mezquitas chiíes o suníes, de ser más publicitadas y analizadas por los medios de comunicación, escandalizarían a los honestos analistas que califican la importancia de un conflicto en función del número de víctimas mortales.

Uno de los más recientes episodios se ha dado en el territorio de Irak y Siria, donde Abu Bakr al-Baghdadi ha proclamado el Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL en español y más conocido en el extranjero por su acrónimo inglés ISIS), que se extiende por el momento por territorio sirio e iraquí y que se articula como califato. El éxito de Abu Bakr ha sido meteórico y de él poco se sabe a ciencia cierta, mezclándose la leyenda con datos más o menos contrastados. Se cree que nació en la ciudad de Samarra, al norte de Bagdad, en el año 1971, que su verdadero nombre es Ibrahim bin Awad bin Ibrahim al Badri al Radawi al Husseini al Samarra’i, se doctoró en la Universidad Islámica de Bagdad y era clérigo en una mezquita de su ciudad natal cuando los Estados Unidos invadieron Irak en el año 2003. Ingresó en 2009 en el Estado Islámico de Irak, tras haber pasado varios años en un centro de detención, y un año después llegó al puesto más alto, después de que el líder anterior, Abu Omar al Baghdadi, fuera abatido. Después de ello, los intereses del EIIL son globales, abarcando desde la India hasta la mismísima Al-Andalus, territorios a los que “ha puesto” bajo su ley y donde la interpretación de su visión del Islam y la fe es básica.

Más allá de que esos datos sean ciertos o no o que sus intenciones sean un sueño o tenga poder real para imponerse, el EIIL ocupa y controla una amplia superficie tan grande como Jordania, en la que se sitúan ciudades iraquíes tan importantes como Mosul, Tikrit, Samarra y Faluya, o ya en Siria, Alepo. Ese control pasa por el de los recursos naturales de la zona, básicamente petróleo, que le pueden reportar financiación a su movimiento, los fondos y depósitos de los bancos de la zona y, en general, las riquezas acumuladas, sea cual sea su naturaleza, y lo que desde el punto de vista militar tiene más importancia, las armas que eran parte del ejército iraquí, incluyendo varios helicópteros Black Hawk.

El EIIL está implicado íntimamente tanto en la guerra civil siria como en el conflicto iraquí, y de ambos se alimenta territorialmente. Sus brutales ejecuciones son publicadas en las redes sociales y no es muy difícil encontrar vídeos donde se pueden ver las torturas a las que someten a los miembros de las fuerzas armadas iraquíes, que terminan siendo ejecutados sin que haya demasiados occidentales progresistas especialmente aturdidos o escandalizados. La crudeza y el extremismo del EIIL ha llegado incluso a la ruptura con Al-Qaeda, nada sospechosa de tolerancia y neutralidad, que lo expulsó en febrero de este año de la organización.

La ONU ha denunciado recientemente que en las nuevas ciudades ocupadas por el EIIL se ha producido un éxodo masivo que ha afectado a más de 200.000 personas, principalmente de la minoría yazidi, que es considerada por muchos musulmanes como adoradores del diablo, que se han visto forzados a abandonar sus hogares, huyendo a zonas más tolerantes con sus ritos y creencias. Por otra parte, los islamistas han comenzado a concentrarse y retomar las operaciones militares en la región autónoma kurda, donde también se producen éxodos y donde el acceso a comida, medicinas o agua potable es cada vez más difícil, tal como ha denunciado Nickolay Mladenov, enviado especial de la ONU a la zona. Esta migración forzosa, si no una limpieza étnica que se repite intermitentemente, no tiene demasiada repercusión en los medios españoles, más preocupados de las desdichas, ciertas o no, de ciertos colectivos sensibles.

La inestabilidad que vive Oriente Medio (guerra entre el terrorismo palestino e Israel, guerra civil siria, corrupción gubernamental e inestabilidad iraquí y afgana, entre otros conflictos), la riqueza petrolera de la zona, además de la nueva realidad geoestratégica global (Estados Unidos en retirada como garante de la paz mundial, sustitución de este papel por las potencias económicas y militares emergentes como China y Rusia) y el aumento de la presencia e influencia de potencias regionales como Turquía o Irán, están planteando a los gobiernos y estados implicados un contexto muy distinto al que había hace unas pocas décadas. Sin embargo, el nuevo califato no va a tener unas circunstancias fáciles en su proceso de expansión.

La aventura prodemocrática de Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 ha terminado con buena parte de la capacidad de de intervención en la zona. Estados Unidos no tiene intención política de intervenir en ningún conflicto a un nivel similar al de Afganistán e Irak, ni de liderar una intervención aunque sea auspiciada por la ONU, ni financieramente está preparado para una nueva guerra. Pero dado que el EIIL es suní y está persiguiendo o no tolerando a los chiíes, existen contactos entre el gobierno americano y su archienemigo Irán para cooperar y luchar con este estado emergente, además de estar colaborando con otras potencias y países de la zona para ayudar a su erradicación. Quizás pueda también esperarse una mayor implicación turca después de las elecciones del 10 de agosto.

Por otra parte, los intereses americanos en Oriente Medio están en retroceso. Precisamente, Estados Unidos está consiguiendo cierta independencia energética debido a la explotación de sus reservas por el sistema de fracking, lo que hace que sus grandes petroleras encuentren yacimientos lejos de conflictos regionales que encarecen y hacen más peligrosa su extracción. Sustituyendo a Estados Unidos se encuentra China, que tiene a los países árabes como uno de los socios comerciales principales. A ello hay que unir su acercamiento a Pakistán, el gran adversario de su también adversario económico, la India.

El volumen comercial entre China y estos países ha pasado de 25.500 millones de dólares en 2004 a 238.900 en 2013 y las previsiones para dentro de 10 años es que sean de 600.000. China necesita energía y los árabes tienen petróleo; entre 2004 y 2013, las importaciones de crudo árabe se han incrementado a un ritmo del 12% anual. A China no le interesa un nuevo estado que dificulte sus necesidades, así que a priori, es difícil pensar que esta potencia se convierta de la noche a la mañana en aliado del EIIL. Tampoco le interesa que el EIIL se implique en las revueltas de las poblaciones musulmanas de la provincia de Xinjiang.

Está claro que Irán, en su condición de persa y chií, no se va a convertir en su aliado, incluso como ya he comentado, está dispuesto a colaborar con EEUU, pero tampoco es probable que las monarquías árabes se pongan en manos de un autoproclamado califa, por muy suní que sea, sobre todo si éste es regeneracionista y considera que su alianza con Estados Unidos es una traición a los principios del Islam. Tampoco Al-Qaeda va a tolerar que este nuevo movimiento le coma poder, aunque de momento no ha podido evitar su expansión y su éxito.

El EIIL ha anunciado, quizá demasiado pronto, su interés imperialista y expansivo, avisando de esta manera a sus enemigos de sus intenciones, pero también dejando claro que va a por todas y que tiene suficiente confianza en sí mismo como para no dar rodeos. De momento, el gran aliado del EIIL está siendo la inestabilidad de la zona y, sobre todo, la corrupción del gobierno iraquí de Al-Maliki. Precisamente, la baja eficiencia y estabilidad de la “democracia” iraquí es la base del descontento y la razón por la que las viejas rencillas entre clanes y tribus dibuja un mapa dividido en tres partes: kurda en el norte, suní en el centro y chií en el sur del país, todos ellas en conflicto intermitente. Además, dejar de lado el apoyo estadounidense para ponerse en manos chinas no parece ahora una buena idea, cuando precisa ayuda y China mira hacia otro lado, como suele ser frecuente.

Echar la culpa de esta situación a Estados Unidos y en concreto a George W. Bush por las intervenciones afgana e iraquí, no es faltar a la verdad, pero sí es ocultar o querer ocultar otras circunstancias tan o más importantes. Oriente Medio siempre ha sido inestable, ya sea por tradición o por religión o por cualquier otra circunstancia. Desde que Roma dominaba Europa, la frontera con Persia ha estado ligada a conflictos entre Oriente y Occidente. Durante los últimos siglos, los imperios británico y francés, después de los turcos y antes de los americanos y soviéticos, han intentado mantener en paz una zona que no la ha conocido durante mucho tiempo seguido.

Esta tradición guerrera y conflictiva se ha agravado, más que calmado, con el petróleo que ha dado capacidad financiera a los guerreros. La ausencia de un verdadero mercado tampoco ha ayudado, ya que estos intercambios son fruto de intereses políticos y no tanto de los de las sociedades civiles. No es probable que los más viejos del lugar recuerden momentos de tranquilidad.

Hasta cierto punto, el nacimiento del EIIL es una consecuencia lógica y razonable de la deriva de los acontecimientos. El islamismo está empezando a tomar conciencia de Estado y podemos empezar a ser testigos de la proclamación de nuevos califatos por todo el globo o de la adhesión de ciertas zonas a los ya existentes. En Libia, donde la Primavera Árabe y la aventura bélica de Sarkozy se han traducido en una guerra civil, el portavoz del grupo terrorista Ansar Sharia, Mohamed al Zahawi, ha proclamado por radio el “emirato de Bengasi”. Argelia y Egipto están en alerta, dado el carácter expansivo de este movimiento.