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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

La guerra contra la pobreza

El pasado 8 de enero se cumplieron 50 años del primer discurso que ofreció el presidente Lyndon Johnson ante el Congreso. No habría pasado a la historia de no ser porque en ese discurso lanzó lo que él mismo llamó, y así ha quedado acuñado desde entonces, una “guerra contra la pobreza”. No se refería a la que libraba contra el Viet Minh, sino a una guerra virtual contra la falta de medios de una parte amplia de la población de aquel país. Una situación que, bajo el nombre de “pobreza”, alcanzaba según el presidente Johnson a “una de cada cinco familias”.

La pobreza era entonces un asunto de debate. Dos años antes del discurso, en 1962, Michael Harrington había publicado un libro titulado The other America: Poverty in the United States. Decía, por un lado, que la pobreza afectaba a uno de cada cuatro estadounidenses, y por otro que esa pobreza era “invisible” y sólo recientemente había sido “redescubierta”. Cómo puede ser invisible un grave problema de falta de medios que afecta a unos 47 millones de estadounidenses es una incógnita. Pero el argumento tenía su parte de denuncia a la mayoría de la sociedad de ser insensible con un problema tan grave.

No se puede decir que fuera un problema “invisible”. Pero la pobreza había ido cayendo de forma continuada desde el final de la II Guerra Mundial. El historiador James Patterson considera que “lo que motivaba a Johnson para luchar contra la pobreza, en definitiva, no es el empeoramiento de un problema social, sino la creencia de que el gobierno podía, y debía, entrar en la batalla”. Si una situación está mejorando al margen de la actuación del Estado, lo suyo, desde el punto de vista de la política, es no dejar pasar la oportunidad de sumarse al carro y apuntarse el tanto. Además, entre los sociólogos y pensadores progresistas cundía la idea de que la falta de medios, de “oportunidades”, llevaba a muchos, de un modo bastante automático, a la delincuencia y la marginación. Un apoyo por parte del Gobierno les permitiría escapar de este círculo vicioso. Como expresó el presidente Johnson en su discurso, “mil dólares invertidos en salvar a un joven desempleado hoy pueden rentar 40.000 dólares o más en toda su vida”. Esos 1.000 dólares le han sacado del recurso a la delincuencia, por lo que le recuperan para la sociedad productiva.

Esa “Guerra contra la Pobreza” no se concibió como un programa de ayudas que atrapasen a sectores enteros de la sociedad en la trampa de los subsidios; una idea que tanto a él como a la persona a la que confió la tarea de traducir este lema político en legislación, Sargent Shriver, le repugnaba. La idea era dar “oportunidades” en forma de formación en la escuela, o en formación profesional. También de “acción en las comunidades” a la que no se le otorgaba al principio un gran valor, pero que fue la que acabó siendo más importante. Estaba animada por la Oficina de Igualdad de Oportunidades, cuyo primer director fue el propio Shriver. La actuación del Estado podría hacer desaparecer la pobreza en el plazo de sólo diez años. Eso pensaban los creadores de esta Guerra contra la Pobreza.

Esas expectativas, claro está, no se han cumplido, sea como fuere que uno defina a qué se podían referir con eso de “pobreza”. El Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca ha publicado un informe con motivo de este cincuentenario. Quiere demostrar que los programas puestos en marcha entonces han sido efectivos (aunque no baratos) y sugieren que el esfuerzo debe renovarse. ¡Justo lo que necesita el siempre candidato Obama para pedir una nueva Guerra contra la Pobreza! Ahora bien, el informe, en su página 16, contiene un gráfico con el porcentaje de la sociedad que está bajo el umbral de la pobreza. El gráfico, que recoge la evolución desde 1959 a 2012, muestra una caída continuada hasta el año 1970. De haber proseguido esa tendencia, la “victoria total” contra la pobreza de la que hablaba Johnson se habría logrado en 1980, aproximadamente. En lugar de ello, lo que describe el gráfico a partir de ahí es una evolución horizontal, en picos, hasta los niveles actuales. Cuando Lyndon Johnson pronunció su discurso, el porcentaje de la población bajo el umbral de la pobreza era del 19 por ciento, y en la actualidad es del 15,0. En estos años, el Gobierno federal se ha gastado en programas para luchar contra la pobreza 16.000 millones de dólares.

Para hacernos una idea de en qué se ha convertido la Guerra contra la Pobreza, según los datos recabados por Michael Tanner, el gobierno federal destinó 668.000 millones de dólares sólo en el año 2012. “Ello supone 20.610 dólares por cada persona en situación de pobreza en los Estados Unidos, o 61.830 dólares por cada familia de tres miembros”. En un solo año. ¿Explica la falta de dinero público el fracaso de estas políticas?

Si la pobreza es falta de medios, su solución, o al menos su mejora, debe provenir de que se destine más dinero. Es una respuesta lógica, aunque no acertada. Lo que rompe la, en principio, inquebrantable lógica de este planteamiento es precisamente lo más importante. La riqueza depende de la producción y del ahorro. Y ambos dependen del comportamiento. Es éste el centro del problema. Este otro planteamiento traslada el problema a la responsabilidad individual, en lugar de buscar una explicación en los grandes males que infringe la sociedad sobre determinados individuos, y que sólo la actuación del Estado puede solucionar. Esta es la idea que inspiró la Guerra contra la Pobreza, y que ha fracasado en estas cinco décadas de vida.

Los otros Eurovegas que perdió España

Como cada año, en enero llegan los exámenes universitarios. Suelen fijarse a principio de curso para que cada alumno sepa el plazo de que dispone para preparar la asignatura. Este año, España conoce de antemano las fechas de los informes de las tres agencias de calificación europeas Fitch, Standard and Poor’s y Moody’s, que sumarán un total de siete evaluaciones desde febrero hasta casi final de año. Siempre en viernes, siempre una hora antes de la apertura o una hora después del cierre de los mercados. Solamente falta que además se les diga qué deben decir los dossiers.

La necesidad de prepararse

Estos informes estudian el pulso crediticio de cada país, su capacidad para devolver sus deudas habida cuenta de su patrimonio y sus activos. Además, el informe incluye una perspectiva que indica si esta calificación es estable, si se espera que mejore, o si las cosas, previsiblemente, irán a peor.

España no va muy bien. De momento, mientras Standard and Poor’s y Moody’s nos califican como un bono basura, Fitch nos sitúa apenas un escalón por encima. Veremos qué pasa en los siguientes informes que comenzarán en febrero.

Pero la novedad es que el gobierno de la nación y los de las Comunidades Autónomas ya saben de antemano, como los universitarios, cuándo se van a publicar esas evaluaciones. Esta idea, que podría parecer de lo más lógico, pervierte en cierta manera el sentido de las calificaciones de las agencias de rating.

Porque el objetivo es evaluar la capacidad de devolver la deuda de un país (o Comunidad Autónoma) en cualquier momento, en general. Y lo que se consigue con esta medida, como sabemos los profesores universitarios, es que de la misma manera que nuestros estudiantes tienden a estudiar "para el examen", nuestros gestores van a hacer lo necesario (gracias a un conveniente maquillaje estadístico, o lo que haga falta) para que todo cuadre y la calificación obtenida engorde y salir bien guapos en la foto.

Las dudas sobre el evaluador independiente

Pero en la misma información en la que este periódico explicaba las novedades de los informes de las tres principales agencias, se ponía sobre la mesa el que dichos organismos fueran cuestionados tras la crisis y el interés por parte de la Unión Europea, de aumentar su control sobre ellas.

Si bien es cierto que Moody’s, S&P y Fitch, en el pasado, tuvieron en sus manos la capacidad para alterar los mercados al cambiar sus informes sobre un país u otro, porque lo que mueven no es sino la confianza de los acreedores respecto a la deuda en sus manos, ese deseo de la Unión Europea dice mucho. Y nada bueno.

En todos los ámbitos en los que juega la confianza, la existencia de un observador externo, no sesgado, que emita una opinión, es no ya bueno, sino imprescindible. En el momento en que el sistema financiero está vinculado a la política internacional, sea por debajo o por encima de la mesa, este veredicto externo es tanto más importante. Cuando un país se comporta mal y baja su rating, los acreedores se deshacen de su deuda y le resulta tanto más difícil que le presten: el mundo financiero pierde la confianza en ese país.

Por eso, los gobiernos europeos unidos, que son los que se hacen cargo de los desastres de cada uno de los países morosos, a través de los diferentes mecanismos de rescate, quieren controlar la emisión de estos informes, y como no pueden controlar su contenido directamente, exigen que se sepa la fecha exacta de los mismos. Lo mejor es que la razón que blanden para esta reclamación es el supuesto sesgo de las agencias de rating. Y no se trata tanto de la santidad inmaculada de estas organizaciones como de la intención de los gobiernos de la Unión Europea, que pretenden extirpar todo atisbo de juicio independiente. ¿No está más sesgada la opinión del gobierno?

¿Cuál es el mensaje que lanzan al mercado financiero? Pues, de la misma manera que un estudiante que exige agobiado saber la fecha del examen está gritando a voces que no estudia regularmente y no lleva la asignatura al día, los gobiernos europeos están diciendo que necesitan cierta "preparación" para dar la talla crediticia.

Obviamente, ni nosotros ni los mercados somos tontos, y habrá que descontar este efecto del resultado de los informes.

Ya espero grandes titulares con los buenos resultados de los exámenes. Sería el colmo que encima las evaluaciones no nos favorecieran. ¿Se imaginan?

España no tiene un problema de demanda

El nuevo año 2014 no ha empezado con buen pie para los empresarios y autónomos, al menos en lo que se refiere al ámbito fiscal, ya que muchos deberán afrontar una nueva subida de las cotizaciones sociales. Es decir, deberán pagar más impuestos sobre el trabajo, pese a que España se caracteriza, precisamente, por soportar uno de los gravámenes laborales más altos del mundo desarrollado.

En concreto, la Ley de Presupuestos Generales del Estado (PGE) para 2014 incluye un aumento adicional de las bases de cotización a la Seguridad Social, el nivel que sirve de referencia para determinar cuánto hay que pagar por la cuota mensual de autónomos.

Los asesores fiscales están informando a sus clientes de que la base mínima de cotización sube un 2%, desde 858,60 a 875,70 euros mensuales, por lo que la cuota mínima, que es la que paga más del 80% de los autónomos, pasa de 256,72 a un total de 261,83 euros (5 euros más al mes). Por otro lado, la base máxima de cotización sube un 5% -al igual que en el Régimen General-, pasando de 3.425,70 a 3.597,00 euros mensuales, con la consiguiente elevación de la cuota.

Asimismo, aprovechando el inicio de las vacaciones navideñas, el Gobierno aprobó una nueva subida de cuotas para los autónomos societarios y aquellos que dispongan de más de 10 trabajadores a su cargo. El Real Decreto-ley 16/2013, publicado el sábado 21 de diciembre en el Boletín Oficial del Estado (BOE), equipara sus bases mínimas de cotización con la prevista para los trabajadores encuadrados en el grupo 1 del Régimen General, que ascienden a 1.051,50 euros frente a los 875,70 euros del resto de autónomos en 2014.

Esto significa que aquellos trabajadores que pretendan montar su propia empresa (administrador societario) y los autónomos con más de una decena de empleados pasarán a pagar, como mínimo, una cuota mensual 313,34 euros, lo cual se traduce en casi 52 euros extra al mes. Según especifica la norma, quedarán exentos de esta subida los nuevos autónomos que causen alta inicial en el RETA durante los doce primeros meses de su actividad.

Más cotizaciones empresariales

Igualmente, muchas empresas deberán sufragar más impuestos sobre el trabajo, ya que el Ejecutivo ha colado por la puerta de atrás un aumento de las cotizaciones sociales mediante la inclusión de nuevos conceptos en la base de cotización que, hasta ahora, estaban exentos.

Así, a partir del pasado 1 de enero, los empresarios deberán incluir en dichas bases determinadas remuneraciones en especie por las que hasta ahora no se cotizaba, tales como el plus de transporte recogido en la mayoría de convenios colectivos, así como determinadas dietas o cheques restaurante. Únicamente no habrá que cotizar por las asignaciones para gastos de desplazamientos del trabajador desde el centro de trabajo habitual hasta otro lugar de trabajo en transporte público siempre que se justifiquen mediante factura o equivalente, así como aquellas asignaciones para gastos de locomoción, estancia o manutención (dietas) siempre que se desplace fuera del centro habitual de trabajo y que sea también en municipio distinto de su lugar de residencia.

Además, a partir del año que viene habrá que comunicar a la Seguridad Social no sólo las bases de cotización sino todo lo que se le abona al trabajador, a diferencia de lo que sucede ahora, lo que servirá para incrementar actuaciones inspectoras y sancionadoras, según alertan los asesores fiscales.

Y a todo ello, se suma el hecho de que, un año más, el Ejecutivo del PP ha optado por elevar un 5% las bases máximas de cotización del Régimen General -como ya hizo en 2013-, hasta los 3.597 euros al mes, lo cual afectará a cerca de 700.000 trabajadores. Esta medida implicará para las empresas un aumento de los costes laborales de unos 500 euros por cada empleado al año, mientras que los trabajadores afectados deberán aportar casi 100 euros extra.

Así pues, 2014 comienza con un alza generalizada de cotizaciones sociales para numerosas empresas y autónomos, a pesar de que el PP de Mariano Rajoy prometió en su día reducir la elevada carga fiscal sobre el trabajo que soporta España, encareciendo con ello los costes laborales en el peor momento posible, dada la histórica tasa de paro que sigue presentando el país.

Por último, y aunque no está directamente relacionado con las cotizaciones, el Gobierno también ha encarecido el coste del despido en determinados supuestos, tras eliminar la indemnización que asumía el FOGASA de 8 días en despidos objetivos de empresas de menos de 25 trabajadores. Con la entrada del nuevo año, las empresas de menos de 25 trabajadores asumirán la indemnización total de 20 días por año en despidos por causas económicas, organizativas, técnicas o de producción, por lo que el FOGASA dejará de abonar 8 días por año como venía haciendo hasta la fecha.

Los capitalistas no han salido ganando con la crisis

We went down to hear the band begin, I blinked once and it was gone – Steve Forbert

Hace ya tiempo que los analistas veían tambalearse el proyecto de Eurovegas. Cuando la empresa Las Vegas Sands presentó en Londres sus planes, ya se percibían dudas y demasiadas preguntas sin responder. Eurovegas se presentaba como una oportunidad que, además de suponer una enorme inversión, podría aumentar el PIB de la Comunidad de Madrid en un 4,5% y generar 164.000 empleos directos y 97.000 indirectos.

Cuando se anunció este complejo hotelero y de ocio leí todo tipo de críticas diciendo que la empresa se aprovechaba de las condiciones laborales injustas y precarias, y de un país en ‘derribo’ para ‘forrarse’. Que suponía entregarnos al vicio, juego y prostitución. Eso en un país que ya suponía el 3,7% del mercado de casinos de Europa y donde cada español gasta 179 euros anuales en juego. Y no quiero hablar de esos clubes de luces de colores que abarrotan nuestras carreteras, que deben ser centros culturales. Ya me sonaba a nuestra famosa xenofobia empresarial. Si lo hacemos nosotros lo justificamos como “planes de crecimiento” y creadores de empleo, si lo hace un extranjero, malo malísimo.

Curiosamente, el proyecto que se iba a instalar a las afueras de Madrid probablemente vaya a desarrollarse en Japón. No en alguna república bananera donde obliguen a los jóvenes a trabajar por un mendrugo mientras otros son esclavizados en burdeles… A Japón, la tercera economía del mundo.

No, el fin de Eurovegas no es culpa del Gobierno, de un partido o de otro. Pero todo el asunto dice mucho sobre nuestro sistema económico de “déjame Paco, que tú no sabes quién soy yo y esto lo arreglaba yo con dos llamadas”. No había más que oír los mensajes de la oposición en cuanto se anunció la retirada.

Desde mi punto de vista, podemos aprender de este episodio para muchas otras ocasiones y así reforzar la Marca España.

– Empezar a evitar vender las cosas antes de que ocurran. “Que me lo quitan de las manos”, “que vienen los americanos-chinos-rusos”, y la peor “usted no tiene ni idea”. Que Bill Gates no tenga que pedir públicamente que no se use su nombre para especulaciones. Manejar las expectativas y sorprender al alza, no dar por hecha la venta de un aeropuerto, una empresa o un valor, la cifra de paro, déficit o la de crecimiento, y luego justificar la decepción.

– No pensar que los extranjeros son tontos. Los proyectos compiten. Los países y ciudades compiten por esos proyectos. Atraer capital no es un favor que le hacemos al inversor permitiéndole venir a nuestro feudo, es una obligación y una responsabilidad. Y tenemos que copiar a los mejores, y superarlos, no imitar a los peores para después criticarnos internamente y continuar con los mismos errores. Si el proyecto no es adecuado, la obligación es contar con un marco de apertura y libertad que haga que florezcan decenas de alternativas mejores. Y que se vea que merece la pena arriesgar.

– La seguridad jurídica no es una broma. Es muy revelador que la empresa Las Vegas Sands pusiera como condición que se le pagasen las pérdidas SI se cambiaban las leyes o el entorno impositivo. La percepción de inseguridad jurídica es el mayor escollo para que en España y Europa se atraiga capital en inversión productiva y a largo plazo. No se trata de atraer dinero a bolsa o a reciclar capital, como comentaba en mi post Llueve dinero en España, ¿o no?, sino a los centenares de miles de millones que necesita nuestro país para reducir el paro.

– Dar alternativas, no unicornios. Los que criticaban el proyecto por ser “ladrillo, vicio y putas” (sic) tienen todo el derecho a criticarlo, pero no han puesto una sola alternativa –ni un solo dólar- remotamente similar en inversión, creación de empleo y potencial económico. Y cuando han propuesto algo para “cambiar de modelo” curiosamente pasa por “el Estado” y “dar subvenciones”. Volver a 2004 y a llenar el país de sobrecapacidad en infraestructuras inútiles y ladrillo del que si nos gusta, el que paga el contribuyente. Más deuda, más déficit, más impuestos. Y otro desastre mal planificado. Con lo fácil que es abrir las puertas a que compita el capital y poner un entorno atractivo para la inversión. Nuestra mentalidad a veces parece que solo nos permite entorpecer y prohibir. Que España haya caído al puesto 142 de 189 entre los países con más facilidad para hacer negocios es algo que debe preocupar a todos. Mientras tanto, nos sentamos a esperar que vuelva 2004 y podamos volver a subvencionar cualquier quimera de pérdidas aseguradas con dinero de otros.

– Libertad y apertura para todos, y no hay que hacer excepciones. Nos llevamos las manos a la cabeza porque se estaba estudiando hacer excepciones legales para atender a algunas condiciones de inversión. En vez de pensar que lo que tenemos que hacer es apertura y desatascar el entramado burocrático y administrativo para todos, en un país donde el 70% del valor añadido lo crea las pymes, nos alarmamos de que haya empresas que no estén dispuestas a aceptar ‘nuestras maravillosas condiciones’. Sin un entorno confiscatorio y burocrático no hacen falta ‘excepciones’.

– No existen condiciones de extorsión ni excesivas cuando hay competencia y libertad. Si pensaban que el grupo Las Vegas Sands estaba exigiendo demasiado y recibiendo un trato de favor o un chollo… ¿Por qué no han salido treinta o cuarenta competidores inmediatamente? Si lo que pedía es inaceptable, debemos al menos contar con otras alternativas que demuestren que es así. Si las condiciones son inasumibles, ¿cómo es que estamos dispuestos a dar todo tipo de prebendas, parabienes y subvenciones al gasto cuando viene del estado o de empresas españolas o públicas? Igual que con tantos otros sectores, desde los hedge funds, al fracking, el petróleo en Canarias o la tecnología, a veces somos campeones en encontrar problemas, riesgos y rechazar –como buenos ricos que somos- las inversiones extranjeras que “vienen a llevarse lo nuestro”. Lo nuestro, seamos conscientes, es mucha deuda. Un 94% del PIB de deuda pública ya, y si queremos ‘ingresos fiscales’ tendremos que atraer inversión sí o sí.

El fin del sueño o pesadilla de Eurovegas va a ser utilizado para criticar a todo el mundo. Pero ese no es el problema. El problema es un sistema económico que pueda poner enormes dificultades para atraer inversiones productivas. Si hubiese un entorno de libertad económica real y apertura, como defiendo en mi libro Viaje a la Libertad Económica, la discusión sobre las condiciones de Adelson o del Gobierno simplemente seria innecesaria. El debate no se habría dado porque competirían muchos y diferentes proyectos para crear riqueza y empleo.

España tiene todos los ingredientes para que las empresas, nacionales y extranjeras, inviertan cientos de miles de millones de euros, se desarrollen los sectores más atractivos y se cree el empleo necesario. Esas empresas e inversiones no las va a decidir un comité, y ese crecimiento no va a venir por el BOE. Nuestra situación actual es precisamente la consecuencia del BOE-depresor. Vendrá cuando abramos las puertas, cerremos los despachos de ‘parar y entorpecer’ y pongamos la alfombra roja a la inversión productiva. Entonces, las exigencias más o menos agresivas de una empresa no serán noticia. Habrá multitud para sustituirla. 

Los 8 grandes retos que debe afrontar la economía española

Cada informe PISA es una oportunidad propicia para que los defensores de la educación coactiva estatal reivindiquen una educación pública de calidad apelando al modelo finés, lo que automáticamente se transforma en la querencia de un mayor gasto público en educación o, al menos, en una beligerante oposición a los recortes. Sólo hay un problema: de PISA no se desprende lo que ellos creen que se desprende.

El problema de la educación no es la falta de gasto

Según el propio informe PISA, entre los países desarrollados existe una nula relación entre gasto por alumno y resultados académicos. Gastar más en educación no equivale a mejorar la educación. En el gráfico podemos observar la correlación entre el gasto acumulado por alumno entre los 6 y los 15 años y la puntuación obtenida en PISA 2012: verán que la recta de regresión es casi plana, lo que indica que ambas variables no guardan correspondencia alguna. Como dato ilustrativo: España gasta en educación un 20% más que Corea del Sur, un 42% más que Polonia y un 48% más que Estonia, pero sólo obtiene una puntuación de 484 (posición 33) frente a los 518 de Polonia (posición 14), a los 521 de Estonia (posición 11) y a los 554 de Corea (posición 5).

La razón fundamental de por qué más gasto no proporciona mejores resultados es que, pese a que el imaginario colectivo tiende a pensar que el educativo es un sector muy capital intensivo donde hay que emplear carísimas y punterísimas tecnologías, alrededor del 70% de los desembolsos en educación se corresponden con los salarios de los profesores. Y a menos que haya un buen sistema de selección del profesorado y se dote a éste (o al centro, como luego veremos) de autonomía suficiente para desplegar su valía, aumentar el monto de la nómina o la cantidad de pagas extras no repercute en mejor enseñanza al alumno. E incluso cuando los profesores sí cuentan con suficiente autonomía, es obvio que a partir de cierto nivel salarial, más sueldo no es mejor educación (si corrigiéramos los datos de gasto educativo por la renta per capita de cada país, la correlación seguiría siendo nula).

El mito de Finlandia

Una muestra adicional de que un mayor gasto no solventa otros problemas más de fondo es que la tan modélica Finlandia apenas gastar por alumno un 5% más que España. Si tan excelente es el sistema educativo finés, ¿no deberíamos pensar que quizá las razones de su éxito sean otras distintas al gasto?

Con todo, los éxitos del modelo educativo finés –indudables en comparación con los fracasos del resto de países– han terminado deviniendo un mito para justificar que, como el problema no es que gastemos mucho sino que gastamos mal, lo que toca es gastar mejor, no gastar menos. Sucede, empero, que ambas hipótesis no son incompatibles: el sistema educativo español gasta mucho y gasta mal, de modo que necesitamos gastar mejor y gastar menos.

Pero, como digo, el sistema público finés se ha mitificado inadecuadamente por los lobbies educativos y mediáticos españoles. Al cabo, Finlandia obtiene una puntuación de 519 en PISA, frente a los 484 de España. 35 puntos de diferencia: sorprendente, sí. Pero, ¿qué tal si comparamos la escuela pública finesa con los centros privados y concertados de España? Pues que ahí las diferencias ya se estrechan notablemente: los centros privados y concertados puntúan 510,1 frente a los 517,9 de la pública finesa: 7,8 puntos de diferencia, menos de una cuarta parte.

Desde luego, la réplica inmediata a esta comparativa es que las muestras de alumnos no son homogéneas: los estudiantes de centros privados suelen proceder de un ambiente económico, social y cultural superior al de los centros públicos, de modo que es normal que puntúen más alto. Pero, ¿acaso el finés medio no posee un nivel económico, social y cultural superior al español medio? ¿Es necesario recordar que la renta per cápita de Finlandia es un 62% más elevada que la española? Dado que el 32% de los estudiantes españoles están escolarizados en un centro privado o concertado, ¿podemos asumir que el nivel económico, social y cultural del finés medio es inferior al nivel medio de ese 32% de españoles que llevan a sus hijos a un centro privado o concertado?

Basta con acudir a los resultados que ofrece PISA corregidos internacionalmente por la situación económico-social-cultural: en tal caso, la escuela pública finesa logra 508 puntos frente a los 498,5 de la privada y concertada española. No está mal, pero desde luego ninguna gesta diferencial como para que estemos todo el día flagelándonos pensando en las maravillas del modelo finés.

Recomponiendo el puzle: no existe educación realmente privada

Por lo visto hasta el momento, la clave del éxito de la educación no está en el gasto, pero tampoco parece residir en la titularidad de los centros, como evidencia que los centros públicos de Finlandia son algo mejores que los centros privados españoles. El caso encaja con el conjunto de la evidencia expuesta por PISA 2012: aunque en el global de países analizados los centros de titularidad privada (corregidos los antecedentes económicos del alumno) puntúen mejor que los públicos, no se trata de una correlación demasiado fuerte. ¿Dónde está, pues, la clave del éxito?

El informe nos da ciertas pautas. Primero, en la OCDE, sólo un 10% de la variabilidad de los resultados en PISA se explican por diferencias entre sistemas educativos: el 36% se debe a diferencias entre centros y el 54% a diferencias entre alumnos. Por consiguiente, los distintos “modelos” educativos son relativamente menos importantes que las características del alumno y que la organización de cada escuela. Segundo, PISA constata que un mayor grado de autonomía de cada escuela a la hora de diseñar el currículum y de organizar el centro contribuye positivamente a los resultados. Tercero, y acaso de manera paradójica con el anterior, la competencia entre centros no juega absolutamente ningún papel en mejorar los resultados.

¿Cómo es posible que la diversidad curricular sea buena y la competencia entre centros, que estimula esa diversidad curricular, no lo sea? Básicamente porque la competencia educativa que realmente marca la diferencia no es la de que dos centros cortados por el mismo patrón se peleen por captar un número limitado de alumnos: la competencia relevante es la que permite la autoorganización y autorregulación de cada centro, esto es, su autonomía para proponer planes de estudio y modalidades de enseñanza radicalmente distintas a las de otros centros, compitiendo con ellos en ese campo. Por desgracia, ese grado de autonomía no lo encontramos en ningún país del mundo, de ahí que la competencia no cuente para nada. En cambio, la escasa autonomía con que algunos Estados dotan a los centros sí sirven para mejorar marginalmente el rendimiento de los alumnos porque, en efecto, lo que cuenta es diferenciarse experimentalmente.

Conclusión

Aunque en España existen buenas razones para preferir una titularidad privada de los centros educativos antes que una titularidad estatal –básicamente, los resultados de los privados son mejores y su coste, según INE y Eurostat, es la mitad que el estatal–, ésa es una cuestión realmente secundaria. Cuando se trata de elegir entre centros estatales y centros privados encorsetados por la planificación estatal de la educación, lo único que estamos eligiendo es, primero, el nivel salarial de los profesores (en la privada cobran menos que en la pública) y, segundo, quién vaya a ser el gestor encargado de administrar el centro de enseñanza (un funcionario o un capitalista rentista encargado de reproducir las directrices que le marca el legislador). Nada más.

La diferencia es, pues, escasa y no debería extrañarnos que en algunos países los centros públicos puntúen mejor que los privados (ahora se ha puesto de moda hablar del fracaso del modelo de cheques suecos, cuando el 85% de alumnos sigue yendo a la pública y cuando los centros suecos tienen, según PISA, una escasísima autonomía). La cuestión de fondo, empero, es por qué el Estado tiene que imponernos un modelo educativo a todos los estudiantes; por qué cada escuela privada no puede experimentar descentralizadamente con el suyo y dedicarse no a gestionar las directrices educativas de los políticos, sino a innovar y revolucionar el modelo de educación decimonónico que todavía padecemos. He ahí la competencia realmente útil: aquella dirigida a ofrecer el mejor servicio al menor coste al estudiante, no la competencia en la que todos hacen exactamente lo mismo.

Por eso hoy no existe mercado educativo libre ni siquiera allí donde el centro es de titularidad privada: porque es la legislación estatal la que en última instancia determina cuál es el producto educativo ofrecido y cuáles son las condiciones en las que se ofrece. Ésa es la verdadera privatización que necesitamos, no un mero traspaso de la gestión a empresarios maniatados.

¿Destruyen riqueza los regalos de Navidad?

Según el economista Joel Waldfogel, de la Universidad de Minnesota, cada Navidad se provoca en todo Occidente una “orgía de destrucción de riqueza”. El motivo, dice, es la tradición de hacerse regalos. Expuso por primera vez por qué sucede tal cosa en el artículo The Deadweight Loss of Christmas, publicado en 2003. En 2009 amplió sobre el asunto en un libro titulado Scroogenomics: Why You Shouldn’t Buy Presents for the Holidays. ¿Cuál es el motivo por el que, desde su punto de vista, no deberíamos hacernos regalos por Navidad?

El argumento central de Waldfogel es el siguiente. Cuando nos compramos algo para nosotros mismos lo hacemos porque valoramos más ese producto que el dinero que damos a cambio. Si decidimos comprarnos, por ejemplo, un Kindle, es porque damos más valor a dicho lector electrónico que a lo que podríamos hacer con los 80 euros que nos cuesta. Si el valor que le damos fuera inferior al precio, el intercambio no tendría lugar. Con los regalos, sin embargo, esto no sucede. Pongamos que un ser querido, con toda su buena intención, nos regala una colonia que cuesta 80 euros. Puede que ese producto nos venga bien, que le demos algún valor. Pero ¿habríamos estado dispuestos a pagar ese precio por la colonia? Es probable que no. Lo típico es que los productos que recibimos como regalo tengan para nosotros un menor valor que el precio que se ha pagado por ellos. Esta diferencia negativa es lo que Waldfogel presenta como irreparable destrucción de riqueza.

Waldfogel, de hecho, se dedicó a recopilar datos y a realizar entrevistas para tratar de medir dicha pérdida de riqueza. Concluyó que en promedio la gente valoraba los productos que le regalaban en torno a un 20% menos que el dinero gastado en ellos. Es decir, que si en Estados Unidos se gastan en torno a 65.000 millones de dólares cada temporada navideña, esto se traduce en una destrucción de valor de unos 13.000 millones. ¿Cómo se puede evitar esto, según el autor? Regale dinero. O, en todo caso, una tarjeta regalo. Aunque como el autor de Scroogenomics realmente se quedaría tranquilo es si la tradición de hacernos regalos por Navidad quedara abolida.

A estas alturas es probable que el lector ya se imagine a Waldfogel como un ser frío y amargado, algo así como la encarnación del propio Ebenezer Scrooge, el antinavideño protagonista del Cuento de Navidad de Dickens. Algo nos rechina y va en contra de nuestras intuiciones. Es evidente que algo no cuadra en esta teoría. Al fin y al cabo si esta masiva tradición es tan ineficiente y dañina, ¿cómo es posible que cada año vuelva a repetirse? ¿Tan tontos somos?

Es típico entre los economistas mainstream que cuando la realidad lleva la contraria a sus teorías consideren que la que falla no es la teoría, sino la realidad. El problema de Waldfogel es creer que lo único que cuenta es el valor material de los regalos. Pero si pensamos un poco en nuestra propia experiencia al abrir el regalo que nos hace un ser querido, caemos en la cuenta de que el producto físico que recibimos es, en el fondo, lo de menos. Está claro que es mejor que el regalo sea algo práctico, algo que nos guste. Pero la magia de los regalos está en la propia experiencia, en la sorpresa, en la originalidad, en la ilusión que nos hace. No sólo valoramos el bien en sí, sino también el esfuerzo que ha hecho el otro, el tiempo que ha empleado en pensarlo y en prepararlo. Es por ese motivo por el que la gente se hace regalos. Porque valoramos, en definitiva, no sólo el hecho de que el regalo nos sea más o menos útil, sino toda nuestra experiencia desde un punto de vista subjetivo. En general el conjunto sí que nos compensa.

El filósofo Michael Sandel, de la Universidad de Harvard, publicó What Money Can´t Buy, un polémico libro en el que lamenta que estemos pasando “de tener una economía de mercado a convertirnos en una sociedad de mercado”. El libro está repleto de argumentos discutibles, sobre todo desde una perspectiva liberal, pero entre sus aciertos se encuentra la crítica a la teoría antinavideña de Waldfogel. Sandel señala que regalar dinero a un amigo, novia o esposa en vez de hacerle un regalo cuidadosamente escogido es manifestar una desconsiderada indiferencia. Es como salir del paso sin prestar la atención debida. Por supuesto, hay gente que no experimenta lo mismo con esta tradición y que valora menos la ilusión navideña. También es normal que haya circunstancias en las que aun así se prefiere dinero, o regalos fáciles de monetizar, como suele pasar con los regalos de boda. Pero no es lo habitual. Queremos que se impliquen y que nos sorprendan. Los millones de personas que en estas fechas salen a la calle y combaten el frío en busca de un buen regalo para sus seres queridos no son irracionales. Es cierto que hay cosas que el dinero no puede comprar.

Por una mecanización salvaje del trabajo

Nuestra sociedad se mueve entre dos extremos esquizofrénicos. Por un lado, muchos ciudadanos tienden a abrazar la visión tecnopesimista de que estamos en medio de un gran estancamiento económico; visión magníficamente ilustrada por esa lapidaria frase –“me prometistéis colonias en Marte y a cambio me habéis dado Facebook”– de Buzz Aldrin que copó la portada de la revista MIT Technology Review hace un año. Por otro, nos topamos con los tecnocatastrofistas neoluditas, quienes aseguran que el progreso tecnológico será tan veloz que permitirá una completa mecanización de los procesos productivos y, en consecuencia, cientos de millones de trabajadores se quedarán irremisiblemente sin empleo. Lo más gracioso del asunto, eso sí, es que muchas personas sostienen ambas visiones a la vez.

Inconsistencias al margen, una de estas dos corrientes ha ganado especial visibilidad mediática en los últimos días: un reciente paper de dos profesores de la Universidad de Oxford, Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, ha pronosticado que el 47% del empleo actual de EEUU corre un elevado riesgo de desaparecer en las próximas dos décadas como consecuencia de la mecanización que permitirá el progreso técnico previsible a día de hoy. El dato ha sido aireado por todos los tecnocatastrofistas, quienes rápidamente han pronosticado un desolador futuro con masas pauperizadas.

Como los antiguos luditas, los nuevos se afanan por promover el oscurantismo científico con el pretexto de que puede condenarnos a un generalizado desempleo tecnológico. Pero, afortunadamente para la humanidad, si los avances previstos por Frey y Osborne se terminaran materializando, el mundo no avanzaría hacia ningún apocalipsis económico, sino hacia el que sin duda alguna sería el período más próspero de toda su historia.

La tesis de Frey y Osborne

La tesis de Frey y Osborne es relativamente sencilla: durante las próximas décadas, el progreso técnico que hoy resulta relativamente previsible conseguirá reemplazar funciones que actualmente están siendo desarrolladas por el 47% de los trabajadores estadounidenses. Por tanto, si la maquinaria sustituye a los trabajadores en estas funciones, éstos perderán su empleo.

Los autores dividen a las profesiones en dos grandes categorías: aquellas con un alto riesgo de desaparecer debido a su mecanización y aquellas otras que, de momento, parece complicado que desaparezcan por cuanto no pueden ser mecanizadas. En concreto, los puestos de trabajo con alto riesgo de desaparecer son las relacionadas con el transporte, producción, instalación y mantenimiento, agricultura, venta al público o funciones rutinarias en la oficina. En cambio, existen toda una serie de ocupaciones que es difícil que desaparezcan durante los próximos 20 años –sanidad, educación, ingenierías, cuidado de mayores o dirección de empresas– porque no es previsible su mecanización debido a que la tecnología incorporada en la maquinaria sigue adoleciendo de grandes limitaciones a la hora de imitar a los humanos en su destreza manual, en su flexibilidad para trabajar en posiciones raras, en su originalidad, en su sentido estético, en su capacidad de negociación y persuasión, en los cuidados personales o en su capacidad de empatizar.

Éste es el futuro que pronostican Frey y Osborne. No es que su análisis no contenga importantes limitaciones y simplificaciones, pero al menos no resulta inverosímil. ¿Deberíamos asustarnos? En absoluto. Lo que los autores están anticipando es un futuro en el que los niveles actuales de producción podrán mantenerse aún bajo el supuesto de que el 47% de los trabajadores se quedara en casa. Pero si ese 47% de los trabajadores no sólo no se queda en casa, sino que empieza a dedicarse a otras cosas, entonces los niveles de producción futuros serán estratosféricamente mayores a los presentes. Mas, ¿a qué otras cosas podrían dedicarse ese 47% que hoy está concentrado en ocupaciones mecanizables y de poco valor añadido? Pues a otras actividades más difícilmente mecanizables y de alto valor añadido: sanidad, educación, ingenierías, cuidado de mayores o dirección de empresas.

Lejos de extinguirse las oportunidades para montar una empresa o para encontrar un empleo, la mecanización anticipada por Frey y Osborne las multiplicaría en todos esos sectores no mecanizables, pues el brutal aumento de la renta disponible que experimentaríamos como consecuencia del radical abaratamiento de las actividades sí mecanizables nos permitiría aumentar el gasto (tanto el consumo como la inversión) en esos otros sectores.

Imaginen un mundo donde millones y millones de trabajadores no tuviesen que dedicarse a ocupaciones en general tan poco satisfactorias para el propio operario como el transporte, la construcción o las tareas rutinarias de oficina; un mundo donde esos millones de trabajadores pudiesen especializarse en analizar las necesidades de los consumidores, en investigar y desarrollar nuevos productos y procesos, en cuidar a nuestros mayores, en educar de un modo más personalizado a nuestros menores, o en supervisar la sanidad de mayores, medianos y menores. Sin duda, se antoja un paraíso con respecto a la actual; un paraíso que si no es viable en la actualidad es porque nos vemos forzados a “dilapidar” trabajadores en tareas imprescindibles para nuestro bienestar (construcción, mantenimiento, transporte…) que a día de otro no podemos realizar de otro modo salvo concentrando en ellas a una gran cantidad de empleados

Lo mismo sucede en una sociedad agraria de autosubsistencia: como todo el mundo tiene que dedicarse a cultivar el campo para sobrevivir, nadie puede centrarse en educar a los niños o en investigar tratamientos sanitarios contra las enfermedades que pueda sufrir la sociedad. Sólo cuando la aparición de tractores permite producir la misma cantidad de alimentos ocupando una menor cantidad de trabajadores, una parte de la sociedad puede dedicarse a tareas distintas a las de producir alimentos (tareas que intercambia por alimentos). La implementación del avance tecnológico que anticipan Frey y Osborne son los tractores de la sociedad moderna: las maquinarias que permitirán economizar y liberar trabajadores de aquellas ocupaciones donde la calidad del producto se ve muy poco influida por el hecho de que sean ejercidas por un ser humano. Si la naturaleza humana marca la diferencia en ciertas disciplinas, deben ser ésas las disciplinas en las que focalicemos nuestros esfuerzos: en tanto una máquina pueda hacerlo automáticamente tan bien como nosotros, no tiene sentido que perdamos el tiempo con ello.

Un contrapeso al invierno demográfico

Es más, los pronósticos de Frey y Osborne podrían contribuir a contrarrestar el invierno demográfico por el que transitarán muchas sociedades occidentales durante las próximas décadas. España, por ejemplo, no sólo perderá casi el 30% de su fuerza laboral en las venideras cuatro décadas, sino que además parte de la fuerza laboral que reste deberá dedicarse a cuidar de una población anciana duplicada. A menos que experimentemos un fortísimo crecimiento económico, el futuro de nuestro país se anticipa lúgubre especialmente para los ancianos: y si el crecimiento no puede provenir de una mayor cantidad de personas fabricando bienes y servicios, sólo podrá hacerlo de que cada persona produzca por sí sola muchos más bienes y servicios que ahora. Es decir, nuestro crecimiento futuro sólo podrá venir por el lado de una mayor productividad del trabajo y esa mayor productividad requerirá necesariamente de una amplia mecanización de muchas ocupaciones.

Desde luego, la transición hacia una economía mucho más mecanizada que la actual será dura y complicada, sobre todo para aquellos sectores que la sufran: habrá que reconvertirlos y reeducar a parte de sus desempleados, si bien la riqueza generada por el propio avance de la mecanización proporcionará el capital adicional para financiar ese proceso. Proceso duro, pero necesario. Como también lo fue la aparición del automóvil para el negocio de diligencias o la generalización del PC para la industria de máquinas de escribir. La alternativa oscurantista de frenar el progreso y de no incorporar las nuevas tecnologías a nuestros procesos productivos sería infinitamente peor: estancamiento y estándares de vida progresivamente peores, especialmente para la población adulta. El paper de Frey y Osborne no debería llevarnos a mirar el futuro con temor y desconfianza, sino con esperanza e ilusión: con la confianza de que los años más brillantes y prósperos para la humanidad todavía están por llegar gracias a, y no a pesar de, nuestra capacidad típicamente humana de usar la razón para desplazar las fronteras de nuestro conocimiento y para transformar ese conocimiento en nueva riqueza dentro de un contexto de libertad económica.

“Foreign aid”. ¿El final de un debate?

¿Tecnocracia vs. humanismo?

Uno de los debates académicos más importantes en la actualidad es el que se viene desarrollando en el contexto de la economía del desarrollo respecto de las distintas estrategias para luchar contra la pobreza. El debate no sólo reviste gran importancia por las posibles implicancias que las distintas respuestas pueden tener sobre la vida de millones de seres humanos en continentes como África sino porque, en última instancia, se ponen en juego importantes problemas epistemológicos de base antropológica, de teoría de la acción y del conocimiento.

Los dos principales referentes de este debate son Jeffrey D. Sachs (Earth Institute, Columbia U.) y William Easterly (NYU). En rigor, el debate sobre la efectividad de la ayuda exterior existe desde hace varias décadas pero debemos a estos dos economistas principalmente el que ahora haya adquirido mayor conocimiento por parte de la opinión pública. El debate obtuvo visibilidad debido a una serie de artículos publicados en el The New York Review of Books. Desde allí, se ha extendido a distintos medios de prensa, foros y revistas científicas (Una síntesis aquí). Otros importantes scholars también han tomado cartas en el asunto (P. Collier, Niall Ferguson, Dambisa Moyo, George Ayittey, Abhijit Banerjee, Esther Duflo, Robert Neuwirth, Aaron Acemoglu, y James Robinson, por mencionar algunas de las figuras más relevantes en la actualidad).

Sachs publicó en 2005, The End of Poverty: Economic Possibilities for Our Time. Su fórmula para acabar con la pobreza era particularmente simple y atractiva, lo cual la hacía idónea para recabar apoyos entre las distintas personalidades y organizaciones internacionales comprometidas en la lucha contra la pobreza. La tesis de Sachs se apoyaba en la convicción de que los problemas vinculados con la pobreza estaban relacionados con asimetrías en el acceso a la tecnología. Lo que se necesitaba para erradicar la pobreza era mejorar las condiciones de acceso a la tecnología en los países pobres. Por lo tanto, la erradicación de la pobreza se reducía a la cuestión de recaudar la cantidad de fondos necesarios para adquirir el "paquete de soluciones tecnológicas" que permitiría resolver los problemas de los pobres. Esta perspectiva se acopló extraordinariamente con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (MDG, por sus siglas en inglés), que integra ocho objetivos de desarrollo humano fijados en el año 2000 por los 189 países miembros de las Naciones Unidas, que acordaron alcanzar en el año 2015. En síntesis, el trabajo de Sachs parecía sintetizar lo mejor de nuestro deseo por erradicar la pobreza junto con una estrategia idónea para lograrlo. Sachs intentaría demostrar el éxito de su estrategia en un campo de pruebas real pero a escala. Las poco menos de veinte "Villas del Milenio" establecidas en África corroborarían su propuesta, que luego podría ser implementada en toda África.

El 4 de julio de 2001, un ignoto economista del Banco Mundial, que trabajaba como asesor del grupo de investigación de la entidad era despedido por criticar públicamente la política de ayuda al desarrollo que se estaba siguiendo. En un durísimo artículo de algo menos de 1000 palabras, publicado en el Financial Times, señalaba que los aproximadamente mil millones de dólares gastados en la ayuda al desarrollo desde inicios de la década del sesenta habían "fracasado en alcanzar los resultados deseados". El artículo se despachaba identificando la responsabilidad compartida en este fracaso de los distintos actores, locales y externos, envueltos en los procesos de ayuda al desarrollo.Easterly, actualmente director del Development Research Institute de la Universidad de New York, publicó en el año 2006 The White’s Man Burden: Why the West’s effort to aid the rest have done so much ill and so little good. El título ya anunciaba lo "incómodo" que resultaba su tesis para el establishment. La tesis de Easterly puede resultar conocida para quienes conocen el pensamiento de Mises, Hayek y/o Buchanan: la aplicación de una estrategia top-down,que caracteriza la lógica de las ayudas al desarrollo a gran escala, simplemente no puede alcanzar el objetivo que pretende básicamente por dos motivos. Primero, porque la implementación de estas medidas no es susceptible de lograr una respuesta adecuada por parte de los pobres a los que pretende ayudar (lack of accountability) y, segundo, la lógica de las ayudas genera un elenco de incentivos perversos, en especial entre los burócratas encargados de gestionar estas ayudas, que se disocia completamente de los objetivos que la ayuda pretendía alcanzar inicialmente. El libro de Easterly se estructura en torno a tres argumentos muy sólidos que desarticulan la estrategia que defiende Sachs. Aunque el trabajo de Easterly es sólido no logró escapar al handicap que supone adoptar una posición deconstrucitva (pars destruens) en un debate (no en vano se ha ganado el título de "escéptico" en materia de ayudas); cosa comprensible ya que como destaca Popper resulta lógicamente más fácil establecer argumentos refutadores de una tesis, que argumentos que la defiendan. A pesar de todo esto, en muchos casos, la desarticulación de un marco de ideas que se apoya sobre una base conceptual errónea o falsa es el requisito inicial indispensable para poder abordar el problema desde una nueva y más adecuada perspectiva.

El debate en torno de las ayudas lleva extendiéndose durante años –si bien últimamente ha incorporado nuevos nombres y conceptos–, amenazando con llegar a un cierre en falso. En este sentido, Easterly ha dicho recientemente que teme que años de debate queden neutralizado bajo una idea talismán como es actualmente la de "sostenibilidad". Sin embargo, recientemente se ha publicado una demoledora biografía sobre Jeffrey Sachs escrita por Nina Munk titulada The Idealist: Jeffrey Sachs and the Quest to End Poverty (septiembre, 2013). En cierta mediad, este trabajo bien puede ser interpretado como una especie de punto y final a este largo debate. En la siguiente parte analizaré brevemente las principales ideas que se contienen en esta obra y la reacción que está generando entre las partes implicadas en el debate.

mario.silar@deusto.es

Ojo con China: el Plan E con esteroides

The most scary thing is that even the central government doesn’t really know how large the size of the local government debt is. – Hu Yifan

Comentábamos la semana pasada en mi entrada Llueve dinero en España ¿o no? que la acumulación de deuda genera mayor fragilidad en el sistema económico. Los índices globales mantienen su fase expansiva, pero se empieza a percibir un cierto nivel de desaceleración. Fitch reducía sus estimaciones de crecimiento global tanto para 2013 –a 2,3%- como para 2014 –de 3,1% a 2,9%-, y las empresas más cíclicas que han publicado resultados siguen cautelosas con sus previsiones para 2014. Debemos tener en cuenta que algunas economías se mueven peligrosamente hacia el estancamiento. Brasil, presa de la política populista de Rousseff, con una inflación disparada, va camino de no crecer en 2015 y los problemas de India, con un creciente déficit por cuenta corriente y altísima inflación en el precio de los alimentos, ya los hemos mencionado en esta columna.

Pues bien, entre la euforia inversora, la trampa de liquidez creada por los estímulos monetarios eternos y los desajustes en países emergentes, nos habíamos olvidado de China. Merece la pena analizar algunos datos.

China sigue creciendo de manera planificada y ópticamente espectacular (9,1% anualizado en el tercer trimestre comparado con el mismo periodo de 2012). La máquina de la que depende el crecimiento global va ‘bien’ siempre que el Gobierno la mantenga bien engrasada. Es el triunfo de la economía masivamente endeudada y planificada. ¿Triunfo? Ahora veremos que no. El propio primer ministro, Li Keqiang, según Reuters, se refería al PIB chino como "artificial y solo relevante como referencia" (“man-made and for reference only”).

Un modelo a copiar… que ya copiamos en España, con resultados desastrosos, en la década de "la deuda no importa". No solo lo copiamos, sino que lo sobrepasamos… En deuda, en infraestructuras inútiles, en ciudades fantasma y en sobrecapacidad… que hoy pagamos. 

El Shibor (el índice interbancario chino) se disparaba de nuevo esta semana, igual que lo hizo en junio. Los tipos de interés de una economía excesivamente apalancada volvían a subir, a pesar de las intervenciones pasadas del Banco Popular de China, poniendo en riesgo a un sistema económico donde no se conoce adecuadamente el riesgo de préstamos de difícil cobro ni la deuda real de las provincias.

– Efectivamente, la deuda de las provincias chinas, obligadas a acatar las órdenes de crecimiento impuestas por el gobierno central, no se conoce realmente. ¿Les suena a nuestro pasado reciente? Los análisis varían entre 2,5 billones de dólares y 5 billones, entre un 30% y un 60% del PIB –en Estados Unidos, por ejemplo, no llega al 18%-. Esta falta de transparencia e información también pone de manifiesto el poco control que tiene el Gobierno central sobre la deuda de las regiones. Tal vez por eso se ha aprobado la creación de bancos malos regionales, para intentar reducir el riesgo sistémico.

– La burbuja de crédito privado ya supera, según Credit Suisse, el 178% del PIB, un 26% por encima del máximo aceptable. La deuda total alcanza el 200% del PIB. ¿Se acuerdan de España en 2007? Teníamos cifras muy superiores. Y el nivel de gasto –inversión- es un 12% superior al de Japón en el cénit de su locura de estímulos. Las inversiones sobre PIB superan el 48%, casi un 10% superior a los países que se industrializaron más rápidamente en el siglo XX. Por supuesto, mucha gente justifica este nivel de inversión por la necesidad de modernizar el país. Sin embargo, en infraestructuras, China está tan sobrecapacitada como España, y con la misma densidad en autopistas, por ejemplo, que Reino Unido o EEUU.

– Todo este crédito no sería un problema si las empresas chinas se estuvieran “forrando” y los márgenes empresariales fueran espectaculares. Sin embargo, el 48% del Hang Seng (índice de las mayores empresas chinas) genera rentabilidades por debajo de su coste de capital y casi el 30% no cubre sus costes financieros con caja libre –es decir, se endeuda para pagar intereses-. ¿Les suena a nuestras "no importa porque la deuda es sin recurso" de 2007?. Los márgenes netos de las empresas chinas son los más bajos (2,5%) de todos los países emergentes (media 6%).

– Burbuja inmobiliaria muy similar a la española. La inversión inmobiliaria supone un 18,7% del PIB comparado con España en el cénit de nuestra burbuja (22%). Las ciudades fantasma que pueblan la geografía china también son conocidas, tanto como las nuestras. Y cuando el crecimiento ha empezado a ralentizarse, la construcción de vivienda nueva se ha disparado por arte de "ordeno y mando", superando en un 20% a las ventas.

– La agresividad en el proceso de endeudamiento. Hoy se necesita hasta cuatro veces más deuda que en 2010 en China para generar una unidad de PIB.

¿Y cuál es el problema? Los argumentos que sostienen los defensores –o justificadores- del modelo chino son: “Es usted un agorero, lleva siendo igual desde el año 2000”. “Mientras haya crédito y el Gobierno lo decida, China crecerá lo que tenga que crecer, y no hay problema”. “Mientras el riesgo se concentre en sus bancos, no hay contagio al resto del mundo”. “No hay burbuja, solo moderación del crecimiento”. “Mientras crezca por encima del 5%, el resto del mundo va bien”.

Sorpresa, es lo mismo que se oía en 2008 en España. Sólo que China tiene enormes ramificaciones al mercado de crédito global –el segundo mayor comprador de bonos norteamericanos- y al anémico proceso de recuperación industrial –Japón depende en gran parte de China para mejorar sus exportaciones-.

Pero, además, es que no es cierto que sea irrelevante. Estos datos, según Goldman SachsUBS o Credit Suisse en su magnífico informe China: Curb Your Enthusiasm, apuntan a una realidad incomoda. El Gobierno chino tiene ante sí dos alternativas: crecer por crecer y entrar en una crisis financiera de efectos impredecibles al subir los tipos de interés y empeorar la situación de sus bancos, o limpiar el riesgo sistémico de su banca, que, incuestionablemente, lleva a limitar la expansión de crédito, y con ello, parar su modelo de crecimiento endeudado.

A las afueras de nuestra oficina en Pekín se puede leer un cartel que dice Nosotros siempre decimos sí de una de las entidades financieras ‘no convencionales’.  La cifra de préstamos de difícil cobro en China ya supera los 88.000 millones de dólares. Una cifra que parece ‘contenida’ –ya que es “oficialmente” solo un 1% de los préstamos totales, comparado con un 12% en España- por la enorme cantidad de nuevos préstamos concedidos, y por la metodología, más que debatible, a la hora de considerar un préstamo de difícil cobro, y la enorme cantidad de préstamos ‘escondidos’. Pero todo el mundo, incluso el Gobierno central, reconoce que la magnitud del problema es preocupante.

Un empresario amigo mío, cuando le pregunté si se estaba planteando expandirse a China me dijo: “China es como la lotería, puede salir bien, pero la mayoría paga más de lo que recibe”. ¿Cuánto puede durar la burbuja china? Algunos años, o unos meses. Pero ya no es una cuestión de ‘alarmismo’ o de preocupaciones injustificadas. Bajos márgenes, mucha deuda y multiplicadores económicos que se desploman de manera alarmante siempre terminan en un susto. La magnitud del mismo depende de la decisión del Gobierno chino. Moderar la locura o una crisis financiera. Préstenle atención.

Poverty cure

El pasado 3 de octubre se presentó en Madrid el programa Poverty Cure, una colección de vídeos sobre las mejores experiencias para combatir la pobreza y crear riqueza, donde se exponen también algunos efectos negativos generados por medidas y subsidios de ayuda al desarrollo que, aun bien intencionados, acaban perpetuando la dependencia y la pobreza de los receptores de dichas ayudas.

El acto estaba patrocinado por el Centro Diego de Covarrubias, y tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino, que prestó generosamente su Sede. Fue presidido por Vicente Boceta Álvarez (Director del Centro Diego de Covarrubias), acompañado por Vicente Enciso de Yzaguirre (Gerente de la Universidad Católica de Ávila). Dirigió la exposición Mario Šilar (General Manager de EBEN –European Business Ethics Network–, profesor de Filosofía y RSE), introduciendo uno de los seis reportajes: "La vocación emprendedora", que se proyectó a continuación.

Voy a resumirles las palabras del profesor Šilar, quien explicaba los ejes principales sobre los que se apoya la misión y la visión de Poverty Cure:

  • Conectar buenas intenciones con un análisis racional y riguroso del problema.
  • Respeto y fomento de las iniciativas personales y comunitarias: procurando un conocimiento local y cercano de los problemas, detectando sistemas informales de cooperación y coordinación, o procurando el descubrimiento de oportunidades.
  • Emprendimiento vs. asistencialismo dependiente.
  • Cooperación vs. paternalismo.
  • Integración en redes sociales de intercambio vs. visión pasiva de los agentes menos favorecidos.
  • Instituciones de libre mercado y sana competencia vs. cultura del subsidio y la ayuda paralizante. 

Comenzó señalando una reciente y mediática adhesión: el cantante Bono, quien declaraba este mismo año que "commerce is real. That’s what you’re about here. It’s real. Aid is just a stopgap. Commerce, entrepreneur capitalism takes more people out of poverty than aid". Y siguiendo con las citas, recojo otra de Doug Bandow que Šilar recordaría al final de su charla: "La ayuda internacional supone tomar dinero de los pobres de los países ricos para dárselo a los ricos de los países pobres."

Es un discurso que conocemos bien en esta web: hay que dejarse de preguntar cuáles son las causas de la pobreza y animarnos a descubrir cuáles son las condiciones de la riqueza y prosperidad. Que pasan por la consolidación de mercados libres, instituciones sólidas, apoyo a la iniciativa privada, respeto a los fundamentos morales, etc. Por el contrario, sabemos las consecuencias no deseadas de la caridad convertida en simple ayuda: desaliento del espíritu emprendedor, corrupción, incentivos perversos o perpetuación de los sistemas injustos. 

Conviene también señalar que Poverty Cure emerge de una antropología cristiana (en perspectiva anglosajona, podrán ver que los protagonistas pertenecen a distintas confesiones dentro del cristianismo católico y reformado: llama la atención, por ejemplo, un pastor ucraniano explicando que "tu ayuda nos perjudica"; o un evangelista africano con el lema "business as a mission"). Pero les une un acercamiento común a la persona humana, desde esta perspectiva: "… creemos que el pobre es una persona igual que nosotros solo que sin dinero, pero no es así. El pobre es pobre en amigos, en afecto, en alimentos, en historia, en educación, en introspección, en retrospección, en experiencia adquirida, en fuerza, en ilusiones, en entusiasmo… y encima no tiene dinero, ¡es distinto!" (Abel Albino). Por ello, el programa se focaliza en el ser humano: personas que crean riqueza ("no soy el problema, soy la solución" expresa el cartel junto a la cara de una niña que nos mira fijamente); y con la siguiente pregunta: ¿son más bocas que alimentar o más inteligencia creativa?

Samuel Gregg escribió a este respecto la falacia del "juego de suma cero", que representa políticas económicas destructivas. No piensan en las personas como productores en potencia, sino consumidores. Y si no tienen recursos para consumir, entonces sobran; son las políticas de control de población (que, además, afecta principalmente a las niñas por nacer).

Yendo a las iniciativas concretas (son más de 200 en 143 países), en el vídeo se nos presenta por ejemplo Partners Worldwide, un proyecto de buscar socios emprendedores entre países ricos y pobres: se trata de alentar el espíritu empresarial y fortalecer los mecanismos de transformación de abajo hacia arriba (bottom-up). O el impactante comienzo, con una orquesta de instrumentos hechos a base de materiales reciclados de los vertederos de un suburbio en el Paraguay, que se va presentando con la Suite para cello de Bach: con este fondo musical nos explican que no hay que desechar cosas ni por supuesto desechar a las personas.

Pueden encontrar más información en www.povertycure.org, así como en la web del Instituto Acton Argentina, que comercializa los vídeos en versión original con subtítulos.