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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

¿Se debería acabar con la ayuda al desarrollo?

El sistema de cooperación internacional al desarrollo está en plena refundación. Así piensan diversos expertos en una publicación del Real Instituto Elcano. Identifican una crisis tanto de legitimidad como de identidad del sistema.

La llamada Ayuda Oficial al Desarrollo es criticada de forma creciente por una variedad de analistas. Desde la izquierda neomarxista (permítanme la licencia del "neo") más anticapitalista a las ya conocidas críticas desde los liberales, pasando por economistas académicos.

Los puntos de las críticas son obviamente distintos, pero todos ellos merecen consideración. Los unos enfatizan el papel de la ayuda como instrumento ideológico de Occidente y de grandes corporaciones; los otros, que es un arma del intervencionismo gubernamental; y los de más allá ponen su acento en la falta de evidencia empírica sobre la bondad de la ayuda en generar efectos positivos de desarrollo.

Por el otro lado están, lógicamente, los defensores de la ayuda externa. Jeffrey Sachs es su cabeza más visible, y quizás menos matizada y más utópica. Pero se estaría errando si se pensara que, criticando a Sachs, se critica a todos aquellos que piensan que los países desarrollados tienen un importante papel que jugar en ayudar a las sociedades y regiones más pobres.

¿Qué debería hacerse con el sistema internacional de cooperación al desarrollo? El debate está abierto y, en realidad, salvando extremos, algunas de las posturas no son tan contrapuestas como parece. El mismo Bill Easterly, visto generalmente como un enfant terrible del enfoque de la ayuda externa, reconoce que ésta cuenta en su haber con casos de éxito. Las dos siguientes citas provienen de su The White Man’s Burden: Why the West’s Efforts to Aid the Rest Have Done So Much Ill and So Little Good: "Algunas historias de éxito muestran que las agencias de ayuda pueden hacer progresos. Ha habido programas exitosos alimentando a los hambrientos, lo que significa que niños han podido conseguir comida en Voluntad de Dios, Ecuador. El éxito en expandir el acceso al agua limpia ayudó a los pobladores de una comunidad de Kwalala, Malawi".

Y, acto seguido, afirma que "Las agencias de ayuda podrían hacer mucho más sobre estos problemas si no estuvieran desviando sus energías hacia Planes utópicos y fueran hechos responsables por las tareas tales como proporcionar comida, carreteras, agua, servicios sanitarios, y medicinas para los pobres".

Según se desprende de Easterly, hay un importante margen para mejorar los resultados e impactos de la cooperación al desarrollo. Desde mi punto de vista, se requiere un enfoque mucho más modesto, con programas centrados en problemas concretos, en los que exista rendición de cuentas (accountability). Los protagonistas de estos programas deben dejar de ser planners, para ser searchers con incentivos claros y un conocimiento de las circunstancias locales relevante.

La ayuda externa no es en absoluto una pieza clave para que los países crezcan y se desarrollen de forma armoniosa y sostenida. Incluso puede ser contraproducente. Pero, al mismo tiempo, puede ser un elemento que ayude a suavizar problemas acuciantes puntuales.

Problemas paquidérmicos

…el ciudadano español se ve aplastado por grandísimos problemas de dimensiones, digamos, paquidérmicas.

Pero este artículo no va a ir del mastodóntico sector público español, ni del elefantiásico déficit… Va a ir de otros problemas y de otros paquidermos…
 
Efectivamente, hace poco ha saltado a los medios el escándalo del enésimo derroche del Ministerio de Asuntos Exteriores que se pulió 300.000 eurazos en “la mejora de la producción agrícola de las regiones de Cacheu, Bissora y Carantab, mediante resolución de conflictos con los hipopótamos, en Guinea-Bissau".
 
Sin duda un autentico despilfarro “trinitario”. Pero esto no ha sido lo más grave. En este caso, la pasta, 50 millones de las antiguas pesetas aunque parecen un pastizal para cualquier ciudadano medio, que no viva de la política, son una insignificancia dentro de los 63 millones de euros que se decidieron destinar en el último consejo de ministros de la era zapatera a oenegés dedicadas a causas tan necesarias como  subvencionar la Red Iberoamericana de Festivales de cine lésbico, gay, bisexual y transexual o a las Emisoras de radio con enfoque de género en Camboya.
 
Lo más grave fue el método por el cual, siguiendo paso a paso las estrategias y hojas de ruta ya probadas del PSOE, se solucionó “El Conflicto”, aunque a favor de Trini hay que decir que, en este caso, las iniciativas españolas no solo tuvieron como interlocutores a hipopótamos homosexuales o hipopótamas lesbianas…
 
Sin  duda, era un problema muy enquistado, pues desde hace casi medio siglo, desde mediados de los sesenta, los hipopótamos destrozaban las cosechas y atacaban a los lugareños. Algunos ejemplares, muy agresivos, guiados por un primitivo y exacerbado instinto territorial, y sin duda, encantados por sustituir su dieta de vegetación de la sabana por exquisiteces hortofrutícolas, incluso entraban en los poblados ribereños, campando por sus respetos con total impunidad.

Se intentaron varias soluciones. De 1996 a 2004 se puso en práctica una política de firmeza, ante la amenaza hipopotámica. Se cazaron y enviaron a zoos alejados del río a los ejemplares más violentos, dentro de una acertada política de dispersión, y se sometió a las manadas a un intensivo seguimiento por parte de los rangers que impidió que se organizasen para sus asaltos. Se pusieron cercas, se persiguió a los hipopótamos conflictivos incluso dentro de los santuarios o parques nacionales del otro lado de la frontera.

Con la captura de dichos ejemplares, que eran los líderes de la manada, y su sustitución en la jerarquía por otros individuos menos problemáticos, el conflicto parecía en vías de solución…los asaltos y los ataques disminuían.
 
Pero las cosas cambiaron. Con dinero español, la firmeza, basada en no ceder ante los hipopótamos violentos, fue sustituida por una política de dialogo, de concesiones… de paz.

Se dejó de perseguir a las manadas problemáticas, se dificultó la acción de los rangers, e incluso los de National Geographic grabaron un vídeo en el cual se ve a un viejo hipopótamo con antecedentes recibiendo un chivatazo y, gracias a él, escapando de una batida…

Los ejemplares agresivos retomaron el liderazgo de la manada. Y sí, manifestaron  de forma unilateral que iban a dejar la violencia a cambio de unas contrapartidas que incluían la vuelta a casa de los hipopótamos dispersos por los zoos, su alimentación a cargo del erario público y la cesión de territorios exclusivos en los cuales los hipopótamos fueran soberanos, territorios que, según el razonamiento paquidérmico,  siempre habían pertenecido a su especie, y en el cual los humanos no tendrían ningún derecho…

A las víctimas de los ataques, a los agricultores que habían perdido sus cosechas, se les dijo que había llegado el momento de la paz, que no había vencedores ni vencidos, que había que olvidar…Fue muy duro para muchos lugareños ver cómo los hipopótamos volvían a pasearse impunemente por las calles de sus poblados, cómo acosaban a cualquiera que se atreviese a acercarse a la orilla del río, cómo las cosechas que tanto había costado producir ahora acababan en el estómago de los paquidermos como precio político por la paz…Incuso hipopótamos asesinos se pavoneaban y exhibían sus colmillos en un gesto de desafío y burla delante de los familiares de sus víctimas…

Pero el “conflicto” estaba solucionado… mientras se accediese a su voluntad, los hipopótamos no volverían a atacar…

Y sí, es vergonzoso, pero se ha conseguido la Paz… Lo malo es que también las hienas han tomado nota de cómo se ha resuelto el conflicto.

Corea del Norte: cuando la seguridad no está al servicio de la libertad

Una de las características que mejor define al gobierno de Corea del Norte es su opacidad y hermetismo. Poco se sabe de lo que acontece en Pyongyang, más allá de las periódicas agresiones que efectúa sobre su vecino del Sur o de las hambrunas que sufre la mayoría de su población, consecuencia de practicar un comunismo a ultranza. El aperturismo no está ni se le espera en el modus operandi de sus autoridades, que prefieren culpar bien a las inclemencias meteorológicas, bien a Occidente, de su precaria situación económica.

La industria militar es y será la principal en el país. Lejos de fomentar con ella la seguridad de su población, la empleará para chantajear a la comunidad internacional y para armar a otros "Estados fallidos", nunca para proteger a sus ciudadanos, sin olvidar que los beneficios económicos irán destinados a las arcas de la casta dirigente.

Con motivo del fallecimiento y entierro de "querido líder", hemos presenciado cómo las manifestaciones de "dolor" del pueblo las ha instrumentalizado el gobierno. Imágenes similares se produjeron cuando otros históricos tiranos fallecieron. La propaganda oficial norcoreana ha aprovechado el sepelio para exaltar una simbiosis (más supuesta que real) entre Kim Jong Il y los suyos. Sin embargo, a decir verdad, este régimen liberticida no goza de simpatías similares de las que sí disfruta el régimen cubano. En efecto, al contrario de lo que sucede con la Isla, en el caso de Corea del Norte no se habla con tanta intensidad de Estados Unidos como el responsable de sus males. Sin embargo, a nivel de peligrosidad Corea del Norte supera con creces a Cuba. Su poderío militar, con un ejército integrado por más de un millón de efectivos, no es un fenómeno imaginario sino un hecho real y constatable, un arma con la que amenaza en primer término a las democracias consolidadas de la región (Corea del Sur, Australia y Japón).

De igual modo, tampoco es sorprendente que otra dictadura como la china sea su gran (y casi único) valedor. Pekín es su principal socio comercial y cuando de sancionar se trata, siempre se ha mostrado tan crítico como contrario. Esta suerte special relationship pone también de manifiesto que China no es un socio fiable, especialmente desde el punto de vista de la seguridad, para la comunidad internacional. No obstante, al contrario que en China, donde sí conocemos a los principales exponentes de la disidencia (Liu Xiaobo), en Corea del Norte aquélla es una gran desconocida.

Continuando con la muerte, entierro y aclamación de Kim Jong Il, no menos significativa ha sido la reacción de aquellos países que siguen la senda ideológica del Castrismo. Chávez u Ortega sintieron de manera nada fingida el fallecimiento, aunque la contundencia de sus pésames quedó lejos de las condolencias que mostraron semanas atrás hacia Gadaffi. Por el contrario, la reacción de Estados Unidos, conocida la noticia de la muerte, fue que seguirían comprometidos con la libertad y seguridad de Corea del Sur. Ambos ejércitos harán ejercicios militares conjuntos en las próximas fechas, repitiendo la experiencia de finales de 2010.

Con todo ello, el hermetismo de Corea del Norte es su principal baza para que las cosas sigan exactamente igual. Estamos ante una dictadura hereditaria y del sucesor poco se conoce. Eso sí, como sucediera con otros regímenes comunistas del siglo XX, la maquinaria propagandística ha procedido a inflar el currículum de Kim Jong Un, cuyo alias será a partir de ahora "respetado guía", no escatimándose adjetivos para definirlo, aunque comparándolo siempre con la figura paterna. Al respecto, sin ningún tipo de rubor o de complejo, se ha dicho de él que había heredado "la inteligencia, capacidad de mando y sentido moral de su progenitor". Finalmente, otro dato que sirve para ejemplificar el continuismo, es que la cúpula militar mantendrá una función tutora sobre el recién designado sucesor.

Ajedrez en Oriente Medio

Gran parte de las decisiones de política internacional de los gobiernos son las que menos benefician a los ciudadanos, que suelen terminar pagando sus excesos. A finales de diciembre, el gobierno iraní anunció su intención de bloquear el estrecho de Ormuz, salida natural del petróleo iraní, iraquí, kuwaití y buena parte del saudí que se dirige a las rutas comerciales del Índico y del Mar Rojo. Esta decisión no era gratuita, respondía a las de varios gobiernos occidentales de sancionar a los iraníes por su programa nuclear, ligado a las necesidades militares y expansivas del régimen de los ayatolás y no tanto a las energéticas, como finalmente ha reconocido la propia OIEA.

La primera consecuencia de la decisión iraní fue inmediata. Ante un potencial problema de abastecimiento, los precios del petróleo se dispararon, pero la imposibilidad técnica de que unas fuerzas armadas como las iraníes pudieran cerrar el estrecho moderó la fuerte subida inicial. Por lo general, este tipo de conflictos no responde a la lógica del comercio, sino a la de la política.

Los malos momentos políticos y económicos por los que pasa Estados Unidos, fruto de decisiones gubernamentales como poco discutibles, no han hecho que renuncie a su papel de policía mundial; papel que no debemos olvidar, también le hemos otorgado. Estados Unidos amenazó a Irán con impedir el cierre de Ormuz. Es cierto que un país como el iraní no puede llevarlo a cabo, pero sí que puede desde tierra o desde cualquier barco de pequeño calado usar misiles contra cualquier petrolero o mercante que navegue por el estrecho. Y esto tampoco es un tipo de acto que la V Flota de Estados Unidos pueda evitar. Por muy grande que sea el elefante, unas bacterias le pueden matar.

El problema del programa nuclear iraní no es sólo que pueda lanzar o detonar un artefacto en Israel o en otro país occidental, sino que turcos, saudíes, egipcios y cualquier otro país en la zona también quieran tener otro parecido. La proliferación nuclear y la creciente amenaza del terrorismo es un coctel demasiado peligroso para que países con tendencia a la desestabilización o con ciertos valores morales dudosos también tengan bombas nucleares. Bastante tenemos con los que ya las tienen.

Irán se siente tan fuerte que, pese a las amenazas de Estados Unidos, los ayatolás han anunciado una serie de maniobras que simulan el cierre del estrecho. Los iraníes se sienten fuertes porque tienen de su parte a los chinos, a los que venden buena parte de su producción desde que varios países occidentales se negaran a comerciar con el régimen, y a los rusos, de los que logra gran parte de sus armas.

China, por su parte, necesita satisfacer dos objetivos. El primero, las necesidades energéticas crecientes de su sociedad económicamente más próspera. El segundo objetivo es menos “beneficioso”. China tiene como enemigo a Estados Unidos, por lo que no duda de aliarse con los enemigos de su enemigo si con eso saca cierta ventaja política y extiende su esfera de influencia. No es extraño que China tenga una presencia cada vez más grande en África o en América Latina, sobre todo, en países con gran cantidad de recursos naturales.

Pero a China tampoco le interesa una crisis en Oriente Medio. Si el conflicto va a más, los precios elevados del petróleo no le benefician. Además, China tiene en sus fronteras minorías musulmanas que tienen conflictos étnicos y religiosos con mayorías no musulmanas (como ya ocurren en Rusia) y una cosa es que este conflicto religioso se desarrolle en Nueva York, Londres o París y otra que ocurra en el patio trasero de Pekín. Y menos si el régimen comunista quiere dar la sensación de fortaleza interna y externa.

En el escenario analizado no he me he referido en ningún momento a empresas o personas. El libre mercado no existe ni parece que vaya a existir en las siguientes décadas. El petróleo y otros recursos naturales son propiedad de los Estados, porque estos lo han querido así, y las empresas, públicas o privadas, los explotan por concesión de una manera más o menos regulada y siempre bajo la amenaza de confiscación o de rupturas de los contratos. ¿Qué interés puede tener el ciudadano medio iraní para que su gobierno tenga un programa nuclear con intenciones agresivas? ¿Qué gana con el cierre del estrecho de Ormuz? ¿Qué ha ganado el contribuyente americano con las guerras de Irak o Afganistán en los términos que se han desarrollado? ¿Son los iraquíes o los afganos más democráticos hoy que hace una década? ¿Ganaría algo con otro conflicto en Irán? ¿Hasta qué punto la economía mundial hubiera ido por mejores sendas si buena parte de ese dinero se hubiera dedicado a otros menesteres? ¿Qué ganan los chinos con oponerse a Estados Unidos e intentar sustituirle en algunas regiones? ¿Qué sentido tiene dejar cierta libertad en algunos aspectos sociales y económicos y negarlo en política?

Las decisiones de los gobiernos y sus consecuencias no responden a criterios de mejora de los ciudadanos, sino a la salvaguarda del Estado en sí, del gobierno que lo dirige y de la ideología que lo sustenta. Y para ello trabajamos.

El fantasma de Kim Jong-il recorre América Latina

Ya podemos tachar de nuestra particular lista de tiranos en activo a Kim Jong-il, y esperar a que la sucesión traiga vientos de cambio en Corea del Norte. El Amado Líder ha sido llorado por sus súbditos, en uno de esos actos públicos que rezuman espontaneidad y libertad, tan característicos del país.

En las circunstancias en las que operan los miembros y miembras del gran proyecto comunitario norcoreano, no es fácil saber dónde está la realidad y dónde la ficción; dónde las acciones inducidas por el miedo atroz y dónde las acciones libres, si es que éstas existen.

Seguramente los norcoreanos, mientras lamentaban –o fingían que lamentaban– la muerte de su planificador, no pensaban en el devastador impacto de éste sobre la economía (una palabra muy fría para referirse a las vidas materiales y el potencial creativo de los norcoreanos). No se percataron en ese momento de que en 1975 las dos Coreas disfrutaban de un nivel de renta per cápita idéntico, y ahora una acabado con las hambrunas y se puede permitir el lujo de encender la luz por la noche, mientras que la otra se complace de ser el país más autárquico del planeta, pero no puede presumir de los dos éxitos anteriores.

Pero ahora que se va Kim Jong-il, otros líderes –con más o menos tintes totalitarios que el norcoreano– siguen haciendo de las suyas. No es de extrañar que Hugo Chávez haya lamentado el fallecimiento de su camarada.

En parte de Latinoamérica un fantasma lleva tiempo recorriendo la región: el del socialismo del siglo XXI. Dicen luchar contra el pensamiento único y las políticas neoliberales de los años 90, que a su juicio agravaron la ya difícil situación del continente.

Pero no se dan cuenta de que, en realidad, lo que se hizo fue engordar todavía más a unas determinadas elites: mismo perro con distinto collar. No se introdujeron de forma real y efectiva las dos patas sobre las que se asienta toda economía liberal –que pueda llevar este nombre-: la propiedad privada y la libertad contractual, con todas las instituciones que ambas requieren.

En absoluto desmontaron los “cinco principios de la opresión” en América Latina, como los llama Álvaro Vargas Llosa: corporativismo, mercantilismo de Estado, privilegio, transferencia de riqueza y ley política.

A pesar de ello, luchan contra el enemigo neoliberal con la fuerza que tienen: la de la coacción del socialismo (del siglo XXI). Esa coacción que en Ecuador, por no hablar de la paradigmática Venezuela, utiliza todos los resortes del poder político para publicitar las bondades de su gestión y, al mismo tiempo, eliminar a los disidentes; que camina hacia el proyecto biosocialista de la desmercantilización de la economía mediante la inflación de leyes e intervencionismo y la deflación de la iniciativa privada.

Kim Jong-il muere, pero otros muchos líderes aspirantes a totalitarios siguen vivitos y fastidiando.

Fundamentos del crecimiento y relaciones causales en Economía

Algunos departamentos de la universidad española siguen líneas de investigación que intentan identificar los fundamentos del crecimiento [1] [2]. La Revista del IEE (Instituto de Estudios Económicos) ha publicado, recientemente, con el título "Marco institucional y la estructura de incentivos" (2011), una recopilación de estudios que recogen las principales aportaciones de la Nueva Economía Institucional (NEI).

Tanto la NEI como el Análisis Económico del Derecho (AED) fueron iniciados por Ronald Coase con su estudio "The problem of Social Cost" (1960), que es el artículo económico más citado en la historia de la disciplina porque establece los fundamentos económicos de los derechos de propiedad.

Propiedad privada

Los autores de la NEI defienden la propiedad privada como la institución principal que proporciona la mayor eficiencia económica y la mejor administración de los bienes, en las sociedades en donde existe un Estado de Derecho que protege la misma. Por ello, consideran también esencial la existencia de un marco institucional adecuado que genere una estructura de incentivos que proporcione la seguridad necesaria para reducir los costes de transacción en los intercambios entre los agentes económicos en el mercado. 

El papel del Estado

Es decir, en opinión de los autores del Neoinstitucionalismo y del AED, la principal función del Estado debe ser garantizar la seguridad y un marco jurídico que reduzca los costes de transacción para que la propiedad privada pueda impulsar el crecimiento socioeconómico.

Puede afirmarse que los derechos de propiedad y el Estado como garante de esos derechos de propiedad son puntos de coincidencia entre los autores de la NEI y del AED, como ramas que surgen de la Escuela de Chicago, con otras corrientes económicas y autores liberales que defienden ésas instituciones como, por ejemplo, el economista austriaco Friedrich A. Hayek –aunque, desde luego, también existen grandes diferencias en otras áreas económicas, que no son objeto de este artículo, como la epistemología, el ciclo económico o la política monetaria–.

Pues bien, ese sustrato común es la base económica de los fundamentos del crecimiento económico que ha permitido el mayor desarrollo económico de los países desarrollados y en vías de desarrollo frente a los países pobres.

Escuela de Salamanca

La tesis doctoral de la economista Margorice Grice-Hutchinson, The School of Salamanca (1952), que tuvo por director a Hayek, difundió y defendió en el ámbito académico internacional a los escolásticos españoles de la Escuela de Salamanca como los primeros autores que identificaron las relaciones causales responsables del crecimiento económico. Por ello, Joseph Schumpeter introdujo a los escolásticos tardíos españoles en su Historia del Análisis Económico (1954) como los autores que pueden considerarse más correctamente los "fundadores de la economía científica".

Si bien, permitan hacer un breve inciso para resaltar que la denominación Escuela de Salamanca fue iniciada el 5 de abril de 1943 por el excelente economista español José Larraz en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Políticas y Morales, con el título "El cuantitativismo monetario de Salamanca".

Relaciones causales en Economía

Hago referencia expresa a los escolásticos tardíos españoles porque sus obras en los siglos XVI y XVII lograron identificar bien las relaciones causales responsables del crecimiento económico. Y, precisamente por ello, defendieron de forma consistente la importancia institucional de la propiedad privada y de la seguridad y el marco institucional establecidos por el Estado por medio del Derecho de Gentes que inició Francisco de Vitoria (1483-1546). De hecho, hasta mediados del siglo XVIII no se observaron nuevos avances significativos en la identificación de las causas de carácter universal que son responsables del crecimiento económico.

Instituciones, ideología y desempeño económico

Sin embargo, la evolución sociocultural de los países es un proceso muy lento y, en general, las ciencias sociales no avanzan de un modo lineal, sino que avanzan y retroceden en función de la ideología imperante en cada época, como señaló de modo brillante el economista Douglas North. Y la migración de las ideas, tanto las acertadas como las erradas, se aprovecha del carácter subjetivo de la mente humana y del comportamiento sociocultural que, según Hayek, queda situado a medio camino entre lo racional y lo irracional.

De ahí que en el siglo XX se lograsen imponer ideologías "sociales" y colectivistas en muchas naciones que, posteriormente, padecieron la pobreza, el hambre, los encarcelamientos, las muertes y la destrucción, propias de los sistemas totalitarios e intervencionistas como el comunismo, el fascismo o el nacionalsocialismo.

Incluso, hoy en día, no es extraño (y penoso) escuchar cómo académicos e intelectuales defienden posicionamientos demagógicos y utópicos que no guardan relación causal alguna con el crecimiento económico. Y, por tanto, gran parte de la población cree las mentiras de los políticos intervencionistas cuando echan la culpa de las crisis económicas al capitalismo, la propiedad privada, el dinero, los banqueros, los especuladores o los mercados.

En definitiva, es factible que se produzcan nuevas involuciones institucionales porque muchas personas no logran captar y aprehender la importancia capital de la propiedad privada y el mercado pero, también, del Estado (mínimo o limitado) como garante que provee la seguridad y el marco jurídico necesarios para el comercio y que, institucionalmente, proporcionan la estructura de incentivos que permiten la empresarialidad y la creación de riqueza que genera un libre intercambio de bienes y servicios entre millones de personas.

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A por la cartilla de racionamiento

¿Sí, aquí y en 1984 sí puede. Facua Madrid, ONG "con un carácter marcadamente progresista, democrático, plural y participativo" (sic), rechaza de nuevo la liberalización casi total de los horarios comerciales que acaba de incluir el Ejecutivo de Esperanza Aguirre en el Anteproyecto de Ley de dinamización del comercio por fomentar un consumo "irracional e impulsivo".

Ay estos cretinos de los consumidores, si es que no se les puede dejar solos; abres un poquito la mano y se te descontrolan. Tan irracionales e impulsivos se vuelven, que la mejor manera que atina Facua para defender sus derechos es imponiéndoles caenas, esto es, arrebatarles el más elemental de esos derechos que es el de elegir.

No ya sólo para protegerles de sí mismos sino también porque en su vorágine despilfarradora los consumidores van dejando otros muertos por el camino: a saber, si no se les prohíbe comprar en ciertos horarios, asestarán un "severo golpe" a "buena parte del pequeño y mediano comercio, restándole capacidad competitiva". ¡Una asociación para defender a los consumidores mutada en lobby promotor de los crematísticos intereses de aquellos empresarios que peor satisfacen a los consumidores! Menos mal que Facua, según su declaración de principios, es "independiente de gobiernos, partidos políticos, confesiones religiosas e intereses empresariales"; mas algunos de esos intereses parece tenerlos muy en cuenta cuando le conviene.

Sucede que la irracionalidad, la impulsividad o los falsos perjuicios al pequeño comercio son meras excusas para cargar contra lo que Facua verdaderamente detesta, que no es ni el consumo excesivo, ni el consumo dominical, ni el consumo nocturno, ni el consumo suntuario, ni el consumo en grandes superficies, sino el consumo libre.

He ahí la clave del asunto, aun cuando quede feo –muy feo– decirlo: los consumidores (y los vendedores) deben ser reprimidos por el Estado para impedirles formalizar transacciones voluntarias y mutuamente beneficiosas. ¿Por qué? Pues porque lo digo yo. Un peligroso paso desde el legítimo paternalismo asesor hasta el bochornoso paternalismo opresor. Al cabo, una vez nos empezamos a cuestionar si consumidores y comerciantes son lo suficientemente mayorcitos como para llegar a acuerdos sobre cuándo comprar y vender, ¿acaso no se impone plantearse lo mismo con respecto a qué partido político votar? ¿O es que un ciudadano puede escoger sin problemas las siglas de aquellos que van a ejercer la coacción sobre 47 millones de españoles pero, al tiempo, puede no ser lo bastante maduro como para optar entre comprarse un par de zapatillas ora el viernes ora el domingo?

Ya puestos, ¿por qué no avanzar hacia la reintroducción de las cartillas de racionamiento, auténticos centinelas contra el consumo irresponsable, impulsivo e insostenible? Al menos así se caerían las máscaras y ya tendríamos claro que los chicos de Facua no aspiran a promover nuestro consumo responsable, sino a ser los responsables de nuestro consumo.

La cuestión de la convergencia en el crecimiento económico

Una de las cuestiones que ha atraído gran interés y discusión dentro de la economía del crecimiento económico es la convergencia en niveles de desarrollo entre países. ¿Existe una tendencia hacia la eliminación o reducción de las desigualdades de renta internacionales, es decir, tienden los países pobres a crecer más rápidamente que los ricos?

Al igual que con las desigualdades interpersonales de renta, se suele considerar como algo positivo siempre que un país pobre se acerque en renta a un país rico. Y en la mayoría de casos puede ser así, pero no tiene por qué serlo necesariamente. En la última década, por ejemplo, la riqueza per cápita en los países menos prósperos ha crecido a una tasa siete veces por encima que la de los países más prósperos, según el Informe de Riqueza Global 2011 de Allianz. ¿Es esto bueno? En parte sí, dado que revela el dinamismo de los países en vías de desarrollo. Pero en parte no, dado que se debe al débil desempeño de las economías desarrolladas, especialmente afectadas por la Gran Recesión. (El alegrarse de que a unos les vaya mal porque se ha reducido la desigualdad tiene un nombre: envidia, y es algo muy humano).

En el análisis de los modelos teóricos formales de crecimiento se dedican reflexiones respecto a sus predicciones sobre la convergencia. Así por ejemplo, en el modelo básico de Solow se habla de que entre los países hay una tendencia hacia la convergencia, debido a la existencia de rendimientos marginales decrecientes (RMD) del factor capital –adicionales incorporaciones de capital conducirán a aumentos en la producción cada vez menores-. En pocas palabras, el crecimiento se produce por la acumulación de capital, y ésta contribuirá a aumentar la producción tanto más cuanto menor sea el stock de capital (por los RMD). Por tanto, en países con menor stock de capital, que son los menos desarrollados, habrá grandes oportunidades de inversión, y la tasa de crecimiento económico será mayor que la de países con elevados stocks de capital –por lo que existe convergencia en el largo plazo-.

En los modelos de crecimiento endógeno, en cambio, una vez suavizado el supuesto de RMD e introducidas las externalidades a través del capital humano o la I+D, desaparece la predicción de convergencia, dado que no existe relación entre la tasa de crecimiento de la economía y el nivel alcanzado por el nivel de renta.

Desde el punto de vista empírico se ha tratado de analizar si los datos permiten constatar una relación clara entre niveles de renta y tasas de crecimiento: ¿han sido los países más pobres los que han crecido a tasas más rápidas, y viceversa? Los resultados, como suele ocurrir en los estudios econométricos, son variados, y dependen mucho de qué muestra de países y periodo temporal se escoja, entre otras cosas. No obstante, sí se han encontrado algunos resultados interesantes, como que no se observa convergencia si se toman todos los países del mundo, pero sí si se incluyen solo "clubes de países".

Asimismo, la observación señala que los países que crecen más rápidamente nunca son aquellos que disfrutan de rentas per cápita mayores, sino siempre un subconjunto de los países de bajos ingresos, como en la segunda mitad de siglo XX han podido ser Singapur, Corea del Sur, Botswana, China y más recientemente India o incluso países africanos.

¿Por qué sucede esto? Hayek en La competencia como proceso de descubrimiento ofrece una hipótesis persuasiva, afirmando que "las posibilidades de crecimiento tenderán a ser mayores cuanto más extensas sean las posibilidades aún no utilizadas de un país… una alta tasa de crecimiento es, con frecuencia, prueba de que las oportunidades han sido descuidadas en el pasado. En esta forma, una alta tasa de crecimiento puede testimoniar, a veces, las políticas erróneas del pasado antes que las buenas políticas del presente. En consecuencia, no es razonable esperar en los países altamente desarrollados una tasa tan alta de crecimiento como la que puede alcanzarse en los países donde la utilización efectiva de los recursos fue impedida durante mucho tiempo por obstáculos legales e institucionales".

Así, las tasas altas de crecimiento en un periodo determinado, según Hayek, son consecuencia del cambio institucional favorable, y reflejo del potencial económico que había sido obstaculizado –o desviado hacia fines no productivos, añadiría- previo a este cambio. La cuestión complicada, más allá de saber qué es un cambio institucional favorable, es conocer cómo se produce éste, los mecanismos causales que actúan detrás del mismo, y si existen posibilidades de precipitarlo de alguna forma.

Con todo, y volviendo a la cuestión de la convergencia, siempre es oportuno recordar las sabias palabras de Peter T. Bauer: "No hay ninguna regla general que asegure el que todos los países o regiones deban alcanzar el mismo nivel de prosperidad económica o el mismo ritmo de progreso en cualquier momento o a lo largo de cualquier periodo de tiempo".

El largo plazo por un plato de lentejas

A pesar del inevitable y reforzado interés que toma el estudio de las cuestiones coyunturales y financieras debido a la Gran Recesión, conviene no perder la perspectiva del crecimiento a largo plazo.

Al contrario de algunos, que en sus declaraciones parecen seguir la filosofía del ‘a largo plazo todos muertos’, otros economistas adquieren una posición mucho más sensata. Así por ejemplo, el prestigioso economista del MIT Daron Acemoglu afirmaba hace un par de años en EconTalk que el peligro auténtico y más importante al que se enfrentaban las economías en 2009 era el de tomar medidas que, con el objetivo de evitar caídas leves –del 1%- del PIB en un año particular, se sacrificara el crecimiento –en un 1%- de este PIB durante un periodo prolongado de tiempo; lo que en 30 años significaría tener un PIB un 35% inferior.

Para él, ése sería un precio demasiado alto para pagar a cambio de suavizar la parte recesiva del ciclo económico: tras aplicar las medidas necesarias destinadas a tratar de evitar una gran depresión –o lo que desde nuestra perspectiva podríamos denominar como ‘contracción secundaria’-, el énfasis de las políticas económicas debería centrarse acto seguido en asegurar un ambiente propicio para el crecimiento económico a largo plazo.

Las palabras de Acemoglu resultan muy interesantes para analizarlas en estos momentos. Más de dos años después, seguimos inmersos en una situación tremendamente delicada, agravada en algunos importantes aspectos por las políticas presuntamente contracíclicas tomadas desde los gobiernos, en particular en lo que se refiere a 1) los niveles de deuda y 2) la abultada incertidumbre.

Respecto a la deuda, ante la caída de la actividad económica y el empleo, con la caída de la recaudación fiscal que ello implica (y que en el caso de España fue excepcionalmente alta), los gobiernos decidieron aplicar medidas de aumento del gasto público con el objetivo de estimular la economía. Las consecuencias directas más palpables han sido la explosión del déficit y la deuda pública, sin mejoras en el crecimiento significativas –más bien lo contrario-.

En Europa, ello ha sido uno –no el único– de los factores que han contribuido a generar la crisis de deuda soberana a la que las autoridades europeas siguen sin dar una respuesta clara y definitiva. En Estados Unidos, similarmente, ha conducido a una situación de insostenibilidad de la deuda gubernamental que debe corregirse con firmeza para alejarse del ya no tan improbable default.

Difícil panorama al que se enfrentan las principales economías desarrolladas, necesitadas todavía de un doloroso y notable proceso de desapalancamiento, para establecer los fundamentos de un crecimiento sostenido.

Este crecimiento sufre de adicionales obstáculos, como es la elevada incertidumbre institucional fruto del activismo gubernamental y/o la mala gestión política de la crisis. Pensemos en las inciertas medidas que vayan a tomarse en el futuro –subidas de impuestos, regulaciones financieras…-, o las que ya se han tomado pero cuyos resultados concretos todavía están lejos de ser claros –reforma sanitaria de Obama-. O pensemos en cómo se está llevando políticamente la crisis de deuda en Europa y la práctica imposibilidad de predecir las próximas decisiones de las autoridades.

Es esta incertidumbre la que puede explicar, entre otros factores, la anémica inversión privada neta –motor del crecimiento a largo plazo- y la escasa recuperación del empleo en los Estados Unidos, especialmente por el impacto distorsionador que la incertidumbre causa sobre los pequeños y medianos empresarios (o aquellos que piensan crear nuevas empresas) a la hora de llevar a cabo el cálculo económico.

Los factores comentados vienen a confirmar los peores augurios de Acemoglu. Peter Boettke suele decir en los últimos años que las políticas gubernamentales tomadas desde 2008 han convertido lo que podría haber sido una corrección del mercado, profunda pero corta, en una crisis prolongada a lo largo y ancho de la economía.

El sacrificar unos sólidos fundamentos para el crecimiento a largo plazo por disfrutar de un aparentemente suculento plato de lentejas en el corto plazo no suele ser una estrategia óptima. Tampoco lo ha sido esta vez.

Globalización, ma non troppo

La globalización es la mayor reorganización del mundo desde la Revolución industrial. Es un fenómeno feraz y real pero frágil y no está absolutamente garantizado. Es ilusorio pensar que las fronteras y las regiones ya no importan; es un mal diagnóstico de la realidad.

El romántico Manifiesto Comunista ya describía el capitalismo como una fuerza que destruía todas las identidades feudales, nacionales y religiosas para desembocar en una civilización universal regida por los imperativos y las fuerzas titánicas del mercado, al que le atribuía un poder descomunal y al que el proletariado unido debía hacerle frente.

En la actualidad siguen existiendo similarmente visiones distorsionadas o exageradas de la presente globalización. Véanse si no expresiones célebres como la "aldea global" (M. McLuhan), la "convergencia de los gustos", la "globalización de los mercados" (Th. Levitt), el "fin de la historia" (F. Fukuyama), el "aplanamiento de la Tierra" (Th. Friedman) y un largo etcétera. Es cándido pensar en la convergencia imparable de un único sistema económico mundial, en el que las diferencias políticas o culturales son elementos secundarios (baches fácilmente superables) del crecimiento de la productividad, del progreso humano y de la paz universal.

La mayor resistencia a la globalización proviene de los países más avanzados antes que de las economías emergentes (que también). A medida que un país se hace más poderoso, sus gobernantes miran con más recelo la internacionalización de la economía. No se opondrán de frente, pero buscarán mil argucias para mantener los intereses patrios al socaire de los procesos de globalización. Son muchas y muy diversas las resistencias e inercias antiglobalizadoras.

El mundo no es obviamente homogéneo. Los negocios internacionales son complejos y, a veces, menos rentables que los negocios domésticos. Las empresas multinacionales han tenido que sudar bien la camiseta a base de pruebas y errores (muy costosos) para extender su radio de acción. Los hechos nos indican que la globalización es (aún) bastante imperfecta. En un entorno muy globalizado cabría esperar mucha integración; cosa que no ocurre, como alega Pankaj Ghemawat con datos: hoy por hoy más del 90% de los flujos migratorios, de las inversiones directas, de las llamadas telefónicas o del tráfico por Internet son locales. Es decir, la porción globalizada de nuestra actividad apenas llega al 10%; sólo el comercio internacional ha roto esa barrera alcanzando casi el 30% del total.

Los mercados no están ya completamente aislados pero tampoco totalmente integrados todavía (puede que nunca lo estén). Lo que parece que tenemos es una especie de "semi-globalización" en la que nos hallamos –qué duda cabe- más interconectados que antes pero en la que no somos necesariamente más globales. Este reconocimiento tiene claves interesantes para las empresas que desean internacionalizarse.

Una integración profunda de la economía internacional es –por lo demás- bastante incompatible con el concepto tradicional de soberanía nacional. Hay una acusada tendencia entre los habitantes de los países (muchos de ellos votantes) en pedir a sus representantes políticos más –no menos- medidas proteccionistas y a echar la culpa de muchos de sus males a una apocalíptica y completa globalización… imaginaria.

Lo lógico sería que con el tiempo la globalización vaya progresando mal que bien en beneficio de todos; pero cuando su evolución depende en buena medida de nacionalistas y de la inepcia de políticos desperdigados por doquier, no es descartable que frente a la crisis actual u otras venideras se produzca un estancamiento o incluso una regresión de la misma (ya ocurrió en los años 30 del siglo pasado con efectos de sobra conocidos).

Dani Rodrik, escéptico de la globalización, nos recuerda que ésta funciona paradójicamente mejor cuando no se la empuja demasiado lejos con el fin de que los Estados y la gobernanza mundial puedan limitarla. Advertidos quedamos.