Ir al contenido principal

Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

La aventura del capitalismo

El ex ministro del Interior se puso el disfraz de izquierdista y aseguró que "necesitamos regulación y control para que los mercados estén al servicio de los ciudadanos y no al revés".

Pensando en estas palabras, que auguran nuevos aparatos burocráticos, una legislación más farragosa o dificultades crecientes para los empresarios españoles, me acordé de una cita de Milton Friedman, quizás el mejor propagandista que haya tenido el liberalismo en el último medio siglo (aunque sus teorías monetarias sean bastante discutibles, merece el reconocimiento de los amantes de la libertad).

El Premio Nobel norteamericano aseguraba en Capitalismo y libertad que "uno de los mayores argumentos contra el mercado es que proporciona a los individuos lo que quieren y no lo que un determinado grupo piensa que deberían querer. Por debajo de la crítica de la libertad económica hay una crítica a la libertad misma". Aunque parezca mentira viendo esta cita, casi seguro que el neoyorquino no estaba pensando en Alfredo P. cuando la escribió. Friedman pone el dedo en la llaga, porque el problema de los políticos intervencionistas es que no entienden el mercado y cuando lo hacen no les gusta, porque favorece la libertad individual a cambio de quitarles poder a ellos.

Precisamente, la semana pasada estaba en casa viendo la tele y me encontré con uno de esos fantásticos documentales británicos que, a veces sin quererlo, tanto nos pueden enseñar sobre las maravillas de una sociedad libre. Era un capítulo de una serie llamada El capitalista aventurero que protagoniza un tal Conor Woodman. Este tipo parece ser que era el clásico yuppie de la City londinense que un día decidió cambiar de vida porque se aburría en su trabajo. Su idea fue vender sus posesiones para financiarse una vuelta al mundo, algo que ya han hecho muchos otros antes que él. Sin embargo, Woodman pensó en incluir un pequeño cambio realmente curioso. Como no quería volver a casa un par de años después con las manos vacías, decidió que durante su viaje iría haciendo intercambios comerciales a lo largo del planeta, lo que le serviría para ir ganándose unas perrillas. También pensó en grabarlo y editarlo como documental, lo que ahora nos permite ver cómo transcurrió su aventura.

El programa es más una guía de viajes que un sesudo tratado sobre el capitalismo. Pero quizás por eso sea incluso más útil como elemento de aprendizaje. El capítulo que me tocó en suerte es uno en el que Woodman parte de Asia con la intención de llegar a México. En China, compra unas pequeñas tablas de surf hinchables (parecen juguetes para niños o principiantes). Con ellas se dirige a Acapulco, donde encuentra unos almacenes encantados de comprarle su mercancía por bastante más de lo que él había pagado al otro lado del Pacífico.

Ver todo el proceso de compra y venta es absolutamente revelador. En China, ofrece al fabricante un precio bajo (8 libras), puesto que él soportará el riesgo de la operación y, además, convence al productor de que es una buena oportunidad de introducirse en el mercado mexicano. Luego, en el país norteamericano, también es capaz de sacar un muy buen precio (14 libras), puesto que el producto que ofrece es nuevo, hinchable y fácil de transportar, lo que puede ser muy atractivo para las familias que abarrotan las playas de este centro turístico.

En total, Woodman saca unas 4.000 libras de beneficio. Y nosotros, unas cuantas conclusiones que a nuestros políticos parece que les cuesta asimilar. En primer lugar, comprobamos que el mercado es el reino de la libertad: nadie hará una transacción en la que no se vea beneficiado. Por eso, incluso cuando una gran multinacional vende algo al más pobre de los hombres, el intercambio tiene que basarse en la premisa de que los dos ganan. Si alguno no lo hace, no cerrará el trato.

El relato de este capitalista aventurero también nos enseña que los objetos tienen muy diferente valor según el lugar, la persona y el momento. Woodman posiblemente habría tenido más problemas para colocar las tablas en México en temporada baja y habría tenido que ofrecer un descuento. Y dentro de dos años, si su uso se ha popularizado, el productor chino probablemente le podrá apretar algo más las clavijas.

Desgraciadamente, está muy extendida la idea de que el comercio es un proceso en el que alguien tiene que ganar para que otro pierda. Ya en la Edad Media, se despreciaba a los comerciantes como parásitos sociales, que se enriquecían sin aportar nada a la sociedad. Se comparaba su actividad, aparentemente improductiva, con la de ganaderos, agricultores o artesanos, que supuestamente sí añadían valor al producto.

Sin embargo, nuestro protagonista nos muestra como el comercio nunca es un juego de suma cero. Todas las partes salen beneficiadas de la transacción. El fabricante chino valora más las 8 libras que sus tablas; el vendedor mexicano cree que podrá sacar más de esas 14 libras que ha pagado por ellas. Y Woodman acaba con un buen montante de beneficios, a cambio del riesgo soportado, de la iniciativa comercial, de su buen ojo como mercader y de su capacidad para convencer a sus interlocutores. Cada día hay miles de millones de transacciones en el mundo y cualquiera de ellas se basa en los mismos principios que las dos del programa.

Leyendo la web de Woodman, sabemos que en su vuelta al mundo consiguió un beneficio de 25.000 libras, es decir, que dobló la cantidad con la que salió de casa. Se lo tiene merecido. Ha arriesgado su capital, ha ofrecido un servicio y ha logrado su recompensa. Sólo los envidiosos podrían reprocharle algo.

También los políticos como Rubalcaba, temerosos de la libertad de sus ciudadanos. Viendo partes de otros capítulos es fácil darse cuenta de que son sus colegas repartidos por todo el planeta los que más trabas ponen a la tarea de Woodman, con absurdas regulaciones, aduanas, tasas, normas o laberínticos procedimientos burocráticos. Eso sí, si les preguntamos, cada uno asegurará que restringen nuestra libertad en nombre de la "seguridad", los "consumidores" o los "productores nacionales". Además, se revisten de la autoridad de los votos para arrogarse todos esos poderes.

Frente a esta actitud sólo cabe seguir trabajando, produciendo y comerciando. También merece la pena recordar las palabras de otro enorme liberal, Ludwig Von Mises: "El mercado es una democracia donde cada centavo da derecho a votar y donde se vota todos los días". El problema es que un ciudadano libre y que vota cada día quizás sea, precisamente, la peor pesadilla que cualquier político pueda enfrentar.

Competitividad como única opción de desarrollo para España

La crisis económica de España no se arreglará con más Estado ni con más intervención en los mercados ni con más subvenciones que distorsionen la competencia y, por supuesto, tampoco con más impuestos directos sobre la banca, los empresarios o los trabajadores.

Por el contrario, más que nunca, se necesita sumar el empuje y la inversión de las clases medidas y emprendedoras, lo que se logrará sólo en un mercado sin barreras normativas y con claras ventajas competitivas. Por ello, a continuación, permitan que resalte cuatro pilares que son determinantes para cimentar una ganancia sustancial de productividad.

El primer pilar que debe recuperar la competitividad de la economía española es la racionalización de los costes salariales. Dado que la política monetaria ahora es competencia del Banco Central Europeo y no se puede devaluar una moneda fiduciaria nacional, los españoles sólo podemos reducir el coste salarial unitario para hacer competitivos nuestros productos y servicios.

La recuperación económica de España requiere ser competitivos frente a nuestros socios europeos. Por ello, es inaceptable que el coste laboral unitario haya aumentado un 30% respeto a Alemania en los últimos 10 años, según refleja el último informe de coyuntura publicado recientemente por IESE.

Evidentemente, la competitividad laboral es mejor lograrla con una reducción importante de las cotizaciones a la Seguridad Social, en vez de con despidos o reducciones de nóminas, que resultan tremendamente perjudiciales, porque afectan al poder adquisitivo de las familias y, por tanto, a la demanda de bienes y servicios. Aunque, desde luego, una rebaja de las cotizaciones sociales debe venir acompañada de un aumento de impuestos indirectos, como el IVA, para cuadrar los ingresos fiscales.

En todo caso, como segunda derivada, ayudaría mucho a la economía española que la negociación de convenios fuese realizada empresa por empresa, que los sindicatos se financiasen con aportaciones de afiliados y simpatizantes, y que los aumentos salariales quedasen ligados por ley al incremento de productividad para competir en el mercado laboral europeo del mismo modo que lo hacen los trabajadores y sindicatos de Alemania.

El segundo pilar que aportaría ventajas a España es la desregulación del sector energía mediante la competencia entre un número mayor de empresas y tecnologías, sin que los ciudadanos tengan que subvencionar ni el carbón ni la energía nuclear ni las energías renovables con más de 6.000 millones de Euros –más de un billón de las antiguas pesetas– cada año, lo que genera incrementos crecientes en los precios de electricidad, gas natural, Diesel y gasolina.

Pero si las empresas necesitan costes salariales y energéticos competitivos en un mercado global para generar empleo y riqueza en un país, también es importante que se doten de empleados, productos y procesos innovadores. 

Por ello, el tercer pilar de la competitividad es la calidad en formación y en investigación, desarrollo e innovación. Es una desgracia que España no cuente con universidades clasificadas entre las cien primeras del mundo por carecer de incentivos que premien el mérito y la capacidad de profesores y estudiantes. Por ello, es necesario incentivar una mayor presencia del sector privado en las universidades con el patrocinio empresarial de cátedras y la desgravación fiscal de becas, contratos y líneas de investigación. Igualmente, se deben impulsar la empresarialidad y el I+D+i con semilleros de empresas tecnológicas integrados dentro del propio campus, desburocratizando la creación de empresas y fomentando la excelencia entre centros académicos para obtener fondos.

Finalmente, el cuarto pilar de la competencia es la inversión inteligente en infraestructuras. En un entorno de crisis, tiene mucho que decir la financiación privada de inversiones públicas mediante “asociaciones público privadas” ya que posibilitan la ejecución de proyectos de infraestructuras que soportan el desarrollo económico con una amortización y un retorno de inversión adecuados.

LEER MÁS

El Bicentenario como culto a la personalidad

Finalmente, supimos qué le pasaba al dirigente venezolano. Se trataba de una operación que contenía elevadas dosis de dificultad, las mismas que él ha empleado a posteriori para generar el culto a su "arrolladora personalidad". En un posoperatorio récord, Chávez saltó de La Habana a Caracas para dirigir el desfile militar con el que se conmemoraba el II Bicentenario de la Independencia.

Este modus operandi recuerda al de Kim Jong Il en Corea del Norte, un habitual de la duda médica y del recurso a la ostentación militar, aunque esta última suele llevarla, en ocasiones, al terreno de los hechos prácticos. En su día, también la URSS apelaba con frecuencia a la opacidad cuando de informar de la salud de sus dirigentes se trataba; una vez que todo se había "normalizado", entraba en escena un gran desfile del Ejército Rojo.

En Caracas, por tanto, apareció el auténtico caudillo populista. Vayamos por partes. Para empezar, cuando Chávez describía cómo discurrió la intervención médica, parecía estar narrando una batalla militar en la que, como no podría ser de otro modo, el éxito estuvo de su lado, ayudado en su empresa por los servicios médicos cubanos en forma de soldados, metafóricamente hablando.

En este último punto debemos detenernos puesto que si hay una sanidad ideologizada en el mundo, esa es la cubana, de tal modo que su brillantez y eficacia están al servicio de un fin mayor: la legitimación del Castrismo. De la misma manera, el hecho de que Chávez optase por médicos cubanos pone también de manifiesto que los servicios médicos venezolanos presentan importantes deficiencias. No es algo nuevo, pues de todos es sabido que el trueque, como modelo económico, caracteriza las relaciones Cuba-Venezuela. Así, desde el país caribeño se envían ingentes cantidades de petrodólares (ahora menos) a cambio de que soldados y médicos de la Isla se establezcan en Caracas para efectuar "labores de asesoramiento".

El segundo punto a tener en cuenta es el desarrollo del desfile. En el mismo, la megalomanía de Chávez le llevó a distorsionar la realidad con reiteradas apelaciones al "pueblo", a China o a Rusia. Consecuentemente, mezcló, como diría un castizo, churras con merinas con la finalidad de mostrar que su proyecto político está más vivo que nunca. Sin embargo, pasó por alto las importantes carencias de su población, que van desde las de tipo alimentario hasta las de seguridad.

Tercer punto: los voceros de Chávez, internos y externos. Dentro de los primeros, destaca su mano derecha, el Vicepresidente Elías Jaua, quien exaltó la labor del ejército, hablando incluso de una unión cívico-militar en la construcción de una Venezuela mejor. Para ello estableció una curiosa relación: la labor humanitaria de las Fuerzas Armadas para ayudar a aquellos campesinos que habían sufrido desgracias naturales y sociales producto del capitalismo.

Evidentemente, en un evento como el II Bicentenario la soflama anticapitalista tuvo su espacio propio así como la diatriba antinorteamericana. Esta última corrió a cargo de Dafne Carreño (Agregada Militar de Venezuela en Cuba), que insistió en la vieja leyenda de que Estados Unidos quiere dominar a América Latina y que, por tanto, celebraciones como el II Bicentenario ilustran la oposición, en forma de rebeldía, a que tal hecho tenga lugar.

Es curiosa la insistencia en la verborrea antinorteamericana practicada por el Chavismo cuando la realidad ofrece datos que van en la dirección contraria. En efecto, Centroamérica recurrió, o por mejor decir, imploró recientemente la ayuda (económica) de Estados Unidos para intentar doblegar a la violencia y al tráfico de drogas. Esta misma semana Ollanta Humala habló de mejorar la relación con la Casa Blanca partiendo de la base de que aquélla era buena. La suma de ambos hechos da como resultado que el número de socios del proyecto albista permanece estancado.

En definitiva, Venezuela bajo Chávez sigue apostando por la combinación de populismo cortoplacista y componente mediático. El resultado es la descripción de un panorama que poco tiene que ver con la realidad y que, en última instancia, agrava los problemas de sus compatriotas.

Ayau no estará en Doha

Nunca conocí a Manuel Ayau. De hecho, ni siquiera pude asistir a la Cena de la Libertad en 2008, cuando el Instituto le premió con el galardón a una Trayectoria Ejemplar en Defensa de la Libertad. Siempre me ha dado la sensación de que me había perdido algo realmente especial y la lectura de sus libros y artículos acrecienta este efecto. Además, mis compañeros del IJM que le trataron hablan maravillas de él y a mí me queda la frustración propia del que sabe que pudo haber conocido a un hombre excepcional y no lo consiguió por poco.

Pensaba en todo esto el otro día, mientras repasaba un pequeño librillo de apenas una docena de páginas que me dejó Mayra Ramírez a su paso por Madrid. Mayra es una guatemalteca excepcional que trabaja en la Universidad Francisco Marroquín y vino a visitarnos hace un mes para presenciar la entrega del premio de este año a Giancarlo Ibargüen y para ofrecernos su ayuda, su alegría y su extraordinaria capacidad organizativa.

El cuadernillo es un trabajo precioso que, a modo de homenaje, realizaron los miembros de la Marroquín en 2010, al poco de fallecer Manuel Ayau. Como resumen de lo mucho que hizo este enorme liberal, han mezclado fotos de su gran obra (la Universidad) con algunas de sus frases más inteligentes.

Dos de ellas están dedicadas, seguramente no por casualidad, al comercio internacional. Ayau nos descubre algo evidente, pero de lo que no nos percatamos siempre que leemos titulares como “Rusia eleva los aranceles a los productos españoles” o “EEUU protege su industria del acero con nuevas tasas” o “Los Veintisiete acuerdan mantener los cupos de importación de productos agrícolas”. Lo que don Manuel nos recuerda es que “en las discusiones sobre comercio internacional parece olvidarse que quienes intercambian no son los países, sino las personas”.

Los políticos, como casi siempre, toman la parte (sus intereses) por el todo (los ciudadanos) y se envuelven en la bandera nacionalista para justificar el proteccionismo más absurdo y antieconómico. En 2001, se constituyó la Ronda de Doha con la promesa de ser el impulso definitivo hacia la supresión de las barreras comerciales internacionales. Diez años después, las conversaciones siguen en un punto muerto. Hace unos días, se supo que quizás la solución sea cerrar un acuerdo de mínimos que no satisfaga a nadie, pero que permita defender que se ha llegado a un consenso. Es decir, los políticos se harán la foto de rigor y lo celebrarán con una gran fiesta y declaraciones grandilocuentes. Mientras, los productores, los consumidores y los empresarios de todo el mundo lamentarán que los intereses de unos pocos grupos de presión se hayan impuesto a los de la gran mayoría de la humanidad.

En 2008 se reunió en la capital de Dinamarca un grupo de economistas convocados por Bjorn Lomborg. No eran especialmente liberales, pero sí eran inteligentes y estaban dispuestos a pensar en soluciones sencillas para ayudar a los más pobres. Su objetivo era repartir un presupuesto de 75.000 millones de dólares en medidas contra la miseria. El resultado de su trabajo se denominó Copenhague Consensus e incluye programas de entrega de vitaminas, mejora de las redes de agua o ayudas a la escolarización. No estoy de acuerdo en todas sus conclusiones, pero su planteamiento y su forma de trabajar me pareció mucho más interesante que las grandes campañas de ayuda al desarrollo con la que malgastan nuestro dinero los gobiernos occidentales.

Pues bien, la segunda medida más eficaz para luchar contra la pobreza (en mi opinión, sería la primera de la lista), la que menos costaría aplicar y la que más beneficios económicos aportaría cada año es liberalizar el comercio mundial. Según sus cálculos, el coste sería cero y sus beneficios serían de más de 3 billones de dólares anuales en todo el mundo, aunque el 80% de esa cantidad redundaría en el bien de los países más pobres. Me encanta dar esta cifra porque los que llegaron a ella eran una mezcla de economistas de todo tipo y condición (liberales, socialdemócratas…). Existe un consenso generalizado en que el mejor impulso que podría recibir el mundo para salir de esta crisis sería abrir las fronteras y dejar que, como explica Ayau, “las personas” intercambien allí donde “los países” (los políticos) no son capaces de hacerlo.

Un par de páginas más atrás, ese pequeño librillo que me entregó Mayra, tan breve como valioso, me ofrece otra cita de este guatemalteco genial, que veía con preocupación y tristeza cómo su propio país no era capaz de salir de la trampa del subdesarrollo: “Que el intercambio libre sea tan poco comprendido y apreciado constituye, sin duda, una de las principales causas de la pobreza que todos lamentamos”. No tengo nada que añadir. Es una lástima, pero me da la sensación de que tampoco los que han estado, están o estarán en Doha (o donde quiera que se reúnan para la firma final) conocieron a Manuel Ayau.

La importancia de los vínculos débiles en las interacciones sociales

Cualquier persona interesada en el estudio de los órdenes sociales en general, y cualquier estudiante de las ideas de la Escuela Austriaca en particular, podría sacar un buen jugo de la lectura del artículo The strength of weak ties (La fortaleza de los vínculos débiles, de 1973), del sociólogo norteamericano Mark Granovetter. Así también lo creen autores actuales de esta tradición como Peter Boettke o Sanford Ikeda.

En este trabajo, publicado en el American Journal of Sociology, Granovetter realiza una importante contribución a la literatura sociológica de su momento, tratando de indagar en los nexos de unión que existen entre la realidad micro de las interacciones personales y el paisaje sociológico macro –como la agregación de aquellas– mediante el análisis de las redes o vínculos que emergen en el contexto social. Los fenómenos macro que busca explicar son el de la difusión y transmisión de la información, la movilidad social, la organización política y la cohesión social.

Si bien en la literatura existente hasta 1973 solía hacerse énfasis en la importancia de los vínculos personales de naturaleza fuerte –aquellos que exigen gran dedicación de tiempo, elevada intensidad emocional e intimidad, y fuertes servicios recíprocos–, la tesis de Granovetter es que los vínculos que mayor importancia tienen, tanto para los individuos como para las comunidades, son precisamente los débiles.

Un concepto clave en el trabajo es el de ‘puentes’, que serían aquellos nexos que sirven para conectar, y hacer más corto el camino, distintos círculos de amistad o relaciones personales, y que son cruciales para la difusión de la información y la influencia entre un grupo y otro. Sostiene que todos estos ‘puentes’ son vínculos débiles, y no fuertes. Así, concluye que, para que algo se difunda entre el mayor número de personas posible y atraviese una mayor "distancia social", los vínculos débiles son más efectivos que los fuertes, principalmente porque con aquellas personas con las que desarrollamos vínculos débiles, es más probable que se muevan en círculos de relaciones diferentes a los nuestros, con lo que pueden aportarnos mayor variedad de contactos e informaciones. Amplían así el abanico de realidades que están a nuestro alcance. En cambio, con los vínculos fuertes solemos compartir las amistades, y la difusión de la información tiene un camino mucho más corto.

Un campo muy fértil para aplicar estas ideas es el de las redes sociales y la difusión de información e ideas, cuestión que está de rabiosa actualidad tras las revueltas en el mundo árabe y las protestas de indignados en España. Todo grupo o movimiento que se precie, ya sea de liberales –tratando de difundir las ventajas de minimizar el poder, alcance y tamaño del gobierno sobre las actividades privadas– o de austriacos –tratando de difundir las ideas de esta tradición del pensamiento económico por el mayor número de foros posibles–, haría bien en tener en cuenta la importancia de estos vínculos débiles.

Pero tener presente estas ideas también puede ser útil para cualquier persona, independientemente de que pertenezca a un grupo o no. Como pone de manifiesto el autor con un estudio empírico acerca del mercado laboral, un mayor número de vínculos débiles puede proporcionar mayor probabilidad de encontrar empleo. Según el caso de estudio, el método más efectivo para encontrar un nuevo empleo era a través de contactos personales indirectos, personas con las que se habían contraído vínculos débiles.

En términos generales, una red intensiva en vínculos débiles puede proporcionar oportunidades que de otro modo permanecerían desconocidas. Al fin y al cabo, la transmisión de información a la que estas redes contribuyen es una de las bases de una economía de mercado exitosa.

El origen de las fortunas no está en la miseria de los pobres

El viernes 3 de junio se le entregó un premio humilde a un hombre humilde: el Premio Juan de Mariana a toda una vida dedicada a la defensa de la libertad fue a parar a Giancarlo Ibargüen. La corbata de color “rojo Marroquín” delataba, no sólo a él sino a todos los que vinieron desde Guatemala para festejarle, su procedencia: la Universidad Francisco Marroquín.

Su humildad, una de las trazas de su categoría personal, le llevó a interpretar la concesión del premio como un homenaje a la institución que lidera y dirige, y en realidad no era así, el Premio era para él. Pero eso nos permitió a los asistentes a la Cena de la Libertad y a todos los que lo deseen (el vídeo ya está disponible) disfrutar de una lección magistral de pedagogía.

No me llamó la atención solamente que la Universidad Francisco Marroquín (UFM) sea una organización sin ánimo de lucro que, sin embargo, funciona siguiendo los dictados de la oferta y la demanda; ni que sea dirigida por un consejo de empresarios y emprendedores, sin subvenciones ni ataduras estatales, que no participa en temas políticos sino que educa en las cuestiones trascendentales. Giancarlo explicó cómo su tarea es luchar contra ideas como la que precisamente vio en este viaje, en un cartel de la plaza invadida por indignados en Gandía: el origen de las fortunas está en la miseria de los pobres.

Lo que más me llamó la atención es la metodología de la educación que practican en La UFM: cómo, a la luz de los cambios en la informática, han incorporado los avances a sus enseñanzas, dando valor a la creación de conocimiento por los alumnos. El profesor, en vez de dictar (como un dictador), se convierte en tutor de una enseñanza co-lectiva, lanzando preguntas, estimulando el carácter liberal y la inteligencia propia de los individuos. La idea de fondo es potenciar las posibilidades de acción de los individuos. Los alumnos son responsables de su proceso de aprendizaje y son independientes desde el punto de vista intelectual. Hay una similitud, explicaba Giancarlo Ibargüen, entre este proceso de aprendizaje socrático y el proceso de mercado en competencia hayekiano. Las ideas compiten entre ellas y se da un proceso de descubrimiento, surge un orden espontáneo en las ideas que emergen de los alumnos.

El profesor sabe más que los alumnos individualmente, pero no puede aprehender el conocimiento disperso de las mentes de los alumnos honestamente interesados en aprender y descubrir. El profesor es un facilitador y… un alumno más.

Cuando tuve ocasión de charlar un ratito con Giancarlo le dije: “Si yo hago eso en cualquier universidad española me echan del país”.

La lección es doble porque, como señaló Carlos Rodríguez Braun, nos llega de un país pobre, de América Latina, esa parte del mundo que caricaturizamos por su falta de libertades, sus dictaduras liberticidas… como si la Vieja Europa estuviera a salvo de todo ello.

Se nos llena la boca hablando de libertad pero no existen universidades verdaderamente a salvo de los dictados del Estado. Al menos de momento. Estamos en un país sin separación de poderes, en el que tras una dictadura que acabó por muerte natural del dictador, ha sobrevenido otro tipo de dictadura, la de un sistema partitocrático hermético y podrido que no tiene mucha pinta de cambiar. Simplemente porque quienes perderían más son los que deberían cambiar las reglas del juego y airear la democracia.

Nuestra prepotencia europea nos impide muchas veces prestar atención al ejemplo de quienes, desde la humildad, nos muestran un camino de libertad. Y por eso, mientras en Guatemala se forman generaciones de jóvenes libres e independientes, los nuestros acampan en las plazas y exhiben lemas tan errados como dañinos.

Recursos naturales y Geografía, Instituciones y Desarrollo

Dentro de la corriente dominante en desarrollo económico, existe una creciente literatura que enfatiza la importancia de las instituciones en el desempeño económico, como ya comenté hablando de un trabajo reciente sobre las consecuencias de la Revolución Francesa.

Tras décadas en las que las instituciones (definidas grosso modo como reglas del juego o normas que regulan el comportamiento económico) apenas eran consideradas en la corriente ortodoxa, en la actualidad autores de la talla y el prestigio académico como Acemoglu, Rodrik y muchos otros las consideran como la causa fundamental de por qué unos países son ricos y otros son pobres. Pero surge otra pregunta: ¿por qué hay tanta diferencia en calidad institucional entre países? Una de las respuestas más aceptadas en la literatura es que distintas condiciones geográficas han podido afectar en un sentido u otro a las instituciones, las cuales han persistido desde tiempo atrás.

En este contexto general se sitúa el artículo "The Varieties of Resource Experience: Natural Resource Export Structures and the Political Economy of Economic Growth" de Isham et al., que pretende explicar el desempeño económico de un conjunto de 90 países en vías de desarrollo entre mediados de la década de 1950 y finales de los 90.

Lo que sucedió en este periodo, en media, fue un crecimiento por encima del 2% hasta prácticamente los años 80, seguido por una caída brusca que se extiende hasta el 85, para luego volver a crecer por encima del 2% a partir de 1995. El hecho estilizado al que prestan atención los autores es la notable divergencia en el desempeño de los distintos países dependiendo de cuál era su estructura exportadora. Se distinguen cuatro tipos de estructura exportadora: 1) manufacturera, 2) difusa (ganado y productos agrícolas), 3) ‘point source’ (combustibles, minerales, cosechas de plantación) y 4) especializadas en cacao y café. Desde 1974, la tasa de crecimiento media en los países exportadores de manufacturas fue del 4,58%, en contraste con la ridícula tasa para los países exportadores de recursos naturales, ligeramente superior al 0%.

Dados estos hechos (que no podemos olvidar que son contingentes a un periodo temporal y selección de países concretos), podemos preguntarnos: ¿cuáles son los mecanismos por los que la composición exportadora podría afectar al desempeño económico?, ¿se puede establecer que la calidad institucional es la pieza fundamental de estos mecanismos?

En la literatura sobre desarrollo económico es ampliamente conocida la ‘maldición de los recursos naturales’ (también llamada como ‘enfermedad holandesa’), que dice que los países ricos en recursos naturales tienden a tener peores resultados económicos, principalmente por su peor calidad institucional. Se han señalado diversos canales por los que sucede esto, que pueden clasificarse en tres: ‘rentier effect’, ‘delayed modernization’ y ‘entrenched inequality’.

El primero tiene que ver con los efectos negativos que se generan al tener el gobierno fácil acceso a recursos financieros sin necesidad de establecer un vínculo entre él y la sociedad a través de impuestos. El segundo sostiene que en países abundantes en recursos naturales las élites del poder se resistirán a la modernización e industrialización de la economía por miedo a perder su estatus privilegiado. Y el tercero, siguiendo la influyente tesis de Engerman y Sokoloff, se refiere al impacto de la composición exportadora sobre las estructuras sociales: cosechas como el trigo o el maíz propiciaron en Norteamérica una estructura de pequeñas granjas y derechos de propiedad sólidos, en contraste con las plantaciones de azúcar, café o cacao que generaron grandes plantaciones donde los derechos de propiedad eran débiles.

Así, según estos estudios, parece que diferentes tipos de dotaciones de recursos naturales tienen una importante influencia en el desarrollo económico a través de las instituciones. Países dependientes en recursos naturales de tipo ‘point source’ y de grandes plantaciones están predispuestos a grandes divisiones sociales y debilidad institucional. Esto afecta negativamente a la capacidad de los países para responder efectivamente a shocks, lo que reduce las tasas de crecimiento en el medio plazo, sostienen Isham et al.

A través de un indicador de estructuras exportadoras que construyen, realizan el análisis econométrico donde estiman dos ecuaciones: la primera trata de capturar el efecto de la estructura exportadora sobre variables institucionales, mientras que la segunda lo hace para ver cómo afectan estas variables institucionales al crecimiento económico.

Los resultados son consistentes con las hipótesis iniciales, es decir, países dependientes de recursos naturales de tipo ‘point source’ se correlacionan con instituciones de mucha peor calidad, en contraste con los países exportadores de manufacturas. Se muestra cómo una reducción de esta dependencia tendría un impacto muy importante sobre las tasas de crecimiento económico.

Otro resultado interesante es la correlación positiva entre la propensión exportadora de un país y su calidad institucional, lo que se puede explicar por qué los países más globalizados necesitan tener buenas características institucionales si quieren permanecer conectados en los mercados globales.

Las implicaciones para la política económica de los gobiernos y los organismos internacionales para favorecer el desarrollo no son nada fáciles ni obvias dado que la estructura exportadora que se origina de la dotación de recursos naturales no es una variable fácilmente controlable por el gobierno. Sin duda, una mayor transparencia y responsabilidad de los gobiernos podría dar buenos resultados, pero para países con baja calidad institucional puede ser muy difícil que los gobiernos se comprometan y cumplan estos compromisos.

Estas conclusiones ilustran lo complicado que puede llegar a ser que los gobiernos tengan un impacto efectivo y positivo sobre el desempeño económico debido a que éste en última instancia depende de condiciones institucionales que son difícilmente manipulables. Quizás el enfoque alternativo de poner el acento en qué políticas o qué cosas no deberían hacerse (primum nil nocere) pueda ser menos arriesgado y más efectivo en el largo plazo. El conocimiento de los economistas y científicos sociales es limitado, y las sociedades no son fácilmente maleables.

No temerás al duopolio

Los inventó IBM en 1953, pero el mismo gigante azul renunció a seguir fabricándolos en 2003, fusionando esa división con la de Hitachi, que a su vez ha sido comprada por Western Digital. Hace unos años cayó un gran clásico, Maxtor, que fue adquirido por Seagate en 2005 y ahora parece que Samsung podría seguir el mismo camino.

El panorama del mercado sería el de dos grandes actores con más del 40% de la cuota de mercado y unos pocas empresas con un porcentaje ínfimo, un pelotón de los torpes que lideraría Toshiba. Y no, esos discos externos tan bonitos de Lacie, Verbatim y otras compañías no guardan dentro un disco de Lacie, Verbatim o la marca que sea, sino del increíblemente menguante número de empresas que se dedican a lo difícil, que es fabricar el disco de 1 o 2 terabytes que hay en su interior.

Así, de primeras, la situación puede resultar preocupante. Si hay menos empresas, habrá menos competencia y, por tanto, subirán los precios y bajará la calidad. Pero la situación está lejos de ser tan clara. Lo cierto es que a estas alturas de la película es normal que existan pocos competidores. En la película de Norman Jewison Con el dinero de los demás, el personaje interpretado por Danny de Vito, llamado Larry "El Liquidador", pone a los accionistas de una venerable compañía fabricante de cable un ejemplo para convencerles de que le dejen deshacer la compañía. A principios del siglo XX existían docenas de empresas que fabricaban látigos para coches de caballos. Años después, tras la aparición del automóvil, fueron cerrando. La que quedó, decía "El Liquidador", seguro que hacía los mejores látigos de todos. Pero, ¿quién querría tener acciones de esa compañía?

La fibra óptica había dejado obsoleta a la New Englad Wire and Cable de la película, y los discos de estado sólido, sea con las actuales memorias o con los futuros memristores, amenazan con hacer lo propio con los discos duros magnéticos de toda la vida. Son aún muy caros, pero empiezan a usarse en algunos ordenadores: se lo aseguro, si quieren un plus de rendimiento, la mejor inversión que pueden hacer sobre una configuración estándar es comprar un SSD como disco principal. Cada vez que arranco mi ordenador estoy más convencido.

Así que lo normal, en un sector que se prevé que en los próximos años va a disminuir de importancia y de tamaño, con unos márgenes pequeños, que requiere grandes inversiones para mantener el nivel de innovación –especialmente en capacidad–, se lo queden un par de empresas y, si me apuran, una. No deberían temer aumentos de precios ni ninguno de los males asociados a los monopolios. Tienen competencia más que de sobra de empresas que no fabrican discos duros.

El simplismo sobre la desigualdad

El pensamiento políticamente correcto está plagado de soluciones e ideas simplistas para tratar problemas complejos. Curiosamente, estas propuestas casi siempre acarrean una mayor coacción política y no una mayor libertad individual. Para resolver problemas sociales, se confía en la mano santa y eficaz de unos pocos superhombres (burócratas), y no en la de cientos de miles de individuos (sociedad).

La ayuda externa al desarrollo, como vía de solución de la pobreza extrema, es un ejemplo paradigmático. Con frecuencia distintos organismos y políticos se ponen medallas a sí mismos, por el mero hecho de haber dedicado grandes sumas de dinero a la llamada lucha contra la pobreza. Pero ya sabemos que las buenas intenciones no bastan para solucionar un problema, incluso pueden agravarlo.

La desigualdad es otro de los temas estrella, caballo de batalla de los socialdemócratas defensores del Estado del Bienestar. Para la gran mayoría de la gente, economistas de prestigio incluidos, la desigualdad es una cosa inmoral e injusta que hay que evitar y contener, apelando a la justicia social. Sociedades más igualitarias, como las escandinavas, serían mejores que otras más desiguales, como la americana. Aunque existen numerosos tipos de desigualdad, ésta suele ser automáticamente relacionada con la desigualdad de rentas. Se admite que las personas más valiosas y mejor preparadas deberían cobrar más, pero no se duda un momento en afirmar que las rentas más altas deberían pagar mayor porcentaje de su renta en impuestos (progresividad).

En este enfoque se sitúan ciertos indicadores que suelen acompañarse con juicios de valor implícitos altamente discutibles. Así, el indicador por excelencia de la desigualdad de rentas es el Índice de Gini, que divide a la población total en distintos grupos de población de acuerdo a su renta, y mide los grados de desigualdad de 0 (igualdad total, donde cada grupo de población cobraría la misma proporción de la renta total) a 1 (máxima desigualdad).

Si bien un indicador así puede aportar luz sobre algunos aspectos interesantes, lo pernicioso viene cuando se considera el valor 0 del Índice de Gini, es decir, la igualdad absoluta, como un punto de referencia positivo (similar al concepto de competencia perfecta en la teoría de los mercados microeconómica). Esto se hace explícito cuando, por ejemplo, se incluye el aspecto de la desigualdad en indicadores de desarrollo humano: a mayor igualdad, mayor será el índice de desarrollo humano, llegando al absurdo de que una sociedad en la que todo el mundo cobra la misma renta sería la que mayor puntuación obtendría en esta rúbrica.

Sin embargo, este simplismo en cuanto a la consideración de la desigualdad deja mucho que desear. Lo cierto es que, como parece obvio, un cierto grado de desigualdad es necesario y beneficioso, y sociedades más igualitarias no tienen necesariamente por qué disfrutar de un mayor bienestar que otras con mayor desigualdad.

Entonces, ¿es una mayor desigualdad buena o mala? En un excelente artículo titulado "¿Es una mayor igualdad económica mejor?", Robert Higgs afirma que "la distribución social del ingreso o la riqueza, cualquiera que ésta sea, es moralmente neutral: ni un aumento ni una reducción del grado de desigualdad tiene un significado moral inequívoco. Todo depende de por qué cambia la distribución".

Así por ejemplo, atendiendo al enfoque convencional de los indicadores al uso, sería indistinto que el gobierno se embarcara en políticas de favores a sus amiguetes de las grandes corporaciones, o que los bancos centrales tomaran medidas en favor de la gran banca que confiscan rentas a contribuyentes de clase media, a que una parte de la población acumulara mayor capital humano y con ello obtuviera mayores ingresos gracias a su incremento en la productividad. Ambos escenarios incrementarían la desigualdad, pero su valoración debería ser totalmente diferente. Las primeras serían claramente injustas y perjudiciales, mientras que la segunda todo lo contrario.

Ya va siendo hora de abandonar un discurso tan simplista acerca de una realidad compleja como es la de la desigualdad. Un discurso que, además, suele dar rienda suelta a políticas redistributivas e intervenciones estatales que pueden generar más problemas de los que pretenden resolver.

La balsa de Saramago

¿Qué sucedería si una inmensa falla se abriera a lo largo de los Pirineos y la Península Ibérica se desgajara del viejo continente y flotase como una balsa a la deriva por el océano Atlántico con sus pobladores –españoles y portugueses– dentro de ella?

Esta inverosímil historia constituye el eje de la novela La balsa de piedra (1986) del escritor José Saramago en la que dos mujeres, tres hombres y un perro se dan cita en este viaje simbólico plagado de misteriosos acontecimientos que sirven a su autor para defender la cultura ibérica frente a la preponderante de la Europa septentrional y, de paso, arrear un mandoble ideológico al predominio de los EEUU sobre el mundo. Todo ello sazonado con las consabidas fobias progresistas contra la vida moderna, insolidaria y consumista. 

Extraña utopía ésta de hermanamiento entre España y Portugal que se llevó incluso al cine por George Sluizer en 2002 con la actuación de gente tan comprometida como Icíar Bollaín, Federico Luppi (el del cinturón sanitario), Gabino Diego o Antonio San Juan.

En 1998 se convirtió Saramago en el primer escritor luso en obtener el Premio Nobel de Literatura. Se le reconocía así una obra original y una forma de pensar directa, atea, social y crítica, muchas veces polémica, pero sobre todo muy sincera. Le faltó tiempo para realizar en su discurso de aceptación del galardón una defensa del ambiente rural en el que nació. Nada más comenzar, les espetó lo siguiente a los académicos reunidos en Estocolmo: "El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir".

Sus luchas sociales fueron múltiples: desde el apoyo al pueblo saharaui y a los indios de América Latina ("víctimas de cinco siglos de humillación") hasta la defensa de la causa del juez Garzón. Nunca olvidó su compromiso con los más desfavorecidos de la tierra. Por supuesto fue un enemigo de la globalización. He aquí a uno de los intelectuales de referencia más destacados de la izquierda. Llegó a definirse a sí mismo como "comunista hormonal". Así, sin anestesia; comprensible para alguien que es todo corazón.

Desolado, como el mundo entero, por el terremoto de Haití, reeditó su libro La balsa de piedra con la única intención de ayudar a las víctimas de aquel aciago terremoto. Todos los ingresos que se obtuvieron de su venta fueron destinados íntegramente a la Cruz Roja Internacional. Fue una iniciativa que ciertamente le honra. Dicho esto, sin embargo, parece que no captó las condiciones necesarias para la creación de riqueza en una población. En su blog hizo un paralelismo con lo sufrido en Lisboa en 1755. "No hay noticia –escribió– de que un solo haitiano rico haya abierto sus bolsas o aliviado sus cuentas bancarias para socorrer a los siniestrados". Para él, la riqueza estaría dada y habría que repartirla inmediatamente. Un alivio temporal y, sin duda, necesario en determinadas condiciones; pero de persistir dicha actitud en el tiempo sería el camino más directo para mantener empobrecida a esa misma población. Hay mejores soluciones para paliar el sufrimiento humano (1, 2, 3, 4, 5).

Ahora que Portugal va a ser tal vez rescatado, me ha venido a la memoria esta Jangada de pedra ideada por Saramago. La tercera baja en el pelotón de la eurozona nos acercaría a una simbólica escisión de la Península Ibérica con respecto a la UE, tal y como ingresaron ambos países al mismo tiempo en la CEE (1986) y luego en la Unión Monetaria (1999). ¿Seguirá España a Portugal en su destino?; o, más bien, ¿será Portugal el que se una al sino de España? No faltan propuestas interesantes al respecto (1 y 2).

Pese a las fructíferas relaciones comerciales actuales entre ambos países, lo verdaderamente importante en estos momentos es que los dirigentes de ambos lados hagan en serio un necesario ajuste para salir del atolladero en que nos encontramos. A saber, la reducción de su déficit público desbocado así como de su pesada deuda, la flexibilización de sus anquilosados mercados, el alivio de la carga tributaria de sus empresas y ciudadanos, el fomento de la actitud emprendedora entre su población y el favorecer el aumento de la productividad de su respectivo tejido empresarial sin perder un minuto más para participar activamente en la presente globalización.

Sólo así marcharemos, hispanos y lusos, por la senda de un saludable crecimiento. Los demás atajos o aventuras ibéricas –al alimón o no– dejémoslos a los fabuladores de utopías.