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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Los coches de choque

Su sonrisa, entre divertida y cómplice, me hizo pensar que ya no iría a los coches de al lado. Pero recapacité e hice exactamente eso, para ver qué me ofrecía el otro por mis 500 pesetas. Así descubrí que la competencia funciona.

También recuerdo que en primero de periodismo nos daban introducción a la economía. A mí me gustaba, pero había cosas que no podía entender. Cuando el profesor y el libro hablaban de competencia se referían a una situación en que las empresas ofrecían el mismo producto y al mismo precio. A mí me parecía absurdo, porque me resultaba evidente que esas empresas no estaban compitiendo en absoluto. "Competencia perfecta", recuerdo que se llamaba. No entendía nada.

Pensé que lo que recibíamos era eso, economía para periodistas. ¿Qué podía esperar? Los libros de economía de verdad sí explicarían lo que veía en la calle; sí darían cuenta del feriante que me dio más fichas de las que yo esperaba. Pero luego me interesé por la teoría económica y me encontré con que se daba exactamente lo que me habían enseñado en la Universidad. Me tuve que buscar la vida para dar con autores que sí hablaban de competencia como una rivalidad entre empresas para ganarse el favor de los consumidores. Y así topé con Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Israel Kirzner o Murray Rothbard. Leyéndoles me acordé de mi experiencia en las ferias de mi pueblo.

La competencia es rivalidad. Es un proceso de descubrimiento, como dice Hayek. Y es el ambiente en que los buenos empresarios se ven recompensados. Pero los comisarios europeos han leído otros libros, y por eso reparten estopa a Microsoft, Schneider o Telefónica. Eso, o que cuando eran niños no fueron a los coches de choque.

Bofetón a la CMT en la cara de Telefónica

La razón que ha dado la Comisión Europea para imponerle una multa de 151,8 millones de euros a Telefónica es que entre 2001 y 2006 ofrecía el precio mayorista del ADSL a otras operadoras demasiado alto y el precio minorista a sus clientes demasiado bajo. A eso lo llama "estrechamiento de márgenes". Según las autoridades de Bruselas, eso habría provocado que los competidores de Telefónica no hubieran podido rebajar lo suficiente el precio minorista como para plantarle cara.

El pequeño detalle que esta condena administrativa deja en la cuneta es que dichos precios estuvieron controlados por la CMT, el regulador español de las telecomunicaciones, durante todo ese período. Por tanto, si realmente esos precios estuvieron mal, y seguro que lo estuvieron, pues ningún regulador posee el conocimiento necesario para hacer su labor correctamente, sería la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones la que tendría que ser condenada y quien tendría que pagar la multa. Naturalmente, Telefónica recurrirá, por eso y porque las anteriores multas a operadores telefónicos fueron entre 10 y 15 veces más bajas.

No obstante, no está claro que realmente Telefónica (o, para ser más exactos, la CMT) estrechara realmente los márgenes. Como argumenta la Asociación de Internautas, en nuestro país no se han desarrollado muchas redes alternativas, lo que indicaría que el precio mayorista era demasiado bajo. En cambio, ha habido una auténtica explosión de empresas que se dedicaban a revender el ADSL de Telefónica, lo que sería un indicio de que el margen era muy amplio.

Lo único que está claro es que la Comisión Europea, seguramente por echarle un pulso a los reguladores nacionales, ha decidido que las empresas pueden ser multadas por obedecer a la CMT y también por desobedecerla. Es como si a Telefónica le hubieran dicho en Bruselas lo que las autoridades antimonopolio le decían a Tom Smith y su increíble máquina de hacer pan en la fábula de R.W. Grant:

Aumento ilegal de precio
es cobrar más que un colega,
pero si cobra usted de menos
es desleal competencia.

Y téngalo bien presente,
no haya en esto confusión:
si cobran todos lo mismo
será confabulación.

¿Y qué ha hecho el Gobierno, el responsable de la CMT? Lavarse las manos. Tampoco parece que esté por la labor de actuar para eliminar el verdadero freno a la competencia en España, que no es otro que el mes o dos meses sin conexión que transcurren entre que te das de baja de un operador para poder pasarte a otro. Yo mismo, sin ir más lejos, ni he mirado otras ofertas de conexión alternativas a la que tengo por eso.

Desde Londres

Llevo seis meses trabajando y viviendo en Londres. Supongo que una ciudad tan rica en matices no deja a todos la misma huella, pero en cualquier caso os comento algunas de mis impresiones.

La sensación que uno tiene paseando por las calles de Londres, yendo en metro o en el lugar de trabajo, es que la diversidad (cultural, racial, religiosa) no lleva necesariamente al enfrentamiento. Londres es, con el permiso de Nueva York o Toronto, la ciudad más cosmopolita del mundo. Un 30% de sus ocho millones de habitantes ha nacido en el extranjero y una parte del resto son inmigrantes de segunda o tercera generación. Se hablan más de 300 lenguas y hay hasta 50 comunidades foráneas con más de 10.000 miembros. Para nativistas como los de VDARE esto supone poco menos que estar al borde del abismo, pero lo cierto es que existe una arraigada conciencia de “ciudad internacional” en Londres, también por parte de todos los ingleses que he conocido. La diversidad londinense no es solo algo con lo que hay que convivir, es para mucha gente uno de sus principales activos.

A mí me parece fascinante salir de copas con los compañeros de trabajo y poder charlar con gente de quince países distintos. Contra Hoppe, que sostiene que los individuos quieren relacionarse solo entre iguales y que la diversidad conduce a la guetización, Londres es la prueba de que mucha gente emigra a una gran ciudad precisamente paraexperimentar esa diversidad y de que el contacto intercultural no produce conflicto sino familiaridad.

El Reino Unido tiene un mercado laboral bastante flexible en comparación con la Europa continental. Es una realidad que se remonta a los tiempos de Tatcher y que los gobiernos sucesivos se han abstenido de alterar en lo fundamental. Así, mientras el paro en Francia, Alemania o España ronda el 10%, en UK el nivel de paro es similar al de Estados Unidos, alrededor del 5%.

Ya me dijeron desde un primer momento que encontrar trabajo en Londres is not an issue. La movilidad es altísima. En la empresa donde trabajo, en mi departamento, cada dos semanas entra alguien nuevo y sale otro. No porque lo despidan, sino porque encuentra algo mejor. Las empresas están sujetas a una fuerte competencia, saben que sus empleados tienen muchas alternativas allí fuera e intentan retenerlos con salarios altos, promociones y un buen ambiente de trabajo.

Una muestra de la flexibilidad del mercado laboral inglés es la posibilidad de salirse (opt out) de la jornada laboral de 48 horas. A diferencia de los demás países europeos, en el Reino Unido puedes firmar un acuerdo con tu empleador que te permite trabajar tantas horas como quieras. Una de las ofertas de trabajo que tanteé seriamente al principio, dado mi precario inglés y mi impaciencia por encontrar algo, fue la de asistente de cocina (eufemismo de lava-platos) en un gastro-pub. Consistía en trabajar todos los días de la semana, un total de 60 horas, por 5.5 libras la hora (que vienen a ser un total de casi 2000 euros al mes).

Para los socialistas de todos los partidos una jornada laboral de 60 horas no respeta la dignidad del trabajador y, a la francesa, debe limitarse por ley. Esta medida, sin embargo, solo hace que los empleadores contraten menos o paguen salarios más bajos, y en el margen hace que algunos negocios dejen de ser rentables y otros tantos no se creen porque la rentabilidad esperada no es lo bastante atractiva. ¿Es más digno cobrar menos o estar en el paro que trabajar más horas? Que lo decida el trabajador. Yo hubiera preferido trabajar 60 horas cobrando 2000 euros que las 35 horas francesas por la mitad.

La inabarcable oferta de bienes y servicios en Londres es reflejo de un mercado dinámico e innovador. Inglaterra tiene fama de tener una pobre gastronomía. Eso es cierto en lo que respecta a la gastronomía autóctona, pero en Londres si algo abunda es la gastronomía no-autóctona (incluidos restaurantes de tapas españoles).

Es una de las ciudades más caras del mundo, pero puedes apañártelas para comprar barato en supermercados como Tesco, el omnipresente Wal-Mart británico, o en los kilométricos mercadillos del fin de semana. Para encontrar piso (y trabajo) no hay mejor herramienta que Gumtree, una web comunitaria de anuncios que es gratuita tanto para los que postean como para los que buscan ofertas, y que es un buen ejemplo de como la sociedad no necesita del Estado para dar con soluciones imaginativas a determinadas necesidades. También puedes comparar los precios de las distintas agencias de viajes, aseguradoras, bancos y empresas de servicios en páginas como MoneySupermarket.com

Hay varios think tanks liberales en Londres. El más radical y uno de los más activos es el Libertarian Alliance. Tim Evans, su director, hace una breve valoración del mandato de Tony Blair, que recién ha abandonado el número 10 de Downing Street en favor de Gordon Brown, igual de nefasto pero más aburrido. En el horizonte, algunas sombras: el pasado 1 de julio entró en vigor una ley anti-tabaco bastante más expeditiva que la española, la Unión Europea presiona para finiquitar el opting out británico, y el DNI será introducido en los próximos años. En la arena política, los lib dems nunca se sabe de qué pie cojean y los tories parecen tan perdidos como de costumbre, y tan carentes de principios como el PP.

Sería interesante que aquellos que habéis vivido por un tiempo en Londres comentéis vuestras propias impresiones.

Libertad y desarrollo

Al estudiar las diversas estadísticas que existen sobre los diferentes países del mundo, una de las cuestiones que casi inevitablemente se plantea es el motivo por el que los ciudadanos de unos y otros viven en condiciones tan distintas. El hecho de que, por norma general, la mayoría de los ciudadanos de determinados países tengan grandes dificultades para poder satisfacer sus necesidades más básicas de sustento, vestido y habitación, mientras que en otros este problema es marginal, es algo que a muy pocas conciencias deja de preocupar.

Las razones por las que una persona puede encontrarse en esta situación son muy diversas. No obstante, cuando la concentración de pobreza es muy elevada en determinados países, y no tiene muchos visos de mejorar conforme van transcurriendo los años, cabe indagar si existe algún factor común que explique esta situación.

A la hora de analizar estos países nos encontramos cierta heterogeneidad. Así, podemos encontrar países con régimen relativamente democrático o dictatorial, con alta o baja densidad de población, grandes o pequeños, etc. No obstante, sí que existen indicios que permiten concluir que gran parte de las personas de dichos países han perdido la esperanza en que su trabajo personal les pueda servir para mejorar su situación personal, y ha quedado reducido a una mera herramienta de supervivencia.

Pese a que muchos ciudadanos tienen dicha percepción de su situación en su país de residencia, ésta deja de existir cuando se cambia de nación, incluso aunque hablemos de las mismas personas. Es por ello por lo que muchos ciudadanos deciden abandonar su patria de origen con destino a otra y convertirse en emigrantes.

Esta situación no es estática, sino que varía a lo largo del tiempo. Así, entre la década de los cincuenta y los ochenta, países como Venezuela fueron receptores de emigrantes de distintos países, atraídos por la riqueza que proporcionaba la industria petrolífera. Sin embargo, hoy en día, pese a tener los mismos recursos naturales, un tercio de los ciudadanos de este país afirman que lo abandonarían de tener la oportunidad.

Esta situación no es exclusiva de este país, sino que se repite en Argentina o, con especial crudeza, en Cuba.

A la hora de analizar los motivos por los que no sólo los ciudadanos extranjeros, sino incluso gran parte de los nacionales, han perdido la esperanza de que su esfuerzo personal sea adecuadamente recompensado en el lugar que les vio nacer, sólo cabe concluir que creen percibir algún tipo de obstáculo infranqueable. Éste les impediría que cualquier esfuerzo fuese compensado. Además, el mismo sería bastante más pequeño (o no existiría) en otros países dada la cantidad de emigrantes que deciden emprender una nueva vida en éstos.

Si se analiza la historia reciente de estas naciones se puede comprobar que lo único que ha cambiado en estas últimas décadas es su estructura política. En todos los casos, una serie de desacertadas decisiones políticas han ido recortando la capacidad de maniobra de los ciudadanos, y la capacidad de elección ha quedado en manos de la clase dirigente. Este control sobre las vidas y haciendas de los ciudadanos se ha ido intensificando año tras año, de tal manera que las decisiones empresariales iban teniendo más como objetivo satisfacer a la clase dirigente que a sus clientes y accionistas. Como consecuencia de ello, las empresas existentes cada vez más se han vuelto obsoletas. Además, al verse reducida la libertad de los ciudadanos, no han existido empresas nuevas que hayan podido suplir las carencias de las antiguas. Como resultado se ha producido un proceso de empobrecimiento relativo de sus ciudadanos.

Mientras tanto, otros países han ido confiando más en sus ciudadanos, y éstos han ido creando riqueza y transformando sus respectivos países en tierra de oportunidades, en la que sus habitantes tienen la esperanza de que su trabajo y esfuerzo se vea de alguna manera recompensado.

Por tanto, la mejor receta contra la pobreza de estos países no es otra que devolver la confianza de sus habitantes, para que vuelvan a recuperar la esperanza en que su trabajo y esfuerzo tendrán recompensas. Para ello, su clase dirigente deberá asumir que no es posible gobernar sin devolver la capacidad de elección a sus ciudadanos.

Mugabe, el nuevo genocida de cabecera de la progresía internacional

La magnitud del genocidio provocado por la política del tirano Mugabe en la que fuera próspera Rodesia se eleva según algunas fuentes a los dos millones de personas. A eso hay que sumarle la limpieza racial llevada a cabo por el dictador, saldada con el abandono de miles de granjeros blancos.

Según testigos oculares, Harare, la capital del país, es desde hace años un auténtico cementerio comercial. La mayoría de las tiendas han cerrado, no hay transporte colectivo, y sólo queda un hotel abierto. El desempleo alcanza la escalofriante cifra del 80% de la población activa y el hambre se apodera de millones de personas. La oposición política al tirano ha sido diezmada, y las regiones menos proclives al Gobierno son las más castigadas por la hambruna y la enfermedad. Las ONGs internacionales han sido expulsadas del país por promover "valores extranjeros" y cualquier foráneo puede dar con sus huesos en prisión por el simple hecho de ser percibido por el Gobierno como una mala influencia sobre la población local. El único mamífero que parece haber prosperado desde que el "experimento democrático" de Mugabe –progres dixit– comenzó en 1996 es la hiena, cada día más aficionada a la carne humana que se encuentra por doquier en las fosas comunes abiertas que se reproducen como setas en otoño por todo el país.

Para muchos activistas antiglobalización y parte de la izquierda negra norteamericana, Mugabe es un símbolo de la lucha de los oprimidos, un hombre que "habla por los negros de todo el mundo", en palabras del comentarista político sudafricano Harry Mashabela. En efecto, Sudáfrica, convertida en los últimos años en el paraíso de diversos turistas del ideal occidentales, es en la actualidad el mayor aliado de Mugabe, que también cuenta con la ayuda de algunas dictaduras africanas, árabes y por supuesto latinoamericanas. Como en el caso de Idi Amín, cualquier crítica al dictador es respondida con la sempiterna acusación de "racismo" por los progres, incluidos algunos importantes miembros del Partido Demócrata de estados como Nueva York.

Hace poco más de un mes, la Comisión de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible eligió al representante de Zimbabwe como nuevo presidente. La mayoría de los medios solventaron el asunto con comentarios del estilo "el país africano ha sido criticado por la mala administración de su economía". Algunos adherentes a la teoría del fundamentalismo democrático de Juan Luis Cebrián que tanto éxito ha tenido en algunos círculos académicos de intelectuales catetos celebrarán este triunfo del igualitarismo democrático y multicultural, mientras que los partidarios de la Alianza de Civilizaciones hablarán del "ligero desajuste" que situaciones como esta provocan, aunque nada puede hacerse ante el veredicto democrático de la sociedad internacional.

Mientras escribo estas líneas saboreo un magnífico café africano y un delicioso brioche au chocolat hecho con cacao de Costa de Marfil y me pregunto si desear que los habitantes de África no mueran de hambre o de asco en las cárceles gestionadas por los sicarios de algún tirano y sufragadas con el dinero desviado de fondos de ayuda al desarrollo occidentales es una muestra de racismo, eurocentrismo o "negrofobia". Para mí, el desarrollo sostenible significa poder seguir disfrutando de suculentos desayunos a base de productos agrícolas made in Africa llegados a Europa sin haber pagado tasa de exportación en su país de origen y sin que ningún aduanero español haya expedido una factura al importador. ¿Soy racista?

Sea como fuera, no seré yo quien sufra si Mugabe y sus aliados se empeñan en convertir África en un erial en nombre de la nueva democracia, los derechos culturales y el desarrollo sostenible. Sólo tengo que pasarme a las tostadas con mantequilla y mermelada y al café de Colombia, que aún resiste, y asunto arreglado. Sin embargo, me pregunto cuál será el precio en sangre que los africanos tendrán que pagar por esta nueva victoria del socialismo consistente en que un desalmado como yo tenga que renunciar a su desayuno imperialista. Pregunten a cualquier economista marxista.

Paradojas stiglitzianas

Los premios Nobel han adquirido un reconocido prestigio en las ciencias naturales. En Economía, no obstante, tiene sus más y sus menos. Entre sus últimos aciertos, los de Phelps, Prescott o Vernon Smith. Pero siempre me maravilló que se lo dieran a Joseph Stiglitz.

Este viernes se pasó por Madrid, invitado por la Fundación Atman, y dejó su poso de economía misteriosa y contradictoria. Acaso lo más chocante fuera su juicio sobre las remesas. Son importantes para el desarrollo, ha dicho. Y lo cierto es que, a diferencia de las ayudas públicas, llegan de verdad a quien las necesita y además de una forma muy barata.

Mas, aunque ayudan a mantenerse a las familias de los países pobres, no contribuyen al desarrollo si el país no favorece la creación de capital, es decir, transformar esa renta en riqueza. Y los países pobres lo son precisamente porque no favorecen esa transformación.

Acaso el bueno de Stiglitz no quisiera aburrir a la audiencia con estas razones, o acaso le sean ajenas. Pero lo que sí dijo es que era criticable la “fuga de cerebros” de los países pobres a los ricos.

Pero esa fuga se explica porque los países ricos tienen más capital y hacen el trabajo más productivo, de modo que generan una renta mucho mayor que la que podrían crear en su país, y eso acaba beneficiando al terruño de origen.

También dijo que la globalización obliga a los trabajadores más cualificados a competir con quienes lo son menos. ¿En serio? ¿Compite todo un Nobel de Economía con un porteador o un cajero? Más bien lo que ocurre es que los trabajadores con poco capital humano que van a los países ricos ayudan a profundizar la división del trabajo, desde un puesto más productivo.

Es autor de un libro que el mercado ha llevado a todos los rincones, y que es una crítica a la globalización. Su último libro es una nueva contradicción, un oxímoron, una paradoja. Propone un comercio más justo, pero no más libre. Qué cosas.

La cumbre alternativa y el arte de lo obvio

Esta semana se han reunido en Alemania los ocho países más ricos y Rusia para tratar los temas más relevantes del momento. Parece que a Angela Merkel no le hacen mucho caso en lo del CO2, Putin y Bush se van entendiendo dentro de las diferencias… nada nuevo bajo el Sol.

Pero ha habido una cumbre paralela que, además de contar con las exhibiciones acuáticas de Greenpeace, culminó ayer con un macroconcierto en Rostock (Alemania). No podían faltar a la cita Bob Geldof y Bono, habituales de estas ferias.

¿Realmente reclaman algo legítimo? Según explican, los políticos les prometieron cosas que no han cumplido. Pero en la cumbre del 2005 en Gleneagles lo que hicieron los representantes de los países ricos fue acordar un aumento de la ayuda al desarrollo hasta llegar a los 50.000 millones de dólares en el 2010. Es cierto que, por el contrario, se han registrado en 2007 niveles más bajos de cooperación internacional. Sin embargo ¿una promesa es lo mismo que un acuerdo? Y, sobre todo, ¿la ingenuidad de estos cantantes llega al extremo de confiar en la palabra de un político? Tal vez sí, pero ¿y la del Nobel Yunus, la ecofeminista india Vandana Shiva y el líder del Llamado global a la acción contra la pobreza, el sudafricano Kumi Naidoo, que estuvieron allí soltando sus speeches también? La gestión de los pobres está en las manos equivocadas.

El mayor estímulo del capitalismo no es el beneficio, sino la amenaza de pérdida. Pon debajo de las personas un colchón protector de bienestar y vegetarán como animales.

Esta frase (que no es mía) explica una obviedad relacionada con la pataleta de los adalides de los pobres. Si quieres sacar a los pobres de su situación, no les transmitas tu virus estatista, simplemente no les impidas que lo hagan, y si sientes mucha impotencia fomenta la cooperación voluntaria, no socialista; fomenta la iniciativa privada. En una palabra, el capitalismo.

A Adam Smith le parecía obvio que sólo el sistema de libertad natural, aquel en el que impera el respeto por la libertad individual para emplear la propiedad, el trabajo y el capital como cada uno considerara y el respeto al libre intercambio, era el marco adecuado para que los países pobres dejaran de serlo. A los liberales, en general, también nos parece obvio que el capitalismo y la libertad individual son el camino para salir de la pobreza.

Pero en una sociedad tan compleja como la actual, decir lo obvio no solamente no está de más, sino que es necesario para no perderse entre la maraña de mensajes subliminales, confusos y socializantes con que nos machacan por todos lados. Y lo más obvio de todo es que los pobres no necesitan promesas ni acuerdos, necesitan ser rentables a los ricos, contratos que se cumplan, ánimo de lucro, tener algo que perder. No necesitan caridad, ni bajos niveles de CO2, ni un concierto de reafirmación de los líderes de masas, de los gurús de la pobreza, ni una exhibición acuática de los ecofascistas.

Los 30 activistas españoles de Intermón Oxfam han protagonizado un acto reivindicativo durante el festival enarbolando unas manos gigantes en las que se podía leer El mundo no puede esperar. Pues ya saben lo que tienen que hacer. Es obvio.

Hasta nunca, Banco Mundial

Estados Unidos ha cerrado la crisis del Banco Mundial abierta por el malestar que causaba la permanencia de Paul Wolfowitz. Esta ha sido una nueva oportunidad para que se vuelvan a oír las voces que piden una reforma de la institución. No hay que hacerles ningún caso. Lo único sensato que cabe hacer con esta institución es cerrarla definitivamente, jurar solemnemente no volver a crear nada ni remotamente parecido y no mirar atrás.

El pecado de la institución es de origen. Nació en Bretton Woods con el objetivo de promover el desarrollo de las sociedades más pobres por medio de préstamos y ayudas. Cuando se creó predominaba una idea del desarrollo que casa con un juicio de Gunnar Myrdal de 1956, que es sólo un poco exagerado: "Ahora todo el mundo está de acuerdo en que un país subdesarrollado debería tener un plan nacional integrado omnicomprensivo, bajo el apoyo y el aplauso de los países avanzados". Qué suerte tienen los gobiernos de los países pobres, que pueden contar con el solidario y docto consejo de economistas blancos, más las fabulosas ayudas provenientes de los ricos bolsillos de los contribuyentes del primer mundo.

Lo que conocemos como Banco Mundial ya se ha reformado y ha pasado por cambios muy importantes. Y su contribución a la pobreza del mundo ha sido enorme. El proceso por el que se crea la riqueza pasa por poner los factores productivos al servicio de proyectos que crean más valor que el que podrían aportar en otras alternativas. Su lugar y oportunidad no están escritos y hay que descubrirlos. Esa es la labor de los empresarios, que cuentan para ello con el incentivo de los beneficios y la espuela de las pérdidas.

Pero las ayudas no están dirigidas por el beneficio y la empresarialidad. Se otorgan con un criterio politizado, no tienen porqué llegar a quienes harían mejor uso de ellas. Es más, cuando hay una fuente de enormes cantidades de dinero cuya concesión depende de la voluntad del probo burócrata de turno, por un lado se fomenta la corrupción y por otro la especialización en la búsqueda de rentas, en lugar de la generación de riqueza. Las ayudas se pierden como la arena de la playa entre los dedos si ese dinero no se convierte en capital dentro de un proyecto productivo sostenible por su propia productividad.

La propia institución acaba de lanzar su último Global Development Finance Report (2007). En él recoge el siguiente dato: "Los flujos netos de capital privado hacia los países pobres han alcanzado un récord de 647.000 millones de dólares en 2006" y "continúa el cambio desde la financiación pública a la privada". Es decir, que no le necesitan en las áreas económicamente más pobres.

No reformemos el Banco Mundial. Cerrémoslo.

La libertad de horarios comerciales

El día 30 de abril de 1985, el Gobierno del PSOE aprobaba un Real Decreto-Ley que tendría una trascendencia inmediata para aumentar la libertad (escasa, como casi siempre) de la que gozaban los españoles de aquel tiempo. El mismo Gobierno que tres años antes, con la expropiación de RUMASA, había perpetrado en un solo día el mayor atentado contra el derecho a la propiedad privada que recuerden los anales de la historia, decidía, entre otras medidas, liberalizar los horarios comerciales y la duración de los contratos de arrendamientos urbanos. Una prensa pasajeramente encandilada con el ministro de Economía popularizaría la denominación con la que pasó a la historia: el Decreto Boyer. No obstante, oficialmente, se publicaría bajo el nombre de Real Decreto-Ley 2/1985, de 30 de abril, sobre medidas de política económica.

La norma contenida en su artículo 5 desplegó rápidamente unos benéficos efectos en la vida de los atribulados españoles de los años ochenta. Sin ir más lejos, quien esto les escribe consiguió trabajar durante la campaña de Navidad de aquel año. La proliferación de contrataciones temporales y/o a tiempo parcial como consecuencia directa de la posibilidad, aprovechada por muchos comerciantes, de abrir los domingos y festivos y ampliar los horarios por la noche, palió las poco halagüeñas perspectivas en el mercado de trabajo.

Transcurridos casi diez años de disfrute de ese régimen de libertad de horarios, sin embargo, la agonía del último de los gobiernos de Felipe González, preso de sus propias fechorías y de una situación económica nada boyante, le predispuso a congraciarse con una coalición formada por las castas sindicales y algunas asociaciones gremiales de pequeños comerciantes, que se proclamaba agraviada por los horarios comerciales libres, en uno más de sus intentos desesperados por evitar la derrota en las elecciones generales que tendrían lugar el 3 de marzo de 1996. De esta manera, poco antes de esas elecciones, ese Gobierno –con el apoyo de sus socios del grupo parlamentario de Convergencia i Unió– consiguió promulgar dos leyes que, aunque dejaban en última instancia la decisión al arbitrio de las comunidades autónomas, acabaron de hecho con ese régimen de libertad de horarios de los comercios, si bien introduciendo excepciones en función de los productos que vendieran y el tamaño y la ubicación del establecimiento: la Ley 7/1996, de 15 de enero, de Ordenación del Comercio Minorista y la Ley Orgánica 2/1996, de 15 de Enero, complementaria de la anterior.

Aunque la regulación se quiso disimular como provisional hasta el 1 de diciembre de 2001, fue prolongada por el gobierno de Aznar hasta el 1 de enero de 2005, mediante la aprobación del Real Decreto-Ley 6/2000, de 23 de junio, de Medidas Urgentes de Intensificación de la Competencia en Mercados de Bienes y Servicios. No obstante, el último inciso del artículo 43.4 de este decreto-ley, relativo a esta cuestión, dispuso que, en defecto de disposiciones autonómicas, serían de aplicación las disposiciones de libertad absoluta de horarios y de fijación de días de apertura.

Al no haber comunidad autónoma que renunciara a una regulación propia, la libertad de horarios ha quedado inédita, ya que tan solo se ha producido una limitada competencia entre ellas por permitir la apertura de más o menos domingos y días festivos. En este momento, por ejemplo, la Comunidad de Madrid es la región española que permite que se abran un mayor número de domingos y festivos. Su intervencionista y prolija Ley 16/1999, de 29 de abril, de Comercio interior de la Comunidad de Madrid, y el Decreto 130/2002, de 18 de julio que la desarrolló, permiten la apertura de todos los comercios en función de decisiones del Gobierno adoptadas el año anterior a su entrada en vigor. Su consejero de Economía autorizó la apertura de veinte domingos y festivos para este año 2007.

Para acabar la semblanza de la regulación de esta materia, en la actualidad, desde que se aprobara la Ley 1/2004, de 21 de diciembre, de Horarios Comerciales, la competencia para determinar los domingos o días festivos en los que podrán permanecer abiertos al público los comercios, con un suelo de ocho, corresponde a cada Comunidad Autónoma para su respectivo ámbito territorial.

Es por esto por lo que, recién celebradas unas elecciones autonómicas, se presenta una excelente ocasión para que los gobernantes surgidos de ellas rompan la dinámica intervencionista y, de paso, recuperen la tendencia liberalizadora truncada.

Frente a las ideas equivocadas de los políticos que creen que la protección a ciertos empresarios frente a la competencia contribuye a la prosperidad general o simplemente la justifican por motivos clientelares, sirva una audaz liberalización que demuestre inmediatamente sus benéficos efectos. La adopción de estas medidas puede defenderse por numerosas razones, fácilmente comprensibles para una población de una sociedad avanzada. Sin agotar las razones que lo apoyan, podríamos señalar:

  1. Las preferencias y los intereses de los consumidores actuales requieren de la más amplia oferta de horarios comerciales que les permita compatibilizar sus trabajos con el ocio y sus compras.
  2. Los gobernantes de un país especializado en turismo como España no deben desconocer las tendencias del mercado mundial, donde se observa el desarrollo de una demanda de múltiples visitas cortas y el turismo de compras de fin de semana. El espectacular incremento de los vuelos de bajo coste y la existencia de infraestructuras capaces de canalizarlos garantizarían el éxito en este momento.
  3. La liberalización del comercio en general con la eliminación de las restricciones de entrada y estas limitaciones horarias que reducen la oferta supone un factor de dinamización de la actividad económica y de descubrimiento de nuevas necesidades por los empresarios. Su puesta en marcha desembocará en un aumento del bienestar general.

Pocas veces una medida tan sencilla demostraría un efecto tan positivo y la perspicacia del gobernante que lo abordara. ¡Libertad de horarios comerciales, ya!

El socialismo del XXI, o del XIX

En cuanto un personaje de la izquierda pone como ejemplo experiencias democráticas foráneas, tenemos que echarnos a temblar. Acordémonos de la admiración de la progresía patria por el Chile de Allende. Mi amigo José Piñera explica admirablemente cómo este protomártir siniestro primero ignoró y luego destruyó la democracia en su país. Era, al fin, un obstáculo de lo más molesto para su último objetivo, que siempre fue llevar al país al socialismo. A la tiranía, en fin.

A Chávez la democracia le resulta también un estorbo. Ya demostró el interés de progreso que tenía en ella cuando protagonizó un golpe de Estado contra CAP. Luego ha seguido protagonizando otros hitos de hombre progresista cerrando medios de comunicación incómodos, por ejemplo. También ha nacionalizado el que está considerado como el mayor pozo petrolífero del mundo, siguiendo el camino de Evo Morales. Es una fuente de ingresos especialmente útil para los dictadores, porque no necesitan a la gente para extraerlos; no son como los impuestos.

La progresiva socialización de la economía ya está rindiendo sus frutos de progreso. Los bienes básicos ya no van a los mercados. Los venezolanos tienen que dedicar el tiempo que no pueden destinar a mejorar su condición a esperar largas colas en unos comercios cada vez más desabastecidos. Chávez está persiguiendo a los productores, y les impone precios máximos, que siempre llevan a abastecimientos mínimos y colas interminables. Su última propuesta como hombre de izquierdas pasa por someter a los bancos a sus proyectos socialistas, o nacionalizarlos si no se pliegan a ellos. No hay problema. En el XX pudimos comprobar que no hay villanía que no cuente con el apoyo de los intelectuales y el "socialismo del siglo XXI" que pregona Chávez ya tiene sus Riefenstahl, o sus Bertolt Brecht.

El socialismo, o el crimen hecho ideología, no desaparecerá jamás. Y como tampoco necesita de muchas sutilezas para imponerse, ni las utiliza, ¿por qué no recuperar a Marx para construir ese socialismo del XXI? Total, ¿qué más da? Marx tiene la virtud de que se puede explicar en un par de frases, en el par de lecciones que Sevilla le dio a Zapatero, o en los miles de tomos inútiles que se han escrito en su nombre. Y es tan falso que quien lo adopta queda automáticamente inmune a cualquier experiencia o razonamiento. Bien, pues Chávez ha resuelto imponer a las empresas que dediquen cuatro horas semanales a explicar el marxismo a sus trabajadores. ¡Cuatro horas semanales! Con lo sencillo que resulta resumirlo todo en una sola cifra: cien millones de muertos.