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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

La troika del capitalismo

¿Se ha parado a pensar alguna vez de dónde proviene el progreso económico? ¿Qué misteriosas “fuerzas” hacen avanzar a la sociedad y la enriquecen de manera continuada? Mucha gente se ha rendido ante la evidencia de que el capitalismo eleva el nivel de vida de las masas, pero muy poca comprende cuál es el proceso exacto por el que la riqueza se genera y se difunde entre los miembros de una sociedad.

Para explicarlo recurriremos a la frecuente evolución de las necesidades que se produce a lo largo de la vida de una persona. Cuando un individuo es joven sus brazos y su cerebro le permiten obtener un salario con el que adquirir los bienes que necesita; sin embargo, ese mismo individuo sabe que dentro de 50 o 60 años sus brazos y su cerebro dejarán de funcionar al mismo nivel, de modo que se quedará sin salario con el que subsistir. De ahí que muchas personas se preocupen de ahorrar una parte de su renta para disponer de una cierta riqueza que les permita sobrevivir durante su jubilación.

Cuando este individuo llega a la tercera edad sus necesidades pasarán más bien por desacumular la riqueza y “quemarla” durante los últimos años de su vida; sin embargo esto puede no ser tan sencillo. Imagine que su riqueza la posee en forma de pisos o empresas; en ese caso es posible que no quiera enajenar su inmovilizado para conseguir dinero. En realidad, lo ideal sería contratar a una persona que gestionara sus pisos (alquilándolos) o su empresa (obteniendo beneficios) a cambio de una porción de las rentas.

Por tanto, tenemos de momento dos personas: el joven que quiere transformar renta en riqueza y el anciano que quiere convertir su riqueza en renta. Añadamos a dos sujetos más: el inventor y el empresario.

El inventor es una persona inteligentísima capaz de realizar aportaciones tecnológicas esenciales para la humanidad a través de su investigación. Sólo tiene un problema: necesita una renta con la sobrevivir durante el tiempo en que está trabajando.

El empresario es un sujeto intrépido y visionario que sabe perfectamente cómo conseguir beneficios. Pero, también el, tiene una carencia: le faltan los medios de producción con los que implementar su negocio.

Si nos fijamos, el inventor es la persona capaz de convertir la renta (el sustento que necesita para sobrevivir) en riqueza (descubrimiento tecnológico) y el empresario es el individuo capaz de transformar la riqueza (medios de producción) en renta (beneficios). Por tanto, el inventor es la pareja perfecta del jovenzuelo y el empresario el compañero ideal del anciano.

El jovenzuelo le proporciona al inventor una parte de su salario y cuando éste culmine la investigación, ambos compartirán la riqueza derivada de su descubrimiento. El anciano le arrienda al empresario sus medios de producción y éste le compensa con una porción de los beneficios que obtenga.

El esquema parece que funciona bien hasta el momento, sin embargo hay un problema. Tanto el jovenzuelo como el anciano pueden conseguir sus fines sin la colaboración del empresario y el inventor. El jovenzuelo sólo tiene que ahorrar y al anciano le basta con desahorrar. El poder de negociación del empresario y el inventor es muy pequeño, de modo que numerosos proyectos podrían no salir adelante.

Pero por fortuna nos falta introducir al quinto sujeto: el capitalista. El capitalista es aquella persona que ya ha acumulado una cierta riqueza y que no desea atesorarla, sino utilizarla para producir aun más riqueza.

Siendo ello así, el capitalista está llamado a asociarse tanto con el empresario como con el inventor, una vez estos últimos hayan agotado las oportunidades de ganancia con los ahorradores y los pensionistas.

El capitalista proporciona al empresario el capital que necesita para comenzar el negocio, éste transforma el capital en renta y con esta renta contrata al inventor para que la transforme en riqueza y pague con ello al capitalista. O dicho en otras palabras, el empresario obtiene el capital necesario para comenzar el negocio y mediante los beneficios presentes y futuros financia el gasto en I+D.

Este modelo pentagonal, desarrollado originariamente por Antal Fekete, nos permite explicar los dos procesos fundamentales a través de los que se incrementa nuestro bienestar: la acumulación de capital y el desarrollo tecnológico. La asociación del capitalista, el empresario y el inventor, esto es, de la voluntad, el talento y el cerebro, da lugar a un progreso imparable que beneficia a toda la sociedad. El tipo de interés se desploma gracias a la aparición del capitalista y las buenas ideas de cualquier individuo –tenga o no recursos iniciales- pueden llegar a materializarse.

Es al capitalista, al empresario y al inventor –a troika del capitalismo– a quienes debemos nuestros estándares de vida actuales. Una asociación imparable al servicio de las masas.

El timo de la estampilla

Exactamente esto es lo que ha ocurrido en el caso Afinsa-Fórum. Hasta cierto punto es explicable: la gente tiende a hacer caso a los fanfarrones, y el Estado es el mayor de todos ellos; "aquí estoy yo para solucionarlo todo", dice, y todos le miran. Y asienten. Es poderoso, qué duda cabe, y acostumbra a decidir sobre nuestras vidas. Pero la fuerza no es lo mismo que la capacidad y a lo que nos tiene acostumbrados es a fracasar de forma sistemática, una y otra vez, en sus pretendidos propósitos. Por eso las exigencias de más regulación tienen también algo de paradójico. ¿Evitó la regulación el caso Banesto? ¿Evitó el caso Enron? ¿Por qué seguimos pidiéndole al fanfarrón que nos proteja?

Si alguna función tiene el Estado, es la de la definición y protección de nuestros derechos. Para ello basta un Código Civil, otro Penal, un sistema judicial y una Policía. En el escándalo que ha arrastrado a 350.000 ahorradores, la Fiscalía ha acusado a Fórum Filatélico y Afinsa de operar con un "negocio piramidal, carente de lógica económica y abocado al fracaso". ¡Qué razón tiene la Fiscalía! ¡Una lástima que no se sienta excitada en su celo contra la Seguridad Social, que actúa con el mismo "negocio piramidal, carente de lógica económica y abocado al fracaso"! Se ve que el Estado a tanto no llega en nuestra protección, ya que en lugar de luchar contra este fraude, nos lo impone.

Se dirá que si se ha llegado a esta situación es porque algo ha fallado; y es verdad. Ha fallado la cultura financiera, que de estar extendida hubiera limitado el desarrollo de estas sociedades. Han fallado los medios de comunicación que, emponzoñados de política (por culpa del veneno, no del enfermo), no dedican la atención que merecerían otros procesos sociales también importantes. Pero una cosa son las carencias de una sociedad, y otra las responsabilidades, y éstas no alcanzan los demás, que en nada han participado en este asunto. Por eso, la propuesta del PP de crear un "fondo de garantías" ad hoc es una pieza más del arte moderno de la política: demagogia y populismo en propio beneficio, pero pagado con el dinero de los demás. Una propuesta antisocial, que remunera los comportamientos arriesgados y financieramente poco sanos, y envía el mensaje de que nada importa: siempre está el gobierno recaudando el dinero de los demás para pagar los platos rotos y erigirse en salvador. Que los paguen quienes se hayan enriquecido, violando a la vez los principios del Derecho y los de la economía.

El verdadero mérito de Bill Gates

Cierto es que esta costumbre la suelen alternar con la concesión de premios a ganadores sin méritos suficientes siquiera para ser nominados, como sucedió con Fernando Alonso, pero es que ellos son así. Este año, sin embargo, se han ganado el odio de la gran mayoría de mi profesión. Vamos, que los informáticos están que trinan. Y es que le han dado ese premio nada más y nada menos que a Bill Gates. Bueno, y a su mujer.

El mérito considerado para darles esta distinción es la Fundación que lleva su nombre, dedicada principalmente a la lucha contra la malaria. Una acción loable, sin duda, llevada a cabo gracias a los fondos obtenidos del éxito de su empresa, Microsoft. Fue también gracias a esta labor como el multimillonario y su señora consiguieron aparecer como, seamos políticamente correctos, "personas del año" en la revista Time, junto a Bono, el cantante, no el agredido imaginario. Pero para muchos es indignante que se le otorgue este premio. Las razones alegadas son muchas, aunque yo las resumiría en una: es asquerosamente rico y, por tanto, ha de ser malo.

Yo tampoco estoy de acuerdo con el premio, porque la razón por la que se lo han otorgado no tiene nada que ver con la cooperación, sino con la extraordinaria virtud de la caridad. Sé que semejante palabra suena mal a los mismos oídos que se deleitan con el sonido "solidaridad", aplicado a la generosidad con lo ajeno característica de los gobiernos, pero es la única que describe con precisión lo que hace esa fundación. En realidad, la manera en que Bill Gates ha promovido la cooperación internacional como pocas personas en el mundo es mediante la creación de Microsoft y la comercialización de sus sistemas operativos y aplicaciones; es decir, la misma razón por la que se ha hecho asquerosamente rico.

Y es que la empresa de Bill Gates y Paul Allen llevó a cabo una innovación notable: se dedicó a vender unos y ceros cuando todo el mundo informático prefería comerciar con cajas llenas de chips y cables. Microsoft se negó a entrar en el negocio del hardware, insistiendo en hacer que sus programas pudieran ejecutarse en máquinas que cualquiera podía fabricar, con tal de que siguiera ciertos estándares comunes. De este modo creó las condiciones de mercado que permitieron que los precios del hardware cayeran en picado, favoreciendo también la bajada de precios de compañías que, como Apple, optaron por el modelo de negocio contrario. Es decir, por medio de su éxito empresarial, logró que miles de fabricantes de todo el mundo cooperaran entre sí por medio del mercado, permitiendo que los ordenadores empezaran a ser asequibles para todos. Gracias a ello, además, se hizo asquerosamente rico. Cosas del capitalismo.

Soluciones Zapatero para la productividad

Según el World Investment Report 2005 de la UNCTAD, el 13,2 por ciento de las 50 mayores empresas transnacionales había localizado en el año 2004 actividades de I+D en España. No es para tirar cohetes pero tampoco está mal. ¿Y qué hay del futuro? ¿Cómo valoran las 50 mayores empresas del planeta –responsables de dos tercios del gasto empresarial mundial en investigación y desarrollo– las perspectivas y los planes monclovitas? Pues sin mucho entusiasmo. Tan sólo el 1,5 por ciento de estas empresas considera España como una localización atractiva para instalar actividades de I+D entre 2005 y 2009.

En ese ranking de atractivo para los grandes inversores en el que España tiene el dudoso honor de compartir posición con Rumanía o Túnez, China (61,8%) y Estados Unidos (41,2%) ocupan el primer y segundo puesto respectivamente. Estas dos primeras posiciones nos muestran a las claras que la inversión en innovación puede atraerse mediante bajos costes laborales, pero no sólo así. De hecho, la segunda posición de EE.UU. indica que, aunque sean elevados en términos absolutos, no son un problema si la economía es relativamente libre, abierta y productiva. El desmadre intervencionista europeo ha logrado que el Reino Unido sea el único país considerado atractivo para realizar inversiones en I+D por más de un diez por ciento de estas multinacionales (13,2%).

España, siguiendo el manual europeo de cómo consolidar el estado del malestar, trata de cubrir parte de ese creciente abismo productivo con los EE.UU. y otras economías más libres a base de gasto público en I+D. Caen de nuevo en el espejismo del constructivismo socio-económico. Y es que este gobierno no parece entender que la investigación y el desarrollo que realmente mejoran la productividad no se logran a golpe de inyecciones estatales sino, más bien, a fuerza de reducir las trabas, los impuestos y cómo no, el gasto público. Los números absolutos de inversión en I+D no importan. Lo que importa es que esa inversión vaya realmente a innovar en esos campos donde es más urgentemente necesitada por la población. Y eso sólo se puede lograr si quien invierte se encuentra en un mercado libre y apuesta en el proyecto con sus propios recursos. Así pues, que el gobierno se ocupe de parar la inflación monetaria que promueve, que de la inversión innovadora nos ocupamos el resto de la sociedad si los políticos nos dejan en paz.

La falacia de la industria naciente

Los logros del libre comercio son cada vez más reconocidos por todos los economistas, incluidos numerosos socialistas que han tenido que plegarse ante la evidencia de los beneficios que la libertad internacional ha proporcionado al bienestar de los países globalizados. Sin embargo, hay un punto donde el proteccionismo todavía se justifica, no ya por razones sociales, sino apelando a la eficiencia y al desarrollo económico; es el caso denominado de "la industria naciente".

El argumento es el siguiente. Imaginemos un país pobre que empieza a industrializarse; dado que en un principio la acumulación de capital y la productividad de estas industrias serán reducidas, las empresas nacientes serán incapaces de competir con unas compañías extranjeras que cuentan con mayores recursos. Por ello, la industria extranjera barrerá a la nacional antes de que llegue a la madurez y esté en condiciones de competir. Los defensores de esta teoría sostienen que conviene establecer aranceles proteccionistas hasta que las industrias nacientes nacionales e desarrollen, acumulen capital y puedan dirigirse a los mercados internacionales en condiciones de mayor igualdad.

No hay que confundir el argumento de la industria naciente con la negación de la ventaja comparativa. A diferencia de quienes creen que los intercambios comerciales se basan en las ventajas absolutas, los defensores de la teoría de la industria naciente no niegan que el país pueda especializarse en ciertas industrias en las que posea ventaja comparativa.

Su crítica consiste en que determinadas industrias de ese país llegarían a ser mucho más eficientes que las del extranjero en caso de que se las permitiera crecer hasta cierto punto. O dicho en términos neoclásicos, el coste marginal de producir el bien A en t=0 en el país pobre es superior al coste marginal de producirlo en el país rico, aun cuando en t=10 (momento de la madurez) el coste marginal sería inferior. El problema es que en el lapso de tiempo entre t=0 y t=10 el país rico habrá "barrido" a la industria del país pobre, impidiendo que crezca y desarrolle sus potencialidades.

Toda esta teoría, no obstante, tiene un problema esencial. Asume que los negocios no pueden incurrir en pérdidas durante varios ejercicios económicos para luego comenzar a obtener beneficios, cuando en realidad todas las empresas efectúan al menos un desembolso inicial que luego se proponen recuperar a través de flujos de caja positivos.

Si los empresarios de los países subdesarrollados consideran que en el futuro lejano –cuando hayan acumulado más capital físico o humano– serán capaces de vender a un precio inferior que sus competidores, sólo tienen que pedir un crédito para atender los pagos del período con pérdidas. De hecho, en caso de que ser necesario (para, por ejemplo, desarrollar el capital humano a través de producción acumulada) incluso es posible vender por debajo de coste, eliminar a la competencia y ganar cuota de mercado.

La operación de financiación tendrá éxito si el valor presente del flujo de los diferenciales de precios futuros entre la empresa naciente y la empresa asentada es superior a los usos alternativos presentes (coste de oportunidad) del capital necesario para financiar la operación. Si ello es así tendremos un valor actual neto (VAN) positivo y la operación se emprenderá; en caso contrario sufrirá pérdidas por ser perjudicial para los consumidores (pues significaría que los empresarios conocerán usos alternativos más valiosos que financiar la reducción del coste futura de ese producto).

O dicho de otro modo, el empresario tratará de financiar el diferencial presente de precios a través del valor presente de la rentabilidad futura del diferencial de precios. El problema es que si ese diferencial de precios se estrecha de manera artificial (incrementando el precio de los productos extranjeros con aranceles) la financiación necesaria para compensar las pérdidas será menor al haber privado a los consumidores de la posibilidad de adquirir productos más baratos que mejoren su bienestar.

Los aranceles a la industria naciente, por tanto, no son más que un impuesto a los consumidores dirigido a subvencionar al gobierno y a los empresarios ineficientes. Y como todo impuesto, distorsionan la producción y reducen la satisfacción de los consumidores.

Pero además existe otra importante objeción a la hora de defender este tipo de aranceles. Si decimos que nuestro precio futuro será inferior al de la competencia, estamos emitiendo un juicio empresarial en medio de un ambiente incierto. Por tanto, es cada empresario quien tiene que actuar para aprovechar esa oportunidad de beneficio acaparando el capital necesario para financiarse; el Estado es incapaz de conocer qué industrias alcanzarán precios inferiores a los de la competencia internacional, por lo que sus aranceles se convierten en redistribuciones de renta indiscriminados sin ningún tipo de fundamento empresarial.

En definitiva, los países subdesarrollados no necesitan ningún tipo de arancel proteccionista para prosperar. Basta con un mercado de capitales sin trabas que permita financiar los proyectos iniciales con pérdidas y con un escenario internacional caracterizado por la libertad comercial que no incremente de manera artificial los precios de la competencia y subvencione, de este modo, a las empresas ineficientes a costa de los consumidores.

Tampoco aquí el proteccionismo tiene cabida.

Adiós a la sonrisa sardónica

Galbraith fue toda su vida un fiel servidor del poder político, ya fuera de modo directo (como encargado del control de precios con Franklin Delano Roosevelt, como embajador en la India con Kennedy o como asesor presidencial con Johnson) o, sobre todo, indirectamente (a través de su labor como intelectual orgánico). Fue una persona dedicada por entero a denigrar y desprestigiar el capitalismo para, así, justificar la expansión del estatismo.

Como buen historicista, Galbraith creía que habíamos alcanzado un estadio histórico donde las antiguas leyes económicas habían perdido validez, y que, por consiguiente, había que replantearlas a la luz de las nuevas condiciones sociales, caracterizadas por el abandono de la ancestral pobreza y la entrada en un mundo de opulencia y despilfarro.

Las nuevas leyes de la economía que el canadiense pretendió rescribir giraban en torno al concepto de "tecnoestructura", o clase gerencial, a la que consideraba la autora de los nuevos regímenes de explotación. En efecto, en el mundo galbraithiano la tecnoestructura consigue no sólo emanciparse de la sociedad, sino nutrirse de ella; no responde ante nadie, y sus beneficios dependen de su autónoma voluntad.

Los gerentes de las grandes empresas controlan tanto sus ingresos como sus gastos fijando unilateralmente sus precios y sus costes. Las corporaciones moldean a su gusto la voluntad de sus consumidores y de sus proveedores; tienen un poder omnipotente. De hecho, las dos obras más importantes de Galbraith, La sociedad opulenta y El nuevo Estado industrial, se dirigen a demostrar el control que ejercen las empresas sobre estos dos grupos sociales.

En la primera, el economista canadiense desarrolla su conocida teoría del "efecto dependencia". Las sociedades occidentales han alcanzado un nivel de riqueza tan grande que la producción adicional es del todo innecesaria; el consumo desbocado no es racional, ya que no satisface las necesidades privadas de los individuos y, en cambio, reduce la cantidad de servicios públicos que el Estado puede proveer.

La sociedad opulenta de Galbraith, por tanto, se caracteriza por una hipertrofia del sector privado frente al público. Las masas desean un incremento de la cantidad y calidad de los servicios públicos, pero los recursos se destinan a un consumo privado superfluo gracias a la manipulación publicitaria.

Las grandes corporaciones, en otras palabras, son capaces de crear su propia demanda a través de la publicidad, lo cual reduce el número de recursos que se habrían dedicado al Estado. El consumidor deja de ser soberano y se convierte en un esclavo de las empresas.

Los errores de esta teoría son evidentes. El efecto dependencia es un argumento non sequitur; aun cuando las empresas nos crearan las necesidades, eso no significaría que nuestras necesidades primitivas fueran mejores que las inducidas. Como ya apuntara Hayek, las únicas necesidades propias de un ser humano aislado son comer, beber y dormir, por lo que, en ausencia de influencias externas, ni el lenguaje, ni la escritura ni el arte se habrían desarrollado. Para revertir el "efecto dependencia" es necesario permanecer eternamente en la Prehistoria; convertirnos en animales y responder tan sólo a nuestros instintos más primarios.

Además, si la publicidad fuera tan efectiva en moldear las necesidades de las personas, ello no significaría ni mucho menos que el sector privado absorbiera parte de los recursos que corresponderían al público. La publicidad más incesante, insoportable y continuada a la que están sometidos los ciudadanos occidentales es la propaganda política. De hecho, el sector público ni siquiera tiene que manipularnos para crecer y expandirse, basta con que haga uso de la coacción policial e incremente los impuestos y el gasto. Y es que hablar de un Estado demasiado pequeño, cuando hoy en día copa alrededor del 50% de la economía, no puede sonar más que a un profundo sarcasmo.

Galbraith pretende actuar como un eficaz publicista para crear en nosotros un efecto dependiente hacia el Estado, del que indudablemente salen beneficiados los burócratas a sueldo como él. Su papel es el del intelectual orgánico del régimen: vestir al emperador desnudo. Su éxito es el fracaso de la sociedad civil y de las relaciones voluntarias; el triunfo de la sumisión a la mentira, a la política y al Estado.

Si en La sociedad opulenta Galbraith quiso probar la subordinación del consumidor a los dictados de la tecnoestructura, en El nuevo Estado industrial trató de demostrar cómo las corporaciones dominaban también a los proveedores, gracias a su poder monopolístico.

De esta manera, las grandes empresas no sólo fijaban los precios a los que querían vender sus productos, sino los precios a los que comprar los factores productivos que necesitaban para su funcionamiento.

La tecnoestructura de las corporaciones sólo tenía que determinar el nivel de beneficios deseado para continuar creciendo, perpetuándose como eternos rentistas del libre mercado. Los gerentes ni siquiera eran responsables frente a sus accionistas, demasiado divididos en multitud de pequeñas acciones como para expulsar a los miembros de la tecnoestructura. Los propietarios de las empresas eran, en realidad, un personal pasivo al que se satisfacía con regulares pagos de dividendos; pero el auténtico poder del sistema económico residía en el gerente, auténtico factótum de la corporación.

Ante esta perspectiva, el canadiense sólo pudo rememorar el célebre monopolio único de Marx al afirmar que el crecimiento de las empresas era ilimitado.

Lo cierto es que el ente empresarial descrito por Galbraith posee todas las características de un Estado socialista: fijación de precios y salarios, imposición de los patrones de consumo y tamaño mastodóntico. Las diferencias son tan minúsculas que, como el propio autor reconoce, no habría ningún problema en sustituirlas por empresas públicas.

Ludwig von Mises apuntó que el problema del socialismo consistía en la imposibilidad del cálculo económico en ausencia de precios de mercado. La corporación de Galbraith, sin embargo, es capaz de establecer ella sola los precios de mercado y de seguir obteniendo beneficios. El socialismo, bajo el análisis del canadiense, es perfectamente realizable, no hay problema alguno de cálculo. De ahí que el siguiente paso sea pedir la intrusión del Gobierno en la economía, para conseguir engordar al escuálido sector público.

Sin embargo, este análisis también está profundamente viciado. Las grandes compañías siguen sometidas a la competencia, a los consumidores y a los capitalistas; su función es producir aquello que las masas desean para obtener beneficios: en caso contrario, los individuos adquirirán los productos ofrecidos por otras empresas.

Las empresas con mayor cuota de mercado son las que mejor satisfacen a los consumidores y, por tanto, las que más ricos han hecho a sus propietarios. Gracias a los beneficios obtenidos a lo largo de su vida, aquellos que colocaron su capital en los proyectos acertados derivaron ingentes ganancias. Si una empresa está dirigida por una tecnocracia ineficiente que ataca de manera continuada los intereses de los consumidores y los capitalistas, es obvio que el precio de sus acciones se derrumbará y será objeto de numerosas ofertas de adquisición, para conseguir despedir a esos gerentes y devolverla a la senda de la rentabilidad.

Los análisis de Galbraith se desvanecen al más mínimo zarandeo. Su profesión no fue nunca la de los científicos, sino la de los publicistas que tanto vilipendió. Sus conclusiones económicas conducían inevitablemente a abrazar el socialismo; de hecho, en 1984, poco antes de caer el Muro, no tuvo reparos en afirmar:

"En parte, el sistema ruso tiene éxito porque, a diferencia de las economías industriales de Occidente, utiliza toda su mano de obra".

Fue el mismo Galbraith que años antes, cuando ya era un reputado keynesiano, había reconocido en su libro La era de la incertidumbre, con una sinceridad entre pasmosa y vergonzosa, que "Hitler fue el auténtico precedente de las ideas keynesianas". De nuevo, claro está, por la capacidad del Gobierno alemán para movilizar a todos los trabajadores del país en una obra común.

Dos botones que demuestran cómo el sistema galbraithiano no sólo era erróneo sino que conducía inevitablemente hacia el totalitarismo. Poco más puede esperarse de un autor para quien el Gobierno siempre fue demasiado pequeño y el mercado demasiado libre.

Quizá lo más triste y trágico que pueda decirse tras la muerte de un pensador que dedicó toda su vida al estudio de los fenómenos económicos es que nunca llegó a entenderlos. Aferrado a un paradigma caduco y falaz, sólo jugó el papel de tonto útil para los políticos y los burócratas, la auténtica tecnocracia que ha camelado a los ciudadanos occidentales –y entre ellos a Galbraith– con sus soflamas y su virulenta propaganda.

Galbraith ha muerto. La libertad y la ciencia económica no lo echarán de menos.

Lo que América Latina está dejando pasar

Estamos asistiendo a cambios importantes en el nuevo mundo globalizado. Países donde el socialismo y la tiranía eran la norma, como en China y en menor grado la India, están avanzando a un tipo de economía libre y abierta que de forma lenta les está permitiendo superar sus tradicionales niveles de pobreza.

En la apertura al capitalismo, la pobreza masiva y baja esperanza de vida que caracteriza el socialismo, se convierten en una "economía de mínimos", a medida que se acumula el capital privado, la economía de mínimos se transforma en holgura económica, después sobreviene el lujo y el consumismo, y finalmente si la libertad económica se ha preservado surge la potencia económica. Estas líneas, a grandes rasgos, dieron la grandeza a la Inglaterra del S. XIX y a los Estados Unidos del S. XX. Muy probablemente veamos la historia repetida con algunos países asiáticos. Pero, ¿por qué América Latina no va en el mismo camino? Más bien América Latina parece estar avanzando hacia el camino inverso: hacia el socialismo populista y hacia la pobreza.

La visión de muchos argentinos, venezolanos e indígenas bolivianos es que los gobernantes y empresas extranjeras les han explotado sus recursos naturales y por eso se ven inmersos en esta situación desastrosa. Curiosamente estos países abogan por un mayor poder político y menos libertad. Esta idea no puede ser más errónea.

Países como Japón, Nueva Zelanda, y regiones como la costa de China y Hong Kong eran tierras casi estériles donde la gente, antes de abrirse al capitalismo, subsistían de lo poco que les daba el campo. No se han preguntado nunca ¿cómo estos países son, o tienen perspectivas de ser, motores de la economía de su zona aun con los escasos recursos naturales que tienen?

La clave para la prosperidad y el bienestar económico en un mundo capitalista no reside en los recursos naturales, sino en tener libertad plena para conseguir metas individuales. Para alcanzar este entorno de prosperidad hay dos conceptos importantísimos, uno es querer prosperar con el esfuerzo y duro trabajo individual, y el otro, mantener al gobierno bien alejado de los asuntos económicos. Al confluir estos dos puntos, el capital extranjero fluirá hacia estos países inevitablemente. Además, hoy a los "países pobres" no les hace falta crearse su propio capital, sino que, a diferencia de la Inglaterra del S. XIX, pueden ser capitalizados por otras naciones, esto es, por empresas extranjeras. Con el tiempo serán autónomos y más ricos que sus "mecenas".

Venezuela, Bolivia, Brasil, Perú y toda América Latina también pueden tener dos fuertes aliados privados que estarán encantados en capitalizarlos para que prosperen. Por proximidad Estados Unidos, y por idioma España. Además tienen la ventaja de estar más avanzados que China y la India por lo que la inversión privada se puede expandir a los productos finales, esto es, los enfocados al consumidor final local.

El populismo político de América Latina no ayuda en nada a su futuro. Estos políticos milagrosos como Chávez, Kirchner o Lula son la receta opuesta al progreso. Son los políticos quienes han colocado a América Latina en los aprietos actuales. Lo que ahora necesitan los latinoamericanos es librarse de esos burócratas y trabajar duro como están haciendo los países de Asia. Si aprenden esta lección, se libran del vocero populista de turno, y se abren totalmente al libre mercado y a la globalización su futuro sólo contemplará la prosperidad ilimitada. La clave no está en los mesías políticos, sino más cerca: en el individualismo y libertad de cada latinoamericano.

Incompetencia a la Vista

Sin embargo, mientras que la compañía de Redmond se refiere al proceso de emulación y rivalidad que se produce en un mercado libre entre oferentes que quieren alcanzar el favor del mayor número posible de consumidores, la Comisión tiene en mente el modelo abstracto de "Competencia Perfecta" en el que todos los productores de una industria venden exactamente el mismo producto, al mismo precio e incurriendo en los mismo costes.

Llamar competencia a lo que no puede ser sino su ausencia más absoluta y situación de monopolio a emular a los demás productores se ha convertido en el pasatiempo favorito de políticos ávidos de intervencionismo y de economistas con hambre de subvención pública. Hace más cuatro siglos que Jerónimo Castillo de Bobadilla explicó que la competencia es un proceso de rivalidad que tiende a seguir los designios del consumidor y a reducir los precios de los bienes y servicios. Hoy, en cambio, cuando oímos a un político decir que hay que hacer respetar la competencia podemos estar seguros de que se refieren a intervenir en los acuerdos que se producen en el mercado libre entre oferentes y consumidores sobre, por ejemplo, si un reproductor audiovisual debe estar integrado o no en un sistema operativo.

Desde el Sherman Act hasta el caso Microsoft, la regulación antitrust ha sido la excusa de productores ineficientes para solicitar al poder político que deshiciera la voluntad de los consumidores. A finales del siglo XIX fueron los ganaderos de los estados centrales de los EE.UU. quienes suplieron su incompetencia frente a las nuevas factorías de Chicago con el uso de los mandatos establecidos gracias a sus labores como lobby. Hoy es una coalición de políticos intervencionistas y productores de poca monta quienes tratan de encorsetar la realidad dinámica del mercado dentro de los estáticos moldes de las leyes antitrust.

El caso de la Comisión Europea contra la empresa de Redmond supera las fantasías del regulador más compulsivo. Primero se acusa a Microsoft de cuasi-monopolio. Vamos, dicho en Román Paladino, de haber competido con éxito y logrado en una gran medida satisfacer el deseo de los consumidores. Después, se la condena por integrar un programa de video en su plataforma Windows –es decir, por hacer lo que hacen los productores de todas las industrias- y, por último, por no facilitar a la competencia que le desbanque con facilidad. Por delitos tan graves como esos se condenó a Microsoft a pagar casi 497 millones de euros y dos millones diarios más hasta que hubiese enseñado a la competencia todos los secretos de la compatibilidad.

La Comisión ha anunciado que ahora está pre-ocupada ante la posibilidad de que el esperado sistema operativo Windows Vista pueda incluir alguna herramienta que antes se vendiera por separado de modo que el comportamiento de la empresa hurte a los consumidores su libertad de elección. Catalogar la integración de varios servicios como acción contra la libertad de elección no sólo va contra la lógica más elementas sino también contra la práctica empresarial más característica de nuestro mundo industrial desarrollado en el que el consumidor exige cada vez productos más versátiles.

A estas alturas Microsoft ya lleva "invertidos" más de 600 millones de euros en gastos de defensa legal. Esa suma y la de todas las multas impuestas deberían haber servido a la firma estadounidense para innovar y competir con Google, la empresa que se perfila como su gran competidor. Sin embargo, en nombre de la "competencia perfecta", la Comisión está consiguiendo que se trate de un duelo en el que Microsoft lleva las manos atadas y en el que el consumidor no podrá ser el soberano que decida quien es el vencedor.

El destino socialista de la competencia perfecta

La elección de esos días seguramente sea discutible; seguro que a nuestros Cox & Forkum no les hace gracia que celebren todos los años el "Día de la Tierra". Es habitual que celebren los aniversarios de conocidos artistas. Lo hicieron con Da Vinci, Van Gogh, Escher, Miguel Ángel, Picasso o Dalí. El 20 de abril decidieron celebrar el aniversario del nacimiento de Joan Miró.

¿Ustedes se acordaban de que ese día precisamente se cumplían 113 años del nacimiento, cifra redonda donde las haiga? Como no dudo de su sapiencia e infinita memoria no me atreveré a decir que no, pero lo que puedo asegurar es que mi desconocimiento de tan magno evento era total. O lo era hasta que pude ver el logotipo de Google, momento en el que supuse –uno siempre ha sido muy avispado para según que cosas– que se celebraba algo relacionado con el pintor. Claro que al menos yo conocía a Miró, quizá por ser españoles ambos; no es de extrañar que muchas otras personas, a lo largo y ancho del globo, supieran de él por primera vez ese mismo día gracias al enorme efecto publicitario que tienen esos cambios de logotipo de la empresa californiana. Una publicidad que, encima, sale gratis.

Cabía suponer por tanto que la familia, heredera de los derechos de autor de Miró, estaría más contenta que unas castañuelas. Pues no. Google retiró el logotipo a las seis de la tarde, hora de California, medianoche aquí, porque la Artists Rights Society, representantes legales de la familia Miró y de muchos otros pintores del siglo XX en Estados Unidos, amenazó con demandarlos por violación de los derechos de autor. Ya hizo lo mismo en 2002, con motivo del logotipo de Dalí, y por las mismas estúpidas razones. Parece ser que Google no pagó en dinero su homenaje a ninguno de los dos pintores, y los herederos son tan cortitos de miras que no son conscientes de los ingresos adicionales que pueden percibir tras haberse dado a conocer la obra de su progenitor A a tantas personas que la desconocían por completo. Las avispadas tácticas del ARS incluyen algo así como: "soy tu representante y por eso no voy a permitir a nadie que te haga publicidad gratis si no es pagándote".

Si ya el asunto de las patentes merece un buen montón de debates, ejemplos como éste deberían hacer reflexionar a los legisladores sobre la exagerada capacidad que otorga a los propietarios de derechos de autor sobre la libre expresión. Es cierto que, posiblemente, en caso de juicio Google ganaría, pero no sin pagar un buen dinerito a unos cuantos abogados. La ley protege las obras de un pintor, no sus ideas o su estilo. En caso contrario, todas las obras de arte deberían estar pagando a los herederos de alguien, pues la influencia de los grandes maestros del pasado es imposible de eludir y de cuantificar en un juzgado. Pero gracias a la aquiescencia con la que los legisladores amparan la acción que los lobbys de las industrias cinematográfica y musical, el campo de los derechos de autor se ha convertido en un campo de minas de inseguridad jurídica. En España lo podremos ver en pocos meses, cuando se apruebe la nueva Ley de Propiedad Intelectual, con el aplauso del PP, que no pierde la oportunidad de perder una oportunidad.

Es posible que la exigencia de los representantes de los herederos de Miró se base en aquel aforismo de Oscar Wilde: "que hablen de mí aunque sea mal". Pero el caso es que ya hablaban de vosotros, y bien, gracias a Google. Ahora muchos de los que se habían interesado en el arte de Joan Miró lo mirarán con desprecio. Enhorabuena; está claro que habéis heredado derechos y dinero, pero ni una miaja de talento.

La lógica de la izquierda

No hay ningún mal en usar cualquiera de los dos métodos –por algo tenemos libertad de expresión–; al final se nos juzgará por aquello que decimos. Pero lo inaceptable es usar un razonamiento externo (insulto) haciéndolo pasar por un razonamiento interno (conclusión lógica) para después usarlo para someter, marginar o robar a un grupo y favorecer a otro.

Esta forma de proceder es la que caracteriza la acción política y, muy especialmente, la labor izquierdista; casi todo se aglutina en tópicos infundados que luego se usan para imponer y marginar.

Por ejemplo, si usted aboga por el libre mercado le llamarán fascista. Curiosamente la economía del fascismo era lo opuesto al libre mercado. Si estudia los movimientos nacionalsocialista, franquista, peronista y el fascista original de Mussolini verá que tienen muchísimos puntos en común con las leyes antimercado y antisociales de hoy día; no en vano la política económica de Hitler fue elogiada por los clásicos ídolos de la izquierda como Keynes y Galbraith. El mismo Hitler, en un discurso oficial pronunciado en 1941, dijo que "fundamentalmente nacionalsocialismo y marxismo son la misma cosa". ¿Le parece una afirmación liberal?

Otro ejemplo. Si usted dice que la discriminación positiva aplicable a los inmigrantes es irresponsable y potencialmente dañina para la economía, el izquierdista le dirá sin pensárselo que usted es un racista cuando, en realidad, no hay nada más racista que la propia discriminación positiva, basada en la preselección por ley de personas de una raza y no en los méritos propios. La conclusión del progre ha sido falsa y la usará para hacer una imposición, las leyes de discriminación positiva. Ejemplos como estos los hay a cientos en una sociedad que, como la nuestra, idolatra lo políticamente correcto y criminaliza la diversidad de pensamiento, la libertad y la paz social.

Una de las campeonas del pensamiento único es María Teresa Fernández de la Vega. Manipula los razonamientos externos haciendo pasar por lógico lo que es ilógico, para luego hacer apología de la coacción. Concretamente, a la ministra le gusta tachar a todos aquellos que la critican de sexistas. Llamó machista a Zaplana por afirmar que se disfrazaba y ahora la ministra llama a Libertad Digital sexista por decir que cambia de vestidos muy a menudo. De la Vega suspende en autocrítica y conocimientos sociales. El esnobismo no entiende de sexos, edades ni culturas. No se puede deducir que quien llama "pija" o esnob a una mujer sea sexista, y menos aún cuando ni siquiera lo ha hecho. Tampoco por ser mujer y de izquierdas se está exento de ser una esnob. Además, que alguien sea diferente a ella no significa que se le haya de criminalizar ni que se justifiquen así leyes que eliminen la competencia moral e impongan el pensamiento único.

Pero la ministra fue más lejos, y aquí está el auténtico problema. Dijo que este machismo, que identifica falsamente mediante un proceso surrealista, ha de ser corregido por el estado. Falsas premisas, falsa conclusión y, como resultado, represión. Las alucinaciones de nuestra ministra no son una excepción dentro del gobierno. El gobierno es la fuerza, y la política es el proceso para decidir contra quién se usa. Este es el peor sistema para la resolución de problemas. Ningún partido que tenga en su agenda el adoctrinamiento, y en este sentido el PSOE es un campeón, va a favorecer la libertad y la paz social. Decididamente, no es beneficioso para nadie que esta clase de gente tenga tanto poder sobre nuestras vidas.