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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Majaderías sobre la deslocalización

Los miembros del CES tienen que tener muy poquita idea de los procesos sociales para soltar semejante majadería. La deslocalización no es más que un aspecto del avance el maravilloso proceso de división del trabajo y del conocimiento a escala internacional. En esencia no es más que el fenómeno que podemos observar cuando un dentista decide contratar a un asistente para la limpieza de su instrumental médico a pesar de que es consciente de realizar mejor ambas labores, la médica y la del mantenimiento del material. El dentista deslocaliza o "despersonaliza" la activad de la limpieza porque, a pesar de hacerla él mejor, producirá más riqueza si se especializa en la tarea que relativamente mejor sabe hacer y deja a otro realizar la que puede llevar a cabo con menos ventaja productiva. Los dos salen beneficiados del proceso.

De hecho todos los miembros que cooperan en una sociedad salen ganando gracias a este proceso que guía la especialización y la división del trabajo. Es importante entender que el hecho de que una persona (o un país) sepa hacer todo mejor que otra persona (o país) no representa un obstáculo para que le interese renunciar a la realización de algunas actividades e intercambiar los frutos de la actividad en la que se especializan con otras personas (o países).

Si el proceso de división internacional del trabajo que resulta en nuevas localizaciones de ciertas fases de la producción se produce de forma natural, es decir, sin imposiciones políticas, resultará en un gran beneficio para todos. Aunque una actividad deje de estar situada en nuestro país, como en el caso del dentista y su asistente, nos beneficiaremos del avance de la especialización. Intercambiaremos con quienes ahora lo producen con una mayor ventaja comparativa y nos podremos dedicar más a actividades en las que destacamos por nuestra productividad. Compraremos los productos deslocalizados a mejor precio y venderemos los productos en los que obtenemos una mayor ganancia. Se extinguirán algunos empleos pero se crearán muchos más.

El problema viene dado porque gran parte de las deslocalizaciones son provocadas por los políticos, por los sindicatos o por empresarios que gozan de privilegios. En esos casos muchas empresas cierran porque las regulaciones hacen ventajoso un traslado artificial a otro lugar dando lugar a una pérdida de productividad, empleo y nivel de vida.

Por eso, el consejo que nos da el Consejo es una gran equivocación. Son los propietarios de la actividad quienes tienen que valorar si sigue siendo beneficioso mantener la actividad en un lugar o si, por el contrario, es mejor deslocalizar. La gestión conjunta que plantean, así como la intensificación del apoyo de los poderes públicos, sólo puede traer pérdida de productividad, de trabajos y de bienestar. Y no creo que sea eso lo que el Consejo quiere para España.

Igualicas

Incapaz de detectar la magnitud de sus chorradas, ZP ignora que la mujer que vale no necesita que la ley la ponga en lugar preponderante respecto al varón. No todas son como su vicepresidenta, introducida en la judicatura por el llamado cuarto turno, que es la gatera utilizada por los hombres y mujeres de progreso para fagocitar la administración sin necesidad de pasar ningún examen. Fernández, la «vice» de Rodríguez, es el único caso en la justicia española, y quizás mundial, de jueza que jamás ha puesto una sentencia o instruido una causa. Llegó, vio y al coche oficial se subió.

La jueza Teresa Palacios, en cambio, lleva sobre su toga el peso instructor de algunos de los procesos más destacados en los últimos años, con cientos de damnificados y muchos miles de millones de euros en juego. Ella no necesita que «Maritere» la enchufe por delante de sus colegas masculinos; se basta sola para pasarles como un cohete y dejarles en la cuneta. Y como ella miles de ejemplos más que todos conocemos en nuestra vida cotidiana.

El problema de ser gobernados por una «pandi» de adolescentes intelectuales, es la cantidad de despropósitos que cometen para camuflar su mediocridad. Aunque en este caso concreto del igualitarismo entre sexos no cabe atribuir al gobierno ningún favoritismo, pues ninguna ministra está ahí por ser mujer, sino en razón de haber acreditado una altísima solvencia profesional (pienso en el binomio Calvo-Trujillo), exactamente igual que sus colegas varones (Moratinos). 

En fin, he hecho una encuesta de urgencia entre mis conocidas y ninguna quiere ser salvada por ZP, como si el ser mujer fuera una minusvalía. Por usar la propias palabras del presidente, "ni él podría llegar a más, ni las mujeres a menos".

Más ricos de lo que pensamos

Por ejemplo. Si damos el dato de que el PIB por habitante en Chile se ha doblado en los últimos 12 años en términos reales, podemos hacernos una idea intuitiva de lo que ha pasado en ese tiempo: la renta de los chilenos, medida en dólares, es groso modo del doble. Pero la realidad es mucho más compleja que eso. Porque para acercarnos a la realidad hemos descontado la inflación, el aumento generalizado de los precios. Lo que nos interesa es en realidad qué compran con ese dinero. Pero la inflación solo puede captar, torpemente, el precio de los bienes, no la calidad de los mismos. Cuando los organismos públicos hacen una “cesta de la compra” y crean una categoría para productos informáticos, no distinguen entre un 386 y un Intel de doble núcleo, los dos entran por igual en la misma casilla. En realidad, a medida que pasa el tiempo, la mejora tecnológica nos hace la vida más fácil y cómoda y nos permite hacer más cosas que antes, un progreso que se les escapa necesariamente a los esforzados funcionarios que clasifican los bienes y registran los precios.

No es la única razón por la que los datos macroeconómicos son incapaces de captar en toda su riqueza el progreso económico. Dos economistas, Christian Broda y David Weinstein han hecho un estudio ingenioso, en el que se preguntan precisamente si los datos no estarán dando una impresión errónea de los beneficios de la globalización para los Estados Unidos, su país. Ellos han encontrado que en 1972, los Estados Unidos importaban 7.800 tipos diferentes de bienes, cada uno de ellos importados desde seis países de media. Para 2001 los datos son 16.390 tipos de bienes, más del doble, importados de en torno a doce países de media. Es decir, que la variedad en los bienes que importan, como los que producen, se hace cada vez mayor. En consecuencia los consumidores tienen más opciones entre las que elegir, lo que nos ocurre también a nosotros. Cada año se producen bienes que no tienen precedentes. Nada de ello se recoge en un dato macroeconómico.

La insuficiencia de los datos para abarcar el desarrollo económico tiene todavía otro aspecto, que se ve claramente si observamos a los más pobres del mundo. Hay áreas en las que la renta que generan los pobres apenas ha cambiado en las últimas décadas, lo que sugiere un estancamiento que les deja al margen de la prosperidad generada por la globalización. Pero incluso en estas áreas se está produciendo una mejora en la calidad de vida que el PIB no puede captar. Un artículo de Ronald Bailey refería a un estudio que intentaba captar en lo posible cuál es la convergencia real de pobres y ricos en el mundo. Pero hay otros datos que tienen más que ver con las necesidades básicas, como el consumo de calorías, la esperanza de vida, el analfabetismo o la mortalidad infantil. Todos muestran que, lejos de separarse, ricos y pobres en el mundo convergen en la satisfacción de lo más necesario. En definitiva, no sólo estamos progresando, sino que lo hacemos a un mayor ritmo del que nos pueden decir los datos.

¡Viva el capitalismo!

La lista de espera de quienes no consiguen una de las 350 plazas y aguardan con la esperanza de que alguien cancele su participación se ha vuelto interminable. Parece que cada año hay más defensores del capitalismo dispuestos a festejar los logros de su sistema.

La imagen en todas las botellas de champán de un joven elegante de tez blanca, nariz pronunciada, pelo negro y mirada profunda indicaba que esta edición estaba dedicada al gran economista francés del siglo XIX, Frederic Bastiat. Bastiat supo expresar mejor que nadie la naturaleza contrafactual de la ciencia económica recogida magistralmente en su ensayo "Lo que se ve y lo que no se ve". Los liberales suelen dedicar enormes esfuerzos a demostrar que los aparentes logros del intervencionismo esconden e implican la imposible realización de mayores logros a través de la libertad. Sin embargo, son muy pocos los esfuerzos que dedicamos a explicar los maravillosos logros que cada día se consiguen gracias al sistema capitalista y que la inmensa mayoría de la gente toma por descontados sin preocuparse por entender cuál es el marco institucional que los permite. Para defender el capitalismo en ese plano positivo en vez de hacerlo criticando los sistemas liberticidas alternativos intervino Johan Norberg, el flamante nuevo miembro del CNE. El joven historiador sueco narró con pasión algunos de los maravillosos logros de los seres humanos gracias a su participación en el capitalismo global.

Durante unos minutos Norberg logró que los asistentes vibraran y se quitaran el sombrero ante lo que el sistema económico de la libertad ha permitido y sigue posibilitando día tras día. La simple idea de una cena con más de 300 invitados, banda de swing y elegantes trajes y vestidos es inimaginable sin su existencia. De hecho, sin el capitalismo sería impensable que la inmensa mayoría de los asistentes estuviese con vida. Y es que si la esperanza de vida estaba situada hace dos siglos en 25 años, hoy, gracias al capitalismo, ronda ya los 80 en los países en los que este sistema sobrevive entre ataques socialistas y conservadores. Y qué decir de la calidad de esa vida más larga, de la posibilidad de volar de un extremo al otro del planeta, de la maravilla que representa poder hablar con personas que se encuentran a cientos o miles de kilómetros de distancia, del milagro de poder transmitir y compartir todo tipo de información a través de Internet, de la posibilidad de sustituir un órgano enfermo por uno sano, del continuo descubrimiento de nuevos medicamentos, del disfrute de cada vez más tiempo de ocio, de la creación de máquinas que realizan los trabajos más ingratos para la consecución de los más elevados fines, o de la producción de grandes cantidades de energía artificial que permite al hombre dedicar su escaso tiempo al uso de su inteligencia para combinar la materia y esa energía en más y mejores bienes para la satisfacción de las necesidades más valoradas. Nada de eso sería posible sin el capitalismo y qué menos que dedicar un día a brindar por su larga existencia.

El Capitalist Ball es además una ocasión para olvidarnos de los políticos, del intervencionismo, del socialismo, del conservadurismo, de los derrotistas, de los pesimistas, de los aguafiestas y hasta de los liberales acomplejados. El día del capitalismo es la celebración del invento humano fundamentado en las leyes naturales de cooperación social que reporta frutos de incalculable valor a las sociedades de seres humanos que participan de la globalización de la libertad. Tratemos de convertir cada día del año en el día del capitalismo y mostrar al mundo las maravillas que posibilita el sistema económico y político de hombres libres. Por un mundo libre y próspero, ¡viva el capitalismo!

E.On y la Globalización

En el caso de la OPA Gas Natural-Endesa primero ocurrió con Manuel Pizarro, presidente de Endesa, transformando una operación de mercado en un oscuro complot político de los nacionalistas catalanes. Ahora las cosas han cambiado, E.On quiere "opar" a Endesa y salta Gas Natural –que tomó las declaraciones de Pizarro, y con razón, de partidistas– para reivindicar la españolidad de Gas Natural en contra de E.On que es alemana. ¡Por favor!

Pero eso no es todo, el gobierno que tenemos que a la hora de ser dogmático y corto de miras siempre supera a todos los demás, declaró: "algunos han ido a Alemania sin importarles las consecuencias para España y sólo buscando un mayor interés para el accionista". ¿Y quién es España? ¿Yo? ¿Usted? ¿El Tajo? ¿Los Pirineos?

Una empresa no está formada por accidentes geográficos de un país. Las cosas ya no son como en el jurásico-keynesiano-proteccionista donde un país se podía identificar con una empresa, tipo General Motors y Estados Unidos. Ahora vivimos en una economía más móvil y globalizada donde las empresas tienen que cambiar rápidamente para adaptarse a las necesidades de los clientes y accionistas, incluso luchando contra los dinosaurios del gobierno y sus leyes casi feudales.

Pondré un ejemplo. Hewlett-Packard tiene la sede en Palo Alto, Estados Unidos, y a usted le sonará como una empresa americana, pero la realidad es que Hewlett-Packard tiene más de 140.000 empleados en 178 países siendo la mayor empresa tecnológica en casi todos los continentes, y teniendo sus accionistas, altos directivos y proveedores dispersos por todo el mundo. Hewlett-Packard no sólo paga impuestos en Estados Unidos sino en todos los países donde está. Y lo mejor de todo es que si usted aún considera que Hewlett-Packard es americano, tal vez mañana ya no lo sea porque algún holding de Europa, América o Japón compre un paquete importante y la "desamericanice" más.

En un mundo moderno y globalizado los que mandan de verdad son los accionistas y los consumidores, los gobiernos y políticos sólo son estorbos del pasado. Si E.On quiere "opar" a Endesa a mejor precio que Gas Natural y con dinero en efectivo, no como los intercambios de acciones de la gasista, alabada sea E.On. ¿Y que pasa con los dinosaurios histéricos que "piensan" en España y quieren manipular órganos de "expertos" como la CNE? ¡Tranquilos! Que pase lo que pase España seguirá igual: con su Tajo, sus Pirineos…

Cuba 1903

Pero de entre todos los cuadros, el más sugestivo es uno de Julio Vila Prados realizado a comienzos del siglo pasado, justo después de que esta provincia (que no colonia) española se independizara. En esta "Vista del malecón habanero", que recrea una estampa típica de la vida en La Habana durante esa época, uno percibe el aroma de un tiempo que no conoció pero es capaz de intuir, acaso por la tenue vibración que ciertas imágenes provocan en los herederos de una determinada tradición espiritual, aunque hayan transcurrido varias generaciones.

Lo relevante de esta pintura es la constatación de que el nivel de vida en Cuba, era en la época tan elevado como en la metrópoli, cuando no superior. En 1903, por el malecón pasean parejas elegantes mientras al fondo los veleros de recreo surcan la bahía. En la actualidad, el mismo malecón es el territorio de las jineteras (y jineteros), y en lugar de veleros hay barcos repletos de europeos en busca de carne fresca.

Un año antes de la revolución castrista, La Habana era una ciudad refinada, cosmopolita, bella y felizmente desigual. Hoy, tras cincuenta años de continuos "éxitos" revolucionarios, los cubanos han alcanzado la igualdad, a costa de vivir todos con el mismo grado de miseria. Lo dijo un dirigente del Partido Comunista Chino unos minutos antes de estirar la pata: "Para evitar que un millón de chinos condujeran mercedes, condenamos a mil millones a ir toda su vida en bicicleta". La igualdad forzosa es la mayor negación de la libertad. O libres o iguales. Esa es la única elección.

Donde dije Digo, digo Diego

A la semana el BBVA no sólo hace unas rebajas del 50%, sino que además ha lanzado un nuevo producto donde aquellos clientes que tengan la nómina domiciliada podrán acceder a un crédito anual sin intereses ni comisiones de hasta 30.000 euros. ¿Es que González no sabe lo que pasa en el banco que dirige?

La situación es similar a la de la tabaquera Altadis que, tras despreciar los intereses del consumidor, subió el precio del tabaco. Una semana después y tras la reacción de Philip Morris, la tabaquera hispano–francesa se ha tenido que comer su estrategia comercial, y a toda prisa, hacer una fuerte rebaja para no quedarse en la cuneta.

La imagen de las dos corporaciones no ha quedado muy bien. A veces los empresarios olvidan, que por muy grandes que sean las compañías que dirigen, el objetivo de una empresa es servir a los consumidores y accionistas en lugar de comportarse como si la falta de competencia fuese su única garantía para los beneficios. Si usted le pregunta a un “experto” en banca si la competencia en el sector es feroz, le dirá sin pensárselo dos veces que sí. Pero si la competencia bancaria es feroz, adjetivo que sitúa en su máximo exponente la rivalidad, en otros sectores como el del automóvil, que compite internacionalmente, servicios minoristas, producción textil, plástica… nos vamos a quedar sin adjetivos.

No querría caer en elucubraciones técnicas pero la situación me ha recordado la Teoría del Monopolio del autor austriaco (de pensamiento, no de nacionalidad) Murray Rothbard: cuando se crea un monopolio natural (aplicable a sectores, y no necesariamente a empresas), y no de ley, su situación de dominio total es finita en el tiempo porque siempre surgirá otro empresario capaz de percibir las nuevas necesidades del cliente y explotarlas comercialmente hasta “derrocar” a su adversario.

A algunos les sería muy útil tener esta teoría en mente antes de decir nada. En fin, que Dios bendiga la libre competencia, aunque sea poca…

Tribunales de Defensa de la Incompetencia

Su informe contrario a la OPA de Gas Natural sobre Endesa ha provocado que muchos liberales contrarios a la absorción hayan caído en una especie de veneración por el TDC. Sin embargo deberíamos separar los dos asuntos. Una cosa es que los liberales debamos oponernos a la OPA, por suponer una nacionalización encubierta de una empresa privada –de manera que cualquier obstáculo que se encuentre en su camino sea bienvenido–, y otra, muy distinta, que el Tribunal y la legislación antimonopolio en general merezcan nuestro apoyo.

El concepto de monopolio

La contraposición entre competencia perfecta y monopolio es una de las primeras lecciones que aprende todo estudiante de economía. En el planeta de la competencia perfecta cada bien es ofertado y demandado por miles de vendedores y compradores, que disponen de una información perfecta sobre las circunstancias del mercado. De esta manera, los precios coinciden con los costes y el consumidor no es explotado por el empresario. Al haber miles de vendedores, si uno de ellos incrementa el precio en lo más mínimo todos los consumidores adquirirán los productos de otro vendedor. En cambio, en los mercados monopolísticos, al existir un solo vendedor, éste puede imponer cualquier precio por encima de los costes a los consumidores.

La conclusión es evidente: el mercado es una institución positiva, pero sólo cuando adopta la forma de la competencia perfecta. El monopolio debe ser rehuido a cualquier precio, al tener un coste de eficiencia que perjudica al conjunto de la sociedad.

El problema es que las características de la competencia perfecta son tan sumamente restrictivas que de inmediato a los estudiantes se les anticipa la segunda conclusión: la competencia perfecta no existe, salvo en algunos casos residuales, como los mercados agrarios.

Si el mercado sólo es bueno cuando se articula de acuerdo con la competencia perfecta pero ésta ni existe ni, previsiblemente, puede llegar a existir, el inevitable corolario es que el mercado "realmente existente" es malo (o al menos no lo suficientemente bueno como para no estar intervenido). El mercado no es perfecto, tiene fallos.

El principal error de la doctrina de los fallos del mercado es suponer que el capitalismo sólo es positivo o sólo funciona cuando se adecua a sus ditirámbicos modelos teóricos. En realidad, en los modelos llamados de "competencia perfecta", si algo está ausente es la competencia: todos los vendedores ofrecen exactamente el mismo producto, y ninguno puede reducir unilateralmente el precio. Si todas las empresas son idénticas, ¿quién está compitiendo? ¿Quién está innovando, creando nuevos productos o recortando los precios para satisfacer de un mejor (y por tanto distinto) modo al consumidor? La respuesta es "nadie"; es más, se considera nocivo que alguien compita realmente con el resto.

A pesar de ello, la teoría de los (inexistentes) fallos del mercado aboga por que el Estado corrija los errores y reestructure la economía. Así, como ya hemos dicho, uno de los fallos del mercado más característicos es el del monopolio: en lugar de miles de vendedores sólo existe uno.

El concepto, no obstante, no puede ser más erróneo. Lo que caracteriza, en realidad, al monopolio no es la contingencia de que, en un momento determinado, sólo exista una empresa que venda un determinado producto, sino que ésta impida coactivamente al resto de individuos que puedan ofrecer lo mismo.

Coca Cola, por ejemplo, no es un monopolio por el hecho de ser la única empresa que embotelle refrescos con el envoltorio "Coca Cola". Aun cuando el producto no sea idéntico, es evidente que Pepsi también compite con Coca Cola. No sólo eso: cualquier tipo de refresco o de producto en general compite con Coca Cola por el favor del consumidor.

Una empresa puede quebrar no sólo porque otra similar le haya ganado el terreno, sino porque el consumidor prefiera gastar su dinero en productos totalmente distintos. Las empresas tienen que revalidar diariamente el favor de los consumidores: éstos siguen siendo soberanos aun cuando sólo exista una empresa.

De hecho, si una empresa no puede liquidar la competencia por la fuerza, aunque sea la única del mercado, si incrementa desorbitadamente sus precios, en poco tiempo los empresarios ávidos de beneficios entrarán en ese sector. En otras palabras: cada empresa compite, incluso, con las potenciales nuevas empresas.

Pero además hemos de tener presente que, en caso de que no medie coacción, cuando una empresa ocupa una posición preeminente en un sector se debe a que ha sido y sigue siendo la más eficiente. Cuando una empresa sirve a los consumidores mucho mejor que el resto acapara la mayor parte de consumidores.

Por consiguiente, sólo cabe hablar de monopolio cuando una empresa utiliza la fuerza para eliminar a la competencia. Por ejemplo, cuando el Estado concede una patente o una licencia, o cuando se constituye un monopolio público exclusivo. En todos estos casos, aun cuando se descubran oportunidades de beneficio, el Estado impide que sean aprovechadas.

La defensa de la incompetencia

Sin duda, los liberales deben oponerse a los monopolios, pero a los auténticos. La competencia no significa que todos los productos deban necesariamente ser provistos por dos empresas, sino que nuevas compañías tengan la libertad de entrar en un mercado.

Cuando el Estado crea los llamados "Tribunales de Defensa de la Competencia" en realidad sólo pretende aniquilar a las empresas exitosas y fijar las estructuras de mercado.

Imagine que crea una compañía y que, a través de la mejora del producto y del abaratamiento de su precio, consigue que casi todos los consumidores acudan a ella. La lógica socialista antimonopolio concluirá que su empresa debe ser desmembrada o reducida, para que las demás, torpes e ineficientes, puedan competir con usted en "igualdad de condiciones". Su compañía, por tanto, se ve forzada a no reducir los precios, a no mejorar el producto, a contratar menos trabajadores, a impedir que una parte de los consumidores adquiera su producto o, en última instancia, a desaparecer bajo la bota estatal.

La legislación antimonopolio sólo tiene como objetivo explotar a los consumidores para favorecer a los grupos de empresas incompetentes; los tribunales estatales que instituye nunca han pretendido salvaguardar o defender la competencia, sino la incompetencia y la ineptitud.

Puede que estas conclusiones parezcan exageradas. Sin embargo, echando una ojeada a la historia sólo podemos concluir que nos hemos quedado cortos.

La legislación antimonopolio empieza en EEUU con la denominada Sherman Act (1890), con la excusa oficial de combatir los crecientes monopolios y cárteles que se estaban formando en la economía.

Es importante retener la fecha, porque alude a un período histórico en el que EEUU experimentaba una continuada reducción de precios, lo cual ya indica una cierta discrepancia con la idea subyacente en el monopolio. Recordemos que el monopolio se caracteriza por incrementar los precios (o reducir la cantidad de productos ofrecida) para explotar a los consumidores. Y, paradójicamente, esta época de insoportables concentraciones empresariales –que llegaron a justificar incluso el comienzo de la legislación antimonopolio– se caracterizaba por las reducciones generalizadas de precios.

Pero si además nos adentramos en los datos concretos comprobamos las innumerables tropelías que, en nombre de la falsificada competencia, llegó a cometer el Estado. El historiador Thomas DiLorenzo acudió a los archivos del Congreso para analizar los datos en función de los cuales la Sherman Act trituró y desmembró decenas de empresas, acusadas de monopolio.

Los resultados son sorprendentes. En el período 1880-1890 la economía estadounidense había crecido un 24%. Todas las empresas que fueron acusadas de monopolio habían incrementado su producción por encima de ese 24%; como media, un 175%. Si hacemos la comparativa desde el lado de los precios, vemos que el índice general cayó durante esos diez años en un 7%, mientras que las empresas disueltas redujeron sus precios un 53% de media.

En otras palabras, los políticos atacaron y destruyeron a las empresas más eficientes del mercado con la excusa de que eran monopolios, aun cuando ninguna incrementara los precios ni redujera la cantidad producida.

La legislación antimonopolio fue y sigue siendo un fraude esperpéntico. Los Tribunales de Defensa de la Competencia deben desaparecer para que el consumidor vuelva a ser soberano. Las únicas leyes antimonopolio que necesitamos son las que prohíban que el Estado o cualquier individuo ejerzan la fuerza para eliminar a los competidores.

El Estado no tiene ningún interés en luchar contra los monopolios. De hecho, el propio Estado es un monopolio jurisdiccional que nunca ha pretendido abrirse a la competencia; por eso nuestra libertad mengua ante la intervención catastrófica de políticos incompetentes.

Bye bye, Europa

Después de calificar el proceso como "deslocalización", los estatistas han reclamado la inmisericorde actuación represiva del Estado para frenar la antisocial desbandada capitalista. En su opinión, la deslocalización sólo tiene como objetivo explotar los bajos salarios del Tercer Mundo, arruinando colateralmente a Occidente; el Estado tiene que impedir que las empresas huyan impunemente de nuestros territorios.

Para la izquierda, en definitiva, los obstáculos arancelarios que impiden a la gente entrar en nuestros países han quedado desfasados; necesitamos de nuevas barreras que, cual Muro de Berlín, impidan a los ciudadanos salir de la Europa socialista.

Sin embargo, las causas y las consecuencias de la "deslocalización" son muy distintas a las que el pensamiento único socialista nos transmite todos los días a través de los medios de comunicación. Conviene, por consiguiente, poner algunos puntos sobre las íes para despejar gran parte de las cortinas de humo económicas; sólo así podremos señalar a los auténticos responsables de los auténticos problemas que sufrimos los auténticos europeos.

Especialización y división del trabajo

La deslocalización no es un fenómeno reciente: ha existido desde el siglo XIX, y sólo se vio interrumpida en el XX por los totalitarismos y las guerras mundiales. No obstante, el nombre de la deslocalización sí es nuevo: hasta fechas recientes se la conocía, simplemente, como "movimientos internacionales de capital".

A la izquierda, claro está, le interesa confundir los términos y tildar de deslocalización (que suena a dislocación) un proceso empresarial beneficioso para todas las partes. Ya vimos en otra ocasión que el capital es uno de los instrumentos con los cuales el ser humano se enriquece.

Cuando los empresarios buscan la mayor rentabilidad para su capital están dirigiendo los recursos productivos a aquellas actividades que mejor sirven al bienestar de los consumidores. Un proyecto es muy rentable cuando los frutos esperados son muy elevados, los frutos son muy elevados cuando la gente los quiere comprar, y la gente los quiere comprar cuando satisfacen sus necesidades.

A menores costes productivos, mayor será la cantidad de bienes y servicios que una empresa podrá producir y, por tanto, mayor el número de consumidores que podrán adquirirlos. Por tanto, los empresarios tenderán a dirigir sus inversiones allí donde los salarios sean más bajos. De esta manera, no sólo incrementarán los salarios de esas zonas, además aumentarán la cantidad de bienes y servicios ofrecidos en el mercado, reduciendo así su precio.

En otras palabras, cuando las empresas europeas se deslocalizan hacia el Tercer Mundo, por sus bajos salarios, no sólo provocan un enriquecimiento de esas zonas, sino que los consumidores occidentales podemos adquirir los mismos productos que antes a un menor precio.

Occidente, por tanto, se beneficia a través de dos vías de la "deslocalización": por un lado, los accionistas occidentales de esas empresas ven incrementadas su riqueza y su propiedad; por otro, los consumidores europeos experimentan un aumento de sus rentas reales y, en definitiva, de su ahorro. La mayor renta de unos y otros permite incrementar la acumulación de capital y, en definitiva, nuestra riqueza. Así mismo, los trabajadores del Tercer Mundo perciben mayores salarios que antes, lo que, a su vez, les permite ahorrar, acumular capital y enriquecerse.

Los movimientos internacionales de capital, guiados por la perspicacia y el empuje empresarial, conforman una división internacional de trabajo que mejora el bienestar de todas las partes. Los ricos se vuelven más ricos y los pobres –a pesar de la izquierda– también se vuelven mucho más ricos.

Los europeos no deben temer, en principio, a la mal llamada "deslocalización"; precisamente, es su mayor aliada. En lugar de producir textil nos especializamos en actividades con un valor mayor, lo que nos permite seguir comprando textil en el extranjero y a menores precios.

Ahora bien, como suele ser habitual, en un mundo donde el socialismo sigue imponiendo sus doctrinas a través del intervencionismo estatal, no todo resulta tan alentador.

Huyendo de Moscú

Hasta ahora hemos afirmado que los movimientos de capital tienen como objetivo rentabilizar las inversiones para satisfacer a los consumidores. Sin embargo, la "deslocalización" también tiene otras causas menos positivas. El capital es una forma de acumular riqueza por parte de los individuos. Por ello, en muchas ocasiones el capital, simplemente, se traslada fuera de determinados países para rehuir el desgaste expoliatorio al que se ve sometido por el Estado.

No se trata tanto de que en otras zonas la inversión sea más rentable, sino que el intervencionismo gubernamental ha eliminado cualquier tipo de rentabilidad en el interior de un país. Los casos más extremos de estos fenómenos son las hiperinflaciones o las nacionalizaciones; en esos momentos, los propietarios tratan de escapar en masa del Estado, refugiándose en otras partes del mundo. El fenómeno se ha venido a conocer como "dinero caliente": la gente no busca negocios más rentables, sino la supervivencia.

Un caso particular, mucho más lento y menos repentino, de este "dinero caliente" lo estamos padeciendo también en Europa. No existe una urgencia irrefrenable de huir de unas legislaciones cada vez más opresivas, pero conforme los activos de capital inmovilizado van depreciándose –y conforme otras partes del mundo van adquiriendo mayor estabilidad institucional– los empresarios dejan de invertir en Europa y se concentran en otros países. Sin prisa pero sin pausa.

La razón de este goteo de desinversiones la tenemos en las sangrantes legislaciones fiscales, laborales y medioambientales, que no dejan de incrementarse, en Europa. Cada vez es más complicado conseguir la más mínima rentabilidad, cuando gran parte de los costes son impuestos arbitrariamente por el Estado. A los empresarios sólo les queda ubicarse en otras regiones del globo con ordenamientos jurídicos más laxos.

De hecho, los gobiernos occidentales se han dado cuenta de este silencioso desprendimiento y se han afanado por concluir tratados internacionales que "armonicen" en todo el mundo las distintas legislaciones, para, según ellos, evitar el "dumping social".

No obstante, esto sólo incrementa la magnitud de la opresión y, por tanto, acelera la necesidad de fuga. Cuantas más cortapisas establezcan nuestros gobiernos –en forma de barreras de salida– menor será el atractivo para los empresarios de reinvertir en Europa.

Ejemplos de chantajismo político como el que ha practicado el ministro de Industria en la propia sede de Volkswagen ilustran el tremendo grado de corporativización y control en que está degenerando la Unión Europea, y sólo sirven para alertar a los empresarios de que conviene buscar, cuanto antes, otros destinos menos dirigistas.

Conclusión

Si durante mucho tiempo Europa constituyó un atractivo destino para los empresarios que pretendían invertir en sociedades ricas y prósperas, hoy toda su pujanza se ha marchitado en un aquelarre de intervencionismo, burocratismo y proteccionismo.

Europa va camino de una profunda descapitalización, similar a la que sufren las familias más acaudaladas cuando despilfarran las riquezas que cuidadosa y diligentemente habían acumulado sus ancestros. La credibilidad de nuestras bases liberales se va agotando y los empresarios cada vez confían más en otras zonas del mundo, como Europa del Este o, sobre todo, Asia.

Los políticos han clausurado nuestras sociedades abiertas, dando paso al ocaso europeo. Los empresarios cierran para no volver, mientras que la mayoría de los trabajadores se quedan sentados esperando un subsidio público que compense la pérdida de sus puestos de trabajo. El problema es que cada vez van quedando menos empresas a las que chupar la sangre. ¿Quién pagará entonces los subsidios? ¿Quién financiará un mastodóntico Estado de Bienestar? ¿Quién seguirá dispuesto a cumplir unas regulaciones que imposibilitan cualquier tipo de negocio?

Los gobiernos europeos han desplumado la gallina de los huevos de oro. Si el intervencionismo imperante no retrocede, sólo nos queda observar cómo acaba de hundirse en sus propias miserias socialistas. Cuba, Venezuela y Bolivia se han convertido, por desgracia, en el referente de Europa.

El nuevo Ché Guevara

El discurso que nos ha colocado el presidente boliviano, es la tradicional colección de tópicos con la que el eje marxista sudamericano enardece a la piafante izquierda europea. La soberbia de estos revolucionarios de la ignorancia, les hace cometer gravísimos disparates que hipotecarán a sus países durante varias generaciones. Sus continuas apelaciones a grandes principios abstractos (justicia social, redistribución, revolución, anticapitalismo…) sólo sirven para anestesiar a quienes han de sufrirles, dejándoles inermes frente a la maquinaria de coacción estatal puesta en marcha. Pero lo que los iluminados de izquierda no entienden es que la economía no es una cuestión de buenas intenciones, sino de conocimiento. La sociedad interacciona de una manera natural bajo los principios de propiedad privada, seguridad jurídica y libre comercio. La tendencia humana a seguir esa suerte de piloto automático es tan fuerte, que los experimentos de ingeniería social que han buscado su aniquilación no sólo han fracasado, sino que lo han hecho anegados en sangre. La cosa es bien sencilla: Hay un sistema que proporciona bienestar y riqueza y otro que sólo produce opresión, miseria y corrupción. La elección de uno u otro camino es voluntaria; los efectos de la decisión, en cambio, son ineludibles.

La entrevista entre Evo Morales, que lo ignora todo en materia económica, y ZP, que aprendió la ciencia en un par de tardes, ha debido ser antológica. Es una lástima que la discreción de estos encuentros nos prive de conocer las grandes ideas que, sin duda, han surgido a borbotones durante ese apasionante duelo intelectual. Habrá que conformarse entonces con ver sus efectos. De momento se anuncia la condonación de la deuda del país andino con España (¿Será por talante?), pero con el compromiso boliviano de transformarla en gasto educativo. Otra ración de talante, esta vez para Él y sus negocios editoriales de ultramar.

Acaba de visitarnos la reencarnación indigenista de Ernesto Guevara, a quien el presidente boliviano rinde constantes muestras de admiración. Un Che Guevara, eso sí, con el jersey de Freddy Krugger. No es fácil saber qué da más miedo.