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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

La resistencia del proteccionismo

Esas ayudas desordenan la producción que no sigue ya las señales ágiles y precisas del mercado, sino las directrices políticas, desinformadas, antieconómicas y movidas por el interés de los lobbies. Los países pobres han presionado mucho en este punto. Y el que hayan alcanzado este éxito da una idea de que su papel en el concierto económico mundial ha dejado de ser totalmente irrelevante.

Pero no se han conseguido avances en la rebaja de los aranceles, por lo que el éxito de la conferencia de Hong Kong no es más que relativo. La Unión Europea ha hecho valer su fuerza para mantener unas barreras al comercio que perjudican al conjunto de sus consumidores y al desarrollo de los países más pobres, y que llaman insistentemente a nuestras puertas para vendernos sus productos, servirnos a buen precio y con ello poder progresar para salir de la pobreza. Europa, la hipócrita, la vieja, la que se alía con la Francia más reaccionaria y proteccionista, ha logrado que los aranceles no se toquen. Sin salir de la agricultura (la principal exportación de los países más pobres), el arancel medio europeo es del 20%, mientras que el estadounidense es del 9%, según el Banco Mundial. La rebaja de las tarifas no lo es todo, porque el libre comercio se puede cercenar con la imposición de regulaciones y leyes fiscales comunes. Pero no deja de ser importante.

No obstante, en este aspecto no son los países más ricos quienes tienen más que hacer, sino los más pobres, que son también los más proteccionistas. India, pese a los grandes avances de las últimas décadas, tiene un arancel sobre los productos agrícolas del 101%. Muchos tienen aranceles que superan el 50%. En el mercado textil la situación es más o menos la misma. Los regímenes de los países pobres son los peores enemigos de los pueblos que tienen sometidos.

Un reciente estudio del Banco Mundial hizo el esfuerzo de calcular cuáles serían los beneficios de una total liberalización del comercio mundial en Hong Kong (lo que sabemos que no se ha producido), estimándolo en 248.000 millones de dólares por año. La mayor parte de este beneficio, 142.000 millones de dólares, sería para los países más pobres (para quienes, además, representa una ganancia relativa a su escasa riqueza mucho mayor). Pero de esos 0’14 billones de dólares que dejan de ganar por los aranceles actuales, 31.000 millones son a consecuencia de las aduanas de los países ricos, y los 111.000 millones anuales restantes, de las que imponen sus propios regímenes.

¿Podrá el Estado adaptarse al cambio?

Recordaremos a dos economistas, Merlin Hunter y Harry Allen. Ellos esbozaron cómo se gestiona la sociedad bajo el imperio del estando del bienestar. Consideraban que siempre hay dos grupos: los pagadores de impuestos (tax-payers) y los consumidores de impuestos (tax-consumers). Bajo el estado del bienestar hay un segmento de actores económicos, los consumidores de impuestos, que viven a expensas del resto, los pagadores de impuestos. Hasta ahora España ha sido un consumidor de impuestos en referencia a Europa, pero en breve pasaremos a ser un pagador neto.

Todo el dinero que ha llegado a España ha hecho aumentar los ratios nominales del nivel de vida de los españoles, pero curiosamente no parece haberse traducido en un aumento real: nuestra capacidad de ahorro es cada vez menor, la pérdida de poder adquisitivo decrece gracias a las manipulaciones monetarias y políticas (la adquisición de una vivienda es el mejor ejemplo), la sanidad estatal cada vez se parece más a la sanidad cubana teniendo un futuro muy negro, las futuras pensiones con suerte nos dejarán en el umbral de la pobreza

¿Y para qué han servido esos 6.800 millones de euros que recibía España anualmente de media (un total de 48.000 entre 1999 a 2006)? Sólo han servido para mantener vivo un sistema social monstruoso que dilapida el dinero de los que trabajan para mantener a elites ociosas como grupos de presión, políticos, actores, agricultores (40% del presupuesto total comunitario), crear campañas de lavado de cerebro estatal, regalar dinero a los amigos… La lista es interminable, y es que el gobierno ha sido incapaz de crear nada positivo, eso sólo lo sabe hacer el hombre libre cuando trabaja duro por su futuro sin las leyes ni tributos liberticidas del estado.

Ante la creciente pérdida de fondos europeos (de unos 4.500 millones en el 2007, a unos 990 en 2013) el problema real es que el estado no podrá rebajar el nivel de gastos con el que se ha comprometido. Francia ha intentado hacer diversos cambios discretos en su estado del bienestar y el resultado han sido hostiles reacciones de los grupos de presión. Lo mismo le va a ocurrir a España. ¿Realmente cree que si el gobierno español es incapaz de acabar siquiera con algo tan trivial como el déficit de RTVE (170 euros al año por hogar), puede reconvertir el estado del bienestar y servidumbre en un próspero laissez-faire? No, eso es imposible.

Ningún político nos puede sacar de este enredo, son ellos quienes nos han metido, pero la decadencia del estado no significa la muerte del individuo. Ante la mayor presión estatista que nos espera en los próximos años cabe la posibilidad de una mayor alienación del hombre hacia el gobierno. De hecho, es un proceso que ya se está produciendo: la tendencia de voto y confianza en los políticos cada vez es menor, la economía sumergida sigue teniendo altas cotas (más del 20% del PIB), los planes de pensiones privados crecen, los seguros privados también… Aún con las restricciones del gobierno el mercado privado suple las deficiencias que crea el estado del bienestar. En otras palabras, los actores económicos con sus acciones (lo que en economía llamamos preferencias reveladas) optan, no por las soluciones del gobierno, sino por la elección que le brinda la gente y el libre mercado.

No necesitamos un estado todopoderoso que fiscalice toda nuestra actividad humana, más bien ese es el estorbo a nuestra prosperidad. Cuando aprendamos a confiar en la gente y no en los políticos, habremos encontrado la solución a los grandes conflictos nacionales y nos daremos cuenta que los problemas de estado, en realidad, no tienen porque afectarnos en absoluto si prescindimos de su peligrosa “ayuda”.

¿Quiénes son realmente pobres en España?

Recientemente, el INE ha publicado unos datos realmente interesantes, referidos a la pobreza y a las personas sin hogar. Los medios de comunicación no han entendido, o querido entender, qué significa ser pobre estadístico para este organismo y han destacado que, pese a la prosperidad de los años de Aznar, aún queda un 20% de pobres en España. El problema es que la pobreza se mide como porcentaje con respecto a un ingreso medio. Si por algún método mágico todos nos enriquecieramos en un día hasta llegar a poseer diez veces más de lo que tenemos ahora, estadísticamente seguiríamos teniendo un 20% de pobres.

Comparemos esto con la investigación sobre personas sin hogar. Las necesidades materiales básicas de las personas son la comida, el vestido y el techo bajo el que habitar. Cuando hablamos de pobres, son aquellos que carecen de alguna de ellas quienes nos vienen a la cabeza; por eso sorprende y escandaliza ese porcentaje del 20%. Dado que hace décadas que la estadística de muertos de hambre dejó de ser empleada en España, es el número de los que se encuentran sin hogar nos puede dar una aproximación al número real de quien es realmente pobre en España. Aunque la encuesta del INE no se atreve a dar una estimación, el que el número total de atendidos por los centros especializados en municipios de más de 20.000 habitantes es de 21.000 personas. Aún suponiendo que la cifra total doblara ésta, no llegaría al 0’1% de la población española.

Pocas tácticas tan socialistas como la de definir la pobreza de forma relativa; así el número de pobres permanece constante y permite descalificar al sistema capitalista como la principal solución que es y ha sido siempre para el problema de la pobreza. Es lo que permite decir que en Estados Unidos hay 35 millones de pobres, pero dado que ser pobre según esa definición significa ganar menos de 18.000 dólares al año, estos pobres suelen disponer de casa, automóvil, televisión y ordenador.

Curiosamente, el perfil de las personas sin hogar parece, en algunos aspectos, un póster de diversas buenas prácticas vendidas por los socialistas. Son hombres, generalmente sin familia ni pareja estable (¡viva el amor libre!), extranjeros (¡papeles para todos!), con problemas de drogas y/o alcohol (¡a colocarse y al loro!), parados y con problemas con la justicia. Desgraciadamente, el informe no incopora el porcentaje de enfermedades mentales, que parece ser bastante alta por la experiencia de los trabajadores del gremio. Pese a ser el Estado, supuestamente, el responsable de crear una red de seguridad para los ciudadanos, el 72,8% de los centros de acogida son de titularidad privada, buena parte de ellos dirigidos por alguna entidad religiosa.

En definitiva, no es sólo el capitalismo el responsable de la reducción de la pobreza, sino que la moral tradicional tan denostada es uno de las mejores opciones para evitar caer en ella y, además, es la iniciativa privada quien realmente se hace cargo de los verdaderamente pobres, en lugar del supuestamente omnipresente estado del bienestar. Una fotografía notablemente diferente a la que nos intentan hacer creer.

Desigualdad en dos palabras

El principal argumento ético socialista es la lucha contra la desigualdad. El fondo de su argumento son dos palabras (mientras que…) que siempre unen dos frases que hacen referencia a la situación de dos grupos sociales o de “unos y otros”. El ejemplo más conocido es la frase “el 20 por ciento de la población tiene el 80 por ciento de la riqueza, mientras que el 80 por ciento restante se tiene que conformar con el otro 20 por ciento”. Esta frase, que se acuñó en 1980, tiene varios problemas, como que los datos sean ahora 20-75 y 80-25, gracias al mayor desarrollo en el sudeste asiático, China e India o, especialmente, que no explica que si un 20 por ciento de la población tiene el 75 por ciento de la riqueza mundial es porque la ha producido.

En primer lugar hay que deshacer esa idea que siempre flota en estos pseudoargumentos socialistas, y que viene a sugerir que las rentas se “reparten” o “van” a unos y otros sin explicar cuál es el mecanismo económico que explica los sueldos y rentas. En una versión extrema de esta concepción, la gente llevaría a cabo ciertas actividades y por otro lado, y sin aparente relación, un ente repartiría rentas y propiedades entre los ciudadanos, que los distribuiría, de ahí la insistencia en la “distribución de la renta y la riqueza”. Nada hay parecido a ello en una sociedad libre. 

En el mercado solo hay producción y formación de precios. Los empresarios tienen la visión de un producto o servicio que puede servir a los intereses y deseos de los consumidores, y cuya venta por tanto le generará un ingreso. Con la idea de este ingreso futuro, busca los factores que más le acerquen al producto deseado y que menos dejen de servir en otras ramas de la producción cuando los contrate o adquiera para comprometerlos en el suyo, lo que determina los costes. Es en ese proceso donde se origina el beneficio. Luego cada factor recibe una renta que es suficientemente atractiva como para descartar otras posibilidades y que tiene como límite la previsión que hace el empresario de la productividad marginal que aportará en ese proceso productivo, descontando de ella el interés.  

En definitiva, la formación de rentas es puramente económica y deriva de la aportación individual a la producción. En función de que esta aportación sea mayor o menor las rentas serán más o menos altas. Pero aún queda la cuestión planteada en esas dos palabras. “Mientras que…” sugiere la idea de que hay alguna relación entre el hecho de que, por ejemplo, A genere una renta X y B otra 10X. Esta concepción sugiere que los dos, A y B están luchando por llevarse lo más posible de una especie de fondo común. Pero, como queda sugerido en el anterior párrafo, la riqueza no está ahí, esperando a que nos acerquemos y la troceemos, sino que tiene que descubrirse y crearse. Un mundo libre es un mundo abierto, en el que gran parte de nuestras opciones las podemos crear nosotros mismos. Ese “mientras que” no atiende al modo en que funciona el proceso productivo y sugiere que hay una especie de fondo común que en realidad no existe.

La SEPI y la competencia desleal

Como resultado, La Fiesta tiene una gran proporción del mercado de Sangría dentro y fuera de nuestras fronteras, mientras que Sangría de la Tierra no pasa de tener unas ventas anecdóticas a pesar de contar con una extensa plantilla de experimentadísmos profesionales.

Su empresa va viento en popa y usted se preocupa de introducir de cuando en cuando los cambios que su clientela parece requerir para mantener la confianza en su producto. Los encargados de su competencia estatal, en cambio, dedican su creatividad a contrarrestar las acusaciones de mala gestión lanzadas por los sindicatos durante la penúltima huelga de empleados. La Fiesta tiene beneficios crecientes mientras que Sangría de la Tierra no deja de hundirse en el pozo de las pérdidas. Usted piensa que, algún día, el “holding” público al que pertenece la empresa de la competencia no podrá seguir cubriendo esos números rojos y cerrará o venderá la empresa. Sin embargo, un buen día se entera de que el gobierno ha decidido autorizar la financiación de sus empresas públicas mediante aportaciones y garantías de las administraciones públicas. “¿Cómo es posible?”, se pregunta entre confuso e indignado. Mientras que usted se esfuerza cada día y arriesga todo su dinero en dar al público una sangría que le hace feliz, su competencia se podrá permitir el lujo de obviar las preferencias de la clientela potencial y despilfarrar recursos a base de quitarle al consumidor –vía impuestos– lo que no está dispuesto a concederle por la vía voluntaria del intercambio.

Esto es exactamente lo que ha ocurrido el pasado viernes cuando el Consejo de Ministros aprobó un proyecto de ley por el que se modifica la actual ley para permitir que la SEPI pueda ser financiada con cargo a los Presupuestos y evite la quiebra de sus empresas. Si esto es competencia es, sin lugar a dudas, la más desleal que quepa imaginar. Pero contra esta “competencia” socialmente dañina no creo que se erija la voz de ningún órgano de “defensa de la competencia”. Al fin y al cabo están diseñados por los políticos y no por el mercado. Y el medio político no sólo es incompatible con el medio económico, como explicara magistralmente Oppenheimer, sino que sólo puede subsistir a modo de parásito de las relaciones voluntarias que se dan el mercado libre. Algún día el mercado tendrá que inventar la institución mediante la cual nos podamos sacudir de encima tantas empresas parasitarias. Hasta entonces una jarrita de sangría o un buen vino tinto pueden ayudar a ahogar las penas que produce el intervencionismo. Eso sí, con moderación, que lo dice papá Estado.

Boicot estatal frente a boicot privado

Cuando los argumentos terminan, los políticos deciden recurrir a la fuerza policial. Por mucho que Huguet se empeñe en distorsionar la realidad, el boicot no tiene nada que ver con la represión estatal, ni mucho menos el primero justifica la segunda. Conviene, pues, trazar una clara diferencia entre el boicot privado y los boicots estatales.

Boicot privado

El boicot privado a una empresa consiste en la decisión individual y voluntaria de no comprar un producto, por cualquier motivo. Para que el boicot sea exitoso suele ser preciso que un gran número de individuos lo siga de manera mancomunada. En estos casos el boicot puede ser liderado por algunas personas o asociaciones, pero siempre a través de la persuasión y nunca de la imposición.

La finalidad o la causa del boicot es del todo irrelevante. En ocasiones puede tener loables implicaciones políticas (como el realizado contra la petrolera Shell por su apoyo al régimen de apartheid que regía en Sudáfrica), en otras puede basarse en tópicos absurdos (por ejemplo, pretender boicotear a las empresas cuyos empleados lleven gafas). Pero en cualquier caso deben respetarse todos.

Como decía el gran pensador liberal Murray Rothbard: "Desde el punto de vista de la moral, el boicot puede perseguir objetivos absurdos, reprensibles, loables o neutrales. (…) En nuestra opinión, lo que importa, en este tema, es que sea voluntario, es decir, que se trate de una acción dirigida a intentar convencer (…) En principio, el boicot es legítimo per se".

El consumidor es soberano en el sistema capitalista. La empresarios se dirigen a servir sus intereses, que no tienen por qué estar relacionados exclusivamente con el producto ofrecido. Una empresa puede resultar penalizada por contaminar, proferir opiniones racistas, tratar de manera inadecuada a sus trabajadores o, simplemente, estar presidida por un señor poco simpático.

Y es que, en todo caso, la soberanía del consumidor consiste en la capacidad individual para boicotear a las empresas que no sirven a los individuos. La competencia de las empresas en un sistema capitalista es una competencia por satisfacer a los consumidores, esto es, por evitar su boicot: los individuos, al decidir comprar un producto, están boicoteando a los restantes, con la consecuente exhortación a que se adecuen a sus gustos, so pena de desaparecer del mercado.

Las empresas tienen que adaptarse o desaparecer si no satisfacen a los individuos. Ningún empresario tiene derecho a permanecer en el mercado en contra de la voluntad del consumidor. Cometeríamos un gran error si pensáramos que las empresas quiebran solamente por ser poco competitivas en lo relacionado con los precios; el descontento puede surgir, así mismo, de un continuado maltrato –en cualquier sentido– a los consumidores soberanos.

Boicot estatal

En sí mismo, el Estado es un boicot continuo a la sociedad, pues nos impide contratar con otras empresas los servicios que nos proporciona. Tenemos que pagar impuestos porque sí; y ese dinero que el Estado nos roba no podemos gastarlo en otras actividades. El Estado está empeñado en impedir la provisión de sus mismos servicios por otros cauces.

Otras formas de boicot las encontramos en la imposición de aranceles (el Estado pretende evitar que compremos productos extranjeros), en los precios máximos (el Estado impide que compremos a aquellos empresarios desaprensivos que venden por encima de un "precio digno") y mínimos (el Estado impide que nos "aprovechemos" de la situación de debilidad de ciertos productores). La intención es clara: en el caso de los aranceles, debemos comprar productos nacionales; en el de los precios máximos y mínimos, se nos obliga a pagar menos y más, respectivamente.

Los boicots estatales se caracterizan por implicar el uso de la violencia y la represión policial. No es el consumidor soberano quien elige, sino el político liberticida. El boicot privado es un instrumento acorde con la libertad; el estatal es un instrumento acorde con su restricción.

Es curioso cómo los políticos sólo protestan por los boicots que los ciudadanos libremente practican con sus empresas satélites. A ninguno de ellos se les ocurre levantar la voz contra su intervencionismo recalcitrante, contra sus boicots coactivos. No ya en los casos mencionados, también en el de los boicots subvencionados directa o indirectamente por el poder político. El caso de "Compreu/No Compreu" es paradigmático: los propios empresarios catalanes que no etiquetan en catalán están financiando coactivamente campañas de boicot contra sus propios productos. El colmo de las explotaciones.

Por supuesto, a pesar de esta incoherencia manifiesta (dar cobijo a boicots estatales de carácter violento y criticar los privados y libres), los políticos, en tanto personas, están legitimados para criticar los boicots privados, intentar disuadir a sus seguidores o, incluso, organizar contraboicots. Mientras no utilicen la fuerza para combatir un boicot privado, sus acciones no resultan problemáticas desde una perspectiva liberal.

Ahora bien, el reciente caso de Huguet no tiene absolutamente nada que ver con este procedimiento persuasivo. Huguet ha hecho un llamamiento a la intervención del Ministerio del Interior; esto es, a que la policía sancione a quienes induzcan a o practiquen el boicot.

De esta manera, nos trasladamos a un Estado policial y comunista, donde las autoridades asignan a cada individuo su porción concreta de productos. El consumidor deja de ser soberano y el empresario ya no produce para darle satisfacción; más bien al revés: el consumidor, forzado por el Estado, se ve obligado a proporcionar ingresos a un empresario que no lo hace feliz.

Además, Huguet ha anunciado subvenciones para las empresas afectadas por el boicot. Ya lo sabe: si vive en Cataluña, sólo tiene que denunciar que sus productos no se venden en el resto de España debido a la conspiración del boicot y el Gobierno le entregará un fardo de billetes. Nunca vivir a costa de los demás fue más sencillo.

Ahora bien, lo más gracioso del caso es que la represión del boicot privado y la subvención pública suponen, en realidad, un boicot estatal. Cuando el Gobierno nos obliga a comprar un producto nos impide gastar ese mismo dinero en otros y, por tanto, practica un boicot violento contra los mismos. El Estado pretende forzar a esos empresarios y trabajadores a que se dediquen a otros negocios, y para ello impide a los consumidores adquirirlos. Por ejemplo, si las autoridades obligan a los consumidores a comprar cava de Freixenet, se estará boicoteando el cava valenciano.

Del mismo modo, si se subvenciona a una determina empresa se impide que los consumidores adquieran otros productos con ese mismo dinero. La subvención modifica la estructura de gasto, así pues, supone un boicot estatal a ciertas empresas. La nacionalización de parte de nuestra renta tiene como propósito violentar a ciertas empresas para que cambien de actitud y produzcan otros bienes y servicios.

Los partidarios de la subvención y de la intervención policial contra los seguidores del boicot prefieren que el Estado imponga un boicot violento a que los consumidores practiquen libremente un boicot voluntario. En otras palabras, prefieren la violencia y la represión a la libre elección.

Las impagables palabras de Huguet para definir el mercado son una perfecta ilustración de la idea socialista de libertad: "Hay partes del territorio español que no se comportan como un mercado libre, porque en estas zonas no hay un comportamiento en función de la calidad-precio". Dicho de otra manera: el mercado no es libre cuando los consumidores actúan en libertad; el mercado libre se consigue cuando los consumidores actúan como quiere Huguet: forzados por la represión policial.

Parece que esta gente nunca entenderá que el libre mercado no se basa en un comportamiento robótico y reactivo entre los precios, sino en una elección individual y continua de aquellos comportamientos que más feliz hacen a cada persona.

El boicot a los productos de las empresas catalanas que apoyan el estatuto podrá parecernos adecuado o torpe, pero en todo caso es legítimo. Huguet, con su retórica fascistoide, sólo pretende domeñar a los consumidores para que se gasten el dinero en productos que no les gustan. Pretende, en definitiva, suplantar la soberanía del consumidor por la soberanía de los politicastros.

No es una novedad, pero queda suficientemente claro que el Tripartito catalán tiene poco apego a la libertad.

Intervencionismo a todo gas

La Sherman Act es, a pesar de la retórica intervencionista, una legislación pensada para impedir la libre competencia en Norteamérica. En claro contraste con esos orígenes, los estados miembros de la Unión Europea no contaron con una legislación antimonopolio hasta la década de 1950. La explicación a este hecho seguramente sea que por aquel entonces el deporte preferido de los gobiernos europeos consistía en vaciar la cartera de los ciudadanos a base de erigir todo tipo de empresas monopolísticas. Sin embargo, cuando se constituye la Comunidad Europea del Carbón y del Acero los estados miembros recelaron del uso que los demás gobiernos podían hacer de su legislación para imponer tributos encubiertos al resto de los ciudadanos de la Unión a través de la monopolización de ciertas actividades. Así las primeras medidas europeas antitrust nacieron para evitar el control político sobre la actividad económica.

No hay más que mirar el caso de la OPA de Gas Natural sobre Endesa para darse cuenta qué poco queda de aquellos bienintencionados comienzos. Pensemos, por ejemplo, en que Gas Natural disfruta de las rentas que le otorgan las barreras legales de entrada a su mercado establecidas por la administración española y que con esas rentas pretende comprar la mayor compañía eléctrica española. Desafortunadamente ese sometimiento político no representa un hecho que hoy en día merezca la atención de las autoridades europeas antitrust.

Como es bien sabido, el principal accionista de Gas Natural es La Caixa, una caja de ahorro que, como todas, está controlada por el poder político de su región de origen. Las cajas son instituciones financieras que se dedican a expandir la masa monetaria para satisfacer el hambre de control político de sus amos. Al desconocer la propiedad privada, no son opables por individuos o empresas capaces de darle una mejor utilización a sus recursos. Por increíble que parezca, tampoco este control político ha merecido la atención de la Comisión Europea.

Ni siquiera el impago de un suculento préstamo concedido por La Caixa al partido del ministro de industria, el regulador del ramo, tiene la más mínima importancia. Aquí ya no incumbe que el poder político trate de intervenir la libertad de mercado. Lo único que importan son las apariencias. Que las empresas no sean “demasiado grandes”. Da igual si se logra gracias a ofrecer fantásticos productos que los consumidores adquieren, a las rentas monopolísticas o al apoyo de una institución financiera que responde a designios políticos.

También es el volumen lo que determina el estudio de los casos por parte de la Comisión Europea. La regla es que sólo se estudian los casos de OPAs en los que alguna de las empresas en cuestión realiza un tercio de su negocio en el ámbito europeo. Curiosamente Endesa sobrepasaba este porcentaje según las nuevas normas de contabilidad exigidas por la propia UE., pero no hay regla que resista a una reunión política de alto nivel.

Por su propia naturaleza el poder político se traduce en la promoción del intervencionismo a todo gas. Así que si queremos promover la libre competencia tenemos que acabar de una vez por todas con las cajas de ahorro y con las instituciones políticas diseñadas para la defensa de la competencia perfecta por medio de la aniquilación del libre mercado.

Malas porque sí

Los socialistas han encontrado en las grandes empresas uno de los filones más rentables y facilones en sus ataques contra el capitalismo. Los empresarios de las grandes compañías se encuentran atados de pies y manos ante la inquisitorial inspección del izquierdismo internacional. Ninguna decisión que tome una gran empresa está bien vista, sea la que sea.

Tomemos el sencillo ejemplo de los precios. Todo empresario debe decidir en cada momento si sube, baja o mantiene los precios. Sin embargo, por extrañas tirrias antiliberales, cuando estas decisiones tiene que tomarlas una gran empresa siempre nos encontramos con conspiraciones monopolísticas.

Si una gran empresa sube el precio, estamos ante un evidente ejemplo de abuso de su posición de monopolio, con la clara pretensión de explotar a los desamparados consumidores. En este caso, resulta conveniente que el gobierno establezca precios máximos para evitar los daños sobre los ciudadanos.

Si, por el contrario, decide reducir el precio, sus intenciones pasan indudablemente por establecer precios predatorios que eliminen la competencia para, de esta manera, conseguir una posición plenamente monopolística. En estos casos, habrá que subvencionar a las restantes empresas para que puedan, a su vez, reducir sus precios o directamente sancionar a la empresa que los ha bajado en primer lugar por “competencia desleal”.

¿Y si decide mantener los precios sin cambio alguno? No cabe duda de que asistimos a un acuerdo oligopolístico secreto entre las grandes empresas del sector que tiene como objetivo evitar reducciones de precios que beneficien a los consumidores. El Tribunal de Defensa de la Competencia tiene que investigar si existe esta alianza colusoria y, en su caso, multar severamente a las empresas que restringen la competencia.

Como vemos, sea cual sea la decisión que adopte una gran empresa estará sometida a duras críticas por parte de la izquierda y a una continua inspección por parte del poder político. El Estado siempre encontrará una excusa para intervenir y regular el mercado; tiene miedo de una libertad empresarial que enseñe a los consumidores la posibilidad de desvincularse de las relaciones impuestas y obligatorias, de la servidumbre estatal.

El ejemplo de las grandes empresas ilustra perfectamente la ruina moral y científica de la mayoría de voceros anticapitalistas, cuya batería argumentativa pasa por criticar cualquier decisión que no pase por el Estado. No en vano, lo que molesta al socialismo no son las decisiones concretas, sino la libertad de elegir. Se debe criticar cualquier resultado de la acción libre, porque hay que demostrar que la acción libre es intrínsecamente malvada.

Claro que la izquierda, más bien, debería preguntarse si sus subproductos ideológicos, fruto de sus elecciones libres, no son, en realidad, la parte forzosamente malvada y corrupta de las sociedades capitalistas.

Así piensan los antitodo

Pero el mensaje real que impulsan los anticapitalistas no es este, la campaña es un medio para llegar a otro fin. Los anticapitalistas sostienen que la diversidad de oferta y la alta división del trabajo nos restan libertad y nos hacen ser las marionetas de los medios de comunicación y empresas. Es el mismo mensaje marxista de siempre pero actualizado.

Lo que no entienden estos grupos, que se sienten alienados y explotados por cualquiera que pase cerca de ellos, es que la diversidad es parte de la riqueza humana. Cada uno de nosotros somos ricos en facultades y actitudes que podemos explotar para beneficiar al resto de la comunidad a cambio de la producción que estas otras personas realizan de forma voluntaria. Prohibir que lo hagan sería esclavizarlos; y expropiarles parte de su producción por fines económicos, sociales o morales sería robarles (irónicamente los impuestos, que tan justos son para los anticapitalistas, se basan en esto). En el sistema capitalista no hay tiranía ni esclavitud, cada uno intercambia y produce según su elección. Si usted es persona de pocas ambiciones no le hará falta trabajar tanto como una que sí lo sea, si a usted no le gusta su trabajo es libre para irse a otro, si usted no quiere comprar algo no tiene porque hacerlo; ninguna empresa le pondrá una pistola en la cabeza para que actúe contra su voluntad.

La respuesta de los grupos anticapitalistas a la libertad suele ser que la sociedad también les condiciona y esclaviza obligándoles a actuar de una forma determinada. El ejemplo más común suele ser el uso del móvil, “si no tengo móvil me siento apartado de la sociedad, el móvil me esclaviza”. La sentencia es falsa. Ni un objeto, ni un ente global, disperso y difuso como la sociedad, nos puede hacer esclavos. Éstos no tienen voluntad propia y por lo tanto no nos pueden obligar a nada.

Toda acción humana, nos guste o no, tiene consecuencias, ya sean sociales o económicas. La reacción de estos grupos a la acción humana es reprimir la responsabilidad y libertad individual abogando por la omnipotencia estatal y por el planificador central que les diga qué hacer, cuándo y cómo. En esta situación no se ha de pensar, sólo obedecer. Su libertad es la esclavitud del resto. Y esta no es la definición de libertad, sino que encaja más en la definición de igualitarismo, socialismo o tiranía.

Afirmar que los pequeños lujos del capitalismo nos hacen esclavos es confundir todos los términos. Usted, quiera o no, tiene control sobre su televisor, éste no le da órdenes para que lo encienda, ningún anuncio nos puede obligar a comprar como unos posesos, su teléfono móvil tampoco le puede obligar a que lo encienda y envíe mensajes a sus amigos o familiares por más promociones que haga su operadora. Otra vez, un objeto material, inanimado y sin voluntad no nos puede esclavizar, sólo las personas individuales pueden conseguirlo mediante la restricción de la libertad individual y de mercado.

Es más, si cree que la televisión le lanza mensajes subliminales para neutralizar su ser puede tirarla a la basura y olvidarse de ella totalmente (yo mejor la vendería); pero si tomamos las medidas de los anticapitalistas, como que el estado apruebe una ley contra su libertad o propiedad por cualquier pretexto social, económico o moral no podrá hacer nada, sino callar y obedecer, revelarse le podrá salir caro.

Aquel que crea que puede conseguir un mundo perfecto impidiendo la acción humana, recurriendo a un visionario económico o social con grandes promesas de igualdad, es un ciego que sólo contribuirá a la destrucción de la libertad y prosperidad de cada uno de nosotros. El comunismo lo intentó, y los resultados fueron nefastos.

20 de noviembre

Son muchos los males aún que aquejan a una gran parte de la humanidad. ¿Qué no sufrirán los más desvalidos entre los más pobres? Pero tenemos que reconocer si miramos a las últimas décadas, éstos problemas no solo no han empeorado, sino que han remitido de forma ciertamente espectacular.

El último Informe de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas no tenía más remedio que reconocer que si bien el 40,4 por ciento de la humanidad en 1981 vivía con un dólar o menos al día, el porcentaje había caído en 2001 a la mitad, hasta el 20,7 por ciento. Y todo ello en dólares constantes, es decir, con el mismo poder de compra. La pobreza ha remitido en las dos últimas décadas, de la mano del avance de la globalización. Y los problemas básicos de los niños en el mundo son los mismos de la pobreza. La proporción de personas desnutridas ha caído del 29 por ciento de la población mundial en 1980 al 18 por ciento en 1996. En 1970, después de una mejora secular, todavía el 11 por ciento de los recién nacidos en los países en desarrollo morían antes de cumplir un año. En 1995 el porcentaje había caído a menos de la mitad, y ha seguido reduciéndose.

El trabajo ha sido parte de la infancia en toda la historia de la humanidad. En contra de lo que se cree, la novedad no es el trabajo infantil, sino su progresiva erradicación, que se ha producido según se ha ido extendiendo el capitalismo. El campo, la ganadería, la artesanía; los oficios de los padres han sido el lugar de trabajo de los hijos desde que han adquirido las primeras capacidades. La cicatería de la economía preindustrial hacía que los niños dependieran para su manutención, en parte, de su pobre aportación. Cuando las condiciones sociales han permitido la inversión nacional y foránea, cuando han llegado los capitales de fuera y han permitido un temprano desarrollo industrial en una sociedad aún predominantemente pobre, se han abierto nuevas oportunidades de trabajo al margen de la economía artesanal y agropecuaria tradicional. Un trabajo menos duro y con mayores remuneraciones. Las multinacionales, que se denigran desde la mala conciencia de occidente (a no ser que se vayan con viento fresco, entonces las criticamos por dejar de explotarnos), están bien vistas en los países en desarrollo, según una encuesta de hace dos años.

Pero el trabajo no es el estado ideal de la infancia. Y la prueba es que cuando han tenido recursos suficientes, los padres les han liberado de esa carga y la han cambiado por la de las mochilas. El trabajo infantil se ha ido reduciendo en los países capitalistas hasta prácticamente desaparecer. Dos de los mayores expertos en trabajo infantil, Eric V. Edmonds y Nina Pavcnik, han observado en un artículo llamado Child Labor in the Global Economy, que “el trabajo infantil parece ser casi por completo una cuestión de pobreza. No diría que solo de pobreza, pero tiene mucho que ver con la pobreza”. Estos expertos observaron en otro estudio la evolución del trabajo infantil en Vietnam en una época en la que abandonaba a marchas forzadas su economía cerrada y controlada para incorporarla al comercio mundial, con apertura de comercio y reformas económicas. De 1993 a 1998, cuando se hizo el estudio, la economía vietnamita obtuvo un crecimiento medio del 9 por ciento. En esos cinco años el trabajo infantil cayó nada menos que un 30 por ciento. Los autores observaron que “el trabajo infantil no parece variar con el gasto per capita hasta que las familias puedan cumplir con sus necesidades alimenticias; y entonces cae de forma dramática”.

No olvidemos los 20 de noviembre que la situación de los más pequeños entre los más pobres sigue siendo desesperada. Pero tampoco olvidemos que la pobreza remite en el mundo gracias al capitalismo. Los problemas de la infancia en el mundo son los de los más pobres, así que no hagamos caso a sus enemigos.