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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Misión condón

La teoría del desarrollo es una de las más desgraciadas ramas del empeño por entender la economía humana. Ha albergado un gran número de tonterías y lo que es más importante, de un calado ciertamente notable. Una de las corrientes más desmentidas por el desarrollo humano, pero más permanentes, sitúa la solución para los países más pobres en el control de la población.

Paul Ehrlich, uno de los intelectuales más influyentes del último tercio del siglo XX, publicó en 1968 The Population Bomb, reviviendo el terror maltusiano, al que adorna con nuevos y espantosos escenarios de poblaciones diezmadas por la inanición después de haberse multiplicado insensatamente. Simplemente no hay recursos para todos y nos abocamos al desastre si no seguimos la guía de Malthus y su profeta.

El libro de Ehrlich sirvió de prólogo para una de las revoluciones científico-económicas más notables del citado siglo; la llamada segunda revolución verde, que multiplicó la productividad agrícola por cifras sorprendentes. Hoy continuamos con esa notable mejora.

Me fijaré, no obstante, en un aspecto de esta corriente, y es en su propuesta de control de población. Los países pobres están condenados porque las familias crecen tanto que es pastel no da más que para migajas, para cada uno de ellos. Atrapados en el consumo más básico de lo que hay, no cabe el ahorro y el desarrollo. Solución: ayudémosles a controlar la población. Llevémosles condones para poder hacerlo.

Un condón es un bien muy barato. Tener un hijo es muy caro, también en esas latitudes. Resulta extraño plantearse que si tienen hijos sin parar es porque no pueden permitirse condones. Si se cree que el mercado no está interesado en llevarlos a los lugares más pobres, que sigan el destino de miles de camiones de Coca-cola. La cuestión es que simplemente desean tener más hijos. William Easterly, en su imprescindible The Elusive Quest for Growth, recoge un estudio realizado en numerosos países que concluye que el 90% de la fertilidad está explicada por el deseo de las madres de tener hijos. El mito izquierdista de que los salvajes no saben lo que se hacen y que ellos han venido al mundo para llevarles por el camino correcto se viene abajo.

Y es una decisión lógica. Las familias pobres tienen menos ingresos por hora de trabajo y pierden menos por el tiempo que dedican a una descendencia numerosa. Una prole creciente supone mayores ingresos futuros y una mayor seguridad, pese al coste inicial. Los incentivos son diferentes en una sociedad rica y por tanto muy productiva, en la que conviene concentrarse no en el número de hijos sino en aumentar las posibilidades de éxito de los que se tengan. Es una estrategia intensiva y no extensiva la que se favorece. De modo que, como dice el economista antes citado, “el mejor anticonceptivo es el desarrollo”, que viene acompañado de una transición demográfica, muy conocida.

La campaña de llevar condones a África resultó en un descomunal fracaso, con antecedentes en otros fracasos derivados de llevar a cabo otras teorías del desarrollo hermanas y primas de la maltusiana. Quizás la experiencia o la desconfianza en esa política fuera la que llevara a muchos como Gunnar Myrdal o Garret Harding a proponer esterilizaciones involuntarias masivas, que finalmente se llevaron a cabo. La enorme distancia de confianza en que uno mismo puede resolver los problemas ajenos y la que le inspira la capacidad de los concernidos en su propio juicio lleva a extremos como este.

La ofensiva de la Banda del Ocho

Sin embargo, basta reflexionar un poco para ver el escaso fundamento de semejante afirmación. ¿Hay algo más preciado y básico que nuestra libertad? Aun cuando algunos pudieran responder que la vida es más sustancial, la cuestión es evidente: ¿quién debe ser el propietario de bienes tan básicos como nuestra libertad y nuestra vida? ¿El Estado o nosotros mismos? ¿Seríamos libres si el Estado pudiera elegir por nosotros? Obviamente, no.

A diferencia de lo que los socialistas quieren hacernos creer, precisamente porque el agua es importante debiera ser privada. El peso burocrático del Estado se soporta mejor en aquellos sectores que nos resultan "prescindibles": si el Estado se encomienda la preparación de unos Juegos Olímpicos y finalmente fracasa, el perjuicio de su acción se circunscribirá a un cierto derroche de nuestro dinero, pero podremos continuar, sin demasiada dificultad, con nuestras vidas. En cambio, si se encomienda la realización de tareas fundamentales para nuestra existencia y para nuestra libertad, cuando fracasa –y en su existencia y funcionamiento está grabado en letras de fuego el inexorable fracaso– las consecuencias son calamitosas.

No es casualidad que, por un lado, la mayor parte de las reservas de agua del mundo sean propiedad del Estado –sólo alrededor del 3% de la población de los países pobres recibe agua de empresas privadas– y que, por otro, cada año 1.000 millones de personas contraigan enfermedades relacionadas con la falta de agua, de las que 12 millones terminarán muriendo.

Tal es el estremecedor balance que arroja Water for sale, del sueco Fredrik Segerfeldt. En este libro encontramos una razonada y detallada defensa de la privatización del agua como conditio sine qua non para erradicar su carestía.

Sin embargo, el pensamiento izquierdista sigue siendo preponderante en este punto. El agua se concibe como un derecho por el que no cabe exigir una contrapartida monetaria; en otras palabras, el Estado, en su papel de omnipotente divinidad, es el encargado de proveerla.

Pocas ideas hacen tanto daño a la sociedad como la de pensar que todo aquello calificado como "derecho" implica una suerte de gratuidad. Si yo afirmo tener una especie de derecho positivo a beber agua, la contrapartida es que no tengo que esforzarme para conseguirla; si no tengo agua, se me ha de dar.

El absurdo de tal pretensión puede no saltar inmediatamente a la vista, por lo que recurriremos a un sencillo ejemplo. Imaginemos a Robinson Crusoe en su isla desierta, sin ningún habitante más. En principio, pues, toda la isla es susceptible de ser usada por él. Sin embargo, hay un problema: el único río se encuentra a 10 kilómetros de donde Crusoe habita y obtiene los alimentos. Así, cada día tiene que perder gran parte de su tiempo para recoger agua.

Si Crusoe afirmara tener un derecho al consumo de agua ello implicaría que tiene derecho a no realizar el fatigoso esfuerzo de trasladarse diariamente al río. Pero, como es obvio, todos podemos darnos cuenta de que, por mucho que reclame semejante derecho, el agua no acudirá a él por arte de magia. Si Crusoe se empecinara en exigirle al río que le trajera el agua, simplemente moriría deshidratado.

Por absurdo que parezca, ésta es la situación que muchos socialistas están imponiendo en el Tercer Mundo. El problema del agua no es su escasez, sino su falta de disponibilidad. Sólo contabilizando las reservas de agua dulce –es decir, sin incluir la posibilidad de desalinizar–, cada individuo podría consumir una media de 19.000 litros al día. En el mundo existe suficiente agua, pero no suficientes infraestructuras que la potabilicen y trasladen.

Los socialistas quieren hacernos creer que la privatización esconde una suerte de complot para, a través de unos precios de mercado prohibitivos, evitar que los pobres consuman el agua que necesitan los ricos para bañarse en sus piscinas y regar sus campos de golf.

Nada más lejos de la realidad. Primero, la propiedad colectiva del agua ocasiona el rápido desabastecimiento. Parafraseando a Garret Hardin, el autor del libro llama a este fenómeno "la tragedia del agua comunal". Todos los individuos que extraigan agua de un mismo acuífero comunal tenderán a sobreexplotarlo, lo que en muchos casos provocará su deterioro y salinización.

Segundo, sin derechos de propiedad sobre el agua nadie tiene incentivos para encontrar y explotar las aguas subterráneas; el Estado se arroga semejante competencia. Por mucho que una familia haya encontrado agua en una finca de su propiedad, no podrá establecer las canalizaciones pertinentes, porque dicha agua pertenece al Estado. Si, por ejemplo, se permitiera a los agricultores adquirir derechos de propiedad sobre el agua que transcurre por debajo de sus tierras, venderían los excedentes a las familias y a las industrias a través de la construcción de las necesarias infraestructuras.

Tercero, la propiedad privada y el consecuente precio estimulan a evitar los derroches de agua, tanto desde el punto de vista de la empresa como del cliente. Así, por un lado, las empresas que vendieran agua mantendrían su canalizaciones en buen estado, evitando fugas; por otro, los agricultores tenderían a economizar su uso.

El método por inundación gasta mucha más agua que el método por goteo, y resulta incluso menos efectivo; la cuestión es que el método por goteo requiere de una inversión inicial que nadie está dispuesto a efectuar mientras el agua sea gratis.

Algunos cálculos estiman que el uso de agua podría reducirse a la mitad sin alterar la producción agrícola; en otras palabras, la mitad del agua que se usa en la agricultura no sirve para producir nada. De hecho, una reducción en el 10% del uso agrícola del agua doblaría las disponibilidades de agua potable.

Cuarto, los gobiernos tercermundistas no disponen de dinero suficiente para hacer llegar agua corriente a las zonas más pobres de sus países. Es decir, mientras que esa gente ve atacada su propiedad mediante el pago de ingentes impuestos, el sector público, en su pésima faceta empresarial, es incapaz de proveerles con los servicios por los que, en teoría, pagan. Ello, como se entenderá, no significa que toda esa población no tenga acceso a agua potable; en caso contrario, en lugar de lamentar 12 millones de muertos al año estaríamos hablando de cientos de millones.

En realidad, estas zonas suelen obtenerla a través del mercado negro; concretamente, los empresarios informales trasladan allí tanques de agua y obtienen de esta manera un precio hasta 100 veces superior al del agua que se vende en las ciudades.

Por tanto, es simplemente falso que la privatización del agua impondría precios prohibitivos para los más pobres del mundo. Muchos de ellos están ya pagando un precio muy superior al que desembolsarían en un mercado donde se establecieran derechos de propiedad.

Para aclarar dudas, hay que señalar que este sobreprecio no se debe a la maldad intrínseca de los empresarios informales. Tengamos presente que el coste de trasladar en tanques periódicamente el agua es mucho mayor que el de construir una red de canalización. La cuestión es que el Gobierno prohíbe a esos mismos empresarios, dado que el agua es un bien "público y universal", que construyan la infraestructura pertinente.

Sin lugar a dudas, los socialistas argüirán que las empresas privadas no tendrían incentivos para construir canalizaciones hacia las zonas más pobres del planeta. En principio, desde el punto de vista de la teoría económica, es dudoso: los empresarios siempre tienen incentivos para servir al mayor número de consumidores posibles. Si hay una masa de consumidores que nadie cree poder servir por los elevados costes, aquellos empresarios que sean capaces de descubrir métodos de producción o distribución más baratos serán capaces de vender en esas zonas y obtener ingentes beneficios. Es más, una oferta constante de agua potable a una zona favorece su desarrollo y consecuente aumento del poder adquisitivo. Por ello, aun cuando en principio no fuera rentable invertir en tales zonas, deberíamos considerarlo una inversión de futuro.

Empíricamente, éste ha sido el resultado. Así, por ejemplo, tras la privatización del agua en Buenos Aires el 85% de las nuevas infraestructuras se crearon en los suburbios más pobres.

Hasta el momento, los argumentos que hemos ofrecido a favor de la privatización del agua no han presupuesto la maldad o torpeza de los políticos. En todo caso, hemos hablado de imposibilidad financiera de construir las infraestructuras (para conseguir un acceso universal al agua se calcula que sería necesario un gasto anual de 180.000 millones de dólares durante 25 años, mientras que hoy por hoy el sector público está invirtiendo 70.000 millones al año y no hay posibilidades reales de ampliar dicha suma), pero no de ineficiencia.

Sin embargo, éste es un elemento que debemos introducir en la ecuación. La oferta de agua pública suele adolecer de constantes fugas, pésima planificación del trazado de las canalizaciones e inversiones innecesariamente costosas. Por no hablar del uso politizado del agua, que lleva a muchos dictadores a "matar de sed" a la población para someterla.

El libro de Fredrik Segerfeldt es francamente interesante, pues, aparte de desarrollar y razonar todos estos puntos, incluye ejemplos prácticos que los ilustran. Ahora bien, habría que realizar una sucinta crítica a una de sus conclusiones. De hecho, Segerfeldt, aun cuando vislumbra los beneficios del agua totalmente privada (en su propiedad y en su distribución), se declara partidario de un modelo de concesiones. A pesar de que asegura que el agua totalmente privada sería mejor que el agua pública, considera que tal sistema tiende a un monopolio natural (esto es, no habría competencia en el negocio, de manera que los empresarios podrían explotar a los consumidores).

Es una pena que Segerfeldt no abandone su esquema mental neoclásico. El monopolio natural es una ficción, ya que la competencia no se establece entre empresas idénticas, sino entre bienes que satisfacen la misma utilidad. El suministrador privado de agua tendría que competir con las empresas de agua embotellada y con la potencial amenaza de la competencia. En el caso del agua, esta potencial amenaza vendría representada, por un lado, por la entrada de nuevas empresas en el mercado y, por otro, por la excavación de pozos o la construcción de cisternas, depósitos o balsas comunitarias.

Un precio excesivo del agua imposibilitaría a los empresarios amortizar su inversión inicial, por lo que otro empresario terminaría comprándole la infraestructura a precio de saldo. El empresario, en otras palabras, siempre continúa sometido a la soberanía del consumidor, a no ser que sea capaz de eliminar físicamente a sus competidores; pero en ese caso, más que de un empresario, estaríamos hablando de un político.

De cualquier modo, Water for sale resulta imprescindible para quienes estén interesados en el prioritario asunto del agua. Los liberales tenemos la obligación moral de ser especialmente combativos en este campo. Doce millones de muertes al año no son tolerables: hay que ganar esta batalla a la izquierda. Como dice el autor del libro: "La gente que hoy vive sin agua no necesita de dogmas y manifestaciones callejeras, simplemente necesita agua. Las soluciones están a todas luces disponibles, y resulta absolutamente reprensible que sean rechazadas por razones ideológicas".

¿Hasta cuándo la fatal arrogancia de los intervencionistas seguirá pesando más que la vida de millones de personas?

Los pobres en una sociedad libre

Cuando uno defiende la no-intervención del Estado en una discusión tarde o temprano debe enfrentarse a la sempiterna pregunta, a menudo lanzada en clave sumaria y aderezada con acusaciones de egoísmo e insensibilidad: “pero si el Estado no garantiza unos mínimos, ¿qué sucederá con los más pobres?”

Ante todo, el liberalismo no es una teoría moral, sino una teoría de la justicia, y en cuanto tal versa únicamente sobre el uso legítimo de la violencia. Al denunciar la redistribución de la riqueza y los “derechos” sociales no estamos diciendo nada acerca de las bondades o perjuicios de la generosidad o la solidaridad, sino señalando lo injusto de confiscar la propiedad de unos para beneficio de otros, de forzar a unos a servir a otros. El liberalismo proscribe el robo, en absoluto le corresponde decir a los hombres si deben ser egoístas o altruistas.

Dicho esto, como apunta Roderick Long, “una persona hambrienta necesita algo para comer, y uno no puede comer un derecho a la comida. En base a la generosidad y a la compasión, por tanto, un sistema que garantice un derecho a la comida pero no sea muy exitoso proveyendo comida, seguramente sea menos deseable que un sistema que suministre comida de forma sostenida pero no reconozca ningún derecho a la comida”. Y es el mercado, y no el Estado, el que mejor nos alimenta a todos. La solución a la pobreza no pasa por las medidas socialistas que convierten en pobres a los que no lo eran e impiden a los pobres dejar de serlo.

Un apunte previo: si ningún individuo en una sociedad libre está dispuesto a socorrer al pobre éste padecerá hambre, pero en un contexto estatista el político, sin el más mínimo apoyo social, no hará absolutamente nada en favor del necesitado. En caso de que la mayoría de ciudadanos rechace ayudar al pobre, el político tampoco hará nada, pero la minoría solidaria todavía puede alimentarle mediante la iniciativa privada. Y en caso de que la mayoría sea solidaria, el político asistirá a los pobres, pero la ciudadanía por sí misma les hubiera ayudado igualmente. Conclusión: el político sobra.

En una sociedad libre no habría leyes de salario mínimo o regulaciones laborales que al elevar los costes de contratación condenan al paro a una parte de la población. No se requerirían permisos para empezar un negocio ni se emitirían licencias que restringen la competencia y encarecen los servicios (la sanidad, por ejemplo). El precio de la vivienda, de la energía, de la comida… caería si el Estado no interfiriera en estos sectores, lo que beneficiaría a las capas más humildes. Los efectos asimétricos de la expansión crediticia que afectan especialmente a los pobres (pues asumen precios más altos antes de que hayan subido sus salarios) no tendrían lugar si hubiera libertad monetaria. Por otro lado, la caridad privada es mucho más eficiente que la pública, pues los donantes pueden retirar la confianza a las organizaciones que juzgan incompetentes, mientras que el Estado se nutre coactivamente y carece de incentivos para proceder con eficacia y honradez. Además, como consecuencia de una mayor prosperidad y empleo y una tasa menor o inexistente de impuestos, la gente poseería más dinero para efectuar donaciones.

En una sociedad libre, por tanto, habría menos pobres, la caridad llegaría a su destino en una mayor proporción y la gente dispondría de más dinero para donar a beneficencia. Así en una discusión quizás debamos ser nosotros los que preguntemos: “en ausencia de una irrestricta libertad de mercado, ¿qué sucede con los pobres?”

Crecimiento y propiedad

A día de hoy las claves concretas para el crecimiento económico siguen siendo un misterio. Todo tipo de respuestas y soluciones se han propuesto desde las distintas escuelas de las ciencias sociales, sin que ninguna haya aportado un salto definitivo que permita a cada uno de los individuos singulares que pueblan la tierra superar el yugo de la extrema pobreza.

No obstante, eso no quiere decir que no sepamos nada. Mucho se ha avanzado en el conocimiento de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones a lo largo del siglo XX, si bien el pasado siglo también nos ha enseñado a desconfiar de nuestras propias certezas. De hecho se podría decir que el siglo XX fue la culminación de la arrogancia racionalista, de la política de la fe, ya sea en las huestes liberales, sea en el resto, trayendo como consecuencias rupturas brutales en las expectativas vitales de los individuos singulares, cuando no su muerte, supuestamente en aras de su mejora.

Los sueños de la razón marxistas, como solución a los problemas del tercer mundo, se mostraron tanto cualitativa como cuantitativamente los más dañinos para las personas más necesitadas. No obstante, las políticas de liberalización y disminución del Estado planeadas por las inmensas y muy burocráticas instituciones internacionales (siempre aplaudidas con mayor o menor entusiasmo por parte de las escuelas liberales) para los países más pobres tampoco resultaron nada alentadoras. Y sinceramente no creo que estas últimas fallasen por incongruencias teóricas sino más bien por exceso de confianza en los resultados científicos, una arrogancia fatal que olvida la ingente cantidad de elementos que pasan completamente desapercibidos a nuestro siempre pequeño esquema teórico.

Así, hoy en día las nuevas y ya muy asentadas teorías sobre el crecimiento económico no inciden tanto en el alcance de el Estado en la economía sino en la existencia de ciertas instituciones como la propiedad privada y la libertad de contrato, aportando nuevos matices a las teorías previas que las corrigen y enriquecen. Como bien dijo recientemente Milton Friedman, decano de los economistas del libre mercado, “hace 10 años les habría aconsejado [a los países pobres] tres cosas: privatizar, privatizar y privatizar. Pero me equivoqué. Seguramente el Estado de Derecho sea más importante que la privatización”.

Esta idea, que ya aparece magistralmente descrita en “La riqueza de las Naciones” de Adam Smith, debe de ser tomada muy en cuenta, máxime ahora que la ciencia económica está obteniendo resultados concluyentes sobre la trascendencia de ciertas instituciones para el desarrollo económico. No obstante, no debemos de olvidar ese barniz escéptico consustancial al verdadero altruista, que teme caer en la casi inevitable sistematización racionalista cuya aplicación seguro que lleva, finalmente, a consecuencias inesperadas y no deseadas que perjudicar a los que se pretendía ayudar.

Por qué el socialismo empobrece a África

Según un informe presentado por el ministro Jesús Caldera, la Seguridad Social entrará en déficit en el año 2015 con un déficit presupuestario de 625 millones de euros y que aumentará a 18.000 millones en 2020.

Para solucionar el problema Caldera propone hacer recortes en las pensiones de viudedad, jubilación anticipada y en las prestaciones por incapacidad permanente. Es decir, se libra de sus responsabilidades pero mantiene las mismas obligaciones para la sociedad, pagar y pagar al estado para no hacer nada. La solución del gobierno son recortes discriminatorios de unos grupos en detrimento de otros.

Esto nos demuestra que el gobierno no es apto para dirigir nuestro futuro. No es él quien paga su ineficiencia, sino todos nosotros. Los miembros del estado, además, tampoco están interesados en que mejoremos porque ellos están al margen del sistema que han creado. Si a Jesús Caldera, por ejemplo, se le diagnosticara una compleja y rara enfermedad (aparte de la de ser ministro) no recurriría a la seguridad social, sino que se iría a hospitales privados de Estados Unidos para curársela a costa de nuestro dinero. Pero si a usted se le diagnostica esa misma enfermedad, el estado no le pagará la cura en el mejor hospital, sino que tendrá que esperarse varios años y un trato nefasto.

Comparándonos con nuestros países vecinos europeos, España está funcionando bien (lo que no dice mucho de nuestros vecinos). Y si ahora que vamos bien, las cuentas públicas van mal, imagínese si el escenario económico cambia a peor. Imagínese que las cosas empiezan a ir mal para España. Se podría agravar la deslocalización de empresas, que con las leyes liberticidas que tenemos no sería una oportunidad, sino un riesgo; podría estallar la burbuja inmobiliaria; todos los inmigrantes que han entrado o entrarán a cotizar se podrían quedar sin trabajo y entonces harían uso de sus derechos positivos, y eso sí que sería un buen golpe para la seguridad social.

Si algo similar a lo apuntado ocurriese, nosotros tendríamos poco margen de maniobra porque el dinero que tendríamos que haber acumulado en nuestros años de trabajo, ahora el estado se lo ha gastado en banalidades que en su momento le proporcionó votos. Así pues, estaríamos en un momento realmente crítico. El estado nos ha dejado totalmente indefensos.

El estado del bienestar tampoco ha asegurado un trabajo para todos, ni una educación puramente libre, tampoco es capaz de asegurar nuestra protección física, ni nuestro futuro económico. Antes que los gobiernos impusieran el estado del bienestar, cuando alguien llegaba a su etapa más avanzada había acumulado un capital para sus futuros años. Curiosamente, ahora, con el estado del bienestar, llegamos a viejos con lo mínimo y nuestro futuro depende casi completamente del estado. Lo único que ha conseguido el estado omnipotente es recortar nuestras libertades individuales, robarnos por medio de impuestos enormes cantidades de dinero e hipotecar nuestro futuro y el de nuestros hijos con déficit y deuda.

El estado del bienestar no administra mejor nuestro dinero, sino que nos lo roba y se lo gasta como quiere, y con el tiempo ha eliminado nuestro sentido de responsabilidad hacia nosotros mismos creando un futuro incierto y un presente que sirve para enriquecer a políticos, ociosos funcionarios y grupos de presión que se esconden de sus consumidores y responsabilidades sociales detrás de las leyes.

¿Y cómo como nos podemos defender de los políticos y del estado? Evidentemente la solución no son los políticos. Ellos le dirán lo que quiere oír y después harán lo de siempre. Viven de esto. Sólo resguardar nuestro dinero de las garras del estado nos pueden defender del autentico sociópata estatal. La indiferencia hacia los medios políticos es la mejor garantía para nuestro futuro. No nos engañemos, si queremos conseguir mayor bienestar en el futuro, no esperemos que nos lo dé el estado, consigámoslo por nuestros propios medios evitando al máximo la garra estatal.

El origen de la riqueza

Tras los atentados terroristas del 7 de julio en Londres se han producido todo tipo de reacciones: de dolor; de asombro; de verdadera solidaridad; y hasta de infame justificación. Una de las reacciones más sorprendentes ha sido la del análisis realizado por CNN+ sobre las consecuencias económicas de los ataques terroristas. No habían pasado aún 24 horas de las mortales explosiones cuando la cadena comenzó su particular campaña explicativa. Según repetían, los expertos consultados por la televisión de Polanco aseguraban que las consecuencias económicas de los atentados de Londres son iguales a las que cabe esperar de una catástrofe natural.

Tanto si la afirmación ha sido verdaderamente realizada por expertos como si no, se trata de una falacia monumental; si bien no evidente. La similitud más importante entre un acto de terrorismo y la ocurrencia de un desastre natural es la destrucción que tiene lugar en uno y otro evento dañoso. Es decir, se parecen desde un punto de vista físico. Sin embargo, si abandonamos el reino de los fenómenos naturales, las semejanzas se tornan rápidamente en diferencias abismales.

En primer lugar, mientras que el atentado terrorista es realizado por seres humanos y por lo tanto tiene una finalidad, el desastre natural responde a leyes naturales que se encuentran fuera del campo de la teleología. Este hecho, carente de importancia para estos “expertos”, separa dos universos: el de unos acaecimientos (en este caso atroces) que estudian (y en este caso rechazan y condenan) la ética y la justicia, de otro compuesto por sucesos puramente físicos que quedan fuera del bien y del mal.

Como puede imaginar cualquier persona con un mínimo de sentido común, una diferencia como esta no puede carecer de consecuencias económicas. Los desastres naturales están fuera del campo de las decisiones y acciones humanas. Responden a leyes de la naturaleza que desde el punto de vista del ser humano son regulares y que a menudo no conocemos con precisión. Estas circunstancias hacen que los eventos dañosos del mundo físico, como devastadores efectos de los terremotos o los defectos de fabricación de un producto industrial, puedan ser considerados como miembros de una misma clase de eventos y, en consecuencia, puedan ser asegurados. Por el contrario, las acciones humanas, ya sean buenas o malas, justas o injustas, no son asegurables. Los ataques contra la vida o la propiedad de las personas, por centrarme en nuestro ejemplo, no pertenecen a ninguna clase de eventos. Su ocurrencia no está determinada regularmente por ningún otro hecho anterior o simultáneo. Responden simplemente a decisiones humanas. Cada caso es tan único como los seres humanos que los ocasionaron y las circunstancias en las que se desarrollaron. De hecho, constituyen eventos autodestructivos en el sentido que una vez ocurren generan una experiencia que impide su repetición idéntica. Estas características son las que imposibilitan que los daños causados por acciones humanas intencionadas sean asegurables.

Por lo tanto, las catástrofes naturales llevan asociado un tipo de incertidumbre –al que llamamos riesgo– frente al cual uno puede estar totalmente protegido. En cambio, las acciones humanas conllevan una incertidumbre inerradicable que es cualitativamente distinta de la anterior y frente a la que no podemos asegurarnos. Esta realidad hace que las acciones terroristas –que en el caso de la yihad islámica pretende destruir la propia sociedad occidental– comporten una dantesca e irreductible incertidumbre cuyas consecuencias económicas no pueden ser más distintas de las de los desastres naturales. Como de costumbre la realidad tiene su forma y el imperio PRISA la retuerce. Está pasando, lo estás viendo.

Tercermundismo, excrecencia del marxismo

La fascinación que la desgracia de los países pobres ha provocado siempre a los intelectuales de izquierda nace de la visión marxista de que la miseria del tercer mundo es consecuencia directa de la opulencia de occidente. Para estos autoungidos campeones de la justicia social, las sociedades occidentales explotan salvajemente a los países más desfavorecidos, de igual forma que el ama de casa, la clase trabajadora o los homosexuales son oprimidos por el sistema capitalista en los países industrializados. Desde esta perspectiva, los movimientos “libertadores” no serían más que el trasunto de la lucha de clases extendida a escala planetaria: cada vez que una guerrilla comunista mata a un campesino traidor los obreros alemanes son más libres. De igual forma, cada vez que los transexuales madrileños se manifiestan por sus derechos, los pastores nómadas de Burkina Faso se liberan un poco más.

La escatología comunista nutre incesantemente de agravios el acta formal de acusación contra la civilización occidental, culpable de esquilmar en primer lugar los recursos naturales del mundo pobre a través del colonialismo y más tarde de acabar con sus posibilidades de desarrollo a través del imperialismo de las multinacionales. Esta tosquedad analítica, por otra parte consustancial a la esterilidad intelectual de la izquierda, ha sido sin embargo suficiente para que en la agenda política mundial se conjuguen con total desparpajo esta serie de mantras, de forma que hoy en día hasta en las capas más conservadoras e ilustradas se admiten como verdades inmutables.

La clave del éxito de esta operación de agit-prop del marxismo y sus sociedades interpuestas (ecologistas radicales, ONG’s subvencionadas, pacifistas a la violeta, etc.) es haber grabado en la conciencia de occidente la culpa inexorable por todas las atrocidades cometidas en nombre del progreso desde la colonización de otros continentes, cuyo peso debe pender de cada uno de nosotros como un gravísimo pecado que es necesario expiar.

Unido a este complejo de culpa, extendido con la tradicional eficacia marxista, se ha esparcido, también con éxito, una devoción especial por toda expresión cultural tercermundista. Esta fascinación por el pintoresquismo indígena,  cuya labor de promoción ha correspondido tradicionalmente casi en exclusiva al movimiento New Age, parte de la base de que las sociedades primitivas atesoran una sabiduría incomparablemente mayor que las pervertidas sociedades occidentales, de cuya decadencia es responsable directo el sistema capitalista. Porque para los cultivadores de los cánones intelectuales del momento, y en mayor o menor medida todos somos newagers, el genio humano no se manifiesta en los hallazgos técnicos que han mejorado la existencia de la humanidad de forma exponencial en el decurso de tan sólo doscientos años (gracias al capitalismo), sino en preservar las relaciones del ser humano con la madre naturaleza (Gaia) en toda su pureza como hacen los aborígenes y los campesinos de las sociedades primitivas. El desarrollo teórico es seductor, pero su base doctrinal no puede ser más ramplona: la modernidad es mala, luego el primitivismo es bueno.

Esta pasión sobrevenida de la izquierda occidental por la causa del tercer mundo ,se ha agudizado especialmente tras la caída del Muro de Berlín, pues a la revolución marxista le quedan cada vez menos adeptos en casa. Por otra parte, el uso instrumental que la izquierda hace de la pobreza del tercer mundo (una forma especialmente abyecta de desprecio) es fácilmente comprobable. Basta constatar el olvido en el que se sumen las causas de las sociedades más míseras, tan pronto empiezan a actuar de forma contraria a lo que dicta el ideal tercermundista. Los tigres y dragones asiáticos alcanzaron el éxito contraviniendo la receta sagrada del marxismo mundialista (subvenciones, socialismo, violencia contra la propiedad y supresión de libertades cívicas) y apostando por seguir los pasos que los países occidentales iniciaron con éxito hace dos siglos. Hoy disfrutan de unos niveles de bienestar homologable a nosotros. La izquierda aún no se lo ha perdonado.

Cuando exportar es regalar

Parece que en el ámbito económico nada es tan popular como las exportaciones. La gente las interpreta en clave futbolística: si exportamos nuestros bienes y servicios a otros países, metemos un gol. Al contrario, si importamos, el gol nos lo meten a nosotros. Los periodistas tratan nuestra cuenta corriente como si fuera el marcador nacional. No hay nada que les disguste tanto como informar de que España tiene un déficit en la cuenta corriente. Ponen cara seria e intentan por todos los medios asustar al espectador. Sin embargo, la cuenta corriente es simplemente un intento por parte del gobierno de contabilizar las transacciones transfronterizas. Las exportaciones pagan las importaciones y viceversa, por eso tienen que sumar a cero. No puede existir ni déficit ni superávit: el empate permanente beneficia a todos.

Si yo fuera un país, trabajar sería como exportar mis servicios a la empresa que me paga un salario que uso para importar bienes y servicios: comida, entradas de cine, zapatos nuevos, etc… A fin de mes, si me queda algo de mi salario, mi propia cuenta corriente mostraría un superávit: habría exportando más que importado de otras personas (o países). Pero, si he tenido que importar más de lo que podía pagar ese mes, podría recurrir a otra persona, mi banco por ejemplo, para que invirtiera sus ahorros en mí, prestándome recursos para seguir importando anticipando que le pagaré intereses. El resultado final será que todos recibimos lo que nos deben y pagamos a los que debemos. Y por tanto, todos salimos ganando. Mi empresa gana porque le presto un servicio, yo gano porque puedo conseguir bienes de otros que no puedo producir yo mismo y el prestador gana recibiendo un interés en el futuro para permitir que yo use parte de sus ahorros hoy. Intercambiando creamos riqueza y aumentamos nuestro bienestar. Todos hemos metido goles y nadie nos ha recibido uno en contra.

Este esquema simplón refleja bastante bien lo que pasa en el mundo real del comercio internacional. Sin embargo, por culpa de considerar que las exportaciones son algo bueno y las importaciones algo malo, España ha creado instituciones públicas, o semi-públicas, para fomentar la exportación. Todas se dedican más o menos lo mismo: encargan estudios de mercado, forman a los empresarios y promocionan las empresas españolas en el exterior con ayudas financieras, facilitando así su acceso a nuevos mercados. El problema con la existencia de este tipo de organismo es sencillo: regalan nuestros bienes al resto del mundo.

Cuando el Estado subvenciona el coste de que una empresa exporte su bien o servicio le permite vender más barato que en condiciones normales. Estamos intentando generar riqueza a base de renunciar a que nuestros compradores paguen el precio total. Entonces, ¿quién paga la diferencia? Nosotros, los ciudadanos. Es como si mi padre me cobrara impuestos por pertenecer a la familia. Yo le pagaría mediante la “exportación asalariada” a mi empresa y mi padre gastaría esos impuestos en mi hermano que, gracias a mí, podría exportar sus servicios a una empresa por un precio menor. La familia estaría regalando parte de los servicios de mi hermano a una empresa pero, como se llama exportación, nadie lo cuestionaría.

Si España realmente quiere fomentar las exportaciones, y de paso permitir que importemos más, debe tomar dos medidas para hacer las empresas españolas más competitivas en la escena internacional:

  1. Flexibilizar el mercado laboral. Para poder responder a las fluctuaciones del mercado internacional (y nacional) las empresas españoles necesitan la flexibilidad de contratar y despedir empleados y ajustar sus horarios. España, según el Banco Mundial, tiene uno de los mercados laborales más rígidos de los países ricos. Esto trae todo tipo de consecuencia desde la imposibilidad para los jóvenes de encontrar trabajo hasta el suicidio profesional de las madres (o padres) que dejan su trabajo unos años y luego no pueden reincorporarse.
  2. Reducir (o mejor, eliminar) el Impuesto sobre Sociedades. Según los datos de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico este impuesto en España (en 2005) es de 35%, el más alto de todos los países desarrollados. Menudo incentivo para producir y vender. Si la idea es que sea bueno exportar, ¿por qué el Estado castiga tanto a las empresas por el mero hecho de existir? ¿Quién va a exportar si no ellas? Y si a esto añadimos el Impuesto sobre Valor Añadido (16%) y el de la Seguridad Social (38% del salario de cada empleado), vemos lo difícil que lo tienen los empresarios españoles. Por ejemplo, una empresa que factura 10.000 euros pagaría alrededor de 4.024 al Estado. No debe sorprender a nadie que la mayoría de las empresas españolas sean pequeñas y familiares y suelan ser restaurantes, bares, peluquerías, cualquier cosa que trata con dinero físico para poder esconderlo de Hacienda (el mercado negro en España representa alrededor de 20% del PIB).

Pero estas medidas reducirían el poder del Estado, y éste prefiere seguir aumentando impuestos y crear más organismos públicos que fomenten artificialmente la competitividad. A este ritmo vamos a perder dinero exportando hasta llegar a la pobreza.

El abuso de cuasimonopolio

José Luis Rodríguez Zapatero ha perpetrado un artículo que resume el pensamiento vano y desinformado ante la realidad del terrorismo e inmoral ante el aspecto más trascendente del mismo. Nosotros estamos acostumbrados a sus naderías, pero ahora son los lectores del Financial Times quienes tienen que llevarse las manos a la cara para tapar su rubor. El que le falta a nuestro presidente.

De acuerdo con el presidente Rodríguez, hay una causa para el terrorismo. Y es que nace en un “mar de injusticias”, que en su código ético sin artículos equivale a “enormes desigualdades”. La desigualdad económica, en sí, no es injusta. Y no es ni puede ser un criterio ético. Pero nuestro presidente identifica desigualdades con injusticia, una equivalencia moralmente perversa en la que Rodríguez sólo sigue a la carencia de verdaderos criterios éticos de la izquierda.

Veamos si no qué presupone igualar injusticia con desigualdad y achacar a ésta la causa del terrorismo. Si el terrorismo no es un comportamiento voluntariamente elegido sino la consecuencia de una causa externa, en este caso las desigualdades, “caer” en él es como deslizarse por un barranco. Un hecho desafortunado, pero sin implicaciones éticas. El terrorismo sería como el moho en el queso. Una secreción no deseada consecuencia de unas condiciones objetivas. Un corolario de esa forma de pensar consiste en vaciar de contenido ético un comportamiento como acabar con la vida de un ser humano. No es ya que sea un error: no hay causas externas objetivas del comportamiento, porque sean cuales fueren las circunstancias, nosotros siempre tenemos la posibilidad de actuar moralmente. No solo es un error; vaciar de contenido ético ciertos comportamientos humanos, especialmente unos tan execrables, es cuando menos una debilidad moral ante ellos cuando no algo peor.

Decir que “nada puede justificar el terrorismo” no añade nada, si por otro lado se rebaja su condena ética al máximo, haciéndolo lógica consecuencia de ciertas condiciones sociales. ¿Tan difícil es decir que cualquier acción de violencia ofensiva es moralmente repugnante? ¿Es que el cursi discurso del presidente Rodríguez no puede combinar las palabras “el derecho a la vida es inalienable y todo ataque al mismo ha de merecer la máxima condena”? Claro, que si dijera eso para luego añadir que está dispuesto a negociar con los asesinos, esas condenas éticas se volverían al instante contra él. Rodríguez prefiere seguir su teoría del terrorismo causado, explicado en fenómenos externos, para prometer que, remozadas las causas, él acabará con el terrorismo. ¿Será ingenuo?

Confiado en su inane posición moral, nuestro presidente va más allá y se permite hacer propuestas políticas. Él, que ha decidido permitir el mantenimiento de ETA en el Parlamento Vasco. Él, que propone una negociación con ETA diciendo a los españoles que solo negociará a partir de una súbita e incausada rendición de la banda asesina. Él, propone que sea la ONU quien acabe con el terrorismo. La ONU es sin duda la única opción posible, dada la altura ética de Rodríguez, porque combina a la perfección algunas de sus características. En un envoltorio formalmente neutro, la ONU ha llegado a otorgar la presidencia de la comisión de desarme a Irak y la de derechos humanos a Libia. Grandes palabras sin contenido, eclecticismo en las formas, indiferencia o equidistancia entre asesinos y víctimas. Rodríguez y la ONU comparten muchas cosas.

Pero lo peor del artículo del presidente Zapatero es lo que no contiene. Nuestro presidente no ha dejado claro que ninguna acción terrorista torcerá la voluntad de las sociedades libres. Que mil ataques como el de Londres tendrán el mismo efecto que si no se hubiera cometido ninguno, porque las sociedades libres jamás tomarán en consideración las exigencias de quienes quieren acabar con ellas. Y no lo ha dicho porque es la última persona indicada para ello.

El señuelo de la desigualdad

Siguiendo órdenes de la Unión Europea, se ha puesto a la venta en Europa el fabuloso Windows XP N, en el que la N significa "No incluye Media Player", para que Microsoft no abuse de su "cuasimonopolio". Por favor, no me insulten por reproducir el palabro, que es invención de otros. La idea es que aquellos consumidores que no quieran un el sistema operativo que incluya el reproductor multimedia, puedan comprar por el mismo precio una versión que carezca de él. Por supuesto, al mismo precio, ya que al fin y al cabo Media Player puede descargarse de forma gratuita por Internet, al igual que sus principales competidores RealPlayer y Quicktime. El caso es que desde que esta fabulosa nueva versión invadió los estantes de las tiendas, ha sido comprado masivamente. Por alguien. Bueno, quizá tres o cuatro. Es posible que alguno por equivocación, ya que el nombre no parece diferenciarse mucho. Es evidente que los consumidores exigían que esta nueva versión les liberara de la gruesa cadena que supone tener instalado Media Player en sus ordenadores y, por eso, era necesario que los líderes europeos se lanzaran en su defensa.

Una reciente nota del Instituto Molinari pone de relieve que la primera gran ley antimonopolio de Estados Unidos, la Sherman Act, promulgada a finales del siglo XIX, pese a emplear la demagogia de la defensa del consumidor se creó con el objetivo de defender a competidores ineficientes frente a las empresas que mejor y más barato servían a los consumidores. Un paralelo similar puede establecerse con las denuncias contra Microsoft a ambos lados del Atlántico. Netscape, Real, Apple y otras empresas podrán protestar todo lo que quieran, pero lo cierto es que los productos de Microsoft tienen éxito porque son buenos y sirven mejor a los consumidores que los suyos. Todo el mundo ignoró al Internet Explorer pese a ir incluido en Windows porque era malo. Sin embargo, cuando alcanzó la versión 4, la historia cambió porque superaba al navegador de Netscape. Hay otros productos de la compañía de Redmond que no logran superar a sus competidores, como Microsoft Money o MSN, que tras una dura pugna ha logrado situarse detrás de Google y Yahoo. En esos casos, claro, nadie les demanda por abuso de cuasi… eso.

Pero las empresas que se ven superadas por un competidor lo suficientemente grande como para poner ese tamaño como excusa de su mal desempeño, no dudan en acudir a Papá Estado para que les defienda del chico grandullón. Le sucedió a la Standard Oil en la época de Sherman y le sucede hoy a Microsoft. Y como ninguna causa es suficientemente absurda como para no servir de excusa a una nueva ampliación de sus poderes, los políticos acuden raudos a defenderles. Los consumidores no somos más que una excusa, entonces y ahora.

El mercado de la informática mejorará cuando a Microsoft se le plante cara en el mercado. La eterna promesa de Linux quizá lo consiga o, más probablemente, será Apple bajo plataforma Intel quien por fin pueda poner en un brete a Windows. Si lo consigue, pronto pasará de ser una marca con buena imagen a parecer un ogro insufrible. Porque ya lo es, pero no se nota. Por ejemplo, hace un par de semanas falleció el propietario de una tienda llamada Hipermac que tuvo que tomar la decisión de dejar de vender Apple porque esta compañía ha decidido estrangular a los distribuidores independientes en favor de su propia Apple Store. La tienda lleva una semana cerrada y los clientes que les han comprado productos y no los han recibido temen hallarse ante un nuevo caso Opening. Si Microsoft estuviera en este ajo ya se le habría culpado por todo y estaríamos ante un nuevo ejemplo de los abusos del monopolista contra empresarios honrados. Pero como es Apple, es solamente una desgracia que no aparece en los papeles.

Está claro que las grandes empresas caen mal, no porque sean especialmente pérfidas sino porque son más gordas. Pero eso no significa que haya que fastidiar a sus consumidores para sentirnos mejor. En vista, además, del éxito, sería mejor que la Unión Europea desviase su mirada a auténticos casos de monopolio, aquellos que disfrutan de su posición por prebendas legales que impiden la competencia como, no sé, las licencias radiofónicas y televisivas.