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Etiqueta: Crecimiento

La acumulación capitalista

La izquierda marxista ha acuñado palabras y frases que han servido a su propósito de destruir la libertad económica y promover, como única alternativa, el poder concentrado en un líder para que organice “científicamente” la producción y distribución. Como en las viejas tribus, como en el socialismo, fascismo o comunismo.

A la palabra “capitalista” los marxistas le dieron un sentido peyorativo que da la idea de que aquellos individuos que buscan ganancias dedicándose al comercio comprando barato y vendiendo caro son unos delincuentes. Peor aún: aquellos individuos, sean empresarios o comerciantes, que acumulan enormes riquezas, deben ser sacrificados. Y se deben repartir sus ganancias, para evitar que sigan nadando en albercas llenas de monedas de oro, tal como daba la idea el Rico Mac Pato de las caricaturas de Walt Disney. Tales ideas introducidas en la mentalidad de un pueblo son las que garantizan la pobreza, marginación, miseria y violencia.

Es tarea liberal dar la batalla contra esa cultura depredadora que se enseña a diario en las escuelas y universidades públicas. No es fácil, dado que llevamos más de un siglo de prédica marxista, pero hay que dar la batalla, de otra manera, no tenemos futuro.

En la tierra sin beneficios

Supongamos, sin conceder, que aceptamos como práctica indebida comprar barato y vender caro, es decir, obtener una ganancia mediante el acto de comerciar. Condenando dicha práctica armamos una ley que prohíba comprar barato y vender caro, quien rompa la Ley, le cortamos la cabeza. Solo queda la posibilidad de comprar, digamos, una bicicleta en cien euros y venderla en cien euros para no cometer delito; o comprar una botella de vino en 20 dólares y venderla en 20 dólares, allí no hay pecado.

La pregunta es: ¿Quién se atreve a obedecer dicha Ley? Supongamos, sin conceder, que hay un pueblo muy obediente y aplica esa ley de “cero ganancias”. Pensemos en ese comerciante que fue al pueblo vecino a comprar cien pares de zapatos a $300.00 y los vende en $300.00. No sacó ganancia alguna, pero gastó su tiempo, sus propios zapatos, alimentos, energía, transporte. En otras palabras, después de vender todo y ganar nada, quedó más pobre que antes. Lo mismo ocurre en cada miembro de esa sociedad, quedan cada día, más cerca de la miseria. Por tal motivo debe ser desechada una economía donde se prohíba la ganancia. En Cuba y Corea del Norte de plano prohibieron el comercio entre particulares y por eso los vemos hoy día en la miseria.

Un juego que suma más que cero

La respuesta automática es permitir la ganancia capitalista, dejar que los individuos compren barato y vendan caro. Los marxistas le llamarían “explotación al consumidor”. Llamarle así da la idea de cometer un delito de imposición, de coacción, pero no lo hay. Mientras el vendedor no use la fuerza para que el cliente compre al precio que dice el vendedor, no hay delito qué perseguir.

En el comercio libre nadie amenaza ni impone a nadie, son operaciones libres y voluntarias, las partes acuerdan un precio y hacen el Quid pro quo “yo te doy, tú me das”. Hecha la operación, se dan la vuelta y les verás una sonrisa en los labios porque llevan el sentir de que mejoraron después de la transacción. Técnicamente, se le llama ”Juego de Suma Positiva”, porque los dos ganan, por eso se van felices y nadie se siente “explotado”.

El argumento de que el comercio libre implica explotación cae por su propio peso. Luego quieren controlar el nivel de ganancia: que sí se gane, pero que no sea una ganancia exagerada para que no se vea una gran diferencia entre los que tienen mucho y los que tienen poco. Es otra idea absurda que se debe combatir y permitir que haya gente que se haga extremadamente rica, obscenamente millonaria. Veamos por qué.

Un panadero

Pensemos en el panadero que empieza con un horno pequeño para hacer cien piezas. Se da cuenta de que todas las vende y muchos se quedan sin comprar porque la demanda es mayor que la oferta. Se le ocurre hacer un horno más grande para elaborar 500 piezas y todo lo vende más caro, así que abre otra panadería y otra más con mejores productos, mejores camionetas repartidoras, etc. La gente percibe que ese panadero se ha hecho millonario, muy diferente al resto, pero no le ha robado a nadie. Al contrario, ha hecho felices a cientos o miles de compradores. Hace que fluya la economía, se generen empleos.

Para hacer pan se compra harina, significa que los trabajadores del molino ganan para alimentar a sus familias; y los que transportan, y los que siembran trigo, y los tractoristas, etc. Gracias a la iniciativa de nuestro personaje panadero, mucha gente sale beneficiada. No hay delito qué perseguir. Y mientras más rico se hace nuestro personaje, más felices son los ciudadanos. Razón suficiente para aplaudir y felicitar a aquellos que logran una fenomenal “acumulación capitalista”.

Sin perjuicio para nadie

La buena política consiste en impulsar, para que haya más, muchos millonarios. Después de todo, ningún supermillonario puede comer sus ganancias y tampoco se las lleva al infierno al morir. Cuando estaba pobre se comía un pollito y ahora que gana millones de dólares diarios, sigue comiendo un pollito al día. En otras palabras, la curva de consumo del millonario es horizontal. ¿Qué hace con las ganancias que no consume? Normalmente, las invierte, genera nuevos negocios, contrata más personal, produce más bienes y todo eso es para bien de la sociedad.

Pero aún cuando nuestro próspero panadero se construyera un palacio en cada provincia o en cada país, no está perjudicando a nadie, da empleo a ingenieros, arquitectos, albañiles, etc. Luego, a nadie está perjudicando, está beneficiando a miles, millones de personas. Toda sociedad debería querer muchos ricos, pues estos, aún sin proponérselo, irremediablemente benefician a la sociedad.

Los principios del capitalismo

Hay quien piensa que el capitalismo es malo porque produce a pocos ricos basándose en empobrecer a miles de personas. Eso es imposible. Si algo no puede hacer el capitalismo es empobrecer a personas. Está fuera de toda lógica, porque se fundamenta en acuerdos libres y voluntarios entre dos individuos soberanos.

El capitalismo se basa en tres principios fundamentales: No debes matar a nadie; no debes robar a nadie y no debes engañar a nadie. En pocas palabras:debes respetar la propiedad privada. El individuo tiene, por tanto, la libertad de hacer cualquier cosa que se le ocurra, poner en juego la iniciativa personal, perseguir sus sueños, realizar proyectos sin que nadie tenga el derecho de obstaculizarle.

Los signos de la rapiña

Sin embargo, vemos en nuestras economías reales que hay hombres muy ricos, que nada tienen que ver con la “acumulación capitalista”. Son hombres que se han hecho millonarios robando al erario, dando permisos gubernamentales para abrir negocios a cambio de un dinero por debajo de la mesa, o adjudicando contratos estatales mediante actos corruptos. A esto le podríamos llamar “acumulación corrupta” y ésta no es defendible en absoluto: “Que les corten la cabeza”.  Por cierto, de esta acumulación corrupta poco habló Carlos Marx, quizás porque comprendía que esa acumulación abona en la destrucción del sistema capitalista, que era el gran objetivo de Marx.

En resumen: bienvenido el capitalismo y bienvenida la acumulación capitalista. Es la hora de cambiar nuestra cultura y formar a nuestros niños y jóvenes con otra visión y mejores perspectivas. “Ser rico no es malo”; lo dijo Deng Xiaoping, quien fue el líder chino que abrió a China al mundo capitalista y hoy son sorprendentemente ricos. En tal caso, hay más pecado en ser pobre, pues significa que no has satisfecho las necesidades, gustos o preferencias de nadie. Quizás por eso estás pobre, pero en un mundo capitalista todo puede cambiar: quien estaba pobre se puede convertir en millonario y al revés también es posible.

Ver también

Países pobres, países ricos y acumulación de capital. (Juan Morillo).

Adam Smith, los austríacos y el crecimiento económico. (José Carlos Rodríguez).

La economía de generación de crecimiento. (Fernando Herrera).

¿Puede ser buena una población decreciente?

Por James Forder. Este artículo fue publicado originalmente en el IEA.

David Miles, del Imperial College y -horror- de la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria, ha recibido cierta atención por un artículo académico bastante áspero en el que sugiere que el descenso de la población podría ser beneficioso. Todo lo contrario de la opinión más común de que necesitamos desesperadamente más gente o, en cualquier caso, de que necesitamos que el número de personas crezca siempre.

Este tipo de argumentos se suele esgrimir en términos de los beneficios de maximizar el número de “ideas”: cuanta más gente haya, más Einsteins. Eso, sin duda, debe ser un beneficio, se nos dice. Bueno, un puñado más de Mozart no vendría mal, pero no estoy tan seguro de que queramos que demasiada inteligencia trabaje para que la IA sea aún más inteligente.

Otro problema es que estas historias no parecen dar mucha importancia a la obviedad de que también acabaríamos teniendo más gente mala. Para mí, un Calígula en toda la historia de la humanidad es suficiente, y ¿realmente quieren estas personas maximizar el número de Lucy Letby? ¿Y qué hay de los genios malvados que inventan los esquemas ULEZ (zonas de emisiones ultrabajas), y lo que venga después?

Cortoplacismo a muy largo plazo

Pero las partes clave del documento de Miles tratan de algo diferente. Se refieren a los efectos del cambio demográfico. En efecto, se nos alimenta constantemente con la terrible historia de que simplemente debemos mantener la tasa de natalidad (o la tasa de inmigración) alta, para que los impuestos de la futura mano de obra sean suficientes para pagar la deuda pública que estamos acumulando.

Es un extraño tipo de cortoplacismo a muy largo plazo. Por supuesto, si llenamos el país de inmigrantes (que a menudo son muy trabajadores y emprendedores) durante las próximas décadas, podremos mantener el gobierno a flote. Pero, ¿quién va a pagar la deuda que sin duda se acumulará a un ritmo igual de rápido, o tal vez más rápido, en esos años? Necesitaríamos una población aún mayor, y en algún punto de ese camino el lugar se va a llenar demasiado.

El estancamiento secular de Alvin Hansen

La idea de Miles también es diferente, y tiene una relación interesante con la idea de Alvin Hansen del “estancamiento secular” de los años treinta y cuarenta. Hace unos años, Larry Summers y otros revivieron esta idea de forma bastarda. En el original, la opinión de Hansen de que el crecimiento de la población iba a ralentizarse era esencial. Significaba que en el futuro habría menos trabajadores y, por tanto, menos necesidad de bienes de equipo y similares.

Esto era una mala noticia porque, supuestamente, la necesidad de reponer y ampliar las existencias de capital era lo que proporcionaba un uso para todo el ahorro que él esperaba que los hogares estadounidenses quisieran realizar. Sin esta inversión, pensaba, el consumo de los hogares sería demasiado bajo para que todos los trabajadores dispuestos encontraran trabajo para abastecerlo.

En otras palabras, necesitábamos una población creciente para que las necesidades futuras de los trabajadores del futuro mantuvieran empleados a los trabajadores actuales en la fabricación de bienes de equipo para ellos. Pero el descenso de la población, junto con el fin del gran auge inversor de épocas algo anteriores -la construcción de los ferrocarriles, por ejemplo- y luego el fin de la Guerra, iba a privar a los trabajadores de esta oportunidad, y amenazaba un estado perpetuo de desempleo.

Miles: La conclusión contraria

Pocos pronósticos económicos de este tipo salen realmente bien a sus profetas, pero el de Hansen salió peor parado que la mayoría. El crecimiento demográfico no se ralentizó; resultó que había muchas oportunidades de inversión para sustituir a los ferrocarriles y, por supuesto, el apetito de los hogares estadounidenses por el consumo demostró ser muy fuerte. Lo que siguió fue la era del consumo conspicuo, no la del estancamiento secular.

Miles no se preocupa por la desaparición de las oportunidades de inversión, pero por lo demás sigue prácticamente la misma línea. Sin embargo, llega a la conclusión opuesta. Para él, la disminución de la población tiene la misma implicación de que necesitamos realizar menos inversiones. Podemos, si se quiere, mantener la relación capital/trabajo actual reduciendo al mismo tiempo el stock global de capital. Esto significa que se puede permitir que parte del capital existente se deprecie sin ser sustituido. Por consiguiente, como dice Miles, hay margen para el consumo adicional, y bastante. Sus estimaciones sugieren, dependiendo de los supuestos exactos, que todos podríamos estar en mejor situación en miles de libras al año, en términos de consumo, como resultado.

El problema no es la demanda, sino la oferta

Resulta extraño que Hansen y Miles partan de una posición aparentemente idéntica y lleguen a conclusiones opuestas. La diferencia no radica en su comprensión de la dinámica de la población o de las conexiones entre la inversión actual, el stock de capital, el empleo y la producción. Tampoco tiene nada que ver con la relación entre renta, consumo e inversión. Más bien está en sus presunciones sobre la determinación del empleo. Hansen argumentaba completamente al modo de Keynes, y suponía que sólo se podía entender el empleo entendiendo la demanda. Consideraba que los determinantes del consumo y la inversión fijaban el empleo. Miles, unos ochenta años y, al menos, una contrarrevolución antikeynesiana después, lo ve de otra manera.

El empleo viene determinado por la oferta de mano de obra. Aquellos que deseen trabajar por el salario vigente encontrarán un empleo. Lo que significa el “salario vigente” es el salario que permite encontrar un empleo a las personas que desean trabajar por él. Por lo tanto, no se plantea la preocupación de Hansen de que “no haya suficientes puestos de trabajo”. Seguramente, pero para el tipo de ciclo económico más severo, aunque todavía temporal, Miles está en lo cierto. En consecuencia, la cuestión de si nosotros y las próximas generaciones estaríamos mejor si la población disminuyera es real, y el análisis de Miles es para reflexionar detenidamente.

Ver más

El gran salto de Julian Simon. (José Carlos Rodríguez).

El gran nivelador: los cuatro jinetes del igualitarismo. (Ignacio Moncada).

Malthusianos. (Juan José Mora Villalón).

‘The west and the rest’ (I)

Decir “Occidente y el resto” no tiene el carácter eufónico que sí le proporciona el inglés, West and the rest. Muchos podrán intuir que no es inventiva propia, sino que, esta frase la saqué al inmiscuirme en la obra de uno de mis filósofos de cabecera, el señor Roger Scruton. En su libro (2003) planteaba la cuestión desde una perspectiva de coche de civilizaciones (me recordó al célebre libro del politólogo Huntington) entre los valores occidentales y los islámicos, poniendo énfasis en la crisis moral que estamos viviendo en nuestros países.

Pero, más allá de cuestiones filosóficas, quien ha hecho una de las aportaciones más interesantes al tema que se desarrollará aquí es Niall Ferguson (2011) el cual no tuvo problema alguno en copiarle el título a Scruton. De hecho, es sorprendente que, a lo largo del libro, solo lo cite en dos ocasiones (la primera en una nota a pie de página, y segunda en la bibliografía). Sea como fuere, resolver porqué Occidente creció más que el resto es uno de los debates que más tinta ha derramado y, parece mentira a estas alturas, pero siguen floreciendo disquisiciones sobre la temática.  

Una de las cuestiones más obviadas en el debate político hodierno es la problemática de la desigualdad. Curiosamente, los precursores de la ciencia económica intentaban discernir cómo se había generado la riqueza. No es para nada extraño, dado que, la condición del ser humano a lo largo de la historia se ha caracterizado, para el 99,99% de la población, por la miseria, la agonía y un modus vivendi paupérrimo. Ergo, la riqueza es un hecho insólito, que merece, a mi juicio, mayor atención. En la Figura 1 se muestra el PIB per cápita mundial a lo largo de dos mil años, el llamado “Hockey Stick Growth”

Ya es mala suerte, para los detractores de la economía de mercado, que el crecimiento se diere en aquellos momentos en los que la Revolución industrial comenzó (mediados del s.XVIII), llegando a consolidarse un siglo después. De hecho, antes de 1800, el nivel de renta de las economías preindustriales (es decir, agrarias) aumentaba de forma muy tenue, y en caso de darse un crecimiento económico, no era ni acumulativo ni estable en el tiempo. Fue durante el s.XIX cuando el proceso de industrialización, las economías de escala y la producción en masa se fue difundiendo desde Gran Bretaña al resto de los países occidentales, para acabar desembocando en Norteamérica y Japón. Llegando así al punto donde, a mitad del s.XX, los tigres asiáticos, China, India o Brasil, se sumaron al crecimiento económico postindustrial hasta consolidarse, como los conocemos hoy, en economías emergentes.

Los agoreros del progreso tienden a focalizarse única y exclusivamente en el problema de la desigualdad, cuando esta es, simple y llanamente, la superación de la pauperización de la gran mayoría de personas. Puede haber desigualdad económica en tanto en cuanto haya una generación de riqueza. Como se muestra en la Figura 2, a través del cálculo de la distribución del coeficiente de Gini, la muestra engloba desde las sociedades del 10000 aC hasta el presente.

Los valores que usa el Gini son desde 0 (siendo esto la perfección en términos de igualdad), hasta 1 (siendo esto el grado superlativo de desigualdad). A veces viene representado como un múltiplo de 100, así el coeficiente de 0.5 es el equivalente del 50. El caso es que, donde había una perfección en cuanto a igualdad se refiere era en las sociedades cazadoras recolectoras (teniendo en cuenta que, de media, vivían aproximadamente 30 años). El máximo de desigualdad posible para que una sociedad sea viable desde un punto de vista puramente nutricional debería proporcionar a su población, el ingreso mínimo para subsistir, de ahí que en el Imperio Romano, el Gini fuere de alrededor del 0.55, y que, en las economías modernas de Europa o América del Norte, este esté entre el 0.97-0.98.

El principio detrás del coeficiente de Gini queda ilustrado gráficamente en la Figura 2, en su eje horizontal, el cual mide el porcentaje de economía doméstica en la población clasificada de acuerdo con sus ingresos (de menos a más) y en el eje vertical, la acumulación total, en términos porcentuales, de los ingresos. La línea recta representa el caso de la igualdad perfecta, en la cual, 10 unidades familiares adquieren el 10% de los ingresos (y así sucesivamente). Estas sociedades que se encuentran en los percentiles de igualdad absoluta serían sociedades sin estratificación social (o al menos, poco pronunciada), y con un acceso común al uso de recursos. Ergo, son aquellas sociedades donde la economía es de subsistencia donde puede darse el paraíso igualitario que algunos propugnan, desean los fines sin entender los medios (Persson, 2010, págs. 208-209).

Así pues, volvamos al s.XIX. Ya en 1820, existían diferencias de ingresos per cápita entre Europa y otras partes del mundo, pero ¿cuándo se distanció el Viejo Mundo de otros continentes, como Asia? Los economistas clásicos, especialmente Smith, habían defendido que, antes de la Revolución industrial, Europa ya había conseguido unos niveles de renta superiores a los que existían en Asia, una visión generalmente compartida por los historiadores económicos actuales.

La célebre escuela de California ha cuestionado este planteamiento, según el cual, a principios del siglo XIX, Europa ya disfrutaba de unos niveles de vida más altos que los logrados en Asia. De acuerdo con estos autores, hacia 1800 los ingresos y la productividad eran similares en las zonas más desarrolladas de Europa y Asia, y los mercados y las instituciones mostraban un nivel de desarrollo comparable en estas dos partes del mundo. En otras palabras, antes del siglo XIX el crecimiento europeo y el asiático habrían sido similares, y estas concomitancias se mantuvieron hasta la víspera de la revolución industrial. Sería después de 1800 cuando se produjo el sorpaso europeo que daría lugar a la “Gran Divergencia” entre Europa y el resto, cosa que habría dado pie a la desigualdad en los niveles de renta observada en la actualidad.

Esta polémica historiográfica ha dado lugar en la última década a una serie de investigaciones que apuntan en una dirección contraria, es decir, a favor de la idea previamente descrita por Adam Smith, según la cual las diferencias en los niveles de vida entre Europa y Asia ya eran sustanciales a finales del siglo XVIII (Broadberry y Gupta, 2006; Allen y otros, 2011). Según esta visión, la gran divergencia ya estaba en marcha antes de 1800. Aun así, el recurso a las cifras del PIB per cápita con objeto de evaluar los niveles de vida anteriores a 1800 resulta bastante problemático. Por un lado, la fiabilidad de las estimaciones para el período anterior al siglo XIX se reduce considerablemente (incluso hay disputas sobre los datos de 1820). Además, puede resultar arriesgado tomar como referencia el ingreso medio en el contexto de unas sociedades preindustriales que en muchos casos eran fuertemente desiguales

Bienestar Sustentable: capacidades y libertades

Jhoner Perdomo 1*, Mauricio Phélan C 1 and Sary Levy-Carciente 1,2

1Universidad Central de Venezuela. Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales.

2Academia Nacional de Ciencias Económicas. Venezuela.

*Correspondencia: jhonerperdomo@gmail.com.

Nota: El artículo recoge información contenida en Bienestar Sustentable. Una forma de hacer vida, una forma de hacer política (Ed. Universo de Letras, Madrid).

Los modelos de desarrollo y bienestar actualmente están evolucionando hacia perspectivas multidimensionales, destacando elementos éticos que respeten valores y principios consustanciales a la condición humana -desarrollo en libertad- y de sostenibilidad, tanto ambiental como temporal, fomentando una consciencia sobre la responsabilidad de las generaciones presentes.

El desarrollo en libertad nos invita a incorporar el valor que tienen las capacidades de las personas para forjar su propio desarrollo. Esa capacidad que tienen los propios individuos se potencia con otras capacidades, oportunidades sociales y libertades para lograr el florecimiento humano y el bienestar de las personas, basado en lo que el individuo valora en ser y hacer. En ese sentido, en la medida que el individuo logre más capacidades, podrá ir ampliando sus libertades y a su vez generando mayor bienestar.

Uno de los principales desafíos para el desarrollo en libertad es incorporar las condiciones futuras del bienestar manteniendo las libertades presentes y futuras. Lograr resultados positivos, considerando el costo que ello puede tener para las futuras generaciones e inclusive la suya en un momento futuro. Ello es: una persona puede estar disfrutando de cierto nivel de bienestar hoy, sin percatarse de estar reduciendo o suprimiendo sus libertades y capacidades de su propio bienestar en el futuro. En muchos casos, incluso, sin poder tomar decisiones como agente de su propio bienestar. Asimismo, sus decisiones presentes tendrán impacto en las capacidades y libertades de las siguientes generaciones.

Un modelo de desarrollo puede ser considerado como generador de bienestar si el mismo es sustentable en el tiempo. Precisamente la cuestión no es qué modelo genera más bienestar, sino cuál genera más bienestar de forma sustentable en el tiempo, ¿cuál otorga las mejores garantías para que ese bienestar que ostentan los países llamados desarrollados, o quiénes quieran alcanzarlo, perdure? Así, es evidente la necesidad de cambiar la perspectiva de lo que es un bienestar presente aceptable.

En ese sentido, el bienestar debe ser más que una forma de vida del presente y plantear una alternativa basada en el Bienestar Sustentable, que permita crear más condiciones para la sustentabilidad y mayor responsabilidad. En este orden de ideas, las personas tomarán decisiones para su bienestar actual, considerando el riesgo y los costos que eso implica para su propio bienestar futuro y el de otros. El bienestar actual condicionado por el futuro favorece la creación de consciencia y el fortalecimiento de una ciudadanía libre y responsable. Ello a su vez induce a considerar las múltiples aristas del desarrollo concibiéndose bajo un enfoque multidimensional y de capacidades que habilitan y potencian al individuo en sociedad.

Para poder afirmar que algo es sustentable, es necesario incorporar todas las dimensiones asociadas al bienestar: debe ser sustentable económicamente, porque de lo contrario generaría una deuda social inaceptable; debe ser sustentable políticamente, porque de lo contrario limitaría la gobernabilidad; debe ser sustentable culturalmente, porque de lo contrario generaría tensiones que atentaría con la paz; debe ser sustentable ambientalmente, porque de lo contrario se alterarían las posibilidades ecológicas; y naturalmente, debe ser sustentable éticamente, porque estos fundamentos no son negociables. Las dimensiones deben estar equiparadas a fin de garantizar la armonía entre ellas, con la finalidad de integrar una visión temporal de la sustentabilidad entre presente y futuro.

Es también importante reemplazar la visión de medición de resultados – más asociadas al ahora y a los enfoques actuales de desarrollo – incorporando la de capacidades que permite obtener las condiciones asociadas para la sustentabilidad del bienestar. Amartya Sen plantea que la sustentabilidad es el impulso de las capacidades del presente, sin comprometer las capacidades de las generaciones futuras; ya que desconocemos en el presente lo que ellos valorarán en ser y hacer, y suponerlo es una supresión de sus libertades. Entonces ¿Qué condiciones generan capacidades? Y la respuesta es que éstas son múltiples y diversas: desde la institucionalidad, la democracia, la educación, la familia, el derecho de propiedad, o en general el estado de derecho, las libertades, entre otras. Son condiciones que en sí mismas generan capacidades y sustentabilidad.

Lo anterior sienta las bases de una concepción más amplia de bienestar. Al incorporar sus condiciones futuras, se abre un camino para alcanzar la sustentabilidad. Es decir, un Bienestar Sustentable. Al integrar el enfoque de capacidades y el enfoque multidimensional del bienestar nos lleva a considerar las capacidades centrales propuestas por Martha Nussbaum. Las 12 dimensiones del Bienestar Sustentable serían entonces: Vida; Salud Física; Integridad Física; Sentidos, Imaginación y Pensamientos; Emociones; Razón Práctica; Afiliación: Amistas, Afiliación: Respeto; Relaciones con otras especies, Control sobre el Juego y la distracción, Control sobre el entorno Político; y Control sobre el entorno Material. Agregándolas en cuatro grandes macro-capacidades, tendríamos: (1) Cuerpo: como elemento que nos conecta físicamente con el mundo, el cual, se debe mantener con salud e integridad hasta su muerte natural de ser posible; (2) Mente: para ser capaces de pensar, sentir las emociones y concretar el razonamiento de la buena vida y las virtudes en la que debemos ser y hacer; (3) Relaciones: y (4) Manejo del Entorno que permite contactarnos con la sociedad y con la naturaleza, para poner en práctica las virtudes y nuestras libertades. Véase la Figura 1.

Plantear el Bienestar Sustentable desde el enfoque de capacidades, tiene como hipótesis que en la medida que existen mayores capacidades, oportunidades y libertades, habrá mayores posibilidades de que dichas condiciones generen sustentabilidad. Así, en el tiempo, las personas tendrán garantías para poder ser y hacer lo que valoran, incrementando sus libertades y su bienestar. Entonces para un Bienestar Sustentable se debe considerar los riesgos hacia el futuro por medio de las condiciones existentes para que el bienestar sea sustentable en el tiempo, y esas condiciones estén basadas en las capacidades del presente.

Partiendo de estos elementos teóricos, se realizó una prueba estadística con los países de Latinoamérica. Para ello, se consultaron diversas bases de datos: Latinobarómetro, LAPOP, Foro Económico Mundial, Banco Mundial, diversas instancias de las Naciones Unidas, CATO, HERITAGE y FRASER, así como empresas internacionales como GALLUP y Google, entre otras. Se seleccionaron un total de 116 indicadores distribuidos entre las 12 dimensiones y se aplicó un análisis de correspondencias múltiples (ACM).

Los países de la región con los mejores resultados y por lo tanto con condiciones del Bienestar Sustentable son Uruguay, Chile y Costa Rica (ver Fig. 2). Son países donde las personas tienen las mejores garantías para que en el futuro puedan tener mayores oportunidades para ser y hacer lo que valoren. En el caso de Uruguay se puede notar la armonía favorable en las diversas dimensiones, lo que representa un modelo a estudiar y posiblemente a replicar.

En conclusión: el modelo de Bienestar Sustentable ofrece un enfoque de desarrollo integral, que rescata tanto valores éticos como de sustentabilidad (temporal y ambiental) favoreciendo así la concientización de una ciudadanía libre y responsable. Este trabajo permite mostrar que no solo son fundamentales los valores en su concepción y dimensionamiento, sino que es factible su medición para guiar la toma de decisiones tanto públicas como privadas.

Referencia

Perdomo, Jhoner; Phélan, Mauricio and Levy-Carciente, Sary (2021). El Bienestar Sustentable. Una forma de hacer vida, una forma de hacer política. ISBN: 9788418570636. 344pp. Madrid: Editorial Universo de Letras. Disponible en: https://n9.cl/jhoner